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  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo treinta y ocho
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo cuarenta
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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

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    Diálogos (con la Vida de san Benito)

    593 · Traducción castellana directa del inglés de «P. W.» (1608), edición de Gardner (1911)44 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 10 · Capítulo unoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-02

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    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo cincuenta y seis
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo cincuenta y nueve

    Capítulo uno

    cómo hizo entero y sano un cedazo roto.

    II, 1

    Benito, habiendo ya dejado la escuela, con ánimo resuelto de llevar vida en el desierto: su nodriza solamente, que lo amaba tiernamente, no quiso de ningún modo dejarlo. Llegando, pues, a un lugar llamado Enside y permaneciendo allí en la iglesia de San Pedro, en compañía de otros varones virtuosos que por caridad vivían en aquel lugar, sucedió que su nodriza pidió prestado a los vecinos un cedazo para limpiar trigo, el cual, dejado negligentemente sobre la mesa, por casualidad se rompió en dos pedazos: por lo cual ella se puso a llorar lastimosamente, porque lo había pedido prestado. El devoto y religioso joven Benito, viendo a su nodriza lamentarse así, movido a compasión, tomó consigo los dos pedazos del cedazo, y con lágrimas se puso en oración; y después de haber orado, levantándose lo halló tan entero, que no se podía ver el lugar donde antes estaba roto; y yendo en seguida a su nodriza, consolándola con buenas palabras, le entregó el cedazo sano y salvo: milagro que fue conocido por todos los habitantes de los alrededores, y tan admirado, que los del pueblo, para perpetua memoria, lo colgaron a la puerta de la iglesia, a fin de que no sólo los hombres entonces vivientes, sino también su posteridad pudieran entender cuán grandemente la gracia de Dios obraba con él al renunciar por primera vez al mundo. El cedazo permaneció allí muchos años después, incluso hasta estas mismas tribulaciones de los Lombardos, donde colgaba sobre la puerta de la iglesia.
    Pero Benito, deseando más bien las miserias del mundo que las alabanzas de los hombres: más bien ser fatigado con trabajos por Dios, que ser exaltado con recomendación transitoria: huyó secretamente de su nodriza, y se fue a un lugar desierto llamado Sublacum, distante casi cuarenta millas de Roma: en el cual había una fuente que manaba agua fresca y clara; cuya abundancia primero en un lugar ancho forma un lago, y después corriendo hacia adelante, llega a ser un río. Mientras viajaba a este lugar, cierto monje llamado Román le salió al encuentro, y le preguntó adónde iba, y entendiendo su propósito, lo mantuvo en secreto, lo ayudó en lo que pudo, lo vistió con el hábito de la santa conversación, y como pudo, lo ministró y sirvió.
    El varón de Dios, Benito, llegando a este dicho lugar, vivió allí en una estrecha cueva, donde continuó tres años desconocido para todos los hombres, excepto para Román, que vivía no lejos, bajo la regla del Abad Teodaco, y muy virtuosamente robaba ciertas horas, y asimismo a veces un pan dado para su propia provisión, el cual llevaba a Benito. Y como desde la celda de Román hasta aquella cueva no había camino alguno, a causa de una alta roca que pendía sobre ella, Román, desde lo alto de la misma, con una larga cuerda, bajaba el pan, sobre el cual también con una banda ataba una campanilla, para que por su sonido el varón de Dios supiera cuándo venía con su pan, y estuviera dispuesto a tomarlo. Pero el antiguo enemigo del género humano, envidiando la caridad del uno y el refrigerio del otro, viendo un pan que cierto día bajaba, arrojó una piedra y rompió la campanilla; pero con todo eso, Román no dejó de servirlo por todos los medios posibles que pudo.
    Al fin, cuando Dios Todopoderoso estaba decidido a aliviar a Román de sus penas, y a hacer que la vida de Benito fuera conocida como ejemplo para el mundo, para que tal candela, puesta sobre un candelero, brillara y diera luz a la Iglesia de Dios, nuestro Señor se dignó aparecerse a cierto sacerdote que moraba a buena distancia, el cual había preparado su cena para el día de Pascua, y le habló así: "Tú has provisto buena comida para ti, y mi siervo en tal lugar está afligido por el hambre": quien, oyendo esto, se levantó al instante, y en el mismo día de Pascua, con la comida que había preparado, fue al lugar, donde buscó al varón de Dios entre las empinadas colinas, los bajos valles y las hondonadas, y al fin lo halló en su cueva: donde, después de haber orado juntos, y sentados haber dado gracias a Dios, y tenido mucha conversación espiritual, entonces el sacerdote le dijo: "Levantaos, hermano, y comamos, porque hoy es la fiesta de Pascua". A lo cual el varón de Dios respondió y dijo: "Sé que es Pascua para mí y una gran fiesta, habiendo hallado tanto favor de manos de Dios como este día gozar de vuestra compañía" (pues por su larga ausencia de los hombres, no sabía que era la gran solemnidad de Pascua). Pero el reverendo sacerdote de nuevo le aseguró, diciendo: "Verdaderamente, hoy es la fiesta de la Resurrección de nuestro Señor, y por tanto no conviene que guardéis abstinencia, y además soy enviado a este fin, para que comamos juntos de la provisión que la bondad de Dios nos ha enviado". Con lo cual dijeron la bendición, y se pusieron a comer, y después de haber cenado, y empleado algún tiempo en hablar, el sacerdote volvió a su iglesia.
    Casi al mismo tiempo, asimismo, ciertos pastores lo hallaron en aquella misma cueva: y al principio, cuando lo divisaron a través de los matorrales, y vieron su vestido hecho de pieles, verdaderamente pensaron que era alguna bestia: pero después de conocer al siervo de Dios, muchos de ellos fueron por su medio convertidos de su vida bestial a la gracia, piedad y devoción. Y así su nombre en aquella comarca se hizo famoso, y muchos después de esto fueron a visitarlo, y por el alimento corporal que le llevaban, se llevaban alimento espiritual para sus almas.

    Capítulo dos

    cómo venció una gran tentación de la carne.

