[Muestra que los ídolos no son dioses, que Dios es uno, y que por Cristo se da la salvación a los creyentes.][Argumento.— Este encabezado abarca las tres divisiones principales de este tratado. El autor muestra en primer lugar que aquellos en cuyo honor se fundaron templos, se modelaron estatuas, se sacrificaron víctimas y se celebraron días festivos, fueron reyes y hombres, y no dioses; y, por tanto, que su culto no pudo ser de provecho alguno ni a los extraños ni a los romanos, y que el poder del Imperio romano debía atribuirse al hado antes que a ellos, por cuanto había surgido por una cierta buena fortuna y se avergonzaba de su propio origen.]
§ 1
1. Que no son dioses aquellos a quienes la gente común adora, se conoce por esto. Fueron antes reyes, quienes, por causa de su real memoria, comenzaron luego a ser adorados por sus pueblos aun en la muerte. De ahí se les fundaron templos; de ahí se esculpieron imágenes para conservar por la semejanza los rostros de los difuntos; y los hombres sacrificaron víctimas y celebraron días festivos para honrarlos. De ahí se volvieron sagrados para la posteridad aquellos ritos que al principio se habían adoptado como consuelo. Y veamos ahora si esta verdad se confirma en casos particulares.
§ 2
2. Melicertes y Leucótea son precipitados al mar, y luego se convierten en divinidades marinas. Los Cástores mueren por turnos, para poder vivir. Esculapio es herido por el rayo, para que pueda elevarse a dios. Hércules, para despojarse del hombre, es quemado en los fuegos del Oeta. Apolo apacentó los rebaños de Admeto; Neptuno levantó murallas para Laomedonte y no recibió —desdichado constructor— salario alguno por su trabajo. La cueva de Júpiter se ve en Creta, y se muestra su sepulcro; y es manifiesto que Saturno fue expulsado por él, y que de él recibió su nombre el Lacio, por ser su escondite. Él fue el primero que enseñó a grabar letras; él fue el primero que enseñó a acuñar moneda en Italia, y de ahí que el tesoro sea llamado el tesoro de Saturno. Y fue también el cultivador de la vida rústica, por lo cual se le pinta como un anciano que lleva una hoz. Jano lo había recibido con hospitalidad cuando fue expulsado, de cuyo nombre se llama así el Janículo, y se instituye el mes de enero. Él mismo es representado con dos rostros, porque, colocado en medio, parece mirar igualmente hacia el año que comienza y hacia el que termina. Los mauros, en verdad, adoran manifiestamente a los reyes, y no ocultan su nombre con disfraz alguno.
§ 3
3. De ahí que la religión de los dioses se cambie de diversas maneras en cada nación y provincia, por cuanto ningún dios es adorado por todos, sino que cada uno conserva como propio el culto de sus antepasados. Como prueba de que esto es así, Alejandro Magno escribe en el notable volumen dirigido a su madre que, por temor a su poder, un sacerdote le reveló la doctrina, mantenida en secreto, de que los dioses eran hombres; que lo que realmente se conservaba era la memoria de los antepasados y de los reyes, y que de ahí han nacido los ritos de culto y de sacrificio. Pero si los dioses nacieron alguna vez, ¿por qué no nacen también en estos días? — a no ser, en verdad, que Júpiter haya envejecido demasiado, o que a Juno le haya faltado la facultad de concebir.
§ 4
4. Pero ¿por qué pensáis que los dioses pueden valer en favor de los romanos, cuando veis que nada pueden hacer en favor de sus propios adoradores contra las armas romanas? Pues sabemos que los dioses de los romanos son autóctonos. Rómulo fue hecho dios por el perjurio de Próculo, y Pico, y Tiberino, y Pilumno, y Conso, a quien, como dios de la traición, Rómulo habría querido que se le adorase, como si hubiera sido dios de los consejos, cuando su perfidia dio por resultado el rapto de las sabinas. Tacio también inventó y adoró a la diosa Cloacina; Hostilio, al Miedo y la Palidez. Poco después, no sé por quién, fue consagrada la Fiebre, y Acca y Flora, las rameras. Estos son los dioses romanos. Pero Marte es tracio, y Júpiter cretense, y Juno, argiva, samia o cartaginesa, y Diana del Tauro, y la madre de los dioses del Ida; y hay monstruos egipcios, no deidades, que ciertamente, si hubieran tenido algún poder, habrían preservado los reinos propios y de sus pueblos. Ciertamente hay también entre los romanos los Penates vencidos, a quienes introdujo allí el fugitivo Eneas. Está también Venus la calva —mucho más deshonrada por su calvicie en Roma que por haber sido herida en Homero.
§ 5
5. Los reinos no ascienden a la supremacía por mérito, sino que se mudan por azar. El imperio lo tuvieron antes asirios, medos y persas; y sabemos también que griegos y egipcios han tenido el dominio. Así, en las varias vicisitudes del poder, el período del imperio ha llegado también a los romanos como a los otros. Pero si recurrís a su origen, forzosamente habéis de ruborizaros. Un pueblo se reúne de disolutos y criminales, y fundando un asilo, la impunidad de los crímenes engrosa el número; y para que su rey mismo tenga superioridad en el crimen, Rómulo se convierte en fratricida; y para fomentar el matrimonio, da comienzo a aquel asunto de concordia por medio de discordias. Roban, violentan, engañan para aumentar la población del estado; sus matrimonios consisten en pactos de hospitalidad quebrantados y guerras crueles con los suegros. El consulado, además, es el grado más alto en las honras romanas; sin embargo, vemos que el consulado comenzó igual que el reino. Bruto manda matar a sus hijos, para que la recomendación de su dignidad crezca por la aprobación de su maldad. El reino romano, pues, no creció de las santidades de la religión, ni de auspicios y augurios, sino que guarda su tiempo fijado dentro de un límite definido. Además, Régulo observó los auspicios y, sin embargo, fue hecho prisionero; y Mancino observó su obligación religiosa y, sin embargo, fue enviado bajo el yugo. Paulo tenía pollos que comían y, sin embargo, fue muerto en Cannas. Cayo César despreció los augurios y auspicios que se oponían a que enviara naves antes del invierno a África; y con todo, navegó y conquistó tanto más fácilmente.
