Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 9. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)39 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 9 · Capítulo 19. Que Dios no es causa de los malesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

    Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 19. Que Dios no es causa de los males

    IV, 19

    Debe observarse que es costumbre en la Sagrada Escritura hablar de la permisión de Dios como de su energía, como cuando el apóstol dice en la Epístola a los Romanos, ¿No tiene el alfarero poder sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? Y esto por cuanto Él mismo hace esto o aquello. Pues Él mismo es el único Hacedor de todas las cosas; pero no es Él mismo quien modela lo noble o lo innoble, sino la elección personal de cada uno. Y esto se manifiesta por lo que el mismo Apóstol dice en la Segunda Epístola a Timoteo, En una casa grande no hay solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos para honra y otros para deshonra. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será vaso para honra, santificado, útil para el uso del dueño, y preparado para toda buena obra. [] Y es evidente que la purificación debe ser voluntaria: pues si alguno, dice, se limpia a sí mismo. Y la antístrofa consiguiente responde, «Si alguno no se limpia a sí mismo, será vaso para deshonra, inútil para el uso del dueño y apto sólo para ser quebrado.» Por lo cual este pasaje que hemos citado y éste, Dios los ha encerrado a todos en incredulidad [], y éste, Dios les ha dado espíritu de letargo, ojos para que no vean, y oídos para que no oigan, todos estos pasajes deben entenderse no como si Dios mismo estuviera energizando, sino como si Dios estuviera permitiendo, tanto por causa del libre albedrío como porque la bondad no conoce coacción.
    Por tanto, su permisión suele mencionarse en la Sagrada Escritura como su energía y su obra. Más aún, incluso cuando dice que Dios crea los males, y que no hay mal en la ciudad que el Señor no haya hecho, no quiere decir con estas palabras [] que el Señor sea la causa del mal, sino que la palabra 'mal' se usa de dos maneras, con dos significados. Pues a veces significa lo que es malo por naturaleza, y esto es lo opuesto a la virtud y a la voluntad de Dios; y a veces significa lo que es malo y opresivo para nuestra sensación, es decir, aflicciones y calamidades. Ahora bien, éstas son aparentemente malas porque son dolorosas, pero en realidad son buenas. Pues para quienes entienden, se convierten en embajadoras de la conversión y de la salvación. La Escritura dice que de éstas Dios es el Autor.
    Debe observarse, además, que también de éstos somos nosotros la causa: pues los males involuntarios son descendencia de los voluntarios.
    También debe reconocerse que es usual en las Escrituras que algunas cosas que deberían considerarse como efectos se expresen en sentido causal, como en: Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho este mal delante de tus ojos, para que seas justificado cuando hables, y venzas cuando juzgues. Pues el pecador no pecó para que Dios venciera, ni tampoco Dios requirió nuestro pecado para que por él se manifestara como vencedor. Pues sobre toda comparación, Él gana el premio del vencedor contra todos, incluso contra los que no tienen pecado, siendo Hacedor, incomprensible, increado, y poseyendo gloria natural y no adventicia. Pero es porque, cuando pecamos, Dios no es injusto en su ira contra nosotros; y cuando perdona al penitente, se muestra vencedor sobre nuestra maldad. Pero no es por esto por lo que pecamos, sino porque la cosa resulta así. Es como si uno estuviera sentado trabajando y un amigo estuviera cerca, y uno dijera: Mi amigo vino para que yo no hiciera trabajo alguno aquel día. El amigo, sin embargo, no estaba presente para que el hombre no trabajara, sino que tal fue el resultado. Pues, ocupado en recibir a su amigo, no trabajó. Estas cosas, también, se dicen como efectos porque los asuntos resultaron así. Además, Dios no desea que Él solo sea justo, sino que todos, en lo posible, sean hechos semejantes a Él.

