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  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo treinta y ocho
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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

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    Diálogos (con la Vida de san Benito)

    593 · Traducción castellana directa del inglés de «P. W.» (1608), edición de Gardner (1911)45 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 10 · Capítulo segundoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-02

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    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo cincuenta y nueve

    Capítulo segundo

    de San Juan, Papa.

    III, 2

    En tiempo de los godos, cuando el bienaventurado varón Juan, Obispo de esta iglesia de Roma, viajó al emperador Justiniano el mayor, llegó a la región de Corinto, donde le faltaba un caballo en que cabalgar: lo cual entendiendo cierto noble, le prestó aquel caballo que, por ser manso, su esposa usaba para su propia silla, con orden de que, cuando llegase adonde pudiera procurarse otro, se le devolviera el caballo de su esposa. Y así el Obispo cabalgó en él hasta llegar a cierto lugar donde consiguió otro, y entonces devolvió aquel que había tomado prestado. Pero después, cuando su esposa quiso volver a montarlo, como antes solía, de ninguna manera pudo hacerlo, porque el caballo, habiendo llevado a tan gran Obispo, no consentía que mujer alguna volviera a subir sobre su lomo; y por ello comenzó, con monstruosos bufidos, relinchos y continuo revolverse, como por escarnio, a mostrar que no podía soportar a mujer alguna, sobre el cual había cabalgado el mismo Papa: lo cual considerando prudentemente el marido, al punto se lo envió de nuevo al santo varón, rogándole que aceptase aquel caballo, que con su cabalgadura había consagrado a su propio servicio. Del mismo varón se refiere también otro milagro por nuestros antepasados, a saber: que en Constantinopla, cuando llegó a la puerta llamada Áurea, donde le salió al encuentro gran multitud de gente, en presencia de todos devolvió la vista a un ciego que al instante se la pedía; porque imponiéndole la mano, desterró aquella oscuridad que se había apoderado de sus ojos.

    Capítulo tercero

    de San Agapito, Papa.

    III, 3

    No mucho después, por asuntos relativos a los godos, el bienaventurado varón Agapito, Obispo de esta santa iglesia de Roma (en la cual, por providencia de Dios, ahora sirvo), fue al emperador Justiniano. Y, viajando por Grecia, le trajeron un hombre mudo y cojo para que le ayudase. El santo varón preguntó con esmero a sus parientes, que lo habían traído allí y estaban llorando, si creían que estaba en su poder curarlo; los cuales respondieron que firmemente esperaban que podría socorrerle por la virtud de Dios y la autoridad de San Pedro; a cuyas palabras, al punto, el venerable varón se puso en oración y, comenzando la misa solemne, ofreció el sacrificio en presencia de Dios Todopoderoso; terminada la cual, bajó del altar, tomó de la mano al cojo y al instante, en presencia y a la vista de todo el pueblo, le devolvió el uso de las piernas; y después de haberle puesto en la boca el cuerpo de nuestro Señor, se le soltó aquella lengua que por tanto tiempo no había hablado. Ante este milagro todos se maravillaron y comenzaron a llorar de gozo; y al punto el temor y la reverencia se apoderaron de sus mentes, viendo lo que Agapito podía en el poder de nuestro Señor, por la ayuda de San Pedro.

    Capítulo cuarto

    de Dacio, Obispo de Milán.

    III, 4

    En tiempo del mismo emperador, Dacio, Obispo de Milán, por asuntos de religión, viajó a Constantinopla. Y llegando a Corinto, buscó una casa grande que lo recibiese a él y a su compañía, y apenas pudo hallar alguna; al fin vio a lo lejos una hermosa y gran casa, la cual mandó que le preparasen; y cuando los habitantes de aquel lugar le dijeron que por muchos años estaba infestada por el demonio, y por eso permanecía vacía: "Tanto más pronto —dijo el venerable varón— debemos alojarnos en ella, si el maligno espíritu ha tomado posesión de ella y no sufre que los hombres habiten en ella." Por lo cual dio orden de que la dispusiesen; lo cual hecho, fue sin temor alguno a combatir con el viejo enemigo. En la vigilia de la noche, estando dormido el varón de Dios, el diablo comenzó, con gran ruido y enorme alboroto, a imitar el rugido de leones, el balido de ovejas, el rebuzno de asnos, el silbido de serpientes, el gruñido de cerdos y el chillido de ratas. Dacio, despertado de pronto con el ruido de tantas bestias, se levantó y, con gran ira, habló en voz alta a la antigua serpiente, y dijo: "Bien te está, criatura miserable: tú eres aquel que dijiste: Pondré mi trono en el norte y seré semejante al Altísimo: y ahora, por tu soberbia, mira cómo te has vuelto semejante a cerdos y ratas; y tú que querías a toda costa ser indignamente semejante a Dios, he aquí que ahora, según tus merecimientos, imitas a las bestias brutas." Ante estas palabras, la serpiente maligna quedó, como bien puedo decir, avergonzada de haber sido tan desgraciada y bajamente humillada, pues bien puedo decir que quedó avergonzada quien nunca más turbó aquella casa con tan terribles y monstruosas figuras como antes; porque desde entonces los hombres cristianos la habitaron; pues tan pronto como un hombre que era verdadero y fiel cristiano tomó posesión de ella, el espíritu mentiroso e infiel al punto la abandonó. Pero ahora dejaré de hablar de cosas hechas en tiempos pasados, y pasaré a los milagros que han acontecido en nuestros días.

    Capítulo quinto

    de Sabino, Obispo de Camisina.

