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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

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    Diálogos (con la Vida de san Benito)

    593 · Traducción castellana directa del inglés de «P. W.» (1608), edición de Gardner (1911)35 minPosición: 0% de esta parteParte 10 de 10 · Capítulo cuarenta y tresPublicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-02

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    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo cincuenta y nueve

    Capítulo cuarenta y tres

    si hay un solo fuego en el infierno, o muchos.

    IV, 43

    GREGORIO. El fuego del infierno es uno solo; pero no atormenta de una misma manera a todos los pecadores. Pues cada uno allí, según la cantidad de su pecado, tiene la medida de su pena. Porque así como en este mundo muchos viven bajo un mismo sol y, sin embargo, no sienten del mismo modo su calor —pues unos son abrasados más y otros menos—, así en aquel fuego único se hallan diversas maneras de arder; porque lo que en este mundo hace la diversidad de los cuerpos, en el otro lo hace la diversidad de los pecados; de suerte que, aunque el fuego sea allí del todo igual, no quema ni atormenta de una misma manera y por igual a los condenados.
    PEDRO. Os ruego: ¿arderán siempre los que sean condenados a aquel lugar, y nunca tendrán fin sus tormentos?

    Capítulo cuarenta y cuatro

    si los que están en el infierno arderán allí para siempre.

    IV, 44

    GREGORIO. Cierto es, y sin duda alguna muy verdadero, que así como los buenos no tendrán fin en sus gozos, así los malos nunca tendrán alivio en sus tormentos; pues nuestro Salvador mismo dice: Los malos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna. Siendo, pues, verdadero lo que ha prometido a sus amigos, fuera de toda cuestión no puede ser falso lo que ha amenazado a sus enemigos.
    PEDRO. ¿Y si se dijera que amenazó con la pena eterna a los que viven mal, para así apartarlos de cometer pecados?
    GREGORIO. Si lo que amenazó es falso, porque su intención era con ello apartar a los hombres de la vida mala, entonces igualmente debemos decir que son falsas las cosas que prometió, y que su ánimo era provocarnos con ello a la virtud. Pero ¿qué hombre, por loco que sea, se atrevería a decir tal cosa? Pues si amenazó lo que no pensaba ejecutar, mientras deseamos hacerlo misericordioso, nos vemos forzados también (lo cual es horrible de decir) a afirmar que es mentiroso.
    PEDRO. Deseo saber cómo puede justamente castigarse con un castigo sin fin un pecado que tuvo fin cuando fue cometido.
    GREGORIO. Esto que decís podría tener alguna razón si el juez justo considerase solamente los pecados cometidos, y no las intenciones con que fueron cometidos; pues la razón por la que los malos pusieron fin a sus pecados fue porque también pusieron fin a su vida; porque de buena gana, si hubiera estado en su poder, habrían vivido sin fin, para poder de la misma manera pecar sin fin. Pues claramente declaran que deseaban vivir siempre en el pecado aquellos que nunca, mientras estuvieron en este mundo, abandonaron su vida mala; y por tanto pertenece a la gran justicia del juez supremo que nunca les falten tormentos y castigo en el otro mundo, a quienes en este nunca quisieron abandonar su vida mala y pecadora.
    PEDRO. Pero ningún juez que ama la justicia se complace en la crueldad; y el fin por el cual el amo justo manda castigar a su siervo malo es para que abandone su vida perversa. Si, pues, los malos que son atormentados en el fuego del infierno nunca llegan a enmendarse, ¿con qué fin arderán siempre en aquellas llamas?
    GREGORIO. Dios Todopoderoso, porque es misericordioso y lleno de piedad, no se complace en los tormentos de los hombres miserables; pero porque es también justo, no cesa jamás de castigar a los malos. Todos los condenados a penas perpetuas son castigados por su propia maldad; y sin embargo arderán allí siempre en el fuego con un fin, y es que todos los justos y siervos de Dios puedan ver en Dios los gozos que poseen, y ver en ellos los tormentos de que han escapado; a fin de que así se reconozcan siempre agradecidos a Dios por su gracia, al percibir, mediante su divino auxilio, qué pecados han vencido, los cuales ven castigar en otros para siempre.
    PEDRO. Y ¿cómo, os ruego, pueden ser santos, si no ruegan por sus enemigos, a quienes ven yacer en tales tormentos, cuando se les dice: Rogad por vuestros enemigos?
    GREGORIO. Ruegan por sus enemigos en el tiempo en que sus corazones pueden volverse a una penitencia fructuosa y así salvarse; pues ¿con qué otro fin rogamos por nuestros enemigos, sino, como dice el Apóstol, que Dios les conceda arrepentimiento para conocer la verdad y librarse del diablo, por el cual están cautivos a su voluntad?
    PEDRO. Me agrada mucho vuestro razonamiento; pues ¿cómo rogarán por aquellos que de ningún modo pueden convertirse de su maldad y ser llevados a hacer obras de justicia?
    GREGORIO. Ya veis, pues, que la razón es una misma: por la cual en la otra vida nadie rogará por los hombres condenados para siempre al fuego del infierno; y la misma que hay ahora de no rogar por el diablo y sus ángeles, sentenciados a tormentos eternos; y esta es también la razón misma por la que los hombres santos no ruegan ahora por los que mueren en su infidelidad y en una vida manifiestamente mala; pues viendo que es cierto que están condenados a penas sin fin, ¿con qué fin rogarían por ellos, sabiendo que ninguna petición será admitida por Dios, su justo juez? Y por tanto, si ahora los hombres santos que viven en la tierra no se compadecen de los que están muertos y condenados por sus pecados, cuando aún saben que ellos mismos hacen algo por la fragilidad de la carne, que también ha de ser juzgado, ¿cuánto más estrecha y severamente contemplan los tormentos de los condenados, cuando ya ellos están libres de todo vicio de corrupción y más íntimamente unidos a la misma justicia verdadera? Pues la fuerza de la justicia posee de tal modo sus almas, en cuanto están tan íntimos con el juez justísimo, que de ningún modo quieren hacer aquello que saben que no es conforme a su divina voluntad.
    PEDRO. La razón que aducís es tan clara que no puedo contradecirla; pero ahora me viene a la mente otra cuestión, y es cómo puede llamarse verdaderamente inmortal el alma, viendo que es cierto que muere en aquel fuego perpetuo.

