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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Observaciones preliminares sobre la necesidad de investigar con exactitud hasta las porciones más mínimas de la teología
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. El origen de la minuciosa observación de las sílabas por parte de los herejes
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que no hay distinción en el uso escritural de estas sílabas
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 13 minCapítulo 6. Se entabla controversia con quienes afirman que el Hijo no está con el Padre, sino después del Padre. Y sobre la gloria igual
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 7. Contra quienes afirman que no es propio que «con quien» se diga del Hijo, y que la frase propia es «por medio de quien.»
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8. De cuántas maneras «[por medio de] quien» se usa; y en qué sentido «con quien» es más adecuado. Explicación de cómo el Hijo recibe un mandamiento y cómo es enviado
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Concepciones definitivas acerca del Espíritu que se conforman a la enseñanza de las Escrituras
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 10. Contra los que dicen que no es correcto poner al Espíritu Santo al mismo rango que el Padre y el Hijo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 12. Contra los que afirman que es suficiente el bautismo en el nombre del Padre solamente
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 14. Objeción de que algunos fueron bautizados en Moisés y creyeron en él, y respuesta a la misma; con observaciones sobre los tipos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 15. Respuesta a la objeción sugerida de que somos bautizados «en agua». También sobre el bautismo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Que el Espíritu Santo es en toda concepción inseparable del Padre y del Hijo, tanto en la creación de los objetos perceptibles, como en la dispensación de los asuntos humanos y en el juicio venidero
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 17. Contra los que dicen que el Espíritu Santo no ha de ser numerado con, sino numerado bajo, el Padre y el Hijo. En lo cual además hay una noticia sumaria de la fe concerniente a la recta subnumeración
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 18. De qué manera en la confesión de las tres hipóstasis preservamos el piadoso dogma de la Monarquía. Donde también se refuta a quienes alegan que el Espíritu es subnumerado
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 19. Contra los que afirman que el Espíritu no debe ser glorificado
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 20. Contra los que sostienen que el Espíritu no se halla en el rango ni de siervo ni de señor, sino en el de libre
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 21. Prueba por la Escritura de que el Espíritu es llamado Señor
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 22. Establecimiento de la comunión natural del Espíritu a partir de ser, igualmente con el Padre y el Hijo, inaccesible al pensamiento
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 25. Que la Escritura usa las palabras «en» o «por,» [ἐ] [ν], cf. nota en p. 3, en lugar de «con.» Donde también se prueba que la palabra «y» tiene la misma fuerza que «con.»
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 26. Que la palabra «en,» en tantos sentidos como tiene, se entiende del Espíritu
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 27. Del origen de la palabra «con,» y qué fuerza tiene. También sobre las leyes no escritas de la Iglesia
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que nuestros adversarios se niegan a conceder en el caso del Espíritu los términos que la Escritura usa en el caso de los hombres, como reinando juntamente con Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 29. Enumeración de los varones ilustres de la Iglesia que en sus escritos han usado la palabra «con»
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 30. Exposición del estado presente de las Iglesias
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minLo que dejó el tratado

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    TEXTOS — PADRES CAPADOCIOS

    Índice de la obra

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    Basilio de Cesarea

    Sobre el Espíritu Santo

    Texto base: versión inglesa de Blomfield Jackson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8 (1895), «De Spiritu Sancto» · treinta capítulos y setenta y nueve secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 199 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede darse al Espíritu Santo la misma gloria que al Padre y al Hijo, o solo cabe decir que Dios es glorificado «en» él? Este tratado nace de una disputa de oración. Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, cuenta que, al orar con el pueblo, usó la doxología completa de dos maneras —«con el Hijo juntamente con el Espíritu Santo» y «por el Hijo en el Espíritu Santo»— y que algunos de los presentes le acusaron de introducir términos nuevos y contradictorios entre sí (Cap. 1, § 3). Su amigo Anfiloquio, obispo de Iconio, le pidió entonces una instrucción clara «acerca de la fuerza que subyace a las sílabas empleadas». La respuesta, escrita hacia 375, ocupa treinta capítulos y está dirigida, según el propio autor, a un lector que no la hará pública para todo el mundo (Cap. 30, § 79).

    Ficha de la obra

    AutorBasilio de Cesarea (hacia 330 – 1 o 2 de enero de 379), obispo de Cesarea de Capadocia desde 370 y uno de los tres Padres Capadocios, con su hermano Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo (Wikipedia)
    TítuloSobre el Espíritu Santo (De Spiritu Sancto; en griego, según el NPNF, Perì toû Pneúmatos)
    DestinatarioAnfiloquio, obispo de Iconio
    FechaHacia 375. La visita de Anfiloquio que le pide el libro es de 374 (NPNF); la carta 231, que el NPNF coloca en 375, lo da por escrito y terminado; la Catholic Encyclopedia dice «c. 375». La obra ya la cita Jerónimo en De viris illustribus 116, que él mismo fecha en el año catorce de Teodosio
    GéneroTratado teológico y polémico en forma de respuesta a un amigo: defiende una fórmula de alabanza con la Escritura, la tradición y el uso de los antiguos
    ExtensiónTreinta capítulos y setenta y nueve secciones, unas 35 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8, versión de Blomfield Jackson, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de la obra. Los Cap. 1 a 8 tratan de las «sílabas»: de dónde viene el reparto de «de quien» al Padre, «por quien» al Hijo y «en quien» al Espíritu (Cap. 2 y 3) y por qué la Escritura no lo practica (Cap. 4 a 8). Los Cap. 9 a 24 pasan al Espíritu: lo que de él enseñan las Escrituras (Cap. 9), si puede ponérsele «al mismo rango» que al Padre y al Hijo, sobre todo en el bautismo (Cap. 10 a 15), su inseparabilidad en la creación y en el juicio (Cap. 16), la «subnumeración» y las tres hipóstasis (Cap. 17 y 18), y si ha de ser glorificado y llamado Señor (Cap. 19 a 24). Los Cap. 25 a 29 defienden la frase «con el Espíritu»: el «en» y el «con» (Cap. 25 y 26), la tradición no escrita (Cap. 27), la objeción de que la Escritura glorifica juntamente con Cristo a los hombres (Cap. 28) y los testigos antiguos de la fórmula (Cap. 29). El Cap. 30 describe el estado de las Iglesias. Nicea había dejado casi sin decir el tercer artículo, el del Espíritu; según Jackson, este tratado fue uno de los varios que los defensores de la fe católica publicaron sobre él por los mismos años. Sobre el marco, véanse el arrianismo, el credo niceno-constantinopolitano, el homoousios, el subordinacionismo y, para la discusión de 362 sobre «una» y «tres» hipóstasis, la Carta a los de Antioquía de Atanasio.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Blomfield Jackson, publicada en 1895 en el volumen 8 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), Basil: Letters and Select Works, editada por Philip Schaff y Henry Wace. Según New Advent, el volumen apareció en Buffalo (Christian Literature Publishing Co.); la ficha de CCEL anota la edición de Edimburgo (T&T Clark), también de 1895. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La autoría de la versión inglesa consta: New Advent la da a Blomfield Jackson, y la portada que reproduce CCEL dice «Translated with Notes by the Rev. Blomfield Jackson, M.A., Vicar of Saint Bartholomew's, Moor Lane, and Fellow of King's College, London». Su prefacio, fechado en Londres en diciembre de 1894, cuenta que la traducción se empezó bajo la dirección editorial de Wace, cuya dirección terminó antes de que acabara la obra, y que se hizo sobre la edición de los benedictinos tal como la reimprimió Migne y, para este tratado, con ayuda de la del Rev. C. F. H. Johnston (Clarendon Press, 1892). El texto inglés del que parte esta traducción es el de New Advent, que moderniza la ortografía del NPNF (shown donde la edición dice shewn). La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en treinta capítulos, sus sumarios y la numeración en setenta y nueve secciones son de la edición, no de Basilio. Una nota de Jackson al Cap. 23 dice que los editores benedictinos empiezan ahí ese capítulo y que otra división del texto lo haría empezar más adelante. El epub omite la Preface y las notas del NPNF; las referencias bíblicas entre corchetes que trae son las notas a pie de página de la edición, que New Advent integra en el texto. Algunas de las notas de Jackson pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro. Dos rarezas del texto castellano se conservan y se avisan en su lugar: las palabras griegas llegan partidas en corchetes (Cap. 5) y la traducción omite el número inicial de la sección 13 y de las secciones 71 a 79 (Cap. 6). Los localizadores de este libro siguen la numeración del inglés.

    Capítulo 1. Observaciones preliminares sobre la necesidad de investigar con exactitud hasta las porciones más mínimas de la teología

    Cap. 1, § 1

    1. Encomio altamente tu deseo de información, mi bien amado y profundamente respetado hermano Anfiloquio, y no menos tu diligente energía. Me he sentido sumamente complacido por el cuidado y la atención que muestras al expresar tu opinión de que, entre todos los términos referentes a Dios en cualquier modo de hablar, ni uno solo debe quedar sin una investigación exacta. Has aprovechado bien tu lectura de la exhortación del Señor, «Todo el que pide recibe, y el que busca halla,» [] y por tu diligencia en preguntar podrías, creo yo, mover incluso a los más reticentes a darte parte de lo que poseen. Y esto en ti mueve aún más mi admiración: que no propones tus preguntas, según la costumbre de la mayoría de los hombres de nuestro tiempo, a modo de simple prueba, sino con el honesto deseo de llegar a la verdad real. No faltan en estos días oyentes y preguntadores capciosos; pero hallar un carácter deseoso de información, que busca la verdad como remedio de la ignorancia, es muy difícil. Así como en la trampa del cazador, o en la emboscada del soldado, el ardid suele estar ingeniosamente oculto, así ocurre con las indagaciones de la mayoría de los que preguntan, que aducen argumentos no tanto con miras a sacar de ellos algún bien, cuanto para que, en caso de no lograr respuestas que coincidan con sus propios deseos, parezcan tener justo motivo de controversia.
    Comentario editorial · Anfiloquio de Iconio, el destinatario
    Anfiloquio era obispo de Iconio. La Preface del NPNF lo llama primo hermano de Gregorio de Nacianzo y «hijo espiritual» de Basilio (Wikipedia dice «probablemente» primo, y lo hace nacer hacia 339/340). Según esa Preface, en 374 hizo su primera visita de otoño a Cesarea y allí instó a Basilio a escribir un tratado que aclarara la doctrina del Espíritu; Basilio lo escribió y se lo dedicó. En la carta 231, que el NPNF coloca en 375, le dice que el libro está escrito y terminado, pero que sus hermanos le han impedido mandarlo en papel, porque le habían oído ordenar que se copiara en pergamino: se lo enviaría más tarde. Jerónimo (De viris illustribus 133) cuenta que Anfiloquio le leyó un libro suyo sobre el Espíritu, que sostenía que es Dios, que ha de ser adorado y que es omnipotente; hoy está perdido (Wikipedia).

    Cap. 1, § 2

    2. Si «Al necio que pide sabiduría, se le contará la sabiduría,» ¿a qué alto precio estimaremos «al oyente sabio» que es citado por el Profeta en el mismo versículo junto con «el consejero admirable»? Es justo, creo yo, considerarle digno de toda aprobación y urgirle a un progreso mayor, compartiendo su entusiasmo y afanándonos en todo a su lado mientras avanza hacia la perfección. Contar los términos usados en teología como de importancia primordial, y esforzarse por descubrir el sentido oculto de cada frase y de cada sílaba, es una característica de la que carecen quienes son negligentes en la búsqueda de la verdadera religión, pero que distingue a todos los que alcanzan conocimiento de «la meta» «de nuestro llamamiento;» [] pues lo que se nos propone es, en la medida en que es posible a la naturaleza humana, ser hechos semejantes a Dios. Ahora bien, sin conocimiento no puede haber semejanza; y el conocimiento no se adquiere sin lecciones. El comienzo de la enseñanza es la palabra, y las sílabas y las palabras son partes de la palabra. Se sigue, pues, que investigar las sílabas no es errar el blanco, ni, porque las cuestiones planteadas puedan parecer insignificantes a algunos, deben por ello tenerse por indignas de atención. La verdad es siempre una presa difícil de cazar, y por tanto debemos rastrear sus huellas por todas partes. La adquisición de la verdadera religión es como la de los oficios: ambas crecen poco a poco; los aprendices no deben despreciar nada. Si alguien desprecia los primeros elementos por pequeños e insignificantes, nunca alcanzará la perfección de la sabiduría.
    Sí y No son tan solo dos sílabas, y sin embargo en estas pequeñas palabras se halla a menudo implicado a la vez el mejor de todos los bienes, la Verdad, y aquello más allá de lo cual la maldad no puede llegar, la Mentira. Pero ¿por qué mencionar Sí y No? En otro tiempo, un mártir que daba testimonio de Cristo fue juzgado como si hubiera pagado enteramente la deuda de la verdadera religión con solo inclinar la cabeza. Si esto es así, ¿qué término hay en teología tan pequeño que el efecto de su peso en la balanza, según se use recta o erróneamente, no sea grande? De la ley se nos dice «ni una jota ni una tilde pasará;» [] ¿cómo podría ser seguro para nosotros dejar pasar inadvertido aun lo más mínimo? Los mismos puntos que tú mismo has querido que examinemos a fondo son a la vez pequeños y grandes. Su uso es cuestión de un instante, y quizá por eso se los tiene en poca estima; pero, cuando consideramos la fuerza de su significado, son grandes. Pueden compararse a la planta de mostaza, que, aunque es la más pequeña de las semillas de arbusto, cuando se cultiva debidamente y se despliegan las fuerzas latentes en sus gérmenes, se eleva a su propia altura suficiente.
    Si alguno se ríe al ver nuestra sutileza, para usar las palabras del Salmista, acerca de las sílabas, sepa que siega el fruto estéril de la risa; y sigamos nosotros nuestra investigación, sin ceder a los reproches de los hombres ni dejarnos vencer por su desdén. Tan lejos estoy, en verdad, de avergonzarme de estas cosas por ser pequeñas, que, aun si pudiera alcanzar una fracción por mínima que fuera de su dignidad, me felicitaría a mí mismo de haber logrado un gran honor, y diría a mi hermano y coinvestigador que de ello no le ha venido pequeña ganancia.
    Así pues, consciente de que la controversia contenida en pequeñas palabras es muy grande, con la esperanza del premio no rehúyo el trabajo, con la convicción de que la discusión resultará provechosa para mí y de que mis oyentes serán recompensados con no pequeño beneficio. Por lo cual ahora, con la ayuda, si me es lícito decirlo así, del propio Espíritu Santo, me acercaré a la exposición del tema, y, si quieres, para ponerme en camino de la discusión, volveré por un momento al origen de la cuestión que tenemos delante.

    Cap. 1, § 3

    3. Hace poco, al orar con el pueblo y usar la doxología completa a Dios Padre en ambas formas, unas veces «con el Hijo juntamente con el Espíritu Santo,» y otras «por medio del Hijo en el Espíritu Santo,» fui atacado por algunos de los presentes con el pretexto de que introducía términos novedosos y a la vez mutuamente contradictorios. Tú, sin embargo, principalmente con miras a beneficiarlos a ellos, o, si son del todo incurables, para seguridad de quienes puedan caer en su compañía, has expresado la opinión de que debería publicarse alguna instrucción clara acerca de la fuerza que subyace a las sílabas empleadas. Escribiré, pues, lo más concisamente posible, esforzándome por sentar algún principio admitido para la discusión.
    Comentario editorial · La doxología en disputa
    Basilio dice que rezó la doxología «en ambas formas»: «con el Hijo juntamente con el Espíritu Santo» y «por el Hijo en el Espíritu Santo». Una nota de la edición inglesa advierte que no se puede reproducir el matiz de las preposiciones griegas: «con» es metá; «juntamente con», sýn; «por medio de», diá, que con genitivo indica el instrumento; y «en», en, que suele indicar también el medio. Según la Catholic Encyclopedia, la obra nació en parte de la negación de los pneumatómacos y en parte de las acusaciones contra el propio Basilio: que «pasaba por alto» al Espíritu (carta 58 de Gregorio de Nacianzo) y que sancionaba una doxología nueva. Johnston, citado por Jackson, observa que la razón que Basilio da del «con» (Cap. 25, § 59) no la confirma ni la contradice ningún escritor anterior o contemporáneo.

    Capítulo 2. El origen de la minuciosa observación de las sílabas por parte de los herejes

    Cap. 2, § 4

    4. La minuciosa exactitud de estos hombres acerca de las sílabas y las palabras no es, como pudiera suponerse, simple y directa; ni es pequeño el daño al que tiende. Encierra un designio profundo y oculto contra la verdadera religión. Su porfiada contienda consiste en mostrar que la mención del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es desemejante, como si de ahí les fuera fácil demostrar que hay una variación en la naturaleza. Tienen un viejo sofisma, inventado por Aecio, el campeón de esta herejía, en una de cuyas Cartas hay un pasaje en el sentido de que las cosas naturalmente desemejantes se expresan en términos desemejantes y, a la inversa, que las cosas expresadas en términos desemejantes son naturalmente desemejantes. Como prueba de esta afirmación aduce las palabras del Apóstol, «Un solo Dios y Padre de quien son todas las cosas... y un solo Señor Jesucristo por quien son todas las cosas.» [] «Cualquiera, pues,» prosigue, «que sea la relación de estos términos entre sí, tal será la relación de las naturalezas indicadas por ellos; y como el término 'de quien' es desemejante del término 'por quien', así es desemejante el Padre del Hijo.» De esta herejía depende la ociosa sutileza de estos hombres acerca de las frases en cuestión. En consecuencia, asignan a Dios Padre, como si fuera su porción y lote distintivos, la frase «de Quien;» a Dios Hijo confinan la frase «por Quien;» al Espíritu Santo la de «en Quien,» y dicen que este uso de las sílabas nunca se intercambia, para que, como ya he dicho, la variación del lenguaje indique la variación de la naturaleza. En verdad es suficientemente obvio que en sus sutilezas sobre las palabras se esfuerzan por mantener la fuerza de su impío argumento.
    Con el término «de quien» quieren indicar al Creador; con el término «por quien,» al agente subordinado o instrumento; con el término «en quien,» o «en lo cual,» pretenden mostrar el tiempo o el lugar. El objeto de todo esto es que el Creador del universo pueda ser considerado como de no mayor dignidad que un instrumento, y que el Espíritu Santo parezca no añadir a las cosas existentes nada más que la contribución derivada del lugar o del tiempo.
    Comentario editorial · Aecio, Eudoxio y la frase «de quien»
    Basilio atribuye el «viejo sofisma» a Aecio, «el campeón de esta herejía»: lo que se expresa con términos distintos es de naturaleza distinta, y «de quien» no es «por quien» (). Una nota de la edición inglesa copia el relato de Teodoreto (Historia eclesiástica II, 23), un autor hostil a Aecio. Según él, en Constantinopla —la nota dice que en 360—, Eustacio de Sebaste presentó a Constancio una exposición de fe atribuida a Eudoxio que decía eso mismo y concluía que el Hijo es desemejante del Padre. Eudoxio negó haberla escrito y la achacó a Aecio; interrogado, Aecio se declaró autor y fue desterrado a Frigia. Sobre Aecio, Eunomio y sus adversarios, véase el arrianismo.

    Capítulo 3. La discusión sistemática de las sílabas proviene de la filosofía pagana

    Cap. 3, § 5

    5. Han sido, sin embargo, llevados a este error por su estudio atento de los escritores paganos, quienes han aplicado respectivamente los términos «de quien» y «por quien» a cosas que son distintas por naturaleza. Estos escritores suponen que con el término «de quien» o «de lo cual» se indica la materia, mientras que el término «por quien» o «por lo cual» representa el instrumento o, en general, la agencia subordinada. O más bien —pues no parece haber razón para que no tomemos todo su argumento y expongamos brevemente a la vez su incompatibilidad con la verdad y su incoherencia con su propia enseñanza— los cultivadores de la filosofía vana, al exponer la múltiple naturaleza de la causa y distinguir sus significaciones peculiares, definen unas causas como principales, otras como cooperantes o concausas, mientras que otras tienen el carácter de «sine qua non», o indispensables.
    Para cada una de estas tienen un uso distinto y peculiar de los términos, de modo que el hacedor se indica de manera diferente al instrumento. Para el hacedor piensan que la expresión apropiada es «por quien,» sosteniendo que el banco es producido «por» el carpintero; y para el instrumento «por el cual,» en cuanto es producido «por» o por medio de la azuela, el berbiquí y demás. De manera semejante se apropian «de lo cual» para la materia, en cuanto la cosa hecha es «de» madera, mientras que «conforme a lo cual» muestra el diseño, o patrón puesto ante el artesano. Pues este, o bien primero hace un bosquejo mental y así aplica su imaginación a lo que va a hacer, o bien mira un patrón previamente puesto ante él y dispone su trabajo en consecuencia. La frase «por causa de lo cual» quieren que se limite al fin o propósito, pues el banco, como dicen, es producido para, o por causa de, el uso del hombre. «En lo cual» se supone que indica tiempo y lugar. ¿Cuándo fue producido? En este tiempo. ¿Y dónde? En este lugar. Y aunque el lugar y el tiempo no contribuyen nada a lo que se está produciendo, sin embargo sin estos la producción de cualquier cosa es imposible, pues los agentes eficientes deben tener tanto lugar como tiempo. Son estas distinciones cuidadosas, derivadas de la filosofía impracticable y de la vana ilusión, las que nuestros adversarios primero han estudiado y admirado, para luego transferirlas a la doctrina simple y sin sofisticaciones del Espíritu, para menoscabo de Dios el Verbo y anonadamiento del Espíritu Divino. Incluso la frase reservada por los escritores no cristianos para el caso de los instrumentos sin vida o del servicio manual de la clase más baja, me refiero a la expresión «por o por medio de lo cual,» no se recatan de transferirla al Señor de todo, y los cristianos no sienten vergüenza en aplicar al Creador del universo un lenguaje propio de un martillo o una sierra.
    Comentario editorial · Las «seis causas» de la filosofía
    Basilio resume aquí, para refutarla, la doctrina de las causas que sus adversarios tomaban de la «filosofía vana». Con su ejemplo del banco del carpintero:
    FórmulaQué indica
    de quien / de lo cualla materia (la madera)
    por quienel hacedor (el carpintero)
    por medio de lo cualel instrumento (la azuela y el berbiquí)
    según lo cualel diseño o patrón que el artesano tiene delante
    por causa de lo cualel fin (el uso del hombre)
    en lo cualel tiempo y el lugar
    Jackson reduce las seis a las cuatro causas de Aristóteles —material, formal, eficiente (el hacedor y el instrumento) y final—, y «en lo cual» sería la condición sine qua non. El reproche de Basilio es que aplicar al Creador la fórmula del instrumento, «por medio de», es hablarle con el lenguaje de «un martillo o una sierra».

    Capítulo 4. Que no hay distinción en el uso escritural de estas sílabas

    Cap. 4, § 6

    6. Reconocemos que la palabra de verdad ha hecho uso en muchos lugares de estas expresiones; sin embargo negamos absolutamente que la libertad del Espíritu esté esclavizada a la mezquindad del paganismo. Al contrario, sostenemos que la Escritura varía sus expresiones según lo requiere la ocasión, conforme a las circunstancias del caso. Por ejemplo, la frase «de lo cual» no indica siempre y absolutamente, como ellos suponen, la materia, sino que es más conforme al uso de la Escritura aplicar este término en el caso de la Causa Suprema, como en las palabras «Un solo Dios, de quien son todas las cosas,» [] y de nuevo, «Todas las cosas de Dios.» [] La palabra de verdad, sin embargo, ha usado con frecuencia este término en el caso de la materia, como cuando dice «Harás un arca de madera incorruptible;» y «Harás el candelabro de oro puro;» [] y «El primer hombre es de la tierra, terrenal;» [] y «Estáis formados de barro como yo.» Pero estos hombres, con el fin, como ya hemos señalado, de establecer la diferencia de naturaleza, han decretado que esta frase conviene solo al Padre. Esta distinción la han derivado originalmente de autoridades paganas, pero aquí no han mostrado una fiel exactitud en la delimitación. Al Hijo, conforme a la enseñanza de sus maestros, le han dado el título de instrumento, y al Espíritu el de lugar, pues dicen en el Espíritu, y por el Hijo. Pero cuando aplican «de quien» a Dios ya no siguen el ejemplo pagano, sino que pasan, como dicen, al uso apostólico, como está dicho: «Pero de él sois vosotros en Cristo Jesús,» [] y «Todas las cosas de Dios.» [] ¿Cuál es, pues, el resultado de esta discusión sistemática? Hay una naturaleza de Causa; otra de Instrumento; otra de Lugar. Así el Hijo es por naturaleza distinto del Padre, como la herramienta del artesano; y el Espíritu es distinto en la medida en que el lugar o el tiempo se distinguen de la naturaleza de las herramientas o de la de quienes las manejan.

    Capítulo 5. Que «por quien» se dice también en el caso del Padre, y «de quien» en el caso del Hijo y del Espíritu

    Cap. 5, § 7

    7. Después de describir así el resultado de los argumentos de nuestros adversarios, pasaremos ahora a mostrar, como nos hemos propuesto, que el Padre no toma primero «de quien» y luego abandona «por quien» al Hijo; y que no hay verdad en la regla de estos hombres de que el Hijo se niega a admitir al Espíritu Santo a una participación en «de quien» o en «por quien,» según la limitación de su novedosa distribución de frases. «Hay un solo Dios y Padre de quien son todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo por quien son todas las cosas.» []
    Sí; pero estas son palabras de un escritor que no establece una regla, sino que distingue cuidadosamente las hipóstasis.
    El objeto del apóstol al escribir así no fue introducir la diversidad de naturaleza, sino mostrar la noción de Padre y de Hijo como inconfundidas. Que las frases no se oponen entre sí ni, como escuadrones de guerra formados unos contra otros, ponen en conflicto mutuo las naturalezas a las que se aplican, es perfectamente claro por el pasaje en cuestión. El bienaventurado Pablo hace recaer ambas frases sobre uno y el mismo sujeto, en las palabras «de él y por él y para él son todas las cosas.» [] Que esto se refiere manifiestamente al Señor lo admitirá incluso un lector que preste poca atención al sentido de las palabras. El apóstol acaba de citar de la profecía de Isaías, «¿Quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero,» y luego prosigue, «Pues de él y desde él y para él son todas las cosas.» Que el profeta está hablando de Dios el Verbo, el Hacedor de toda la creación, puede aprenderse de lo que inmediatamente precede: «¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano, y midió los cielos con el palmo, y comprendió el polvo de la tierra en una medida, y pesó los montes en balanzas y las colinas en peso? ¿Quién dirigió el Espíritu del Señor, o siendo su consejero le enseñó?» [] Ahora bien, la palabra «quién» en este pasaje no significa imposibilidad absoluta, sino rareza, como en el pasaje «¿Quién se levantará por mí contra los malhechores?» y «¿Qué hombre es el que desea la vida?» y «¿Quién subirá al monte del Señor?» Así sucede en el pasaje en cuestión, «¿Quién ha dirigido [LXX, conocido] el Espíritu del Señor, o siendo su consejero lo ha conocido?» «Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas.» [] Este es Aquel que sostiene la tierra, y la ha asido con su mano, que puso todas las cosas en orden y ornato, que fijó las colinas en sus lugares, y midió las aguas, y dio a todas las cosas en el universo su rango propio, que abarca todo el cielo con solo una pequeña porción de su poder, la cual, en figura, el profeta llama un palmo. Bien hizo, pues, el apóstol en añadir «De él y por él y para él son todas las cosas.» [Romanos 11:38] Pues de Él, a todas las cosas que son, les viene la causa de su ser, según la voluntad de Dios Padre. Por Él todas las cosas tienen su continuación y constitución, pues Él creó todas las cosas, y distribuye a cada una por separado lo necesario para su salud y conservación. Por lo cual a Él se vuelven todas las cosas, mirando con anhelo irresistible e indecible afecto a «el autor» [] y sustentador «de» su «vida,» como está escrito «Los ojos de todos esperan en ti,» y de nuevo, «Todos estos esperan en ti,» y «Abres tu mano, y sacias el deseo de todo ser viviente.»
    Comentario editorial · Hipóstasis, una palabra en movimiento
    Al citar , Basilio dice que Pablo no fija una regla, sino que «distingue las hipóstasis». La palabra no significaba entonces lo que significará después: el anatema final de Nicea (325) la usa casi como sinónimo de ousía (véase el arrianismo). Jackson anota que, si la teología católica no debe a Basilio la distinción entre ambas, suya es «la primera y más famosa» afirmación y defensa de ella, y que unos cuarenta y cinco años después de Nicea Basilio temía que se confundieran (carta 38 en la edición). En la carta 214, que cita Wikipedia, resume: la ousía se relaciona con la hipóstasis como lo general con lo particular. En 362, el concilio de Alejandría declaró en su carta a los de Antioquía que quienes hablaban de «una» y de «tres» hipóstasis podían confesar lo mismo.