    III, 5

    Ciertos varones religiosos, muy conocidos en la provincia de Apulia, refieren lo que muchos, de cerca y de lejos, saben ser muy cierto, y es acerca de Sabino, Obispo de Camisina: el cual, por su avanzada edad, se había vuelto tan ciego que nada veía. Y como el rey Totila, rey de los godos, oyese que tenía el don de profecía, y no lo quisiera creer, sino que deseaba probar si era así o no, sucedió que, llegando a aquellas partes, el varón de Dios lo convidó a cenar. Y traída la comida, el rey no quiso sentarse a la mesa, sino que se sentó a la derecha del venerable Sabino; y cuando el criado del Obispo le trajo, como solía, una copa de vino, el rey, disimuladamente, extendió la mano, tomó la copa y se la dio él mismo al Obispo, para probar si podía decir quién era el que le daba el vino. Entonces el varón de Dios, tomando la copa, pero sin ver al que se la entregaba, dijo: "Bendita sea esa mano." Ante estas palabras, el rey se sonrojó muy alegremente, porque, aunque había sido descubierto, halló en el varón de Dios aquel don que antes deseaba conocer. El mismo reverendo varón, para dar buen ejemplo de vida a los demás, vivió hasta ser muy anciano; lo cual en nada agradaba a su Arcediano, que deseaba su obispado; y por eso, por ambición, buscó cómo despacharlo con veneno, y con ese propósito corrompió a su copero, quien, vencido por el dinero, ofreció al Obispo, en la cena, aquel veneno en el vino que había recibido del Arcediano. El santo varón, sabiendo lo que traía, le ordenó que bebiera él mismo lo que le ofrecía. El miserable tembló ante estas palabras y, viendo descubierta su villanía, juzgó mejor beberlo y despacharse pronto, que con vergüenza sufrir tormentos por el pecado de tan horrible asesinato; pero al llevarse la copa a la boca, el varón de Dios se lo impidió, diciendo: "No lo tomes, dámelo, y yo mismo lo beberé; pero vete y di al que te lo dio que yo beberé el veneno, mas él nunca vivirá para ser Obispo"; y así, bendiciendo la copa con la señal de la cruz, la bebió sin daño alguno; en aquel mismo instante, el Arcediano, que se hallaba en otro lugar, partió de esta vida; como si aquel veneno hubiera pasado de la boca del Obispo a las entrañas de su Arcediano; pues aunque no tenía veneno corporal que lo matase, el veneno de su propia malicia lo destruyó ante la vista del Juez eterno.
    PEDRO. Cosas extrañas son estas, y muy de admirar en nuestros días; mas la vida del varón es tal, que quien conoce su santa conversación no tiene tanta razón para maravillarse del milagro.

    Capítulo sexto

    de Casio, Obispo de Narni.

    III, 6

    GREGORIO. Ni puedo yo, Pedro, pasar en silencio aquello que muchos de la ciudad de Narni, que aquí están presentes, afirman ser muy cierto. Pues en tiempo de los mismos godos, viniendo el susodicho rey Totila a Narni, Casio, varón venerable en la vida, Obispo de la misma ciudad, salió a su encuentro; y el rey lo despreció por completo, porque su rostro estaba muy encendido, pensando que no procedía de otra causa sino de la bebida. Mas Dios Todopoderoso, para mostrar cuán digno varón era despreciado, permitió que un maligno espíritu, ante todo su ejército, en los campos de Narni, donde el propio rey se hallaba, poseyera a uno de su guardia y lo atormentara cruelmente. Al punto fue traído al venerable varón Casio, en presencia del rey; quien, orando a Dios por él y haciendo la señal de la cruz, al instante arrojó al demonio, de modo que nunca más se atrevió a entrar otra vez en su cuerpo. Y de este modo sucedió que el rey bárbaro, desde aquel día en adelante, reverenció de corazón al siervo de Dios, a quien antes por su rostro había juzgado hombre de poca cuenta; pues viéndole ahora de tanto poder y virtud, abandonó los pensamientos soberbios que antes había concebido.

    Capítulo séptimo

    de Andrés, Obispo de Funda.

    III, 7

    Pero mientras me ocupo en contar los hechos de los santos varones, me viene a la memoria lo que Dios, por su gran misericordia, hizo por Andrés, Obispo de la ciudad de Funda: cuya notable historia deseo que todos lean, de modo que quienes se han consagrado a la continencia no presuman en modo alguno morar entre mujeres; no sea que, en tiempo de tentación, su alma perezca más pronto por tener a mano lo que ilícitamente se desea. Ni es dudosa o incierta la historia que refiero: pues pueden presentarse tantos testigos que confirmen su verdad cuantos casi son los habitantes de aquella ciudad. Cuando, pues, este venerable varón Andrés vivía virtuosamente, y con diligente cuidado, conforme a su función sacerdotal, llevaba una vida continente y casta, tenía en su casa a cierta monja, la cual también había estado con él antes de ser elevado a aquella dignidad; pues asegurándose de su propia continencia, y no dudando nada de la de ella, se contentó con dejarla permanecer en su casa: lo cual el diablo tomó como ocasión para asaltarle con la tentación; y así comenzó a presentar ante los ojos de su mente la figura de aquella mujer, para que con tales halagos tuviera su corazón del todo poseído de pensamientos impíos. Entre tanto sucedió que un judío viajaba de Campania a Roma, el cual, acercándose a la ciudad de Funda, fue sorprendido por la noche de tal modo que no sabía dónde albergarse, y por eso, no hallando mejor comodidad, se retiró a un templo del dios Apolo, que no estaba lejos, con intención de reposar allí; pero mucho temor tenía de acostarse en lugar tan malvado y sacrílego; por lo cual, aunque no creía lo que enseñamos de la cruz, juzgó bueno armarse con aquella señal. Hacia la medianoche, estando despierto por el gran temor de aquel templo desolado y desierto, y mirando de pronto a su alrededor, vio una tropa de espíritus malignos que caminaban delante de otro de mayor autoridad: el cual, entrando, ocupó su lugar y se sentó en el cuerpo del templo; allí comenzó a preguntar diligentemente a sus siervos cómo habían empleado su tiempo y qué maldades habían hecho en el mundo. Y cuando cada uno contó lo que había hecho contra los siervos de Dios, se adelantó un compañero e hizo solemne relación de una notable tentación de carnalidad que había puesto en la mente del Obispo Andrés, respecto de aquella monja que tenía en su palacio. Mientras el diablo maestro escuchaba atentamente, considerando cuán notable ganancia sería perder el alma de tan santo varón, el diablo que hablaba siguió con su relato, y dijo que la misma tarde anterior lo había asaltado tan fuertemente, que lo había llevado tan lejos, que alegremente golpeó a la dicha monja en la espalda. La malvada serpiente y antiguo enemigo del género humano, oyendo esta gozosa noticia, exhortó a su agente con muy buenas palabras a trabajar diligentemente para llevar a efecto aquello que tan bien había comenzado, para que por tan notable pieza de servicio, como era el tramar la ruina espiritual de aquel virtuoso prelado, pudiera tener una recompensa singular sobre todos sus compañeros. El judío, que todo este tiempo estaba despierto y oía todo lo que decían, tenía mucho miedo; al fin el diablo maestro envió a algunos de sus secuaces a ver quién era y cómo se atrevía a alojarse en su templo. Cuando llegaron y lo examinaron de cerca, hallaron que estaba marcado con la señal mística de la cruz; ante lo cual se maravillaron y dijeron: "Ay, ay, aquí hay un vaso vacío, mas está señalado"; cuyas noticias, al oírlas los demás canes del infierno, desaparecieron de repente. El judío, que había visto todo lo que pasaba entre ellos, se levantó al punto y a toda prisa fue al Obispo, a quien halló en la iglesia; y tomándolo aparte, le preguntó con qué tentación estaba atribulado; pero la vergüenza prevaleció tanto, que de ninguna manera quiso confesar la verdad. Entonces el judío replicó y le dijo que había puesto los ojos malvadamente en una de las siervas de Dios; mas el Obispo no quiso reconocer que hubiera tal cosa. "¿Por qué lo negáis —dijo el judío—, pues no es tan cierto que anoche fuisteis llevado tan lejos por la tentación pecaminosa, que la golpeasteis en la espalda?" Cuando el Obispo, por estos detalles, percibió que el asunto se había descubierto, confesó humildemente lo que antes negaba obstinadamente. Entonces el judío, movido a compasión por su alma y cuidando su crédito, le contó por qué medio había llegado a conocerlo y lo que había oído de él en aquella asamblea de espíritus malignos. El Obispo, oyendo esto, cayó postrado en tierra y se entregó a la oración; e inmediatamente despidió de su casa no solo a aquella monja, sino a todas las demás mujeres que la acompañaban. Y no mucho después convirtió el templo de Apolo en oratorio del bienaventurado Apóstol San Andrés; y nunca más fue turbado por aquella tentación carnal; y al judío, por cuyo medio fue tan misericordiosamente preservado, lo llevó a la salvación eterna: pues lo bautizó y lo hizo miembro de la santa Iglesia. Así, por providencia de Dios, el judío, teniendo cuidado de la salud espiritual de otro, alcanzó también para sí el singular beneficio de la misma; y Dios Todopoderoso, por el mismo medio, trajo a uno a abrazar la piedad y la virtud, con el cual preservó a otro en una vida santa y piadosa.
    PEDRO. Esta historia que he oído obra en mí temor, y con todo me da motivo de esperanza.
    GREGORIO. No está mal, Pedro, porque necesario es que confiemos en la misericordia de Dios y que, considerando nuestra propia flaqueza, temamos; pues acabamos de oír cómo uno de los cedros del Paraíso fue sacudido, y sin embargo no derribado, a fin de que, conociendo nuestra propia debilidad, temblemos por su sacudimiento y, con todo, concibamos esperanza, en cuanto no fue derribado, sino que permaneció firme en su puesto.