    Capítulo cuarenta y cinco

    cómo se dice que el alma es inmortal y nunca muere, si es castigada con la sentencia de muerte.

    IV, 45

    GREGORIO. Puesto que hay dos maneras de vida, hay también, por consiguiente, dos maneras de muerte. Porque una clase de vida hay, por la cual vivimos en Dios; y otra, la que recibimos por nuestra creación o generación; y por tanto una cosa es vivir bienaventuradamente, y otra cosa vivir naturalmente. El alma, por tanto, es a la vez mortal e inmortal: mortal, porque pierde la felicidad de una vida dichosa; e inmortal, en cuanto conserva siempre su vida natural, que jamás puede perderse, no, ni aun cuando es sentenciada a muerte perpetua; pues en aquel estado, aunque no tiene una vida bienaventurada, retiene todavía el ser primero y la vida natural; por lo cual se ve forzada a padecer muerte sin muerte, defecto sin defecto, y fin sin fin; pues la muerte que padece es inmortal, el defecto que sufre nunca falta, y el fin que tiene es infinito y sin fin.
    PEDRO. ¿Qué hombre hay, por santo que sea, que al dejar esta vida mortal no tenga justo motivo para temer la inefable sentencia de la condenación? Pues aunque sabe lo que ha hecho, no ignora cuán estrechamente han de ser examinadas y juzgadas sus obras.

    Capítulo cuarenta y seis

    de cierto hombre santo que temió cuando le llegó la muerte.

    IV, 46

    GREGORIO. Así es, Pedro, como decís. Y sin embargo, algunas veces el solo temor de la muerte purga las almas de los justos de sus pecados menores, como vos y yo hemos oído a menudo de cierto hombre santo que temió mucho cuando le llegó la muerte; y sin embargo, después de muerto, se apareció a sus discípulos en una estola blanca, contándoles de qué excelente manera fue recibido cuando partió de este mundo.

    Capítulo cuarenta y siete

    cómo algunos por revelación divina son librados del temor en la muerte; y de la manera en que los monjes Antonio, Merulo y Juan partieron de esta vida.

    IV, 47

    Algunas veces también Dios Todopoderoso fortalece por revelación divina los ánimos de los que temen, a fin de que no tengan miedo de la muerte. Pues había un monje, llamado Antonio, que vivía conmigo en mi Monasterio, el cual con lágrimas diarias se esforzaba por alcanzar los gozos del cielo; y mientras meditaba con gran cuidado y celo de alma las sagradas Escrituras, no buscaba tanto la astucia y el conocimiento como las lágrimas y la contrición del corazón, para que por medio de ellas su alma fuese conmovida e inflamada, y, despreciando todas las cosas terrenas, pudiese volar con las alas de la contemplación al reino de los cielos. Este hombre, una noche, por revelación, fue amonestado de esta manera: "Preparaos, porque nuestro Señor ha dado orden para vuestra partida"; y cuando respondió que no tenía con qué pagar los gastos de aquel viaje, al instante oyó estas palabras de consuelo: "Si te cuidas de tus pecados, te serán perdonados". Aunque oyó esto una vez, y aun así tenía gran temor, otra noche tuvo de nuevo la misma visión; y así, después de cinco días, cayó enfermo de fiebre, y mientras los otros monjes oraban y lloraban en torno a él, partió de esta vida.
    Había otro monje en el mismo Monasterio, llamado Merulo, el cual era admirablemente dado a las lágrimas y a repartir limosnas; y casi ningún tiempo le pasaba, salvo cuando estaba comiendo o dormido, en que no cantase salmos. Este hombre, por visión nocturna, vio descender sobre su cabeza una corona hecha de flores blancas; y al poco tiempo cayó enfermo, y murió con gran quietud y alegría de ánimo. Catorce años después, cuando Pedro, que ahora gobierna mi Monasterio, quiso hacer una sepultura para sí junto al sepulcro de Merulo, salió de él, según dice, un olor tan fragante y agradable como si hubiera sido un almacén de toda clase de flores olorosas. Por lo cual se vio claramente que era muy verdadero lo que antes había visto en visión nocturna.
    Asimismo en el mismo Monasterio había otro, llamado Juan, que era un joven de gran disposición, y llevaba su vida con gran circunspección, humildad, dulzura y gravedad. Este, cayendo gravemente enfermo, vio en su mayor aprieto, por visión nocturna, venir a él a un anciano, el cual le tocó con una vara, diciendo: "Levántate, porque no morirás de esta enfermedad; pero prepárate, porque no tienes mucho tiempo para permanecer en este mundo"; y al instante, aunque los médicos desesperaban de su salud, se recobró y quedó perfectamente sano. La visión que vio la contó a otros, y durante los dos años siguientes, como he dicho, sirvió a Dios de tal manera, que su gran devoción superaba sus pocos años. Hace tres años murió otro monje, que fue enterrado en el cementerio del mismo Monasterio, y cuando hubimos terminado todos sus funerales y nos habíamos retirado, este Juan, como él mismo nos contó con rostro pálido y gran temblor, se quedó allí, donde oyó que aquel monje enterrado lo llamaba desde la tumba; y que así fue en verdad lo mostró el fin que siguió: pues diez días después cayó enfermo de fiebre y partió de esta vida.
    PEDRO. De buena gana aprendería si debemos observar tales visiones como se nos revelan de noche en el sueño.