    II, 2

    Cierto día estando solo, el tentador estaba cerca: pues un pajarillo negro, comúnmente llamado mirlo, comenzó a revolotear alrededor de su rostro, y tan cerca que el santo varón, si quisiera, podría haberlo tomado con la mano: pero después de haberse santiguado con la señal de la cruz, el pájaro se fue volando: y al instante el santo varón fue asaltado con una tentación tan terrible de la carne, como nunca había sentido semejante en toda su vida.
    Cierta mujer había que en otro tiempo él había visto, cuyo recuerdo el maligno espíritu puso en su mente, y por la representación de ella inflamó tan poderosamente con concupiscencia el alma del siervo de Dios, que aumentó tanto que, casi vencido por el placer, estuvo con ánimo de abandonar el desierto. Pero, ayudado súbitamente por la gracia de Dios, volvió en sí; y viendo muchos espesos matorrales de zarzas y ortigas que crecían cerca, se quitó el vestido, y se arrojó en medio de ellos, y allí se revolcó tanto tiempo que, cuando se levantó, toda su carne estaba lastimosamente desgarrada: y así, con las heridas de su cuerpo, curó las heridas de su alma, en cuanto convirtió el placer en dolor, y con el ardor exterior del extremo dolor, apagó aquel fuego que, alimentado antes con el combustible de pensamientos carnales, ardía interiormente en su alma: y por este medio venció el pecado, porque hizo un trueque del fuego.
    Desde entonces en adelante, como él mismo después refirió a sus discípulos, halló toda tentación de placer tan subyugada, que nunca sintió cosa semejante. Muchos después de esto comenzaron a abandonar el mundo, y a hacerse discípulos suyos. Pues estando ya libre del vicio de la tentación, dignamente y con gran razón es hecho maestro de virtud: por cuya causa, en el Éxodo, se da mandamiento por Moisés de que los levitas desde veinticinco años en adelante sirvan, pero, después de llegar a cincuenta, que sean ordenados custodios de los vasos sagrados.
    PEDRO. Algo entiendo de este testimonio alegado: pero todavía os ruego que me digáis el significado del mismo más plenamente.
    GREGORIO. Es claro, Pedro, que en la juventud la tentación de la carne es ardiente: pero después de cincuenta años el calor del cuerpo se enfría, y las almas de los fieles se convierten en vasos santos. Por lo cual es necesario que los siervos elegidos de Dios, mientras están aún en el ardor de la tentación, vivan en obediencia, sirvan, y sean fatigados con trabajos y penalidades. Pero cuando, por razón de la edad, el ardor de la tentación ha pasado, se convierten en custodios de los vasos sagrados; porque entonces son hechos doctores de las almas de los hombres.
    PEDRO. No puedo negar que vuestras palabras me han dado plena satisfacción: por lo cual, viendo que habéis ya expuesto el significado del texto anterior alegado, proseguid, os ruego, como habéis comenzado, el resto de la vida del santo varón.

    Capítulo tres

    cómo Benito, por la señal de la santa cruz, rompió en pedazos un vaso de beber.

