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    TEXTOS — GREGORIO MAGNO

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    Diálogos (con la Vida de san Benito)

    593 · Traducción castellana directa del inglés de «P. W.» (1608), edición de Gardner (1911)41 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 10 · Capítulo treinta y cuatroPublicado el Actualizado el Ref. ESC-GRM-02

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    Capítulo treinta y cuatro

    de los diversos géneros de compunción.

    III, 34

    GREGORIO. La compunción se divide en muchos géneros: a saber, cuando cada pecado es llorado en particular por los penitentes; de lo cual el profeta Jeremías, en la persona de los pecadores penitentes, habla así: Mi ojo ha derramado corrientes de aguas. Pero, hablando más propiamente, hay principalmente dos géneros de compunción: porque el alma que tiene sed de Dios, primero se duele en el corazón por temor, y después por amor. Pues primeramente se aflige y llora, porque, trayendo a la memoria los pecados antes cometidos, teme padecer por ellos los tormentos eternos; mas cuando una larga ansiedad y tristeza ha desterrado aquel temor, síguese entonces una cierta seguridad de esperanza del perdón; y así el alma se inflama con el amor de los deleites celestiales; y la que antes lloraba por miedo de la pena eterna, después derrama lágrimas porque se ve apartada de los gozos eternos. Porque entonces contempla el alma aquellos resplandecientes coros de los ángeles, aquella compañía celestial de los bienaventurados espíritus, aquella gran majestad de la eterna contemplación del rostro de Dios; y tanto más se lamenta ahora, porque carece de aquella eterna felicidad, cuanto antes lloraba por el temor del eterno castigo. Lo cual está místicamente significado en la Escritura en una santa y verdadera historia: pues allí leemos cómo Axá, hija de Caleb, cabalgando sobre un asno, suspiraba; y preguntándole su padre qué le sucedía, le respondió así: Dame una bendición: pues me has dado una tierra seca y del mediodía, dame también una tierra de aguas. Y le dio la tierra húmeda de arriba y la de abajo. Porque Axá va cabalgando sobre el asno cuando nuestra alma sujeta y gobierna los movimientos sensuales de la carne; la cual, suspirando, pide a su padre tierra húmeda, cuando con contrición y dolor de corazón desea de nuestro Criador la gracia de las lágrimas y del llanto. Pues hay algunos a quienes Dios ha concedido tal don, que hablan libremente en defensa de la justicia, socorren a los oprimidos, dan limosna a los pobres y son celosos en la religión, pero todavía no han alcanzado la gracia de las lágrimas: estos son los que tienen la tierra hacia el mediodía, y aquella que es seca; mas aún les falta la que es húmeda y mojada; porque, aunque sean diligentes y fervorosos en las buenas obras, con todo, es necesario que también, o por temor del infierno o por amor del cielo, lloren los pecados de su vida pasada. Mas porque, como he dicho, hay dos géneros de compunción, por eso su padre le dio la que era húmeda arriba y también húmeda abajo: porque nuestra alma recibe entonces la húmeda de arriba, cuando se aflige y llora por el deseo del cielo; y posee entonces la húmeda de abajo, cuando teme y derrama lágrimas por el miedo del fuego del infierno. Y aunque la húmeda de abajo se concede a nuestra alma antes que la húmeda de arriba, sin embargo, porque la compunción del amor es más excelente, convenía que se nombrase primero la tierra húmeda de arriba, y después la de abajo.
    PEDRO. Mucho me agrada vuestra plática; pero ya que me habéis hablado de aquel reverendo varón Eleuterio y de su gran gracia de compunción, deseo saber si aún viven hoy en el mundo algunos hombres semejantes.

    Capítulo treinta y cinco

    de Amancio, presbítero en la provincia de Toscana.

    III, 35

    GREGORIO. Flórido, obispo de Tívoli, varón (como vos bien sabéis) de santa vida y digno de crédito, me contó que tenía consigo a un cierto presbítero llamado Amancio, de maravillosa sencillez; el cual, semejante a los Apóstoles, había recibido de Dios tal gracia que, poniendo su mano sobre los enfermos, los restituía a su salud primera; y aunque la enfermedad fuese muy grande y peligrosa, con solo tocarlos desaparecía al instante. Dijo además que tenía también este don milagroso: que dondequiera que hallaba serpientes o culebras, por crueles que fuesen, con la señal de la cruz las despachaba y mataba; porque por virtud de la cruz que el varón de Dios hacía con su mano, se les rompían las entrañas y morían súbitamente; y si acaso la culebra se metía en algún agujero, bendecía con la señal de la cruz la boca de aquel, y producía el mismo efecto; pues cualquiera podía hallarla allí al punto muerta. Yo, teniendo noticia de esta gran gracia que le había sido concedida, deseé verlo; y cuando me lo trajeron, lo hice alojar en un aposento entre los enfermos, para probar cuál era su don en la curación de las enfermedades. Había entonces entre ellos uno que estaba fuera de sí, caído en un frenesí; el cual una noche gritaba tan fuertemente como un loco, que con su ruido inquietaba a todos los demás enfermos, de suerte que no podían dormir ni descansar; y así sucedió cosa muy extraña: que por estar uno malo, todos los demás lo pasaban peor. Pero, como antes lo había sabido del reverendo obispo Flórido, que estaba entonces allí presente con el dicho presbítero, y después lo entendí claramente de quien aquella noche velaba a los enfermos, el antedicho venerable presbítero, levantándose de su cama, fue calladamente al lugar donde yacía el loco, y allí oró, poniendo sus manos sobre él; con lo cual el hombre quedó algo mejor. Luego lo llevó a la parte más alta de la casa, al oratorio, donde oró más copiosamente a Dios por su curación; y en seguida lo volvió a su propia cama sano y salvo, de modo que ya no gritó más ni molestó a ninguno de los otros enfermos. Por este solo hecho suyo tuve razón suficiente para dar crédito a todo lo demás que antes se me había contado.
    PEDRO. Gran edificación es ver a hombres obrar tan insignes milagros, y contemplar, como si fuese en la tierra, a la Jerusalén celestial en sus ciudadanos.

