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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 10 · Carta 82Publicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

    Carta 82

    Carta 82, encabezado

    A Marciano Augusto.

    I. Tras felicitar al Emperador por su noble conducta, desaprueba las indagaciones fortuitas acerca de los preceptos de la Fe

    Carta 82, § I

    Aunque ya he respondido a tu Gracia por mano del clero de Constantinopla, sin embargo, al recibir la misericordia de tu clemencia por medio del ilustre prefecto de la ciudad, mi hijo Taciano, hallé aún mayor motivo de congratulación, porque he sabido de tu gran anhelo por la paz de la Iglesia. Y este santo deseo, como en justicia merece, asegura a tu imperio la misma condición feliz que buscas para la religión. Pues cuando el Espíritu de Dios establece armonía entre los príncipes cristianos, se produce en todo el mundo una doble confianza, porque el progreso del amor y de la fe hace invencible el poder de sus armas en ambas direcciones, de modo que, siendo Dios propiciado por una sola confesión, la falsedad de los herejes y la enemistad de los bárbaros son derribadas al mismo tiempo, gloriosísimo Emperador. La esperanza, pues, del auxilio celestial, acrecentada por la amistad del Emperador, me anima con mayor confianza a apelar a tu Gracia en favor del misterio de la salvación del hombre, para no permitir que nadie con vana y presuntuosa astucia indague qué ha de creerse, como si fuera incierto. Y aunque no podamos disentir en una sola palabra de la enseñanza de los Evangelios y de los Apóstoles, ni abrigar opinión alguna sobre las Divinas Escrituras distinta de lo que los bienaventurados Apóstoles y nuestros Padres aprendieron y enseñaron, ahora en estos últimos días se promueven indagaciones ignorantes y blasfemas, que antiguamente el Espíritu Santo aplastó por medio de los discípulos de la Verdad, tan pronto como el diablo las suscitó en corazones aptos para su propósito.

    II. Lo único que ha de decidirse es qué lapsos serán readmitidos y en qué condiciones

    Carta 82, § II

    Pero es de lo más inoportuno que por la necedad de unos pocos seamos arrastrados de nuevo a opiniones peligrosas y a la guerra de disputas carnales, como si hubiera de reavivarse la contienda y tuviéramos que decidir si Eutiques sostuvo ideas blasfemas y si Dioscoro juzgó erróneamente, el cual, al condenar a Flaviano de santa memoria, se asestó su propio golpe mortal e implicó a la gente sencilla en la misma destrucción. Y ahora que, según hemos comprobado, muchos han recurrido a los medios de enmienda e imploran perdón por su débil precipitación, no hemos de determinar el carácter de la Fe, sino qué súplicas recibiremos y en qué condiciones. Y por eso, esa religiosísima solicitud que te dignas sentir por la convocatoria de un Sínodo tendrá ante sí, plena y oportunamente, todo lo que juzgo pertinente a las necesidades del caso, por medio de los delegados que con toda rapidez, si Dios lo permite, llegarán a tu Gracia. Dado el 23 de abril, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 85

    Carta 85, encabezado

    A Anatolio, obispo de Constantinopla.

    I. Anatolio, junto con los delegados de León, ha de resolver la cuestión de la readmisión de aquellos que temporalmente se habían desviado tras Eutiques

    Carta 85, § I

    León, obispo, al obispo Anatolio.
    Aunque espero, amado, que te dedicas a toda obra buena, sin embargo, para que tu actividad se haga más eficaz, fue necesario y conveniente enviar a mis hermanos Lucencio el obispo y Basilio el presbítero, como prometimos, para aliarse contigo, amado, a fin de que nada se haga de manera indecisa o perezosa en los asuntos que conciernen al bien de la Iglesia universal; pues mientras tú estás en el lugar, a quien hemos confiado la ejecución de nuestra voluntad, todo puede conducirse con tal moderación que no se descuiden las exigencias ni de la bondad ni de la justicia, sino que, sin acepción de personas, se considere el juicio divino en todo. Mas para que esto se observe y guarde debidamente, ha de preservarse ante todo la integridad de la Fe católica, y, puesto que en todos los casos «estrecha» y angosta «es la senda que lleva a la vida [],» no ha de haber desviación de su camino, ni a la derecha ni a la izquierda. Y como la Fe evangélica y apostólica ha de combatir todos los errores, derribando por un lado a Nestorio y aplastando por otro a Eutiques y sus cómplices, recuerda la necesidad de observar esta regla: que todos aquellos que en aquel sínodo, que no puede ni merece tener el nombre de Sínodo, y en el cual Dioscoro mostró su malquerer y Juvenal su ignorancia, se duelen, según sabemos por tu relato, amado, de haber sido vencidos por el miedo y, dominados por el terror, pudieron ser forzados a asentir a aquel inicuo juicio, y que ahora desean obtener la comunión católica, han de recibir la paz de los hermanos tras debida garantía de arrepentimiento, a condición de que en términos nada ambiguos anatematicen, execren y condenen a Eutiques, su dogma y sus partidarios.

    II. El caso de los más gravemente culpables ha de reservarse por ahora

    Carta 85, § II

    Pero respecto de aquellos que han pecado más gravemente en este asunto y se han arrogado un lugar más alto en el mismo infeliz sínodo, a fin de irritar con su perniciosa arrogancia las mentes sencillas de sus hermanos más humildes, si vuelven a su sano juicio y, dejando de defender su acción, se vuelven a la condenación de su error particular, si estos hombres dan tal garantía de penitencia que parezca indiscutible, resérvese su caso para las deliberaciones más maduras de la Sede Apostólica, a fin de que, cuando todo haya sido examinado y ponderado, se llegue a la conclusión justa acerca de sus verdaderas acciones. Y en la Iglesia sobre la cual el Señor ha querido que tú gobiernes, que ninguno de tales, como ya hemos escrito, tenga sus nombres leídos en el altar hasta que el curso de los acontecimientos muestre lo que debe determinarse acerca de ellos.