    Capítulo cuarenta y ocho

    si se ha de creer en los sueños, y cuántas clases de sueños hay.

    IV, 48

    GREGORIO. Sobre este punto, Pedro, habéis de entender que hay seis clases de sueños. Pues algunas veces proceden de la mucha llenura o vacuidad del estómago; otras veces por ilusión; otras veces por pensamiento e ilusión juntamente; otras por revelación; y otras por pensamiento y revelación a la vez. Las dos primeras, todos por experiencia las conocen como verdaderas; y las cuatro últimas las hallamos mencionadas en la sagrada Escritura. Porque si los sueños no procediesen algunas veces por ilusión de nuestro secreto enemigo, nunca habría dicho el sabio: Los sueños han hecho errar a muchos, y esperando en ellos se han engañado; y otra vez: No seréis adivinos, ni observaréis los sueños; por cuyas palabras vemos cuán detestables son, pues se comparan con las adivinaciones. Asimismo, si los sueños no procediesen algunas veces del pensamiento junto con la ilusión, no habría dicho el sabio: Los sueños siguen a muchos cuidados. Y si algunas veces no viniesen por revelación mística, jamás habría sabido José por un sueño que había de ser exaltado sobre sus hermanos; ni el Ángel habría amonestado jamás en sueños al esposo de nuestra Señora para que huyese con el niño a Egipto. Además, si algunas veces no procediesen también de los pensamientos y de la revelación divina, nunca el profeta Daniel, discurriendo del sueño de Nabucodonosor, habría comenzado por la raíz de sus pensamientos anteriores, diciendo: Tú, oh rey, comenzaste a pensar en tu lecho qué habría de suceder en los tiempos venideros; y el que revela los misterios te mostró lo que había de venir; y poco después: Tú veías, y he aquí como una gran estatua; aquella gran estatua y de gran altura se alzaba delante de ti, &c. Por lo cual, viendo que Daniel con reverencia insinúa que el sueño había de cumplirse, y también declara de qué pensamiento brotó, claramente aprendemos que los sueños a veces proceden del pensamiento y de la revelación juntamente. Pero viendo que los sueños nacen de raíces tan diversas, con tanta mayor dificultad debemos creerlos, porque no nos aparece fácilmente de qué causa proceden. Los hombres santos, en efecto, por un cierto gusto espiritual interior, disciernen entre las ilusiones y las revelaciones verdaderas, por las mismas voces o representaciones de las visiones; de suerte que conocen lo que reciben del buen espíritu, y lo que sufren por ilusión del malo; y por tanto, si nuestra mente no está aquí muy atenta y vigilante, cae en muchas vanidades, por el engaño del mal espíritu, que algunas veces suele predecir muchas cosas verdaderas, para que, al fin, con alguna falsedad, enrede nuestra alma.

    Capítulo cuarenta y nueve

    de uno a quien en sueños se le prometió larga vida, y sin embargo murió poco después.

    IV, 49

    Cosa cierta es que no hace mucho aconteció a uno que vivía entre nosotros, el cual, muy dado a observar sueños, tuvo una noche en sueños promesa de larga vida; y cuando ya había hecho provisión de gran cantidad de dinero para el sustento de sus muchos días, fue arrebatado tan de repente de esta vida, que lo dejó todo tras sí, sin haber jamás tenido uso alguno de ello, y no llevó consigo buenas obras al otro mundo.
    PEDRO. Bien me acuerdo quién fue; pero proseguid, os ruego, las cuestiones que comenzamos a tratar: ¿Creéis que reporta algún provecho a las almas de los hombres que sus cuerpos sean sepultados en la iglesia?

