del alma de un cierto anacoreta.
IV, 9
Cierto religioso, y de gran crédito (en el tiempo en que yo vivía en el Monasterio), me contó que unos que navegaban de Sicilia a Roma, estando en medio del mar, vieron el alma de cierto siervo de Dios ser llevada al cielo, el cual había sido anacoreta en la región de Samnio. Desembarcando después en aquel mismo lugar, e informándose del caso, supieron que aquel santo varón había partido de esta vida aquel mismo día en que vieron su alma subir al cielo.
del tránsito del alma del abad Esperanza.
IV, 10
Mientras vivía aún en mi Monasterio, supe, por relación de un varón muy reverendo, cierta cosa que ahora os contaré. Había un venerable padre, llamado Esperanza, que había edificado una Abadía en un lugar llamado Cample, distante casi seis millas de la antigua ciudad de Nursia. A este hombre, Dios todopoderoso y misericordioso, mediante la aflicción temporal, lo preservó de la miseria eterna, y le dio grande gracia y quietud de ánimo; pues cuán entrañablemente lo amaba, aun en el mismo tiempo en que le enviaba la aflicción, se hizo después manifiesto al mundo, cuando tuvo a bien restituirle perfectamente su salud primera. Este hombre, pues, fue castigado por espacio de cuarenta años con una ceguera tan continua de sus ojos, que no podía siquiera ver luz alguna. Mas como nadie en la adversidad puede sostenerse sin la ayuda de la gracia de Dios, y a menos que el mismo padre misericordioso que envía el castigo dé también la paciencia, al punto su castigo de nuestros pecados los aumenta más por la impaciencia; y así sucede lastimosamente que nuestro pecado se hace mayor por aquello mismo por lo cual muy bien se habría podido esperar el fin de todo pecado. Dios, pues, viendo nuestra flaqueza, juntamente con la aflicción, por su dulce providencia nos guarda y preserva; y es en la corrección que envía a sus escogidos en este mundo tan justo con misericordia, que ellos lleguen a ser tales que después él pueda justamente mostrarles misericordia; y por tanto, aunque puso su cruz de ceguera sobre este venerable varón, no lo dejó destituido de luz interior; pues así como su cuerpo era atormentado con dolor, así, por la providencia del santo Espíritu de Dios, su alma era refrigerada con consuelo celestial.
Al fin, habiendo perseverado cuarenta años en este género de ceguera, nuestro buen Señor le devolvió la vista primera, dándole también a entender que había de dejar presto este mundo; y por tanto le amonestó a predicar la palabra de vida a todas las Abadías que había en sus alrededores; y que, pues él mismo había recibido la luz del cuerpo, fuese y les abriese la luz espiritual del alma. Él, obedeciendo al punto el mandato de Dios, visitó las dichas Abadías y les predicó aquellos preceptos de buena vida que antes él mismo había practicado en su conversación. Volviendo a los quince días a su propia Abadía, llamó a sus monjes, y en su presencia recibió el Sacramento del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor, y al punto comenzó con ellos los místicos himnos de los Salmos; después, entregándose con atención a la oración, mientras ellos continuaban cantando, dio su espíritu; y en aquel mismo instante todos los monjes vieron salir de su boca una paloma, que, volando a su vista por lo alto del oratorio, que estaba entonces abierto, subió al cielo. Y ciertamente es de creer que su alma, por divina providencia, apareció de aquella manera en semejanza de paloma, para que Dios todopoderoso mostrase con ello con cuán verdadero y sencillo corazón aquel santo varón le había servido siempre.
del tránsito del alma de un sacerdote, llamado Ursino.
IV, 11
Tampoco debo olvidar lo que el reverendo abad Esteban (que no hace mucho murió en esta ciudad, y a quien conocisteis muy bien) me contó que había sucedido en la misma provincia de Nursia. Pues dijo que en aquella comarca moraba un sacerdote, que en el temor de Dios gobernaba la iglesia a su cargo; y aunque, después de haber recibido las órdenes, seguía amando a su antigua esposa como a hermana, la evitaba sin embargo como a enemiga; y jamás permitía que ella se le acercase por ocasión alguna, absteniéndose por completo de todo trato de familiaridad. Porque es cosa propia de los santos privarse a menudo de aquellas cosas que son lícitas, para quedar más libres de las que son ilícitas; y por esto este varón, para no caer en pecado alguno, rehusaba enteramente todo servicio necesario y conveniente de manos de ella.
Cuando este reverendo varón hubo vivido largo tiempo en este mundo, el año cuadragésimo después de ser hecho sacerdote, por una grande y vehemente fiebre fue puesto en el último trance. Su antigua esposa, viéndolo tan consumido y tendido como si estuviese muerto, acercó su cabeza a él para ver si respiraba o no; lo cual percibiendo él, teniendo aún un poco de vida, se esforzó por hablar lo mejor que pudo, y con gran fervor de espíritu prorrumpió en estas palabras: "Apártate, mujer: aún queda un poco de fuego; quita la paja." Después que ella se fue, cobrando algo de fuerza, comenzó a gritar con gran alegría: "Bienvenidos, mis Señores, bienvenidos, mis Señores: ¿por qué os habéis dignado visitarme a mí, vuestro indigno siervo? Ya voy, ya voy: os doy gracias, os doy gracias." Y como repitiese a menudo estas y semejantes palabras, sus amigos presentes le preguntaron a quién hablaba; a lo que él, con cierta admiración, respondió: "¿Qué? ¿No veis aquí a los santos Apóstoles? ¿No veis a los principales de ellos, a San Pedro y a San Pablo?" Y volviéndose de nuevo hacia ellos, dijo: "He aquí que voy, he aquí que voy"; y al decir estas palabras, dio su dichoso espíritu. Y que verdaderamente vio a los santos Apóstoles lo testificó con aquella su partida en compañía de ellos. Y así sucede a menudo, por la dulce providencia de Dios, que los buenos en su muerte ven a sus Santos ir delante de ellos y mostrarles, por así decirlo, el camino, para que no teman los dolores de ella; y para que, mientras sus almas ven a los Santos en el cielo, sean libradas de la prisión de este cuerpo sin temor ni dolor alguno.
del alma de Probo, obispo de la ciudad de Reati.
