Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers·51 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 4 de 10 · Carta 17·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-LEO-02
Leer por sesiones · 77 sesiones · 0 marcadas como leídas
Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.
Prohibiendo la venta de los bienes de la iglesia salvo en beneficio de la iglesia
Carta 17
León, el papa, a todos los obispos de Sicilia.
La ocasión de quejas concretas reclama nuestra atención, teniendo «el cuidado de todas las iglesias,» para que emitamos un decreto perpetuo que impida a todos los obispos adoptar como práctica lo que en dos iglesias de vuestra provincia ha sido sugerido sin escrúpulos y llevado a cabo de manera injusta. Al lamentar el clero de la iglesia de Tauromenio la indigencia en que se hallaba por haber el obispo malgastado todos sus bienes vendiéndolos, donándolos o disponiendo de ellos de otro modo, el clero de Panormo, que recientemente ha tenido un obispo nuevo, presentó una queja semejante sobre la mala administración del anterior obispo en el santo sínodo, que presidíamos. Aunque, por tanto, ya hemos dado instrucciones sobre lo que conviene a ambas iglesias, sin embargo, para que este vicioso ejemplo de abominable saqueo no se tome en adelante como precedente, queremos que este nuestro mandato formal os obligue, amados, para siempre. Decretamos, por tanto, que ningún obispo, sin excepción alguna, se atreva a donar, permutar o vender bien alguno de su iglesia: a menos que prevea una ventaja probable de ello, y tras consultar con todo el clero y con su consentimiento decida lo que sin duda aprovechará a esa iglesia. Pues los presbíteros, diáconos o clérigos de cualquier rango que hayan consentido en las pérdidas de las iglesias deben saber que serán privados tanto de su rango como de la comunión: porque es absolutamente justo, amados hermanos, que no solo el obispo sino todo el clero promueva los intereses de su iglesia y conserve íntegras las donaciones de quienes han contribuido con su propia hacienda a las iglesias para la salvación de sus almas. Dado el 20 de octubre, en el consulado del ilustre Calepio (447).
Carta 18
Carta 18, encabezado
León, obispo de la ciudad de Roma, a Januario, obispo de Aquilea.
Los que renuncian a la herejía y al cisma y vuelven a la Iglesia deben hacer muy clara su retractación: los que son clérigos pueden conservar su rango, pero no ser promovidos
Carta 18
Al leer tu carta, hermano, reconocimos el vigor de tu fe, del que ya éramos conscientes, y te felicitamos por el cuidado vigilante que, como pastor, pones en la guarda del rebaño de Cristo: para que los lobos, que entran bajo apariencia de ovejas, no despedacen a los simples con su bestial ferocidad, y no solo se desenfrenen ellos mismos sin freno, sino que además echen a perder a los que están sanos. Y para que el engaño viperino no logre esto, hemos considerado oportuno advertirte, amado, recordándote que es con peligro de su alma que cualquiera de ellos que se haya apartado de nosotros hacia una secta de herejes y cismáticos, y se haya manchado en cualquier medida con la contaminación de la comunión herética, sea recibido en la comunión católica al volver en sí sin hacer una satisfacción legítima y expresa. Pues es muy saludable y lleno de todos los beneficios de la curación espiritual que los presbíteros o diáconos, o subdiáconos o clérigos de cualquier rango, que desean mostrarse reformados y suplican volver una vez más a la Fe católica que hace tiempo perdieron, confiesen primero sin ambigüedad que sus errores y los autores mismos de los errores son condenados por ellos, para que sus opiniones viles sean destruidas por completo, y no quede esperanza alguna de su reaparición, y ningún miembro sea dañado por el contacto con ellos, habiéndose respondido a cada punto con su retractación apropiada. Con respecto a ellos ordenamos también la observancia de esta regulación de los cánones: que consideren una gran indulgencia si se les permite permanecer tranquilos en su rango actual sin esperanza alguna de ulterior promoción: pero solo a condición de que no estén manchados con un segundo bautismo. No pequeña pena incurre ante el Señor quien juzga a tal persona digna de ser promovida a las Sagradas Órdenes. Si la promoción se concede a los que están sin culpa, solo después de un examen completo, cuánto más debe negarse a los que están bajo sospecha. En consecuencia, amado hermano, en cuya devoción nos regocijamos, presta atención a nuestras instrucciones, y dispón la ejecución circunspecta y rápida de estas laudables sugerencias y saludables mandatos, que afectan al bienestar de toda la Iglesia. Pero no dudes, amado, que, si se descuida lo que decretamos para la observancia de los cánones y la integridad de la Fe (lo cual no anticipamos), nos sentiremos fuertemente movidos: porque las faltas de los órdenes inferiores deben atribuirse a nadie más que a los gobernantes perezosos y negligentes, quienes a menudo fomentan mucha enfermedad al negarse a aplicar el remedio necesario. Dado el 30 de diciembre, en el consulado del ilustre Calepio y Ardaburis (447).
Carta 19
Carta 19, encabezado
León, obispo, a Doro [Obispo de Benevento], su muy amado hermano.
I. Reprende a Doro por permitir que un presbítero más joven fuera promovido por encima de los ancianos, y a los primeros y segundos en antigüedad por consentirlo
Carta 19, § I
Nos duele que el juicio que esperábamos tener de vos haya sido frustrado al comprobar que habéis hecho cosas que por su novedad censurable infringen todo el sistema de disciplina eclesiástica: aunque sabéis muy bien con cuánto cuidado deseamos que se guarden las disposiciones de los cánones en todas las iglesias del Señor, y que los sacerdotes de todos los pueblos consideren deber suyo especial impedir la violación de las reglas de las santas constituciones por cualquier extravagancia. Nos sorprende, por tanto, que vos, que debíais haber sido un observador estricto de los mandatos de la Sede Apostólica, hayáis actuado tan negligentemente, o más bien tan contumazmente, como para mostraros no un guardián, sino un infractor de las leyes que se os transmitieron. Pues por el informe de vuestro presbítero Pablo, que se adjunta, hemos sabido que el orden del presbiterado ha sido trastornado entre vosotros por intrigas extrañas y viles colusiones; de tal manera que un hombre ha sido promovido apresurada y prematuramente, y otros han sido pasados por alto cuya promoción era recomendada por su edad, y que no tenían culpa alguna. Pero si la avidez de un intrigante o el celo ignorante de sus partidarios exigía aquello que la costumbre nunca permitió, a saber, que un principiante fuera preferido a los veteranos, y un mero muchacho a hombres de edad, era vuestro deber, con diligencia y enseñanza, frenar los deseos impropios de los peticionarios con toda autoridad razonable: no sea que aquel a quien promovisteis apresuradamente al rango sacerdotal entrara en su oficio en detrimento de aquellos con quienes se asociaba, y se desmoralizara por el crecimiento en él, no de la virtud de la humildad, sino del vicio de la presunción. Pues no ignorabais que el Señor había dicho que «el que se humilla será ensalzado, y el que se ensalza será humillado,» y también había dicho: «pero vosotros buscáis crecer de lo poco y ser menores de lo más.» Porque ambas acciones están fuera de orden y fuera de lugar: y todo el fruto de los trabajos de los hombres se pierde, toda la medida de sus méritos queda anulada, si la obtención de la dignidad se proporciona a la cantidad de adulación empleada: de modo que el afán de sobresalir empequeñece no solo al aspirante mismo, sino también al que lo consiente. Pero si, como se afirma, el primer y el segundo presbítero estuvieron tan de acuerdo en que Epicarpio fuera puesto sobre sus cabezas que pidieron que se le honrara para su propia deshonra, eso que deseaban no debió concedérseles cuando se degradaban voluntariamente: porque habría sido más digno de vos oponeros que ceder a un deseo tan lamentable. Pero su sumisión vil y cobarde no podía ir en perjuicio de otros cuyas conciencias eran buenas, y que no habían hecho desprecio de la gracia de Dios; de modo que, cualquiera que fuese la transacción por la cual cedieron su precedencia a otro, no podían rebajar la dignidad de los que venían después de ellos, ni porque ellos hubieran puesto al último por encima de sí mismos podía aquel preceder a los demás.
II. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
Carta 19, § II
Los presbíteros mencionados, por tanto, que se han declarado indignos de su rango propio, aunque incluso merecían ser privados de su sacerdocio; sin embargo, para mostrar la mansedumbre de la Sede Apostólica al perdonarlos, han de ser puestos en último lugar de todos los presbíteros de la Iglesia: y para que lleven su propia sentencia, estarán por debajo de aquel a quien prefirieron sobre sí mismos por su propio juicio: permaneciendo todos los demás presbíteros en el orden que el tiempo de su ordenación asigna a cada uno. Y que nadie, excepto los dos mencionados, sufra pérdida alguna de dignidad, sino que esta deshonra recaiga solo en aquellos que eligieron ponerse por debajo de un más joven que acababa de ser ordenado: para que sientan que aquella sentencia del Evangelio se aplica a ellos cuando se dice: «con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, se os medirá.» Mas el presbítero Pablo conserve su lugar, del cual con loable firmeza no se movió: y no se hagan más invasiones en perjuicio de nadie: de modo que vos, amado, que no sin merecerlo recibís el descrédito de todo el asunto, toméis con toda prontitud medidas para curarlo al menos poniendo en efecto estas nuestras disposiciones; no sea que, si por segunda vez se nos presenta una queja justa, nos veamos forzados a un mayor disgusto: pues preferimos restaurar la disciplina corrigiendo lo que se ha hecho mal, antes que aumentar el castigo. Sabed que hemos confiado la ejecución de nuestros mandatos a nuestro hermano y coobispo Julio, para que todo se establezca de inmediato, como hemos ordenado. Dado el 8 de marzo, en el consulado del ilustre Postumiano (448).
Carta 20
Le agradece su información sobre el resurgimiento del nestorianismo y alaba su celo
Carta 20
León, el obispo, a su amadísimo hijo, Eutiques, presbítero. [Eutiques era abad en Constantinopla.]
Habéis traído a nuestro conocimiento, amado, por vuestra carta, que por la actividad de algunos la herejía de Nestorio ha estado reviviendo de nuevo. Respondemos que vuestra solicitud en este asunto nos ha complacido, ya que las observaciones que hemos recibido son una indicación de vuestra mente. Por lo cual no dudéis de que el Señor, Fundador de la Fe católica, os será favorable en todas las cosas. Y cuando hayamos podido averiguar más plenamente por cuya maldad ocurre esto, debemos proveer con la ayuda de Dios al completo desarraigo de este crecimiento venenoso que hace tiempo fue condenado. Dios os guarde, amado hijo mío. Dado el 1 de junio, en el consulado del ilustre Postumiano y Zenón (448).
Carta 21
Carta 21, encabezado
De Eutiques a León.
I. Expone su relato de las actas del sínodo
Carta 21, § I
El Dios Verbo es ante todo mi testigo, estando confiado en mi esperanza y fe en Cristo, Señor y Dios de todo, y discerniendo la prueba de que mantengo la verdad en estas materias: pero apelo también a vuestra santidad para que dé testimonio de mi corazón y de la razonabilidad de mis opiniones y palabras. Mas el malvado diablo ha ejercido su maléfica influencia sobre mi celo y determinación, con lo cual su poder debería haber sido destruido. Por ello ha desplegado todo su poder propio y ha instigado contra mí a Eusebio, obispo de la ciudad de Dorileo, quien presentó una acusación al santo obispo de la iglesia de Constantinopla, Flaviano, y a ciertos otros que encontró reunidos en la misma ciudad para diversos asuntos propios: en esto me llamó hereje, no presentando acusación verdadera alguna sino maquinando destrucción para mí y perturbación para las iglesias de Dios.
Sus santidades me convocaron para responder a su acusación: pero aunque fui demorado por una grave enfermedad además de mi avanzada edad, acudí a defenderme, sabiendo bien que se había formado una facción contra mi seguridad. Y, en efecto, junto con un escrito de apelación al que se adjuntaba mi firma, les ofrecí una declaración mostrando mi confesión sobre la santa Fe. Pero cuando el santo Flaviano no recibió el documento, ni ordenó que se leyera, y sin embargo me escuchó pronunciar palabra por palabra aquella Fe que fue expuesta en Nicea por el santo Sínodo, y confirmada en Éfeso, se me exigió reconocer dos naturalezas, y anatematizar a quienes lo negaran. Mas yo, temiendo la decisión del sínodo, y no deseando quitar ni añadir una sola palabra contraria a la Fe expuesta por el santo Sínodo de Nicea, sabiendo además que nuestros santos y benditos padres y obispos Julio, Félix, Atanasio y Gregorio rechazaron la expresión «dos naturalezas,» y no atreviéndome a discutir la naturaleza de Dios el Verbo, que vino a la carne en los últimos días entrando en el vientre de la santa virgen María inmutablemente como él quiso y supo, haciéndose hombre en realidad, no en apariencia, ni tampoco aventurándome a anatematizar a nuestros mencionados Padres, les pedí que hicieran saber estas cosas a vuestra santidad, para que juzgarais lo que os pareciera correcto, comprometiéndome por todos los medios a seguir vuestra decisión.
II. No se permitió oír sus explicaciones
Carta 21, § II
Pero sin escuchar nada de lo que dije, disolvieron el sínodo y publicaron la sentencia de mi degradación, que estaban preparando contra mí antes de la investigación. Tanta calumnia fabricaban facciosamente contra mí que incluso mi seguridad habría estado en peligro si la ayuda de Dios, por la intercesión de vuestra santidad, no me hubiera arrebatado rápidamente del asalto de la fuerza militar. Entonces comenzaron a forzar a los superiores de otros monasterios a suscribir mi degradación (cosa que nunca se hizo ni con aquellos que se han declarado herejes, ni siquiera contra el mismo Nestorio), hasta tal punto que cuando, para tranquilizar al pueblo, intenté exponer declaraciones de mi fe, no solo impidieron que se oyeran quienes estaban tramando la facción mencionada contra mí, sino que además las confiscaron para que inmediatamente se me tuviera por hereje ante todos.