§ 6
6. De todos estos, sin embargo, el principio es el mismo, que extravía y engaña, y con ardides que oscurecen la verdad, seduce a una plebe crédula y necia. Son espíritus impuros y errantes, que, después de haberse empapado en los vicios terrenales, han decaído de su vigor celestial por el contagio de la tierra, y no cesan, arruinados ellos mismos, de buscar la ruina de los demás; y, degradados ellos mismos, de infundir en otros el error de su propia degradación. Estos demonios los reconocen también los poetas, y Sócrates declaró que era instruido y gobernado por el querer de un demonio; y de ahí los magos tienen un poder, ya para el mal, ya para la burla, de los cuales, no obstante, el principal, Hostanes, dice que la forma del Dios verdadero no puede verse, y declara que ángeles verdaderos asisten alrededor de su trono. En lo cual también coincide Platón por el mismo principio, y, sosteniendo que hay un solo Dios, llama a los demás ángeles o demonios. Además, Hermes Trismegisto habla de un solo Dios y confiesa que es incomprensible y superior a toda estimación nuestra.
§ 7
7. Estos espíritus, por tanto, se ocultan bajo las estatuas e imágenes consagradas; éstos inspiran con su soplo los pechos de sus profetas, animan las fibras de las entrañas, dirigen el vuelo de las aves, gobiernan las suertes, dan eficacia a los oráculos, mezclan siempre la falsedad con la verdad, porque son engañados y engañan; perturban su vida, inquietan sus sueños; sus espíritus, deslizándose también en sus cuerpos, aterran secretamente sus mentes, retuercen sus miembros, quebrantan su salud, provocan enfermedades para obligarlos a adorarlos a ellos mismos, de modo que, saciados con el vapor de los altares y las reses amontonadas, desaten lo que habían atado, y así parezca que han efectuado una curación. El único remedio contra ellos es cuando cesa su propia maldad; ni tienen otro deseo sino apartar a los hombres de Dios y apartarlos del conocimiento de la religión verdadera hacia la superstición respecto de ellos mismos; y puesto que ellos están bajo castigo, quieren buscarse compañeros de castigo a quienes puedan hacer partícipes de su crimen con su extravío. Éstos, sin embargo, cuando son conjurados por nosotros mediante el Dios verdadero, al punto ceden y confiesan, y se ven obligados a salir de los cuerpos poseídos. Podéis verlos, a nuestra voz y por la operación de la majestad oculta, heridos con azotes, abrasados con fuego, tendidos con el aumento de un castigo creciente, aullando, gimiendo, suplicando, confesando de dónde vinieron y cuándo se van, aun a oídos de aquellos mismos que los adoran, y o bien saltando fuera de repente o desvaneciéndose poco a poco, según ayuda la fe del que sufre o lo efectúa la gracia del que cura. De ahí incitan al pueblo a detestar nuestro nombre, para que los hombres comiencen a odiarnos antes de conocernos, no sea que, si nos conocen, nos imiten, o no puedan condenarnos.
§ 8
8. Por tanto, el único Señor de todas las cosas es Dios. Porque aquella sublimidad no puede tener de ningún modo un igual, ya que ella sola posee todo poder. Además, tomemos una ilustración del gobierno divino de la tierra. ¿Cuándo jamás una alianza en la realeza empezó con buena fe o terminó sin derramamiento de sangre? Así se rompió la hermandad de los tebanos, y la discordia perduró aun en la muerte en sus cenizas desunidas. Y un solo reino no pudo contener a los gemelos romanos, aunque el abrigo de un mismo seno los había sostenido. Pompeyo y César eran parientes y, sin embargo, no mantuvieron el vínculo de su parentesco en su envidioso poder. Ni debéis maravillaros de esto respecto del hombre, ya que en esto toda la naturaleza consiente. Las abejas tienen un rey, y en los rebaños hay un solo guía, y en las manadas un solo jefe. Mucho más es uno el Gobernador del mundo; el cual manda todas las cosas, cualesquiera que sean, con su palabra, las dispone con su sabiduría y las realiza con su poder.
§ 9
9. No puede ser visto —es demasiado resplandeciente para la visión—; ni comprendido —es demasiado puro para nuestro discernimiento—; ni estimado —es demasiado grande para nuestra percepción—; y, por tanto, sólo lo estimamos dignamente cuando decimos que es inconcebible. Pero ¿qué templo puede tener Dios, cuyo templo es todo el mundo? Y mientras el hombre habita a lo largo y a lo ancho, ¿habré de encerrar yo el poder de tan gran majestad dentro de un pequeño edificio? Ha de ser consagrado en nuestra mente; en nuestro pecho debe ser dedicado. Ni debéis preguntar el nombre de Dios. Dios es su nombre. Entre aquellos hay necesidad de nombres donde una multitud ha de distinguirse por las características apropiadas de los apelativos. A Dios, que es el único, le corresponde todo el nombre de Dios; por tanto, Él es uno, y Él en su totalidad está difundido en todas partes. Pues aun el pueblo común en muchas cosas confiesa naturalmente a Dios, cuando su mente y su alma son amonestadas por su autor y origen. Con frecuencia oímos decir: «Oh Dios,» y «Dios ve,» y «a Dios me encomiendo,» y «Dios te dé,» y «como Dios quiera,» y «si Dios lo concediera;» y esto es la suma misma del pecado: negarse a reconocer a quien no podéis dejar de conocer.
§ 10
10. Pero que Cristo existe, y de qué modo vino a nosotros la salvación por medio de Él, de esta manera es el plan, de esta manera es el medio. En primer lugar, se dio a los judíos la gracia ante Dios. Así fueron justos los de antaño; así obedecieron sus antepasados a sus compromisos religiosos. De ahí floreció entre ellos la alteza de su dominio y avanzó la grandeza de su estirpe. Pero después, tornándose negligentes en la disciplina, soberbios e hinchados por la confianza en sus padres, despreciaron los preceptos divinos y perdieron la gracia que les había sido concedida. Mas cuán profana se volvió su vida, qué ofensa se contrajo contra su religión violada, aun ellos mismos lo atestiguan, pues, aunque callan con su voz, lo confiesan con su fin. Esparcidos y errantes, vagan por todas partes; desterrados de su propio suelo y de su clima, son arrojados a la hospitalidad de los extraños.