    III. Se pide a Anatolio que coopere lealmente con los delegados de León

    Carta 85, § III

    Mas sobre el memorial que nos presentó tu clero, amado, no hay necesidad de poner mis sentimientos por carta: basta confiar todo a mis delegados, cuyas palabras te instruirán cuidadosamente en cada punto. Y así, hermano queridísimo, esfuérzate con estos hermanos a quienes hemos elegido como agentes idóneos en tan grande asunto, en llevar a cabo fiel y eficazmente lo que es agradable a la Iglesia de Dios: especialmente porque la naturaleza misma del caso y la promesa del auxilio divino te incitan, y nuestros clementísimos príncipes muestran una fe tan santa, una devoción tan religiosa, que hallamos en ellos no solo la simpatía general de los cristianos, sino incluso la del sacerdocio. Los cuales, ciertamente, conforme a aquella piedad por la que se glorían de ser siervos de Dios, recibirán todas tus sugerencias en beneficio de la Fe católica con espíritu digno, de modo que también con su ayuda se restablezca la paz de la cristiandad y se destruya el inicuo error. Y si en algunos puntos se necesita más consejo, envíese palabra rápidamente a nosotros, para que, tras investigar la naturaleza del caso, prescribamos cuidadosamente las medidas justas. Dado el 9 de junio, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 88

    Carta 88, encabezado

    León, obispo, a Pascasino, obispo de Lilibeo.

    I. Envía una copia del Tomo y explica aún más la heterodoxia de Eutiques

    Carta 88, § I

    Aunque no dudo que todas las fuentes de escándalo te son plenamente conocidas, hermano, las cuales han surgido en las iglesias de Oriente acerca de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, para que nada haya podido escapar a tu diligencia, te he enviado para atenta lectura y estudio nuestra carta, que trata este asunto del modo más completo, la cual enviamos a Flaviano de santa memoria y que la Iglesia universal ha aceptado; a fin de que, comprendiendo cuán completamente ha sido destruido con la ayuda de Dios todo este error blasfemo, tú también, en tu amor hacia Dios, muestres el mismo espíritu y sepas que han de ser totalmente aborrecidos quienes, siguiendo la blasfemia y la locura de Eutiques, se han atrevido a decir que no hay dos naturalezas, es decir, perfecta Divinidad y perfecta Humanidad, en nuestro Señor, el Hijo unigénito de Dios, que asumió el restaurar al género humano; y piensan poder engañar nuestra vigilancia diciendo que creen que la única naturaleza del Verbo se hizo carne, siendo así que el Verbo de Dios, en la Divinidad del Padre, de Sí mismo y del Espíritu Santo, tiene ciertamente una sola naturaleza; pero cuando tomó sobre sí la realidad de nuestra carne, nuestra naturaleza fue unida también a su sustancia inmutable: pues ni siquiera podría hablarse de Encarnación, a menos que el Verbo tomase sobre sí la carne. Y esta asunción de la carne forma una unión tan completa que, no solo en el parto de la bienaventurada Virgen, sino también en su concepción, no ha de imaginarse división alguna entre la Divinidad y la carne animada, puesto que, en la unidad de persona, la Divinidad y la Humanidad se unieron tanto en la concepción como en el parto de la Virgen.

    II. Eutiques pudo haber sido advertido por la suerte de los herejes anteriores

    Carta 88, § II

    Por tanto, en Eutiques ha de aborrecerse una blasfemia semejante a la que en otro tiempo fue condenada y derribada por los Padres en los herejes anteriores; y su ejemplo debería haber aprovechado a este necio, poniéndolo en guardia contra aquello que no podía alcanzar con su propio sentido, no sea que anulara el incomparable misterio de nuestra salvación al negar la realidad de la carne humana en nuestro Señor Jesucristo. Pues, si no hay en Él verdadera y perfecta naturaleza humana, no hay asunción de nosotros en Él, y toda nuestra creencia y enseñanza, según su herejía, es vaciedad y mentira. Mas porque la Verdad no miente y la Divinidad no es pasible, permanecen en Dios Verbo ambas sustancias en una sola Persona, y la Iglesia confiesa a su Salvador de tal modo que lo reconoce a la vez impasible en la Divinidad y pasible en la carne, como dice el Apóstol, «aunque fue crucificado en (nuestra) debilidad, vive por el poder de Dios [].»

    III. Envía citas de los Padres y anuncia que las iglesias de Oriente han aceptado el Tomo

    Carta 88, § III

    Y para que seas más plenamente instruido en todo, amado, te he enviado ciertas citas de nuestros santos Padres, para que puedas colegir claramente qué sintieron y qué predicaron a las iglesias acerca del misterio de la Encarnación del Señor, cuyas citas presentaron también en Constantinopla, junto con nuestra epístola, nuestros delegados. Y has de saber que toda la iglesia de Constantinopla, con todos los monasterios y muchos obispos, le ha dado su asentimiento, y con su firma han anatematizado a Nestorio y a Eutiques con sus dogmas. Has de saber también que recientemente he recibido la carta del obispo de Constantinopla, en la que se dice que el obispo de Antioquía ha enviado instrucciones a todos los obispos de sus provincias y ha obtenido su asentimiento a mi epístola y su condenación de Nestorio y Eutiques de la misma manera.

