Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 6. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)43 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 9 · Capítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor JesucristoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

    Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo

    III, 15

    Sostenemos, además, que hay dos energías en nuestro Señor Jesucristo. Pues posee, por una parte, como Dios y siendo de la misma esencia que el Padre, la energía divina y, asimismo, puesto que se hizo hombre y de la misma esencia que nosotros, la energía propia de la naturaleza humana.
    Pero obsérvese que la energía y la capacidad de energía, el producto de la energía y el agente de la energía son todos diferentes. La energía es la actividad eficiente ([δραστική]) y esencial de la naturaleza; la capacidad de energía es la naturaleza de la que procede la energía; el producto de la energía es lo que la energía efectúa; y el agente de la energía es la persona o subsistencia que usa la energía. Además, a veces se usa la energía en el sentido del producto de la energía, y el producto de la energía en el de la energía, del mismo modo que a veces se trasponen los términos creación y criatura. Pues decimos «toda la creación,» queriendo decir criaturas.
    Obsérvese también que la energía es una actividad y es energizada más bien que energiza; como dice Gregorio el Teólogo en su tesis sobre el Espíritu Santo: «Si la energía existe, manifiestamente debe ser energizada y no energizará; y tan pronto como ha sido energizada, cesará.»
    La vida misma, obsérvese, es energía, sí, la energía primordial del viviente, y lo es también toda la economía del ser viviente: sus funciones de nutrición y crecimiento, es decir, el aspecto vegetativo de su naturaleza; el movimiento suscitado por el impulso, es decir, el aspecto sensitivo; y su actividad del intelecto y del libre albedrío. La energía, además, es la realización perfecta de la potencia. Si, pues, contemplamos todo esto en Cristo, ciertamente debemos sostener también que Él posee energía humana.
    El primer pensamiento que surge en nosotros se llama energía: y es energía simple que no implica relación alguna, pues la mente emite los pensamientos que le son propios de manera independiente e invisible, ya que si no lo hiciera así, con justicia no podría llamarse mente. Además, la revelación y el despliegue del pensamiento por medio de la palabra articulada se dice que es energía. Pero ésta ya no es energía simple que no implica relación alguna, sino que se considera en relación, en cuanto está compuesta de pensamiento y palabra. Es más, la relación misma que el que hace algo guarda con lo que se realiza es energía; y aquello mismo que se efectúa se llama energía. La primera pertenece sólo al alma; la segunda, al alma que se sirve del cuerpo; la tercera, al cuerpo animado por la mente; y la última es el efecto. Pues la mente ve de antemano lo que ha de ser, y luego lo realiza así por medio del cuerpo. Y así la hegemonía pertenece al alma, pues usa el cuerpo como instrumento, guiándolo y refrenándolo. Pero la energía del cuerpo es muy diferente, porque el cuerpo es guiado y movido por el alma. Y en cuanto al efecto, el tocar y manejar y, por así decir, el abrazo de lo efectuado pertenecen al cuerpo, mientras que la configuración y la formación pertenecen al alma. Y así, en relación con nuestro Señor Jesucristo, el poder de los milagros es la energía de su divinidad, mientras que la obra de sus manos, y el querer y el decir, Quiero, sé limpio [], son la energía de su humanidad. Y en cuanto al efecto, la fracción de los panes [], y el hecho de que el leproso oyó el «Quiero,» pertenecen a su humanidad, mientras que la multiplicación de los panes y la purificación del leproso pertenecen a su divinidad. Pues por medio de ambas, es decir, por medio de la energía del cuerpo y la energía del alma, manifestó una sola y misma energía divina, afín e igual. Pues así como vimos que sus naturalezas estaban unidas y se compenetraban mutuamente, y sin embargo no negamos que son diferentes, sino que incluso las enumeramos, aunque sabemos que son inseparables, así también, en relación con las voluntades y las energías, conocemos su unión, reconocemos su diferencia y las enumeramos sin introducir separación. Pues así como la carne fue deificada sin sufrir cambio en su propia naturaleza, de la misma manera también la voluntad y la energía son deificadas sin traspasar sus propios límites. Pues ya sea lo uno o lo otro, Él es uno y el mismo; y ya sea que quiera y energice de un modo o de otro, es decir, como Dios o como hombre, Él es uno y el mismo.
    Debemos, pues, sostener que Cristo tiene dos energías en virtud de su doble naturaleza. Pues las cosas que tienen naturalezas diversas tienen también energías diferentes, y las cosas que tienen energías diversas tienen también naturalezas diferentes. Y así, a la inversa, las cosas que tienen la misma naturaleza tienen también la misma energía, y las cosas que tienen una sola y misma energía tienen también una sola y misma esencia; ésta es la doctrina de los Padres, que declaran el sentido divino. Por tanto, una de estas alternativas debe ser verdadera: o bien, si sostenemos que Cristo tiene una sola energía, debemos sostener también que tiene una sola esencia; o bien, si somos solícitos por la verdad y confesamos que, según la doctrina de los Evangelios y de los Padres, tiene dos esencias, debemos confesar también que tiene dos energías correspondientes y concomitantes a ellas. Pues así como es de la misma esencia que Dios y el Padre en la divinidad, será también su igual en energía. Y así como asimismo es de la misma esencia que nosotros en la humanidad, será también nuestro igual en energía. Pues el bienaventurado Gregorio, obispo de Nisa, dice: «Las cosas que tienen una sola y misma energía tienen también absolutamente el mismo poder.» Pues toda energía es efecto del poder. Pero no puede ser que la naturaleza increada y la creada tengan una sola y misma naturaleza, poder o energía. Mas si sostenemos que Cristo tiene una sola energía, atribuiríamos a la divinidad del Verbo las pasiones del espíritu inteligente, a saber, la tristeza, el llanto y la angustia.
    Si dijeran, ciertamente, que los santos Padres dijeron en su disputa sobre la Santísima Trinidad: «Las cosas que tienen una sola y misma esencia tienen también una sola y misma energía, y las cosas que tienen esencias diferentes tienen también energías diferentes,» y que no es lícito transferir a la dispensación lo que se refiere a cuestiones de teología, responderemos que si los Padres lo dijeron únicamente con referencia a la teología, y si el Hijo, incluso después de la encarnación, no tiene la misma energía que el Padre, ciertamente no puede tener la misma esencia. Pero ¿a quién atribuiremos esto: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo []; y esto: Todo lo que ve hacer al Padre, esto también lo hace el Hijo de igual manera; y esto: Si no me creéis a mí, creed a mis obras; y esto: La obra que yo hago da testimonio de mí; y esto: Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere? Porque todas estas cosas muestran no sólo que Él es de la misma esencia que el Padre, incluso después de la encarnación, sino que tiene también la misma energía.