    Capítulo cincuenta

    Si las almas reciben algún beneficio si sus cuerpos son sepultados en la iglesia.

    IV, 50

    GREGORIO. Los que no mueren en pecado mortal reciben este beneficio por tener sus cuerpos sepultados en la iglesia: pues cuando sus amigos vienen allí y contemplan sus sepulcros, se acuerdan de ellos y ruegan a Dios por sus almas; pero los que parten de esta vida en estado de pecado mortal no reciben absolución alguna de sus pecados, sino que antes son más castigados en el infierno por tener sus cuerpos sepultados en la iglesia; lo cual se verá más claro si os digo brevemente lo que sobre este punto ha acontecido en nuestro tiempo.

    Capítulo cincuenta y uno

    de una cierta monja que fue sepultada en la iglesia, la cual apareció con el cuerpo medio quemado.

    IV, 51

    Félix, obispo de Portua, varón de santa vida, que nació y se crió en la provincia de Sabina, dice que vivía en aquel lugar una cierta monja, la cual, aunque casta de cuerpo, tenía una lengua desgraciada y necia; y partiendo de esta vida, fue sepultada en la iglesia. El custodio de la misma, la noche siguiente, la vio por revelación llevada ante el santo altar, donde fue partida en dos mitades, y una mitad fue quemada en el fuego, y la otra no fue tocada en absoluto. Levantándose por la mañana, contó a otros la extraña visión que había visto, y les mostró el mismo lugar en que ella fue quemada, cuyo mármol apareció con las mismas señales y huellas de fuego, como si aquella mujer hubiera sido allí quemada en verdad con fuego corporal. Por lo cual podemos ver claramente que los que no tienen perdonados sus pecados poco provecho pueden sacar de que sus cuerpos sean sepultados después de la muerte en lugares santos.

    Capítulo cincuenta y dos

    del entierro de Valeriano.

    IV, 52

    Juan, asimismo, hombre honorable, uno de los gobernadores de esta ciudad y persona de gran gravedad y crédito, como todos saben, me contó cómo un tal Valeriano, caballero de la ciudad de Brescia, partió de esta vida, y el obispo consintió, por dinero, que su cuerpo fuese sepultado en la iglesia. Este Valeriano, hasta su misma vejez, llevó una vida ligera y licenciosa, negándose por completo a abandonar el pecado y la maldad. Aquella misma noche en que fue sepultado, el bienaventurado mártir Faustino, en cuya iglesia yacía su cuerpo, apareció al custodio de la misma, diciendo: "Id y decid al obispo que arroje fuera ese hediondo cadáver que aquí ha sepultado; y si no quiere hacerlo, decidle que de aquí a treinta días él mismo morirá." El pobre hombre tuvo miedo de contar esta visión al obispo, y aunque fue amonestado por segunda vez para que lo hiciera, se negó; y así, al trigésimo día, habiéndose acostado el obispo sano y salvo (sin temer nada semejante), partió de repente de esta vida.

    Capítulo cincuenta y tres

    del cuerpo de Valentino, que después de su sepultura fue arrojado de la iglesia.

    IV, 53

    Hay también en este tiempo aquí en la ciudad nuestro venerable hermano Venancio, obispo de Luna, y Liberio, noble varón y de grandísimo crédito; ambos dicen que ellos mismos lo saben y que sus criados estuvieron presentes en la ciudad de Génova cuando sucedió esta cosa extraña. Un tal Valentino, que tenía un oficio en la iglesia de Milán, murió allí, hombre dado en vida a la lascivia y a toda clase de liviandad, cuyo cuerpo fue sepultado en la iglesia del bienaventurado mártir Siro. A la medianoche siguiente se oyó un gran ruido en aquel lugar, como si alguien hubiera sido sacado por fuerza de allí; por lo cual acudieron corriendo los custodios para ver qué era, y cuando llegaron, vieron dos demonios terribilísimos que habían atado una soga a sus piernas y lo arrastraban fuera de la iglesia, mientras él gritaba y bramaba; ante cuya vista quedaron tan espantados que volvieron a sus lechos. Pero al llegar la mañana, abrieron la sepultura en que Valentino estaba sepultado, mas no pudieron hallar su cuerpo; y buscándolo fuera de la iglesia para ver dónde estaba, lo hallaron arrojado en otro lugar, con los pies todavía atados, tal como había sido sacado de la iglesia. De lo cual, Pedro, puedes aprender que los que mueren en pecado mortal y hacen que sus cuerpos sean sepultados en tierra santa son castigados también por esa su presunción: no ayudándoles los lugares santos, sino antes acusándoles el pecado de su temeridad.

    Capítulo cincuenta y cuatro

    del cuerpo de un tintorero sepultado en la iglesia, que después no pudo ser hallado.

