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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers44 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 10 · Carta 45Publicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

    Carta 45

    Carta 45, encabezado

    León, obispo, y el santo Sínodo reunido en la Ciudad de Roma, a Pulqueria Augusta.

    I. Envía una copia de la carta anterior que no llegó a sus manos

    Carta 45, § I

    Si las cartas acerca de la fe que fueron despachadas a vuestra Gracia por mano de nuestro clero os hubieran llegado, es cierto que habríais podido, con la ayuda del Señor, poner remedio a estas cosas que se han hecho contra la fe. Pues ¿cuándo habéis faltado vos a los sacerdotes, a la religión o a la fe de Cristo? Pero habiendo sido los enviados tan completamente impedidos de llegar hasta vuestra clemencia que solo uno de ellos, a saber, Hilario, nuestro diácono, huyó con dificultad y regresó, juzgamos necesario reescribir nuestra carta; y para que nuestras súplicas merezcan recibir mayor peso, hemos añadido una copia del mismo documento que no llegó a vuestra clemencia, rogándoos aun más encarecidamente que antes que toméis bajo protección aquella religión en la que sobresalís, la cual os granjeará tanta mayor gloria cuanto más atroces sean los crímenes contra los que vuestra fe real os exige proceder, para que la integridad de la fe cristiana no sea violada por maquinación alguna de invención humana. Pues las cosas que se creía que requerían ser sosegadas y sanadas mediante la reunión de un sínodo en Éfeso, no solo han resultado en perturbaciones todavía mayores de la paz, sino que, lo que es más de lamentar, incluso en la ruina de la fe misma por la cual somos cristianos.

    II. Envía también una copia de su carta al Emperador y explica su contenido

    Carta 45, § II

    Y ciertamente los que fueron enviados, uno de los cuales, escapando a la violencia del obispo de Alejandría, que todo lo reclama para sí, nos informó fielmente de lo que sucedió en el sínodo, se opusieron, como convenía, a lo que llamaré el frenesí, no el juicio, de un solo hombre, protestando que aquellas cosas que se llevaban a cabo por la violencia y el miedo no podían anular los misterios de la Iglesia ni el Credo mismo compuesto por los Apóstoles, y que ninguna injuria podía separarlos de aquella fe que habían traído plenamente expuesta y declarada desde la Sede del bienaventurado apóstol Pedro al santo sínodo. Y puesto que no se permitió que esta declaración fuera leída a petición del obispo, a fin, en verdad, de que por el rechazo de aquella fe que ha coronado a patriarcas, profetas, apóstoles y mártires, el nacimiento según la carne de Jesucristo nuestro Señor y la confesión de su verdadera muerte y resurrección (nos estremecemos al decirlo) pudieran ser derribados, hemos escrito sobre este asunto según nuestra capacidad a nuestro gloriosísimo y (lo que es mucho mayor) cristiano Príncipe, y al mismo tiempo hemos añadido una copia de la carta para vos, a fin de que no permita que la fe, en la que renació y reina por la gracia de Dios, sea corrompida por innovación alguna, puesto que el obispo Flaviano continúa en comunión con todos nosotros, y lo que se ha hecho sin consideración de la justicia y contra toda la enseñanza de los cánones no puede, bajo ningún concepto, tenerse por válido. Y porque el sínodo de Éfeso no ha eliminado sino aumentado el escándalo de la discordia, le he pedido que señale un lugar y un tiempo para celebrar un concilio dentro de Italia, suspendidas todas las disputas y prejuicios de ambas partes, para que todo lo que ha engendrado ofensa sea reconsiderado con mayor diligencia y, sin herir la fe, sin injuriar la religión, aquellos sacerdotes puedan volver a la paz de Cristo que por irresolución fueron forzados a suscribir, y solo sus errores sean removidos.

    III. Le pide que apoye su petición ante el Emperador

    Carta 45, § III

    Y para que seamos dignos de obtener esto, dígnese vuestra fe bien probada y vuestra protección, que siempre ha ayudado a la Iglesia en sus trabajos, promover nuestra petición ante nuestro clementísimo Príncipe, bajo una comisión especial para obrar así recibida del bienaventurado apóstol Pedro; de modo que, antes de que esta guerra civil y destructora cobre fuerza dentro de la Iglesia, conceda la oportunidad de restablecer la unidad con la ayuda de Dios, sabiendo que la fortaleza de su imperio se verá acrecentada por toda extensión de la libertad católica que afecte su benévola voluntad.
    Dado el 13 de octubre, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 52

    Carta 52, encabezado

    De Teodoreto, obispo de Ciro, a León.

    I. Si Pablo apeló a Pedro, cuánto más debe recurrir la gente común a su sucesor

    Carta 52, § I

    A León, obispo de Roma.
    Si Pablo, el heraldo de la Verdad, la trompeta del Espíritu Santo, recurrió al gran Pedro para obtener de él una decisión para los de Antioquía que disputaban acerca de vivir según la Ley, mucho más nosotros, pequeños y humildes, acudimos a la Sede Apostólica para obtener de vos la curación de las llagas de las iglesias. Pues conviene que en todo tengáis la preeminencia, ya que vuestra Sede posee muchos privilegios peculiares. Porque otras ciudades reciben nombre por su tamaño, su hermosura o su población, y algunas que carecen de estas ventajas son compensadas por ciertos dones espirituales; pero vuestra ciudad tiene la más plena abundancia de bienes del Dador de todo bien. Pues ella es de todas las ciudades la más grande y la más famosa, la señora del mundo y rebosante de población. Y además de esto ha creado un imperio que todavía es predominante y ha impuesto su propio nombre a sus súbditos. Pero su principal adorno es su fe, de la cual el divino Apóstol es testigo seguro cuando exclama «vuestra fe es proclamada en todo el mundo [];» y si inmediatamente después de recibir las semillas del Evangelio salvador dio tan gran peso de fruto admirable, ¿qué palabras bastan para expresar la piedad que ahora se halla en ella? Tiene además los sepulcros de nuestros comunes padres y maestros de la Verdad, Pedro y Pablo, que iluminan las almas de los fieles. Y esta bienaventurada y divina pareja surgió ciertamente en Oriente y derramó sus rayos en todas direcciones, pero voluntariamente sufrió el ocaso de la vida en Occidente, desde donde ahora ilumina al mundo entero. Ellos han hecho tan gloriosa a vuestra Sede: este es el principal de todos vuestros bienes. Y su Sede sigue bendecida por la luz de la presencia de su Dios, puesto que en ella ha colocado a vuestra Santidad para difundir los rayos de la única fe verdadera.