    Cap. 5, § 8

    8. Pero si nuestros adversarios se oponen a esta interpretación nuestra, ¿qué argumento los salvará de caer en su propia trampa?
    Pues si no conceden que las tres expresiones «de él» y «por él» y «para él» se dicen del Señor, no pueden sino aplicarse a Dios Padre. Entonces, sin duda, su regla se desmoronará, pues encontramos no solo «de quien,» sino también «por quien» aplicado al Padre. Y si esta última frase no indica nada derogatorio, ¿por qué en el mundo habría de limitarse, como si transmitiera un sentido de inferioridad, al Hijo? Si siempre y en todas partes implica ministerio, que nos digan a qué superior está subordinado el Dios de gloria y Padre del Cristo.
    Quedan así derribados por sí mismos, mientras que nuestra posición quedará asegurada por ambos lados. Supóngase demostrado que el pasaje se refiere al Hijo: «de quien» se hallará aplicable al Hijo. Supóngase, por otra parte, que se insista en que las palabras del profeta se refieren a Dios: entonces se concederá que «por quien» se usa propiamente de Dios, y ambas frases tendrán igual valor, en cuanto ambas se usan con igual fuerza de Dios. Bajo cualquiera de las dos alternativas, ambos términos, empleados de una misma Persona, se mostrará que son equivalentes. Pero volvamos a nuestro asunto.

    Cap. 5, § 9

    9. En su Epístola a los Efesios el apóstol dice: «Sino que, hablando la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo; de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido por lo que cada coyuntura suministra, conforme a la operación eficaz en la medida de cada parte, hace crecer el cuerpo.» []
    Y de nuevo en la Epístola a los Colosenses, a quienes no tienen el conocimiento del Unigénito, se hace mención de aquel que tiene «la cabeza,» es decir, Cristo, «de la cual todo el cuerpo, servido de alimento por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento de Dios.» [] Y que Cristo es la cabeza de la Iglesia lo hemos aprendido en otro pasaje, cuando el apóstol dice «lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia,» [] y «de su plenitud todos hemos recibido.» [] Y el Señor mismo dice «Él tomará de lo mío, y os lo mostrará.» [se percibirá que «de quien» se usa de diversas maneras. Por ejemplo, el Señor dice: «Percibo que de mí ha salido virtud.» Igualmente hemos observado con frecuencia «de quien» usado del Espíritu. «El que siembra para el espíritu,» se dice, «del espíritu segará vida eterna.» Gálatas 6:8] Juan también escribe: «En esto conocemos que él permanece en nosotros por ([ἐ] [κ]) el espíritu que nos ha dado.» [] «Lo que en ella ha sido concebido,» dice el ángel, «es del Espíritu Santo,» [] y el Señor dice «lo que ha nacido del espíritu, espíritu es.» [] Tal es, pues, el caso hasta aquí.

    Cap. 5, § 10

    10. Es preciso señalar ahora que la frase «por quien» es admitida por la Escritura en el caso del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por igual. Sería ciertamente tedioso aducir pruebas de esto en el caso del Hijo, no solo porque es perfectamente sabido, sino porque este mismo punto lo alegan nuestros adversarios. Mostramos ahora que «por quien» se usa también en el caso del Padre. «Fiel es Dios,» se dice, «por quien ([δι᾿ οὖ]) fuisteis llamados a la comunión de su Hijo,» [] y «Pablo, apóstol de Jesucristo por ([διά]) la voluntad de Dios;» y de nuevo, «Por lo cual ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, entonces heredero por Dios.» Y «como Cristo fue resucitado de entre los muertos por ([διά]) la gloria de Dios Padre.» Isaías, además, dice: «¡Ay de los que toman consejo profundo, y no por el Señor!» y podrían aducirse muchas pruebas del uso de esta frase en el caso del Espíritu. «Dios nos lo ha revelado,» se dice, «por ([διά]) el espíritu;» [] y en otro lugar, «Aquello bueno que te fue encomendado, guárdalo por ([διά]) el Espíritu Santo;» [] y de nuevo, «A uno le es dada por ([διά]) el espíritu palabra de sabiduría.» []

    Cap. 5, § 11

    11. De la misma manera puede también decirse de la palabra «en,» que la Escritura admite su uso en el caso de Dios Padre. En el Antiguo Testamento se dice por ([ἐ] [ν]) Dios haremos proezas, y «Mi alabanza será continuamente de ([ἐ] [ν]) ti;» y de nuevo, «En tu nombre me regocijaré.» En Pablo leemos: «En Dios que creó todas las cosas,» [] y «Pablo y Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses en Dios nuestro Padre;» [] y «si al fin tuviera próspero viaje por ([ἐ] [ν]) la voluntad de Dios para ir a vosotros;» [] y «Te jactas de Dios.» [] Los ejemplos son en verdad demasiado numerosos para contarlos; pero lo que queremos no es tanto exhibir abundancia de pruebas como demostrar que las conclusiones de nuestros adversarios son infundadas. Omitiré, por tanto, toda prueba de este uso en el caso de nuestro Señor y del Espíritu Santo, por ser notorio. Pero no puedo dejar de señalar que «el oyente sabio» hallará prueba suficiente de la proposición que tiene ante sí siguiendo el método de los contrarios. Pues si la diferencia de lenguaje indica, como se nos dice, que la naturaleza ha cambiado, entonces que la identidad de lenguaje obligue a nuestros adversarios a confesar con vergüenza que la esencia permanece incambiada.

    Cap. 5, § 12

    12. Y no solo en el caso de la teología varía el uso de los términos, sino que, siempre que uno de los términos toma el significado del otro, los encontramos con frecuencia transferidos de un sujeto al otro. Por ejemplo, Adán dice: «He adquirido un varón por Dios,» queriendo decir lo mismo que de Dios; y en otro pasaje «Moisés mandó... a Israel por la palabra del Señor,» y, de nuevo, «¿No es la interpretación por Dios?» José, hablando de sueños a los prisioneros, en lugar de decir «de Dios» dice claramente «por Dios.» Inversamente Pablo usa el término «de quien» en lugar de «por quien,» cuando dice «hecho de mujer» (A.V., «de» en lugar de «por una mujer»). [] Y esto lo ha distinguido claramente en otro pasaje, donde dice que es propio de la mujer ser hecha del varón, y del varón ser hecho por la mujer, en las palabras «Pues así como la mujer es de [A.V., de] el varón, así también el varón es por [A.V., por] la mujer.» [] Sin embargo, en el pasaje en cuestión el apóstol, al ilustrar la variedad de uso, corrige a la vez obiter el error de quienes suponían que el cuerpo del Señor era un cuerpo espiritual, y, para mostrar que la carne portadora de Dios fue formada de la masa común de la naturaleza humana, dio precedencia a la preposición más enfática.
    La frase «por una mujer» sería probable que diera lugar a la sospecha de mero tránsito en la generación, mientras que la frase «de la mujer» indicaría satisfactoriamente que la naturaleza era compartida por la madre y la descendencia. El apóstol de ningún modo se contradecía a sí mismo, sino que mostró que las palabras pueden sin dificultad intercambiarse. Puesto que, por tanto, el término «de quien» se transfiere a los mismos sujetos en cuyo caso se decide que «por quien» se usa propiamente, ¿con qué coherencia pueden distinguirse invariablemente estas frases una de otra, para hallar falsamente culpa en la verdadera religión?

    Capítulo 6. Se entabla controversia con quienes afirman que el Hijo no está con el Padre, sino después del Padre. Y sobre la gloria igual

    Cap. 6, § 13

    Nuestros adversarios, mientras así se enfrentan con astucia y perversidad a nuestro argumento, no pueden siquiera recurrir al pretexto de la ignorancia. Es evidente que les molesta que completemos la doxología al Unigénito juntamente con el Padre, y que no separemos al Espíritu Santo del Hijo. Por esto nos llaman innovadores, revolucionarios, acuñadores de frases y todo otro nombre posible de insulto. Pero tan lejos estoy de irritarme por sus injurias que, de no ser porque su pérdida me causa «tristeza y continuo dolor,» casi habría podido decir que les estaba agradecido por la blasfemia, como si fueran agentes encargados de procurarme bendición. Pues «bienaventurados sois,» está dicho, «cuando los hombres os injurien por mi causa.» [] Los motivos de su indignación son estos: el Hijo, según ellos, no está juntamente con el Padre, sino después del Padre. De aquí se sigue que la gloria debe atribuirse al Padre «por medio de él,» pero no «con él;» en tanto que «con él» expresa igualdad de dignidad, mientras que «por medio de él» denota subordinación. Afirman además que el Espíritu no debe ser contado con el Padre y el Hijo, sino bajo el Hijo y el Padre; no coordinado, sino subordinado; no connumerado, sino subnumerado.
    Con terminología técnica de este género pervierten la sencillez y la llaneza de la fe, y así, con su ingenio, no dejando que nadie permanezca en la ignorancia, se privan a sí mismos del pretexto que la ignorancia podría reclamar.

    Cap. 6, § 14

    14. Preguntémosles primero esto: ¿En qué sentido dicen que el Hijo está «después del Padre;» más tarde en el tiempo, o en el orden, o en la dignidad? Pero en el tiempo nadie hay tan falto de sentido como para afirmar que el Hacedor de los siglos ocupa un segundo lugar, cuando ningún intervalo se interpone en la conjunción natural del Padre con el Hijo. Y, en verdad, en cuanto alcanza nuestra concepción de las relaciones humanas, es imposible pensar que el Hijo sea posterior al Padre, no solo por el hecho de que Padre e Hijo se conciben mutuamente según la relación que subsiste entre ellos, sino porque la posterioridad en el tiempo se predica de sujetos separados por un intervalo menor respecto del presente, y la prioridad de sujetos más lejanos. Por ejemplo, lo que sucedió en tiempo de Noé es anterior a lo que sucedió a los hombres de Sodoma, por cuanto Noé está más remoto de nuestro propio día; y, a su vez, los sucesos de la historia de los hombres de Sodoma son posteriores, porque parecen en cierto sentido acercarse más a nuestro propio día. Pero, además de ser una ruptura de la verdadera religión, ¿no es en realidad la más extrema locura medir la existencia de la vida que trasciende todo tiempo y todos los siglos por su distancia respecto del presente? ¿No es como si Dios Padre pudiera ser comparado con Dios Hijo, que existe antes de los siglos, y ser puesto por encima de Él, precisamente de la misma manera en que las cosas sujetas a comienzo y corrupción se describen como anteriores unas a otras?
    La mayor lejanía del Padre es en realidad inconcebible, pues el pensamiento y la inteligencia son del todo impotentes para ir más allá de la generación del Señor; y san Juan ha encerrado admirablemente la concepción dentro de límites circunscritos mediante dos palabras: «En el principio era el Verbo.» Pues el pensamiento no puede salir fuera del «era,» ni la imaginación ir más allá del «principio.» Por muy atrás que hagas viajar tu pensamiento, no puedes ir más allá del «era,» y por mucho que te esfuerces y luches por ver lo que hay más allá del Hijo, te resultará imposible llegar más lejos que el «principio.» La verdadera religión, por tanto, nos enseña así a pensar en el Hijo juntamente con el Padre.

    Cap. 6, § 15

    15. Si realmente conciben una especie de degradación del Hijo en relación con el Padre, como si Él estuviera en un lugar inferior, de modo que el Padre se sienta arriba y el Hijo sea apartado al asiento inmediatamente inferior, que confiesen lo que quieren decir. No tendremos nada más que decir. Una exposición llana de esa opinión pondrá de manifiesto al punto su absurdidad. Quienes se niegan a admitir que el Padre lo penetra todo ni siquiera mantienen la secuencia lógica del pensamiento en su argumento. La fe de los sanos es que Dios llena todas las cosas; [] pero quienes reparten su arriba y su abajo entre el Padre y el Hijo no recuerdan siquiera la palabra del Profeta: «Si subo al cielo, allí estás tú; si bajo al infierno, allí también estás.» Ahora, omitiendo toda prueba de la ignorancia de quienes predican lugar de las cosas incorpóreas, ¿qué excusa puede hallarse para su ataque a la Escritura, tan desvergonzado como su antagonismo, en los pasajes «Siéntate a mi diestra» y «Se sentó a la diestra de la majestad de Dios»? La expresión «diestra» no indica, como ellos sostienen, el lugar inferior, sino igualdad de relación; no se entiende físicamente, caso en el cual habría algo siniestro en Dios, sino que la Escritura pone ante nosotros la magnificencia de la dignidad del Hijo mediante el uso de un lenguaje digno que indica el asiento de honor. Queda, pues, a nuestros adversarios alegar que esta expresión significa inferioridad de rango. Que aprendan que «Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios,» [] y que «Él es la imagen del Dios invisible» [] y «resplandor de su gloria,» [] y que «a este lo selló Dios Padre,» [] grabándose a Sí mismo en Él.
    Ahora bien, ¿hemos de llamar a estos pasajes, y a otros semejantes en toda la Santa Escritura, pruebas de humillación, o más bien proclamaciones públicas de la majestad del Unigénito y de la igualdad de su gloria con el Padre? Les pedimos que escuchen al Señor mismo, que expone claramente la igual dignidad de su gloria con el Padre, en sus palabras: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;» [] y de nuevo, «cuando el Hijo venga en la gloria de su Padre;» [] que ellos «honren al Hijo como honran al Padre;» [] y, «Contemplamos su gloria, gloria como del unigénito del Padre;» [] y «el unigénito Dios que está en el seno del Padre.» De todos estos pasajes no hacen cuenta alguna, y luego asignan al Hijo el lugar reservado para sus enemigos. El seno de un padre es asiento adecuado y conveniente para un hijo, pero el lugar del escabel es para los que han de ser obligados a caer.
    Solo hemos tocado de pasada estas pruebas, porque nuestro objeto es pasar a otros puntos. Tú, en tu reposo, puedes reunir los elementos de la evidencia y contemplar luego la altura de la gloria y la preeminencia del poder del Unigénito. Sin embargo, para el oyente bien dispuesto, incluso estas no son insignificantes, a menos que los términos «diestra» y «seno» se acepten en un sentido físico y despectivo, de modo que se circunscriba a Dios en límites locales y se inventen forma, figura y posición corporal, todo lo cual es totalmente distinto de la idea de lo absoluto, lo infinito y lo incorpóreo. Hay además el hecho de que lo despectivo en esa idea es lo mismo en el caso del Padre y del Hijo; de suerte que quien repite estos argumentos no quita la dignidad al Hijo, sino que incurre en la acusación de blasfemar contra el Padre; pues toda audacia de que un hombre sea culpable contra el Hijo no puede sino transferirla al Padre. Si asigna al Padre el lugar superior por vía de precedencia y afirma que el unigénito Hijo se sienta abajo, hallará que a la criatura de su imaginación se adhieren todas las condiciones consiguientes del cuerpo. Y si estas son imaginaciones de delirio ebrio y de enloquecida insania, ¿puede ser coherente con la verdadera religión que hombres enseñados por el Señor mismo que «El que no honra al Hijo, no honra al Padre» [] se nieguen a adorar y glorificar con el Padre a aquel que en naturaleza, en gloria y en dignidad está unido a Él? ¿Qué diremos? ¿Qué defensa justa tendremos en el día del temible juicio universal de toda la creación, si, cuando el Señor anuncia claramente que vendrá «en la gloria de su Padre;» [] cuando Esteban contempló a Jesús de pie a la diestra de Dios; [] cuando Pablo testificó en el espíritu acerca de Cristo «que está a la diestra de Dios;» [] cuando el Padre dice, «Siéntate a mi diestra;» cuando el Espíritu Santo da testimonio de que se ha sentado a «la diestra de la majestad» [] de Dios, intentamos degradar al que comparte el honor y el trono, de su condición de igualdad a un estado inferior? Estar de pie y estar sentado, a mi juicio, indican la fijeza y la entera estabilidad de la naturaleza, como Baruc, cuando quiere mostrar la inmutabilidad e inmovilidad del modo divino de existencia, dice: «Porque tú permaneces para siempre y nosotros perecemos del todo.» Además, el lugar a la diestra indica en mi juicio igualdad de honor. Temerario, pues, es el intento de privar al Hijo de la participación en la doxología, como si solo fuera digno de ser clasificado en un lugar inferior de honor.

    Capítulo 7. Contra quienes afirman que no es propio que «con quien» se diga del Hijo, y que la frase propia es «por medio de quien.»

    Cap. 7, § 16

    16. Pero su contención es que usar la frase «con él» es del todo extraño e inusitado, mientras que «por medio de él» es a la vez lo más familiar en la Santa Escritura y muy común en el lenguaje de la hermandad. ¿Cuál es nuestra respuesta a esto? Decimos: Dichosos los oídos que no os han oído y los corazones que han sido guardados de las heridas de vuestras palabras. A vosotros, en cambio, que sois amantes de Cristo, os digo que la Iglesia reconoce ambos usos y no desaprueba ninguno como subversivo del otro. Pues siempre que contemplamos la majestad de la naturaleza del Unigénito y la excelencia de su dignidad, damos testimonio de que la gloria está con el Padre; mientras que, por otra parte, siempre que recordamos su donación de bienes buenos a nosotros, y nuestro acceso a la casa de Dios y admisión en ella, confesamos que esta gracia se efectúa para nosotros por medio de Él y por Él.
    De ello se sigue que la frase «con quien» es la propia para usarse en la atribución de gloria, mientras que la otra, «por medio de quien,» es especialmente apropiada en la acción de gracias. Es también del todo falso alegar que la frase «con quien» sea desconocida en el uso de los piadosos. Todos aquellos cuya rectitud de carácter los lleva a tener la dignidad de la antigüedad por más honorable que la mera novedad recién inventada, y que han conservado sin adulterar la tradición de sus padres, tanto en la ciudad como en el campo, han empleado esta frase. Son, por el contrario, los hastiados de lo familiar y acostumbrado, y que con arrogancia atacan lo antiguo como rancio, quienes acogen la innovación, del mismo modo que, en el vestir, vuestros amantes de la ostentación prefieren siempre alguna novedad total a lo que generalmente se lleva. Así podéis ver todavía cómo el lenguaje de la gente del campo conserva la moda antigua, mientras que el de estos nuestros astutos expertos en logomaquia lleva la marca de la nueva filosofía.
    Lo que nuestros padres dijeron, eso mismo decimos nosotros: que la gloria del Padre y del Hijo es común; por lo cual ofrecemos la doxología al Padre con el Hijo. Pero no nos apoyamos únicamente en el hecho de que tal sea la tradición de los Padres; pues también ellos siguieron el sentido de la Escritura y partieron de la evidencia que, hace unas pocas frases, deduje de la Escritura y os expuse. Pues «el resplandor» se piensa siempre con «la gloria,» «la imagen» con el arquetipo, [] y el Hijo siempre y en todas partes juntamente con el Padre; ni siquiera la estrecha conexión de los nombres, mucho menos la naturaleza de las cosas, admite separación.

    Capítulo 8. De cuántas maneras «[por medio de] quien» se usa; y en qué sentido «con quien» es más adecuado. Explicación de cómo el Hijo recibe un mandamiento y cómo es enviado

    Cap. 8, § 17

    17. Así, cuando el apóstol «da gracias a Dios por medio de Jesucristo,» [] y de nuevo dice que «por medio de Él» hemos «recibido la gracia y el apostolado para la obediencia de la fe entre todas las naciones,» [] o «por medio de Él tenemos acceso a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos,» [] expone los bienes que nos han sido concedidos por el Hijo, a veces haciendo que la gracia de los buenos dones pase del Padre a nosotros, y otras trayéndonos al Padre por medio de sí mismo. Pues al decir «por medio de quien hemos recibido la gracia y el apostolado,» [] declara que el suministro de los buenos dones procede de esa fuente; y de nuevo al decir «por medio de quien hemos tenido acceso,» [] expone nuestra aceptación y el ser hechos «de la casa de Dios» por medio de Cristo. ¿Es, pues, la confesión de la gracia obrada por Él hacia nosotros una detracción de su gloria? ¿No es más verdadero decir que el recital de sus beneficios es un argumento apropiado para glorificarlo? Es por esto que no encontramos que la Escritura describa al Señor con un solo nombre, ni siquiera solo con aquellos términos que son indicativos de su divinidad y majestad. A veces usa términos descriptivos de su naturaleza, pues reconoce el «nombre que es sobre todo nombre,» [] el nombre de Hijo, y habla de verdadero Hijo, y de unigénito Dios, y de Poder de Dios, y de Sabiduría, [] y de Verbo. Luego, de nuevo, a causa de las diversas maneras en que se nos da la gracia, la cual, por las riquezas de su bondad, según su multiforme [] sabiduría, otorga a los que tienen necesidad, la Escritura lo designa con innumerables otros títulos, llamándolo Pastor, Rey, Médico, Esposo, Camino, Puerta, Fuente, Pan, Hacha y Roca. Y estos títulos no exponen su naturaleza, sino, como he señalado, la variedad de la operación eficaz que, por su ternura hacia su propia creación, según la necesidad peculiar de cada uno, otorga a los que la necesitan. A los que han huido en busca de refugio a su cuidado gobernante, y mediante paciente resistencia han corregido sus caminos descarriados, los llama «ovejas,» y confiesa ser Él, para los que oyen su voz y se niegan a prestar atención a enseñanza extraña, un «pastor.» Pues «mis ovejas,» dice, «oyen mi voz.» Para los que han alcanzado ya una etapa superior y necesitan de una realeza justa, Él es Rey. Y en cuanto, por el camino recto de sus mandamientos, conduce a los hombres a buenas acciones, y de nuevo porque encierra con seguridad a todos los que mediante la fe en Él se refugian en la bendición de la sabiduría superior, Él es Puerta.
    Así dice: «Por mí, si alguno entra, entrará y saldrá y hallará pastos.» [] Y porque para los fieles Él es una defensa fuerte, inconmovible y más difícil de romper que cualquier baluarte, Él es Roca. Entre estos títulos, cuando se le llama Puerta o Camino, la frase «por medio de Él» es muy apropiada y clara. Sin embargo, como Dios e Hijo, es glorificado con el Padre y juntamente con el Padre, en que «al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» [] Por lo cual usamos ambos términos, expresando con uno su propia dignidad, y con el otro su gracia hacia nosotros.

    Cap. 8, § 18

    18. Pues «por medio de Él» viene todo socorro a nuestras almas, y es conforme a cada género de cuidado que se ha ideado un título apropiado. Así, cuando Él se presenta a sí mismo al alma sin mancha, que no tiene arruga ni nada semejante, [] como a una doncella pura, se le llama Esposo; pero siempre que recibe a una en lastimoso estado por los golpes malignos del diablo, sanándola en la grave enfermedad de sus pecados, se le nombra Médico. ¿Y este cuidado suyo por nosotros degradará hasta la bajeza nuestros pensamientos acerca de Él? ¿O, por el contrario, nos llenará de asombro a la vez ante el gran poder y el amor a los hombres del Salvador, en que Él soportó padecer con nosotros en nuestras enfermedades y fue capaz de descender a nuestra debilidad? Pues ni el cielo y la tierra y los grandes mares, ni las criaturas que viven en el agua y en tierra firme, ni las plantas, ni las estrellas, ni el aire, ni las estaciones, ni la vasta variedad en el orden del universo, manifiestan tan bien la excelencia de su poder como el que Dios, siendo incomprensible, haya podido, impasiblemente, por medio de la carne, entrar en estrecho conflicto con la muerte, a fin de que por su propio padecimiento nos diera el don de la liberación del sufrimiento. El apóstol, es cierto, dice: «En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.» [] Pero en una frase de este género no hay insinuación alguna de un ministerio bajo y subordinado, sino más bien del socorro prestado «en el poder de su fuerza.» [] Pues Él mismo ha atado al hombre fuerte y le ha saqueado los bienes, es decir, a nosotros, los hombres, a quienes nuestro enemigo había abusado en toda actividad mala, y nos ha hecho «vasos útiles para el uso del Maestro» [] a nosotros, que hemos sido perfeccionados para toda obra mediante la preparación de aquella parte de nosotros que está en nuestro propio dominio. Así hemos tenido acceso al Padre por medio de Él, siendo trasladados de «la potestad de las tinieblas a participar de la herencia de los santos en luz.» [] Pero no debemos considerar la economía por medio del Hijo como un ministerio forzoso y subordinado resultante de la baja condición de un esclavo, sino más bien como la solicitud voluntaria que obra eficazmente para su propia creación en bondad y compasión, según la voluntad de Dios Padre. Pues seremos coherentes con la verdadera religión si en todo lo que fue y es perfeccionado de tiempo en tiempo por Él, damos testimonio de la perfección de su poder, y en ningún caso lo separamos de la voluntad del Padre. Por ejemplo, siempre que se llama al Señor Camino, somos llevados a un sentido más alto, y no al que se deriva del sentido vulgar de la palabra. Entendemos por Camino aquel avance a la perfección que se hace etapa por etapa y en orden regular, mediante las obras de justicia y «la iluminación del conocimiento;» anhelando siempre lo que está delante, y extendiéndonos hacia aquellas cosas que quedan, hasta que hayamos alcanzado el fin bienaventurado, el conocimiento de Dios, que el Señor por medio de sí mismo otorga a los que han confiado en Él. Pues nuestro Señor es un Camino esencialmente bueno, donde el errar y el extravío son desconocidos, hacia aquel que es esencialmente bueno, hacia el Padre. Pues «nadie,» dice, viene al Padre sino [«por» A.V.] por medio de mí. [] Tal es nuestro camino de subida a Dios «por medio del Hijo.»

