Hist. II, cap. 9
Entretanto, aquellos judíos que, como hemos dicho arriba, volvieron a su patria con permiso de Ciro, intentaron restaurar su ciudad y su templo. Pero, siendo pocos y pobres, avanzaron poco, hasta que por fin, al cabo de unos cien años, reinando Artajerjes sobre los persas, fueron disuadidos por completo de construir por los que tenían autoridad local. Pues en aquel tiempo Siria y toda Judea eran gobernadas bajo el imperio de los persas por magistrados y gobernadores. En consecuencia, éstos acordaron escribir al rey Artajerjes que no era conveniente conceder a los judíos la oportunidad de reedificar su ciudad, no fuera que, conforme a su carácter obstinado, y acostumbrados a dominar a otras naciones, al recobrar fuerzas no se resignaran a vivir bajo el dominio de un poder extranjero. Así, aprobado por el rey el plan de los gobernantes, se detuvo la edificación de la ciudad y se la difirió hasta el año segundo del rey Darío. Pero, para que la sucesión de fechas se exponga en orden regular y fijo, insertaremos aquí quiénes fueron reyes de Persia durante todo este período. Pues bien, después de Darío el Medo, que, como hemos dicho, reinó dieciocho años, Ciro tuvo el poder supremo durante treinta y un años. Mientras hacía la guerra contra los escitas, cayó en batalla, en el segundo año después de que Tarquino el Soberbio comenzara a reinar en Roma. A Ciro le sucedió su hijo Cambises, y reinó ocho años. Éste, después de hostigar con la guerra a Egipto y Etiopía, y de someter a estos países, volvió vencedor a Persia, pero se hirió accidentalmente y murió de aquella herida. Tras su muerte, dos hermanos, que eran magos y medos de nación, gobernaron a los persas durante siete meses. Para matarlos, siete de los más nobles persas formaron una conjura, de los cuales el jefe era Darío, hijo de Histaspes, primo de Ciro, y por consentimiento unánime se le confirió el reino: reinó treinta y seis años. Éste, cuatro años antes de su muerte, peleó en Maratón, en una batalla muy celebrada tanto en la historia griega como en la romana. Esto sucedió hacia el año doscientos sesenta de la fundación de Roma, siendo cónsules Macerino y Augurino, es decir, hace ochocientos ochenta y ocho años, si no me engaña la investigación que he hecho sobre la sucesión de los cónsules romanos; pues he hecho todo el cómputo hasta la época de Estilicón. Después de Darío vino Jerjes, y se dice que reinó veintiún años, aunque he hallado que la duración de su gobierno se fija en la mayoría de los códices en veinticinco años. Le sucedió Artajerjes, de quien hemos hecho mención arriba. Puesto que ordenó detener la edificación de la ciudad y del templo judíos, la obra quedó suspendida hasta el año segundo del rey Darío. Mas, para que la sucesión de fechas quede completa hasta él, he de decir que Artajerjes reinó cuarenta y un años, Jerjes dos meses, y que, después de él, Sogdiano gobernó durante siete meses.
Hist. II, cap. 10
Después, Darío, bajo el cual fue restaurado el templo, obtuvo el reino, llamándose entonces Oco. Tenía tres hebreos de probada fidelidad como guardia personal, y uno de ellos, por la prueba de prudencia que había dado, se había atraído la admiración del rey. Dándosele, pues, la opción de pedir cualquier cosa que hubiera deseado en su corazón, gimiendo por las ruinas de su patria, pidió permiso para restaurar la ciudad, y obtuvo una orden del rey para instar a los lugartenientes y gobernantes a apresurar la edificación del santo templo y sufragar los gastos necesarios para ello. En consecuencia, el templo fue terminado en cuatro años; es decir, en el sexto año después de que Darío comenzó a reinar, y esto pareció, por el momento, suficiente al pueblo de los judíos. Pues, como restaurar la ciudad era obra de gran esfuerzo, desconfiando de sus propios recursos, no se atrevieron entonces a emprender una obra de tanta dificultad, sino que se contentaron con haber reedificado el templo. Al mismo tiempo, Esdras el escriba, versado en la ley, unos veinte años después de terminado el templo (muerto ya Darío, que había tenido la soberanía durante diecinueve años), con permiso de Artajerjes el segundo (no el que ocupó un lugar entre los dos Jerjes, sino el que había sucedido a Darío Oco), salió de Babilonia con muchos que lo seguían, y llevaron a Jerusalén los vasos de diversa labor, así como los dones que el rey había enviado para el templo de Dios. Con ellos iban sólo doce levitas; pues se refiere que difícilmente se halló entonces ese número de la tribu. Habiendo hallado que los judíos se unían en matrimonio con los gentiles, los reprendió severamente por ello y les ordenó renunciar a toda unión de ese género, así como apartar a los hijos que habían nacido de tales matrimonios; y todos obedecieron su palabra. El pueblo, pues, santificado, celebró los ritos sancionados por la antigua ley. Pero no hallo que Esdras hiciera nada con miras a restaurar la ciudad; porque pensó, según imagino, que era deber más urgente reformar al pueblo de las costumbres corruptas que había contraído.