§ 11
11. Además, Dios había predicho antes que sucedería que, al pasar los siglos y acercarse el fin del mundo, Dios reuniría para sí de toda nación, pueblo y lugar, adoradores mucho mejores en la obediencia y más fuertes en la fe, que sacarían del don divino aquella misericordia que los judíos habían recibido y perdido al despreciar sus ordenanzas religiosas. Por tanto, de esta misericordia y gracia se envía como dispensador y maestro la Palabra e Hijo de Dios, que por todos los profetas de antaño fue anunciado como iluminador y maestro del género humano. Él es el poder de Dios, Él es la razón, Él es su sabiduría y su gloria; entra en una virgen; siendo el Espíritu Santo, es revestido de carne; Dios se mezcla con el hombre. Este es nuestro Dios, éste es Cristo, quien, como mediador de los dos, se reviste del hombre para conducirlos al Padre. Lo que el hombre es, Cristo quiso serlo, para que el hombre también pueda ser lo que Cristo es.
§ 12
12. Y los judíos sabían que Cristo había de venir, pues siempre les era anunciado por las advertencias de los profetas. Pero significándoseles su advenimiento como doble —el uno que habría de cumplir el oficio y ejemplo de hombre, el otro que lo declararía Dios—, no entendieron el primer advenimiento que precedió, por estar oculto en su pasión, y creen únicamente en el que será manifiesto con poder. Mas que el pueblo de los judíos no pudo entender esto fue el merecido fruto de sus pecados. Tan castigados fueron con la ceguera de la sabiduría y de la inteligencia, que quienes eran indignos de la vida tenían la vida ante los ojos y no la veían.
§ 13
13. Por tanto, cuando Cristo Jesús, conforme a lo que antes había sido predicho por los profetas, expulsó de los hombres a los demonios con su palabra, y con el mandato de su voz fortaleció a los paralíticos, limpió a los leprosos, iluminó a los ciegos, dio movimiento a los cojos, resucitó a los muertos, obligó a los elementos a obedecerle como siervos, a los vientos a servirle, a los mares a obedecerle, a las regiones inferiores a cederle; los judíos, que lo habían creído sólo hombre por la humildad de su carne y de su cuerpo, lo tuvieron por hechicero a causa de la autoridad de su poder. Sus maestros y jefes —es decir, aquellos a quienes Él había subyugado por su doctrina y sabiduría—, inflamados de ira y estimulados por la indignación, finalmente lo prendieron y lo entregaron a Poncio Pilato, que era entonces procurador de Siria de parte de los romanos, pidiendo con violenta y obstinada urgencia su crucifixión y su muerte.
§ 14
14. Que harían esto, Él mismo lo había predicho también; y el testimonio de todos los profetas lo había precedido de igual manera: que convenía que padeciese, no para que sintiese la muerte, sino para que venciese la muerte, y que, después de haber padecido, volviese de nuevo al cielo, para mostrar el poder de la divina majestad. Por tanto, el curso de los acontecimientos cumplió la promesa. Pues, crucificado, anticipándose al oficio del verdugo, Él mismo, por su propia voluntad, entregó su espíritu, y al tercer día resucitó libremente de entre los muertos. Se apareció a sus discípulos tal como había sido. Se entregó al reconocimiento de los que lo veían, que estaban reunidos con Él; y siendo evidente por la sustancia de su existencia corporal, se detuvo cuarenta días, para que fuesen instruidos por Él en los preceptos de la vida y aprendiesen lo que habían de enseñar. Entonces, en una nube extendida a su alrededor, fue levantado al cielo, para que, como vencedor, llevase al Padre al hombre a quien amó, del que se revistió, al que escudó de la muerte; pronto a venir del cielo para el castigo del diablo y para el juicio del género humano, con la fuerza de un vengador y con el poder de un juez; mientras los discípulos, esparcidos por el mundo, a la orden de su Maestro y Dios dieron sus preceptos para la salvación, guiaron a los hombres de su extravío en las tinieblas al camino de la luz, y dieron ojos a los ciegos e ignorantes para el conocimiento de la verdad.
§ 15
15. Y para que la prueba no fuese menos sustancial, y la confesión de Cristo no fuese cosa de placer, son probados con torturas, con crucifixiones, con muchas clases de castigos. El dolor, que es la piedra de toque de la verdad, se aplica para que Cristo, el Hijo de Dios, en quien se confía como entregado a los hombres para su vida, sea anunciado no sólo con el pregón de la voz, sino con el testimonio del sufrimiento. Por eso lo acompañamos, lo seguimos, lo tenemos por Guía de nuestro camino, Fuente de luz, Autor de la salvación, que promete tanto al Padre como el cielo a los que buscan y creen. Lo que Cristo es, seremos los cristianos, si imitamos a Cristo.
[Argumento.— El diácono Ponzio resume en pocas palabras el contenido de este tratado en su Vida de Cipriano.] [En primer lugar, después de señalar que aflicciones de esta índole habían sido predichas por Cristo, les dice que no hay que temer la mortalidad o peste, porque lleva a la inmortalidad, y que, por tanto, carece de fe quien no anhela un mundo mejor. Ni es de extrañar que los males de esta vida sean comunes a los cristianos con los paganos, puesto que han de sufrir en el mundo más que otros, y por ello, a ejemplo de Job y Tobías, es necesaria la paciencia sin murmuración. Porque si no precediera la lucha, no podría seguirse la victoria; y por mucho que las enfermedades sean comunes a virtuosos y viciosos, sin embargo la muerte no les es común, pues los justos son llevados al consuelo, mientras los injustos son llevados al castigo.]
§ 1
1. Aunque en muchísimos de vosotros, amadísimos hermanos, hay una mente firme y una fe sólida, y un espíritu consagrado que no se turba ante la frecuencia de esta mortalidad presente, sino que, como roca fuerte y estable, más bien quiebra los embates turbulentos del mundo y las olas rugientes del tiempo, mientras él mismo no es quebrado, y no es vencido sino probado por estas tentaciones; sin embargo, porque observo que entre el pueblo algunos, ya por debilidad de ánimo, ya por mengua de fe, ya por la dulzura de esta vida mundana, ya por la blandura de su sexo, o lo que es aún más grave, por el error apartados de la verdad, se mantienen con menos firmeza, y no ponen en ejercicio el vigor divino e invicto de su corazón, no debe disimularse la cosa ni guardarse en silencio, sino que, en cuanto alcanzan mis débiles fuerzas con todo mi empeño, y con un discurso tomado de las lecciones del Señor, ha de refrenarse la pereza de una disposición regalada, y quien ha comenzado a ser ya hombre de Dios y de Cristo, debe ser hallado digno de Dios y de Cristo.