    IV. Le pide que resuelva la discrepancia entre el cálculo alejandrino y el romano de la Pascua para el año 455, consultando a la autoridad competente

    Carta 88, § IV

    También juzgamos necesario encomendar a tu cuidado que indagues diligentemente en aquellos lugares donde tienes información segura acerca de aquel punto del cómputo de la Pascua que hemos hallado en la tabla de Teófilo, y que grandemente nos preocupa, y que discutas con aquellos versados en tales cálculos la fecha en que ha de celebrarse el día de la resurrección del Señor de aquí a cuatro años. Pues, mientras que la próxima Pascua ha de celebrarse, por la bondad de Dios, el 23 de marzo, el año siguiente el 12 de abril, y el año siguiente a ese el 4 de abril, Teófilo de santa memoria fijó el 24 de abril para observarse en 455, lo cual hallamos enteramente contrario a la regla de la Iglesia; pero en nuestros ciclos pascuales, como muy bien sabes, la Pascua de ese año está fijada para celebrarse el 17 de abril. Y por eso, para que se disipen todas nuestras dudas, te rogamos que discutas cuidadosamente este punto con las mejores autoridades, a fin de que en el futuro evitemos esta clase de error. Dado el 24 de junio, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 93

    Carta 93, encabezado

    Al Sínodo de Calcedonia.

    I. Excusa su ausencia del Sínodo y presenta a sus legados

    Carta 93, § I

    León, obispo de la ciudad de Roma, al santo Sínodo reunido en Nicea.
    Ciertamente había rogado, queridísimos, en favor de mis queridos colegas, que todos los sacerdotes del Señor perseveraran en unida devoción a la Fe católica, y que nadie fuera desviado del camino de la Verdad por favor o temor de los poderes seculares; mas como muchas cosas suceden a menudo para producir penitencia, y la misericordia de Dios supera las faltas de los delincuentes, y la venganza se difiere para que tenga lugar la reforma, hemos de apreciar grandemente el Concilio, piadosamente intencionado, de nuestro clementísimo príncipe, en el cual ha deseado que vuestra santa hermandad se reúna con el propósito de destruir las asechanzas del diablo y restaurar la paz de la Iglesia, respetando en tal medida los derechos y la dignidad del bienaventurado apóstol Pedro, que nos ha invitado también a nosotros por carta a dignarnos conceder nuestra presencia en vuestro venerable Sínodo. Lo cual, ciertamente, no está permitido ni por las necesidades de los tiempos ni por precedente alguno. Sin embargo, en estos hermanos, es decir, Pascasino y Lucencio, obispos, Bonifacio y Basilio, presbíteros, que han sido enviados por la Sede Apostólica, considere vuestra hermandad que yo presido el Sínodo; pues mi presencia no está retirada de vosotros, yo que estoy ahora representado por mis vicarios, y que desde hace tiempo estoy realmente con vosotros en la proclamación de la Fe católica: de modo que vosotros, que no podéis ignorar lo que creemos conforme a la antigua tradición, no podéis dudar de lo que deseamos.

    II. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo

    Carta 93, § II

    Por tanto, hermanos amadísimos, que se repriman por completo todos los intentos de impugnar la fe divinamente inspirada, y que descanse la vana incredulidad de los herejes; y no se defienda lo que no puede creerse, puesto que, de acuerdo con las afirmaciones autorizadas del Evangelio, con las palabras de los profetas y la enseñanza de los Apóstoles, con la mayor plenitud y claridad, en la carta que enviamos al obispo Flaviano de feliz memoria, se ha establecido cuál es la confesión leal y pura acerca del misterio de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo.

    III. Los obispos expulsados deben ser restituidos y los cánones nestorianos conservar su fuerza

    Carta 93, § III

    Pero como sabemos muy bien que por malvados celos se ha perturbado el estado de muchas iglesias, y muchos obispos han sido expulsados de sus sedes por no recibir la herejía y llevados al exilio, mientras otros han sido puestos en sus lugares estando aún vivos, a estas heridas ante todo debe aplicarse la medicina de la justicia, y nadie debe ser privado de su propia posesión para que otro la disfrute; pues si, como deseamos, todos abandonan su error, nadie necesita perder su rango actual, y a quienes han trabajado por la fe se les deben restituir sus derechos con todo privilegio. Que los decretos especialmente dirigidos contra Nestorio por el anterior Sínodo de Éfeso, en el cual presidió el obispo Cirilo de santa memoria, conserven aún su fuerza, no sea que la herejía entonces condenada se halague en algo porque Eutiques es castigado con execración merecida. Porque la pureza de la fe y de la doctrina que proclamamos con el mismo espíritu que nuestros santos Padres, condena e impugna por igual la falsa creencia nestoriana y la eutiquiana con sus partidarios. Adiós en el Señor, hermanos amadísimos. Dado el 26 de junio, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 95

    Carta 95, encabezado

    A Pulqueria Augusta, por mano de Teoctisto el magistriano.

    I. Informa a la Emperatriz de que ha reconocido lealmente el concilio ordenado por ella y ha enviado representantes con cartas al mismo

    Carta 95, § I

    León, obispo, a Pulqueria Augusta.
    Reconozco en todo el cuidado religioso de tu clemencia, que sin cesar dispensas a la fe católica, y doy gracias a Dios al ver que te interesas tanto por la Iglesia universal, que puedo sugerir con confianza lo que considero conforme a la justicia y a la bondad, y así, lo que hasta ahora tu piadoso celo, por la misericordia de Cristo, ha realizado de manera irreprochable, pueda llevarse más rápidamente a un término que agradeceremos, oh nobilísima Augusta. Por tanto, el mandato de tu clemencia de que se celebrara un sínodo en Nicea, y tu cortés negativa a mi petición de que se celebrara en Italia, para que todos los obispos de nuestras regiones pudieran ser convocados y reunirse, si el estado de los asuntos lo hubiera permitido, lo he recibido con un ánimo tan alejado del desdén que he nombrado a dos de mis coobispos y a dos presbíteros, respectivamente, para que me representen, enviando también al venerable sínodo una carta apropiada, por la cual la fraternidad allí reunida pueda aprender la norma que es necesario mantener en su decisión, no sea que alguna temeridad cause detrimento a las reglas de la fe, o a las disposiciones de los cánones, o a los remedios que requiere el espíritu de amorosa bondad.