    Capítulo treinta y seis

    de Maximiano, obispo de Siracusa.

    III, 36

    GREGORIO. Ni tampoco ha de pasarse en silencio aquel milagro que Dios Todopoderoso se dignó obrar por su siervo Maximiano, ahora obispo de Siracusa, y entonces padre y gobernador de mi Abadía. Pues en el tiempo en que, por mandato de mi obispo, fui enviado a Constantinopla al emperador por asuntos de la Iglesia, aquel reverendo varón Maximiano, movido por caridad, vino allí a mí con otros de sus monjes; el cual, volviendo hacia Roma, cayó en una gran tempestad en el mar Adriático, en la que tanto él como todos los que iban en su compañía, de un modo extrañísimo y milagroso, experimentaron a un tiempo la indignación y el favor de Dios Todopoderoso. Porque el mar se encrespaba con tal furia de los vientos, que perdieron el mástil; las velas flotaban sobre las olas, y la nave, azotada y deshecha por las hinchadas olas, hacía tanta agua que esta llegaba ya a la cubierta superior, de tal suerte que la nave no parecía estar tanto en las aguas como las aguas en la nave.
    Los marineros y pasajeros, turbados con el temor de la muerte, no como cosa lejana, sino como presente delante de sus ojos, perdida toda esperanza de esta vida, se preparaban para la otra; y así, dándose mutuamente el ósculo o beso de paz, recibieron el cuerpo y la sangre de nuestro Salvador, encomendándose a Dios Todopoderoso, para que se dignase recibir misericordiosamente sus almas, ya que había entregado sus cuerpos a tan espantosa muerte. Pero Dios, que de modo admirable había aterrado sus ánimos, más admirablemente conservó sus vidas. Porque la misma nave, aunque llena de agua, prosiguió su rumbo durante ocho días seguidos, y al noveno llegó al puerto de Cotrón; y cuando todos los demás hubieron salido sanos, entonces, el último de todos, salió también el reverendo varón Maximiano; y apenas hubo pisado tierra, la nave se hundió en el puerto, como si, al salir ellos, hubiese quedado sin aquello que la preservaba; y mientras antes, en el mar, estaba llena de hombres y llevaba también abundancia de agua, y sin embargo seguía navegando, ahora, desembarcados Maximiano y sus monjes, no podía ya en el puerto sostener sola las aguas; con lo cual Dios les dio a entender que, cuando iba cargada, Él mismo con su divina mano la gobernaba y preservaba, pues cuando quedó vacía no pudo ni por poco tiempo mantenerse sobre el agua.

    Capítulo treinta y siete

    de Sánctulo, presbítero en la provincia de Nursia.