III. Apela a León en busca de protección
Carta 21, § III
Me refugio, por tanto, en vos, defensor de la religión y aborrecedor de tales facciones, no aportando aún nada extraño contra la fe tal como nos fue transmitida originalmente, sino anatematizando a Apolinario, Valentino, Manes y Nestorio, y a aquellos que dicen que la carne de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador, descendió del cielo y no del Espíritu Santo y de la santa Virgen, junto con todas las herejías hasta Simón el Mago. Sin embargo, me hallo en peligro de mi vida como hereje. Os suplico que no os dejéis predisponer contra mí por sus designios insidiosos acerca de mí, sino que pronunciéis la sentencia que os parezca recta sobre la Fe, y en el futuro no permitáis que se profiera calumnia alguna contra mí por esta facción, ni dejéis que sea expulsado y desterrado del número de los ortodoxos quien ha pasado sus setenta años de vida en continencia y toda castidad, de modo que al final mismo de su vida sufra naufragio. He adjuntado a esta mi carta ambos documentos: el que fue presentado por mi acusador en el sínodo, y el que fue llevado por mí pero no recibido, así como la declaración de mi fe y las cosas que han sido decretadas sobre las dos naturalezas por nuestros santos Padres.
Confesión de fe de Eutiques.
Os pido ante Dios, que da vida a todas las cosas, y ante Cristo Jesús, que dio buen testimonio bajo Poncio Pilato, que no hagáis nada por favoritismo. Pues he mantenido lo mismo que mis antepasados y desde mi niñez he sido iluminado por la misma Fe que fue establecida por el santo Sínodo de 318 bienaventurados obispos reunidos en Nicea de todo el mundo, y que fue confirmada y ratificada de nuevo para su sola aceptación por el santo Sínodo reunido en Éfeso: y nunca he pensado de otro modo que como la recta y única verdadera Fe ortodoxa ha mandado. Y estoy de acuerdo con todo lo que fue establecido sobre la misma Fe por el mismo santo Sínodo: del cual Sínodo fue líder y cabeza Cirilo de bendita memoria, obispo de los alejandrinos, socio y partícipe en la predicación y en la Fe de aquellos santos y elegidos de Dios, Gregorio el Mayor, y el otro Gregorio, Basilio, Atanasio, Ático y Proclo. A él y a todos ellos los he tenido por ortodoxos y fieles, y los he honrado como santos, y los he estimado como mis maestros. Mas pronuncio anatema contra Nestorio, Apolinario y todos los herejes hasta Simón, y contra los que dicen que la carne de nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo. Pues Aquel que es el Verbo de Dios descendió del cielo sin carne y se hizo carne en el vientre de la santa Virgen inmutable e inalterablemente como Él mismo supo y quiso. Y Aquel que era siempre Dios perfecto antes de los siglos, también fue hecho hombre perfecto al final de los días por nosotros y por nuestra salvación. Esta mi plena profesión considérela vuestra santidad.
Yo, Eutiques, presbítero y archimandrita, he suscrito esta declaración con mi propia mano.
Comentario editorial · El sínodo de Constantinopla (noviembre de 448)
Eutiques apela aquí a León tras ser condenado. Según Feltoe, Eusebio de Dorilea lo acusó ante un sínodo local reunido en Constantinopla bajo Flaviano en noviembre de 448; Eutiques fue citado al menos dos veces, acabó presentándose con monjes, soldados y el patricio Florencio, y confesó que Cristo era de dos naturalezas antes de la unión y de una sola después. Según Wikipedia, el sínodo se había reunido por una cuestión de disciplina y la acusación fue un giro al final de la sesión. Feltoe cuenta que Eutiques habría dicho que apelaba a los obispos de Roma, Alejandría y Jerusalén, y que la carta de Flaviano (la 22) tardó en llegar, por lo que León supo antes del caso por Eutiques y por el emperador: de ahí la queja de la carta 23.
La primera de Flaviano, obispo de Constantinopla, al papa León.
I. Los designios del diablo han descarriado a Eutiques
Carta 22, § I
Al santísimo y amado de Dios padre y coobispo León, Flaviano saluda en el Señor.
No hay nada que pueda detener la maldad del diablo, ese «mal inquieto, lleno de veneno mortal [].» Por arriba y por abajo «anda rondando», buscando «a quién» herir, amedrentar y «devorar [].» Por eso, a velar, a ser sobrios en la oración, a acercarnos a Dios, a evitar necias cuestiones, a seguir a los padres y a no traspasar los linderos eternos, esto lo hemos aprendido de la Sagrada Escritura. Y así dejo el exceso de dolor y las abundantes lágrimas por la presa de uno de los clérigos que están bajo mi autoridad, a quien no pude salvar ni arrancar del lobo, aunque estaba pronto a dar mi vida por él. Cómo fue atrapado, cómo saltó lejos, aborreciendo la voz del que lo llamaba y apartándose también de la memoria de los Padres, detestando completamente sus sendas. Y así prosigo con mi relato.
II. Las seducciones de los herejes atrapan a los incautos
Carta 22, § II
Hay algunos «con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces []:» a quienes conocemos por sus frutos. Estos parecen ciertamente al principio ser de los nuestros, pero no son de los nuestros: «porque si hubieran sido de los nuestros, sin duda habrían permanecido con nosotros [].» Mas cuando han vomitado su impiedad, arrojando fuera el engaño que hay en ellos, y apoderándose de los más débiles y de los que no tienen los sentidos ejercitados en las divinas palabras, los arrastran consigo a la perdición, torciendo y violentando las doctrinas de los Padres, como hacen también con las Santas Escrituras para su propia perdición: a los cuales hemos de estar prevenidos y guardarnos, no sea que algunos sean engañados por su maldad y se estremezcan en su firmeza. «Porque afilaron sus lenguas como serpientes: veneno de áspid hay debajo de sus labios,» como ha clamado el profeta acerca de ellos.
III. Se expone la herejía de Eutiques
Carta 22, § III
Tal, por tanto, se ha mostrado ahora entre nosotros, Eutiques, presbítero y archimandrita durante muchos años, fingiendo sostener la misma creencia que la nuestra y tener en sí la recta Fe: en verdad resiste la blasfemia de Nestorio y finge una controversia con él, pero la exposición de la Fe compuesta por los 318 santos padres, y la carta que Cirilo, de santa memoria, escribió a Nestorio, y otra del mismo autor sobre el mismo asunto a los Orientales, estos escritos, a los cuales todos han dado su asentimiento, ha intentado trastornar, y resucitar las viejas y malvadas doctrinas de los blasfemos Valentino y Apolinario. No ha temido la advertencia del Rey Verdadero: «A cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino y que se le hundiese en lo profundo del mar.» Mas, desechando toda vergüenza y sacudiéndose el manto que cubría su error, abiertamente en nuestro santo sínodo persistió en decir que nuestro Señor Jesucristo no debe ser entendido por nosotros como teniendo dos naturalezas después de su encarnación en una sola sustancia y en una sola persona: ni que la carne del Señor fuese consustancial con nosotros, como asumida de nosotros y unida a Dios Verbo hipostáticamente: sino que dijo que la Virgen que lo dio a luz era ciertamente consustancial con nosotros según la carne, pero que el Señor mismo no asumió de ella carne consustancial con nosotros: sino que el cuerpo del Señor no era cuerpo de hombre, aunque lo que salió de la Virgen era un cuerpo humano, resistiendo todas las exposiciones de los santos Padres.
