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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 1. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    León Magno · Eutiques · Flaviano de Constantinopla · Teodoreto de Ciro · Gala Placidia · Ceretio, Salonio y Verano · Concilio de Calcedonia · Anatolio de Constantinopla

    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Texto base: versión inglesa de Charles Lett Feltoe, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12 (Leo the Great, Gregory the Great), «Letters» · setenta y tres cartas, entre ellas la 28, el Tomo a Flaviano

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura por partes · ≈ 48 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué escribe un obispo de Roma cuando de Constantinopla le llega la noticia de que un monje venerable enseña que en Cristo, después de la unión, hay una sola naturaleza? León Magno responde con una carta, la 28, que Calcedonia leyó en 451 y que la tradición llama el Tomo a Flaviano: el mismo Hijo, perfecto Dios y perfecto hombre, «en la entera y perfecta naturaleza del verdadero hombre nació el verdadero Dios» (Carta 28, § III). Esa carta va aquí rodeada de las demás: setenta y tres, de las que la edición de Feltoe da casi completa la serie del caso de Eutiques y, del resto de su correspondencia, solo muestras.

    Ficha de la obra

    AutorLeón Magno (León I), obispo de Roma desde el 29 de septiembre de 440 hasta su muerte el 10 de noviembre de 461 (Wikipedia). Feltoe lo llama «el primer gran papa y obispo de Roma de lengua latina» y señala que él mismo reconocía no saber griego
    TítuloCartas (en la edición inglesa, Letters). Es una selección: la numeración de la edición llega a 171 y esta recoge setenta y tres cartas
    Fecha440–461, los años de su episcopado; la edición da al pie de muchas cartas su fecha, y esas son las que aquí se citan
    GéneroCorrespondencia pastoral y doctrinal: disciplina, herejías, el caso de Eutiques, el concilio de Calcedonia y sus consecuencias
    VocesSesenta y cinco cartas son de León; ocho son de otros —Eutiques (21), Flaviano (22 y 26), Teodoreto de Ciro (52), Gala Placidia (56), tres obispos galos (68), el concilio de Calcedonia (98) y Anatolio de Constantinopla (101, solo un capítulo)— y figuran con su autor
    Extensión73 cartas divididas en 280 secciones; unas 80 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12, versión de Charles Lett Feltoe, tal como la recoge New Advent
    Las cartas conservan su número en la edición de Feltoe, que sigue la numeración de los Ballerini: por eso faltan los intermedios. Feltoe da casi completa la serie del caso de Eutiques y, del resto, solo muestras; agrupadas por asunto, las cartas son estas:
    AsuntoCartas
    Disciplina y herejías en Occidente: Aquileya, Italia, Iliria, Sicilia, Mauritania, Hispania, Galia1, 4, 6, 7, 10, 12, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 40, 42, 66, 67, 108, 159, 166, 167
    León y Alejandría9, 129, 171
    Eutiques y el sínodo de Constantinopla20, 21, 22, 23, 24, 26, 27
    El Tomo, las cartas que lo acompañan y su recepción28, 29, 31, 32, 33, 34, 35, 37, 38, 39, 68
    Éfeso II y el llamado a un nuevo concilio43, 44, 45, 52, 56, 59, 69
    Calcedonia79, 80, 82, 85, 88, 93, 95, 98, 101
    Anatolio y el canon 28104, 105, 106
    Palestina, Egipto y el emperador León109, 113, 117, 119, 120, 123, 124, 139, 156, 158, 162, 164, 169

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Charles Lett Feltoe, publicada en el volumen 12 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), Leo the Great, Gregory the Great, editada por Philip Schaff y Henry Wace. Según New Advent, el volumen apareció en Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1895) y esta obra es su texto, revisado y editado por Kevin Knight; la portada que reproduce CCEL nombra a T&T Clark, de Edimburgo, con una reimpresión de Eerdmans (Grand Rapids), sin año en el texto. Se tradujo del inglés, no del latín.
    La portada del volumen dice: The Letters and Sermons of Leo the Great, Bishop of Rome, translated, with Introduction, Notes, and Indices, by the Rev. Charles Lett Feltoe, M.A., late Fellow of Clare College, Cambridge. En su nota preliminar, fechada en Fornham All Saints, en Pascua de 1894, Feltoe cuenta que, salvo la ayuda del libro del canónigo Bright (S. Leo on the Incarnation) en los comentarios y explicaciones, la selección y la traducción son «prácticamente originales»; que de las cartas da casi completa la serie relacionada con la controversia eutiquiana, «la principal ocupación» del episcopado de León, y de las demás solo muestras de su modo de tratar otros asuntos; y que el texto traducido es en su mayor parte el de los Ballerini, tal como lo da Migne (Patrologia Latina, vol. 54), aunque, dice, es muy de desear una edición más crítica.
    Lo que viene de la edición. Cada carta empieza con un pasaje «encabezado» que reúne dos cosas de procedencia distinta: la línea en cursiva con el destinatario o el remitente, que es del editor, y, si la hay, la fórmula de saludo de la propia carta, que es del autor. Los títulos de las secciones, con su numeración, son sumarios de los editores, no palabras de León: la mayoría va en romanos, pero las cartas 1, 10, 15, 26, 35, 108 y 167 titulan en arábigos alguna sección (el «§ 3» de la carta 1, por ejemplo). Trece cartas (17, 18, 20, 27, 29, 32, 37, 38, 39, 40, 42, 56 y 158) tienen una sola sección sin número y la 67 no tiene sumarios; en la 167, los sumarios de las diecinueve respuestas de León se titulan «Cuestión 1»… «Cuestión 18» y «Pregunta 19» (en el inglés, siempre «Question»), y se conservan así. El encabezado de la 28 es Carta 28 - «El Tomo». De la carta 101, de Anatolio, el editor traduce solo el capítulo III, como lo avisa un corchete suyo. Las referencias bíblicas entre corchetes son notas de la edición que New Advent integra en el texto. El epub omite el prefacio, la introducción y las notas de Feltoe. La traducción castellana se conserva tal como está; las erratas y calcos de la traducción automática no se corrigen.

    Carta 1

    Carta 1, encabezado

    Al obispo de Aquileia.