    III, 37

    Hace unos cuarenta días visteis conmigo a uno llamado Sánctulo, reverendo presbítero, que todos los años venía a mí desde Nursia; pero hace tres días, cierto monje que llegó de aquellas partes me trajo la muy penosa noticia de su muerte. Y era tal la santa vida y virtud de este varón, que aunque no puedo menos de exhalar dulces suspiros al recordarlo, con todo, ahora puedo sin temor alguno referir y publicar en el mundo los milagros que he sabido por relación de presbíteros muy virtuosos y santos, vecinos suyos; y como entre queridos amigos la familiaridad hace que uno se atreva mucho por caridad, a menudo yo lo instaba con tanta cortesía, que él se veía forzado a contarme algunos pequeños milagros que él mismo había obrado.
    Estando una vez ciertos lombardos prensando aceitunas para hacer aceite, Sánctulo, que era alegre en el rostro y en el corazón, vino a ellos y los saludó con agrado; y mostrándoles una botella que traía, más les rogaba que les mandaba que se la llenasen de aceite. Pero ellos, que eran infieles y habían trabajado en vano todo el día, sin haber sacado aceite alguno, tomaron a mal sus palabras y le respondieron con muy malas razones; mas el varón de Dios, a pesar de esto, les habló aún con rostro más alegre, y dijo: "Si queréis hacerme un bien, llenad esta botella para Sánctulo, y así se irá de vosotros muy contento." Mas ellos, viendo que no manaba aceite y oyéndole con todo tan insistente en que le llenasen la botella, se encendieron en gran cólera y le injuriaron gravemente. Entonces el varón de Dios, viendo que no salía aceite de la prensa, pidió agua, la bendijo delante de todos y con sus propias manos la echó sobre la prensa; y al instante, por virtud de aquella bendición, corrió tanto aceite, que los lombardos, que antes habían trabajado en vano largo tiempo, no solo llenaron sus propias vasijas, sino también su botella, dándole gracias de que, habiendo venido a pedir aceite, con su bendición les hubiese dado aquello que él mismo les había pedido.
    En otra ocasión, habiendo una gran carestía en la comarca, queriendo el varón de Dios reparar la iglesia de San Lorenzo, quemada antes por los lombardos, contrató para ello a muchos artífices hábiles y a otros trabajadores, a quienes era forzoso mantener cada día; pero era tan grande la escasez que le faltaba pan para socorrerlos; por lo cual sus obreros clamaban pidiendo comida, porque desfallecían y no podían trabajar. El varón de Dios, oyendo esto, les dio palabras de consuelo, prometiéndoles remediar su necesidad; mas interiormente se afligía mucho, no pudiendo cumplir lo que había dicho. Andando, pues, de un lado a otro con gran ansiedad, llegó a un horno en el que las vecinas de allí habían cocido pan el día antes; e inclinándose, miró dentro para ver si acaso habían dejado algún pan, y halló un pan mayor y más blanco de lo que solían usar; lo tomó, pero no quiso darlo enseguida a sus trabajadores, no fuese que perteneciese a otra persona y así, compadeciéndose de otros, cometiese él mismo un pecado; por lo cual lo mostró primero a todas las mujeres de los alrededores, preguntando si era de alguna de ellas; pero todas lo negaron, diciendo que cada una había recibido el número justo de sus panes. Entonces el varón de Dios, con gran gozo, fue con aquel solo pan a los muchos trabajadores, exhortándolos a dar gracias a Dios Todopoderoso y diciéndoles cómo su bondad les había provisto del alimento necesario; y al punto puso aquel pan delante de ellos, del cual, después que se hubieron saciado, recogió más pedazos de pan de los que quedaban, que lo que antes era todo el pan en cantidad. Al día siguiente se lo puso otra vez delante, y otra vez los pedazos que quedaban eran con mucho más que los fragmentos anteriores; y así, por espacio de diez días seguidos, todos aquellos artífices y trabajadores vivieron de aquel solo pan, quedando muy satisfechos, y cada día sobraba algo para el siguiente, como si los fragmentos hubiesen crecido al comerlos.
    PEDRO. Cosa extraña es, y no desemejante de aquel insigne milagro de nuestro Salvador; y por tanto digna de ser admirada por todos.
    GREGORIO. Nuestro Salvador se dignó en este tiempo, Pedro, alimentar a muchos con un solo pan por medio de su siervo, Él que en otro tiempo, por sí mismo, alimentó a cinco mil con cinco panes; y que cada día de unos pocos granos de trigo produce innumerables espigas; que sacó de la tierra aquellos mismos granos, y, más que todo esto, creó todas las cosas de la nada. Mas para que no te admires más de lo que con la ayuda de Dios obraba exteriormente el venerable varón Sánctulo, te diré ahora lo que, por la gracia de nuestro Señor, era interiormente en su alma. Cierto día, los lombardos habían apresado a un diácono, a quien tenían en prisión con propósito de quitarle la vida. Al llegar la tarde, el varón de Dios, Sánctulo, les rogó que lo pusiesen en libertad y le concediesen la vida; pero viendo que no podía alcanzar de ellos aquel favor, y que estaban plenamente resueltos a quitársela, les suplicó que al menos lo entregasen a su custodia; con lo cual se contentaron, pero con esta condición: que si huía, él mismo moriría por él. El varón de Dios quedó muy contento, y así recibió al diácono bajo su propio cargo y custodia.
    Al llegar la medianoche siguiente, viendo que todos los lombardos dormían profundamente, llamó al diácono, pidiéndole que se levantase presto y huyese cuanto antes pudiere: "y Dios Todopoderoso," dijo, "te libre de sus manos." A lo cual el diácono, conociendo lo que había prometido, respondió: "Padre, no puedo huir, porque si lo hago, sin duda alguna os quitarán la vida." Mas, a pesar de todo, Sánctulo le obligó a marcharse a toda prisa, diciendo: "Levántate y vete; y que Dios, por su bondad, te defienda y proteja; porque yo estoy en sus manos, y ellos no pueden hacerme más de lo que su divina Majestad les permita." Dichas estas palabras, se fue el diácono; y el que se había obligado a su segura custodia, quedó atrás como quien había sido engañado.