    IV, 54

    De otra cosa también que sucedió en esta ciudad, el gremio de los tintoreros que aquí moran da testimonio de que es certísima, y trata de uno que era el principal de su oficio, el cual partió de esta vida y fue sepultado por su mujer en la iglesia de San Jenaro mártir, cerca de la puerta de San Lorenzo; su espíritu, la noche siguiente, oyéndolo el sacristán, gritó desde su sepultura, diciendo: "Me quemo, me quemo". Y como continuó gritando así por mucho tiempo, el sacristán lo contó a la mujer del tintorero, la cual entonces envió a la iglesia a algunos de su mismo oficio para ver en qué estado se hallaba en la sepultura el cuerpo de aquel que de manera tan lastimera gritaba; y cuando la abrieron, hallaron sus vestiduras sanas y salvas, que aún se guardan en la misma iglesia para perpetua memoria de lo sucedido; mas su cuerpo de ningún modo pudieron hallar, como si nunca hubiera sido allí sepultado. De lo cual podemos colegir a qué tormentos fue condenada su alma, cuyo cuerpo de aquella suerte fue echado de la iglesia. ¿Qué provecho, pues, traen los lugares santos a los que allí son sepultados, cuando los que son malos e indignos son, por disposición de Dios, arrojados de aquellos sagrados lugares?
    PEDRO. ¿Qué cosa hay, pues, que pueda aprovechar y aliviar a las almas de los difuntos?

    Capítulo cincuenta y cinco

    qué aprovecha al alma después de la muerte; y de un sacerdote de Centumcellis, a quien el espíritu de cierto hombre pidió ser ayudado después de su muerte con el santo sacrificio; y del alma de un monje llamado Justo.

    IV, 55

    GREGORIO. Si los pecados después de la muerte son perdonables, entonces la sagrada oblación de la santa hostia suele ayudar a las almas de los hombres; por cuya causa las almas de los difuntos a veces desean lo mismo. Pues el obispo Félix, de quien antes hablamos, dice que un virtuoso sacerdote, que murió hará unos dos años y habitaba en la diócesis de la ciudad de Centumcellis, y era párroco de la iglesia de San Juan en el lugar llamado Tauriana, le contó que él solía, cuando lo necesitaba, lavar su cuerpo en cierto lugar donde había aguas muy calientes; y que yendo allí una vez, halló a cierto hombre a quien no conocía, dispuesto a servirle, como a quitarle los zapatos, tomarle la ropa y atenderle con toda diligencia. Y habiéndolo hecho así diversas veces, el sacerdote, pensando un día ir a los baños, comenzó a considerar consigo mismo que no debía ser ingrato con quien tal servicio le hacía, sino llevarle algo como recompensa; y así tomó consigo dos panes benditos. Y al llegar allí halló al hombre dispuesto, y se sirvió de su ayuda como solía; y cuando se hubo lavado, vestido sus ropas y estuvo a punto de partir, le ofreció como santa recompensa lo que había llevado, rogándole que aceptase con cortesía aquello que por caridad le daba. Entonces, con semblante triste y de manera dolorosa, le habló así: "¿Por qué me dais esto, padre? Esto es pan santo, y no puedo comer de él; porque yo, a quien aquí veis, fui en otro tiempo señor de estos baños, y ahora, después de mi muerte, estoy destinado por mis pecados a este lugar. Mas si deseáis complacerme, ofreced este pan a Dios Todopoderoso y sed intercesor por mis pecados; y por esto conoceréis que vuestras oraciones han sido oídas, si a vuestra próxima venida no me halláis aquí." Y mientras decía estas palabras, desapareció de su vista; de modo que el que antes parecía hombre mostró por aquel modo de partir que era un espíritu. El buen sacerdote, toda la semana siguiente, se entregó a las lágrimas por él, y cada día ofrecía el santo sacrificio; y volviendo después al baño, no lo halló allí. Por lo cual se ve qué gran provecho reciben las almas por el sacrificio de la santa oblación, puesto que los espíritus de los difuntos lo desean de los vivos y dan ciertas señales para darnos a entender que por medio de él han recibido la absolución.