    I. Por la negligencia de las autoridades, la herejía pelagiana se ha ido extendiendo en su provincia

    Carta 1, § I

    Del relato de nuestro santo hermano y coobispo Septimio, contenido en la carta adjunta, hemos entendido que algunos presbíteros y diáconos y clérigos de diversos órdenes en vuestra provincia, que han sido arrastrados por la herejía pelagiana o celestiana, han alcanzado la comunión católica sin que se les exigiera retractación alguna de su peculiar error; y que, mientras los pastores puestos a vigilar estaban profundamente dormidos, lobos cubiertos con pieles de oveja, pero sin abandonar sus mentes bestiales, han entrado en el redil del Señor; y que practican lo que ni siquiera a los que no han delinquido permiten las prescripciones de nuestros cánones y decretos, a saber: que dejen las iglesias en las que recibieron o recuperaron su oficio y lleven su incertidumbre por todas partes, amando continuar errantes y nunca permanecer sobre los fundamentos de los Apóstoles. Pues sin ser probados por examen alguno ni obligados por ninguna previa confesión de fe, hacen gran alarde de su derecho al privilegio de ir de casa en casa bajo pretexto de estar en comunión con la Iglesia, y corrompen los corazones de muchos por la ignorancia que los hombres tienen de su falso nombre. Y, sin embargo, estoy seguro de que no podrían hacer esto si los gobernantes de las iglesias hubieran ejercido su debida diligencia en la recepción de tales hombres, y no hubieran permitido que ninguno de ellos vagara de un lugar a otro.

    II. Ordena que se convoque un sínodo provincial para recibir la retractación de los herejes en términos expresos

    Carta 1, § II

    En consecuencia, para que esto no se intente más, y para que esta perniciosa costumbre, que debe su introducción a la negligencia de algunas personas, no resulte en la ruina de muchas almas, por esta nuestra autoritativa orden os encargamos, hermano, que pongáis diligencia en que se convoque un sínodo del clero de vuestra provincia, y todos, ya sean presbíteros o diáconos o clérigos de cualquier rango que hayan sido readmitidos de su alianza con los pelagianos y celestianos a la comunión católica con tanta precipitación que no fueron primero obligados a retractar su error, sean ahora al menos forzados a una verdadera corrección, que puede aprovecharles a ellos mismos y no dañar a nadie, puesto que su engaño ha sido en parte descubierto. Que por su confesión pública condenen a los autores de este presuntuoso error y renuncien a todo lo que la Iglesia universal ha repudiado en su doctrina; y que anuncien por declaraciones plenas y abiertas, firmadas de su propia mano, que abrazan y aprueban enteramente todos los decretos sinodales que la autoridad de la Sede Apostólica ha ratificado para el desarraigo de esta herejía. Nada de oscuro, nada de ambiguo ha de hallarse en sus palabras. Porque sabemos que su astucia es tal, que juzgan que el sentido de cualquier cláusula de su execrable doctrina puede defenderse con solo mantenerla separada del cuerpo de sus sentencias condenables.

    3. La doctrina pelagiana sobre la gracia de Dios no es conforme a las Escrituras

    Carta 1, § 3

    Y cuando fingen desaprobar y abandonar todas sus definiciones para facilitar la evasión mediante su completo arte de engaño, a menos que se descubra su significado, hacen excepción del dogma de que la gracia de Dios se da según los méritos del receptor. Y, sin embargo, ciertamente, a menos que se dé gratuitamente, no es un don, sino un precio y compensación por los méritos: pues el bienaventurado Apóstol dice, «por gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas [].» Así, toda concesión de buenas obras es de la preparación de Dios: porque el hombre es justificado por gracia más bien que por su propia excelencia: porque la gracia es para cada uno la fuente de la justicia, la fuente del bien y el manantial del mérito. Pero estos herejes dicen que es anticipada por la bondad natural del hombre por esta razón: que aquella naturaleza que (en su opinión) es antes de la gracia conspicua por sus buenos deseos propios, no parezca estropeada por mancha alguna de pecado original, y que se falsee lo que la Verdad dice: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»

    IV. Son esenciales medidas prontas

    Carta 1, § IV

    Debéis, pues, amadísimos, tener cuidado y con gran diligencia proveer que las ofensas que han sido largo tiempo removidas no se levanten de nuevo por medio de tales hombres y que ninguna semilla del mismo mal brote en vuestra provincia de una doctrina que ha sido una vez desarraigada: porque no solo echará raíces y crecerá, sino que también contaminará a las futuras generaciones de la Iglesia con sus exhalaciones venenosas. Los que desean parecer corregidos deben purificarse de toda sospecha: y obedeciéndonos, probar que son nuestros. Y si alguno de ellos se niega a satisfacer nuestras saludables órdenes, sea clérigo o laico, debe ser expulsado de la sociedad de la Iglesia, no sea que obre traidoramente contra la seguridad de otros y pierda además su propia alma.

    V. Deben aplicarse los cánones contra los clérigos que vagan de una iglesia a otra

    Carta 1, § V

    Os amonestamos también a que restauréis a pleno funcionamiento aquella parte de la disciplina de la Iglesia por la cual los santos Padres y nosotros hemos decretado a menudo en tiempos anteriores que ni en el grado del sacerdocio ni en el orden del diaconado ni en los rangos inferiores del clero, está alguno en libertad de emigrar de iglesia en iglesia: a fin de que cada uno persevere donde fue ordenado sin dejarse seducir por la ambición, ni extraviar por la codicia, ni corromper por las malas creencias de los hombres: y así, si alguno, buscando sus propios intereses, no los de Jesucristo, descuida volver a su propio pueblo e iglesia, sea considerado fuera del redil tanto en cuanto a la promoción como en cuanto al vínculo de la comunión. Pero no dudéis, amadísimos, que debemos sentirnos algo gravemente conmovidos si, como no lo pensamos, nuestros decretos para el mantenimiento de los cánones y la integridad de la fe son descuidados: porque las faltas de los órdenes inferiores han de cargarse a la puerta de nadie tanto como de aquellos gobernantes perezosos y negligentes que a menudo fomentan mucha pestilencia al rehuir la aplicación de un remedio riguroso.

    Carta 4

    Carta 4, encabezado

    León, obispo de la ciudad de Roma, a todos los obispos establecidos en Campania, Piceno, Etruria y en todas las provincias, salud en el Señor.

    I. Introducción

    Carta 4, § I

    Como el arreglo pacífico de las iglesias nos causa satisfacción, así nos entristecemos con no poca pena siempre que nos enteramos de que algo se ha dado por supuesto o hecho en contra de las ordenanzas de los cánones y de la disciplina de la Iglesia: y si no reprimimos tales cosas con la vigilancia que debemos, no podemos excusarnos ante Aquel que quiso que fuéramos centinelas [], por permitir que el cuerpo puro de la Iglesia, que debemos mantener limpio de toda mancha, sea contaminado por el contacto con malvados intrigantes, ya que la armonía del conjunto de los miembros se pierde con tal disimulo.

    II. No han de ser ordenados los esclavos ni los siervos (colonos)

    Carta 4, § II

    Comúnmente son admitidos a la Orden Sagrada hombres que no están calificados por dignidad alguna de nacimiento o de carácter: incluso algunos que no han logrado obtener su libertad de sus amos son elevados al rango del sacerdocio, como si los esclavos miserables fueran aptos para ese honor; y se cree que puede ser aprobado por Dios quien aún no ha podido aprobarse ante su amo. Y así la causa de queja es doble en este asunto, porque tanto el ministerio sagrado es contaminado por tan pobres partícipes en él, como los derechos de los amos son infringidos en cuanto se toma posesión ilegal de ellos precipitadamente. De estos hombres, pues, amadísimos hermanos, que todos los presbíteros de vuestra provincia se mantengan alejados; y no solo de ellos, sino también de otros, os deseamos que os mantengáis alejados, que estén bajo el vínculo de origen u otra condición de servicio: a menos que acaso se haga saber la petición o el consentimiento de los que reclaman alguna autoridad sobre ellos. Pues el que ha de ser inscrito en el servicio divino debe estar exento de otros, para que no sea apartado del campamento del Señor, en el que su nombre está inscrito, por otros vínculos de deber.