    II. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo

    Carta 52, § II

    De lo cual ciertamente, aunque se hallen muchas otras pruebas, vuestro celo contra los infames maniqueos es prueba suficiente, celo que vuestra santidad ha mostrado en los últimos años, revelando así la intensidad de vuestra devoción a Dios en las cosas divinas. Prueba suficiente también de vuestro carácter apostólico es lo que ahora habéis escrito. Pues hemos hallado lo que vuestra santidad ha escrito acerca de la Encarnación de nuestro Dios y Salvador, y hemos admirado la cuidadosa diligencia de la obra. Porque ha demostrado igualmente bien ambos puntos, a saber, la eterna Divinidad del Unigénito del eterno Padre, y al mismo tiempo su Humanidad de la simiente de Abraham y David, y su asunción de una naturaleza en todo semejante a la nuestra, excepto en esto solo, que permaneció libre de todo pecado; porque el pecado no se engendra de la naturaleza, sino del libre albedrío. Esto también se contenía en vuestra carta: que el Hijo unigénito de Dios es uno, y su Divinidad impasible, irreversible, inmutable, aun como el Padre que lo engendró y el Espíritu Santísimo. Y como la naturaleza divina no podía padecer, tomó la naturaleza que podía padecer a este fin, para que por el padecimiento de su propia carne pudiera dar exención del sufrimiento a los que creyeran en Él. Estos puntos, y todo lo que a ellos se asemeja, contenía la carta. Y nosotros, admirando vuestra sabiduría espiritual, ensalzamos la gracia del Espíritu Santo que habló por vos, y pedimos y rogamos, y suplicamos y exhortamos a vuestra santidad a que acuda en socorro de las iglesias de Dios que ahora están sacudidas por la tempestad.

    III. Se queja del maltrato que le infligió Dióscoro

    Carta 52, § III

    Pues cuando esperábamos el apaciguamiento de las olas mediante los que fueron enviados a Éfeso por vuestra santidad, hemos caído en tormenta aún peor. Porque el justísimo prelado de Alejandría no se contentó con la ilegal e injustísima deposición del santísimo y amante de Dios obispo de Constantinopla, Flaviano, ni se aplacó su ira con la matanza de los demás obispos igualmente. Sino que a mí también me asesinó con su pluma en mi ausencia, sin llamarme a juicio, sin juzgarme en persona, sin interrogarme sobre lo que sostengo acerca de la Encarnación de nuestro Dios y Salvador. Pero aun a los asesinos, a los violadores de tumbas y a los raptores de lechos ajenos, los que se sientan a juzgar no los condenan hasta que ellos mismos corroboran las acusaciones con sus confesiones, o son claramente convictos por otros. Pero a nosotros, estando a treinta y cinco días de camino de distancia, él, aunque criado en las leyes divinas, nos ha condenado a su antojo. Y no solo ahora ha hecho esto, sino también el año pasado, después de que dos personas infectadas de la enfermedad apolinarista vinieron aquí y presentaron falsa información contra nosotros, se levantó en la iglesia y nos anatematizó, y eso cuando yo le había escrito y expresado en una carta lo que sostengo.

    IV. Este maltrato ha venido después de veinte años de buena labor en su diócesis de Ciro

    Carta 52, § IV

    Lamento la aflicción de la Iglesia y anhelo su paz. Pues habiendo gobernado, mediante vuestras oraciones, la iglesia que me fue encomendada por el Dios del universo durante veinte años, ni en tiempo del bienaventurado Teodoto, presidente de Oriente, ni en tiempo de los que le han sucedido en la Sede de Antioquía, he recibido la menor culpa, sino que, cooperando conmigo la gracia divina, he librado a más de mil almas de la enfermedad de Marción, y he ganado a muchos otros de la compañía de Arrio y Eunomio para el Maestro, Cristo. Y ochocientas iglesias he tenido que apacentar: porque ese es el número de parroquias en Ciro, en las cuales ni una sola cizaña, mediante vuestras oraciones, ha quedado. Pero nuestro rebaño ha sido librado de todo error herético. El que ve todas las cosas sabe cómo he sido apedreado por los infames herejes que han sido enviados contra mí, y qué luchas he tenido en muchas ciudades de Oriente contra griegos, judíos y todo error herético. Y después de todos estos trabajos y angustias, he sido condenado sin ser oído.

    V. Apela con confianza a la Sede Apostólica

    Carta 52, § V

    Yo, sin embargo, aguardo el veredicto de vuestra Sede Apostólica, y suplico y ruego a vuestra Santidad que me socorra cuando apelo a vuestro recto y justo tribunal, y me mande venir a vos y mostrar que mi enseñanza sigue la senda de los Apóstoles. Pues hay escritos míos de hace unos veinte años, otros de dieciocho, otros de quince y otros de doce; unos contra los arrianos y eunomianos, otros contra los judíos y griegos, otros contra los magos de Persia, algunos también acerca de la providencia universal, otros acerca de la naturaleza de Dios y de la divina Encarnación. He interpretado, mediante la gracia divina, tanto los escritos apostólicos como las expresiones proféticas, y es fácil deducir de ellos si he guardado sin desviarme la regla de la fe, o me he apartado de su camino recto. Y os ruego que no rechacéis mi petición, ni paséis por alto las injurias acumuladas sobre mis pobres canas.

    VI. ¿Debe él someterse a su deposición?

    Carta 52, § VI

    Ante todo, os ruego que me digáis si debo someterme a esta injusta deposición o no. Pues aguardo vuestro veredicto y, si me mandáis acatar mi condena, la acataré, y no molestaré a nadie en adelante, sino que aguardaré el veredicto infalible de nuestro Dios y Salvador. Yo ciertamente, Dios el Maestro me es testigo, no me importa nada el honor ni la gloria, sino solo el tropiezo que se pone en el camino de los hombres: porque muchos de los más sencillos, y especialmente aquellos que han sido rescatados por nosotros de varias herejías, darán crédito a los que nos han condenado, y acaso nos consideren herejes, no pudiendo discernir la verdad exacta del dogma, y porque, después de mi largo episcopado, no he adquirido casa, ni tierra, ni óbolo, ni sepulcro, sino solo una pobreza voluntaria, habiendo distribuido inmediatamente aun lo que me vino de mis padres después de su muerte, como saben todos los que viven en Oriente.

