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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 10 · Carta 29Publicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

    Carta 29

    Notifica el nombramiento de sus representantes para el Concilio de Éfeso

    Carta 29

    Al César Teodosio, el más religioso y devoto Augusto, León, papa de la Iglesia católica de la ciudad de Roma.
    Cuánto se digna la providencia de Dios velar por los intereses de los hombres lo muestra vuestro cuidado misericordioso, el cual, movido por el Espíritu de Dios, no quiere que haya perturbación ni diferencia alguna: puesto que la fe, que es absolutamente una, no puede ser diferente de sí misma en nada. Por lo tanto, aunque Eutiques, como revelan las actas de los obispos, ha sido descubierto en un error ignorante e imprudente, y debería haberse retractado de su convicción, justamente condenada, sin embargo, puesto que vuestra piedad, que ama la verdad católica con gran celo por el honor de Dios, ha determinado un juicio sinodal en Éfeso, para que esa verdad sobre la que él está ciego pueda ser presentada al anciano ignorante; he enviado a mis hermanos Julio, obispo, Renato, presbítero, y a mi hijo Hilario, diácono, para que actúen como mis representantes según la materia lo requiera, y llevarán consigo tal espíritu de justicia y bondad que, mientras todo el error extraviado sea condenado (pues no puede haber duda sobre cuál es la integridad de la fe cristiana), sin embargo, si el que se ha descarriado se arrepiente y suplica perdón, pueda recibir el socorro de la indulgencia sacerdotal: visto que en su apelación que nos envió se reservó el derecho de ganar nuestro perdón prometiendo corregir todo lo que nuestra opinión desaprobara en la suya. Pero lo que la Iglesia católica universalmente cree y enseña sobre el misterio de la Encarnación del Señor se contiene más plenamente en la carta que he enviado a mi hermano y coobispo Flaviano. Dado el 13 de junio en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 31

    Carta 31, encabezado

    León a Pulqueria Augusta.

    I. Recuerda a Pulqueria sus antiguos servicios a la Iglesia y sugiere su intervención en la controversia eutiquiana

    Carta 31, § I

    Cuánta protección ha extendido el Señor a su Iglesia a través de vuestra clemencia, lo hemos comprobado a menudo con muchas señales. Y cualquier avance que la energía del sacerdocio ha hecho en nuestros tiempos contra los asaltantes de la verdad católica, ha redundado principalmente en vuestra gloria: visto que, como habéis aprendido de la enseñanza del Espíritu Santo, sometéis en todo vuestra autoridad a Aquel por cuyo favor y bajo cuya protección reináis. Por lo cual, porque he sabido por el informe de mi hermano y coobispo Flaviano que se ha suscitado cierta disputa por obra de Eutiques en la iglesia de Constantinopla contra la integridad de la fe cristiana (y el texto de las actas del sínodo me ha mostrado la naturaleza exacta de todo el asunto), es digno de vuestro gran nombre que el error que, en mi opinión, procede más de ignorancia que de ingenio, sea disipado antes de que, con la pertinacia de la testarudez, cobre fuerza con el apoyo de los imprudentes. Porque incluso la ignorancia cae a veces en graves errores, y con mucha frecuencia los simples se precipitan por descuido en la fosa del diablo: y así es, creo, como el espíritu de falsedad se ha insinuado en Eutiques: de modo que, mientras se imagina apreciar más devotamente la majestad del Hijo de Dios, al negar en Él la presencia real de nuestra naturaleza, llegó a la conclusión de que todo aquel Verbo que «se hizo carne» era de una sola y misma esencia. Y por grande que sea la caída de Nestorio de la verdad, al afirmar que Cristo nació solo hombre de su madre, este hombre también se aparta no menos del camino católico, quien no cree que nuestra sustancia fue sacada de la misma Virgen: queriendo, por supuesto, que se entienda como perteneciente solo a su Divinidad; de modo que aquello que tomó la forma de siervo, y fue semejante a nosotros y de la misma forma, era una especie de imagen, no la realidad de nuestra naturaleza.

    II. La salvación del hombre requería la unión de las dos naturalezas en Cristo

    Carta 31, § II

    Pero de nada sirve decir que nuestro Señor, el Hijo de la bienaventurada Virgen María, fue verdadero y perfecto hombre, si no se cree que es Hombre de aquella estirpe que se le atribuye en el Evangelio. Porque Mateo dice, «El libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham []:» y sigue el orden de su origen humano, para hacer descender las líneas de su ascendencia hasta José, con quien estaba desposada la madre del Señor. Mientras que Lucas, retrocediendo paso a paso, traza su sucesión hasta el primero de la raza humana, para mostrar que el primer Adán y el último Adán eran de la misma naturaleza. Sin duda, el omnipotente Hijo de Dios podría haberse aparecido para enseñar y justificar a los hombres exactamente del mismo modo en que se apareció a los patriarcas y profetas en semejanza de carne; por ejemplo, cuando entabló una lucha, y entró en conversación (con Jacob), o cuando no rechazó el hospedaje, e incluso participó de la comida que se le puso delante. Pero estas apariciones eran indicaciones de aquel Hombre cuya realidad se anunciaba por predicciones místicas que sería asumida de la estirpe de los patriarcas precedentes. Y el cumplimiento del misterio de nuestra expiación, que fue ordenado desde toda la eternidad, no fue auxiliado por figuras algunas, porque el Espíritu Santo aún no había descendido sobre la Virgen, y el poder del Altísimo no la había cubierto con su sombra: de modo que «la Sabiduría edificándose una casa» dentro de su cuerpo inmaculado, «el Verbo se hizo carne;» y la forma de Dios y la forma de siervo uniéndose en una sola persona, el Creador de los tiempos nació en el tiempo; y Aquel mismo por quien todas las cosas fueron hechas, fue dado a luz en medio de todas las cosas. Porque si el Hombre nuevo no hubiera sido hecho en semejanza de carne de pecado, y no hubiera asumido nuestra vieja naturaleza, y siendo consustancial con el Padre, se hubiera dignado ser consustancial también con su madre, y siendo el único libre de pecado, hubiera unido a Él nuestra naturaleza, toda la raza humana estaría retenida en esclavitud bajo el yugo del diablo, y no podríamos aprovecharnos de la victoria del Conquistador, si esta hubiera sido ganada fuera de nuestra naturaleza.

