Diál. 2, cap. 1
Pues bien, cuando por primera vez, habiendo dejado las escuelas, me uní al bienaventurado, pocos días después, lo seguíamos de camino a la iglesia. En el camino, un pobre, medio desnudo en aquellos meses de invierno, le salió al encuentro y le rogó que se le diera alguna ropa. Entonces Martín, llamando al arcediano, ordenó que se vistiera sin demora a aquella criatura tiritante. Después, entrando en una estancia privada, y sentándose a solas, como era su costumbre —pues se procuraba este retiro incluso en la iglesia, concediéndose libertad a los clérigos, ya que los presbíteros se sentaban en otra estancia, bien pasando el tiempo en mutuas cortesías, bien ocupados en atender asuntos de negocios—, Martín permanecía en su propio retiro hasta la hora en que la costumbre exigía que se dispensaran los sagrados ritos al pueblo. Y no pasaré por alto este punto: que, cuando se sentaba en su retiro, nunca usaba silla; y, en cuanto a la iglesia, nadie lo vio jamás sentado allí, como recientemente vi a cierto hombre (Dios me es testigo), no sin sentir vergüenza ante el espectáculo, sentado en un trono elevado, más aún, en su altura, una especie de tribunal real; pero a Martín se le podía ver sentado en un rústico taburetillo, como los que usan los más bajos sirvientes, que nosotros, campesinos galos, llamamos tripetes, y que vosotros, los doctos, o al menos los venidos de Grecia, llamáis trípodes. Pues bien, aquel pobre con quien se había topado, como el arcediano tardaba en darle el vestido, irrumpió en aquella estancia privada del bienaventurado, quejándose de que el clérigo no lo había atendido, y lamentándose amargamente del frío que padecía. No hubo demora: el santo varón, mientras el otro no lo observaba, se quitó en secreto la túnica que llevaba debajo de su vestido exterior, y vistiendo con ella al pobre, le dijo que siguiera su camino. Luego, poco después, entrando el arcediano, le informa, según costumbre, de que el pueblo esperaba en la iglesia, y de que le incumbía proceder a la celebración de los sagrados ritos. Martín le respondió que era necesario que el pobre —refiriéndose a sí mismo— fuera vestido, y que no podía de ninguna manera ir a la iglesia, a menos que el pobre recibiera un vestido. Pero el diácono, no comprendiendo la verdadera situación —que Martín, aunque por fuera iba cubierto con una capa, no se le veía desnudo por debajo—, por fin comienza a quejarse de que el pobre no aparece. 'Que se me traiga el vestido que está preparado', dijo Martín, 'no faltará el pobre que necesite ser vestido.' Entonces, por fin, el clérigo, constreñido por la necesidad, y ya de no muy buen humor, procura a toda prisa un vestido áspero en la tienda más cercana, corto y peludo, que costaba solo cinco piezas de plata, y lo arroja, airado, a los pies de Martín. 'Mira', exclama, 'ahí está el vestido, pero el pobre no está aquí.' Martín, sin inmutarse, le manda ir un momento a la puerta, obteniendo así secreto, mientras, en su desnudez, se viste con el vestido, esforzándose con todas sus fuerzas por mantener en secreto lo que había hecho. Pero ¿cuándo permanecen ocultas tales cosas cuando los santos desean que lo estén? Quiérase o no, todo sale a la luz.
Diál. 2, cap. 2
Martín, pues, vestido con este vestido, procede a ofrecer el sacrificio a Dios. Y entonces, aquel mismo día —voy a narrar algo maravilloso—, cuando estaba ocupado en bendecir el altar, como es costumbre, vimos un globo de fuego salir disparado de su cabeza, de modo que, al elevarse, la llama produjo un cabello de extraordinaria longitud. Y, aunque vimos que esto ocurría en un día muy señalado en medio de una gran multitud de gente, solo una de las vírgenes, uno de los presbíteros y únicamente tres de los monjes presenciaron la visión: pero por qué los demás no la contemplaron es asunto que no debe decidirse por nuestro juicio.
Por aquel mismo tiempo, cuando mi tío Evantio, varón muy cristiano, aunque ocupado en los asuntos de este mundo, comenzó a verse afligido por una enfermedad gravísima, con extremo peligro de su vida, envió a buscar a Martín. Y, sin demora alguna, Martín se apresuró hacia él; pero, antes de que el bienaventurado hubiera completado la mitad de la distancia que los separaba, el enfermo experimentó el poder del que venía; y, recobrada al punto la salud, él mismo salió a nuestro encuentro mientras nos acercábamos. Con muchos ruegos retuvo a Martín, que deseaba volver a casa al día siguiente; pues, entretanto, una serpiente había herido con golpe mortal a un muchacho de la familia de mi tío; y el propio Evantio, sobre sus hombros, lo llevó casi sin vida por la fuerza del veneno, y lo depositó a los pies del santo varón, creyendo que nada le era imposible. Para entonces, la serpiente había difundido su veneno por todos los miembros del muchacho: se podía ver su piel hinchada en todas las venas, y sus entrañas tensas como un odre. Martín extendió la mano, palpó todos los miembros del muchacho y colocó el dedo junto a la pequeña herida por la que el animal había instilado el veneno. Entonces, en verdad —voy a contar cosas maravillosas—, vimos que todo el veneno, extraído de todas las partes del cuerpo, se reunía rápidamente en el dedo de Martín; y a continuación contemplamos cómo el veneno mezclado con sangre salía a presión por la pequeña punción de la herida, así como un largo hilillo de leche abundante suele manar de las ubres de las cabras o de las ovejas, cuando estas son ordeñadas por la mano de los pastores. El muchacho se levantó completamente sano. Quedamos asombrados ante tan notable milagro; y reconocimos —como, en efecto, la verdad nos obligaba a hacerlo— que no había nadie bajo el cielo capaz de igualar las obras de Martín.