    Cap. 8, § 19

    19. De ello se sigue que a continuación debemos señalar el carácter de la disposición de bienes otorgados a nosotros por el Padre «por medio de él.» En tanto que toda la naturaleza creada, tanto este mundo visible como todo lo que se concibe en la mente, no puede mantenerse unida sin el cuidado y la providencia de Dios, el Verbo Creador, el Dios unigénito, repartiendo su socorro según la medida de las necesidades de cada uno, distribuye misericordias variadas y multiformes a causa de las muchas clases y caracteres de los receptores de su bondad, pero apropiadas a las necesidades de los requerimientos individuales. A los que están confinados en las tinieblas de la ignorancia los ilumina: por esto es Luz verdadera. [] Repartiendo la retribución conforme al mérito de las obras, juzga: por esto es Juez justo. [] «Pues el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo juicio al Hijo.» [] A los que han caído desde la altura excelsa de la vida al pecado los levanta de su caída: por esto es Resurrección. [] Obrando eficazmente por el toque de su poder y la voluntad de su bondad, hace todas las cosas. Pastorea; ilumina; alimenta; sana; guía; levanta; llama al ser a las cosas que no eran; sostiene lo creado. Así, los bienes que vienen de Dios llegan a nosotros «por medio del Hijo,» quien obra en cada caso con rapidez mayor de la que la palabra puede expresar. Pues ni los relámpagos, ni el curso de la luz en el aire, son tan veloces; ni el giro agudo de los ojos, ni los movimientos de nuestro propio pensamiento. Antes bien, cada una de estas cosas es superada en rapidez por la energía divina en mayor grado que la más lenta de todas las criaturas vivientes es aventajada en movimiento por las aves, o incluso por los vientos, o por la carrera de los cuerpos celestes; o, por no mencionar estas, por nuestro propio pensamiento mismo. Pues ¿qué extensión de tiempo necesita Aquel que «sostiene todas las cosas con la palabra de su poder,» [] y no obra por agencia corporal, ni requiere auxilio de manos para formar y modelar, sino que mantiene en seguimiento obediente y consentimiento no forzado la naturaleza de todas las cosas que existen? Así, como dice Judit, «Tú pensaste, y las cosas que determinaste estuvieron prontas a mano.» Por otra parte, y para que no seamos jamás arrastrados por la grandeza de las obras realizadas a imaginar que el Señor es sin principio, ¿qué dice el Autoexistente? «Yo vivo por medio de [por, A.V.] el Padre,» [] y el poder de Dios; «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo.» [] ¿Y la Sabiduría autocompleta? Recibí «un mandamiento sobre lo que debo decir y lo que debo hablar.» [] Por medio de todas estas palabras nos guía al conocimiento del Padre, y refiere nuestra admiración por todo lo que es traído a la existencia a Él, a fin de que «por medio de Él» conozcamos al Padre. Pues el Padre no es considerado a partir de la diferencia de las operaciones, mediante la exhibición de una energía separada y peculiar; porque todo lo que ve hacer al Padre, «esto también lo hace el Hijo de igual manera;» [] sino que Él goza de nuestra admiración por todo lo que acontece a partir de la gloria que le viene del Unigénito, regocijándose en el Hacedor mismo así como en la grandeza de las obras, y es exaltado por todos los que lo reconocen como Padre de nuestro Señor Jesucristo, «por medio de quien [por quien, A.V.] son todas las cosas, y para quien son todas las cosas.» Por lo cual, dice el Señor, «Todo lo mío es tuyo,» [] como si la soberanía sobre las cosas creadas le fuera conferida, y «Y lo tuyo es mío,» como si la Causa creadora viniera de allí a Él. No hemos de suponer que Él usó ayuda en su acción, ni que se le confió el ministerio de cada obra individual por comisión detallada, condición claramente servil y muy inadecuada a la dignidad divina. Más bien, el Verbo estaba lleno de las excelencias de su Padre; resplandece desde el Padre, y hace todas las cosas según la semejanza de Aquel que lo engendró. Pues si en esencia no tiene variación, tampoco la tiene en poder. Y de aquellos cuyo poder es igual, la operación también es igual en todos los sentidos. Y Cristo es el poder de Dios, y la sabiduría de Dios. [] Y así «todas las cosas son hechas por medio de [por, A.V.] él,» [] y «todas las cosas fueron creadas por medio de [por, A.V.] él y para él,» [] no en el desempeño de un servicio servil, sino en el cumplimiento de la voluntad del Padre como Creador.

    Cap. 8, § 20

    20. Pues cuando Él dice: «No he hablado por mi propia cuenta,» [] y de nuevo, «Como el Padre me dijo, así hablo,» [] y «La palabra que oís no es mía, sino [del Padre] que me envió,» [] y en otro lugar, «Como el Padre me dio mandamiento, así hago,» [] no es porque carezca de propósito deliberado o de poder de iniciativa, ni tampoco porque haya de esperar la nota clave preconcertada, por lo que emplea un lenguaje de este género. Su objeto es poner de manifiesto que su propia voluntad está unida en unión indisoluble con el Padre. No entendamos, pues, por lo que se llama «mandamiento» un mandato perentorio transmitido por órganos de habla, que da órdenes al Hijo, como a un subordinado, sobre lo que debe hacer. Más bien percibamos, en un sentido que conviene a la Divinidad, una transmisión de voluntad, como el reflejo de un objeto en un espejo, que pasa sin nota de tiempo del Padre al Hijo. «Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas,» [] de modo que «todas las cosas que el Padre tiene» pertenecen al Hijo, no acumulándose a Él poco a poco de modo gradual, sino con Él todas juntas y de una vez. Entre los hombres, el artesano que ha sido cabalmente enseñado en su oficio y, mediante largo adiestramiento, tiene experiencia segura y establecida en él, es capaz, conforme a los métodos científicos que ya tiene en reserva, de trabajar por sí mismo para el futuro. ¿Y hemos de suponer que la sabiduría de Dios, el Hacedor de toda la creación, Aquel que es eternamente perfecto, que es sabio sin maestro, el Poder de Dios, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento,» necesita instrucción fragmentaria para señalar la manera y la medida de sus operaciones? Presumo que en la vanidad de vuestros cálculos pretendéis abrir una escuela; haréis que uno tome asiento en el lugar del maestro, y el otro permanezca de pie en la ignorancia de un discípulo, aprendiendo gradualmente sabiduría y avanzando hacia la perfección, mediante lecciones dadas poco a poco. De ahí que, si tenéis sensatez para ateneros a lo que lógicamente se sigue, hallaréis al Hijo eternamente enseñado, sin poder jamás alcanzar el fin de la perfección, por cuanto la sabiduría del Padre es infinita, y el fin de lo infinito está más allá de toda aprehensión. Resulta que quienquiera que se niegue a conceder que el Hijo tiene todas las cosas desde el principio nunca concederá que Él alcance la perfección. Pero me avergüenzo de la concepción degradada a la que, por el curso del argumento, he sido arrastrado. Volvamos, por tanto, a los temas más elevados de nuestra discusión.

    Cap. 8, § 21

    21. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; [] no la imagen expresa, ni tampoco la forma, pues la naturaleza divina no admite combinación; sino la bondad de la voluntad, la cual, siendo concurrente con la esencia, es contemplada como semejante e igual, o más bien la misma, en el Padre como en el Hijo.
    ¿Qué significa, pues, «se hizo obediente»? [] ¿Qué significa «lo entregó por todos nosotros»? [] Significa que el Hijo tiene del Padre el obrar en bondad en favor de los hombres. Pero debes oír también las palabras: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley;» [] y «siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» []
    Presta también cuidadosa atención a las palabras del Señor, y observa cómo, siempre que nos instruye acerca de su Padre, tiene por costumbre usar términos de autoridad personal, diciendo: «Quiero; sé limpio;» [] y «Calla, enmudece;» [] y «Pero yo os digo;» y «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando;» [] y todas las demás expresiones del mismo género, para que por estas reconozcamos a nuestro Maestro y Hacedor, y por las primeras se nos enseñe al Padre de nuestro Maestro y Creador. Así, por todas partes queda demostrada la verdadera doctrina de que el hecho de que el Padre cree por medio del Hijo ni constituye imperfecta la creación del Padre ni exhibe como débil la energía activa del Hijo, sino que indica la unidad de la voluntad; de modo que la expresión «por medio de quien» contiene una confesión de una Causa antecedente, y no se adopta en objeción contra la Causa eficiente.

    Capítulo 9. Concepciones definitivas acerca del Espíritu que se conforman a la enseñanza de las Escrituras

    Cap. 9, § 22

    22. Investiguemos ahora cuáles son nuestras concepciones comunes acerca del Espíritu, tanto las que hemos reunido de la Sagrada Escritura acerca de Él como las que hemos recibido de la tradición no escrita de los Padres. Ante todo preguntamos: ¿quién, al oír los títulos del Espíritu, no se eleva en el alma, quién no levanta su concepción a la naturaleza suprema? Se le llama "Espíritu de Dios", "Espíritu de verdad que procede del Padre" [], "Espíritu recto", "Espíritu guiador". Su título propio y peculiar es "Espíritu Santo"; nombre especialmente apropiado a todo lo incorpóreo, puramente inmaterial e indivisible. Así nuestro Señor, al enseñar a la mujer que pensaba que Dios era objeto de culto local, que lo incorpóreo es incomprensible, dijo: "Dios es espíritu" []. Por tanto, al oír hablar de un espíritu, es imposible formarse la idea de una naturaleza circunscrita, sujeta a cambio y variación, o en absoluto semejante a la criatura. Nos vemos obligados a avanzar en nuestras concepciones hacia lo más alto, y a pensar en una esencia inteligente, de poder infinito, de magnitud ilimitada, no medida por tiempos o edades, generosa de sus buenos dones, a la que se vuelven todas las cosas que necesitan santificación, tras la cual alcanzan todas las cosas que viven en virtud, como regadas por su inspiración y ayudadas hacia su fin natural y propio; que perfecciona todas las demás cosas, pero a sí misma nada le falta; que vive no como quien necesita restauración, sino como proveedora de vida; que no crece por añadiduras, sino que de inmediato está llena, autoestablecida, omnipresente, origen de la santificación, luz perceptible a la mente, suministrando, por así decir, mediante sí misma, iluminación a toda facultad en la búsqueda de la verdad; por naturaleza inaccesible, aprehendida por razón de su bondad, llenando todas las cosas con su poder, pero comunicada solo a los dignos; no compartida en una sola medida, sino distribuyendo su energía según "la proporción de la fe" []; simple en esencia, variada en potencias, totalmente presente en cada uno y estando totalmente en todas partes; impasiblemente dividida, compartida sin pérdida de dejar de ser entera, a semejanza del rayo de sol, cuya luz bondadosa cae sobre el que la disfruta como si brillara solo para él, y sin embargo ilumina la tierra y el mar y se mezcla con el aire. Así también es el Espíritu para cada uno que lo recibe, como si se le diera solo a él, y sin embargo envía gracia suficiente y plena para toda la humanidad, y es disfrutado por todos los que participan de Él, según la capacidad, no de su poder, sino de su naturaleza.

    Cap. 9, § 23

    23. Ahora bien, el Espíritu no entra en íntima asociación con el alma por aproximación local. En efecto, ¿cómo podría haber un acercamiento corpóreo a lo incorpóreo? Esta asociación resulta del retiro de las pasiones que, viniendo después gradualmente sobre el alma a causa de su amistad con la carne, la han alienado de su estrecha relación con Dios. Solo después de que un hombre es purificado de la vergüenza cuya mancha recibió por su maldad, y ha vuelto de nuevo a su belleza natural, y como limpiando la Imagen Real y restaurando su forma antigua, solo así le es posible acercarse al Paráclito. Y Él, como el sol, con la ayuda de tu ojo purificado te mostrará en Sí mismo la imagen del invisible, y en el bendito espectáculo de la imagen contemplarás la indecible belleza del arquetipo. Mediante su ayuda los corazones son elevados, los débiles son sostenidos de la mano, y los que avanzan son llevados a la perfección. Brillando sobre los que están limpios de toda mancha, los hace espirituales por la comunión consigo mismo. Así como cuando un rayo de sol cae sobre cuerpos brillantes y transparentes, ellos mismos se vuelven también brillantes y despiden de sí un resplandor nuevo, así las almas en las que mora el Espíritu, iluminadas por el Espíritu, se vuelven ellas mismas espirituales y envían su gracia a otros. De aquí proviene el conocimiento anticipado del futuro, la comprensión de los misterios, la aprehensión de lo oculto, la distribución de los buenos dones, la ciudadanía celestial, un puesto en el coro de los ángeles, el gozo sin fin, la permanencia en Dios, el ser hecho semejante a Dios y, lo más alto de todo, el ser hecho Dios. Tales son, para citar unas pocas entre muchas, las concepciones acerca del Espíritu Santo que hemos sido enseñados a mantener con respecto a su grandeza, su dignidad y sus operaciones, por los oráculos mismos del Espíritu.
    Comentario editorial · «Llegar a ser Dios»
    Entre los frutos de la comunión con el Espíritu, Basilio cuenta «el llegar a ser semejantes a Dios y, lo más alto de todo, el llegar a ser Dios». Jackson anota que la idea halla su expresión más famosa en Atanasio, Sobre la encarnación 54 (el Verbo se hizo hombre para que nosotros fuésemos divinizados), y la rastrea en Ireneo (Contra las herejías IV, 38), Orígenes (Contra Celso III, 28) y Gregorio de Nacianzo (Oración 30, 14). Cita también a Basilio, Contra Eunomio II, 4: los perfectos en la virtud son juzgados dignos del título de Dios; y remite a . Véanse la Encarnación de Atanasio y el perfil de Ireneo.

    Capítulo 10. Contra los que dicen que no es correcto poner al Espíritu Santo al mismo rango que el Padre y el Hijo

    Cap. 10, § 24

    24. Pero debemos proceder a atacar a nuestros adversarios, en el esfuerzo por refutar esas "oposiciones" presentadas contra nosotros que se derivan de "falsamente llamada ciencia".
    No es lícito, afirman, que el Espíritu Santo sea puesto al mismo rango que el Padre y el Hijo, a causa de la diferencia de su naturaleza y de la inferioridad de su dignidad. Contra ellos es justo responder con las palabras de los apóstoles: "Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres" [].
    Pues si nuestro Señor, al ordenar el bautismo de salvación, encargó a sus discípulos bautizar a todas las naciones en el nombre "del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" [], no desdeñando la comunión con Él, y estos hombres alegan que no debemos ponerlo al mismo rango que el Padre y el Hijo, ¿no es evidente que abiertamente resisten el mandamiento de Dios? Si niegan que esta coordinación de tal tipo sea declaratoria de alguna comunión y conjunción, que nos digan por qué nos conviene mantener esta opinión, y qué modo más íntimo de conjunción tienen.
    Si el Señor no unió de hecho al Espíritu con el Padre y consigo mismo en el bautismo, no echen la culpa de la conjunción sobre nosotros, pues no sostenemos ni decimos nada diferente. Si, por el contrario, el Espíritu está allí unido con el Padre y el Hijo, y nadie es tan desvergonzado como para decir otra cosa, entonces no nos echen la culpa por seguir las palabras de la Escritura.

    Cap. 10, § 25

    25. Pero todo el aparato de guerra ha sido preparado contra nosotros; todo proyectil intelectual apunta a nosotros; y ahora las lenguas de los blasfemos disparan y aciertan y vuelven a acertar, con más dureza aún que cuando Esteban de antaño fue golpeado por los asesinos de Cristo. Y no logren ocultar el hecho de que, mientras un ataque contra nosotros sirve de pretexto para la guerra, el verdadero objetivo de estos procedimientos es más alto. Contra nosotros, dicen, están preparando sus máquinas y sus trampas; contra nosotros se gritan unos a otros, según la fuerza o la astucia de cada uno, que vengan. Pero el objeto del ataque es la fe. El único objetivo de toda la banda de adversarios y enemigos de la "sana doctrina" [] es sacudir el fundamento de la fe de Cristo arrasando la tradición apostólica hasta el suelo y destruyéndola por completo. Así, como los deudores —por supuesto de buena fe deudores— claman por una prueba escrita y rechazan como inútil la tradición no escrita de los Padres. Pero no cejaremos en nuestra defensa de la verdad. No abandonaremos cobardemente la causa. El Señor nos ha entregado como doctrina necesaria y salvadora que el Espíritu Santo ha de ser puesto al mismo rango que el Padre. Nuestros adversarios piensan de manera diferente, y consideran oportuno dividir y desgarrar, y relegarlo a la naturaleza de un espíritu ministrador. ¿No es entonces indiscutible que hacen su propia blasfemia más autoritativa que la ley prescrita por el Señor? Vamos, pues, dejemos de lado la mera contienda. Consideremos los puntos que tenemos delante, como sigue:

    Cap. 10, § 26

    26. ¿De dónde viene que seamos cristianos? Por nuestra fe, sería la respuesta universal. ¿Y de qué manera somos salvos? Claramente porque fuimos regenerados por la gracia dada en nuestro bautismo. ¿Cómo podríamos serlo de otro modo? Y después de reconocer que esta salvación se establece por medio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ¿arrojaremos lejos "aquella forma de doctrina" [] que recibimos? ¿No sería más bien motivo de gran gemido si se nos encuentra ahora más lejos de nuestra salvación "que cuando creímos por primera vez", y negamos ahora lo que entonces recibimos? Ya sea que un hombre haya partido de esta vida sin bautismo, o que haya recibido un bautismo carente de algunos de los requisitos de la tradición, su pérdida es igual. Y quien no guarda siempre y en todas partes, y no se aferra como protección segura, a la confesión que registramos en nuestra primera admisión, cuando, siendo librados "de los ídolos", vinimos "al Dios vivo" [], se constituye a sí mismo en "extraño" respecto de las "promesas" [] de Dios, luchando contra su propia firma, que puso por escrito cuando profesó la fe. Porque si para mí mi bautismo fue el comienzo de la vida, y aquel día de regeneración el primero de los días, es claro que la palabra pronunciada en la gracia de la adopción fue la más honorable de todas. ¿Puedo yo entonces, pervertido por las palabras seductoras de estos hombres, abandonar la tradición que me guió a la luz, que me otorgó el don del conocimiento de Dios, por el cual yo, tanto tiempo enemigo por causa del pecado, fui hecho hijo de Dios? Pero, por mi parte, ruego que con esta confesión parta de aquí al Señor, y les encargo que conserven la fe segura hasta el día de Cristo, y que mantengan al Espíritu indiviso del Padre y del Hijo, preservando, tanto en la confesión de fe como en la doxología, la doctrina que se les enseñó en su bautismo.

    Capítulo 11. Que los que niegan al Espíritu son transgresores

    Cap. 11, § 27

    27. "¿Quién tiene ay? ¿Quién tiene tristeza?" [] ¿Para quién es la angustia y la oscuridad? ¿Para quién la condenación eterna? ¿No es para los transgresores? ¿Para los que niegan la fe? ¿Y cuál es la prueba de su negación? ¿No es que han considerado en nada sus propias confesiones? ¿Y cuándo y qué confesaron? Creencia en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, cuando renunciaron al diablo y a sus ángeles, y pronunciaron aquellas palabras salvadoras. ¿Qué título apropiado se ha descubierto entonces para ellos, para que lo usen los hijos de la luz? ¿No se les llama transgresores, por haber violado el pacto de su salvación? ¿Cómo he de llamar a la negación de Dios? ¿Cómo a la negación de Cristo? ¿Qué otra cosa sino transgresiones? Y al que niega al Espíritu, ¿qué título deseas que le aplique? ¿No debe ser el mismo, puesto que ha roto su pacto con Dios? Y cuando la confesión de fe en Él asegura la bendición de la verdadera religión, y su negación somete a los hombres a la condenación de la impiedad, ¿no es cosa temible que consideren en nada la confesión, no por temor al fuego, a la espada, a la cruz, al azote, a la rueda o al potro, sino simplemente descarriados por la sofistería y las seducciones de los pneumatómacos? Testifico a todo hombre que confiesa a Cristo y niega a Dios, que Cristo de nada le aprovechará; a todo hombre que invoca a Dios pero rechaza al Hijo, que su fe es vana; a todo hombre que desecha al Espíritu, que su fe en el Padre y en el Hijo será inútil, pues ni siquiera puede mantenerla sin la presencia del Espíritu. Porque el que no cree en el Espíritu no cree en el Hijo, y el que no ha creído en el Hijo no cree en el Padre. Porque nadie "puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo" [], y "A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer".
    Tal hombre no tiene parte ni suerte en la verdadera adoración; porque es imposible adorar al Hijo, sino mediante el Espíritu Santo; imposible invocar al Padre, sino mediante el Espíritu de adopción.

    Capítulo 12. Contra los que afirman que es suficiente el bautismo en el nombre del Padre solamente

    Cap. 12, § 28

    28. Que nadie sea engañado por el hecho de que el apóstol a menudo omita el nombre del Padre y del Espíritu Santo al hacer mención del bautismo, ni por ello imagine que la invocación de los nombres no se observa. "Todos los que," dice, "habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos"; y de nuevo, "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, en su muerte habéis sido bautizados." Porque el nombrar a Cristo es la confesión del todo, mostrando como lo hace al Dios que dio, al Hijo que recibió, y al Espíritu que es, la unción. Así lo hemos aprendido de Pedro, en los Hechos, de "Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el Espíritu Santo" []; y en Isaías, "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido" []; y el salmista, "Por tanto, Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros." La Escritura, sin embargo, en el caso del bautismo, a veces menciona claramente solo al Espíritu.
    "Porque en un solo Espíritu," dice, "fuimos todos bautizados en un solo cuerpo." Y en armonía con esto están los pasajes: "Seréis bautizados con el Espíritu Santo" [], y "Él os bautizará con el Espíritu Santo" []. Pero nadie por esto estaría justificado en llamar a ese bautismo un bautismo perfecto en el que solo se invocara el nombre del Espíritu. Porque la tradición que nos ha sido dada por la gracia vivificante debe permanecer para siempre inviolable. El que redimió nuestra vida de la destrucción nos dio poder de renovación, cuya causa es inefable y oculta en misterio, pero que trae gran salvación a nuestras almas, de modo que añadir o quitar algo implica manifiestamente una caída de la vida eterna. Si, pues, en el bautismo la separación del Espíritu del Padre y del Hijo es peligrosa para el bautizante y de ninguna ventaja para el bautizado, ¿cómo puede ser seguro para nosotros el desgarrar al Espíritu del Padre y del Hijo? La fe y el bautismo son dos caminos de salvación afines e inseparables: la fe se perfecciona mediante el bautismo, el bautismo se establece mediante la fe, y ambos son completados por los mismos nombres. Porque así como creemos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, así también somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; primero viene la confesión, que nos introduce a la salvación, y sigue el bautismo, que sella nuestro asentimiento.

    Capítulo 13. Exposición de la razón por la que en los escritos de Pablo los ángeles se asocian con el Padre y el Hijo

    Cap. 13, § 29

    29. Se objeta, sin embargo, que otros seres que se enumeran con el Padre y el Hijo ciertamente no siempre son glorificados juntamente con ellos. El apóstol, por ejemplo, en su encargo a Timoteo, asocia a los ángeles con ellos en las palabras: "Te encargo delante de Dios y del Señor Jesucristo y de los ángeles escogidos" []. Nosotros no pretendemos alienar a los ángeles del resto de la creación, y sin embargo, se argumenta, no permitimos que sean contados con el Padre y el Hijo. A esto respondo, aunque el argumento, tan obviamente absurdo es, realmente no merece respuesta, que posiblemente ante un juez manso y apacible, y especialmente ante Uno que por su lenidad hacia los que son acusados ante Él demuestra la intachable equidad de sus decisiones, uno podría estar dispuesto a ofrecer como testigo incluso a un consiervo; pero que un esclavo sea hecho libre y llamado hijo de Dios y vivificado de la muerte solo puede ser llevado a cabo por Aquel que ha adquirido parentesco natural con nosotros, y ha sido cambiado del rango de esclavo. Porque ¿cómo podemos ser hechos parientes de Dios por uno que es extraño? ¿Cómo podemos ser liberados por uno que está él mismo bajo el yugo de la esclavitud? Se sigue que la mención del Espíritu y la de los ángeles no se hacen en condiciones semejantes. El Espíritu es invocado como Señor de la vida, y los ángeles como aliados de sus consiervos y testigos fieles de la verdad. Es costumbre que los santos entreguen los mandamientos de Dios en presencia de testigos, como también el mismo apóstol dice a Timoteo: "Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles" []; y ahora llama a los ángeles como testigos, pues sabe que los ángeles estarán presentes con el Señor cuando venga en la gloria de su Padre a juzgar al mundo con justicia. Porque Él dice: "A cualquiera que me confiese delante de los hombres, le confesará también el Hijo del Hombre delante de los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios" []; y Pablo en otro lugar dice: "Cuando el Señor Jesús sea revelado desde el cielo con sus ángeles" []. Así él ya testifica delante de los ángeles, preparando buenas pruebas para sí en el gran tribunal.

    Cap. 13, § 30

    30. Y no solo Pablo, sino en general todos aquellos a quienes se ha encomendado algún ministerio de la palabra, nunca cesan de testificar, sino que llaman al cielo y a la tierra como testigos, sobre la base de que ahora toda obra que se hace se hace dentro de ellos, y de que en el examen de todas las acciones de la vida estarán presentes con los juzgados. Así está dicho: "Él llamará a los cielos de arriba y a la tierra, para juzgar a su pueblo." Y así Moisés, cuando estaba a punto de entregar sus oráculos al pueblo, dice: "Llamo al cielo y a la tierra como testigos en este día" []; y de nuevo en su cántico dice: "Oíd, cielos, y hablaré, y oye, tierra, las palabras de mi boca" []; e Isaías: "Oíd, cielos, y escucha, tierra" []; y Jeremías describe el asombro en el cielo ante las noticias de las obras impías del pueblo: "El cielo se asombró de esto, y tuvo espanto grande, porque mi pueblo cometió dos males." Y así el apóstol, sabiendo que los ángeles están puestos sobre los hombres como tutores y guardianes, los llama como testigos. Además, Josué, hijo de Nun, incluso erigió una piedra como testigo de sus palabras (ya un montón en algún lugar había sido llamado testigo por Jacob) [], pues dice: "He aquí esta piedra será testigo contra vosotros este día hasta el fin de los días, cuando mintáis al Señor nuestro Dios," quizás creyendo que por el poder de Dios incluso las piedras hablarían para convicción de los transgresores; o, si no, que al menos la conciencia de cada hombre sería herida por la fuerza del recordatorio. De esta manera, los que han sido encomendados con la administración de las almas proveen testigos, cualesquiera que sean, para producirlos en algún día futuro. Pero el Espíritu es colocado juntamente con Dios, no a causa de la emergencia del momento, sino a causa de la comunión natural; no es arrastrado por nosotros, sino invitado por el Señor.