    Por la mañana los lombardos pidieron a Sánctulo su prisionero; el cual les dijo que había huido. "Entonces," dijeron ellos, "tú sabes bien lo que te conviene recibir." "Sí, ciertamente lo sé," respondió el siervo de Dios con gran constancia. "Pues bien," dijeron ellos, "tú eres un hombre bueno, y por eso no te quitaremos la vida con diversos tormentos; mas elige qué muerte quieres." A lo que el varón de Dios respondió de esta manera: "Aquí estoy, en la disposición y voluntad de Dios; matadme de la manera que Él se digne permitiros." Entonces todos los lombardos que estaban presentes convinieron en degollarlo, a fin de que una muerte fácil y rápida lo despachase presto. Cuando se divulgó que Sánctulo había de morir, a quien por su virtud y santidad honraban mucho, todos los lombardos que había en aquellas partes acudieron allí, alegres (tales son sus crueles ánimos) de verlo ejecutar; y reunida toda la multitud, lo sacaron al suplicio, y fue elegido el más fuerte de entre ellos para cortarle la cabeza de un solo golpe.
    El venerable varón, rodeado de hombres armados, recurrió a sus acostumbradas armas: pidió que le dejasen un poco de tiempo para orar; y habiéndolo obtenido, se postró en tierra y se entregó a sus devociones; y después de haber perseverado en ellas un buen espacio, el verdugo lo levantó con el pie, mandándole que se levantase, se arrodillase y se preparase a morir. El varón de Dios se levantó, dobló la rodilla y tendió la cabeza; y mirando la espada desenvainada y pronta a despacharlo, dicen que solo pronunció en voz alta estas palabras: "Oh san Juan, ten aquella espada." Entonces el antedicho verdugo, teniendo el arma desnuda en la mano, levantó con toda su fuerza el brazo para descargar el golpe sobre su cabeza; mas de ninguna manera pudo bajarlo, porque de repente se le quedó tan rígido que permanecía arriba, sin que aquel hombre pudiese doblarlo hacia abajo. Entonces todos los lombardos que habían venido a cebar sus ojos con el lamentable espectáculo de su muerte, comenzaron con admiración a alabar el nombre de Dios y a reverenciar con temor al varón de Dios; pues veían claramente de cuán gran santidad era, quien tan milagrosamente detenía en el aire el brazo de su verdugo.
    Luego le rogaron que se levantase, y así lo hizo; mas cuando le pidieron que devolviese el brazo del verdugo a su estado anterior, se negó rotundamente, diciendo: "De ningún modo rogaré una sola vez por él, si antes no me jura que jamás volverá a levantar aquel brazo para matar a ningún cristiano." El pobre lombardo, que, como con verdad podemos decir, había extendido su brazo contra Dios, forzado por esta necesidad, juró no volver a dar muerte a ningún cristiano. Entonces el varón de Dios le mandó bajar el brazo, y al punto lo bajó; le mandó también envainar la espada, y lo hizo igualmente. Todos los lombardos, viendo por esto que era un varón de rara virtud, comenzaron a toda prisa a ofrecerle como presentes los bueyes y otros ganados que antes habían quitado a otros; mas el varón de Dios rechazó del todo aquella clase de presentes, pidiéndoles más bien que, si querían darle algo digno de darse, le entregasen todos los prisioneros que tenían en su poder, para que él tuviese algún motivo de encomendarlos en sus oraciones a Dios Todopoderoso. A esta petición suya accedieron, y así fueron puestos en libertad todos los pobres cautivos; y de esta manera, por la dulce providencia de Dios, ofreciéndose uno a morir por otro, muchos fueron librados de la muerte.
    PEDRO. Cosa extraña fue; y aunque he oído la misma historia por relación de otros, no puedo negar que, cuantas veces la oigo repetir, me parece siempre como si fuese noticia nueva.
    GREGORIO. No hay motivo para que admires a Sánctulo por esto; mas considera contigo mismo, si puedes, qué espíritu era aquel que poseía su alma sencilla y la elevaba a tan alta perfección de virtud. Porque ¿dónde estaba su ánimo cuando se ofrecía con tanta constancia a morir por su prójimo, y por salvar la vida temporal de su hermano despreciaba la suya propia y ponía su cabeza bajo la espada del verdugo? ¿Qué fuerza de verdadero amor moraba entonces en aquel corazón, cuando en nada temía la muerte para conservar la vida de otro? No ignoro que este venerable varón Sánctulo apenas sabía leer bien, y que no conocía los preceptos de la ley; mas, porque la caridad es el cumplimiento de la ley, amando a Dios y a su prójimo guardaba toda la ley; y lo que exteriormente le faltaba de conocimiento, vivía interiormente por la caridad en su alma. Y quizá él, que nunca leyó aquello que san Juan Apóstol dijo de nuestro Salvador, a saber, que así como Él dio su vida por nosotros, así también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos, conoció aquel grande y alto precepto del Apóstol más por la acción que por la especulación. Comparemos aquí, si te place, su docta ignorancia con nuestra ignorante ciencia: donde nuestra clase de saber nada vale, la suya es de gran precio y estima; nosotros, desprovistos de virtud, hablamos de ella y, como en medio de árboles abundantes, olemos la fruta, pero no la comemos. Él sabía muy bien recoger y gustar la fruta misma, aunque carecía del olor de las palabras y del vano discurso.
    PEDRO. ¿Cuál pensáis, os ruego, que es la causa de que los buenos sean arrebatados continuamente, y de que aquellos que para provecho y edificación de muchos podrían aún vivir en este mundo, o no se hallen en absoluto, o a lo menos muy pocos se oiga que existan?
    GREGORIO. La malicia y maldad de los que quedan en el mundo merece que sean arrebatados presto aquellos que con su vida podrían mucho ayudarnos; y como el mundo se va acercando a su fin, los siervos escogidos de Dios son sacados de él, para que no caigan en tiempos peores; y por eso viene lo que dice el profeta: El justo perece, y no hay quien lo pondere en su corazón; y los varones de misericordia son recogidos, porque no hay quien tenga entendimiento. Y de aquí procede también lo que dice la Escritura: Abrid, para que salgan los que la huellan. De aquí también lo que dice Salomón: Hay tiempo de esparcir piedras, y tiempo de recogerlas. Por tanto, cuanto más se acerca el mundo a su fin, tanto más necesario es que las piedras vivas sean recogidas para el edificio celestial, a fin de que nuestra Jerusalén celestial llegue a la plena medida de toda su perfección. Mas no pienso por ello que todos los siervos escogidos de Dios sean sacados del mundo de tal modo que solo queden los malos; porque los pecadores nunca se convertirían al dolor de la verdadera penitencia, si no tuviesen los ejemplos de algunas personas buenas que los impulsasen adelante.
    PEDRO. Sin causa me quejo de la muerte de los buenos, cuando veo que cada día también los malos en gran número parten de esta vida.