    II, 3

    GREGORIO. Cuando esta gran tentación fue así vencida, el varón de Dios, como una parcela de tierra bien labrada y desherbada, de la semilla de la virtud produjo abundante cosecha de fruto: y a causa del gran rumor de su admirable y santa vida, su nombre se hizo muy famoso. No lejos del lugar donde permanecía había un monasterio, cuyo Abad había muerto: por lo cual todo el Convento vino al venerable varón Benito, rogándole muy encarecidamente que se dignara tomar sobre sí el cargo y gobierno de su Abadía: por mucho tiempo él los rechazó, diciendo que sus costumbres eran diferentes de las suyas, y por tanto que nunca concordarían juntos: sin embargo al fin, vencido por su ruego, dio su consentimiento.
    Habiendo ya tomado sobre sí el cargo de la Abadía, dispuso que se observara la vida regular, de modo que ninguno de ellos pudiera, como antes acostumbraban, por actos ilícitos declinar de la senda de la santa conversación, ni a un lado ni a otro: lo cual percibiendo los monjes, se encendieron en gran ira, acusándose a sí mismos de haber deseado que fuera su Abad, viendo que sus torcidas condiciones no podían soportar su virtuoso modo de gobierno: y por tanto, cuando vieron que bajo él no podían vivir de manera ilícita, y les pesaba dejar su antigua conversación, y les resultaba duro ser forzados con mentes viejas a meditar y pensar en cosas nuevas: y como la vida de los virtuosos es siempre gravosa para los de malas condiciones, algunos de ellos comenzaron a idear cómo quitarlo de en medio: y por tanto, tomando consejo juntos, acordaron envenenar su vino: lo cual hecho, y el vaso en que estaba aquel vino, según la costumbre, ofrecido al Abad para bendecir, él, extendiendo la mano, hizo la señal de la cruz, y al instante el vaso, que se sostenía lejos, se rompió en pedazos, como si la señal de la cruz hubiera sido una piedra arrojada contra él: ante lo cual el varón de Dios al punto percibió que el vaso tenía en sí la bebida de muerte, la cual no pudo soportar la señal de vida: y por tanto levantándose, con semblante apacible y ánimo sereno, llamó a los monjes juntos, y les habló así: "Dios Todopoderoso tenga misericordia de vosotros, y os perdone: ¿por qué me habéis tratado de esta manera? ¿No os dije de antemano que nuestra manera de vivir nunca podría concordar juntos? Id vuestro camino, y buscad algún otro padre adecuado a vuestras propias condiciones, pues no pienso quedarme ya más entre vosotros". Cuando así se hubo despedido, volvió al desierto que tanto amaba, y moró solo consigo mismo, a la vista de su Creador, que contempla los corazones de todos los hombres.
    PEDRO. No entiendo muy bien lo que queréis decir, cuando decís que moraba consigo mismo.
    GREGORIO. Si el santo varón hubiera continuado por más tiempo, contra su propio parecer, su gobierno sobre aquellos monjes, que todos habían conspirado contra él, y eran muy diferentes de él en vida y conversación: quizás habría disminuido su propia devoción, y apartado un tanto los ojos de su alma de la luz de la contemplación; y estando fatigado diariamente con la corrección de sus faltas, habría tenido menos cuidado de sí mismo, y así posiblemente habría sucedido que se habría perdido a sí mismo, y sin embargo no los habría hallado a ellos: pues cuantas veces por movimiento infeccioso somos llevados demasiado lejos de nosotros mismos, seguimos siendo los mismos hombres que éramos antes, y sin embargo no estamos con nosotros mismos como estábamos antes: porque andamos vagando en los asuntos de otros, poco considerando y mirando el estado de nuestra propia alma. ¿Pues diremos que estaba consigo mismo aquel que se fue a un país lejano, y después de haber, como leemos en el Evangelio, gastado pródigamente la porción que recibió de su padre, se alegró de servir a un ciudadano, para guardar sus cerdos, y de buena gana habría llenado su vientre hambriento con las algarrobas que ellos comían: quien sin embargo después, cuando pensó para sí en los bienes que había perdido, está escrito de él que, volviendo en sí, dijo: ¿Cuántos jornaleros en casa de mi padre abundan en pan?
    Si entonces, antes de estar consigo mismo, ¿de dónde volvió a casa hacia sí mismo? y por tanto dije que este venerable varón moraba consigo mismo, porque llevándose a sí mismo con circunspección y cuidado ante la vista de su Creador, considerando siempre sus propias acciones, examinándose siempre, nunca volvió los ojos de su alma de sí mismo, para contemplar cualquier otra cosa.
    PEDRO. ¿Por qué, entonces, está escrito del Apóstol San Pedro, después de que fue por el Ángel librado de la prisión, que, volviendo en sí, dijo: Ahora sé verdaderamente, que nuestro Señor ha enviado su Ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de toda la expectación del pueblo de los judíos.
    GREGORIO. De dos maneras, Pedro, somos sacados fuera de nosotros mismos: pues o caemos debajo de nosotros mismos por cogitación pecaminosa, o bien somos, por la gracia de la contemplación, levantados sobre nosotros mismos: pues el que guardaba cerdos, por la divagación de su mente y pensamientos impuros, cayó debajo de sí mismo: pero aquel a quien el Ángel libró de la prisión, siendo también arrebatado por el Ángel en éxtasis, estaba en verdad fuera de sí, pero sin embargo sobre sí mismo. Ambos, por tanto, volvieron a sí mismos; el uno cuando se recogió a sí mismo, y abandonó su torpe modo de vida; y el otro desde la cumbre de la contemplación, para tener aquel juicio y entendimiento usual, que antes tenía: por lo cual el venerable Benito en aquel desierto solitario moraba consigo mismo, porque se guardaba a sí mismo, y retiraba sus cogitaciones dentro del claustro de su propia alma: pues cuando la grandeza de la contemplación lo arrebataba a lo alto, fuera de toda cuestión entonces se dejaba a sí mismo debajo de sí.
    PEDRO. Vuestro discurso me complace mucho: sin embargo os ruego que me respondáis a esta cuestión: ¿podía él en conciencia abandonar a aquellos monjes, cuyo gobierno había ya tomado sobre sí?
    GREGORIO. En mi opinión, Pedro, los hombres malos pueden con buena conciencia ser tolerados en aquella comunidad donde hay algunos buenos que puedan ser ayudados, y sacar provecho. Pero donde no hay ninguno bueno en absoluto, que reciba provecho espiritual, muchas veces todo trabajo se pierde, que se emplea en traer a tales al buen orden, especialmente si se ofrecen otras ocasiones de hacer a Dios ahora mejor servicio en otra parte: ¿pues para bien de quién habría de esperar el santo varón, viendo que todos lo perseguían con un mismo consentimiento? y (lo que no ha de pasarse en silencio) los que son perfectos llevan siempre este ánimo, que cuando perciben que su trabajo es infructuoso en un lugar, se mudan en seguida a otro, donde se pueda hacer más bien.
    Y por esta causa, aquel insigne predicador de la palabra, que deseaba ser disuelto, y estar con Cristo, para quien vivir es Cristo, y morir es ganancia: y que no sólo deseaba él mismo sufrir persecución, sino que también animaba y alentaba a otros a sufrir lo mismo; sin embargo, estando él mismo en persecución en Damasco, consiguió una cuerda y una cesta para pasar por encima del muro, y fue bajado secretamente. ¿Qué, pues? ¿Diremos que Pablo tenía miedo de la muerte, cuando él mismo dijo que la deseaba por amor de Cristo? No es así: sino que cuando percibió que en aquel lugar poco bien se podía hacer con gran trabajo, se reservó para trabajo ulterior, donde se pudiera esperar más fruto y mejor éxito: y por tanto el valiente soldado de Cristo no quiso ser guardado dentro de muros, sino que buscó un campo más amplio donde pudiera más libremente trabajar para su maestro. Y así, de manera semejante, percibiréis pronto, si lo notáis bien, que el venerable Benito no abandonó a tantos en un lugar, que no querían ser enseñados, como en otros diversos lugares levantó de la muerte del alma a muchos más, que querían ser instruidos.
    PEDRO. Así es como decís, y la llana razón lo enseña, y el ejemplo de San Pablo alegado lo confirma. Pero os ruego que volváis a vuestro propósito anterior, y prosigáis la vida del santo varón.
    GREGORIO. Cuando el siervo de Dios aumentaba diariamente en virtud, y se hacía continuamente más famoso por milagros, muchos fueron por él en el mismo lugar atraídos al servicio de Dios Todopoderoso, de modo que con la asistencia de Cristo edificó allí doce Abadías; sobre las cuales puso gobernadores, y en cada una de ellas colocó doce monjes, y pocos guardó consigo mismo, a saber, tales como pensaba que aprovecharían más, y serían mejor instruidos por su propia presencia. En aquel tiempo también muchos nobles y religiosos varones de Roma vinieron a él, y le encomendaron sus hijos para ser criados bajo él, para el servicio de Dios. Entonces también Evitio le entregó a Mauro, y Tertulio el Senador trajo a Plácido, siendo hijos suyos de gran esperanza y buena índole: de los cuales dos, Mauro, creciendo en gran virtud, comenzó a ser coadjutor de su maestro; pero Plácido, aún, no era sino un niño de tiernos años.

    Capítulo cuarto

    cómo Benito reformó a un monje que no quería permanecer en oración.