IV, 12
En relación con esto, debo también contaros lo que el siervo de Dios, Probo (que ahora vive en esta ciudad en una abadía), me dio a entender acerca de un tío suyo, llamado también Probo, que fue obispo de la ciudad de Reati. Porque me dijo que, hallándose gravemente enfermo y en gran extremo de muerte, su padre, llamado Máximo, mandó llamar a muchos médicos para ver si con su ciencia podía de algún modo ser socorrido; los cuales todos, al tomarle el pulso, sentenciaron que moriría pronto. Llegada la hora de comer, y estando ya el día algo avanzado, el venerable obispo, más solícito de la salud de ellos que de la suya propia, les rogó que subieran con su anciano padre a la parte alta de su palacio, y que después de su gran trabajo se repararan con una pobre comida. Por lo cual todos subieron, y ninguno quedó con él sino un muchachito, que, como dice Probo, aún vive. El muchachito, estando junto a su cama, vio de pronto entrar a ciertos hombres vestidos con estolas blancas, cuyos rostros eran mucho más hermosos y resplandecientes que la blancura de sus vestiduras; por lo cual, asombrado y atemorizado, comenzó a gritar y a preguntar quiénes eran. A aquel ruido, el obispo, alzando la vista, los vio entrar y los reconoció; y entonces consoló al muchachito, mandándole que no gritara ni temiera, diciendo que eran los santos mártires San Juvenal y San Eleuterio, que venían a visitarle. Pero el niño, no acostumbrado a tales extrañas visiones, huyó por las puertas tan aprisa como pudo, llevando la noticia a su padre y a los médicos; los cuales, bajando a toda prisa, hallaron que el obispo había partido de esta vida; porque aquellos santos, cuya vista el niño no pudo soportar, habían llevado su alma en su compañía.
de la muerte de una monja llamada Gala.
IV, 13
Tampoco callaré lo que recibí por relación de personas graves y de buen crédito. En tiempo de los godos, una honrada doncella llamada Gala, hija del cónsul Símaco, fue dada en matrimonio; y su marido, antes de cumplirse el año, partió de esta vida. Y aunque la abundancia de riquezas y sus pocos años eran grandes incentivos para un segundo matrimonio, prefirió casarse espiritualmente con Dios, en lo cual, después del llanto, se sigue gozo eterno, antes que sujetarse de nuevo al matrimonio carnal, que siempre comienza con alegría y al fin termina en tristeza. Mas como tenía el color muy encendido, los médicos le dijeron que, si no se casaba de nuevo, por la abundancia de calor, contra lo natural, le crecería barba como a los hombres; lo cual después sucedió así en verdad; pero la santa mujer poco caso hizo de la deformidad exterior, pues interiormente su alma estaba enamorada de la hermosura del esposo celestial; y no temió que se volviera feo aquello que sabía que su celestial esposo en nada amaba. Por lo cual, en cuanto murió su marido, dejando el hábito y atavío seglar, se consagró al servicio de Dios en aquel monasterio de monjas que está junto a la iglesia del bienaventurado apóstol San Pedro; donde vivió por espacio de muchos años en oración y sencillez de corazón, y repartió limosnas abundantemente entre los necesitados y pobres. Al fin, cuando Dios Todopoderoso determinó darle el galardón eterno, le envió un cáncer en uno de sus pechos. Solía tener de noche dos velas ardiendo delante de su lecho; porque, amando la luz, no sólo aborrecía las tinieblas espirituales, sino también las corporales. Una noche, estando muy afligida por esta su dolencia, vio a San Pedro en pie delante de su cama, entre los dos candeleros; y no teniendo miedo, sino alegría, dándole ánimo el amor, le habló así: "¿Cómo es, Señor mío? ¿Qué? ¿Me son perdonados mis pecados?"; a lo cual él, con graciosísimo semblante, inclinando un poco la cabeza, dijo: "Tus pecados te son perdonados; ven y sígueme." Mas como había otra monja en el monasterio a quien Gala amaba más que a las otras, al instante le suplicó que la hermana Benedicta pudiese ir con ella; a lo que él respondió que ella no podía ir entonces, pero que iría otra: "y en cuanto a esa," dijo, "a quien ahora pides, de aquí a treinta días te seguirá"; y dicho esto, desapareció de su vista. Después de su partida, ella al instante llamó a la madre del convento y le contó lo que había visto y oído; y al tercer día siguiente, ella y la otra antes mencionada partieron de esta vida; y aquella cuya compañía deseaba Gala, a los treinta días las siguió. El recuerdo de lo cual permanece aún fresco en aquel monasterio, de modo que las monjas que ahora viven allí, habiéndolo recibido por tradición de sus predecesoras, pueden contar cada pequeño detalle de ello, como si hubieran estado presentes en el tiempo en que sucedió el milagro.
del tránsito de un hombre pobre, enfermo de parálisis, llamado Servulo.