    Capítulo octavo

    de Constancio, Obispo de Aquinum.

    III, 8

    Constancio, asimismo varón de vida santa, fue Obispo de Aquinum, y murió no hace mucho, en tiempo del Papa Juan de bendita memoria, mi predecesor; muchos que lo conocieron familiarmente dicen que tenía el don de profecía. Y entre otras diversas cosas que hizo, refieren varones religiosos y honestos que allí se hallaron que, estando en su lecho de muerte, los ciudadanos que estaban a su alrededor lloraban amargamente y le preguntaban con lágrimas quién sería su padre y Obispo después de él. A los cuales, por el espíritu de profecía, respondió diciendo: "Después de Constancio, tendréis un arriero, y después de un arriero, un batanero; y estos hombres —dijo— están ahora en la ciudad de Aquinum"; y habiendo pronunciado estas palabras proféticas, dio su espíritu. Después de cuyo tránsito, un tal Andrés, su diácono, fue hecho Obispo; el cual en tiempos pasados había cuidado de mulas y caballos de posta. Y cuando murió, uno llamado Jovino fue elevado a aquella dignidad, el cual en tiempos anteriores había sido batanero en la misma ciudad; en cuyos días todos los ciudadanos quedaron tan consumidos, unos por la espada de los bárbaros y otros por una terrible peste, que después de su muerte ni pudo hallarse a nadie para hacer Obispo, ni tampoco pueblo alguno por cuya causa fuese creado. Y así se cumplió la palabra del varón de Dios, en que su iglesia, después de la muerte de los dos que le sucedieron, no tuvo Obispo alguno.

    Capítulo nueve

    de Frigidiano, obispo de Lucca.

    III, 9

    Pero no debo olvidar contaros lo que oí del venerable hombre Venancio, obispo de Luna, hace unos dos días: quien dijo que había, cerca de él, un hombre de rara virtud llamado Frigidiano, obispo de Lucca, que obró un extraño milagro, el cual, según dice, todos los habitantes de aquel lugar cuentan, y fue este. Junto a las murallas de la ciudad corre un río llamado Anser, que varias veces se hincha y desborda tanto sus orillas, que anega muchas fanegas de tierra y estropea mucho grano y fruto. Los habitantes, obligados por la necesidad, viendo que esto sucedía a menudo, intentaron por todos los medios posibles desviar la corriente a otro cauce: pero aunque emplearon mucho trabajo, no pudieron hacer que abandonara el antiguo canal. Entonces el varón de Dios, Frigidiano, hizo un pequeño rastrillo, y vino al río, donde a solas pasó algún tiempo en oración; y luego mandó al río que lo siguiera, y yendo delante, arrastró su rastrillo por los lugares que le pareció bien, y todo el río, abandonando el antiguo cauce, lo siguió, y guardó posesión de aquello que el santo varón con aquella señal de su rastrillo le había señalado: y así nunca más dañó ni el grano ni las otras cosas plantadas para sustento de los hombres.

    Capítulo diez

    de Sabino, obispo de Piacenza.

    III, 10

    El mismo Venancio me contó asimismo otro milagro, hecho, según dijo, en la ciudad de Piacenza, el cual un tal Juan, siervo de Dios y hombre de crédito que vive ahora aquí entre nosotros, y que nació y se crió en aquella ciudad, afirma también que es muy cierto. Porque en aquella ciudad de Piacenza, dicen que hubo un obispo de admirable virtud, llamado Sabino: el cual, entendiendo por uno de sus diáconos que el gran río Po se había desbordado y había inundado las tierras que pertenecían a la iglesia, y hecho mucho daño, le mandó que fuera al río y le entregara este mensaje de su parte: "El obispo te manda que te retires y te mantengas dentro de tus propios límites." Su diácono, oyendo estas palabras, despreció con escarnio ser empleado en semejante asunto. Entonces el varón de Dios, Sabino, mandó llamar a un notario, y le ordenó escribir estas palabras: "Sabino, siervo de nuestro Señor Jesucristo, envía amonestación al Po. Te mando, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no salgas de tu cauce, ni te atrevas más a dañar las tierras de la iglesia." Esta breve carta le ordenó al notario que escribiera, y cuando así lo hubo hecho, que fuera y la arrojara al río. El notario hizo como le mandó, y el río obedeció el precepto del santo varón, pues al instante se retiró de las tierras de la iglesia, volvió a su propio cauce, y nunca más se atrevió a inundar aquellos campos. Por este hecho, Pedro, la soberbia de los hombres desobedientes queda confundida, viendo que el mismo elemento sin sentido, en el nombre de Jesús, obedeció el mandato del santo varón.

    Capítulo once

    de Cerbonio, obispo de Populonia.

