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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers49 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 10 · Carta 106Publicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

    Carta 106

    Carta 106, encabezado

    A Anatolio, obispo de Constantinopla, en reproche de su ambición.

    I. Alaba a Anatolio por su ortodoxia, pero lo condena por su presunción

    Carta 106, § I

    León, el obispo, a Anatolio, el obispo.
    Ahora que la luz de la Verdad evangélica se ha manifestado, como deseábamos, por la gracia de Dios, y la noche del error más pestilencial ha sido disipada de la Iglesia universal, nos gozamos indeciblemente en el Señor, porque la difícil carga a nosotros encomendada ha llegado a la conclusión deseada, tal como anuncia el texto de tu carta, para que, según la enseñanza del Apóstol, «todos hablemos una misma cosa, y que no haya entre nosotros cismas; sino que seamos perfectos en un mismo sentir y en un mismo conocimiento [].» En la devoción a esta obra te alabamos, amado, por haber tomado parte: pues así aprovechaste a quienes necesitaban corrección con tu actividad, y te purgaste de toda complicidad con los transgresores. Pues cuando tu predecesor Flaviano, de feliz memoria, fue depuesto por su defensa de la Verdad católica, no injustamente se creyó que tus ordenantes parecían haber consagrado a uno semejante a ellos, contra lo dispuesto por los santos cánones. Pero la misericordia de Dios estuvo presente en esto, dirigiéndote y confirmándote, para que hicieras buen uso de malos comienzos y mostraras que fuiste promovido no por juicio de los hombres, sino por la bondad amorosa de Dios; y esto puede aceptarse como verdadero, a condición de que no pierdas la gracia de este divino don por otra causa de ofensa. Pues el católico, y especialmente el sacerdote del Señor, no solo ha de estar libre de todo error, sino también no corromperse por codicia alguna; pues, como dice la Sagrada Escritura, «No vayas tras tus concupiscencias, y apártate de tu deseo.» Muchas seducciones de este mundo, muchas vanidades han de ser resistidas, para que se alcance la perfección de la verdadera templanza, cuya primera mancha es la soberbia, principio de la transgresión y origen del pecado. Pues la mente ávida de poder no sabe abstenerse de lo prohibido ni disfrutar de lo permitido, mientras las transgresiones queden impunes y se desborden en excesos indisciplinados y perversos, y se multipliquen las malas acciones, que solo se toleraron por nuestro celo por la restauración de la fe y el amor a la concordia.

    II. Nada puede derogar ni modificar los cánones nicenos

    Carta 106, § II

    Así pues, después del comienzo no irreprochable de tu ordenación, después de la consagración del obispo de Antioquía, que reclamaste para ti contra las disposiciones de los cánones, me duelo, amado, de que hayas caído también en esto: que intentes derribar las sacrosantas constituciones de los cánones nicenos; como si esta ocasión se te hubiera ofrecido expresamente para que la Sede de Alejandría perdiera su privilegio del segundo lugar, y la iglesia de Antioquía renunciara a su derecho a ser tercera en dignidad, a fin de que, una vez sometidos estos lugares a tu jurisdicción, todos los obispos metropolitanos fueran privados de su honor propio. Con estos excesos inauditos y nunca antes intentados te excediste tanto de ti mismo que arrastraste a una ocasión de ambición y arrancaste connivencia a aquel santo Sínodo que el celo de nuestro cristianísimo príncipe había convocado únicamente para extinguir la herejía y confirmar la fe católica; como si los deseos ilícitos de una multitud no pudieran ser rechazados, y aquel estado de cosas que fue verdaderamente ordenado por el Espíritu Santo en el canon de Nicea pudiera en modo alguno ser anulado por nadie. Que ningún concilio sinodal se envanezca por la multitud de sus asambleas, y que ningún número de sacerdotes, por mucho mayor que sea, ose compararse o preferirse a aquellos 318 obispos, pues el Sínodo de Nicea es santificado por Dios con tal privilegio que, ya sean pocos o muchos los juicios eclesiásticos que se apoyen, todo lo que se oponga a su autoridad queda enteramente desprovisto de autoridad.

    III. El Sínodo de Calcedonia, que se reunió con un solo fin, nunca debió ser usado para otro

    Carta 106, § III

    Por consiguiente, estas cosas que se hallan ser contrarias a aquellos santísimos cánones son en gran manera inmorales y descaminadas. Esta altanera arrogancia tiende a la perturbación de toda la Iglesia, que se ha propuesto abusar de tal modo de un concilio sinodal, que mediante perversos argumentos persuada con engaño, o con intimidación obligue, a los hermanos a asentir, cuando habían sido convocados simplemente por causa de la fe y habían llegado a una decisión sobre el asunto que debía ocupar su cuidado. Pues por este motivo nuestros hermanos enviados por la Sede Apostólica, que presidieron en nuestro lugar en el sínodo con encomiable firmeza, resistieron sus intentos ilegales, protestando abiertamente contra la introducción de cualquier reprobable novedad contraria a las disposiciones del Concilio de Nicea. Y no puede caber duda de su oposición, viendo que tú mismo en tu epístola te quejas de su deseo de contrariar tus intentos. Y en esto ciertamente los recomiendas mucho ante mí al escribir así, mientras que te acusas a ti mismo al rehusar obedecerlos en lo tocante a tus ilícitos designios, buscando vanamente lo que no puede concederse y codiciando lo que es malo para la salud de tu alma y jamás podrá obtener nuestro consentimiento. Pues jamás sea yo culpable de favorecer un deseo tan injusto, que más bien debe ser subvertido con mi ayuda y con la de todos los que no piensan altaneramente, sino que consienten con los humildes.
    Comentario editorial · Anatolio y el canon 28
    Las cartas 104, 105 y 106, fechadas el 22 de mayo de 452, reaccionan al canon 28 de Calcedonia, que daba a Constantinopla, «la nueva Roma», el segundo lugar tras la Roma antigua. Feltoe cuenta que los legados romanos protestaron en vano y que el concilio comunicó el canon a León en su carta sinodal (la 98, que lo anuncia en su capítulo IV), con «resultados lamentables». Según Wikipedia, el concilio escribió que confiaba en que León lo aprobase y confirmase; León lo declaró nulo, y en 453, para no dar a entender que rechazaba todo el concilio, confirmó los demás cánones. Wikipedia añade que la Iglesia ortodoxa oriental lo tiene por válido.

    IV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas

    Carta 106, § IV

    Estos santos y venerables padres que en la ciudad de Nicea, después de condenar al blasfemo Arrio con su impiedad, establecieron un código de cánones para la Iglesia destinado a durar hasta el fin del mundo, sobreviven no solo entre nosotros, sino con todo el género humano en sus constituciones; y, si en algún lugar los hombres se atreven a algo contrario a sus decretos, es ipso facto nulo y sin efecto; de modo que lo que universalmente se ha establecido para nuestro perpetuo provecho jamás puede ser modificado por cambio alguno, ni las cosas destinadas al bien común pueden pervertirse a intereses privados; y así, mientras permanezcan los límites que fijaron los Padres, nadie puede invadir el derecho de otro, sino que cada uno ha de ejercitarse dentro de los linderos propios y legítimos, según la medida de su poder, en la anchura del amor; del cual el obispo de Constantinopla puede cosechar frutos con abundancia, si se apoya más en la virtud de la humildad que se hincha con el espíritu de ambición.

