Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — JUAN DAMASCENO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 7. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Exposición de la fe ortodoxa

    Siglo VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Salmond (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 9 · Capítulo 24. Sobre la oración de nuestro SeñorPublicado el Actualizado el Ref. ESC-DAM-01

    Leer por sesiones · 57 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. Sobre la naturaleza de la Deidad: que es incomprensible
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el Verbo y el Hijo de Dios: una prueba razonada
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre la Santísima Trinidad
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 9. Sobre lo que se afirma acerca de Dios
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 12. Sobre lo mismo
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 13. Sobre el lugar de Dios: y que sólo la Deidad es incircunscrita
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 14. Las propiedades de la naturaleza divina
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minLibro II
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4. Sobre el diablo y los demonios
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo 7. Sobre la luz, el fuego, los luminares, el sol, la luna y las estrellas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Sobre el aire y los vientos
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre las aguas
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 10. Sobre la tierra y sus productos
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 12. Sobre el hombre
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 13. Sobre los placeres
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 19. Sobre el pensamiento
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 23. Acerca de la energía
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de lo que está en nuestro poder, es decir, acerca del libre albedrío
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Acerca de lo que no está en nuestras manos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 30. Sobre la presciencia y la predestinación
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Sobre las dos naturalezas de Cristo, en contra de los que sostienen que tiene una sola
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 4. Sobre la manera de la Comunicación Recíproca
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Sobre el número de las Naturalezas
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 7. Sobre la única subsistencia compuesta de Dios el Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. En respuesta a la pregunta de si hay Naturaleza que no tiene Subsistencia
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 13 minCapítulo 13. Sobre las propiedades de las dos Naturalezas
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 14. Sobre las voluntades y el libre albedrío de nuestro Señor Jesucristo
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre las energías en nuestro Señor Jesucristo
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 16
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sobre la energía teándrica
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21. Sobre la ignorancia y la servidumbre
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 27
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 10. Sobre la fe
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 13. Sobre los santos e inmaculados Misterios del Señor
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. Sobre la genealogía de nuestro Señor y sobre la santa Madre de Dios
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. Sobre el honor debido a los santos y a sus despojos
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 16. Sobre las imágenes
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 18. Sobre las cosas que se dicen acerca de Cristo
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Que Dios no es causa de los males
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 21
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 24. Sobre la virginidad
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Sobre la circuncisión
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 27. Sobre la resurrección
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 2 minLo que dejó la Exposición

    Capítulo 24. Sobre la oración de nuestro Señor

    III, 24

    La oración es una elevación de la mente a Dios o una petición a Dios de lo que es conveniente. ¿Cómo sucedió, pues, que nuestro Señor ofreció oración en el caso de Lázaro, y en la hora de su pasión? Porque su santa mente no tenía necesidad ni de elevación alguna hacia Dios, puesto que había sido una vez y para siempre unida en subsistencia con el Dios Verbo, ni de petición alguna a Dios. Porque Cristo es uno. Pero fue porque se apropió de nuestra personalidad y tomó nuestra impronta sobre sí, y se hizo ejemplo para nosotros, y nos enseñó a pedir a Dios y a tender hacia Él, y nos guió a través de su propia santa mente en el camino que conduce a Dios. Pues así como Él soportó la pasión, logrando para nosotros un triunfo sobre ella, así también ofreció oración, guiándonos, como dije, en el camino que conduce a Dios, y «cumpliendo toda justicia []» en favor nuestro, como dijo a Juan, y reconciliando a su Padre con nosotros, y honrándolo como principio y causa, y probando que no es enemigo de Dios. Pues cuando dijo en conexión con Lázaro, Padre, te doy gracias porque me has oído. Y yo sabía que siempre me oyes, pero por causa de la multitud que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado [], ¿no es manifiestísimo para todos que dijo esto en honor de su Padre como causa incluso de sí mismo, y para mostrar que no era enemigo de Dios?
    Además, cuando dijo, Padre, si es posible, pase de mí esta copa: pero no como yo quiero sino como tú quieres [], ¿no está claro para todos que dijo esto como lección para nosotros de pedir ayuda en nuestras pruebas sólo a Dios, y de preferir la voluntad de Dios a la nuestra, y como prueba de que realmente se apropió de los atributos de nuestra naturaleza, y de que en verdad poseía dos voluntades, naturales, ciertamente, y correspondientes a sus naturalezas, pero de ninguna manera opuestas entre sí? «Padre» implica que es de la misma esencia, pero «si es posible» no significa que estuviera en ignorancia (pues ¿qué es imposible para Dios?), sino que sirve para enseñarnos a preferir la voluntad de Dios a la nuestra. Pues sólo es imposible aquello que está contra la voluntad y la permisión de Dios. «Pero no como yo quiero, sino como tú quieres,» pues en cuanto es Dios, es idéntico al Padre, mientras que en cuanto es hombre, manifiesta la voluntad natural de la humanidad. Pues es ésta la que busca naturalmente escapar de la muerte.
    Además, estas palabras, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado []? Las dijo haciendo nuestra personalidad suya. Pues ni Dios sería considerado con nosotros como Padre suyo, a menos que uno discriminara con sutiles imaginaciones de la mente entre lo que se ve y lo que se piensa, ni fue jamás desamparado por su divinidad: no, fuimos nosotros los desamparados y desatendidos. De modo que fue apropiándose de nuestra personalidad que ofreció estas oraciones.

    Capítulo 25. Sobre la apropiación

    III, 25

    Ha de observarse que hay dos apropiaciones: una que es natural y esencial, y otra que es personal y relativa. La natural y esencial es aquella por la cual nuestro Señor en su amor al hombre tomó sobre sí nuestra naturaleza y todos nuestros atributos naturales, haciéndose en naturaleza y verdad hombre, y haciendo prueba de lo que es natural: pero la apropiación personal y relativa es cuando uno asume la persona de otro relativamente, por ejemplo, por piedad o amor, y en su lugar pronuncia palabras concernientes a él que no tienen conexión consigo mismo. Y fue de esta manera que nuestro Señor se apropió tanto de nuestra maldición como de nuestro desamparo, y de otras cosas semejantes que no son naturales: no que Él mismo fuera o llegara a ser tal, sino que tomó sobre sí nuestra personalidad y se contó a sí mismo como uno de nosotros. Tal es el sentido en que ha de tomarse esta frase: Hecho maldición por nosotros [].