Diál. 2, cap. 3
Del mismo modo, algún tiempo después, hicimos un viaje con él mientras visitaba las diversas parroquias de su diócesis. Él se había adelantado un poco solo, obligándonos a quedarnos atrás no sé qué necesidad. Entretanto, un carruaje del Estado, lleno de soldados, venía por el camino público. Pero cuando las bestias que iban cerca vieron a Martín con su vestido peludo, cubierto además por una larga capa negra, asustadas, se desviaron un poco en dirección contraria. Entonces, enredándose las riendas, desordenaron aquellas filas extendidas en que, como habéis visto a menudo, se mantienen unidas aquellas desdichadas bestias; y como con dificultad se las reordenaba, se causó, naturalmente, retraso a aquellos hombres que se apresuraban hacia adelante. Enfurecidos por esta injuria, los soldados, de un salto apresurado, saltaron a tierra. Y entonces comenzaron a golpear a Martín con látigos y palos; y como él, en silencio y con increíble paciencia, ofrecía su espalda a los golpes, esto excitó mayor furia en aquellos desdichados, pues se volvían tanto más violentos cuanto que él, como si no sintiera los golpes que le llovían, parecía despreciarlos. Cayó casi sin vida a tierra; y nosotros, al poco, lo encontramos cubierto de sangre y herido en todas las partes del cuerpo. Levantándolo sin demora y colocándolo sobre su propio asno, mientras execrábamos el lugar de aquel cruel derramamiento de sangre, nos alejamos a toda prisa. Entretanto, los soldados, habiendo vuelto a su carruaje, después de saciado su furor, instan a las bestias a proseguir en la dirección en que iban. Pero todas permanecen clavadas en el sitio, tiesas como si fueran estatuas de bronce, y aunque sus amos les gritan, y el chasquido de los látigos resuena por todas partes, los animales no se mueven. Entonces todos se ponen a azotar; y, a fuerza de castigar a las mulas, agotan cuantos látigos galos llevaban. Se despoja el bosque entero de los alrededores, y las bestias reciben palazos enormes; pero aquellas manos crueles nada consiguen: los animales siguen inmóviles en el mismo punto, como estatuas fijas. Los desdichados no sabían qué hacer, y ya no podían ocultarse a sí mismos que, de algún modo u otro, había un poder superior obrando en las entrañas de aquellas bestias, de manera que, en realidad, estaban retenidas por la intervención de una divinidad. Por fin, pues, volviendo en sí, comenzaron a preguntar quién era aquel a quien poco antes habían azotado en aquel mismo lugar; y cuando, prosiguiendo la indagación, supieron por los del camino que era Martín el que había sido tan cruelmente golpeado por ellos, entonces, en verdad, la causa de su desgracia se hizo manifiesta a todos; y ya no pudieron dudar de que eran retenidos a causa de la injuria hecha a aquel hombre. En consecuencia, todos corren tras nosotros a toda velocidad y, conscientes de lo que habían hecho y merecido, abrumados de vergüenza, llorando, y con las cabezas y los rostros manchados con el polvo que ellos mismos se habían echado sobre los cuerpos, se arrojan a los pies de Martín, implorando su perdón y rogándole que les permitiera proseguir. Añadieron que ya habían sido suficientemente castigados por su sola conciencia, y que sentían hondamente que la tierra podría tragárselos vivos en aquel mismo lugar, o más bien que ellos, perdiendo todo sentido, justamente podrían quedar rígidos como rocas inmóviles, tal como habían visto a sus bestias de carga clavadas en los lugares donde estaban; pero suplicaban y rogaban que les extendiera el perdón por su crimen y les permitiera seguir su camino. El bienaventurado, antes de que llegaran hasta nosotros, se había dado cuenta de que estaban detenidos, y ya nos había informado del hecho; sin embargo, bondadosamente les concedió el perdón; y, devolviéndoles los animales, les permitió continuar su viaje.
