II, 10
La tierra es uno de los cuatro elementos, seca, fría, pesada, inmóvil, creada por Dios de la nada en el primer día. Porque en el principio, dice, creó Dios los cielos y la tierra []; pero el asiento y fundamento de la tierra ningún hombre ha podido declarar. Algunos, ciertamente, sostienen que su asiento son las aguas; así dice el divino David: Al que estableció la tierra sobre las aguas. Otros la colocan en el aire. Y de nuevo otro dice: Él que cuelga la tierra sobre la nada. [] Y de nuevo David, el cantor de Dios, dice, como representante de Dios: Yo sostengo sus columnas, entendiendo por «columnas» la fuerza que la sustenta. Además, la expresión La fundó sobre los mares muestra claramente que la tierra está por todas partes rodeada de agua. Pero ya concedamos que está establecida sobre sí misma, sobre el aire, sobre el agua o sobre la nada, no debemos apartarnos del pensamiento reverente, sino admitir que todas las cosas son sostenidas y preservadas por el poder del Creador.
En el principio, pues, como dice la Sagrada Escritura [], estaba oculta bajo las aguas y era informe, es decir, no embellecida. Pero por mandato de Dios aparecieron lugares para contener las aguas, y entonces surgieron las montañas; y a la orden divina recibió la tierra su propio adorno conveniente, y fue vestida con toda suerte de hierbas y plantas, y a éstas, por decreto divino, se les confirió la facultad de crecer y nutrirse, y de producir semilla para engendrar a sus semejantes. Además, por mandato del Creador produjo también toda suerte de criaturas vivientes, reptiles, fieras y ganados. Todas, ciertamente, son para el uso oportuno del hombre; mas de ellas unas son para alimento, como los ciervos, ovejas, gamos y semejantes; otras para servicio, como los camellos, bueyes, caballos, asnos y semejantes; y otras para deleite, como los monos, y entre las aves, los arrendajos y loros, y semejantes. Asimismo, entre las plantas y hierbas unas dan fruto, otras son comestibles, otras fragantes y floridas, dadas para nuestro deleite, como la rosa y semejantes, y otras para la curación de las enfermedades. Pues no hay un solo animal o planta en el que el Creador no haya implantado alguna forma de energía capaz de ser usada para satisfacer las necesidades del hombre. Pues Aquel que conocía todas las cosas antes de que existieran vio que en el futuro el hombre avanzaría con la fuerza de su propia voluntad y estaría sujeto a corrupción, y por eso creó todas las cosas para su uso oportuno, tanto las del firmamento como las de la tierra y las de las aguas.
Ciertamente, antes de la transgresión todas las cosas estaban bajo su poder. Pues Dios lo puso como señor sobre todas las cosas de la tierra y de las aguas. Incluso la serpiente estaba acostumbrada al hombre, y se le acercaba con más facilidad que a otras criaturas vivientes, y conversaba con él con movimientos agradables. Y por esto fue por medio de ella por quien el diablo, príncipe del mal, hizo su perversísima sugerencia a nuestros primeros padres. [] Además, la tierra daba frutos por sí misma, para beneficio de los animales que obedecían al hombre, y no había lluvia ni tempestad sobre la tierra. Pero después de la transgresión, cuando fue comparado con los animales irracionales y se hizo semejante a ellos, después de haber tramado que en él el deseo irracional dominara sobre la mente razonadora y de haberse vuelto desobediente al mandato del Maestro, la creación sometida se levantó contra aquel a quien el Creador había constituido señor; y se le ordenó que labrara con sudor la tierra de la que había sido tomado.
Mas aun ahora las fieras no carecen de utilidad, pues por el terror que causan llevan al hombre al conocimiento de su Creador y lo conducen a invocar su nombre. Y, además, en la transgresión brotó la espina de la tierra conforme a la declaración expresa del Señor, y fue unida a los deleites de la rosa, para que nos lleve a recordar la transgresión por la cual la tierra fue condenada a producirnos espinas y abrojos.
Que esto es así se hace digno de fe por el hecho de que su permanencia está asegurada por la palabra del Señor, que dice: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra [].
Además, algunos sostienen que la tierra tiene forma de esfera; otros, que de cono. En todo caso es mucho más pequeña que el cielo, y está suspendida casi como un punto en medio de él. Y pasará y será transformada. Pero bienaventurado el hombre que hereda la tierra prometida a los mansos [].
Pues la tierra que ha de ser posesión de los santos es inmortal. ¿Quién, pues, puede admirar dignamente la sabiduría ilimitada e incomprensible del Creador? ¿O quién puede dar suficientes gracias al Dador de tantos bienes?
[Hay también provincias, o prefecturas, de la tierra que reconocemos: Europa abarca treinta y cuatro, y el enorme continente de Asia tiene cuarenta y ocho de estas provincias, y doce cánones, como se les llama.]
II, 11
Ahora bien, cuando Dios iba a formar al hombre de la creación visible e invisible, a su propia imagen y semejanza, para reinar como rey y señor sobre toda la tierra y todo lo que contiene, le preparó primero, por así decirlo, un reino en el que debía vivir una vida de felicidad y prosperidad. Y éste es el divino paraíso, plantado en Edén por las manos de Dios, verdadero depósito de gozo y alegría del corazón (pues «Edén» significa delicias). Su sitio está más alto en el Oriente que toda la tierra; es templado, y el aire que lo rodea es el más raro y puro; las plantas siempre verdes son su orgullo, abundan las fragancias dulces, está inundado de luz, y en frescura y belleza sensibles supera toda imaginación: en verdad el lugar es divino, morada adecuada para aquel que fue creado a imagen de Dios; ninguna criatura privada de razón hizo allí su morada, sino sólo el hombre, obra de las propias manos de Dios.