    Capítulo 14. Objeción de que algunos fueron bautizados en Moisés y creyeron en él, y respuesta a la misma; con observaciones sobre los tipos

    Cap. 14, § 31

    31. Pero aunque algunos sean bautizados en el Espíritu, se objeta, no por eso es justo que el Espíritu sea equiparado a Dios. Algunos «fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar» []. Y se admite que la fe ya antes ha sido puesta en hombres; porque «el pueblo creyó a Dios y a Moisés su siervo». ¿Por qué, pues, se pregunta, nosotros, a causa de la fe y del bautismo, exaltamos y engrandecemos al Espíritu Santo tan por encima de la creación, cuando hay evidencia de que las mismas cosas han sido dichas antes de hombres? ¿Qué, pues, responderemos? Nuestra respuesta es que la fe en el Espíritu es la misma que la fe en el Padre y en el Hijo; y de igual manera, también el bautismo. Pero la fe en Moisés y en la nube es, por así decirlo, en sombra y tipo. La naturaleza de lo divino es muy frecuentemente representada por los bosquejos toscos y sombríos de los tipos; pero porque las cosas divinas son prefiguradas por cosas pequeñas y humanas, es obvio que no debemos por ello concluir que la naturaleza divina sea pequeña. El tipo es una exhibición de las cosas esperadas, y ofrece una anticipación imitativa del futuro. Así Adán fue un tipo de «Aquel que había de venir» []. Típicamente, «la roca era Cristo» []; y el agua, un tipo del poder viviente de la palabra; como Él dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» []. El maná es un tipo del pan vivo que descendió del cielo []; y la serpiente en el estandarte, de la pasión de salvación realizada por medio de la cruz, por lo cual aun los que la miraban eran preservados. Así, de igual manera, la historia del éxodo de Israel está registrada para mostrar a los que son salvados mediante el bautismo. Porque los primogénitos de los israelitas fueron preservados, como los cuerpos de los bautizados, por la concesión de gracia a los que fueron marcados con sangre. Porque la sangre de la oveja es un tipo de la sangre de Cristo; y el primogénito, un tipo del primer formado. Y en cuanto el primer formado existe por necesidad en nosotros, y, en secuencia de sucesión, se transmite hasta el fin, se sigue que «en Adán» todos «morimos» [], y que «la muerte reinó» [] hasta el cumplimiento de la ley y la venida de Cristo. Y los primogénitos fueron preservados por Dios de ser tocados por el destructor, para mostrar que nosotros, que fuimos vivificados en Cristo, ya no morimos en Adán. El mar y la nube por el momento condujeron por el asombro a la fe, pero para el tiempo venidero prefiguraron típicamente la gracia que había de venir. «¿Quién es sabio y entenderá estas cosas?» [] — cómo el mar es típicamente un bautismo que produce la partida de Faraón, de la misma manera que este lavamiento produce la partida de la tiranía del diablo. El mar mató al enemigo en sí mismo; y en el bautismo también muere nuestra enemistad hacia Dios. Del mar salió el pueblo ileso; nosotros también, como vivos de entre los muertos, salimos del agua «salvados» por la «gracia» de Aquel que nos llamó []. Y la nube es una sombra del don del Espíritu, que enfría la llama de nuestras pasiones por la «mortificación» de nuestros «miembros» [].

    Cap. 14, § 32

    32. ¿Qué, pues? Porque fueron típicamente bautizados en Moisés, ¿es por ello pequeña la gracia del bautismo? Si así fuera, y si en cada caso hubiéramos de prejuzgar la dignidad de nuestros privilegios comparándolos con sus tipos, ni siquiera uno de estos privilegios podría ser tenido por grande; entonces ni el amor de Dios, que entregó a su Hijo unigénito por nuestros pecados, sería grande y extraordinario, porque Abraham no perdonó a su propio hijo; entonces ni siquiera la pasión del Señor sería gloriosa, porque una oveja tipificó la ofrenda en lugar de Isaac; entonces el descenso al infierno no sería temible, porque Jonás había tipificado antes la muerte en tres días y tres noches. La misma comparación prejuiciosa se hace también en el caso del bautismo por todos los que juzgan la realidad por la sombra y, comparando lo tipificado con el tipo, intentan por medio de Moisés y del mar desacreditar de una vez toda la dispensación del Evangelio. ¿Qué remisión de pecados, qué renovación de vida hay en el mar? ¿Qué don espiritual hay por medio de Moisés? ¿Qué muerte de pecados hay allí? Aquellos hombres no murieron con Cristo; por lo cual no resucitaron con Él. No «llevaron la imagen del celestial» []; no «llevaron en el cuerpo la muerte de Jesús» []; no «se despojaron del hombre viejo»; no «se revistieron del hombre nuevo, que se renueva en el conocimiento conforme a la imagen de Aquel que lo creó» []. ¿Por qué, pues, comparáis bautismos que sólo tienen el nombre en común, mientras que la distinción entre las cosas mismas es tan grande como la que puede haber entre el sueño y la realidad, entre la sombra y las figuras y la existencia sustancial?

    Cap. 14, § 33

    33. Pero la fe en Moisés no sólo no muestra que nuestra fe en el Espíritu sea sin valor, sino que, si adoptamos la línea de argumentación de nuestros adversarios, más bien debilita nuestra confesión del Dios del universo. «El pueblo», está escrito, «creyó al Señor y a Moisés su siervo» []. Moisés, pues, está unido a Dios, no al Espíritu; y fue tipo no del Espíritu, sino de Cristo. Porque en aquel tiempo, en el ministerio de la ley, él por sí mismo tipificó «al Mediador entre Dios y los hombres» []. Moisés, cuando mediaba por el pueblo en las cosas pertenecientes a Dios, no era ministro del Espíritu; porque la ley fue dada, «ordenada por ángeles en mano de un mediador» [], a saber, Moisés, conforme a la petición del pueblo: «Habla tú con nosotros,... pero no hable Dios con nosotros» []. Así la fe en Moisés se refiere al Señor, el Mediador entre Dios y los hombres, que dijo: «Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí» []. ¿Es, pues, nuestra fe en el Señor una bagatela, porque fue significada de antemano por medio de Moisés? Así que, aun si algunos fueron bautizados en Moisés, no se sigue que la gracia dada por el Espíritu en el bautismo sea pequeña. Puedo señalar también que es costumbre en la Escritura decir Moisés y la ley, como en el pasaje: «Tienen a Moisés y a los profetas» []. Por tanto, cuando se quiere hablar del bautismo de la ley, las palabras son: «Fueron bautizados en Moisés» []. ¿Por qué, pues, estos calumniadores de la verdad, por medio de la sombra y de los tipos, se esfuerzan por atraer desprecio y burla sobre el «gozo» de nuestra «esperanza» [] y el don rico de nuestro Dios y Salvador, que mediante la regeneración renueva nuestra juventud como la del águila? Ciertamente es del todo pueril, y propio de un niño que aún necesita ser alimentado con leche, ignorar el gran misterio de nuestra salvación; puesto que, conforme al progreso gradual de nuestra educación, mientras somos llevados a la perfección en nuestra formación para la piedad, primero se nos enseñaron lecciones elementales y más fáciles, adecuadas a nuestra inteligencia, mientras el Dispensador de nuestras suertes nos iba elevando, acostumbrándonos gradualmente, como a ojos criados en la oscuridad, a la gran luz de la verdad. Porque Él disimula nuestra debilidad y, en la profundidad de las riquezas [] de su sabiduría y en los inescrutables juicios de su inteligencia, usó este tratamiento suave, adaptado a nuestras necesidades, acostumbrándonos gradualmente a ver primero las sombras de los objetos y a mirar el sol en el agua, para librarnos de estrellarnos contra el espectáculo de la luz pura e inmaculada, quedando cegados. Así también la Ley, que tiene sombra de los bienes venideros, y la enseñanza típica de los profetas, que es una oscura enunciación de la verdad, han sido medios ideados para ejercitar los ojos del corazón, pues de este modo se hará fácil la transición a la sabiduría escondida en misterio []. Basta por ahora en cuanto a los tipos; ni sería posible detenerse más en este tema, o la discusión incidental vendría a ser muchas veces más voluminosa que el argumento principal.

    Capítulo 15. Respuesta a la objeción sugerida de que somos bautizados «en agua». También sobre el bautismo

    Cap. 15, § 34

    34. ¿Qué más? En verdad, nuestros adversarios están bien pertrechados de argumentos. Somos bautizados, alegan, en agua, y ciertamente no honraremos al agua por encima de toda la creación, ni le daremos parte de la honra del Padre y del Hijo. Los argumentos de estos hombres son tales como cabría esperar de disputadores airados, que no dejan medio sin intentar en su ataque contra quien los ha ofendido, porque su razón está ofuscada por sus sentimientos. No obstante, no rehuiremos la discusión ni siquiera de estos puntos. Si no instruimos a los ignorantes, al menos no volveremos la espalda ante los malvados. Pero retrocedamos por un momento sobre nuestros pasos.

    Cap. 15, § 35

    35. La dispensación de nuestro Dios y Salvador respecto del hombre es un llamamiento a salir de la caída y un retorno de la alienación causada por la desobediencia a la comunión íntima con Dios. Esta es la razón de la estancia de Cristo en la carne, del modelo de vida descrito en los Evangelios, de los sufrimientos, la cruz, el sepulcro, la resurrección; para que el hombre que se salva mediante la imitación de Cristo reciba aquella adopción antigua. Para la perfección de la vida es necesaria la imitación de Cristo, no sólo en el ejemplo de mansedumbre, humildad y longanimidad que se nos propone en su vida, sino también en su muerte real. Así Pablo, imitador de Cristo, dice: «hecho conforme a su muerte; si en alguna manera llegase a la resurrección de los muertos» []. ¿Cómo, pues, somos hechos semejantes a su muerte? [] En que fuimos sepultados con Él por el bautismo. ¿Cuál es, pues, el modo de la sepultura? ¿Y cuál es la ventaja que resulta de la imitación? En primer lugar, es necesario que la continuidad de la vida vieja sea cortada. Y esto es imposible a menos que un hombre nazca de nuevo, según la palabra del Señor []; porque la regeneración, como lo muestra el nombre mismo, es el comienzo de una segunda vida. Así que antes de comenzar la segunda, es necesario poner fin a la primera. Pues así como en el caso de los corredores que dan la vuelta y emprenden la segunda carrera, una especie de detención y pausa interviene entre los movimientos en dirección opuesta, así también al hacer un cambio de vida pareció necesario que la muerte viniera como mediadora entre las dos, dando fin a todo lo que precede y comienzo a todo lo que sigue. ¿Cómo, pues, realizamos el descenso al infierno? Imitando, mediante el bautismo, la sepultura de Cristo. Porque los cuerpos de los bautizados son, por así decirlo, sepultados en el agua. El bautismo, pues, significa simbólicamente el despojarse de las obras de la carne; como dice el apóstol: fuisteis «circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al despojaros del cuerpo de los pecados de la carne mediante la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo» []. Y hay, por así decirlo, una limpieza del alma de la suciedad que ha crecido en ella por la mente carnal, como está escrito: «Me lavarás, y seré más blanco que la nieve». Por esta razón no nos lavamos, como es costumbre de los judíos, en cada contaminación, sino que reconocemos que el bautismo de salvación es uno. Porque allí la muerte en favor del mundo es una, y una la resurrección de los muertos, de la cual el bautismo es tipo. Por esta causa el Señor, que es el Dispensador de nuestra vida, nos dio el pacto del bautismo, que contiene un tipo de vida y de muerte, pues el agua realiza la imagen de la muerte y el Espíritu nos da las arras de la vida. De aquí se sigue que la respuesta a nuestra pregunta de por qué fue asociada el agua con el Espíritu es clara: la razón es que en el bautismo se propusieron dos fines: por una parte, la destrucción del cuerpo de pecado, para que nunca dé fruto para muerte; por otra, nuestro vivir para el Espíritu y tener nuestro fruto en santidad; el agua, recibiendo el cuerpo como en un sepulcro, figura la muerte, mientras el Espíritu infunde el poder vivificante, renovando nuestras almas de la muerte del pecado a su vida original. Esto, pues, es lo que es nacer de nuevo del agua y del Espíritu: el hacerse muerto se efectúa en el agua, mientras nuestra vida es obrada en nosotros por medio del Espíritu. En tres inmersiones, pues, y con tres invocaciones, se realiza el gran misterio del bautismo, a fin de que el tipo de la muerte sea plenamente figurado y de que, por la tradición del conocimiento divino, las almas de los bautizados sean iluminadas. Se sigue que si hay alguna gracia en el agua, no es de la naturaleza del agua, sino de la presencia del Espíritu. Porque el bautismo es «no la eliminación de la suciedad de la carne, sino la respuesta de una buena conciencia hacia Dios» []. Así, al adiestrarnos para la vida que sigue a la resurrección, el Señor expone todo el modo de vida requerido por el Evangelio, estableciendo para nosotros la ley de mansedumbre, de tolerancia de la injuria, de libertad de la contaminación que proviene del amor al placer y de la avaricia, a fin de que podamos de propósito anticipar y conseguir todo lo que la vida venidera posee por su propia naturaleza inherente. Si, pues, alguien, al intentar una definición, describiera el evangelio como un pronóstico de la vida que sigue a la resurrección, no me parecería que va más allá de lo conveniente y justo. Volvamos ahora a nuestro tema principal.

    Cap. 15, § 36

    36. Por el Espíritu Santo viene nuestra restauración al paraíso, nuestra ascensión al reino de los cielos, nuestro retorno a la adopción de hijos, nuestra libertad para llamar a Dios Padre nuestro, el ser hechos partícipes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de luz, nuestra participación en la gloria eterna y, en una palabra, el ser llevados a un estado de toda «plenitud de bendición» [], tanto en este mundo como en el venidero, de todos los buenos dones que están reservados para nosotros, por la promesa de ello, mediante la fe, contemplando el reflejo de su gracia como si ya estuvieran presentes, esperamos el pleno disfrute. Si tales son las arras, ¿cuál será la perfección? Si tales son las primicias, ¿cuál será el cumplimiento completo? Además, también de esto puede comprenderse la diferencia entre la gracia que proviene del Espíritu y el bautismo por agua: en que Juan ciertamente bautizó con agua, pero nuestro Señor Jesucristo con el Espíritu Santo. «Yo a la verdad», dice, «os bautizo con agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí es más poderoso que yo, cuyo calzado no soy digno de llevar; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego» []. Aquí llama bautismo de fuego a la prueba en el juicio, como dice el apóstol: «El fuego probará la obra de cada uno, de qué clase sea» []. Y de nuevo: «El día la declarará, porque por el fuego será revelada» []. Y ya antes ha habido algunos que, en su defensa de la verdadera religión, sufrieron la muerte por causa de Cristo, no en mera semejanza, sino de hecho, y así no necesitaron de los signos exteriores del agua para su salvación, porque fueron bautizados en su propia sangre. Así que no escribo para menospreciar el bautismo por agua, sino para derribar los argumentos de los que se exaltan contra el Espíritu; que confunden cosas que son distintas entre sí y comparan las que no admiten comparación.

    Capítulo 16. Que el Espíritu Santo es en toda concepción inseparable del Padre y del Hijo, tanto en la creación de los objetos perceptibles, como en la dispensación de los asuntos humanos y en el juicio venidero

    Cap. 16, § 37

    37. Volvamos, pues, al punto planteado desde el principio: que en todas las cosas el Espíritu Santo es inseparable y absolutamente incapaz de ser separado del Padre y del Hijo. San Pablo, en el pasaje sobre el don de lenguas, escribe a los corintios: «Si todos profetizáis y entra un incrédulo o un indocto, es convencido por todos, es juzgado por todos; y así los secretos de su corazón se hacen manifiestos; y, postrándose sobre su rostro, adorará a Dios y declarará que verdaderamente Dios está en vosotros.» [] Si, pues, se sabe que Dios está en los profetas por la profecía que actúa según la distribución de los dones del Espíritu, consideren nuestros adversarios qué clase de lugar atribuirán al Espíritu Santo. Digan si es más propio clasificarlo con Dios o arrojarlo al lugar de la criatura. Las palabras de Pedro a Safira, «¿Por qué os habéis puesto de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? No habéis mentido a los hombres, sino a Dios,» muestran que los pecados contra el Espíritu Santo y contra Dios son lo mismo; y así podrías aprender que en toda operación el Espíritu está estrechamente unido con el Padre y el Hijo, y es inseparable de ellos. Dios obra las diferencias de operaciones, y el Señor las diversidades de ministerios, pero todo el tiempo el Espíritu Santo está presente también por su propia voluntad, dispensando la distribución de los dones según el mérito de cada receptor. Pues se dice: «hay diversidades de dones, pero el mismo Espíritu; y diferencias de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidades de operaciones, pero es el mismo Dios quien obra todas las cosas en todos.» «Pero todas estas cosas,» se dice, «las obra aquel único y mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.» [] Sin embargo, no debe suponerse que, porque en este pasaje el apóstol nombra en primer lugar al Espíritu, en segundo al Hijo y en tercero a Dios Padre, su rango queda invertido. El apóstol solo ha comenzado de acuerdo con nuestros hábitos de pensamiento; pues cuando recibimos dones, lo primero que se nos ocurre es el distribuidor, luego pensamos en el que envía, y entonces elevamos nuestros pensamientos a la fuente y causa de los bienes.

    Cap. 16, § 38

    38. Además, de las cosas creadas en el principio puede aprenderse la comunión del Espíritu con el Padre y el Hijo. Las potencias puras, inteligentes y supramundanas son y se llaman santas, porque tienen su santidad de la gracia dada por el Espíritu Santo. Por consiguiente, el modo de la creación de las potencias celestiales se pasa en silencio, pues el historiador de la cosmogonía nos ha revelado solo la creación de las cosas perceptibles por los sentidos. Pero tú, que tienes poder para formar, a partir de las cosas que se ven, una analogía de las invisibles, glorifica al Hacedor por quien todas las cosas fueron hechas, visibles e invisibles, principados y potestades, autoridades, tronos y dominios, y todas las demás naturalezas racionales que no podemos nombrar. Y en la creación considera primero, te lo ruego, la causa original de todas las cosas que son hechas: el Padre; la causa creadora: el Hijo; la causa perfectiva: el Espíritu; de modo que los espíritus ministradores subsisten por la voluntad del Padre, son traídos a la existencia por la operación del Hijo y son perfeccionados por la presencia del Espíritu. Además, la perfección de los ángeles es la santificación y la perseverancia en ella. Y nadie imagine que yo afirmo que hay tres hipóstasis originales ni que alego que la operación del Hijo es imperfecta. Pues el primer principio de las cosas existentes es Uno, que crea por medio del Hijo y perfecciona por medio del Espíritu. La operación del Padre, que obra todas las cosas en todos, no es imperfecta, ni la obra creadora del Hijo es incompleta si no es perfeccionada por el Espíritu. El Padre, que crea por su sola voluntad, no podría tener necesidad alguna del Hijo; sin embargo, quiere por medio del Hijo. Ni el Hijo, que obra según la semejanza del Padre, podría necesitar cooperación, pero el Hijo también quiere hacer perfecto por medio del Espíritu. «Porque por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento [el Espíritu] de su boca.» La Palabra, pues, no es una mera impresión significativa en el aire, llevada por los órganos del habla; ni el Espíritu de su boca es un vapor, emitido por los órganos de la respiración; sino que la Palabra es Aquel que «estaba con Dios en el principio» y «era Dios,» [] y el Espíritu de la boca de Dios es «el Espíritu de verdad que procede del Padre.» [] Has de percibir, por tanto, a tres: el Señor que da la orden, la Palabra que crea y el Espíritu que confirma. ¿Y qué otra cosa podría ser la confirmación sino la perfección según la santidad? Esta perfección expresa la firmeza, la inmutabilidad y la fijeza en el bien de la confirmación. Pero no hay santificación sin el Espíritu. Las potencias de los cielos no son santas por naturaleza; si así fuera, no habría en este aspecto diferencia alguna entre ellas y el Espíritu Santo. Es en proporción a su excelencia relativa que tienen su medida de santidad del Espíritu. El hierro de marcar se concibe junto con el fuego; y sin embargo, el material y el fuego son distintos. Así también en el caso de las potencias celestiales: su sustancia es, quizá, un espíritu aéreo, o un fuego inmaterial, como está escrito: «Quien hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llama de fuego;» por lo cual existen en el espacio y se hacen visibles, y aparecen en su forma corporal propia a los que son dignos. Pero su santificación, siendo externa a su sustancia, sobreañade su perfección mediante la comunión del Espíritu. Guardan su rango permaneciendo en el bien y la verdad, y, mientras conservan su libertad de voluntad, nunca caen de su paciente atención a Aquel que es verdaderamente bueno. Resulta que, si con tu argumento eliminas al Espíritu, las huestes de los ángeles se disuelven, los dominios de los arcángeles se destruyen, todo se arroja a la confusión, y su vida pierde ley, orden y distinción. Pues ¿cómo han de clamar los ángeles «Gloria a Dios en las alturas» [] sin ser capacitados por el Espíritu? Pues «Nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo, y nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús;» [] como podría ser dicho por espíritus malvados y hostiles, cuya caída establece nuestra afirmación de la libertad de la voluntad de las potencias invisibles; estando, como están, en una condición de equilibrio entre la virtud y el vicio, y por esta razón necesitando el socorro del Espíritu. Yo ciertamente sostengo que ni siquiera Gabriel [] predice de otra manera los acontecimientos futuros que por la presciencia del Espíritu, por razón del hecho de que uno de los bienes distribuidos por el Espíritu es la profecía. ¿Y de dónde obtuvo aquel que fue ordenado para anunciar los misterios de la visión al Varón de los Deseos la sabiduría por la cual fue capacitado para enseñar cosas ocultas, si no del Espíritu Santo? La revelación de los misterios es, en verdad, la función peculiar del Espíritu, como está escrito: «Dios nos las ha revelado por su Espíritu.» [] ¿Y cómo podrían «tronos, dominios, principados y potestades» [] vivir su vida bienaventurada, si no «contemplaran el rostro del Padre que está en los cielos»? [] ¡Pero contemplarlo es imposible sin el Espíritu! Así como de noche, si retiras la luz de la casa, los ojos quedan ciegos y sus facultades se vuelven inactivas, y el valor de los objetos no puede discernirse, y el oro es pisoteado por ignorancia como si fuera hierro, así en el orden del mundo intelectual es imposible que la alta vida de la Ley permanezca sin el Espíritu. Pues que permaneciera así sería tan probable como que un ejército mantuviera su disciplina en ausencia de su comandante, o un coro su armonía sin la guía del corifeo. ¿Cómo podrían los serafines clamar «Santo, Santo, Santo,» [] si no fueran enseñados por el Espíritu cuántas veces la verdadera religión exige que eleven su voz en esta doxología? ¿Alaban a Dios «todos sus ángeles» y «todos sus ejércitos»? Es mediante la cooperación del Espíritu. ¿Están «millares de millares» de ángeles delante de Él, y «diez mil veces diez mil» espíritus ministradores? [] Hacen su obra propia de manera intachable por el poder del Espíritu. Toda la gloriosa e inefable armonía de los altísimos cielos, tanto en el servicio de Dios como en la concordia mutua de las potencias celestiales, solo puede, por tanto, ser preservada por la dirección del Espíritu. Así, con aquellos seres que no son gradualmente perfeccionados por aumento y avance, sino que son perfectos desde el momento de la creación, hay en la creación la presencia del Espíritu Santo, que les confiere la gracia que fluye de Él para la completitud y perfección de su esencia.

    Cap. 16, § 39

    39. Pero cuando hablamos de las dispensaciones hechas para el hombre por nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, ¿quién negará que fueron realizadas por la gracia del Espíritu? Ya desees examinar la evidencia antigua —las bendiciones de los patriarcas, el socorro dado mediante la legislación, los tipos, las profecías, las hazañas valerosas en la guerra, las señales obradas por medio de hombres justos—; o, por otra parte, las cosas hechas en la dispensación de la venida de nuestro Señor en la carne —todo es por el Espíritu. En primer lugar, Él fue hecho unción, y estando inseparablemente presente estaba con la misma carne del Señor, según lo que está escrito: «Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es» [] «mi Hijo amado;» [] y «Jesús de Nazaret» a quien «Dios ungió con el Espíritu Santo.» [] Después de esto, toda operación fue realizada con la cooperación del Espíritu. Él estaba presente cuando el Señor era tentado por el diablo; pues se dice: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado.» [] Estaba inseparablemente con Él mientras obraba sus maravillosas obras; pues se dice: «Si yo por el Espíritu de Dios expulso demonios.» [] Y no lo dejó cuando hubo resucitado de entre los muertos; pues al renovar al hombre, y, soplando sobre el rostro de los discípulos, restaurando la gracia que provenía del soplo de Dios, que el hombre había perdido, ¿qué dijo el Señor? «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retengáis, les son retenidos.» [] ¿Y no es claro e incontestable que el ordenamiento de la Iglesia se efectúa mediante el Espíritu? Pues Él dio, se dice, «en la iglesia, primero apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros, después milagros, luego dones de sanidades, ayudas, gobiernos, diversidades de lenguas,» [] pues este orden está ordenado de acuerdo con la división de los dones que son del Espíritu.

    Cap. 16, § 40

    40. Además, por cualquiera que use cuidadosamente su razón se hallará que incluso en el momento de la esperada aparición del Señor desde el cielo el Espíritu Santo no estará, como algunos suponen, sin funciones que desempeñar: por el contrario, incluso en el día de su revelación, en el cual el bienaventurado y único soberano [] juzgará al mundo en justicia, [] el Espíritu Santo estará presente con Él. Pues ¿quién es tan ignorante de las cosas buenas preparadas por Dios para los que son dignos, como para no saber que la corona de los justos es la gracia del Espíritu, otorgada en medida más abundante y perfecta en aquel día, cuando la gloria espiritual sea distribuida a cada uno en proporción a lo noblemente que haya combatido? Pues entre las glorias de los santos hay «muchas moradas» en la casa del Padre, es decir, diferencias de dignidades: pues así como «una estrella difiere de otra en gloria, así también es la resurrección de los muertos.» [] Ellos, pues, que fueron sellados por el Espíritu para el día de la redención, y conservan puras e inalteradas las primicias que recibieron del Espíritu, son los que oirán las palabras «bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré.» [] De igual manera, los que han contristado al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han obrado para Aquel que les dio, serán privados de lo que han recibido, siendo su gracia transferida a otros; o, según uno de los evangelistas, serán incluso enteramente cortados en dos, [] — significando el cortar en dos la separación completa del Espíritu. El cuerpo no es dividido, entregándose una parte al castigo y dejándose libre la otra; pues cuando un todo ha pecado sería como las viejas fábulas, e indigno de un juez justo, que solo la mitad sufriera castigo. Ni el alma es cortada en dos —esa alma cuya totalidad posee la afección pecaminosa por completo, y obra la maldad en cooperación con el cuerpo. El cortar en dos, como he observado, es la separación para siempre del alma del Espíritu. Pues ahora, aunque el Espíritu no sufre mezcla con los indignos, sin embargo parece en cierto modo estar presente con los que una vez fueron sellados, aguardando la salvación que sigue a su conversión; pero entonces será enteramente separado del alma que ha manchado su gracia. Por esta razón «En el infierno no hay quien haga confesión; en la muerte no hay quien se acuerde de Dios,» porque el socorro del Espíritu ya no está presente. ¿Cómo es, pues, posible concebir que el juicio se realice sin el Espíritu Santo, cuando la palabra señala que Él mismo es el premio [] de los justos, cuando en lugar de las arras se da lo perfecto, y la primera condenación de los pecadores, cuando son privados de lo que parecen tener? Pero la mayor prueba de la conjunción del Espíritu con el Padre y el Hijo es que se dice que tiene la misma relación con Dios que el espíritu en nosotros tiene con cada uno de nosotros. «Pues ¿qué hombre,» se dice, «conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios.» []
    Sobre este punto he dicho bastante.