Diál. 2, cap. 4
Muchas veces he observado esto, Sulpicio, que Martín solía decirte que tal abundancia de poder no se le concedía en modo alguno siendo obispo, como recordaba haber poseído antes de obtener ese oficio. Ahora bien, si esto es cierto, o más bien, puesto que es cierto, podemos imaginar cuán grandes fueron aquellas cosas que, siendo aún monje, realizó, y que, sin testigo alguno, efectuó a solas; puesto que hemos visto que, siendo obispo, obró tan grandes prodigios ante los ojos de todos. Muchas, sin duda, de sus antiguas hazañas fueron conocidas en el mundo y no pudieron ocultarse, pero se dice que fueron innumerables las que, mientras evitaba la jactancia, mantuvo ocultas y no permitió que llegaran al conocimiento de los hombres; pues, en la medida en que superaba las capacidades del simple hombre, consciente de su propia eminencia y pisoteando la gloria mundana, se contentaba con tener simplemente al cielo por testigo de sus obras. Que esto es cierto podemos juzgarlo incluso por estas cosas que nos son bien conocidas y no pudieron ocultarse; puesto que, por ejemplo, antes de ser obispo devolvió la vida a dos muertos, hechos de los que tu libro ha tratado con bastante amplitud, pero, siendo obispo, solo resucitó a uno, punto que me sorprende que no hayas notado. Yo mismo soy testigo de este último suceso; pero, probablemente, no tienes dudas de que el asunto esté debidamente atestiguado. En todo caso, te expondré el asunto tal como ocurrió. Por alguna razón, no sé cuál, íbamos de camino a la ciudad de los Carnutes. Entretanto, al pasar por cierta aldea muy populosa en habitantes, una enorme multitud salió a nuestro encuentro, compuesta enteramente de paganos; pues nadie en aquella aldea conocía a un cristiano. No obstante, a causa de la fama de la llegada de tan gran varón, una multitud de los que acudían a un punto había llenado todas las amplias llanuras que se extendían. Martín sintió que debía realizarse alguna obra; y como el espíritu dentro de él lo movía así, se sintió profundamente conmovido. Al punto comenzó a predicar a los paganos la palabra de Dios, tan completamente distinta de la del hombre, gimiendo a menudo de que tan gran multitud ignorara al Señor Salvador. Entretanto, mientras una increíble multitud nos rodeaba, cierta mujer, cuyo hijo había muerto recientemente, comenzó a presentar, con las manos extendidas, el cuerpo sin vida al bienaventurado, diciendo: «Sabemos que eres amigo de Dios: devuélveme a mi hijo, que es mi único hijo.» El resto de la multitud se unió a ella y añadió sus ruegos a los de la madre. Martín, percibiendo, como después nos dijo, que podía manifestar poder, para la salvación de los que esperaban su manifestación, recibió en sus propias manos el cuerpo del difunto; y cuando, a la vista de todos, se hubo arrodillado, y luego se levantó, terminada su oración, devolvió a su madre al niño vuelto a la vida. Entonces, en verdad, toda la multitud, elevando un grito al cielo, reconoció a Cristo como Dios, y finalmente comenzó a precipitarse en masa hacia las rodillas del bienaventurado, implorando sinceramente que los hiciera cristianos. Y no tardó en hacerlo. Como estaban en medio de la llanura, los hizo a todos catecúmenos, imponiendo la mano sobre todos ellos; mientras, al mismo tiempo, volviéndose hacia nosotros, dijo que no sin razón eran hechos catecúmenos en aquella llanura donde los mártires solían ser consagrados.
Diál. 2, cap. 5
«Has vencido, oh galo,» dijo Postumiano, «has vencido, aunque ciertamente no a mí, que soy, por el contrario, un defensor de Martín, y que siempre he conocido y creído todas estas cosas acerca de aquel hombre; pero has vencido a todos los ermitaños y anacoretas. Pues ninguno de ellos, como tu amigo, o más bien nuestro amigo, Martín, tuvo dominio sobre muertes de toda clase. Y Sulpicio allí justamente lo comparó con los apóstoles y profetas, en cuanto el poder de su fe y las obras realizadas por su poder dan testimonio de que fue en todo semejante a ellos. Pero continúa, te lo ruego, aunque no podamos oír nada más admirable de lo que hemos oído; aun así, continúa, oh galo, a exponer lo que aún te queda por decir sobre Martín. Pues el ánimo está ansioso por conocer aun las más pequeñas y comunes de sus acciones, ya que no hay duda de que las menores de sus obras superan las mayores hazañas de otros.»
"Lo haré," responde el galo, pero yo mismo no fui testigo de lo que voy a relatar, pues sucedió antes de que me asociara a Martín; sin embargo, el hecho es bien conocido, habiendo sido difundido por el mundo mediante los relatos de fieles hermanos que estuvieron presentes en la ocasión. Pues bien, justo en la época en que fue nombrado obispo por primera vez, surgió la necesidad de visitar la corte imperial. Valentiniano el mayor estaba entonces al frente de los asuntos. Cuando supo que Martín pedía cosas que no se inclinaba a conceder, ordenó que se le impidiera entrar por las puertas del palacio. Además de su propio temperamento adusto y altanero, su esposa Arriana lo había instado a ello, y lo había enajenado por completo del santo varón, para que no le mostrara el respeto que se le debía. Martín, en consecuencia, después de haber intentado una y otra vez conseguir una entrevista con el altivo príncipe, recurrió a sus armas bien conocidas: se viste de cilicio, esparce ceniza sobre su persona, se abstiene de comer y beber, y se entrega noche y día a la oración continua. Al séptimo día, un ángel se le apareció y le dice que vaya con confianza al palacio, pues las puertas reales, aunque cerradas contra él, se abrirían por sí solas, y que el espíritu altivo del emperador se ablandaría. Martín, por tanto, animado por las palabras del ángel que así se le apareció, y confiando en su ayuda, fue al palacio. Las puertas estaban abiertas, y nadie se opuso a su entrada; de modo que, entrando, llegó por fin a la presencia del rey, sin que nadie intentara impedírselo. El rey, sin embargo, viéndolo de lejos mientras se acercaba, y rechinando los dientes porque había sido admitido, no se dignó en absoluto levantarse cuando Martín avanzaba, hasta que el fuego cubrió el asiento real, y hasta que las llamas se apoderaron de una parte de la persona real. De este modo, el altivo monarca es expulsado de su trono, y, muy contra su voluntad, se levanta para recibir a Martín. Incluso dio muchos abrazos al hombre que antes había decidido despreciar, y, llegando a un mejor estado de ánimo, confesó que percibía el ejercicio del poder divino; sin siquiera esperar a escuchar las peticiones de Martín, concedió todo lo que deseaba antes de que se lo pidieran. Después, el rey invitó a menudo al santo varón tanto a conferencias como a banquetes; y, al final, cuando estaba a punto de partir, le ofreció muchos presentes, los cuales, sin embargo, el bienaventurado, manteniendo celosamente su pobreza, rechazó totalmente, como hacía en todas las ocasiones similares.