En medio de él plantó Dios el árbol de la vida y el árbol del conocimiento. [] El árbol del conocimiento era para prueba, comprobación y ejercicio de la obediencia y desobediencia del hombre; y por esto fue llamado árbol del conocimiento del bien y del mal; o bien porque a los que participaban de él se les daba poder para conocer su propia naturaleza. Ahora bien, esto es algo bueno para los que son maduros, pero algo malo para los inmaduros y para aquellos cuyos apetitos son demasiado fuertes, siendo como alimento sólido para niños tiernos que aún necesitan leche. Pues nuestro Creador, Dios, no quiso que estuviéramos agobiados por el cuidado ni turbados por muchas cosas, ni que nos preocupáramos ni hiciéramos provisión para nuestra propia vida. Mas éste fue al fin el destino de Adán: pues probó y conoció que estaba desnudo y se hizo una faja alrededor; porque tomó hojas de higuera y se ciñó. Pero antes de tomar del fruto, estaban ambos desnudos, Adán y Eva, y no se avergonzaban. [] Pues Dios quería que estuviéramos así libres de pasión, y ésta es ciertamente la señal de una mente absolutamente libre de pasión. Sí, quiso además que estuviéramos libres de cuidado y que tuviéramos una sola obra que realizar: cantar, como hacen los ángeles, sin cesar ni interrupción, las alabanzas del Creador, deleitarnos en su contemplación y echar sobre Él todo nuestro cuidado. Esto es lo que el profeta David nos proclamó cuando dijo: Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará. Y de nuevo, en los Evangelios, Cristo enseñó a sus discípulos diciendo: No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. [] Y además: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Y a Marta le dijo: Marta, Marta, te afanas y te turbas con muchas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada [], queriendo decir claramente: sentarse a sus pies y escuchar sus palabras.
El árbol de la vida, por otra parte, era un árbol que tenía la energía que es causa de la vida, o que debía ser comido sólo por aquellos que merecen vivir y no están sujetos a la muerte. Algunos, ciertamente, han imaginado el Paraíso como un reino sensible, y otros como un reino inteligible. Pero a mí me parece que, así como el hombre es una criatura en la que encontramos lo sensible y lo inteligible mezclados, de la misma manera también el santísimo templo del hombre combina las propiedades de lo sensible y lo inteligible, y tiene esta doble expresión: pues, como dijimos, la vida en el cuerpo se pasa en la región más divina y amable, mientras que la vida en el alma se pasa en un lugar mucho más sublime y de belleza más excelente, donde Dios hace su morada, y donde envuelve al hombre como con un vestido glorioso, lo reviste de su gracia, y lo deleita y sustenta como a un ángel con el más dulce de todos los frutos: la contemplación de sí mismo. En verdad con razón ha sido llamado árbol de la vida. Pues como la vida no es truncada por la muerte, la dulzura de la participación divina se imparte a los que de ella participan. Y esto es, en verdad, lo que Dios quiso decir con todo árbol, al decir: De todo árbol del Paraíso puedes comer libremente. [] Pues el 'todo' es justamente Él mismo, en quien y por quien el universo es sostenido. Mas el árbol del conocimiento del bien y del mal era para la distinción entre las muchas divisiones de la contemplación, y esto es justamente el conocimiento de la propia naturaleza, el cual, ciertamente, es algo bueno para los que son maduros y avanzados en la contemplación divina (siendo de por sí una proclamación de la magnificencia de Dios), y no temen caer, porque con el tiempo han llegado a adquirir el hábito de tal contemplación; pero es algo malo para los que todavía son jóvenes y tienen apetitos más fuertes, quienes, a causa de su asidero inseguro de la mejor parte, y porque aún no están firmemente establecidos en el asiento del único y solo bien, son propensos a ser arrancados y arrastrados de esto al cuidado de su propio cuerpo.
Así, a mi parecer, el divino Paraíso es doble, y los Padres inspirados por Dios transmitieron un mensaje verdadero, ya enseñaran esta doctrina o aquella. Ciertamente, es posible entender por todo árbol el conocimiento del poder divino derivado de las cosas creadas. En palabras del divino Apóstol: Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se ven claramente, entendidas por las cosas que han sido hechas. [] Pero de todos estos pensamientos y especulaciones el más sublime es el que trata de nosotros mismos, es decir, de nuestra propia constitución. Como dice el divino David: El conocimiento de Ti desde mí, es decir, desde mi constitución, fue hecho un prodigio. Mas por las razones ya mencionadas, tal conocimiento era peligroso para Adán, que había sido creado tan recientemente.
El árbol de la vida puede entenderse también como aquel pensamiento más divino que tiene su origen en el mundo sensible, y el ascenso por él a la causa originadora y constructora de todo. Y éste fue el nombre que dio a todo árbol, dando a entender plenitud e indivisibilidad, y comunicando sólo la participación en el bien. Mas por árbol del conocimiento del bien y del mal hemos de entender aquel alimento sensible y placentero que, aunque parece dulce, en realidad lleva al que participa de él a comunión con el mal. Pues dice Dios: De todo árbol del Paraíso puedes comer libremente. [] Es, me parece, como si Dios dijera: Por todas mis criaturas has de ascender a Mí, tu Creador, y de todos los frutos puedes coger uno, es decir, a Mí mismo, que soy la vida verdadera; lleve cada cosa para ti el fruto de vida, y sea la participación en Mí el sostén de tu propio ser. Pues de este modo serás inmortal. Mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás; porque el día que comas de él, ciertamente morirás. Pues el alimento sensible es por naturaleza para la reparación de lo que gradualmente se consume, y pasa a la sequedad y perece; y no puede permanecer incorruptible quien participa del alimento sensible.