    Capítulo 17. Contra los que dicen que el Espíritu Santo no ha de ser numerado con, sino numerado bajo, el Padre y el Hijo. En lo cual además hay una noticia sumaria de la fe concerniente a la recta subnumeración

    Cap. 17, § 41

    41. Lo que ellos llaman subnumeración, y en qué sentido usan esta palabra, no puede siquiera imaginarse sin dificultad. Bien se sabe que fue importada a nuestro lenguaje de la «sabiduría del mundo;» pero un punto para nuestra presente consideración será si tiene alguna relación inmediata con el asunto en discusión. Los que son adeptos en vanas investigaciones nos dicen que, mientras algunos nombres son comunes y de denotación ampliamente extendida, otros son más específicos, y que la fuerza de algunos es más limitada que la de otros. Esencia, por ejemplo, es un nombre común, predicable de todas las cosas tanto animadas como inanimadas; mientras que animal es más específico, siendo predicado de menos sujetos que el anterior, aunque de más que los que se consideran bajo él, pues abarca tanto la naturaleza racional como la irracional. De nuevo, humano es más específico que animal, y hombre que humano, y que hombre el individuo Pedro, Pablo o Juan. ¿Quieren decir, pues, por subnumeración la división de lo común en sus partes subordinadas? Pero yo dudaría en creer que han llegado a tal grado de infatuación como para afirmar que el Dios del universo, como alguna cualidad común concebible solo por la razón y sin existencia actual en ninguna hipóstasis, es dividido en subdivisiones subordinadas, y que entonces esta subdivisión es llamada subnumeración. Esto difícilmente lo dirían incluso hombres locos de melancolía, pues, además de su impiedad, están estableciendo el argumento exactamente opuesto a su propia contención. Pues las subdivisiones son de la misma esencia que aquello de lo cual han sido divididas. La evidencia misma del absurdo nos dificulta hallar argumentos para refutar su insensatez; de modo que realmente su locura parece una ventaja para ellos; así como los cuerpos blandos y cedentes no ofrecen resistencia, y por tanto no pueden recibir un golpe fuerte. Es imposible aplicar una refutación vigorosa a un absurdo palpable. El único curso que nos queda es pasar por alto su abominable impiedad en silencio. Sin embargo, nuestro amor por los hermanos y la importunidad de nuestros adversarios hacen imposible el silencio.
    Comentario editorial · «Subnumeración»
    Hyparíthmesis, «contar por debajo», es una palabra de lógica: en el § 41 Basilio dice que viene de «la sabiduría del mundo». Los adversarios sostenían que se «connumeran» las cosas de igual dignidad y se «subnumeran» las inferiores, de modo que el Espíritu iría contado bajo el Padre y el Hijo. Jackson, citando a Johnston, anota que Eunomio no usa la palabra en su confesión de 382, pero sí en su Apología (antes de 365), a la que Basilio había respondido. Otra nota suya recuerda que Eunomio llamaba al Espíritu «tercero en dignidad y orden», y que Basilio le replica en Contra Eunomio II que, aun concediendo un rango, no se sigue una naturaleza distinta. En el § 42 Basilio lo desarma con monedas: una pieza de bronce junto a una de oro sigue siendo «una y una». Para el marco, véase el subordinacionismo.

    Cap. 17, § 42

    42. ¿Qué es lo que sostienen? Mira los términos de su impostura. «Afirmamos que la connumeración es apropiada a sujetos de igual dignidad, y la subnumeración a aquellos que varían en dirección de la inferioridad.» «¿Por qué,» repliqué, decís esto? No alcanzo a comprender vuestra extraordinaria sabiduría. ¿Queréis decir que el oro se numera con el oro, y que el plomo es indigno de la connumeración, sino que, por la baratura del material, es subnumerado al oro? ¿Y atribuís tanta importancia al número como para que pueda o exaltar el valor de lo barato, o destruir la dignidad de lo valioso? Por tanto, de nuevo, numeraréis el oro bajo las piedras preciosas, y las piedras preciosas más pequeñas y sin lustre bajo las más grandes y de color más brillante. Pero ¿qué no dirán hombres que no pasan su tiempo en nada más que en «decir o escuchar alguna cosa nueva»? [] Sean estos partidarios de la impiedad clasificados en adelante con los estoicos y epicúreos. ¿Qué subnumeración es siquiera posible de cosas menos valiosas en relación con cosas muy valiosas? ¿Cómo ha de ser numerado un óbolo de bronce bajo un estáter de oro? «Porque,» responden, «no hablamos de poseer dos monedas, sino una y una.» Pero ¿cuál de estas es subnumerada a la otra? Cada una es mencionada de modo semejante. Si pues numeráis cada una por separado, causáis una igualdad de valor numerándolas de la misma manera; pero, si las unís, hacéis su valor uno numerándolas la una con la otra. Pero si la subnumeración pertenece a la que es numerada segunda, entonces está en el poder del contador comenzar contando la moneda de bronce. Dejemos, sin embargo, de lado la refutación de su ignorancia, y volvamos nuestro argumento al tema principal.

    Cap. 17, § 43

    43. ¿Sostenéis que el Hijo es numerado bajo el Padre, y el Espíritu bajo el Hijo, o limitáis vuestra subnumeración solo al Espíritu? Si, por el contrario, aplicáis esta subnumeración también al Hijo, revivís lo que es la misma doctrina impía, la desemejanza de la sustancia, la bajeza de rango, el venir a la existencia en tiempo posterior, y de una vez por todas, con este solo término, pondréis de nuevo en circulación todas las blasfemias contra el Unigénito. Refutar estas blasfemias sería una tarea más larga de lo que mi presente propósito admite; y estoy tanto menos obligado a emprenderla cuanto que la impiedad ha sido refutada en otra parte según mi mejor capacidad. Si, por otra parte, suponen que la subnumeración beneficia solo al Espíritu, debe enseñárseles que el Espíritu es mencionado junto con el Señor precisamente de la misma manera en que el Hijo es mencionado con el Padre. «El nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» [] es entregado de igual manera, y, según la coordinación de las palabras entregadas en el bautismo, la relación del Espíritu con el Hijo es la misma que la del Hijo con el Padre. Y si el Espíritu es coordinado con el Hijo, y el Hijo con el Padre, es obvio que el Espíritu es también coordinado con el Padre. Cuando, pues, los nombres están clasificados en una única y misma serie coordinada, ¿qué lugar hay para hablar, por un lado, de connumeración, y por otro, de subnumeración? No, sin excepción, ¿qué cosa perdió jamás su propia naturaleza por ser numerada? ¿No es un hecho que las cosas, cuando son numeradas, permanecen lo que natural y originalmente eran, mientras que el número es adoptado entre nosotros como un signo indicativo de la pluralidad de sujetos? Pues algunos cuerpos los contamos, algunos los medimos y algunos los pesamos; los que son por naturaleza continuos los aprehendemos por medida; a los que son divididos aplicamos el número (con excepción de aquellos que por su finura son medidos); mientras que los objetos pesados son distinguidos por la inclinación de la balanza. Sin embargo, no se sigue que, porque hemos inventado para nuestra conveniencia símbolos para ayudarnos a llegar al conocimiento de la cantidad, hayamos por tanto cambiado la naturaleza de las cosas significadas. No hablamos de «pesar bajo» las unas a las otras cosas que son pesadas, aunque una sea oro y la otra estaño; ni tampoco «medimos bajo» las cosas que son medidas; y así, de la misma manera, no «numeraremos bajo» las cosas que son numeradas. Y si ninguna de las demás cosas admite subnumeración, ¿cómo pueden alegar que el Espíritu debe ser subnumerado? Obrando como obran bajo la insania pagana, imaginan que las cosas que son inferiores, sea por grado de rango o por sujeción de sustancia, deben ser subnumeradas.

    Capítulo 18. De qué manera en la confesión de las tres hipóstasis preservamos el piadoso dogma de la Monarquía. Donde también se refuta a quienes alegan que el Espíritu es subnumerado

    Cap. 18, § 44

    44. Al entregar la fórmula del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo [], nuestro Señor no vinculó el don con el número. No dijo «en el Primero, el Segundo y el Tercero,» ni tampoco en uno, dos y tres, sino que nos concedió el don del conocimiento de la fe que lleva a la salvación, mediante los santos nombres. De modo que lo que nos salva es nuestra fe. El número ha sido ideado como símbolo indicativo de la cantidad de los objetos. Pero estos hombres, que se acarrean ruina por todos los medios posibles, han vuelto incluso la capacidad de contar contra la fe. Ninguna otra cosa sufre cambio alguno por el añadido del número, y sin embargo estos hombres, en el caso de la naturaleza divina, rinden reverencia al número, no sea que excedan los límites del honor debido al Paráclito. Pero, ¡oh sapientísimos señores!, dejad que lo inaccesible esté por encima y más allá de todo número, como la antigua reverencia de los hebreos escribió el nombre inefable de Dios con caracteres peculiares, esforzándose así por manifestar su infinita excelencia. Contad, si os empeñáis; pero no hagáis daño a la fe contando. O bien sea honrado lo inefable con el silencio; o bien cuéntense las cosas santas de modo coherente con la verdadera religión. Hay un solo Dios y Padre, un solo Unigénito y un solo Espíritu Santo. Proclamamos cada una de las hipóstasis por separado; y, cuando es preciso contar, no permitimos que una aritmética ignorante nos arrastre a la idea de una pluralidad de dioses.

    Cap. 18, § 45

    45. Pues no contamos por adición, haciendo crecer gradualmente de la unidad a la multitud, y diciendo uno, dos y tres—ni tampoco primero, segundo y tercero. Porque «Yo,» dice Dios, «soy el primero, y yo soy el último.» [] Y hasta ahora jamás, ni aun en el tiempo presente, hemos oído hablar de un segundo Dios. Adorando como adoramos a Dios de Dios, confesamos la distinción de las Personas y, al mismo tiempo, permanecemos en la Monarquía. No desmenuzamos la teología en una pluralidad dividida, porque una sola Forma, por así decir, unida en la invariabilidad de la Divinidad, es contemplada en Dios Padre y en Dios el Unigénito. Pues el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo; ya que tal como es el último, tal es el primero, y tal como es el primero, tal es el último; y en esto está la Unidad. De modo que, según la distinción de las Personas, ambos son uno y uno; y, según la comunión de la Naturaleza, uno. ¿Cómo, pues, si son uno y uno, no hay dos Dioses? Porque hablamos de un rey y de la imagen del rey, y no de dos reyes. La majestad no queda partida en dos, ni la gloria dividida. La soberanía y autoridad sobre nosotros es una, y por eso la doxología que le atribuimos no es plural, sino una; porque la honra tributada a la imagen pasa al prototipo. Ahora bien, lo que en un caso es la imagen por razón de imitación, en el otro caso lo es el Hijo por naturaleza; y así como en las obras de arte la semejanza depende de la forma, en el caso de la naturaleza divina e incompuesta la unión consiste en la comunión de la Divinidad. Uno, además, es el Espíritu Santo, y de Él hablamos en singular, unido como está al único Padre por medio del único Hijo, y completando por sí mismo la adorable y bendita Trinidad. De Él, la íntima relación con el Padre y el Hijo queda suficientemente declarada por el hecho de no ser contado en la pluralidad de la creación, sino mencionado en singular; pues no es uno entre muchos, sino Uno. Porque así como hay un solo Padre y un solo Hijo, así hay un solo Espíritu Santo. Por consiguiente, está tan alejado de la naturaleza creada como la razón exige que lo singular esté alejado de los cuerpos compuestos y plurales; y está unido al Padre y al Hijo de tal manera como la unidad tiene afinidad con la unidad.
    Comentario editorial · «Monarquía»
    Basilio concilia dos cosas: confiesa «la distinción de las Personas» y «permanece en la Monarquía» (§ 45). Una nota de Jackson cuenta la historia del término: Justino habría escrito Sobre la monarquía contra el politeísmo e Ireneo una carta Sobre la monarquía a Florino (Eusebio, Historia eclesiástica V, 20); Dionisio de Roma, citado por Atanasio, reprocha a quienes dividen la «sagrada monarquía» en tres poderes. Más tarde «monarquianos» se llamó, en cambio, a quienes llevaron la unidad hasta negar la Trinidad: Pablo de Samosata, Práxeas, Sabelio. Para Basilio, dice Jackson citando Contra Eunomio II, el Padre no tiene principio, y el principio del Hijo es el Padre. Sobre el modalismo, véanse los unicitarios y Tertuliano.

    Cap. 18, § 46

    46. Y no solo de esta fuente se derivan nuestras pruebas de la comunión natural, sino también del hecho de que, además, se dice que es «de Dios;» [] no ciertamente en el sentido en que «todas las cosas son de Dios,» sino en el sentido de que procede de Dios, no por generación, como el Hijo, sino como Aliento de su boca. Pero de ningún modo es la «boca» un miembro, ni el Espíritu un aliento que se disuelve; sino que la palabra «boca» se usa en cuanto puede ser apropiada a Dios, y el Espíritu es una Substancia que tiene vida, dotada del supremo poder de santificación. Así se pone de manifiesto la estrecha relación, mientras queda salvaguardado el modo de la existencia inefable. Se le llama, además, 'Espíritu de Cristo', por estar por naturaleza íntimamente unido a Él. Por lo cual «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él.» [] De ahí que solo Él glorifica dignamente al Señor, pues, se dice, «Él me glorificará,» [] no como criatura, sino como «Espíritu de verdad,» [] mostrando claramente la verdad en Sí mismo y, como Espíritu de sabiduría, revelando en su propia grandeza «a Cristo, Poder de Dios y sabiduría de Dios.» [] Y como Paráclito expresa en Sí mismo la bondad del Paráclito que lo envió, y en su propia dignidad manifiesta la majestad de Aquel de quien procede. Hay, pues, por una parte una gloria natural, como la luz es la gloria del sol; y, por otra, una gloria otorgada judicialmente y por libre voluntad 'ab extra' a los que son dignos. Esta última es doble. «El hijo,» se dice, «honra a su padre, y el siervo a su señor.» [] De estas dos, la primera, la servil, es dada por la criatura; la otra, que puede llamarse íntima, es cumplida por el Espíritu. Pues, como nuestro Señor dijo de sí mismo, «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese;» [] así del Paráclito dice «Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber.» [] Y como el Hijo es glorificado por el Padre cuando dice «Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez,» [] así el Espíritu es glorificado por su comunión con el Padre y el Hijo, y por el testimonio del Unigénito cuando dice «Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada a los hombres.» []

    Cap. 18, § 47

    47. Y cuando, por medio del poder que nos ilumina, fijamos los ojos en la belleza de la imagen del Dios invisible, y a través de la imagen somos conducidos a la suprema belleza de la contemplación del arquetipo, entonces, creo yo, está con nosotros inseparablemente el Espíritu de conocimiento, otorgando en Sí mismo a los que aman la visión de la verdad el poder de contemplar la Imagen, no haciendo la exhibición desde fuera, sino conduciendo en Sí mismo al pleno conocimiento. «Nadie conoce al Padre sino el Hijo.» Y por eso «nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo.» [] Pues no se dice por medio del Espíritu, sino por el Espíritu, y «Dios es espíritu, y los que le adoran es necesario que le adoren en espíritu y en verdad,» [] como está escrito «en tu luz veremos la luz,» a saber, por la iluminación del Espíritu, «la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» [] De ello resulta que en Sí mismo muestra la gloria del Unigénito, y a los verdaderos adoradores les otorga en Sí mismo el conocimiento de Dios. Así, el camino del conocimiento de Dios va desde el único Espíritu, por medio del único Hijo, hasta el único Padre; y, a la inversa, la Bondad natural y la santidad inherente y la Dignidad real se extienden desde el Padre, por medio del Unigénito, hasta el Espíritu. Así hay reconocimiento de las hipóstasis y no se pierde el verdadero dogma de la Monarquía. Ellos, por el contrario, que sostienen su subnumeración hablando de primero, segundo y tercero, deben ser informados de que están importando a la teología inmaculada de los cristianos el politeísmo del error pagano. Ningún otro resultado puede lograrse con el pérfido artificio de la subnumeración que la confesión de un primer, un segundo y un tercer Dios. Para nosotros es suficiente el orden prescrito por el Señor. Quien confunde este orden no será menos culpable de transgredir la ley que los impíos paganos.
    Ya se ha dicho bastante para probar, en contra de su error, que la comunión de la Naturaleza de ningún modo se disuelve por la manera de subnumerar. Hagamos, sin embargo, una concesión a nuestro contencioso y débil adversario, y concedámosle que lo que es segundo respecto de algo se dice en subnumeración con respecto a ello. Veamos ahora lo que se sigue. «El primer hombre», se dice, «es de la tierra, terreno; el segundo hombre es el Señor del cielo.» [] Y de nuevo «no es primero lo espiritual, sino lo natural; y después lo espiritual.» [] Si, pues, lo segundo se subnumera a lo primero, y lo subnumerado es inferior en dignidad a aquello a lo que se subnumeró, según vosotros lo espiritual es inferior en honor a lo natural, y el hombre celestial al terreno.
    Comentario editorial · ¿Llama Basilio «Dios» al Espíritu?
    En este capítulo Basilio dice «un solo Dios y Padre, un solo Unigénito y un solo Espíritu Santo» (§ 44) y llama «Dios de Dios» al Hijo (§ 45); del Espíritu dice que es uno, que está unido al Padre por el Hijo y que completa la Trinidad. Jackson, que sigue a Johnston, señala que el tratado evita aplicarle el título Theós, y lo explica como una «reserva». Se la criticó en vida: según la carta 58 de Gregorio de Nacianzo, hacia 371 un monje dijo en una cena que Basilio «pasaba por alto» al Espíritu, y Gregorio añade que unos hablaban de herejía y otros de cobardía. Wikipedia suma el reproche de los monjes ortodoxos más celosos, por no darle el homoousios, y la defensa de Atanasio. Gregorio la justificó muerto Basilio: los enemigos acechaban esa frase para deponerlo (Oración 43, 68–69). El texto no explica su reserva; la explican sus defensores.

    Capítulo 19. Contra los que afirman que el Espíritu no debe ser glorificado

    Cap. 19, § 48

    48. «Sea así», se responde, «pero la gloria de ningún modo se debe tan absolutamente al Espíritu como para exigir que lo exaltemos en doxologías.» ¿De dónde, entonces, podríamos obtener demostraciones de la dignidad del Espíritu, «que sobrepasa todo entendimiento,» [] si la comunión con el Padre y el Hijo no fuese considerada por nuestros adversarios como apta para testimonio de su rango? En todo caso, nos es posible llegar hasta cierto punto a la aprehensión inteligente de la sublimidad de su naturaleza y de su poder inaccesible, considerando el significado de su título, la magnitud de sus operaciones y sus buenos dones otorgados a nosotros, o más bien a toda la creación. Se le llama Espíritu, como «Dios es Espíritu,» [] y «el aliento de nuestras narices, el ungido del Señor.» Se le llama santo, [1 Juan 1:20] como el Padre es santo y el Hijo es santo, pues a la criatura la santidad le vino de fuera, pero al Espíritu la santidad le es cumplimiento de la naturaleza, y por esta razón no se le describe como santificado, sino como santificador. Se le llama bueno, como el Padre es bueno, y el que fue engendrado del Bueno es bueno, y para el Espíritu su bondad es esencia. Se le llama recto, como «el Señor es recto,» en cuanto que Él mismo es la verdad y es la Justicia, [] sin tener divergencia ni inclinación a un lado o a otro, a causa de la inmutabilidad de su substancia. Se le llama Paráclito, como el Unigénito, según dice Él mismo: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador.» Así, los nombres los lleva el Espíritu en común con el Padre y el Hijo, y recibe estos títulos de su natural y estrecha relación. ¿De qué otra fuente podrían derivarse? De nuevo se le llama real, Espíritu de verdad, y Espíritu de sabiduría. [] «El Espíritu de Dios,» se dice, «me hizo,» [] y Dios llenó a Bezaleel con «el divino Espíritu de sabiduría, de entendimiento y de conocimiento.» Estos nombres son sobreeminentes y poderosos, pero no sobrepasan su gloria.

    Cap. 19, § 49

    49. ¿Y sus operaciones, cuáles son? Porque su majestad es inefable y sus números innumerables. ¿Cómo formarnos una concepción de lo que se extiende más allá de los siglos? ¿Cuáles fueron sus operaciones antes de esa creación que podemos concebir? ¿Cuán grande fue la gracia que confirió a la creación? ¿Cuál es el poder que ejerce sobre los siglos venideros? Existía; preexistía; coexistía con el Padre y el Hijo antes de los siglos. Se sigue que, aun si podéis concebir algo más allá de los siglos, hallaréis al Espíritu todavía más arriba y más allá. Y si pensáis en la creación, las potestades de los cielos fueron establecidas por el Espíritu, entendiéndose por este establecimiento la incapacidad de apartarse del bien. Pues del Espíritu reciben las potestades su íntima relación con Dios, su incapacidad de cambiar al mal y su permanencia en la bienaventuranza. ¿Se trata de la venida de Cristo? El Espíritu es el precursor. ¿Hay presencia encarnada? El Espíritu es inseparable. La realización de milagros y los dones de sanidad son por el Espíritu Santo. Los demonios fueron expulsados por el Espíritu de Dios. El diablo fue reducido a nada por la presencia del Espíritu. La remisión de los pecados fue por el don del Espíritu, pues «fuisteis lavados, fuisteis santificados... en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu santo de nuestro Dios.» Hay íntima relación con Dios por medio del Espíritu, pues «Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, clamando: ¡Abba, Padre!» [] La resurrección de entre los muertos se efectúa por la operación del Espíritu, pues «envías tu espíritu, son creados; y renuevas la faz de la tierra.» Si aquí puede entenderse por creación el devolver la vida a los difuntos, ¡cuán poderosa no es la operación del Espíritu, que es para nosotros dispensador de la vida que sigue a la resurrección y afina nuestras almas para la vida espiritual de más allá! O si aquí por creación se entiende el cambio a una condición mejor de quienes en esta vida han caído en pecado (pues así se entiende según el uso de la Escritura, como en las palabras de Pablo: «si alguno está en Cristo, es una nueva criatura» []), la renovación que tiene lugar en esta vida y la transmutación de nuestra vida terrena y sensual a la conducta celestial que se realiza en nosotros por medio del Espíritu, entonces nuestras almas son exaltadas al más alto grado de admiración. Con estos pensamientos ante nosotros, ¿hemos de temer traspasar los debidos límites en la extravagancia del honor que tributamos? ¿No habremos de temer más bien que, aun cuando parezcamos darle los nombres más altos que el pensamiento del hombre puede concebir o la lengua del hombre pronunciar, dejemos que nuestros pensamientos acerca de Él caigan demasiado bajos?
    Es el Espíritu quien dice, como dice el Señor: «Levántate, y baja y ve con ellos sin dudar nada; porque yo los he enviado.» [] ¿Son estas palabras de un inferior o de alguien que teme? «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.» [] ¿Habla así un esclavo? E Isaías: «El Señor Dios y su Espíritu me han enviado,» y «el Espíritu descendió del Señor y los guió.» Y os ruego que no entendáis de nuevo por esta guía un servicio humilde, pues la Palabra testifica que era obra de Dios: «Guíaste a tu pueblo,» se dice, «como un rebaño,» y «Tú que guías a José como un rebaño,» y «Los condujo con seguridad, de modo que no temieron.» Así, cuando oigas que, cuando venga el Consolador, os recordará y «os guiará a toda la verdad,» no tergiverses el sentido.