    Y de nuevo: si la providencia que abraza toda la creación no es sólo del Padre y del Espíritu Santo, sino también del Hijo, incluso después de la encarnación, ciertamente, puesto que eso es energía, Él debe tener, incluso después de la encarnación, la misma energía que el Padre.
    Pero si hemos aprendido de los milagros que Cristo tiene la misma esencia que el Padre, y puesto que los milagros resultan ser la energía de Dios, ciertamente Él debe tener, incluso después de la encarnación, la misma energía que el Padre.
    Pero si hay una sola energía perteneciente tanto a su divinidad como a su humanidad, será compuesta, y será o bien una energía distinta de la del Padre, o bien el Padre también tendrá una energía compuesta. Pero si el Padre tiene una energía compuesta, manifiestamente debe tener también una naturaleza compuesta.
    Pero si dijeran que junto con la energía se introduce también la personalidad, responderemos que, si la personalidad se introduce junto con la energía, entonces la verdadera conversa debe sostenerse: que la energía se introduce también junto con la personalidad; y habrá también tres energías de la Santísima Trinidad, así como hay tres personas o subsistencias, o habrá una sola persona y una sola subsistencia, así como hay una sola energía. En efecto, los santos Padres han sostenido unánimemente que las cosas que tienen la misma esencia tienen también la misma energía.
    Pero además, si la personalidad se introduce junto con la energía, quienes conjeturan que no ha de hablarse ni de una ni de dos energías de Cristo, tampoco sostienen que haya de hablarse de una o dos personas de Cristo.
    Tomemos el caso de la espada flamígera; así como en ella las naturalezas del fuego y del acero se conservan distintas, así también lo son sus dos energías y sus efectos. Pues la energía del acero es su poder cortante, y la del fuego es su poder abrasador; el corte es el efecto de la energía del acero, y la quemadura es el efecto de la energía del fuego; y éstos se mantienen bien distintos en el corte quemado y en la quemadura cortada, aunque ni la combustión tiene lugar aparte del corte después de la unión de ambos, ni el corte aparte de la combustión; y no sostenemos, a causa de la doble energía natural, que haya dos espadas flamígeras, ni confundimos la diferencia esencial de las energías a causa de la unidad de la espada flamígera. De manera semejante, en el caso de Cristo, su divinidad posee una energía divina y omnipotente, mientras que su humanidad tiene una energía como la nuestra. Y el efecto de su energía humana fue tomar a la niña de la mano y atraerla hacia sí, mientras que el de su energía divina fue devolverla a la vida. Pues lo uno es bien distinto de lo otro, aunque son inseparables entre sí en la energía teándrica. Pero si, porque Cristo tiene una sola subsistencia, debe tener también una sola energía, entonces, porque tiene una sola subsistencia, debe tener también una sola esencia.
    Y de nuevo: si sostenemos que Cristo tiene una sola energía, ésta debe ser o divina, o humana, o ni lo uno ni lo otro. Pero si sostenemos que es divina, debemos mantener que Él es sólo Dios, despojado de nuestra humanidad. Y si sostenemos que es humana, seremos culpables de la impiedad de decir que Él es mero hombre. Y si sostenemos que no es ni divina ni humana, debemos sostener también que Él no es ni Dios ni hombre, de la misma esencia ni del Padre ni de nosotros. Pues la identidad en la hipóstasis surge como resultado de la unión, pero no por ello queda suprimida la diferencia entre las naturalezas. Mas, puesto que la diferencia entre las naturalezas se conserva, manifiestamente se conservarán también las energías de las naturalezas. Pues no existe naturaleza alguna que carezca de energía.
    Si Cristo, nuestro Maestro, tiene una sola energía, ésta debe ser o creada o increada; pues entre éstas no hay energía, así como no hay naturaleza. Si, pues, es creada, señalará únicamente a la naturaleza creada; pero si es increada, indicará únicamente la esencia increada. Pues lo que es natural debe corresponder por completo a su naturaleza: porque no puede existir una naturaleza que sea defectiva. Pero la energía que armoniza con la naturaleza no pertenece a lo exterior; y esto es manifiesto porque, aparte de la energía que armoniza con la naturaleza, ninguna naturaleza puede existir ni ser conocida. Pues por aquello en lo que cada cosa manifiesta su energía, la ausencia de cambio confirma su propia naturaleza.
    Si Cristo tiene una sola energía, debe ser una sola y misma energía la que realiza tanto las acciones divinas como las humanas. Pero no hay cosa existente que, permaneciendo en su estado natural, pueda actuar de maneras opuestas: pues el fuego no congela y hierve, ni el agua seca y moja. ¿Cómo, pues, Aquel que es Dios por naturaleza y que se hizo hombre por naturaleza pudo a la vez realizar milagros y soportar pasiones con una sola y misma energía?
    Si, pues, Cristo asumió la mente humana, es decir, el alma inteligente y racional, indudablemente Él ha pensado y pensará para siempre. Pero el pensamiento es la energía de la mente; y, por tanto, Cristo, en cuanto hombre, está dotado de energía, y lo estará para siempre.
    En efecto, el sapientísimo, grande y santo Juan Crisóstomo dice en su interpretación de los Hechos, en el segundo discurso: «No se equivocaría quien llamara acción incluso a su pasión: pues en el hecho de sufrir todas las cosas, realizó aquella obra grande y maravillosa, la destrucción de la muerte, y todas sus demás obras.»