    VII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa

    Carta 52, § VII

    Y ante todo os suplico, santo y amado hermano de Dios, que prestéis asistencia a mis oraciones. Estas cosas he puesto en conocimiento de vuestra Santidad por medio de los religiosísimos y amados de Dios presbíteros, Hipacio y Abramio, corepíscopos, y Alipio, superintendente de los monjes de nuestro distrito: visto que yo mismo fui impedido de venir a vos por carta restrictiva del Emperador, y asimismo los demás. Y suplico a vuestra santidad que los miréis con consideración paternal, y les prestéis vuestros oídos con sincera bondad, y también que juzguéis mi posición calumniada y falsamente atacada digna de vuestra protección, y sobre todo que defendáis con todas vuestras fuerzas la fe que ahora es objeto de conspiración, y mantengáis intacta para las iglesias la herencia de los padres; así vuestra santidad recibirá del Maestro Generoso una plena recompensa. (Fecha hacia fines de 449.)

    Carta 56

    De Gala Placidia Augusta a Teodosio

    Carta 56

    Al señor Teodosio, Vencedor y Emperador, su siempre augusto hijo, Gala Placidia, piadosísima y próspera, perpetua Augusta y madre.
    Cuando, en nuestra misma llegada a la antigua ciudad, estábamos ocupados en rendir devoción al bienaventuradísimo apóstol Pedro, ante el altar mismo del mártir, el reverendísimo obispo León, esperando un poco después del oficio, profirió lamentos ante nos sobre la fe católica, y tomando por testigo igualmente al príncipe de los Apóstoles, a quien acabábamos de acercarnos, y rodeado de un número de obispos que había reunido de numerosas ciudades de Italia por la autoridad y dignidad de su posición, añadiendo también lágrimas a sus palabras, nos exhortó a unir nuestros gemidos a los suyos. Pues no leve daño ha surgido de aquellos sucesos, por los cuales la norma de la fe católica, tan guardada desde los días de nuestro divinísimo padre Constantino, que fue el primero en el palacio en destacarse como cristiano, ha sido recientemente perturbada por la arrogancia de un solo hombre, quien en el sínodo celebrado en Éfeso se alega que más bien excitó odio y contienda, intimidando con la presencia de soldados a Flaviano, obispo de Constantinopla, porque había enviado una apelación a la Sede Apostólica, y a todos los obispos de estas partes por manos de los que habían sido diputados para asistir al sínodo por el reverendísimo obispo de Roma, los cuales siempre han solido asistir así, sacratísimo Señor e Hijo y adorado Rey, conforme a las disposiciones del sínodo niceno. Por esta causa rogamos a vuestra clemencia que opongáis la Verdad a tales perturbaciones, y ordenéis que la fe de la religión católica sea conservada sin mancha, a fin de que, según la norma y decisión de la Sede Apostólica, a la que igualmente veneramos como preeminente, Flaviano permanezca del todo incólume en su oficio sacerdotal, y el asunto sea remitido al sínodo de la Sede Apostólica, en la cual ciertamente adornó primero el primado el que fue considerado digno de recibir las llaves del cielo: pues nos conviene en todo mantener el respeto debido a esta gran ciudad, que es la señora de toda la tierra; y esto también debemos proveer con el mayor cuidado: que lo que en tiempos anteriores guardó nuestra casa no parezca en nuestros días ser infringido, y que por el presente ejemplo no se fomenten cismas ni entre los obispos ni entre las santísimas iglesias.

    Carta 59

    Carta 59, encabezado

    Al clero y al pueblo de la ciudad de Constantinopla.

    I. Los felicita por su abierta resistencia al error

    Carta 59, § I

    León, obispo, al clero, a los dignatarios y al pueblo que reside en Constantinopla.
    Aunque nos aflige sobremanera lo que se nos ha informado que se ha hecho recientemente en el concilio de sacerdotes de Éfeso, porque, como con insistencia se rumorea y también lo demuestran los hechos, no se guardaron allí ni la debida moderación ni el rigor de la fe, sin embargo nos alegramos de vuestra devota piedad y de las aclamaciones del pueblo santo, de las cuales se nos han presentado muestras, y hemos aprobado el recto sentir de todos vosotros; porque en los buenos hijos vive y permanece el debido afecto hacia su excelente Padre, y porque no permitís que la plenitud de la doctrina católica sea corrompida en nada. Porque, sin duda, como el Espíritu Santo os ha manifestado, están coligados con el error de los maniqueos quienes niegan que el Hijo unigénito de Dios asumió la verdadera condición humana de nuestra naturaleza, y sostienen que todas sus acciones corporales fueron acciones de una falsa aparición. Y para que en nada prestéis vuestro asentimiento a esta blasfemia, os hemos enviado ahora, amados, por medio de mi hijo Epifanio y de Dionisio, notario de la Iglesia Romana, cartas de exhortación en las que, por propia iniciativa, os hemos prestado la ayuda que pedisteis, para que no dudéis de que os dispensamos todos los cuidados de un padre y de que trabajamos de todas las maneras, con la ayuda de la misericordia de Dios, para destruir todos los escollos que hombres ignorantes y necios han levantado. Y nadie se atreva a ostentar su dignidad sacerdotal si puede ser convicto de sostener opiniones tan detestablemente blasfemas. Pues si la ignorancia apenas parece tolerable en los laicos, cuánto menos excusable o perdonable es en los que gobiernan; especialmente cuando se atreven incluso a defender sus mendaces y perversas opiniones, y a persuadir a los inconstantes a que convengan con ellos, ya por intimidación, ya por halagos.