    Capítulo 20. Que no hay dos Reinos

    IV, 20

    Que no hay dos reinos, uno bueno y otro malo, lo veremos por esto. Pues el bien y el mal se oponen uno al otro y se destruyen mutuamente, y no pueden existir el uno en el otro ni el uno con el otro. Cada uno de ellos, por tanto, en su propia división pertenecerá al todo, y primeramente serán circunscritos, no sólo por el todo, sino también cada uno de ellos por parte del todo.
    A continuación pregunto quién es el que asigna a cada uno su lugar. Pues no afirmarán que han llegado a un acuerdo amistoso o se han reconciliado el uno con el otro. Porque el mal no es mal cuando está en paz y reconciliado con la bondad, ni la bondad es buena cuando está en términos amistosos con el mal. Pero si Aquel que ha señalado a cada uno de éstos su propia esfera de acción es algo distinto de ellos, debe más bien ser Dios.
    Una de dos cosas es ciertamente necesaria: o bien que entren en contacto y se destruyan mutuamente, o bien que exista algún lugar intermedio donde no existan ni la bondad ni el mal, que los separe a ambos uno del otro, como un tabique. Y así ya no habrá dos, sino tres reinos.
    De nuevo, una de estas alternativas es necesaria: o bien están en paz, lo cual es del todo incompatible con el mal (pues lo que está en paz no es malo), o bien están en lucha, lo cual es incompatible con la bondad (pues lo que está en lucha no es perfectamente bueno), o bien el mal está en lucha y el bien no toma represalias, sino que es destruido por el mal, o bien están siempre en tribulación y angustia, lo cual no es señal de bondad. Por tanto, no hay sino un solo reino, libre de todo mal.
    Pero si esto es así, dicen, ¿de dónde viene el mal? Pues es del todo imposible que el mal se origine de la bondad. Respondemos, entonces, que el mal no es otra cosa que ausencia de bondad y un deslizamiento de lo natural a lo antinatural: porque nada malo es natural. Pues todas las cosas que Dios ha hecho son muy buenas [], en la medida en que fueron hechas: si, por tanto, permanecen tal como fueron creadas, son muy buenas; pero cuando voluntariamente se apartan de lo natural y se vuelven a lo antinatural, caen en el mal.
    Por naturaleza, por tanto, todas las cosas son siervas del Creador y le obedecen. Así, pues, cuando alguna de sus criaturas se rebela voluntariamente y se vuelve desobediente a su Hacedor, introduce en sí misma el mal. Porque el mal no es esencia alguna ni propiedad de la esencia, sino un accidente, es decir, una desviación voluntaria de lo natural a lo antinatural, que es el pecado.
    ¿De dónde, pues, viene el pecado? Es una invención del libre albedrío del diablo. ¿Es, entonces, malo el diablo? En cuanto fue traído a la existencia, no es malo sino bueno. Pues fue creado por su Hacedor como un ángel resplandeciente y muy brillante, dotado de libre albedrío por ser racional. Pero se apartó voluntariamente de la virtud que es natural y entró en la oscuridad del mal, quedando muy lejos de Dios, que es el único bueno y puede dar vida y luz. Pues de Él todo bien deriva su bondad, y en la medida en que se separa de Él en la voluntad (pues no es en el lugar), cae en el mal.

    Capítulo 21

    El propósito por el cual Dios, en su presciencia, creó a personas que pecarían y no se arrepentirían

    IV, 21