IV, 14
Aquí hemos de saber también que muchas veces, a la muerte de los siervos de Dios, se oye música celestial, para que, mientras prestan oído atento a aquella melodía, el alma no tenga tiempo de sentir cuando se separa del cuerpo. Porque recuerdo que en mis Homilías sobre el Evangelio conté cómo en aquel pórtico que está en el camino hacia la iglesia de San Clemente yacía cierto hombre llamado Servulo, de quien no dudo que también vosotros os acordáis; el cual, así como era pobre en bienes, era rico en méritos. Este hombre había estado mucho tiempo afligido por la enfermedad; pues desde la primera vez que lo conocí hasta la última hora de su vida, no recuerdo que dejara de estar enfermo de parálisis, y tan lastimosamente, que no podía tenerse en pie ni incorporarse en la cama; ni podía nunca llevar la mano a la boca ni volverse de un lado a otro. Su madre y sus hermanos le servían y atendían, y lo que recibía de limosna lo repartía por manos de ellos entre otros pobres. No sabía leer; con todo, compraba las Sagradas Escrituras, y con gran cuidado hacía que hombres religiosos a quienes hospedaba se las leyeran; por cuyo medio, según su capacidad, aunque, como he dicho, no conocía una letra del libro, aprendió plenamente la Sagrada Escritura. Con gran diligencia procuraba en su enfermedad dar siempre gracias a Dios, y día y noche alabar su santo nombre.
Cuando llegó el tiempo en que Dios determinó premiar esta su gran paciencia, el dolor del cuerpo hirió interiormente su corazón; y sintiéndolo él, y conociendo que su última hora no estaba lejos, llamó a todos los forasteros que se alojaban en su casa, rogándoles que cantaran himnos con él, para su despedida final y partida de esta vida; y mientras él mismo cantaba con ellos, de repente gritó en alta voz y les mandó callar, diciendo: "¿No oís la grande y maravillosa música que hay en el cielo?"; y así, mientras yacía escuchando interiormente aquella armonía divina, su santa alma partió de esta vida mortal; en cuyo momento todos los presentes sintieron un olor suavísimo y fragante, por el cual comprendieron cuán verdadero era lo que Servulo decía. Un monje mío, que aún vive, estaba entonces presente, y con muchas lágrimas suele contarnos que la suavidad de aquel olor nunca desapareció, sino que lo sintieron de continuo hasta la hora de su sepultura.
del tránsito de una monja llamada Rómula.
IV, 15
En las mismas Homilías recuerdo también haber contado cierta cosa que Especioso, mi compañero sacerdote, confirma asimismo ser verdadera. En el tiempo en que entré en religión, vivía en esta ciudad, cerca de la iglesia de nuestra bendita Señora, una anciana llamada Redenta, que vivía con el hábito de monja, discípula de aquella Hirundina, famosa por su virtud, que llevaba, según dicen, vida eremítica en los montes junto a la ciudad de Preneste. Esta dicha Redenta tenía dos discípulas, que vestían el mismo hábito que ella: una llamada Rómula, y el nombre de la otra, que aún vive, no puedo decirlo, aunque por vista la conozco muy bien. Estas tres juntas en una casita vivían una vida pobre, mas rica por la piedad y la virtud; y de estas dos, Rómula excedía con mucho a la otra en mérito de vida, pues era mujer de paciencia maravillosa, sumamente obediente, gran guardadora del silencio, y que con gran celo empleaba su tiempo en oración continua.
Mas porque a menudo sucede que aquellos a quienes el mundo juzga perfectos tienen todavía a los ojos de Dios Todopoderoso alguna imperfección —como muchas veces los ignorantes alaban sellos de armas por excelentemente bien grabados, y sin embargo el artífice experto los considera mejor y trabaja por hacerlos más perfectos—, esta dicha Rómula cayó en una parálisis tan lastimosa que tuvo que guardar cama; yacía allí privada casi del todo del uso de sus miembros; mas esta gran cruz no la arrastró a impaciencia alguna, sino que antes bien la enfermedad de su cuerpo fue la salud de su alma y la causa de su mayor crecimiento en la virtud; porque cuanto menos podía hacer en otras cosas, tanto más hacía en la oración y la devoción. Cierta noche llamó a Redenta —la cual, como dije, las había criado a ambas como hijas—, diciendo: "Ven, madre, ven, madre"; la cual al instante se levantó con su otra discípula, y, como yo mismo y muchos más lo hemos oído de sus propias bocas, estando hacia medianoche junto a su lecho, de pronto vino una luz del cielo que llenó toda aquella celda; y apareció una claridad tal, que a ambas las puso en maravilloso temor y, como ellas mismas contaron después, todo su cuerpo se enfrió, de tal modo que quedaron atónitas; porque oyeron un ruido como de muchos que entraban, y la puerta de la celda fue sacudida y empujada, como si hubiera una gran multitud de gente; y, como dijeron, oyeron entrar a una gran compañía, aunque no vieron a nadie, a causa del gran temor y de la mucha luz; pues el temor les hacía bajar los ojos, y el resplandor de tanta luz las deslumbraba de manera que no podían mirar nada. Inmediatamente después de aquella luz siguió un olor maravillosamente suave, que consoló mucho sus temerosos corazones. Rómula, advirtiendo que no podían soportar aquella abundancia de luz, consoló con dulces palabras a Redenta, que estaba temblando junto a su cama, diciendo: "No temas, madre, que no he de morir en esta ocasión"; y habiendo repetido muchas veces estas palabras, poco a poco se desvaneció la luz, mas el suave olor permaneció todavía, y así continuó tanto al día siguiente como al tercero. A la cuarta noche llamó de nuevo a su madre, y cuando hubo venido, deseó recibir el Sacramento, y así lo hizo; y he aquí que, antes de que Redenta o la otra discípula se apartasen de su cabecera, oyeron de pronto dos coros que cantaban delante de la puerta, fuera; y, como dijeron, por las voces conocieron que uno era de hombres, que comenzaban los salmos, y el otro de mujeres, que respondían; y mientras estas exequias celestiales se celebraban delante de la puerta de la celda, aquella santa alma partió de esta vida y fue llevada de aquel modo al cielo; y cuanto más alto subían aquellos dos coros, menos oían aquella música celestial, hasta que al fin no oyeron nada más; y además, aquel olor dulce y fragante que antes habían sentido se desvaneció del todo.
del tránsito de la santa virgen Tarsila.