Diál. 2, cap. 6
«Y como hemos entrado de una vez por todas en el palacio, ensartaré los acontecimientos que allí tuvieron lugar, aunque ocurrieron en tiempos distintos. Y, en verdad, no me parece justo pasar por alto el ejemplo de admiración hacia Martín mostrado por una reina fiel. Máximo gobernaba entonces el Estado, varón digno de ser ensalzado en toda su vida, si tan solo se le hubiera permitido rechazar una corona que la soldadesca le impuso en un tumulto ilegal, o hubiera podido mantenerse al margen de la guerra civil. Pero el hecho es que un gran imperio no puede rechazarse sin peligro, ni conservarse sin guerra. Con frecuencia mandaba llamar a Martín, lo recibía en el palacio y lo trataba con honor; toda su conversación con él versaba sobre las cosas presentes, las venideras, la gloria de los fieles y la inmortalidad de los santos; mientras tanto, la reina pendía de los labios de Martín y, no inferior a la mencionada en el Evangelio, lavaba los pies del santo varón con lágrimas y los enjugaba con los cabellos de su cabeza. Martín, aunque ninguna mujer lo había tocado hasta entonces, no podía escapar de su asiduidad, o más bien de sus serviles atenciones. Ella no pensaba en la riqueza del reino, la dignidad del imperio, la corona ni la púrpura; solamente tendida en el suelo, no podía ser apartada de los pies de Martín. Al fin ruega a su esposo (diciendo que ambos deben obligar a Martín a consentir) que todos los demás sirvientes sean apartados del santo varón, y que ella sola lo atienda en las comidas. Y el bienaventurado no pudo negarse con demasiada obstinación. Su modesto refrigerio es preparado por las manos de la reina; ella misma le arregla el asiento, le coloca la mesa, le proporciona agua para las manos y sirve la comida que ella misma había cocinado. Mientras él comía, ella, con los ojos fijos en el suelo, permanecía inmóvil a distancia, a la manera de los esclavos, mostrando en todo la modestia y humildad de una sierva que sirve. Ella misma le mezclaba la bebida y se la presentaba. Terminada la comida, recogía los fragmentos y migajas del pan que se había usado, prefiriendo con verdadera fidelidad estos restos a los banquetes imperiales. ¡Mujer bienaventurada! Digna, por la manifestación de tan gran piedad, de ser comparada con aquella que vino de los confines de la tierra a oír a Salomón, si atendemos solo a la letra llana de la historia. Pero la fe de las dos reinas debe compararse (y concédaseme decir esto, dejando de lado la majestad de la verdad secreta implícita): la una obtuvo su deseo de oír a un sabio; la otra fue considerada digna no solo de oír a un sabio, sino de servirlo.»
Diál. 2, cap. 7
A estas palabras responde Postumiano: «Mientras te escucho, oh galo, hace tiempo que admiro la fe de la reina; pero ¿a qué conduce esa afirmación tuya de que se dice que ninguna mujer estuvo jamás más cerca de Martín? Pues consideremos que esa reina no solo estuvo cerca de él, sino que incluso lo sirvió. Realmente temo que aquellas personas que se mezclan libremente entre mujeres se defiendan en alguna medida con ese ejemplo.»
Entonces dijo el galo: «¿Por qué no observas, como suelen enseñarnos los gramáticos, el lugar, el tiempo y la persona? Pues solo pon ante tus ojos el cuadro de uno retenido en el palacio del emperador, importunado por ruegos, constreñido por la fe de la reina y obligado por las necesidades del momento a hacer todo lo posible para liberar a los encarcelados, restituir a los desterrados y recuperar los bienes arrebatados: ¿de cuánta importancia crees que debieron parecer estas cosas a un obispo, para que, a fin de lograrlas todas, cediera no poco del rigor de su plan general de vida? Sin embargo, como piensas que algunos harán mal uso del ejemplo así proporcionado, solo diré que serán verdaderamente felices si no se quedan cortos de la excelencia del ejemplo en cuestión. Pues que consideren que los hechos del caso son estos: una sola vez en su vida, y eso cuando estaba en su septuagésimo año, fue Martín servido y atendido en sus comidas, no por una viuda de carácter libre, ni por una virgen desvergonzada, sino por una reina, que vivía bajo la autoridad de un esposo, y que era apoyada en su conducta por los ruegos de su esposo, para que se le permitiera actuar así. Además, debe observarse que ella no se recostó con Martín en el banquete, ni se atrevió siquiera a participar del festín, sino que simplemente prestó sus servicios atendiendo. Aprende, pues, el camino correcto; que una matrona te sirva, y no te domine; y que sirva, pero no se recueste contigo; así como Marta, de quien leemos, servía al Señor sin ser llamada a participar en el festín: más aún, la que eligió simplemente oír la palabra fue preferida a la que servía. Pero en el caso de Martín, la reina mencionada cumplió ambas partes: sirvió como Marta y escuchó como María. Si alguien, entonces, desea hacer uso de este ejemplo, que se atenga a él en todos los detalles; que la causa sea la misma, la persona la misma, el servicio el mismo y el banquete el mismo—y que la cosa ocurra una sola vez en toda la vida.»