    II. Han de ser rechazados quienes niegan la verdad de la carne de Cristo, verdad que repite todo el que recibe la Sagrada Eucaristía

    Carta 59, § II

    Rechacen a tales hombres los santos miembros del Cuerpo de Cristo, y no sufra la libertad católica que se le imponga el yugo de los infieles. Pues han de ser tenidos por extraños a la gracia divina y extraños al misterio de la salvación del hombre quienes, negando la naturaleza de nuestra carne en Cristo, contradicen el Evangelio y se oponen al Credo. Y no advierten que su ceguera los conduce a un abismo tal que no tienen apoyo seguro en la realidad ni de la Pasión del Señor ni de su Resurrección; porque ambas quedan desacreditadas en el Salvador si no se cree en Él nuestra naturaleza carnal. ¿En qué espesa ignorancia, en qué total pereza han de haber estado sumidos hasta ahora para no haber aprendido de oídas, ni entendido por la lectura, aquello que en la Iglesia de Dios está tan constantemente en boca de los hombres, que aun las lenguas de los niños no callan la verdad del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el rito de la Sagrada Comunión? Porque en aquella mística distribución del alimento espiritual, lo que se da y se recibe es de tal naturaleza que, recibiendo la virtud del alimento celestial, pasamos a la carne de Aquel que se hizo nuestra carne. De ahí que, para confirmaros, amados, en vuestra laudable resistencia fiel a los enemigos de la Verdad, usaré plena y oportunamente el lenguaje y los sentimientos del Apóstol, y diré: «Por esto también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, alumbrándoos los ojos del corazón, para que sepáis cuál es la esperanza a que os ha llamado, cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la incomparable grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la eficacia de la fuerza de su poder, que obró en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado, autoridad, poder, señorío y todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo [].»

    III. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo

    Carta 59, § III

    Digan en este pasaje los adversarios de la Verdad cuándo o según qué naturaleza exaltó el Padre omnipotente a su Hijo sobre todas las cosas, o a qué sustancia sometió todas las cosas. Pues la Divinidad del Verbo es igual en todas las cosas y consustancial con el Padre, y el poder del que engendra y del Engendrado es uno y el mismo siempre y eternamente. Ciertamente, el Creador de todas las naturalezas, puesto que «por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada fue hecho [],» está por encima de todas las cosas que creó, ni las cosas que hizo estuvieron jamás no sujetas a su Creador, cuya propiedad eterna es no proceder de otro sino del Padre, y en nada ser diferente del Padre. Si se le hubiera otorgado mayor poder, mayor dignidad, más excelsa alteza, entonces Aquel que así fue acrecentado sería menor que Aquel que lo promovió, y no poseería las riquezas plenas de su naturaleza de cuya plenitud recibió. Pero el que así piensa es arrastrado a la compañía de Arrio, cuya herejía recibe gran ayuda de esta blasfemia que niega la existencia de la naturaleza humana en el Verbo de Dios, de modo que, al rechazar la unión de la humildad con la majestad en Dios, o bien afirma en Cristo un cuerpo fantasma falso, o dice que todas sus acciones y pasiones corporales pertenecieron a la Divinidad antes que a la carne. Pero todo lo que se atreve a sostener es absolutamente necio; porque ni nuestra creencia religiosa ni el alcance del misterio admite que la Divinidad padezca algo ni que la Verdad se desmienta a sí misma en cosa alguna. El Hijo de Dios impasible, pues, a quien corresponde perpetuamente ser con el Padre y con el Espíritu Santo lo que es en la única esencia de la Trinidad inmutable, cuando vino la plenitud de los tiempos, preordenada por un designio eterno y prometida por el significado profético de palabras y obras, se hizo hombre no por conversión de su sustancia, sino por asunción de nuestra naturaleza, y «vino a buscar y a salvar lo que se había perdido [].» Pero no vino por aproximación local ni por movimiento corporal, como si hubiera de estar presente donde había estado ausente, o de partir de donde había venido; sino que vino a manifestarse a los que lo veían mediante aquello que era visible y común a otros, recibiendo, es decir, carne y alma humanas en el seno de la Virgen madre, de modo que, permaneciendo en la forma de Dios, unió a sí la forma de siervo y la semejanza de carne de pecado, con lo cual no disminuyó lo divino por lo humano, sino que acrecentó lo humano por lo divino.

    IV. El sacramento del bautismo tipifica y realiza esta unión en cada creyente

    Carta 59, § IV

    Pues tal era el estado de todos los mortales resultante de nuestros primeros padres que, después de la transmisión del pecado original a sus descendientes, nadie habría escapado al castigo de la condenación, si el Verbo no se hubiera hecho carne y habitado en nosotros, es decir, en aquella naturaleza que pertenecía a nuestra sangre y a nuestro linaje. Y por eso dice el Apóstol: «Así, pues, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno vino la justificación de vida a todos los hombres. Porque así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos [];» y de nuevo: «Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados [].» Todos aquellos, a saber, que aunque nacen en Adán, son hallados renacidos en Cristo, teniendo un testimonio seguro tanto de su justificación por la gracia como de que Cristo comparte su naturaleza; porque el que no cree que el Hijo unigénito de Dios asumió nuestra naturaleza en el seno de la Virgen, hija de David, está sin parte en el Misterio de la religión cristiana, y, como ni reconoce al Esposo ni conoce a la Esposa, no puede tener lugar en el banquete de bodas. Porque la carne de Cristo es el velo del Verbo, con el cual es revestido todo el que lo confiesa sin reserva. Pero el que se avergüenza de ella y la rechaza como indigna, no tendrá adorno de Él, y aunque se presente en el festín del Rey y se una inoportunamente al banquete sagrado, el intruso no podrá escapar al discernimiento del Rey, sino que, como el Señor mismo afirmó, será tomado, y atado de pies y manos, será arrojado a las tinieblas exteriores; donde será el llanto y el crujir de dientes. De ahí que quien no confiesa el cuerpo humano en Cristo debe saber que es indigno del misterio de la Encarnación y que no tiene parte en aquella unión sagrada de la que habla el Apóstol, diciendo: «Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne.» Y explicando lo que esto significaba, añadió: «Grande es este misterio, mas yo lo digo respecto de Cristo y de la Iglesia.» Por tanto, desde el comienzo mismo del linaje humano, Cristo es anunciado a todos los hombres como venido en la carne. En lo cual, como se dijo, «serán dos en una sola carne,» hay sin duda dos, Dios y el hombre, Cristo y la Iglesia, la cual procedió de la carne del Esposo, cuando recibió el misterio de la redención y de la regeneración, fluyendo agua y sangre del costado del Crucificado. Pues la condición misma de la nueva criatura que en el bautismo se despoja no de la cubierta de la carne verdadera, sino de la mancha de la antigua condenación, es ésta: que el hombre es hecho cuerpo de Cristo, porque Cristo también es cuerpo de un hombre.