Hist. II, cap. 11
Había por aquel tiempo en Babilonia un tal Nehemías, servidor del rey, judío de nacimiento, y muy amado por Artajerjes a causa de los servicios que había prestado. Habiendo preguntado a sus compatriotas los judíos cuál era la condición de su ciudad ancestral, y habiendo sabido que su patria permanecía en el mismo estado ruinoso de antes, se dice que se turbó con todo su corazón y oró a Dios con gemidos y muchas lágrimas. Recordó asimismo los pecados de su nación, e imploró con urgencia la compasión divina. En consecuencia, advirtiendo el rey que él, mientras servía a la mesa, parecía más triste que de costumbre, le pidió que le explicara las razones de su pesar. Entonces comenzó a lamentar las desgracias de su nación y la ruina de su ciudad ancestral, que ya desde hacía casi doscientos cincuenta años, arrasada hasta el suelo, ofrecía prueba de los males sufridos y servía de escarnio a sus enemigos. Rogó, pues, al rey que le concediera la libertad de ir a restaurarla. El rey accedió a estas súplicas piadosas y al punto lo despidió con una escolta de caballería, para que realizara el viaje con mayor seguridad, dándole, al mismo tiempo, cartas para los gobernantes pidiéndoles que le suministraran todo lo necesario. Cuando llegó a Jerusalén, repartió la obra relacionada con la ciudad entre el pueblo, varón por varón; y todos rivalizaron entre sí en cumplir las órdenes que recibían. Y ya se había realizado la mitad de la obra de reedificación, cuando estalló la envidia de los paganos de alrededor, y las ciudades vecinas conspiraron para interrumpir los trabajos y disuadir a los judíos de construir. Mas Nehemías, habiendo apostado guardias contra quienes atacaban al pueblo, no se atemorizó en absoluto y llevó a cabo lo que había comenzado. Y así, una vez terminada la muralla y acabadas las entradas de las puertas, midió la ciudad para la construcción de casas por familias dentro de ella. Consideró también que el pueblo no era adecuado en número al tamaño de la ciudad; pues no había más de cincuenta mil de ambos sexos y de toda condición — hasta tal punto habían quedado reducidas sus antiguamente enormes multitudes por las guerras frecuentes y por la muchedumbre mantenida en cautiverio. Pues antiguamente aquellas dos tribus, de las que el pueblo restante era todo lo que sobrevivía, habían podido, cuando las diez tribus se separaron de ellas, suministrar trescientos veinte mil hombres armados. Pero, entregados por Dios, a causa de su pecado, a la muerte y al cautiverio, se habían reducido al número miserablemente pequeño que ahora presentaban. Sin embargo, esta compañía, como he dicho, constaba sólo de las dos tribus: las diez que habían sido llevadas anteriormente, esparcidas entre partos, medos, indios y etíopes, nunca volvieron a su patria, y hasta el día de hoy se hallan bajo el dominio de naciones bárbaras. Pero se refiere que la terminación de la ciudad restaurada se efectuó en el año trigésimo segundo del reinado de Artajerjes. Desde entonces hasta la crucifixión de Cristo; es decir, hasta el tiempo en que Fufio Gémino y Rubelio fueron cónsules, transcurrieron trescientos noventa y ocho años. Pero desde la restauración del templo hasta su destrucción, la cual completó Tito bajo Vespasiano, siendo cónsul Augusto, hubo un período de cuatrocientos ochenta y tres años. Esto fue antiguamente predicho por Daniel, quien anunció que desde la restauración del templo hasta su ruina transcurrirían setenta y nueve semanas. Ahora bien, desde la fecha de la cautividad de los judíos hasta el tiempo de la restauración de la ciudad, hubo doscientos sesenta años.
Hist. II, cap. 12
En este tiempo creemos que vivieron Ester y Judit, pero confieso que no puedo percibir fácilmente con qué reyes en particular debo relacionar las acciones de sus vidas. Pues, aunque se dice que Ester vivió bajo el rey Artajerjes, hallo que hubo dos reyes persas de ese nombre, y hay mucha vacilación al concluir a cuál de ellos ha de asignarse su época. Sin embargo, me ha parecido preferible relacionar la historia de Ester con aquel Artajerjes bajo el cual fue restaurada Jerusalén, porque no es probable que, si ella hubiera vivido bajo el primer Artajerjes, cuyos tiempos ha narrado Esdras, este no habría hecho mención de una mujer tan ilustre. Esto es tanto más convincente cuanto que sabemos que la construcción del templo fue (como hemos relatado antes) prohibida por aquel Artajerjes, y Ester no lo habría permitido si hubiera estado entonces unida a él en matrimonio. Pero ahora repetiré lo que ella llevó a cabo. Había en aquel tiempo una tal Vasti unida al rey en matrimonio, mujer de admirable belleza. Acostumbrado a ensalzar ante todos su hermosura, un día, al ofrecer un banquete público, ordenó a la reina asistir con el fin de exhibir su belleza. Pero ella, más prudente que el necio rey, y demasiado recatada para hacer ostentación de su persona ante los ojos de los hombres, rehusó cumplir sus órdenes. Su ánimo salvaje se enfureció por esta afrenta, y la expulsó, tanto de su condición de esposa como del palacio. En consecuencia, cuando se buscó a una joven para ocupar su lugar como esposa del rey, se halló que Ester superaba a todas las demás en belleza. Siendo judía de la tribu de Benjamín, y huérfana, sin padre ni madre, había sido criada por su primo hermano, Mardoqueo. Al ser desposada con el rey, por instrucciones de quien la había criado, ocultó su nación y su patria, y también fue advertida por él de no olvidar sus tradiciones ancestrales, ni, aunque como cautiva hubiera entrado en matrimonio con un extranjero, participar de la comida de los paganos. Así, pues, unida al rey, en poco tiempo, como era de esperar, cautivó fácilmente toda su mente con el poder de su belleza, de modo que, igualándola consigo mismo en el distintivo del poder soberano, le regaló un manto de púrpura.