    Aquí tampoco puedo dejar de contaros lo que sucedió hace tres años en mi propio Monasterio. Cierto monje había allí, llamado Justo, muy hábil en medicina, y mientras yo permanecía en la Abadía, me servía con gran diligencia, asistiéndome en mis frecuentes enfermedades y dolencias. Este hombre al fin cayó gravemente enfermo, de modo que en verdad llegó al último trance. Tenía un hermano, llamado Copioso, que cuidaba de él y aún vive. Justo, viendo que ya no le quedaba esperanza de vida, dijo a su hermano dónde había guardado secretamente tres coronas de oro; mas no estaban tan ocultas que pudieran esconderse de los monjes; pues ellos, buscando con cuidado y revolviendo todas sus medicinas y cajas, hallaron en una de ellas escondidas estas tres coronas. Lo cual, apenas lo supe, me entristecí mucho y no pude digerir con calma tan gran pecado de parte de quien vivía con nosotros en comunidad, porque la Regla de mi Monasterio era que todos los monjes vivieran en común, de modo que ninguno en particular pudiera poseer cosa alguna propia. Por lo cual, muy turbado y afligido por lo sucedido, comencé a pensar conmigo mismo qué era lo mejor que podía hacerse, tanto para el alma del que ya moría como para edificación y ejemplo de los que aún vivían. Al fin mandé llamar a Precioso, prior del Monasterio, y le di este encargo: "Mirad —dije—, que ninguno de nuestros monjes visite a Justo en esta su extrema necesidad, ni le dé consuelo alguno; y cuando se acerque su última hora y desee la presencia de sus hermanos espirituales, que su hermano carnal le diga que todos lo detestan por las tres coronas que había escondido; para que, al menos antes de morir, el dolor le hiera el corazón y lo purgue del pecado cometido; y cuando haya muerto, no sea su cuerpo sepultado entre los demás monjes, sino hacedle una sepultura en algún muladar u otro lugar, y echadlo allí junto con las tres coronas que dejó, gritando todos a una voz: 'Tu dinero sea contigo para perdición'; y así echadle tierra encima." En ambas cosas mi intención y deseo era, por una parte, ayudar al que dejaba el mundo, y por otra, edificar a los monjes que aún quedaban; para que el dolor de la muerte lo hiciera perdonable de su pecado, y sentencia tan severa contra la avaricia los atemorizase y preservase de semejante falta; y ambas cosas, por la bondad de Dios, sucedieron conforme a lo deseado. Pues cuando el dicho monje llegó a la muerte, y con ansia deseaba ser encomendado a las devociones de sus hermanos, ninguno de ellos lo visitaba ni le hablaba siquiera; su hermano Copioso le dijo por qué causa todos lo habían abandonado; al oírlo, al punto suspiró por su pecado, y en aquel dolor dio su espíritu. Y después de su muerte, fue sepultado de aquella manera, como yo lo había mandado; con lo cual todos los monjes quedaron tan atemorizados, que comenzaron cada uno a buscar las cosas más pequeñas y viles de sus celdas, y las que según la Regla podían lícitamente guardar; y temían mucho no tener algo por lo cual pudieran ser reprendidos.
    A los treinta días de su tránsito, comencé a compadecerme de él y a pensar con gran dolor en su castigo y en qué medios había para ayudarle; por lo cual llamé de nuevo a Precioso, prior de mi Monasterio, y con corazón apesadumbrado le hablé así: "Ya hace buen tiempo que nuestro hermano difunto permanece en los tormentos del fuego, y por tanto debemos mostrarle alguna caridad y trabajar cuanto podamos para procurar su liberación; id, pues, y haced que durante los treinta días siguientes se ofrezca sacrificio por él, de modo que no pase un solo día en que no se ofrezca por su absolución y descargo el saludable sacrificio." Él partió al instante y puso en ejecución mi mandato. Entre tanto, ocupada mi mente en otros asuntos, de modo que no atendía a cómo pasaban los días, una noche el mismo monje que había muerto apareció a su hermano Copioso; quien, al verlo, le preguntó por su estado de esta manera: "¿Qué hay, hermano? ¿Cómo te va?" A lo que él respondió así: "Hasta ahora he estado mal, pero ahora estoy bien; porque hoy he recibido la comunión." Con esta noticia, Copioso, viniendo al punto al Monasterio, lo contó a los monjes; y ellos, contando diligentemente los días, hallaron que era aquel en que se había ofrecido el trigésimo sacrificio por su alma. Y así, aunque ni Copioso sabía lo que los monjes habían hecho por él, ni ellos lo que él había visto acerca del estado de su hermano, a un mismo tiempo supo él lo que ellos habían hecho y ellos lo que él había visto; y concordando el sacrificio y la visión, fue evidente que el monje difunto había sido librado de sus penas por el santo sacrificio.
    PEDRO. Las cosas que contáis son en extremo maravillosas, y sin embargo llenas de gozo y consuelo.