II, 12
De esta manera, pues, Dios trajo a la existencia la esencia inteligible, con lo cual me refiero a los ángeles y a todos los órdenes celestiales. Pues éstos claramente tienen una naturaleza inteligible e incorpórea: «incorpórea» quiero decir en comparación con la densidad de la materia. Porque sólo la Deidad es en realidad inmaterial e incorpórea. Pero además Él creó del mismo modo la esencia sensible, es decir, el cielo, la tierra y la región intermedia; y así creó tanto el género de ser que es de su propia naturaleza (pues la naturaleza que tiene que ver con la razón está relacionada con Dios, y es aprehensible sólo por la mente), como el género que, en cuanto claramente cae bajo el dominio de los sentidos, está separado de Él por la mayor distancia. Y era también conveniente que hubiera una mezcla de ambos géneros de ser, como señal de una sabiduría aún mayor y de la opulencia del gasto divino en lo que respecta a las naturalezas, como dice Gregorio, el expositor del ser y de las obras de Dios, y para que sirviera como una especie de vínculo entre las naturalezas visibles e invisibles. Y con la palabra «conveniente» quiero decir, simplemente, que era una evidencia de la voluntad del Creador, pues esa voluntad es la ley y ordenanza más apropiada, y nadie dirá a su Hacedor: «¿Por qué me has hecho así?» Pues el alfarero puede, a su voluntad, hacer vasos de diversas formas de su barro [], como prueba de su propia sabiduría.
Ahora bien, siendo esto así, Él crea con sus propias manos al hombre de naturaleza visible e invisible, según su propia imagen y semejanza: por un lado formó el cuerpo del hombre de tierra, y por otro le otorgó su alma racional y pensante mediante su propio soplo, y esto es lo que entendemos por «según su imagen». Pues la frase «según su imagen» se refiere claramente al aspecto de su naturaleza que consiste en mente y libre albedrío, mientras que «según su semejanza» significa semejanza en virtud, en la medida en que es posible.
Además, el cuerpo y el alma fueron formados al mismo tiempo, no primero uno y luego el otro, como tan insensatamente supone Orígenes.
Dios, pues, hizo al hombre sin mal, recto, virtuoso, libre de dolor y cuidado, glorificado con toda virtud, adornado con todo lo bueno, como una especie de segundo microcosmos dentro del gran mundo, otro ángel capaz de adoración, compuesto, que contempla la creación visible e iniciado en los misterios del reino del pensamiento, rey sobre las cosas de la tierra, pero sujeto a un rey superior, de la tierra y del cielo, temporal y eterno, perteneciente al reino de la vista y al reino del pensamiento, a medio camino entre la grandeza y la pequeñez, espíritu y carne: pues es espíritu por gracia, pero carne por el orgullo desmedido: espíritu para que permanezca y glorifique a su Benefactor, y carne para que sufra, y sufriendo sea advertido y disciplinado cuando se enorgullezca en su grandeza: aquí, es decir, en la vida presente, su vida está ordenada como la de un animal, pero en otra parte, es decir, en el siglo venidero, es transformado y —para completar el misterio— se hace deificado con sólo inclinarse hacia Dios; haciéndose deificado, por el camino de participar en la gloria divina y no por el de una transformación en el ser divino.
Pero Dios lo hizo por naturaleza sin pecado, y lo dotó de libre albedrío. Por sin pecado, no quiero decir que el pecado no pudiera hallar lugar en él (pues eso es propio sólo de la Deidad), sino que el pecado es el resultado de la libre volición que él disfruta más que una parte integral de su naturaleza; es decir, tiene el poder de continuar y avanzar en el camino del bien, cooperando con la gracia divina, y asimismo de apartarse del bien y entregarse a la maldad, pues Dios le ha concedido esto al conferirle la libertad de la voluntad. Porque no hay virtud en lo que resulta de la mera fuerza.
El alma, en consecuencia, es una esencia viviente, simple, incorpórea, invisible por su propia naturaleza a los ojos corporales, inmortal, racional e inteligente, sin forma, que se sirve de un cuerpo organizado, y es la fuente de sus poderes de vida, crecimiento, sensación y generación, siendo la mente sólo su parte más pura y en modo alguno ajena a ella; (pues como el ojo al cuerpo, así es la mente al alma); además goza de libertad, volición y energía, y es mudable, es decir, está sujeta a cambio, porque es creada. Todas estas cualidades según la naturaleza las ha recibido de la gracia del Creador, de cuya gracia ha recibido tanto su ser como este tipo particular de naturaleza.
Marg. Las diferentes aplicaciones de «incorpóreo» Entendemos dos clases de lo incorpóreo, lo invisible y lo informe: una es tal en esencia, la otra por don gratuito; y asimismo, la una es tal por naturaleza, y la otra sólo en comparación con la densidad de la materia. Dios, pues, es incorpóreo por naturaleza, pero los ángeles, los demonios y las almas se dicen serlo por don gratuito, y en comparación con la densidad de la materia.
Además, cuerpo es aquello que tiene tres dimensiones, es decir, tiene longitud, anchura y profundidad, o espesor. Y todo cuerpo está compuesto de los cuatro elementos; los cuerpos de los seres vivos, además, están compuestos de los cuatro humores.
Ahora bien, debe saberse que hay cuatro elementos: la tierra, que es seca y fría; el agua, que es fría y húmeda; el aire, que es húmedo y cálido; el fuego, que es cálido y seco. De manera semejante hay también cuatro humores, análogos a los cuatro elementos: la atrabilis, que guarda analogía con la tierra, pues es seca y fría; la flema, análoga al agua, pues es fría y húmeda; la sangre, análoga al aire, pues es húmeda y cálida; la bilis amarilla, el análogo del fuego, pues es cálida y seca. Ahora bien, los frutos están compuestos de los elementos, y los humores están compuestos de los frutos, y los cuerpos de los seres vivos consisten de los humores y se disuelven de nuevo en ellos. Pues todo lo compuesto se disuelve de nuevo en sus elementos.