    III, 11

    Cerbonio, también varón de santa vida, obispo de Populonia, ha dado gran prueba en nuestro tiempo de su rara virtud. Porque siendo muy dado a la hospitalidad, cierto día dio alojamiento a diversos soldados, a los cuales, por temor de los godos (que pasaban también por su casa), sacó del camino, y así salvó sus vidas de aquellos malvados. Totila, su impío rey, teniendo noticia de ello, con gran furia y crueldad mandó que lo llevaran a un lugar llamado Merulis (a ocho millas de Populonia), donde permanecía con todo su ejército, y a la vista del pueblo lo arrojaran a osos salvajes para ser devorado. Y como el malvado rey quería estar presente él mismo, para contemplar al obispo despedazado, gran multitud de gente se reunió asimismo para ver aquel lastimoso espectáculo. El obispo fue sacado, y se proveyó un oso terrible, que de manera cruel despedazara su cuerpo, para satisfacer así la mente de aquel rey sanguinario. De su cueva fue soltada la bestia, la cual con gran furia y prisa se abalanzó sobre el obispo: pero de repente, olvidando toda crueldad, con el cuello inclinado y la cabeza humillada, comenzó a lamerle los pies: para dar a entender a todos que los hombres llevaban hacia el varón de Dios corazones de bestias, y las bestias como el corazón de un hombre. Ante este espectáculo, el pueblo, con gran griterío y exclamaciones, declaró cuánto admiraba al santo varón: y el propio rey se movió a tenerlo en gran reverencia: y así por la providencia de Dios sucedió que aquel que antes se negaba a obedecer y seguir a Dios salvando la vida del obispo, fue llevado a hacerlo por la mansedumbre milagrosa de un oso cruel. Muchos de los que entonces estuvieron presentes, y lo vieron, aún viven, y todos afirman que esto es muy cierto.
    Otro milagro concerniente al mismo hombre oí de Venancio, obispo de Luna, y fue este. Cerbonio tenía en la iglesia de Populonia una tumba preparada para sí mismo; pero cuando los lombardos invadieron Italia, y saquearon todo aquel país, se retiró a la isla de Elba. Donde cayendo gravemente enfermo, antes de su muerte mandó a sus capellanes que enterraran su cuerpo en la susodicha tumba de Populonia: y cuando le dijeron cuán difícil era aquello a causa de los lombardos, que eran señores del país y andaban merodeando por todas partes: "Llevadme allá," dijo, "con seguridad, y no temáis nada, sino enterradme a toda prisa, y hecho esto, salid lo más rápido que podáis." Para cumplir esta su voluntad proveyeron una nave, y partieron con su cuerpo hacia Populonia: en cuyo viaje cayó gran cantidad de lluvia, pero para que el mundo supiera qué cuerpo era transportado en aquella nave, en aquel espacio de doce millas que hay entre la isla y Populonia, una gran tormenta de lluvia cayó a ambos lados de la nave, pero ni una gota dentro. Cuando llegaron al lugar, enterraron su cuerpo, y, según su mandato, regresaron a su nave con toda prisa: y no bien estuvieron a bordo, cuando entró en la iglesia, donde el obispo estaba enterrado, un capitán muy cruel de los lombardos llamado Gunmar. Por cuya repentina llegada a aquel lugar, apareció claramente que el varón de Dios tenía espíritu de profecía, cuando les ordenó que con toda prisa partieran del lugar de su sepultura.

    Capítulo doce

    de Fulgencio, obispo de Otricoli.

    III, 12

    El mismo milagro que os conté acerca de la división de la lluvia sucedió asimismo para gran veneración de otro obispo. Porque cierto anciano sacerdote, que aún vive, estaba entonces presente cuando sucedió, y dice que Fulgencio, obispo de Otricoli, estaba en desgracia con aquel cruel tirano Totila: y por tanto, al pasar este por allí con su ejército, el obispo con cuidado, de antemano le envió por medio de sus capellanes ciertos presentes, para por ese medio, si fuera posible, mitigar su mente furiosa. Pero el tirano los despreció, y con gran furia mandó a sus soldados que ataran fuertemente al obispo, y lo guardaran seguro hasta haber oído su examen. Los despiadados godos ejecutaron su cruel mandato: y poniéndolo sobre un pedazo de tierra, hicieron un círculo a su alrededor, fuera del cual le ordenaron no mover el pie. Mientras el varón de Dios estaba allí en gran extremo de calor, rodeado por todas partes de aquellos godos, de repente cayó tal trueno y relámpago, y tanta lluvia, que sus guardianes no pudieron soportar aquella terrible tormenta: y aun así, ni una gota cayó dentro del círculo donde estaba el varón de Dios, Fulgencio. Cuya extraña noticia contada a aquel rey tiránico, su mente bárbara fue llevada a tenerlo en gran reverencia, cuyo tormento antes deseaba y tan cruelmente sed de su sangre. Así Dios Todopoderoso, para abatir las mentes altivas de los hombres carnales, obra milagros por medio de aquellos a quienes más desprecian: para que la verdad, saliendo de la boca de sus humildes siervos, someta a aquellos que por soberbia se ensalzan y levantan contra la doctrina de la verdad.

    Capítulo trece

    de Herculano, obispo de Perusa.

    III, 13

    No hace mucho, el virtuoso obispo Florido me contó un milagro notable, y fue este. "El gran santo varón," dijo, "Herculano, quien me crió, fue obispo de Perusa, elevado a esa dignidad desde el estado de monje: en cuyo tiempo el pérfido rey Totila la sitió durante siete años seguidos, y el hambre dentro fue tan grande que muchos de los ciudadanos abandonaron el lugar: y antes de que terminara el séptimo año, el ejército de los godos tomó la ciudad. El comandante de su campamento envió mensajeros a Totila, para saber su voluntad sobre qué debía hacer con el obispo y el resto de los ciudadanos: a quienes respondió que, desde la coronilla del obispo hasta su mismo pie, le cortaran una correa de piel, y hecho esto, que le cortaran la cabeza: y en cuanto al resto del pueblo, que los pasaran a todos a espada. Cuando recibió esta orden, mandó que llevaran al venerable obispo Herculano a las murallas, y allí le cortaran la cabeza, y cuando estuviera muerto, que le cortaran la piel desde la coronilla hasta el mismo pie, como si en verdad se hubiera sacado una correa de su cuerpo; después de este hecho bárbaro arrojaron su cadáver por encima de la muralla. Entonces algunos, por piedad, uniendo la cabeza al cuerpo, lo enterraron, junto con un niño que allí se halló muerto. Cuarenta días después, Totila proclamó que los habitantes que se habían ido volvieran sin temor alguno: aquellos que por extrema hambre habían partido regresaron a sus casas, y recordando la santa vida de su obispo, buscaron su cuerpo, para que, como merecía, fuera enterrado en la iglesia de San Pedro. Y cuando llegaron al lugar donde yacía, cavaron, y hallaron el cuerpo del niño que había sido enterrado con él, putrefacto y lleno de gusanos: pero el cuerpo del obispo estaba tan sano como si acabara de ser puesto en la tierra, y lo que es más de admirar, y merece mayor reverencia, su cabeza estaba tan firmemente unida a su cuerpo como si nunca hubiera sido cortada, ni aparecía señal alguna de su decapitación. Luego examinaron asimismo su espalda, por si también estaba entera y sana, y la hallaron tan perfecta y bien, como si jamás cuchillo alguno la hubiera tocado."
    PEDRO. ¿Quién no se maravillaría de tales milagros de los que están muertos: obrados, sin duda, para el bien espiritual de los vivos?

