De la carta de tu clemencia, que en tu amor a la fe católica enviaste hace algún tiempo a la sede del bienaventurado apóstol Pedro, sacamos tal confianza en tu defensa de la verdad y de la paz, que pensamos que nada perjudicial podía suceder en asunto tan claro y bien ordenado; sobre todo cuando los que fueron enviados al concilio episcopal, que ordenaste se celebrara en Éfeso, fueron tan plenamente instruidos que, si el obispo de Alejandría hubiera permitido que las cartas que llevaban, ya al santo sínodo, ya a Flaviano el obispo, fueran leídas en oídos de los obispos, con la declaración de la purísima fe, que, divinamente inspirada, hemos recibido y mantenemos, todo ruido de disputas se habría acallado tan por completo que ni la ignorancia podría ya regodearse, ni la envidia hallar ocasión de hacer daño. Mas porque se consultan los intereses privados so capa de religión, la deslealtad de unos pocos ha obrado lo que forzosamente ha de herir a toda la Iglesia. Pues no por un mensajero indigno de confianza, sino por un narrador fidelísimo de lo sucedido, Hilario, nuestro diácono, quien, para no ser obligado por la fuerza a suscribir las actas, escapó con gran dificultad, hemos sabido que muchísimos sacerdotes se reunieron en el sínodo, cuyo número sin duda habría ayudado al debate y a la decisión, si el que se arrogaba el primer lugar hubiera consentido en guardar la moderación sacerdotal, para que, según costumbre, tras expresar todos libremente su parecer, después de deliberación tranquila y ecuánime, se ordenara aquello que fuera a la vez conforme a la fe y provechoso para los que yerran. Mas se nos ha dicho que no todos los que habían venido estuvieron presentes en la decisión misma; pues hemos sabido que unos fueron rechazados y otros admitidos, los cuales, a requerimiento del antedicho sacerdote, se entregaron a una suscripción injusta, sabiendo que sufrirían daño si no obedecían sus mandatos, y que él presentó una resolución tal que, atacando a un solo hombre, pudiera descargar su furia contra toda la Iglesia. Lo cual nuestros delegados de la Sede Apostólica vieron que era tan blasfemo y opuesto a la fe católica, que ninguna presión pudo obligarlos a asentir; pues en el mismo sínodo protestaron enérgicamente, como debían, que la Sede Apostólica jamás recibiría lo que se estaba aprobando; puesto que todo el misterio de la fe cristiana queda absolutamente destruido (lo que el Cielo no permita en el reinado de tu Gracia), si no se aboliera esta abominable maldad, que excede a todas las blasfemias anteriores.