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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

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    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

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    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)48 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 9 · Capítulo 5. Sobre el número de las NaturalezasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
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    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas

    III, 5

    Por tanto, en el caso de la Divinidad confesamos que hay una sola naturaleza, pero sostenemos que hay tres subsistencias que existen en acto, y sostenemos que todas las cosas que son de la naturaleza y de la esencia son simples, y reconocemos la diferencia de las subsistencias sólo en las tres propiedades de independencia de causa y Paternidad, de dependencia de causa y Filiación, de dependencia de causa y procesión. Y sabemos además que éstas son indivisibles e inseparables entre sí y unidas en una, y que se compenetran mutuamente sin confusión. Sí, repito, unidas sin confusión, pues son tres aunque unidas, y son distintas aunque inseparables. Pues aunque cada una tiene existencia independiente, es decir, es una subsistencia perfecta y tiene su propia individualidad, es decir, tiene un modo especial de existencia, sin embargo son una en esencia y en las propiedades naturales, y en ser inseparables e indivisibles de la subsistencia del Padre, y ambas son y se dice que son un solo Dios. De la misma manera, pues, en el caso de la dispensación divina e inefable, que excede todo pensamiento y comprensión, me refiero a la Encarnación del único Dios el Verbo de la Santísima Trinidad, y de nuestro Señor Jesucristo, confesamos que hay dos naturalezas, una divina y una humana, unidas entre sí y unidas en subsistencia, de modo que se forma una subsistencia compuesta de las dos naturalezas; pero sostenemos que las dos naturalezas se conservan, incluso después de la unión, en la única subsistencia compuesta, es decir, en el único Cristo, y que éstas existen en realidad y tienen sus propiedades naturales; pues están unidas sin confusión, y son distinguidas y enumeradas sin ser separables. Y así como las tres subsistencias de la Santísima Trinidad están unidas sin confusión, y son distinguidas y enumeradas sin ser separables, no entrañando la enumeración división ni separación ni alienación ni escisión entre ellas (pues reconocemos un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo), así de la misma manera las naturalezas de Cristo, aunque están unidas, están unidas sin confusión; y aunque se compenetran mutuamente, no permiten cambio o transmutación de una en la otra. Pues cada una mantiene estrictamente sin cambio su propia individualidad natural. Y así es que pueden ser enumeradas sin que la enumeración introduzca división. Pues Cristo, en efecto, es uno, perfecto tanto en divinidad como en humanidad. Pues no es la naturaleza del número causar separación o unidad, sino que su naturaleza es indicar la cantidad de lo enumerado, ya sea que estén unidos o separados: pues tenemos unidad, por ejemplo, cuando cincuenta piedras componen una pared, pero tenemos separación cuando las cincuenta piedras yacen en el suelo; y de nuevo, tenemos unidad cuando hablamos del carbón que tiene dos naturalezas, a saber, fuego y madera, pero tenemos separación en que la naturaleza del fuego es una cosa y la naturaleza de la madera otra cosa; pues estas cosas están unidas y separadas no por el número, sino de otra manera. Así, pues, así como aunque las tres subsistencias de la Divinidad están unidas entre sí, no podemos hablar de ellas como una sola subsistencia porque confundiríamos y eliminaríamos la diferencia entre las subsistencias, así también no podemos hablar de las dos naturalezas de Cristo como una sola naturaleza, aunque estén unidas en subsistencia, porque entonces confundiríamos y eliminaríamos y reduciríamos a la nada la diferencia entre las dos naturalezas.

    Capítulo 6

    Que en una de sus subsistencias la naturaleza divina está unida en su totalidad a la naturaleza humana, en su totalidad y no sólo parte a parte

    III, 6

    Lo que es común y general se predica de los particulares incluidos. La esencia, pues, es común como forma, mientras que la subsistencia es particular. Es particular no como si tuviera parte de la naturaleza y no tuviera el resto, sino particular en sentido numérico, como individuo. Pues se dice que la diferencia entre subsistencias reside en el número y no en la naturaleza. Por tanto, la esencia se predica de la subsistencia, porque en cada subsistencia de la misma forma la esencia es perfecta. Por lo cual, las subsistencias no difieren entre sí en esencia sino en los accidentes, que en efecto son las propiedades características, pero características de la subsistencia y no de la naturaleza. Pues en efecto definen la subsistencia como esencia con accidentes. De modo que la subsistencia contiene tanto lo general como lo particular, y tiene existencia independiente, mientras que la esencia no tiene existencia independiente sino que es contemplada en las subsistencias. Por consiguiente, cuando una de las subsistencias padece, se considera que toda la esencia, siendo capaz de padecer, ha padecido en una de sus subsistencias tanto como padeció la subsistencia, pero no se sigue necesariamente, sin embargo, que todas las subsistencias de la misma clase deban padecer junto con la subsistencia que padece.
    Así, pues, confesamos que la naturaleza de la Divinidad está entera y perfectamente en cada una de sus subsistencias, entera en el Padre, entera en el Hijo, y entera en el Espíritu Santo. Por lo cual también el Padre es perfecto Dios, el Hijo es perfecto Dios, y el Espíritu Santo es perfecto Dios. De la misma manera, también en la Encarnación de la Trinidad del único Dios el Verbo de la Santísima Trinidad, sostenemos que en una de sus subsistencias la naturaleza de la Divinidad está entera y perfectamente unida con toda la naturaleza de la humanidad, y no parte unida a parte. El divino Apóstol en verdad dice que en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad [], es decir, en Su carne. Y su discípulo divinamente inspirado, Dionisio, que tenía un conocimiento tan profundo de las cosas divinas, dijo que la Divinidad como un todo tuvo comunión con nosotros en una de sus propias subsistencias. Pero no seremos llevados a sostener que todas las subsistencias de la Santa Divinidad, a saber, las tres, se hacen una en subsistencia con todas las subsistencias de la humanidad. Pues en ningún otro aspecto el Padre y el Espíritu Santo participaron en la encarnación de Dios el Verbo sino según la buena voluntad y el placer. Pero sostenemos que a toda la naturaleza humana se unió toda la esencia de la Divinidad. Pues Dios el Verbo no omitió ninguna de las cosas que implantó en nuestra naturaleza cuando nos formó en el principio, sino que las tomó todas sobre Sí mismo, cuerpo y alma tanto inteligente como racional, y todas sus propiedades. Pues la criatura que carece de una de éstas no es hombre. Pero Él en Su plenitud tomó sobre Sí mi plenitud, y se unió entero a entero para que en Su gracia pudiera otorgar salvación al hombre entero. Pues lo que no ha sido asumido no puede ser sanado.
    El Verbo de Dios, pues, se unió a la carne mediante el medio del entendimiento, que es intermedio entre la pureza de Dios y la grosería de la carne. Pues el entendimiento gobierna sobre el alma y el cuerpo, pero mientras que el entendimiento es la parte más pura del alma, Dios es la del entendimiento. Y cuando es permitido por aquello que es más excelente, el entendimiento de Cristo da prueba de su propia autoridad, pero está bajo el dominio y obedece a aquello que es más excelente, y hace aquellas cosas que la voluntad divina propone.
    Además, el entendimiento se ha convertido en el asiento de la divinidad unida con él en subsistencia, como evidentemente también lo es el cuerpo, no como un inquilino, que es el error impío en el que caen los herejes cuando dicen que una medida no puede contener dos medidas, pues juzgan lo inmaterial por normas materiales. ¿Cómo, en efecto, podría Cristo ser llamado perfecto Dios y perfecto hombre, y ser dicho de la misma esencia que el Padre y que nosotros, si sólo una parte de la naturaleza divina está unida en Él a una parte de la naturaleza humana?
    Sostenemos, además, que nuestra naturaleza ha resucitado de entre los muertos y ha ascendido a los cielos y se ha sentado a la diestra del Padre: no que todas las personas de los hombres hayan resucitado y se hayan sentado a la diestra del Padre, sino que esto ha sucedido a toda nuestra naturaleza en la subsistencia de Cristo. En verdad el divino Apóstol dice: Dios nos resucitó juntamente y nos hizo sentar juntamente en Cristo [].
    Y además sostenemos que la unión tuvo lugar mediante esencias comunes. Pues toda esencia es común a las subsistencias contenidas en ella, y no se puede encontrar una naturaleza parcial y particular, es decir, esencia: pues de lo contrario tendríamos que sostener que las mismas subsistencias son a la vez las mismas y diferentes en esencia, y que la Santísima Trinidad en cuanto a la divinidad es a la vez la misma y diferente en esencia. Así, pues, la misma naturaleza se observa en cada una de las subsistencias, y cuando dijimos que la naturaleza del Verbo se hizo carne, como hicieron los bienaventurados Atanasio y Cirilo, queremos decir que la divinidad se unió a la carne. Por tanto, no podemos decir: «La naturaleza del Verbo padeció»; pues la divinidad en ella no padeció, sino que decimos que la naturaleza humana, pero de ningún modo significando todas las subsistencias de los hombres, padeció en Cristo, y confesamos además que Cristo padeció en Su naturaleza humana. De modo que cuando hablamos de la naturaleza del Verbo queremos decir el Verbo mismo. Y el Verbo tiene tanto el elemento general de esencia como el elemento particular de subsistencia.

    Capítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo

    III, 7

    Sostenemos, pues, que la subsistencia divina de Dios el Verbo existía antes de todas las cosas y es sin tiempo y eterna, simple e incompleja, increada, incorpórea, invisible, intangible, incircunscrita, poseyendo todo lo que el Padre posee, puesto que es de la misma esencia que Él, difiriendo de la subsistencia del Padre en el modo de Su generación y la relación de la subsistencia del Padre, siendo también perfecta y en ningún tiempo separada de la subsistencia del Padre: y en estos últimos días, sin dejar el seno del Padre, estableció Su morada de manera incircunscrita en el vientre de la santa Virgen, sin la instrumentalidad de la semilla, y de manera incomprensible conocida sólo por Él mismo, y haciendo que la carne proveniente de la santa Virgen subsistiera en la misma subsistencia que existía antes de todos los siglos.
    Así, pues, Él estaba tanto en todas las cosas como por encima de todas las cosas y también habitaba en el vientre de la santa Madre de Dios, pero en él por la energía de la encarnación. Por tanto, se hizo carne y tomó sobre Sí las primicias de nuestra naturaleza compuesta, a saber, la carne animada con el alma inteligente y racional, de modo que la misma subsistencia de Dios el Verbo se cambió en subsistencia de la carne, y la subsistencia del Verbo, que antes era simple, se hizo compuesta, sí, compuesta de dos naturalezas perfectas, divinidad y humanidad, y llevando la propiedad característica y distintiva de la Filiación divina de Dios el Verbo en virtud de la cual se distingue del Padre y del Espíritu, y también las propiedades características y distintivas de la carne, en virtud de las cuales difiere de la Madre y del resto de la humanidad, llevando además las propiedades de la naturaleza divina en virtud de las cuales está unida al Padre y al Espíritu, y las marcas de la naturaleza humana en virtud de las cuales está unida a la Madre y a nosotros. Y además difiere del Padre y del Espíritu y de la Madre y de nosotros en ser a la vez Dios y hombre. Pues sabemos que ésta es la propiedad más especial de la subsistencia de Cristo.
    Por lo cual confesamos que Él, incluso después de la encarnación, es el único Hijo de Dios, e igualmente Hijo del Hombre, un solo Cristo, un solo Señor, el único Hijo Unigénito y Verbo de Dios, un solo Señor Jesús. Reverenciamos Sus dos generaciones, una del Padre antes del tiempo y más allá de causa, razón, tiempo y naturaleza, y una al final por nosotros, semejante a nosotros y superior a nosotros; por nosotros porque fue para nuestra salvación, semejante a nosotros en que fue hombre nacido de mujer en el tiempo cumplido, y superior a nosotros porque no fue por semilla, sino por el Espíritu Santo y la Santa Virgen María, trascendiendo las leyes del parto. No lo proclamamos sólo como Dios, desprovisto de nuestra humanidad, ni tampoco sólo como hombre, despojándole de su divinidad, ni como dos personas distintas, sino como uno y el mismo, a la vez Dios y hombre, perfecto Dios y perfecto hombre, completamente Dios y completamente hombre, el mismo siendo completamente Dios, aunque también era carne, y completamente hombre, aunque también era el Dios altísimo. Y por «perfecto Dios» y «perfecto hombre» queremos enfatizar la plenitud y la infalibilidad de las naturalezas; mientras que por «completamente Dios» y «completamente hombre» queremos poner énfasis en la singularidad e individualidad de la subsistencia.
    Y confesamos también que hay una sola naturaleza encarnada de Dios el Verbo, expresando con la palabra «encarnada» la esencia de la carne, según el bienaventurado Cirilo. Y así el Verbo se hizo carne y sin embargo no abandonó Su propia inmaterialidad: se hizo completamente carne y sin embargo permaneció completamente incircunscrito. En cuanto es cuerpo está disminuido y contraído en límites estrechos, pero en cuanto es Dios es incircunscrito, no siendo Su carne coextensa con Su divinidad incircunscrita.
    Él es, pues, completamente perfecto Dios, pero sin embargo no es simplemente Dios: pues no es sólo Dios sino también hombre. Y es también completamente perfecto hombre pero no simplemente hombre, pues no es sólo hombre sino también Dios. Pues «simplemente» aquí se refiere a Su naturaleza, y «completamente» a Su subsistencia, así como «otra cosa» se referiría a la naturaleza, mientras que «otro» se referiría a la subsistencia.
    Pero observad que aunque sostenemos que las naturalezas del Señor se compenetran mutuamente, sabemos que la compenetración surge de la naturaleza divina. Pues es aquélla la que penetra y compenetra todas las cosas, como quiere, mientras que nada la penetra: y es también la que comunica a la carne sus propias glorias peculiares, mientras permanece impasible y sin participación en las afecciones de la carne. Pues si el sol nos comunica sus energías y sin embargo no participa de las nuestras, cuánto más debe ser esto verdad del Creador y Señor del Sol.