    V. Es nula la sanción que se alega haber sido otorgada hace 60 años a la supremacía de Constantinopla sobre Alejandría y Antioquía

    Carta 106, § V

    «No seas altivo,» hermano, «sino teme [],» y deja de inquietar con exigencias injustificadas los piadosos oídos de los príncipes cristianos, quienes, estoy seguro, se complacerán más con tu modestia que con tu orgullo. Pues tu propósito no se apoya de modo alguno en el asentimiento escrito de ciertos obispos dado, según alegas, hace 60 años, y jamás puesto en conocimiento de la Sede Apostólica por tus predecesores; y este asunto, que desde su comienzo estaba destinado a fracasar y hace ya mucho que fracasó, pretendes ahora apuntalarlo con medios tardíos e inútiles, a saber, extrayendo de los hermanos una apariencia de consentimiento que su modestia, por puro cansancio, cedió en perjuicio propio. Recuerda con qué amenaza el Señor a quien haga tropezar a uno de los pequeñuelos, y alcanza sabiduría para comprender qué juicio de Dios habrá de soportar quien no temió dar ocasión de tropiezo a tantas iglesias y a tantos sacerdotes. Pues confieso que estoy tan firmemente ligado por el amor de toda la hermandad, que no consentiré con nadie en exigencias contrarias a sus propios intereses; y así puedes percibir claramente que mi oposición a ti, amado, procede de la bondadosa intención de apartarte, con consejo más sano, de perturbar a la Iglesia universal. Los derechos de los primados provinciales no pueden ser derribados, ni los obispos metropolitanos defraudados en privilegios fundados en la antigüedad. La Sede de Alejandría no puede perder nada de aquella dignidad que mereció por san Marcos, evangelista y discípulo del bienaventurado Pedro, ni el esplendor de iglesia tan grande ser oscurecido por nubes ajenas, habiendo caído Dioscoro por su persistencia en la impiedad. También la iglesia de Antioquía, en la que por primera vez, por la predicación del bienaventurado apóstol Pedro, surgió el nombre cristiano [], ha de continuar en el puesto que le asignaron los Padres y, colocada en el tercer lugar, jamás debe ser rebajada de él. Pues la Sede está en un plano distinto de quienes la ocupan; y el honor principal de cada individuo es su propia integridad. Y puesto que ésta no pierde su propio valor en lugar alguno, ¿cuánto más gloriosa debe ser cuando está colocada en la magnificencia de la ciudad de Constantinopla, donde muchos sacerdotes podrán hallar tanto una defensa de los cánones de los Padres como un ejemplo de rectitud al observarte a ti?

    VI. El amor cristiano exige abnegación, no ambición

    Carta 106, § VI

    Al escribirte así, hermano, te exhorto y amonesto en el Señor, dejando de lado todo deseo ambicioso, a cultivar más bien un espíritu de amor y a adornarte para tu provecho con las virtudes del amor, según la enseñanza del Apóstol. Pues el amor «es paciente, es benigno; no tiene envidia, no obra con iniquidad, no se envanece, no es ambicioso, no busca lo suyo [].» Por tanto, si el amor no busca lo suyo, ¿cuán gravemente peca quien codicia lo ajeno? De lo cual deseo que te guardes por completo y que recuerdes aquella sentencia que dice: «Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona [].» Pues si buscas lo que no está permitido, te privarás por tu propia acción y juicio de la paz de la Iglesia universal. Nuestro hermano y coobispo Luciano y nuestro hijo Basilio, el diácono, atendieron tus encargos con todo el celo que poseían, pero la justicia se negó a dar efecto a sus súplicas. Dado el 22 de mayo, en el consulado del ilustre Herculano (452).

    Carta 108

    Carta 108, encabezado

    León, el obispo, a Teodoro, obispo de Forum Julii.

    I. Teodoro no debió acudir a él sino por medio de su metropolitano

    Carta 108, § I

    Tu primer paso, cuando estabas inquieto, debió ser consultar a tu metropolitano sobre el punto que parecía necesitar indagación; y si él tampoco podía ayudarte, amado, ambos debisteis pedir ser instruidos (por nosotros); pues en asuntos que conciernen a todos los sacerdotes del Señor en conjunto, no debe hacerse indagación alguna sin los primados. Pero, para que las dudas del consultante queden en todo caso resueltas, no callaré las reglas de la Iglesia sobre el estado de los penitentes.

    2. La gracia de la penitencia es para quienes caen después del bautismo

    Carta 108, § 2

    La múltiple misericordia de Dios ayuda de tal modo a los hombres cuando caen, que no solo por la gracia del bautismo, sino también por el remedio de la penitencia, se reaviva la esperanza de la vida eterna, a fin de que quienes han violado los dones del segundo nacimiento, condenándose a sí mismos por su propio juicio, puedan alcanzar la remisión de sus crímenes, habiendo ordenado las disposiciones de la Bondad divina que la indulgencia de Dios no pueda obtenerse sin las súplicas de los sacerdotes. Pues el Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, transmitió este poder a los que están al frente de la Iglesia, para que concedan un curso de penitencia a quienes confiesan y, cuando hayan sido limpiados por una saludable corrección, los admitan por la puerta de la reconciliación a la comunión en los sacramentos. En esta obra ciertamente el Salvador mismo participa sin cesar y jamás está ausente de aquello cuya ejecución ha encomendado a sus ministros, diciendo: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo []:» de modo que cuanto se realiza por nuestro ministerio en el orden debido y con resultados satisfactorios, no dudamos que ha sido otorgado por el Espíritu Santo.

    III. La penitencia solo es segura en esta vida

    Carta 108, § III

    Pero si alguno de aquellos por quienes rogamos a Dios es impedido por algún obstáculo y pierde el beneficio de la absolución inmediata, y antes de alcanzar los remedios señalados termina sus días por el curso natural, no podrá, una vez despojado de la carne, obtener aquello que, aún en el cuerpo, no recibió. Y no habrá necesidad de que ponderemos los méritos y actos de quienes han muerto así, ya que el Señor nuestro Dios, cuyos juicios son inescrutables, ha reservado para su propia decisión aquello que nuestro ministerio sacerdotal no pudo completar; pues quiere que su poder sea temido de tal modo que este temor aproveche a todos, y que cada uno tema aquello que sucede a los tibios o negligentes. Pues es sumamente conveniente y esencial que la culpa de los pecados sea desatada por la súplica sacerdotal antes del último día de la vida.