    Capítulo treinta y ocho

    de la visión de Redento, obispo de la ciudad de Ferento.

    III, 38

    GREGORIO. No te maravilles de esto, Pedro, pues conociste muy bien a Redento, obispo de la ciudad de Ferento, varón de vida venerable, que murió hace casi siete años; con quien tuve trato familiar, por cuanto moraba no lejos de la Abadía en que yo vivía. Este hombre, cuando yo le pregunté (pues el asunto era muy conocido en todas partes), me contó lo que por revelación divina había aprendido acerca del fin del mundo, en tiempo de Juan el joven, que fue mi predecesor. Pues dijo que cierto día, estando según su costumbre visitando su diócesis, llegó a la iglesia del bienaventurado mártir Eutiquio; y llegada la noche, quiso hospedarse junto al sepulcro del mártir, donde después de su viaje descansó. Hacia la medianoche, estando, como él mismo dijo, ni del todo despierto ni dormido, sino más bien cargado de sueño, sintió su alma despierta oprimida de gran tristeza; y hallándose en tal estado, vio al mismo bienaventurado mártir Eutiquio de pie ante él, que le dijo así: "¿Estás despierto, Redento?"; a lo que él respondió que sí. Entonces dijo el mártir: "El fin de toda carne ha llegado; el fin de toda carne ha llegado"; y después de haber repetido estas palabras tres veces, desapareció de su vista.
    Entonces el varón de Dios se levantó y se puso en oración con muchas lágrimas; y al instante siguieron aquellas espantosas visiones en el cielo, a saber, lanzas de fuego y ejércitos que aparecían desde el norte. Al instante también la bárbara y cruel nación de los Lombardos, sacada como espada de la vaina, dejó su propia tierra e invadió la nuestra; por lo cual el pueblo, que antes por su gran multitud parecía espesos trigales, queda ahora marchito y derribado; pues las ciudades están asoladas, villas y aldeas saqueadas, iglesias quemadas, monasterios de hombres y de mujeres destruidos, granjas dejadas desiertas, y el campo queda solitario y sin hombres que labren la tierra, y privado de todos sus habitantes: las bestias poseen aquellos lugares donde antes moraba gran abundancia de hombres. Y cómo vaya en otras partes del mundo no lo sé, pero aquí, en este lugar donde vivimos, el mundo no anuncia fin alguno, sino que muestra lo que ya está presente y ha llegado. Por lo cual tanto más celosamente debemos buscar las cosas eternas, cuanto más hallamos que todas las temporales huyen y desaparecen tan pronto. Ciertamente este mundo habría de ser despreciado, aunque nos halagara y contentara nuestra alma con agradable prosperidad; pero ahora, viendo que está lleno de tantas miserias y diversas aflicciones, y que nuestros dolores y cruces aumentan y se duplican cada día, ¿qué otra cosa hace sino clamar que no lo amemos?
    Muchas más cosas quedan aún de los dignos hechos de los siervos de Dios, pero porque ahora he resuelto tomar otro rumbo, las pasaré en silencio.
    PEDRO. Por cuanto veo que muchos cristianos dudan de la inmortalidad del alma después de la disolución del cuerpo, te ruego, para el bien espiritual de muchos, que expongas algunas razones para probarlo, o los ejemplos de algunas almas que hayan dado testimonio de ello, si recuerdas alguno; a fin de que los que se ven turbados por tales tentaciones aprendan que el alma no muere juntamente con el cuerpo.
    GREGORIO. Esta es obra de gran trabajo, especialmente para quien está ocupado en otros asuntos y tiene otras cosas a que atender; sin embargo, si algún provecho por mi medio puede redundar en otros, de buena gana lo antepongo a mi propia voluntad y gusto; y por tanto, con la ayuda de la gracia de Dios, en este cuarto libro que sigue mostraré claramente que el alma vive después de la muerte del cuerpo.

    Libro IV

    Capítulo primero

    cómo los hombres carnales dan menos crédito a las cosas eternas y espirituales, porque no conocen por experiencia lo que oyen decir a otros.

    IV, 1

    Después que el primer padre del género humano fue por su pecado desterrado de los gozos del Paraíso, cayó en la miseria de esta ignorancia y destierro, que hasta hoy mismo todos soportamos; pues su pecado fue causa de que ya no pudiese ver aquellos gozos del cielo, que antes por la contemplación poseía; porque durante el tiempo de su estancia en el Paraíso, oía habitualmente a Dios hablando con él, y por la pureza de corazón y la visión celestial se hallaba presente entre los coros de los bienaventurados ángeles. Pero después de su caída perdió aquella luz del alma que antes gozaba en abundancia. Nosotros, que por propagación carnal de él descendemos y que vivimos ahora en esta oscura ignorancia del destierro, oímos ciertamente hablar de una patria celestial, y de cómo está habitada por los ángeles de Dios, y de que las almas de los justos y perfectos les hacen allí compañía. Pero los que son carnales, como no pueden conocer por experiencia aquellas criaturas invisibles, dudan de si existen, pues con sus ojos corporales no pueden contemplarlas; de cuya duda estaba del todo libre nuestro primer padre; porque aunque fue desterrado de los gozos del Paraíso, conservaba aún en la memoria lo que había perdido, por haberlo visto antes; mas estos hombres no pueden de ningún modo recordar lo que oyen decir a otros, porque nunca tuvieron de ello experiencia anterior alguna, como la tuvo nuestro primer padre Adán. Pues es este caso como si una mujer encinta fuese puesta en prisión y allí diese a luz un hijo, que nunca saliese fuera, sino que allí fuese criado continuamente; porque si su madre le hablase del sol, de la luna, de las estrellas y de los montes, y le contase de los campos, del volar de las aves y del correr de los caballos, su hijo, que continuamente había sido criado en la prisión y no conocía otra cosa que negras tinieblas, bien podría oír lo que ella decía, pero dudando de si era verdad o no, porque la experiencia no le enseñaba nada semejante. Así también los hombres que nacen en este mundo tenebroso, lugar de su destierro, oyen que hay cosas maravillosas, extrañas e invisibles; pero como no están acostumbrados a otras criaturas que las terrestres, que son las únicas visibles, dudan de si existen tales cosas invisibles como se dice; por cuya causa el Creador mismo de todas las cosas, visibles e invisibles, y el Hijo unigénito del Padre eterno, vino a este mundo para redención del género humano, y envió el Espíritu Santo a nuestros corazones, para que, vivificados por él y por su gracia, creamos aquellas cosas que todavía no podemos entender por los sentidos ni por la experiencia; y por tanto, cuantos de nosotros hemos recibido este espíritu, prenda celestial de nuestra herencia, no dudamos de las criaturas invisibles e inmortales de Dios; y quien todavía no está firme en esta creencia, sin duda alguna debe, en razón, dar crédito a las palabras de los más doctos y santos, y creer a los que, por la gracia del santo Espíritu de Dios, tienen experiencia de aquellas cosas invisibles; pues sería niño muy necio el que pensara que su madre mentía cuando hablaba de la luz en otros lugares, porque él, donde estaba, no veía otra cosa que las tinieblas de la prisión.
    PEDRO. Lo que dices me contenta maravillosamente; sin embargo, quien no cree que haya cosas invisibles, sin duda, en mi opinión, es un infiel; y el que es infiel, en aquello de lo que duda no busca fe, sino razón.

    Capítulo segundo

    que el infiel no vive sin fe.

