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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

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    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

    Índice de la obra

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    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)49 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 9 · Capítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del SeñorPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
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    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor

    IV, 13

    Dios, que es bueno y totalmente bueno y más que bueno, que es bondad en todas sus partes, por la riqueza sobreabundante de su bondad no permitió que Él mismo, es decir, su naturaleza, fuera solamente bueno sin que nadie más participara de ello, sino que por esto hizo primero las potestades espirituales y celestiales; luego el universo visible y sensible; después al hombre, con su naturaleza espiritual y sensitiva. Por tanto, todas las cosas que hizo participan de su bondad en lo que respecta a su existencia. Pues Él mismo es la existencia para todas las cosas, ya que todas las cosas que son están en Él [], no sólo porque fue Él quien las sacó de la nada al ser, sino porque su energía conserva y mantiene todo lo que hizo, y en especial a los seres vivos. Pues tanto en el existir como en el gozar de la vida participan de su bondad. Pero en verdad aquellos de entre ellos que tienen razón participan aún más de ella, tanto por lo ya dicho como por la misma razón que poseen. Pues de algún modo están más íntimamente emparentados con Él, aunque Él es incomparablemente superior a ellos.
    El hombre, sin embargo, dotado de razón y de libre albedrío, recibió el poder de la unión continua con Dios mediante su propia elección, si en verdad permanecía en la bondad, es decir, en obediencia a su Hacedor. Pero como transgredió el mandamiento de su Creador y quedó sujeto a la muerte y a la corrupción, el Creador y Hacedor de nuestra raza, a causa de sus entrañas de compasión, tomó nuestra semejanza, haciéndose hombre en todo, salvo en el pecado, y se unió a nuestra naturaleza. [] Pues, habiéndonos otorgado su propia imagen y su propio espíritu, y no habiéndolos guardado nosotros a salvo, Él tomó para sí una participación en nuestra pobre y débil naturaleza, para purificarnos y hacernos incorruptibles, y establecernos de nuevo como partícipes de su divinidad.
    Pues convenía que no sólo las primicias de nuestra naturaleza participaran del bien superior, sino todo hombre que lo deseara, y que tuviera lugar un segundo nacimiento y que el alimento fuera nuevo y adecuado al nacimiento, y así se alcanzara la medida de la perfección. Por su nacimiento, es decir, su encarnación, y por su bautismo, pasión y resurrección, liberó nuestra naturaleza del pecado de nuestro primer padre, de la muerte y de la corrupción, y se hizo primicias de la resurrección, y se constituyó en camino, imagen y modelo, para que también nosotros, siguiendo sus huellas, lleguemos a ser por adopción lo que Él es por naturaleza [], hijos y herederos de Dios y coherederos con Él. Nos dio, pues, como he dicho, un segundo nacimiento para que, así como los que nacemos de Adán estamos en su imagen y somos herederos de la maldición y de la corrupción, del mismo modo, naciendo de Él, estemos en su semejanza y seamos herederos de su incorrupción, bendición y gloria.
    Ahora bien, viendo que este Adán es espiritual, convenía que tanto el nacimiento como igualmente el alimento fueran también espirituales; pero como somos de una naturaleza doble y compuesta, convenía que el nacimiento fuera doble e igualmente el alimento compuesto. Se nos dio, por tanto, un nacimiento por agua y Espíritu: quiero decir, por el santo bautismo; y el alimento es el mismo pan de vida, nuestro Señor Jesucristo, que descendió del cielo. [] Pues cuando estaba a punto de asumir voluntariamente la muerte por nosotros, en la noche en que se entregó, estableció una nueva alianza con sus santos discípulos y apóstoles, y por medio de ellos con todos los que creen en Él. En el aposento alto, pues, de la santa e ilustre Sión, después de haber comido la antigua Pascua con sus discípulos y haber cumplido la antigua alianza, lavó los pies de sus discípulos en señal del santo bautismo. Luego, habiendo partido el pan, se lo dio diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, partido por vosotros para remisión de los pecados. Asimismo, tomó también la copa de vino y agua y se la dio diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre, la sangre del Nuevo Testamento, que es derramada por vosotros para remisión de los pecados. Haced esto en memoria de mí. Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis esta copa, anunciáis la muerte del Hijo del hombre y confesáis su resurrección hasta que Él venga.
    Si, pues, el Verbo de Dios es vivo y eficaz [], y el Señor hizo todo lo que quiso; si dijo: Sea la luz, y fue la luz; haya firmamento, y hubo firmamento; si los cielos fueron establecidos por el Verbo del Señor y todo su ejército por el aliento de su boca; si el cielo y la tierra, el agua y el fuego y el aire y toda la gloria de estos, y, en verdad, esta criatura tan noble, el hombre, fueron perfeccionados por el Verbo del Señor; si Dios el Verbo por su propia voluntad se hizo hombre y la sangre pura e inmaculada de la santa y siempre virgen formó su carne sin concurso de simiente, ¿no puede entonces hacer del pan su cuerpo y del vino y del agua su sangre? Dijo al principio: Produzca la tierra hierba [], y hasta el día de hoy, cuando llega la lluvia, produce sus frutos propios, impulsada y fortalecida por el mandato divino. Dijo Dios: Esto es mi cuerpo, y Esto es mi sangre; haced esto en memoria de mí. Y así es por su mandato omnipotente hasta que Él venga; pues en este sentido dijo "hasta que Él venga": y la virtud que cubre con su sombra del Espíritu Santo se convierte, mediante la invocación, en lluvia para este nuevo cultivo. Pues así como Dios hizo todo lo que hizo por la energía del Espíritu Santo, así también ahora la energía del Espíritu realiza aquellas cosas que son sobrenaturales y que no es posible comprender sino sólo por la fe. ¿Cómo será esto, dijo la santa Virgen, puesto que no conozco varón? Y el arcángel Gabriel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. [] Y ahora preguntas cómo el pan se convirtió en el cuerpo de Cristo y el vino y el agua en la sangre de Cristo. Y te digo: «El Espíritu Santo está presente y realiza aquellas cosas que superan la razón y el pensamiento.»