    Cap. 19, § 50

    50. Pero, se dice, «Él intercede por nosotros.» [] Se sigue, pues, que así como el suplicante es inferior al bienhechor, así el Espíritu es inferior en dignidad a Dios. Pero ¿nunca habéis oído acerca del Unigénito que «está a la diestra de Dios, y que también intercede por nosotros»? [] No, pues, porque el Espíritu esté en vosotros—si es que en verdad está en vosotros—, ni tampoco porque nos enseña a nosotros que estábamos ciegos y nos guía a elegir lo que nos aprovecha, no por esto os dejéis privar de la recta y santa opinión acerca de Él. Porque hacer de la misericordia de vuestro bienhechor un motivo de ingratitud sería en verdad una extravagancia de injusticia. «No contristéis al Espíritu Santo;» [] oíd las palabras de Esteban, primicias de los mártires, cuando reprocha al pueblo su rebelión y desobediencia: «Vosotros siempre,» dice, «resistís al Espíritu Santo;» [] y de nuevo Isaías: «Ellos afligieron a su Espíritu Santo, por lo cual se volvió su enemigo;» [] y en otro pasaje: «la casa de Jacob irritó al Espíritu del Señor.» ¿No son estos pasajes indicativos de poder autoritativo? Dejo al juicio de mis lectores determinar qué opiniones debemos sostener cuando oímos estos pasajes; si hemos de considerar al Espíritu como un instrumento, un súbdito, de igual rango que la criatura y consiervo nuestro, o si, por el contrario, a los oídos de los piadosos el mero susurro de esta blasfemia no es gravísimo. ¿Llamáis siervo al Espíritu? Pero, se dice, «el siervo no sabe lo que hace su señor,» [] y sin embargo el Espíritu conoce las cosas de Dios, como «el espíritu del hombre que está en él.» []

    Capítulo 20. Contra los que sostienen que el Espíritu no se halla en el rango ni de siervo ni de señor, sino en el de libre

    Cap. 20, § 51

    51. No es un esclavo —se dice—; no es un señor, sino libre. ¡Oh la terrible insensibilidad, la lamentable audacia, de quienes sostienen esto! ¿Debo lamentar en ellos su ignorancia o su blasfemia? Intentan insultar las doctrinas acerca de la naturaleza divina comparándolas con las humanas, y se esfuerzan por aplicar a la naturaleza inefable de Dios esa costumbre común de la vida humana según la cual la diferencia de grados es variable, sin percibir que entre los hombres nadie es esclavo por naturaleza. Pues los hombres son sometidos al yugo de la esclavitud por conquista, como cuando los prisioneros son tomados en la guerra; o son esclavizados a causa de la pobreza, como los egipcios fueron oprimidos por Faraón; o, por una dispensación sabia y misteriosa, los peores hijos son condenados por orden de sus padres a servir a los más sabios y mejores; y cualquier investigador recto de las circunstancias declararía que esto no es una sentencia de condena sino un beneficio. Porque es más provechoso que el hombre que, por falta de inteligencia, no tiene principio natural de dominio dentro de sí, se convierta en posesión de otro, a fin de que, guiado por la razón de su amo, sea como un carro con auriga, o como una barca con timonel sentado al timón. Por esta razón Jacob, por la bendición de su padre, llegó a ser señor de Esaú, [] para que el hijo necio, que no tenía inteligencia, su propio guardián, pudiera, aunque no lo quisiera, ser beneficiado por su hermano prudente. Así Canaán será «siervo de sus hermanos» [] porque, como su padre Cam era imprudente, no fue instruido en la virtud. En este mundo, pues, es así como los hombres se hacen esclavos; pero quienes han escapado de la pobreza o de la guerra, o no requieren la tutela de otros, son libres. Se sigue, por tanto, que aunque un hombre sea llamado amo y otro siervo, no obstante, tanto en vista de nuestra mutua igualdad de rango como en cuanto posesiones de nuestro Creador, todos somos consiervos. Pero en aquel otro mundo, ¿qué puedes sacar de la servidumbre? Pues tan pronto como fueron creados, comenzó la servidumbre. Los cuerpos celestes no ejercen dominio unos sobre otros, pues no los mueve la ambición, sino que todos se postran ante Dios, y le rinden por igual la reverencia debida a Él como Amo y la gloria que le corresponde como Creador. Pues «el hijo honra a su padre y el siervo a su señor,» [] y de todos pide Dios una de estas dos cosas; pues «si yo soy Padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy Amo, ¿dónde está mi temor?» [] De otro modo, la vida de todos los hombres, si no estuviera bajo la supervisión de un amo, sería de lo más lamentable; como es la condición de las potestades apóstatas que, porque endurecen su cerviz contra Dios Todopoderoso, arrojan las riendas de su servidumbre —no porque su constitución natural sea diferente, sino porque la causa está en su disposición desobediente hacia su Creador. ¿A quién, pues, llamas libre? ¿A aquel que no tiene Rey? ¿A aquel que no tiene ni poder para gobernar a otro ni disposición a ser gobernado? Entre todos los seres existentes no se halla tal naturaleza. Abrigar semejante concepción del Espíritu es blasfemia evidente. Si Él es una criatura, por supuesto sirve con todo lo demás, pues «todas las cosas,» se dice «son tus siervas,» pero si Él está por encima de la creación, entonces participa de la realeza.
    Comentario editorial · «Nadie es esclavo por naturaleza»
    La objeción que Basilio contesta es que el Espíritu no sería «siervo» ni «señor», sino «libre». Responde que ni entre los hombres hay nadie esclavo «por naturaleza»: se es esclavo por conquista, por pobreza o por decisión del padre, y añade que a quien «por falta de inteligencia» no se gobierna a sí mismo le es «más provechoso» ser posesión de otro. El pasaje no condena la esclavitud humana: la explica y, en un caso, la presenta como beneficio para el esclavo. Jackson lo compara con Aristóteles (Política I, 5, donde hay quienes son esclavos por naturaleza) y observa que no debe sorprender no hallar en un Padre del siglo IV lo que vino después. Recoge también, de un diccionario de antigüedades cristianas, que Basilio reprendió (carta 115) a una señora que reclamaba a un esclavo hecho obispo, y que, muerto Basilio, Gregorio de Nacianzo le escribió con el mismo reproche (carta 79).

    Capítulo 21. Prueba por la Escritura de que el Espíritu es llamado Señor

    Cap. 21, § 52

    52. Pero ¿por qué obtener una victoria injusta para nuestro argumento luchando sobre estas cuestiones indignas, cuando está en nuestro poder probar que la excelencia de la gloria está fuera de toda disputa aduciendo consideraciones más elevadas? Si, en efecto, repetimos lo que nos ha enseñado la Escritura, cada uno de los pneumatómacos quizá lanzará un griterío alto y vehemente, se tapará los oídos, recogerá piedras o cualquier otra cosa que tenga a mano como arma, y cargará contra nosotros. Pero nuestra propia seguridad no debe ser considerada por nosotros antes que la verdad. Hemos aprendido del Apóstol, «el Señor dirija vuestros corazones al amor de Dios y a la paciente espera de Cristo» para nuestras tribulaciones. ¿Quién es el Señor que dirige al amor de Dios y a la paciente espera de Cristo para las tribulaciones? Que nos respondan aquellos que pretenden hacer del Espíritu Santo un esclavo. Pues si el argumento hubiera sido acerca de Dios Padre, ciertamente habría dicho: 'el Señor os dirija a su propio amor', o si acerca del Hijo, habría añadido 'a su propia paciencia'. Busquen, pues, qué otra Persona hay digna de ser honrada con el título de Señor. Y paralelo a esto es aquel otro pasaje, «y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos los hombres, así como nosotros lo hacemos para con vosotros; a fin de que él confirme vuestros corazones irreprensibles en santidad delante de Dios, nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.» [] Ahora bien, ¿a qué Señor ruega que confirme los corazones de los fieles en Tesalónica, irreprensibles en santidad delante de Dios, nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor? Que respondan aquellos que colocan al Espíritu Santo entre los espíritus ministradores que son enviados para servicio. No pueden. Por lo tanto, oigan todavía otro testimonio que llama expresamente Señor al Espíritu. «El Señor,» se dice, «es el Espíritu;» y de nuevo «así como del Señor el Espíritu.» Pero para no dejar lugar a objeción, citaré las palabras textuales del Apóstol:— «Pues hasta el día de hoy permanece el mismo velo sin ser quitado en la lectura del Antiguo Testamento, el cual velo es quitado en Cristo.... No obstante, cuando se vuelva al Señor, el velo será quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu.» ¿Por qué habla así? Porque el que permanece en el mero sentido de la letra, y en él se ocupa de las observancias de la Ley, tiene, por así decirlo, su propio corazón envuelto en la aceptación judía de la letra, como un velo; y esto le sucede a causa de su ignorancia de que la observancia corporal de la Ley es abolida por la presencia de Cristo, en cuanto que en lo sucesivo los tipos son transferidos a la realidad. Las lámparas se hacen innecesarias con la llegada del sol; y, al aparecer la verdad, la ocupación de la Ley desaparece, y la profecía queda reducida al silencio. Quien, por el contrario, ha sido capacitado para mirar hacia abajo en la profundidad del significado de la Ley, y, después de atravesar la oscuridad de la letra, como a través de un velo, para llegar dentro de las cosas inefables, es como Moisés quitándose el velo cuando hablaba con Dios. Él también se vuelve de la letra al Espíritu. Así, con el velo sobre el rostro de Moisés corresponde la oscuridad de la enseñanza de la Ley, y la contemplación espiritual con el volverse al Señor. Quien, pues, en la lectura de la Ley quita la letra y se vuelve al Señor —y el Señor es ahora llamado Espíritu— se hace además semejante a Moisés, que tenía su rostro glorificado por la manifestación de Dios. Porque así como los objetos que están cerca de colores brillantes quedan ellos mismos teñidos por el resplandor que se derrama alrededor, así el que fija su mirada firmemente en el Espíritu, por la gloria del Espíritu, es de algún modo transfigurado en mayor esplendor, teniendo su corazón iluminado, por así decirlo, por alguna luz que brota de la verdad del Espíritu. Y esto es «ser transformado de la gloria» del Espíritu «en» Su propia «gloria,» no en medida mezquina, ni tenue e indistintamente, sino como podríamos esperar de cualquiera que sea iluminado por el Espíritu. ¿No temes, oh hombre, al Apóstol cuando dice «Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios mora en vosotros»? [] ¿Habría podido jamás soportar honrar con el título de «templo» las moradas de un esclavo? ¿Cómo puede quien llama a la Escritura «inspirada por Dios,» [] porque fue escrita por la inspiración del Espíritu, usar el lenguaje de quien lo insulta y lo menosprecia?

    Capítulo 22. Establecimiento de la comunión natural del Espíritu a partir de ser, igualmente con el Padre y el Hijo, inaccesible al pensamiento

    Cap. 22, § 53

    53. Además, la excelencia sobrepujante de la naturaleza del Espíritu ha de aprenderse no solo de que tenga el mismo título que el Padre y el Hijo, y participe en sus operaciones, sino también de que sea, como el Padre y el Hijo, inaccesible al pensamiento. Pues lo que nuestro Señor dice del Padre, que está por encima y más allá de la concepción humana, y lo que dice del Hijo, este mismo lenguaje lo usa también del Espíritu Santo. «Oh Padre justo,» dice, «el mundo no te ha conocido,» [] queriendo decir aquí por mundo no el conjunto complejo compuesto de cielo y tierra, sino esta vida nuestra sujeta a la muerte y expuesta a innumerables vicisitudes. Y cuando discurre acerca de sí mismo, dice: «Todavía un poco y el mundo no me verá más, pero vosotros me veréis;» [] de nuevo en este pasaje, aplicando la palabra mundo a aquellos que, atados a esta vida material y carnal, y contemplando la verdad solo con la vista material, fueron ordenados, por su incredulidad en la resurrección, a no ver más a nuestro Señor con los ojos del corazón. Y dijo lo mismo acerca del Espíritu. «El Espíritu de verdad,» dice, «a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque mora con vosotros.» [] Pues el hombre carnal, que nunca ha entrenado su mente para la contemplación, sino que más bien la mantiene sepultada profundamente en la concupiscencia de la carne, como en lodo, es incapaz de alzar la vista hacia la luz espiritual de la verdad. Y así el mundo, es decir, la vida esclavizada por los afectos de la carne, no puede recibir la gracia del Espíritu más que un ojo débil la luz de un rayo de sol. Pero el Señor, que con su enseñanza dio testimonio de la pureza de vida, da a sus discípulos el poder de contemplar y considerar ahora al Espíritu. Pues «ahora,» dice, «estáis limpios por la palabra que os he hablado,» [] por lo cual «el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve,... pero vosotros lo conocéis; porque mora con vosotros.» [] Y así dice Isaías:— «El que extendió la tierra y lo que sale de ella; el que da aliento al pueblo que hay en ella, y Espíritu a los que la huellan»; pues a los que huellan las cosas terrenales y se elevan por encima de ellas se les da testimonio de que son dignos del don del Espíritu Santo. ¿Qué se debe pensar, pues, de Aquel a quien el mundo no puede recibir, y a quien solo los santos pueden contemplar mediante la pureza de corazón? ¿Qué clase de honores pueden considerarse adecuados para Él?

    Capítulo 23. La glorificación de la enumeración de sus atributos

    Cap. 23, § 54

    54. Ahora bien, de las demás Potestades se cree que cada una está en un lugar circunscrito. El ángel que estuvo junto a Cornelio [] no estaba en el mismo momento con Felipe; [] ni tampoco el ángel que habló con Zacarías desde el altar ocupaba al mismo tiempo su propio puesto en el cielo. Pero del Espíritu se cree que estuvo obrando al mismo tiempo en Habacuc y en Daniel en Babilonia, y que estuvo en la prisión con Jeremías, y con Ezequiel junto al Quebar. [] Pues el Espíritu del Señor llena el mundo, [] y «¿a dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» Y, en palabras del Profeta, «Pues yo estoy con vosotros, dice el Señor... y mi Espíritu permanece entre vosotros.» [] Pero ¿qué naturaleza corresponde asignar a Aquel que es omnipresente, y existe juntamente con Dios? ¿La naturaleza que todo lo abarca, o la que está confinada a lugares particulares, como aquella que nuestro argumento muestra que es la naturaleza de los ángeles? Nadie lo diría. ¿No exaltaremos, pues, altamente a Aquel que es en su naturaleza divino, en su grandeza infinito, en sus operaciones poderoso, en las bendiciones que confiere, bueno? ¿No le daremos gloria? Y entiendo por gloria nada más que la enumeración de las maravillas que le son propias. Se sigue, pues, que o bien nuestros antagonistas nos prohíben incluso mencionar los bienes que de Él fluyen hacia nosotros, o bien que la mera recapitulación de sus atributos es la más plena atribución posible de gloria. Pues ni siquiera en el caso del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo y del Hijo Unigénito somos capaces de darles gloria de otro modo que recapitulando, en la medida de nuestras fuerzas, todas las maravillas que les pertenecen.

    Capítulo 24. Prueba de lo absurdo de la negativa a glorificar al Espíritu, por comparación con las cosas glorificadas en la creación

    Cap. 24, § 55

    55. [Además] el hombre es «coronado de gloria y honra,» y «gloria, honra y paz» están reservadas por promesa «a todo hombre que obra el bien.» [] Hay además una gloria especial y peculiar para los israelitas «a quienes,» se dice, «pertenecen la adopción y la gloria... y el culto,» [] y el Salmista habla de una cierta gloria propia, «para que mi gloria cante alabanza a Ti;» y de nuevo «Despierta, gloria mía» y según el Apóstol hay una cierta gloria del sol, de la luna y de las estrellas, y «el ministerio de condenación es glorioso.» [] Mientras que tantas cosas son glorificadas, ¿deseáis que solo el Espíritu de todas las cosas sea sin gloria? Sin embargo, el Apóstol dice «el ministerio del Espíritu es glorioso.» [] ¿Cómo, pues, puede Él mismo ser indigno de gloria? ¿Cómo, según el Salmista, puede ser grande la gloria del justo, y según vosotros ninguna la gloria del Espíritu? ¿Cómo no hay un peligro manifiesto de que con tales argumentos atraigamos sobre nosotros el pecado del que no hay escape? Si el hombre que se salva por obras de justicia glorifica incluso a los que temen al Señor, mucho menos privaría al Espíritu de la gloria que le es debida.
    Conceden, dicen, que ha de ser glorificado, pero no con el Padre y el Hijo. Pero ¿qué razón hay para abandonar el lugar señalado por el Señor para el Espíritu, e inventar otro? ¿Qué razón hay para robar su parte de gloria a Aquel que en todas partes está asociado con la Divinidad; en la confesión de la fe, en el bautismo de la redención, en la obración de milagros, en la inhabitación de los santos, en las gracias concedidas a la obediencia? Pues no hay ni siquiera un solo don que llegue a la creación sin el Espíritu Santo; cuando ni siquiera una sola palabra puede pronunciarse en defensa de Cristo excepto por aquellos que son ayudados por el Espíritu, como hemos aprendido en los Evangelios de nuestro Señor y Salvador. [] Y no sé si alguien que haya participado del Espíritu Santo consentirá que pasemos por alto todo esto, olvidemos su comunión en todas las cosas, y arranquemos al Espíritu del Padre y del Hijo. ¿Dónde, pues, hemos de tomarlo y clasificarlo? ¿Con la criatura? Sin embargo, toda la criatura está en servidumbre, pero el Espíritu hace libres. «Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» [] Muchos argumentos podrían aducirse para mostrar que es indecoroso coordinar al Espíritu Santo con la naturaleza creada, pero por el momento los pasaré por alto. Si en verdad hubiera de presentar, de una manera adecuada a la dignidad de la discusión, todas las pruebas siempre disponibles de nuestra parte, y así refutar las objeciones de nuestros oponentes, se requeriría una disertación larga, y mis lectores podrían quedar agotados por mi prolijidad. Por lo tanto, propongo reservar este asunto para un tratado especial, y aplicarme a los puntos que ahora están más inmediatamente ante nosotros.

    Cap. 24, § 56

    56. Examinemos, pues, los puntos uno por uno. Es bueno por naturaleza, de la misma manera que el Padre es bueno, y el Hijo es bueno; la criatura, en cambio, participa de la bondad eligiendo el bien. Él conoce «las profundidades de Dios;» [] la criatura recibe la manifestación de las cosas inefables a través del Espíritu. Él vivifica juntamente con Dios, que produce y conserva vivos a todos los seres, y juntamente con el Hijo, que da vida. «El que levantó a Cristo de entre los muertos,» se dice, «también vivificará vuestros cuerpos mortales por el Espíritu que mora en vosotros;» [] y de nuevo «mis ovejas oyen mi voz,... y yo les doy vida eterna;» [] pero «el Espíritu» también, se dice, «da vida,» [] y de nuevo «el Espíritu,» se dice, «es vida, a causa de la justicia.» [] Y el Señor da testimonio de que «es el Espíritu quien vivifica; la carne nada aprovecha.» [] ¿Cómo, pues, apartaremos al Espíritu de su poder vivificante, y lo haremos pertenecer a la naturaleza inanimada? ¿Quién es tan contencioso, quién está tan completamente desprovisto del don celestial, y no alimentado por las buenas palabras de Dios, quién está tan desprovisto de parte y herencia en las esperanzas eternas, como para separar al Espíritu de la Divinidad y clasificarlo con la criatura?

    Cap. 24, § 57

    57. Ahora se objeta que el Espíritu está en nosotros como un don de Dios, y que el don no es reverenciado con el mismo honor que se atribuye al dador. El Espíritu es un don de Dios, pero un don de vida, pues la ley del «Espíritu de vida,» se dice, «nos ha hecho» libres; «y un don de poder,» pues «recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.» [] ¿Debería por esto ser tenido en poco? ¿No otorgó Dios también a su Hijo como don gratuito a la humanidad? «El que no escatimó a su propio Hijo,» se dice, «sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él gratuitamente todas las cosas?» [] Y en otro lugar, «para que conozcamos verdaderamente las cosas que nos han sido gratuitamente dadas por Dios,» [] en referencia al misterio de la Encarnación. Se sigue, pues, que los que mantienen tales argumentos, al convertir la grandeza de la bondad amorosa de Dios en ocasión de blasfemia, han superado realmente la ingratitud de los judíos. Encuentran falta en el Espíritu porque nos da libertad para llamar a Dios nuestro Padre. «Pues Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a» nuestros «corazones, clamando Abba, Padre,» [] para que la voz del Espíritu se convierta en la voz misma de quienes lo han recibido.

    Capítulo 25. Que la Escritura usa las palabras «en» o «por,» [ἐ] [ν], cf. nota en p. 3, en lugar de «con.» Donde también se prueba que la palabra «y» tiene la misma fuerza que «con.»

    Cap. 25, § 58

    58. Se nos pregunta, sin embargo, por nuestros adversarios, cómo es que la Escritura en ninguna parte describe al Espíritu como glorificado juntamente con el Padre y el Hijo, sino que evita cuidadosamente el uso de la expresión «con el Espíritu,» mientras que en todas partes prefiere atribuir gloria «en Él» como la frase más adecuada. Yo, por mi parte, negaría que la palabra en [o por] implique menor dignidad que la palabra «con;» sostendría, por el contrario, que, bien entendida, nos conduce al significado más alto posible. Este es el caso cuando, como hemos observado, a menudo se usa en lugar de con; como, por ejemplo, «Entraré en tu casa en holocaustos,» en lugar de con holocaustos y «los sacó también por plata y oro,» es decir con plata y oro y «no salís en nuestros ejércitos» en lugar de con nuestros ejércitos, e innumerables pasajes semejantes. En suma, mucho me gustaría aprender de esta filosofía novedosa qué clase de gloria atribuyó el Apóstol con la palabra en, según la interpretación que nuestros adversarios ofrecen como derivada de la Escritura, pues en ninguna parte he hallado la fórmula «A ti, oh Padre, sea el honor y la gloria, por medio de tu Unigénito Hijo, por [o en] el Espíritu Santo,» — una forma que a nuestros adversarios les viene, por así decir, tan natural como el aire que respiran. Podéis, ciertamente, hallar cada una de estas cláusulas por separado, pero en ninguna parte podrán mostrárnoslas dispuestas en esta conjunción. Si, pues, quieren exacta conformidad con lo escrito, que nos den referencias exactas. Si, por otra parte, hacen concesión a la costumbre, no deben hacernos a nosotros una excepción a tal privilegio.

    Cap. 25, § 59

    59. Puesto que hallamos ambas expresiones en uso entre los fieles, usamos ambas; en la creencia de que la plena gloria se da igualmente al Espíritu por ambas. Las bocas, sin embargo, de los detractores de la verdad pueden ser mejor cerradas por la preposición que, si bien tiene el mismo significado que la de las Escrituras, no es tan manejable como arma para nuestros adversarios, (de hecho, ahora es objeto de su ataque) y se usa en lugar de la conjunción y. Pues decir «Pablo y Silvano y Timoteo» [] es precisamente lo mismo que decir Pablo con Timoteo y Silvano; pues la conexión de los nombres se preserva por cualquiera de los dos modos de expresión. El Señor dice «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.» [] Si digo el Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, ¿habré introducido alguna diferencia en el sentido? De la conexión de nombres por medio de la conjunción y los ejemplos son muchos. Leemos «La gracia de nuestro Señor Jesucristo y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo,» [] y de nuevo «Os ruego por amor del Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu.» [] Ahora bien, si deseamos usar con en lugar de y, ¿qué diferencia habremos introducido? No lo veo; a menos que alguno, según rígidas reglas gramaticales, prefiera la conjunción como copulativa y que hace la unión más fuerte, y rechace la preposición como de fuerza inferior. Pero si tuviéramos que defendernos en estos puntos no supongo que necesitaríamos una defensa de muchas palabras. Tal como están las cosas, su argumento no versa sobre sílabas ni sobre este o aquel sonido de una palabra, sino sobre cosas que difieren grandemente en poder y en verdad. Es por esta razón que, si bien el uso de las sílabas es en realidad una cuestión de ninguna importancia, nuestros adversarios se esfuerzan por autorizar algunas sílabas y expulsar otras de la Iglesia. Por mi parte, aunque la utilidad de la palabra es obvia tan pronto como se oye, expondré sin embargo los argumentos que condujeron a nuestros padres a adoptar el razonable procedimiento de emplear la preposición «con.» Esta, en efecto, al igual que la preposición «y,» confuta el error de Sabelio; y expone tan bien como «y» la distinción de las hipóstasis, como en las palabras «Yo y mi Padre vendremos,» y «Yo y mi Padre somos uno.» [] Además de esto, la prueba que contiene de la comunión eterna y de la unión ininterrumpida es excelente. Pues decir que el Hijo está con el Padre es exhibir a la vez la distinción de las hipóstasis y la inseparabilidad de la comunión. Lo mismo se observa incluso en meros asuntos humanos, pues la conjunción «y» indica que hay un elemento común en una acción, mientras que la preposición «con» declara en cierto sentido asimismo la comunión en la acción. Como, por ejemplo: Pablo y Timoteo navegaron a Macedonia, pero tanto Tíquico como Onésimo fueron enviados a los colosenses. De aquí aprendemos que hicieron lo mismo. Pero supongamos que se nos dice que navegaron con, y que fueron enviados con? Entonces se nos informa además de que llevaron a cabo la acción en compañía uno del otro. Así, mientras la palabra «con» derriba el error de Sabelio como ninguna otra palabra puede, derrota también a los pecadores que yerran en la dirección exactamente opuesta; me refiero a aquellos que separan al Hijo del Padre y al Espíritu del Hijo, por intervalos de tiempo.

    Cap. 25, § 60

    60. En comparación con «en,» hay esta diferencia: que mientras «con» expone la mutua conjunción de las partes asociadas — como, por ejemplo, de aquellos que navegan con, o moran con, o hacen cualquier otra cosa en común, «en» muestra su relación con aquella materia en la que están actuando. Pues no bien oímos las palabras «navegar en» o «morar en» cuando formamos la idea de la barca o de la casa. Tal es la distinción entre estas palabras en el uso ordinario; y una investigación laboriosa podría descubrir ulteriores ilustraciones. No tengo tiempo para examinar la naturaleza de las sílabas. Puesto que, por tanto, se ha demostrado que «con» da con máxima claridad el sentido de conjunción, declárese, si queréis, que está bajo salvoconducto, y cesad de librar contra ella vuestra guerra salvaje y sin tregua. Sin embargo, aunque la palabra es así naturalmente auspiciosa, con todo, si alguno prefiere, en la atribución de alabanza, unir los nombres por la sílaba «y,» y dar gloria, como hemos enseñado en el Evangelio, en la fórmula del bautismo, Padre y Hijo y Espíritu Santo, [] sea así: nadie hará objeción alguna. En estas condiciones, si queréis, lleguemos a un acuerdo. Pero nuestros enemigos preferirían entregar sus lenguas antes que aceptar esta palabra. Es esto lo que despierta contra nosotros su guerra implacable y sin tregua. Debemos ofrecer la atribución de gloria a Dios, se alega, en el Espíritu Santo, y no y al Espíritu Santo, y se aferran apasionadamente a esta palabra en, como si rebajara al Espíritu. No será, por tanto, inútil hablar de ello con mayor extensión; y me asombraré si no, cuando hayan oído lo que tenemos que instar, rechazan el en como traidor a su causa y desertor al bando de la gloria del Espíritu.

    Capítulo 26. Que la palabra «en,» en tantos sentidos como tiene, se entiende del Espíritu

    Cap. 26, § 61

    61. Ahora bien, por breve y simple que sea esta expresión, me parece, al considerarla, que sus sentidos son muchos y variados. Pues de los sentidos en que se usa «en», hallamos que todos ayudan a nuestras concepciones del Espíritu. Forma se dice estar en la Materia; Potencia estar en lo que es capaz de ella; Hábito estar en aquel que es afectado por él; y así sucesivamente. Por tanto, en cuanto que el Espíritu Santo perfecciona a los seres racionales, completando su excelencia, Él es análogo a la Forma. Pues el que ya no «vive según la carne,» [] sino que, siendo «guiado por el Espíritu de Dios,» [] es llamado Hijo de Dios, siendo «conformado a la imagen del Hijo de Dios,» [] es descrito como espiritual. Y como es el poder de ver en el ojo sano, así es la operación del Espíritu en el alma purificada. Por lo cual también Pablo ora por los efesios para que tengan sus «ojos iluminados» por «el Espíritu de sabiduría.» [] Y como el arte en quien lo ha adquirido, así es la gracia del Espíritu en el receptor siempre presente, aunque no continuamente en operación. Pues como el arte está potencialmente en el artista, pero solo en operación cuando trabaja de acuerdo con él, así también el Espíritu está siempre presente con aquellos que son dignos, pero obra, según la necesidad lo requiere, en profecías, o en sanidades, o en alguna otra realización efectiva de su acción potencial. Además, como en nuestros cuerpos está la salud, o el calor, o, en general, sus condiciones variables, así, muy frecuentemente, está el Espíritu en el alma; puesto que no permanece con aquellos que, a causa de la inestabilidad de su voluntad, rechazan fácilmente la gracia que han recibido. Un ejemplo de esto se ve en Saúl, [] y en los setenta ancianos de los hijos de Israel, excepto Eldad y Medad, con quienes solos el Espíritu parece haber permanecido, y, en general, en cualquiera semejante a estos en carácter. Y como la razón en el alma, que en un momento es el pensamiento en el corazón, y en otro el discurso proferido por la lengua, así es el Espíritu Santo, como cuando «da testimonio con nuestro espíritu,» [] y cuando «clama en nuestros corazones: Abba, Padre,» [] o cuando habla en nuestro nombre, como se dice, «No sois vosotros quienes habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.» [] De nuevo, el Espíritu es concebido, en relación con la distribución de los dones, como un todo en partes. Pues todos somos «miembros unos de otros, teniendo dones diferentes según la gracia que nos es dada.» [] Por lo cual «el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito,» [] sino que todos juntos completan el Cuerpo de Cristo en la Unidad del Espíritu, y se prestan unos a otros la ayuda necesaria que proviene de los dones. «Pero Dios ha colocado los miembros en el cuerpo, cada uno de ellos, como le ha placido.» Pero «los miembros tienen el mismo cuidado unos por otros,» [] según la innata comunión espiritual de su simpatía. Por lo cual, «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él.» [] Y como las partes en el todo, así somos nosotros individualmente en el Espíritu, porque todos «fuimos bautizados en un solo cuerpo para un solo espíritu.»