    Capítulo 26. Sobre la pasión del cuerpo de nuestro Señor, y la impasibilidad de su divinidad

    III, 26

    El Verbo de Dios, pues, soportó todo él mismo en la carne, mientras que su naturaleza divina, que era la única impasible, permaneció vacía de pasión. Pues puesto que el único Cristo, que es compuesto de divinidad y humanidad, y existe en divinidad y humanidad, sufrió verdaderamente, aquella parte que es capaz de pasión sufrió como era natural que sufriera, pero aquella parte que estaba vacía de pasión no participó del sufrimiento. Pues el alma, ciertamente, puesto que es capaz de pasión, participa del dolor y sufrimiento de un corte corporal, aunque no es cortada ella misma sino sólo el cuerpo: pero la parte divina que está vacía de pasión no participa del sufrimiento del cuerpo.
    Obsérvese, además, que decimos que Dios sufrió en la carne, pero nunca que su divinidad sufrió en la carne, o que Dios sufrió a través de la carne. Pues si, cuando el sol brilla sobre un árbol, el hacha hendiera el árbol, y, sin embargo, el sol permanece sin hendirse y vacío de pasión, mucho más la divinidad impasible del Verbo, unida en subsistencia a la carne, permanecerá vacía de pasión cuando el cuerpo experimente pasión. Y si alguno derramara agua sobre acero llameante, es lo que naturalmente sufre por el agua, quiero decir, el fuego, lo que se apaga, pero el acero permanece intacto (pues no es la naturaleza del acero ser destruido por el agua): mucho más, pues, cuando la carne sufrió, escapó su divinidad, la única impasible, a toda pasión, aunque permanecía inseparable de ella. Pues no se deben tomar los ejemplos de manera demasiado absoluta y estricta: en efecto, en los ejemplos se debe considerar tanto lo semejante como lo desemejante, de lo contrario no sería un ejemplo. Pues, si fueran semejantes en todos los respectos, serían identidades, y no ejemplos, y tanto más al tratar de materias divinas. Pues no se puede encontrar un ejemplo que sea semejante en todos los respectos, ya sea que tratemos de la teología o de la dispensación.

    Capítulo 27

    Sobre el hecho de que la divinidad del Verbo permaneció inseparable del alma y del cuerpo, aun en la muerte de nuestro Señor, y que su subsistencia continuó siendo una

    III, 27

    Puesto que nuestro Señor Jesucristo era sin pecado (porque no cometió pecado, Él, que quitó el pecado del mundo, ni se halló engaño en su boca), no estaba sujeto a la muerte, ya que la muerte entró en el mundo por el pecado []. Muere, por tanto, porque tomó sobre sí la muerte en favor nuestro, y se hace a sí mismo ofrenda al Padre por nosotros. Porque habíamos pecado contra Él, y era conveniente que Él recibiera el rescate por nosotros, y que así fuéramos librados de la condenación. ¡Dios nos libre de que la sangre del Señor hubiera sido ofrecida al tirano! Por lo cual la muerte se acerca y, tragando el cuerpo como un cebo, queda clavada en el anzuelo de la divinidad y, tras gustar un cuerpo sin pecado y vivificante, perece y devuelve a todos los que en otro tiempo había tragado. Pues así como las tinieblas desaparecen con la introducción de la luz, así la muerte es rechazada ante el asalto de la vida, y trae vida a todos, pero muerte al destructor.
    Por lo cual, aunque murió como hombre y su Santo Espíritu fue separado de su cuerpo inmaculado, su divinidad permaneció inseparable de ambos, quiero decir, de su alma y de su cuerpo; y así, aun de este modo, su única hipóstasis no fue dividida en dos hipóstasis. Pues el cuerpo y el alma recibieron simultáneamente, en el principio, su ser en la subsistencia del Verbo; y aunque fueron separados el uno del otro por la muerte, continuaron, cada uno de ellos, teniendo la única subsistencia del Verbo. De modo que la única subsistencia del Verbo es igualmente la subsistencia del Verbo, y del alma y del cuerpo. Porque en ningún tiempo tuvieron ni el alma ni el cuerpo una subsistencia propia y separada, distinta de la del Verbo; y la subsistencia del Verbo es siempre una, y en ningún tiempo dos. De modo que la subsistencia de Cristo es siempre una. Pues, aunque el alma fue separada del cuerpo tópicamente, sin embargo, hipostáticamente estaban unidos por medio del Verbo.

    Capítulo 28. Sobre la corrupción y la destrucción

    III, 28

    La palabra corrupción tiene dos significados. Pues significa todos los sufrimientos humanos, tales como el hambre, la sed, el cansancio, el ser traspasado con clavos, la muerte —es decir, la separación del alma y del cuerpo— y así sucesivamente. En este sentido decimos que el cuerpo de nuestro Señor estaba sujeto a corrupción. Pues Él aceptó voluntariamente todas estas cosas. Pero corrupción significa también la completa disolución del cuerpo en sus elementos constitutivos y su total desaparición, lo cual es llamado por muchos, preferentemente, destrucción. El cuerpo de nuestro Señor no experimentó esta forma de corrupción, como dice el profeta David: Porque no dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu santo vea corrupción.
    Por lo cual, decir, con aquel necio Juliano y Gayano, que el cuerpo de nuestro Señor era incorruptible, en el primer sentido de la palabra, antes de su resurrección, es impío. Pues si era incorruptible, no era realmente, sino sólo aparentemente, de la misma esencia que el nuestro; y lo que el Evangelio nos dice que sucedió, a saber, el hambre, la sed, los clavos, la herida en su costado, la muerte, no ocurrió en realidad. Pero si sólo sucedieron aparentemente, entonces el misterio de la dispensación es una impostura y una farsa, y Él se hizo hombre sólo en apariencia, y no en realidad, y nosotros somos salvos sólo en apariencia, y no en realidad. Pero ¡Dios nos libre!, y que quienes así dicen no tengan parte en la salvación. Pero nosotros hemos obtenido y obtendremos la verdadera salvación. Pero en el segundo significado de la palabra «corrupción,» confesamos que el cuerpo de nuestro Señor es incorruptible, es decir, indestructible, pues tal es la tradición de los Padres inspirados. En efecto, después de la resurrección de nuestro Salvador de entre los muertos, decimos que el cuerpo de nuestro Señor es incorruptible incluso en el primer sentido de la palabra. Pues nuestro Señor, por su propio cuerpo, otorgó los dones tanto de la resurrección como de la incorruptibilidad subsiguiente incluso a nuestro propio cuerpo, habiendo llegado a ser Él mismo para nosotros las primicias tanto de la resurrección y de la incorruptibilidad como de la impasibilidad []. Pues como dice el divino Apóstol: Esto corruptible debe vestirse de incorrupción.

    Capítulo 29. Sobre el descenso al Hades

    III, 29

    El alma, cuando fue deificada, descendió al Hades, a fin de que, así como el Sol de justicia [] se levantó para los que están sobre la tierra, así también Él pudiera llevar luz a los que moran bajo la tierra en tinieblas y sombra de muerte []; a fin de que, así como trajo el mensaje de paz a los que están sobre la tierra, y de liberación a los cautivos, y de vista a los ciegos, y llegó a ser para los que creyeron el Autor de la salvación eterna y para los que no creyeron un reproche de su incredulidad [], así pudiera llegar a ser lo mismo para los que están en el Hades: Que toda rodilla se doble ante Él, de las cosas en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra []. Y así, después de haber librado a los que habían estado atados por siglos, inmediatamente resucitó de entre los muertos, mostrándonos el camino de la resurrección.

    Libro IV

    Capítulo 1. Sobre lo que siguió a la Resurrección

    IV, 1

    Después que Cristo resucitó de entre los muertos, dejó a un lado todas sus pasiones, quiero decir, su corrupción o hambre o sed o sueño o cansancio o cosas semejantes. Pues, aunque gustó alimento después de la resurrección [], no lo hizo porque fuera una ley de su naturaleza (pues no sintió hambre), sino por economía, a fin de convencernos de la realidad de la resurrección y de que era una y la misma carne la que padeció y resucitó. Pero no dejó a un lado ninguna de las divisiones de su naturaleza, ni el cuerpo ni el espíritu, sino que posee tanto el cuerpo como el alma inteligente y racional, volitiva y activa; y de este modo está sentado a la diestra del Padre, usando su voluntad tanto como Dios y como hombre en favor de nuestra salvación, obrando en su capacidad divina para proveer, mantener y gobernar todas las cosas, y recordando en su capacidad humana el tiempo que pasó en la tierra, mientras que en todo momento ve y sabe que es adorado por toda la creación racional. Pues su Santo Espíritu sabe que Él es uno en substancia con Dios el Verbo, y comparte, como Espíritu de Dios y no simplemente como Espíritu, la adoración que se le tributa. Además, su ascenso de la tierra al cielo, y de nuevo su descenso del cielo a la tierra, son manifestaciones de las energías de su cuerpo circunscrito. Porque así vendrá otra vez a vosotros, dice, de la misma manera como le habéis visto ir al cielo [].

    Capítulo 2. Sobre el estar sentado a la diestra del Padre

    IV, 2

    Sostenemos, además, que Cristo está sentado en el cuerpo a la diestra de Dios Padre, pero no sostenemos que la diestra del Padre sea un lugar real. Pues ¿cómo podría el que es incircunscrito tener una diestra limitada por un lugar? Las diestras y las siniestras pertenecen a lo que está circunscrito. Pero entendemos que la diestra del Padre es la gloria y el honor de la Divinidad, en la cual el Hijo de Dios, que existía como Dios antes de los siglos, y es de semejante esencia al Padre, y al fin se hizo carne, tiene asiento en el cuerpo, participando su carne de la gloria. Pues Él, junto con su carne, es adorado con una sola adoración por toda la creación.

    Capítulo 3

    En respuesta a los que dicen «Si Cristo tiene dos naturalezas, o rendís servicio a la criatura al adorar la naturaleza creada, o decís que hay una naturaleza que debe ser adorada y otra que no debe ser adorada.»

    IV, 3

    Junto con el Padre y el Espíritu Santo adoramos al Hijo de Dios, que era incorpóreo antes de asumir la humanidad, y ahora en su propia persona está encarnado y se ha hecho hombre aunque sigue siendo también Dios. Su carne, pues, en su propia naturaleza —si uno hiciera sutiles distinciones mentales entre lo que se ve y lo que se piensa— no es digna de adoración, puesto que es creada. Pero como está unida con Dios el Verbo, es adorada por causa de Él y en Él. Pues así como el rey merece homenaje tanto sin vestiduras como vestido, y así como el manto de púrpura, considerado simplemente como manto de púrpura, es pisoteado y zarandeado, pero después de convertirse en vestidura real recibe todo honor y gloria, y quien lo deshonra es condenado generalmente a muerte; y de nuevo, así como la madera en sí misma no es de tal naturaleza que no pueda ser tocada, sino que llega a serlo cuando se le aplica fuego, y se convierte en carbón, y sin embargo esto no es por su propia naturaleza, sino por el fuego unido a ella, y la naturaleza de la madera no es tal que no pueda ser tocada, sino más bien la del carbón o la madera ardiente: así también la carne, en su propia naturaleza, no debe ser adorada, sino que es adorada en Dios Verbo encarnado, no por sí misma, sino por su unión en subsistencia con Dios el Verbo. Y no decimos que adoramos la mera carne, sino la carne de Dios, es decir, a Dios encarnado.

    Capítulo 4

    Por qué fue el Hijo de Dios, y no el Padre ni el Espíritu, quien se hizo hombre; y qué logró al haberse hecho hombre

    IV, 4

    El Padre es Padre y no Hijo; el Hijo es Hijo y no Padre; el Espíritu Santo es Espíritu y no Padre ni Hijo. Pues la individualidad es inmutable. ¿Cómo, en efecto, podría la individualidad continuar existiendo en absoluto si estuviera siempre cambiando y alterándose? Por lo cual, el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que su individualidad pudiera perdurar. Pues puesto que era el Hijo de Dios, se hizo Hijo del hombre, hecho carne de la santa Virgen y sin perder la individualidad de la filiación.
    Además, el Hijo de Dios se hizo hombre para otorgar de nuevo al hombre aquel favor por causa del cual lo creó. Pues lo creó según su propia imagen, dotado de intelecto y de libre albedrío, y según su propia semejanza, es decir, perfecto en toda virtud en cuanto es posible que la naturaleza del hombre alcance la perfección. Pues las siguientes propiedades son, por así decirlo, marcas de la naturaleza divina: a saber, ausencia de cuidado y distracción y engaño, bondad, sabiduría, justicia, libertad de todo vicio. Así pues, después de haber puesto al hombre en comunión consigo mismo (pues habiéndolo hecho para la incorruptibilidad [], lo condujo por la comunión consigo mismo a la incorruptibilidad), y cuando además, por la transgresión del mandamiento, habíamos confundido y borrado las marcas de la imagen divina, y nos habíamos vuelto malos, fuimos despojados de nuestra comunión con Dios (pues ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas []?); y habiendo sido excluidos de la vida, quedamos sujetos a la corrupción de la muerte. Sí, puesto que Él nos dio a participar de la parte mejor, y no la guardamos con seguridad, Él participa de la parte inferior, quiero decir, de nuestra propia naturaleza, a fin de que por sí mismo y en sí mismo pudiera renovar aquello que fue hecho según su imagen y semejanza, y pudiera enseñarnos también la conducta de una vida virtuosa, haciendo por sí mismo fácil para nosotros el camino hasta allí, y pudiera, por la comunicación de la vida, librarnos de la corrupción, llegando a ser Él mismo las primicias de nuestra resurrección, y pudiera renovar el vaso inútil y desgastado llamándonos al conocimiento de Dios para redimirnos de la tiranía del diablo, y pudiera fortalecernos y enseñarnos cómo derribar al tirano mediante la paciencia y la humildad.
    La adoración de los demonios, pues, ha cesado; la creación ha sido santificada por la sangre divina; los altares y templos de los ídolos han sido derribados; el conocimiento de Dios ha sido implantado en las mentes de los hombres; la Trinidad coesencial, la divinidad increada, un solo Dios verdadero, Creador y Señor de todo, recibe el servicio de los hombres; las virtudes son cultivadas; la esperanza de la resurrección ha sido concedida mediante la resurrección de Cristo; los demonios se estremecen ante aquellos hombres que en otro tiempo estaban bajo su dominio. Y el prodigio, en verdad, es que todo esto ha sido llevado a cabo con éxito mediante su cruz, su pasión y su muerte. Por toda la tierra ha sido predicado el Evangelio del conocimiento de Dios; sin usar guerras, ni armas, ni ejércitos para derrotar al enemigo, sino sólo unos pocos hombres, desnudos, pobres, iletrados, perseguidos y atormentados, que con sus vidas en las manos predicaron a Aquel que fue crucificado en la carne y murió, y que resultaron vencedores sobre los sabios y poderosos. Pues la potencia omnipotente de la Cruz los acompañaba. La muerte misma, que en otro tiempo era el mayor terror del hombre, ha sido derribada, y ahora lo que una vez era objeto de odio y aborrecimiento es preferido a la vida. Estos son los logros de la presencia de Cristo; éstas son las muestras de su poder. Pues no fue a un solo pueblo al que salvó, como cuando por medio de Moisés dividió el mar y libró a Israel de Egipto y de la servidumbre de Faraón []; antes bien, rescató a todo el género humano de la corrupción de la muerte y de la amarga tiranía del pecado: no llevándolos por la fuerza a la virtud, no abrumándolos con tierra ni quemándolos con fuego, ni mandando apedrear a los pecadores, sino persuadiendo a los hombres por la mansedumbre y la longanimidad a elegir la virtud y a competir unos con otros, y a hallar placer en la lucha por alcanzarla. Pues, antiguamente, eran los pecadores los perseguidos, y sin embargo se aferraban tanto más al pecado, y el pecado era considerado por ellos como su Dios; pero ahora, por causa de la piedad y de la virtud, los hombres eligen persecuciones, crucifixiones y muerte.
    ¡Salve, oh Cristo, Verbo, Sabiduría y Poder de Dios, y Dios omnipotente! ¿Qué podemos darte los desvalidos a cambio de todos estos buenos dones? Pues todo es tuyo, y no pides nada de nosotros sino nuestra salvación, Tú que eres el Dador de ésta, y sin embargo te muestras agradecido a quienes la reciben, por tu inefable bondad. Gracias a Ti, que nos diste la vida, y nos concediste la gracia de una vida feliz, y nos devolviste a ella cuando nos habíamos extraviado, por tu inefable condescendencia.

    Capítulo 5. En respuesta a los que preguntan si la subsistencia de Cristo es creada o increada

    IV, 5

    La subsistencia de Dios el Verbo antes de la Encarnación era simple y no compuesta, incorpórea e increada; pero después que se hizo carne, se hizo también subsistencia de la carne, y quedó compuesta de la divinidad que siempre poseía, y de la carne que había asumido; y lleva las propiedades de las dos naturalezas, dándose a conocer en dos naturalezas; de modo que una y la misma subsistencia es a la vez increada en la divinidad y creada en la humanidad, visible e invisible. Pues de otro modo nos vemos obligados o a dividir al único Cristo y hablar de dos subsistencias, o a negar la distinción entre las naturalezas e introducir así cambio y confusión.

    Capítulo 6. Sobre la cuestión de cuándo Cristo fue llamado

    IV, 6

    La mente no se unió a Dios el Verbo, como algunos falsamente afirman, antes de la Encarnación de la Virgen y que desde entonces fue llamado Cristo. Eso es el absurdo desatino de Orígenes, que establece la doctrina de la prioridad de la existencia de las almas. Pero nosotros sostenemos que el Hijo y Verbo de Dios llegó a ser Cristo después de haber morado en el seno de su santa Madre siempre virgen, y haberse hecho carne sin cambio, y que la carne fue ungida con la divinidad. Pues ésta es la unción de la humanidad, como dice Gregorio el Teólogo. Y aquí están las palabras del santísimo Cirilo de Alejandría, que escribió al emperador Teodosio: «Porque yo ciertamente sostengo que no se debe dar el nombre de Jesucristo ni al Verbo que es de Dios si está sin humanidad, ni tampoco al templo nacido de mujer si no está unido al Verbo. Pues el Verbo que es de Dios se entiende que es Cristo cuando está unido con la humanidad de manera inefable en la unión de la economía.» Y de nuevo escribe a las emperatrices así: «Algunos sostienen que el nombre de 'Cristo' se da con razón al Verbo que es engendrado de Dios Padre, a Él solo, y considerado separadamente por sí mismo. Pero a nosotros no se nos ha enseñado a pensar y hablar así. Porque cuando el Verbo se hizo carne, entonces fue, decimos, cuando fue llamado Cristo Jesús. Pues puesto que fue ungido con el óleo de alegría, esto es, el Espíritu, por Aquel que es Dios y Padre, por esta razón es llamado Cristo. Pero que la unción fue un acto que le concernía como hombre no podría dudarlo nadie acostumbrado a pensar rectamente.» Además, el célebre Atanasio dice esto en su discurso «Sobre la Manifestación Salvadora:» «El Dios que era antes de la morada en la carne no era hombre, sino Dios en Dios, siendo invisible y sin pasión; pero cuando se hizo hombre, recibió además el nombre de Cristo por causa de la carne, puesto que, ciertamente, la pasión y la muerte siguen en el séquito de este nombre.»
    Y aunque la santa Escritura dice: Por tanto, Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría, debe observarse que la santa Escritura usa a menudo el tiempo pasado en lugar del futuro, como por ejemplo aquí: Después fue visto sobre la tierra y habitó entre los hombres []. Pues aún no había sido visto Dios ni había habitado entre los hombres cuando esto fue dicho. Y aquí de nuevo: Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos. Pues aún no habían sucedido estas cosas.

    Capítulo 7

    En respuesta a quienes preguntan si la santa Madre de Dios dio a luz dos naturalezas, y si dos naturalezas pendieron de la Cruz

    IV, 7

    [ἀγένητον] y [γενητόν], escritas con una sola 'ν' y que significan increado y creado, se refieren a la naturaleza; pero [ἀγέννητον] y [γεννητόν], es decir, ingénito y engendrado, como indica la doble 'ν', se refieren no a la naturaleza, sino a la subsistencia. La naturaleza divina, pues, es [ἀγένητος], es decir, increada; pero todas las cosas que vienen después de la naturaleza divina son [γένητα], es decir, creadas. En la naturaleza divina e increada, por tanto, la propiedad de ser [ἀγέννητον] o ingénito se contempla en el Padre (porque Él no fue engendrado), la de ser [γέννητον] o engendrado, en el Hijo (porque Él ha sido engendrado eternamente del Padre), y la de la procesión, en el Espíritu Santo. Además, de cada especie de criaturas vivientes, los primeros miembros fueron [ἀγέννητα], pero no [ἀγένητα]; porque fueron traídos al ser por su Hacedor, mas no fueron prole de criaturas semejantes a ellos. Pues [γένεσις] es creación, mientras que [γέννησις], o engendramiento, es en el caso de Dios el origen de un Hijo coesencial que procede solo del Padre; y en el caso de los cuerpos, el origen de una subsistencia coesencial que procede del contacto de varón y hembra. Y así percibimos que el engendrar se refiere no a la naturaleza, sino a la subsistencia. Porque si se refiriera a la naturaleza, [τὸ γέννητον] y [το ἀγέννητον], es decir, las propiedades de ser engendrado e ingénito, no podrían contemplarse en una y la misma naturaleza. Por consiguiente, la santa Madre de Dios dio a luz una subsistencia manifestada en dos naturalezas: engendrada, por una parte, en razón de su divinidad, del Padre intemporalmente; y, por otra, al fin, encarnada de ella en el tiempo y nacida en la carne.
    Pero si nuestros interrogadores insinuaran que Aquel que es engendrado de la santa Madre de Dios es dos naturalezas, respondemos: «¡Sí! Él es dos naturalezas: pues es en su propia persona Dios y hombre. Y lo mismo debe decirse acerca de la crucifixión, la resurrección y la ascensión. Porque estas no se refieren a la naturaleza, sino a la subsistencia. Cristo, entonces, puesto que está en dos naturalezas, padeció y fue crucificado en la naturaleza que estaba sujeta a la pasión. Pues fue en la carne, y no en su divinidad, como pendió de la Cruz. De lo contrario, que nos respondan cuando preguntamos si dos naturalezas murieron. No, diremos. Y así, no fueron crucificadas dos naturalezas, sino que Cristo fue engendrado; es decir, el Verbo divino, habiéndose hecho hombre, fue engendrado en la carne, fue crucificado en la carne, padeció en la carne, mientras su divinidad permaneció impasible.»

    Capítulo 8. Cómo el Hijo Unigénito de Dios es llamado primogénito

    IV, 8

    Aquel que es engendrado primero es llamado primogénito, ya sea unigénito o el primero de un número de hermanos. Si, pues, el Hijo de Dios fue llamado primogénito, pero no fue llamado Unigénito, podríamos imaginar que Él era el primogénito de las criaturas, como siendo una criatura. Pero puesto que Él es llamado tanto primogénito como Unigénito, ambos sentidos deben preservarse en su caso. Decimos que Él es primogénito de toda creación [], puesto que tanto Él mismo es de Dios como la creación es de Dios; pero como Él mismo es engendrado solo e intemporalmente de la esencia de Dios Padre, con razón puede ser llamado Hijo Unigénito, primogénito y no primer creado. Pues la creación no fue traída al ser de la esencia del Padre, sino por su voluntad de la nada. Y Él es llamado Primogénito entre muchos hermanos [], porque, aunque siendo Unigénito, Él también nació de una madre. Puesto que, en efecto, Él participó, como nosotros mismos, de la sangre y de la carne y se hizo hombre, y también nosotros por Él fuimos hechos hijos de Dios, siendo adoptados por el bautismo, Aquel que es por naturaleza Hijo de Dios vino a ser primogénito entre nosotros, que fuimos hechos por adopción y gracia hijos de Dios, y estamos con Él en relación de hermanos. Por lo cual dijo: Subo a mi Padre y a vuestro Padre []. No dijo «nuestro Padre,» sino «mi Padre,» claramente en el sentido de Padre por naturaleza, y «vuestro Padre,» en el sentido de Padre por gracia. Y «mi Dios y vuestro Dios.» No dijo «nuestro Dios,» sino «mi Dios:» y si distinguís con pensamiento sutil lo que se ve de lo que se piensa, también «vuestro Dios,» como Hacedor y Señor.