    IV. Y, sin embargo, no debe negarse la penitencia y la reconciliación a los hombres en trance de muerte

    Carta 108, § IV

    Pero a quienes en tiempo de necesidad y en urgente peligro imploran el auxilio primero de la penitencia y luego de la reconciliación, no se les debe negar ni los medios de enmienda ni la reconciliación; porque no podemos poner límites a la misericordia de Dios ni fijarle tiempos, ya que con Él la verdadera conversión no sufre demora alguna del perdón, como dice el Espíritu de Dios por el profeta: «cuando te hayas convertido y hayas gemido, entonces serás salvo;» y en otro lugar: «Declara de antemano tus iniquidades, para que seas justificado;» y de nuevo: «Porque con el Señor está la misericordia, y con Él hay redención abundante.» Y así, al dispensar los dones de Dios, no debemos ser duros ni desatender las lágrimas y gemidos de quienes se acusan a sí mismos, ya que creemos que el sentimiento mismo de la penitencia brota de la inspiración de Dios, como dice el Apóstol: «por si quizá Dios les conceda arrepentimiento para que se recobren de los lazos del diablo, por quien están cautivos a su voluntad [].»

    V. Por arriesgada que sea la penitencia en el lecho de muerte, no ha de negarse la gracia de la absolución aun cuando solo pueda pedirse por señas

    Carta 108, § V

    Por tanto, conviene que cada cristiano escuche el juicio de su propia conciencia, no sea que aplace de día en día la conversión a Dios y fije el tiempo de su enmienda al final de su vida; pues es sumamente peligroso para la fragilidad y la ignorancia humanas reducirse a tales condiciones que se vea reducido a la incertidumbre de unas pocas horas y, en lugar de ganar la indulgencia con una enmienda más plena, elija los estrechos límites de aquel tiempo en que apenas se halla espacio incluso para la confesión del penitente o la absolución del sacerdote. Pero, como he dicho, aun las necesidades de tales hombres han de ser socorridas de modo que no se les nieguen la libre acción de la penitencia y la gracia de la comunión, si la piden aun cuando la voz les falte, por las señales de un intelecto todavía lúcido. Y si se hallan tan abrumados por la violencia de su mal que no pueden significar en presencia del sacerdote lo que poco antes pedían, el testimonio de los fieles presentes ha de prevalecer en su favor, para que obtengan a la vez el beneficio de la penitencia y de la reconciliación, con tal que se observen las normas de los cánones de los Padres respecto de aquellas personas que han pecado contra Dios abandonando la fe.

    VI. Ha de poner esta carta en conocimiento del metropolitano

    Carta 108, § VI

    Estas respuestas, hermano, que he dado a tus preguntas para que nada distinto se haga so pretexto de ignorancia, las pondrás en conocimiento de tu metropolitano; a fin de que, si acaso hay algunos hermanos que hasta ahora hayan pensado que existía alguna duda sobre estos puntos, sean instruidos por él acerca de lo que te he escrito. Dado el 11 de junio, en el consulado del ilustre Herculano (452).

    Carta 109

    Carta 109, encabezado

    A Julián, obispo de Cos.

    I. Lamenta los recientes disturbios en Palestina

    Carta 109, § I

    León, papa, a Julián, obispo.
    Las noticias que me das, hermano, acerca de los alborotos de los falsos monjes son graves y en no pequeña medida lamentables; pues se deben a la guerra que el impío Eutiques, con la locura de los engañadores, está librando contra la predicación del Evangelio y de los Apóstoles, aunque terminará en su propia destrucción y en la de sus seguidores; pero esto se retrasa por la longanimidad de Dios, a fin de que se vea cuán esclavizados están al diablo los enemigos de la cruz de Cristo; porque la depravación herética, rompiendo su antiguo velo de fingimiento, no puede ya contenerse dentro de los límites de su hipocresía, y ha derramado todo su veneno largo tiempo oculto, enfureciéndose contra los discípulos de la Verdad no solo con la pluma, sino también con actos de violencia, para arrancar el consentimiento a la simplicidad ignorante o a la fe aterrorizada. Pero los hijos de la luz no deben temer de tal modo a los hijos de las tinieblas que, estando cuerdos, se avengan a las ideas de los locos o piensen que ha de mostrarse algún respeto a hombres de esta clase; pues si prefirieran perecer antes que recobrar el seso, hay que proveer que su huida del castigo no cause un daño mayor, y que el tolerarlos largo tiempo no conduzca a la destrucción de muchos.

    II. Hay que alejar a los cabecillas

    Carta 109, § II

    No desconozco qué amor y favor se debe a nuestros hijos, aquellos santos y verdaderos monjes, que no abandonan la moderación de su profesión y ponen en práctica lo que prometieron con sus votos. Pero estos insolentes perturbadores, que se jactan de sus insultos e injurias a los sacerdotes, no han de ser tenidos por esclavos de Cristo, sino por soldados del Anticristo, y deben ser humillados principalmente en la persona de sus cabecillas, que incitan a la multitud ignorante a mantener su insubordinación. Por lo cual, viendo que nuestro clementísimo Príncipe ama la fe católica con toda la devoción de un corazón religioso, y que se siente grandemente ofendido por la desvergüenza de estos herejes rebeldes, como se dice por todas partes, debemos apelar a su clemencia para que los instigadores de estas sediciones sean apartados de sus locas congregaciones; y no solo Eutiques y Dióscoro, sino también cualquiera que se haya adelantado a ayudar su obstinada locura, sea puesto donde no pueda tener trato alguno con sus cómplices de blasfemia: pues la sencillez de algunos quizá pueda sanar por este método, y los hombres serán más fácilmente llamados a la cordura si se ven libres de las incitaciones de maestros pestilenciales.

    III. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas

    Carta 109, § III

    Pero para que no falte ni se deje de expresar la instrucción necesaria para la confirmación de los espíritus fieles o la refutación de los herejes, he enviado la carta del obispo Atanasio, de santa memoria, dirigida al obispo Epicteto, cuyo testimonio utilizó Cirilo, de santa memoria, en el Sínodo de Éfeso contra Nestorio, porque expone tan clara y cuidadosamente la Encarnación del Verbo, que derriba por anticipado tanto a Nestorio como a Eutiques en las herejías de aquellos tiempos. Atrévanse los seguidores de Eutiques y Dióscoro a acusar de ignorancia o de herejía a una autoridad como esta, ellos que afirman que nuestra predicación se aparta de la enseñanza y del conocimiento de los Padres. Pero debe servir para la confirmación de las mentes de todos los sacerdotes del Señor, quienes, habiendo sido ya descubiertos y condenados por herejía en razón de las autoridades que seguían, comienzan ahora a exponer más abiertamente su dogma blasfemo, no sea que, si su sentido se ocultara bajo el manto del silencio, pudiera aún dudarse si el triple error de Apolinario y la loca noción de los maniqueos se revivía realmente en ellos. Y como ya no buscan ocultarse, sino que se alzan audazmente contra las iglesias de Cristo, ¿no debemos cuidar de destruir toda la fuerza de sus intentos, observando, como he dicho, tal discernimiento que separe a los incorregibles de los espíritus más dóciles: pues «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres [],» y «el sabio será más agudo que el pestilente que es castigado;» para que, de cualquier modo en que se rompa la sociedad de los malvados, algunos vasos puedan ser arrebatados de la mano del diablo? Pues no debemos ofendernos tanto por palabras groseras y vacías que descuidemos su corrección.