    III. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude

    Carta 31, § III

    Pero de la maravillosa participación de Cristo en las dos naturalezas, brilló sobre nosotros el misterio de la regeneración, para que por el mismo espíritu, por el cual Cristo fue concebido y nacido, también nosotros, que nacimos por el deseo de la carne, pudiéramos nacer de nuevo de una fuente espiritual: y en consecuencia, el Evangelista habla de los creyentes como aquellos «que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de hombre, sino de Dios [].» Y de esta gracia inefable nadie es partícipe, ni puede ser contado entre los hijos adoptivos de Dios, quien excluye de su fe aquello que es el medio principal de nuestra salvación. Por lo cual, estoy muy vejado y entristecido de que este hombre, que antes parecía tan laudablemente dispuesto hacia la humildad, se atreva a lanzar estos ataques vacíos y estúpidos contra la única fe de nosotros y de nuestros padres. Cuando vio que su noción ignorante ofendía los oídos de los católicos, debería haberse retirado de su opinión, y no haber perturbado de tal modo a los gobernantes de la Iglesia como para merecer una sentencia de condena: la cual, por supuesto, nadie podrá remitir si él está decidido a persistir en su noción. Porque la moderación de la Sede Apostólica usa su lenidad de tal manera que trata con severidad a los contumaces, mientras desea ofrecer perdón a los que aceptan la corrección. Viendo, pues, que poseo gran confianza en vuestra excelsa fe y piedad, suplico a vuestra ilustre clemencia que, así como la predicación de la fe católica siempre ha sido ayudada por vuestro santo celo, así también ahora mantengáis su libre acción. Quizás el Señor permitió que fuera así asaltada por esta razón, para que descubramos qué clase de personas se ocultaban dentro de la Iglesia. Y claramente, no debemos descuidar el ocuparnos de tales, no sea que seamos afligidos con su pérdida real.

    IV. Debe excusarse su presencia personal en el concilio. La cuestión en litigio es muy grave

    Carta 31, § IV

    Pero el augustísimo y cristiano Emperador, ansioso de que las perturbaciones se calmen con toda rapidez, ha fijado una fecha demasiado corta y temprana para el concilio de obispos que desea que se celebre en Éfeso, al señalar el primero de agosto para la reunión: porque desde el cinco de mayo, en que recibimos la carta de Su Majestad, la mayor parte del tiempo restante ha de emplearse en hacer los arreglos completos para el viaje de los sacerdotes que sean competentes para representarme. Pues en cuanto a la necesidad de que yo también asistiera al concilio, que su piedad sugirió, aun si hubiera algún precedente para la petición, de ningún modo podría arreglarse ahora: porque el estado tan incierto de las cosas actuales no permitiría mi ausencia del pueblo de esta gran ciudad: y las mentes de los dispuestos al desorden podrían ser llevadas a actos desesperados, si pensaran que yo aprovechaba la ocasión de asuntos eclesiásticos para desertar de mi patria y de la Sede Apostólica. Como, pues, reconocéis que concierne al bien público que con vuestra misericordiosa indulgencia no me niegue a las afectuosas oraciones de mi pueblo, considerad que en estos mis hermanos, a quienes he enviado en mi lugar, yo también estoy presente con los demás que comparecen: a ellos les he explicado clara y plenamente lo que debe mantenerse en vista de la exposición satisfactoria del caso que me ha sido dada por el informe detallado, y por la declaración del propio acusado ante mí. Porque la cuestión no versa sobre una pequeña porción de nuestra fe sobre la cual no se haya hecho una declaración muy distinta: sino que la necia oposición que se levanta se atreve a impugnar aquello que nuestro Señor no quiso que nadie de uno u otro sexo en la Iglesia ignorara. Porque la confesión breve pero completa del credo católico que contiene las doce sentencias de los doce apóstoles está tan bien provista de la panoplia celestial, que todas las opiniones de los herejes pueden recibir su golpe de muerte de esa única arma. Y si Eutiques hubiera estado contento con recibir ese credo en su totalidad con un corazón puro y simple, en ningún punto se habría desviado de los decretos del sacrosanto concilio de Nicea, y entendería que los santos Padres establecieron esto, a fin de que ninguna ingeniosidad mental o retórica se levantara contra la fe apostólica, que es absolutamente una. Dignaos, pues, con vuestra acostumbrada piedad, hacer todo vuestro esfuerzo para que este ataque blasfemo y necio contra el único y solo sacramento de la salvación del hombre sea desterrado de las mentes de todos. Y si el hombre mismo, que ha caído en esta tentación, recobrara el juicio, de modo que condene su propio error mediante una retractación escrita, no se le niegue la comunión con su orden. Vuestra clemencia ha de saber que he escrito en el mismo tono también al santo obispo Flaviano: para que no se pierda de vista la bondad amorosa, si el error es disipado. Dado el 13 de junio en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 32