    V. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia

    Carta 59, § V

    Por lo cual no llamamos a Cristo solamente Dios, como los herejes maniqueos, ni solamente hombre, como los herejes fotinianos, ni hombre de tal modo que le falte algo de lo que ciertamente pertenece a la naturaleza humana, ya sea alma, o mente racional, o carne que no fue tomada de mujer, sino hecha del Verbo convertido y cambiado en carne; cuyas tres falsas y vanas proposiciones han sido sostenidas de diversas maneras por las tres sectas de los herejes apolinaristas. Ni decimos que la bienaventurada Virgen María concibió a un hombre sin la Divinidad, creado por el Espíritu Santo y asumido después por el Verbo, lo cual con razón y justamente condenamos que predicara Nestorio; sino que llamamos a Cristo Hijo de Dios, Dios verdadero, nacido de Dios Padre sin principio alguno en el tiempo, y asimismo hombre verdadero, nacido de una Madre humana, en la plenitud de los tiempos ordenada, y decimos que su condición humana, por la cual el Padre es mayor, no disminuye en nada aquella naturaleza por la cual es igual al Padre. Pero estas dos naturalezas forman un solo Cristo, el cual ha dicho muy verdaderamente, según su Divinidad: «Yo y el Padre uno somos,» y según su condición humana: «el Padre es mayor que yo.» Esta fe verdadera e indestructible, amadísimos, la única que nos hace verdaderos cristianos, y que, según oímos con aprobación, defendéis con celo leal y afecto loable, mantenedla firme y defendedla con valentía. Y puesto que, además del auxilio de Dios, debéis ganar también el favor de los Príncipes católicos, pedid humilde y prudentemente que el clementísimo Emperador se digne conceder nuestra petición, en la cual hemos pedido que se convoque un sínodo plenario; para que, con la ayuda de la misericordia de Dios, los sanos se acrecienten en valor y a los enfermos, si consienten en ser tratados, se les aplique el remedio. (Dado el 15 de octubre, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes, 449.)

    Carta 66

    Carta 66, encabezado

    Respuesta de León a la Carta LXV.
    León, el papa, a los amadísimos hermanos Constantino, Armentario, Audiencio, Severiano, Valeriano, Urso, Esteban, Nectario, Constancio, Máximo, Asclepio, Teodoro, Justo Ingenuo, Augustal, Superventor, Ynancio, Fonteyo y Paladio.

    I. El obispo de Viena se ha anticipado a su apelación. Propone arbitrar con imparcialidad

    Carta 66, § I

    Al leer vuestra carta, amados, que nos trajeron nuestros hijos Petronio el presbítero y Régulo el diácono, reconocimos cuán afectuoso es el aprecio en que tenéis a nuestro hermano y coobispo Ravenio; pues vuestra petición es que se le restituya lo que su predecesor perdió merecidamente por su excesiva presunción. Pero vuestra petición, hermanos, fue anticipada por el obispo de Viena, quien envió una carta y legados con la queja de que el obispo de Arlés había reclamado ilícitamente la ordenación del obispo de Vasa. Por consiguiente, como debíamos mostrar tal respeto tanto a los cánones de los Padres como a vuestra buena opinión de nosotros, que en lo tocante a los privilegios de las iglesias no habíamos de permitir ninguna infracción ni privación, nos incumbía preservar la paz dentro de la provincia de Viena empleando una moderación tan justa que no desatendiera ni el uso antiguo ni vuestros deseos.

    II. El obispo de Viena conservará la jurisdicción sobre cuatro ciudades vecinas; el resto corresponderá a Arlés

    Carta 66, § II

    Pues después de considerar los argumentos presentados por los clérigos presentes de una y otra parte, hallamos que las ciudades de Viena y Arlés dentro de vuestra provincia han sido siempre tan célebres que, en ciertas cuestiones de privilegio eclesiástico, ahora una, ahora otra, han tomado alternativamente la preeminencia, si bien la tradición de la región dice que antiguamente tenían comunidad de derechos. Y por esto no consentimos que la ciudad de Viena quede del todo sin honor en lo que respecta a la jurisdicción eclesiástica, especialmente porque ya posee la autoridad de nuestro decreto para el goce de su privilegio; a saber, el poder que, cuando fue quitado a Hilario, juzgamos oportuno conferir al obispo de Viena. Y para que no parezca de pronto e indebidamente rebajado, tendrá el gobierno sobre las cuatro ciudades vecinas, es decir, Valentia, Tarantasia, Genava y Gratianópolis, con la misma Viena como quinta, al obispo de la cual corresponderá el cuidado de todas las dichas iglesias. Pero las demás iglesias de la misma provincia serán puestas bajo la autoridad y administración del obispo de Arlés, quien, por su templada moderación, creemos que estará tan ansioso de amor y de paz que de ningún modo se considerará privado de aquello que ve concedido a su hermano. Dado el 5 de mayo, en el consulado de Valentiniano Augusto (séptima vez) y del famosísimo Avieno (450).

    Carta 67

    Carta 67, encabezado

    A su amadísimo hermano Ravenio [obispo de Arlés], León, papa.

    Carta 67

    Hemos retenido largo tiempo en la Ciudad a nuestros hijos Petronio el presbítero y Régulo el diácono, tanto porque lo merecían por el favor que les tenemos, como porque lo exigían las necesidades de la fe, que ahora es atacada por el error de algunos. Pues deseábamos que estuvieran presentes cuando discutiéramos el asunto y que se cercioraran de todo lo que deseamos que, por medio de ti, amado, llegue a conocimiento de todos nuestros hermanos y coobispos, encomendándote especialmente esto, querido hermano: que por tu vigilante diligencia, nuestra carta, que hemos emitido a Oriente en defensa de la fe, o bien la de Cirilo de bendita memoria, que concuerda en todo con nuestro parecer, llegue a ser conocida por todos los hermanos; para que, provistos de argumentos, se fortalezcan con fuerza espiritual contra quienes juzgan oportuno ultrajar la Encarnación del Señor con sus creencias erróneas. Tienes una oportunidad favorable, amado hermano, de recomendar el comienzo de tu episcopado a todas las iglesias y a nuestro Dios, si cumples estas cosas del modo que te hemos encargado y ordenado. Pero los asuntos que no debían confiarse al papel, con la confianza puesta en el auxilio de Dios, los llevarás a cabo eficazmente, como hemos dicho, y de modo loable, cuando los hayas conocido de boca de nuestros antedichos hijos. Dios te guarde, hermano queridísimo. Dado el 5 de mayo, en el consulado del gloriosísimo Valentiniano (por séptima vez) y del famoso Avieno (450).