    Además, se emplean pan y vino, porque Dios conoce la flaqueza del hombre; pues en general el hombre se aparta con desagrado de lo que no está bien desgastado por la costumbre; y así, con su habitual indulgencia, realiza sus obras sobrenaturales mediante objetos familiares. Y así como, en el caso del bautismo, puesto que es costumbre del hombre lavarse con agua y ungirse con aceite, vinculó la gracia del Espíritu con el aceite y el agua y la hizo agua de regeneración, de la misma manera, puesto que es costumbre del hombre comer y beber agua y vino, vinculó su divinidad con éstos y los hizo su cuerpo y su sangre, para que podamos elevarnos a lo sobrenatural mediante lo familiar y natural.
    El cuerpo que nace de la santa Virgen es en verdad cuerpo unido a la divinidad; no que el cuerpo que fue recibido en los cielos descienda, sino que el pan mismo y el vino son cambiados en el cuerpo y la sangre de Dios. Pero si preguntas cómo sucede esto, te basta aprender que fue por el Espíritu Santo, así como el Señor tomó sobre sí carne que subsistía en Él y nació de la santa Madre de Dios por el Espíritu. Y nada más sabemos, salvo que el Verbo de Dios es verdadero, eficaz y omnipotente, pero el modo de esto no puede ser escudriñado. Pero bien puede decirse así: que, así como en la naturaleza el pan, al ser comido, y el vino y el agua, al ser bebidos, se cambian en el cuerpo y la sangre del que come y bebe, y no llegan a ser un cuerpo distinto del anterior, así el pan de la mesa y el vino y el agua son cambiados sobrenaturalmente, por la invocación y la presencia del Espíritu Santo, en el cuerpo y la sangre de Cristo, y no son dos, sino uno y el mismo.
    Por lo cual, para los que participan dignamente con fe, es para remisión de los pecados, para vida eterna y para protección del alma y del cuerpo; pero para los que participan indignamente sin fe, es para castigo y pena, así como también la muerte del Señor vino a ser para los que creen vida e incorrupción para el goce de la bienaventuranza eterna, mientras que para los que no creen y para los asesinos del Señor es para castigo y pena eternos.
    El pan y el vino no son meras figuras del cuerpo y de la sangre de Cristo (¡Dios no lo permita!), sino el cuerpo deificado del Señor mismo; pues el Señor ha dicho: «Esto es mi cuerpo,» no: esto es una figura de mi cuerpo; y «mi sangre,» no: una figura de mi sangre. Y en una ocasión anterior había dicho a los judíos: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Y de nuevo: El que me come, vivirá [].
    Por lo cual, con todo temor, conciencia pura y fe cierta, acerquémonos, y ciertamente nos será como creemos, sin dudar nada. Venerémoslo con toda pureza de alma y de cuerpo, pues es doble. Acerquémonos a él con ardiente deseo y, con las manos extendidas en forma de cruz, recibamos el cuerpo del Crucificado; y apliquemos los ojos, los labios y la frente, y participemos del carbón divino, para que el fuego del anhelo que hay en nosotros, con el calor adicional que procede del carbón, consuma enteramente nuestros pecados e ilumine nuestros corazones, y para que seamos inflamados y deificados por la participación en el fuego divino. Isaías vio el carbón. [] Pero el carbón no es madera simple, sino madera unida al fuego; de la misma manera, también el pan de la comunión no es pan simple, sino pan unido a la divinidad. Pero un cuerpo unido a la divinidad no es una sola naturaleza, sino que tiene una naturaleza perteneciente al cuerpo y otra perteneciente a la divinidad unida a él, de modo que el compuesto no es una naturaleza, sino dos.
    Con pan y vino, Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo, recibió a Abraham a su regreso de la matanza de los gentiles. [] Aquella mesa prefiguraba esta mesa mística, así como aquel sacerdote era tipo e imagen de Cristo, el verdadero sumo sacerdote. [] Porque tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. De este pan, el pan de la proposición era imagen. Éste es ciertamente aquel sacrificio puro e incruento que, según dijo el Señor por el profeta, se le ofrece desde la salida del sol hasta su ocaso [].
    El cuerpo y la sangre de Cristo contribuyen al sustento de nuestra alma y cuerpo, sin ser consumidos ni sufrir corrupción, y no sirven para la evacuación (¡Dios no lo permita!), sino para nuestro ser y conservación, protección contra toda clase de daños, purificación de toda impureza. Si uno recibe oro vil, lo purifican por el fuego de la prueba, para que en el futuro no seamos condenados con este mundo. Purifican de enfermedades y de toda clase de calamidades; según las palabras del divino Apóstol []: Pues si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero al ser juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Esto es también lo que dice: De modo que el que participa del cuerpo y de la sangre de Cristo indignamente, come y bebe su propia condenación. Purificados por esto, somos unidos al cuerpo de Cristo y a su Espíritu, y llegamos a ser el cuerpo de Cristo.
    Este pan es las primicias del pan futuro, que es [ἐπιούσιος], es decir, necesario para la existencia. Pues la palabra [ἐπιούσιον] significa o bien el futuro, es decir, Aquel que es para el siglo futuro, o bien Aquel de quien participamos para la conservación de nuestra esencia. Sea, pues, en este sentido o en aquél, conviene hablar así del cuerpo del Señor. Pues la carne del Señor es espíritu vivificante porque fue concebida del Espíritu vivificante. Porque lo nacido del Espíritu es espíritu. Pero no digo esto para quitar la naturaleza del cuerpo, sino que quiero manifestar su poder vivificante y divino [].
    Pero si algunas personas llamaron al pan y al vino antitipos del cuerpo y de la sangre del Señor, como hizo el divinamente inspirado Basilio, lo dijeron no después de la consagración, sino antes de la consagración, llamando así a la ofrenda misma.
    Se habla de participación; porque por ella participamos de la divinidad de Jesús. También se habla de comunión, y es una comunión real, porque por ella tenemos comunión con Cristo y compartimos su carne y su divinidad; más aún, tenemos comunión y somos unidos unos con otros por ella. Pues al participar de un solo pan, todos llegamos a ser un solo cuerpo de Cristo y una sola sangre, y miembros unos de otros, siendo de un solo cuerpo con Cristo.
    Con todas nuestras fuerzas, por tanto, guardémonos de recibir la comunión de herejes o de dársela a ellos; No deis lo santo a los perros, dice el Señor, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos [], no sea que nos hagamos partícipes de su deshonra y condenación. Pues si la unión es en verdad con Cristo y unos con otros, ciertamente estamos unidos voluntariamente también con todos los que participan con nosotros. Porque esta unión se efectúa voluntariamente y no contra nuestra inclinación. Pues todos somos un solo cuerpo porque participamos del único pan, como dice el divino Apóstol [].
    Además, se habla de antitipos de las cosas futuras, no como si no fueran en realidad el cuerpo y la sangre de Cristo, sino porque ahora por ellos participamos de la divinidad de Cristo, mientras que entonces participaremos intelectualmente, sólo por la visión.

    Capítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios

    IV, 14

    Acerca de la santa y muy alabada siempre virgen María, Madre de Dios, hemos dicho algo en los capítulos anteriores, aduciendo lo más oportuno, a saber: que estricta y verdaderamente es y es llamada Madre de Dios. Llenemos ahora las lagunas. Pues ella, preordenada por el eterno y presciente consejo de Dios, prefigurada y anunciada en diversas imágenes y discursos de los profetas por el Espíritu Santo, brotó en el tiempo predeterminado de la raíz de David, según las promesas que le fueron hechas. Porque el Señor ha jurado, dice, en verdad a David, y no se apartará de ello: Del fruto de tu cuerpo pondré sobre tu trono. Y de nuevo: Una vez he jurado por mi santidad, que no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Será establecido para siempre como la luna, y como testigo fiel en el cielo. E Isaías dice: Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago brotará de sus raíces [].
    Pero que José desciende de la tribu de David lo demuestran expresamente Mateo y Lucas, los santísimos evangelistas. Pero Mateo hace descender a José de David por Salomón, mientras Lucas lo hace por Natán; y sobre el origen de la santa Virgen ambos guardan silencio.
    Conviene recordar que no era costumbre de los hebreos ni de la divina Escritura dar genealogías de mujeres; y la ley prohibía que una tribu buscara esposas en otra. Así, puesto que José descendía de la tribu de David y era varón justo (pues así lo testifica el divino Evangelio), no habría desposado a la santa Virgen contra la ley; no la habría tomado si no hubiera sido de la misma tribu. Bastaba, por tanto, demostrar la descendencia de José.
    Conviene observar también esto: que la ley disponía que, cuando un hombre moría sin descendencia, el hermano del difunto tomara por mujer a la esposa del muerto y suscitara descendencia a su hermano. [] Por tanto, la prole pertenecía por naturaleza al segundo, es decir, al que la engendró, pero por ley al difunto.
    Nacido, pues, de la línea de Natán, hijo de David, Leví engendró a Melqui y a Pantera; Pantera engendró a Barpantera, así llamado. Este Barpantera engendró a Joaquín; Joaquín engendró a la santa Madre de Dios. Y de la línea de Salomón, hijo de David, Matán tuvo una esposa de la cual engendró a Jacob. Ahora bien, a la muerte de Matán, Melqui, de la tribu de Natán, hijo de Leví y hermano de Pantera, se casó con la esposa de Matán, madre de Jacob, de la cual engendró a Helí. Por tanto, Jacob y Helí fueron hermanos por parte de madre, siendo Jacob de la tribu de Salomón y Helí de la tribu de Natán. Luego Helí, de la tribu de Natán, murió sin hijos, y Jacob su hermano, de la tribu de Salomón, tomó a su mujer y suscitó descendencia a su hermano, y engendró a José. José, por tanto, es por naturaleza hijo de Jacob, de la línea de Salomón, pero por ley es hijo de Helí, de la línea de Natán.
    Tomó luego Joaquín por esposa a aquella venerada y digna de alabanza mujer, Ana. Pero así como la primera Ana [], que era estéril, dio a luz a Samuel por oración y promesa, así también esta Ana, por súplica y promesa de Dios, dio a luz a la Madre de Dios, para que ni siquiera en esto quedara detrás de las matronas célebres. Por consiguiente, fue la gracia (pues éste es el significado de Ana) la que dio a luz a la Señora: (pues ella se convirtió verdaderamente en Señora de todas las cosas creadas al llegar a ser Madre del Creador). Además, Joaquín nació en la casa de la Probática, y fue criado para el templo. Luego, plantada en la Casa de Dios y acrecentada por el Espíritu, como olivo fructífero, llegó a ser morada de toda virtud, apartando su mente de todo deseo secular y carnal, y conservando así virginal tanto su alma como su cuerpo, como convenía a quien había de recibir a Dios en su seno: pues, siendo Él santo, halla reposo entre los santos. Así, pues, ella se esforzó por la santidad, y fue declarada templo santo y admirable, digno del Dios altísimo.
    Además, puesto que el enemigo de nuestra salvación vigilaba atentamente a las vírgenes, según la profecía de Isaías, que dijo: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamará su nombre Emanuel, que interpretado es: 'Dios con nosotros', a fin de que el que prende a los sabios en su propia astucia engañe al que siempre se gloría en su sabiduría, la doncella es entregada en matrimonio a José por los sacerdotes, libro nuevo para el versado en letras []: pero el matrimonio era a la vez protección de la virgen y engaño de quien vigilaba atentamente a las vírgenes. Pero cuando llegó la plenitud del tiempo, el mensajero del Señor fue enviado a ella, con la buena nueva de la concepción de nuestro Señor. Y así concibió al Hijo de Dios, la potencia hipostática del Padre, no de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre [], es decir, no por unión y semilla, sino por el beneplácito del Padre y la cooperación del Espíritu Santo. Ella sirvió al Creador en cuanto Él fue creado, al Formador en cuanto Él fue formado, y al Hijo de Dios y Dios en cuanto se hizo carne y se hizo hombre de su carne y sangre puras e inmaculadas, satisfaciendo la deuda de la primera madre. Pues así como ésta fue formada de Adán sin unión, así también aquélla dio a luz al nuevo Adán, que fue dado a luz conforme a las leyes del parto y por encima de la naturaleza de la generación.
    Pues Aquel que era del Padre, aunque sin madre, nació de mujer sin cooperación de padre. Y en cuanto nació de mujer, su nacimiento fue conforme a las leyes del parto; en cuanto no tuvo padre, su nacimiento estuvo por encima de la naturaleza de la generación; y en que fue en el tiempo acostumbrado (pues nació al cumplirse el noveno mes, cuando comenzaba el décimo), su nacimiento fue conforme a las leyes del parto; en que fue sin dolor, estuvo por encima de las leyes de la generación. Pues, como no lo precedió el placer, no lo siguió el dolor, según el profeta que dice: Antes que estuviese de parto, dio a luz; y antes que le viniesen dolores, dio a luz un hijo varón. [] Por tanto, el Hijo de Dios encarnado nació de ella, no un hombre divinamente inspirado, sino Dios encarnado; no un profeta ungido con energía, sino por la presencia plena de Aquel que unge, de modo que el Ungidor se hizo hombre y el Ungido Dios, no por cambio de naturaleza, sino por unión en la subsistencia. Pues el Ungidor y el Ungido eran uno y el mismo, que ungía en cuanto Dios mismo hecho hombre. ¿No debe, pues, haber una Madre de Dios que dio a luz a Dios encarnado? Ciertamente, aquella que desempeñó el papel de sierva y madre del Creador es, con todo rigor y verdad, en realidad Madre de Dios y Señora y Reina sobre todas las cosas creadas. Pero, así como el que fue concebido mantuvo virgen a la que concibió, de igual manera el que nació preservó intacta su virginidad, pasando solamente a través de ella y manteniéndola cerrada. [] La concepción, ciertamente, fue por el sentido del oído, pero el nacimiento por el camino usual por el que vienen los niños, aunque algunos cuentan historias de su nacimiento por el costado de la Madre de Dios. Pues no le era imposible haber venido por esta puerta, sin dañar en modo alguno su sello.
    La siempre virgen permanece, pues, virgen incluso después del parto, no habiendo jamás, hasta la muerte, tenido trato con varón. Pues aunque está escrito: Y no la conoció hasta que dio a luz a su Hijo primogénito [], nótese que el que es primogénito es el primero en nacer aunque sea unigénito. Pues la palabra «primogénito» significa que nació primero, pero no sugiere en absoluto el nacimiento de otros. Y la palabra «hasta» significa el límite del tiempo señalado, pero no excluye el tiempo posterior. Pues dice el Señor: Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo, no queriendo decir con ello que se separará de nosotros después de la consumación del siglo. El divino apóstol, en efecto, dice: Y así estaremos siempre con el Señor [], refiriéndose a después de la resurrección general.
    Pues, ¿sería posible que aquella que había dado a luz a Dios y que, por la experiencia de los acontecimientos posteriores, había llegado a conocer el milagro, recibiera el abrazo de un hombre? ¡Dios no lo permita! No es propio de una mente casta pensar tales pensamientos, y mucho menos cometer tales actos.
    Pero esta bienaventurada mujer, que fue considerada digna de dones sobrenaturales, sufrió en la hora de la pasión aquellos dolores que había evitado en el parto, soportando por compasión maternal el desgarramiento de las entrañas; y cuando vio a Aquel a quien conocía como Dios por el modo de su generación, muerto como malhechor, sus pensamientos la traspasaron como una espada; y éste es el sentido de este versículo: Y una espada traspasará tu propia alma también []. Pero el gozo de la resurrección transforma el dolor, proclamando Dios a Aquel que murió en la carne.

    Capítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos

    IV, 15

    A los santos se les debe honrar como amigos de Cristo, como hijos y herederos de Dios: en palabras de Juan el Teólogo y evangelista, A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. [] De modo que ya no son siervos, sino hijos; y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo: y el Señor dice en los santos Evangelios a sus apóstoles, Vosotros sois mis amigos []. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Y además, si el Creador y Señor de todas las cosas es llamado también Rey de reyes y Señor de señores [] y Dios de dioses, ciertamente también los santos son dioses y señores y reyes. Pues de éstos Dios es y es llamado Dios y Señor y Rey. Porque yo soy el Dios de Abraham, dijo a Moisés, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. [] Y Dios hizo a Moisés dios para Faraón. Ahora bien, quiero decir dioses y reyes y señores no por naturaleza, sino como señores y dueños de sus pasiones, y como quienes conservan una semejanza veraz con la imagen divina según la cual fueron hechos (pues la imagen de un rey también se llama rey), y como quienes se unen a Dios por su libre albedrío y lo reciben como morador interior, llegando a ser por gracia, mediante la participación con Él, lo que Él mismo es por naturaleza. ¿No han de ser, pues, tenidos en honor los adoradores y amigos e hijos de Dios? Porque el honor mostrado a los más reflexivos de los consiervos es prueba de buena disposición hacia el Amo común.
    Éstos son hechos tesoros y moradas puras de Dios: Porque habitaré en ellos, dijo Dios, y andaré entre ellos, y seré su Dios. La divina Escritura dice asimismo que las almas de los justos están en la mano de Dios [] y la muerte no puede apoderarse de ellas. Pues la muerte es más bien sueño de los santos que su muerte. Porque trabajaron en esta vida y hasta el fin, y Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos. ¿Qué hay, pues, más precioso que estar en la mano de Dios? Porque Dios es Vida y Luz, y los que están en la mano de Dios están en vida y luz.
    Además, que Dios habitó incluso en sus cuerpos de manera espiritual, nos lo dice el Apóstol al decir: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo que mora en vosotros? [], y El Señor es aquel Espíritu [], y Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. [] Debemos, pues, ciertamente tributar honor a los templos vivientes de Dios, a los tabernáculos vivientes de Dios. Éstos, mientras vivieron, estuvieron con confianza ante Dios.
    El Maestro Cristo hizo de los despojos de los santos fuentes de salvación para nosotros, que derraman múltiples bendiciones y abundan en óleo de suave fragancia; y nadie deje de creerlo. Pues si brotó agua en el desierto de la roca escarpada y sólida por voluntad de Dios [] y de la quijada de un asno para apagar la sed de Sansón [], ¿es increíble que brote óleo fragante de los despojos de los mártires? De ningún modo, al menos para quienes conocen el poder de Dios y el honor que Él concede a sus santos.
    En la ley, todo el que tocaba un cadáver era considerado impuro [], pero éstos no están muertos. Pues desde el tiempo en que Aquel que es la vida misma y el Autor de la vida fue contado entre los muertos, no llamamos muertos a quienes han dormido en la esperanza de la resurrección y en la fe en Él. Pues, ¿cómo podría un cuerpo muerto obrar milagros? ¿Cómo, pues, son expulsados por ellos los demonios, disipadas las enfermedades, sanados los enfermos, devuelta la vista a los ciegos, purificados los leprosos, vencidas las tentaciones y tribulaciones, y cómo desciende por medio de ellos todo don bueno del Padre de las luces [] sobre quienes oran con fe segura? ¿Cuánto trabajo no emprenderías para hallar un patrono que te introdujera ante un rey mortal y hablara en tu favor? ¿No son, pues, dignos de honor aquellos que son patronos de todo el género humano e interceden ante Dios por nosotros? Sí, en verdad, debemos honrarlos erigiendo templos a Dios en su nombre, ofreciéndoles ofrendas de frutos, honrando su memoria y deleitándonos espiritualmente en ellos, a fin de que el gozo de quienes nos invocan sea nuestro, y para que en nuestros intentos de adoración no les causemos, por el contrario, ofensa. Pues quienes adoran a Dios se complacen en aquellas cosas con que Dios es adorado, mientras que sus escuderos se airarán con aquellas cosas con que Dios se aíra. Con salmos e himnos y cánticos espirituales [], con contrición y compasión por los necesitados, adoremos los creyentes a los santos, como también Dios es adorado sobre todo de esta manera. Erijámosles monumentos e imágenes visibles, y lleguemos a ser nosotros mismos, por imitación de sus virtudes, monumentos vivos e imágenes de ellos. Demos honor a la que engendró a Dios, por ser estricta y verdaderamente la Madre de Dios. Honremos también al profeta Juan como precursor y bautista, como apóstol y mártir, Porque entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan el Bautista [], como dice el Señor; y él fue el primero en anunciar el Reino. Honremos a los apóstoles como hermanos del Señor, que lo vieron cara a cara y sirvieron en su pasión, porque a los que de antemano conoció, también los predestinó Dios Padre a ser conformes a la imagen de su Hijo [], primeramente apóstoles; en segundo lugar profetas [], en tercer lugar pastores y maestros. [] Honremos también a los mártires del Señor escogidos de toda clase, como soldados de Cristo que han bebido su cáliz y fueron bautizados con el bautismo de su muerte vivificante, para ser partícipes de su pasión y gloria: de los cuales es jefe Esteban, primer diácono de Cristo y apóstol y primer mártir. Honremos también a nuestros santos padres, los ascetas portadores de Dios, cuya lucha fue la más larga y penosa, la de la conciencia: que anduvieron errantes cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, necesitados, afligidos, atormentados; anduvieron errantes por desiertos y montes, por cuevas y cavernas de la tierra, de los cuales el mundo no era digno. [] Honremos a los que fueron profetas antes de la gracia, a los patriarcas y justos que anunciaron de antemano la venida del Señor. Repasemos cuidadosamente la vida de estos hombres, y emulemos su fe y amor y esperanza y celo y manera de vivir, y su resistencia en los sufrimientos y paciencia incluso hasta la sangre, para que seamos partícipes con ellos de sus coronas de gloria.