    Capítulo catorce

    del siervo de Dios, Isaac.

    III, 14

    GREGORIO. En el tiempo en que los godos invadieron Italia por primera vez, había, cerca de la ciudad de Spoleto, un varón virtuoso y santo llamado Isaac: que vivió casi hasta los últimos días de los godos, a quien muchos conocieron, y especialmente la santa virgen Gregoria, que ahora mora en esta ciudad, junto a la iglesia de la bienaventurada y perpetua Virgen María: la cual mujer, en sus años jóvenes, deseando vivir vida de monja, huyó a la iglesia del matrimonio ya acordado por sus amigos, y fue por este varón defendida: y así, por la providencia de Dios, obtuvo tener aquel hábito que tanto deseaba, y así, dejando a su esposo en la tierra, mereció un esposo en el cielo. Muchas cosas también supe por relación del venerable hombre Eleuterio, que estaba familiarmente relacionado con él; y su virtuosa vida da crédito a sus palabras. Este santo varón Isaac no nació en Italia; y por tanto solo hablaré de los milagros que hizo viviendo aquí en nuestro país. A su primera venida de Siria a la ciudad de Spoleto, fue a la iglesia, y pidió a los custodios que le dieran libre permiso para orar allí, y no ser obligado a salir cuando llegara la noche. Y así comenzó sus devociones, y pasó todo aquel día en oración, y asimismo la noche siguiente. El segundo día y noche los empleó de la misma manera, y permaneció allí también el tercer día: lo cual cuando uno de los custodios de la iglesia percibió, que era hombre de espíritu soberbio, tomó escándalo de aquello de lo que debería haber sacado gran provecho. Porque comenzó a decir que era un hipócrita y compañero engañador, que a la vista del mundo permanecía en sus oraciones tres días y tres noches juntos: y enseguida arremetiendo contra el varón de Dios, lo golpeó, para hacerlo por ese medio salir con vergüenza de la iglesia como hipócrita, y uno que deseaba ser reputado por santo. Pero para vengar esta injuria, un espíritu maligno poseyó al instante su cuerpo, y lo arrojó a los pies del varón de Dios, y comenzó por su boca a gritar: "Isaac me echa fuera, Isaac me echa fuera." Porque qué nombre tenía el hombre extranjero, nadie en aquel tiempo lo sabía, pero el espíritu maligno lo dijo, cuando gritó que él tenía poder para echarlo fuera. Al instante el varón de Dios se tendió sobre su cuerpo, y el maldito diablo que había entrado, partió a toda prisa. La noticia de esto se divulgó luego por toda la ciudad, y hombres y mujeres, ricos y pobres, vinieron corriendo, cada uno esforzándose por llevarlo a su propia casa: algunos para la construcción de una abadía, ofrecían humildemente tierras, otros dinero, y algunos otras ayudas que podían. Pero el siervo de Dios Todopoderoso, rehusando aceptar cualquiera de sus ofertas, salió de la ciudad, y no lejos halló un lugar desierto, donde construyó una pequeña cabaña para sí: a quien muchos acudiendo, comenzaron por su ejemplo a inflamarse con el amor de la vida eterna, y así, bajo su disciplina y gobierno, se entregaron al servicio de Dios Todopoderoso. Y cuando sus discípulos a menudo insinuaban humildemente que sería bueno para la necesidad de la abadía tomar las rentas que se ofrecían, él, muy cuidadoso de guardar la pobreza, les decía constantemente: "Un monje que busca rentas en la tierra no es monje": porque tan temeroso estaba de perder el estado seguro de su pobreza, como los ricos avaros son cuidadosos de preservar su riqueza corruptible.
    En aquel lugar, por tanto, se hizo famoso por el espíritu de profecía: y su vida fue renombrada por todas partes, por los notables milagros que obró. Porque un día, hacia la tarde, mandó a sus monjes poner cierto número de azadas en el huerto. La noche siguiente, cuando según costumbre se levantaron a sus oraciones, les mandó, diciendo: "Id, y haced potaje para nuestros trabajadores, para que esté listo muy temprano por la mañana." Y cuando fue de día, les mandó traer el potaje que habían preparado; y yendo con sus monjes al huerto, halló allí tantos hombres trabajando cuantas azadas les había mandado poner: pues sucedió que ciertos ladrones habían entrado para saquearlo y robarlo; pero Dios cambiando sus mentes, tomaron las azadas que allí encontraron, y así trabajaron desde el tiempo de su primera entrada, hasta que el varón de Dios vino a ellos: y todas las partes del terreno que antes no estaban cultivadas, las habían cavado y preparado. Cuando el varón de Dios llegó, los saludó de esta manera: "Dios os guarde, buenos hermanos: habéis trabajado mucho, por tanto ahora descansad": luego mandó que la provisión que había traído se pusiera delante de ellos, y así después de su labor y fatigas los refrescó. Cuando hubieron comido lo suficiente, les habló así: "No hagáis más daño en adelante: sino cuando deseéis algo que esté en el huerto, venid a la puerta, pedidlo tranquilamente, y tomadlo con la bendición de Dios, pero no robéis más": y así dándoles buena cantidad de verduras, los despidió. Y por este medio sucedió que los que habían venido al huerto para hacer daño, partieron de allí sin causar daño alguno, y además tuvieron la recompensa de su trabajo, y algo también de caridad se les otorgó.