Hist. II, cap. 13
En este tiempo, Mardoqueo estaba entre los más allegados al rey, teniendo enteramente a su cargo los asuntos de la casa. Había dado a conocer al rey una conjura tramada por dos eunucos y, por ello, se había hecho más favorito, y se le otorgaron los más altos honores. Había en aquel período un tal Amán, amigo muy íntimo del rey, a quien este había hecho igual a sí mismo y, a la manera de los soberanos, había ordenado que fuera adorado. Siendo Mardoqueo el único entre todos que se negó a hacerlo, había encendido grandemente contra sí la ira del persa. En consecuencia, Amán, proponiéndose la ruina del hebreo, fue al rey y afirmó que había en su reino una raza de hombres de supersticiones malvadas y odiosa por igual a Dios y a los hombres. Dijo que, como vivían según leyes extranjeras, merecían ser destruidos; y que era cosa justa entregar a toda esta nación a la muerte. Al mismo tiempo, prometió al rey inmensa riqueza procedente de sus posesiones. El bárbaro príncipe fue fácilmente persuadido, y se promulgó un edicto para la matanza de los judíos, y de inmediato se enviaron hombres a publicarlo por todo el reino, desde la India hasta Etiopía. Cuando Mardoqueo oyó esto, rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio, esparció ceniza sobre su cabeza y, yendo al palacio, hizo resonar todo el lugar con sus lamentos y quejas, clamando que era cosa indigna que pereciera una nación inocente, sin que existiera causa para su destrucción. La atención de Ester fue atraída por la voz de lamentación, y supo cómo estaba realmente la situación. Pero entonces no sabía qué paso dar (pues, según la costumbre de los persas, a la reina no se le permite acceso al rey, a menos que haya sido llamada, y en verdad no se le admite en cualquier momento que el rey quiera, sino solo en un período fijo); y sucedió entonces que, por esta regla, Ester se hallaba separada de la presencia del rey durante los treinta días siguientes. Sin embargo, pensando que debía correr algún riesgo en favor de sus compatriotas, aunque le aguardara una destrucción segura, estaba dispuesta a afrontar la muerte en tan noble causa y, después de invocar a Dios, entró en la corte del rey. Pero el bárbaro, aunque al principio asombrado por aquel suceso inusitado, fue gradualmente ganado por halagos femeninos, y al fin llegó a acompañar a la reina a un banquete que ella había preparado. Con él fue también Amán, el favorito del rey, pero enemigo mortal de la nación de los judíos. Pues bien, cuando tras el festín el banquete comenzó a volverse jovial por las muchas copas que se bebieron, Ester se arrojó a las rodillas del rey y le imploró que detuviera la destrucción que amenazaba a su nación. Entonces el rey prometió no negar nada a sus súplicas, si tenía alguna otra petición que hacer. Ester al instante aprovechó la oportunidad y exigió la muerte de Amán como satisfacción para su nación, a la que él había deseado ver destruida. Pero el rey no podía olvidar a su amigo y, vacilando un poco, se retiró por breve tiempo para considerar el asunto. Regresó luego, y al ver a Amán asiendo las rodillas de la reina, presa de ira y gritando que se estaba haciendo violencia a la reina, ordenó que lo mataran. Entonces llegó a conocimiento del rey que Amán había preparado una cruz en la que Mardoqueo debía sufrir. Así, Amán fue fijado a esa misma cruz, y todos sus bienes fueron entregados a Mardoqueo, mientras los judíos en general quedaron libres. Artajerjes reinó sesenta y dos años, y fue sucedido por Oco.
Hist. II, cap. 14
A esta serie de acontecimientos será justo que añada un relato de las hazañas de Judit; pues se refiere que vivió después de la cautividad, pero la historia sagrada no ha revelado quién era rey de los persas en sus días. Sin embargo, llama Nabucodonosor al rey bajo el cual se realizaron sus hazañas, y ciertamente no fue aquel que tomó Jerusalén. Pero no hallo que nadie de ese nombre reinara sobre los persas después de la cautividad, a no ser que, por la ira y semejantes empresas que manifestó, cualquier rey que obrara así fuera llamado Nabucodonosor por los judíos. La mayoría, sin embargo, piensa que fue Cambises, hijo de Ciro, por el hecho de que, como conquistador, penetró en Egipto y Etiopía. Pero la historia sagrada se opone a esta opinión; pues se describe a Judit como habiendo vivido en el año duodécimo del rey en cuestión. Ahora bien, Cambises no poseyó el poder supremo más de ocho años. Por lo cual, si es lícito aventurar una conjetura sobre un punto de historia, me inclinaría a creer que sus hazañas se realizaron bajo el rey Oco, que vino después del segundo Artajerjes. Fundo esta conjetura en el hecho de que (como he leído en historias profanas) se refiere que fue por naturaleza cruel y amante de la guerra. Pues, por una parte, emprendió hostilidades con sus vecinos y, por otra, recuperó con guerras Egipto, que se había sublevado muchos años antes. En aquel tiempo, también se refiere que ridiculizó los ritos sagrados de los egipcios y a Apis, que era considerado por ellos como un dios; cosa que Baguas, uno de sus eunucos, egipcio de nación e indignado por la conducta del rey, vengó después con la muerte del rey, considerando que el rey había insultado a la raza a la que él pertenecía. Ahora bien, la historia inspirada hace mención de este Baguas; pues, cuando Holofernes, por orden del rey, condujo un ejército contra los judíos, se ha relatado que Baguas estaba entre la hueste. Por lo cual, no sin razón puedo aducirlo como prueba de la opinión que he expresado de que aquel rey llamado Nabucodonosor fue realmente Oco, puesto que los historiadores profanos han relatado que Baguas vivió en su reinado. Pero esto no debe parecer en absoluto extraño a nadie: que los meros escritores mundanos no hayan tocado ninguno de aquellos puntos que se registran en los escritos sagrados. El espíritu de Dios cuidó así de que la historia quedara estrictamente confinada dentro de sus propios misterios, sin ser contaminada por boca alguna corrupta, o por aquella que mezclaba la verdad con la ficción. Esa historia, estando, de hecho, separada de los asuntos del mundo, y siendo de una índole que ha de expresarse solo con palabras sagradas, claramente no debía haberse mezclado con otras historias, como si estuviera en pie de igualdad con ellas. Pues habría sido de lo más impropio que esta historia se mezclara con otras que tratan de otras cosas, o que persiguen indagaciones diferentes. Pero ahora pasaré a lo que resta, y narraré en tan pocas palabras como pueda las hazañas realizadas por Judit.