    Reconoce su celo y los remite al Tomo

    Carta 32

    A sus amadísimos hijos Fausto, Martino, y a los demás arquimandritas, León el obispo.
    Como en favor de la fe que Eutiques ha tratado de perturbar, enviaba legados de latere para asistir a la defensa de la verdad, me pareció adecuado dirigiros también una carta a vosotros, amadísimos: a quienes sé con certeza que sois tan celosos en la causa de la religión que de ningún modo podéis escuchar con calma tales expresiones blasfemas y profanas: porque el mandato del Apóstol permanece en vuestros corazones, en el que se dice, «Si alguno os ha predicado otro evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema [].» Y también nosotros decidimos que la opinión del dicho Eutiques debe ser rechazada, la cual, como hemos aprendido de la lectura de las actas, ha sido condenada merecidamente: de modo que, si su necio mantenedor persiste en su perversidad, tenga comunión con aquellos cuyo error ha seguido. Porque quien dice que Cristo no tenía una naturaleza humana, es decir, la nuestra, es merecidamente expulsado de la Iglesia de Cristo. Pero, si es corregido por la piedad del Espíritu de Dios y reconoce su perverso error, de modo que condene sin reservas lo que los católicos rechazan, deseamos que no se le niegue misericordia, para que la Iglesia del Señor no sufra pérdida alguna: porque el arrepentido siempre puede ser readmitido, solo el error debe ser excluido. Sobre el misterio de la gran piedad, por el cual, mediante la Encarnación del Verbo de Dios, viene nuestra justificación y redención, cuál es nuestra opinión, tomada de la tradición de los padres, queda suficientemente explicada ahora según mi juicio en la carta que he enviado a nuestro hermano Flaviano el obispo: para que, mediante la declaración de vuestro jefe, podáis saber lo que, según el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, deseamos que quede fijado en los corazones de todos los fieles. Dado el 13 de junio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 33

    I. Elogia la apelación del Emperador a la cátedra de Pedro

    Carta 33, § I

    León, obispo, al santo Sínodo reunido en Éfeso
    La pía fe de nuestro clementísimo príncipe, sabiendo que concierne especialmente a su gloria impedir que brote semilla alguna de error dentro de la Iglesia católica, ha prestado tal deferencia a las instituciones divinas que ha recurrido a la autoridad de la Sede Apostólica para obtener una solución adecuada: como si quisiera que el bienaventurado Pedro mismo declarara lo que fue alabado en su confesión, cuando el Señor dijo: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre?» y los discípulos mencionaron las opiniones de diversas gentes: pero, cuando Él preguntó qué creían ellos mismos, el príncipe de los apóstoles, abrazando la plenitud de la Fe en una frase breve, dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente:» es decir, Tú que verdaderamente eres Hijo del hombre eres también verdaderamente Hijo del Dios viviente: Tú, digo, verdadero en la Divinidad, verdadero en la carne y uno por completo, permaneciendo intactas las propiedades de las dos naturalezas. Y si Eutiques hubiera creído esto inteligente y cabalmente, nunca se habría apartado del camino de esta Fe. Pues Pedro recibió esta respuesta del Señor por su confesión. «Bienaventurado eres, Simón Barjona; porque no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia: y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella []» Pero el que rechaza la confesión del bienaventurado Pedro y contradice el Evangelio de Cristo, está muy lejos de la unión con este edificio; pues se muestra que nunca tuvo celo alguno por comprender la Verdad, y que solo tiene la vacía apariencia de alta estima, quien no adornó las canas de la vejez con juicio maduro alguno del corazón.

    II. La herejía de Eutiques debe ser condenada, aunque su pleno arrepentimiento pueda llevar a su restitución

    Carta 33, § II

    Pero puesto que no debe descuidarse la curación incluso de tales hombres, y el cristianísimo Emperador ha deseado pía y devotamente que se celebre un concilio de obispos, para que todo error sea destruido por un juicio más completo, he enviado a nuestros hermanos Julio el obispo, Renato el presbítero y mi hijo Hilario el diácono, y con ellos a Dulcitio el notario, cuya fe hemos probado, para que estén presentes en mi lugar en vuestra santa asamblea, hermanos, y resuelvan en común con vosotros lo que sea conforme a la voluntad del Señor. A saber, que primero sea condenado el pestilencial error, y luego se discuta la restitución de aquel que ha errado tan imprudentemente, pero solo si abrazando la verdadera doctrina condena plena y abiertamente, con su propia voz y firma, aquellas opiniones heréticas en las que su ignorancia ha quedado atrapada: pues esto ha prometido en la apelación que nos envió, comprometiéndose a seguir nuestro juicio en todo. Al recibir la carta de nuestro hermano y coobispo Flaviano, le hemos respondido extensamente sobre los puntos que parece haber sometido a nosotros: para que cuando este error que parece haber surgido sea destruido, haya una sola Fe y una y la misma confesión en todo el mundo para alabanza y gloria de Dios, y que «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre []» Dado el 13 de junio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 34

    Carta 34, encabezado

    León, obispo, a Juliano [obispo de Cos], el obispo, su amadísimo hermano.

    I. Se ve ahora claramente que Eutiques se ha apartado de la Fe

    Carta 34, § I

    Tu carta, amado, que acaba de llegarme, muestra con qué amor espiritual de la Fe católica estás inspirado: y me alegra mucho que los corazones devotos concuerden todos en la misma opinión, para que según la enseñanza del Espíritu Santo se cumpla en nosotros lo que dice el Apóstol: «Ahora os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer []» Pero Eutiques se ha colocado completamente fuera de esta unidad, si persevera en su perversidad y aún no comprende los lazos con que el diablo lo ha atado, y piensa que alguien ha de ser contado entre los sacerdotes del Señor, que es partícipe de su ignorancia y locura. Durante algún tiempo estuvimos inciertos en qué desagradaba a los católicos: y cuando no recibimos carta alguna de nuestro hermano Flaviano, y el mismo Eutiques se quejaba en su carta de que se estaba reavivando la herejía nestoriana, no pudimos aprender plenamente la fuente ni el motivo de tan astuta acusación. Pero tan pronto como nos llegaron las actas de las deliberaciones de los obispos, todas aquellas cosas que estaban ocultas bajo el velo de sus quejas engañosas se revelaron en su abominación.