IV, 16
Alguna vez también, para consuelo del alma que parte, se le aparece el mismo autor de la vida y premiador de toda virtud; en prueba de lo cual referiré aquí lo que recuerdo haber dicho también en mis Homilías, acerca de mi tía Tarsila; la cual, en compañía de otras dos hermanas suyas, por la perseverancia en la oración, la gravedad de vida y la singular abstinencia, había llegado a la cumbre de la perfección. A esta mujer se le apareció en visión Félix, mi bisabuelo, en otro tiempo obispo de esta sede de Roma, y le mostró la morada de la luz eterna, diciéndole así: "Ven conmigo, y yo te acogeré en esta morada de luz." Poco después, acometida de calentura, fue llevada al último extremo; y así como cuando mueren nobles varones y mujeres, muchos los visitan para consuelo de sus amigos, así a la hora de su tránsito habían venido diversos hombres y mujeres, que estaban alrededor de su lecho; en ese momento, alzando de pronto los ojos, vio venir a nuestro Salvador; y, mirándolo con atención, gritó a los presentes: "Apartaos, apartaos, que mi Salvador Jesús ha venido"; y así, fijos los ojos en aquel a quien veía, su santa alma partió de esta vida; y siguió un olor fragante tan maravilloso, que su suavidad dio claro testimonio de que el autor de toda suavidad estaba allí presente. Después, cuando su cuerpo muerto, según la costumbre, fue preparado para ser lavado, hallaron que, por la larga costumbre de la oración, la piel de sus brazos y de sus rodillas se había vuelto dura como la de un camello; y así su cuerpo muerto dio suficiente testimonio de lo que su espíritu vivo había practicado de continuo.
del tránsito de una joven doncella llamada Musa.
IV, 17
Tampoco debe olvidarse lo que el siervo de Dios antes mencionado, llamado Probo, solía contar de una hermanita suya, llamada Musa; pues decía que una noche nuestra bendita Señora se le apareció en visión, mostrándole varias doncellas de su misma edad, vestidas todas de blanco; y como ella deseaba mucho su compañía, pero no se atrevía a ir entre ellas, la bienaventurada Virgen le preguntó si tenía deseo de quedarse con ellas y vivir a su servicio; a lo que respondió que de buena gana lo haría. Entonces nuestra bendita Señora le encargó que no se comportara con ligereza, ni viviera ya como niña, que se abstuviera también de reír y de los juegos, diciéndole que después de treinta días sería admitida a su servicio entre aquellas vírgenes que veía. Después de esta visión, la joven abandonó toda su conducta anterior y con gran gravedad corrigió la ligereza de sus años infantiles; lo cual advirtiendo sus padres, y preguntándole de dónde procedía aquel cambio, ella les contó lo que la bendita Madre de Dios le había mandado y el día en que había de ir a su servicio. Veinticinco días después cayó enferma de calentura; y al trigésimo día, llegada la hora de su tránsito, vio a nuestra bendita Señora, acompañada de aquellas vírgenes que antes en visión había visto venir hacia ella; y, siendo llamada a partir, respondió con los ojos modestamente bajos y dijo muy distintamente de esta manera: "He aquí, bendita Señora, que voy; he aquí, bendita Señora, que voy"; al pronunciar estas palabras dio su espíritu, y su alma partió de su cuerpo virginal para morar para siempre con las santas vírgenes en el cielo.
PEDRO. Viendo que el género humano está sujeto a muchos e innumerables vicios, pienso que la mayor parte del cielo está llena de niños pequeños e infantes.
de cómo ciertos niños pequeños son apartados del cielo por la mala educación de sus padres: como se muestra en el ejemplo de un joven blasfemo.
IV, 18
GREGORIO. Aunque no debemos dudar, sino creer que todos los infantes que son bautizados y mueren en su infancia van al cielo; sin embargo, no es punto de nuestra creencia que todos los pequeñuelos que pueden hablar lleguen a aquel lugar santo: porque algunos niños pequeños son apartados del cielo por sus padres, que los educan malvadamente y en vida deshonesta. Pues cierto hombre de esta ciudad, bien conocido de todos, hace unos tres años tenía un hijo, según creo de cinco años, al cual, por demasiado afecto carnal, criaba muy descuidadamente: de tal manera que el pequeñuelo (cosa lamentable de decir) tan pronto como algo le contrariaba, acostumbraba al punto blasfemar el nombre de Dios.
Este niño, en aquella gran mortandad que aconteció hace tres años, cayó enfermo y llegó al trance de la muerte; y teniéndole su padre entonces en sus brazos, el niño (según dicen los que estaban presentes) vio con ojos temblorosos venir hacia él ciertos espíritus malignos; ante tal vista comenzó a gritar de esta manera: "Apártalos, padre, apártalos"; y gritando así, volvió el rostro y quiso esconderse en el seno de su padre; el cual, preguntándole por qué tenía tanto miedo y qué veía: "Oh padre —dijo—, ahí vienen unos negros a llevarme"; tras estas palabras blasfemó al punto de Dios, y así dio su espíritu. Pues para que Dios hiciera saber al mundo por qué pecado era entregado a tan terribles verdugos, permitió que en su misma muerte repitiera aquel pecado por el cual su padre, mientras vivía, no le había corregido; de suerte que aquel que por la paciencia de Dios había vivido largo tiempo como blasfemo, al fin, por su justo juicio, acabó su vida blasfemando, para que el padre conociera su propio pecado y también cómo, al descuidar el alma de su hijito, no alimentó y crió un pequeño pecador para el fuego del infierno. Mas ahora, dejando de hablar de este triste y melancólico asunto, prosigamos, como habíamos comenzado, nuestra anterior y gozosa narración.
del tránsito del varón de Dios llamado Esteban.