    III. Quien se ha casado dos veces o con una viuda no es apto para el sacerdocio

    Carta 4, § III

    Además, cuando se ha establecido la respetabilidad de nacimiento y de conducta de cada uno, qué tipo de persona debe asociarse con el ministerio del Sagrado Altar lo hemos aprendido tanto de la enseñanza del Apóstol como de los preceptos divinos y de las regulaciones de los cánones, de las cuales hallamos que muchísimos de los hermanos se han apartado y bastante desviado del camino. Pues es bien sabido que los maridos de viudas han alcanzado el sacerdocio: ciertos, también, que han tenido varias esposas, y han llevado una vida entregada a toda licencia, han tenido todas las facilidades puestas en su camino, y han sido admitidos a la Orden Sagrada, en contra de aquella expresión del bienaventurado Apóstol, en la que proclama y dice a tales, «marido de una sola mujer,» y en contra de aquel precepto de la antigua ley que dice a modo de advertencia: «Tome el sacerdote por esposa a una virgen, no a una viuda, no a una divorciada.» Todos los tales, pues, que han sido admitidos, ordenamos que sean expulsados de sus oficios en la iglesia y del título de presbítero por la autoridad de la Sede Apostólica: pues no tendrán pretensión alguna a aquello para lo que no eran elegibles, a causa del obstáculo en cuestión: y especialmente reclamamos para nosotros el deber de resolver esto, que si se han cometido algunas de estas irregularidades, puedan ser corregidas y no se permita que ocurran de nuevo, y que no surja excusa alguna por ignorancia: aunque jamás se ha permitido a un presbítero ignorar lo que ha sido establecido por las reglas de los cánones. Estos escritos, pues, los hemos dirigido a vuestras provincias por mano de Inocencio, Legítimo y Segecio, nuestros hermanos y coobispos: para que los brotes malos que se sabe han brotado sean arrancados de raíz, y ninguna cizaña eche a perder la cosecha del Señor. Pues así todo lo genuino dará mucho fruto, si lo que ha solido matar la mies en crecimiento es cuidadosamente eliminado.

    IV. Prohíbense las prácticas usurarias a los clérigos y a los laicos

    Carta 4, § IV

    También hemos pensado que no debe pasarse por alto este punto: que ciertos poseídos por el amor de la ganancia vil prestan su dinero a interés, y desean enriquecerse como usureros. Pues nos apena que esto se practique no solo por los que pertenecen al clero, sino también por laicos que desean ser llamados cristianos. Y decretamos que los que hayan sido convictos sean castigados severamente, para que se elimine toda ocasión de pecar.

    V. Un clérigo no puede ganar dinero en nombre de otro, como tampoco en el suyo propio

    Carta 4, § V

    La siguiente advertencia, también, hemos considerado conveniente dar: que ningún clérigo intente ganar dinero en nombre de otro más que en el suyo propio: pues es indecoroso escudar el propio crimen bajo las ganancias de otro. Más bien, debemos mirar y aspirar únicamente a aquella usura por la cual lo que otorgamos en misericordia aquí podamos recuperarlo del Señor, que devolverá el céntuplo de lo que durará para siempre.

    VI. Todo obispo que se niegue a consentir estas reglas debe ser depuesto

    Carta 4, § VI

    Esta nuestra amonestación proclama, pues, que si alguno de nuestros hermanos procurara contravenir estas reglas y osara hacer lo que por ellas está prohibido, sepa que incurre en la deposición de su oficio, y que no será partícipe de nuestra comunión quien rehúse ser partícipe de nuestra disciplina. Mas para que no haya nada que por nosotros pueda tal vez pensarse omitido, os mandamos, amadísimos, guardar todas las reglas decretales de Inocencio de bendita memoria, y también de todos nuestros predecesores, que han sido promulgadas acerca de los órdenes de la Iglesia y de la disciplina de los cánones, y guardarlas de tal manera que si alguno las ha transgredido sepa al punto que se le niega toda indulgencia.
    Dado el 10 de octubre, en el consulado del ilustre Máximo (por segunda vez) y de Paterio (d. C. 443).

    Carta 6

    Carta 6, encabezado

    León a su amadísimo hermano Anastasio.

    I. Se complace en que los obispos de Iliria le hayan consultado sobre cuestiones importantes

    Carta 6, § I

    El amor fraterno de nuestros colegas nos hace leer con ánimo agradecido las cartas de todos los presbíteros; pues en ellas nos abrazamos unos a otros en espíritu como si estuviéramos cara a cara, y por el intercambio de tales epístolas nos asociamos en conversación mutua. Pero en esta presente carta el afecto mostrado nos parece mayor de lo acostumbrado: pues nos informa del estado de las iglesias, y nos urge a un ejercicio vigilante de cuidado por consideración de nuestro oficio, de modo que, estando puestos, por así decirlo, en una atalaya, según la voluntad del Señor, debemos tanto prestar nuestra aprobación a las cosas cuando marchan conforme a nuestros deseos, como corregir, aplicando los remedios de la compulsión, lo que observamos que ha ido mal por cualquier agresión: esperando que resulte abundante fruto de nuestra siembra de la semilla, si no permitimos que aumenten aquellas cosas que han comenzado a brotar para el deterioro de la cosecha.

    II. Siguiendo el ejemplo de sus predecesores, nombra a Anastasio metropolitano de Iliria

    Carta 6, § II

    Ahora, pues, querido hermano, como tu petición nos ha sido dada a conocer por medio de nuestro hijo Nicolás el presbítero, de que tú también, como tus predecesores, recibas de nosotros a nuestra vez autoridad sobre Iliria para la observancia de las reglas, damos nuestro consentimiento y exhortamos encarecidamente a que no se permita ocultación alguna ni negligencia alguna en la gestión de las iglesias situadas en toda Iliria, las cuales te confiamos en nuestro lugar, siguiendo el precedente de Siricio de bendita memoria, quien entonces, por primera vez, procediendo con método fijo, las confió a tu antecesor antepenúltimo, Anisio de santa memoria, quien en aquel tiempo había merecido bien de la Sede Apostólica y fue aprobado por los acontecimientos posteriores: para que prestara ayuda a las iglesias situadas en aquella provincia a las que deseaba mantener en disciplina. Los nobles precedentes deben seguirse con afán para que nos mostremos en todo semejantes a aquellos cuyos privilegios deseamos gozar. Deseamos que imites tanto a tu antecesor antepenúltimo como a tu predecesor inmediato, de quien se sabe igualmente con el primero que mereció y empleó este privilegio: de modo que nos regocijemos en el progreso de las iglesias que te confiamos en nuestro lugar. Pues así como la marcha de los asuntos progresa honorablemente cuando se confía a uno que obra bien y desempeña hábilmente los deberes del estado sacerdotal, así se halla que es solo una carga para aquel que, cuando se le confía el poder, no usa la moderación debida.