    Si toda energía se define como movimiento esencial de alguna naturaleza, como dicen los versados en estas materias, ¿dónde se percibe naturaleza alguna que no tenga movimiento y esté completamente desprovista de energía, o dónde se halla energía que no sea movimiento de una potencia natural? Pero, como dice el bienaventurado Cirilo, nadie en su sano juicio podría admitir que hubiera una sola energía natural de Dios y de su creación. No es su naturaleza humana la que resucita a Lázaro de entre los muertos, ni es su poder divino el que derrama lágrimas: pues el derramar lágrimas es propio de la naturaleza humana, mientras que la vida es propia de la vida enhypostática. Mas, con todo, son comunes la una a la otra a causa de la identidad en la subsistencia. Pues Cristo es uno, y una es también su persona o subsistencia; pero tiene dos naturalezas: una perteneciente a su humanidad y otra perteneciente a su divinidad. Y la gloria, ciertamente, que procedía naturalmente de su divinidad se hizo común a ambas mediante la identidad en la subsistencia, y a su vez, a causa de su carne, lo humilde se hizo común a ambas. Pues Aquel que es lo uno o lo otro, es decir, Dios u hombre, es uno y el mismo, y le pertenecen tanto lo divino como lo humano. Pues mientras su divinidad realizaba los milagros, éstos no se hacían aparte de la carne, y mientras su carne cumplía sus oficios humildes, no se hacían aparte de la divinidad. Pues su divinidad estaba unida a la carne que sufría, permaneciendo sin embargo impasible, y soportaba las pasiones salvadoras, y la mente santa estaba unida a la divinidad energizante del Verbo, percibiendo y conociendo lo que se realizaba.
    Y así su divinidad comunica sus propias glorias al cuerpo, mientras ella permanece sin participar en los sufrimientos de la carne. Pues su carne no sufrió por medio de su divinidad del mismo modo que su divinidad energizó por medio de la carne. Pues la carne actuaba como instrumento de su divinidad. Aunque, por tanto, desde la primera concepción no hubo división alguna entre las dos formas, sino que las acciones de cada forma se hicieron, durante todo el tiempo, acciones de una sola persona, sin embargo de ningún modo confundimos las cosas que tuvieron lugar sin separación, sino que reconocemos, por la calidad de sus obras, qué clase de forma tiene cada cosa.
    Cristo, pues, energiza según sus dos naturalezas, y cada naturaleza energiza en Él en comunión con la otra: el Verbo realiza, mediante la autoridad y el poder de su divinidad, todas las acciones propias del Verbo, es decir, todos los actos de supremacía y soberanía; y el cuerpo realiza todas las acciones propias del cuerpo, en obediencia a la voluntad del Verbo que está unido a él y del cual ha llegado a ser parte distinta. Pues Él no era movido por sí mismo a las pasiones naturales, ni tampoco rehuía de ese modo las cosas dolorosas, ni oraba para verse libre de ellas, ni sufría lo que le sobrevenía desde fuera, sino que era movido conforme a su naturaleza, queriendo y permitiendo el Verbo económicamente que Él sufriera aquello e hiciera lo que le era propio, para que la verdad fuera confirmada por las obras de la naturaleza.
    Además, así como en su nacimiento de una virgen recibió una esencia superesencial, así también reveló su energía humana de manera sobrehumana, caminando con pies terrenales sobre agua inestable, no convirtiendo el agua en tierra, sino haciendo que, por el poder sobreabundante de su divinidad, no fluyera ni cediera bajo el peso de unos pies materiales. Pues no hizo las cosas humanas de un modo meramente humano: porque no era sólo hombre, sino también Dios, y por eso incluso sus sufrimientos trajeron vida y salvación; ni tampoco energizó como Dios, estrictamente al modo de Dios, porque no era sólo Dios, sino también hombre, y por eso fue mediante el tacto, la palabra y cosas semejantes como obró milagros.
    Pero si alguno dijera: «No decimos que Cristo tiene una sola naturaleza para eliminar su energía humana, sino que lo hacemos porque la energía humana, en oposición a la energía divina, se llama pasión ([πάτθος)],» responderemos que, según este razonamiento, también quienes sostienen que Él tiene una sola naturaleza no lo mantienen con miras a eliminar su naturaleza humana, sino porque la naturaleza humana, en oposición a la naturaleza divina, se dice pasible ([παθητική)]. Mas ¡Dios nos libre de llamar pasión a la actividad humana, cuando la distinguimos de la energía divina! Pues, hablando en general, la existencia de nada se reconoce o define por comparación o cotejo. Si así fuera, en efecto, las cosas existentes resultarían ser mutuamente causa unas de otras. Pues si la actividad humana es pasión porque la actividad divina es energía, ciertamente también la naturaleza humana deberá ser mala porque la naturaleza divina es buena; y, por conversión y oposición, si la actividad divina se llama energía porque la actividad humana se llama pasión, entonces también la naturaleza divina deberá ser buena porque la naturaleza humana es mala. Y así todas las cosas creadas deberían ser malas, y habría hablado falsamente quien dijo: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno [].
    Sostenemos, pues, que los santos Padres dieron diversos nombres a la actividad humana según la noción subyacente. Pues la llamaron potencia, energía, diferencia, actividad, propiedad, cualidad y pasión, no en distinción de la actividad divina, sino potencia, porque es una fuerza conservadora e invariable; energía, porque es una marca distintiva y revela la absoluta semejanza entre todas las cosas de la misma clase; diferencia, porque distingue; actividad, porque manifiesta; propiedad, porque es constitutiva y pertenece sólo a aquello y no a otro; cualidad, porque da forma; y pasión, porque es movida. Pues todas las cosas que son de Dios y según Dios padecen en cuanto a ser movidas, por cuanto no tienen en sí mismas movimiento ni potencia. Por tanto, como se ha dicho, no es para distinguir la una de la otra por lo que se la ha nombrado, sino conforme al plan implantado en ella de manera creadora por la Causa que formó el universo. Por lo cual, también, cuando hablaron de ella junto con la naturaleza divina la llamaron energía. Pues quien dijo: «Pues cada forma energiza en estrecha comunión con la otra,» hizo algo muy distinto de quien dijo: Y después de haber ayunado cuarenta días, tuvo hambre []: (porque Él permitió a su naturaleza energizar cuando así lo quiso, del modo que le es propio,) o de quienes sostienen que hay una energía distinta en Él, o que tiene una doble energía, o ya una energía, ya otra. Pues estas afirmaciones, con el cambio de términos, significan las dos energías. En efecto, a menudo el número se indica tanto por el cambio de términos como hablando de ellas como divinas y humanas. Pues la diferencia es diferencia en cosas que difieren; pero ¿cómo difieren cosas que no existen?
    Comentario editorial · Dos voluntades y dos energías: Constantinopla III
    Los capítulos 14 y 15 defienden que Cristo tiene dos voluntades y dos energías, divina y humana. El concilio de Constantinopla III (680–681), sexto ecuménico para las Iglesias ortodoxa y católica, condenó el monoenergismo y el monotelismo y definió así dos energías y dos voluntades (Wikipedia). Un sínodo reunido en Roma en 649 por Martín I, con el monje Máximo como principal adversario del monotelismo, los había condenado antes. Según Wikipedia, Juan nació hacia 675 o 676: las fuentes consultadas no fechan la Exposición, de modo que no se afirma si se escribió antes o después de ese concilio.