    IV. Expresa la esperanza de que el oportuno reconocimiento del error por parte de Juvenal sea imitado por los demás

    Carta 109, § IV

    Pero el obispo Juvenal, cuyas injurias son de lamentar, se unió demasiado precipitadamente a aquellos blasfemos herejes, y abrazando a Eutiques y Dióscoro, arrastró con su ejemplo a muchas gentes ignorantes, aunque después se corrigió con consejos más sabios. Estos hombres, sin embargo, que bebieron más ávidamente el veneno malvado, se han convertido en enemigos de aquel de quien antes habían sido discípulos, de modo que el mismo alimento que él les había suministrado se volvió para su propia ruina; y sin embargo, cabe esperar que lo imitarán en enmendar sus caminos, si las santas relaciones de la vecindad en que moran los ayudan a recobrar el seso. Pero el carácter del que ha usurpado el lugar de un obispo aún vivo no puede ponerse en duda por el carácter de sus acciones, ni ha de discutirse que quien es amado por los asaltantes de la fe debe ser un incrédulo. Entretanto, hermano, no dudes en continuar con solícito cuidado manteniéndome informado del curso de los acontecimientos con cartas más frecuentes. Dado el 25 de noviembre, en el consulado de Herculano (452).

    Carta 113

    Carta 113, encabezado

    A Julián, obispo de Cos.

    I. Tras agradecer a Julián su compasión, se queja de la deposición de Aecio del arcedianato

    Carta 113, § I

    León, obispo de Roma, a Julián, obispo de Cos.
    Reconozco en tu carta, amado, los sentimientos de amor fraterno, en cuanto que te compadeces con nosotros en verdadero dolor por los muchos y graves males que hemos soportado. Pero rogamos que estas cosas que el Señor ha permitido o querido que suframos, sirvan para la corrección de quienes viven en medio de ellas, y que las adversidades cesen mediante el cese de las ofensas. Ambos resultados se seguirán por la misericordia de Dios, si Él aparta el azote y convierte a Sí los corazones de su pueblo. Pero así como tú, hermano, te entristeces por las hostilidades que se han desatado en torno a nosotros, así yo me siento angustiado porque, como indica tu carta, los ataques traicioneros de los herejes no se aquietan en la iglesia de Constantinopla, y los hombres buscan ocasión para perseguir a quienes han sido defensores de la fe católica. Pues mientras Aecio sea apartado de su oficio de arcediano so pretexto de promoción y Andrés sea puesto en su lugar, que había sido rechazado por asociarse con herejes; mientras se muestre respeto a los acusadores de Flaviano, de santa memoria, y se derribe a los partícipes o discípulos de aquel piadosísimo confesor, queda demasiado claramente demostrado qué es lo que agrada al obispo de esa misma iglesia. Para con el cual difiero tomar medidas hasta oír los méritos del caso y esperar su propio proceder conmigo en la carta que nuestro hijo Aecio me dice que enviará, dando oportunidad para una corrección voluntaria, con la cual deseo que se aplaque mi disgusto. No obstante, he escrito a nuestro clementísimo Príncipe y a la piadosísima Augusta acerca de estas cosas que atañen a la paz de la Iglesia; y no dudo que en la devoción de su fe tendrán cuidado de que una herejía ya condenada no logre brotar de nuevo en detrimento de su propia obra gloriosa.

    II. Pide a Julián que actúe en su lugar, porque Anatolio carece de vigor

    Carta 113, § II

    Mira, pues, amado hermano, que dediques la atención necesaria a las solicitudes de la Sede Apostólica, la cual, por sus derechos de madre, te encomienda a ti, que fuiste alimentado en su seno, la defensa de la Verdad católica contra nestorianos y eutiquianos, a fin de que, sostenido por la ayuda divina, no ceses de vigilar los intereses de la ciudad de Constantinopla, no sea que en algún momento se levanten en ella tormentas de error. Y porque la fe de nuestros gloriosos Príncipes es tan grande que puedes sugerirles con confianza lo necesario, usa su piedad en beneficio de la Iglesia universal. Pero si alguna vez me consultas, amado, sobre cosas que juzgues dudosas, mi respuesta no dejará de suministrar instrucción, de modo que, aparte de los casos que deben decidirse por las investigaciones de los obispos de cada iglesia particular, puedas actuar como mi legado y asumir el encargo especial de impedir que la herejía nestoriana o eutiquiana reviva en cualquier parte; porque el obispo de Constantinopla no posee vigor católico, y no es muy celoso ni del misterio de la salvación del hombre ni de su propia reputación: pues si tuviera alguna actividad espiritual, debería haber considerado por quién fue ordenado y a quién sucedió, de tal manera que habría de seguir al bienaventurado Flaviano antes que a los instrumentos de su promoción. Y por lo tanto, cuando nuestros religiosísimos Príncipes se dignen, de acuerdo con mis súplicas, reprender a nuestro hermano Anatolio en aquellos asuntos que merecidamente caen bajo culpa, une tu diligencia a la suya, amado, para que todas las causas de ofensa sean removidas mediante la aplicación de la más plena corrección y cese de injuriar a nuestro hijo Aecio. Pues con un obispo de mentalidad católica, aunque hubiera en su arcediano algo que pareciera calculado para disgustar, debía haberse pasado por alto por respeto a la fe, antes que el hereje más despreciable ocupara el lugar de un católico. Y así, cuando haya conocido el resto de la historia, entonces deduciré más claramente lo que debe hacerse. Pues, entretanto, he creído mejor refrenar mi disgusto y ejercitar la paciencia para que haya lugar al perdón.

    III. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto

    Carta 113, § III

    Pero en cuanto a los monjes de Palestina, de quienes se dice que desde hace tiempo están en estado de motín, no sé por qué espíritu se mueven actualmente. Ni nadie me ha explicado todavía qué razones parecen aducir para su descontento: si, por ejemplo, desean servir a la herejía eutiquiana con tal locura, o si están irreconciliablemente irritados porque su obispo pudo haber sido engañado hasta caer en aquella blasfemia, por la cual, a pesar de las mismas asociaciones de los santos lugares, de donde salió la instrucción para todo el mundo, se ha alienado de la Verdad de la Encarnación del Señor, y en su opinión no puede ser venial en él lo que en otros tuvo que ser borrado por la absolución. Y por lo tanto, deseo ser informado más plenamente acerca de estas cosas para que se tomen los medios adecuados para su corrección; porque una cosa es armarse malvadamente contra la fe, y otra cosa es turbarse inmoderadamente en favor de ella. Has de saber también que los documentos que el presbítero Aecio me dijo antes que habían sido enviados, y el epítome de la fe que dices haber mandado, no han llegado todavía. Por lo cual, si se ofrece la oportunidad de un mensajero más expeditivo, me alegrará que se me envíe lo antes posible cualquier información que parezca conveniente. Estoy ansioso por saber acerca de los monjes de Egipto, si han recobrado su paz y su fe, y acerca de la iglesia de Alejandría, qué noticias fidedignas te llegan: deseo que sepas lo que escribí a su obispo, o a sus ordenantes, o al clero, y por eso te he enviado una copia de la carta. Aprenderás también lo que he dicho a nuestro clementísimo Príncipe y a nuestra religiosísima Emperatriz por las copias enviadas.