    IV, 2

    GREGORIO. Hablo con osadía, aunque con verdad: el infiel no vive sin fe; porque si le pregunto quién es su padre o su madre, al instante me dirá: tal hombre y tal mujer; y si le apremio más, preguntándole si recuerda el tiempo en que fue concebido, o la hora en que nació a este mundo, me responderá que jamás supo ni vio tal cosa; y sin embargo, con todo esto cree lo que nunca vio, pues cree sin duda alguna que tal hombre fue su padre y tal mujer su madre.
    PEDRO. Necesariamente he de confesar que nunca supe hasta ahora que un infiel tuviera fe alguna.
    GREGORIO. Los infieles tienen fe, pero no en Dios, pues entonces no serían infieles; mas con razón han de ser reprendidos por la razón anterior, y por ella también provocados a abrazar la fe verdadera; porque si respecto de su cuerpo visible creen lo que nunca vieron, ¿por qué no creen también algunas cosas que con sus ojos corporales no pueden contemplar?

    Capítulo tercero

    que Dios crea tres géneros de espíritus con vida.

    IV, 3

    Que nuestra alma vive después de la muerte del cuerpo nos lo enseña la razón, ayudada y sostenida por la fe; pues Dios Todopoderoso creó tres géneros de espíritus que tienen vida. Uno enteramente espiritual, sin cuerpo; otro con cuerpo, pero que no muere con el cuerpo; el tercero, aquel que está unido al cuerpo y juntamente con el cuerpo muere. Los espíritus que no tienen cuerpo son los ángeles; los que tienen cuerpo pero no mueren con él son las almas de los hombres; los que tienen cuerpo y mueren juntamente con él son las almas de los ganados y de las bestias brutas. El hombre, pues, por haber sido creado en el estado intermedio, inferior a los ángeles y superior a las bestias, participa de ambos: teniendo inmortalidad del alma con los ángeles, y mortalidad del cuerpo con las bestias, hasta el día del juicio; porque entonces la gloria de la resurrección quitará y consumirá la mortalidad del cuerpo; pues, reunido entonces al alma, será conservado para siempre; como el alma unida al cuerpo es conservada para Dios. Ni los cuerpos de los condenados, que yacen en tormentos, perecerán jamás del todo; porque aunque siempre se corrompen, continuarán para siempre; y así como pecaron con el alma y con el cuerpo, así, viviendo siempre en cuerpo y alma, morirán siempre sin fin.
    PEDRO. Todo tu discurso es conforme a la razón que enseña la religión cristiana; pero te ruego: si hay tanta diferencia entre las almas de los hombres y las de las bestias como afirmas, ¿por qué habla Salomón de esta manera? Yo he dicho en mi corazón acerca de los hijos de los hombres, que Dios los probaría y les mostraría que son semejantes a las bestias; por tanto, una es la muerte de los hombres y de las bestias, y su condición es la misma. Y prosiguiendo después más exactamente aquella su opinión, escribe así: Como muere el hombre, así mueren las bestias; todas las cosas respiran del mismo modo, y el hombre no tiene más que las bestias. Tras estas palabras añade también esta conclusión general: Todas las cosas están sujetas a la vanidad, y todas van a un mismo lugar: de la tierra fueron hechas, y a la tierra vuelven de nuevo.

    Capítulo cuarto

    de la cuestión de Salomón, a saber: la muerte de hombres y bestias es una misma.

    IV, 4

    GREGORIO. El libro de Salomón, en el cual se hallan estas sentencias, se llama Eclesiastés: lo cual propiamente significa El Predicador. Y en un sermón la costumbre es presentar una opinión, mediante la cual pueda apaciguarse la tumultuosa sedición del pueblo común; y aunque los diversos tengan opiniones diversas, todos, por los argumentos y razones del Predicador, son llevados a unidad y concordia; y por eso este libro se llama El Predicador: porque en él Salomón toma como sobre sí la persona y las palabras de la plebe desordenada, y a modo de indagación dice aquellas cosas que acaso los hombres ignorantes piensan verdaderamente por la tentación; y por tanto, cuantas cuestiones propone a modo de investigación, tantas personas diversas toma en cierto modo sobre sí; mas el verdadero Predicador, como con su mano, compone todas sus dudas y desacuerdos, y los reduce a todos a concordia y unidad de opinión, cuando al fin de su libro dice: Oigamos todos juntamente el fin del discurso: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es todo el hombre. Pues si en aquel libro no hubiera tomado con su discurso la persona de diversos, ¿por qué amonestó a todos a poner fin al discurso, juntamente con él, y a oír?
    Él, pues, que en la conclusión del libro dice: Oigamos todos juntamente: da testimonio evidente de sí mismo, de que tomó muchas personas sobre sí, y de que no habló en absoluto por sí mismo; y por tanto, hay en aquel libro algunas cosas que se proponen a modo de disputa, y otras que por la razón dan satisfacción; algunas que dice en la persona de uno que es tentado y que todavía sigue los placeres del mundo; y otras en las que discute de ellas según la regla de la razón, para apartar el ánimo del placer y deleite vanos; pues como allí dice: Esto, pues, me parece bueno, que el hombre coma y beba, y goce de su trabajo : así después añade: Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete. Porque si es bueno comer y beber, mejor parece ir a la casa del banquete que a la del luto; y por tanto, por esto es evidente que dijo aquella sentencia primera en la persona de los hombres frágiles, y pronunció esta última según la regla de la razón; y por eso, seguidamente expone los fundamentos de su razón y muestra qué provecho se obtiene yendo a la casa del luto, diciendo así: Porque en ella se nos recuerda el fin de todos los hombres, y el que vive piensa en lo que ha de ser. De nuevo hallamos escrito allí: Oh joven, alégrate en tu juventud: y poco después se añade: porque la juventud y el placer son cosas vanas.
    Viendo, pues, que después reprueba por vano lo que antes parecía aprobar, claramente declara que dijo aquellas palabras como por concupiscencia carnal, y las otras por un juicio recto y verdadero. Por tanto, como en primer lugar expresa el deleite de las cosas carnales y declara que es bueno desechar todo cuidado y comer y beber, así después, con razón y juicio, reprueba aquello cuando dice que es mejor ir a la casa del luto que a la casa del banquete; y aunque dice que el joven debe alegrarse en su juventud, lo dice como procedente de la resolución de una mente carnal; pues después, por sentencia definitiva, reprueba la juventud y el placer como cosas vanas. Así también, y de semejante manera, nuestro Predicador expone la opinión de la sospecha humana, como en la persona de los débiles y sujetos a tentación, cuando dice: La muerte del hombre y de las bestias es una, y su condición la misma: como muere el hombre, así mueren ellas; todas las cosas respiran del mismo modo, y el hombre no tiene más que las bestias: aunque después expone su propia opinión, procedente del juicio y de la razón, en estas palabras: ¿Qué tiene el sabio más que el necio, y qué el pobre, sino que puede ir adonde está la vida? El, pues, que dijo: El hombre no tiene más que las bestias: dijo también con madura deliberación que el sabio no solo tiene más que la bestia, sino también más que el necio, a saber, que va a aquel lugar donde está la vida; en cuyas palabras nos enseña también que la vida del hombre no está en este mundo, pues afirma que está en otra parte; por lo cual el hombre tiene esto más que las bestias, porque ellas después de la muerte no viven; mas él comienza entonces a vivir de verdad, cuando por la muerte mortal pone fin a esta vida transitoria; y por eso mucho después dice: Todo lo que tu mano pueda hacer, hazlo al instante; porque en el infierno adonde vas, no habrá obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría: ¿cómo, pues, es una la muerte del hombre y de las bestias, y cómo es su condición y estado el mismo? ¿O cómo no tiene el hombre más que las bestias, cuando ellas después de la muerte no viven, y las almas de los hombres, después de la muerte de sus cuerpos, son llevadas al infierno por sus malas obras, y no mueren cuando parten de esta vida? Mas en estas dos sentencias, que parecen contrarias entre sí, se manifiesta que el Predicador dice la verdad: diciendo la una por la tentación carnal, y después, con deliberación y según la verdad, asienta resueltamente y define lo contrario.
    PEDRO. Me alegro de haber ignorado aquella cuestión que pregunté, pues por medio de ella he llegado a un entendimiento tan exacto de lo que antes no sabía. Pero te ruego que lo lleves con paciencia si yo también, a semejanza de este nuestro Predicador, tomo sobre mí la persona de los hombres débiles y frágiles, para poder mejor, como por sus preguntas, serles provechoso en su debilidad y flaquezas.
    GREGORIO. ¿Por qué no he de soportarte, condescendiendo con las flaquezas de tus prójimos, cuando Pablo dice: A todos me hice todo, para salvar a todos: y ciertamente has de ser más reverenciado por condescender a su debilidad por caridad, y en ello imitas las huellas de un excelente predicador.

    Capítulo quinto

    de una cuestión tocante al alma, que sale invisiblemente del cuerpo: a saber, si existe tal cosa, pues no puede ser vista.

    IV, 5

    PEDRO. Sucedió que me hallé presente cuando uno partía de esta vida; y de repente, estando hablando, dio su espíritu; y a quien antes oía hablar conmigo, en un instante lo vi muerto; pero si su alma salió del cuerpo o no, eso no lo vi: y parece muy difícil creer lo que ningún hombre puede contemplar.
    GREGORIO. ¿Qué maravilla es, Pedro, que no vieses al alma salir del cuerpo, cuando tampoco la ves mientras permanece en el cuerpo? ¿Qué? ¿Crees tú que no tengo alma, porque, mientras hablas ahora conmigo, no puedes verla? La naturaleza del alma es invisible; y, por tanto, invisiblemente sale del cuerpo, así como invisiblemente permanece en el cuerpo.
    PEDRO. Que el alma tiene vida, mientras permanece en el cuerpo, fácilmente lo percibo por su movimiento: pues si el cuerpo estuviera privado del alma, de ningún modo podrían moverse los miembros; pero que el alma viva cuando está fuera del cuerpo, por qué movimientos o acciones deba yo colegirlo, deseo ser informado por ti: para que, por las cosas que veo, pueda conocer aquello que no puedo ver.
    GREGORIO. Aunque no con gran sutileza de discurso, con todo afirmo con confianza ser cosa muy verdadera, que así como la virtud del alma vivifica y mueve el cuerpo, así la virtud de Dios llena todas las cosas que ha creado; y a unas da vida infundiéndosela; a otras se la concede de otra manera; y a otras sólo les da el ser, sin vida alguna. Pues si no dudas que Dios es criador y conservador de todas las cosas, que llena y abraza todas las cosas, que excede a todas y las sustenta, que es incircunscriptible e invisible; así tampoco debes dudar que es servido por criaturas invisibles, pues los que sirven deben ser en algo semejantes a aquel a quien sirven; y, por consiguiente, no debemos dudar que, siendo él invisible en sí mismo, ellas sean también de la misma naturaleza. ¿Y qué criaturas pueden ser estas sino sus santos Ángeles y las almas de los justos? Por lo cual, así como sabes, cuando ves moverse el cuerpo, que el alma permanece en el cuerpo, y esto lo coliges del cuerpo que es lo más bajo; así debes pensar de la vida del alma que sale del cuerpo, deduciendo razón de Dios, que es lo más alto: a saber, que el alma vive invisiblemente, pues ha de permanecer en el servicio del Criador invisible.
    PEDRO. Todo eso está muy bien dicho; mas nuestra mente difícilmente puede ser inducida a creer lo que con nuestros ojos corporales no podemos contemplar.
    GREGORIO. Viendo que San Pablo dice, que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, el argumento de las cosas que no aparecen: verdaderamente se dice que creemos lo que no se puede ver, y de ningún modo creemos lo que con los ojos contemplamos; mas, para volver a ti en pocas palabras, digo que ninguna cosa visible se ve sino por medio de las invisibles: porque aunque tu ojo corporal contemple todas las criaturas sensibles, no podría contemplar cosa alguna, si no recibiese fuerza de aquello que es invisible; pues quita el alma, que nadie ve, y en vano se abren los ojos para mirar algo. Quita el alma del cuerpo, y los ojos, sin duda alguna, pueden quedar abiertos como antes. Si, pues, nuestros ojos viesen por sí mismos, ¿cómo es que, ida ya el alma, nada absolutamente ven? Aprende, pues, por esto, que las mismas cosas visibles no se ven sino por medio de las que son invisibles. Imaginemos también que viésemos delante de nosotros la construcción de casas, levantarse grandes maderos y piedras, colgarse sobre máquinas grandes columnas: ¿qué, os pregunto, efectúa todo esto? ¿el cuerpo visible que con las manos tira y mueve aquellas cosas enormes y macizas, o el alma invisible que da vida al cuerpo? Porque quita lo que no se ve en el cuerpo, y al instante todas aquellas cosas que antes se movían quedarán sin movimiento alguno. Por lo cual fácilmente podemos colegir que nada puede disponerse en este mundo visible, sino por otra criatura invisible; pues así como Dios Todopoderoso, ya por inspiración, ya llenando a las criaturas que tienen razón, vivifica y mueve aquellas cosas que son invisibles, así, de la misma manera, las cosas que son invisibles dan movimiento y sentido a los cuerpos carnales que son visibles.
    PEDRO. Vencido de buena gana por estas razones alegadas, confieso que me veo casi forzado a pensar que estas cosas visibles no son nada; mientras que antes, tomando la persona de los hombres flacos e indoctos, dudaba de si había criaturas invisibles o no; por lo cual todo vuestro discurso me agrada mucho; mas, así como estoy seguro de la vida del alma por el movimiento del cuerpo, así deseo saber por algunas ciertas y seguras demostraciones que el alma también vive después de haber salido del cuerpo.