    III. Los ordenandos deben ser seleccionados cuidadosamente con especial atención a los cánones de la Iglesia

    Carta 6, § III

    Y así, querido hermano, sostén con vigilancia el timón que te ha sido confiado, y dirige la mirada de tu mente en derredor sobre todo lo que ves puesto a tu cargo, guardando lo que conducirá a tu recompensa y resistiendo a los que se esfuerzan por trastornar la disciplina de los cánones. La sanción de la ley de Dios debe ser respetada, y los decretos de los cánones deben ser más especialmente guardados. En todas las provincias que te han sido confiadas, sean consagrados al Señor tales presbíteros como sean recomendados solo por su vida meritoria y su posición entre el clero. No se permita licencia alguna al favor personal, ni a la solicitación, ni a los votos comprados. Investíguese cuidadosamente el caso de los que han de ser ordenados y sean formados en la disciplina de la Iglesia durante un período considerable de su vida. Pero si se hallan en ellos todos los requisitos de los santos Padres, y si han observado todo lo que leemos que el bienaventurado apóstol Pablo ordenó a tales, a saber, que sea marido de una sola mujer, y que ella era virgen cuando se casó con ella, como lo requiere la autoridad de la ley de Dios, [entonces ordenadlos]. Y esto estamos sumamente ansiosos de que se observe, a fin de eliminar todo lugar para excusas, no sea que alguien crea que puede alcanzar el sacerdocio quien tomó esposa antes de obtener la gracia de Cristo, y al morir ella se unió a otra después del bautismo. Puesto que la primera esposa no puede ser ignorada, ni el matrimonio anterior quedar fuera del cómputo, y que él es tan padre de los hijos que engendró de aquella esposa antes del bautismo como de los que se sabe que engendró de la segunda después del bautismo. Pues así como los pecados y las cosas que se sabe son ilícitas se lavan en la pila bautismal, así lo que es permitido o lícito no queda abolido.

    IV. Los metropolitanos no deben ordenar precipitadamente ni sin consultar a su primado

    Carta 6, § IV

    Que nadie sea ordenado sacerdote en todas estas iglesias de manera inconsiderada; porque así se formarán juicios maduros acerca de los que han de ser elegidos, si se teme tu escrutinio, hermano. Pero sepa cualquier obispo que, contra nuestro mandato, sea ordenado por su metropolitano sin tu conocimiento, que no tiene posición segura ante nosotros, y que quienes se han arrogado hacerlo así deberán rendir cuenta de su presunción. Mas así como a cada metropolitano se le ha confiado tal potestad que tiene derecho de ordenar en su provincia, así deseamos que los metropolitanos mismos sean ordenados, pero no sin juicio maduro y bien ponderado. Pues aunque es conveniente que todos los que son consagrados sacerdotes sean aprobados y agradables a Dios, deseamos, sin embargo, que tengan excelencia peculiar aquellos de quienes sabemos que van a presidir a los coobispos que se les asignen. Y te amonestamos, amado, a velar por esto con mayor diligencia y cuidado, para que se pruebe que guardas aquel precepto de los Apóstoles que dice: «No impongas a nadie precipitadamente las manos [].»

    V. Los asuntos que no pueden resolverse en el sínodo provincial han de remitirse a Roma

    Carta 6, § V

    Cualquier hermano que haya sido convocado a un sínodo debe asistir y no negarse a la santa congregación: pues allí especialmente ha de saber que debe resolverse lo que conduzca a la buena disciplina de la Iglesia. Porque todas las faltas se evitarán mejor si se celebran conferencias más frecuentes entre los sacerdotes del Señor, y la relación íntima es la mayor ayuda tanto para el adelanto como para el amor fraterno. Allí, si surgen cuestiones, bajo la guía del Señor podrán determinarse, de modo que no quede resentimiento alguno y solo exista entre los hermanos un amor más firme. Pero si surgiera alguna cuestión más importante, que no pueda resolverse allí bajo tu presidencia, hermano, envía tu informe y consúltanos, para que respondamos bajo la revelación del Señor, por cuya misericordia podemos algo, porque Él nos ha mirado favorablemente: para que con nuestra decisión vindiquemos nuestro derecho de conocimiento de causa conforme a la tradición antigua y al respeto debido a la Sede Apostólica: pues así como deseamos que ejerzas tu autoridad en nuestro lugar, así nos reservamos los asuntos que no puedan decidirse en el lugar y las personas que hayan apelado a nosotros.

    VI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos

    Carta 6, § VI

    Harás que esta carta llegue a conocimiento de todos los hermanos, para que en adelante nadie halle ocasión de excusarse por ignorancia en la observancia de lo que mandamos. Hemos dirigido también nuestra carta de amonestación a los metropolitanos de cada provincia, para que sepan que deben obedecer los mandatos apostólicos, y que nos obedecen a nosotros cuando comienzan a obedecerte a ti, hermano, nuestro delegado según lo que hemos escrito. Oímos, en efecto —y no podemos pasarlo en silencio—, que ciertos hermanos ordenan obispos solo en domingo; pero los presbíteros y diáconos, cuya consagración debería ser igualmente solemne, reciben la dignidad del oficio sacerdotal indistintamente en cualquier día, lo cual es una práctica reprobable, contraria a los cánones y a las tradiciones de los Padres, pues la costumbre debe ser guardada por todos los medios por quienes la han recibido con respecto a todos los órdenes sagrados: de modo que, después de un lapso adecuado de tiempo, el que ha de ser ordenado presbítero o diácono sea promovido por todos los grados del oficio clerical, y así tenga tiempo de aprender aquello de lo que él mismo ha de ser un día maestro. Dado el 12 de enero, en el consulado de Teodosio (por decimoctava vez) y de Albino (444).

    Carta 7

    Carta 7, encabezado

    León, a todos los obispos que presiden las provincias de Italia, salud.