Hist. II, cap. 15
Los judíos, entonces, habiendo regresado, como hemos narrado antes, a su tierra natal, y no estando aún debidamente asentada la condición de sus asuntos y de su ciudad, el rey de los persas hizo la guerra a los medos y trabó una batalla victoriosa contra su rey, llamado Arfaxad. Muerto aquel monarca, añadió la nación a su imperio. Hizo lo mismo con otras naciones, habiendo enviado delante de sí a Holofernes, a quien había nombrado jefe de su ejército, con ciento veinte mil infantes y doce mil jinetes. Él, después de haber asolado en guerra Cilicia y Arabia, tomó muchas ciudades por la fuerza o las obligó por el miedo a rendirse. Y ahora el ejército, habiendo avanzado hasta Damasco, había infundido gran terror a los judíos. Pero como no podían resistir y, al mismo tiempo, no podían decidirse a aceptar la idea de la rendición, puesto que ya conocían por experiencia las miserias de la esclavitud, se dirigieron en tropel al templo. Allí, con gemido general y llanto entremezclado, imploraron el auxilio divino; diciendo que habían sido suficientemente castigados por Dios por sus pecados y ofensas; y rogándole que perdonara al resto de ellos, que recientemente había sido librado de la esclavitud. Entretanto, Holofernes había admitido a los moabitas a la rendición y los había unido a sí como aliados en la guerra contra los judíos. Preguntó a sus jefes cuál era el poder en que confiaban los hebreos para no decidirse a someterse a la idea del sometimiento. En respuesta, un hombre llamado Achior le expuso los hechos, a saber: que los judíos, siendo adoradores de Dios y educados por sus padres en prácticas piadosas, habían pasado antiguamente un período de esclavitud en Egipto y que, sacados de ese país por el auxilio divino, y habiendo cruzado a pie el mar que se secó ante ellos, habían al fin conquistado todas las naciones que se les oponían y recuperado el territorio habitado por sus antepasados. Que después, con diversas fluctuaciones en sus asuntos, habían prosperado o lo contrario; que cuando caían en la adversidad, habían escapado de nuevo de sus sufrimientos, hallando que Dios estaba, alternativamente, airado contra ellos o reconciliado con ellos, según sus merecimientos, de modo que, cuando pecaban, eran castigados por los ataques de los enemigos o enviados al cautiverio, pero siempre eran invencibles cuando gozaban del favor divino. Así pues, si en el tiempo presente están libres de culpa, no pueden de ningún modo ser sometidos; pero si se hallan en otra situación, serán fácilmente conquistados. Ante esto, Holofernes, envanecido por muchas victorias y pensando que todo debía ceder ante él, se encendió en ira, porque la victoria por su parte se consideraba que dependía principalmente del pecado de los judíos, y ordenó que Achior fuera empujado al campamento de los hebreos, para que pereciera en compañía de aquellos que, según había afirmado, no podían ser conquistados. Ahora bien, los judíos se habían dirigido entonces a las montañas; y aquellos a quienes se había encomendado el asunto, avanzaron hasta el pie de las montañas y allí dejaron a Achior encadenado. Cuando los judíos lo percibieron, lo libraron de sus ataduras y lo condujeron colina arriba. Al preguntarle ellos la razón de lo sucedido, se la explicó, y, siendo recibido en paz, aguardó el resultado. Puedo añadir que, después de la victoria, fue circuncidado y se hizo judío. Pues bien, Holofernes, percibiendo la dificultad de los lugares, porque no podía alcanzar las alturas, rodeó las montañas con soldados y puso el mayor empeño en cortar a los hebreos todo suministro de agua. Por esta causa, sintieron tanto más pronto la miseria de un asedio. Vencidos, pues, por la falta de agua, fueron en grupo a Ozías, su jefe, todos inclinados a rendirse. Pero él respondió que debían esperar un poco y aguardar el auxilio divino, de modo que el tiempo de la rendición se fijó para el quinto día siguiente.
Hist. II, cap. 16
Cuando esto llegó a conocimiento de Judit (mujer viuda de gran riqueza y notable por su belleza, pero aún más distinguida por su virtud que por su belleza), que estaba entonces en el campamento, pensó que, en las circunstancias angustiosas de su pueblo, ella debía hacer algún esfuerzo audaz, aun cuando la condujera a su propia destrucción. Por tanto, adorna su cabeza y embellece su rostro, y luego, acompañada por una sola criada, entra en el campamento del enemigo. Fue conducida inmediatamente ante Holofernes y le dice que los asuntos de sus compatriotas eran desesperados, de modo que ella había tomado precauciones para salvar su vida huyendo. Luego ruega al general el derecho de salir libremente del campamento durante la noche, con el fin de hacer sus oraciones. Se dio esa orden en consecuencia a los centinelas y guardianes de las puertas. Pero cuando con la práctica de tres días se había acostumbrado a salir y regresar, y de este modo había inspirado también confianza en ella a los bárbaros, se apoderó de Holofernes el deseo de abusar de la persona de su cautiva; pues, siendo de extraordinaria belleza, había impresionado fácilmente al persa. En consecuencia, fue conducida a la tienda del general por Baguas, el eunuco; y, comenzando un banquete, el bárbaro se aturdió con gran cantidad de vino. Luego, cuando los sirvientes se retiraron, antes de que ofreciera violencia a la mujer, se quedó dormido. Judit, aprovechando la oportunidad, cortó la cabeza del enemigo y se la llevó consigo. Considerada como alguien que simplemente salía del campamento según su costumbre habitual, regresó a los suyos sana y salva. Al día siguiente, los hebreos mostraron desde las alturas la cabeza de Holofernes; y, haciendo una salida, marcharon contra el campamento del enemigo. Y entonces los bárbaros se reúnen en tropel en la tienda de su general, esperando la señal de batalla. Cuando se descubrió su cuerpo mutilado, se dieron a la fuga bajo el influjo de un pánico vergonzoso y huyeron ante el enemigo. Los judíos, por su parte, persiguieron a los fugitivos y, después de matar a muchos miles, tomaron posesión del campamento y del botín que había en él. Judit fue ensalzada con las más altas alabanzas, y se dice que vivió ciento cinco años. Si estas cosas tuvieron lugar, como creemos, bajo el rey Oco, en el año duodécimo de su reinado, entonces desde la fecha de la restauración de Jerusalén hasta aquella guerra transcurrieron veintidós años. Ahora bien, Oco reinó en total veintitrés años. Y fue, sobre todos los demás, cruel y más que de disposición bárbara. Baguas, el eunuco, lo eliminó con veneno en una ocasión en que padecía una enfermedad. Después de él, Arsés, su hijo, gobernó durante tres años, y Darío durante cuatro.