Marg. Que el hombre tiene comunidad tanto con las cosas inanimadas como con las criaturas animadas, sea que estén desprovistas o posean la facultad de la razón.
Debe notarse que el hombre tiene comunidad con las cosas inanimadas, participa en la vida de las criaturas irracionales y comparte los procesos mentales de las dotadas de razón. Pues el vínculo de unión entre el hombre y las cosas inanimadas es el cuerpo y su composición a partir de los cuatro elementos; y el vínculo entre el hombre y las plantas consiste, además de estas cosas, en sus poderes de nutrición, crecimiento y siembra, es decir, de generación; y finalmente, por encima de estos vínculos, el hombre está conectado con los animales irracionales por el apetito, es decir, la ira y el deseo, y por el sentido y el movimiento impulsivo.
Hay, pues, cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Además, el movimiento impulsivo consiste en el cambio de un lugar a otro, en los movimientos del cuerpo como un todo, en la emisión de la voz y en la aspiración del aliento. Pues está en nuestro poder realizar o abstenernos de realizar estas acciones.
Por último, la razón del hombre lo une a las naturalezas incorpóreas e inteligentes, pues aplica su razón, mente y juicio a todo, persigue las virtudes y sigue con afán la piedad, que es la corona de las virtudes. Y así el hombre es un microcosmos.
Además, debe saberse que la división, el flujo y el cambio son propios sólo del cuerpo. Por cambio entiendo el cambio de cualidad, es decir, de calor y frío y cosas semejantes; por flujo entiendo el cambio en el sentido de agotamiento, pues las cosas secas y húmedas y el espíritu sufren agotamiento y requieren repleción; de modo que el hambre y la sed son afecciones naturales. Asimismo, la división es la separación de los humores, unos de otros, y la partición en forma y materia.
Pero la piedad y el pensamiento son las propiedades peculiares del alma. Y las virtudes son comunes al alma y al cuerpo, aunque se refieren al alma como si el alma se sirviera del cuerpo.
La parte racional, debe entenderse, ejerce naturalmente dominio sobre la que carece de razón. Pues las facultades del alma se dividen en la que tiene razón y la que carece de ella. A su vez, de la que carece de razón hay dos divisiones: la que no escucha a la razón, es decir, es desobediente a la razón, y la que escucha y obedece a la razón. La que no escucha ni obedece a la razón es la facultad vital o pulsátil, la facultad espermática o generativa, y la facultad vegetativa o nutritiva; a ésta pertenecen también las facultades de crecimiento y formación corporal. Pues éstas no están bajo el dominio de la razón, sino bajo el de la naturaleza. La que escucha y obedece a la razón, por otra parte, se divide en ira y deseo. Y la parte irracional del alma se llama en común la pasional y la apetitiva. Además, debe entenderse que el movimiento impulsivo pertenece asimismo a la parte que obedece a la razón.
La parte que no presta atención a la razón incluye las facultades nutritiva, generativa y pulsátil; y el nombre «vegetativa» se aplica a las facultades de aumento, nutrición y generación, y el nombre «vital» a la facultad de pulsación.
De la facultad de nutrición, pues, hay cuatro fuerzas: una fuerza atractiva que atrae el alimento; una fuerza retentiva por la cual el alimento es retenido y no se permite que sea excretado inmediatamente; una fuerza alterativa por la cual el alimento se resuelve en los humores; y una fuerza excretiva, por la cual el exceso de alimento es excretado en el desecho y expulsado.
Las fuerzas, asimismo, inherentes a un ser vivo son, debe notarse, en parte psíquicas, en parte vegetativas, en parte vitales. Las fuerzas psíquicas se ocupan de la libre volición, es decir, del movimiento impulsivo y de la sensación. El movimiento impulsivo incluye el cambio de lugar y el movimiento del cuerpo como un todo, y la fonación y la respiración. Pues está en nuestro poder realizar o abstenernos de realizar estos actos. Las fuerzas vegetativas y vitales, sin embargo, están completamente fuera de la jurisdicción de la voluntad. Las vegetativas, además, incluyen las facultades de nutrición y crecimiento, y generación, y la fuerza vital es la facultad de pulsación. Pues éstas continúan energizando lo queramos o no.
Por último, debemos observar que entre las cosas actuales, unas son buenas y otras malas. Una cosa buena anticipada constituye el deseo; mientras que una cosa buena realizada constituye el placer. De manera similar, una cosa mala anticipada engendra temor, y realizada engendra dolor. Y cuando hablamos de bien en esta conexión, debe entenderse que nos referimos tanto al bien real como al aparente; y, de manera similar, nos referimos al mal real y al aparente.
II, 13
Hay placeres del alma y placeres del cuerpo. Los placeres del alma son los que son posesión exclusiva del alma, como los placeres del aprendizaje y de la contemplación. Los placeres del cuerpo, sin embargo, son los que disfrutan el alma y el cuerpo en comunión, y por eso se llaman placeres corporales; y tales son los placeres de la comida, del trato carnal y cosas semejantes. Pero no se podría encontrar ninguna clase de placeres que pertenezca únicamente al cuerpo.
De nuevo, algunos placeres son verdaderos, otros falsos. Y los placeres exclusivamente intelectuales consisten en conocimiento y contemplación, mientras que los placeres del cuerpo dependen de la sensación. Además, de los placeres corporales, algunos son a la vez naturales y necesarios, sin los cuales la vida es imposible, por ejemplo los placeres del alimento que repara el desgaste, y los placeres del vestido necesario. Otros son naturales pero no necesarios, como los placeres del trato carnal natural y legítimo. Pues aunque la función que éstos desempeñan es asegurar la permanencia de la raza en su conjunto, es posible vivir una vida virginal aparte de ellos. Otros, sin embargo, no son ni naturales ni necesarios, como la embriaguez, la lujuria y el exceso en la comida. Pues éstos no contribuyen ni al mantenimiento de nuestras propias vidas ni a la sucesión de la raza, sino que, por el contrario, son más bien un impedimento. Por tanto, el que quiera vivir una vida aceptable a Dios debe seguir aquellos placeres que son a la vez naturales y necesarios; y debe dar un lugar secundario a los que son naturales pero no necesarios, y disfrutarlos sólo en la estación, manera y medida convenientes; mientras que los otros deben ser renunciados por completo.