    IV. Pide una traducción latina de las actas de Calcedonia

    Carta 113, § IV

    Deseo saber si te ha sido entregada, hermano, mi carta que te envié por medio del diácono Basilio, sobre la fe de la Encarnación del Señor, cuando aún vivía Flaviano, de santa memoria; pues supongo que nunca has hecho comentario alguno sobre su contenido. No tenemos información muy clara sobre las actas del Sínodo, que fueron redactadas en el tiempo del concilio de Calcedonia, a causa de la diferencia de lengua. Y por lo tanto, te encargo especialmente, hermano, que hagas recoger todo en un solo volumen, traducido por supuesto con exactitud al latín, para que no estemos en duda sobre ninguna porción de las actas, y para que no haya manera alguna de incertidumbre después de que te hayas tomado la molestia de ponerlo plenamente dentro de mi comprensión. Dado el 11 de marzo, en el consulado del ilustre Opilión (453).

    Carta 117

    Carta 117, encabezado

    A Julián, obispo de Cos.

    I. Desea que su asentimiento a las actas de Calcedonia sea ampliamente conocido

    Carta 117, § I

    León a Julián, obispo.
    Con cuánta vigilancia y cuánta devoción guardas la fe católica, hermano, lo muestra el tenor de tu carta, y mi ansiedad queda grandemente aliviada por la información que contiene; completada como está por la religiosísima piedad de nuestro religioso Emperador, que claramente se muestra preparada por el Señor para la confirmación de toda la Iglesia; de modo que, mientras los príncipes cristianos actúan por la fe con santo celo, los sacerdotes del Señor pueden orar confiadamente por su reino.
    Por tanto, a lo que nuestro clementísimo Emperador juzgó necesario he accedido de buen grado, enviando cartas a todos los hermanos que estuvieron presentes en el Sínodo de Calcedonia, en las cuales mostrar que yo aprobaba lo que nuestros santos hermanos resolvieron acerca de la Regla de fe; por causa de aquellos, a saber, que para encubrir su propia traición, fingen considerar inválidas o dudosas las ordenanzas conciliares que no están ratificadas por mi asentimiento: aunque, después del regreso de los hermanos que había enviado en mi lugar, despaché una carta al obispo de Constantinopla; de modo que, si él hubiera estado dispuesto a publicarla, se habría suministrado abundante prueba de cuán gustosamente aprobaba yo lo que el sínodo había aprobado acerca de la fe. Pero, como contenía una respuesta tal que habría ido en contra de su interés propio, prefirió que mi aceptación de las resoluciones de los hermanos permaneciera desconocida, no sea que al mismo tiempo se conociera mi respuesta sobre la autoridad absoluta de los cánones nicenos. Por lo cual, ten cuidado, amado, de advertir a nuestro clementísimo príncipe con frecuentes recordatorios que añada sus palabras a las nuestras y ordene que la carta de la Sede Apostólica sea enviada en derredor a los sacerdotes de cada provincia, para que en adelante ningún enemigo de la Verdad pueda atreverse a excusarse bajo el amparo de mi silencio.

    II. Expresa su agradecimiento por el celo mostrado por el Emperador y la Emperatriz

    Carta 117, § II

    Y en cuanto al edicto del cristianísimo Emperador, en el que ha mostrado qué merecía la ignorante necedad de ciertos monjes, y en cuanto a la respuesta de la clementísima Augusta, en la que reprendió a los superiores de los monasterios, quiero que se sepa mi gran alegría, estando persuadido de que este fervor de fe les ha sido concedido por inspiración divina, para que todos los hombres reconozcan que su superioridad no descansa solamente en su condición real, sino también en su santidad sacerdotal; a quienes tanto ahora como antes he pedido que te traten con plena confianza, estando seguro de su buena voluntad y de que no se negarán a prestar oído a las sugerencias necesarias.

    III. Desea saber el efecto de su carta a la Emperatriz Eudocia

    Carta 117, § III

    Y, porque el clementísimo Emperador se ha dignado encargarme secretamente por medio de nuestro hijo Paulo la tarea de amonestar a nuestra hija la clementísima Augusta Eudocia, he hecho lo que él deseaba, a fin de que por mi carta pueda ella aprender cuán provechoso le será si abraza la causa de la fe católica, y he procurado que además sea amonestada por una carta de aquel clementísimo príncipe, su hijo; no dudando de que ella misma también se pondrá a trabajar con celo piadoso para llevar a los cabecillas de la sedición al conocimiento de las consecuencias de su acción y, si no entienden las palabras de quienes los instruyen, hacer que al menos teman el poder de quienes los castigarán. Y así, qué efecto produce este cuidado nuestro, deseo saberlo enseguida por una carta tuya, amado, y si su ignorante contumacia ha cedido por fin; sobre lo cual, si piensan que hay alguna duda acerca de nuestra enseñanza, que al menos no rechacen los escritos de tan santos sacerdotes como Atanasio, Teófilo y Cirilo de Alejandría, con los cuales nuestra exposición de la fe concuerda tan plenamente que cualquiera que profese asentir a ellos no disiente en nada de nosotros.

    IV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador

    Carta 117, § IV

    Con nuestro hijo Aecio, presbítero, nos compadecemos en su dolor; y, como se ha puesto en su lugar a uno que antes había sido juzgado digno de censura, no hay duda de que este cambio perjudica a los católicos. Pero estas cosas deben soportarse pacientemente por ahora, no sea que se piense que excedemos la medida de nuestra moderación acostumbrada; y, por el momento, Aecio debe contentarse con el aliento del favor de nuestro clementísimo príncipe, a quien hace poco lo he recomendado por carta tan encarecidamente que no dudo de que su buena reputación ha aumentado en sus religiosísimos ánimos.

    V. Anatolio no muestra arrepentimiento en sus actos posteriores

    Carta 117, § V

    También queremos que sepas que el obispo Anatolio, después de nuestra prohibición, persistió de tal modo en su temeraria presunción que llegó a pedir a los obispos de Ilírico que suscribieran sus nombres: esta noticia nos la trajo el obispo enviado por el obispo de Tesalónica para anunciar su consagración. Hemos rehusado escribir a Anatolio sobre esto, aunque pudieras haber esperado que lo hiciéramos, porque percibimos que no deseaba ser corregido. He hecho dos versiones de mi carta al Sínodo, una con una copia de mi carta a Anatolio añadida, y otra sin ella; dejando a tu juicio entregar la que pienses que debe darse a nuestro clementísimo príncipe y guardar la otra. Dado el 21 de marzo, en el consulado del ilustre Opilio (453).

    Carta 119

    Carta 119, encabezado

    A Máximo, obispo de Antioquía, por mano de Mariano el presbítero y Olimpio el diácono.