Diál. 2, cap. 8
«¡Admirablemente!,» exclamó Postumiano, «tu discurso ata a aquellos amigos nuestros para que no vayan más allá del ejemplo de Martín; pero te confieso mi creencia de que estas observaciones tuyas caerán en oídos sordos. Pues si siguiéramos los caminos de Martín, nunca necesitaríamos defendernos en el caso de los besos, y estaríamos libres de todos los reproches de una opinión siniestra. Pero como sueles decir, cuando se te acusa de ser demasiado aficionado a comer, 'Somos galos', así nosotros, que vivimos en este distrito, nunca seremos reformados ni por el ejemplo de Martín ni por tus disertaciones. Pero mientras hemos estado discutiendo estos puntos tan extensamente, ¿por qué tú, Sulpicio, guardas un silencio tan obstinado?»
—Pues bien, por mi parte —respondí yo—, no solo guardo silencio, sino que desde hace tiempo he decidido callar sobre tales puntos. Porque, por haber reprendido a cierta viuda acicalada y callejera, que vestía con lujo y vivía de manera algo licenciosa, y también a una virgen que seguía de modo bastante indecente a cierto joven que me era querido—aunque, a decir verdad, a menudo la había oído culpar a otras que actuaban de semejante manera—, me atraje tal grado de odio de parte de todas las mujeres y de todos los monjes, que ambos bandos emprendieron contra mí una guerra jurada. Por lo cual, os ruego que os calléis, no sea que incluso lo que estamos diciendo sirva para aumentar su animosidad hacia mí. Borremos por completo a estas personas de nuestra memoria, y volvamos más bien a Martín. Tú, amigo galo, como has comenzado, lleva a cabo la obra que has emprendido.
Entonces dice él: Realmente ya os he contado tantas cosas que mi discurso debería haber satisfecho vuestros deseos; pero, como no me es lícito negarme a cumplir vuestros deseos, seguiré hablando mientras dure el día. Pues, en verdad, cuando miro esa paja que se está preparando para nuestros lechos, me viene a la memoria un recuerdo respecto a la paja sobre la que Martín se había acostado, de que se obró un milagro en relación con ella. El asunto ocurrió de la siguiente manera. Claudiomagus es una aldea en los confines de los Bituriges y los Turoni. La iglesia allí es célebre por la piedad de los santos, y no es menos ilustre por la multitud de las santas vírgenes. Pues bien, Martín, que solía pasar por allí, tenía un aposento en la parte privada de la iglesia. Después de que él se marchaba, todas las vírgenes solían precipitarse a aquel retiro: besaban todos los lugares donde el bienaventurado se había sentado o puesto de pie, y se repartían entre sí la mismísima paja sobre la que él se había acostado. Una de ellas, pocos días después, tomó una parte de la paja que había recogido para bendición propia, y la colgó del cuello de un endemoniado a quien un espíritu de error atormentaba. No hubo demora; antes de que uno pudiera hablar, el demonio fue expulsado y la persona quedó curada.
Diál. 2, cap. 9
Por el mismo tiempo, una vaca a la que un demonio acosaba se encontró con Martín cuando regresaba de Tréveris. Esa vaca, dejando su propio rebaño, solía atacar a los seres humanos, y ya había corneado gravemente a muchos con sus cuernos. Ahora, cuando se acercaba a nosotros, los que la seguían de lejos comenzaron a advertirnos, a gritos, que tuviéramos cuidado. Pero después de que en gran furia se hubo acercado bastante a nosotros, con rabia en los ojos, Martín, levantando la mano, ordenó al animal que se detuviera, y ella inmediatamente se quedó inmóvil ante su palabra. Entonces, Martín percibió un demonio sentado sobre su lomo, y reprendiéndolo, exclamó: 'Vete, ser mortal; deja a la inocente bestia, y cesa ya de atormentarla.' El espíritu maligno obedeció y se fue. Y la novilla tuvo bastante entendimiento para comprender que había sido liberada; pues, restablecida la paz en ella, cayó a los pies del santo varón; y como Martín le indicara, se dirigió a su propio rebaño y, más tranquila que cualquier oveja, se unió al resto de la manada. Esta fue también la ocasión en que no tuvo sensación de quemarse, aunque fue puesto en medio de las llamas; pero no creo necesario dar cuenta de esto, porque Sulpicio, aunque lo pasa por alto en su libro, lo ha narrado con bastante amplitud en la epístola que envió a Eusebio, que entonces era presbítero y ahora es obispo. Creo, Postumiano, que o bien has leído esta carta, o, si aún no la conoces, puedes obtenerla fácilmente, cuando quieras, del armario de libros. Me limitaré a narrar los detalles que él ha omitido.