    II. Anuncia el nombramiento de legados a latere

    Carta 34, § II

    Y porque nuestro clementísimo Emperador, en la bondad y piedad de su mente, deseó que se emitiera un juicio más cuidadoso acerca de la posición de uno que hasta ahora ha parecido gozar de alta estima, y con este fin ha tenido a bien convocar un concilio de obispos, por mano de nuestros hermanos Julio el obispo y Renato el presbítero, y también mi hijo Hilario, el diácono a quien he enviado ex latere en mi lugar, he dirigido una carta adecuada a las necesidades del caso a nuestro hermano Flaviano, de la cual también tú, amado, y toda la Iglesia podréis conocer acerca de la antigua y única Fe, que este indocto adversario ha atacado, lo que sostenemos como transmitido por Dios y lo que predicamos sin alteración. Sin embargo, porque no debemos olvidar el deber de misericordia, hemos considerado conforme a nuestra moderación como sacerdotes que, si el presbítero condenado se corrige sin reservas, la sentencia por la que está atado sea remitida: pero si elige yacer en el fango de su necedad, que permanezca el decreto, y tenga su suerte con aquellos cuyo error ha seguido. Dado el 13 de junio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 35

    Carta 35, encabezado

    A Juliano, obispo de Cos.

    1. La herejía de Eutiques implica muchas otras herejías

    Carta 35, § 1

    León, obispo de la ciudad de Roma, a su amadísimo hermano, el obispo Juliano.
    Aunque por mano de nuestros hermanos, a quienes hemos despachado desde la ciudad en favor de la Fe, hemos enviado una refutación plenísima de la excesiva herejía de Eutiques a nuestro hermano Flaviano, sin embargo, porque hemos recibido, por medio de nuestro hijo Basilio, tu carta, amado, que nos ha dado mucho placer por el fervor de su espíritu católico, hemos añadido también esta página que concuerda con el otro documento, para que ofrezcáis una resistencia unida y enérgica a aquellos que buscan corromper el evangelio de Cristo, puesto que la sabiduría y la enseñanza del Espíritu Santo es una y la misma en vosotros como en nosotros: y quienquiera que no la recibe, no es miembro del cuerpo de Cristo y no puede gloriarse en aquella Cabeza en la que niega la presencia de su propia naturaleza. ¿Qué ventaja es para ese anciano insensatísimo, bajo el nombre de la herejía nestoriana, desgarrar la creencia de aquellos cuya fe devotísima no puede hacer pedazos? Pues al declarar que el Hijo unigénito de Dios fue engendrado del vientre de la bienaventurada Virgen de tal manera que llevaba la apariencia de un cuerpo humano sin que la realidad de la carne humana estuviera unida al Verbo, se aparta tan lejos del camino recto como se apartó Nestorio al separar la Divinidad del Verbo de la sustancia de su Humanidad asumida. ¿De esta prodigiosa falsedad quién no ve qué monstruosas opiniones brotan? Pues quien niega la verdadera Humanidad de Jesucristo, necesariamente debe estar lleno de muchas blasfemias, siendo reclamado por Apolinario como suyo, apresado por Valentino o retenido por Maniqueo: ninguno de los cuales creyó que hubiera verdadera carne humana en Cristo. Pero, ciertamente, si eso no se acepta, no solo se niega que Aquel que estaba en la forma de Dios, pero que moraba en la forma de siervo, naciera Hombre según la carne y alma racional, sino también que fue crucificado, muerto y sepultado, y que al tercer día resucitó, y que, sentado a la diestra del Padre, vendrá a juzgar a vivos y muertos en aquel cuerpo en el que Él mismo fue juzgado: porque estas prendas de nuestra redención quedan anuladas si no se cree que Cristo tiene la verdadera y entera naturaleza de la verdadera Humanidad.

    II. Las dos naturalezas se hallan en Cristo

    Carta 35, § II

    O porque los signos de su Divinidad eran indudables, ¿se supondrá falsa la prueba de que tenía un cuerpo humano, y así las indicaciones de ambas naturalezas serán aceptadas para probarlo Creador, pero no serán aceptadas para la salvación de la criatura? No, porque la carne no disminuyó lo que pertenece a su Divinidad, ni la Divinidad destruyó lo que pertenece a su carne. Pues Él es a la vez eterno por su Padre y temporal por su madre, inviolable en su fuerza, pasible en nuestra debilidad: en la Trinidad Divina, de una y la misma sustancia con el Padre y el Espíritu Santo, pero al asumir la Humanidad, no de una sustancia sino de una y la misma persona [de modo que era a la vez rico en pobreza, omnipotente en sumisión, impasible en el castigo, inmortal en la muerte]. Porque el Verbo no fue convertido en parte alguna ni en carne ni en alma, visto que la naturaleza absoluta e inmutable de la Divinidad está siempre entera en su Esencia, sin recibir pérdida ni aumento, y así beatificando la naturaleza que había asumido que esa naturaleza permaneció para siempre glorificada en la persona del Glorificador. [¿Pero por qué parecería inadecuado o imposible que el Verbo y la carne y el alma fueran un solo Jesucristo, y que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre fueran uno, si la carne y el alma, que son de naturalezas diferentes, forman una persona incluso sin la Encarnación del Verbo: puesto que es mucho más fácil para el poder de la Divinidad producir esta unión de sí mismo y del hombre que para la debilidad de la humanidad por sí sola efectuarla en su propia sustancia.] Por lo tanto, ni el Verbo fue cambiado en carne ni la carne en el Verbo: sino que ambos permanecen en uno y uno está en ambos, no dividido por la diversidad y no confundido por la mezcla: Él no es uno por su Padre y otro por su madre, sino el mismo, de una manera por su Padre antes de todo principio, y de otra por su madre al fin de los siglos: de modo que era «mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús [],» en quien habitaba «toda la plenitud de la Divinidad corporalmente []:» porque fue la naturaleza asumida, no la Asumente, la que fue exaltada, porque Dios «lo exaltó y le dio el Nombre que es sobre todo nombre: para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo el Señor está en la gloria de Dios Padre []»