§ 2
2. Porque el que milita por Dios, amadísimos hermanos, debe reconocerse como quien, colocado en el campamento celestial, ya espera lo divino, de modo que no tengamos temblor ante las tormentas y torbellinos del mundo, ni perturbación, pues el Señor había predicho que estas cosas vendrían. Con la exhortación de su palabra previsora, instruyendo, enseñando, preparando y fortaleciendo al pueblo de su Iglesia para toda tolerancia de lo venidero, predijo y dijo que guerras, hambres, terremotos y pestilencias surgirían en todo lugar; y para que un temor nuevo e inesperado de los males no nos sacudiera, nos advirtió de antemano que la adversidad crecería más y más en los últimos tiempos. He aquí que suceden las mismas cosas que fueron dichas; y puesto que sucede lo que antes fue predicho, también se seguirá todo lo que fue prometido; como el Señor mismo promete, diciendo, «Mas cuando viereis que suceden todas estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca.» [] El reino de Dios, amados hermanos, comienza a estar cerca; la recompensa de la vida, y el gozo de la salvación eterna, y la perpetua alegría y la posesión del paraíso recientemente perdida, llegan ya, al pasar el mundo; ya las cosas celestiales ocupan el lugar de las terrenas, las grandes el de las pequeñas, y las eternas el de las que se desvanecen. ¿Qué lugar hay aquí para la ansiedad y la solicitud? ¿Quién, en medio de estas cosas, tiembla y está triste, sino el que carece de esperanza y de fe? Porque temer la muerte es propio de quien no quiere ir a Cristo. No querer ir a Cristo es propio de quien no cree que ha de reinar con Cristo.
§ 3
3. Porque está escrito que el justo vive por la fe. Si eres justo y vives por la fe, si verdaderamente crees en Cristo, ¿por qué, estando a punto de estar con Cristo y seguro de la promesa del Señor, no abrazas la certeza de que eres llamado a Cristo y te gozas de ser librado del diablo? Ciertamente Simeón, aquel varón justo, verdaderamente justo, que guardó los mandatos de Dios con fe plena, cuando se le había prometido del cielo que no moriría antes de haber visto al Cristo, y Cristo había venido niño al templo con su madre, reconoció en espíritu que Cristo había nacido ya, aquel de quien antes se le había predicho; y cuando lo vio, supo que pronto moriría. Por tanto, gozándose de su muerte ya cercana y seguro de su inmediata llamada, recibió al niño en sus brazos y, bendiciendo al Señor, exclamó y dijo, «Ahora, Señor, deja partir a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación;» [] probando y atestiguando ciertamente que los siervos de Dios tienen entonces paz, entonces libertad, entonces tranquilo reposo, cuando, apartados de estos torbellinos del mundo, alcanzamos el puerto de nuestro hogar y la seguridad eterna, cuando, cumplida esta muerte, llegamos a la inmortalidad. Porque esa es nuestra paz, esa nuestra fiel tranquilidad, esa nuestra seguridad firme, permanente y perpetua.
§ 4
4. Pero, por lo demás, ¿qué otra cosa se lleva a cabo cada día en el mundo sino una batalla contra el diablo, sino una lucha contra sus dardos y armas en continuos combates? Nuestra guerra es con la avaricia, con la impudicia, con la ira, con la ambición; nuestra porfía diligente y penosa con los vicios carnales, con los halagos del mundo. La mente humana, sitiada y cercada por todas partes por los embates del diablo, apenas en cada punto hace frente al ataque, apenas lo resiste. Si la avaricia es derribada, surge la lujuria. Si la lujuria es vencida, la ambición ocupa su lugar. Si la ambición es despreciada, la ira exaspera, el orgullo hincha, el beber vino seduce, la envidia rompe la concordia, los celos cortan la amistad; te ves constreñido a maldecir, lo que prohíbe la ley divina; te ves obligado a jurar, lo que no es lícito.
§ 5
5. Tantos padecimientos sufre el alma cada día, con tantos riesgos se fatiga el corazón, y sin embargo se complace en permanecer aquí largo tiempo entre las armas del diablo, cuando más bien debería ser nuestro anhelo y deseo apresurarnos a Cristo con la ayuda de una muerte más pronta; como Él mismo nos instruye y dice, «En verdad, en verdad os digo que vosotros lloraréis y os lamentaréis, pero el mundo se alegrará; y vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.» [] ¿Quién no desearía estar sin tristeza? ¿Quién no se apresuraría a alcanzar el gozo? Mas cuando nuestra tristeza se haya convertido en gozo, el Señor mismo lo declara de nuevo, cuando dice, «Yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará; y vuestro gozo nadie os lo quitará.» [] Así pues, puesto que ver a Cristo es gozarse, y no podemos tener gozo sino cuando veamos a Cristo, ¿qué ceguera de mente o qué necedad es amar las aflicciones, los castigos y las lágrimas del mundo, y no apresurarse más bien al gozo que nunca podrá ser arrebatado!
§ 6
6. Pero, amados hermanos, esto es así porque falta la fe, porque nadie cree que sean verdaderas las cosas que Dios promete, aunque Él es veraz, cuya palabra es para los creyentes eterna e inmutable. Si un hombre grave y digno de alabanza te prometiera algo, ciertamente tendrías fe en el que promete, y no pensarías que habrías de ser engañado y burlado por aquel a quien sabes firme en sus palabras y en sus obras. Ahora Dios te habla; ¿y vacilas sin fe en tu mente incrédula? Dios te promete, al partir de este mundo, inmortalidad y eternidad; ¿y dudas? Esto no es conocer a Dios en absoluto; esto es ofender a Cristo, el Maestro de los creyentes, con el pecado de la incredulidad; esto es que quien está establecido en la Iglesia no tenga fe en la casa de la fe.