    II. En la solución de este asunto debe observarse la moderación que faltó por completo en Éfeso

    Carta 95, § II

    Porque, como he declarado muy a menudo en cartas desde el comienzo de este asunto, he deseado que se observe tal moderación en medio de opiniones discordantes y celos carnales, que, sin permitir que nada se arranque o se añada a la pureza de la fe, se conceda el remedio del perdón a quienes vuelven a la unidad y a la paz. Porque las obras del diablo se destruyen entonces más eficazmente cuando los corazones de los hombres son llamados de nuevo al amor de Dios y del prójimo. Pero cuán contrarias a mis advertencias y ruegos fueron sus acciones entonces, es larga historia de explicar, y no hay necesidad de poner en las páginas de una carta todo lo que se permitió perpetrar en aquella reunión, no de jueces sino de ladrones, en Éfeso; donde los principales del sínodo no perdonaron ni a los hermanos que se les oponían ni a los que consentían con ellos, puesto que, para derribar la fe católica y fortalecer la execrable herejía, despojaron a algunos de su rango legítimo y mancharon a otros con complicidad en la culpa; y ciertamente su crueldad fue peor con aquellos a quienes por persuasión apartaron de la inocencia, que con aquellos a quienes por persecución hicieron bienaventurados confesores.

    III. A quienes se retractan de su error se les debe tratar con indulgencia

    Carta 95, § III

    Y sin embargo, porque tales hombres se han dañado a sí mismos sobre todo con su mal proceder, y porque cuanto mayores son las heridas, tanto más cuidadosa debe ser la aplicación del remedio, nunca he sostenido en carta alguna que se les deba negar el perdón, incluso a ellos, si recobraban el sano juicio. Y aunque aborrecemos inmutablemente su herejía, que es el mayor enemigo de la religión cristiana, sin embargo a los hombres mismos, si sin duda alguna enmiendan sus caminos y se purifican con plenas garantías de arrepentimiento, no los juzgamos excluidos de la inefable misericordia de Dios; sino que más bien lloramos con los que lloran, «lloramos con los que lloran [],» y obedecemos las exigencias de la justicia al deponer, sin descuidar los remedios de la bondad amorosa; y esto, como sabe tu piedad, no es una mera promesa de palabra, sino que está también confirmado por nuestras acciones, puesto que casi todos los que habían sido engañados o forzados a consentir con los obispos presidentes, al rescindir lo que habían decretado y condenar lo que habían escrito, han obtenido la absolución completa de la culpa y el don de la paz apostólica.

    IV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento

    Carta 95, § IV

    Si, por tanto, tu clemencia se digna reflexionar sobre mis motivos, quedará satisfecha de que he actuado en todo con el designio de lograr la abolición de la herejía sin la pérdida de una sola alma; y que en el caso de los autores de estas crueles perturbaciones he moderado algo mi proceder, para que sus mentes tardas puedan ser despertadas por algunos sentimientos de compunción a pedir un trato indulgente. Porque aunque desde su decisión, que no es menos blasfema que injusta, no pueden ser tenidos en tal honor por la fraternidad católica como antes, sin embargo todavía conservan sus sedes y su rango de obispos, con la perspectiva o de recibir la paz de toda la Iglesia, tras verdaderas y necesarias señales de arrepentimiento, o, si (lo que Dios no quiera) persisten en su herejía, de cosechar el fruto de su falsa creencia. Dado el 20 de julio, en el consulado del ilustre Adelfio (451).

    Carta 98

    Carta 98, encabezado

    Del Sínodo de Calcedonia a León.
    El grande y santo y universal Sínodo, que por la gracia de Dios y la sanción de nuestros piadosísimos y amantes de Cristo Emperadores ha sido reunido en la metrópoli de Calcedonia en la provincia de Bitinia, al santísimo y bendito arzobispo de Roma, León.

    I. Felicitan a León por haber tomado la parte principal en el mantenimiento de la fe

    Carta 98, § I

    «Nuestra boca se llenó de alegría y nuestra lengua de júbilo.» Esta profecía la ha apropiado la gracia con razón a nosotros, para quienes está asegurada la seguridad de la religión. Porque ¿qué es un mayor incentivo para la alegría que la fe? ¿Qué mejor incentivo para el júbilo que el conocimiento divino que el Salvador mismo nos dio desde lo alto para la salvación, diciendo: «id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado [].» Y esta cadena de oro que desciende desde el Autor del mandato hasta nosotros, tú mismo la has preservado firmemente, siendo puesto como portavoz para todos del bienaventurado Pedro, e impartiendo la bienaventuranza de su fe a todos. Por lo cual también nosotros, tomándote sabiamente como guía en todo lo bueno, hemos mostrado a los hijos de la Iglesia su herencia de la Verdad, no dando nuestra instrucción cada uno por separado y en secreto, sino haciendo conocer nuestra confesión de fe en común, con un solo consentimiento y acuerdo. Y todos estábamos gozosos, deleitándonos, como en un banquete imperial, en el alimento espiritual que Cristo nos suministró por medio de tu carta; y nos parecía ver al Esposo celestial realmente presente entre nosotros. Porque si «donde dos o tres están reunidos en su nombre,» Él ha dicho que «allí está Él en medio de ellos,» ¿no debía estar mucho más presente particularmente con 520 sacerdotes, que prefirieron la difusión del conocimiento acerca de Él a su patria y a su comodidad? De los cuales tú eras el jefe, como la cabeza para los miembros, mostrando tu buena voluntad en la persona de quienes te representaban; mientras nuestros religiosos Emperadores presidían para el fomento del debido orden, invitándonos a restaurar el edificio doctrinal de la Iglesia, así como Zorobabel invitó a Josué a reconstruir Jerusalén.