    II, 4

    En uno de los monasterios que había construido en aquellas partes, había un monje que no podía perseverar en la oración; pues cuando los demás monjes se arrodillaban para servir a Dios, su costumbre era salir, y allí, con la mente errante, ocuparse en cosas terrenas y transitorias. Y habiendo sido amonestado muchas veces por su Abad por esta falta sin enmienda alguna, al fin fue enviado al varón de Dios, quien asimismo le reprendió muy severamente por su necedad; no obstante, al volver de nuevo, apenas siguió durante dos días la admonición del hombre santo; pues al tercer día volvió a su antigua costumbre, y no quiso permanecer dentro a la hora de la oración: y enviada de nuevo la noticia al varón de Dios por el padre de la Abadía a quien él había puesto allí, le respondió que iría él mismo y reformaría lo que estaba mal, como así lo hizo: y sucedió que, terminado el canto de los salmos, y llegada la hora en que los monjes se entregaban a la oración, el santo varón percibió que el monje que solía salir a aquella hora era arrastrado fuera por un niñito negro que tiraba de la orla de su vestidura; al verlo, habló en secreto a Pompeiano, padre de la Abadía, y también a Mauro, diciendo: "¿No veis quién es el que saca a este monje de sus oraciones?"; y ellos respondieron que no lo veían. "Entonces oremos —dijo— a Dios, para que también vosotros podáis ver a quién sigue este monje"; y después de dos días Mauro lo vio, pero Pompeiano no pudo.
    Otro día, cuando el varón de Dios hubo terminado sus devociones, salió del oratorio y encontró al mencionado monje de pie, ocioso; por la ceguera de su corazón lo golpeó con una varita, y desde aquel día quedó tan libre de toda seducción del niñito negro, que permanecía tranquilamente en oración, como los demás monjes: pues el viejo enemigo quedó tan aterrorizado, que ya no se atrevió a sugerirle más tales pensamientos: como si con aquel golpe no hubiera sido golpeado el monje, sino él mismo.

    Capítulo quinto

    de una fuente que brotó en la cima de una montaña, por las oraciones del varón de Dios.

    II, 5

    Entre los monasterios que había edificado en aquellas partes, tres de ellos estaban situados sobre las peñas de una montaña, de modo que era muy penoso para los monjes bajar a buscar agua, sobre todo porque la ladera del monte era tan empinada que había gran temor de peligro: por lo cual los monjes de aquellas Abadías, de común acuerdo, acudieron al siervo de Dios, Benito, dándole a entender cuán laborioso les era bajar cada día hasta el lago por agua: y añadieron que era muy necesario trasladarlos a otros lugares. El varón de Dios, consolándolos con dulces palabras, los hizo volver; y a la noche siguiente, llevando consigo solamente al niñito Plácido (de quien ya hemos hablado), subió a la peña de aquella montaña, y permaneció allí largo tiempo en oración; y cuando hubo terminado, tomó tres piedras y las puso en aquel lugar como señal, y, sin que ninguno de ellos supiera lo que había hecho, regresó a su propia Abadía. Al día siguiente, cuando los mencionados monjes volvieron por su asunto anterior, les dijo así: "Id a la peña, y en el lugar donde halléis tres piedras puestas una sobre otra, cavad un pequeño hoyo, porque Dios Todopoderoso puede hacer brotar agua en la cima de esa montaña, y así aliviaros de ese gran trabajo que tomáis al ir a buscarla tan lejos." Ellos partieron, y llegaron a la peña de la montaña según sus indicaciones, y la hallaron como sudando gotas de agua; y después de haber hecho con una azada un hueco, al instante se llenó, y el agua fluyó tan abundantemente, que hasta el día de hoy brota copiosamente y corre desde la cima hasta el fondo de aquella colina.

    Capítulo sexto

    cómo la cabeza de hierro de un hacha, desde el fondo del agua, volvió de nuevo al mango.

    II, 6

    En otra ocasión, un cierto godo, pobre de espíritu, que había renunciado al mundo, fue recibido por el varón de Dios; un día le mandó tomar un hacha y limpiar de zarzas un cierto terreno, junto a un lago, para hacer un huerto. Mientras el godo trabajaba allí, por casualidad la cabeza del hacha se soltó y cayó al agua, que era tan profunda que no había esperanza de recuperarla jamás. El pobre godo, muy asustado, corrió a Mauro y le contó lo que había perdido, confesando su culpa y negligencia: Mauro fue enseguida al siervo de Dios y le dio a entender lo sucedido; este vino al instante al lago, tomó el mango de la mano del godo, lo metió en el agua, y la cabeza de hierro subió al momento del fondo y entró de nuevo en el mango del hacha, que entregó al godo, diciendo: "He aquí tu hacha otra vez; trabaja y no estés triste."

    Capítulo séptimo

    cómo Mauro caminó sobre las aguas.

    II, 7

    Cierto día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado joven Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago, y al poner el cubo con descuido, cayó él tras él; el agua lo arrastró al instante lejos de la orilla, tanto como un tiro de flecha. El varón de Dios, estando en su celda, lo supo al momento, y llamó a toda prisa a Mauro, diciendo: "Hermano Mauro, corre cuanto puedas, porque Plácido, que fue al lago a buscar agua, ha caído y es llevado muy lejos."
    ¡Cosa extraña, y no oída desde el tiempo del Apóstol Pedro! Mauro, pidiendo la bendición de su padre, y partiendo a toda prisa a su mandato, corrió sobre el agua hasta aquel lugar al que el joven era arrastrado por la fuerza de la corriente, creyendo que había ido todo el tiempo por tierra: y agarrándolo firmemente por los cabellos, regresó a toda prisa; y tan pronto como estuvo en tierra, volviendo en sí, miró detrás de él, y supo muy bien que antes había corrido sobre el agua; y lo que antes no se habría atrevido a presumir, ya hecho y pasado, le causaba a la vez asombro y temor por lo que había hecho.
    Al volver al padre y contarle lo sucedido, el venerable varón no atribuyó aquello a sus propios méritos, sino a la obediencia de Mauro; pero Mauro, por el contrario, dijo que se había hecho sólo por mandato suyo, y que él nada tenía que ver en aquel milagro, pues no sabía en aquel momento lo que hacía. Mas en esta amistosa porfía nacida de la mutua humildad, el mismo joven que fue salvado de ahogarse puso fin: pues dijo que, cuando lo sacaban del agua, vio el hábito del Abad sobre su cabeza, afirmando que era él quien lo había librado de aquel gran peligro.
    PEDRO. Ciertamente son cosas maravillosas las que refieres, y tales que pueden servir para edificación de muchos: por mi parte, cuanto más oigo de sus milagros, más deseo aún.

    Capítulo octavo

    cómo una hogaza fue envenenada y llevada lejos por un cuervo.