    I. La fe es el término medio entre los dos extremos de Eutiques y Nestorio

    Carta 119, § I

    León a Máximo de Antioquía.
    Cuánto te importan, amado, la sacratísima unidad de nuestra fe común y la tranquila armonía de la paz de la Iglesia, lo muestra el contenido de tu carta, que me fue traída por nuestros hijos, Mariano el presbítero y Olimpio el diácono, y que nos fue tanto más grata cuanto que por ella podemos unirnos como en una conversación; y así la gracia de Dios se hace cada vez más conocida y se siente mayor alegría en todo el mundo por la revelación de la verdad católica. Y, sin embargo, nos duele gravemente que algunos todavía (según lo indican tus mensajeros) amen sus tinieblas; y, aunque la claridad del día ha surgido por todas partes, aun así se deleitan en la oscuridad de su ceguera y, abandonando la fe, siguen siendo cristianos solo de nombre vacío, sin conocimiento para discernir un error de otro y para distinguir la blasfemia de Nestorio de la impiedad de Eutiques. Pues ningún engaño suyo puede parecer excusable, porque se contradicen en su perversidad. Porque, aunque los discípulos de Eutiques aborrecen a Nestorio y los seguidores de Nestorio anatematizan a Eutiques, sin embargo, a juicio de los católicos ambas partes son condenadas y ambas herejías son igualmente cortadas del cuerpo de la Iglesia: porque ninguna falsedad puede estar en armonía con nosotros. Ni importa en qué dirección de blasfemia disientan de la verdad de la Encarnación del Señor, pues sus opiniones erróneas no se atienen ni a la autoridad del Evangelio ni al sentido del misterio.

    II. Máximo debe mantener las iglesias de Oriente libres de estas dos herejías contrapuestas

    Carta 119, § II

    Por tanto, amadísimo hermano, debes considerar con todo tu corazón sobre qué iglesia te ha puesto el Señor a presidir, y recordar aquel sistema de doctrina del cual el primero de todos los Apóstoles, el bienaventurado Pedro, puso el fundamento, no solo con su predicación uniforme por todo el mundo, sino especialmente con su enseñanza en las ciudades de Antioquía y Roma; para que comprendas que exige de aquel que está al frente de la casa de su propia gloria aquellas instituciones que él transmitió, tal como las recibió de la Verdad misma, que confesó. Y en las iglesias de Oriente, y especialmente en aquellas que los cánones de los santísimos Padres de Nicea asignaron a la Sede de Antioquía, no debes permitir de ningún modo que herejes sin escrúpulos ataquen el Evangelio, ni que alguien mantenga los dogmas de Nestorio o de Eutiques. Porque, como he dicho, la roca ( petra ) de la fe católica, de la cual el bienaventurado apóstol Pedro recibió su nombre de manos del Señor, rechaza todo rastro de una y otra herejía; pues anatematiza abierta y claramente a Nestorio por separar la naturaleza del Verbo y de la carne en la concepción de la bienaventurada Virgen, por dividir al único Cristo en dos, y por querer distinguir entre la persona de la Divinidad y la persona de la Humanidad; porque Él es enteramente uno y el mismo, el cual en su eterna Deidad nació del Padre fuera del tiempo, y en su verdadera carne nació de su madre en el tiempo; y de igual modo rechaza a Eutiques por ignorar la realidad de la carne humana en el Señor Jesucristo, y por afirmar la transformación del Verbo mismo en carne, de modo que su nacimiento, crianza, crecimiento, sufrimiento, muerte y sepultura, y su resurrección al tercer día, todo perteneciera solo a su Divinidad, la cual no asumió la realidad, sino la apariencia de la forma de siervo.

    III. Antioquía, como tercera Sede de la cristiandad, debe conservar sus privilegios

    Carta 119, § III

    Y así, te corresponde usar la mayor vigilancia, no sea que estos depravados herejes se atrevan a afirmarse; pues debes resistirles con toda la autoridad de los sacerdotes, y hacernos saber con frecuencia por tus informes lo que se hace para el progreso de las iglesias. Porque es justo que compartas esta responsabilidad con la Sede Apostólica, y que comprendas que los privilegios de la tercera Sede de la cristiandad te dan plena confianza para obrar, privilegios que ninguna intriga podrá menoscabar de ningún modo: porque mi respeto por los cánones nicenos es tal que nunca he permitido ni permitiré jamás que las instituciones de los santos Padres sean violadas por innovación alguna. Pues aunque a veces sean distintos los méritos de cada prelado, sin embargo los derechos de sus Sedes son permanentes; y aunque acaso la rivalidad cause algún disturbio en torno a ellos, no puede menoscabar su dignidad. Por lo cual, hermano, si alguna vez consideras que debe tomarse alguna medida para defender los privilegios de la iglesia de Antioquía, no dejes de explicarlo en una carta tuya, para que podamos responder completa y apropiadamente a tu petición.

    IV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea

    Carta 119, § IV

    Mas por el momento baste hacer una proclamación general sobre todos los puntos: que si en algún sínodo alguien intenta algo contra las disposiciones de los cánones nicenos, o parece buscar ocasión de arrancar alguna ventaja, no puede infligir descrédito alguno a sus inviolables decretos; y será más fácil que se rompan los pactos de cualquier conspiración que el que las normas de los citados cánones sean invalidadas en algún particular. Pues la intriga no pierde oportunidad de robar una ventaja, y siempre que el curso de los acontecimientos produce una asamblea general de sacerdotes, es difícil que la codicia de los inescrupulosos no intente ganar algún punto injusto; como en el Sínodo de Éfeso, que derribó al blasfemo Nestorio con su dogma, el obispo Juvenal creyó que era capaz de ocupar la presidencia de la provincia de Palestina, y se atrevió a reunir a los insubordinados mediante una carta mentirosa. Ante lo cual Cirilo, de bendita memoria, obispo de Alejandría, debidamente consternado, señaló en su carta a mí a qué audacia había llevado al otro su codicia; y con ansiosa súplica me rogó encarecidamente que no se diera asentimiento alguno a sus intentos ilícitos. Porque has de saber que hemos hallado el documento original de la carta de Cirilo que se buscaba en nuestro armario de libros y de la cual nos enviaste copias. Sobre esto, sin embargo, mi juicio insiste especialmente en que, aunque una mayoría de sacerdotes, por la astucia de algunos, haya llegado a una decisión que se encuentra opuesta a aquellas constituciones de los 318 padres, debe considerarse nula por principios de justicia; pues la paz de toda la Iglesia no puede preservarse de otro modo, a no ser que se guarde invariablemente el debido respeto a los cánones.

    V. Si los legados de León se excedieron de algún modo en sus instrucciones, lo hicieron sin efecto

    Carta 119, § V

    Por supuesto, si se alega que fue hecho algo por aquellos hermanos a quienes envié en mi lugar al santo Sínodo más allá de lo que concernía a la fe, no tendrá peso alguno; porque fueron enviados por la Sede Apostólica solo con el propósito de extirpar la herejía y sostener la fe católica. Pues cualquier asunto que se presente a los obispos para examen más allá de los temas particulares que comparecen ante los concilios sinodales puede admitir cierta discusión libre, si los santos Padres nada han establecido sobre ello en Nicea. Porque todo lo que no esté de acuerdo con sus reglas y constituciones jamás podrá obtener el asentimiento de la Sede Apostólica. Mas cuán grande debe ser la diligencia con que se guarda esta regla lo colegirás de las copias de la carta que enviamos al obispo de Constantinopla, reprimiendo su codicia; y dispondrás que llegue a conocimiento de todos nuestros hermanos y coobispos.