    I. Muchos maniqueos han sido descubiertos en Roma

    Carta 7, § I

    Os llamamos a compartir nuestra solicitud, para que con la diligencia de pastores cuidéis con más atención los rebaños que os han sido confiados, de modo que no se permita artimaña alguna del diablo: no sea que aquella plaga que, por la misericordia reveladora del Señor, es expulsada de nuestros rebaños por nuestro cuidado, se extienda entre vuestras iglesias antes de que estéis prevenidos y aun ignorando lo que sucede, y halle modo de infiltrarse furtivamente en medio de vosotros, y así lo que estamos reprimiendo en la Ciudad eche raíz oculta entre vosotros y crezca. Nuestra investigación ha descubierto en la Ciudad muchísimos seguidores y maestros de la impiedad maniquea; nuestra vigilancia los ha denunciado, y nuestra autoridad y censura los ha reprimido: a aquellos a quienes pudimos reformar, los corregimos y los obligamos a condenar a Maniqueo con sus predicaciones y enseñanzas mediante confesión pública en la iglesia y con la firma de su propia mano, y así hemos levantado del pozo de su iniquidad a quienes reconocieron su culpa, concediéndoles lugar para la penitencia. No pocos, sin embargo, que se habían hundido tan profundamente que ningún remedio podía socorrerlos, han sido sometidos a las leyes conforme a las constituciones de nuestros príncipes cristianos y, para que no contaminasen la grey santa con su contagio, han sido desterrados a perpetuo exilio por los jueces públicos. Y todas las cosas profanas y vergonzosas que se hallan tanto en sus escritos como en sus tradiciones secretas, las hemos puesto al descubierto y demostrado claramente ante los ojos del laicado cristiano, para que el pueblo supiera de qué apartarse o qué evitar: hasta el punto de que el llamado obispo de ellos fue juzgado por nosotros y delató las criminales opiniones que sostenía en su religión mistérica, como pueden mostrároslo las actas de nuestras diligencias. Pues también os las hemos enviado para vuestra instrucción: y después de leerlas estaréis en condiciones de comprender todos los descubrimientos que hemos hecho.

    II. Los obispos de Italia no deben permitir que los maniqueos que han salido de la ciudad escapen o permanezcan ocultos

    Carta 7, § II

    Y como sabemos que no pocos de los que aquí están envueltos en una acusación demasiado estrecha para poder exculparse han huido, os enviamos esta carta, amados, por medio de nuestro acólito: para que vuestra santidad, queridos hermanos, sea informada de esto y tenga a bien obrar con diligencia y cautela, no sea que los hombres del error maniqueo hallen ocasión de dañar a vuestro pueblo y de enseñar sus doctrinas impías. Porque no podemos regir de otro modo a los que se nos han confiado si no perseguimos con el celo de la fe en el Señor a los que son destructores y destruidos: y con toda la severidad que podamos aplicar, los separamos del trato con las mentes sanas, no sea que esta pestilencia se extienda mucho más. Por lo cual os exhorto, amados, os ruego y advierto que empleéis la vigilante diligencia que debéis y podéis en rastrearlos, no sea que hallen ocasión de ocultarse en parte alguna. Pues así como tendrá de Dios una debida recompensa de premio quien cumple lo que conduce a la salud del pueblo que le ha sido encomendado, así ante el tribunal del Señor nadie podrá excusarse del cargo de negligencia si no ha querido guardar a su pueblo contra los propagadores de una creencia errónea e impía. Dado el 30 de enero, en el consulado del ilustre Teodosio Augusto (decimoctava vez) y de Albino (444).

    Carta 9

    Carta 9, encabezado

    León, obispo, a Dioscoro, obispo de Alejandría, salud.

    I. Las iglesias de Roma y Alejandría deben estar unidas en todo

    Carta 9, § I

    Cuánto amor divino sentimos por ti, amado, podrás estimarlo por esto: que nos apresuramos a establecer tus comienzos sobre una base más segura, no sea que algo parezca faltar a la perfección de tu amor, puesto que tus meritorios actos de gracia espiritual, como hemos comprobado, están ya en tu favor. Por tanto, la conversación paterna y fraterna debe serte muy grata, santo hermano, y debes recibirla con el mismo espíritu con que sabes que nosotros la ofrecemos. Pues tú y nosotros debemos estar unidos en pensamiento y obra, para que, como leemos, se pruebe también en nosotros que hay un solo corazón y una sola alma. Porque, habiendo recibido el bienaventurado Pedro del Señor la primacía de los Apóstoles, y permaneciendo aún la iglesia de Roma en sus instituciones, es malvado creer que su santo discípulo Marcos, que fue el primero en gobernar la iglesia de Alejandría, formó sus decretos por una línea distinta de tradición: ya que sin duda discípulo y maestro bebieron un solo Espíritu de la misma fuente de gracia, y el ordenado no pudo transmitir nada distinto de lo que había recibido de quien lo ordenó. No permitimos, por tanto, que discrecemos en nada, ya que nos confesamos de un solo cuerpo y una sola fe, ni que las instituciones del maestro parezcan distintas de las del discípulo.

    II. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos

    Carta 9, § II

    Aquello, pues, que sabemos que fue observado con gran cuidado por nuestros padres, deseamos que también vosotros lo guardéis, a saber: que la ordenación de presbíteros o diáconos no se realice al azar en cualquier día, sino que, después del sábado, se escoja el comienzo de aquella noche que precede al alba del primer día de la semana, en la cual se imparta la sagrada bendición a los que han de ser consagrados, ayunando tanto el ordenante como el ordenado. Esta observancia no se quebrantará si, en efecto, se celebra en la mañana del día del Señor sin romper el ayuno del sábado: pues el comienzo de la noche precedente forma parte de ese período y pertenece sin duda al día de la resurrección, como claramente se establece respecto de la fiesta de la Pascua. Porque, además del peso de la costumbre que sabemos descansa sobre la enseñanza de los Apóstoles, la Sagrada Escritura lo aclara también, pues cuando los Apóstoles enviaron a Pablo y Bernabé, por mandato del Espíritu Santo, a predicar el evangelio a las naciones, les impusieron las manos en ayuno y oración: para que sepamos con cuánta devoción deben precaverse tanto el que da como el que recibe, no sea que tan bendito sacramento parezca realizado con descuido. Y, por tanto, seguirás piadosa y loablemente los precedentes apostólicos si tú mismo mantienes esta forma de ordenar sacerdotes en todas las iglesias al frente de las cuales el Señor te ha llamado a presidir: a saber, que los que han de ser consagrados no reciban jamás la bendición sino en el día de la resurrección del Señor, que comúnmente se considera comenzado en la tarde del sábado, y que ha sido tantas veces santificado en las misteriosas dispensaciones de Dios, que todas las instituciones más notables del Señor se cumplieron en aquel día excelso. En él tuvo principio el mundo. En él, por la resurrección de Cristo, la muerte recibió su destrucción y la vida su comienzo. En él los apóstoles reciben de las manos del Señor la trompeta del evangelio que ha de predicarse a todas las naciones, y reciben el sacramento de la regeneración que han de llevar a todo el mundo. En él, como atestigua el bienaventurado Juan Evangelista, estando reunidos todos los discípulos en un mismo lugar y entrando el Señor a ellos con las puertas cerradas, sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengáis, les serán retenidos [].» En él, finalmente, vino el Espíritu Santo que el Señor había prometido a los Apóstoles; y así sabemos que fue sugerido y transmitido por una especie de regla celestial que en aquel día debemos celebrar los misterios de la bendición de los presbíteros, en el cual fueron conferidos todos estos dones de gracia.