§ 7
7. Cuán grande es la ventaja de salir del mundo nos lo muestra Cristo mismo, el Maestro de nuestra salvación y de nuestras buenas obras, quien, entristeciéndose sus discípulos porque decía que pronto había de partir, les habló y dijo, «Si me amarais, ciertamente os alegraríais de que vaya al Padre;» [] enseñando con ello y manifestando que, cuando parten del mundo los seres queridos a quienes amamos, debemos más bien alegrarnos que entristecernos. Recordando esta verdad, el bienaventurado apóstol Pablo en su epístola lo establece, diciendo, «Para mí el vivir es Cristo, y el morir ganancia;» [] contando como la mayor ganancia el no estar ya retenido por las redes de este mundo, el no estar ya sujeto a los pecados y vicios de la carne, sino el ser apartado de las punzantes tribulaciones y librado de los colmillos envenenados del diablo, para ir a la llamada de Cristo al gozo de la salvación eterna.
§ 8
8. Mas con todo, a algunos les turba que la fuerza de esta enfermedad ataque a los nuestros igual que a los paganos, como si el cristiano hubiera creído para esto: para gozar del mundo y de esta vida libres del contacto de los males; y no como quien sufre aquí todas las cosas adversas y está reservado para el gozo futuro. A algunos les turba que esta mortalidad nos sea común con otros; y, sin embargo, ¿qué hay en este mundo que no nos sea común con otros, mientras esta carne nuestra permanece todavía, según la ley de nuestro primer nacimiento, común a nosotros con ellos? Mientras estamos aquí en el mundo, estamos asociados al género humano en igualdad carnal, pero separados en espíritu. Por tanto, hasta que esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal reciba la inmortalidad, y el Espíritu nos lleve a Dios Padre, todas las desventajas de la carne nos son comunes con el género humano. Así, cuando la tierra es estéril con una cosecha improductiva, el hambre no hace distinción; así, cuando con la invasión de un enemigo es tomada una ciudad, la cautividad asuela al instante a todos; y cuando las nubes serenas retienen la lluvia, la sequía es igual para todos; y cuando las rocas dentadas desgarran la nave, el naufragio es común sin excepción a todos los que en ella navegan; y la enfermedad de los ojos, el ataque de las fiebres y la debilidad de todos los miembros nos son comunes con otros, mientras esta carne, común a todos, es llevada por nosotros en el mundo.
§ 9
9. Por lo demás, si el cristiano conoce y retiene firmemente bajo qué condición y con qué ley ha creído, sabrá que ha de sufrir en el mundo más que otros, puesto que ha de luchar más con los ataques del diablo. La Escritura Santa enseña y previene, diciendo, «Hijo mío, cuando vengas al servicio de Dios, mantente en justicia y temor, y prepara tu alma para la tentación.» Y de nuevo: «Soporta en el dolor, y ten paciencia en tu humillación; pues el oro y la plata se prueban en el fuego, mas los hombres aceptos en el horno de la humillación.» []
§ 10
10. Así Job, después de la pérdida de sus bienes, después de la muerte de sus hijos, afligido además gravemente con llagas y gusanos, no fue vencido, sino probado; pues en sus mismas luchas y angustias, mostrando la paciencia de un ánimo religioso, dice, «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá: el Señor dio, el Señor quitó; como al Señor le plugo, así se ha hecho. Bendito sea el nombre del Señor.» Y cuando su mujer lo instaba también, en su impaciencia ante la agudeza del dolor, a decir algo contra Dios con voz quejumbrosa y envidiosa, respondió y dijo, «Hablas como una mujer necia. Si de la mano del Señor recibimos los bienes, ¿por qué no sufriremos los males? En todo esto que le aconteció, Job no pecó con sus labios delante del Señor.» [] Por tanto, el Señor Dios le da un testimonio, diciendo, «¿Has considerado a mi siervo Job? Porque no hay ninguno como él en toda la tierra, varón sin queja, verdadero adorador de Dios.» [] Y Tobías, después de sus obras excelentes, después de las muchas y gloriosas muestras de su espíritu misericordioso, habiendo sufrido la pérdida de la vista, temiendo y bendiciendo a Dios en su adversidad, creció en alabanza por su misma aflicción corporal; y aun a él su mujer intentó pervertirlo, diciendo, «¿Dónde están tus justicias? Mira lo que padeces.» [Tobías 2:14] Mas él, firme y estable en el temor de Dios, y armado por la fe de su religión para toda tolerancia del sufrimiento, no cedió a la tentación de su débil mujer en su tribulación, sino que más bien mereció mejor de Dios por su mayor paciencia; y después el ángel Rafael lo alaba, diciendo, «Honroso es manifestar y confesar las obras de Dios. Pues cuando orabais tú y Sara tu nuera, yo ofrecía el recuerdo de vuestra oración ante la gloria de Dios. Y cuando enterrabas a los muertos con sencillez de corazón, y porque no tardaste en levantarte y dejar tu comida, y fuiste y enterraste a los muertos, fui enviado para probarte. Y Dios me ha enviado de nuevo para sanarte a ti y a Sara tu nuera. Porque yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que están presentes y entran y salen delante de la gloria de Dios.» [Tobías 12:11-15]
§ 11
11. Los justos han poseído siempre esta constancia. Los apóstoles mantuvieron esta disciplina por la ley del Señor: no murmurar en la adversidad, sino aceptar con valentía y paciencia cuanto sucede en el mundo; pues en esto ofendía siempre el pueblo de los judíos, en que murmuraba constantemente contra Dios, como el Señor Dios atestigua en el libro de los Números, diciendo, «Cese de mí su murmuración, y no morirán.» [] No debemos murmurar en la adversidad, amados hermanos, sino que debemos soportar con paciencia y fortaleza cuanto sucede, pues está escrito, «El sacrificio para Dios es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia;» puesto que también en el Deuteronomio el Espíritu Santo advierte por Moisés y dice, «El Señor tu Dios te afligirá y traerá hambre sobre ti; y se conocerá en tu corazón si has guardado bien o no sus mandamientos.» [] Y de nuevo: «El Señor tu Dios te prueba, para saber si amas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.» []
§ 12
12. Así agradó Abraham a Dios, pues, para agradar a Dios, no retrocedió ni ante la pérdida de su hijo, ni ante cometer un acto de parricidio. Tú, que no puedes soportar perder a tu hijo por la ley y la suerte de la mortalidad, ¿qué harías si se te mandara matar a tu hijo? El temor y la fe de Dios deben prepararte para todo, aunque sea la pérdida de la hacienda privada, aunque sea la constante y cruel vejación de tus miembros por trastornos que atormentan, aunque sea el arrancamiento mortal y luctuoso de la esposa, de los hijos, de los seres queridos que parten; no sean estas cosas para ti ofensas, sino batallas; ni debiliten ni quebranten la fe del cristiano, sino que más bien manifiesten su fortaleza en la lucha, pues toda la injuria infligida por los males presentes ha de ser despreciada en la seguridad de los bienes futuros. Si no ha precedido la batalla, no puede haber victoria; cuando en el comienzo del combate haya habido victoria, entonces se da también la corona a los vencedores. Porque el timonel se conoce en la tempestad; en la guerra se prueba al soldado. Es una ostentación vana cuando no hay peligro. La lucha en la adversidad es la prueba de la verdad. El árbol profundamente afincado en su raíz no es movido por el embate de los vientos, y la nave construida con sólidas maderas es azotada por las olas y no se destroza; y cuando la era saca el grano, los granos fuertes y robustos desprecian los vientos, mientras la paja vacía es llevada por la ráfaga que cae sobre ella.