    III. El alma de Cristo y el cuerpo de Cristo fueron reales en el pleno sentido humano, aunque las circunstancias de su nacimiento fueron únicas

    Carta 35, § III

    [Pero en cuanto a lo que Eutiques se atrevió a decir en el tribunal de los obispos «que antes de la Encarnación había dos naturalezas en Cristo, pero después de la Encarnación una,» debería haber sido presionado por las frecuentes y ansiosas preguntas de los jueces para que diera cuenta de su afirmación, no sea que se pasara por alto como algo trivial, aunque se veía que había salido de la misma fuente que sus otras opiniones venenosas. Pues creo que al decir esto estaba convencido de que el alma, que el Salvador asumió, había tenido su morada en los cielos antes de nacer de la Virgen María, y que el Verbo la unió a sí mismo en el seno materno. Pero esto es intolerable para las mentes y oídos católicos: porque el Señor que descendió del cielo no trajo consigo nada que perteneciera a nuestra condición: pues no recibió ni un alma que hubiera existido antes ni una carne que no fuera del cuerpo de su madre. Indudablemente nuestra naturaleza no fue asumida de tal manera que fuera creada primero y luego asumida, sino que fue creada por la misma asunción. Y por lo tanto lo que fue justamente condenado en Orígenes debe ser castigado también en Eutiques, a menos que prefiera abandonar su opinión, a saber, la afirmación de que las almas han tenido no solo una vida sino también acciones diferentes antes de ser insertadas en los cuerpos de los hombres]. Porque aunque el nacimiento del Señor según la carne tiene ciertas características en las que trasciende los comienzos ordinarios del ser humano, tanto porque Él solo fue concebido y nacido sin concupiscencia de una Virgen pura, como porque fue sacado del vientre de su madre de tal manera que su fecundidad lo dio a luz sin pérdida de la virginidad: sin embargo, su carne no era de otra naturaleza que la nuestra: ni el alma fue insuflada en Él de otra fuente que la de todos los demás hombres, y sobresalía de los demás no en diferencia de especie sino en superioridad de poder. Pues no tuvo oposición en su carne [ni la lucha de los deseos dio lugar a un conflicto de voluntades]. Sus sentidos corporales estaban activos sin la ley del pecado, y la realidad de sus emociones, estando bajo el control de su Divinidad y su mente, no era asaltada por tentaciones ni cedía a influencias perjudiciales. Pero el verdadero Hombre estaba unido a Dios y no fue traído del cielo en cuanto a un alma preexistente, ni creado de la nada en cuanto a la carne: llevaba la misma persona en la Divinidad del Verbo y poseía una naturaleza común con nosotros en su cuerpo y alma. Pues no sería «el mediador entre Dios y los hombres,» a menos que Dios y el hombre hubieran coexistido en ambas naturalezas formando una verdadera Persona. La magnitud del tema nos insta a una larga discusión: pero con uno de tu erudición no hay necesidad de tan copiosas disertaciones, especialmente porque ya hemos enviado una carta suficiente a nuestro hermano Flaviano por medio de nuestros delegados para la confirmación de las mentes, no solo de los sacerdotes sino también de los laicos. La misericordia de Dios, creemos, proveerá que sin la pérdida de una sola alma lo sano sea defendido contra las artimañas del diablo, y lo herido sea sanado. Dado el 13 de junio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 37

    La unidad de la fe es esencial, pero la cuestión en disputa apenas requería un concilio general, es tan clara

    Carta 37

    León a Teodosio Augusto.
    Al recibir la carta de vuestra clemencia, percibí que la Iglesia universal tiene mucho motivo de alegría, en que queréis que la Fe cristiana, por la que se honra y adora a la Divina Trinidad, no sea diferente ni esté en desacuerdo consigo misma en nada. Pues ¿qué apoyo más eficaz se puede dar a los asuntos humanos al invocar la misericordia de Dios que cuando una sola acción de gracias y el sacrificio de una sola confesión se ofrecen a su majestad por todos? En lo cual las devociones de los sacerdotes y de todos los fieles alcanzarán al fin su plenitud, si en lo que fue hecho para nuestra redención por Dios el Verbo, el único Hijo de Dios, no se cree otra cosa que lo que Él mismo ordenó que se predicara y creyera. Por lo cual, aunque toda consideración impide mi asistencia el día que vuestra piedad ha fijado para los concilios de obispos: pues no hay precedentes para tal cosa, y las necesidades de los tiempos no me permiten dejar la ciudad, especialmente porque el punto de Fe en cuestión es tan claro que habría sido más razonable abstenerse de proclamar un sínodo: sin embargo, en cuanto el Señor se digna ayudarme, he puesto mi celo en obedecer los mandatos de vuestra clemencia, nombrando a mis hermanos que son competentes para actuar según lo requiere el caso en la remoción de ofensas, y que pueden representarme: porque no ha surgido cuestión alguna sobre la que pueda o deba haber alguna duda. Dado el 21 de junio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 38