    Cap. 26, § 62

    62. Es una afirmación extraordinaria, pero no por ello menos verdadera, que el Espíritu es frecuentemente mencionado como el lugar de los que están siendo santificados, y será evidente que incluso por esta figura el Espíritu, lejos de ser degradado, es más bien glorificado. Pues las palabras aplicables al cuerpo son, por causa de la claridad, frecuentemente transferidas en la Escritura a las concepciones espirituales. En consecuencia, hallamos al Salmista, incluso en referencia a Dios, diciendo «Sé para mí un Dios protector y un lugar fuerte para salvarme» y acerca del Espíritu «he aquí hay un lugar junto a mí, y ponte sobre la roca.» Significando claramente el lugar o contemplación en el Espíritu en el cual, después de que Moisés hubo entrado allí, pudo ver a Dios inteligiblemente manifestado a él. Este es el lugar especial y peculiar del verdadero culto; pues se dice «Guárdate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar... sino en el lugar que el Señor tu Dios escogiere.» [] Ahora bien, ¿qué es un holocausto espiritual? «El sacrificio de alabanza.» ¿Y en qué lugar lo ofrecemos? En el Espíritu Santo. ¿Dónde hemos aprendido esto? Del Señor mismo en las palabras «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.» Este lugar lo vio Jacob y dijo «El Señor está en este lugar.» [] Se sigue que el Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos y el santo es el lugar propio para el Espíritu, ofreciéndose a sí mismo como lo hace para la inhabitación de Dios, y llamado Templo de Dios. [] Así Pablo habla en Cristo, diciendo «A la vista de Dios hablamos en Cristo,» [] y Cristo en Pablo, como él mismo dice «Ya que buscáis una prueba de Cristo que habla en mí.» [] Así también en el Espíritu habla misterios, [] y de nuevo el Espíritu habla en él. []

    Cap. 26, § 63

    63. En relación con lo originado, pues, se dice que el Espíritu está en ellos «en diversas porciones y de diversas maneras,» [] mientras que en relación con el Padre y el Hijo es más consistente con la verdadera religión afirmar que no está en sino que está con. Pues la gracia que fluye de Él cuando habita en aquellos que son dignos, y lleva a cabo sus propias operaciones, se describe bien como existente en aquellos que son capaces de recibirle. Por otra parte, su existencia esencial antes de los siglos, y su incesante permanencia con el Hijo y el Padre, no pueden ser contempladas sin requerir títulos expresivos de unión eterna. Pues la coexistencia absoluta y real se predica en el caso de cosas que son mutuamente inseparables. Decimos, por ejemplo, que el calor existe en el hierro candente, pero en el caso del fuego real coexiste; y, de modo semejante, que la salud existe en el cuerpo, pero que la vida coexiste con el alma. Se sigue que dondequiera que la comunión es íntima, congénita e inseparable, la palabra con es más expresiva, sugiriendo, como lo hace, la idea de comunión inseparable. Donde, por otra parte, la gracia que fluye del Espíritu naturalmente viene y se va, se dice propia y verdaderamente que existe en, incluso si a causa de la firmeza de la disposición de los receptores al bien la gracia permanece con ellos continuamente. Así, siempre que tenemos en mente el rango propio del Espíritu, le contemplamos como estando con el Padre y el Hijo; pero cuando pensamos en la gracia que fluye de Él operando en aquellos que participan de ella, decimos que el Espíritu está en nosotros. Y la doxología que ofrecemos «en el Espíritu» no es un reconocimiento de su rango; es más bien una confesión de nuestra propia debilidad, mientras mostramos que no somos suficientes para glorificarle por nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia está en el Espíritu Santo. Habilitados en [o por] Él, damos gracias a nuestro Dios por los beneficios que hemos recibido, según la medida de nuestra purificación del mal, a medida que recibimos unos una porción mayor y otros una menor del auxilio del Espíritu, para que podamos ofrecer «el sacrificio de alabanza a Dios.» [] Según un uso, pues, es así como ofrecemos nuestra acción de gracias, como la verdadera religión lo requiere, en el Espíritu; aunque no es del todo irreprochable que alguien testifique de sí mismo «el Espíritu de Dios está en mí, y ofrezco gloria después de ser hecho sabio por la gracia que fluye de Él.» Pues a un Pablo le conviene decir «Pienso también que tengo el Espíritu de Dios,» [] y de nuevo, «guarda el buen depósito que te fue encomendado por el Espíritu Santo que habita en nosotros.» [] Y de Daniel es apropiado decir que «el Espíritu Santo de Dios está en él,» y de manera semejante de hombres que son como estos en virtud.

    Cap. 26, § 64

    64. Puede, sin embargo, darse otro sentido a la frase: que así como el Padre es visto en el Hijo, así es el Hijo en el Espíritu. La «adoración en el Espíritu» sugiere la idea de que la operación de nuestra inteligencia se realiza en la luz, como puede aprenderse de las palabras dichas a la mujer de Samaria. Engañada como estaba por las costumbres de su país en la creencia de que el culto era local, nuestro Señor, con el objeto de darle mejor instrucción, dijo que el culto debía ofrecerse «en Espíritu y en Verdad,» [] significando claramente por la Verdad, a Sí mismo. Como, pues, hablamos del culto ofrecido en la Imagen de Dios Padre como culto en el Hijo, así también hablamos del culto en el Espíritu como mostrando en Sí mismo la Divinidad del Señor. Por lo cual, incluso en nuestro culto, el Espíritu Santo es inseparable del Padre y del Hijo. Si permanecéis fuera del Espíritu no podréis siquiera adorar en absoluto; y al estar en Él de ningún modo podréis separarle de Dios — no más de lo que podréis divorciar la luz de los objetos visibles. Pues es imposible contemplar la Imagen del Dios invisible excepto por la iluminación del Espíritu, e impracticable para quien fija su mirada en la Imagen separar la luz de la Imagen, porque la causa de la visión se ve necesariamente al mismo tiempo que los objetos visibles. Así, adecuada y consistentemente contemplamos el «Resplandor de la gloria» de Dios por medio de la iluminación del Espíritu, y por medio de la «Imagen expresa» somos conducidos a Aquel de quien Él es la Imagen expresa y Sello, grabado a semejanza.

    Capítulo 27. Del origen de la palabra «con,» y qué fuerza tiene. También sobre las leyes no escritas de la Iglesia

    Cap. 27, § 65

    65. La palabra «en,» dicen nuestros adversarios, es exactamente apropiada al Espíritu, y suficiente para todo pensamiento acerca de Él. ¿Por qué, pues, preguntan, hemos introducido esta nueva frase, diciendo, «con el Espíritu» en lugar de «en el Espíritu Santo,» empleando así una expresión que es completamente innecesaria, y no sancionada por ningún uso en las iglesias? Ahora bien, se ha afirmado en la parte anterior de este tratado que la palabra «en» no ha sido especialmente asignada al Espíritu Santo, sino que es común al Padre y al Hijo. También, en mi opinión, se ha demostrado suficientemente que, lejos de restar algo a la dignidad del Espíritu, conduce a todos, excepto a aquellos cuyos pensamientos están totalmente pervertidos, a la altura más sublime. Me queda por rastrear el origen de la palabra «con;» explicar qué fuerza tiene y mostrar que está en armonía con la Escritura.

    Cap. 27, § 66

    66. De las creencias y prácticas, ya sean generalmente aceptadas o públicamente prescritas, que se conservan en la Iglesia, algunas las poseemos derivadas de la enseñanza escrita; otras las hemos recibido entregadas a nosotros «en misterio» por la tradición de los apóstoles; y ambas, en relación con la verdadera religión, tienen la misma fuerza. Y esto nadie lo negará—nadie, al menos, que esté siquiera moderadamente versado en las instituciones de la Iglesia. Porque si intentáramos rechazar costumbres que no tienen autoridad escrita, con el pretexto de que su importancia es pequeña, dañaríamos sin querer el Evangelio en sus mismas entrañas; o, más bien, haríamos de nuestra definición pública una mera frase y nada más. Por ejemplo, para tomar el primer y más general ejemplo, ¿quién nos ha enseñado por escrito a signar con la señal de la cruz a los que han confiado en el nombre de nuestro Señor Jesucristo? ¿Qué escrito nos ha enseñado a volvernos hacia el Oriente en la oración? ¿Cuál de los santos nos ha dejado por escrito las palabras de la invocación en la exhibición del pan de la Eucaristía y de la copa de bendición? Porque no nos contentamos, como es bien sabido, con lo que el Apóstol o el Evangelio han consignado, sino que tanto en el prefacio como en la conclusión añadimos otras palabras como de gran importancia para la validez del ministerio, y estas las derivamos de la enseñanza no escrita. Además, bendecimos el agua del bautismo y el óleo del crisma, y además de esto, al catecúmeno que está siendo bautizado. ¿Con qué autoridad escrita hacemos esto? ¿No es nuestra autoridad la tradición silenciosa y mística? Es más, ¿por qué palabra escrita se enseña la unción misma del óleo? ¿Y de dónde viene la costumbre de bautizar tres veces? Y en cuanto a las demás costumbres del bautismo, ¿de qué Escritura derivamos la renuncia a Satanás y a sus ángeles? ¿No proviene esto de aquella enseñanza inédita y secreta que nuestros padres guardaron en un silencio fuera del alcance de la curiosidad entrometida y de la investigación inquisitiva? Bien habían aprendido la lección de que la terrible dignidad de los misterios se conserva mejor mediante el silencio. Lo que a los no iniciados ni siquiera se les permite mirar difícilmente iba a ser exhibido públicamente en documentos escritos. ¿Cuál era el propósito del poderoso Moisés al no hacer accesibles a todos todas las partes del tabernáculo? A los profanos los colocó fuera de las barreras sagradas; los primeros atrios los concedió a los más puros; solo a los levitas los juzgó dignos de ser servidores de la Deidad; los sacrificios y holocaustos y el resto de las funciones sacerdotales los asignó a los sacerdotes; a uno escogido de entre todos lo admitió al santuario, y aun a este no siempre, sino solo un día al año, y de ese día se fijó un tiempo para su entrada, de modo que pudiera contemplar el Santo de los Santos asombrado por la extrañeza y novedad de la vista. Moisés fue lo bastante sabio para saber que el desprecio se extiende a lo trillado y a lo obvio, mientras que un interés vivo se asocia naturalmente con lo inusual y lo desconocido. De la misma manera, los Apóstoles y los Padres que establecieron leyes para la Iglesia desde el principio guardaron así la terrible dignidad de los misterios en secreto y silencio, pues lo que se divulga al azar entre el vulgo no es misterio en absoluto. Esta es la razón de nuestra tradición de preceptos y prácticas no escritos: que el conocimiento de nuestros dogmas no llegue a ser descuidado y despreciado por la multitud a causa de la familiaridad. «Dogma» y «Kerygma» son dos cosas distintas; el primero se observa en silencio; el segundo se proclama a todo el mundo. Una forma de este silencio es la oscuridad empleada en la Escritura, que hace que el significado de los «dogmas» sea difícil de entender para la misma ventaja del lector: Así, todos miramos hacia el Oriente en nuestras oraciones, pero pocos de nosotros sabemos que estamos buscando nuestra propia patria antigua, el Paraíso, que Dios plantó en Edén, al Oriente. [] Oramos de pie el primer día de la semana, pero no todos conocemos la razón. En el día de la resurrección (o «levantarse de nuevo», gr. [ἀ] [νάστασις]) nos recordamos la gracia que se nos ha dado al estar de pie en la oración, no solo porque resucitamos con Cristo y estamos obligados a «buscar las cosas de arriba,» [] sino porque el día nos parece ser, en cierto sentido, una imagen del siglo que esperamos; por lo cual, aunque es el principio de los días, no es llamado por Moisés primero, sino uno. Pues dice: «Hubo tarde y hubo mañana, un día,» como si el mismo día se repitiera con frecuencia. Ahora bien, «uno» y «octavo» son lo mismo, indicando en sí mismos distintamente que realmente «uno» y «octavo», de los cuales el Salmista hace mención en ciertos títulos de los Salmos, el estado que sigue después de este tiempo presente, el día que no conoce ocaso ni decline, y no tiene sucesor, aquel siglo que no termina ni envejece. De necesidad, pues, la Iglesia enseña a sus propios hijos a ofrecer sus oraciones en ese día de pie, a fin de que, mediante el recuerdo continuo de la vida sin fin, no descuidemos hacer provisión para nuestra partida hacia allí. Además, todo Pentecostés es un recordatorio de la resurrección esperada en el siglo venidero. Pues aquel día uno y primero, si se multiplica siete veces por siete, completa las siete semanas del santo Pentecostés; porque, comenzando en el primero, Pentecostés termina con el mismo, dando cincuenta vueltas a través de los días intermedios semejantes. Y así es una semejanza de la eternidad, comenzando y terminando, como en un curso circular, en el mismo punto. En este día, las reglas de la Iglesia nos han educado para preferir la actitud erguida de la oración, pues con su claro recordatorio hacen, por así decirlo, que nuestra mente no more ya en lo presente sino en lo futuro. Además, cada vez que caemos de rodillas y nos levantamos de ellas, mostramos con el mismo hecho que por nuestro pecado caímos a tierra, y por la bondad amorosa de nuestro Creador fuimos llamados de vuelta al cielo.
    Comentario editorial · Dogma y «kerygma»: el silencio de los misterios
    Basilio enumera prácticas que, dice, nadie enseñó por escrito: la señal de la cruz, orar mirando al Oriente, las palabras de la invocación sobre el pan y la copa, bendecir el agua y el óleo, la unción, la triple inmersión, la renuncia a Satanás, orar de pie el domingo. Las explica por el secreto: los misterios se guardan en silencio, como Moisés no abrió a todos el tabernáculo, y de ahí su distinción entre «dogma» (que se observa en silencio) y «kerygma» (que se proclama a todos). Jackson advierte que «dogma» tiene en Basilio un sentido distinto del actual; Johnston, citado por Jackson, añade que Basilio habría llamado kerygma al homoousios definido en Nicea porque siempre había sido dogma de la Iglesia. El nombre moderno de esta práctica, disciplina arcani, no es antiguo: lo acuñó el calvinista Jean Daillé en el siglo XVII, y Wikipedia la ve extendida en el siglo IV, también en Capadocia, y ya en Orígenes, que respondía a Celso que el cristianismo tiene doctrinas públicas y otras reservadas (Contra Celso).
    Comentario editorial · ¿Es de Basilio esta parte del libro?
    Una nota de la edición inglesa recuerda que Erasmo objetó la autenticidad de «esta última parte» del tratado por su estilo, distinto del de las obras más sobrias de Basilio, y que lo siguió Jeremy Taylor; Casaubon la defendió y recordó que Juan Damasceno cita los Treinta capítulos a Anfiloquio. Johnston añade que las paráfrasis siríacas de todo el libro, descubiertas más tarde, hacen retroceder el argumento a unos cien años de la fecha de Basilio, y que el cuidado de Basilio por copiarlo y hacerlo llegar a Anfiloquio vuelve «casi increíble» la falsificación de media obra. La misma nota cuenta que el Catecismo mayor de Filareto, de la Iglesia ortodoxa, cita este § 66 como autoridad sobre el uso de la tradición, y que Basilio defiende en otros lugares la supremacía de la Escritura.

    Cap. 27, § 67

    67. Me faltará tiempo si intento enumerar los misterios no escritos de la Iglesia. De los demás no digo nada; pero de la misma confesión de nuestra fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ¿cuál es la fuente escrita? Si se concede que, así como somos bautizados, también bajo la obligación de creer, hacemos nuestra confesión en los mismos términos que nuestro bautismo, de acuerdo con la tradición de nuestro bautismo y en conformidad con los principios de la verdadera religión, que nuestros adversarios nos concedan también el derecho de ser tan consecuentes en nuestra doxología como en nuestra confesión de fe. Si desaprueban nuestra doxología alegando que carece de autoridad escrita, que nos den la evidencia escrita de la confesión de nuestra fe y de las demás cosas que hemos enumerado. Siendo tantas las tradiciones no escritas y tan importante su relación con «el misterio de la piedad» [], ¿pueden negarnos una sola palabra que nos ha llegado de los Padres;— que hallamos, derivada de la costumbre no instruida, vigente en iglesias no pervertidas;— una palabra cuyos argumentos son fuertes, y que contribuye en no pequeña medida a la plenitud de la fuerza del misterio?

    Cap. 27, § 68

    68. Ya se ha explicado la fuerza de ambas expresiones. Procederé a exponer una vez más en qué concuerdan y en qué difieren entre sí—no que se opongan en mutuo antagonismo, sino que cada una aporta su propio sentido a la verdadera religión. La preposición «en» enuncia la verdad más bien en relación con nosotros, mientras que «con» proclama la comunión del Espíritu con Dios. Por lo cual usamos ambas palabras: con una expresamos la dignidad del Espíritu; con la otra anunciamos la gracia que está con nosotros. Así atribuimos gloria a Dios tanto «en» el Espíritu como «con» el Espíritu; y en esto no usamos palabra nuestra, sino que seguimos la enseñanza del Señor como una regla fija, y transferimos su palabra a cosas conexas y estrechamente relacionadas, y de las cuales la conjunción en los misterios es necesaria. Hemos considerado que tenemos la obligación necesaria de unir en nuestra confesión de fe a Aquel que es contado con Ellos en el Bautismo, y hemos tratado la confesión de la fe como origen y madre de la doxología. ¿Qué hay que hacer, pues? Ellos deben ahora instruirnos, o bien para no bautizar como hemos recibido, o bien para no creer como fuimos bautizados, o bien para no atribuir gloria como hemos creído. Que pruebe cualquier hombre, si puede, que la relación de secuencia en estos actos no es necesaria e ininterrumpida; o que niegue, si puede, que la innovación aquí significa ruina en todas partes. Sin embargo, no cesan de machacar en nuestros oídos que la atribución de gloria «con» el Espíritu Santo carece de autoridad y no es escrituraria, y cosas por el estilo. Hemos dicho que, en cuanto al sentido, es lo mismo decir «gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,» que «gloria al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo.» Es imposible que alguien rechace o cancele la sílaba «y,» que se deriva de las mismas palabras de nuestro Señor, y nada impide aceptar su equivalente. Ya hemos mostrado cuánta diferencia y semejanza hay entre las dos. Y nuestro argumento se confirma por el hecho de que el Apóstol usa indiferentemente una u otra palabra:— a veces «en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios;» [] otras veces «cuando estáis reunidos, y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús,» [] sin pensar que haya diferencia alguna para la conexión de los nombres si usa la conjunción o la preposición.

    Capítulo 28. Que nuestros adversarios se niegan a conceder en el caso del Espíritu los términos que la Escritura usa en el caso de los hombres, como reinando juntamente con Cristo

    Cap. 28, § 69

    69. Pero veamos si podemos pensar en alguna defensa de este uso de nuestros padres; pues quienes originaron por primera vez la expresión son más censurables que nosotros mismos. Pablo, en su Carta a los Colosenses, dice, «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión... os dio vida juntamente con» [] Cristo. ¿Acaso dio Dios a todo un pueblo y a la Iglesia la dádiva de la vida con Cristo, y sin embargo la vida con Cristo no pertenece al Espíritu Santo? Pero si esto es impío incluso pensarlo, ¿no es justamente reverente hacer nuestra confesión así, como Ellos están por naturaleza en estrecha conjunción? Además, ¿qué ilimitada falta de sensibilidad no muestran estos hombres al confesar que los Santos están con Cristo (si, como sabemos que es el caso, Pablo, al ausentarse del cuerpo, está presente con el Señor y, después de partir, está con Cristo) y, en la medida de su poder, al negarse a permitir que el Espíritu esté con Cristo incluso en la misma medida que los hombres? Y Pablo se llama a sí mismo «colaborador con Dios» [] en la dispensación del Evangelio; ¿presentarán una acusación de impiedad contra nosotros si aplicamos el término «colaborador» al Espíritu Santo, por medio de quien en toda criatura bajo el cielo el Evangelio produce fruto? La vida de los que han confiado en el Señor «está escondida,» al parecer, «con Cristo en Dios, y cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste, entonces» también ellos mismos «se manifestarán con Él en gloria;» [] y el Espíritu de vida mismo, «que nos libertó de la ley del pecado,» [] ¿no está con Cristo, tanto en la vida secreta y escondida con Él, como en la manifestación de la gloria que esperamos que se manifieste en los santos? Somos «herederos de Dios y coherederos con Cristo,» [] y ¿está el Espíritu sin parte ni suerte en la comunión de Dios y de su Cristo? «El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios;» y ¿no hemos de permitir al Espíritu siquiera ese testimonio de su comunión con Dios que hemos aprendido del Señor? Porque se llega a la cumbre de la necedad si a través de la fe en Cristo que está en el Espíritu esperamos que seremos resucitados juntamente con Él y nos sentaremos juntos en los lugares celestiales, cuando Él cambie nuestro cuerpo vil de lo natural a lo espiritual, y sin embargo nos negamos a asignar al Espíritu participación alguna en el sentarse juntos, o en la gloria, o en cualquier otra cosa que hayamos recibido de Él. De todos los bienes de los cuales, de acuerdo con la concesión indefectible de Aquel que los ha prometido, nos hemos creído dignos, ¿no hemos de permitir ninguno al Espíritu Santo, como si todos estuvieran por encima de su dignidad? Es vuestro, según vuestro mérito, estar «siempre con el Señor,» y esperáis ser arrebatados «en las nubes para recibir al Señor en el aire y estar siempre con el Señor.» [] Declaráis que el hombre que enumera y clasifica al Espíritu con el Padre y el Hijo es culpable de intolerable impiedad. ¿Podéis ahora realmente negar que el Espíritu está con Cristo?

    Cap. 28, § 70

    70. Me avergüenza añadir el resto. Esperáis ser glorificados juntamente con Cristo; ( «si es que padecemos con Él para que también seamos glorificados juntamente;» []) pero no glorificáis al «Espíritu de santidad» [] juntamente con Cristo, como si Él no fuera digno de recibir honor igual incluso con vosotros. Esperáis «reinar con» [] Cristo; pero «ultrajáis al Espíritu de gracia» [] asignándole el rango de esclavo y de subordinado. Y digo esto no para demostrar que se debe tanto al Espíritu en la atribución de gloria, sino para probar la injusticia de quienes no quieren dar ni siquiera esto, y rehúyen la comunión del Espíritu con el Hijo y el Padre como de una impiedad. ¿Quién podría tocar estas cosas sin un suspiro? ¿No es tan claro como para estar dentro de la percepción incluso de un niño que este estado presente de cosas preludia el amenazado eclipse de la fe? Lo innegable se ha vuelto incierto. Profesamos creer en el Espíritu, y luego reñimos con nuestras propias confesiones. Somos bautizados, y comenzamos a luchar de nuevo. Lo invocamos como Príncipe de la vida, y luego lo despreciamos como a un esclavo semejante a nosotros. Lo recibimos con el Padre y el Hijo, y lo deshonramos como una parte de la creación. Aquellos que «no saben lo que deben pedir en oración,» [] aunque sean inducidos a pronunciar una palabra del Espíritu con temor reverente, como acercándose a su dignidad, recortan sin embargo todo lo que excede la proporción exacta de su discurso. Más bien deberían lamentar su debilidad, en que somos impotentes para expresar con palabras nuestra gratitud por los beneficios que realmente estamos recibiendo; porque Él «sobrepasa todo entendimiento,» [] y convence al discurso de su natural incapacidad incluso para acercarse a su dignidad en el más mínimo grado; como está escrito en el libro de la Sabiduría, «Exaltadlo cuanto podáis, que aun así Él os excederá con mucho; y cuando lo exaltéis, poned todas vuestras fuerzas, y no os canséis, porque nunca podréis llegar bastante lejos.» En verdad terrible es la cuenta que habréis de dar por palabras de este género vosotros que habéis oído de Dios, que no puede mentir, que para la blasfemia contra el Espíritu Santo no hay perdón. []

    Capítulo 29. Enumeración de los varones ilustres de la Iglesia que en sus escritos han usado la palabra «con»

    Cap. 29, § 71

    En respuesta a la objeción de que la doxología en la forma «con el Espíritu» carece de autoridad escrita, sostenemos que, si no hubiera ningún otro ejemplo de lo no escrito, entonces no debería ser recibida. Pero si la mayor parte de nuestros misterios son admitidos en nuestra constitución sin autoridad escrita, entonces, junto con los muchos otros, recibamos también éste. Pues tengo por apostólico atenerse también a las tradiciones no escritas. «Os alabo», se dice, «porque en todo os acordáis de mí y guardáis las ordenanzas tal como os las entregué»; [] y «retened las tradiciones que habéis aprendido, sea por palabra, sea por epístola nuestra». [] Una de estas tradiciones es la práctica que ahora tenemos ante nosotros, que quienes desde el principio la ordenaron arraigaron firmemente en las iglesias, entregándola a sus sucesores, y cuyo uso, por la larga costumbre, avanza paso a paso con el tiempo. Si, como en un tribunal de justicia, nos faltaran pruebas documentales, pero pudiéramos presentar ante ti un gran número de testigos, ¿no darías tu voto a favor de nuestra absolución? Creo que sí; pues «por boca de dos o tres testigos se establecerá el asunto». [] Y si pudiéramos probarte claramente que un largo período de tiempo estaba a nuestro favor, ¿no te habría parecido que instábamos con razón a que este pleito no se presentara en juicio contra nosotros? Pues los dogmas antiguos inspiran una cierta veneración, augustos como son por su canosa antigüedad. Te daré, pues, una lista de los partidarios de esta palabra (y también el tiempo debe tenerse en cuenta en relación con lo que se admite sin discusión). Porque no tuvo origen entre nosotros. ¿Cómo podría? Nosotros, en comparación con el tiempo durante el cual esta palabra ha estado en uso, somos, para decirlo con palabras de Job, «de ayer apenas». [] Yo mismo, si he de hablar de lo que me concierne personalmente, guardo esta fórmula como una herencia que me dejaron mis padres. Me fue transmitida por quien pasó una larga vida en el servicio de Dios, y por él fui bautizado y admitido al ministerio de la iglesia. Al examinar, en cuanto pude, si algunos de los bienaventurados varones de antaño usaban las palabras a las que ahora se objeta, hallé a muchos dignos de crédito tanto por su antigüedad como por una característica en la que se distinguen de los hombres de hoy: por la exactitud de su conocimiento. De ellos, unos acoplaban la palabra en la doxología mediante la preposición, otros mediante la conjunción, pero en ningún caso se consideraba que actuaran de manera divergente, al menos en lo que respecta al recto sentido de la verdadera religión.