Hist. II, cap. 17
Contra él hizo la guerra Alejandro de Macedonia. Y, vencido aquel, el poder soberano fue arrebatado a los persas, después de haber durado, desde su establecimiento por Ciro, doscientos cincuenta años. Se dice que Alejandro, vencedor de casi todas las naciones, visitó el templo de Jerusalén y llevó a él presentes; y proclamó por todo el territorio que había sometido a su dominio que los judíos que vivían en él serían libres para volver a su propia tierra. Al fin del año duodécimo de su reinado, y siete años después de haber vencido a Darío, murió en Babilonia. Sus amigos, que junto con él habían dirigido aquellas importantísimas guerras, se repartieron entre sí su imperio. Durante algún tiempo administraron los cargos que habían asumido sin usar el nombre de rey, mientras reinaba un tal Arrideo Filipo, hermano de Alejandro, a quien, por ser de carácter muy débil, se le daba la soberanía solo nominalmente y en apariencia, pero el poder real estaba en manos de quienes se habían repartido el ejército y las provincias. Y en verdad esta situación no duró mucho, sino que todos prefirieron ser llamados con el nombre de reyes. En Siria, Seleuco fue el primer rey después de Alejandro, estando también Persia y Babilonia sometidas a su dominio. En aquel tiempo, los judíos pagaban al rey un tributo anual de trescientos talentos de plata; pero no eran gobernados por magistrados extranjeros, sino por sus propios sacerdotes. Y vivieron según las costumbres de sus antepasados, hasta que muchísimos de ellos, corrompidos de nuevo por una larga paz, comenzaron a mezclarlo todo con sediciones y a provocar disturbios, aspirando al sumo sacerdocio movidos por la lujuria, la avaricia y el deseo de poder.
Hist. II, cap. 18
Pues, en primer lugar, bajo el rey Seleuco, hijo de Antíoco el Grande, un tal Simón acusó ante el rey con falsos cargos a Onías, sacerdote santo e íntegro, y así intentó, aunque en vano, derribarlo. Luego, pasado un tiempo, Jasón, hermano de Onías, se presentó al rey Antíoco, que había sucedido a su hermano Seleuco, y le prometió un aumento del tributo si se le transfería el sumo sacerdocio. Y aunque era cosa insólita, y hasta entonces no permitida, que un hombre disfrutara del sumo sacerdocio año tras año, con todo, el ánimo ávido del rey, enfermo de avaricia, fue fácilmente persuadido. En consecuencia, Onías fue expulsado de su cargo y el sacerdocio fue otorgado a Jasón. Este maltrató a sus conciudadanos y a su patria del modo más vergonzoso. Después, como había enviado por medio de un tal Menelao (hermano de aquel Simón mencionado) el dinero prometido al rey, una vez abierto el camino a su ambición, Menelao obtuvo el sacerdocio por las mismas artes que Jasón había empleado antes. Pero no mucho después, al no haber entregado la cantidad prometida, fue expulsado de su puesto, y Lisímaco fue puesto en su lugar. Surgieron entonces conflictos vergonzosos entre Jasón y Menelao, hasta que Jasón salió del país como desterrado. Con ejemplos como estos, las costumbres del pueblo se corrompieron hasta tal punto, que muchos de los naturales pidieron permiso a Antíoco para vivir a la manera de los paganos. Y cuando el rey accedió a su petición, todos los más ruines rivalizaron entre sí en su empeño por construir templos, sacrificar a los ídolos y profanar la ley. Entretanto, Antíoco volvió de Alejandría (pues entonces había hecho la guerra al rey de Egipto, a la cual, sin embargo, renunció por orden del senado y del pueblo romano, siendo cónsules Paulo y Craso) y fue a Jerusalén. Hallando al pueblo dividido por las diversas supersticiones que había adoptado, destruyó la ley de Dios, favoreció a los que seguían caminos impíos, se llevó todos los ornamentos del templo y lo asoló con gran destrucción. Esto sucedió en el año centésimo quincuagésimo después de la muerte de Alejandro, siendo cónsules, como hemos dicho, Paulo y Craso, unos cinco años después de que Antíoco comenzara a reinar.
Hist. II, cap. 19
Pero, para que el orden de las fechas se conserve correctamente, y para que aparezca más claro quién era este Antíoco, enumeraremos tanto los nombres como los tiempos de los reyes que sucedieron a Alejandro en Siria. Pues bien, muerto el rey Alejandro, como hemos referido más arriba, todo su imperio fue repartido por sus amigos, y fue gobernado durante algún tiempo por ellos en nombre del rey. Seleuco, al cabo de nueve años, fue él mismo llamado rey en Siria, y reinó treinta y dos años. Después de él vino su hijo Antíoco, con un reinado de veintiún años. Luego vino Antíoco, hijo de Antíoco, que fue apellidado Teo, y reinó quince años. Después de él, su hijo Seleuco, apellidado Calínico, reinó veintiún años. Otro Seleuco, hijo de Calínico, reinó tres años. A su muerte, Antíoco, hermano de Calínico, tuvo Asia y Siria durante treinta y siete años. Este es el Antíoco contra quien hizo la guerra Lucio Escipión Asiático; y, vencido en la guerra, fue despojado de una parte de su imperio. Tuvo dos hijos, Seleuco y Antíoco; a este último lo había entregado como rehén a los romanos. Así, pues, muerto Antíoco el Grande, su hijo menor Seleuco obtuvo el reino; bajo su reinado, como hemos dicho, Onías el sacerdote fue acusado por Simón. Entonces Antíoco fue puesto en libertad por los romanos, y en su lugar fue entregado como rehén Demetrio, hijo de Seleuco, que reinaba en aquel tiempo. Muriendo Seleuco en el año duodécimo de su reinado, su hermano Antíoco, que había sido rehén en Roma, se apoderó del reino. Él, cinco años después del comienzo de su reinado, asoló Jerusalén, como hemos mostrado más arriba. Pues, como tenía que pagar un pesado tributo a los romanos, casi por necesidad se veía obligado, para hacer frente a aquel gasto enorme, a procurarse dinero mediante rapiña y a no desaprovechar ocasión alguna de saqueo. Después, al cabo de dos años, los judíos, visitados de nuevo por una calamidad semejante a la que habían sufrido antes, para que no sucediera que, empujados por sus numerosas miserias, comenzaran una guerra, puso una guarnición en la ciudadela. Luego, con el fin de derribar la santa ley, publicó un edicto: que todos, abandonando las tradiciones de sus antepasados, vivieran a la manera de los paganos. Y no faltaron quienes obedecieron de buen grado este decreto profano. Entonces verdaderamente se ofreció un espectáculo horrible; por todas las ciudades se ofrecían sacrificios públicamente en las calles, mientras los sagrados volúmenes de la ley y los profetas eran consumidos por el fuego.