    En otro tiempo, vinieron a él ciertos hombres extraños a pedir limosna, tan rotos y andrajosos, que apenas tenían harapos para cubrirse, suplicándole humildemente que los ayudara con algunas ropas. El varón de Dios, oyendo su petición, no les dio respuesta: sino llamando en secreto a uno de sus monjes, le mandó ir a tal bosque, y en tal lugar del bosque buscar un árbol hueco, y traerle aquella vestimenta que allí encontrara. El monje fue su camino, y trajo en secreto a su maestro lo que había hallado. Entonces el varón de Dios llamó a aquellos pobres desnudos, y les dio aquella vestimenta, diciendo: "Poneos estas ropas para cubrir vuestros cuerpos desnudos." Ellos, viendo sus propias prendas, quedaron maravillosamente confundidos: porque pensando con astucia haber conseguido ropas ajenas, con vergüenza recibieron solo las suyas.
    Otra vez, en otro tiempo, hubo uno que se encomendó a sus oraciones, y le envió por su criado dos cestas llenas de comida: una de las cuales, mientras iba de camino, tomó él, y escondió en un matorral hasta su regreso; y la otra presentó al varón de Dios, diciéndole cómo su amo le había enviado aquella, encomendándose de corazón a sus oraciones. El santo varón tomó lo que se le enviaba muy amablemente, dando al mensajero esta buena lección: "Te ruego, amigo mío, que agradezcas a tu amo, y ten cuidado de cómo pones la mano sobre la cesta, porque una serpiente se ha metido dentro, y por tanto ten cuidado, no sea que te pique." Ante estas palabras el mensajero quedó lastimosamente confundido, y aunque se alegró de que por este medio escapara de la muerte, sin embargo se afligió un poco de haber sido puesto en tal vergüenza. Volviendo a la cesta, muy diligente y cuidadoso fue al tocarla; pues como el varón de Dios le había dicho, una serpiente en verdad se había metido dentro. Este santo varón, por tanto, aunque estaba incomparablemente adornado con la virtud de la abstinencia, el desprecio de las riquezas mundanas, el espíritu de profecía y la perseverancia en la oración: sin embargo había una cosa en él que parecía reprensible, a saber, que a veces se excedía tanto en la alegría, que si los hombres no lo hubieran conocido tan lleno de virtud, nadie lo habría pensado jamás.
    PEDRO. ¿Qué, te lo suplico, diremos a eso? Pues, ¿se entregaba él a veces de buena gana a tal recreación: o, sobresaliendo en virtud, era él, contra su propia voluntad, arrastrado a veces a una alegría presente?
    GREGORIO. La providencia de Dios, Pedro, al otorgar sus dones, es maravillosa: pues a menudo sucede que, a quien concede los mayores, no le da los menores: a fin de que siempre tengan algo que les desagrade en sí mismos: para que deseando llegar a la perfección y no pudiendo: y trabajando por aquello que no han obtenido, y no pudiendo prevalecer: por este medio no se ensoberbezcan de aquellos dones que han recibido, sino que aprendan así que no tienen aquellas gracias mayores de sí mismos, quienes de sí mismos no pueden vencer las faltas pequeñas. Y esta fue la causa de que, cuando Dios hubo llevado a su pueblo a la tierra prometida, y destruido a todos sus enemigos poderosos y potentes, aún reservó durante mucho tiempo después a los filisteos y cananeos, para que, como está escrito, Para probar en ellos a Israel. Pues a veces, como se ha dicho, a quien otorga grandes dones, le deja algunas cosas pequeñas que son reprensibles, para que siempre tengan algo contra qué luchar, y no se ensoberbezcan, aunque sus grandes enemigos estén vencidos, viendo que otros adversarios en cosas muy pequeñas los ponen en gran aprieto: y por tanto sucede extrañamente, que un mismo hombre es excelente en virtud, y sin embargo por debilidad a veces ofende, de modo que puede contemplarse a sí mismo por un lado fuerte y bien provisto, y por otro abierto y no defendido: para que por el bien que busca, y no es capaz de alcanzar, conserve con humildad aquella virtud que ya posee. Pero ¿qué maravilla es que digamos esto acerca del hombre, cuando el cielo mismo perdió a algunos de sus ciudadanos, y otros permanecieron firmes en la gracia de Dios? Para que los ángeles elegidos de Dios, viendo a otros caer del cielo por soberbia, se mantuvieran tanto más firmes, cuanto con humildad conservaran la gracia de Dios recibida? Ellos, por tanto, sacaron provecho de aquella pérdida que el cielo entonces tuvo, y por ello fueron hechos perseverar más constantemente en el servicio de Dios por toda la eternidad. De la misma manera sucede con el alma de cada hombre, que a veces para conservar la humildad, por una pequeña pérdida alcanza una gran perfección espiritual.
    PEDRO. Me agrada mucho lo que dices.