    Capítulo 8

    En respuesta a quienes preguntan si las naturalezas del Señor se someten a una cantidad continua o discontinua

    III, 8

    Si alguien pregunta acerca de las naturalezas del Señor si se someten a cantidad continua o discontinua, diremos que las naturalezas del Señor no son ni un cuerpo ni una superficie, ni una línea, ni tiempo, ni lugar, de modo que se reduzcan a cantidad continua. Porque estas son las cosas que se cuentan de manera continua.
    Observa además que el número trata de cosas que difieren, y es totalmente imposible enumerar cosas que no difieren entre sí en ningún respecto: y en la medida en que difieren son enumeradas. Por ejemplo, Pedro y Pablo no se cuentan por separado en cuanto son uno. Porque como son uno en cuanto a su esencia, no pueden llamarse dos naturalezas, pero en cuanto difieren en cuanto a la subsistencia, se dice que son dos subsistencias. De modo que el número trata de diferencias, y así como los objetos que difieren difieren entre sí, en esa medida son enumerados.
    Las naturalezas del Señor, pues, están unidas sin confusión en cuanto a la subsistencia, y están divididas sin separación según el método y modo de diferencia. Y no se enumeran según la manera en que están unidas, porque no es en cuanto a la subsistencia que sostenemos que hay dos naturalezas de Cristo; sino según la manera en que están divididas sin separación se enumeran, porque es en cuanto al método y modo de diferencia que hay dos naturalezas de Cristo. Porque estando unidas en la subsistencia y permeándose mutuamente, están unidas sin confusión, cada una preservando su propia y natural diferencia. Por tanto, puesto que se enumeran según el modo de diferencia, y solo eso, deben someterse a una cantidad discontinua.
    Cristo, por tanto, es uno, perfecto Dios y perfecto hombre: y a Él adoramos junto con el Padre y el Espíritu, con una sola reverencia, adorando incluso su carne inmaculada y no teniendo que la carne no sea digna de adoración: porque de hecho es adorada en la única subsistencia del Verbo, que ciertamente se convirtió en subsistencia para ella. Pero en esto no rendimos homenaje a lo creado. Porque no lo adoramos como mera carne, sino como carne unida a la divinidad, y porque sus dos naturalezas se someten a la única persona y única subsistencia de Dios el Verbo. Temo tocar el carbón a causa del fuego ligado a la madera. Adoro la doble naturaleza de Cristo a causa de la divinidad que en Él está ligada a la carne. Porque no introduzco una cuarta persona en la Trinidad. ¡Dios no lo permita! Pero confieso una persona de Dios el Verbo y de su carne, y la Trinidad permanece Trinidad, incluso después de la encarnación del Verbo.
    En respuesta a quienes preguntan si las dos naturalezas se someten a una cantidad continua o discontinua
    Las naturalezas del Señor no son ni un cuerpo ni una superficie, ni una línea, ni lugar, ni tiempo, de modo que se sometan a una cantidad continua: porque estas son las cosas que se cuentan de manera continua. Pero las naturalezas del Señor están unidas sin confusión en cuanto a la subsistencia, y están divididas sin separación según el método y modo de diferencia. Y según la manera en que están unidas no se enumeran. Pues no decimos que las naturalezas de Cristo sean dos subsistencias o dos en cuanto a la subsistencia. Pero según la manera en que están divididas sin división, se enumeran. Pues hay dos naturalezas según el método y modo de diferencia. Porque estando unidas en la subsistencia y permeándose mutuamente, están unidas sin confusión, no habiendo sido cambiadas la una en la otra, sino cada una preservando su propia diferencia natural incluso después de la unión. Porque lo creado permaneció creado, y lo increado, increado. Por el modo de diferencia, pues, y solo por eso, se enumeran, y así se someten a cantidad discontinua. Porque las cosas que no difieren entre sí en ningún respecto no pueden enumerarse, sino que en la medida en que difieren se enumeran; por ejemplo, Pedro y Pablo no se enumeran en aquellos respectos en que son uno: porque siendo uno en cuanto a su esencia no son dos naturalezas ni así se dicen. Pero en cuanto difieren en la subsistencia se dice que son dos subsistencias. De modo que la diferencia es causa del número.

    Capítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia

    III, 9

    Pues aunque no hay naturaleza sin subsistencia, ni esencia aparte de persona (ya que en verdad es en las personas y subsistencias donde la esencia y la naturaleza deben contemplarse), no se sigue necesariamente que las naturalezas que están unidas entre sí en la subsistencia deban tener cada una su propia subsistencia. Porque después de haberse reunido en una subsistencia, es posible que ni carezcan de subsistencia, ni que cada una tenga su propia subsistencia peculiar, sino que ambas tengan una y la misma subsistencia. Porque como una y la misma subsistencia del Verbo se ha convertido en la subsistencia de las naturalezas, no se permite que ninguna de ellas carezca de subsistencia, ni se les permite tener subsistencias que difieran entre sí, o tener a veces la subsistencia de esta naturaleza y a veces de aquella, sino que siempre sin división ni separación ambas tienen la misma subsistencia, una subsistencia que no se rompe en partes ni se divide, de modo que una parte pertenezca a esta y otra a aquella, sino que pertenece totalmente a esta y totalmente a aquella en su absoluta integridad. Porque la carne de Dios el Verbo no subsistió como subsistencia independiente, ni surgió otra subsistencia además de la de Dios el Verbo, sino que al existir en aquella se convirtió más bien en una subsistencia que subsistía en otra, que en una que era subsistencia independiente. Por tanto, ni carece completamente de subsistencia, ni se introduce así en la Trinidad otra subsistencia.