    Dios, en su bondad, sacó de la nada a lo que existe, y tiene presciencia de lo que existirá en el futuro. Si, por tanto, no fueran a existir en el futuro, ni serían malos en el futuro ni serían preconocidos. Pues el conocimiento es de lo que existe, y la presciencia es de lo que ciertamente existirá en el futuro. Porque el ser simple viene primero, y luego el ser bueno o malo. Pero si la misma existencia de aquellos que por la bondad de Dios han de existir en el futuro fuera impedida por el hecho de que iban a hacerse malos por su propia elección, el mal habría prevalecido sobre la bondad de Dios. Por lo cual Dios hace buenas todas sus obras, pero cada uno se hace por su propia elección bueno o malo. Aunque, pues, el Señor dijo: Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido [], lo dijo en condenación no de su propia creación, sino del mal que su propia creación había adquirido por su propia elección y por su propia negligencia. Pues la negligencia que caracteriza el juicio del hombre hizo que la beneficencia de su Creador no le aprovechara de nada. Es como si alguien, habiendo obtenido riquezas y dominio de un rey, se enseñoreara de su bienhechor, quien, cuando lo haya vencido, lo castigará como merece, si lo ve aferrándose a la soberanía hasta el fin.

    Capítulo 22. Sobre la ley de Dios y la ley del pecado

    IV, 22

    La Deidad es buena y más que buena, y así es su voluntad. Pues lo que Dios quiere es bueno. Además, el precepto que enseña esto es ley, para que, aferrándonos a ella, caminemos en la luz []; y la transgresión de este precepto es pecado, y éste continúa existiendo a causa del asalto del diablo y de nuestra recepción no constreñida y voluntaria del mismo. [] Y éste, también, es llamado ley [].
    Y así, la ley de Dios, asentándose en nuestra mente, la atrae hacia sí y aguijonea nuestra conciencia. Y nuestra conciencia, también, es llamada ley de nuestra mente. Además, el asalto del maligno, es decir, la ley del pecado, asentándose en los miembros de nuestra carne, nos asalta a través de ella. Pues al transgredir una vez voluntariamente la ley de Dios y recibir el asalto del maligno, le dimos entrada, habiéndonos vendido nosotros mismos al pecado. Por lo cual nuestro cuerpo es fácilmente impulsado a ello. Y así, el sabor y la percepción del pecado que está almacenado en nuestro cuerpo, es decir, la concupiscencia y el placer del cuerpo, es ley en los miembros de nuestra carne.
    Por tanto, la ley de mi mente, es decir, la conciencia, simpatiza con la ley de Dios, es decir, el precepto, y hace de él su voluntad. Pero la ley del pecado, es decir, el asalto realizado a través de la ley que está en nuestros miembros, o a través de la concupiscencia, la inclinación y el movimiento del cuerpo y de la parte irracional del alma, se opone a la ley de mi mente, es decir, a la conciencia, y me lleva cautivo (aun cuando yo haga de la ley de Dios mi voluntad y ponga mi amor en ella, y no haga del pecado mi voluntad), a causa de la mezcla; y mediante la blandura del placer y la concupiscencia del cuerpo y de la parte irracional del alma, como he dicho, me extravía y me induce a hacerme siervo del pecado. Pero lo que la ley no podía hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado (pues asumió la carne, pero no el pecado) condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu []. Porque el Espíritu ayuda nuestras debilidades y da poder a la ley de nuestra mente, contra la ley que está en nuestros miembros. Pues el versículo, no sabemos qué hemos de pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede con gemidos indecibles, nos enseña él mismo qué pedir. Por tanto, es imposible cumplir los preceptos del Señor sino mediante la paciencia y la oración.