    Acusa recibo de una carta y aconseja misericordia si Eutiques se retracta

    Carta 38

    León a Flaviano, obispo de Constantinopla.
    Cuando ya habían partido nuestros hermanos a quienes enviamos a ti en la causa de la fe, recibimos tu carta, amadísimo, por medio de nuestro hijo Basilio el diácono, en la que con razón decías muy poco sobre el tema de nuestra común ansiedad, tanto porque las noticias que ya habían llegado nos habían dado plena información sobre todo, como porque para los fines de una indagación privada era fácil conversar con el antedicho Basilio, por quien ahora, por la gracia de Dios, en quien confiamos, te exhortamos, amadísimo, en respuesta, sirviéndonos de las palabras del Apóstol y diciendo: «En nada os amedrentéis por los adversarios; lo cual es para ellos causa de perdición, mas para vosotros de salvación [].» Pues ¿qué hay tan calamitoso como querer destruir toda esperanza de salvación del hombre negando la realidad de la Encarnación de Cristo, y contradecir al Apóstol que dice claramente: «grande es el misterio de la piedad, que se manifestó en la carne?» ¿Qué hay tan glorioso como luchar por la fe del Evangelio contra los enemigos del nacimiento y de la cruz de Cristo? Sobre cuya purísima luz y poder invencible ya hemos manifestado lo que estaba en nuestro corazón, en la carta que te ha sido enviada, amadísimo; no sea que algo parezca dudoso entre nosotros sobre aquellas cosas que hemos aprendido y enseñamos conforme a la doctrina católica. Mas viendo que los testimonios de la Verdad son tan claros y fuertes que ha de tenerse por completamente ciego y obstinado a quien no se sacude al instante las nieblas de la falsedad en la luz brillante de la razón, deseamos que uses el remedio de la longanimidad para curar la locura de la ignorancia, a fin de que, por tus admoniciones paternales, quienes, ancianos ya en años, son niños en el entendimiento, aprendan a obedecer a sus mayores. Y si abandonan los vanos engreimientos de su ignorancia y entran en sí, y si condenan todos sus errores y reciben la única fe verdadera, no les niegues la misericordia propia del bondadoso corazón de un obispo; aunque tu juicio debe mantenerse, si su impiedad, que con razón has condenado, persiste en su depravación. Dado el 23 de julio, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 39

    Reprende a Flaviano por no responder a sus repetidas cartas

    Carta 39

    León, el obispo, a Flaviano, el obispo. [Flaviano era el Patriarca de Constantinopla]
    Nuestra ansiedad aumenta con tu silencio, pues ya hace mucho que no recibimos carta tuya, amadísimo; y nosotros, que participamos principalmente en tus cuidados, por la ansiedad que sentimos en defensa de la fe, te hemos enviado cartas varias veces, según se presentaba la ocasión, para ayudarte con el consuelo de nuestras exhortaciones, a fin de que no cedas a los asaltos de tus adversarios en defensa de la fe, sino que sientas que somos partícipes de tu trabajo. Hace ya algún tiempo, según creemos, te han llegado nuestros mensajeros, hermano, por quienes te hallas plenamente instruido por nuestros escritos y mandatos, y nosotros mismos te hemos devuelto a Basilio, como deseabas. Ahora, para que no pienses que hemos omitido ocasión alguna de comunicarnos contigo, te hemos enviado esta nota por medio de nuestro hijo Eupsiquio, varón a quien tenemos en gran honor y afecto, pidiéndote que respondas a nuestra carta con toda prontitud y nos informes en seguida de tus propias acciones y de las de nuestros representantes, y de la conclusión de todo el asunto; para que así podamos aliviar la ansiedad que ahora sentimos en defensa de la fe con noticias más felices. Dado el 11 de agosto, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 40

    Carta 40, encabezado

    A los obispos de la provincia de Arlés en las Galias.

    Aprueba que hayan elegido unánimemente a Ravenio, obispo de Arlés

    Carta 40

    A sus amadísimos hermanos Constantino, Audencio, Rústico, Auspicio, Nicetas, Nectario, Floro, Asclepio, Justo, Augustal, Ynancio y Crisafio, León, el papa.
    Tenemos justa y razonable causa de regocijo al saber que los sacerdotes del Señor han hecho lo que es conforme tanto a las reglas de los cánones de los Padres como a las instituciones de los Apóstoles. Pues todo el cuerpo de la Iglesia debe crecer con saludable incremento, si los miembros que gobiernan sobresalen en la fuerza de su autoridad y en la administración pacífica. Por lo cual, ratificamos con nuestra sanción vuestra buena obra, hermanos, al consagrar unánimemente, a la muerte de Hilario, de santa memoria, a nuestro hermano Ravenio, varón bien aprobado por nosotros, en la ciudad de Arlés, conforme a los deseos del clero, de los ciudadanos principales y del pueblo. Porque una elección pacífica y armoniosa, en la que no faltan ni los méritos personales ni la buena voluntad de la congregación, es, según creemos, expresión no solo de la elección de los hombres, sino de la inspiración de Dios. Así pues, amadísimos hermanos, use el dicho sacerdote el don de Dios y comprenda qué abnegación se espera de él, a fin de que, cumpliendo diligente y prudentemente el oficio que se le ha encomendado, se muestre igual a vuestro testimonio y plenamente digno de nuestro favor. Dios os guarde, amadísimos hermanos. Dado el 22 de agosto, en el consulado de Asturio y Protógenes (449).

    Carta 42

    Carta 42, encabezado

    A Ravenio, obispo de Arlés.

    Le pide que trate la impostura de cierto Petroniano

    Carta 42

    León, el papa, a su amadísimo hermano Ravenio.
    Deseamos que seas circunspecto y cuidadoso, no sea que alguna presunción censurable aduzca pretensiones indebidas; pues, una vez que halla entrada por astuta cautela, se extiende a mayor temeridad en nombre de la dignidad que ha asumido. Hemos sabido, por el fidedigno testimonio de tu clero, que cierto Petroniano, errante y vagabundo, se ha jactado por las provincias de las Galias de ser nuestro diácono, y so pretexto de este oficio anda por las diversas iglesias de aquella región. Deseamos, amadísimo hermano, que refrenes de tal modo su abominable desvergüenza que desenmascares su impostura, advirtiendo a los obispos de todo el distrito, y lo expulses de la comunión con todas las Iglesias, no sea que persista en su pretensión. El Señor te guarde, amadísimo hermano. Dado el 26 de agosto, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).