    Capítulo 10. Sobre el Trisagio ( «el Tres Veces Santo» )

    III, 10

    Siendo esto así, declaramos que la adición que el vano Pedro el Batanero hizo al Trisagio o «Tres Veces Santo» Himno es blasfema; pues introduce una cuarta persona en la Trinidad, dando un lugar separado al Hijo de Dios, que es el poder verdaderamente subsistente del Padre, y un lugar separado a Aquel que fue crucificado como si fuera diferente del «Poderoso,» o como si la Santísima Trinidad fuera considerada pasible, y el Padre y el Espíritu Santo sufrieran en la Cruz junto con el Hijo. ¡Acabad con esta interpolación blasfema y absurda! Pues sostenemos que las palabras «Santo Dios» se refieren al Padre, sin limitar el título de divinidad solo a Él, sino reconociendo también como Dios al Hijo y al Espíritu Santo: y las palabras «Santo y Poderoso» las atribuimos al Hijo, sin despojar al Padre y al Espíritu Santo de poder: y las palabras «Santo e Inmortal» las atribuimos al Espíritu Santo, sin privar al Padre y al Hijo de inmortalidad. Pues, en efecto, aplicamos todos los nombres divinos simple e incondicionalmente a cada una de las subsistencias imitando las palabras del divino Apóstol. Pero para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas, y nosotros en Él: y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él []. Y, sin embargo, seguimos a Gregorio el Teólogo cuando dice, «Pero para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo, por medio de quien son todas las cosas, y un solo Espíritu Santo, en quien son todas las cosas:» pues las palabras «de quien» y «por medio de quien» y «en quien» no dividen las naturalezas (pues ni las preposiciones ni el orden de los nombres podrían jamás cambiarse), sino que caracterizan las propiedades de una naturaleza sin confusión. Y esto se hace claro por el hecho de que una vez más se reúnen en una, si uno lee con cuidado estas palabras del mismo Apóstol, De Él y por Él y en Él son todas las cosas: a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén [].
    Pues que el «Trisagio» no se refiere solo al Hijo, sino a la Santísima Trinidad, lo atestiguan el divino y santo Atanasio y Basilio y Gregorio, y toda la banda de los Padres divinamente inspirados: porque, de hecho, por la triple santidad los santos Serafines nos sugieren las tres subsistencias de la Divinidad superesencial. Pero por la única Señoría denotan la única esencia y dominio de la Trinidad sumamente divina. Gregorio el Teólogo en verdad dice, «Así, pues, el Santo de los Santos, que está completamente velado por los Serafines, y es glorificado con tres consagraciones, se unen en una señoría y una divinidad.» Esta fue la más bella y sublime filosofía de aún otro de nuestros predecesores.
    Los historiadores eclesiásticos, pues, dicen que una vez cuando el pueblo de Constantinopla ofrecía oraciones a Dios para evitar una calamidad amenazante, durante el mandato de Proclo como Arzobispo, sucedió que un niño fue arrebatado de entre el pueblo, y fue enseñado por maestros angélicos el «Tres Veces Santo» Himno, «Tú Santo Dios, Santo y Poderoso, Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros:» y cuando una vez más fue devuelto a la tierra, contó lo que había aprendido, y todo el pueblo cantó el Himno, y así la calamidad amenazante fue evitada. Y en el cuarto santo y gran Concilio Ecuménico, me refiero al de Calcedonia, se nos dice que fue en esta forma que se cantó el Himno; pues las actas de esta santa asamblea así lo registran. Por tanto, es motivo de risa y burla que este «Tres Veces Santo» Himno, enseñado por los ángeles, y confirmado por la evitación de la calamidad, ratificado y establecido por tan gran asamblea de los santos Padres, y cantado primero por los Serafines como declaración de las tres subsistencias de la Divinidad, fuera mutilado y en verdad enmendado para adaptarse a la opinión del estúpido Batanero como si fuera más alto que los Serafines. ¡Pero oh! ¡La arrogancia! ¡Por no decir necedad! Pero lo decimos así, aunque los demonios nos despedacen, «Tú, Santo Dios, Santo y Poderoso, Santo e Inmortal, ten piedad de nosotros.»
    Comentario editorial · El Trisagio y la adición de «Pedro el Batanero»
    Damasceno rechaza la adición «que fuiste crucificado por nosotros», que atribuye a Pedro el Batanero, y cuenta que el himno se oyó primero de labios de un niño arrebatado entre el pueblo de Constantinopla en tiempos del arzobispo Proclo, y que así se cantó en Calcedonia. Wikipedia sitúa esa tradición del terremoto en el reinado de Teodosio II (402–450) y dice que los obispos sirios lo cantaron en la primera sesión de Calcedonia (451). Sobre la adición, las fuentes difieren: según el Pseudo-Zacarías Retor la añadió Eustacio de Antioquía (324–330); Wikipedia juzga más probable que se compusiera con el patriarca no calcedoniano Pedro el Batanero. Anastasio I intentó adoptarla en 512 y hubo disturbios en Constantinopla.

    Capítulo 11

    Sobre la Naturaleza considerada en Especie y en Individuo, y sobre la diferencia entre Unión y Encarnación: y cómo debe entenderse esto, «la única Naturaleza de Dios el Verbo Encarnado.»