    Capítulo sexto

    que así como la vida del alma, mientras permanece en el cuerpo, se conoce por el movimiento de los miembros, así la vida del alma, después de la muerte en los santos, se ha de hallar por la virtud de los milagros.

    IV, 6

    GREGORIO. En esto estoy muy pronto a satisfacer vuestro deseo; y para prueba de este punto no hallo dificultad alguna: pues ¿pensáis que los santos Apóstoles y mártires de Cristo habrían despreciado esta vida presente y entregado sus cuerpos a la muerte, si no hubieran sabido que sus almas vivirían con toda seguridad para siempre? Confesáis que conocéis la vida del alma que permanece en el cuerpo por su movimiento. Pues mirad cómo aquellos que perdieron sus vidas por Cristo, y creyeron que las almas vivían después de la muerte, son ilustres por sus milagros diarios. Porque los enfermos vienen a sus cuerpos muertos y son curados; los perjuros acuden allí y son poseídos por los demonios; los poseídos los visitan y son librados; los leprosos vienen y son limpiados; los muertos son traídos y resucitados. Considerad, pues, de qué manera viven sus almas en aquellos lugares donde viven, cuyos cuerpos muertos viven también en este mundo con tantos milagros. Si, pues, colegís la vida del alma que permanece en el cuerpo por el movimiento de los miembros, ¿por qué no inferís igualmente, por los huesos muertos que obran milagros, que el alma vive después de la muerte del cuerpo?
    PEDRO. Ninguna solución, según pienso, puede destruir la fuerza de esta razón alegada: por la cual somos constreñidos, mediante las cosas visibles, a creer aquellas que no vemos y son invisibles.

    Capítulo séptimo

    del tránsito de las almas de los hombres.

    IV, 7

    GREGORIO. Poco ha os quejabais de no poder ver el alma de uno cuando salía de su cuerpo; pero ese fue vuestro yerro, que deseabais contemplar con ojos corporales una cosa invisible; pues muchos de nosotros, que mediante fe sincera y abundante oración, hemos tenido purificado el ojo del alma, hemos visto a menudo almas salir de sus cuerpos: y por tanto ahora pienso que es necesario exponer de qué manera y en qué forma se han visto las almas de los hombres salir de sus cuerpos; y también qué cosas maravillosas les han sido reveladas en el momento de su tránsito; para que de este modo los ejemplos satisfagan nuestras mentes vacilantes y dudosas, a las que la razón no puede persuadir plenamente. Por lo cual, para comenzar, recuerdo que en el segundo libro de esta obra os dije cómo el venerable Benito (según supe por relación de sus propios monjes), estando lejos de la ciudad de Capua, vio el alma de Germán (obispo de aquel mismo lugar) ser llevada al cielo a medianoche en un globo de fuego; quien, viendo el alma mientras subía, vio también, en la grandeza de su propia alma, dentro del ámbito de un solo rayo de sol, todo el mundo como recogido en uno.

    Capítulo octavo

    del tránsito del alma de Especioso, monje.

    IV, 8

    Por relación también de los mismos monjes, sus discípulos, supe cómo dos nobles hermanos, muy doctos en letras humanas, llamados el uno Especioso y el otro Gregorio, entraron en religión, para vivir allí virtuosamente bajo la dirección de su Regla; a los cuales el venerable padre colocó en un Monasterio suyo, junto a la ciudad de Terracina. Estos, mientras permanecían en el mundo, eran muy ricos; mas, para redención de sus propias almas, lo habían dado todo a los pobres, y vivían en el mismo Monasterio. Uno de estos dos, a saber, Especioso, fue enviado por negocios del Monasterio a la ciudad de Capua; su hermano carnal Gregorio, entretanto, sentado a la mesa a la hora de comer entre los otros monjes, arrebatado en espíritu, vio el alma de su hermano, aunque tan lejos, salir de su cuerpo; lo cual inmediatamente contó a los otros monjes, y al punto, con toda prisa, se puso en camino hacia Capua, donde halló a su hermano recién sepultado, y supo allí que había muerto en aquella misma hora en que él vio salir su alma del cuerpo.
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