    Capítulo cincuenta y seis

    de la vida y del tránsito del obispo Casio.

    IV, 56

    GREGORIO. Y para que no pongamos en duda ni cuestionemos lo que cuentan los muertos, tenemos, para confirmación de lo mismo, los hechos de los vivos. Pues Casio, obispo de Narni, varón de santa vida, que solía ofrecer cada día sacrificio a Dios (y mientras estaba en los misterios de aquellos sacrificios, se inmolaba también a sí mismo en lágrimas), recibió de nuestro Señor este mensaje por medio de uno de sus sacerdotes: "Haz lo que haces; obra lo que obras; no cese tu pie, no cese tu mano; en la natividad de los Apóstoles vendrás a mí, y yo te daré tu recompensa." Y así, siete años después, en aquel mismo día de los Apóstoles, después de haber terminado la solemnidad de la misa y recibido los misterios de la sagrada comunión, partió de esta vida.

    Capítulo cincuenta y siete

    de uno que fue apresado por sus enemigos y puesto en prisión, cuyos hierros se le cayeron al tiempo del sacrificio; y de un tal Baraca, marinero, que fue librado de ahogarse por el santo sacrificio.

    IV, 57

    Aquello también que he oído es conocido de muchos, a saber, cómo uno fue apresado por sus enemigos y puesto en prisión con hierros; por él su mujer hizo ofrecer sacrificio en ciertos días; y él, mucho tiempo después, volviendo a casa con su mujer, le dijo en qué días se le caían los grillos; y por su relación ella halló que era en aquellos mismos días en que se había ofrecido sacrificio por él. Con otra cosa semejante, que sucedió hace siete años, se confirma la misma verdad. Pues cuando Agato, obispo de Palermo (como muchos varones fieles y religiosos me han contado y aún me cuentan), fue, en tiempo de mi predecesor de bendita memoria, mandado venir a Roma, y en su viaje cayó en tal tempestad en el mar que desesperó de llegar jamás a tierra, el marinero de la nave, llamado Baraca (que ahora es uno del clero y sirve en la misma iglesia), gobernaba otra pequeña embarcación atada a la popa de la nave principal; y rompiéndose la soga en pedazos, se fue con hombre y todo, y entre las enormes montañas de agua desapareció al instante de la vista. La nave en que iba el obispo, después de muchos y grandes peligros, llegó al fin, maltratada por el temporal, a la isla de Ostica; y pasados tres días, sin que el obispo pudiera tener noticia alguna del marinero que tan violentamente había sido arrebatado por la tormenta, ni verlo en parte alguna del mar, se entristeció mucho y creyó de veras que se había ahogado; y así, por gran caridad, le otorgó en vida lo que no le era debido hasta después de muerto; pues mandó que se ofreciese a Dios Todopoderoso el sacrificio de la saludable oblación por la absolución de su alma. Hecho esto, y aparejada de nuevo la nave, partió para Italia, donde, llegando a Portua, halló vivo al marinero, a quien verdaderamente suponía ahogado; con cuya inesperada buena suerte se alegró mucho y le preguntó cómo era posible que hubiera escapado tantos días en tan gran peligro y tan terrible tempestad. Él le contó cómo en aquella tormenta fue zarandeado con la pequeña embarcación que gobernaba, y cómo nadaba con ella llena de agua; y cuantas veces se volcaba, cómo subía a la quilla y allí se asía fuertemente; añadiendo también que, esforzándose y trabajando así continuamente día y noche, al fin, con la vigilia y el hambre, comenzaron a faltarle las fuerzas; y entonces contó cómo, por la singular providencia y misericordia de Dios, fue preservado de ahogarse; pues como aún hoy lo afirma, así lo verificó entonces al obispo, diciéndole de esta manera: "Mientras yo —dijo— me esforzaba y trabajaba en el mar, y comenzaban a faltarme las fuerzas, de repente me sentí tan torpe de mente que me parecía no estar ni despierto ni dormido; y estando en tal estado en medio del mar, vi venir a uno que me traía pan para refrescar mi fatigado cuerpo; y apenas lo hube comido, recobré las fuerzas; y no mucho después, una nave que pasaba me recogió, y así fui librado de aquel peligro de muerte y puesto a salvo en tierra." El obispo, oyendo esto, preguntó en qué día había sucedido cosa tan extraña, y halló por su relación que fue aquel mismo día en que el sacerdote en la isla de Ostica había ofrecido por él a Dios la hostia de la santa oblación.
    PEDRO. Lo que contáis, yo también lo oí estando en Sicilia.
    GREGORIO. Yo, por mi parte, creo verdaderamente que la razón por la cual, por providencia de Dios, esto sucede tan manifiestamente a los que viven y no piensan en ello, es para que todos sepan que, si sus pecados no son irremisibles, pueden después de la muerte alcanzar perdón y absolución de ellos por la oblación del santo sacrificio. Mas aquí hemos de notar que el santo sacrificio aprovecha después de la muerte a aquella clase de personas que en vida alcanzaron que las buenas obras hechas por sus amigos pudieran aprovechar a sus almas después de salir de este mundo.

    Capítulo cincuenta y ocho

    de la virtud y del misterio del santo sacrificio.

    IV, 58

    Y aquí también hemos de considerar diligentemente que es mucho más seguro y saludable que cada hombre haga por sí mismo, mientras aún vive, aquello que desea que otros hagan por él después de su muerte. Pues mucho más bienaventurado es partir libre de este mundo, que estando en prisión buscar la libertad; y por eso la razón nos enseña que debemos despreciar con toda el alma este mundo presente, al menos porque vemos que ya se ha ido y pasado; y ofrecer a Dios el sacrificio diario de las lágrimas y el sacrificio diario de su cuerpo y de su sangre. Porque este sacrificio salva especialmente nuestras almas de la condenación eterna, el cual en el misterio renueva en nosotros la muerte del Hijo de Dios; quien, aunque resucitado de la muerte, ya no muere más, ni la muerte tendrá ya dominio sobre él, sino que, viviendo en sí mismo inmortalmente y sin corrupción alguna, es de nuevo sacrificado por nosotros en este misterio de la santa oblación; pues allí su cuerpo es recibido, allí su carne es distribuida para la salvación del pueblo; allí su sangre no es derramada ya entre las manos de los infieles, sino vertida en las bocas de los fieles. Por lo cual meditemos por esto qué clase de sacrificio es este, ordenado para nosotros, que para nuestra absolución representa siempre la pasión del unigénito Hijo de Dios; pues ¿qué cristiano rectamente creyente puede dudar de que, en la hora misma del sacrificio, a las palabras del Sacerdote, los cielos se abren y los coros de los ángeles están presentes en aquel misterio de Jesucristo; que lo alto se acompaña con lo bajo, y lo terreno se une a lo celestial, y que una sola cosa se hace de lo visible y de lo invisible?