    III, 11

    La naturaleza se considera o bien abstractamente como cuestión de puro pensamiento (pues no tiene existencia independiente): o comúnmente en todas las subsistencias de la misma especie como su vínculo de unión, y se habla entonces de naturaleza considerada en especie: o universalmente como la misma, pero con la adición de accidentes, en una subsistencia, y se habla de naturaleza considerada en el individuo, siendo esta idéntica a la naturaleza considerada en especie. Dios el Verbo Encarnado, por tanto, no asumió la naturaleza que se considera como abstracción en puro pensamiento (pues esto no es encarnación, sino solo una impostura y un fingimiento de encarnación), ni la naturaleza considerada en especie (pues no asumió todas las subsistencias): sino la naturaleza considerada en el individuo, que es idéntica a la considerada en especie. Porque tomó sobre sí los elementos de nuestra naturaleza compuesta, y estos no como teniendo existencia independiente o como siendo originalmente un individuo, y de esta manera asumidos por Él, sino como existiendo en su propia subsistencia. Porque la subsistencia de Dios el Verbo en sí misma se convirtió en la subsistencia de la carne, y en consecuencia «el Verbo se hizo carne []» claramente sin cambio alguno, y asimismo la carne se hizo Verbo sin alteración, y Dios se hizo hombre. Porque el Verbo es Dios, y el hombre es Dios, por tener una y la misma subsistencia. Y así es posible hablar de la misma cosa como siendo la naturaleza del Verbo y la naturaleza en el individuo. Pues significa estricta y exclusivamente ni el individuo, es decir, la subsistencia, ni la naturaleza común de las subsistencias, sino la naturaleza común tal como se considera y presenta en una de las subsistencias.
    La unión, pues, es una cosa, y la encarnación es algo bastante diferente. Porque la unión significa solo la conjunción, pero en absoluto aquello con lo que se efectúa la unión. Pero la encarnación (que es justo lo mismo que si uno dijera «la asunción de la naturaleza del hombre» ) significa que la conjunción es con carne, es decir, con hombre, así como el calentamiento del hierro implica su unión con el fuego. En efecto, el bendito Cirilo mismo, cuando interpreta la frase, «una naturaleza de Dios el Verbo Encarnado,» dice en la segunda epístola a Sucenso, «Pues si simplemente dijéramos 'la una naturaleza del Verbo' y luego calláramos, y no añadiéramos la palabra 'encarnado', sino, por así decirlo, excluyéramos completamente la dispensación, habría alguna plausibilidad en la pregunta que fingen hacer: 'Si una naturaleza es el todo, ¿qué sucede con la perfección en la humanidad, o cómo ha llegado a existir la esencia semejante a nosotros?' Pero en tanto que la perfección en la humanidad y la manifestación de la esencia semejante a nosotros se transmiten en la palabra 'encarnado', deben dejar de apoyarse en una mera paja.» Aquí, pues, colocó la naturaleza del Verbo por encima de la naturaleza misma. Porque si Él hubiera recibido naturaleza en lugar de subsistencia, no habría sido absurdo omitir el «encarnado.» Pues cuando decimos simplemente una subsistencia de Dios el Verbo, no erramos. De la misma manera, también Leoncio el Bizantino consideró que esta frase se refería a la naturaleza, y no a la subsistencia. Pero en la Defensa que escribió en respuesta a los ataques que Teodoreto hizo al segundo anatema, el bendito Cirilo dice esto: «La naturaleza del Verbo, es decir, la subsistencia, que es el Verbo mismo.» De modo que «la naturaleza del Verbo» no significa ni la subsistencia sola, ni «la naturaleza común de la subsistencia,» sino «la naturaleza común considerada como un todo en la subsistencia del Verbo.»
    Se ha dicho, pues, que la naturaleza del Verbo se hizo carne, es decir, fue unida a la carne: pero que la naturaleza del Verbo sufrió en la carne nunca lo hemos oído hasta ahora, aunque se nos ha enseñado que Cristo sufrió en la carne. De modo que «la naturaleza del Verbo» no significa «la subsistencia.» Queda, por tanto, decir que hacerse carne es estar unido a la carne, mientras que el Verbo habiéndose hecho carne significa que la misma subsistencia del Verbo se convirtió sin cambio en la subsistencia de la carne. También se ha dicho que Dios se hizo hombre, y el hombre Dios. Porque el Verbo que es Dios se hizo sin alteración hombre. Pero que la Divinidad se hizo hombre, o se hizo carne, o asumió la naturaleza del hombre, esto nunca lo hemos oído. Esto, en efecto, hemos aprendido, que la Divinidad fue unida a la humanidad en una de sus subsistencias, y se ha afirmado que Dios tomó una forma o esencia diferente, a saber la nuestra. Porque el nombre Dios es aplicable a cada una de las subsistencias, pero no podemos usar el término Divinidad en referencia a la subsistencia. Pues nunca se nos dice que la Divinidad sea el Padre solo, o el Hijo solo, o el Espíritu Santo solo. Porque «Divinidad» implica «naturaleza,» mientras «Padre» implica subsistencia, así como «Humanidad» implica naturaleza, y «Pedro» subsistencia. Pero «Dios» indica el elemento común de la naturaleza, y es aplicable derivativamente a cada una de las subsistencias, así como «hombre» lo es. Porque Aquel que tiene naturaleza divina es Dios, y el que tiene naturaleza humana es hombre.
    Además de todo esto, observa que el Padre y el Espíritu Santo no participan en absoluto en la encarnación del Verbo excepto en conexión con los milagros, y en cuanto a la buena voluntad y el propósito.

    Capítulo 12. Que la santa Virgen es la Madre de Dios: un argumento dirigido contra los nestorianos