Hist. II, cap. 20
En aquel tiempo, Matatías, hijo de Juan, era sumo sacerdote. Cuando los servidores del rey lo obligaban a obedecer el edicto, con maravilloso valor despreció los decretos profanos y mató, en presencia de todos, a un hebreo que realizaba públicamente actos profanos. Hallado así un caudillo, al punto estalló la rebelión. Matatías salió de la ciudad; y como muchos acudían a él en tropel, formó la apariencia de un ejército regular. El propósito de todos los hombres de aquella hueste era defenderse con las armas contra un gobierno profano, y antes caer en la guerra que participar en ceremonias impías. Entretanto, Antíoco obligaba a los judíos que se hallaban en las ciudades griegas de sus dominios a ofrecer sacrificios, y visitaba con tormentos inauditos a quienes se negaban. En este tiempo ocurrió aquel conocido y notable sufrimiento de los siete hermanos y su madre. Todos los hermanos, cuando se les forzaba a violar la ley de Dios y las costumbres de sus antepasados, prefirieron morir. Al fin, también su madre los acompañó en sus sufrimientos y en la muerte.
Hist. II, cap. 21
Entretanto, Matatías muere, habiendo designado en su lugar a su hijo Judas como general del ejército que había reunido. Bajo su mando tuvieron lugar varias batallas victoriosas contra las fuerzas reales. Pues, en primer lugar, destruyó junto con todo su ejército a Apolonio, general enemigo, que había entrado en combate con gran número de tropas. Cuando un tal Serón, que era entonces gobernante de Siria, oyó esto, aumentó sus fuerzas y atacó a Judas con gran ánimo por ser superior en número; pero, trabada la batalla, fue derrotado y puesto en fuga, y con la pérdida de casi ochocientos hombres volvió a Siria. Al saberlo Antíoco, se llenó de ira y pesar, pues le irritaba que sus generales hubieran sido vencidos a pesar de sus grandes ejércitos. Reúne, por tanto, ayuda de todo su imperio y concede un donativo a los soldados, casi hasta agotar su tesoro. Pues entonces sufría de manera muy especial la falta de dinero. La razón de ello era, por una parte, que los judíos, acostumbrados a pagarle un tributo anual de más de trescientos talentos de plata, estaban ahora en rebelión contra él; y por otra, que muchas ciudades y regiones griegas estaban inquietas por el mal de la persecución. Pues Antíoco no había perdonado ni siquiera a los paganos, a quienes había procurado persuadir de que abandonaran sus antiguas supersticiones y se pasaran a una sola forma de observancia religiosa. Y sin duda, quienes no consideraban nada sagrado se dejaron inducir fácilmente a abandonar sus antiguas formas de culto, pero al mismo tiempo todos se hallaban en estado de alarma y desastre. Por estas razones, pues, los tributos habían dejado de pagarse. Hirviendo de ira por estos motivos (pues quien en otro tiempo había sido el más rico de los reyes sentía ahora profundamente la pobreza debida a su propia maldad), dividió sus fuerzas con Lisias, le confió Siria y la guerra contra los judíos, mientras él mismo partía contra los persas para cobrar entre ellos los tributos. Lisias, pues, eligió a Tolomeo, Gorgias, Doro y Nicanor como generales en la guerra; y les dio cuarenta mil infantes y siete mil jinetes. Al primer ímpetu, estos causaron gran alarma entre los judíos. Entonces Judas, cuando todos estaban desesperados, exhortó a sus hombres a ir con ánimo valiente a la batalla: que, si ponían su confianza en Dios, todo cedería ante ellos; pues a menudo antes la victoria había sido ganada por unos pocos que luchaban contra muchos. Se proclamó un ayuno y se ofreció un sacrificio, después de lo cual bajaron a la batalla. El resultado fue que las fuerzas enemigas se dispersaron, y Judas, apoderándose de su campamento, halló en él mucho oro y tesoros tirios. Pues mercaderes de Siria, no dudando de la victoria, habían seguido al ejército del rey con la esperanza de comprar prisioneros, y ahora ellos mismos fueron despojados. Cuando estas cosas fueron referidas a Lisias por mensajeros, reunió tropas con esfuerzos aún mayores, y al cabo de un año atacó de nuevo a los judíos con un ejército enorme; pero, vencido, se retiró a Antioquía.
Hist. II, cap. 22
Judas, tras la derrota del enemigo, volvió a Jerusalén y aplicó su ánimo a la purificación y restauración del templo, que, derribado por Antíoco y profanado por los paganos, ofrecía un espectáculo melancólico. Pero como los sirios ocupaban la ciudadela, que, aunque unida al templo, se alzaba por encima de él en posición, era realmente inexpugnable, las partes bajas resultaban inaccesibles, pues las frecuentes salidas desde arriba impedían acercarse a ellas. Pero Judas colocó contra aquellos atacantes un cuerpo muy poderoso de sus hombres. Así se protegió la obra del sagrado edificio, y el templo fue rodeado con un muro, mientras se designaban hombres armados para mantener una defensa perpetua. Y Lisias, habiendo vuelto de nuevo a Judea con fuerzas aumentadas, fue derrotado una vez más con gran pérdida tanto de su propio ejército como de los auxiliares que, enviados por varios estados, se habían unido a él en la guerra. Entretanto, Antíoco, que, como hemos dicho más arriba, había marchado a Persia, intentó saquear la ciudad de Elimo, la más rica del país, y un templo situado allí lleno de oro; pero, como una multitud acudió de todas partes para defender el lugar, fue puesto en fuga. Además, recibió noticia del mal resultado que habían tenido los esfuerzos de Lisias. Así, por la angustia de su ánimo, cayó en una enfermedad corporal. Y como entonces lo atormentaban sufrimientos internos, recordó las miserias que había infligido al pueblo de Dios, y reconoció que estos males le habían sido enviados merecidamente. Después de pocos días murió, habiendo reinado once años. Dejó el reino a su hijo Antíoco, a quien se le dio el nombre de Eupátor.