    Capítulo 23. Contra los judíos, sobre la cuestión del sábado

    IV, 23

    El séptimo día se llama sábado y significa reposo. Pues en él reposó Dios de todas sus obras [], como dice la divina Escritura; y así el número de los días sube hasta siete y luego vuelve en círculo y comienza de nuevo en el primero. Éste es el número precioso para los judíos, habiendo ordenado Dios que se tuviera en honor, y no de manera fortuita, sino con la imposición de penas gravísimas por su transgresión. Y no fue de manera simple como Él ordenó esto, sino por ciertas razones entendidas místicamente por los espirituales y perspicaces.
    Hasta donde yo, en mi ignorancia, sé, comenzando por las cosas inferiores y más densas, Dios, conociendo la densidad de los israelitas y su amor carnal y su propensión hacia la materia en todo, hizo esta ley: primero, para que el siervo y el ganado reposaran [], como está escrito, pues el justo considera la vida de su bestia []; luego, para que, cuando tomen alivio de la distracción de las cosas materiales, se reúnan ante Dios, pasando todo el séptimo día en salmos, himnos y cánticos espirituales, en el estudio de las divinas Escrituras y en el reposo en Dios. Pues cuando no existía la ley y no había Escritura divinamente inspirada, el sábado no estaba consagrado a Dios. Pero cuando la Escritura divinamente inspirada fue dada por Moisés, el sábado fue consagrado a Dios para que en él, quienes no dedican toda su vida a Dios, y quienes no someten su deseo al Amo como a un Padre, sino que son como siervos necios, pudieran en ese día hablar mucho acerca del ejercicio del mismo, y sustraer una pequeña, verdaderamente insignificante, porción de su vida para el servicio de Dios, y esto por temor de los castigos y penas que amenazan a los transgresores. Porque la ley no es dada para el justo, sino para los injustos. [] Moisés, en verdad, fue el primero en permanecer en ayuno con Dios durante cuarenta días, y de nuevo otros cuarenta, y así sin duda afligirse con hambre en los sábados, aunque la ley prohibía el afligirse a sí mismo en el sábado. Pero si objetaran que esto tuvo lugar antes de la ley, ¿qué dirán de Elías el tesbita, que realizó un viaje de cuarenta días con una sola comida []? Pues él, afligiéndose así en los sábados no sólo con hambre, sino con el viaje de cuarenta días, quebrantó el sábado; y, sin embargo, Dios, que dio la ley, no se enojó con él, sino que se le mostró en Horeb como recompensa por su virtud. ¿Y qué dirán de Daniel? ¿No pasó tres semanas sin comida []? Y, además, ¿no circuncidaba todo Israel al niño en el sábado, si caía en el octavo día después del nacimiento []? ¿Y no observan el gran ayuno que la ley prescribe si cae en sábado []? Y, además, ¿no profanan los sacerdotes y los levitas el sábado en las obras del tabernáculo [] y, sin embargo, son tenidos por irreprensibles? Sí, si un buey cayera en un pozo en sábado, el que lo saca es irreprensible, mientras que el que descuida hacerlo es condenado. ¿Y no rodearon todos los israelitas los muros de Jericó llevando el Arca de Dios durante siete días, en lo cual ciertamente estaba incluido el sábado []?
    Como he dicho, por tanto, con el fin de asegurar el ocio para adorar a Dios, a fin de que tanto el siervo como la bestia de carga pudieran dedicar una muy pequeña parte a Él y reposar, la observancia del sábado fue ideada para los carnales que eran todavía niños y estaban en las ataduras de los elementos del mundo [], e incapaces de concebir algo más allá del cuerpo y de la letra. Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo Unigénito, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Pues a cuantos lo recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre [] . Así que ya no somos siervos, sino hijos []: ya no bajo la ley, sino bajo la gracia; ya no servimos a Dios en parte por temor, sino que estamos obligados a dedicarle toda la extensión de nuestra vida, y a hacer que aquel siervo, quiero decir la ira y el deseo, cese del pecado y se consagre al servicio de Dios, dirigiendo siempre todo nuestro deseo hacia Dios y armando nuestra ira contra los enemigos de Dios; y asimismo impedimos que aquella bestia de carga, es decir, el cuerpo, sirva al pecado, y lo urgimos hacia adelante para asistir en lo sumo a los divinos preceptos.
    Éstas son las cosas que la ley espiritual de Cristo nos prescribe, y quienes la observan se vuelven superiores a la ley de Moisés. Porque cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte será abolido []; y cuando el velo de la ley, es decir, el velo, sea rasgado por la crucifixión del Salvador, y el Espíritu resplandezca con lenguas de fuego, la letra será abolida, las cosas corporales llegarán a su fin, la ley de servidumbre será cumplida, y la ley de la libertad nos será otorgada. Sí, celebraremos el reposo perfecto de la naturaleza humana, es decir, el día después de la resurrección, en el cual el Señor Jesús, el Autor de la Vida y nuestro Salvador, nos conducirá a la herencia prometida a los que sirven a Dios en espíritu, herencia en la cual Él mismo entró como nuestro precursor después de resucitar de entre los muertos, y sobre la cual, abriéndosele las puertas del Cielo, se sentó en forma corporal a la diestra del Padre, donde también vendrán los que guardan la ley espiritual.
    Por tanto, lo que nos corresponde a nosotros, que andamos por el espíritu y no por la letra, es el abandono completo de las cosas carnales, el servicio espiritual y la comunión con Dios. Pues la circuncisión es el abandono del placer carnal y de todo lo superfluo e innecesario. Porque el prepucio no es otra cosa que la piel que es superflua para el órgano de la concupiscencia. Y, en efecto, todo placer que no surge de Dios ni está en Dios es superfluo para el placer; y de esto el prepucio es figura. El sábado, además, es el cese del pecado; de modo que ambas cosas vienen a ser una, y así, juntas, cuando son observadas por los espirituales, no producen en absoluto ninguna infracción de la ley.
    Además, obsérvese que el número siete denota todo el tiempo presente, como dice el sapientísimo Salomón: da parte a siete, y aun a ocho. [] Y David, el divino cantor, al componer el salmo octavo, cantó la restauración futura después de la resurrección de los muertos. Puesto que, por tanto, la Ley prescribía que el séptimo día se pasara en reposo de las cosas carnales y dedicado a las cosas espirituales, era una indicación mística para el verdadero israelita que tenía mente para ver a Dios, de que debía durante todo el tiempo ofrecerse a Dios y elevarse por encima de las cosas carnales.