IV. Ha enviado a León las actas de sus procedimientos para que pueda ver todos los detalles
Carta 22, § IV
Mas, para no hacer demasiado larga mi carta detallándolo todo, hemos enviado a vuestra santidad las actas que hace algún tiempo levantamos en el asunto: en ellas lo privamos, convicto de estos cargos, del sacerdocio, de la administración de su monasterio y de nuestra comunión: a fin de que también vuestra santidad, conociendo los hechos de su causa, pueda manifestar su maldad a todos los obispos amantes de Dios que están bajo vuestra reverencia; no sea que acaso, si no conocen las opiniones que él sostiene, y de las cuales ha sido abiertamente convicto, se les halle en correspondencia con él como con un hermano en la fe, por carta o por otros medios. Yo y los que conmigo están os saludamos mucho a vos y a toda la hermandad en Cristo. El Señor os guarde en seguridad y orando por nosotros, oh Padre amantísimo de Dios.
Carta 23
Carta 23, encabezado
A su amadísimo hermano Flaviano, obispo [de Constantinopla], León, obispo.
I. Se queja de que Flaviano no le ha enviado una relación completa del caso de Eutiques
Carta 23, § I
Viendo que nuestro cristianísimo y clementísimo Emperador, en su santa y loable fe y su solicitud por la paz de la Iglesia católica, nos ha enviado una carta sobre los asuntos que han suscitado el estrépito de la discordia entre vosotros, nos admiramos, hermano, de que hayáis podido guardar silencio ante nosotros sobre el escándalo que se ha causado, y de que no hayáis más bien tomado medidas para que fuéramos informados inmediatamente por vuestro propio relato, a fin de no tener duda alguna sobre la verdad del caso. Pues hemos recibido un documento del presbítero Eutiques, quien se queja de que, por acusación del obispo Eusebio, ha sido injustamente privado de la comunión, a pesar de que dice que asistió a vuestra citación y no rehusó su presencia; y además afirma que presentó en el mismo tribunal un escrito de apelación, el cual, sin embargo, no fue aceptado; por lo cual se vio obligado a publicar escritos de defensa en la ciudad de Constantinopla. Mientras este asunto está pendiente, todavía no sabemos con qué justicia ha sido separado de la comunión de la Iglesia. Mas teniendo en cuenta la importancia del asunto, deseamos saber la razón de vuestra actuación y que todo ello sea puesto en nuestro conocimiento: pues nosotros, que deseamos que los juicios de los sacerdotes del Señor se pronuncien con deliberación, no podemos sin información decidir en uno u otro sentido, hasta tener todas las actas con exactitud ante nosotros.
II. Y ahora lo exige
Carta 23, § II
Por tanto, hermano, hacednos saber en un relato completo, por medio de la persona más apta y competente, qué novedad ha surgido contra la antigua fe, que haya necesitado ser corregida con sentencia tan severa. Pues tanto la moderación de la Iglesia como la fe devota de nuestro piadosísimo príncipe exigen que mostremos gran solicitud por la paz de la cristiandad: que se despejen las disensiones y la Fe católica se conserve incólume, y que aquellos cuya fe ha sido probada sean fortalecidos por nuestra autoridad, una vez que quienes defienden lo erróneo hayan sido llamados de su error. Y no puede surgir dificultad por esta parte, puesto que el dicho presbítero ha profesado por su propia declaración estar dispuesto a ser corregido si se halla en él algo digno de reprensión. Pues nos conviene en tales asuntos tomar toda precaución para que se conserve la caridad y se defienda la Verdad sin estrépito de contienda. Y por tanto, ya que veis, amado, que estamos solícitos por asunto tan grave, apresuraos a informarnos de todo del modo más completo y claro posible (pues esto debió haberse hecho antes), no sea que en las declaraciones contradictorias de ambas partes nos extravíe alguna incertidumbre, y se fomente la disensión que debió sofocarse en su infancia: pues nuestro corazón está movido por inspiración de Dios a la necesidad de salvar de la violación por interpretación errónea de cualquiera aquellas constituciones de los venerables padres que han recibido la ratificación divina y pertenecen al fundamento de la Fe. Dios os guarde, amado hermano. Dado el 18 de febrero (449), en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes.
Carta 24
Carta 24, encabezado
León, obispo, a Teodosio Augusto.
I. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
Carta 24, § I
Cuánta protección ha concedido el Señor a su Iglesia por medio de vuestra clemencia y fe, lo muestra de nuevo esta carta que me habéis enviado: de modo que nos alegramos de que haya en vos no solo una mente regia, sino también sacerdotal. Puesto que, además de vuestras imperiales y públicas preocupaciones, tenéis una devotísima solicitud por la religión cristiana, no sea que entre el pueblo de Dios crezcan cismas, herejías u otras ofensas. Pues vuestro reino está entonces en su mejor estado cuando los hombres sirven a la Trinidad eterna e inmutable por la confesión de una sola Divinidad. Cuál haya sido la perturbación ocurrida en la Iglesia de Constantinopla, y que haya podido mover tanto a mi hermano y coobispo Flaviano, que privó de la comunión a Eutiques, presbítero, no he podido aún comprenderlo con claridad. Pues aunque el susodicho presbítero envió por escrito una queja sobre su tribulación a la Sede Apostólica, solo tocó brevemente algunos puntos, afirmando que guardaba las constituciones del sínodo de Nicea y que había sido vanamente censurado por una diferencia en la fe.
II. Reprocha el silencio de Flaviano
Carta 24, § II
Mas la declaración del obispo Eusebio, su acusador, de la cual el dicho presbítero nos ha enviado copias, no contenía nada claro sobre sus objeciones, y aunque acusaba a un presbítero de herejía, no dijo expresamente qué opinión desaprobaba en él: aunque también el obispo profesaba que se adhería a los decretos del sínodo de Nicea; por lo cual no tuvimos medio de aprender nada más plenamente. Y como el método de nuestra Fe y la laudable solicitud mostrada por vuestra piedad exigen que se conozcan los méritos del caso, no debe dejarse lugar ahora al engaño, sino que hemos de ser informados de los puntos en que lo considera insano, para que se pronuncie recto juicio después de plena información. He enviado una carta al susodicho obispo, de la cual podrá colegir que me desagrada que aún guarde silencio sobre lo hecho en asunto tan grave, cuando debió haberse adelantado a revelárnoslo todo desde el principio: y creemos que aun después del recordatorio nos pondrá al corriente de todo, a fin de que, cuando lo que ahora parece oscuro haya sido sacado a la luz, se pronuncie juicio conforme a la enseñanza de los Evangelios y de los Apóstoles. Dado el 18 de febrero, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes (449).