    VI. A nadie sino a los sacerdotes le está permitido predicar

    Carta 119, § VI

    También debes guardarte, amado, de que nadie excepto los que son sacerdotes del Señor se atreva a reclamar el derecho de enseñar o predicar, sea monje o laico, que se jacte de poseer algún conocimiento. Porque aunque es deseable que todos los hijos de la Iglesia entiendan lo que es recto y sano, sin embargo a ninguno que esté fuera del orden sacerdotal le está permitido asumir el oficio de predicador, ya que en la Iglesia de Dios todo debe hacerse ordenadamente, para que en el único cuerpo de Cristo los miembros más excelentes cumplan sus propios deberes y los inferiores no resistan a los superiores. Dado el 11 de junio, en el consulado del ilustre Opilio (453).

    Carta 120

    Carta 120, encabezado

    A Teodoreto, obispo de Ciro, sobre la perseverancia en la fe.

    I. Felicita a Teodoreto por la victoria común y manifiesta su aprobación de una investigación honesta que conduce a buenos resultados

    Carta 120, § I

    León, obispo, a su amadísimo hermano Teodoreto, obispo.
    Al regreso de nuestros hermanos y coobispos, a quienes la Sede del bienaventurado Pedro envió al santo concilio, comprobamos, amado, la victoria que tú y nosotros juntos habíamos alcanzado, por el auxilio de lo alto, sobre la blasfemia de Nestorio y también sobre la locura de Eutiques. Por lo cual nos gloriamos en el Señor, cantando con el profeta: «nuestro socorro está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra»: quien no ha permitido que suframos daño alguno en la persona de nuestros hermanos, sino que ha corroborado con el asentimiento irrevocable de toda la hermandad lo que Él ya había establecido por medio de nuestro ministerio; para mostrar que lo que primero fue formulado por la principal Sede de la cristiandad y luego recibido por el juicio de todo el mundo cristiano, verdaderamente había procedido de Él mismo: para que también en esto los miembros estén en armonía con la Cabeza. Y en esto crece más nuestra causa de gozo cuando vemos que cuanto más ferozmente atacaba el enemigo a los siervos de Cristo, tanto más se afligía a sí mismo. Pues, para que el asentimiento de las demás Sedes a aquello que el Señor de todo ha establecido para que preceda a las demás no pareciera simple complacencia, o para que no se deslizara alguna otra mala sospecha, se hallaron algunos que disputaron nuestras decisiones antes de que fueran finalmente aceptadas. Y mientras algunos, instigados por el autor de la discordia, se precipitan a una guerra de contradicciones, un bien mayor resulta de su caída bajo la mano rectora del Autor de todo bien. Porque los dones de la gracia de Dios nos son más dulces cuando se obtienen con grandes esfuerzos; y la paz ininterrumpida suele parecer un bien menor que aquella que se restaura con trabajos. Además, la Verdad misma brilla más y es defendida con más valentía cuando lo que la fe ya había enseñado es confirmado después por una ulterior investigación. Y aún más, el buen nombre del oficio sacerdotal gana mucho en lustre cuando la autoridad de los más altos se preserva sin que se piense que la libertad de los de menor rango ha sido en algo menoscabada. Y el resultado de una discusión contribuye a mayor gloria de Dios cuando los que debaten se esfuerzan con confianza por vencer a los impugnadores; para que lo que de suyo se muestra errado no parezca ser pasado por alto en un silencio perjudicial.

    II. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe

    Carta 120, § II

    Gózate, pues, amadísimo hermano; sí, gózate triunfalmente en el Hijo unigénito de Dios. Por nosotros ha conquistado para sí la realidad de Aquel cuya carne era negada. Por nosotros y para nosotros ha vencido Aquel en cuya causa nosotros hemos vencido. Este día dichoso ocupa el lugar siguiente a la venida del Señor para el mundo. El ladrón ha sido derribado, y se restituye a nuestra edad el misterio de la divina Encarnación, que el enemigo del género humano oscurecía con sus argucias, porque los hechos no le permitían destruirlo en acto. Más aún, el misterio inmortal había perecido de los corazones de los incrédulos, porque tan gran salvación de nada aprovecha a los incrédulos, como la Verdad misma dijo a sus discípulos: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado [].» Los rayos del Sol de justicia, que habían sido oscurecidos en todo el Oriente por las nubes de Nestorio y Eutiques, han resplandecido brillantemente desde el Occidente, donde ha alcanzado su cenit en los Apóstoles y maestros de la Iglesia. Y, sin embargo, ni siquiera en Oriente ha de creerse que se eclipsara jamás donde se han hallado nobles confesores entre tus filas; de modo que, cuando el antiguo enemigo intentaba de nuevo, mediante el corazón impenitente de un moderno faraón, borrar la simiente del fiel Abraham y a los hijos de la promesa, se cansó, por la misericordia de Dios, y no pudo dañar a nadie sino a sí mismo. Y respecto a él, el Todopoderoso ha obrado también esta maravilla: que no ha abrumado con el fundador de la tiranía a los que estaban asociados con él en la matanza del pueblo de Israel, sino que los ha reunido en su propio pueblo; y, como la Fuente de toda misericordia supo que era digno de sí y posible solo para sí, los ha hecho vencedores junto con nosotros, a quienes habíamos vencido. Pues mientras el espíritu de falsedad es el único verdadero enemigo del género humano, es indudable que todos aquellos a quienes la Verdad ha ganado para su lado participan de su triunfo sobre ese enemigo. Ciertamente, ahora está claro cuán divinamente autorizadas están estas palabras de nuestro Redentor, que son tan aplicables a los enemigos de la fe que no se puede dudar que fueron dichas de ellos: «Vosotros» —dice— «sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir. Él fue homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso y padre de mentira [].»