    Capítulo 24. Sobre la virginidad

    IV, 24

    Los hombres carnales abusan de la virginidad, y los amantes del placer aducen en prueba el siguiente versículo: Maldito todo aquel que no levanta descendencia en Israel. Pero nosotros, confiados por Dios el Verbo, que se hizo carne de la Virgen, respondemos que la virginidad fue implantada en la naturaleza del hombre desde lo alto y desde el principio. Pues el hombre fue formado de tierra virgen. De Adán solo fue creada Eva. En el Paraíso reinaba la virginidad. En efecto, la divina Escritura dice que ambos, Adán y Eva, estaban desnudos y no se avergonzaban. [] Pero después de su transgresión conocieron que estaban desnudos y, avergonzados, se cosieron delantales. Y cuando, después de la transgresión, Adán oyó: polvo eres y al polvo volverás, cuando la muerte entró en el mundo a causa de la transgresión, entonces Adán conoció a Eva su mujer, y ella concibió y dio a luz. [] De modo que, para impedir el desgaste y la destrucción del género por la muerte, se ideó el matrimonio, para que el género de los hombres fuera preservado mediante la procreación de los hijos.
    Pero quizá preguntarán: ¿qué significa, pues, «varón y hembra [],» y «Creced y multiplicaos?» Respondemos que «Creced y multiplicaos» no se refiere en modo alguno a la multiplicación por la unión conyugal. Pues Dios tenía poder para multiplicar el género también de otras maneras, si hubieran guardado el precepto sin quebrantarlo hasta el fin. Pero Dios, que conoce todas las cosas antes de que existan, sabiendo en su presciencia que en el futuro caerían en la transgresión y serían condenados a muerte, anticipó esto e hizo «varón y hembra,» y les ordenó «creced y multiplicaos.» Prosigamos, pues, nuestro camino y veamos las glorias de la virginidad; y esto incluye también la castidad.
    Noé, cuando se le ordenó entrar en el arca y se le confió la conservación de la simiente del mundo, recibió este mandato: Entra, dice el Señor, tú y tus hijos, y tu mujer, y las mujeres de tus hijos. Los separó de sus mujeres para que con pureza escaparan del diluvio y de aquel naufragio del mundo entero. Después de cesar el diluvio, sin embargo, dijo: Salid del arca, tú y tus hijos, y tu mujer, y las mujeres de tus hijos. [] He aquí, de nuevo, que se concede el matrimonio por causa de la multiplicación del género. Luego, Elías, el auriga que respiraba fuego y morador del cielo, ¿no abrazó el celibato y, sin embargo, no fue atestiguada su virtud por su ascensión sobrehumana []? ¿Quién cerró los cielos? ¿Quién resucitó a los muertos? ¿Quién dividió el Jordán? ¿No fue el virginal Elías? ¿Y no pidió y obtuvo Eliseo, su discípulo, después de haber dado prueba de igual virtud, como herencia una doble porción de la gracia del Espíritu? ¿Qué diremos de los tres jóvenes? ¿No se hicieron, por practicar la virginidad, más poderosos que el fuego, quedando sus cuerpos, mediante la virginidad, a prueba contra el fuego []? ¿Y no fue el cuerpo de Daniel tan endurecido por la virginidad que los dientes de las fieras no pudieron hincarse en él? ¿No mandó Dios, cuando quiso que los israelitas lo vieran, que purificaran el cuerpo? ¿No se purificaban los sacerdotes y así se acercaban al santuario del templo y ofrecían víctimas? ¿Y no llamaba la ley a la castidad el gran voto?
    El precepto de la ley, por tanto, debe entenderse en un sentido más espiritual. Pues hay una simiente espiritual que se concibe mediante el amor y el temor de Dios en el seno espiritual, que sufre dolores de parto y da a luz el espíritu de salvación. Y en este sentido debe entenderse este versículo: Bienaventurado el que tiene simiente en Sión y posteridad en Jerusalén. Pues ¿acaso significa que, aunque sea un fornicario, un borracho y un idólatra, es sin embargo bienaventurado con solo tener simiente en Sión y posteridad en Jerusalén? Nadie en su sano juicio dirá esto.
    La virginidad es la norma de vida entre los ángeles, la propiedad de toda naturaleza incorpórea. Decimos esto sin hablar mal del matrimonio: ¡Dios no lo permita! (pues sabemos que el Señor bendijo el matrimonio con su presencia [], y conocemos a aquel que dijo: Honroso es el matrimonio y el lecho sin mancha []), pero sabiendo que la virginidad es mejor que el matrimonio, por bueno que sea. Pues entre las virtudes, lo mismo que entre los vicios, hay grados superiores e inferiores. Sabemos que todos los mortales después de los primeros padres del género son descendencia del matrimonio. Pues los primeros padres fueron obra de la virginidad y no del matrimonio. Pero el celibato es, como dijimos, una imitación de los ángeles. Por lo cual, la virginidad es tanto más honorable que el matrimonio cuanto el ángel es superior al hombre. ¿Pero por qué digo ángel? Cristo mismo es la gloria de la virginidad, quien no solo fue engendrado unigénito del Padre sin principio, sin emisión y sin unión, sino que también se hizo hombre a nuestra imagen, haciéndose carne por nosotros de la Virgen sin unión, y manifestando en sí mismo la verdadera y perfecta virginidad. Por lo cual, aunque no nos lo impuso por ley (pues, como dijo, no todos pueden recibir esta palabra []), sin embargo de hecho nos lo enseñó y nos dio fuerza para ello. Pues ciertamente es claro para todos que la virginidad florece ahora entre los hombres.
    Buena es ciertamente la procreación de los hijos ordenada por la ley, y bueno es el matrimonio a causa de las fornicaciones, pues las elimina [], y mediante la unión lícita no permite que la locura del deseo se inflame en actos ilícitos. Bueno es el matrimonio para los que no tienen continencia; pero mejor es aquella virginidad que aumenta la fecundidad del alma y ofrece a Dios el fruto oportuno de la oración. Honroso es el matrimonio y el lecho sin mancha, pero a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios [].