Carta 26
Carta 26, encabezado
Una segunda de Flaviano a León.
1. Se reitera la herejía de Eutiques
Carta 26, § 1
Al santísimo y bendito padre y hermano en el ministerio León, Flaviano saluda en el Señor.
Nada, como sabéis, amadísimo de Dios, es más precioso para los sacerdotes que la piedad y el recto dividir de la palabra de verdad. Pues toda nuestra esperanza y salvación, y la recompensa del bien prometido, dependen de ello. Por esta razón debemos poner todo empeño en torno a la verdadera Fe y a las cosas que han sido expuestas y decretadas por los santos Padres, para que siempre y en toda circunstancia se conserven y guarden íntegras e incólumes. Y así fue necesario en la presente ocasión que nosotros, que vemos sufrir daño a la fe ortodoxa y resucitar la herejía de Apolinario y Valentino por obra del malvado monje Eutiques, no la pasáramos por alto, sino que la expusiéramos públicamente para seguridad del pueblo. Pues este hombre, este Eutiques, guardando oculta en su interior su enferma y doliente opinión, se ha atrevido a atacar nuestra mansedumbre y, sin rubor y sin vergüenza, a infundir su propia blasfemia en muchas mentes: diciendo que antes de la Encarnación, ciertamente, nuestro Salvador Jesucristo tenía dos naturalezas, Divinidad y Humanidad; pero que después de la unión se convirtieron en una sola naturaleza; no sabiendo lo que dice, ni sobre qué habla tan decididamente. Pues ni siquiera la unión de las dos naturalezas que concurrieron en Cristo confundió, como sabe vuestra piedad, sus propiedades en el proceso: sino que las propiedades de las dos naturalezas permanecen íntegras incluso en la unión. Y añadió también otra blasfemia, diciendo que el cuerpo del Señor, que nació de María, no era de nuestra sustancia, ni de materia humana: mas, aunque lo llama humano, rehúsa decir que fuera consustancial con nosotros o con la que lo dio a luz, según la carne.
II. Los medios que Eutiques ha empleado para eludir el Sínodo
Carta 26, § II
Y esto, no obstante que las actas de Éfeso, en la carta escrita por el santo y ecuménico sínodo al malvado y depuesto Nestorio, contienen estas expresas palabras: «las naturalezas que concurrieron para formar la verdadera unidad son ciertamente diferentes; y sin embargo, de ambas no hay sino un solo Cristo e Hijo. No como si la diferencia entre las dos naturalezas fuera suprimida por la unión, sino más bien que estas mismas naturalezas, su Divinidad y su Humanidad, perfeccionaron para nosotros un solo Señor Jesucristo, mediante un encuentro inefable e incomprensible que resultó en unidad.» Y esto no escapa a vuestra santidad, que sin duda habéis leído el acta de lo hecho en Éfeso. Sin embargo, este mismo Eutiques, no dando peso a estas palabras, piensa que no está sujeto a las penas fijadas por aquel santo y ecuménico sínodo. Por esta razón, hallando que muchos de los más simples resultaban dañados en su fe por su disputa, al ser acusado por el devoto obispo Eusebio, y al asistir al santo concilio, y declarar con su propia boca a los miembros del sínodo lo que pensaba, lo hemos depuesto por su extrañamiento de la verdadera Fe, como vuestra santidad aprenderá de las resoluciones aprobadas acerca de él: las cuales hemos enviado con esta nuestra carta. Además, es justo en mi opinión que se os diga también esto: que este mismo Eutiques, después de sufrir justa y canónica deposición, en lugar de enmendar con su conducta posterior lo anterior, y de aplacar a Dios con penitencia cuidadosa y muchas lágrimas, y con un verdadero arrepentimiento, consolando nuestro corazón, muy entristecido por su caída: no solo no lo hizo, sino que incluso puso todo empeño en arrojar a la confusión a la santísima iglesia de este lugar: fijando en público carteles llenos de injurias y maldiciones, y además dirigiendo sus súplicas a nuestro religiosísimo y amante de Cristo Emperador, rebosando también ellas de arrogancia y descaro, con lo cual intentó atropellar en todo los divinos cánones.
III. Acusa recibo de la carta de León
Carta 26, § III
Mas, después de ocurrido todo esto, la carta de vuestra santidad nos fue entregada por el honorable conde Pansofio: y por ella supimos que el mismo Eutiques os había enviado una carta llena de falsedad y astucia, diciendo que, en el momento del juicio, había presentado escritos de apelación ante nosotros y ante el santo sínodo de obispos entonces presentes, y había apelado a vuestra santidad: lo cual ciertamente nunca hizo, sino que también en esto ha incurrido en engaño, como el padre de la mentira, pensando ganar vuestro oído. Por tanto, santísimo padre, movidos por todo lo que se ha atrevido y por lo que se ha hecho y se está haciendo contra nosotros y contra la santísima Iglesia, usad vuestra acostumbrada prontitud, como conviene al sacerdocio, y defendiendo el bien común y la paz de las santas iglesias, consentid con vuestra propia carta en endosar la resolución canónicamente aprobada contra él, y en confirmar la fe de nuestro religiosísimo y amante de Cristo Emperador. Pues el asunto solo requiere vuestro peso y apoyo, los cuales mediante vuestra sabiduría producirán en seguida paz y quietud generales. Pues así, tanto la herejía surgida como el desorden que ha excitado se apaciguarán fácilmente, con la ayuda de Dios, mediante una carta vuestra: y también se impedirá el sínodo del que se rumorea, y así no será necesario que las santísimas iglesias de todo el mundo se turben. Yo y todos los que están conmigo saludamos a todos los hermanos que están con vos. Que seáis concedido a nosotros salvo en el Señor, y que sigáis orando por nosotros, oh santísimo padre, amantísimo de Dios.
Carta 27
Acuse de recibo de la primera carta de Flaviano y promesa de una respuesta más amplia
Carta 27
León a Flaviano, obispo de Constantinopla.
En la primera oportunidad que pudimos hallar, que fue la llegada de nuestro honrado hijo Rodano, acusamos recibo, amado, de tu pliego, que había de darnos noticia del caso que con nuestro dolor se ha suscitado entre vosotros por un error extraviado. Puesto que este hombre, que por largo tiempo ha parecido religiosamente dispuesto, se ha expresado en la fe de manera distinta a la recta, aunque nunca debió apartarse de la tradición católica, sino perseverar en la misma creencia que todos sostienen. Pero sobre este asunto respondemos más ampliamente por medio de aquel que nos trajo tu carta, amado: para darte todas las instrucciones necesarias, amado, sobre todo el asunto. Porque no permitimos ni que él persista en su perversa convicción, ni que tú, amado, que con tan fiel celo resistes su erróneo y necio error, seas por mucho tiempo turbado por la oposición del adversario. A nuestro antedicho hijo, por medio del cual enviamos esta carta, deseamos que lo recibas con el afecto que merece, y que respondas cuando regrese a nosotros. Dado el 21 de mayo en el consulado de Asturio y Protógenes (449).
Carta 28 - "El Tomo"
Carta 28, encabezado
A Flaviano, comúnmente llamado «el Tomo.»