    Capítulo 16

    Réplica a quienes dicen «Si el hombre tiene dos naturalezas y dos energías, Cristo debe ser considerado con tres naturalezas y otras tantas energías.»

    III, 16

    Cada hombre individual, puesto que está compuesto de dos naturalezas, alma y cuerpo, y puesto que estas naturalezas son inmutables en él, podría con propiedad ser llamado dos naturalezas: pues conserva, aun después de su unión, las propiedades naturales de una y otra. Porque el cuerpo no es inmortal, sino corruptible; ni el alma es mortal, sino inmortal; y el cuerpo no es invisible ni el alma visible a los ojos corporales; sino que el alma es racional e intelectual e incorpórea, mientras que el cuerpo es denso y visible e irracional. Pero las cosas que se oponen entre sí en la esencia no tienen una sola naturaleza; y, por tanto, alma y cuerpo no pueden tener una sola esencia.
    Y además: si el hombre es un animal racional y mortal, y toda definición es explicativa de las naturalezas subyacentes, y lo racional no es lo mismo que lo mortal según el plan de la naturaleza, entonces ciertamente el hombre no puede tener una sola naturaleza, conforme a la regla de su propia definición.
    Pero si en algún tiempo se dijera que el hombre tiene una sola naturaleza, la palabra «naturaleza» se usa aquí en lugar de «especie», como cuando decimos que un hombre no difiere de otro en ninguna diferencia de naturaleza. Pero puesto que todos los hombres están formados de la misma manera y están compuestos de alma y cuerpo, y cada uno tiene dos naturalezas distintas, todos quedan comprendidos bajo una sola definición. Y esto no es irrazonable, pues el santo Atanasio habló de todas las cosas creadas como teniendo una sola naturaleza en cuanto todas fueron producidas, expresándose así en su Oración contra los que blasfemaron contra el Espíritu Santo: «Que el Espíritu Santo está por encima de toda la creación, y es distinto de la naturaleza de las cosas producidas y propio de la divinidad, podemos percibirlo también de nuevo. Porque todo aquello que se ve común a muchas cosas, y no más en una y menos en otra, se llama esencia. Puesto que, pues, todo hombre está compuesto de alma y cuerpo, en consecuencia hablamos del hombre como teniendo una sola naturaleza. Pero no podemos hablar de la subsistencia de nuestro Señor como de una sola naturaleza: pues cada naturaleza conserva, aun después de la unión, sus propiedades naturales, ni podemos hallar una clase de Cristos. Porque ningún otro Cristo nació a la vez de la divinidad y de la humanidad para ser al mismo tiempo Dios y hombre.»
    Y además: la unidad del hombre en la especie no es lo mismo que la unidad de alma y cuerpo en la esencia. Pues la unidad del hombre en la especie pone de manifiesto la absoluta semejanza entre todos los hombres, mientras que la unidad de alma y cuerpo en la esencia es un ultraje a su misma existencia y los reduce a la nada: porque o bien una debe transformarse en la esencia de la otra, o de cosas diferentes debe producirse algo diferente, y entonces ambas quedarían cambiadas; o, si permanecen dentro de sus propios límites, tiene que haber dos naturalezas. Pues, en cuanto a la naturaleza de la esencia, lo corpóreo no es lo mismo que lo incorpóreo. Por lo tanto, aunque sostenemos que el hombre tiene una sola naturaleza, no porque la cualidad esencial de su alma y la de su cuerpo sean la misma, sino porque los individuos comprendidos bajo la especie son exactamente iguales, no es necesario que sostengamos que Cristo también tiene una sola naturaleza, pues en este caso no hay especie que abarque muchas subsistencias.
    Además, todo compuesto se dice que está compuesto de aquello que lo compone inmediatamente. Pues no decimos que una casa esté compuesta de tierra y agua, sino de ladrillos y madera. De lo contrario, sería necesario hablar del hombre como compuesto de al menos cinco cosas, a saber, los cuatro elementos y el alma. Y así también, en el caso de nuestro Señor Jesucristo, no miramos las partes de las partes, sino aquellas divisiones de las que está inmediatamente compuesto, a saber, la divinidad y la humanidad.
    Y además, si al decir que el hombre tiene dos naturalezas estamos obligados a sostener que Cristo tiene tres, tú, asimismo, al decir que el hombre está compuesto de dos naturalezas, debes sostener que Cristo está compuesto de tres naturalezas; y lo mismo sucede con las energías. Pues la energía debe corresponderse con la naturaleza; y Gregorio el Teólogo atestigua que se dice que el hombre tiene, y tiene, dos naturalezas, diciendo: «Dios y el hombre son dos naturalezas, puesto que, en efecto, el alma y el cuerpo también son dos naturalezas.» Y en su discurso «Sobre el Bautismo» dice: «Puesto que constamos de dos partes, alma y cuerpo, la naturaleza visible y la invisible, la purificación es asimismo doble, es decir, por el agua y el Espíritu.»