    Capítulo 16. Sobre las imágenes

    IV, 16

    Pero ya que algunos nos censuran por venerar y honrar la imagen de nuestro Salvador y la de nuestra Señora, y también las de los demás santos y siervos de Cristo, recuerden que en el principio Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. [] ¿Por qué razón, pues, nos mostramos reverencia unos a otros sino porque estamos hechos según la imagen de Dios? Porque, como dice Basilio, aquel tan versado expositor de las cosas divinas, el honor dado a la imagen pasa al prototipo. Ahora bien, prototipo es aquello que es representado, de lo cual se obtiene la copia. ¿Por qué el pueblo mosaico honraba por todas partes el tabernáculo [], que llevaba una imagen y figura de las cosas celestiales, o más bien de toda la creación? Ciertamente Dios dijo a Moisés, Mira que los hagas conforme al modelo que te fue mostrado en el monte. Los querubines, también, que cubren el propiciatorio, ¿no son obra de manos de hombres []? ¿Qué es, además, el célebre templo de Jerusalén? ¿No está hecho a mano y labrado por la habilidad de los hombres []?
    Además, la divina Escritura reprueba a los que adoran imágenes talladas, pero también a los que sacrifican a los demonios. Los griegos sacrificaban y los judíos también sacrificaban; pero los griegos a los demonios y los judíos a Dios. Y el sacrificio de los griegos fue rechazado y condenado, pero el sacrificio de los justos fue muy acepto a Dios. Porque Noé sacrificó, y Dios olió un aroma grato [], recibiendo la fragancia de la recta elección y de la buena voluntad hacia Él. Y así las imágenes talladas de los griegos, por ser imágenes de deidades, fueron rechazadas y prohibidas.
    Pero además de esto, ¿quién puede hacer una imitación del Dios invisible, incorpóreo, incircunscrito e informe? Por tanto, dar forma a la Deidad es el colmo de la necedad y de la impiedad. Y por eso en el Antiguo Testamento el uso de imágenes no era común. Pero después de que Dios en sus entrañas de misericordia se hizo en verdad hombre para nuestra salvación, no como fue visto por Abraham en semejanza de hombre, ni como fue visto por los profetas, sino siendo verdaderamente hombre, y después de que vivió sobre la tierra y habitó entre los hombres [], obró milagros, padeció, fue crucificado, resucitó y fue llevado de nuevo al cielo, ya que todas estas cosas realmente acontecieron y fueron vistas por los hombres, fueron escritas para memoria e instrucción de nosotros, que no vivíamos en aquel tiempo, para que, aunque no viéramos, oyendo y creyendo alcancemos la bendición del Señor. Pero viendo que no todos tienen conocimiento de las letras ni tiempo para leer, los Padres dieron su sanción a representar estos acontecimientos en imágenes como actos de gran heroicidad, a fin de que constituyeran un memorial conciso de ellos. Muchas veces, sin duda, cuando no tenemos presente la pasión del Señor y vemos la imagen de la crucifixión de Cristo, su pasión salvadora vuelve a la memoria, y nos postramos y adoramos no la materia sino lo representado: así como no adoramos la materia de que están hechos los Evangelios, ni la materia de la Cruz, sino aquello que estos tipifican. Pues ¿en qué difiere la cruz que tipifica al Señor de una cruz que no lo hace? Lo mismo sucede también en el caso de la Madre del Señor. Porque el honor que le damos a ella se refiere a Aquel que de ella se encarnó. Y de manera semejante, los hechos valerosos de los santos varones nos incitan a ser valientes y a emular e imitar su valor y a glorificar a Dios. Porque, como dijimos, el honor que se da a los mejores de los consiervos es una prueba de buena voluntad hacia nuestra común Señora, y el honor rendido a la imagen pasa al prototipo. Mas esto es una tradición no escrita, así como también lo es el adorar hacia el Oriente y la adoración de la Cruz, y muchísimas otras cosas semejantes.
    Se cuenta también cierta historia, cómo cuando Abgaro era rey de la ciudad de los edesenos, envió a un pintor de retratos para pintar una semejanza del Señor, y cuando el pintor no pudo pintar a causa del resplandor que brillaba de su rostro, el Señor mismo puso un paño sobre su propio rostro divino y vivificante e imprimió en él una imagen de sí mismo y la envió a Abgaro, para satisfacer así su deseo.
    Además, que los Apóstoles transmitieron muchas cosas no escritas, Pablo, el Apóstol de los gentiles, nos lo dice con estas palabras: Por tanto, hermanos, estad firmes y retened las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, sea por palabra o por epístola. [] Y a los Corintios escribe: Ahora os alabo, hermanos, de que en todo os acordáis de mí y guardáis las tradiciones tal como os las he entregado [].
    Comentario editorial · Las imágenes, Juan y el concilio de Hieria
    En este capítulo Damasceno defiende la veneración de las imágenes con la creación del hombre «a imagen de Dios», con la tradición no escrita y con la frase de Basilio de que el honor dado a la imagen «pasa al prototipo». En 754, el concilio de Hieria, convocado por Constantino V en el palacio de Hieria, junto a Calcedonia, condenó la veneración y la fabricación de iconos como idolátricas; según Wikipedia asistieron 338 obispos y ninguno de los cinco patriarcas, por lo que Nicea II (787) lo rechazó. Wikipedia añade que Juan, por su defensa de los iconos, fue anatematizado por Hieria. Cómo se llegó de Hieria a Nicea II está en el compendio sobre el culto de las imágenes.