    Carta 68

    Carta 68, encabezado

    De los tres obispos galos a San León.
    Cerecio, Salonio y Verano al santo Señor, beatísimo padre y papa dignísimo de la Sede Apostólica, León.

    I. Felicitan y dan gracias a León por el Tomo

    Carta 68, § I

    Habiendo leído la carta de Vuestra Excelencia, que compusisteis para instrucción en la fe y enviasteis al obispo de Constantinopla, juzgamos nuestro deber, enriquecidos con tan grande caudal de doctrina, pagar nuestra deuda de gratitud escribiéndoos al menos una carta. Pues apreciamos vuestra solicitud paternal para con nosotros, y confesamos que tanto más os debemos por vuestro cuidado preventivo, cuanto que ya disfrutamos del remedio antes de experimentar los males. Porque sabiendo que casi llegan tarde los remedios que se aplican después de inferidas las heridas, nos amonestáis con la voz del amoroso cuidado a armarnos con aquellos medios apostólicos de defensa. Reconocemos con franqueza, beatísimo papa, con cuán singular benignidad nos habéis comunicado los pensamientos más íntimos de vuestro pecho, por cuya eficacia aseguráis la salvación de los demás; y mientras extraéis de los corazones ajenos el veneno infundido por la antigua Serpiente, como colocado en la atalaya del amor, con apostólico cuidado y vigilancia clamáis, para que el enemigo no nos sorprenda desprevenidos e incautos, para que una seguridad negligente no nos exponga al ataque, oh santo Señor, beatísimo padre y papa, dignísimo de la Sede Apostólica. Además nosotros, que de modo especial os pertenecemos, estamos llenos de grande e inefable gozo, porque esta declaración especial de vuestra doctrina es tan estimada dondequiera que las iglesias se congregan, que se expresa unánime parecer de que allí se asigna con razón la primacía de la Sede Apostólica, de donde aún reciben su interpretación los oráculos del Espíritu Apostólico.

    II. Le piden que corrija o añada algo a su copia del Tomo

    Carta 68, § II

    Por tanto, si lo juzgáis oportuno, rogamos a vuestra santidad que repase y corrija cualquier error del copista en esta obra, tan valiosa tanto ahora como en el futuro, que hemos hecho copiar en pergamino por nuestro deseo de conservarla; o si en vuestro celo habéis ideado algo más que aproveche a todos los que lean, ordenad en vuestro amoroso cuidado que se añada a esta copia, para que no solo muchos santos obispos, hermanos nuestros, en las provincias de la Galia, sino también muchos de vuestros hijos entre los laicos, que desean vivamente ver esta carta para la revelación de la Verdad, puedan, cuando se nos devuelva corregida por vuestra santa mano, transcribirla, leerla y guardarla. Si lo estimáis conveniente, deseamos que nuestros mensajeros regresen pronto, para que tanto más rápidamente tengamos noticias de vuestra buena salud, por la cual alegrarnos: porque vuestro bienestar es nuestro gozo y nuestra salud.
    Que Cristo el Señor conserve largamente a vuestra eminencia acordándose de nuestra humildad, oh santo Señor, beatísimo padre y papa dignísimo de la Sede Apostólica.
    Yo, Cerecio, vuestro adoptivo (¿hijo?), saludo a vuestra apostolicidad, encomendándome a vuestras oraciones.
    Yo, Salonio, vuestro adorador, saludo a vuestra apostolicidad, suplicando el auxilio de vuestras oraciones.
    Yo, Verano, adorador de vuestra apostolicidad, saludo a vuestra beatitud y os ruego que oréis por mí.

    Carta 69

    Carta 69, encabezado

    León, obispo, a Teodosio, siempre Augusto.

    I. Suspende su juicio sobre el nombramiento de Anatolio hasta que haga abierta confesión de la fe católica

    Carta 69, § I

    En todas vuestras piadosas cartas, en medio de las ansiedades que sufrimos por la fe, nos habéis ofrecido esperanza de seguridad apoyando el Concilio de Nicea tan lealmente, que no permitís que los sacerdotes del Señor se aparten de él, como ya nos habéis escrito a menudo. Mas para que no parezca que he hecho algo perjudicial a la defensa católica, juzgué que nada debía responderse por ahora precipitadamente en uno u otro sentido sobre la ordenación de quien ha comenzado a presidir la iglesia de Constantinopla, y esto no por falta de amoroso interés, sino esperando a que la verdad católica se aclare. Y ruego a vuestra clemencia que lleve esto con equidad, para que cuando él se haya mostrado tal como deseamos respecto de la fe católica, podamos alegrarnos más plena y seguramente de su sinceridad. Mas para que ninguna mala sospecha lo asalte acerca de nuestra disposición hacia él, aparto toda ocasión de dificultad, y nada exijo que parezca duro o discutible, sino que hago una invitación que ningún católico rehusaría. Pues son bien conocidos y renombrados en todo el mundo quienes antes de nuestro tiempo brillaron predicando la verdad católica, ya en lengua griega, ya en latina, a cuya erudición y doctrina recurren incluso algunos de nuestros días, y de cuyos escritos se produce una declaración uniforme y múltiple de doctrina: la cual, así como ha derribado la herejía de Nestorio, así ha cortado también este error que ahora brota de nuevo. Lea, pues, de nuevo cuál es la creencia sobre la Encarnación del Señor que los santos padres guardaron y que siempre ha sido predicada de modo semejante, y cuando haya percibido que la carta de Cirilo de santa memoria, obispo de Alejandría, concuerda con el parecer de quienes lo precedieron [en la cual quiso corregir y sanar a Nestorio, refutando sus afirmaciones erróneas y exponiendo con mayor claridad la fe tal como fue definida en Nicea, y que fue enviada por él y depositada en la biblioteca de la Sede Apostólica], reconsidere además las actas del Sínodo de Éfeso, en las que se insertan y sostienen los testimonios de sacerdotes católicos sobre la Encarnación del Señor por Cirilo de santa memoria. No desdeñe tampoco leer mi carta, la cual hallará que concuerda en todo con la piadosa creencia de los padres. Y cuando haya comprendido que de él se exige y desea aquello que sirva al mismo buen fin, preste su cordial asentimiento al juicio de los católicos, de modo que en presencia de todo el clero y de todo el pueblo declare sin reserva alguna su sincera aceptación de la fe común, para ser comunicada a la Sede Apostólica y a todos los sacerdotes e iglesias del Señor; y así, estando el mundo en paz por la única fe, podamos todos decir lo que los ángeles cantaron en el nacimiento del Salvador de la Virgen María, «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad [].»