    Capítulo 25. Sobre la circuncisión

    IV, 25

    La circuncisión fue dada a Abrahán antes de la ley, después de las bendiciones, después de la promesa, como señal que lo separaba a él, a su descendencia y a su casa de los gentiles con quienes vivía. [] Y esto es evidente, pues cuando los israelitas pasaron cuarenta años solos en el desierto, sin trato con ninguna otra raza, todos los nacidos en el desierto quedaron incircuncisos; pero cuando Josué los condujo al otro lado del Jordán, fueron circuncidados, y se instituyó una segunda ley de la circuncisión. Pues en tiempos de Abrahán se dio la ley de la circuncisión, y durante los cuarenta años en el desierto cayó en desuso. Y de nuevo, por segunda vez, Dios dio la ley de la circuncisión a Josué, después del paso del Jordán, según está escrito en el libro de Josué, hijo de Nun: En aquel tiempo dijo el Señor a Josué: Hazte cuchillos de piedra de la roca afilada, y reúne y circuncida a los hijos de Israel por segunda vez []; y un poco más adelante: Porque los hijos de Israel anduvieron cuarenta y dos años en el desierto de Battaris, hasta que todo el pueblo de hombres de guerra, que había salido de Egipto, quedó incircunciso, porque no obedecieron la voz del Señor; a los cuales juró el Señor que no les mostraría la buena tierra que juró a sus padres que les daría, tierra que mana leche y miel. Y sus hijos, a quienes levantó en su lugar, a esos los circuncidó Josué; porque eran incircuncisos, pues no los habían circuncidado por el camino. [] De modo que la circuncisión era una señal que separaba a Israel de los gentiles con quienes habitaba.
    Era, además, una figura del bautismo. Pues así como la circuncisión no corta un miembro útil del cuerpo, sino solo una superfluidad inútil, así por el santo bautismo somos circuncidados del pecado, y el pecado es claramente, por así decir, la parte superflua del deseo y no el deseo útil. Pues es del todo imposible que alguien no tenga deseo alguno ni experimente jamás el gusto del placer. Pero la parte inútil del placer, es decir, el deseo y el placer inútiles, eso es el pecado, del cual nos circuncida el santo bautismo, dándonos como señal la preciosa cruz en la frente, no para separarnos de los gentiles (pues todas las naciones recibieron el bautismo y fueron selladas con la señal de la Cruz), sino para distinguir en cada nación al fiel del infiel. Por lo cual, cuando se revela la verdad, la circuncisión es una figura y sombra sin sentido. Así, la circuncisión es ahora superflua y contraria al santo bautismo. Porque el que se circuncida está obligado a cumplir toda la ley. [] Además, el Señor fue circuncidado para cumplir la ley; y cumplió toda la ley y observó el sábado para cumplir y establecer la ley. [] Y después de ser bautizado y de aparecer el Espíritu Santo a los hombres, descendiendo sobre Él en forma de paloma, desde entonces se predicó el culto espiritual, la conducta de vida y el Reino de los Cielos.

    Capítulo 26. Sobre el Anticristo

    IV, 26

    Debe saberse que el Anticristo ha de venir. Todo aquel, por tanto, que no confiesa que el Hijo de Dios vino en carne, y es perfecto Dios y se hizo perfecto hombre, siendo Dios, es Anticristo. [] Pero en sentido peculiar y especial se llama Anticristo al que viene en la consumación del siglo. Primero, pues, es necesario que el Evangelio sea predicado entre todas las naciones, como dijo el Señor [], y entonces vendrá a refutar a los impíos judíos. Pues el Señor les dijo: Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ese lo recibiréis. [] Y el apóstol dice: Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos, por eso Dios les enviará un poderoso engaño, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia. Los judíos, por consiguiente, no recibieron al Señor Jesucristo, que era Hijo de Dios y Dios, sino que reciben al impostor que se llama a sí mismo Dios. Pues que asumirá el nombre de Dios, lo enseña el ángel a Daniel, diciendo estas palabras: Ni respetará al Dios de sus padres. [] Y el apóstol dice: Nadie os engañe de ninguna manera; porque no vendrá aquel día sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios [] , haciéndose pasar por Dios; en el templo de Dios, dijo; no nuestro templo, sino el antiguo templo judío. Pues no vendrá a nosotros sino a los judíos; no por Cristo ni por las cosas de Cristo; por lo cual es llamado Anticristo.
    Primero, pues, es necesario que el Evangelio sea predicado entre todas las naciones []: Y entonces se manifestará aquel inicuo revelado, es decir, aquel cuya venida es por obra de Satanás, con todo poder, señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad entre los que perecen, a quien el Señor matará con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su venida. El diablo mismo, por tanto, no se hace hombre del modo en que el Señor se hizo hombre. ¡Dios no lo permita! Sino que se hace hombre como fruto de fornicación y recibe toda la energía de Satanás. Pues Dios, conociendo de antemano la extrañeza de la elección que él haría, permite que el diablo establezca en él su morada.
    Él es, por tanto, como dijimos, fruto de fornicación, y es criado en secreto; y de repente se levanta, se rebela y asume el poder. Y al comienzo de su poder, o más bien de su tiranía, asume el papel de santidad. Pero cuando se hace dueño, persigue a la Iglesia de Dios y despliega toda su maldad. Pero vendrá con señales y prodigios mentirosos [], ficticios y no reales, y engañará y apartará del Dios vivo a aquellos cuya mente descansa sobre un fundamento insano e inestable, de modo que aun los elegidos, si fuera posible, serán hechos tropezar [].
    Pero Enoc y Elías el Tesbita serán enviados y volverán el corazón de los padres hacia los hijos, es decir, la sinagoga hacia nuestro Señor Jesucristo y la predicación de los apóstoles; y serán destruidos por él. Y el Señor vendrá del cielo, tal como los santos apóstoles lo vieron ir al cielo, perfecto Dios y perfecto hombre, con gloria y poder, y destruirá al hombre de iniquidad, al hijo de perdición, con el aliento de su boca. [] Nadie, por tanto, espere que el Señor venga de la tierra, sino del cielo, como Él mismo lo ha asegurado [].