    II, 8

    GREGORIO. Cuando los mencionados monasterios ardían en el amor de nuestro Señor Jesucristo, y su fama se extendía por todas partes, y muchos abandonaban la vida secular y sometían las pasiones de su alma bajo el yugo suave de nuestro Salvador: entonces (como es costumbre de los malvados envidiar aquella virtud que ellos no quieren seguir) un tal Florencio, sacerdote de una iglesia vecina, y abuelo de Florencio nuestro subdiácono, poseído de malicia diabólica, comenzó a envidiar las virtudes del santo varón, a murmurar de su modo de vivir, y a apartar a cuantos podía de ir a visitarlo: y cuando vio que no podía impedir sus virtuosos progresos, sino que, al contrario, la fama de su santa vida aumentaba, y muchos diariamente, por el solo rumor de su santidad, se entregaban a un mejor estado de vida: ardiendo cada vez más con las brasas de la envidia, se volvió mucho peor; y aunque no deseaba imitar su vida loable, con todo, habría querido tener la reputación de su virtuosa conversación.
    En conclusión, tanto le cegó la maliciosa envidia, y tan adelante se metió en aquel pecado, que envenenó una hogaza y la envió al siervo de Dios Todopoderoso, como si fuera un santo presente. El varón de Dios la recibió con gran agradecimiento, pero no ignorando lo que estaba oculto dentro. A la hora de comer, un cuervo solía venir diariamente a él desde el bosque vecino, y tomaba pan de sus manos; llegando aquel día como de costumbre, el varón de Dios le arrojó la hogaza que el sacerdote le había enviado, dándole este encargo: "En el nombre de Jesucristo nuestro Señor, toma esa hogaza y déjala en un lugar donde nadie pueda hallarla." Entonces el cuervo, abriendo el pico y alzando las alas, comenzó a saltar de un lado a otro alrededor de la hogaza, y a graznar a su modo, como si quisiera decir que estaba dispuesto a obedecer, pero que no podía hacer lo que se le mandaba. El varón de Dios le ordenó una y otra vez: "Tómala sin miedo y échala donde nadie pueda hallarla." Al fin, con gran dificultad, el cuervo la tomó y se fue volando, y después de tres horas, habiendo despachado la hogaza, volvió de nuevo y recibió su ración acostumbrada del varón de Dios.
    Pero el venerable padre, viendo al sacerdote tan perversamente inclinado contra su vida, se entristeció mucho más por él que por sí mismo. Y Florencio, viendo que no podía matar el cuerpo del maestro, se esforzaba ahora cuanto podía por destruir las almas de sus discípulos; y con ese propósito envió al patio de la Abadía, ante sus ojos, siete jóvenes desnudas, que allí se tomaban de las manos, jugaban y danzaban largo tiempo delante de ellos, a fin de inflamar sus mentes con lujuria pecaminosa: vista condenable que el santo varón contemplaba desde su celda, y temiendo el peligro que de ello pudiera seguirse para sus monjes más jóvenes, y considerando que todo aquello se hacía sólo para perseguirlo a él, cedió ante la envidia; y por tanto, después de haber designado superiores para aquellas abadías y oratorios que había edificado allí, y de haber dejado algunos a su cargo, él mismo, en compañía de unos pocos monjes, se trasladó a otro lugar.
    Y así el varón de Dios, por humildad, cedió ante la malicia del otro; pero Dios Todopoderoso, con justicia, castigó severamente la maldad de Florencio. Pues cuando el mencionado sacerdote, estando en su aposento, supo la partida de san Benito y se alegró mucho con la noticia, he aquí que (permaneciendo toda la demás casa sana y salva) aquel solo aposento en que él estaba se derrumbó y lo mató: cuyo extraño suceso, al saberlo Mauro, discípulo del santo varón, le envió al instante recado, estando él todavía apenas a diez millas, pidiéndole que volviera, porque el sacerdote que lo perseguía había sido muerto; lo cual, cuando Benito oyó, se entristeció sobremanera y se lamentó mucho: tanto porque su enemigo había muerto de aquella manera, como porque uno de sus monjes se alegraba de ello; y por ello le impuso penitencia, porque, enviando tales noticias, se había atrevido a alegrarse de la muerte de su enemigo.
    PEDRO. Las cosas que refieres son extrañas y muy dignas de admiración: porque al hacer brotar agua de la peña, veo a Moisés; y en el hierro que subió del fondo del lago, contemplo a Eliseo; en el caminar de Mauro sobre el agua, reconozco a Pedro; en la obediencia del cuervo, contemplo a Elías; y en lamentar la muerte de su enemigo, reconozco a David: y por tanto, en mi opinión, este solo hombre estaba lleno del espíritu de todos los hombres buenos.
    GREGORIO. El varón de Dios, Benito, tenía el espíritu del único Dios verdadero, quien, por la gracia de nuestra redención, ha llenado los corazones de sus elegidos siervos; de quien dice San Juan: Él era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo,. De quien, además, hallamos escrito: De su plenitud todos hemos recibido,. Pues los santos siervos de Dios podían recibir virtudes de nuestro Señor, mas no podían otorgarlas a otros; y por tanto fue él quien dio las señales de milagros a sus siervos, y prometió dar la señal de Jonás a sus enemigos: de modo que se dignó morir a la vista de los soberbios, y resucitar ante los ojos de los humildes: a fin de que aquellos vieran lo que despreciaban, y estos vieran lo que debían adorar y amar; por razón de cuyo misterio sucede que, mientras los soberbios fijan sus ojos en el desprecio de su muerte, los humildes, al contrario, frente a la muerte, se aferran a la gloria de su poder y fuerza.
    PEDRO. ¿A qué lugares, os ruego, después de esto, se fue el santo varón? ¿Y obró después en ellos algunos milagros, o no?
    GREGORIO. El santo varón, cambiando de lugar, no por eso cambió de enemigo. Pues después soportó batallas tanto más penosas cuanto que ahora tenía al maestro de toda maldad peleando abiertamente contra él. Porque la ciudad llamada Casino está situada en la ladera de un alto monte, que contiene en su falda, por así decirlo, la mencionada ciudad, y después se eleva a lo alto por espacio de tres millas, de modo que su cima parece tocar los mismos cielos: en este lugar había una antigua capilla en la que los necios y simples campesinos, según la costumbre de los antiguos gentiles, adoraban al dios Apolo. Alrededor, asimismo, por todas partes, había bosques para el culto de los demonios, en los cuales, incluso hasta aquel mismo tiempo, la loca multitud de infieles ofrecía sacrificios perversísimos. El varón de Dios, llegando allí, hizo pedazos el ídolo, derribó el altar, prendió fuego a los bosques, y en el templo de Apolo edificó el oratorio de San Martín, y donde estaba el altar del mismo Apolo, hizo un oratorio de San Juan: y con su predicación continua, llevó a la gente que habitaba en aquellas partes a abrazar la fe de Cristo.
    El antiguo enemigo del género humano, no tomando esto a bien, no en secreto ni en sueños, sino a la vista, se presentó ante los ojos de aquel santo padre, y con grandes gritos se quejó de que le había hecho violencia. El ruido que hacía lo oían los monjes, mas a él no podían verlo: pero, según les dijo el venerable padre, se le apareció visiblemente muy fiero y cruel, y como si con su boca de fuego y sus ojos llameantes quisiera despedazarlo: lo que el diablo le decía, todos los monjes lo oían; pues primero lo llamaba por su nombre, y como el varón de Dios no se dignaba responderle, entonces se ponía a insultarlo y denostarlo: porque cuando gritaba, llamándolo "Bendito Benito", y veía que no le respondía, al instante cambiaba el tono y decía: "Maldito Benito, y no bendito: ¿qué tienes que ver conmigo? ¿y por qué me persigues así?" Por lo cual han de esperarse nuevas batallas del antiguo enemigo contra el siervo de Dios; contra quien, de buena gana, hacía él la guerra, pero, contra su voluntad, le daba ocasión de muchas y señaladas victorias.