    Capítulo 17. Sobre la Escritura

    IV, 17

    Es uno y el mismo Dios a quien proclaman tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, quien es alabado y glorificado en la Trinidad: No he venido, dice el Señor, a abrogar la ley sino a cumplirla. [] Porque Él mismo obró nuestra salvación, para la cual existen toda la Escritura y todo misterio. Y de nuevo, Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí. [] Y el Apóstol dice: Dios, que en otro tiempo y de diversas maneras habló a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por su Hijo. [] Por tanto, por el Espíritu Santo hablaron tanto la ley como los profetas, los evangelistas y apóstoles, pastores y maestros.
    Toda Escritura, pues, es inspirada por Dios y es ciertamente provechosa. [] Por lo cual, escudriñar las Escrituras es obra hermosísima y provechosísima para las almas. Porque así como el árbol plantado junto a corrientes de aguas, así también el alma regada por la divina Escritura es enriquecida y da fruto a su tiempo, es decir, la fe ortodoxa, y es adornada con follaje siempre verde, quiero decir, con acciones agradables a Dios. Pues por las Sagradas Escrituras somos ejercitados en la acción agradable a Dios y en la contemplación imperturbable. Porque en ellas hallamos exhortación a toda virtud y disuasión de todo vicio. Si, por tanto, somos amantes del saber, seremos también doctos en muchas cosas. Porque con cuidado y esfuerzo y la gracia de Dios el Dador, todas las cosas se realizan. Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. [] Por tanto, llamemos a ese hermosísimo jardín de las Escrituras, tan fragante y dulce y floreciente, con sus variados cantos de aves espirituales e inspiradas por Dios resonando en derredor de nuestros oídos, que aferran nuestros corazones, consuelan al afligido, pacifican al airado y lo llenan de gozo eterno; que ponen nuestra mente sobre la espalda resplandeciente de oro, brillante, de la divina paloma, cuyas alas luminosas nos llevan hacia el Hijo unigénito y Heredero del Viñador [] de esa Viña espiritual, y nos conducen por Él al Padre de las luces. [] Mas no llamemos descuidadamente, sino más bien con celo y constancia: no sea que, llamando, nos cansemos. Pues así se nos abrirá. Si leemos una o dos veces y no entendemos lo que leemos, no nos cansemos, sino persistamos, hablemos mucho, preguntemos. Porque pregunta a tu padre, dice, y él te mostrará; a tus ancianos y ellos te dirán. [] Porque no en todos hay ese conocimiento. [] Bebamos de la fuente del jardín aguas perennes y purísimas que brotan para vida eterna. [] Aquí deleitémonos, saciémonos sin saciarnos: porque las Escrituras poseen gracia inagotable. Y si podemos tomar algo provechoso de fuentes externas, nada hay que lo prohíba. Hagámonos cambistas probados, acumulando el oro verdadero y puro y desechando el espurio. Guardemos los dichos hermosos, pero echemos a los perros dioses absurdos y mitos extraños: pues podríamos prevalecer poderosamente contra ellos mediante ellos mismos.
    Observad, además, que hay veintidós libros del Antiguo Testamento, uno por cada letra de la lengua hebrea. Pues hay veintidós letras, de las cuales cinco son dobles, y así llegan a ser veintisiete. Porque las letras Kaf, Mem, Nun, Pe y Tsade son dobles. Y así el número de los libros de este modo es veintidós, pero se halla que son veintisiete por el carácter doble de cinco. Pues Rut está unida a Jueces, y los hebreos los cuentan como un solo libro; los libros primero y segundo de los Reyes se cuentan como uno; y lo mismo el tercero y cuarto de los Reyes; y también el primero y segundo de Paraleipómenos; y el primero y segundo de Esdras. De esta manera, pues, los libros se reúnen en cuatro Pentateucos y quedan otros dos, formando así los libros canónicos. Cinco de ellos son de la Ley, a saber, Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio. Este, que es el código de la Ley, constituye el primer Pentateuco. Luego viene otro Pentateuco, el llamado Grapheia o, como algunos los llaman, Hagiógrafa, que son los siguientes: Jesús hijo de Navé, Jueces con Rut, primero y segundo de Reyes, que son un solo libro, tercero y cuarto de Reyes, que son un solo libro, y los dos libros de los Paraleipómenos, que son un solo libro. Este es el segundo Pentateuco. El tercer Pentateuco son los libros en verso, a saber, Job, Salmos, Proverbios de Salomón, Eclesiastés de Salomón y el Cantar de los Cantares de Salomón. El cuarto Pentateuco son los libros proféticos, a saber, los doce profetas que constituyen un solo libro, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel. Luego vienen los dos libros de Esdras hechos uno, y Ester. Están también el Panaretus, es decir, la Sabiduría de Salomón, y la Sabiduría de Jesús, que fue publicada en hebreo por el padre de Sirac, y después traducida al griego por su nieto, Jesús, hijo de Sirac. Estos son virtuosos y nobles, pero no se cuentan ni fueron puestos en el arca.
    El Nuevo Testamento contiene cuatro evangelios: el según Mateo, el según Marcos, el según Lucas, el según Juan; los Hechos de los Santos Apóstoles por Lucas el Evangelista; siete epístolas católicas, a saber, una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas; catorce cartas del apóstol Pablo; el Apocalipsis de Juan el Evangelista; los Cánones de los santos apóstoles, por Clemente.

    Capítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo

    IV, 18

    Las cosas dichas acerca de Cristo se dividen en cuatro modos genéricos. Pues algunas le convienen incluso antes de la encarnación, otras en la unión, otras después de la unión, y otras después de la resurrección. También, de las que se refieren al período anterior a la encarnación hay seis modos: pues algunas declaran la unión de naturaleza y la identidad en esencia con el Padre, como esta: Yo y el Padre somos uno []; también esta: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; y esta: Quien, siendo en forma de Dios [], y así sucesivamente. Otras declaran la perfección de la subsistencia, como estas: Hijo de Dios, y la Expresa Imagen de su persona [], y Mensajero del gran consejo, Consejero Admirable [], y cosas semejantes.
    Otras, además, declaran la inhabitación de las subsistencias unas en otras, como: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí []; y el fundamento inseparable, como, por ejemplo, el Verbo, la Sabiduría, el Poder, el Resplandor. Porque el verbo está inseparablemente establecido en la mente (y me refiero a la mente esencial), y así también la sabiduría, y el poder en aquel que es poderoso, y el resplandor en la luz, brotando todos de estos.
    Y otras dan a conocer el hecho de su origen del Padre como causa, por ejemplo Mi Padre es mayor que yo. [] Porque de Él deriva tanto su ser como todo lo que tiene: su ser fue por vía generativa y no creativa, como Salí del Padre y he venido [], y Yo vivo por el Padre. Mas todo lo que tiene no lo tiene por don gratuito ni por enseñanza, sino en sentido causal, como El Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino lo que ve hacer al Padre. Pues si el Padre no es, tampoco es el Hijo. Porque el Hijo es del Padre y en el Padre y con el Padre, y no después del Padre. De igual manera, también lo que hace es de Él y con Él. Porque hay una y la misma, no semejante sino la misma, voluntad natural, energía y poder en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
    Además, otras cosas se dicen como si la buena voluntad del Padre se cumpliera mediante su energía, y no como mediante un instrumento o un siervo, sino como mediante su Verbo, Sabiduría y Poder esencial e hipostático, porque se observa una sola acción en el Padre y el Hijo, como por ejemplo: Todas las cosas fueron hechas por Él [], y Envió su Verbo y los sanó, y Para que crean que tú me has enviado [].
    Algunas, además, tienen sentido profético, y de estas algunas están en tiempo futuro: por ejemplo, Vendrá abiertamente, y esto de Zacarías: He aquí, tu Rey viene a ti [], y esto de Miqueas: He aquí, el Señor sale de su lugar y descenderá y hollará las alturas de la tierra. [] Pero otras, aunque futuras, se ponen en tiempo pasado, como, por ejemplo, Este es nuestro Dios: Por tanto, Él fue visto en la tierra y habitó entre los hombres [], y El Señor me creó en el principio de sus caminos para sus obras [], y Por tanto, Dios, tu Dios, te ungió con óleo de alegría más que a tus compañeros, y cosas semejantes.
    Las cosas dichas, pues, que se refieren al período anterior a la unión le serán aplicables incluso después de la unión; pero las que se refieren al período posterior a la unión no serán en absoluto aplicables antes de la unión, a no ser en sentido profético, como dijimos. Las que se refieren al tiempo de la unión tienen tres modos. Pues cuando nuestro discurso trata del aspecto superior, hablamos de la deificación de la carne, y de su asunción del Verbo y de su sobreeminente exaltación, y así sucesivamente, manifestando las riquezas que se añaden a la carne a partir de la unión y conjunción natural con el altísimo Dios el Verbo. Y cuando nuestro discurso trata del aspecto inferior, hablamos de la encarnación de Dios el Verbo, de su hacerse hombre, de su anonadamiento, de su pobreza, de su humildad. Porque estas y cosas semejantes se imponen al Verbo y Dios mediante su mezcla con la humanidad. Cuando, además, tenemos a la vista ambos lados a la vez, hablamos de unión, comunión, unción, conjunción natural, conformación y cosas semejantes. Los dos primeros modos, pues, tienen su razón en este tercer modo. Porque mediante la unión se aclara lo que cada uno ha obtenido de la íntima conjunción con el otro y de la permeación a través del otro. Pues mediante la unión en la subsistencia se dice que la carne ha sido deificada, que ha llegado a ser Dios y que es igualmente Dios con el Verbo; y se dice que Dios el Verbo se ha hecho carne, que se ha hecho hombre, y se le llama criatura y postrer []; no en el sentido de que las dos naturalezas se conviertan en una sola naturaleza compuesta (pues no es posible que las cualidades naturales opuestas existan al mismo tiempo en una sola naturaleza), sino en el sentido de que las dos naturalezas están unidas en la subsistencia y se compenetran sin confusión ni transmutación. La permeación, además, no provino de la carne sino de la divinidad; porque es imposible que la carne se compenetre a través de la divinidad; pero la naturaleza divina, una vez que se compenetró a través de la carne, dio también a la carne el mismo inefable poder de permeación; y esto es ciertamente lo que llamamos unión.
    Notad, además, que en el caso del primero y segundo modos de los que pertenecen al período de la unión, se observa reciprocidad. Pues cuando hablamos de la carne, usamos los términos deificación, asunción del Verbo, sobreeminente exaltación y unción. Porque estos se derivan de la divinidad, pero se observan en relación con la carne. Y cuando hablamos del Verbo, usamos los términos anonadamiento, encarnación, hacerse hombre, humildad y semejantes; y estos, como dijimos, se imponen al Verbo y Dios a través de la carne. Porque Él soportó estas cosas en persona por su propio libre albedrío.
    De las cosas que se refieren al período posterior a la unión hay tres modos. El primero declara su naturaleza divina, como Yo estoy en el Padre y el Padre en mí [], y Yo y el Padre somos uno; y todas aquellas cosas que se afirman de Él antes de su asunción de la humanidad, estas se afirmarán de Él incluso después de su asunción de la humanidad, con esta excepción: que no asumió la carne y sus propiedades naturales.
    El segundo declara su naturaleza humana, como Ahora procuráis matarme a mí, un hombre que os ha dicho la verdad, y Así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, y cosas semejantes.