    Capítulo 27. Sobre la resurrección

    IV, 27

    Creemos también en la resurrección de los muertos. Pues habrá en verdad, habrá, una resurrección de los muertos, y por resurrección entendemos resurrección de los cuerpos. [] Porque la resurrección es el segundo estado de lo que ha caído. Pues las almas son inmortales; ¿cómo, pues, pueden resucitar? Porque si definimos la muerte como la separación del alma y del cuerpo, la resurrección es ciertamente la reunión del alma y del cuerpo, y el segundo estado del ser viviente que ha sufrido disolución y caída. Es, pues, este mismo cuerpo, corruptible y sujeto a disolución, el que resucitará incorruptible. Porque Aquel que lo hizo al principio del polvo de la tierra no carece de poder para levantarlo de nuevo después de que se haya disuelto de nuevo y haya vuelto a la tierra de la que fue tomado, conforme a la revocación del juicio del Creador.
    Porque si no hay resurrección, comamos y bebamos; busquemos una vida de placer y goce. Si no hay resurrección, ¿en qué nos diferenciamos de los brutos irracionales? Si no hay resurrección, tengamos por felices a las bestias del campo, que tienen una vida libre de dolor. Si no hay resurrección, tampoco hay Dios ni Providencia, sino que todas las cosas son impulsadas y arrastradas por sí mismas. Pues observa cómo vemos a hombres justísimos sufrir hambre e injusticia, sin recibir auxilio en la vida presente, mientras los pecadores y los injustos abundan en riquezas y en todo deleite. ¿Y quién en su sano juicio tomaría esto por obra de un juicio justo o de una providencia sabia? Debe haber, por tanto, debe haber, una resurrección. Porque Dios es justo y es el remunerador de los que se someten pacientemente a Él. Por lo cual, si es el alma sola la que combate en los certámenes de la virtud, también el alma sola recibirá la corona. Y si fuera el alma sola la que se deleita en los placeres, también sería el alma sola la que justamente sería castigada. Pero como el alma no persigue ni la virtud ni el vicio separada del cuerpo, ambos juntos obtendrán lo que es su justa recompensa.
    Más aún, la divina Escritura da testimonio de que habrá resurrección del cuerpo. En verdad dice Dios a Moisés después del diluvio: Como la hierba verde os he dado todas las cosas. Pero la carne con su vida, que es su sangre, no la comeréis. Y ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de toda bestia la demandaré, y de mano del hermano de todo hombre demandaré la vida del hombre. El que derrame la sangre del hombre, por su sangre será derramada la suya, porque a imagen de Dios hice al hombre. ¿Cómo demandará la sangre del hombre de mano de toda bestia, sino porque los cuerpos de los muertos resucitarán? Pues no morirán las bestias por el hombre.
    Y de nuevo a Moisés: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob: Dios no es Dios de muertos (es decir, de los que están muertos y ya no serán), sino de vivos, cuyas almas ciertamente viven en su mano [], pero cuyos cuerpos volverán a la vida por la resurrección. Y David, padre del Divino, dice a Dios: Les quitas el aliento, mueren y vuelven a su polvo. Mira cómo habla de los cuerpos. Luego añade esto: Envías tu Espíritu, son creados; y renuevas la faz de la tierra.
    Además, Isaías dice: Los muertos resucitarán, y los que están en los sepulcros despertarán. [] Y es claro que no son las almas las que yacen en los sepulcros, sino los cuerpos.
    Y de nuevo, el bienaventurado Ezequiel dice: Y aconteció que mientras profetizaba, he aquí un temblor, y los huesos se juntaron, cada hueso a su hueso, cada uno a su coyuntura; y miré, y he aquí subieron sobre ellos los nervios, y creció la carne y se levantó sobre ellos, y la piel los cubrió por encima. [] Y más adelante enseña cómo volvieron los espíritus cuando se les mandó.
    Y también el divino Daniel dice: Y en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está por los hijos de tu pueblo; y habrá un tiempo de angustia, cual nunca hubo desde que hubo nación sobre la tierra hasta aquel mismo tiempo. Y en aquel tiempo tu pueblo será librado, todo aquel que se halle escrito en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna. Y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y la multitud de los justos brillará como las estrellas por los siglos y más allá. Las palabras, muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, muestran claramente que habrá resurrección de los cuerpos. Pues ciertamente nadie diría que las almas duermen en el polvo de la tierra.
    Además, incluso el Señor en los santos Evangelios admite claramente que hay resurrección de los cuerpos. Porque los que están en los sepulcros, dice, oirán su voz y saldrán: los que hicieron el bien, para resurrección de vida, y los que hicieron el mal, para resurrección de condenación. [] Ahora bien, nadie en su sano juicio diría jamás que las almas están en los sepulcros.