§ 13
13. Así, además, el apóstol Pablo, después de naufragios, después de azotes, después de muchos y graves tormentos de la carne y del cuerpo, dice que no se entristece, sino que resulta beneficiado por su adversidad, para que, mientras es duramente afligido, pueda ser probado más verdaderamente. «Me fue dado,» dice, «un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás, para que me abofetee, a fin de que no me engría; por lo cual rogué tres veces al Señor que se apartase de mí; y Él me dijo: Mi gracia te basta, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» [2 Corinthians 12:7-9] Cuando, pues, la debilidad y la incapacidad y cualquier ruina se apoderan de nosotros, entonces se perfecciona nuestra fuerza; entonces nuestra fe, si al ser probada permanece firme, es coronada; como está escrito, «El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba de la tribulación a los hombres justos.» [Sirach 27:5] Esto, en fin, es la diferencia entre nosotros y los otros que no conocen a Dios: que en la desgracia ellos se quejan y murmuran, mientras que la adversidad no nos aparta de la verdad de la virtud y de la fe, sino que nos fortalece con su sufrimiento.
§ 14
14. Esta prueba —que ahora los intestinos, relajados en un flujo constante, descarguen la fuerza corporal; que un fuego originado en la médula fermente en llagas de las fauces; que las entrañas se sacudan con un vómito continuo; que los ojos ardan con la sangre inyectada; que en algunos casos los pies o ciertas partes de los miembros se desprendan por el contagio de una putrefacción enfermiza; que, por la debilidad nacida de la mutilación y pérdida del cuerpo, se debilite la marcha, se obstruya el oído o se oscurezca la vista— es provechosa como prueba de la fe. ¡Qué grandeza de espíritu es luchar con todas las fuerzas de una mente inquebrantable contra tantos embates de devastación y muerte! ¡Qué sublimidad, mantenerse erguido en medio de la desolación del género humano, y no yacer postrado con los que no tienen esperanza en Dios; sino más bien alegrarse y abrazar el beneficio de la ocasión; para que, mostrando así valerosamente nuestra fe, y por el sufrimiento soportado, avanzando a Cristo por el camino estrecho que Cristo recorrió, recibamos el premio de su vida y de su fe según su propio juicio! Ciertamente puede temer morir quien, no regenerado por el agua y el Espíritu, es entregado a los fuegos de la Gehena; puede temer morir quien no está inscrito en la cruz y en la pasión de Cristo; puede temer morir quien de esta muerte pasará a una segunda muerte; puede temer morir a quien, al partir de este mundo, la llama eterna atormentará con castigos sin fin; puede temer morir quien tiene esta ventaja en una dilación prolongada: que, entretanto, se difieren sus gemidos y su angustia.
§ 15
15. Muchos de los nuestros mueren en esta mortalidad, es decir, muchos de los nuestros son liberados de este mundo. Esta mortalidad, así como es plaga para los judíos, los gentiles y los enemigos de Cristo, así es para los siervos de Dios partida hacia la salvación. El que, sin hacer diferencia alguna entre unos y otros, mueran los justos lo mismo que los injustos, no es razón para que supongáis que es una muerte común para buenos y malos por igual. Los justos son llamados a su lugar de refrigerio; los injustos son arrebatados al castigo; la salvación se da con más prontitud a los fieles, el castigo a los incrédulos. Somos desconsiderados e ingratos, hermanos amadísimos, por los beneficios divinos, y no reconocemos lo que se nos concede. He aquí, las vírgenes parten en paz, seguras con su gloria, sin temer las amenazas del Anticristo venidero, ni sus corrupciones y sus prostíbulos. Los niños escapan al peligro de su edad inconstante y alcanzan en la dicha el premio de la continencia y de la inocencia. Ya la matrona delicada no teme las torturas, pues ha escapado con una muerte rápida del miedo a la persecución y de las manos y los tormentos del verdugo. Por el temor de la mortalidad y del tiempo, los tibios se inflaman, los flojos se reaniman, los perezosos son estimulados, los desertores son obligados a volver, los paganos son constreñidos a creer, la antigua congregación de los fieles es llamada al descanso, el ejército nuevo y numeroso se reúne para la batalla con un vigor más valeroso, para luchar sin temor de la muerte cuando llegue la batalla, porque viene a la milicia en el tiempo de la mortalidad.
§ 16
16. Y además, hermanos amadísimos, ¿qué es, qué gran cosa es, cuán pertinente, cuán necesaria, que la peste y la plaga que parecen horribles y mortales escudriñen la justicia de cada uno y examinen las mentes del género humano, para ver si los que están sanos atienden a los enfermos; si los parientes aman con afecto a sus allegados; si los amos se compadecen de sus siervos que languidecen; si los médicos no abandonan a los enfermos que les suplican; si los feroces reprimen su violencia; si los rapaces pueden apagar el ardor, siempre insaciable, de su furiosa avaricia aun por el temor de la muerte; si los soberbios doblan su cerviz; si los malvados suavizan su audacia; si, al perecer sus seres queridos, los ricos aun entonces otorgan algo y dan cuando han de morir sin herederos? Aun cuando esta mortalidad no confiriese ninguna otra cosa, ha hecho este beneficio a los cristianos y a los siervos de Dios: que empecemos a desear con gozo el martirio al aprender a no temer la muerte. Estos son para nosotros adiestramientos, no muertes: dan a la mente la gloria de la fortaleza; por el desprecio de la muerte preparan para la corona.