    III, 12

    Además proclamamos que la santa Virgen es en estricta verdad la Madre de Dios. Pues en la medida en que Aquel que nació de ella era verdadero Dios, la que dio a luz al verdadero Dios encarnado es la verdadera madre de Dios. Pues sostenemos que Dios nació de ella, no dando a entender que la divinidad del Verbo recibiera de ella el principio de su ser, sino significando que Dios el Verbo mismo, que fue engendrado del Padre intemporalmente antes de los siglos, y estaba con el Padre y el Espíritu sin principio y por toda la eternidad, fijó su morada en los últimos días por causa de nuestra salvación en el vientre de la Virgen, y sin cambio se hizo carne y nació de ella. Pues la santa Virgen no dio a luz a un mero hombre, sino al verdadero Dios: y no al mero Dios, sino al Dios encarnado, que no trajo su cuerpo del Cielo, ni simplemente pasó a través de la Virgen como por un canal, sino que recibió de ella carne de esencia semejante a la nuestra y subsistente en sí mismo. Pues si el cuerpo hubiera descendido del cielo y no hubiera participado de nuestra naturaleza, ¿de qué habría servido que Él se hiciera hombre? Pues el propósito de que Dios el Verbo se hiciera hombre era que la misma naturaleza que había pecado, caído y se había corrompido, triunfara sobre el tirano engañador y así fuera liberada de la corrupción, tal como lo expresa el divino apóstol: Pues por cuanto por el hombre vino la muerte, por el hombre vino también la resurrección de los muertos. [] Si lo primero es verdadero, lo segundo también debe serlo.
    Aunque, sin embargo, dice: El primer Adán es de la tierra, terrenal; el segundo Adán es Señor del Cielo [], no dice que su cuerpo sea del cielo, sino que enfatiza el hecho de que Él no es un mero hombre. Pues, adviértase, lo llamó tanto Adán como Señor, indicando así su doble naturaleza. Pues Adán es, interpretado, nacido de la tierra: y es claro que la naturaleza del hombre es nacida de la tierra puesto que él es formado de la tierra, pero el título Señor significa su esencia divina.
    Y de nuevo dice el Apóstol: Dios envió a su Hijo Unigénito, hecho de mujer. [] No dijo «hecho por una mujer». Por lo cual el divino apóstol quiso decir que el Hijo Unigénito de Dios y Dios es el mismo que fue hecho hombre de la Virgen, y que Aquel que nació de la Virgen es el mismo Hijo de Dios y Dios.
    Pero nació según la manera corporal en cuanto que se hizo hombre, y no fijó su morada en un hombre formado de antemano, como en un profeta, sino que se hizo Él mismo en esencia y verdad hombre, es decir, hizo que la carne animada con el alma inteligente y racional subsistiera en su propia subsistencia, y Él mismo se hizo subsistencia para ella. Pues este es el significado de «hecho de mujer». Pues ¿cómo podría el Verbo mismo de Dios haberse hecho bajo la ley, si no se hubiera hecho hombre de esencia semejante a la nuestra?
    De ahí que con justicia y verdad llamamos a la santa María Madre de Dios. Pues este nombre abarca todo el misterio de la dispensación. Pues si la que lo dio a luz es la Madre de Dios, ciertamente Aquel que nació de ella es Dios e igualmente también hombre. Pues ¿cómo podría Dios, que era antes de los siglos, haber nacido de una mujer a menos que se hubiera hecho hombre? Pues el hijo del hombre debe claramente ser hombre mismo. Pero si Aquel que nació de una mujer es Él mismo Dios, manifiestamente Aquel que nació de Dios el Padre conforme a las leyes de una esencia que es divina y no conoce principio, y Aquel que en los últimos días nació de la Virgen conforme a las leyes de una esencia que tiene principio y está sujeta al tiempo, es decir, una esencia que es humana, deben ser uno y el mismo. El nombre en verdad significa la una subsistencia y las dos naturalezas y las dos generaciones de nuestro Señor Jesucristo.
    Pero nunca decimos que la santa Virgen es la Madre de Cristo porque fue para eliminar el título de Madre de Dios, y para traer deshonra sobre la Madre de Dios, que sola es en verdad digna de honor sobre toda la creación, que el impuro y abominable judaizante Nestorio, ese vaso de deshonra, inventó este nombre como insulto. Pues David el rey, y Aarón, el sumo sacerdote, son también llamados Cristo, pues es costumbre hacer reyes y sacerdotes por la unción: y además todo hombre inspirado por Dios puede ser llamado Cristo, pero sin embargo no es por naturaleza Dios: sí, el maldito Nestorio insultó a Aquel que nació de la Virgen llamándolo portador de Dios. ¡Lejos esté de nosotros hablar de Él o pensar en Él sólo como portador de Dios, siendo Él en verdad Dios encarnado! Pues el Verbo mismo se hizo carne, habiendo sido en verdad concebido de la Virgen, pero saliendo como Dios con la naturaleza asumida que, tan pronto como fue traída al ser, fue deificada por Él, de modo que estas tres cosas tuvieron lugar simultáneamente: la asunción de nuestra naturaleza, el venir al ser, y la deificación de la naturaleza asumida por el Verbo. Y así es que la santa Virgen es pensada y mencionada como la Madre de Dios, no sólo por causa de la naturaleza del Verbo, sino también por causa de la deificación de la naturaleza del hombre, obrándose juntamente los milagros de la concepción y de la existencia, a saber, la concepción del Verbo, y la existencia de la carne en el Verbo mismo. Pues la misma Madre de Dios de alguna manera maravillosa fue el medio de formar al Formador de todas las cosas y de otorgar la humanidad al Dios y Creador de todo, que deificó la naturaleza que asumió, mientras que la unión preservó aquellas cosas que fueron unidas tal como fueron unidas, es decir, no sólo la naturaleza divina de Cristo sino también su naturaleza humana, no sólo lo que está por encima de nosotros sino lo que es de nosotros. Pues Él no fue primero hecho semejante a nosotros y sólo después llegó a ser más alto que nosotros, sino que desde su primera venida al ser existió con la doble naturaleza, porque existió en el Verbo mismo desde el principio de la concepción. Por lo cual Él es humano en su propia naturaleza, pero también, de alguna manera maravillosa, de Dios y divino. Además tiene las propiedades de la carne viva: pues por razón de la dispensación el Verbo recibió estas que son, según el orden del movimiento natural, verdaderamente naturales.
    Comentario editorial · «Madre de Dios» y el concilio de Éfeso
    El título del capítulo lo dirige «contra los nestorianos». El concilio de Éfeso (22 de junio – 31 de julio de 431), convocado por Teodosio II, declaró a María Theotokos, «Madre de Dios» (Wikipedia), y condenó a Nestorio, que prefería Christotokos, «la que dio a luz a Cristo», frente a Cirilo de Alejandría. Damasceno razona en la misma línea: lo que nació de ella es el Verbo mismo, que ya existía junto al Padre antes de los siglos, y el título dice quién es el Hijo, no que su divinidad tenga en María su principio. Para la historia del título y de las discusiones previas, véase el compendio sobre María.

    Capítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas

    III, 13

    Confesando, pues, que el mismo Jesucristo, nuestro Señor, es perfecto Dios y perfecto hombre, sostenemos que el mismo tiene todos los atributos del Padre salvo el de ser ingénito, y todos los atributos del primer Adán, salvo sólo su pecado, siendo estos atributos el cuerpo y el alma inteligente y racional; y además que tiene, correspondiendo a las dos naturalezas, los dos conjuntos de cualidades naturales pertenecientes a las dos naturalezas: dos voluntades naturales, una divina y una humana, dos energías naturales, una divina y una humana, dos libres albedríos naturales, uno divino y uno humano, y dos clases de sabiduría y conocimiento, una divina y una humana. Pues siendo de esencia semejante a Dios y al Padre, Él quiere y actúa libremente como Dios, y siendo también de esencia semejante a nosotros, igualmente quiere y actúa libremente como hombre. Pues suyos son los milagros y suyos son también los estados pasivos.

    Capítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo

    III, 14

    Puesto que, entonces, Cristo tiene dos naturalezas, sostenemos que tiene también dos voluntades naturales y dos energías naturales. Pero puesto que sus dos naturalezas tienen una subsistencia, sostenemos que es una y la misma persona la que quiere y actúa naturalmente en ambas naturalezas, de las cuales, y en las cuales, y también la cual es Cristo nuestro Señor: y además que Él quiere y actúa sin separación sino como un todo unido. Pues Él quiere y actúa en cada forma en estrecha comunión con la otra. Pues las cosas que tienen la misma esencia tienen también la misma voluntad y energía, mientras que las cosas que son diferentes en esencia son diferentes en voluntad y energía; y viceversa, las cosas que tienen la misma voluntad y energía tienen la misma esencia, mientras que las cosas que son diferentes en voluntad y energía son diferentes en esencia.
    Por lo cual, en el caso del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo reconocemos, por su identidad en voluntad y energía, su identidad en naturaleza. Pero en el caso de la dispensación divina reconocemos, por su diferencia en voluntad y energía, la diferencia de las dos naturalezas, y como percibimos la diferencia de las dos naturalezas confesamos que las voluntades y energías también son diferentes. Pues así como el número de las naturalezas de un mismo Cristo, cuando se considera y se habla de él con piedad, no causa una división del único Cristo sino que simplemente pone de manifiesto el hecho de que la diferencia entre las naturalezas se mantiene incluso en la unión, así ocurre con el número de voluntades y energías que pertenecen esencialmente a sus naturalezas. (Pues Él fue dotado con los poderes de querer y de actuar en ambas naturalezas, por causa de nuestra salvación.) No introduce división: ¡Dios no lo permita! Sino que simplemente pone de manifiesto el hecho de que las diferencias entre ellas son salvaguardadas y preservadas incluso en la unión. Pues sostenemos que las voluntades y energías son facultades que pertenecen a la naturaleza, no a la subsistencia; me refiero a aquellas facultades de voluntad y energía por las cuales Aquel que quiere y actúa lo hace. Pues si permitimos que pertenezcan a la subsistencia, nos veremos forzados a decir que las tres subsistencias de la Santísima Trinidad tienen voluntades diferentes y energías diferentes.
    Pues debe notarse que querer y la manera de querer no son la misma cosa. Pues querer es una facultad de la naturaleza, así como ver lo es, pues todos los hombres la poseen; pero la manera de querer no depende de la naturaleza sino de nuestro juicio, como también lo hace la manera de ver, bien sea bien o mal. Pues no todos los hombres quieren de la misma manera, ni todos ven de la misma manera. Y esto también lo concederemos en relación con las energías. Pues la manera de querer, o de ver, o de actuar, es el modo de usar las facultades de voluntad, de vista y de energía, perteneciendo sólo a aquel que las usa, y distinguiéndolo de los demás por la diferencia generalmente aceptada.
    El querer simple, entonces, se habla como volición o la facultad de voluntad, siendo una propensión racional y voluntad natural; pero de una manera particular, querer, o aquello que subyace a la volición, es el objeto de la voluntad, y la voluntad dependiente del juicio. Además, aquello que tiene innata en sí la facultad de volición se habla como capaz de querer: como por ejemplo lo divino es capaz de querer, y lo humano de igual manera. Pero aquel que ejerce la volición, es decir, la subsistencia, por ejemplo Pedro, se habla como queriendo.
    Puesto que, entonces, Cristo es uno y su subsistencia es una, también Aquel que quiere tanto como Dios como hombre es uno y el mismo. Y puesto que tiene dos naturalezas dotadas de volición, en cuanto que son racionales (pues todo lo que es racional está dotado de volición y libre albedrío), postularemos dos voliciones o voluntades naturales en Él. Pues Él en su propia persona es capaz de volición conforme a ambas naturalezas. Pues asumió aquella facultad de volición que nos pertenece naturalmente. Y puesto que Cristo, que en su propia persona quiere según cada naturaleza, es uno, postularemos el mismo objeto de voluntad en su caso, no como si Él quisiera sólo aquellas cosas que quiso naturalmente como Dios (pues no es parte de la Divinidad querer comer o beber y cosas así), sino como queriendo también aquellas cosas que la naturaleza humana requiere para su sustento, y esto sin implicar ninguna oposición en el juicio, sino simplemente como resultado de la individualidad de las naturalezas. Pues entonces fue que Él quiso así naturalmente, cuando su volición divina así lo quiso y permitió que la carne sufriera e hiciera lo que le era propio.
    Pero que la volición es implantada en el hombre por naturaleza es manifiesto por esto. Excluyendo la vida divina, hay tres formas de vida: la vegetativa, la sensitiva y la intelectual. Las propiedades de la vida vegetativa son las funciones de nutrición, crecimiento y producción: la de la vida sensitiva es el impulso: y la de la vida racional e intelectual es la libertad de voluntad. Si, entonces, la nutrición pertenece por naturaleza a la vida vegetativa y el impulso a la sensitiva, la libertad de voluntad por naturaleza pertenece a la vida racional e intelectual. Pero la libertad de voluntad no es otra cosa que la volición. El Verbo, por lo tanto, habiéndose hecho carne, dotado de vida y mente y libre albedrío, quedó también dotado de volición.
    Además, lo que es natural no es el resultado del entrenamiento: pues nadie aprende cómo pensar, o vivir, o tener hambre, o sed, o dormir. Tampoco aprendemos cómo querer: de modo que querer es natural.
    Y de nuevo: si en el caso de las criaturas desprovistas de razón la naturaleza gobierna, mientras que la naturaleza es gobernada en el hombre que es movido por su propio libre albedrío y volición, se sigue, entonces, que el hombre está por naturaleza dotado de volición.
    Y de nuevo: si el hombre ha sido hecho a imagen de la bendita y superesencial Divinidad, y si la naturaleza divina está por naturaleza dotada de libre albedrío y volición, se sigue que el hombre, como imagen suya, es libre por naturaleza y volitivo. Pues los padres definieron la libertad como volición.
    Y además: si querer es parte de la naturaleza de todo hombre y no está presente en algunos y ausente en otros, y si lo que se ve que es común a todos es un rasgo característico de la naturaleza que pertenece a los individuos de la clase, ciertamente, entonces, el hombre está por naturaleza dotado de volición.
    Y una vez más: si la naturaleza no recibe ni más ni menos, sino que todos están igualmente dotados de volición y no unos más que otros, entonces por naturaleza el hombre está dotado de volición. De modo que puesto que el hombre está por naturaleza dotado de volición, el Señor también debe estar por naturaleza dotado de volición, no sólo porque Él es Dios, sino también porque se hizo hombre. Pues así como asumió nuestra naturaleza, así también ha asumido naturalmente nuestra voluntad. Y de esta manera los Padres dijeron que Él formó nuestra voluntad en sí mismo.
    Si la voluntad no es natural, debe ser o hipostática o antinatural. Pero si es hipostática, el Hijo debe así, ciertamente, tener una voluntad diferente de la que el Padre tiene: pues lo que es hipostático es característico de la subsistencia solamente. Y si es antinatural, la voluntad debe ser una defección de la naturaleza: pues lo que es antinatural es destructivo de lo que es natural.
    El Dios y Padre de todas las cosas quiere o como Padre o como Dios. Ahora bien, si como Padre, su voluntad será diferente de la del Hijo, pues el Hijo no es el Padre. Pero si como Dios, el Hijo es Dios y asimismo el Espíritu Santo es Dios, y así la volición es parte de su naturaleza, es decir, es natural.