    III. La repetición de la Sagrada Eucaristía en las grandes fiestas no es indeseable

    Carta 9, § III

    Asimismo, para que nuestras costumbres coincidan en todo, deseamos que se observe también esto: que cuando alguna de las fiestas mayores haya reunido una congregación más numerosa de lo acostumbrado, y se haya congregado una multitud demasiado grande de fieles para que una sola iglesia pueda contenerlos a todos a la vez, no haya reparo en repetir la oblación del sacrificio: no sea que, si solo se admite a este servicio a los que llegan primero, los que afluyen después parezcan rechazados: pues es plenamente conforme a la piedad y a la razón que, cuantas veces una nueva congregación llene la iglesia donde se celebra el servicio, se ofrezca el sacrificio como cosa natural. Pues una parte del pueblo se vería privada de su culto si se guardara la costumbre de una sola celebración y solo los que vienen temprano al día pudieran ofrecer el sacrificio. Os amonestamos, pues, amados, encarecida y afectuosamente, que vuestra solicitud no descuide lo que ha llegado a ser parte de nuestra propia costumbre según el modelo de la tradición de nuestros padres, para que en todo concordemos en nuestras creencias y en nuestras prácticas. Por consiguiente, hemos entregado esta carta a nuestro hijo Posidonio, presbítero, a su regreso, para que os la lleve, hermano; él ha participado tantas veces en nuestras ceremonias y ordenaciones, y nos ha sido enviado tantas veces, que conoce muy bien qué autoridad apostólica poseemos en todo. Dado el 21 de junio (? 445).

    Carta 10

    Carta 10, encabezado

    A los obispos de la provincia de Viena. En el asunto de Hilario, obispo de Arlés.

    I. La solidaridad de la Iglesia, edificada sobre la roca de San Pedro, debe mantenerse en todas partes

    Carta 10, § I

    A los amados hermanos, todo el cuerpo de obispos de la provincia de Viena, León, obispo de Roma.
    Nuestro Señor Jesucristo, Salvador del género humano, instituyó la observancia de la religión divina que quiso, por la gracia de Dios, derramara su resplandor sobre todas las naciones y todos los pueblos, de tal manera que la Verdad, que antes estaba confinada a los anuncios de la Ley y de los Profetas, pudiera salir por el toque de trompeta de los Apóstoles para salvación de todos los hombres, como está escrito: «Su sonido ha salido por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del mundo.» Pero esta función misteriosa quiso el Señor que fuera ciertamente incumbencia de todos los apóstoles, pero de tal modo que puso el cargo principal sobre el bienaventurado Pedro, cabeza de todos los Apóstoles: y de él, como de la Cabeza, quiere que sus dones fluyan a todo el cuerpo: de manera que quienquiera que ose apartarse de la sólida roca de Pedro comprenda que no tiene parte ni suerte en el misterio divino. Pues quiso que aquel que había sido recibido en la comunión de su indivisible unidad fuese llamado como Él mismo, cuando dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia []:» a fin de que la edificación del templo eterno, por el don admirable de la gracia de Dios, descansara sobre la sólida roca de Pedro: fortaleciendo su Iglesia tan firmemente que ni la humana temeridad pudiera asaltarla ni las puertas del infierno prevalecieran contra ella. Pero esta santísima firmeza de la roca, levantada, como hemos dicho, por la mano edificadora de Dios, debe querer destruirla en su desmedida maldad quien intenta quebrantar su poder favoreciendo sus propios deseos y no siguiendo lo que recibió de los antiguos: pues se cree no sujeto a ley alguna, ni contenido por regla alguna de las ordenanzas de Dios, y se aparta, en su afán de novedad, de vuestra costumbre y de la nuestra, adoptando prácticas ilegales y dejando caer en desuso lo que debería guardar.

    II. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación

    Carta 10, § II

    Pero con la aprobación, según creemos, de Dios, y conservando hacia vosotros la plenitud de nuestro amor que la Sede Apostólica siempre, como recordáis, prodiga para con vosotros, santos hermanos, nos esforzamos por corregir estas cosas con maduro consejo, y por compartir con vosotros la tarea de poner en orden vuestras iglesias, no con innovaciones sino con la restauración de lo antiguo; para que perseveremos en el estado acostumbrado que nuestros padres nos transmitieron, y agrademos a nuestro Dios mediante el ministerio de una buena obra, quitando los escándalos de las perturbaciones. Y así quisiéramos que recordarais, hermanos, como nosotros lo hacemos, que la Sede Apostólica, tal es la reverencia en que se la tiene, ha sido consultada y requerida innumerables veces por los sacerdotes de vuestra provincia y también por otros, y en los diversos asuntos de apelación, como exigía la antigua costumbre, ha revocado o confirmado decisiones: y de esta manera «la unidad del espíritu en el vínculo de la paz []» se ha mantenido, y mediante el intercambio de cartas, nuestras honrosas actuaciones han promovido un afecto duradero: porque «buscando no lo nuestro sino lo de Cristo []», hemos tenido cuidado de no menospreciar la dignidad que Dios ha dado tanto a las iglesias como a sus sacerdotes. Pero este camino que con nuestros padres ha sido siempre tan bien guardado y sabiamente mantenido, Hilario lo ha abandonado, y es probable que perturbe la posición y concordia de los sacerdotes con su novedosa arrogancia: deseando someteros a su poder de tal manera que no sufre él mismo estar sometido al bienaventurado apóstol Pedro, reclamando para sí las ordenaciones de todas las iglesias en las provincias de las Galias, y transfiriendo a sí mismo la dignidad debida a los sacerdotes metropolitanos; disminuye incluso la reverencia que se tributa al bienaventurado Pedro mismo con sus palabras orgullosas: pues no solo el poder de atar y desatar fue dado a Pedro antes que a los demás, sino que también a Pedro más especialmente le fue confiado el cuidado de apacentar las ovejas. Sin embargo, cualquiera que sostenga que la primacía debe negarse a Pedro, no puede realmente disminuir su dignidad: sino que se hincha con el aliento de su orgullo, y se hunde en lo más profundo.