Pues bien, en cierta ocasión, cuando recorría las diversas parroquias, nos topamos con un grupo de cazadores. Los perros perseguían a una liebre, y el pequeño animal estaba ya muy agotado por la larga carrera que había tenido. Cuando no percibía medio de escape en las llanuras que se extendían por todos lados, y varias veces estuvo a punto de ser capturada, intentaba retrasar la muerte amenazadora con frecuentes quiebros. Ahora el bienaventurado compadeció el peligro de la criatura con sentimientos piadosos, y ordenó a los perros que dejaran de perseguirla y que le permitieran escapar sana y salva. Al instante, a la primera orden que oyeron, se quedaron completamente quietos: se habría dicho que estaban atados, o más bien detenidos, de modo que permanecían inmóviles en sus propias huellas. De esta manera, por haberse detenido los perseguidores como si estuvieran atados juntos, la liebre escapó sana y salva.
Diál. 2, cap. 10
Además, valdrá la pena relatar también algunas de sus expresiones familiares, ya que todas estaban sazonadas con instrucción espiritual. Ocurrió que vio una oveja que había sido recién esquilada; y, 'Mira', dice él, 'ha cumplido el precepto del Evangelio: tenía dos túnicas, y una de ellas la ha dado a quien no tenía ninguna: así, pues, debéis hacer también vosotros.' También, cuando vio a un porquero con un vestido de piel, aterido y, de hecho, casi desnudo, exclamó: 'Mira a Adán, expulsado del Paraíso, cómo apacienta sus cerdos con un vestido de piel; pero nosotros, dejando de lado a aquel viejo Adán que aún permanece en ese hombre, vistámonos más bien del nuevo Adán.' Los bueyes, en una parte, se habían comido la hierba de los prados; los cerdos también habían hozado algunas porciones con sus hocicos; mientras que la porción restante, que continuaba intacta, florecía como pintada con flores de variados tintes. 'Esa parte', dijo él, 'que ha sido comida por el ganado, aunque no ha perdido del todo la belleza de la hierba, sin embargo no conserva la grandeza de las flores, nos ofrece una representación del matrimonio; aquella parte, de nuevo, que los cerdos, animales inmundos, habían hozado, presenta una imagen repugnante de la fornicación; mientras que la porción restante, que no había sufrido daño, manifiesta la gloria de la virginidad—florece con abundancia de hierba; los frutos del campo abundan en ella; y, adornada con flores hasta el extremo de la belleza, brilla como si estuviera engalanada con gemas relucientes. Bienaventurada es tal belleza y digna de Dios; pues nada puede compararse con la virginidad. Así, pues, aquellos que ponen el matrimonio al lado de la fornicación yerran gravemente; y aquellos que piensan que el matrimonio debe ponerse en pie de igualdad con la virginidad son completamente miserables y necios. Pero esta distinción debe ser mantenida por los sabios: que el matrimonio pertenece a las cosas que pueden excusarse, mientras que la virginidad apunta a la gloria, y la fornicación debe incurrir en castigo a menos que su culpa sea purgada mediante la expiación.'
Diál. 2, cap. 11
[Cierto] soldado había renunciado a la vida militar en la Iglesia, profesándose monje, y se había construido una celda para sí a cierta distancia en el desierto, como con el propósito de llevar vida de ermitaño. Pero con el tiempo el astuto adversario atormentó su naturaleza poco espiritual con diversos pensamientos, de modo que, cambiando de parecer, expresara el deseo de que su esposa, a quien Martín había ordenado tener un lugar en el monasterio de las jóvenes, habitara más bien con él. El valeroso ermitaño, por tanto, visita a Martín y le da a conocer lo que tenía en su mente. Pero Martín negó con gran firmeza que una mujer pudiera, de manera incoherente, unirse de nuevo a un hombre que ya era monje y no esposo. Al fin, insistiendo el soldado en el punto en cuestión; afirmando que ningún mal se seguiría de llevar a cabo su propósito; que simplemente deseaba poseer el consuelo de la compañía de su esposa; y que no había temor de que volviera a sus antiguas ocupaciones; añadiendo que él era soldado de Cristo, y que ella también había prestado juramento de fidelidad en el mismo servicio; y que, por tanto, el obispo debía permitir que sirvieran juntos como soldados personas que eran santas y que, en virtud de su fe, ignoraban por completo la cuestión del sexo—entonces Martín (voy a repetiros sus mismas palabras) exclamó: 'Dime si alguna vez has estado en la guerra, y si alguna vez has estado en la línea de batalla'. En respuesta dijo: 'Con frecuencia; a menudo he estado en la línea de batalla, y he estado presente en la guerra'. A esto Martín responde: 'Pues bien, dime, ¿viste alguna vez en una línea que estaba preparada con armas para la batalla, o que, habiendo ya avanzado cerca, luchaba contra un ejército hostil con la espada desenvainada—viste alguna vez a una mujer de pie allí, o luchando?' Entonces, por fin, el soldado se turbó y se ruborizó, al tiempo que daba gracias de que no se le hubiera permitido seguir su propio mal consejo, y al mismo tiempo de no haber sido corregido con lenguaje áspero alguno, sino con una analogía verdadera y racional, relacionada con la persona de un soldado. Martín, por su parte, volviéndose hacia nosotros (pues una gran multitud de hermanos lo rodeaba), dijo: 'No entre una mujer en el campamento de los hombres, sino que la línea de los soldados permanezca separada, y que las mujeres, morando en su propia tienda, estén lejos de la de los hombres. Pues esto hace ridículo a un ejército, si una multitud de mujeres se mezcla con los regimientos de hombres. Ocupe el soldado la línea, luche el soldado en la llanura, pero la mujer manténgase dentro de la protección de los muros. Ella, ciertamente, tiene también su propia gloria, si, ausente su esposo, conserva su castidad; y la primera excelencia, así como la victoria consumada de aquella, es que no sea vista.'