§ 17
17. Pero acaso alguien objete y diga: «Es esto, entonces, lo que me entristece en la presente mortalidad: que yo, que me había preparado para la confesión y me había consagrado con todo mi corazón y con abundante valor a soportar el sufrimiento, me veo privado del martirio, en que la muerte se me anticipa.» En primer lugar, el martirio no está en tu poder, sino en la condescendencia de Dios; y no puedes decir que has perdido lo que no sabes si merecerías recibir. Luego, además, Dios, el que escudriña los riñones y el corazón, y el investigador y conocedor de las cosas secretas, te ve, y te alaba y te aprueba; y Aquel que ve que tu virtud estaba pronta en ti, te dará el premio por tu virtud. ¿Acaso Caín, cuando ofreció su ofrenda a Dios, ya había matado a su hermano? Y sin embargo, Dios, previendo el fratricidio concebido en su mente, se anticipó a su condena. Así como en aquel caso el mal pensamiento y la intención dañina fueron previstos por el Dios que prevé, así también en los siervos de Dios, entre quienes la confesión es propósito y el martirio es concebido en la mente, la intención consagrada al bien es coronada por Dios, el juez. Una cosa es que falte el espíritu para el martirio, y otra que haya faltado el martirio para el espíritu. Tal como el Señor te halle cuando te llama, así también te juzga; pues Él mismo da testimonio y dice: «Y todas las iglesias conocerán que yo soy el que escudriña los riñones y el corazón.» [Revelation 2:23] Porque Dios no pide nuestra sangre, sino nuestra fe. Pues ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob fueron muertos; y, sin embargo, honrados por los méritos de la fe y de la justicia, merecieron ser los primeros entre los patriarcas, a cuyo banquete es recogido todo aquel que es hallado fiel, justo y digno de alabanza.
§ 18
18. Debemos recordar que no hemos de hacer nuestra voluntad, sino la de Dios, conforme a lo que nuestro Señor nos ha mandado pedir cada día. ¡Qué absurdo y necio es que, mientras pedimos que se haga la voluntad de Dios, sin embargo, cuando Dios nos llama y nos convoca de este mundo, no obedezcamos al punto el mandato de su voluntad! Luchamos y resistimos, y a la manera de siervos rebeldes somos arrastrados a la presencia del Señor con tristeza y dolor, partiendo de aquí bajo la esclavitud de la necesidad, no con la obediencia del libre albedrío; y queremos ser honrados con premios celestiales por Aquel a quien venimos de mala gana. ¿Por qué, pues, oramos y pedimos que venga el reino de los cielos, si nos deleita la cautividad de la tierra? ¿Por qué con oraciones tan frecuentemente repetidas suplicamos y rogamos que se apresure el día de su reino, si nuestros mayores deseos y más fuertes anhelos son obedecer aquí al diablo, antes que reinar con Cristo?
§ 19
19. Además, para que las señales de la divina providencia se manifiesten más evidentemente, probando que el Señor, que conoce de antemano el futuro, provee a la verdadera salvación de su pueblo, cuando uno de nuestros colegas y copresbíteros, agotado por la enfermedad y angustiado por la cercanía presente de la muerte, pedía para sí una tregua, se puso junto a él mientras oraba, y estando ya a punto de morir, un joven venerable en honor y majestad, alto de estatura y resplandeciente de aspecto, a quien, mientras estaba junto a él, la mirada humana apenas podía mirar con ojos de carne, salvo que quien estaba por partir del mundo podía ya contemplar a un ser semejante. Y él, no sin cierta indignación de ánimo y de voz, lo reprendió y dijo: Temes sufrir, no quieres partir; ¿qué haré contigo? Era la palabra de quien reprende y amonesta, de quien, cuando los hombres están angustiados por la persecución e indiferentes ante su llamada, no consiente su deseo presente, sino que provee al futuro. Nuestro hermano y colega moribundo oyó lo que había de decir a otros. Pues quien oyó al morir, oyó precisamente para poder contarlo; no oyó para sí, sino para nosotros. Porque ¿qué podía aprender para sí quien estaba ya en vísperas de partir? Sí, ciertamente, lo aprendió para nosotros, que permanecemos, a fin de que, al hallar reprendido al presbítero que buscaba la tardanza, reconozcamos lo que es provechoso para todos.
§ 20
20. A mí también, el más pequeño y el último, ¡cuántas veces me ha sido revelado, cuán frecuente y manifiestamente me ha sido mandado por la condescendencia de Dios, que deba diligentemente dar testimonio y declarar públicamente que nuestros hermanos, liberados de este mundo por la llamada del Señor, no han de ser llorados, pues sabemos que no se han perdido, sino que han sido enviados delante; que, al partir de nosotros, nos preceden como viajeros, como suelen hacer los navegantes; que han de ser deseados, pero no llorados; que no hemos de tomar aquí vestiduras negras, cuando ellos ya han recibido allí las vestiduras blancas; que no se ha de dar ocasión a los gentiles para que con razón y merecidamente nos reprendan, porque lloramos a aquellos que, según decimos, viven con Dios, como si estuvieran extinguidos y perdidos; y que no confirmemos con el testimonio del corazón y del pecho la fe que expresamos con la palabra y la voz. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y de nuestra fe: lo que decimos parece simulado, fingido, falso. No hay provecho en proclamar la virtud con nuestras palabras y destruir la verdad con nuestras obras.
§ 21
21. Finalmente, el apóstol Pablo reprueba, y reprende, y censura a quienes se entristecen por la partida de sus amigos. «No quiero,» dice, que ignoréis, hermanos, acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús. Dice que los que se entristecen por la partida de sus amigos son los que no tienen esperanza. Pero nosotros, que vivimos en esperanza y creemos en Dios y confiamos en que Cristo padeció por nosotros y resucitó, permaneciendo en Cristo y resucitando por Él y en Él, ¿por qué no queremos partir de aquí, de esta vida, o lloramos y nos afligimos por nuestros amigos cuando parten, como si se hubieran perdido, cuando Cristo mismo, nuestro Señor y Dios, nos anima y dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, ¿no morirá eternamente?» [John 11:25] Si creemos en Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas; y puesto que no moriremos eternamente, vayamos con gozosa seguridad a Cristo, con quien hemos de vencer y reinar para siempre.