    Pero no solo de palabra, sino también de obra, reveló el Señor la resurrección de los cuerpos. Primero resucitó a Lázaro, incluso después de que llevara cuatro días muerto y ya hedía. [] Pues no resucitó el alma sin el cuerpo, sino el cuerpo juntamente con el alma; y no otro cuerpo, sino aquel mismo que se había corrompido. Pues ¿cómo habría podido conocerse o creerse la resurrección del muerto si no hubiera sido confirmada por sus propiedades características? Pero, en realidad, para manifestar la divinidad de su propia naturaleza y confirmar la fe en su propia resurrección y en la nuestra, resucitó a Lázaro, que estaba destinado a morir una vez más. Y el Señor se hizo a sí mismo primicias de la resurrección perfecta que ya no está sujeta a la muerte. Por lo cual también el divino apóstol Pablo dijo: Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe; aún estáis en vuestros pecados. [] Y: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, y se ha hecho primicias de los que durmieron, y el primogénito de entre los muertos []; y de nuevo, Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Él a los que durmieron en Jesús. [] Así, dijo, como Cristo resucitó. Además, que la resurrección del Señor fue la unión del cuerpo y del alma incorruptos (pues estos habían sido separados) es manifiesto: porque dijo, Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. [] Y el santo Evangelio es testigo fidedigno de que hablaba de su propio cuerpo. Palpadme y ved, dijo el Señor a sus propios discípulos cuando pensaban que veían un espíritu, que soy yo mismo, y que no he cambiado [] : porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y dicho esto, les mostró las manos y el costado, y los extendió para que Tomás los tocara. [] ¿No es esto suficiente para establecer la fe en la resurrección de los cuerpos?
    De nuevo dice el divino apóstol: Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. [] Y otra vez: Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra cuerpo natural (es decir, tosco y mortal), resucitará cuerpo espiritual [], como fue el cuerpo de nuestro Señor después de la resurrección, que pasó por puertas cerradas, era infatigable, no tenía necesidad de comida, ni de sueño, ni de bebida. Porque serán, dice el Señor, como los ángeles de Dios []: ya no habrá matrimonio ni procreación de hijos. El divino apóstol, en verdad, dice: Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesús, el cual transformará nuestro cuerpo vil para que sea semejante a su cuerpo glorioso []: no queriendo decir cambio a otra forma (¡Dios no lo permita!), sino más bien el cambio de corrupción a incorrupción.
    Pero alguien dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¡Oh, qué incredulidad! ¡Oh, qué necedad! Aquel que con su sola voluntad convirtió la tierra en cuerpo, que ordenó a la pequeña gota de simiente crecer en el seno materno y convertirse al fin en este variado y múltiple órgano del cuerpo, ¿no levantará más bien con su sola voluntad aquello que fue y está disuelto? ¿Y con qué cuerpo vendrán [] ? Necio, si tu dureza no te permite creer las palabras de Dios, al menos cree en sus obras. Porque lo que siembras no cobra vida si no muere [] . Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de algún otro grano. Pero Dios le da un cuerpo como le place, y a cada semilla su propio cuerpo. He aquí, pues, cómo la semilla es enterrada en los surcos como en tumbas. ¿Quién les da raíces, tallo, hojas, espigas y las barbas más delicadas? ¿No es el Hacedor del universo? ¿No es por mandato de Aquel que ha dispuesto todas las cosas? Cree, por tanto, de esta manera, que la resurrección de los muertos se realizará por la voluntad y la señal divinas. Porque tiene un poder capaz de seguir el ritmo de su voluntad.
    Resucitaremos, pues, uniéndose de nuevo nuestras almas con nuestros cuerpos, hechos ya incorruptibles y despojados de la corrupción, y estaremos ante el terrible tribunal de Cristo; y el diablo, sus demonios y el hombre suyo, es decir, el Anticristo, los impíos y los pecadores, serán entregados al fuego eterno: no un fuego material como nuestro fuego, sino un fuego tal como Dios lo conoce. Pero los que hayan obrado el bien resplandecerán como el sol, con los ángeles, en la vida eterna, con nuestro Señor Jesucristo, viéndolo siempre y estando en su presencia, y recibiendo de Él gozo incesante, alabándolo con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos ilimitados de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la Exposición

    Wikipedia resume su fortuna en dos frases: la Fuente del conocimiento orientó el pensamiento latino medieval y se convirtió en el manual principal de la teología ortodoxa griega. El prólogo de Le Quien añade el dato de la versión de Burgundio de Pisa, que hizo llegar la obra a los teólogos latinos, entre ellos santo Tomás. Lo que hoy llama la atención al leerla es el método: Juan casi no discute; define, divide y distingue (naturaleza y subsistencia, voluntad y energía) y responde en forma de pregunta y respuesta a las objeciones de cada herejía.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: los concilios ecuménicos de 325 a 787, cuyas definiciones sostienen los libros I y III; Culto a los santos, reliquias e imágenes, para el capítulo IV, 16; María en los Padres, para III, 12 y IV, 14; la Sobre la encarnación del Verbo de Atanasio, anterior en cuatro siglos; y los Discursos teológicos de Gregorio Nacianceno, a quien Le Quien presenta como la fuente principal de Juan.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos conocidos están en «La fuente y su traducción». No se ha cotejado con el griego, y las fuentes consultadas no fechan la obra. Las fechas y los hechos de las notas vienen de Wikipedia y de las páginas citadas, que a veces discrepan entre sí y se dice cuando es así.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra