Diál. 1, cap. 12
«En este monasterio vi a dos ancianos de quienes se decía que ya habían vivido allí cuarenta años y que, de hecho, nunca se habían apartado de él. No creo que deba pasar por alto toda mención de estos hombres, puesto que, en verdad, oí hacer la siguiente afirmación acerca de sus virtudes, según el testimonio del propio abad y de todos los hermanos: que en el caso de uno de ellos, el sol nunca lo vio festejando, y en el caso del otro, el sol nunca lo vio enojado.»
Ante esto, el galo, mirándome, exclama: «Ojalá estuviera ahora presente un amigo tuyo —no quiero mencionar su nombre—; me gustaría mucho que oyera ese ejemplo, pues hemos tenido demasiada experiencia de su amarga ira en las personas de muchísima gente. No obstante, según oigo, últimamente ha perdonado a sus enemigos; y, en estas circunstancias, si oyera la conducta de aquel hombre, se vería cada vez más fortalecido en su proceder perdonador por el ejemplo que así se le pone delante, y sentiría que es una virtud admirable no caer bajo el influjo de la ira. No negaré, ciertamente, que tenía justas razones para su enojo; pero donde la batalla es dura, la corona de la victoria es tanto más gloriosa. Por esta razón, creo, si me permites decirlo, que cierto hombre fue justamente alabado, porque cuando un liberto ingrato lo abandonó, él más bien se compadeció del fugitivo que lanzó invectivas contra él. Y, ciertamente, ni siquiera se enojó con el hombre por quien parece haber sido arrebatado.»
Ante esto, yo observé: «Si Postumiano no nos hubiera dado ese ejemplo de vencer la ira, yo me habría enojado mucho a causa de la partida del fugitivo; pero puesto que no es lícito enojarse, todo recuerdo de tales cosas, en cuanto nos molesta, debe ser borrado de nuestras mentes. Más bien, Postumiano, escuchemos lo que tienes que decir.»
«Lo haré,» dice él, «Sulpicio, lo que pides, pues veo que todos estáis tan deseosos de oírme. Pero recuerda que no dirijo mi discurso sin esperanza de una recompensa mayor; con gusto cumpliré lo que exiges, con tal de que, cuando dentro de poco llegue mi turno, no rehúses lo que pido.»
«Nosotros, ciertamente,» dije yo, «no tenemos nada con lo que podamos corresponder a la obligación que contraeremos contigo incluso sin una retribución mayor. Sin embargo, ordénanos en cuanto a cualquier cosa que hayas pensado, con tal de que satisfagas nuestros deseos, como ya has comenzado a hacer, pues tu discurso nos proporciona verdadero deleite.»
«No escatimaré nada,» dijo Postumiano, de vuestros deseos; y puesto que habéis reconocido la virtud de un recluso, pasaré a relataros algunas pocas cosas acerca de más personas semejantes.