Deben considerarse, pues, placeres morales aquellos que no van ligados al dolor, no dan causa de arrepentimiento, no resultan en ningún otro daño, se mantienen dentro de los límites de la moderación, no nos apartan lejos de las ocupaciones serias, ni nos hacen esclavos.
II, 14
Hay cuatro variedades de dolor, a saber: angustia, pesar, envidia, compasión. La angustia es dolor sin palabras; el pesar es dolor pesado de soportar como una carga; la envidia es dolor por la buena fortuna de otros; la compasión es dolor por la mala fortuna de otros.
II, 15
El temor se divide en seis variedades, a saber: encogimiento, vergüenza, deshonra, consternación, pánico, ansiedad. El encogimiento es temor de algún acto que está por suceder. La vergüenza es temor que surge de la anticipación de la culpa; y ésta es la forma más alta de la afección. La deshonra es temor que brota de algún acto vil ya cometido, y aun para esta forma hay alguna esperanza de salvación. La consternación es temor que se origina en algún producto enorme de la imaginación. El pánico es temor causado por algún producto inusual de la imaginación. La ansiedad es temor del fracaso, es decir, de la desgracia: pues cuando tememos que nuestros esfuerzos no tendrán éxito, sufrimos ansiedad.
II, 16
La ira es la ebullición de la sangre del corazón producida por exhalación biliosa o turbidez. De ahí que las palabras [χολή] y [χόλος] se usen ambas en el sentido de ira. La ira es a veces deseo de venganza. Pues cuando somos agraviados o creemos que somos agraviados, nos afligimos, y surge esta mezcla de deseo e ira.
Hay tres formas de ira: rabia, que los griegos también llaman [χολή] o [χόλος], [μῆνις] y [κότος]. Cuando la ira surge y comienza a despertarse, se llama rabia o [χολή] o [χόλος]. La cólera, a su vez, implica que la bilis perdura, es decir, que la memoria del agravio permanece; y en efecto, la palabra griega para ella, [μῆνις], se deriva de [μένειν], y significa lo que permanece y es transferido a la memoria. El rencor, por otra parte, implica estar vigilando un momento adecuado para la venganza, y la palabra griega para ello es [κότος] de [κεῖσθαι].
Además, la ira es la satélite de la razón, la vindicadora del deseo. Pues cuando anhelamos algo y alguien se opone a nuestro deseo, nos airamos contra esa persona, como si hubiéramos sido agraviados; y la razón evidentemente juzga que hay motivos justos para el desagrado en lo que ha sucedido, en el caso de aquellos que, como nosotros, tienen en el curso natural de las cosas que guardar su propia posición.
II, 17
La imaginación es una facultad de la parte irracional del alma. Es a través de los órganos de los sentidos que se pone en acción, y se habla de ella como sensación. Y además, lo imaginado y percibido es aquello que cae dentro del alcance de la facultad de la imaginación y de la sensación. Por ejemplo, el sentido de la vista es la facultad visual misma, pero el objeto de la vista es aquello que cae dentro del alcance del sentido de la vista, como una piedra o cualquier otro objeto semejante. Además, una imaginación es una afección de la parte irracional del alma ocasionada por algún objeto que actúa sobre la sensación. Pero una apariencia es una afección vacía de la parte irracional del alma, no ocasionada por ningún objeto que actúe sobre la sensación. Además, el órgano de la imaginación es el ventrículo anterior del cerebro.
II, 18
La sensación es aquella facultad del alma mediante la cual los objetos materiales pueden ser aprehendidos o discriminados. Y los sensorios son los órganos o miembros a través de los cuales se transmiten las sensaciones. Y los objetos de los sentidos son las cosas que caen dentro del ámbito de la sensación. Y, por último, el sujeto de la sensación es el animal viviente que posee la facultad de sentir. Ahora bien, hay cinco sentidos y, asimismo, cinco órganos de los sentidos.
El primer sentido es la vista: y los sensorios u órganos de la vista son los nervios del cerebro y los ojos. Ahora bien, la vista es principalmente percepción del color, pero junto con el color discierne el cuerpo que tiene color, y su tamaño y forma, y la localidad, y el espacio intermedio y el número; también si está en movimiento o en reposo, áspero o liso, igual o desigual, agudo o romo, y, finalmente, si su composición es acuosa o terrosa, es decir, húmeda o seca.
El segundo sentido es el oído, mediante el cual se perciben las voces y los sonidos. Y distingue estos como agudos o graves, o suaves o fuertes. Sus órganos son los nervios blandos del cerebro y la estructura de los oídos. Además, el hombre y el mono son los únicos animales que no mueven sus orejas.
El tercer sentido es el olfato, que es causado por las fosas nasales al transmitir los vapores al cerebro; y está limitado por los extremos del ventrículo anterior del cerebro. Es la facultad por la cual los vapores son percibidos y aprehendidos. Ahora bien, la distinción más genérica entre los vapores es si tienen un olor bueno o malo, o si forman una clase intermedia sin olor bueno ni malo. El buen olor se produce por la digestión completa de los humores en el cuerpo. Cuando solo se digieren moderadamente, se forma la clase intermedia; y cuando la digestión es muy imperfecta o falta por completo, resulta un olor malo.