    Cap. 29, § 72

    Está el célebre Ireneo, y Clemente de Roma; Dionisio de Roma, y, cosa extraña, Dionisio de Alejandría, en su segunda Carta a su homónimo, sobre «Convicción y defensa», que concluye así. Te daré sus propias palabras. «Siguiendo a todos éstos, también nosotros, puesto que hemos recibido de los presbíteros que nos precedieron una forma y regla, ofreciendo acción de gracias en los mismos términos que ellos, concluimos así nuestra Carta a vosotros. A Dios Padre y al Hijo, nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, gloria y poder por los siglos de los siglos; amén.» Y nadie puede decir que este pasaje haya sido alterado. No habría afirmado con tanta insistencia que había recibido una forma y regla si hubiera dicho «en el Espíritu». Pues de esta fórmula el uso es abundante; era el uso de «con» el que necesitaba defensa. Dionisio, además, en medio de su tratado, escribe así contra los sabelianos: «Si por ser tres las hipóstasis dicen que están divididas, tres son, aunque no les plazca. Si no, destruyan del todo la Trinidad divina.» Y de nuevo: «Sumamente divina por esto, después de la Unidad, es la Trinidad.» Clemente, de manera más primitiva, escribe: «Vive Dios, y el Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo.» Y escuchemos ahora cómo Ireneo, que vivió cerca de los tiempos de los Apóstoles, menciona al Espíritu en su obra «Contra las herejías». «El Apóstol llama con razón carnales a los desenfrenados y arrastrados por sus propios deseos, que no tienen deseo del Espíritu Santo», y en otro pasaje Ireneo dice: «El Apóstol exclamó que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos, no sea que nosotros, por no tener parte en el Espíritu divino, quedemos excluidos del reino de los cielos.» Si alguien considera a Eusebio de Palestina digno de crédito por su amplia experiencia, remito además a las propias palabras que usa al tratar cuestiones acerca de la poligamia de los antiguos. Animándose a sí mismo a su obra, escribe «invocando al santo Dios de los Profetas, Autor de la luz, por medio de nuestro Salvador Jesucristo, con el Espíritu Santo.»

    Cap. 29, § 73

    También hallamos que Orígenes, en muchas de sus exposiciones de los Salmos, usa la forma de doxología «con el Espíritu Santo». Las opiniones que sostenía acerca del Espíritu no fueron siempre y en todo lugar sanas; sin embargo, en muchos pasajes incluso él mismo reconoce con reverencia la fuerza del uso establecido, y se expresa acerca del Espíritu en términos conformes con la verdadera religión. Es, si no me equivoco, en el libro sexto de su Comentario al Evangelio de san Juan donde claramente hace del Espíritu un objeto de culto. Sus palabras son: «El lavamiento o el agua es símbolo de la purificación del alma, lavada de toda la inmundicia que proviene de la maldad; pero no por ello deja de ser también, para el que se entrega a la Divinidad de la adorable Trinidad, por el poder de las invocaciones, el origen y la fuente de las bendiciones.» Y de nuevo, en su Exposición de la Epístola a los Romanos, «las santas potestades», dice, «son capaces de recibir al Unigénito y la Divinidad del Espíritu Santo.» Así entiendo yo que la poderosa influencia de la tradición impulsa con frecuencia a los hombres a expresarse en términos contrarios a sus propias opiniones. Además, esta forma de la doxología no fue desconocida ni siquiera para Africano el historiador. En el libro quinto de su Epítome de los tiempos dice: «nosotros, que conocemos el peso de esos términos y no ignoramos la gracia de la fe, damos gracias al Padre, que nos otorgó a sus criaturas, a Jesucristo, Salvador del mundo y Señor nuestro, a quien sea la gloria y la majestad con el Espíritu Santo, para siempre.» El resto de los pasajes tal vez pueda ser visto con sospecha; o pudo realmente haber sido alterado, y el hecho de que hayan sido manipulados será difícil de detectar, porque la diferencia consiste en una sola sílaba. Los que he citado por extenso, sin embargo, están fuera del alcance de toda manipulación deshonesta y pueden verificarse fácilmente a partir de las obras mismas.
    Aduciré ahora otra prueba que quizá podría parecer insignificante, pero que por su antigüedad no debe de ningún modo ser omitida por un acusado a quien se procesa por innovación. Pareció bien a nuestros padres no recibir el don de la luz al atardecer en silencio, sino, en cuanto aparecía, dar gracias al instante. Quién fue el autor de estas palabras de acción de gracias al encenderse las lámparas, no podemos decirlo. El pueblo, sin embargo, pronuncia la fórmula antigua, y nadie ha tenido jamás por culpable de impiedad a quienes dicen: «Alabamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo de Dios.» Y si alguien conoce el Himno de Atenógenes, que, mientras se apresuraba hacia su perfección por el fuego, dejó como una especie de regalo de despedida a sus amigos, conoce el sentir de los mártires acerca del Espíritu. Sobre este punto no diré más.

    Cap. 29, § 74

    ¿Dónde colocaré, pues, al gran Gregorio y las palabras que pronunció? ¿No pondremos entre los Apóstoles y los Profetas a un varón que caminó por el mismo Espíritu que ellos; [] que nunca en todos sus días se apartó de las huellas de los santos; que mantuvo, mientras vivió, los principios exactos de la ciudadanía evangélica? Estoy seguro de que agraviaríamos a la verdad si nos negáramos a contar a aquella alma entre el pueblo de Dios, pues brilló como un faro en la Iglesia de Dios; porque por la cooperación del Espíritu era tremendo el poder que tenía sobre los demonios, y tan dotado estaba de la gracia de la palabra «para obediencia de la fe entre... las naciones», [] que, aunque solo diecisiete cristianos le fueron entregados, condujo al pueblo entero, tanto en la ciudad como en el campo, por el conocimiento a Dios. Él también, por el poderoso nombre de Cristo, mandó incluso a los ríos que cambiaran de curso y secó un lago que daba ocasión de disputa a unos hermanos codiciosos. Además, sus predicciones de lo futuro fueron de tal modo que en nada quedaron por debajo de las de los grandes profetas. Contar por extenso todas sus maravillosas obras sería tarea demasiado larga. Por la sobreabundancia de dones, obrados en él por el Espíritu con todo poder, en señales y en prodigios, fue llamado un segundo Moisés incluso por los propios enemigos de la Iglesia. Así, en todo lo que realizó por gracia, tanto de palabra como de obra, una luz parecía brillar siempre, señal del poder celestial e invisible que lo seguía. Hasta el día de hoy es objeto de gran admiración para las gentes de su propia región, y su memoria, establecida en las iglesias siempre fresca y verde, no se ha entibiado con el paso del tiempo. Así, ni una práctica, ni una palabra, ni un rito místico se ha añadido a la Iglesia fuera de lo que él le legó. De ahí que, en verdad, por la antigüedad de su institución, muchas de sus ceremonias parezcan defectuosas. Pues sus sucesores en la administración de las Iglesias no pudieron tolerar aceptar descubrimiento alguno posterior además de lo que había recibido su sanción. Ahora bien, una de las instituciones de Gregorio es precisamente la forma de doxología a la que ahora se objeta, conservada por la Iglesia con la autoridad de su tradición; afirmación que puede comprobarse sin mucha dificultad por cualquiera que quiera hacer un corto viaje. Que nuestro Firmiliano sostenía esta creencia lo atestiguan los escritos que nos dejó. También los contemporáneos del ilustre Melecio dicen que él era de esta opinión. Pero ¿para qué citar autoridades antiguas? Ahora bien, en Oriente, ¿no son los defensores de la verdadera religión conocidos principalmente por este solo término, y separados de sus adversarios como por una contraseña? He oído de boca de un mesopotámico, varón a la vez muy versado en la lengua y de opiniones no pervertidas, que, por el uso de su país, es imposible que nadie, aunque quiera, se exprese de otro modo, y que se ven obligados por el idioma de su lengua materna a ofrecer la doxología mediante la sílaba «y» o, diría con más exactitud, mediante sus expresiones equivalentes. También nosotros, los capadocios, hablamos así en el dialecto de nuestro país, pues el Espíritu, ya en la división de las lenguas, previó la utilidad de la fórmula. Y ¿qué decir de todo Occidente, casi desde el Ilírico hasta los confines de nuestro mundo? ¿No apoya esta palabra?
    Comentario editorial · Los testigos de Basilio
    Para el «con», Basilio alega una cadena de autores anteriores. Con los datos de las notas de Jackson:
    TestigoLo que Basilio alega
    IreneoDos pasajes de Contra las herejías sobre el Espíritu; lo presenta cercano a los apóstoles
    Clemente de Roma«Dios vive, y el Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo»
    Dionisio de RomaLo nombra entre los testigos, sin citarlo
    Dionisio de Alejandría (patriarca en 247–265)Su carta a su tocayo termina «con el Espíritu Santo»; Basilio dice «cosa extraña», porque desconfiaba de su ortodoxia (Jackson; Atanasio lo defendió)
    Eusebio de CesareaUna obra perdida invoca a Dios «por nuestro Salvador Jesucristo, con el Espíritu Santo»
    OrígenesUsa «con el Espíritu» en sus comentarios a los Salmos, aunque su doctrina sobre el Espíritu no siempre fue sana
    Julio Africano (hacia 220)El libro V de su crónica, quizá su conclusión según Salmon, dice «gloria y majestad con el Espíritu Santo»
    HimnosEl del lucernario, de autor desconocido, y el de Atenógenes, compuesto al ir a su «perfección por el fuego»
    Gregorio Taumaturgo (†c. 270)La fórmula es «institución suya»; Firmiliano la compartía, y también Melecio, según sus contemporáneos
    Basilio admite que otros pasajes pueden haber sido alterados «en una sola sílaba» y se apoya en los que cita por extenso (§ 73). Véanse Orígenes e Ireneo.

    Cap. 29, § 75

    ¿Cómo, entonces, puedo ser yo un innovador y creador de términos nuevos, cuando aduzco como autores y defensores de esta palabra a naciones enteras, a ciudades, a una costumbre que se remonta más allá de la memoria de los hombres, a varones que fueron columnas de la iglesia y conspicuos por todo conocimiento y poder espiritual? Por esta causa se pone en movimiento contra mí este escuadrón compacto de enemigos, y las ciudades, las aldeas y las regiones más remotas están llenas de mis calumniadores. Tristes y dolorosas son estas cosas para los que buscan la paz, pero grande es la recompensa de la paciencia por los sufrimientos soportados a causa de la fe. Así, además de esto, brille la espada, afílese el hacha, arda el fuego con más furia que el de Babilonia, póngase en movimiento contra mí todo instrumento de tortura. Para mí nada hay más temible que dejar de temer las amenazas que el Señor ha dirigido contra los que blasfeman contra el Espíritu. Los lectores benévolos hallarán una defensa satisfactoria en lo que he dicho: que acepto una fórmula tan querida y tan familiar a los santos, y confirmada por un uso tan prolongado, por cuanto, desde el día en que el Evangelio se predicó por primera vez hasta nuestro tiempo, se muestra que ha sido admitida con pleno derecho en las iglesias y, lo que es de mayor importancia, que ha sido aceptada como portadora de un sentido conforme a la santidad y a la verdadera religión. Pero ante el gran tribunal, ¿qué me he preparado a decir en mi defensa? Esto: que, en primer lugar, fui conducido a la gloria del Espíritu por el honor conferido por el Señor al asociarlo consigo mismo y con su Padre en el bautismo; [] y, en segundo lugar, por la introducción de cada uno de nosotros al conocimiento de Dios mediante tal iniciación; y, sobre todo, por el temor del castigo amenazado, que excluye todo pensamiento de indignidad y de concepto indigno. Pero nuestros adversarios, ¿qué dirán? Después de no mostrar ni reverencia por el honor del Señor ni temor de sus amenazas, ¿qué defensa tendrán para su blasfemia? A ellos les toca decidir sobre su propia acción o, aun ahora, cambiarla. Por mi parte, rogaría con todo fervor que el buen Dios haga reinar su paz en los corazones de todos, para que estos hombres, hinchados de soberbia y puestos en formación de batalla contra nosotros, sean calmados por el Espíritu de mansedumbre y de amor; y, si se han vuelto del todo salvajes e indomables, nos conceda al menos soportar con longanimidad todo lo que hayamos de sufrir de sus manos. En resumen, «para quienes tienen en sí mismos la sentencia de muerte», [] no es el sufrimiento por la fe lo doloroso; lo difícil de soportar es dejar de combatir su batalla. El atleta no se queja tanto de ser herido en la lucha como de no poder siquiera asegurar su entrada en el estadio. O acaso era éste el tiempo de callar del que habló Salomón el sabio. [] Pues, cuando la vida es golpeada por una tormenta tan violenta que toda la inteligencia de los instruidos en la palabra se llena del engaño del falso razonamiento y queda confundida, como ojo lleno de polvo; cuando los hombres quedan aturdidos por ruidos extraños y terribles; cuando todo el mundo es sacudido y todo se tambalea hacia su caída, ¿de qué sirve clamar, como realmente estoy clamando, al viento?

    Capítulo 30. Exposición del estado presente de las Iglesias

    Cap. 30, § 76

    ¿A qué, pues, compararé nuestra condición presente? Creo que puede compararse a una batalla naval surgida de antiguas rencillas y librada por hombres que se guardan un odio mortal unos a otros, de larga experiencia en la guerra naval y ávidos de combate. Mira, te lo ruego, el cuadro que así se alza ante tus ojos. Ve las flotas rivales que se lanzan al ataque en terrible formación. Con un estallido de furia incontrolable se enzarzan y luchan hasta el fin. Imagina, si quieres, las naves sacudidas de aquí para allá por una tempestad furiosa, mientras una densa oscuridad cae de las nubes y ennegrece todo el escenario, de suerte que en la confusión no se distinguen las contraseñas y se pierde toda distinción entre amigo y enemigo. Para completar los detalles del cuadro imaginario, supongamos el mar hinchado por las olas y arremolinado desde lo profundo, mientras un torrente impetuoso de lluvia se derrama de las nubes y las terribles olas se levantan. De todos los rincones del cielo los vientos golpean sobre un solo lugar, donde ambas flotas chocan una contra otra. De los combatientes, unos se vuelven traidores; otros desertan en lo más recio de la lucha; otros tienen, en un mismo instante, que impulsar sus barcas, todas golpeadas por el vendaval, y avanzar contra sus asaltantes. La envidia por la autoridad y el ansia de mando individual dividen a los marineros en bandos que se dan muerte mutuamente. Piensa, además de todo esto, en el confuso y vano rugido que resuena sobre todo el mar, procedente de los vientos aulladores, de las naves que se estrellan, de la espuma hirviente, de los gritos de los combatientes al expresar sus diversas emociones con toda clase de ruidos, de modo que no puede oírse ni una palabra del almirante ni del piloto. El desorden y la confusión son enormes, pues el extremo de la desgracia, cuando se desespera de la vida, da a los hombres licencia para toda clase de maldad. Supón, además, que todos están heridos por la peste incurable del loco amor por la gloria, de modo que no cesan en su lucha por sobreponerse unos a otros, mientras su nave se hunde de hecho en el abismo.

    Cap. 30, § 77

    Vuelve ahora, te lo ruego, de esta descripción figurada a la triste realidad. ¿No pareció en otro tiempo que el cisma arriano, después de separarse en una secta opuesta a la Iglesia de Dios, se mantenía solo en formación hostil? Pero cuando la actitud de nuestros enemigos contra nosotros pasó de una larga y amarga discordia a una guerra abierta, entonces, como es bien sabido, la guerra se dividió en más subdivisiones de las que puedo contar, de modo que todos los hombres fueron impulsados a un estado de odio inveterado tanto por el común espíritu de partido como por la sospecha individual. Pero ¿qué tormenta en el mar fue jamás tan fiera y salvaje como esta tempestad de las Iglesias? En ella se han removido todas las señales de los Padres; se han sacudido todos los fundamentos y todos los baluartes de la opinión; todo lo que se sostenía sobre lo inseguro es zarandeado y derribado. Nos atacamos unos a otros. Somos derribados unos por otros. Si nuestro enemigo no es el primero en herirnos, somos heridos por el camarada que está a nuestro lado. Si un enemigo es herido y cae, su compañero de armas lo pisotea. Hay al menos este vínculo de unión entre nosotros: que odiamos a los enemigos comunes; pero apenas ha pasado el enemigo, hallamos enemigos unos en otros. ¿Y quién podría hacer una lista completa de todos los naufragios? Unos se han ido a fondo ante el ataque del enemigo; otros por la insospechada traición de sus aliados; otros por la torpeza de sus propios jefes. Vemos, por así decir, iglesias enteras, con tripulación y todo, estrelladas y destrozadas contra los escollos de la herejía solapada, mientras que otros enemigos del Espíritu de salvación han tomado el timón y han hecho naufragar la fe. [] Y luego los disturbios provocados por los príncipes de este mundo [] han causado la caída del pueblo con una violencia sin parangón con la de huracán o torbellino. Las lumbreras del mundo, que Dios puso para alumbrar las almas del pueblo, han sido arrojadas de sus hogares, y una oscuridad verdaderamente lúgubre y desalentadora se ha asentado sobre las Iglesias. El terror de la ruina universal es ya inminente, y sin embargo su mutua rivalidad es tan desmedida que embota todo sentido del peligro. El odio individual importa más que la guerra general y común, pues los hombres para quienes la gratificación inmediata de la ambición se estima en más que los premios que nos aguardan en el tiempo venidero, prefieren la gloria de vencer a sus adversarios a asegurar el bien común de la humanidad. Así todos, cada cual como mejor puede, levantan la mano homicida unos contra otros. Áspero se alza el clamor de los combatientes que se enfrentan en disputa; ya toda la Iglesia está casi llena de gritos inarticulados, de ruidos ininteligibles, nacidos de las incesantes agitaciones que desvían la recta regla de la doctrina de la verdadera religión, ya hacia el exceso, ya hacia el defecto. Por una parte están los que confunden las Personas y se dejan arrastrar al judaísmo; por otra, los que, por la oposición de las naturalezas, caen en el paganismo. Entre estos partidos opuestos, la Escritura inspirada es impotente para mediar; las tradiciones de los apóstoles no pueden sugerir condiciones de arbitraje. El hablar con franqueza es fatal para la amistad, y el desacuerdo de opinión es todo el motivo que se necesita para una querella. Ningún juramento de confederación es tan eficaz para mantener a los hombres fieles a la sedición como su semejanza en el error. Todo el mundo es un teologuillo aunque tenga el alma marcada con más manchas de las que pueden contarse. El resultado es que los innovadores hallan una provisión abundante de hombres maduros para el faccionalismo, mientras que vástagos autoproclamados de la casa de los buscadores de puestos rechazan el gobierno del Espíritu Santo y reparten las dignidades principales de las Iglesias. Las instituciones del Evangelio han sido arrojadas ahora en todas partes a la confusión por falta de disciplina; hay un empuje indescriptible hacia los primeros puestos mientras todo el que se publicita a sí mismo intenta introducirse por la fuerza en los cargos altos. El resultado de esta sed de mandar es que nuestro pueblo está en salvaje confusión por falta de quien lo mande; las exhortaciones de los que tienen autoridad resultan del todo inútiles y vanas, porque no hay hombre que, con ignorante desvergüenza, no crea que es tanto su deber dar órdenes a los demás como obedecer a cualquier otro.
    Comentario editorial · Valente y los obispos desterrados
    Basilio escribe bajo el emperador Valente (364–378, según el artículo sobre el arrianismo de este sitio), a quien Wikipedia presenta como partidario del arrianismo. Las «luminarias» que han sido «expulsadas de sus casas» son obispos desterrados: según la nota de Jackson, Melecio de Antioquía, Eusebio de Samosata, Pelagio de Laodicea y Barses de Edesa. Eusebio, amigo de Basilio, fue desterrado en 374 (Prolegómenos). Otra nota recuerda que la carta 242, de 376, dice que corría «el año decimotercero desde que estalló la guerra de los herejes contra nosotros». La batalla naval del § 76 describe, pues, una situación presente y sin resolver, y Jackson comenta que Basilio murió «en plena crisis de la campaña», sin ver la paz.

    Cap. 30, § 78

    Así, puesto que no hay voz humana bastante fuerte para hacerse oír en semejante disturbio, considero el silencio más provechoso que la palabra, pues si hay verdad en las palabras del Predicador: «Las palabras de los sabios se oyen en quietud», [] en la condición presente ninguna discusión de ellas puede ser conveniente. Me siento además refrenado por la sentencia del Profeta: «Por tanto, el prudente callará en aquel tiempo, porque es tiempo malo», [] tiempo en que unos ponen zancadillas a sus vecinos, otros pisotean al hombre caído y otros baten palmas de alegría, pero no hay quien se compadezca del caído y le tienda una mano amiga, aunque según la antigua ley no queda sin condena quien pasa de largo incluso ante el animal de carga de su enemigo caído bajo su peso. [] Éste no es ahora el estado de las cosas. ¿Por qué no? El amor de muchos se ha enfriado; [] la concordia fraterna está destruida, el nombre mismo de unidad es ignorado, ya no se oyen las amonestaciones fraternas, en ninguna parte hay compasión cristiana, en ninguna parte cae la lágrima de la condolencia. Ahora no hay quien reciba «al débil en la fe», [] sino que el odio mutuo se ha encendido tan alto entre los de un mismo linaje que se alegran más de la caída del prójimo que de su propio éxito. Como en una peste, los hombres de vida más ordenada sufren la misma enfermedad que los demás, porque contraen el mal por el trato con los infectados; así hoy, por la perversa rivalidad que posee nuestras almas, somos arrastrados a una emulación en la maldad, y todos somos cada uno tan malos como los otros. De ahí que se sienten despiadados y agrios los jueces de los que yerran; insensibles y hostiles son los críticos de los bien dispuestos. Y tan honda está arraigada entre nosotros esta maldad, que nos hemos vuelto más brutales que las bestias; ellas al menos se reúnen con sus semejantes, pero nuestra guerra más salvaje es contra nuestra propia gente.

    Cap. 30, § 79

    Por todas estas razones debería haber guardado silencio, pero fui arrastrado en dirección contraria por el amor, que «no busca lo suyo», [] y desea vencer toda dificultad que el tiempo y las circunstancias le opongan. Fui enseñado también por los jóvenes de Babilonia, que, cuando no hay quien sostenga la causa de la verdadera religión, debemos cumplir nuestro deber solos y sin ayuda alguna. Ellos, desde en medio de la llama, alzaron sus voces en himnos y alabanza a Dios, sin hacer caso del ejército que despreciaba la verdad, sino bastándose, con ser solo tres, unos a otros. Por lo cual también nosotros no nos arredramos ante la nube de enemigos y, poniendo nuestra esperanza en la ayuda del Espíritu, hemos proclamado la verdad con toda osadía. Si no lo hubiera hecho así, habría sido verdaderamente terrible que los blasfemos del Espíritu se animaran tan fácilmente en su ataque contra la verdadera religión, y que nosotros, con un aliado y defensor tan poderoso a nuestro lado, rehuyéramos el servicio de aquella doctrina que por la tradición de los Padres se ha conservado hasta nuestros días mediante una ininterrumpida secuencia de memoria. Otro poderoso incentivo para mi empresa fue el cálido fervor de tu «amor no fingido» y la seriedad y taciturnidad de tu disposición; garantía de que no publicarías ante todo el mundo lo que yo iba a decir, no porque no valiera la pena darlo a conocer, sino para evitar echar perlas a los cerdos. [] Mi tarea está ya terminada. Si hallas satisfactorio lo que he dicho, ponga esto fin a nuestra discusión de estas materias. Si piensas que algún punto requiere mayor esclarecimiento, te ruego que no dudes en proseguir la investigación con toda diligencia y en añadir a tu información planteando cualquier cuestión no controvertida. Ya sea por mí o por otros, el Señor concederá plena explicación de las materias que aún hayan de aclararse, según el conocimiento que el Espíritu Santo otorga a los dignos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Basilio no prueba que el Espíritu merece la misma gloria con una sola fórmula, sino con un modo de leer. Muestra que la Escritura lo pone «junto» al Padre y al Hijo —en la fórmula del bautismo (Cap. 10 a 12), en la creación y en el juicio (Cap. 16), en la glorificación (Cap. 19 a 24 y 28)— y que la Iglesia lo confiesa y lo glorifica así desde antiguo, por una tradición escrita y otra no escrita (Cap. 27 y 29). A quien objeta que «con el Espíritu» no consta en la Escritura le contesta que tampoco constan por escrito la triple inmersión, la renuncia a Satanás ni las palabras de la confesión bautismal (Cap. 27, § 66 y 67). Lo hace, según Jackson y la Catholic Encyclopedia, sin dar al Espíritu el título «Dios»; y en el texto de base no aparecen ni homoousios ni el nombre de Nicea. Esa reserva se le criticó en vida (nota del Cap. 18).
    Su amigo Gregorio de Nacianzo la había defendido ante los críticos (carta 58) y, muerto Basilio, escribió en su elogio fúnebre que, al leer lo que Basilio escribió sobre el Espíritu, hallaba al Dios que posee y se envalentonaba para hablar (Oración 43, 67). En 380, en Constantinopla, lo dijo sin rodeos: a la pregunta «¿Es Dios el Espíritu?» respondió «Ciertamente», y «¿consustancial?», «Sí, si es Dios» (Oración 31, 10; versión del NPNF). El concilio de Constantinopla de 381, al que asistió Anfiloquio (Wikipedia), anatematizó entre otros a los pneumatómacos (canon 1, según el artículo sobre el arrianismo de este sitio), y la tradición le atribuye el credo que dice del Espíritu que es «Señor y dador de vida» y que «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». Esa cláusula usa el «con» (en griego, el prefijo syn-, que la Preface de Jackson cita en el credo de Epifanio) que Basilio defendía; no le da el título «Dios» ni le aplica homoousios (lectura del editor). El mismo artículo sobre el arrianismo expone lo que se discute de ese concilio y de ese credo: las actas no se conservan, y los especialistas no concuerdan en si el concilio lo promulgó. La Preface de Jackson añade que el credo del Ancoratus de Epifanio, publicado en 374, es casi idéntico a la confesión de Constantinopla.
    Límites. La edición de base no fecha el tratado con precisión: «hacia 375» resume lo que dicen el NPNF (visita de Anfiloquio en 374; carta 231 colocada en 375), la Catholic Encyclopedia («c. 375») y Wikipedia en español (terminado en 375); el año exacto de la composición no consta. Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática: sus rarezas conocidas son las que se señalan en el texto (el griego partido en corchetes, la numeración omitida), pero ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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