§ 22
22. En que entretanto morimos, por la muerte pasamos a la inmortalidad; y no puede seguirse la vida eterna, si no nos acontece partir de esta vida. Eso no es un fin, sino un tránsito y, recorrido este camino del tiempo, un paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría a cosas mejores? ¿Quién no anhelaría ser transformado y renovado a semejanza de Cristo, y llegar más pronto a la dignidad de la gloria celestial, ya que el apóstol Pablo anuncia y dice: «Porque nuestra conversación es en los cielos, de donde también esperamos al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, y lo conformará al cuerpo de su gloria?» [Philippians 3:21] Cristo el Señor promete también que seremos tales cuando, para que estemos con Él y vivamos con Él en moradas eternas y nos gocemos en los reinos celestiales, ruega al Padre por nosotros, diciendo: «Padre, quiero que aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy, y vean la gloria que me has dado antes de la creación del mundo.» [John 17:24] Quien ha de alcanzar el trono de Cristo, la gloria de los reinos celestiales, no debe llorar ni lamentarse, sino más bien, conforme a la promesa del Señor, conforme a su fe en la verdad, gozarse en esta su partida y traslación.
§ 23
23. Así, además, hallamos que también Enoc fue trasladado, él que agradó a Dios, como en el Génesis atestigua la Escritura Santa, y dice: «Y Enoc agradó a Dios; y después no fue hallado, porque Dios lo trasladó.» [] Haber agradado a los ojos de Dios fue, pues, haber merecido ser trasladado de este contagio del mundo. Y además, también, el Espíritu Santo enseña por Salomón que aquellos que agradan a Dios son llevados de aquí más temprano y son liberados más pronto, no sea que, demorándose más tiempo en este mundo, se contaminen con los contagios del mundo. «Fue arrebatado,» dice, «para que la maldad no cambiara su entendimiento. Pues su alma agradaba a Dios; por eso se apresuró a sacarlo de en medio de la maldad.» [Wisdom 4:11] Así también en los Salmos, el alma consagrada a su Dios con fe espiritual se apresura hacia el Señor, diciendo: «¡Cuán amables son tus moradas, oh Dios de los ejércitos! Mi alma anhela y se apresura hacia los atrios de Dios.»
§ 24
24. A aquel a quien el mundo deleita, a quien esta vida, lisonjera y engañosa, invita con los halagos del placer terreno, le corresponde desear permanecer largo tiempo en el mundo. Además, ya que el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas lo que te odia? ¿Y por qué no sigues más bien a Cristo, que te redimió y te ama? Juan clama en su carta y dice, exhortando a que no sigamos los deseos carnales ni amemos el mundo. «No améis al mundo,» dice, «ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida, lo cual no proviene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, como Dios permanece para siempre.» [1 John 2:15] Más bien, hermanos amadísimos, con mente sana, con fe firme, con virtud robusta, estemos preparados para toda la voluntad de Dios: dejando a un lado el temor de la muerte, pensemos en la inmortalidad que sigue. Con esto mostrémonos ser lo que creemos: que no nos entristecemos por la partida de los que nos son queridos, y que, cuando llegue el día de nuestra llamada, vayamos sin tardanza y sin resistencia al Señor cuando Él mismo nos llame.
§ 25
25. Y esto, como debe hacerse siempre por los siervos de Dios, mucho más debe hacerse ahora, ahora que el mundo se derrumba y está oprimido por las tempestades de males nocivos; para que nosotros, que vemos que han comenzado cosas terribles y sabemos que otras aún más terribles son inminentes, consideremos como la mayor ventaja partir de él lo más pronto posible. Si en tu morada las paredes se tambalearan por la vejez, los techos sobre ti temblaran, y la casa, ya gastada y fatigada, amenazara con una destrucción inmediata de su estructura que se desmorona por la vejez, ¿no partirías con toda prontitud? Si, estando en un viaje por mar, una tempestad airada y rugiente, con las olas violentamente agitadas, anunciara el naufragio próximo, ¿no buscarías rápidamente el puerto? He aquí, el mundo está cambiando y pasando, y da testimonio de su ruina no ya por su edad, sino por el fin de las cosas. ¿Y no das gracias a Dios, no te congratulas, de que por una partida más temprana seas arrebatado y librado de los naufragios y desastres que son inminentes?
§ 26
26. Debemos considerar, amados hermanos —debemos ahora y siempre reflexionar— que hemos renunciado al mundo y, entretanto, vivimos aquí como huéspedes y extranjeros. Saludemos el día que asigna a cada uno de nosotros su propia morada, que nos arrebata de aquí y nos libra de las redes del mundo, y nos restituye al paraíso y al reino. ¿Quién, hallándose en tierras extranjeras, no se apresuraría a volver a su patria? ¿Quién, apresurándose a volver a sus amigos, no desearía con ansia un viento próspero, para abrazar cuanto antes a los que le son queridos? Consideramos el paraíso como nuestra patria; ya empezamos a considerar a los patriarcas como nuestros padres: ¿por qué no nos apresuramos y corremos, para contemplar nuestra patria, para saludar a nuestros padres? Allí nos espera un gran número de nuestros seres queridos, y una densa multitud de padres, hermanos, hijos, suspira por nosotros, ya seguros de su propia salvación y todavía solícitos por la nuestra. ¡Lograr su presencia y su abrazo, cuánta alegría común para ellos y para nosotros! ¡Qué placer hay en el reino celestial, sin temor de la muerte; y cuán excelsa y perpetua felicidad con la eternidad del vivir! Allí está la gloriosa compañía de los apóstoles; allí el ejército de los profetas que se regocijan; allí la incontable multitud de los mártires, coronados por la victoria de su combate y de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que dominaron la concupiscencia de la carne y del cuerpo por la fuerza de su continencia; allí son recompensados los hombres misericordiosos, que alimentando y socorriendo a los pobres han realizado las obras de justicia; que, guardando los preceptos del Señor, han transferido sus patrimonios terrenos a los tesoros celestiales. A estos, amados hermanos, apresurémonos con un deseo ardiente; anhelemos estar pronto con ellos y pronto llegar a Cristo. Que Dios contemple este nuestro deseo ardiente; que el Señor Cristo mire este propósito de nuestra mente y de nuestra fe, Él que dará los mayores premios de su gloria a aquellos cuyos deseos respecto de Él fueron mayores.