El cuarto sentido es el gusto: es la facultad por la cual los humores son aprehendidos o percibidos, y sus órganos sensoriales son la lengua, y más especialmente los labios, y el paladar (que los griegos llaman [οὐρανίσκος]), y en estos hay nervios que provienen del cerebro y se extienden, y transmiten a la parte dominante del alma la percepción o sensación que han encontrado. Las llamadas cualidades gustativas de los humores son estas: dulzura, picante, amargor, astringencia, acerbidad, acidez, salobridad, untuosidad, viscosidad; pues el gusto es capaz de discernir todas estas. Pero el agua no tiene ninguna de estas cualidades, y por tanto carece de gusto. Además, la astringencia es solo una forma más intensa y exagerada de acerbidad.
El quinto sentido es el tacto, que es común a todos los seres vivientes. Sus órganos son nervios que provienen del cerebro y se ramifican por todo el cuerpo. Por lo tanto, el cuerpo entero, incluyendo incluso los otros órganos de los sentidos, posee el sentido del tacto. Dentro de su ámbito se encuentran el calor y el frío, la blandura y la dureza, la viscosidad y la fragilidad, la pesadez y la ligereza; pues solo por el tacto se discriminan estas cualidades. Por otra parte, la aspereza y la suavidad, la sequedad y la humedad, el espesor y la delgadez, el arriba y el abajo, el lugar y el tamaño, siempre que sea tal que pueda ser abarcado en una sola aplicación del sentido del tacto, son todos comunes al tacto y a la vista, así como la densidad y la rareza, es decir, la porosidad, y la rotundidad si es pequeña, y algunas otras formas. De manera semejante, también con la ayuda de la memoria y el pensamiento es posible la percepción de la cercanía de un cuerpo, y de manera similar la percepción de número hasta dos o tres, y de figuras tan pequeñas y fáciles de contar. Pero estas cosas son percibidas más por la vista que por el tacto.
El Creador, ha de notarse, formó todos los demás órganos de los sentidos en pares, de modo que si uno fuera destruido, el otro pudiera ocupar su lugar. Pues hay dos ojos, dos oídos, dos orificios de la nariz y dos lenguas, que en algunos animales, como las serpientes, están separadas, pero en otros, como el hombre, están unidas. Pero el tacto se extiende por todo el cuerpo, a excepción de los huesos, los nervios, las uñas, los cuernos, los pelos, los ligamentos y otras estructuras semejantes.
Además, ha de observarse que la vista solo es posible en línea recta, mientras que el olfato y el oído no se limitan solo a las líneas rectas, sino que actúan en todas direcciones. El tacto, a su vez, y el gusto no actúan ni en línea recta ni en todas direcciones, sino solo cuando cada uno se acerca a los objetos sensibles que le son propios.
II, 19
La facultad del pensamiento trata de los juicios y asentimientos, del impulso a la acción y de las aversiones, y de las abstenciones de la acción; y más especialmente de los pensamientos relacionados con lo inteligible, y de las virtudes y las diferentes ramas del saber, y de las teorías de las artes y de las materias de consejo y elección. Además, es esta facultad la que nos profetiza el futuro en sueños, y esto es lo que los pitagóricos, adoptando la opinión hebrea, consideran la única forma verdadera de profecía. El órgano del pensamiento es, pues, el ventrículo medio del cerebro, y el espíritu vital que contiene.
II, 20
La facultad de la memoria es la causa y el almacén del recuerdo y de la reminiscencia. Pues la memoria es una fantasía que queda de alguna sensación y pensamiento que se manifiesta en acción; o la preservación de una sensación y un pensamiento. Pues el alma comprende los objetos de los sentidos mediante los órganos de los sentidos, es decir, percibe, y de ahí surge una noción; y de manera similar comprende los objetos del pensamiento mediante la mente, y de ahí surge un pensamiento. Es, pues, la preservación de los tipos de estas nociones y pensamientos lo que se llama memoria.
Además, es digno de notarse que la aprehensión de las materias del pensamiento depende del aprendizaje, o del proceso natural del pensamiento, y no de la sensación. Pues aunque los objetos de los sentidos se retienen en la memoria por sí mismos, solo se recuerdan aquellos objetos del pensamiento que hemos aprendido, y no tenemos memoria de su esencia.
La reminiscencia es el nombre dado a la recuperación de alguna memoria perdida por el olvido. Pues el olvido es simplemente pérdida de memoria. La facultad de la imaginación, entonces, habiendo aprehendido los objetos materiales mediante los sentidos, transmite esto a la facultad del pensamiento o razón (pues ambas son lo mismo), y esta, después de haberlo recibido y juzgado, lo pasa a la facultad de la memoria. Ahora bien, el órgano de la memoria es el ventrículo posterior del cerebro, que los griegos llaman [παρεγκεφαλίς], y el espíritu vital que contiene.
II, 21
De nuevo, la parte racional del alma se divide en concepción y articulación. La concepción es una actividad del alma que se origina en la razón sin producir emisión de palabras. Por consiguiente, a menudo, incluso cuando estamos en silencio, recorremos mentalmente todo un discurso y mantenemos discusiones en sueños. Y es principalmente esta facultad la que nos constituye a todos como seres racionales. Pues los que son mudos de nacimiento o han perdido la voz por alguna enfermedad o lesión, son igualmente seres racionales. Pero la articulación mediante la voz o en los diferentes dialectos requiere energía: es decir, la palabra es articulada por la lengua y la boca, y por eso se llama articulación. Es, en efecto, el mensajero del pensamiento, y es por ella por lo que se nos llama seres parlantes.