Diál. 2, cap. 12
Creo, mi querido Sulpicio, que recuerdas con qué énfasis nos ensalzó (estando tú también presente) a aquella virgen que de tal modo se había apartado de los ojos de todos los hombres, que no admitió a su presencia ni al propio Martín, cuando este quiso visitarla en el cumplimiento de su deber. Pues, al pasar junto a la pequeña propiedad, dentro de la cual se había recluido castamente durante varios años, habiendo oído de su fe y excelencia, se desvió de su camino para, como obispo, honrar con piadoso respeto un don de tan eminente mérito. Nosotros, que viajábamos con él, pensábamos que aquella virgen se alegraría, por cuanto iba a obtener tal testimonio de su virtud, mientras un sacerdote de tan gran reputación, apartándose de su acostumbrado rigor de conducta, le hacía una visita. Pero ella no relajó aquellos vínculos de un severísimo método de vida, que se había impuesto a sí misma, ni siquiera permitiéndose ver a Martín. Y así, el bienaventurado, habiendo recibido, por medio de otra mujer, su digna de alabanza disculpa, se alejó gozoso de las puertas de aquella que no había permitido ser vista ni saludada. ¡Oh virgen gloriosa, que no permitiste que ni siquiera Martín te mirara! ¡Oh bienaventurado Martín, que no consideraste aquel rechazo como injuria alguna para ti, sino que, ensalzando con corazón exultante su excelencia, te regocijaste en un ejemplo demasiado raro en aquella localidad! Pues bien, cuando la noche que se acercaba nos obligó a quedarnos a no gran distancia de su humilde morada, aquella misma virgen envió un presente al bienaventurado; y Martín hizo lo que nunca antes había hecho (pues no aceptaba presente ni regalo de nadie): no rechazó nada de lo que la estimable virgen le había enviado, declarando que su bendición de ningún modo debía ser rechazada por un sacerdote, ya que ella, en verdad, debía ser antepuesta a muchos sacerdotes. Escuchen, os ruego, las vírgenes ese ejemplo, para que, si desean cerrar sus puertas a los malvados, las cierren incluso contra los buenos; y para que los malintencionados no tengan libre acceso a ellas, no teman excluir incluso a los sacerdotes de su compañía. Escuche atentamente el mundo entero esto: una virgen no permitió que Martín la mirara. Y no fue un sacerdote común a quien ella rechazó, sino que la doncella rehusó ponerse ante los ojos de un hombre a quien era salvación de los que lo contemplaban el mirarlo. Pero ¿qué sacerdote, aparte de Martín, no habría considerado esto como una injuria hecha a él? ¿Qué irritación y furia habría concebido en su mente contra aquella virgen? La habría tenido por hereje; y habría resuelto que fuera puesta bajo anatema. ¡Y con cuánta seguridad habría preferido un hombre tal a aquella alma bendita las vírgenes que siempre se ponen en el camino del sacerdote, que preparan suntuosos banquetes y que se reclinan a la mesa con los demás! Pero ¿adónde me lleva mi discurso? Esa manera de hablar algo demasiado libre debe ser refrenada, no sea que acaso ofenda a algunos; pues las palabras de reproche no aprovecharán a los infieles, mientras que el ejemplo citado será suficiente para los fieles. Al mismo tiempo, deseo ensalzar de tal modo la virtud de esta virgen, que, no obstante, piense que no ha de restarse nada a la excelencia de aquellas otras que a menudo vinieron de regiones remotas con el propósito de ver a Martín, pues, en verdad, con el mismo objeto a la vista, incluso ángeles visitaron con frecuencia al bienaventurado.