Comentario editorial · Del Tomo a Calcedonia
Tras la carta 27 (21 de mayo de 449), que prometía una respuesta más amplia, León escribió el Tomo, fechado el 13 de junio de 449. Feltoe dice que se compuso para leerse en el segundo concilio de Éfeso y que allí no se leyó; Wikipedia concuerda. En Calcedonia, según Feltoe, se leyó en la segunda sesión (10 de octubre de 451) y los obispos exclamaron «Pedro ha hablado por León»; los de Palestina e Iliria objetaron que se exageraba la distinción de las dos naturalezas, y se adoptó en la cuarta sesión (17 de octubre). Wikipedia añade que tres pasajes se tacharon de posiblemente nestorianos, que una comisión presidida por Anatolio los halló conformes con Cirilo y que trece obispos egipcios no quisieron firmar. Feltoe nombra al lector, Veroniciano, secretario imperial; Wikipedia lo llama Beroniciano, secretario del consistorio.
Los hechos son los que cuenta Feltoe en su introducción; las fechas de las cartas son las que la edición da al pie de cada una. La carta 20 es de 1 de junio de 448, la 23 de 18 de febrero de 449, la 27 de 21 de mayo, la 28 de 13 de junio, la 44 de 13 de octubre, las 79 y 80 de 13 de abril de 451 y las 104 a 106 de 22 de mayo de 452. · Elaboración propia para Eusebeia · NPNF, 2.ª serie, vol. 12
I. Eutiques ha sido arrastrado a su error por la presunción y la ignorancia
Carta 28, § I
Habiendo leído tu carta, amado, de cuya tardía llegada nos sorprendemos, y habiendo examinado la relación detallada de las actas de los obispos, hemos al fin descubierto cuál era el escándalo que entre vosotros se había levantado contra la pureza de la fe: y lo que antes parecía oculto ha sido ahora descerrajado y expuesto a nuestra vista: de lo cual se muestra que Eutiques, que solía parecer digno de todo respeto en virtud de su oficio sacerdotal, es muy incauto y sumamente ignorante, de modo que de él ha dicho el profeta: «no quiso entender para obrar bien; en su lecho maquinó la iniquidad.» Pero ¿qué hay más inicuo que sostener opiniones blasfemas y no ceder ante quienes son más sabios y más doctos que uno mismo? Ahora bien, en esta insensatez caen quienes, hallándose impedidos de conocer la verdad por alguna oscuridad, recurren no a las palabras de los profetas, no a las cartas de los Apóstoles, ni a los preceptos del Evangelio, sino a sí mismos; y así se erigen en maestros del error porque nunca fueron discípulos de la verdad. Pues ¿qué conocimiento ha adquirido sobre las páginas del Nuevo y del Antiguo Testamento quien ni siquiera ha captado los rudimentos del Credo? Y aquello que en todo el mundo profesa la boca de todo el que ha de renacer, aún no lo ha acogido el corazón de este anciano.
II. Sobre la doble natividad y naturaleza de Cristo
Carta 28, § II
Por tanto, no sabiendo qué debía pensar sobre la encarnación del Verbo de Dios, y no queriendo alcanzar la luz del conocimiento mediante investigaciones por toda la extensión de las Sagradas Escrituras, al menos podría haber escuchado con atención aquella confesión general y unánime, por la cual todo el cuerpo de los fieles confiesa que creen en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Por estas tres afirmaciones quedan derribadas las astucias de casi todos los herejes. Pues no solo se cree que Dios es a la vez Todopoderoso y Padre, sino que se muestra que el Hijo es coeterno con Él, sin diferir en nada del Padre porque es Dios de Dios, Todopoderoso de Todopoderoso, y naciendo del Eterno es coeterno con Él; no posterior en el tiempo, no inferior en poder, no desigual en gloria, no dividido en esencia: sino que al mismo tiempo el unigénito del Padre eterno nació eterno del Espíritu Santo y de la Virgen María. Y este nacimiento, que tuvo lugar en el tiempo, nada quitó y nada añadió a aquel divino y eterno nacimiento, sino que se empleó por entero en la restauración del hombre que había sido engañado: a fin de que él pudiera vencer a la muerte y derribar con su fuerza al Diablo, que tenía el imperio de la muerte. Pues ahora no podríamos vencer al autor del pecado y de la muerte si no hubiera tomado sobre sí nuestra naturaleza y la hubiera hecho suya aquel a quien ni el pecado pudo manchar ni la muerte retener. Sin duda, pues, fue concebido del Espíritu Santo dentro del seno de su Madre Virgen, la cual lo dio a luz sin pérdida de su virginidad, así como lo concibió sin perderla.
Pero si no pudo extraer una recta comprensión (del asunto) de esta pura fuente de la fe cristiana, porque había oscurecido el resplandor de la clara verdad con un velo de ceguera propio de él, podría haberse sometido a la enseñanza de los Evangelios. Y cuando Mateo habla de «el Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham [],» podría también haber buscado la instrucción que ofrecen las palabras de los Apóstoles. Y leyendo en la Epístola a los Romanos, «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado Apóstol, apartado para el Evangelio de Dios, que Él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras acerca de su Hijo, que le fue hecho de la descendencia de David según la carne [],» podría haber prestado leal atención a las páginas de los profetas. Y hallando la promesa de Dios que dice a Abraham, «En tu descendencia serán benditas todas las naciones [],» para evitar toda duda acerca de a quién se refiere esta descendencia, podría haber seguido al Apóstol cuando dice, «A Abraham fueron hechas las promesas y a su descendencia. No dice: y a las descendencias, como si fueran muchas, sino como a una sola, y a tu descendencia, que es Cristo [].» También la profecía de Isaías podría haberla captado prestando más atención a lo que dice: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emmanuel,» que se interpreta «Dios con nosotros.» Y las palabras del mismo profeta podría haberlas leído fielmente. «Un niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado, cuyo poder está sobre sus hombros, y llamarán su nombre el Ángel del Gran Consejo, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz, Padre del siglo venidero.» Y entonces no hablaría tan erróneamente como para decir que el Verbo se hizo carne de tal manera que Cristo, nacido del seno de la Virgen, tenía la forma de hombre, pero no la realidad del cuerpo de su madre. ¿O es posible que pensara que nuestro Señor Jesucristo no era de nuestra naturaleza por esta razón: que el ángel enviado a la bienaventurada María siempre Virgen dice, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios [],» suponiendo que, como la concepción de la Virgen fue un acto divino, la carne del concebido no participaba de la naturaleza de la que lo concibió? Pero aquel nacimiento tan singularmente maravilloso y tan maravillosamente singular, no ha de entenderse de manera que las propiedades de su especie fueran suprimidas por la novedad de su creación. Pues aunque el Espíritu Santo impartió fecundidad a la Virgen, sin embargo, un cuerpo real fue recibido de su cuerpo; y, «la Sabiduría edificándose una casa [],» «el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros,» es decir, en aquella carne que tomó del hombre y a la que vivificó con el aliento de una vida más alta.
III. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
Carta 28, § III
Por tanto, sin detrimento de las propiedades de una y otra naturaleza y sustancia que entonces confluyeron en una sola persona, la majestad asumió la humildad, la fuerza la debilidad, la eternidad la mortalidad: y para pagar la deuda propia de nuestra condición, la naturaleza inviolable se unió a la naturaleza pasible, de modo que, según lo pedía nuestro caso, uno y el mismo Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, pudiera a la vez morir con la una y no morir con la otra. Así, en la entera y perfecta naturaleza del verdadero hombre nació el verdadero Dios, completo en lo suyo, completo en lo nuestro. Y por «lo nuestro» entendemos lo que el Creador formó en nosotros desde el principio y lo que se propuso reparar. Pues lo que introdujo el Engañador y cometió el hombre engañado no tuvo huella alguna en el Salvador. Ni porque participara de las debilidades del hombre compartió por ello nuestras culpas. Tomó la forma de siervo sin mancha de pecado, acrecentando lo humano y no disminuyendo lo divino: porque aquel anonadamiento de sí mismo por el cual el Invisible se hizo visible y, siendo Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser mortal, fue inclinación de piedad, no desfallecimiento de poder. Por consiguiente, Aquel que, permaneciendo en la forma de Dios, hizo al hombre, fue también hecho hombre en la forma de siervo. Pues ambas naturalezas conservan sin pérdida su propio carácter: y así como la forma de Dios no suprimió la forma de siervo, tampoco la forma de siervo menoscabó la forma de Dios. Porque en cuanto el Diablo solía gloriarse de que el hombre había sido engañado por su astucia hasta perder los dones divinos, y que, despojado del don de la inmortalidad, había sufrido la sentencia de muerte, y que había hallado algún consuelo en sus penas por tener un compañero en la culpa, y que Dios también, a exigencia del principio de justicia, había cambiado su propósito respecto del hombre a quien había creado con tal honor: fue necesario el decreto de un consejo secreto, para que el Dios inmutable, cuya voluntad no puede ser despojada de su propia bondad, llevara a cabo el primer designio de su cuidado paternal hacia nosotros por un misterio más oculto; y para que el hombre, que había sido arrastrado a la culpa por la astuta malicia del diablo, no pereciera contra el propósito de Dios.
IV. Se ponderan unas contra otras las propiedades de la doble natividad y naturaleza de Cristo
Carta 28, § IV
Entra, pues, en estas regiones inferiores del mundo el Hijo de Dios, descendiendo de su morada celestial y sin abandonar la gloria de su Padre, engendrado en un nuevo orden por un nuevo nacimiento. En un nuevo orden, porque siendo invisible en su propia naturaleza, se hizo visible en la nuestra, y Aquel a quien nada podía contener se dignó ser contenido: existiendo antes de todos los tiempos, comenzó a ser en el tiempo: el Señor de todas las cosas, veló su majestad inconmensurable y tomó la forma de siervo: siendo Dios que no puede padecer, no desdeñó ser hombre que puede, y, siendo inmortal, someterse a las leyes de la muerte. El Señor asumió la naturaleza de su madre sin sus defectos: ni en el Señor Jesucristo, nacido del seno de la Virgen, la maravilla de su nacimiento hace su naturaleza desemejante de la nuestra. Pues el que es verdadero Dios es también verdadero hombre: y en esta unión no hay mentira, ya que la humildad de la humanidad y la alteza de la Divinidad se encuentran allí a la vez. Pues así como Dios no queda mudado por la manifestación de piedad, tampoco el hombre queda absorbido por la dignidad. Porque cada forma hace lo que le es propio con la cooperación de la otra; es decir, el Verbo obrando lo que atañe al Verbo, y la carne ejecutando lo que atañe a la carne. Una de ellas resplandece con milagros, la otra sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo no deja de estar en igualdad con la gloria de su Padre, tampoco la carne renuncia a la naturaleza de nuestra raza. Pues ha de repetirse una y otra vez que uno y el mismo es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Dios, en cuanto que «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios [];» hombre, en cuanto que «el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros.» Dios, en cuanto que «todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho:» hombre, en cuanto que «fue hecho de mujer, hecho bajo la ley [].» El nacimiento de la carne fue la manifestación de la naturaleza humana: el parto de una virgen es la prueba del poder divino. La infancia de un niño se muestra en la humildad de su cuna: la grandeza del Altísimo es proclamada por las voces de los ángeles. Aquel a quien Herodes intenta destruir a traición es semejante a nosotros en nuestra más tierna edad: pero Aquel a quien los Magos se deleitan en adorar de rodillas es el Señor de todos. Así también, cuando vino al bautismo de Juan, su precursor, para no dejar de ser conocido a través del velo de la carne que cubría su Divinidad, la voz del Padre, tronando desde el cielo, dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco [].» Y así, a Aquel a quien la astucia del diablo ataca como hombre, lo sirven como Dios los ministerios de los ángeles. Tener hambre y sed, estar cansado y dormir, es claramente humano: pero saciar a cinco mil hombres con cinco panes, y dar a la mujer de Samaria agua viva, cuyas bebidas pueden librar al bebedor de volver a tener sed, caminar sobre la superficie del mar con pies que no se hunden, y reprimir las crecidas de las olas increpando a los vientos, es, sin duda alguna, divino. Así como, por tanto, para omitir muchos otros ejemplos, no es propio de la misma naturaleza conmoverse con lágrimas de piedad por un amigo muerto, y, cuando fue removida la piedra que cerraba el sepulcro de cuatro días, resucitar a ese mismo amigo a la vida con una voz de mando: o, estar colgado en la cruz y, convirtiendo el día en noche, hacer temblar a todos los elementos: o, ser traspasado con clavos y, sin embargo, abrir las puertas del paraíso a la fe del ladrón: así tampoco es propio de la misma naturaleza decir: «Yo y el Padre somos uno,» y decir: «el Padre es mayor que yo.» Pues aunque en el Señor Jesucristo Dios y hombre es una sola persona, sin embargo, la fuente del abajamiento, que es común a ambos, es una, y la fuente de la gloria, que es común a ambos, es otra. Porque su humanidad, que es menor que el Padre, viene de nuestro lado: su Divinidad, que es igual al Padre, viene del Padre.
V. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
Carta 28, § V
Por tanto, en consecuencia de esta unidad de persona que ha de entenderse en ambas naturalezas, leemos que también el Hijo del hombre descendió del cielo, cuando el Hijo de Dios tomó carne de la Virgen que lo llevó en su seno. Y de nuevo se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, aunque no fue en su Divinidad, por la cual el Unigénito es coeterno y consustancial con el Padre, sino en su débil naturaleza humana en la que padeció estas cosas. Y así es que en el Credo también confesamos todos que el Unigénito Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, según aquella palabra del Apóstol: «porque si lo hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de la gloria [].» Mas cuando nuestro Señor y Salvador quiso instruir la fe de sus discípulos con sus preguntas, dijo: «¿Quién dicen los hombres que sea yo, el Hijo del hombre?» Y cuando hubieron registrado las distintas opiniones de la gente, dijo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Yo, es decir, que soy el Hijo del hombre, y a quien veis en la forma de siervo, y en verdadera carne, ¿quién decís que soy yo? Entonces el bienaventurado Pedro, cuya confesión divinamente inspirada había de aprovechar a todas las naciones, dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente [].» Y no sin merecerlo fue proclamado bienaventurado por el Señor, sacando de la piedra angular la solidez del poder que su nombre también expresa, él que, por revelación del Padre, lo confesó a la vez Cristo e Hijo de Dios: porque recibir uno de estos sin el otro de nada aprovechaba para la salvación, e igualmente peligroso era haber creído que el Señor Jesucristo era solo Dios sin hombre, o solo hombre sin Dios. Pero después de la resurrección del Señor (que, por supuesto, fue de su verdadero cuerpo, porque resucitó el mismo que había muerto y sido sepultado), ¿qué otra cosa se obró con la demora de cuarenta días sino la purificación de la pureza de nuestra fe de toda tiniebla? Pues para eso habló con sus discípulos, y moró y comió con ellos, se dejó palpar con atento y curioso tacto por los que estaban afectados por la duda, entró estando cerradas las puertas sobre los Apóstoles, y soplando sobre ellos les dio el Espíritu Santo [], y otorgándoles la luz del entendimiento, les abrió los secretos de las Santas Escrituras. [] Así también mostró la herida de su costado, las marcas de los clavos y todas las señales de su sufrimiento tan reciente, diciendo: «Ved mis manos y mis pies, que soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo;» a fin de que las propiedades de su naturaleza divina y humana se reconociera que permanecían inseparables: y para que supiéramos que el Verbo no es distinto de la carne, en el sentido de confesar también que el único Hijo de Dios es a la vez el Verbo y la carne. De este misterio de la fe debe estimarse que tu oponente Eutiques tiene poco sentido si no ha reconocido nuestra naturaleza en el Unigénito de Dios, ni por la humillación de haber tenido que morir, ni por la gloria de haber resucitado. Ni tiene temor alguno de la declaración del bienaventurado apóstol y evangelista Juan, que dice: «todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que destruye a Jesús no es de Dios, y este es el Anticristo.» Pero ¿qué es «destruir a Jesús,» sino quitarle la naturaleza humana, y anular el misterio, por el cual solamente fuimos salvados, con las ficciones más descaradas? La verdad es que, estando en tinieblas acerca de la naturaleza del cuerpo de Cristo, debe también ser engañado por la misma ceguera en lo tocante a sus padecimientos. Porque si no piensa que la cruz del Señor es ficticia, y no duda que el castigo que sufrió para salvar al mundo es asimismo verdadero, reconozca la carne de Aquel cuya muerte ya cree: y no deje de creerlo hombre con un cuerpo semejante al nuestro, ya que reconoce que pudo padecer: puesto que la negación de su verdadera carne es también la negación de su padecimiento corporal. Por tanto, si recibe la fe cristiana y no aparta sus oídos de la predicación del Evangelio, vea cuál era la naturaleza que colgó atravesada por los clavos en el madero de la cruz, y, cuando el costado del Crucificado fue abierto por la lanza del soldado, entienda de dónde fue que brotó sangre y agua, para que la Iglesia de Dios fuera regada desde la pila bautismal y desde el cáliz. Oiga también al bienaventurado apóstol Pedro, proclamando que la santificación del Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo. Y no lea de pasada las palabras del mismo Apóstol, que dice: «Sabiendo que no fuisteis redimidos con cosas corruptibles, como plata y oro, de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Jesucristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto [].» No resista tampoco el testimonio del bienaventurado apóstol Juan, que dice: «y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado [].» Y de nuevo: «esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.» Y «¿quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo: no por agua solamente, sino por agua y sangre. Y es el Espíritu quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad, porque son tres los que dan testimonio, el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres son uno.» El Espíritu, es decir, de santificación, y la sangre de redención, y el agua del bautismo: porque los tres son uno, y permanecen indivisos, y ninguno de ellos se separa de esta conexión; porque la Iglesia católica vive y progresa por esta fe, de modo que en Cristo Jesús no se cree ni en la humanidad sin la verdadera Divinidad, ni en la Divinidad sin la verdadera humanidad.
VI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
Carta 28, § VI
Pero cuando durante vuestro interrogatorio Eutiques respondió y dijo, «Confieso que nuestro Señor tenía dos naturalezas antes de la unión, pero después de la unión confieso una sola,» me sorprende que una declaración tan absurda y errónea no haya sido criticada y reprendida por sus jueces, y que una expresión que alcanza la cumbre de la estupidez y de la blasfemia se haya dejado pasar como si no se hubiera oído nada ofensivo: porque la impiedad de decir que el Hijo de Dios era de dos naturalezas antes de su encarnación solo es igualada por la iniquidad de afirmar que había una sola naturaleza en Él después de que «el Verbo se hizo carne.» Y para que Eutiques no piense que esta es una opinión correcta o defendible porque no fue contradicha por ninguna expresión vuestra, os advertimos, amadísimo hermano, que tengáis cuidado ansioso de que, si alguna vez por inspiración de la misericordia de Dios el caso se lleva a una conclusión satisfactoria, su mente ignorante sea purgada de esta idea perniciosa así como de otras. En efecto, apenas comenzaba a batirse en retirada de su convicción errónea, como muestra el orden de las actas, en la medida en que, acorralado por vuestras reconvenciones, aceptó decir lo que no había dicho antes y asentir a aquella creencia a la que antes se había opuesto. Sin embargo, cuando rehusó dar su consentimiento a la anatematización de su dogma blasfemo, comprendisteis, hermano, que persistía en su traición y merecía recibir un veredicto de condena. Y sin embargo, si se aflige por ello con fidelidad y para buen propósito, y, aunque tarde, reconoce cuán justamente se ha puesto en movimiento la autoridad de los obispos; o si con su propia boca y mano en vuestra presencia retracta sus opiniones erróneas, no se podrá criticar misericordia alguna que se le muestre cuando está penitente: porque nuestro Señor, ese verdadero y «buen pastor» que dio su vida por sus ovejas y que vino a salvar, no a perder las almas de los hombres [], desea que imitemos su bondad; a fin de que, mientras la justicia nos constriñe cuando pecamos, la misericordia impida nuestro rechazo cuando hemos vuelto. Porque entonces, en fin, se defiende con máximo provecho la fe verdadera cuando una creencia falsa es condenada incluso por sus propios partidarios.
Ahora, para la ejecución leal y fiel de todo el asunto, hemos designado para representarnos a nuestros hermanos Julio, obispo, y Renato, presbítero [del título de San Clemente], así como a mi hijo Hilario, diácono. Y con ellos hemos asociado a Dulcitio, nuestro notario, cuya fe está bien probada: seguros de que se nos dará la ayuda divina, para que aquel que ha errado pueda salvarse cuando se condene la maldad de su opinión. Dios te guarde, amadísimo hermano.
Dado el 13 de junio de 449, en el consulado de los ilustres Asturio y Protógenes.
0 comentarios
0 vistas
Comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!