    Capítulo cincuenta y nueve

    cómo debemos procurar la compunción del corazón en el tiempo de los santos misterios, y de la custodia de nuestra alma después de la contrición.

    IV, 59

    Pero es necesario que, cuando hacemos estas cosas, también nosotros, por la compunción del corazón, nos sacrifiquemos a Dios Todopoderoso; pues cuando celebramos el misterio de la pasión de nuestro Señor, debemos imitar lo que entonces hacemos; pues entonces será verdaderamente un sacrificio para nosotros ante Dios, si también nosotros nos ofrecemos a él en sacrificio. También hemos de ser cuidadosos, después de haber empleado algún tiempo en la oración, de mantener, en cuanto podamos por la gracia de Dios, la mente fija en él, de modo que ningún pensamiento vano nos haga caer en la disipación, ni entre en nuestro corazón alegría necia alguna; no sea que el alma, por causa de tales pensamientos pasajeros, pierda todo lo que ganó con la contrición anterior. Pues así Ana mereció alcanzar lo que pedía de la mano de Dios, porque después de sus lágrimas se conservó en la misma fuerza de su alma; pues de ella está escrito así: Y su semblante no se mudó ya a cosas diversas. Ella, por tanto, que no olvidó lo que deseaba, no fue privada del don que pedía.

    Capítulo sesenta

    que debemos perdonar a los demás sus pecados, para alcanzar la remisión de los nuestros.

    IV, 60

    También hemos de saber además que pide rectamente y de buena manera el perdón de su propio pecado aquel que perdona lo que se ha hecho contra él. Porque nuestra ofrenda no es recibida si antes no libramos nuestra alma de toda discordia y falta de caridad; pues dice nuestro Salvador: Si ofreces tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces, al venir, ofrecerás tu ofrenda. En lo cual hemos de considerar que, siendo todo pecado desatado por una ofrenda, cuán grave es el pecado de la discordia, por el cual no se recibe ofrenda alguna; y por tanto debemos, en alma y deseo, ir a nuestro prójimo aunque esté lejos y a muchas millas de distancia de nosotros, y allí humillarnos delante de él, y aplacarlo con humildad y buena voluntad cordial, a fin de que nuestro Creador, viendo el deseo de nuestra mente, nos perdone nuestro propio pecado, él que recibe una ofrenda por el pecado. Y el mismo Salvador nos enseña cómo aquel siervo que debía diez mil talentos, por la penitencia obtuvo de su Señor el perdón de aquella deuda; pero, porque no quiso perdonar a su consiervo cien denarios que le debía, se le volvió a exigir lo que antes le había sido perdonado. De cuyas palabras aprendemos que, si no perdonamos de corazón lo que se ha cometido contra nosotros, se nos vuelve a pedir aquello de lo que antes nos alegramos de haber alcanzado, por la penitencia, el perdón y la remisión.
    Por lo cual, mientras se nos da tiempo, mientras nuestro juez nos soporta, mientras aquel que examina nuestros pecados espera nuestra conversión y enmienda, ablandemos con lágrimas la dureza de nuestro corazón, y con caridad sincera amemos a nuestros prójimos; y entonces me atrevo a decirlo con valentía, que no tendremos necesidad alguna del santo sacrificio después de nuestra muerte, si antes de morir nos ofrecemos a nosotros mismos como sacrificio a Dios Todopoderoso.
    Aquí terminan los Diálogos de San Gregorio.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los Diálogos

    Según Gardner, los Diálogos fueron una de las lecturas más populares de la Edad Media y se tradujeron pronto a casi todas las lenguas europeas: al griego, por el papa Zacarías (741–752), y al anglosajón, hacia 890, por Werferth de Worcester a petición de Alfredo el Grande. Wikipedia confirma lo primero. Gardner añade que en el libro IV están «los primeros rudimentos» de la concepción medieval de los tres estados de las almas en el otro mundo, que su relato de un soldado que vio el más allá es prácticamente la primera de las visiones de Infierno, Purgatorio y Cielo que se multiplicarán hasta la Divina Comedia, y que Dante conocía bien los Diálogos (su Benito en la esfera de Saturno y la visión de la nada del mundo, dice, vienen de Gregorio). Y que los pintores italianos (Signorelli y Bazzi en Monte Oliveto Maggiore, Fra Filippo Lippi, Spinello Aretino en San Miniato) sacaron de sus páginas muchos temas.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la Regla pastoral, del mismo autor; la Vida de Antonio, el modelo de las vidas de monjes, y las Instituciones y Conferencias de Casiano, que Gardner cuenta entre los precursores de Benito.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el defecto conocido está en «La fuente y su traducción». No se ha cotejado con el latín, que la versión de 1608 vierte con la libertad de su época. Las fechas de Benito, de Escolástica y de Gregorio no coinciden entre Gardner y Wikipedia, y las notas lo dicen. Los hechos de las notas vienen de los artículos de Wikipedia citados; lo que Gregorio cuenta de los santos es lo que él dice haber oído de otros.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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