Diál. 2, cap. 13
«Pero en lo que ahora voy a narrar te tengo, Sulpicio» (aquí me miró) como testigo. Un día, yo y Sulpicio estábamos allí velando ante la puerta de Martín, y ya habíamos permanecido sentados en silencio durante varias horas. Lo hacíamos con profundo respeto y temor, como si cumpliéramos una vigilia prescrita ante la tienda de un ángel; mientras, todo el tiempo, estando cerrada la puerta de su celda, él no sabía que estábamos allí. Entre tanto, oímos el sonido de personas conversando, y poco a poco nos llenamos de una especie de temor y asombro, pues no podíamos dejar de percibir que algo divino estaba sucediendo. Después de casi dos horas, Martín sale a nosotros; y entonces nuestro amigo Sulpicio (pues nadie estaba acostumbrado a hablarle con más familiaridad) comenzó a rogarle que nos diera a conocer, indagando piadosamente sobre el asunto, qué significaba aquella especie de temor divino que confesábamos haber sentido ambos, y con quién había estado conversando en su celda. Añadimos que, al estar de pie ante la puerta, sin duda habíamos oído un sonido débil de personas hablando, pero apenas lo habíamos entendido. Entonces él, después de una larga demora (pero en realidad no había nada que Sulpicio no pudiera arrancarle incluso contra su voluntad: voy a relatar cosas algo difíciles de creer, pero, como Cristo es mi testigo, no miento, a menos que alguien sea tan impío como para pensar que el propio Martín mintió) dijo: 'Te lo diré a ti, pero te ruego que no lo cuentes a nadie más. Inés, Tecla y María estaban allí conmigo.' Luego procedió a describirnos el rostro y el aspecto general de cada una. Y reconoció que, no solo aquel día, sino con frecuencia, recibía visitas de ellas. Ni negó que también Pedro y Pablo, los apóstoles, eran vistos por él con bastante frecuencia. Además, solía reprender a los demonios por sus nombres particulares, según acudían a él cada uno. Encontraba a Mercurio causa de especial molestia, mientras decía que Júpiter era estúpido y torpe. Sé que estas cosas parecían increíbles incluso a muchos que moraban en el mismo monasterio; y mucho menos puedo esperar que todos los que simplemente oigan hablar de ellas las crean. Pues si Martín no hubiera vivido una vida tan inestimable y mostrado tal excelencia, de ningún modo sería considerado entre nosotros como dotado de tan gran gloria. Y, sin embargo, no es en absoluto extraño que la debilidad humana dudara de las obras de Martín, cuando vemos que muchos en la actualidad ni siquiera creen en los Evangelios. Pero nosotros mismos hemos tenido conocimiento y experiencia personal de que los ángeles a menudo aparecían y hablaban familiarmente con Martín. En relación con esto, voy a narrar un asunto, de poca importancia ciertamente, pero aun así lo expondré. Se celebró un sínodo, compuesto de obispos, en Nemauso, y aunque él se había negado a asistir, deseaba sin embargo saber lo que se hacía en él. Sucedió que nuestro amigo Sulpicio estaba entonces a bordo de un barco con él, pero, como era su costumbre, se mantenía apartado de los demás, en una parte retirada de la embarcación. Allí un ángel le anunció lo que había sucedido en el sínodo. Y cuando, después, indagamos cuidadosamente el tiempo en que se celebró el concilio, hallamos, fuera de toda duda, que aquel era precisamente el día del concilio, y que allí fueron decretadas por los obispos las cosas que el ángel había anunciado a Martín.
Diál. 2, cap. 14
«Pero cuando le preguntamos acerca del fin del mundo, nos dijo que Nerón y el Anticristo han de venir primero; que Nerón reinará en la parte occidental del mundo, después de haber sometido a diez reyes; y que una persecución será llevada a cabo por él, con el fin de obligar a los hombres a adorar los ídolos de los gentiles. Dijo también que el Anticristo, por otra parte, se apoderaría primero del imperio de Oriente, teniendo su sede y la capital de su reino en Jerusalén; y que tanto la ciudad como el templo serían restaurados por él. Añadió que su persecución tendría por objeto obligar a los hombres a negar a Cristo como Dios, mientras que él sostenía más bien que él mismo era Cristo, y ordenaba que todos los hombres fueran circuncidados, según la ley. Dijo además que Nerón había de ser destruido por el Anticristo, y que todo el mundo, y todas las naciones, habían de ser reducidos bajo el poder del Anticristo, hasta que aquel impío fuera derribado por la venida de Cristo. Nos dijo también que no había duda de que el Anticristo, habiendo sido concebido por un espíritu maligno, ya había nacido, y había llegado ya a los años de la niñez, mientras que asumiría el poder tan pronto como alcanzara la edad apropiada. Ahora bien, este es el octavo año desde que oímos estas palabras de sus labios: podéis conjeturar, pues, cuán próximas a suceder están las cosas que se temen en el futuro.»
Mientras nuestro amigo el galo hablaba así con énfasis, y aún no había terminado lo que se proponía relatar, entró un criado de la casa con el anuncio de que el presbítero Refrigerio estaba en la puerta. Empezamos a dudar si sería mejor oír más al galo, o ir a dar la bienvenida a aquel hombre a quien tanto amábamos, y que había venido a presentarnos sus respetos, cuando nuestro amigo el galo observó: «Aunque este santísimo sacerdote no hubiera llegado, esta conversación nuestra habría tenido que interrumpirse, pues la llegada de la noche nos urgía por sí misma a terminar el discurso que se ha prolongado hasta ahora. Pero, en tanto que todas las cosas relativas a las excelencias de Martín de ningún modo han sido aún mencionadas, baste para hoy lo que habéis oído: mañana proseguiremos con lo que queda.» Siendo esta promesa de nuestro amigo galo igualmente aceptable para todos nosotros, nos levantamos.
Comentario editorial · Nerón y el Anticristo
Martín anunciaba, según su discípulo, que antes del fin vendrían Nerón, que reinaría en Occidente tras someter a diez reyes y perseguiría a los cristianos, y el Anticristo, que tomaría Oriente desde Jerusalén y destruiría a Nerón; el narrador añade que han pasado ocho años desde que lo oyó. La Historia sagrada (II, 29) cuenta que Nerón desapareció sin que se hallara su cuerpo y que se creyó que su herida mortal sanó, según Apocalipsis 13:3, para volver cerca del fin. Wikipedia (en) explica que la creencia en el regreso de Nerón (Nero redivivus) circulaba desde el siglo I, que entre los cristianos se asoció con el Anticristo y que Sulpicio la recoge en dos escritos de 403 y 404; cita también a Comodiano, Victorino de Pettau y Lactancio como testigos de la misma idea.