    III. Celidonio ha sido restituido a su obispado, habiéndose hallado falsas las acusaciones contra él

    Carta 10, § III

    En consecuencia, el registro escrito de nuestras actuaciones muestra qué acción hemos tomado en el asunto de Celidonio, el obispo, y qué dijo Hilario en presencia y oídos del citado obispo. Pues cuando Hilario no tenía respuesta razonable que dar en el concilio de los santos sacerdotes, «los secretos de su corazón» dieron rienda suelta a expresiones que ningún laico podría proferir y ningún sacerdote escuchar. Nos afligimos, lo reconozco, hermanos, y nos esforzamos por apaciguar el tumulto de su mente mediante un trato paciente. Pues no quisimos exasperar aquellas heridas que se estaba infligiendo a sí mismo en el alma con sus réplicas insolentes, y procuramos más bien pacificar a aquel a quien habíamos acogido como hermano, aunque era él quien se enredaba con sus respuestas, que causarle dolor con nuestras observaciones. Celidonio, el obispo, fue por tanto absuelto, pues había probado que había sido depuesto injustamente del sacerdocio, mediante las claras respuestas de sus testigos dadas en su propia presencia: de modo que Hilario, que permaneció con nosotros, no tuvo oposición que ofrecer. La sentencia, por tanto, fue rescindida, la cual fue presentada y leída en el sentido de que, como marido de una viuda, no podía detentar el sacerdocio. Ahora bien, esta regla nosotros, manteniendo las constituciones legales, hemos querido que se observe escrupulosamente, no solo respecto de los sacerdotes sino también del clero de los grados inferiores: que aquellos que han contraído tal matrimonio, o aquellos que se demuestra que no son maridos de una sola mujer contra la disciplina del apóstol, no se les permita entrar en el servicio sagrado. Pero aunque decretamos que aquellos a quienes sus propios actos condenan, o bien no deben ser admitidos en absoluto, o si lo han sido, deben ser removidos, así a aquellos que son falsamente acusados de ello estamos obligados a absolverlos tras la investigación realizada, y no permitir que pierdan su oficio. Pues la sentencia pronunciada habría permanecido contra él, si la verdad de la acusación hubiera sido probada. Y así Celidonio, nuestro coobispo, fue restituido a su iglesia y a aquella dignidad que no debía haber perdido, como testimonia el curso de nuestras actuaciones y la sentencia pronunciada por nosotros tras la investigación.

    IV. El trato de Hilario a Projecto no redunda en su crédito

    Carta 10, § IV

    Cuando este asunto quedó así concluido, la queja de nuestro hermano y coobispo, Projecto, vino a continuación ante nosotros: quien se dirigió a nosotros en una carta lacrimosa y lastimera, sobre la ordenación de un obispo sobre su cabeza. También se nos trajo una carta de sus propios conciudadanos, corroborada por un gran número de firmas individuales, y llena de las quejas más desagradables contra Hilario: en el sentido de que a Projecto, su obispo, no se le permitió estar enfermo, sino que su sacerdocio había sido transferido a otro sin su conocimiento, y el heredero puesto en posesión por Hilario, el intruso, como para llenar una vacante, aunque el poseedor todavía vivía. Nos gustaría oír lo que vosotros, hermanos, pensáis al respecto: aunque no deberíamos albergar duda alguna sobre vuestros sentimientos, cuando os imagináis a un hermano yaciendo en un lecho de enfermo y torturado, no tanto por su debilidad corporal como por dolores de otro género. ¿Qué esperanza de vida le queda a un hombre a quien se le visita con desesperación acerca de su sacerdocio mientras otro es puesto en su lugar? Hilario da una clara prueba de su corazón bondadoso cuando creyó que la tardanza de la muerte de un hermano no es más que un obstáculo para sus propios designios ambiciosos. Pues, en cuanto estuvo en su mano, apagó la luz para él; le robó la vida al poner a otro en su puesto, causándole así tal dolor que impidió su recuperación. Y suponiendo que el tránsito de su hermano de este mundo fuera breve, pero según el curso común de los hombres, ¿qué busca Hilario para sí en provincia ajena, y por qué reclama aquello que ninguno de sus predecesores antes de Patroclo poseyó? Mientras que aquella misma posición que parecía haber sido concedida temporalmente a Patroclo por la Sede Apostólica fue después retirada por una decisión más sabia. Al menos se debería haber esperado los deseos de los ciudadanos, y el testimonio del pueblo: se debería haber pedido la opinión de los tenidos en honor, y la elección del clero— cosas que quienes conocen las reglas de los padres suelen observar en la ordenación de sacerdotes: para que la regla de la autoridad del Apóstol se guardara en todo, la cual ordena que aquel que ha de ser sacerdote de una iglesia sea fortalecido, no solo por la atestación de los fieles sino también por el testimonio de «los de fuera []», y que no se deje ocasión de ofensa, cuando, en paz y en armonía agradable a Dios con la plena aprobación de todos, se ordena a quien será maestro de paz.

    V. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto

    Carta 10, § V

    Pero Hilario vino sobre ellos sin previo aviso y partió no menos repentinamente, realizando muchos viajes con gran rapidez, como hemos comprobado, y recorriendo provincias lejanas con tal prisa que parece haber codiciado fama por la rapidez de un correo más que por la sobriedad de un sacerdote. Pues estas son las palabras de los ciudadanos en la carta que se nos ha dirigido:— «Se marchó antes de que supiéramos que había venido.» Esto no es volver sino huir, no ejercer el saludable cuidado de un pastor, sino emplear la violencia de un ladrón y un salteador, como dice el Señor: «el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, es ladrón y salteador.» Hilario, por tanto, se afanó no tanto en consagrar a un obispo como en matar al que estaba enfermo, y en engañar al que puso sobre su cabeza mediante una ordenación ilegítima. Nosotros, sin embargo, hemos hecho lo que, siendo Dios nuestro juez, creemos que aprobaréis: tras deliberar con todos los hermanos, hemos decretado que el ordenado ilegítimamente sea depuesto y que el obispo Projecto permanezca en su sacerdocio: con la disposición adicional de que cuando algún hermano, en cualquier provincia, falleciere, el que haya sido designado metropolitano de esa provincia reclamará para sí la ordenación de su sucesor.
    Estos dos asuntos, según vemos, han sido resueltos, aunque hay muchos otros puntos en ellos que parecen haber violado los principios de la Iglesia, y deberían ser castigados con justa censura y juicio. Pero no podemos demorarnos más en ellos, pues somos llamados a otros asuntos sobre los cuales debemos conferir cuidadosamente con vosotros, santos hermanos.