    Carta 43

    I. Se queja de la conducta de Dioscoro en el Concilio de Éfeso

    Carta 43, § I

    Al gloriosísimo y serenísimo Emperador Teodosio, León, el obispo.
    Ya desde el principio, en los sínodos que se han celebrado, hemos recibido del santísimo Pedro, príncipe de los Apóstoles, tal libertad de palabra, que tenemos poder tanto para mantener la Verdad en la causa de la paz como para no permitir que nadie la perturbe en su firme posición, sino para repeler al punto el mal. Así pues, el concilio de obispos que ordenaste que se celebrara en la ciudad de Éfeso por causa de Flaviano, causa daño a la fe misma e inflige heridas a todas las iglesias; y esto ha llegado a nuestro conocimiento no por un mensajero poco fiable, sino por los reverendísimos obispos mismos que fueron enviados por nosotros y por el fidelísimo Hilario, nuestro diácono, quienes nos han narrado lo sucedido. Y los hechos deben atribuirse a la culpa de quienes se reunieron, no habiendo, como es costumbre, formulado con conciencia pura y recto juicio una declaración definida acerca de la fe y de quienes erraron de ella. Pues hemos sabido que no todos los que debían se juntaron en la conferencia, siendo unos expulsados y otros admitidos; estos fueron arrastrados a un impío acto de suscripción por las maquinaciones del antedicho sacerdote. Pues la declaración efectuada por él es de tal naturaleza que daña a todas las iglesias. Pues cuando los que fueron enviados por nosotros vieron cuán sumamente impía y hostil a la fe era, nos lo notificaron.
    Comentario editorial · Éfeso II, el «latrocinio»
    Según Feltoe, el sínodo se abrió el 8 de agosto de 449 en la iglesia de Santa María; por orden del emperador lo presidía Dioscoro de Alejandría, los legados de León (Julio de Pozzuoli, el presbítero Renato y el diácono Hilario, con el notario Dulcicio) no vieron leído el Tomo, Eutiques fue declarado inocente y Dioscoro depuso a Flaviano y a Eusebio. Hilario respondió con un único «contradicitur» y huyó a Roma. Feltoe dice que Flaviano murió en Lidia tras el destierro, aunque su fin «se cuenta de varias maneras». León llamó latrocinium a aquel concilio. Wikipedia cuenta 114 votos absolutorios de Eutiques y añade que los miafisitas rechazan ese nombre y lo tienen por válido.

    II. Le pide que restaure la antigua doctrina católica

    Carta 43, § II

    Por lo cual, príncipe amantísimo de la paz, dígnate por causa de la fe apartar este peligro de tu piadosa conciencia, y no permitas que la presunción de los hombres haga violencia al Evangelio de Cristo. En mi sincero deseo, compartido por los obispos que están conmigo, de que tú, príncipe cristianísimo y venerado, agrades ante todo a Dios, a quien las oraciones de toda la Iglesia se elevan unánimes por tu imperio, te doy consejo, no sea que, si guardamos silencio en asunto tan grave, incurramos en castigo ante el tribunal de Cristo. Te ruego, pues, ante la indivisa Trinidad de la única Divinidad, que es injuriada por estas maldades y que es guardiana de tu reino, y ante los santos ángeles de Cristo, que todas las cosas permanezcan intactas como estaban antes del juicio, y que aguarden la decisión de mayor peso del Sínodo en el que se reúna el número entero de los obispos de todo el mundo; y no permitas llevar el peso de la mala acción de otros. Nos vemos constreñidos a decir esto claramente por el temor de una necesidad apremiante. Mas ten ante tus ojos la gloria del bienaventurado Pedro, y las coronas que todos los Apóstoles tienen en común con él, y los gozos de los mártires, que no tuvieron otro incentivo para sufrir sino la confesión de la verdadera Divinidad y la perfecta permanencia en Cristo.

    III. Y pide que se convoque otro Sínodo

    Carta 43, § III

    Y ahora que esta confesión está siendo impíamente impugnada por unos pocos hombres, todas las iglesias de nuestras regiones y todos los sacerdotes imploran con lágrimas a tu clemencia, conforme a la petición que Flaviano hace en su apelación, que mandes convocar un sínodo especial en Italia, a fin de que toda oposición sea expulsada o pacificada, y no haya desviación ni ambigüedad alguna en la fe; y que a él acudan también los obispos de todas las provincias orientales, para que, si alguno se ha apartado del camino de la Verdad, sea llamado de nuevo a su fidelidad con remedios saludables, y aquellos sobre quienes pesa una acusación más grave sean o reducidos a la sumisión por el consejo, o separados de la única Iglesia. De modo que estamos obligados a preservar tanto lo que manda el canon de Nicea como lo que ordenan las definiciones de los obispos de todo el mundo según la costumbre de la Iglesia católica, y también a mantener la libertad de la fe de nuestros padres, sobre la que descansa tu tranquilidad. Pues rogamos que, cuando los que dañan a la Iglesia sean expulsados, y tus provincias gocen de la posesión de la justicia, y se haya ejecutado la venganza sobre estos herejes, también tu poder real sea defendido por la diestra de Cristo.

    Carta 44

    Carta 44, encabezado

    León, el obispo, y el santo Sínodo reunido en Roma, a Teodosio Augusto.