Hist. II, cap. 23
En aquel tiempo, Judas puso sitio a los sirios apostados en la ciudadela. Ellos, acosados duramente por el hambre y la carencia de todo, enviaron mensajeros al rey para implorar auxilio. En consecuencia, Eupátor vino en su ayuda con cien mil infantes y veinte mil jinetes, mientras los elefantes marchaban al frente de su formación, causando inmenso terror a los que lo veían. Entonces Judas, abandonando el sitio, salió al encuentro del rey y derrotó a los sirios en la primera batalla. El rey pidió la paz; y como, por su índole traicionera, hizo mal uso de ella, la venganza siguió a su traición. Pues Demetrio, hijo de Seleuco, que, como hemos dicho más arriba, había sido entregado como rehén a los romanos, al oír que Antíoco había partido, pidió que lo enviaran a tomar posesión del reino. Y como se le negó, huyó en secreto de Roma, llegó a Siria y se apoderó del poder supremo, habiendo matado al hijo de Antíoco, que había reinado un año y seis meses. Fue durante su reinado cuando los judíos pidieron por primera vez la amistad del pueblo romano y una alianza con él; y habiendo sido recibida amablemente la embajada con este fin, fueron declarados, por decreto del senado, aliados y amigos. Entretanto, Demetrio, por medio de sus generales, hacía la guerra contra Judas. Y primero el ejército fue dirigido por un tal Báquides y por Álcimo, un judío; Nicanor, puesto después al frente de la guerra, cayó en batalla. Luego Báquides y Álcimo, recobrando poder y habiendo aumentado sus fuerzas, lucharon contra Judas. Los sirios, que resultaron vencedores en aquella batalla, abusaron cruelmente de su victoria. Los hebreos eligen a Jonatán, hermano de Judas, en su lugar. Entretanto, Álcimo, después de haber asolado horriblemente Jerusalén, muere; Báquides, privado así de su aliado, vuelve al rey. Después, al cabo de dos años, Báquides hizo de nuevo la guerra contra los judíos, y, vencido, pidió la paz. Esta le fue concedida con ciertas condiciones, a saber: que entregara a los desertores y prisioneros, junto con todo lo que había tomado en la guerra.
Hist. II, cap. 24
Mientras estas cosas suceden en Judea, cierto joven educado en Rodas, de nombre Alejandro, se hizo pasar por hijo de Antíoco (lo cual era falso) y, ayudado por el poder de Ptolomeo, rey de Alejandría, llegó a Siria con un ejército. Venció a Demetrio en la guerra y lo mató después de que este hubiera reinado doce años. Este Alejandro, antes de hacer la guerra contra Demetrio, había formado alianza con Jonatán y le había regalado una vestidura de púrpura e insignias reales. Por esta razón, Jonatán lo había ayudado con tropas auxiliares; y, tras la derrota de Demetrio, había sido el primero en salir a su encuentro con felicitaciones. Tampoco Alejandro violó después la fe que había empeñado. En consecuencia, durante los cinco años en que mantuvo el poder supremo, los asuntos de los judíos estuvieron en paz. En estas circunstancias, Demetrio, hijo de Demetrio, que tras la muerte de su padre se había retirado a Creta, instigado por Lástenes, general de los cretenses, intentó recuperar por la guerra el reino de su padre; pero, viendo que sus fuerzas no bastaban para la empresa, imploró a Ptolomeo Filométor, rey de Egipto, suegro de Alejandro, pero que entonces estaba en malos términos con su yerno, que le prestara ayuda. Pero este, movido no tanto por las súplicas del suplicante como por la esperanza de apoderarse de Siria, unió sus fuerzas a las de Demetrio y le entrega a su hija, que había estado casada con Alejandro. Contra estos dos peleó Alejandro en batalla campal. Ptolomeo cayó en el combate, pero Alejandro fue derrotado; y poco después fue asesinado, tras haber reinado cinco, o, según lo encuentro escrito en muchos autores, nueve años.
Hist. II, cap. 25
Demetrio, habiendo obtenido así el reino, trató a Jonatán con bondad, hizo un tratado con él y devolvió a los judíos sus propias leyes. Entretanto, Trifón, que había pertenecido al partido de Alejandro, fue nombrado gobernador de Siria para mantenerlo a raya mediante la guerra. Jonatán, por su parte, bajó a la batalla, formidable con un ejército de cuarenta mil hombres. Trifón, cuando se vio inferior en la contienda, fingió deseo de paz y mató a Ptolemaida, que había sido recibida e invitada a su amistad. Después de Jonatán, el poder supremo fue conferido a su hermano Simón. Este celebró el funeral de su hermano con gran pompa y construyó aquellas conocidas siete pirámides de nobilísima factura, en las que enterró los restos tanto de sus hermanos como de su padre. Luego Demetrio renovó su tratado con los judíos; y, en consideración del daño que Trifón les había causado (pues tras la muerte de Jonatán había devastado con la guerra sus ciudades y territorios), les condonó el tributo anual para siempre; porque hasta aquel tiempo habían pagado tributo a los reyes de Siria, salvo cuando resistían por la fuerza de las armas. Esto tuvo lugar en el segundo año del rey Demetrio; y lo hemos señalado porque, hasta este año, hemos recorrido los tiempos de los reyes asiáticos, para que la serie de fechas, dada en orden, quede perfectamente clara. Pero ahora ordenaremos la sucesión de los acontecimientos a través de los tiempos de aquellos que fueron sumos sacerdotes o reyes entre los judíos, hasta el período del nacimiento de Cristo.