    Capítulo 17. Sobre la deificación de la naturaleza de la carne de nuestro Señor y de su voluntad

    III, 17

    Es digno de notarse que no se dice que la carne del Señor haya sido deificada y hecha igual a Dios, ni hecha Dios, en virtud de cambio, alteración, transformación o confusión de naturaleza alguna; como dice Gregorio el Teólogo: «De las cuales la una deificó, y la otra fue deificada, y, por decirlo con audacia, hecha igual a Dios; y aquello que ungía se hizo hombre, y aquello que era ungido se hizo Dios.» Porque estas palabras no significan ningún cambio de naturaleza, sino más bien la unión según la economía (me refiero a la unión en la subsistencia en virtud de la cual fue unida inseparablemente con Dios el Verbo) y la permeación de las naturalezas una a través de la otra, así como vimos que la combustión penetraba el acero. Porque, así como confesamos que Dios se hizo hombre sin cambio ni alteración, así consideramos que la carne se hizo Dios sin cambio. Pues porque el Verbo se hizo carne, no traspasó los límites de su propia divinidad ni abandonó las glorias divinas que le pertenecen; ni, por otra parte, fue cambiada la carne al ser deificada en su propia naturaleza ni en sus propiedades naturales. Porque aun después de la unión, ambas naturalezas permanecieron inconfundidas y sus propiedades intactas. Pero la carne del Señor recibió las riquezas de las energías divinas por medio de la purísima unión con el Verbo, es decir, la unión en la subsistencia, sin que ello acarreara la pérdida de ninguno de sus atributos naturales. Porque no es en virtud de una energía propia, sino mediante el Verbo unido a ella, como manifiesta la energía divina: pues el acero encendido quema, no porque haya sido dotado de modo físico con una energía abrasadora, sino porque ha obtenido esta energía por su unión con el fuego.
    Por lo cual la misma carne era mortal por razón de su propia naturaleza y vivificante por su unión con el Verbo en la subsistencia. Y sostenemos que lo mismo sucede con la deificación de la voluntad; pues su actividad natural no fue cambiada, sino unida con su voluntad divina y omnipotente, y se convirtió en la voluntad de Dios hecho hombre. Y así sucedió que, aunque quiso, no pudo por sí mismo escapar [], porque plugo a Dios el Verbo que la debilidad de la voluntad humana, que verdaderamente estaba en Él, se manifestara. Pero pudo hacer a voluntad la limpieza del leproso [], por razón de la unión con la voluntad divina.
    Obsérvese además que la deificación de la naturaleza y de la voluntad apunta expresa y directamente tanto a dos naturalezas como a dos voluntades. Pues así como la combustión no cambia en fuego la naturaleza de lo que es quemado, sino que hace distintas tanto la cosa quemada como la que la quemó, y es indicativa no de una sino de dos naturalezas, así también la deificación no produce una naturaleza compuesta, sino dos, y su unión en la subsistencia. Gregorio el Teólogo, en efecto, dice: «De las cuales la una deificó, la otra fue deificada»; y con las palabras «de las cuales», «la una», «la otra», ciertamente indica dos naturalezas.

    Capítulo 18

    Más sobre las voliciones y los libres albedríos: también sobre las mentes, los conocimientos y las sabidurías