    6. La práctica de Hilario de emplear la violencia armada debe ser suprimida

    Carta 10, § 6

    Una banda de soldados, según hemos sabido, sigue al sacerdote a través de las provincias y ayuda a quien se apoya en su apoyo armado para invadir turbulentamente iglesias que han perdido a sus propios sacerdotes. Ante este tribunal son arrastrados para la ordenación hombres que son completamente desconocidos para las ciudades sobre las cuales han de ser puestos. Pues así como uno que es bien conocido y aprobado es buscado en paz, así uno que es desconocido, cuando es presentado, debe ser establecido por la violencia. Ruego y suplico y os conjuro en el nombre de Dios que impidáis tales cosas, hermanos, y quitéis toda ocasión de discordia de vuestras provincias. En todo caso, nos descargamos ante Dios al rogaros que no permitáis que esto prosiga más. En paz y quietud se debe pedir a los que han de ser sacerdotes. El consentimiento del clero, el testimonio de los tenidos en honor, la aprobación de los órdenes y de los laicos debe ser requerida. Aquel que ha de gobernar a todos, debe ser elegido por todos. Como dijimos antes, cada metropolitano debe tener en sus propias manos las ordenaciones que ocurran en su propia provincia, actuando de acuerdo con aquellos que preceden a los demás en antigüedad de sacerdocio, privilegio que le ha sido restituido a través de nosotros. Ningún hombre debe reclamar para sí los derechos de otro. Cada uno debe mantenerse dentro de sus propios límites y fronteras, y debe entender que no puede pasar a otro un privilegio que le pertenece a sí mismo. Pero si alguno, descuidando las prohibiciones del Apóstol y prestando demasiada atención al favor personal, desea renunciar a su precedencia, pensando que puede pasar sus derechos a otro, no aquel a quien ha cedido, sino aquel que se clasifica antes que el resto de los sacerdotes dentro de la provincia en antigüedad episcopal, debe reclamar para sí el poder de ordenar. La ordenación debe realizarse no al azar sino en el día apropiado: y debe saberse que cualquiera que no haya sido ordenado en la tarde del sábado, que precede al alba del primer día de la semana, o realmente en el día del Señor, no puede estar seguro de su estatus. Pues nuestros antepasados juzgaron el día de la resurrección del Señor como el único digno del honor de ser la ocasión en que los que han de ser hechos sacerdotes son dados a Dios.

    VII. Hilario es depuesto no solo de su jurisdicción usurpada, sino también de lo que por derecho le pertenece, y es restringido a su único obispado

    Carta 10, § VII

    Que cada provincia se contente con sus propios concilios, y no se atreva Hilario a convocar además reuniones sinodales, y con su interferencia perturbe los juicios de los sacerdotes del Señor. Y sepa que no solo es depuesto de los derechos ajenos, sino también privado de su poder sobre la provincia de Viena que había asumido ilegítimamente. Pues es justo, hermanos, que las ordenanzas de la antigüedad sean restauradas, visto que aquel que reclamó para sí las ordenaciones de una provincia de la que no era responsable, ha demostrado de manera similar en el caso presente también haber actuado de tal modo que, como en más de una ocasión ha atraído sobre sí sentencia de condenación por sus palabras temerarias e insolentes, puede ahora ser mantenido por nuestro mandato de acuerdo con la clemencia de la Sede Apostólica al sacerdocio de su propia ciudad solamente. No ha de estar presente entonces en ninguna ordenación: no ha de ordenar porque, consciente de sus merecimientos, cuando se le requirió que respondiera por su acción, confió en lograr escapar mediante una fuga vergonzosa, y se ha puesto fuera de la comunión apostólica, de la cual no merecía ser partícipe: y creemos que esto fue por la providencia de Dios, que lo trajo a nuestro tribunal, aunque no lo esperábamos, y lo hizo retirarse a hurtadillas en medio de la investigación, para que no fuera partícipe de nuestra comunión.

    VIII. La excomunión debe infligirse solo a quienes son culpables de algún gran crimen, y aun entonces no precipitadamente

    Carta 10, § VIII

    Ningún cristiano debe ser privado de la comunión a la ligera, ni debe hacerse a voluntad de un sacerdote airado lo que la mente del juez debe en cierta medida llevar a cabo de mala gana y con pesar para el castigo de un gran crimen. Pues hemos comprobado que algunos han sido apartados de la gracia de la comunión por hechos y palabras triviales, y que el alma por la cual la sangre de Cristo fue derramada ha sido expuesta a los ataques del diablo y herida, desarmada, por así decirlo, y despojada de toda defensa por la imposición de un castigo tan salvaje como para caer presa fácil de él. Por supuesto, si alguna vez ha surgido un caso de tal índole como para privar a un hombre de la comunión en proporción debida a la naturaleza del crimen cometido, solo aquel que está implicado en la acusación debe ser sometido a castigo: y aquel que no se demuestra que sea partícipe de su comisión no debe compartir la pena. Pero ¿qué maravilla que aquel que suele regocijarse en la condenación de los sacerdotes, se muestre de la misma manera hacia los laicos?

    IX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario

    Carta 10, § IX

    Por lo cual, porque nuestro deseo parece muy diferente a esto (pues estamos ansiosos de que se mantenga el estado estable de todas las Iglesias y la armonía de los sacerdotes), exhortándoos a la unidad en el vínculo del amor, os rogamos y, en coherencia con nuestro afecto, os amonestamos, en interés de vuestra paz y dignidad, que guardéis lo que ha sido decretado por nosotros por inspiración de Dios y del bienaventurado apóstol Pedro, después de examinar y probar todos los asuntos en cuestión, estando seguros de que lo que se sabe que hemos decidido de esta manera no es tanto para ventaja nuestra como para vuestra. Pues no estamos reteniendo en nuestras propias manos las ordenaciones de vuestras provincias, como quizás Hilario, con su habitual falsedad, pueda sugerir para engañar vuestras mentes, santos hermanos: sino que en nuestra ansiedad reclamamos para vosotros que no se permitan más innovaciones, y que en el futuro no se dé oportunidad al usurpador de infringir vuestros privilegios. Pues reconocemos que solo puede redundar en nuestro crédito, si la diligencia de la Sede Apostólica se mantiene intacta entre vosotros, y si en nuestro mantenimiento de la disciplina apostólica no permitimos que lo que pertenece a vuestra posición caiga por tierra a través de agresiones sin escrúpulos. Y puesto que la antigüedad debe ser siempre respetada, deseamos que Leoncio, nuestro hermano y coobispo, sacerdote bien aprobado entre vosotros, sea promovido a esta dignidad, si os place que sin su consentimiento no sea convocado otro concilio por vosotros, santos hermanos, y que sea honrado por todos vosotros como lo exigen su edad y buena fama, quedando asegurados los metropolitanos en su propia dignidad y derechos. Pues es justo, y no parece que se cause injuria a ninguno de los hermanos, si aquellos que son los primeros en antigüedad de sacerdocio, como su edad merece, reciben deferencia de los demás sacerdotes en sus propias provincias. Dios os guarde, amadísimos hermanos.
    Comentario editorial · Hilario de Arlés y Celidonio
    Según Feltoe, Hilario depuso en un sínodo provincial al obispo Celidonio por irregularidades técnicas, conforme a los cánones galos; Celidonio apeló a Roma, y Hilario fue a pie hasta allí en pleno invierno, expuso su caso sin éxito y volvió a la Galia tras un trato áspero. León ordenó restituir a Celidonio y quitó a Hilario sus derechos de metropolitano en la provincia de Vienne. Feltoe añade que no está claro hasta dónde se cumplió: en la carta 40 León parece reconocer aún a Ravennio, sucesor de Hilario, como metropolitano, y en 450 los obispos de ambos distritos enviaron peticiones contrarias, tras las cuales León repartió la jurisdicción entre Arlés y Vienne. Feltoe califica el episodio de «famoso y no muy digno de elogio».
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