Hist. II, cap. 26
Pues bien, después de Jonatán, su hermano Simón, como se ha dicho arriba, gobernó a los hebreos con el poder de sumo sacerdote. Porque aquel honor le fue entonces otorgado tanto por sus propios compatriotas como por el pueblo romano. Comenzó a gobernar a sus compatriotas en el segundo año del rey Demetrio, pero ocho años después, engañado por una trama de Ptolomeo, encontró la muerte. Le sucedió su hijo Juan. Y este, por haber combatido con distinción contra los hircanos, nación muy poderosa, recibió el sobrenombre de Hircano. Murió después de haber mantenido el poder supremo durante veintiséis años. Tras él, Aristóbulo, nombrado sumo sacerdote, fue el primero de todos los que vivieron después de la cautividad en asumir el nombre de rey y en recibir una corona sobre su cabeza. Al cumplirse un año, murió. Luego Alejandro, su hijo, que fue a la vez rey y sumo sacerdote, reinó veintisiete años; pero no he encontrado en sus hechos nada digno de mención, excepto su crueldad. Habiendo dejado dos hijos pequeños llamados Aristóbulo e Hircano, Salina o Alejandra, su esposa, mantuvo la soberanía durante tres años. Tras su fallecimiento, surgieron entre los dos hermanos espantosos conflictos por el poder supremo. Y ante todo, Hircano mantuvo el gobierno; pero siendo derrotado al poco tiempo por su hermano Aristóbulo, huyó a Pompeyo. Aquel general romano, habiendo terminado la guerra con Mitrídates y asentado Armenia y el Ponto, siendo, de hecho, el conquistador de todas las naciones que había visitado, deseaba marchar hacia el interior y añadir todas las regiones vecinas al imperio romano. Por tanto, investigó las causas de la guerra y los medios de obtener la supremacía. En consecuencia, recibió de buen grado a Hircano y, bajo su guía, atacó a los judíos; pero cuando la ciudad fue tomada y destruida, perdonó el templo. Envió a Aristóbulo encadenado a Roma y restituyó el derecho del sumo sacerdocio a Hircano. Fijando el tributo que debían pagar los judíos, puso al frente de ellos, como gobernador, a un tal Antípatro de Ascalón. Hircano mantuvo el poder supremo durante treinta y cuatro años; pero mientras hacía la guerra contra los partos, fue hecho prisionero.
Hist. II, cap. 27
Entonces Herodes, un extranjero, hijo de Antípatro de Ascalón, pidió y recibió la soberanía de Judea del senado y del pueblo de Roma. Bajo él, los judíos comenzaron por primera vez a tener a un extranjero como rey. Pues, como ya se acercaba la venida de Cristo, era necesario, según las predicciones de los profetas, que fueran privados de sus propios gobernantes, para que no esperaran nada más allá de Cristo. Bajo este Herodes, en el trigésimo tercer año de su reinado, nació Cristo el veinticinco de diciembre, en el consulado de Sabino y Rufino. Pero no nos atrevemos a tocar estas cosas que están contenidas en los Evangelios y, después, en los Hechos de los Apóstoles, no sea que el carácter de nuestra obra condensada menoscabe, en alguna medida, la dignidad de los acontecimientos; y pasaré a lo que queda. Herodes reinó cuatro años después del nacimiento del Señor; pues todo el período de su reinado comprendió treinta y siete años. Tras él, vino el tetrarca Arquelao durante ocho años, y Herodes durante veinticuatro. Bajo este, en el decimoctavo año de su reinado, el Señor fue crucificado, siendo cónsules Fufio Gémino y Rubelio Gémino; desde cuya fecha hasta el consulado de Estilicón han transcurrido trescientos setenta y dos años.
Hist. II, cap. 28
Lucas dio a conocer las obras de los apóstoles hasta el tiempo en que Pablo fue llevado a Roma bajo el emperador Nerón. En cuanto a Nerón, no diré que fuera el peor de los reyes, sino que fue dignamente tenido por el más vil de todos los hombres, e incluso de las fieras. Fue él quien comenzó primero una persecución; y no estoy seguro de que no sea también el último en continuarla, si, en efecto, admitimos, como muchos se inclinan a creer, que todavía aparecerá inmediatamente antes de la venida del Anticristo. Mi asunto me induciría a exponer sus vicios con cierta extensión, si no fuera incompatible con el propósito de esta obra entrar en tema tan vasto. Me contento con la observación de que se mostró en todos los sentidos de lo más abominable y cruel, y al final llegó incluso a ser el asesino de su propia madre. Después de esto, se casó además con un tal Pitágoras al estilo de las alianzas solemnes, poniéndose el velo nupcial al emperador, mientras se presentaban la dote acostumbrada, el lecho conyugal, las antorchas nupciales y, en fin, todas las demás ceremonias— cosas que, incluso tratándose de mujeres, no se contemplan sin cierto sentimiento de pudor. Pero en cuanto a sus demás acciones, dudo si su descripción excitaría mayor vergüenza o dolor. Intentó primeramente abolir el nombre de cristiano, de acuerdo con el hecho de que los vicios son siempre enemigos de las virtudes, y de que todos los hombres buenos son siempre considerados por los malvados como un reproche contra ellos. Pues en aquel tiempo, nuestra divina religión había alcanzado amplia difusión en la ciudad. Pedro estaba allí desempeñando el oficio de obispo, y Pablo también, después de haber sido llevado a Roma, al apelar al César contra la injusta sentencia del gobernador. Multitudes acudían entonces a oír a Pablo, y estas, influidas por la verdad que se les daba a conocer y por los milagros de los apóstoles, que entonces realizaban con tanta frecuencia, se volvían al culto de Dios. Porque entonces tuvo lugar el conocido y célebre encuentro de Pedro y Pablo con Simón. Él, después de haberse elevado por los aires mediante sus artes mágicas, sostenido por dos demonios (con el propósito de demostrar que era un dios), puestos en fuga los demonios por las oraciones de los apóstoles, cayó a tierra a la vista de todo el pueblo y se estrelló.