    II. Detallan las malvadas acciones de Dioscoro

    Carta 98, § II

    Y el adversario habría sido como una bestia salvaje fuera del redil, rugiendo para sí misma y sin poder apresar a nadie, si el difunto obispo de Alejandría no se hubiera arrojado como presa a él, quien, aunque había hecho muchas cosas terribles antes, eclipsó las anteriores con las últimas; pues contra todas las disposiciones de los cánones, depuso a aquel bendito pastor de los santos en Constantinopla, Flaviano, que mostraba tan apostólica fe, y al piadosísimo obispo Eusebio, y absolvió por sus votos arrancados por el terror a Eutiques, que había sido condenado por herejía, y le restituyó la dignidad que tu santidad le había quitado por indigno de ella, y como la más extraña de las bestias salvajes, cayendo sobre la viña que encontró en las mejores condiciones, la arrancó de raíz e introdujo la que había sido desechada como infructuosa, y a los que actuaban como verdaderos pastores los cortó, y puso sobre los rebaños a los que se habían mostrado lobos: y además de todo esto extendió su furor incluso contra aquel a quien el Salvador había encargado la custodia de la viña, nos referimos por supuesto a tu santidad, y tramó la excomunión contra uno que tenía en el corazón la unificación de la Iglesia. Y en lugar de mostrar penitencia por esto, en lugar de pedir misericordia con lágrimas, se regocijó como por acciones virtuosas, rechazando la carta de tu santidad y resistiendo todos los dogmas de la Verdad.

    III. Hemos depuesto a Eutiques, tratándolo con la mayor misericordia posible

    Carta 98, § III

    Y deberíamos haberlo dejado en la posición en que él mismo se había colocado; pero, ya que profesamos la enseñanza del Salvador «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad [],» de hecho nos esforzamos por llevar a cabo esta política misericordiosa hacia él, y lo llamamos de manera fraternal a juicio, no como tratando de excluirlo, sino dándole espacio para la defensa y la curación; y oramos para que pudiera vencer los muchos cargos que habían presentado contra él, a fin de que pudiéramos concluir nuestra reunión en paz y felicidad y Satanás no obtuviera ventaja sobre nosotros. Pero él, estando absolutamente convicto por su propia conciencia, al eludir el juicio dio pábulo a las acusaciones y rechazó las tres citaciones legales que recibió. Como consecuencia de ello, ratificamos con la moderación que pudimos el voto que él había pronunciado contra sí mismo por sus errores, despojando al lobo de su piel de oveja, que durante mucho tiempo se había demostrado que llevaba como fingimiento. Entonces cesaron nuestras tribulaciones y de inmediato comenzó un tiempo de felicidad bienvenida; y habiendo arrancado una cizaña, llenamos el mundo entero para nuestro deleite con grano puro; y habiendo recibido, por así decirlo, pleno poder para arrancar y plantar, limitamos el arranque a uno solo y plantamos cuidadosamente una cosecha de buen fruto. Porque fue Dios quien obró, y la triunfante Eufemia quien coronó la reunión como para una boda, y quien, tomando nuestra definición de la fe como su propia confesión, la presentó a su Esposo por medio de nuestro religiosísimo Emperador y de la Emperatriz amante de Cristo, apaciguando todo el tumulto de los opositores y estableciendo nuestra confesión de la Verdad como aceptable para Él, y con mano y lengua poniendo su sello a los votos de todos nosotros en su proclamación. Estas son las cosas que hemos hecho, contigo presente en espíritu y sabido que nos apruebas como hermanos, y casi visible para nosotros a través de la sabiduría de tus representantes.

    IV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León

    Carta 98, § IV

    Y además te informamos de que hemos decidido también otras cosas para el buen orden y la estabilidad de los asuntos eclesiásticos, estando persuadidos de que tu santidad las aceptará y ratificará cuando te sean comunicadas. La antigua costumbre, que la santa Iglesia de Dios en Constantinopla tenía de ordenar metropolitanos para las provincias de Asia, Ponto y Tracia, la hemos ratificado ahora por los votos del Sínodo, no tanto para conferir un privilegio a la Sede de Constantinopla como para proveer al buen gobierno de aquellas ciudades, a causa de los frecuentes desórdenes que surgen a la muerte de sus obispos, quedando entonces el clero y el laicado sin guía y perturbando el orden eclesiástico. Y esto no ha escapado a tu santidad, particularmente en el caso de Éfeso, que a menudo te ha causado molestia. Hemos ratificado también el canon de los 150 santos Padres que se reunieron en Constantinopla en tiempo del gran Teodosio de santa memoria, que ordena que después de tu santísima y apostólica Sede, la Sede de Constantinopla tenga la precedencia, siendo colocada en segundo lugar: pues estamos persuadidos de que con tu acostumbrado cuidado por los demás has extendido a menudo ese prestigio apostólico que te pertenece, también a la iglesia de Constantinopla, en virtud de tu gran desinterés en compartir todos tus propios bienes con tus parientes espirituales. Por consiguiente, dígnate, santísimo y bendito padre, aceptar como deseo tuyo y como conducente al buen gobierno las cosas que hemos resuelto para la eliminación de toda confusión y la confirmación del orden eclesiástico. Porque los delegados de tu santidad, los piadosísimos obispos Pascasino y Lucentio, y con ellos el justo presbítero Bonifacio, intentaron vehementemente resistirse a estas decisiones, por un fuerte deseo de que también esta buena obra partiera de tu previsión, a fin de que el establecimiento del buen orden, así como el de la fe, se pusiera a tu cuenta. Pues nosotros, atendiendo debidamente a nuestros devotísimos y amantes de Cristo Emperadores, que se deleitan en ello, y al ilustre senado y, por así decir, a toda la ciudad imperial, consideramos oportuno aprovechar la reunión de este sínodo ecuménico para la ratificación de tu honor, y corroboramos con confianza esta decisión como si fuera iniciada por ti con tu acostumbrado celo protector, sabiendo que todo éxito de los hijos redunda en gloria del padre. Por tanto, te rogamos que honres nuestra decisión con tu asentimiento, y así como nosotros hemos cedido a la cabeza nuestro acuerdo en las cosas honorables, así también la cabeza cumpla para los hijos lo que es justo. Pues así se tratará con la debida consideración a nuestros piadosos Emperadores, que han ratificado como ley la sentencia de tu santidad, y la Sede de Constantinopla recibirá su recompensa por haber mostrado siempre tal lealtad en materia de religión hacia ti, y por haberse unido a ti con tanto celo en pleno acuerdo. Mas para que sepas que nada hemos hecho por favor ni por odio, sino guiados por la voluntad divina, te hemos dado a conocer todo el alcance de nuestras actas para fortalecer nuestra posición y para ratificar y establecer lo que hemos hecho.