    Capítulo nueve

    de cómo el venerable Benito, con su oración, removió una enorme piedra.

    II, 9

    En cierto día, mientras los monjes edificaban las celdas de la misma Abadía, había allí una piedra que pensaban emplear en aquella obra; y como dos o tres no pudieran moverla, llamaron a más compañía, mas todo en vano, pues permanecía tan inmóvil como si hubiera crecido de la misma tierra; con lo cual claramente percibieron que el mismo diablo estaba sentado sobre ella, ya que las manos de tantos hombres no podían siquiera moverla una vez. Por lo cual, viendo que sus propios trabajos nada podían, enviaron a buscar al varón de Dios, para que los ayudara con sus oraciones contra el diablo que impedía la remoción de aquella piedra. Vino el santo varón, y después de orar un poco, le dio su bendición, y entonces se la llevaron con tanta rapidez como si no tuviera peso alguno.

    Capítulo diez

    del fuego fantástico que quemó la cocina.

    II, 10

    Entonces el varón de Dios consideró conveniente que, antes de su partida, cavasen allí mismo la tierra en aquel lugar; lo cual hecho, y abierto un hoyo profundo, los monjes hallaron allí un ídolo de bronce, el cual, habiendo sido por casualidad arrojado por un rato en la cocina, vieron que de repente salía fuego de él, que a la vista de todos parecía incendiar toda la cocina; para apagarlo, los monjes echaron agua haciendo tal ruido, que el varón de Dios, oyéndolo, vino a ver qué sucedía; y no viendo él fuego alguno, que ellos decían ver, inclinó al punto la cabeza a orar, y entonces percibió que estaban engañados por fuego fantástico, y por eso les mandó bendecir sus ojos, para que pudieran ver la cocina sana y salva, y no aquellas llamas fantásticas que el diablo falsamente había inventado.

    Capítulo once

    de cómo el venerable Benito resucitó a un niño, aplastado por la ruina de una pared.

    II, 11

    De nuevo, mientras los monjes levantaban cierta pared algo más alta, porque así era necesario, el varón de Dios estaba entretanto en su celda en oración. A él se le apareció el viejo enemigo de manera insultante, diciéndole que iba ahora a sus monjes, que estaban trabajando; de lo cual el varón de Dios, con toda prisa, les envió aviso, deseándoles que mirasen por sí mismos, porque el diablo venía en aquel momento entre ellos. Apenas fue entregado el mensaje, cuando el maligno espíritu derribó la nueva pared que estaban construyendo, y con la caída mató a un niño pequeño, monje, hijo de cierto cortesano. Ante tan lastimoso suceso todos quedaron sumamente apenados y sobremanera afligidos, no tanto por la pérdida de la pared, cuanto por la muerte de su hermano; y a toda prisa enviaron esta triste noticia al venerable varón Benito, quien les mandó que le trajeran al joven muchacho, magullado y destrozado como estaba; lo cual hicieron, aunque no pudieron llevarlo sino en un saco, porque las piedras de la pared no sólo le habían roto los miembros, sino también los mismos huesos. Traído de aquella manera al varón de Dios, les mandó que lo pusieran en su celda, y en aquel lugar sobre el cual solía orar; y luego, haciendo salir a todos, cerró la puerta y se puso a orar con más insistencia que de costumbre. ¡Y oh extraño milagro!, pues en la misma hora lo dejó sano, y tan lleno de vida como antes lo había estado; y lo envió de nuevo a su trabajo anterior, para que también él ayudase a los monjes a terminar aquella pared; la antigua serpiente, en efecto, había pensado que con su muerte habría insultado a Benito y triunfado grandemente.

    Capítulo doce

    de cómo por revelación supo el venerable Benito que sus monjes habían comido fuera del monasterio.

    II, 12

    Entre otros milagros que hizo el varón de Dios, comenzó también a ser famoso por el espíritu de profecía: como predecir lo que había de acontecer y referir a los presentes cosas que se hacían en ausencia. La orden de su Abadía era que, cuando los monjes salían fuera (para llevar algún mensaje), nunca comiesen ni bebiesen cosa alguna fuera de su claustro; y observándose esto diligentemente, conforme a la prescripción de su regla, cierto día salieron algunos monjes a tal negocio; y viéndose obligados, por el despacho del mismo, a detenerse bastante tiempo fuera, sucedió que se quedaron en casa de una mujer religiosa, donde comieron y se rehicieron. Y siendo ya tarde cuando volvieron a la Abadía, fueron, según costumbre, a pedir la bendición de su padre; el cual les preguntó dónde habían comido, y ellos dijeron que en ninguna parte. "¿Por qué", dijo él, "decís una mentira? ¿Pues no entrasteis en casa de tal mujer, y comisteis tal y tal clase de manjar, y bebisteis tantas copas?" Cuando le oyeron contar tan en particular, tanto dónde se habían detenido, qué clase de manjar habían comido y cuántas veces habían bebido, y comprendieron bien que él sabía todo cuanto habían hecho, cayeron temblando a sus pies y confesaron que habían obrado mal; y él al punto les perdonó aquella falta, persuadiéndose de que ya no presumirían en su ausencia hacer cosa semejante, viendo que ahora comprendían que él estaba presente con ellos en espíritu.