IV, 19
Por relación del mismo Probo y de otros hombres religiosos llegué al conocimiento de cosas que en mis Homilías conté a mis oyentes acerca del venerable padre Esteban. Pues era un hombre, como afirman Probo y muchos más, que no tenía riquezas en este mundo ni las deseaba, amando únicamente la pobreza por Dios; en la adversidad guardaba siempre paciencia; evitaba la compañía de los seglares; y su deseo era siempre orar y servir a Dios; del cual referiré aquí un excelente acto de virtud, para que por uno cada uno pueda ponderar en sí los muchos otros que igualmente hizo. Este hombre, pues, habiendo una vez llevado su trigo, que había segado con sus propias manos, al granero, que era la única hacienda con que él y sus discípulos habían de vivir todo el año: cierto malvado, aguijoneado por el diablo, le prendió fuego a todo; lo cual, advirtiéndolo otro, corrió a toda prisa y lo contó al siervo de Dios; y después de dar su recado, añadió estas palabras, diciendo: "¡Ay, ay, padre Esteban, qué desgracia os ha acontecido!" A quien al punto, con rostro apacible y ánimo sosegado, respondió: "No, antes qué desgracia y miseria ha acontecido al que ha hecho esto; porque a mí, ¿qué me ha sucedido?" Por cuyas palabras suyas se ve a qué gran perfección había llegado, pues tomaba tan sosegadamente la pérdida de toda su hacienda terrena, y sentía más el pecado del otro que su propia pérdida; y pensaba más en lo que su prójimo había perdido interiormente en el alma, que en lo que él mismo había perdido exteriormente en sus bienes. Estando este hombre en su lecho de muerte, muchos vinieron a visitarle y a encomendar sus almas a la suya, que ya dejaba este mundo; y estando alrededor de su lecho, algunos de ellos vieron entrar Ángeles, pero no pudieron decírselo a los demás presentes; otros hubo que nada vieron, pero cayó sobre todos tan gran temor, que ninguno pudo soportar permanecer en aquel lugar cuando su alma salió del cuerpo: y por tanto todos, aterrados y poseídos enteramente de miedo, huyeron; por lo cual comprendieron de cuánto poder era aquel que recibía su alma al salir de este mundo: pues en aquel momento ninguna criatura mortal podía soportar hallarse presente.
de cómo a veces el mérito del alma no se declara tan verdaderamente en el tiempo del tránsito como después.
IV, 20
Mas aquí hemos de entender que a veces el mérito del alma no se conoce tan verdaderamente en el tiempo del tránsito como después; y por eso diversos santos mártires padecieron muchos y grandes tormentos a manos de los infieles, los cuales, después, en sus huesos muertos, fueron famosos por señales y milagros, como antes se ha notado.
de los dos monjes del Abad Valentino.
IV, 21
Pues el virtuoso varón Valentino, que después, como sabéis, fue en esta ciudad Abad de mi Monasterio, habiendo tenido antes en la provincia de Valeria el gobierno de otra Abadía: en la cual, según me contó, entraron los crueles lombardos y colgaron de un árbol a dos de sus monjes, los cuales de aquella manera acabaron su vida. Al llegar la tarde, las almas de ambos comenzaron en aquel lugar a cantar tan clara y distintamente, que los mismos que los habían matado, oyendo aquella música, se llenaron de asombro y temor. Todos los prisioneros que allí se hallaban presentes lo oyeron también, y después dieron testimonio de ello; esta extraña melodía quiso la providencia de Dios que se conociera, a fin de que los hombres mortales que aún viven en la tierra aprendieran con ello que, si le sirven fielmente en este mundo, después de la muerte verdaderamente vivirán con él en el mundo venidero.
del tránsito del abad Surano.
IV, 22
En el tiempo en que yo aún vivía en el Monasterio, entendí por relación de ciertos hombres religiosos que en tiempo de los lombardos, en esta misma provincia llamada Sura y no lejos de aquí, había un santo Abad llamado Surano, el cual dio a ciertos prisioneros que habían escapado de sus manos todas las cosas que tenía en su Monasterio; y cuando hubo repartido en limosna todos sus propios vestidos y cuanto pudo hallar, ya en las celdas de los monjes ya en los corrales, y no quedó nada: de repente llegaron allí los lombardos, le hicieron prisionero y le preguntaron dónde estaba su oro; y como les dijese que no tenía nada, le llevaron a una colina cercana, donde había un bosque muy grande en el cual cierto prisionero que había huido de ellos se había escondido en un árbol hueco. Allí uno de los lombardos, desenvainando su espada, mató al dicho venerable Abad, cuyo cuerpo, al caer a tierra, hizo que de repente toda la colina juntamente con el bosque temblase, como si la tierra con aquel temblor hubiese dicho que no podía soportar el peso de su santidad y virtud.
del tránsito de un Diácono perteneciente a la iglesia de los Marsos.
IV, 23
Había también otro Diácono en la provincia de los Marsos, varón de santa vida, a quien los lombardos habían apresado, y uno de ellos con su espada le había cortado la cabeza. Pero al caer su cuerpo a tierra, el que le mató fue poseído por un demonio, y cayó a los pies del santo varón, mostrando con ello que era entregado al enemigo de Dios, por haber matado tan cruelmente al amigo de Dios.
PEDRO. ¿Cuál es la razón, os lo ruego, de que Dios Todopoderoso permita que sean muertos aquellos a quienes después da a conocer al mundo como hombres santos y siervos suyos queridos?
de la muerte del varón de Dios que fue enviado a Betel.