    I. Expone la naturaleza desaprensiva de las actas de Éfeso

    Carta 44, § I

    De la carta de tu clemencia, que en tu amor a la fe católica enviaste hace algún tiempo a la sede del bienaventurado apóstol Pedro, sacamos tal confianza en tu defensa de la verdad y de la paz, que pensamos que nada perjudicial podía suceder en asunto tan claro y bien ordenado; sobre todo cuando los que fueron enviados al concilio episcopal, que ordenaste se celebrara en Éfeso, fueron tan plenamente instruidos que, si el obispo de Alejandría hubiera permitido que las cartas que llevaban, ya al santo sínodo, ya a Flaviano el obispo, fueran leídas en oídos de los obispos, con la declaración de la purísima fe, que, divinamente inspirada, hemos recibido y mantenemos, todo ruido de disputas se habría acallado tan por completo que ni la ignorancia podría ya regodearse, ni la envidia hallar ocasión de hacer daño. Mas porque se consultan los intereses privados so capa de religión, la deslealtad de unos pocos ha obrado lo que forzosamente ha de herir a toda la Iglesia. Pues no por un mensajero indigno de confianza, sino por un narrador fidelísimo de lo sucedido, Hilario, nuestro diácono, quien, para no ser obligado por la fuerza a suscribir las actas, escapó con gran dificultad, hemos sabido que muchísimos sacerdotes se reunieron en el sínodo, cuyo número sin duda habría ayudado al debate y a la decisión, si el que se arrogaba el primer lugar hubiera consentido en guardar la moderación sacerdotal, para que, según costumbre, tras expresar todos libremente su parecer, después de deliberación tranquila y ecuánime, se ordenara aquello que fuera a la vez conforme a la fe y provechoso para los que yerran. Mas se nos ha dicho que no todos los que habían venido estuvieron presentes en la decisión misma; pues hemos sabido que unos fueron rechazados y otros admitidos, los cuales, a requerimiento del antedicho sacerdote, se entregaron a una suscripción injusta, sabiendo que sufrirían daño si no obedecían sus mandatos, y que él presentó una resolución tal que, atacando a un solo hombre, pudiera descargar su furia contra toda la Iglesia. Lo cual nuestros delegados de la Sede Apostólica vieron que era tan blasfemo y opuesto a la fe católica, que ninguna presión pudo obligarlos a asentir; pues en el mismo sínodo protestaron enérgicamente, como debían, que la Sede Apostólica jamás recibiría lo que se estaba aprobando; puesto que todo el misterio de la fe cristiana queda absolutamente destruido (lo que el Cielo no permita en el reinado de tu Gracia), si no se aboliera esta abominable maldad, que excede a todas las blasfemias anteriores.

    II. Y ruega al Emperador que ayude a revertir la decisión de ellos

    Carta 44, § II

    Mas puesto que el diablo con malvada sutileza engaña a los incautos, y de tal modo se burla de la imprudencia de algunos con apariencia de piedad, que los persuade a cosas perjudiciales en lugar de provechosas, rogamos a tu Gracia que renuncies a toda complicidad en este peligro para la religión y la fe, y concedas en el tratamiento de las cosas divinas lo que se otorga en los asuntos mundanos por la equidad de tus leyes, a fin de que la presunción humana no haga violencia al Evangelio de Cristo. He aquí que yo, oh cristianísimo y honrado Emperador, junto con mis compañeros los sacerdotes, cumpliendo para con tu venerada clemencia los oficios de sincero amor, y deseando que tú en todas las cosas agrades a Dios, a quien la Iglesia ofrece oraciones por ti, no sea que ante el tribunal del Señor Cristo seamos juzgados culpables por nuestro silencio — te suplicamos, en presencia de la Indivisa Trinidad de la única Divinidad, a quien tal acto injuria (pues Él mismo es el Guardián y Autor de tu imperio), y en presencia de los santos ángeles de Cristo, que ordenes que todo quede en la posición en que estaba antes de la decisión, hasta que se reúna un mayor número de sacerdotes de todo el mundo. No consientas en cargar con el pecado de otro, porque (y hemos de decirlo) tememos que Aquel cuya religión está siendo destruida sea provocado a ira. Ten ante tus ojos, y con toda la visión de tu mente contempla reverentemente la gloria del bienaventurado Pedro, y las coronas que todos los Apóstoles tienen en común con él, y las palmas de todos los mártires, que no tuvieron otra razón para sufrir sino la confesión de la verdadera Divinidad y de la verdadera Humanidad en Cristo.

    III. Pide un Concilio en Italia

    Carta 44, § III

    Y como este misterio está siendo ahora impíamente combatido por unas pocas personas ignorantes, todas las iglesias de nuestras regiones y todos los sacerdotes ruegan a tu clemencia, con gemidos y lágrimas, visto que nuestros delegados protestaron fielmente y el obispo Flaviano les entregó una apelación por escrito, que mandes celebrar un sínodo general en Italia, el cual disipe o apacigüe todas las disputas de tal modo que ya no haya nada dudoso en la fe ni dividido en el amor; y a él, por supuesto, han de acudir los obispos de las provincias orientales, y si alguno de ellos fue vencido por amenazas e injurias y se desvió del camino de la verdad, sea plenamente restaurado con remedios saludables, y ellos mismos, cuyo caso es más difícil, si acceden a consejos más prudentes, no caigan de la unidad de la Iglesia. Y cuán necesaria es esta petición después de presentada la apelación lo atestiguan los decretos canónicos aprobados en Nicea por los obispos de todo el mundo, que se añaden más abajo. Muestra favor a los católicos según la costumbre tuya y de tus padres. Danos tal libertad para defender la fe católica que ninguna violencia, ningún temor del mundo, mientras tu venerada clemencia esté a salvo, pueda arrebatárnosla. Pues no solo es la causa de la Iglesia, sino de tu Reino y de tu prosperidad la que defendemos, para que goces del pacífico gobierno de tus provincias. Defiende a la Iglesia en paz inconmovible contra los herejes, para que también tu imperio sea defendido por la diestra de Cristo. Dado el 13 de octubre, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).
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