    Además, si según la opinión de los Padres, aquellos que tienen una y la misma voluntad tienen también una y la misma esencia, y si la divinidad y la humanidad de Cristo tienen una y la misma voluntad, entonces ciertamente éstas tienen también una y la misma esencia.
    Y de nuevo: si según la opinión de los Padres la distinción entre las naturalezas no se ve en la voluntad única, debemos, cuando hablamos de la una voluntad, dejar de hablar de las diferentes naturalezas en Cristo o, cuando hablamos de las diferentes naturalezas de Cristo, dejar de hablar de la una voluntad.
    Y además, el divino Evangelio dice: El Señor vino a los confines de Tiro y Sidón y entró en una casa, y no quería que nadie lo supiera; pero no pudo quedar oculto. [] Si, entonces, su voluntad divina es omnipotente, pero sin embargo, aunque quería, no podía quedar oculto, ciertamente fue como hombre que quiso y no pudo, y así como hombre debe estar dotado de volición.
    Y una vez más, el Evangelio nos dice que: Él, habiendo llegado al lugar, dijo 'Tengo sed': y le dieron vinagre mezclado con hiel, y cuando lo hubo probado no quiso beber. Si, entonces, por una parte fue como Dios que sufrió sed y cuando hubo probado no quiso beber, ciertamente debe estar sujeto a pasión también como Dios, pues la sed y el gusto son pasiones. Pero si no fue como Dios sino completamente como hombre que tuvo sed, igualmente como hombre debe estar dotado de volición.
    Además, el bendito Pablo el Apóstol dice: Se hizo obediente hasta la muerte, incluso la muerte de la cruz. [] Pero la obediencia es sujeción de la voluntad real, no de la voluntad irreal. Pues lo que es irracional no se dice que sea obediente o desobediente. Pero el Señor habiéndose hecho obediente al Padre, lo hizo no como Dios sino como hombre. Pues como Dios no se dice que sea obediente o desobediente. Pues estas cosas son de las cosas que están bajo la mano de uno, como dijo el inspirado Gregorio. Por lo cual, entonces, Cristo está dotado de volición como hombre.
    Mientras, sin embargo, afirmamos que la voluntad es natural, no sostenemos que esté dominada por la necesidad, sino que es libre. Pues si es racional, debe ser absolutamente libre. Pues no sólo la naturaleza divina e increada es libre de las ataduras de la necesidad, sino también la naturaleza intelectual y creada. Y esto es manifiesto: pues Dios, siendo por naturaleza bueno y siendo por naturaleza el Creador y por naturaleza Dios, no es todo esto por necesidad. Pues ¿quién hay para introducir esta necesidad?
    Debe observarse además que la libertad de voluntad se usa en varios sentidos, uno en conexión con Dios, otro en conexión con los ángeles, y un tercero en conexión con los hombres. Pues usada en referencia a Dios debe entenderse de manera superesencial, y en referencia a los ángeles debe tomarse en el sentido de que la elección es concomitante con el estado, y no admite la interposición de ningún intervalo de tiempo en absoluto: pues mientras el ángel posee el libre albedrío por naturaleza, lo usa sin impedimento ni estorbo, no teniendo ni antipatía de parte del cuerpo que vencer ni asaltante alguno. De nuevo, usada en referencia a los hombres, debe tomarse en el sentido de que el estado se considera anterior en el tiempo a la elección. Pues el hombre es libre y tiene libre albedrío por naturaleza, pero también tiene el asalto del diablo para impedirle y el movimiento del cuerpo: y así a través del asalto y del peso del cuerpo, la elección llega a ser posterior al estado.
    Si, entonces, Adán obedeció por su propia voluntad y comió por su propia voluntad, ciertamente en nosotros la voluntad es la primera parte en sufrir. Y si la voluntad es la primera en sufrir, y el Verbo Encarnado no asumió ésta con el resto de nuestra naturaleza, se sigue que no hemos sido liberados del pecado.
    Además, si la facultad de libre albedrío que está en la naturaleza es obra suya y sin embargo no la asumió, Él o condenó su propia hechura como no buena, o nos escatimó el consuelo que traía, y así nos privó del beneficio completo, y mostró que Él mismo estaba sujeto a pasión puesto que no estaba dispuesto o no era capaz de obrar nuestra salvación perfecta.
    Además, no se puede hablar de una cosa compuesta hecha de dos voluntades de la misma manera que una subsistencia es una composición de dos naturalezas. Primeramente porque las composiciones son de cosas en subsistencia (hipóstasis), no de cosas vistas en una categoría diferente, no en una propia de ellas: y en segundo lugar, porque si hablamos de composición de voluntades y energías, estaremos obligados a hablar de composición de las otras propiedades naturales, tales como lo increado y lo creado, lo invisible y lo visible, y así sucesivamente. ¿Y cuál será el nombre de la voluntad que se compone de dos voluntades? Pues lo compuesto no puede llamarse por el nombre de los elementos que lo componen. Pues de otro modo llamaríamos naturaleza a lo que se compone de naturalezas y no subsistencia. Y además, si decimos que hay una voluntad compuesta en Cristo, lo separamos en voluntad del Padre, pues la voluntad del Padre no es compuesta. Queda, por lo tanto, decir que la subsistencia de Cristo sola es compuesta y común, como en el caso de las naturalezas así también en el de las propiedades naturales.
    Y no podemos, si deseamos ser precisos, hablar de Cristo como teniendo juicio ([γνώμη]) y preferencia. Pues el juicio es una disposición con referencia a la decisión a la que se llega después de la investigación y deliberación concerniente a algo desconocido, es decir, después del consejo y la decisión. Y después del juicio viene la preferencia, que escoge y selecciona lo uno en lugar de lo otro. Pero el Señor, no siendo mero hombre sino también Dios, y conociendo todas las cosas, no tenía necesidad de indagación, ni de investigación, ni de consejo, ni de decisión, y por naturaleza hacía suyo todo lo bueno y ajeno a Él todo lo malo. Pues así dice Isaías el profeta: Antes que el niño sepa preferir el mal, escogerá el bien; porque antes que el niño conozca el bien o el mal, rechaza la maldad escogiendo el bien. Pues la palabra «antes» prueba que no es con investigación y deliberación, como es la manera con nosotros, sino como Dios y como subsistiendo de manera divina en la carne, es decir, estando unido en subsistencia a la carne, y a causa de su misma existencia y conocimiento omnímodo, que Él posee el bien en su propia naturaleza. Pues las virtudes son cualidades naturales, y están implantadas en todos por naturaleza y en igual medida, incluso si no todos empleamos en igual medida nuestras energías naturales. Por la transgresión fuimos arrastrados de lo natural a lo antinatural. Pero el Señor nos condujo de vuelta de lo antinatural a lo natural. Pues esto es lo que significa el a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. [] Y la disciplina y el afán de esta vida no fueron diseñados como un medio para que alcanzáramos la virtud que era ajena a nuestra naturaleza, sino para permitirnos desechar el mal que era ajeno y contrario a nuestra naturaleza: así como al quitar laboriosamente del acero el óxido que no le es natural sino adquirido por negligencia, revelamos el brillo natural del acero.
    Obsérvese además que la palabra juicio ([γνώμη]) se usa de muchas maneras y en muchos sentidos. A veces significa exhortación: como cuando el divino apóstol dice: Ahora bien, en cuanto a las vírgenes no tengo mandamiento del Señor; sin embargo doy mi juicio []: a veces significa consejo, como cuando el profeta David dice: Han tomado consejo astuto contra tu pueblo: a veces significa un decreto, como cuando leemos en Daniel: ¿Con respecto a quién (o, qué) salió este decreto desvergonzado? En otras ocasiones se usa en el sentido de creencia, u opinión, o propósito, y, para decirlo brevemente, la palabra juicio tiene veintiocho significados diferentes.
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