IV, 24
GREGORIO. Puesto que hallamos escrito que, cualquiera que sea la muerte con que muera el justo, su justicia no le será quitada: ¿qué daño les viene a los escogidos siervos de Dios (que caminan sin duda por la vía de la vida eterna), si por poco tiempo tienen algún fin lastimoso? Y acaso procede de algún pecado pequeño suyo, que por tal género de muerte place a Dios que sea purgado. Y de aquí proviene que los réprobos reciban superioridad y poder sobre otros, los cuales en su muerte son tanto más castigados cuanto que usaron su cruel autoridad contra los siervos de Dios: como el dicho malvado y miserable hombre, a quien Dios no permitió triunfar sobre aquel venerable Diácono, aunque le permitió matar su cuerpo; lo cual que es verdad lo aprendemos también de las sagradas Escrituras. Pues aquel varón de Dios que fue enviado contra Samaria, porque contra el mandamiento de Dios comió en su camino, fue muerto por un león; y sin embargo en el mismo lugar leemos que el león se estuvo junto al asno del varón y no tocó su cuerpo muerto. Por lo cual entendemos que su pecado de desobediencia le fue perdonado con aquella muerte: porque el mismo león que no temió matarle, no se atrevió, empero, a tocar su cadáver; pues licencia tuvo para lo uno, pero no se le concedió permiso para lo otro, porque el que era culpable en su vida, castigado ya su pecado de desobediencia, era justo por su muerte; y por eso el león que antes mató el cuerpo de un pecador, conservó después el cadáver de un justo.
PEDRO. Vuestro discurso me agrada mucho; mas deseo saber si, antes de la resurrección, las almas de los justos entran en el reino de los cielos.
si las almas de los justos son recibidas en el cielo antes de la resurrección general de nuestros cuerpos.
IV, 25
GREGORIO. Esta cosa, hablando en general de todos los justos, no puede afirmarse ni negarse: pues las almas de algunos justos, permaneciendo todavía en ciertas moradas, son diferidas del cielo; con cuya tardanza ¿qué otra cosa aprendemos, sino que les faltaba algo de perfecta justicia? Y sin embargo es más claro que el día que las almas de los que son perfectos, inmediatamente después de la muerte, poseen los gozos del cielo; cuya verdad nos asegura el mismo Cristo, cuando dice: Donde quiera que estuviere el cuerpo, allí se juntarán las águilas; pues donde nuestro Salvador está presente en cuerpo, allí, sin duda alguna, se congregan las almas de los justos; y San Pablo dice: Yo deseo ser disuelto y estar con Cristo. Por tanto, quien no duda que Cristo está en el cielo, ¿cómo puede dudar que el alma de San Pablo está en el mismo lugar? El cual Apóstol habla también de la disolución de su cuerpo y de su morada en el cielo con estas palabras: Sabemos que si esta casa terrestre de nuestra morada se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.
PEDRO. Si las almas de los justos están ya en el cielo, ¿qué recibirán entonces como premio de su virtuosa y justa vida en el día del juicio?
GREGORIO. Ahora sus almas están solamente en el cielo; en el día del juicio tendrán este aumento mayor de gozo, que sus cuerpos también serán partícipes de la bienaventuranza eterna, y recibirán en su carne el gozo en la cual, por Cristo, padecieron dolor y tormentos. Respecto de esta doble gloria suya, dice la Escritura: En su tierra poseerán cosas dobles; y está escrito de las almas de los justos que, antes del día de la resurrección: A cada uno de ellos se le dieron estolas blancas; y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completase el número de sus consiervos y hermanos., Ellos, pues, que ahora reciben una sola estola, en el día del juicio tendrán cada uno dos: porque ahora se gozan solamente por la felicidad de sus almas, mas entonces gozarán de la gloria sin fin del cuerpo y del alma juntamente.
PEDRO. Concedo que es como decís; pero ¿cuál es, os lo ruego, la razón de que muchas veces los que están en su lecho de muerte profeticen y anuncien muchas cosas venideras?
De qué manera acontece que los que están en su lecho de muerte profeticen las cosas venideras: y de la muerte de cierto abogado: de lo que también fue revelado a los monjes Geroncio y Melito: de la muerte de un joven llamado Armentario, y de la diversidad de lenguas.
IV, 26
GREGORIO. A veces el alma misma, por razón de la naturaleza espiritual que tiene, prevé algo que ha de suceder; y a veces las almas, antes de su tránsito, llegan al conocimiento de las cosas futuras por revelación; y a veces también, cuando están a punto de dejar el cuerpo, por inspiración celestial penetran con sus ojos espirituales los secretos del cielo. Pues que el alma, por razón de la naturaleza espiritual que tiene, conoce las cosas venideras, es cierto por lo que aconteció a cierto abogado de esta ciudad, que murió hace dos días de un dolor en el costado. Pues poco antes de su muerte llamó a su criado para que le diese sus vestidos, a fin de levantarse y andar; el cual, creyendo que no sabía lo que decía, se negó a hacer lo que le mandaba. Entonces él se levantó, se vistió sus ropas y dijo que iría a la iglesia de San Sixto, que está en la vía Apia; y cuando no mucho después, arreciando su enfermedad, partió de esta vida, se determinó que su cuerpo fuese sepultado en la iglesia de San Jenaro mártir, que está en la vía llamada Prenestina. Mas porque los que tenían cuidado de su entierro pensaron que estaba demasiado lejos, de repente resolvieron tomar otro camino; y así, yendo con su cadáver por la vía Apia, sin saber lo que él había dicho, le sepultaron en aquella iglesia que antes había mencionado; y viendo que es bien sabido que era un hombre entregado al mundo y que buscaba ganancia terrena, ¿cómo podía saber aquello que aconteció, sino porque la fuerza y naturaleza espiritual de su alma previó lo que había de ser de su cuerpo?