    III, 18

    Cuando decimos que Cristo es Dios perfecto y hombre perfecto, ciertamente le atribuimos todas las propiedades naturales tanto del Padre como de la madre. Porque se hizo hombre para que lo que había sido vencido venciera. Pues Aquel que era omnipotente no carecía, en su omnipotente autoridad y poder, de fuerza para rescatar al hombre de las manos del tirano. Pero el tirano habría tenido motivo de queja si, después de haber vencido al hombre, Dios hubiese usado la fuerza contra él. Por lo cual Dios, en su piedad y amor al hombre, quiso revelar al hombre caído mismo como vencedor, y se hizo hombre para devolver lo semejante con lo semejante.
    Pero que el hombre es un animal racional e inteligente, nadie lo negará. ¿Cómo, pues, habría podido hacerse hombre si hubiera tomado carne sin alma, o alma sin mente? Porque eso no es hombre. Además, ¿qué provecho nos habría traído su hacerse hombre si quien primero padeció no hubiera sido salvado, ni renovado y fortalecido por la unión con la divinidad? Porque lo que no es asumido no es remediado. Asumió, por tanto, al hombre entero, incluso la parte más noble de él, que había enfermado, para otorgar la salvación al todo. Y, ciertamente, jamás podría existir una mente que no tuviera sabiduría y estuviera destituida de conocimiento. Porque si no tiene energía ni movimiento, queda enteramente reducida a la nada.
    Por lo tanto, Dios el Verbo, queriendo restaurar aquello que estaba a su propia imagen, se hizo hombre. Pero ¿qué es lo que estaba a su propia imagen, sino la mente? Dejó, pues, lo mejor y asumió lo peor. Porque la mente se halla en la frontera entre Dios y la carne, pues mora ciertamente en comunión con la carne y es, además, la imagen de Dios. La mente, pues, se mezcla con la mente, y la mente ocupa un lugar intermedio entre la pureza de Dios y la densidad de la carne. Porque si el Señor asumió un alma sin mente, asumió el alma de un animal irracional.
    Pero si el Evangelista dijo que el Verbo se hizo carne [], obsérvese que en la Sagrada Escritura a veces se habla del hombre como alma, como, por ejemplo, con setenta y cinco almas descendió Jacob a Egipto; y a veces se habla del hombre como carne, como, por ejemplo, Toda carne verá la salvación de Dios. Y, en consecuencia, el Señor no se hizo carne sin alma ni mente, sino hombre. Él mismo, en efecto, dice: ¿Por qué intentáis matarme, a un hombre que os ha dicho la verdad? []. Asumió, por tanto, carne animada por el espíritu de razón y de mente, un espíritu que gobierna sobre la carne, pero que a su vez está bajo el dominio de la divinidad del Verbo.
    Así, pues, Él tenía por naturaleza, tanto como Dios y como hombre, la potencia de la voluntad. Pero su voluntad humana era obediente y estaba subordinada a su voluntad divina, no guiándose por su propia inclinación, sino queriendo aquellas cosas que la voluntad divina quería. Pues con permisión de la voluntad divina padecía por naturaleza lo que le era propio. Porque cuando oró para escapar de la muerte, fue porque su voluntad divina lo quiso y permitió naturalmente por lo que así oró, agonizó y temió; y de nuevo, cuando su voluntad divina quiso que su voluntad humana eligiera la muerte, la pasión se le hizo voluntaria. Porque no fue solo como Dios, sino también como hombre, como se entregó voluntariamente a la muerte. Y así nos otorgó también valor ante la muerte. Así, en efecto, dijo antes de su pasión salvadora: Padre, si es posible, pase de mí esta copa, manifiestamente como si hubiera de beber la copa como hombre y no como Dios. Fue, pues, como hombre como quiso que la copa pasara de Él; pero estas son palabras de temor natural. Pero, dijo, no mi voluntad, es decir, no en cuanto soy de una esencia distinta de la tuya, sino hágase tu voluntad, es decir, mi voluntad y la tuya, en cuanto soy de la misma esencia que tú. Ahora bien, estas son palabras de un corazón valiente. Porque el Espíritu del Señor, puesto que verdaderamente se hizo hombre en su beneplácito, al poner a prueba primero su debilidad natural fue sensible a la conpasión natural implicada en su separación del cuerpo; pero, fortalecido por la voluntad divina, volvió a cobrar audacia ante la muerte. Porque, como era Él mismo todo Dios aunque también hombre, y todo hombre aunque también Dios, Él mismo, como hombre, sujetó en sí y por sí su naturaleza humana a Dios y al Padre, y se hizo obediente al Padre, constituyéndose así en el más excelente tipo y ejemplo para nosotros.
    Además, de su propio libre albedrío ejercía su voluntad divina y humana. Pues el libre albedrío está ciertamente implantado en toda naturaleza racional. Porque ¿con qué fin poseería la razón si no pudiera razonar por su propio libre albedrío? Porque el Creador ha implantado incluso en los animales irracionales el apetito natural para obligarlos a sustentar su propia naturaleza. Pues, desprovistos de razón como están, no pueden guiar su apetito natural, sino que son guiados por él. Y así, tan pronto como surge el apetito de algo, al instante surge también el impulso para la acción. Y de este modo no ganan alabanza ni felicidad por seguir la virtud, ni castigo por hacer el mal. Pero la naturaleza racional, aunque posee un apetito natural, puede guiarlo y adiestrarlo por la razón dondequiera que se observen las leyes de la naturaleza. Porque la ventaja de la razón consiste en esto: el libre albedrío, por el cual entendemos la actividad natural en un sujeto racional. Por lo cual, al perseguir la virtud gana alabanza y felicidad, y al perseguir el vicio gana castigo.
    De modo que el alma del Señor, movida por su propio libre albedrío, quería; pero quería con su libre albedrío aquellas cosas que su voluntad divina quería que ella quisiera. Porque la carne no era movida por una señal del Verbo, como Moisés y todos los santos varones eran movidos por una señal del cielo. Sino que Él mismo, que era uno y a la vez Dios y hombre, quería según su voluntad divina y su voluntad humana. Por lo cual no era en la inclinación, sino más bien en la potencia natural, en lo que las dos voluntades del Señor diferían entre sí. Pues su voluntad divina no tenía principio y todo lo efectuaba, teniendo una potencia que la acompañaba y libre de pasión; mientras que su voluntad humana tuvo principio en el tiempo, y ella misma soportó las pasiones naturales e inocentes, y no era naturalmente omnipotente. Pero, no obstante, era omnipotente porque tenía verdadera y naturalmente su origen en Dios el Verbo.