    Capítulo 9. Sobre la fe y el bautismo

    IV, 9

    Confesamos un solo bautismo para la remisión de los pecados y para la vida eterna. Porque el bautismo anuncia la muerte del Señor. Somos, en efecto, «sepultados con el Señor por el bautismo [],» como dice el divino Apóstol. Así pues, como nuestro Señor murió una vez por todas, también nosotros debemos ser bautizados una vez por todas, y bautizados según la Palabra del Señor, En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo [], siendo enseñados en la confesión en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Aquellos, pues, que después de haber sido bautizados en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y habiendo sido enseñados que hay una sola naturaleza divina en tres subsistencias, son rebautizados, estos, como dice el divino Apóstol, crucifican de nuevo a Cristo. Porque es imposible, dice, para los que una vez fueron iluminados, etc., renovarlos de nuevo para arrepentimiento, pues crucifican de nuevo para sí mismos a Cristo y lo exponen a pública vergüenza. [] Pero aquellos que no fueron bautizados en la Santísima Trinidad, estos deben ser bautizados de nuevo. Porque aunque el divino Apóstol dice: En Cristo y en su muerte fuimos bautizados [], no quiere decir que la invocación del bautismo deba hacerse con estas palabras, sino que el bautismo es imagen de la muerte de Cristo. Pues por las tres inmersiones, el bautismo significa los tres días de la sepultura de nuestro Señor. El bautismo, pues, en Cristo significa que los creyentes son bautizados en Él. No podríamos creer en Cristo si no se nos enseñara la confesión en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Porque Cristo es el Hijo del Dios vivo [], a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo []; en palabras del divino David: Por tanto, Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. Y también Isaías, hablando en la persona del Señor, dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. [] Cristo, empero, enseñó a sus propios discípulos la invocación y dijo: Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. [] Pues, puesto que Cristo nos hizo para la incorrupción, y transgredimos su mandamiento salvador, nos condenó a la corrupción de la muerte para que lo que es malo no fuera inmortal; y cuando en su compasión se inclinó hacia sus siervos y se hizo semejante a nosotros, nos redimió de la corrupción por su propia pasión. Hizo brotar para nosotros la fuente de la remisión de su santo e inmaculado costado []: agua para nuestra regeneración, y el lavado del pecado y de la corrupción; y sangre para beber como prenda de la vida eterna. Y nos impuso el mandato de nacer de nuevo del agua y del Espíritu, mediante la oración y la invocación, acercándose el Espíritu Santo al agua. Pues, siendo doble la naturaleza del hombre, que consta de alma y cuerpo, nos otorgó una doble purificación, de agua y del Espíritu: el Espíritu renueva aquella parte en nosotros que es según su imagen y semejanza, y el agua, por la gracia del Espíritu, limpia el cuerpo del pecado y lo libra de la corrupción; expresando ciertamente el agua la imagen de la muerte, mas el Espíritu otorgando las arras de la vida.
    Pues desde el principio el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas [], y de nuevo la Escritura da testimonio de que el agua tiene poder de purificación. [] En el tiempo de Noé, Dios lavó el pecado del mundo por el agua. [] Por el agua todo impuro es purificado, según la ley, lavándose con agua incluso los mismos vestidos. Elías mostró la gracia del Espíritu mezclada con el agua cuando quemó el holocausto derramando agua sobre él. Y casi todo es purificado por el agua según la ley: porque las cosas visibles son símbolos de las cosas inteligibles. La regeneración, sin embargo, tiene lugar en el espíritu: porque la fe tiene poder para hacernos hijos (de Dios), criaturas como somos, por el Espíritu, y para conducirnos a nuestra bienaventuranza original.
    La remisión de los pecados, por tanto, se concede por igual a todos por el bautismo; mas la gracia del Espíritu es proporcional a la fe y a la purificación previa. Ahora, en efecto, recibimos las primicias del Espíritu Santo por el bautismo, y el segundo nacimiento es para nosotros principio, sello, seguridad e iluminación de otra vida.
    Conviénenos, pues, con todas nuestras fuerzas, guardarnos firmemente puros de las obras inmundas, para que no, como el perro que vuelve a su vómito [], nos hagamos de nuevo esclavos del pecado. Porque la fe sin obras está muerta, y asimismo las obras sin fe. [] Porque la fe verdadera es atestiguada por las obras.
    Ahora bien, somos bautizados en la Santísima Trinidad, porque las cosas que son bautizadas tienen necesidad de la Santísima Trinidad para su mantenimiento y permanencia, y las tres subsistencias no pueden sino estar presentes la una con la otra. Porque la Santísima Trinidad es indivisible.
    El primer bautismo fue el del diluvio para la erradicación del pecado. El segundo [] fue mediante el mar y la nube: porque la nube es símbolo del Espíritu y el mar del agua. [] El tercer bautismo fue el de la Ley: porque todo impuro se lavaba con agua, e incluso lavaba sus vestidos, y así entraba en el campamento. [] El cuarto fue el de Juan, siendo preliminar y conduciendo a los bautizados al arrepentimiento, para que creyeran en Cristo: Yo, en verdad, dijo, os bautizo con agua; pero el que viene después de mí, Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. [] Así, la purificación de Juan con agua era preliminar para recibir el Espíritu. El quinto fue el bautismo de nuestro Señor, con el cual Él mismo fue bautizado. Ahora bien, Él es bautizado no como quien necesita purificación, sino como haciendo suya mi purificación, para quebrar las cabezas de los dragones sobre el agua, para lavar el pecado y sepultar en el agua a todo el viejo Adán, para santificar al Bautista, para cumplir la Ley, para revelar el misterio de la Trinidad, para llegar a ser tipo y ejemplo para nosotros del bautismo. Pero también nosotros somos bautizados en el bautismo perfecto de nuestro Señor, el bautismo por agua y por el Espíritu. Además, se dice que Cristo bautiza con fuego: porque en forma de lenguas de fuego derramó sobre sus santos discípulos la gracia del Espíritu; como el Señor mismo dice: Juan ciertamente bautizó con agua; mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo y con fuego, no muchos días después de estos: [] o bien es a causa del bautismo del fuego futuro con el que hemos de ser castigados. El sexto es el del arrepentimiento y las lágrimas, bautismo que es verdaderamente penoso. El séptimo es el bautismo de sangre y martirio, bautismo que Cristo mismo sufrió en favor nuestro, [] Él, que era demasiado augusto y bendito para ser manchado con manchas posteriores. El octavo es el último, que no salva, sino que destruye el mal: porque el mal y el pecado ya no tienen dominio; sin embargo, castiga sin fin.
    Además, el Espíritu Santo descendió en forma corporal como paloma, indicando las primicias de nuestro bautismo y honrando el cuerpo; puesto que incluso este, es decir, el cuerpo, era Dios por la deificación; y además la paloma solía antiguamente anunciar el cese del diluvio. Pero sobre los santos Apóstoles descendió en forma de fuego: porque Él es Dios, y Dios es un fuego consumidor. []
    El aceite de oliva se emplea en el bautismo como significación de nuestra unción, y como haciéndonos ungidos, y como anunciándonos por el Espíritu Santo la misericordia de Dios: pues fue el fruto del olivo el que la paloma llevó a los que se salvaron del diluvio. []
    Juan fue bautizado, poniendo su mano sobre la divina cabeza de su Maestro, y con su propia sangre.
    No nos conviene retrasar el bautismo cuando la fe de los que se presentan es atestiguada por sus obras. Porque el que se acerca con engaño al bautismo recibirá condenación más bien que beneficio.