Que también aquellos que están en su lecho de muerte muchas veces por revelación divina anuncian lo que ha de suceder después, podemos aprenderlo por cosas que han acontecido entre nosotros en diversas Abadías. Pues hace diez años había en mi Monasterio un monje llamado Geroncio, el cual, estando gravemente enfermo, vio en visión durante la noche a ciertos varones vestidos de blanco y hermosamente ataviados descender de lo alto al Monasterio, y estando junto a su lecho, uno de ellos dijo: "La causa de nuestra venida aquí es escoger a ciertos monjes de Gregorio, para enviarlos fuera a las guerras"; y al punto mandó a otro que escribiese en una cédula los nombres de Marcelo, Valentiniano, Agnello y otros diversos, cuyos nombres ahora he olvidado; hecho esto, dijo además: "Poned también el nombre del que ahora nos está mirando." Con esta visión, quedando asegurado de lo que había de acontecer, a la mañana siguiente dijo a los monjes quiénes eran los que presto habían de morir del Monasterio, añadiendo que él mismo había de seguirlos. Al día siguiente los dichos monjes cayeron más gravemente enfermos, y murieron todos en el mismo orden en que habían sido nombrados en la cédula. Finalmente, él mismo partió también de esta vida, quien había anunciado antes el tránsito de los otros monjes.
Igualmente, en aquella mortandad que hace tres años afligió lamentablemente a esta ciudad, había en el Monasterio de la ciudad de Puerto un joven monje llamado Melito, varón de admirable sencillez y humildad, cuyo último día, llegado, cayó gravemente enfermo de la enfermedad común; lo cual, cuando lo supo el venerable Félix, Obispo del mismo lugar (por cuya relación yo he aprendido esta historia), tuvo gran cuidado de visitarle y de consolarle con dulces palabras contra la muerte; añadiendo, no obstante, que por la gracia de Dios podría vivir largo tiempo en este mundo. A quien el enfermo respondió que su hora estaba cerca, diciendo que había venido a él un joven con unas cartas, mandándole que las abriese y leyese; lo cual, cuando hubo hecho, dijo que halló su propio nombre y todos los demás de los que, la Pascua anterior, habían sido bautizados por aquel Obispo, escritos con letras de oro; y primeramente dijo que halló su propio nombre, y después los demás de los que fueron bautizados en aquel tiempo; por lo cual no dudó de que tanto él como los demás partirían presto de esta vida, y así sucedió, pues murió aquel mismo día; y tras él siguieron todos los que antes habían sido bautizados, de suerte que, en el espacio de pocos días, no quedó ninguno de ellos con vida. De los cuales no cabe duda de que la razón por la que el dicho siervo de Dios los vio escritos en oro fue porque sus nombres estaban escritos en el cielo en la vista eterna de Dios. Y así como estos hombres, por revelación divina, conocieron y anunciaron las cosas venideras, así también a veces las almas, antes de su tránsito, no en sueños sino despiertas, pueden tener algún gusto de los misterios celestiales. Pues bien conocisteis a Amonio, monje de mi Monasterio, el cual, mientras vivió en hábito secular y estuvo casado con la hija de Valeriano, abogado de esta ciudad, seguía su negocio continua y diligentemente; por lo cual sabía todo cuanto se hacía en casa de su suegro. Este hombre me contó que, en aquella gran mortandad que aconteció en esta ciudad, en tiempo de aquel noble varón Narsés, había en casa del dicho Valeriano un muchacho llamado Armentario, que era muy sencillo y sumamente humilde; cuando, pues, aquella enfermedad mortal entró en casa de aquel abogado, el dicho muchacho cayó enfermo de ella y fue puesto en trance de muerte; el cual, cayendo de repente en éxtasis, y volviendo después en sí, hizo llamar a su amo, a quien dijo que había estado en el cielo y sabía quiénes eran los que habían de morir de su casa. "Fulano y fulano," dijo, "morirán; pero vos no temáis nada, porque en esta ocasión no moriréis. Y para que estéis seguro de que verdaderamente he estado en el cielo, he aquí que allí he recibido el don de hablar todas las lenguas; bien sabéis que soy ignorante de la lengua griega, y con todo hablaré griego, para que veáis si es verdad lo que digo." Entonces su amo habló griego, y él le respondió en aquella lengua, de modo que todos los presentes se maravillaron mucho. En la misma casa había un búlgaro, criado del dicho Narsés, el cual, traído a toda prisa al enfermo, le habló en lengua búlgara; y el muchacho, que había nacido y sido criado en Italia, le respondió en aquella lengua bárbara, como si hubiera nacido y sido criado en aquella tierra. Todos los que le oyeron hablar así se maravillaron mucho, y por experiencia de dos lenguas que sabían muy bien que antes él no conocía, no dudaron de las demás, aunque no pudieron hacer prueba de ellas. Después de esto vivió dos días, y al tercero, por qué secreto juicio de Dios nadie puede decirlo, desgarró y rasgó con sus dientes sus propias manos y brazos, y así partió de esta vida. Cuando hubo muerto, todos aquellos que antes había mencionado le siguieron presto; y además de ellos, ninguno murió en aquella casa en aquel tiempo.
PEDRO. Cosa muy terrible es que aquel que mereció tan grande gracia fuese castigado con una muerte tan lastimosa.
GREGORIO. ¿Quién es capaz de penetrar los secretos juicios de Dios? Por lo cual, aquellas cosas que en el examen divino no podemos comprender, más bien debemos temerlas que discutirlas con curiosidad.
de la muerte del conde Teofanio.