    Capítulo quince

    de los siervos de Dios Eutiquio y Florencio.

    III, 15

    GREGORIO. Tampoco pasaré en silencio aquello que oí de boca del venerable sacerdote Sánctulo, natural del mismo país; y de cuyo relato estoy seguro de que no dudáis, pues conocéis muy bien su vida y fidelidad.
    En aquel tiempo, en la provincia de Nursia moraban dos varones que observaban la vida y el hábito de la santa conversación: uno se llamaba Eutiquio y el otro Florencio. Eutiquio empleaba su tiempo en celo espiritual y fervor de virtud, y trabajaba mucho con sus exhortaciones para ganar almas para Dios; mas Florencio llevaba su vida en sencillez y devoción. No lejos del lugar donde moraban había una Abadía, cuyo gobernador había muerto, por lo cual los monjes eligieron a Eutiquio para tomar el cargo de ella; quien, condescendiendo a su petición, gobernó la Abadía muchos años. Y para no dejar del todo desierto su antiguo oratorio, dejó al venerable varón Florencio al cuidado del mismo; el cual habitaba allí enteramente solo. Y un día, estando en oración, suplicó a Dios Todopoderoso que se dignara concederle algún consuelo en aquel lugar; y habiendo acabado sus devociones, salió fuera, donde halló un oso en pie delante de la puerta, el cual, inclinando la cabeza hasta el suelo y no mostrando en el gesto de su cuerpo señal alguna de crueldad, dio a entender al varón de Dios que había venido allí para servirle; y él mismo lo percibió al instante. Y porque tenía en la casa cuatro o cinco ovejas que no tenían pastor, mandó al oso que las guardase, diciendo: "Ve y lleva estas ovejas al campo, y a las doce en punto vuelve otra vez". Cuyo encargo tomó sobre sí, y cada día volvía a casa a aquella hora; y así cumplía el oficio de buen pastor, y a aquellas ovejas que antes solía devorar, ayunando él mismo, cuidaba de guardarlas con seguridad. Y cuando el siervo de Dios determinaba ayunar hasta las tres, entonces mandaba al oso que volviese con sus ovejas a la misma hora; mas cuando no quería ayunar tanto, que viniese a las doce. Y todo cuanto mandaba a su oso, eso hacía; de modo que, si se le ordenaba volver a las tres, no venía a las doce; y si se le mandaba volver a las doce, no se detenía hasta las tres. Y habiendo esto continuado un buen espacio, empezó a ser famoso por todas partes por su virtud y santa vida. Mas el antiguo enemigo del género humano, por aquel medio por el cual ve que los buenos llegan a la gloria, por el mismo arrastra a los malvados, mediante el odio, a procurar su propia miseria; porque cuatro monjes de Eutiquio, hinchados de envidia de que su maestro no obrase milagros y de que aquel a quien él había dejado solo fuese famoso por tan notable milagro, por puro despecho fueron y mataron a su oso. Y por tanto, cuando la pobre bestia no vino a la hora señalada, Florencio comenzó a sospechar lo ocurrido; mas esperando aún hasta la tarde, muy afligido estaba de que el oso, a quien con gran sencillez llamaba su hermano, no volviese a casa. Al día siguiente fue al campo a buscar sus ovejas y su pastor, a quien halló allí muerto; y haciendo diligente pesquisa, supo pronto quiénes eran los que habían cometido aquel hecho falto de caridad. Entonces se entristeció mucho, lamentando más la malicia de los monjes que la muerte de su oso; a quien el venerable varón Eutiquio mandó llamar y lo consoló cuanto pudo; mas el santo varón Florencio, maravillosamente afligido en su ánimo, los maldijo en presencia de él, diciendo: "Confío en Dios Todopoderoso que en esta vida, y a la vista del mundo, recibirán el pago de su malicia los que así han matado a mi oso, que ningún mal les hacía". A cuyas palabras siguió al instante la venganza de Dios, pues los cuatro monjes que mataron a la pobre bestia fueron heridos tan prestamente de lepra, que sus miembros se pudrieron y así murieron miserablemente. Ante lo cual el varón de Dios, Florencio, tuvo gran temor y mucha pena de haber maldecido así a los monjes; y toda su vida después lloró porque su oración había sido escuchada, clamando que él mismo era cruel y que había dado muerte a aquellos hombres. Lo cual supongo que hizo Dios Todopoderoso para que, siendo varón de gran sencillez, en adelante no se atreviese a maldecir a nadie por pena alguna.
    PEDRO. ¿Qué? ¿Acaso es gran pecado si en nuestra ira maldecimos a otros?
    GREGORIO. ¿Por qué me preguntáis si es gran pecado, cuando San Pablo dice: Ni los maldicientes poseerán el reino de Dios? Pensad, pues, cuán grande es el pecado que excluye al hombre del cielo.
    PEDRO. ¿Y qué si un hombre, acaso no por malicia, sino por negligencia en guardar su lengua, maldice a su prójimo?
    GREGORIO. Si ante el juez severo la palabra ociosa es reprendida, cuánto más la que es dañosa. Considerad, pues, cuán condenables son aquellas palabras que proceden de malicia, cuando ha de ser castigada la conversación que procede solamente de la ociosidad.
    PEDRO. Concedo que es muy cierto.
    GREGORIO. Aquel mismo varón de Dios hizo otra cosa que no debo olvidar. Pues, extendiéndose la fama de su virtud por todas partes, un cierto diácono que moraba a muchas millas de distancia viajó hasta él para encomendarse a sus oraciones. Y llegando a su celda, la halló llena por todo alrededor de innumerables serpientes; a cuya vista, asustado en gran manera, gritó pidiendo a Florencio que orase; el cual salió, estando entonces el cielo muy despejado, y alzó sus ojos y sus manos al cielo, pidiendo a Dios que las apartase del modo que él mejor conocía. A cuyas oraciones, de repente tronó, y aquel trueno mató a todas aquellas serpientes. Florencio, viéndolas todas muertas, dijo a Dios: "He aquí, Señor, que tú las has destruido todas; mas ¿quién las llevará ahora de aquí?" Y apenas hubo hablado así, vinieron tantas aves cuantas serpientes habían muerto, las cuales las tomaron todas y las llevaron lejos, librando su morada de aquellas criaturas venenosas.
    PEDRO. Ciertamente era varón de gran virtud y mérito, cuyas oraciones Dios escuchaba tan prestamente.
    GREGORIO. La pureza de corazón y la sencillez, Pedro, tienen gran fuerza ante Dios Todopoderoso, que es en pureza singularísimo y de naturaleza simplicísima. Porque aquellos siervos suyos que se retiran de los negocios del mundo, evitan las palabras ociosas, se esfuerzan por no perder la devoción ni manchar su alma con la conversación, alcanzan especialmente ser oídos por aquel a quien, en cierta manera y según pueden, se asemejan en pureza y sencillez de corazón. Pero nosotros, que vivimos en el mundo y hablamos a menudo palabras ociosas y, lo que es peor, a veces dañosas, nuestras palabras y oraciones tanto más lejos están de Dios cuanto más cerca están del mundo; porque nos vemos arrastrados demasiado hacia la tierra por el continuo tratar de negocios seculares. Lo cual reprendió muy bien en sí mismo el profeta Isaías, después de haber contemplado al Rey y Señor de los ejércitos, y arrepentido clamó: ¡Ay de mí, que he callado, porque soy hombre de labios impuros! y muestra luego la razón por la cual sus labios estaban impuros, cuando dice: Habito en medio de un pueblo de labios impuros. Pues lamentaba que sus labios estuviesen manchados, mas no oculta de dónde los había recibido, cuando dice que habitaba en medio de un pueblo de labios impuros. Porque muy difícil es que las lenguas de los hombres seculares no manchen las almas de aquellos con quienes hablan; pues cuando a veces condescendemos a hablar con ellos de ciertas cosas, poco a poco adquirimos tal costumbre, que oímos con placer lo que no conviene oírse en absoluto; de modo que después nos resistimos a dejar aquello a lo que al principio, por complacer a otros, fuimos llevados contra nuestra voluntad. Y por este medio caemos de las palabras ociosas a las dañosas, y de la conversación de poca importancia a las palabras de gran peso; y así sucede que nuestra lengua es tanto menos respetada por Dios cuando oramos, cuanto más manchados estamos con palabras necias; porque, como está escrito: El que aparta su oído para no oír la ley, su oración será execrable. ¿Qué maravilla, pues, es que, cuando oramos, Dios nos oiga lentamente, cuando nosotros oímos los mandamientos de Dios, o lentamente o en absoluto? ¿Y qué maravilla si Florencio, cuando oraba, era oído prestamente, quien obedecía a Dios guardando sus mandamientos?
    PEDRO. La razón alegada es tan clara que nada con razón puede decirse contra ella.
    GREGORIO. Pero Eutiquio, que fue compañero de Florencio en el servicio de Dios, fue famoso también por milagros después de su muerte. Pues los habitantes de aquella ciudad cuentan muchos; mas el principal es el que, aun hasta estos tiempos de los Lombardos, Dios Todopoderoso se ha dignado obrar por medio de su túnica: porque cuando tenían gran sequía, los ciudadanos, reuniéndose, llevaban aquella y junto con sus oraciones la ofrecían a la vista de nuestro Señor. Y cuando iban con ella por los campos, orando a Dios, al instante tenían tanta abundancia de lluvia cuanta requería la sequedad de la tierra; con lo cual era manifiesto cuánta virtud y méritos había en su alma, cuya vestidura, mostrada exteriormente, aplacaba la ira de Dios Todopoderoso.