    Capítulo 10. Sobre la fe

    IV, 10

    Además, la fe es doble. Pues la fe viene por el oír. [] Porque al oír las divinas Escrituras creemos en la enseñanza del Espíritu Santo. La misma se perfecciona por todas las cosas mandadas por Cristo, creyendo en la obra, cultivando la piedad y cumpliendo los mandamientos de Aquel que nos restauró. Porque el que no cree según la tradición de la Iglesia católica, o que tiene trato con el diablo mediante obras extrañas, es un incrédulo.
    Mas, de nuevo, la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven [], o la esperanza indudable e inequívoca tanto de lo que Dios nos ha prometido como del buen éxito de nuestras oraciones. La primera, por tanto, pertenece a nuestra voluntad, mientras que la segunda es de los dones del Espíritu.
    Observa además que por el bautismo cortamos toda la cobertura que hemos llevado desde el nacimiento, es decir, el pecado, y nos convertimos en israelitas espirituales y pueblo de Dios.

    Capítulo 11. Sobre la Cruz, y aquí además sobre la fe

    IV, 11

    La palabra 'Cruz' es locura para los que se pierden, mas para nosotros que somos salvos es poder de Dios. [] Pues el espiritual juzga todas las cosas, mas el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu. Porque es locura para los que no reciben con fe y no consideran la bondad y omnipotencia de Dios, sino que escudriñan las cosas divinas con razonamientos humanos y naturales. Porque todas las cosas de Dios están por encima de la naturaleza, de la razón y del concepto. Porque si alguno considera cómo y con qué propósito Dios sacó todas las cosas de la nada y las trajo al ser, y pretende alcanzarlo con razonamientos naturales, no logra comprenderlo. Porque el conocimiento de este género pertenece a los espíritus y a los demonios. Pero si alguno, bajo la guía de la fe, considera la bondad, la omnipotencia, la verdad, la sabiduría y la justicia divinas, hallará todas las cosas llanas y allanadas, y el camino recto. Mas sin fe es imposible salvarse. [] Porque por la fe todas las cosas, tanto humanas como espirituales, se sostienen. Porque sin fe ni el labrador corta su surco, ni el mercader confía su vida a las encrespadas olas del mar sobre un pequeño leño, ni se contraen matrimonios, ni se da ningún otro paso en la vida. Por la fe consideramos que todas las cosas fueron sacadas de la nada al ser por el poder de Dios. Y dirigimos todas las cosas, divinas y humanas, por la fe. Además, la fe es un asentimiento libre de toda curiosidad entrometida.
    Toda acción, por tanto, y realización de milagros por Cristo son grandísimas, divinas y maravillosas; pero lo más maravilloso de todo es su preciosa Cruz. Porque ninguna otra cosa ha sometido la muerte, expiado el pecado del primer padre, despojado el Hades, otorgado la resurrección, concedido el poder de despreciar lo presente e incluso la muerte misma, preparado el retorno a nuestra bienaventuranza anterior, abierto las puertas del Paraíso, dado a nuestra naturaleza un asiento a la diestra de Dios, y hecho de nosotros hijos y herederos de Dios, sino la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Porque por la Cruz todas las cosas han sido enderezadas. Todos los que, dice el apóstol, fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte []; y todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. [] Además, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. [] ¡He aquí! La muerte de Cristo, es decir, la Cruz, nos revistió de la sabiduría y el poder enhypostáticos de Dios. Y el poder de Dios es la Palabra de la Cruz, ya sea porque la fuerza de Dios, es decir, la victoria sobre la muerte, nos ha sido revelada por ella, ya sea porque, así como las cuatro extremidades de la Cruz se mantienen firmes y unidas por la clavija central, así también por el poder de Dios la altura y la profundidad, la longitud y la anchura, es decir, toda criatura visible e invisible, es mantenida.
    Esto nos fue dado como signo en la frente, así como la circuncisión fue dada a Israel: porque por él nosotros, los creyentes, somos separados y distinguidos de los incrédulos. Este es el escudo y el arma contra el diablo, y el trofeo sobre él. Esta es la señal para que el destructor no os toque [], como dice la Escritura. Esta es la resurrección de los que yacen en la muerte, el apoyo de los que están en pie, el báculo de los débiles, la vara del rebaño, el salvoconducto de los fervorosos, la perfección de los que avanzan, la salvación del alma y del cuerpo, la aversión de todos los males, el patrono de todos los bienes, la eliminación del pecado, la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna.