    II. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe

    Carta 69, § II

    Pero como tanto nosotros como nuestros bienaventurados padres, cuya doctrina reverenciamos y seguimos, estamos concordes en la única fe, como atestiguan los obispos de todas las provincias, procure la piadosísima fe de vuestra clemencia que nos llegue cuanto antes del obispo de Constantinopla el documento debido, como de sacerdote aprobado y católico, es decir, en el que afirme abierta y distintamente que apartará de su comunión a cualquiera que crea o sostenga sobre la Encarnación del Verbo de Dios otra opinión distinta de la que mi declaración y la de todos los católicos establece, para que podamos justamente otorgarle en Cristo el amor fraterno. Y para que por la fe de vuestra clemencia se dé, con la ayuda de Dios, efecto más rápido y pleno a nuestros saludables deseos, he enviado a vuestra piedad a mis hermanos y coobispos Abundio y Asterio, juntamente con los presbíteros Basilio y Senador, cuya devoción me está bien probada; por medio de los cuales, cuando hayan expuesto las instrucciones que hemos enviado, podréis comprender debidamente cuál es la norma de nuestra fe, para que, si el obispo de Constantinopla presta su cordial asentimiento a la misma confesión, podamos con seguridad alegrarnos, como es debido, por la paz de la Iglesia, y no parezca que se oculta ambigüedad alguna que nos inquiete con sospechas tal vez infundadas. Pero si algunos disienten de la pureza de nuestra fe y de la autoridad de los Padres, el sínodo que se ha reunido en Roma con ese fin se une a mí para pedir a vuestra clemencia que permita un concilio universal dentro de los límites de Italia; a fin de que, si se reúnen en un solo lugar todos los que han caído por ignorancia o por miedo, se tomen medidas para corregirlos y sanarlos, y ya a nadie le sea permitido citar el Sínodo de Nicea de un modo que resulte opuesto a su fe; pues será de provecho tanto para toda la Iglesia como para vuestro imperio, si un solo Dios, una sola fe y un solo misterio de la salvación del hombre son sostenidos por la única confesión del mundo entero.
    Dado el 17 de julio, en el consulado del ilustre Valentiniano (por séptima vez) y Avieno (450).

    Carta 79

    Carta 79, encabezado

    León, obispo de la ciudad de Roma, a Pulqueria Augusta.

    I. Se alegra del celo de Pulqueria contra Nestorio y Eutiques

    Carta 79, § I

    Aquello que siempre habíamos esperado de los santos propósitos de vuestra Gracia, ahora lo hemos comprobado plenamente: a saber, que por muy variados que sean los ataques de los hombres inicuos contra la fe cristiana, cuando vos estáis presente y preparada por el Señor para defenderla, no puede ser perturbada. Porque Dios no abandonará ni el misterio de su misericordia ni el mérito de vuestros trabajos, con los cuales hace tiempo repelisteis de las entrañas mismas de la Iglesia al astuto enemigo de nuestra santa religión: cuando la impiedad de Nestorio no logró mantener su herejía porque no se os ocultó, a vos, sierva y discípula de la Verdad, cuánto veneno fue infundido en los sencillos por las coloreadas falsedades de aquel hombre de fácil palabra. Y la continuación de aquella gran lucha fue que, por vuestra vigilancia, las cosas que el diablo maquinó por medio de Eutiques no escaparon a la detección, y los que habían escogido para sí un lado en la doble herejía fueron derribados por la única e indivisa fuerza de la fe católica. Esta es, pues, vuestra segunda victoria sobre la destrucción del error de Eutiques; y, si este hubiera tenido alguna sensatez, habiendo sido aquel error derrotado y confundido una vez y hace tiempo en la persona de sus instigadores, fácilmente habría podido evitar el intento de reavivar las cenizas humeantes, y así compartiría la suerte de aquellos cuyo ejemplo había seguido, gloriosísima Augusta. Deseamos, por tanto, saltar de gozo y ofrecer a Dios los debidos votos por la prosperidad de vuestra clemencia, quien ya os ha concedido una doble palma y corona por todas las partes del mundo en que se proclama el Evangelio del Señor.

    II. Le agradece su ayuda a la causa católica y expone sus deseos sobre la restauración de los obispos lapsos

    Carta 79, § II

    Sepa, pues, vuestra clemencia que toda la iglesia de Roma está sumamente agradecida por todas vuestras fieles obras, ya sea que con piadoso celo hayáis ayudado en todo a nuestros representantes y hayáis hecho volver a los sacerdotes católicos que habían sido expulsados de sus iglesias por una sentencia injusta, ya sea que hayáis procurado la restauración, con el debido honor, de los restos de aquel inocente y santo sacerdote Flaviano, de santa memoria, a la iglesia que tan bien gobernó. En todo lo cual, ciertamente, vuestra gloria se acrecienta abundantemente, mientras veneráis a los santos según sus méritos y os afanáis por que las espinas y la cizaña sean quitadas del campo del Señor. Pero sabemos, tanto por el relato de nuestros delegados como por el de mi hermano y coobispo Anatolio, a quien graciosamente me recomendáis, que algunos obispos piden la reconciliación para quienes parecen haber dado su consentimiento a asuntos de herejía, y desean para ellos la comunión católica; a cuya petición accedemos con la condición de que no se les conceda el bien de la paz hasta que, actuando nuestros delegados de acuerdo con el antedicho obispo, sean corregidos y condenen de propia mano sus malas acciones; porque nuestra religión cristiana exige tanto que la verdadera justicia reprima a los obstinados como que el amor no rechace al penitente.