    Capítulo trece

    del hermano de Valentiniano el Monje, a quien el varón de Dios reprendió por comer durante el viaje.

    II, 13

    Un hermano también de Valentiniano el monje, del cual hice mención antes, era laico, pero devoto y religioso: el cual tenía costumbre, cada año, tanto de pedir las oraciones del siervo de Dios, como de visitar a su hermano carnal, viajando desde su propia casa a la Abadía; y su costumbre era no comer nada en todo aquel día antes de llegar allá. Estando, pues, una vez en camino, se encontró en compañía de otro que llevaba consigo comida para comer por el camino; el cual, después de bien entrado el día, le habló de esta manera: "Ven, hermano", dijo, "refresquémonos, para no desfallecer en el camino". A lo cual respondió: "Dios me libre: porque de ninguna manera comeré, pues voy ahora al venerable padre Benito, y mi costumbre es ayunar hasta verlo." El otro, ante esta respuesta, no dijo nada más durante el espacio de una hora. Pero después, habiendo caminado un poco más, le insistió de nuevo para que comiese algo; mas también entonces lo rehusó del todo, porque quería continuar ayunando como estaba. Su compañero se contentó, y siguió adelante con él, sin tomar nada él mismo. Pero cuando ya habían caminado mucho, y estaban bien cansados por el largo viaje, llegaron por fin a un prado, donde había una fuente, y todas las demás cosas agradables que suelen reparar las fuerzas de los hombres. Entonces su compañero le dijo de nuevo: "He aquí agua, un prado verde y un lugar dulcísimo, en el cual podemos reponer fuerzas y descansar un poco, para quedar más capaces de acabar el resto del viaje." Con estas amables palabras que le hechizaban los oídos, y el lugar deleitoso que le halagaba los ojos, consintió en ceder a la propuesta, y así se pusieron a comer juntos; y viniendo luego al atardecer a la Abadía, lo llevaron al venerable padre Benito, de quien deseó la bendición. Entonces el santo varón le echó en cara lo que había hecho en el camino, hablándole de esta manera: "¿Cómo fue, hermano", dijo, "que el diablo, hablándote por medio de tu compañero, no pudo persuadirte ni la primera ni la segunda vez, pero sí lo hizo a la tercera, y te hizo hacer lo que más le agradaba?" El buen hombre, oyendo estas palabras, cayó a sus pies, confesando la falta de su fragilidad; se afligió, y tanto más se avergonzó de su pecado, porque comprendió que, aunque estuviera ausente, había ofendido a la vista de aquel venerable padre.
    PEDRO. Veo bien que el santo varón tenía en su alma el espíritu de Eliseo, quien estaba presente con su siervo Giezi, estando ausente de él.

    Capítulo catorce

    de cómo el disimulo del rey Totila fue descubierto y puesto en evidencia por el venerable Benito.

    II, 14

    GREGORIO. Debes, buen Pedro, callar un poco, para que sepas cosas aún mucho más importantes. Pues en tiempo de los godos, cuando Totila, su rey, supo que el santo varón tenía espíritu de profecía, yendo hacia su monasterio, se detuvo en un lugar algo apartado, y de antemano envió al padre aviso de su venida; al cual se le respondió que podía venir cuando quisiera. El rey, como era hombre de mala disposición, pensó probar si el varón de Dios era profeta, como se decía, o no. Tenía un hombre de su guardia, llamado Riggo, a quien hizo poner sus propios zapatos y vestir con sus demás ropas principescas, mandándole que fuera como si fuera él mismo al varón de Dios; y para dar mejor color a este ardid, envió a tres que lo acompañasen, los cuales especialmente estaban siempre cerca del rey: a saber, Vulterico, Ruderico y Blindino; encargándoles que, en presencia del siervo de Dios, estuvieran cerca de él y se comportaran de tal manera como si hubiera sido el rey Totila en persona; y que diligentemente le hicieran todos los demás servicios, a fin de que, tanto por tal clase de comportamiento obsequioso, como por sus ropas de púrpura, pudiera verdaderamente ser tomado por el rey mismo. Riggo, provisto de aquel magnífico atavío y acompañado de muchos cortesanos, llegó a la Abadía; en aquel momento el varón de Dios estaba sentado un poco apartado, y cuando Riggo se hubo acercado lo bastante para entender bien lo que el varón de Dios decía, entonces, oyéndolo todos, habló así: "Quítate, buen hijo, quítate ese vestido, porque lo que llevas puesto no es tuyo." Riggo, al oír esto, cayó al instante en tierra, y tuvo mucho miedo, por haber presumido burlarse de tan digno varón, y todos sus acompañantes y servidores cayeron igualmente a tierra, y después de levantarse, no se atrevieron a acercarse más a su presencia; sino que volvieron a su rey, contándole con temor cuán pronto habían sido descubiertos.

    Capítulo quince

    de cómo el venerable Benito profetizó al rey Totila, y también al obispo de Camisina, las cosas que después habían de acontecer.

    II, 15

    Entonces Totila mismo, en persona, fue al varón de Dios; y viéndolo sentado a lo lejos, no se atrevió a acercarse, sino que cayó en tierra; y el santo varón (hablándole dos o tres veces) le pidió que se levantara, y por fin fue hacia él, y con sus propias manos lo levantó de la tierra, donde yacía postrado; y luego, entrando en conversación, le reprendió por sus malas obras, y en pocas palabras le dijo todo lo que le había de suceder, diciendo: "Mucha maldad cometes a diario, y muchos y grandes pecados has hecho: deja ya, de una vez, tu vida pecadora. Entrarás en la ciudad de Roma, y pasarás el mar; reinarás nueve años, y en el décimo dejarás esta vida mortal." El rey, al oír estas cosas, se llenó de maravilloso temor, y pidiendo al santo varón que lo encomendara a Dios en sus oraciones, se marchó; y desde aquel momento no fue tan cruel como antes había sido. No mucho después fue a Roma, navegó a Sicilia, y, en el décimo año de su reinado, perdió el reino juntamente con la vida.
    También el obispo de Camisina solía visitar al siervo de Dios, a quien el santo varón amaba tiernamente por su virtuosa vida. Pues el obispo, hablando con él del rey Totila, de la toma de Roma y de la destrucción de aquella ciudad, dijo: "Esta ciudad quedará tan saqueada y arruinada por él, que nunca más será habitada." A lo cual respondió el varón de Dios: "Roma", dijo, "no será destruida del todo por extranjeros; sino que será tan sacudida por tempestades, relámpagos, torbellinos y terremotos, que caerá en ruinas por sí misma." Los misterios de esta profecía los vemos ahora tan claros como el día: pues vemos ante nuestros ojos en esta misma ciudad, por un extraño torbellino, el mundo sacudido, casas arruinadas e iglesias derribadas, y vemos a diario caer edificios carcomidos por la vejez. Verdad es que Honorable, por cuya relación supe esto, no dice que lo recibiera de su propia boca, sino que lo supo de otros monjes, que lo oyeron ellos mismos.
    Comentario editorial · Totila y el escudero disfrazado
    Totila reinó sobre los ostrogodos de octubre de 541 al 1 de julio de 552, cuando murió de las heridas de la batalla de Taginae, en plena guerra gótica (535–554), según Wikipedia. El artículo sobre Totila da el encuentro con Benito como transmitido por los Diálogos (II, 14–15) y dice que la tradición benedictina lo fecha el 21 de marzo de 543; no juzga si ocurrió. Nombra al guardia Riggio (el epub escribe «Riggo»). Gregorio hace decir a Benito que Totila reinará «nueve años» y morirá en el décimo; el reinado que da Wikipedia dura algo más de diez años.