IV, 27
Y para continuar lo que ya hemos comenzado acerca del conocimiento profético de los que mueren, os contaré ahora lo que, estando yo en la ciudad de Centumcellis, supe por relación de muchos acerca de Teofanio, conde de aquel lugar. Porque era hombre de gran misericordia y compasión, y que hacía muchas buenas obras, pero especialmente se entregaba a la buena administración de su casa y a la hospitalidad. Verdad es que, atendiendo a los negocios de su condado, gastaba mucho tiempo en asuntos terrenos y mundanos, pero más por necesidad y deber que según su propio gusto y deseo, como después lo declaró su virtuoso fin. Pues cuando llegó la hora de su muerte, se levantó una gran tempestad, que amenazaba impedir las exequias; por lo cual su esposa, llorando lastimosamente, le preguntó de esta manera: "¿Qué haré? ¿O cómo os llevaremos a enterrar, siendo la tempestad tan terrible que nadie puede salir de casa?". A lo que él respondió así: "No lloréis, buena esposa, pues tan pronto como yo muera tendréis buen tiempo"; y dicho esto, dio su espíritu; y al instante el aire se aclaró, y cesó la tempestad. Tras este milagro siguieron uno o dos más. Pues aunque antes sus manos y pies estaban hinchados y llagados por la gota, y a causa de la mucha materia corrompida despedían mal olor: con todo, cuando murió, y su cuerpo fue lavado según costumbre, hallaron sus manos y pies tan sanos y enteros, como si jamás hubiesen padecido llagas semejantes. Cuatro días después de su sepultura, su esposa quiso que se cambiase la losa de mármol que estaba sobre él: lo cual hecho, salió del cuerpo una fragancia y un olor tan suave, como si, en lugar de gusanos, hubiesen brotado especias de aquella carne corrompida: de cosa tan extraña, cuando hice mención pública en mis Homilías, y ciertas personas incrédulas dudaron de ello: un día, estando yo sentado en compañía de diversos nobles, vinieron a mí aquellos mismos obreros que habían cambiado la losa, por asuntos propios: a los cuales, en presencia del clero, de la nobleza y del pueblo, examiné acerca de aquel milagro: y todos afirmaron ser certísimo, diciendo que fueron de manera extraña llenos de aquel suave olor; y añadieron también algunas otras cosas acerca de su sepulcro, que hacían el milagro mayor, las cuales, para no ser demasiado largo, quiero pasar en silencio.
PEDRO. Ya veo que mi pregunta anterior queda suficientemente satisfecha; mas queda otra que turba mi mente, y es que, habiendo vos afirmado antes que las almas de los santos varones que parten de esta vida están ya en el cielo, síguese por consecuencia que las almas de los malos están también en el infierno; y sin embargo ignoro si es así o no, porque la imaginación del hombre no puede concebir cómo las almas de los pecadores pueden ser atormentadas antes del día del juicio.
que así como creemos que las almas de los justos y perfectos están en el cielo, así también debemos creer que las almas de los malos, después de su salida del cuerpo, están en el infierno.
IV, 28
GREGORIO. Si por el testimonio de la Sagrada Escritura creéis que las almas de los santos y perfectos varones están en el cielo, por la misma razón debéis creer también que las almas de los malos están en el infierno; pues así como los justos se alegran y regocijan en la retribución de la justicia eterna, así es necesario que los malos, en esa misma justicia, sean afligidos y atormentados; porque así como la felicidad celestial alegra a los elegidos, así debemos creer que, desde el día de su tránsito, el fuego aflige y quema a los réprobos.
PEDRO. ¿Con qué razón podemos creer que el fuego corporal pueda contener y atormentar a una cosa incorpórea?
la razón por la cual debemos creer que el fuego corporal puede contener y atormentar a los espíritus que están sin cuerpo.
IV, 29
GREGORIO. Si un espíritu sin cuerpo puede ser contenido y guardado en el cuerpo de un hombre vivo, ¿por qué, de la misma manera, después de la muerte, no puede un espíritu incorpóreo ser contenido y guardado en el fuego corporal?
PEDRO. La razón por la cual un espíritu incorpóreo es guardado en el cuerpo de todo hombre vivo es porque vivifica y da vida al cuerpo.
GREGORIO. Si un espíritu incorpóreo, Pedro, puede ser guardado en aquello a lo que da vida, ¿por qué también, para castigo, no puede ser guardado allí donde continuamente muere? Y decimos que un espíritu es contenido por el fuego, a fin de que en su tormento sea castigado viendo y sintiendo: pues el alma, al ver el fuego, es afligida, y es quemada al verse quemada; y así sucede que una cosa corporal puede quemar lo que no tiene cuerpo, mientras un ardor y un dolor invisibles se sacan del fuego visible, y el alma incorpórea, por medio del fuego corporal, puede ser atormentada con una llama espiritual e incorpórea; aunque del Evangelio aprendemos también que el alma no solo es atormentada viendo el fuego, sino también sintiéndolo; porque el rico glotón, como dice nuestro Salvador, fue sepultado en el infierno. Y nos da a entender que su alma era guardada en el fuego, al contarnos cómo suplicaba a Abrahán, hablándole de esta manera: Envía a Lázaro, para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque soy atormentado en esta llama. Viendo, pues, que la misma Verdad nos asegura que el rico pecador fue condenado al fuego, ¿qué hombre sabio puede negar que las almas de los réprobos sean detenidas en el fuego?
PEDRO. Tanto la razón como el testimonio de la Escritura mueven mi mente a creer lo que decís; mas, cuando no pienso en ellos, vuelve de nuevo a su antigua opinión; porque ni veo ni puedo comprender cómo una cosa corporal puede contener y atormentar lo que es incorpóreo y sin cuerpo.
GREGORIO. Decidme, os ruego, ¿pensáis que aquellos ángeles que cayeron del cielo tienen cuerpo o no?
PEDRO. ¿Qué hombre que esté en su sano juicio dirá que tienen cuerpo alguno?
GREGORIO. ¿Y pensáis que el fuego del infierno es corporal o espiritual?
PEDRO. No dudo que es corporal, pues es certísimo que los cuerpos son quemados con él.
GREGORIO. Y tan cierto es que, en el día del juicio, nuestro Salvador dirá a los réprobos: Id al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles. Si, pues, el diablo y sus ángeles, aunque sin cuerpo, han de ser atormentados con fuego corporal, ¿qué maravilla es que las almas, después de su tránsito y antes de unirse de nuevo a sus cuerpos, puedan de la misma manera padecer tormentos corporales?
PEDRO. La razón que dais es muy clara, y por tanto ya no me turba la mente ninguna duda acerca de esta cuestión.