    Carta 101

    Carta 101, encabezado

    De Anatolio, obispo de Constantinopla, a León.
    [Trata de casi los mismos asuntos que la Carta 98 desde el punto de vista del propio Anatolio; aquí se traduce el capítulo 3 como ilustración del capítulo 3 de la Carta 98.]

    III. Describe las circunstancias en que el sínodo formuló la doctrina de la Encarnación

    Carta 101, § III

    Pero como, después de dictar sentencia contra él, hubimos de llegar con oraciones y lágrimas a un acuerdo sobre la definición de la recta fe —pues ése fue el principal motivo por el que el Emperador convocó el santo sínodo, en el cual vuestra santidad estuvo presente en espíritu con nosotros y trabajó con nosotros por medio de los varones temerosos de Dios que enviasteis—, nosotros, teniendo la protección de la santísima y hermosísima mártir Eufemia, nos entregamos todos a este grave asunto con toda deliberación. Y como la ocasión exigía que todos los santos obispos reunidos publicaran una decisión unánime para claridad y para una declaración explícita de la fe en nuestro Señor Jesucristo, el Señor Dios que se deja hallar y se revela aun a quienes no lo buscan, sí, aun a quienes no preguntan por Él [], a pesar de algunos intentos de resistir al principio, no obstante nos mostró su Verdad y ordenó que fuera escrita y proclamada por todos unánimemente y sin contradicción, lo cual confirmó las almas de los fuertes e invitó al camino de la Verdad a todos los que se desviaban de él. Y, en verdad, después de estampar unánimemente nuestros nombres en este documento, nosotros, que nos hemos reunido en este sínodo ecuménico en el nombre de la fe de la misma santísima y victoriosa mártir Eufemia, y de nuestro religiosísimo y amante de Cristo Emperador Marciano, y de nuestra religiosísima y en todo fidelísima hija la Emperatriz Pulqueria Augusta, con oración, gozo y alegría, habiendo puesto sobre el santo altar la definición escrita conforme a vuestra santa epístola para confirmación de la fe de nuestros Padres, la presentamos a su piadosa custodia; pues así habían pedido recibirla y, habiéndola recibido, glorificaron con nosotros a su Maestro Cristo, que había disipado toda la niebla de la herejía y había aclarado benignamente la palabra de la Verdad. Y de esta manera quedaron establecidas a un tiempo la paz de la Iglesia y la concordia de los sacerdotes acerca de la fe pura, por la misericordia del Salvador.

    Carta 104

    Carta 104, encabezado

    A Marciano Augusto, acerca de la presunción de Anatolio, por mano de Luciano, obispo, y Basilio, diácono.

    I. Felicita al Emperador por la parte que le ha cabido en el triunfo de la fe católica

    Carta 104, § I

    León, obispo, a Marciano Augusto.
    Por la gran largueza de la misericordia de Dios se multiplicaron los gozos de toda la Iglesia católica cuando, por el celo santo y glorioso de tu clemencia, fue abolido entre nosotros el error más pestilencial; de modo que nuestros trabajos llegaron tanto más prontamente al fin deseado cuanto tu Majestad, servidora de Dios, los asistió fiel y poderosamente. Pues aunque la libertad del Evangelio había de ser defendida contra ciertos disidentes en el poder del Espíritu Santo y por el ministerio de la Sede Apostólica, sin embargo la gracia de Dios se mostró más manifiestamente de lo que hubiéramos podido esperar, concediendo al mundo que en la victoria de la Verdad sólo perecieran los autores de la violación de la fe y la Iglesia fuera restituida a su salud. Así, la guerra que había suscitado el enemigo de nuestra paz terminó tan felizmente, combatiendo por nosotros la diestra del Señor, que, cuando Cristo triunfó, todos sus sacerdotes participaron de la única victoria, y cuando brilló la luz de la Verdad, sólo se disiparon las sombras del error con sus campeones. Porque así como, al creer la resurrección del Señor, para fortalecer los comienzos de la fe, la confianza se acrecentó mucho por el hecho de que algunos Apóstoles dudaron de la realidad corporal de nuestro Señor Jesucristo, y examinando con la vista y el tacto las señales de los clavos y la herida de la lanza disiparon con su duda las dudas de todos, así también ahora, al ser refutada la incredulidad de algunos, se fortalecen los corazones de todos los vacilantes, y aquello que causó ceguera a unos pocos aprovecha para iluminación de todo el cuerpo. En esta obra tu clemencia se alegra debida y justamente, habiendo provisto fiel y oportunamente que las redes del diablo no dañaran a las iglesias orientales, sino que, para propiciar a Dios en todas partes, se ofrecieran holocaustos más aceptables; puesto que por el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, una y la misma fe es sostenida por pueblos, sacerdotes y príncipes, oh hijo gloriosísimo y clementísimo Augusto.