    III. Le encomienda ciertos obispos e iglesias a su cuidado

    Carta 79, § III

    Y como sabemos cuánto cuidado piadoso se digna vuestra Gracia conceder a los sacerdotes católicos, hemos ordenado que se os informe que mi hermano y coobispo Eusebio vive con nosotros y comparte nuestra comunión; os encomendamos su iglesia, pues se dice que la está devastando aquel de quien se afirma indebidamente que fue elegido en su lugar. Y esto también pedimos a vuestra Gracia, lo cual no dudamos que haréis por vuestra propia voluntad: que extendáis el favor debido tanto a mi hermano y coobispo Juliano como al clero de Constantinopla, que se adhirió al santo Flaviano con fiel lealtad. Sobre todo hemos instruido a vuestra Gracia por medio de nuestros delegados acerca de lo que debe hacerse o disponerse. Dado el 13 de abril, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 80

    Carta 80, encabezado

    A Anatolio, obispo de Constantinopla.

    I. Se alegra de que Anatolio haya demostrado ser ortodoxo

    Carta 80, § I

    León, obispo, a Anatolio, obispo.
    Nos gozamos en el Señor y nos gloriamos en el don de su gracia, que os ha mostrado seguidor de la doctrina del Evangelio, como hemos comprobado por vuestra carta, amado, y por el relato de nuestros hermanos a quienes enviamos a Constantinopla; pues ahora, por la fe aprobada del sacerdote, nos justificamos al presumir que toda la iglesia a él encomendada no tendrá arruga ni mancha de error, como dice el Apóstol, «pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como virgen pura a Cristo [].» Porque aquella virgen es la Iglesia, esposa de un solo esposo, Cristo, que no se deja corromper por error alguno, de modo que en todo el mundo tenemos una única comunión entera y pura, en la cual ahora os acogemos como compañero, amado, y damos nuestra aprobación al orden de las actas que hemos recibido, ratificadas, como era propio, con las firmas necesarias. Por tanto, para que vuestro espíritu, a su vez, amado, sea fortalecido con nuestras palabras, enviamos de vuelta después de la fiesta de Pascua, con nuestras cartas, a nuestros hijos Casterio, presbítero, y a Patricio y Asclepias, diáconos, que trajeron vuestros escritos, informándoos, como hemos dicho arriba, de que nos alegramos por la paz de la iglesia de Constantinopla, por la cual hemos tenido siempre tanto cuidado que deseamos que no sea contaminada por engaño herético alguno.

    II. Los penitentes entre los obispos que se apartaron han de ser recibidos de nuevo en plena comunión, según un plan que determinarán Anatolio y los delegados de León

    Carta 80, § II

    Pero en cuanto a los hermanos que por vuestras cartas y por el relato de nuestros delegados sabemos que desean la comunión con nosotros, fundándose en el dolor de no haberse mantenido firmes contra la violencia y la intimidación, sino que dieron su asentimiento al crimen ajeno cuando el terror los había aturdido de tal modo, que con apresurada aquiescencia colaboraron en la condena del obispo católico e inocente (Flaviano) y en la aceptación de la detestable herejía (de Eutiques), aprobamos lo que se determinó en presencia y con la cooperación de nuestros delegados, a saber, que se contenten por ahora con la comunión de sus propias iglesias; pero deseamos que nuestros delegados, a quienes hemos enviado, consulten con vos y lleguen a algún acuerdo por el cual aquellos que condenan sus malas acciones con plenas garantías de penitencia, y prefieren acusarse antes que defenderse, sean alegrados con la paz y la comunión con nosotros; con la condición de que primero se condene con anatema completo lo que se ha recibido contra la fe católica. Porque de otro modo, en la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo, no hay sacerdocios válidos ni sacrificios verdaderos, a no ser que en la realidad de nuestra naturaleza el verdadero Sumo Sacerdote expíe por nosotros, y la verdadera Sangre del Cordero sin mancha nos limpie. Pues aunque está sentado a la diestra del Padre, sin embargo, en la misma carne que tomó de la Virgen, lleva a cabo el misterio de la propiciación, como dice el Apóstol, «Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros [].» Pues nuestra bondad no puede ser censurada en ningún caso en que recibimos a quienes dan garantía de penitencia y por cuyo engaño nos entristecimos. El beneficio de la comunión con nosotros, por tanto, ni ha de negarse con dureza ni concederse con precipitación, porque así como es plenamente conforme a nuestra religión tratar a los oprimidos con caridad semejante a la de Cristo, así es justo cargar toda la culpa sobre los autores de la perturbación.

    III. Los nombres de Dioscoro, Juvenal y Eustaquio no han de leerse en voz alta en el santo altar

    Carta 80, § III

    Acerca de la lectura de los nombres de Dioscoro, Juvenal y Eustaquio en el santo altar, te conviene, amado, observar lo que dijeron que debía hacerse nuestros amigos que allí estuvieron presentes, y que es conforme a la honrosa memoria de San Flaviano, y no apartará de ti las mentes de los laicos. Pues es muy injusto e indecoroso que quienes han hostigado a católicos inocentes con sus ataques sean mezclados indistintamente con los nombres de los santos, puesto que, al no abandonar su herejía condenada, se condenan a sí mismos por su perversidad: tales hombres deben ser castigados por su infidelidad, o esforzarse por alcanzar el perdón.

    IV. Una o dos instrucciones acerca de personas concretas

    Carta 80, § IV

    Pero nuestro hermano y coobispo Juliano, y el clero que se adhirió a Flaviano de santa memoria, prestándole fiel servicio, deseamos que se adhieran también a ti, amado, para que sepan que aquel de quien estamos seguros que vive por los méritos de su fe ante nuestro Dios está presente con ellos en ti. Queremos que sepas también esto, amado: que nuestro hermano y coobispo Eusebio, que por causa de la Fe soportó muchos peligros y fatigas, se hospeda actualmente entre nosotros y continúa en nuestra comunión; cuya iglesia deseamos que tu cuidado proteja, para que nada sea destruido en su ausencia, y que nadie se atreva a perjudicarlo en nada hasta que venga a ti trayendo una carta nuestra. Y para que el afecto que nosotros, o más bien todo el pueblo cristiano, te tenemos se encienda en mayor grado, deseamos que esto que te hemos escrito, amado, llegue a conocimiento de todos, para que los que sirven a nuestro Dios den gracias por la consumación de la paz de la Sede Apostólica contigo. Mas sobre otros asuntos y personas serás instruido más plenamente, amado, por la carta que habrás recibido por medio de nuestros delegados. Dado el 13 de abril, en el consulado del ilustre Adelfio (451).
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