    Capítulo dieciséis

    de cierto clérigo, a quien el venerable Benito libró por un tiempo del diablo.

    II, 16

    En aquel tiempo, cierto clérigo que servía en la iglesia de Aquino estaba poseído; al cual el venerable varón Constancio, obispo de la misma ciudad, envió a muchos lugares de santos mártires en busca de ayuda; pero los santos mártires de Dios no quisieron librarlo, a fin de que el mundo supiera cuán grande gracia había en el siervo de Dios, Benito; por lo cual, al fin, fue traído a él, y orando éste por ayuda a Jesucristo nuestro Señor, al instante arrojó al viejo enemigo del cuerpo del poseído, dándole este encargo: "Vete por tu camino, y de aquí en adelante abstente de comer carne, y no presumas entrar en las órdenes sagradas, porque en cualquier momento que intentares tal cosa, el diablo volverá a tener poder sobre ti." El hombre partió sano y salvo, y como el castigo reciente en la memoria suele aterrorizar el ánimo, observó durante un tiempo lo que el varón de Dios le había mandado. Pero después de muchos años, cuando todos sus mayores habían muerto y veía a sus menores preferidos antes que él para las órdenes sagradas, descuidó las palabras del varón de Dios, como olvidadas por la largura del tiempo, y recibió las órdenes sagradas; ante lo cual, al instante, el diablo que antes lo había dejado entró de nuevo, y no dejó de atormentarlo hasta que hubo separado su alma del cuerpo.
    PEDRO. Este santo varón, según percibo, conocía el secreto consejo de Dios; pues vio que este clérigo era entregado al poder del diablo, a fin de que no presumiera entrar en las órdenes sagradas.
    GREGORIO. ¿Por qué no había de conocer los secretos de Dios quien guardaba los mandamientos de Dios, cuando la Escritura dice: El que se une a nuestro Señor, es un espíritu con él?
    PEDRO. Si el que se une a nuestro Señor es un espíritu con nuestro Señor, ¿qué significa lo que dice el Apóstol: ¿Quién conoce el sentido de nuestro Señor, o quién ha sido su consejero?, pues parece muy inconveniente ser ignorante de su sentido, aquel a quien, estando tan unido, es hecho una misma cosa?
    GREGORIO. Los santos varones, en cuanto son uno con nuestro Señor, no ignoran su sentido; porque el mismo Apóstol dice: Pues ¿qué hombre conoce las cosas que pertenecen al hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, las cosas que pertenecen a Dios, nadie las conoce, sino el espíritu de Dios. Y para mostrar también que él conocía las cosas que pertenecen a Dios, añade inmediatamente: Mas nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que es de Dios. Y por esta causa, dice de nuevo: que ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman; mas Dios nos lo reveló a nosotros por su Espíritu.
    PEDRO. Si, pues, los misterios de Dios fueron revelados al mismo Apóstol por el espíritu de Dios, ¿por qué entonces, tratando de esta cuestión, puso de antemano estas palabras, diciendo: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios: cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!
    Y de nuevo, mientras estoy hablando así de este asunto, otra cuestión me viene a la mente: pues el profeta David dijo a nuestro Señor: Con mis labios he pronunciado todos los juicios de tu boca. Por lo cual, siendo menos conocer que pronunciar, ¿cuál es la razón de que san Pablo afirme que los juicios de Dios son incomprensibles; y, sin embargo, David diga que no sólo los conoció, sino que también los pronunció con sus labios?
    GREGORIO. A ambas cuestiones ya he respondido brevemente, cuando dije que los santos varones, en cuanto son uno con nuestro Señor, no ignoran el sentido de nuestro Señor. Pues todos los que siguen devotamente a nuestro Señor, también por la devoción son uno con nuestro Señor; y, sin embargo, en cuanto están cargados con el peso de su carne corruptible, no están con Dios; y así, en cuanto están unidos a él, conocen los secretos juicios de Dios, y en cuanto están separados de Dios, no los conocen; pues viendo que todavía no penetran perfectamente sus secretos misterios, dan testimonio de que sus juicios son incomprensibles.
    Mas aquellos que con su alma se adhieren a él, y uniéndose a las palabras de la sagrada Escritura, o a secretas revelaciones, reconocen lo que reciben, tales personas conocen estas cosas y las pronuncian; pues los juicios que Dios oculta no los conocen, y los que él pronuncia los conocen; y por eso el profeta David, cuando hubo dicho: Con mis labios he pronunciado todos los juicios; añade inmediatamente, de tu boca: como si dijera claramente: Aquellos juicios puedo conocer y pronunciar, los cuales supe que tú hablaste, pues lo que tú no hablas, sin duda alguna lo ocultas a nuestro conocimiento.
    Por lo cual, lo dicho por David y por san Pablo concuerdan entre sí: porque los juicios de Dios son incomprensibles; y, sin embargo, aquellos que él mismo se digna decir con su propia boca, son pronunciados con lenguas de hombres; porque los hombres pueden llegar a su conocimiento, y una vez revelados, pueden ser dichos, y de ningún modo pueden mantenerse secretos.
    PEDRO. Ahora veo la respuesta a mi pregunta. Pero os ruego que prosigáis, si aún queda algo por contar de su virtud y sus milagros.
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