    II. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia

    Carta 104, § II

    Pero ahora que estas cosas, por las cuales se reunió tan gran concurso de sacerdotes, han sido llevadas a una conclusión buena y deseable, me sorprendo y me duelo de que la paz de la Iglesia universal, que había sido divinamente restaurada, sea de nuevo perturbada por un espíritu de ambición. Pues aunque mi hermano Anatolio parece haber consultado necesariamente su propio interés al abandonar el error de quienes lo ordenaron y al aceptar con saludable cambio de parecer la fe católica, sin embargo debió cuidarse de no manchar con depravación alguna de deseo aquello que se sabe que obtuvo por mediación tuya. Porque nosotros, teniendo en cuenta tu fe y tu intervención, aunque sus antecedentes eran sospechosos a causa de quienes lo consagraron, quisimos ser más bien indulgentes que justos con él, para que con la aplicación de remedios pudiéramos aplacar todas las perturbaciones que por obra del diablo se habían suscitado; y esto debió hacerlo más modesto, no lo contrario. Pues aunque hubiera sido ordenado legítima y regularmente por méritos insignes y por una elección sapientísima, sin embargo, sin el respeto debido a los cánones de los Padres, a las ordenanzas del Espíritu Santo y a los precedentes de la antigüedad, ningún voto habría podido favorecerle. Hablo ante un príncipe cristiano y verdaderamente religioso, verdaderamente ortodoxo, cuando digo que el obispo Anatolio menoscaba en gran medida sus propios méritos al desear un engrandecimiento indebido.

    III. La ciudad de Constantinopla, aunque sea regia, jamás podrá ser elevada a rango apostólico

    Carta 104, § III

    Tenga, como deseamos, la ciudad de Constantinopla su alto rango, y goce largamente, bajo la protección de la diestra de Dios, del gobierno de tu clemencia. Pero las cosas seculares se asientan sobre base distinta de las divinas, y no puede haber edificio seguro sino sobre aquella roca que el Señor puso por fundamento. Quien codicia lo que no se le debe, pierde lo que es suyo. Bástele a Anatolio que con el auxilio de tu piedad y con mi favor y aprobación haya obtenido el obispado de ciudad tan grande. No desdeñe una ciudad que es regia, aunque no pueda hacer de ella una Sede Apostólica; y de ningún modo espere poder elevarse causando injuria a otros. Porque los privilegios de las iglesias, determinados por los cánones de los santos Padres y fijados por los decretos del Sínodo de Nicea, no pueden ser derribados por acto alguno inescrupuloso ni perturbados por innovación alguna. Y en la fiel ejecución de esta tarea con el auxilio de Cristo estoy obligado a mostrar una devoción inquebrantable; pues es un encargo que se me ha confiado, y redunda en mi condenación si las reglas sancionadas por los Padres y redactadas bajo la guía del Espíritu de Dios en el Sínodo de Nicea para el gobierno de toda la Iglesia son violadas con mi connivencia (¡Dios no lo permita!), y si los deseos de un solo hermano pesan para mí más que el bien común de toda la casa del Señor.

    IV. Pide al Emperador que manifieste su desaprobación del espíritu ambicioso de Anatolio

    Carta 104, § IV

    Y por tanto, sabiendo que tu gloriosa clemencia está ansiosa por la paz de la Iglesia y extiende su protección y aprobación a aquellas medidas que conducen a la unidad pacífica, ruego y suplico con encarecida instancia que niegues toda sanción y protección a estos intentos inescrupulosos contra la unidad y la paz cristianas, y pongas un freno saludable a los deseos de mi hermano Anatolio, los cuales, si persiste, sólo habrán de perjudicarle a él mismo: que no desee cosas opuestas a tu gloria y a las necesidades de los tiempos, ni quiera ser más grande que sus predecesores, y que le sea lícito ser tan eminente cuanto pueda en las virtudes, de las cuales sólo será partícipe si prefiere ser adornado por el amor antes que hinchado por la ambición. La concepción de este deseo injustificable no debería, en verdad, haberla recibido jamás en el secreto de su corazón; pero cuando mis hermanos y coobispos que estaban allí para representarme se le opusieron, al menos habría debido desistir de su ilícita ambición ante su saludable oposición. Pues tanto tu graciosa Majestad como su propia carta afirman que los legados de la Sede Apostólica se le opusieron como debían, con la más justificada resistencia, de modo que su presunción fue tanto menos excusable cuanto que ni aun reprendida se contuvo.

    V. Y para procurar que recobre un recto modo de pensar

    Carta 104, § V

    Y por tanto, porque conviene a tu fe gloriosa que, así como la herejía fue derribada obrando Dios por medio de ti, así ahora sea vencida toda ambición, haz lo que conviene tanto a tu bondad cristiana como a tu bondad regia, de modo que dicho obispo obedezca a los Padres, favorezca la causa de la paz y no piense que tenía derecho alguno a ordenar un obispo para la Iglesia de Antioquía, como presumió hacer sin precedente alguno y contra las disposiciones de los cánones: acto que, por el anhelo de restablecer la fe y por el interés de la paz, hemos determinado no anular. Absténgase, pues, de hacer ultraje a las reglas de la Iglesia y evite los excesos ilícitos, no sea que, al intentar cosas desfavorables a la paz, se separe a sí mismo de la Iglesia universal. Mucho más querría amarlo por obrar sin culpa que hallarlo persistir en esta disposición presuntuosa que puede separarlo de todos nosotros. Mi hermano y coobispo Luciano, quien con mi hijo Basilio el diácono trajo la carta de tu clemencia hasta mí, cumplió con toda devoción los deberes que asumió como legado; pues no ha de considerarse que fracasó en su misión, sino que más bien el curso de los acontecimientos le falló a él. Dado el 22 de mayo, en el consulado del ilustre Herculano (452).

    Carta 105

    Carta 105, encabezado

    (A Pulqueria Augusta, acerca de la ambición de Anatolio.)