    Además, de las declaraciones hechas y escritas acerca de Cristo el Salvador a la manera de los hombres, ya traten de dichos o de acciones, hay seis modos. Pues algunas de ellas fueron hechas o dichas naturalmente conforme a la encarnación; por ejemplo, su nacimiento de una virgen, su crecimiento y progreso con la edad, su hambre, sed, cansancio, temor, sueño, perforación con clavos, muerte y todas las pasiones naturales e inocentes semejantes. Pues en todas estas hay una mezcla de lo divino y lo humano, aunque se considera que pertenecen en realidad al cuerpo, ya que la divinidad no padece nada de esto, sino que procura mediante ellas nuestra salvación.
    Otras son de la naturaleza de la atribución, como la pregunta de Cristo: ¿Dónde habéis puesto a Lázaro? []; su ida a la higuera, su encogimiento, es decir, su retroceso, su oración, y su hacer como que iba a pasar de largo []. Porque ni como Dios ni como hombre tenía necesidad de estas o semejantes cosas, sino solo porque su forma era la de hombre, como lo exigían la necesidad y la conveniencia. Por ejemplo, la oración era para mostrar que no está opuesto a Dios, pues da honor al Padre como causa de sí mismo; y la pregunta no se hizo por ignorancia, sino para mostrar que Él es en verdad hombre además de Dios; y el retroceso es para enseñarnos a no ser impetuosos ni a entregarnos.
    Otras, además, se dicen a la manera de asociación y relación, como Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? []? y Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros [], y hecho maldición por nosotros []; también, Entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquel que puso todas las cosas debajo de Él []. Porque ni como Dios ni como hombre fue jamás desamparado por el Padre, ni se hizo pecado o maldición, ni necesitó ser sujetado al Padre. Pues como Dios es igual al Padre y no se opone a Él ni está sujeto a Él; y como Dios, jamás en ningún momento fue desobediente a su Progenitor para que fuera necesario que Él lo sujetara. Apropiándose, pues, de nuestra persona y contándose a sí mismo entre nosotros, usó estas palabras. Porque nosotros estamos atados en las cadenas del pecado y de la maldición como infieles y desobedientes, y por tanto desamparados.
    Otras se dicen por razón de distinción en el pensamiento. Pues si divides en el pensamiento cosas que son inseparables en la verdad real, separando la carne del Verbo, se usan de Él los términos "siervo" e "ignorante", porque ciertamente era de naturaleza sujeta e ignorante, y a no ser porque estaba unida con Dios el Verbo, su carne era servil e ignorante. Mas a causa de la unión en la subsistencia con Dios el Verbo, no era ni servil ni ignorante. De esta manera, también llamó al Padre su Dios.
    Otras, además, tienen por objeto revelárnoslo y fortalecer nuestra fe, como Y ahora, oh Padre, glorifícame tú con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. [] Porque Él mismo fue glorificado y es glorificado, pero su gloria no se manifestó ni se confirmó a nosotros. También aquello que dijo el apóstol: Declarado Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos. [] Porque por los milagros y la resurrección y la venida del Espíritu Santo se manifestó y confirmó al mundo que Él es el Hijo de Dios. Y también esto [], El Niño crecía en sabiduría y en gracia.
    Otras, además, se refieren a su apropiación de la vida personal de los judíos, contándose a sí mismo entre los judíos, como dice a la mujer samaritana: Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos [].
    El tercer modo es aquel que declara la única subsistencia y pone de relieve la doble naturaleza: por ejemplo, Y yo vivo por el Padre; así también el que me come, vivirá por mí. Y esto: Voy a mi Padre y ya no me veréis más. Y esto: No habrían crucificado al Señor de la gloria. [] Y esto: Nadie ha subido al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre que está en el cielo [], y cosas semejantes.
    Además, de las afirmaciones que se refieren al período posterior a la resurrección, algunas convienen a Dios, como Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo [], porque aquí "Hijo" se usa claramente como Dios; también esta: Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo, y otras semejantes. Porque Él está con nosotros como Dios. Otras convienen al hombre, como Lo asieron por los pies, y Allí me verán, y así sucesivamente.
    Además, de las que se refieren al período posterior a la Resurrección y convienen al hombre, hay diferentes modos. Pues algunas realmente sucedieron, pero no según la naturaleza, sino según la dispensación, para confirmar el hecho de que el mismo cuerpo que padeció resucitó; tales son las llagas, el comer y el beber después de la resurrección. Otras sucedieron real y naturalmente, como el trasladarse de un lugar a otro sin dificultad y el pasar a través de puertas cerradas. Otras tienen el carácter de simulación, como Fingió que iba a ir más lejos. [] Otras son apropiadas a la doble naturaleza, como Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios [], y Entrará el Rey de la gloria, y Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. [] Finalmente, otras deben entenderse como si Él se contara entre nosotros, a la manera de separación en el puro pensamiento, como Mi Dios y vuestro Dios [].
    Las que, pues, son sublimes deben asignarse a la naturaleza divina, la cual es superior a la pasión y al cuerpo; y las que son humildes deben atribuirse a la naturaleza humana; y las que son comunes deben atribuirse al compuesto, es decir, al único Cristo, que es Dios y hombre. Y debe entenderse que ambas pertenecen a uno y el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Porque si conocemos lo que es propio de cada una, y percibimos que ambas son realizadas por uno y el mismo, tendremos la fe verdadera y no nos extraviaremos. Y de todas estas se reconoce la diferencia entre las naturalezas unidas, y el hecho de que, como dice el piadosísimo Cirilo, no son idénticas en la cualidad natural de su divinidad y humanidad. Pero sin embargo hay un solo Hijo y Cristo y Señor; y como Él es uno, tiene también una sola persona, sin que la unidad en la subsistencia se rompa en partes por el reconocimiento de la diferencia de las naturalezas.
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