    Capítulo dieciséis

    de Marcio, el monje del monte Marsico.

    III, 16

    No hace mucho tiempo había en Campania un varón venerable llamado Marcio, que vivía vida solitaria en el monte Marsico; y durante muchos años seguidos permaneció en una cueva estrecha y angosta. A quien muchos de nuestros conocidos conocían muy bien y estuvieron presentes en los milagros que hizo; y muchas cosas acerca de él he oído de boca del papa Pelagio, de santa memoria, mi predecesor, y también de otros varones muy religiosos. Su primer milagro fue que, apenas escogió aquella cueva para su morada, brotó agua de la roca hueca, que no era ni más ni menos que la necesaria para su sustento; con lo cual Dios Todopoderoso mostró cuán gran cuidado tenía de su siervo, pues milagrosamente, como en otro tiempo lo había hecho antes con los hijos de Israel, hizo que la dura roca manase agua. Mas el antiguo enemigo del género humano, envidioso de sus virtudes, intentó con su antigua astucia echarlo de aquel lugar; pues entró en una serpiente, su antigua amiga, y así pensó aterrorizarlo para que se fuera de allí. Porque la serpiente, sola, entraba en la cueva donde él vivía también solo; y cuando él estaba en oración, se echaba delante de él, y cuando descansaba, se acostaba a su lado. El santo varón no se turbó en absoluto por esto; pues a veces ponía su mano o su pierna ante la boca de la serpiente, diciendo: "Si tienes permiso para picarme, no te lo impido". Y habiendo vivido así continuamente por espacio de tres años, un día el antiguo enemigo, vencido por su celestial valor, lanzó un gran silbido y, precipitándose por la ladera de la montaña, consumió con fuego todas las matas y arbustos; en cuyo hecho, por el poder de Dios, fue forzado a mostrar de qué fuerza era él, que partía con pérdida de la victoria. Considerad, os ruego, en la cumbre de qué montaña estaba este varón de Dios, que continuó tres años enteros con una serpiente sin recibir daño alguno.
    PEDRO. Lo considero, y tiemblo al solo oír el relato.
    GREGORIO. Este venerable varón, cuando por primera vez se encerró, determinó no volver a mirar jamás a mujer alguna; no porque las despreciase, sino porque temía que su vista pudiese ser ocasión de tentación pecaminosa. Cuya resolución, entendiéndola cierta mujer, subió audazmente a la montaña y, olvidando todo recato, se acercó impúdicamente a su cueva. Él, viéndola desde lejos, y percibiendo por el vestido que era mujer, se postró al instante en oración, con el rostro en tierra, y allí permaneció postrado hasta que la desvergonzada criatura, cansada de esperar a su ventana, se marchó; y aquel mismo día, después de haber bajado de la montaña, acabó su vida; para dar a entender a todo el mundo cuánto había desagradado a Dios Todopoderoso, ofendiendo a su siervo con aquella atrevida empresa.
    En otra ocasión, yendo muchos por devoción a visitarlo, un muchacho joven, no prestando atención a sus pies, y por ser la senda tan angosta en la ladera de la montaña, cayó y rodó hasta llegar al fondo del valle, que era muy profundo; porque la montaña es tan alta, que los grandes árboles que crecen abajo parecen a los de arriba no más que pequeños arbustos. Los presentes quedaron muy consternados por este suceso, y buscaron con gran diligencia dónde podían hallar su cadáver; pues ¿quién habría pensado otra cosa sino que había muerto, o habría imaginado alguna vez que su cuerpo pudiera haber llegado sano al suelo, habiendo tantas rocas en el camino para despedazarlo? Y, sin embargo, fue hallado en el valle, no solo vivo, sino además sin daño alguno. Entonces comprendieron muy bien que la razón por la que no se había lastimado era que las oraciones de Marcio lo habían preservado en su caída.
    Encima de su cueva había una gran roca, que parecía colgar de la montaña solo por un pequeño trozo, y por ello se temía diariamente que cayese y matase al siervo de Dios. Para prevenir este daño, el honorable varón Mascato, sobrino de Armentario, fue allí con gran número de campesinos, rogándole que abandonase su cueva el tiempo necesario hasta que hubiesen quitado aquella roca, a fin de que después pudiese continuar allí sin peligro alguno; mas el varón de Dios no pudo ser persuadido por ningún medio a salir, aunque les dijo que hiciesen lo que juzgasen conveniente; solo se retiró a la parte más alejada de su celda. Con todo, nadie dudaba de que, si caía una roca tan enorme como aquella, destruiría su cueva y lo mataría a él mismo. Por lo cual trabajaron cuanto pudieron, para ver si podían quitar aquella piedra poderosa sin peligro para el varón de Dios; y al instante, a la vista de todos, sucedió una cosa extraña: pues aquella roca, separada por su trabajo del resto de la montaña, sin tocar la cueva de Marcio, saltó limpiamente por encima y, evitando, por así decirlo, herir al siervo de Dios, cayó lejos; lo cual nadie puede dudar de que fue hecho por manos de Ángeles, por mandato de Dios Todopoderoso.
    En el tiempo en que este santo varón vino por primera vez a habitar aquella montaña, y aún no había hecho puerta alguna para su cueva, ató un extremo de una cadena de hierro a la pared de piedra, y el otro lo ató a su pierna, a fin de no poder ir más lejos de lo que le permitiese la longitud de aquella cadena. Lo cual, oyéndolo el venerable varón Benito, le envió este recado por uno de sus monjes: "Si eres siervo de Dios, que te sujete la cadena de Cristo, y no cadena alguna de hierro". Ante este recado, Marcio soltó al instante su cadena, aunque guardó todavía el mismo espacio, sin ir más lejos que antes. Viviendo después en la misma cueva, comenzó a admitir a ciertos discípulos, que moraban apartados de su celda; los cuales, no teniendo otra agua sino la que sacaban de un pozo con una soga y un cubo, tenían gran molestia, porque su soga se rompía a menudo; y por tanto vinieron a él, pidiéndole aquella cadena que se había soltado de la pierna, para atar la soga a ella y sujetar el cubo. Y desde aquel momento en adelante, aunque la soga se mojaba diariamente con el agua, ya no se rompía más; pues por haber tocado la cadena del santo varón, se volvió fuerte como el hierro, de modo que el agua no la desgastaba ni le hacía daño alguno.
    PEDRO. Estos dignos hechos suyos me agradan, pues son admirables, y mucho, porque fueron hechos tan recientemente y están aún frescos en la memoria.
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