    Así, pues, este mismo árbol verdaderamente precioso y augusto, sobre el cual Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio por nosotros, ha de ser adorado como santificado por el contacto con su santo cuerpo y su sangre; asimismo los clavos, la lanza, las vestiduras, sus sagrados tabernáculos —que son el pesebre, la cueva, el Gólgota, que trae salvación, el sepulcro que da vida, Sión, la fortaleza principal de las iglesias— y cosas semejantes han de ser adorados. En palabras de David, el padre de Dios: Entraremos en sus tabernáculos, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies. Y que es la Cruz la que se significa lo aclara lo que sigue: Levántate, oh Señor, hacia tu reposo. Porque la resurrección viene después de la Cruz. Porque si de las cosas que amamos —casa, lecho y vestidura— han de ser anheladas, ¿cuánto más debemos anhelar aquello que perteneció a Dios, nuestro Salvador, por medio de lo cual somos en verdad salvos?
    Además, adoramos incluso la imagen de la preciosa y vivificante Cruz, aunque esté hecha de otro árbol, no honrando el árbol (¡Dios nos libre!) sino la imagen como símbolo de Cristo. Pues Él dijo a sus discípulos, amonestándolos: Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo [], queriendo decir la Cruz. Y asimismo el ángel de la resurrección dijo a la mujer: Buscáis a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. [] Y el Apóstol dijo: Predicamos a Cristo crucificado. [] Porque hay muchos Cristos y muchos Jesús, pero uno solo crucificado. No dice traspasado, sino crucificado. Conviénenos, pues, adorar la señal de Cristo. Porque dondequiera que esté la señal, allí estará también Él. Pero no nos conviene adorar el material del que está compuesta la imagen de la Cruz, aunque sea de oro o de piedras preciosas, después que sea destruida, si tal sucediera. Todo, por tanto, lo que está dedicado a Dios lo adoramos, tributando la adoración a Él.
    El árbol de la vida que fue plantado por Dios en el Paraíso prefiguró esta preciosa Cruz. Pues, ya que la muerte vino por un árbol, era conveniente que la vida y la resurrección fueran otorgadas por un árbol. Jacob fue el primero en figurar la Cruz cuando adoró la punta del bastón de José, y al bendecir a sus hijos con las manos cruzadas [] hizo clarísimamente la señal de la cruz. Asimismo la vara de Moisés, cuando golpeó el mar en figura de cruz y salvó a Israel, mientras sumergía a Faraón en las profundidades; asimismo también las manos extendidas en cruz y derrotando a Amalec; y el agua amarga hecha dulce por un árbol, y la roca hendida que derramaba corrientes de agua [Números xx], y la vara que significaba para Aarón la dignidad del sumo sacerdocio [Éxodo iv]: y la serpiente levantada en triunfo sobre un árbol como si estuviera muerta, trayendo el árbol salvación a los que con fe veían muerto a su enemigo, así como Cristo fue clavado al árbol en la carne de pecado que, sin embargo, no conoció pecado. El poderoso Moisés clamó: Veréis vuestra vida colgada en el árbol ante vuestros ojos, e Isaías asimismo: He extendido mis manos todo el día hacia un pueblo incrédulo y rebelde. [] Mas que nosotros, que adoramos esta, obtengamos parte en Cristo crucificado. Amén.

    Capítulo 12. Sobre el culto hacia el Oriente

    IV, 12

    No es sin razón ni por azar que adoramos hacia el Oriente. Pero viendo que estamos compuestos de una naturaleza visible y otra invisible, es decir, de una naturaleza en parte de espíritu y en parte de sentido, rendimos también un doble culto al Creador; así como cantamos con nuestro espíritu y con nuestros labios corporales, y somos bautizados con agua y Espíritu, y somos unidos al Señor de manera doble, siendo partícipes de los misterios y de la gracia del Espíritu.
    Puesto que, por tanto, Dios es luz espiritual [], y Cristo es llamado en las Escrituras Sol de justicia [] y Oriente naciente, el Oriente es la dirección que ha de asignarse a su culto. Pues todo lo bueno ha de asignarse a Aquel de quien surge todo bien. En efecto, el divino David dice también: Cantad a Dios, reinos de la tierra; cantad alabanzas al Señor; al que cabalga sobre los cielos de los cielos hacia el Oriente. Además, la Escritura dice también: Y Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado []; y cuando transgredió su mandamiento, lo expulsó y lo hizo habitar frente a las delicias del Paraíso, que claramente es el Occidente. Así, pues, adoramos a Dios buscando y anhelando nuestra antigua patria. Además, el tabernáculo de Moisés [] tenía su velo y su propiciatorio hacia el Oriente. También la tribu de Judá, como la más preciosa, acampaba al Oriente []. También en el célebre templo de Salomón la puerta del Señor estaba colocada hacia el oriente. Además, Cristo, cuando pendía de la Cruz, tenía su rostro vuelto hacia el Occidente, y así adoramos, anhelando tras Él. Y cuando fue recibido de nuevo en el Cielo, fue elevado hacia el Oriente, y así le adoran sus apóstoles, y así vendrá otra vez de la manera en que le vieron ir hacia el Cielo []; como el Señor mismo dijo: Como el relámpago sale del Oriente y resplandece hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre [].
    Así, pues, en espera de su venida adoramos hacia el Oriente. Pero esta tradición de los apóstoles no está escrita. Pues mucho de lo que nos ha sido transmitido por tradición no está escrito.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 7 de 9