    I. Felicita a la Emperatriz por el triunfo de la fe, pero lamenta que se haya introducido una nueva controversia en la Iglesia

    Carta 105, § I

    León, obispo, a Pulqueria Augusta.
    Nos alegramos inefablemente con tu Gracia de que la fe católica haya sido defendida contra los herejes y la paz restaurada en toda la Iglesia por el celo santo y agradable a Dios de tu clemencia, dando gracias al Dios misericordioso y todopoderoso porque no ha permitido que nadie, salvo los que amaron las tinieblas más que la luz, fuera defraudado de la verdad evangélica; de modo que, disipadas las nieblas del error, la luz purísima pudiera levantarse en los corazones de todos, y el enemigo amante de las tinieblas no triunfara sobre ciertas almas débiles, a las cuales han vencido no sólo los que permanecieron ilesos, sino también aquellos a quienes él había hecho vacilar, y para que, abolido el error, la fe verdadera reinara en todo el mundo, y «toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre [].» Pero cuando el mundo entero había sido confirmado en la unidad del Evangelio y los corazones de todos los sacerdotes habían sido guiados a una misma creencia, habría sido mejor que, aparte de aquellos asuntos para los cuales se reunió el santo sínodo y que fueron llevados a un acuerdo satisfactorio por el celo de tu Gracia, nada se introdujera para contrarrestar ventaja tan grande, y que un concilio de obispos no se convirtiera en ocasión para la promoción inoportuna de un deseo ilegítimo.

    II. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente

    Carta 105, § II

    Pues mi hermano y coobispo Anatolio, no considerando suficientemente la bondad de tu Gracia y el favor de mi asentimiento, por el cual obtuvo el sacerdocio de la iglesia de Constantinopla, en lugar de alegrarse por lo ganado, se ha inflamado con deseos indebidos más allá de la medida de su rango, creyendo que su intemperante ambición podía ser favorecida por la afirmación de que ciertas personas habían manifestado su asentimiento a ello mediante una firma arrancada a la fuerza; y esto a pesar de que mis hermanos y coobispos que me representaban expresaron fiel y loablemente su disconformidad con estos intentos, que están condenados a un rápido fracaso. Porque nadie puede atreverse a nada en oposición a las disposiciones de los cánones de los Padres, que hace muchos años fueron fundados en la ciudad de Nicea sobre los decretos del Espíritu, de modo que quien quiera aprobar un decreto distinto se perjudica a sí mismo antes que menoscabarlos. Y si todos los pontífices los guardaran inviolados como debieran, habría paz perfecta y completa armonía en todas las iglesias: no habría desacuerdos sobre el rango, ni disputas sobre las ordenaciones, ni controversias sobre privilegios, ni contiendas por tomar lo ajeno; sino que por la hermosa ley del amor se guardaría un orden razonable tanto en la conducta como en el oficio, y será verdaderamente grande quien se halle libre de toda ambición, como dice el Señor: «El que quiera hacerse grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, sea vuestro siervo; así como el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir [].» Y, sin embargo, estos preceptos fueron dados entonces a hombres que deseaban levantarse de una condición humilde y pasar de lo más bajo a lo más alto; pero ¿qué más codicia el gobernante de la iglesia de Constantinopla de lo que ha ganado? ¿O qué lo satisfará, si la magnificencia y el renombre de ciudad tan grande no bastan? Es demasiado arrogante e intemperante salirse así de todos los límites debidos y, pisoteando la costumbre antigua, querer apoderarse de un derecho ajeno: aumentar la dignidad de un solo hombre a expensas de la primacía de tantos metropolitanos, y llevar una nueva guerra de confusión a provincias pacíficas que hace mucho tiempo fueron asentadas por las disposiciones del santo Sínodo de Nicea: quebrantar los decretos de los venerables Padres alegando el consentimiento de ciertos obispos, que ni siquiera el transcurso de tantos años ha hecho efectivo. Pues se jacta de que esto se ha tolerado ya durante casi sesenta años, y dicho obispo piensa que con ello se le ayuda; pero en vano busca ayuda en aquello que, aun cuando un hombre osara desearlo, jamás podría obtener.

    III. Sólo imitando a su predecesor recobrará la confianza de León: el asentimiento de los obispos se declara nulo y sin efecto

    Carta 105, § III

    Dése cuenta de a qué hombre ha sucedido y, expulsando todo espíritu de soberbia, imite la fe de Flaviano, la modestia de Flaviano, la humildad de Flaviano, que lo ha elevado hasta la gloria de confesor. Si resplandece con sus virtudes, merecerá toda alabanza y en todas partes ganará abundancia de amor, no buscando el encumbramiento humano, sino mereciendo el favor divino. Y con este cuidadoso proceder, prometo que atará también mi corazón a él, y el amor de la Sede Apostólica, que siempre hemos otorgado a la iglesia de Constantinopla, jamás será violado por cambio alguno. Porque si a veces los gobernantes caen en errores por falta de moderación, no por ello las iglesias de Cristo pierden su pureza. Pero los asentimientos de los obispos, que se oponen a las disposiciones de los santos cánones compuestos en Nicea con la colaboración de tu fiel Gracia, no los reconocemos, y por la autoridad del bienaventurado apóstol Pedro los anulamos absolutamente en términos generales, obedeciendo en todos los casos eclesiásticos aquellas leyes que el Espíritu Santo promulgó por medio de los trescientos dieciocho obispos para la observancia pacífica de todos los sacerdotes, de tal modo que, aunque un número mucho mayor aprobara un decreto distinto al de ellos, todo lo que se opusiera a su constitución habría de ser tenido en ninguna consideración.

    IV. Solicita a la Emperatriz que acoja favorablemente su carta

    Carta 105, § IV

    Así pues, ruego a tu Gracia que reciba con espíritu digno esta extensa carta, en la que he tenido que exponer mi parecer, por manos de mi hermano y coobispo Luciano, quien, en cuanto de él dependía, ha cumplido fielmente los deberes solícitos de su encargo como mi legado, y de mi hijo Basilio, el diácono. Y puesto que es costumbre tuya trabajar por la paz y la unidad de la Iglesia, por la salud de su alma mantén a mi hermano Anatolio, el obispo, a quien por tu consejo he extendido mi amor, dentro de aquellos límites que le sean provechosos, para que así como la gloria de tu clemencia es ya engrandecida por la restauración de la fe, así sea publicada por doquier para la represión de la ambición. Dado el 22 de mayo, en el consulado del ilustre Herculano (452).
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