Hist. II, cap. 39
Con esta primera prueba de que el príncipe había sido ganado para su partido, los arrianos cobraron ánimo, sabiendo que podían servirse del poder del rey cuando poco podían impresionar por su propia autoridad. En consecuencia, como nuestros amigos no aceptaban el juicio que ellos habían pronunciado respecto a Atanasio, el emperador emitió un edicto en el sentido de que quienes no suscribieran la condena de Atanasio serían enviados al destierro. Pero, en aquel tiempo, se celebraron concilios de obispos por nuestros amigos en Arlés y Biterras, ciudades situadas en la Galia. Pedían que, antes de que se obligara a nadie a suscribir contra Atanasio, se entrara más bien en una discusión sobre la verdadera fe; y sostenían que sólo entonces había de llegarse a una decisión sobre el punto en cuestión, cuando se hubieran puesto de acuerdo sobre la persona de los jueces. Pero Valente y sus confederados, no atreviéndose a una discusión sobre la fe, desearon primero asegurar por la fuerza la condena de Atanasio. A causa de este conflicto de partidos, Paulino fue empujado al destierro. Mientras tanto, se celebró una asamblea en Milán, donde entonces estaba el emperador; pero la misma controversia continuó allí sin que decayera su amargura. Entonces Eusebio, obispo de los vercelenses, y Lucifer, obispo de Cáller en Cerdeña, fueron exiliados. Dionisio, sin embargo, presbítero de Milán, suscribió la condena de Atanasio, con la condición de que se hiciera una investigación entre los obispos sobre la verdadera fe. Pero Valente y Ursacio, con el resto de aquel partido, por miedo al pueblo, que mantenía la fe católica con extraordinario entusiasmo, no se atrevieron a exponer en público sus monstruosas doctrinas, sino que se reunieron dentro del palacio. Desde allí, y bajo el nombre del emperador, emitieron una carta llena de toda clase de maldades, con este propósito, sin duda: que, si el pueblo le daba acogida favorable, entonces presentarían, bajo autoridad pública, las cosas que deseaban; pero si era recibida de otro modo, todo el malestar podría dirigirse contra el rey, mientras su error podía considerarse excusable, porque, siendo entonces sólo catecúmeno, fácilmente se podía suponer que había errado en cuanto a los misterios de la fe. Pues bien, cuando la carta fue leída en la iglesia, el pueblo expresó su aversión hacia ella. Y Dionisio, por no estar de acuerdo con ellos, fue desterrado de la ciudad, mientras Auxencio era elegido inmediatamente obispo en su lugar. También Liberio, obispo de la ciudad de Roma, e Hilario, obispo de Poitiers, fueron expulsados al exilio. Rodanio, asimismo, obispo de Tolosa (quien, siendo por naturaleza de carácter más suave, había resistido a los arrianos, no tanto por sus propias fuerzas como por su comunión con Hilario) quedó envuelto en el mismo castigo. Todas estas personas, sin embargo, estaban dispuestas a suspender a Atanasio de la comunión, sólo para que se instituyera una investigación entre los obispos sobre la verdadera fe. Pero a los arrianos les pareció mejor retirar de la controversia a los hombres más célebres. En consecuencia, los que hemos mencionado arriba fueron empujados al destierro hace cuarenta y cinco años, siendo cónsules Arbición y Loliano. Liberio, sin embargo, fue restituido a la ciudad poco después, a consecuencia de los disturbios en Roma. Pero es bien sabido que los exiliados fueron celebrados por la admiración de todo el mundo, y que se recogieron abundantes sumas de dinero para atender a sus necesidades, mientras eran visitados por delegados del pueblo católico de casi todas las provincias.