    III. Dioscoro, que en su locura ha atacado incluso al obispo de Roma, se ha mostrado instrumento de Satanás

    Carta 120, § III

    No es de extrañar, pues, que quienes han aceptado un engaño acerca de nuestra naturaleza en el Dios verdadero coincidan también en estos puntos con su padre, sosteniendo que lo que fue visto, oído y, de hecho, por el testimonio del Evangelio, tocado y palpado en el Hijo único de Dios, no perteneció a aquello a lo que se demostró que pertenecía, sino a una esencia coeterna y consustancial con el Padre: como si la naturaleza de la Divinidad hubiera podido ser traspasada en la Cruz, como si el Inmutable pudiera crecer desde la infancia hasta la madurez, o la Sabiduría eterna pudiera progresar en sabiduría, o Dios, que es Espíritu, pudiera después ser lleno del Espíritu. En esto también su pura locura delató su origen, porque, en cuanto pudo, intentó dañar a todos. Pues él, que os afligió con sus persecuciones, extravió a otros impulsándolos a consentir en su maldad. Sí, aun a nosotros, aunque nos había herido en cada uno de los hermanos (pues son miembros nuestros), aun a nosotros no nos eximió de vejación especial al intentar infligir una injuria a su Cabeza con extraña, inaudita e increíble desfachatez. Mas ojalá hubiera recobrado el seso aun después de todas estas enormidades, y no nos hubiera entristecido con su muerte y eterna condenación. No hubo medida de maldad que no alcanzara: no le bastó que, no perdonando ni a vivos ni a muertos, repudiando la verdad y aliándose con la falsedad, manchara sus manos, ya de antiguo contaminadas, en la sangre de un sacerdote católico inocente. Y puesto que está escrito: «el que aborrece a su hermano es homicida []:» ha llevado efectivamente a cabo lo que ya se decía que había hecho en el odio, como si nunca hubiera oído esto ni aquello que dice el Señor: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera [].» Un digno predicador de los errores del diablo se ha hallado en este saqueador egipcio, quien, como el más cruel tirano que ha tenido la Iglesia, impuso sus viles blasfemias a los reverendos hermanos mediante la violencia de turbas amotinadas y las manos manchadas de sangre de los soldados. Y cuando la voz de nuestro Redentor nos asegura que el autor del homicidio y de la mentira es uno y el mismo, él ha llevado a cabo ambos por igual: como si estas cosas estuvieran escritas no para ser evitadas sino para ser perpetradas: y así aplica a la consumación de su destrucción las salutíferas advertencias del Hijo de Dios, y hace oídos sordos a lo que el mismo Señor ha dicho: «Yo hablo lo que he visto con mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis visto con vuestro padre [].»

    IV. Quienes pretenden hablar con autoridad en materia de doctrina deben guardar el equilibrio entre los extremos

    Carta 120, § IV

    Por consiguiente, mientras se esforzaba por abreviar en este mundo la vida de Flaviano de bendita memoria, se ha privado a sí mismo de la luz de la vida verdadera. Mientras intentaba arrojaros de vuestras iglesias, se ha apartado a sí mismo de la comunión con los cristianos. Mientras arrastra e impulsa a muchos a asentir al error, ha herido su propia alma con muchas heridas, único reo convicto sobre todos, y a través de todos y por todos, pues él fue causa de que todos los hombres fueran acusados. Pero, aunque, hermano, tú que te nutres de alimento sólido, poco necesitas de tales recordatorios, sin embargo, para cumplir lo que corresponde a nuestro cargo, según aquella palabra del Apóstol que dice: «Además de estas cosas externas, lo que me apremia cada día, la solicitud por todas las iglesias. ¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿Quién se escandaliza y yo no me abraso []?» creemos que esta amonestación debe darse especialmente en la presente ocasión: que, siempre que por ministerio de la gracia divina o abrumemos o purifiquemos a los de fuera en el estanque de la doctrina, no nos apartemos en nada de aquellas reglas de fe que la Divinidad del Espíritu Santo propuso en el Concilio de Calcedonia, y ponderemos nuestras palabras con toda cautela para evitar los dos extremos de nueva falsa doctrina: no ya (Dios no lo permita) como si disputáramos lo dudoso, sino con plena autoridad estableciendo conclusiones ya alcanzadas; pues en la carta que emanamos de la Sede Apostólica, y que ha sido ratificada por el asentimiento de todo el santo Sínodo, sabemos que se reúnen tantos testigos divinamente autorizados, que nadie puede abrigar ulterior duda, salvo aquel que prefiera envolverse en las nubes del error; y las actas del Sínodo, ya sean aquellas en que leemos la formulación de la definición de fe, o aquellas en que la susodicha carta de la Sede Apostólica fue celosamente apoyada por ti, hermano, y especialmente el discurso de todo el Concilio a nuestros religiosísimos Príncipes, están corroboradas por los testimonios de tantos Padres del pasado que han de persuadir a cualquiera, por insensato y obstinado que sea su corazón, con tal de que no esté ya unido con el diablo en la condenación por su maldad.

    V. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada

    Carta 120, § V

    Por lo cual, también es nuestro deber proveer contra los enemigos de la Iglesia que, en cuanto de nosotros dependa, no les dejemos ocasión alguna de calumniarnos, ni tampoco, al actuar contra los nestorianos o eutiquianos, parezcamos jamás haber retrocedido ante el otro bando, sino que rehuyamos y condenemos por igual a ambos enemigos de Cristo, de modo que, siempre que los intereses de los oyentes lo requieran de algún modo, podamos con toda prontitud y claridad derribarlos a ellos y a sus doctrinas con el anatema que merecen, no sea que si parecemos hacerlo con duda o tardanza, se piense que actuamos contra nuestra voluntad. Y aunque los hechos mismos bastan para recordar esto a tu sabiduría, ahora la experiencia real ha hecho llegar la lección. Mas bendito sea nuestro Dios, cuya Verdad invencible te ha mostrado libre de toda mancha de herejía en el juicio de la Sede Apostólica. A quien devolverás las debidas gracias por todos estos trabajos, si te mantienes como defensor de la Iglesia universal tal como te hemos probado y aún te probamos. Pues que Dios ha disipado todas las calumniosas falacias, lo atribuimos al admirable cuidado que el bienaventurado Pedro tiene de todos nosotros, porque después de sancionar el juicio de su Sede al definir la fe, no permitió que recayera imputación siniestra alguna sobre ninguno de vosotros, que habéis trabajado con nosotros por la fe católica: porque el Espíritu Santo juzgó que nadie podía dejar de salir vencedor de aquellos cuya fe ya había vencido.

    VI. Pide a Teodoreto su continua cooperación y lo remite a una carta que ha escrito al obispo de Antioquía

    Carta 120, § VI

    Resta que te exhortemos a continuar tu cooperación con la Sede Apostólica, porque hemos sabido que aún perduran entre vosotros algunos restos del error eutiquiano y nestoriano. Porque la victoria que Cristo nuestro Señor ha otorgado a su Iglesia, aunque aumenta nuestra confianza, no destruye aún del todo nuestra ansiedad, ni se nos concede dormir, sino trabajar con más calma. Por eso deseamos ser asistidos también en esto por tu vigilante cuidado: que te apresures a informar a la Sede Apostólica, mediante tus informes periódicos, qué progreso hace la enseñanza del Señor en aquellas regiones; a fin de que podamos asistir a los sacerdotes de aquel distrito en lo que la experiencia sugiera.
    Acerca de aquellos asuntos que se suscitaron en el concilio tantas veces citado, en oposición ilegítima a los venerables cánones de Nicea, hemos escrito a nuestro hermano y coobispo, el ocupante de la Sede de Antioquía, añadiendo también aquello de que nos habíais informado de palabra por medio de vuestros delegados respecto a la desvergüenza de ciertos monjes, y estableciendo severas prescripciones: que nadie, sea monje o laico, que se jacte de poseer algún conocimiento, presuma predicar sino los sacerdotes del Señor. Esa carta, sin embargo, deseamos que llegue a conocimiento de todos para provecho de la Iglesia universal por medio de nuestro antedicho hermano y coobispo Máximo; y por esa razón no hemos juzgado oportuno añadir copia de ella a esta; porque no dudamos del debido cumplimiento de nuestras prescripciones a nuestro antedicho hermano y coobispo. (De otra mano.) Dios te guarde, amadísimo hermano. Dado el 11 de junio, en el consulado del ilustre Opilión (453).
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