    Capítulo 19. Sobre la energía teándrica

    III, 19

    Cuando el bienaventurado Dionisio dice que Cristo nos manifestó una suerte de energía teándrica nueva, no suprime las energías naturales al decir que de la unión de la energía divina con la humana resultó una sola energía: pues de la misma manera podríamos hablar de una sola naturaleza nueva resultante de la unión de la naturaleza divina con la humana. Porque, según los santos Padres, las cosas que tienen una sola energía tienen también una sola esencia. Pero quiso indicar el modo nuevo e inefable en que se manifiestan las energías naturales de Cristo, un modo adecuado al modo inefable en que las naturalezas de Cristo se compenetran mutuamente, y además cuán extraña y maravillosa y, en la naturaleza de las cosas, desconocida fue su vida como hombre, y por último el modo del intercambio mutuo que surge de la unión inefable. Pues sostenemos que las energías no están divididas y que las naturalezas no actúan por separado, sino que cada una, conjuntamente y en completa comunión con la otra, actúa con su propia energía. Porque la parte humana no actuaba meramente de modo humano, pues Él no era mero hombre; ni la parte divina actuaba solo a la manera de Dios, pues Él no era simplemente Dios, sino que era a la vez Dios y hombre. Pues así como en el caso de las naturalezas reconocemos tanto su unión como su diferencia natural, así sucede también con las voluntades y energías naturales.
    Obsérvese, por tanto, que en el caso de nuestro Señor Jesucristo hablamos a veces de sus dos naturalezas y a veces de su única persona; y lo uno o lo otro se refiere a un solo concepto. Pues las dos naturalezas son un solo Cristo, y el único Cristo es dos naturalezas. Por lo cual da lo mismo que digamos «Cristo actúa según una u otra de sus naturalezas», o «una u otra naturaleza actúa en Cristo en comunión con la otra». La naturaleza divina, pues, tiene comunión con la carne en su actuar, porque es por el beneplácito de la voluntad divina como se permite a la carne padecer y hacer lo que le es propio, y porque la energía de la carne es enteramente salvadora, y esto es atributo no de la energía humana, sino de la divina. Por otra parte, la carne tiene comunión con la divinidad del Verbo en su actuar, porque las energías divinas se realizan, por así decirlo, a través del órgano del cuerpo, y porque Aquel que actúa a la vez como Dios y como hombre es uno y el mismo.
    Obsérvese además que también su mente santa realiza sus energías naturales, pensando y sabiendo que es la mente de Dios y que es adorada por toda la creación, y recordando los tiempos que pasó en la tierra y todo lo que padeció; pero tiene comunión con la divinidad del Verbo en su actuar, y ordena y gobierna el universo, pensando, sabiendo y ordenando no como la mera mente de un hombre, sino como unida en la subsistencia con Dios y actuando como mente de Dios.
    Esto, pues, lo pone de manifiesto la energía teándrica: que cuando Dios se hizo hombre, es decir, cuando se encarnó, su energía humana era divina, esto es, deificada, y no carecía de parte en su energía divina, y su energía divina no carecía de parte en su energía humana, sino que cada una se observaba en conjunción con la otra. Y este modo de hablar se llama perífrasis, a saber, cuando se abarcan dos cosas en un solo enunciado. Porque así como en el caso de la espada llameante hablamos del corte que quema como una sola cosa, y de la quemadura que corta como una sola cosa, pero sostenemos que el corte y la quemadura tienen energías y naturalezas diferentes, teniendo la quemadura la naturaleza del fuego y el corte la naturaleza del acero, de la misma manera también, cuando hablamos de una sola energía teándrica de Cristo, entendemos dos energías distintas de sus dos naturalezas: una energía divina perteneciente a su divinidad, y una energía humana perteneciente a su humanidad.

    Capítulo 20. Sobre las pasiones naturales e inocentes

    III, 20

    Confesamos, pues, que Él asumió todas las pasiones naturales e inocentes del hombre. Porque asumió al hombre entero y todos los atributos del hombre, salvo el pecado. Pues el pecado no es natural, ni fue implantado en nosotros por el Creador, sino que surge voluntariamente en nuestro modo de vida como resultado de una implantación ulterior por parte del diablo, aunque no puede prevalecer sobre nosotros por la fuerza. Porque las pasiones naturales e inocentes son aquellas que no están en nuestro poder, sino que han entrado en la vida del hombre a causa de la condenación por la transgresión; tales como el hambre, la sed, el cansancio, la fatiga, las lágrimas, la corrupción, el retroceder ante la muerte, el temor, la agonía con el sudor de sangre, el socorro de manos de los ángeles a causa de la debilidad de la naturaleza, y otras pasiones semejantes que pertenecen por naturaleza a todo hombre.
    Todas, pues, las asumió para santificarlas todas. Fue probado y venció, a fin de prepararnos la victoria y dar a la naturaleza poder para vencer a su adversario, para que la naturaleza que fue vencida en otro tiempo venciera a su antiguo conquistador con las mismas armas con que ella misma había sido vencida.
    El maligno, pues, hizo su asalto desde fuera, no por pensamientos suscitados interiormente, así como sucedió con Adán. Pues no fue por pensamientos interiores, sino por la serpiente, que Adán fue asaltado. Pero el Señor rechazó el asalto y lo disipó como vapor, para que las pasiones que lo asaltaron y fueron vencidas fueran fácilmente subyugadas por nosotros, y para que el nuevo Adán salvara al antiguo.
    En verdad, nuestras pasiones naturales estaban en armonía con la naturaleza y por encima de la naturaleza en Cristo. Porque eran suscitadas en Él de manera natural cuando permitía que la carne sufriera lo que le era propio: pero estaban por encima de la naturaleza porque lo natural no asumía en el Señor dominio sobre la voluntad. Pues ninguna compulsión se contempla en Él, sino que todo es voluntario. Porque fue con su voluntad que tuvo hambre y sed y temió y murió.

    Capítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre

    III, 21

    Asumió, ha de observarse, la naturaleza ignorante y servil. Pues es propio de la naturaleza del hombre ser siervo de Dios, su Creador, y no posee conocimiento del futuro. Si, pues, como sostiene Gregorio el Teólogo, separas el reino de lo visible del reino del pensamiento, ha de decirse que la carne es a la vez servil e ignorante, pero a causa de la identidad de subsistencia y de la unión inseparable, el alma del Señor fue enriquecida con el conocimiento del futuro así como con los otros poderes milagrosos. Pues así como la carne de los hombres no es por su propia naturaleza vivificante, mientras que la carne de nuestro Señor, que estaba unida en subsistencia con Dios el Verbo mismo, aunque no estaba exenta de la mortalidad de su naturaleza, sin embargo se hizo vivificante por su unión en subsistencia con el Verbo, y no podemos decir que no fue y no es para siempre vivificante: de igual manera su naturaleza humana no posee en esencia el conocimiento del futuro, pero el alma del Señor, por su unión con Dios el Verbo mismo y su identidad en la subsistencia, fue enriquecida, como he dicho, con el conocimiento del futuro así como con los otros poderes milagrosos.
    Obsérvese además que no podemos hablar de Él como siervo. Pues las palabras servidumbre y señorío no son marcas de la naturaleza, sino que indican relación con algo, tal como la paternidad y la filiación. Pues éstas no significan esencia sino relación.
    Es justamente como dijimos, pues, en conexión con la ignorancia, que si separas con pensamientos sutiles, es decir, con finas imaginaciones, lo creado de lo increado, la carne es sierva, a menos que haya sido unida con Dios el Verbo. Pero ¿cómo puede ser sierva una vez que está unida en subsistencia? Pues siendo Cristo uno, no puede ser su propio siervo y Señor. Porque éstas no son predicaciones simples sino relativas. ¿De quién, pues, podría ser siervo? ¿De su Padre? El Hijo, entonces, no tendría todos los atributos del Padre, si es siervo del Padre y sin embargo en ningún respecto suyo propio. Además, ¿cómo podría el apóstol decir acerca de nosotros, que fuimos adoptados por Él, Así que ya no eres siervo, sino hijo [], si en verdad Él mismo es siervo? La palabra siervo, pues, se usa meramente como un título, aunque no en el sentido estricto: pero por nosotros asumió la forma de siervo y es llamado siervo entre nosotros. Pues aunque está sin pasión, sin embargo por nosotros fue siervo de la pasión y se hizo ministro de nuestra salvación. Aquellos, pues, que dicen que Él es siervo dividen al único Cristo en dos, tal como hizo Nestorio. Pero nosotros lo declaramos Maestro y Señor de toda la creación, el único Cristo, a la vez Dios y hombre, y omnisciente. Porque en Él están todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, los tesoros ocultos [].