II, 22
Pasión es una palabra con varios significados. Se usa respecto del cuerpo, y se refiere a enfermedades y heridas; y de nuevo, se usa en referencia al alma, y significa deseo e ira. Pero hablando en términos amplios y generales, la pasión es una afección animal a la que siguen placer y dolor. Pues el dolor sigue a la pasión, pero no es lo mismo que la pasión. Porque la pasión es una afección de las cosas sin sentido, pero no así el dolor. El dolor, pues, no es pasión, sino la sensación de la pasión; y debe ser considerable, es decir, debe ser lo bastante grande como para caer dentro del ámbito de los sentidos.
De nuevo, la definición de las pasiones del alma es esta: La pasión es una actividad sensible de la facultad apetitiva, que depende de la presentación a la mente de algo bueno o malo. O, en otras palabras, la pasión es una actividad irracional del alma, resultante de la noción de algo bueno o malo. Pues la noción de algo bueno produce deseo, y la noción de algo malo produce ira. Pero la pasión considerada como clase, es decir, la pasión en general, se define como un movimiento en una cosa causado por otra. La energía, por otra parte, es un movimiento drástico, y por «drástico» se entiende aquello que es movido por sí mismo. Así, la ira es la energía manifestada por la parte del alma donde reside la ira, mientras que la pasión implica las dos divisiones del alma, y además todo el cuerpo cuando es impelido por la fuerza a la acción por la ira. Pues se ha producido un movimiento en una cosa causado por otra, y a esto se llama pasión.
Pero en otro sentido, la energía se dice que es pasión. Pues la energía es un movimiento en armonía con la naturaleza, mientras que la pasión es un movimiento en desacuerdo con la naturaleza. Según, pues, esta opinión, la energía puede ser llamada pasión cuando no actúa conforme a la naturaleza, ya sea que su movimiento se deba a sí misma o a alguna otra cosa. Así, en lo que respecta al corazón, su pulsación natural es energía, mientras que su palpitación, que es un movimiento excesivo y antinatural, es pasión y no energía.
Pero no toda actividad de la parte pasional del alma se llama pasión, sino solo las más violentas, y tales como son capaces de causar sensación: pues los movimientos menores e imperceptibles ciertamente no son pasiones. Pues para constituir pasión es necesario un grado considerable de fuerza, y por eso añadimos a la definición de pasión que es una actividad sensible. Pues las actividades menores escapan a la atención de los sentidos y no causan pasión.
Obsérvese también que nuestra alma posee facultades dobles, las del conocimiento y las de la vida. Las facultades del conocimiento son mente, pensamiento, noción, presentación, sensación; y las facultades vitales o apetitivas son voluntad y elección. Ahora bien, para hacer más claro lo dicho, consideremos estas cosas más de cerca, y tomemos primero las facultades del conocimiento.
La presentación y la sensación, pues, ya han sido suficientemente discutidas más arriba. Es la sensación la que causa que una pasión, que se llama presentación, surja en el alma, y de la presentación proviene la noción. Después, el pensamiento, sopesando la verdad o falsedad de la noción, determina lo que es verdadero; y esto explica la palabra griega para pensamiento, [διάνοια], que se deriva de [διανοεῖν], que significa pensar y discernir. Aquello, sin embargo, que es juzgado [] y determinado como verdadero, se llama mente.
O, para decirlo de otra manera: La actividad primaria de la mente, obsérvese, es la inteligencia, pero la inteligencia aplicada a cualquier objeto se llama pensamiento, y cuando este persiste y causa en la mente una impresión del objeto del pensamiento, se llama reflexión, y cuando la reflexión se detiene en el mismo objeto y se pone a prueba, y examina de cerca la relación del pensamiento con el alma, recibe el nombre de prudencia. Además, la prudencia, cuando extiende su ámbito, forma el poder de razonar y se llama concepción, y esta se define como la actividad más plena del alma, que surge en aquella parte donde reside la razón, y carece de expresión exterior; y de ella procede la palabra emitida hablada por la lengua. Y ahora que hemos discutido las facultades del conocimiento, volvámonos a las facultades vitales o apetitivas.
Debe entenderse que en el alma está implantada por naturaleza una facultad de desear aquello que está en armonía con su naturaleza, y de mantener en estrecha unión todo lo que pertenece esencialmente a su naturaleza; y este poder se llama voluntad o [θέλησις]. Pues la esencia tanto del existir como del vivir anhela la actividad tanto en lo que respecta a la mente como a los sentidos, y en esto simplemente anhela realizar su propio ser natural y perfecto. Y así se da también esta definición de esta voluntad natural: la voluntad es un apetito, a la vez racional y vital, que depende solo de lo natural. De modo que la voluntad no es otra cosa que el apetito natural, vital y racional de todas las cosas que constituyen la naturaleza, es decir, simplemente la facultad simple. Pues el apetito de las criaturas sin razón, puesto que es irracional, no se llama voluntad.
De nuevo, [βούλησις] o deseo voluntario es una especie de voluntad natural, es decir, un apetito natural y racional de alguna cosa definida. Pues en el alma del hombre reside una facultad de deseo racional. Cuando, pues, este deseo racional se dirige naturalmente a algún objeto definido, se llama deseo voluntario. Pues el deseo voluntario es el deseo racional y el anhelo de alguna cosa definida.
El deseo voluntario, sin embargo, se usa tanto en relación con lo que está en nuestro poder como en relación con lo que está fuera de nuestro poder, es decir, tanto respecto de lo posible como de lo imposible. Pues a menudo deseamos entregarnos a la lujuria o ser moderados, o dormir y cosas semejantes, y estas están en nuestro poder de realizar y son posibles. Pero también deseamos ser reyes, y esto no está en nuestro poder, o acaso deseamos no morir jamás, y esto es una imposibilidad.
El deseo voluntario, pues, se refiere solo al fin, y no a los medios por los cuales se alcanza el fin. El fin es el objeto de nuestro deseo voluntario, por ejemplo, ser rey o gozar de buena salud; pero los medios por los cuales se alcanza el fin, es decir, la manera en que debemos gozar de buena salud o alcanzar el rango de rey, son los objetos de la deliberación. Luego, después del deseo voluntario siguen la investigación y la especulación ([ζήτησις] y [σκέψις]), y después de estas, si el objeto es algo que está en nuestro poder, viene el consejo o la deliberación ([βουλή] o [βούλευσις]): el consejo es un apetito de investigar las líneas de acción que están en nuestro propio poder. Pues uno delibera si debe o no proseguir un asunto, y luego decide cuál es lo mejor, y esto se llama juicio ([κρίσις]). Después, uno se dispone a y forma gusto por aquello en favor de lo cual la deliberación dio juicio, y esto se llama inclinación ([γνώμη]). Pues si uno formara un juicio y no se dispusiera a o formara gusto por el objeto de ese juicio, no se llamaría inclinación. Luego, de nuevo, después de que uno se ha dispuesto así, entra en juego la elección o selección ([προαίρεσις] y [ἐπιλογή]). Pues la elección consiste en escoger y seleccionar una de dos posibilidades con preferencia a la otra. Entonces uno es impelido a la acción, y esto se llama impulso ([ὁρμή]); y después se pone en empleo, y esto se llama uso ([χρῆσις]). La última etapa, después de que hemos disfrutado del uso, es la cesación del deseo.
En el caso, sin embargo, de las criaturas sin razón, tan pronto como se despierta el apetito por algo, surge inmediatamente el impulso a la acción. Pues el apetito de las criaturas sin razón es irracional, y son gobernadas por su apetito natural. Por tanto, ni los nombres de voluntad ni de deseo voluntario son aplicables al apetito de las criaturas sin razón. Pues la voluntad es deseo racional, libre y natural, y en el caso del hombre, dotado de razón como está, el apetito natural es gobernado más que gobierna. Pues sus acciones son libres y dependen de la razón, ya que las facultades del conocimiento y de la vida están unidas en el hombre. Es libre en el deseo, libre en el deseo voluntario, libre en el examen y la investigación, libre en la deliberación, libre en el juicio, libre en la inclinación, libre en la elección, libre en el impulso, y libre en la acción donde esta es conforme a la naturaleza.
Pero en el caso de Dios, ha de recordarse, hablamos de deseo voluntario, pero no es correcto hablar de elección. Pues Dios no delibera, ya que eso es señal de ignorancia, y nadie delibera sobre lo que conoce. Pero si el consejo es señal de ignorancia, ciertamente la elección también debe serlo. Dios, pues, puesto que tiene conocimiento absoluto de todo, no delibera.
Ni en el caso del alma del Señor hablamos de consejo o elección, puesto que no tuvo parte en la ignorancia. Pues, aunque era de una naturaleza que no conoce el futuro, sin embargo, a causa de su unidad en subsistencia con Dios el Verbo, tenía conocimiento de todas las cosas, y ello no por gracia, sino, como hemos dicho, porque era uno en subsistencia. Pues Él mismo era a la vez Dios y Hombre, y por tanto no poseía la voluntad que actúa por opinión o disposición. Aunque poseía la voluntad natural y simple que se observa igualmente en todas las personalidades de los hombres, su alma santa no tenía opinión (o disposición), es decir, ninguna inclinación opuesta a su voluntad divina, ni ninguna otra cosa contraria a su voluntad divina. Pues la opinión (o disposición) difiere según difieren las personas, excepto en el caso de la santa, simple, no compuesta e indivisible Divinidad. Allí, en efecto, como las subsistencias no están en modo alguno divididas ni separadas, tampoco está dividido el objeto de la voluntad. Y allí, puesto que no hay más que una naturaleza, hay también una sola voluntad natural. Y además, puesto que las subsistencias están sin separación, las tres subsistencias tienen también un solo objeto de voluntad y una sola actividad. En el caso de los hombres, sin embargo, viendo que su naturaleza es una, su voluntad natural es también una; pero puesto que sus subsistencias están separadas y divididas entre sí, tanto en lugar y tiempo, y en disposición hacia las cosas, como en muchos otros respectos, por esta razón sus actos de voluntad y sus opiniones son diferentes. Pero en el caso de nuestro Señor Jesucristo, puesto que posee naturalezas diferentes, sus voluntades naturales, es decir, sus facultades volitivas que le pertenecen como Dios y como Hombre, son también diferentes. Pero como la subsistencia es una, y Aquel que ejerce la voluntad es uno, el objeto de la voluntad, es decir, la voluntad gnómica, es también uno, siguiendo evidentemente su voluntad humana a su voluntad divina, y queriendo aquello que la voluntad divina quería que quisiera.
Nótese además que la voluntad ([θέλησις]) y el deseo voluntario ([βούλησις]) son dos cosas diferentes; también el objeto de la voluntad ([τὸ θελητόν]) y la capacidad de querer ([θελητικόν]), y el sujeto que ejerce la voluntad ([ὁ θέλων]), son todos diferentes. Pues la voluntad es simplemente la facultad simple de querer, mientras que el deseo voluntario es la voluntad dirigida a algún objeto definido. Además, el objeto de la voluntad es la materia subyacente a la voluntad, es decir, la cosa que queremos; por ejemplo, cuando se despierta el apetito de comida. El apetito puro y simple, sin embargo, es una voluntad racional. La capacidad de querer, por otra parte, significa aquello que posee la facultad volitiva, por ejemplo, el hombre. Además, el sujeto que ejerce la voluntad es la persona real que hace uso de la voluntad.
La palabra [τὸ θελήμα], es bueno notarlo, a veces designa la voluntad, es decir, la facultad volitiva, y en este sentido hablamos de voluntad natural; y a veces designa el objeto de la voluntad, y hablamos de voluntad ([θέλημα γνωμικόν]) que depende de la inclinación.