    Capítulo 22. Sobre su crecimiento

    III, 22

    Se dice, además, que crecía en sabiduría y en edad y en gracia [], aumentando en edad ciertamente y, mediante el aumento en edad, manifestando la sabiduría que hay en Él; sí, además, haciendo del progreso de los hombres en sabiduría y gracia, y del cumplimiento de la buena voluntad del Padre, es decir, del conocimiento de Dios por parte de los hombres y de la salvación de los hombres, su propio crecimiento, y tomando en todas partes como suyo lo que es nuestro. Pero los que sostienen que Él progresó en sabiduría y gracia en el sentido de recibir alguna adición a estos atributos, no dicen que la unión tuvo lugar en el primer origen de la carne, ni tampoco dan precedencia a la unión en subsistencia, sino que, prestando oído al necio Nestorio, imaginan alguna extraña unión relativa y mera inhabitación, no entendiendo ni lo que dicen ni lo que afirman. [] Porque si en verdad la carne fue unida con Dios el Verbo desde su primer origen, o más bien si existía en Él y era idéntica en subsistencia con Él, ¿cómo es que no fue dotada completamente de toda sabiduría y gracia? No para que ella misma participara de la gracia, ni compartiera por gracia lo que pertenecía al Verbo, sino más bien por razón de la unión en subsistencia, puesto que tanto lo humano como lo divino pertenecen al único Cristo, y que Aquel que era Él mismo a la vez Dios y hombre derramara como una fuente sobre el universo su gracia y sabiduría y plenitud de toda bendición.

    Capítulo 23. Sobre su temor

    III, 23

    La palabra temor tiene un doble significado. Pues el temor es natural cuando el alma no quiere separarse del cuerpo, a causa de la simpatía natural y la estrecha relación plantada en ella desde el principio por el Creador, que la hace temer y luchar contra la muerte y orar por escapar de ella. Puede definirse así: el temor natural es la fuerza por la cual nos aferramos al ser con retroceso. Pues si todas las cosas fueron traídas por el Creador de la nada al ser, todas tienen por naturaleza un anhelo del ser y no del no-ser. Además, la inclinación hacia aquellas cosas que sostienen la existencia es una propiedad natural de ellas. De ahí que Dios el Verbo, cuando se hizo hombre, tuviera este anhelo, manifestando, por una parte, en aquellas cosas que sostienen la existencia, la inclinación de su naturaleza al desear comida y bebida y sueño, y habiendo de manera natural hecho prueba de estas cosas, mientras que por otra parte mostraba en aquellas cosas que traen corrupción su natural desinclinación al retroceder voluntariamente en la hora de su pasión ante el rostro de la muerte. Pues aunque lo que sucedió fue según las leyes de la naturaleza, sin embargo no fue, como en nuestro caso, cuestión de necesidad. Porque Él aceptó voluntaria y espontáneamente lo que era natural. De modo que el temor mismo y el terror y la agonía pertenecen a las pasiones naturales e inocentes y no están bajo el dominio del pecado.
    Además, hay un temor que surge de la traición del razonamiento y de la falta de fe, y de la ignorancia de la hora de la muerte, como cuando de noche nos afecta el temor ante algún ruido casual. Éste es el temor antinatural, y puede definirse así: el temor antinatural es un retroceso inesperado. Éste nuestro Señor no lo asumió. De ahí que nunca sintió temor excepto en la hora de su pasión, aunque a menudo experimentó un sentimiento de retroceso conforme a la dispensación. Pues no ignoraba el tiempo señalado.
    Pero el santo Atanasio en su discurso contra Apolinario dice que Él realmente sintió temor. «Por lo cual el Señor dijo: Ahora está turbada mi alma. [] El 'ahora' ciertamente significa justamente 'cuando Él quiso,' pero sin embargo señala lo que realmente era. Pues no habló de lo que no era como si estuviera presente, como si las cosas que se decían sólo sucedieran en apariencia. Pues todas las cosas sucedieron natural y realmente.» Y de nuevo, después de algunas otras materias, dice: «De ninguna manera admite su divinidad pasión aparte de un cuerpo que sufre, ni tampoco manifiesta turbación y dolor aparte de un alma adolorida y turbada, ni sufre angustia y ofrece oración aparte de una mente que sufrió angustia y ofreció oración. Pues, aunque estos acontecimientos no se debieron a ningún trastorno de la naturaleza, sin embargo tuvieron lugar para mostrar su ser real.» Las palabras «estos acontecimientos no se debieron a ningún trastorno de su naturaleza,» prueban que no fue involuntariamente que Él soportó estas cosas.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 6 de 9