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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
  55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

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    TEXTOS — LEÓN MAGNO

    Índice de la obra

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    Cartas (con el Tomo a Flaviano)

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers43 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 10 · Carta 123Publicado el Actualizado el Ref. ESC-LEO-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 1
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCarta 4
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta 6
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minVI. Los presbíteros y diáconos no deben ser ordenados en días feriales, como tampoco los obispos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minII. Deben observarse días fijos para la ordenación de presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minII. Hilario perturba la paz de la Iglesia con su insubordinación
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minV. La actuación de Hilario fue muy reprensible en todo, y hemos restituido a Projecto
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 3 minIX. Leoncio es nombrado en lugar de Hilario
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCarta 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minV. Distingue entre los laicos que han sido elevados al episcopado y los clérigos bígamos, perdonando a aquéllos y no a éstos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minXI. Las vírgenes forzadas contra su voluntad deben ser tratadas de manera algo distinta de las demás, pero no se les ha de negar la Comunión
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minIII. Han de observarse los derechos de los metropolitanos bajo el vicariato de Anastasio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 3 minXII. En caso de divergencia de opinión entre el Vicario y los obispos, debe consultarse al obispo de Roma. Expónese la subordinación de las autoridades en la Iglesia
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta 15
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minIII. (2) Refútase su fantasía sobre las virtudes que proceden de Dios
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minVIII. (7) Se condena su rechazo del matrimonio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minXIV. (13) Se rechaza su fantástica división de las Escrituras
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minEl cuerpo de Cristo descansó realmente en el sepulcro y realmente resucitó
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minIII. Es preciso distinguir una fiesta de otra en cuanto a dignidad y ocasión
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minV. El ejemplo de San Pedro como autoridad para los bautismos de Pentecostés
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCarta 17
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minII. Los presbíteros que cedieron, que sean degradados con el usurpador al último lugar: los demás conservarán sus puestos
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Apela a León en busca de protección
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minIII. Se expone la herejía de Eutiques
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minI. Alaba la piedad del Emperador y menciona la apelación de Eutiques
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 9 minIII. Acusa recibo de la carta de León
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minIII. Se exponen la fe y el consejo de Dios acerca de la encarnación del Verbo
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minV. Se prueba por la Escritura que la carne de Cristo es real
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 3 minVI. La concesión errónea y perjudicial de Eutiques. Las condiciones bajo las cuales puede ser readmitido a la comunión. El envío de representantes al Oriente
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 29
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minIII. De la unión de las dos naturalezas fluye la gracia del bautismo. Hace un llamamiento directo a Pulqueria para que le ayude
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 33
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCarta 35
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 37
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 42
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCarta 44
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 45
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Elogia el celo de León contra los maniqueos y, últimamente, contra el eutiquianismo, como se evidencia especialmente en el Tomo
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minVII. Estando él mismo impedido, ha enviado delegados a defender su causa
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minIII. Perfecto Dios y perfecto hombre se unieron en Cristo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minV. Se reafirma la verdadera doctrina de la Encarnación y se la encomienda a su custodia
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minCarta 68
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minII. Promete aceptar a Anatolio cuando haga esta confesión y pide un concilio en Italia para definir finalmente la fe
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 5 minCarta 80
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 7 minCarta 82
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCarta 88
    48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 6 minII. Les ruega que reafirmen la fe tal como se establece en el Tomo
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minIV. Incluso los autores del daño pueden hallar lugar para el perdón mediante el arrepentimiento
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 7 minIV. Anuncian su decisión de que Constantinopla tenga la precedencia después de Roma, y piden el consentimiento de León
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minII. Consideradas todas las circunstancias, era de esperar que Anatolio mostrase más modestia
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 5 minII. Los cánones nicenos son inalterables y obligan universalmente
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCarta 106
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Los cánones nicenos son de aplicación universal y no han de torcerse a interpretaciones privadas
    55. Sesión 55 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. La penitencia solo es segura en esta vida
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 7 minIII. Envía una carta de san Atanasio para mostrar que la herejía actual no es sino un resurgimiento de herejías ya refutadas
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minIII. Pide más información sobre los disturbios en Palestina y en Egipto
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Aecio debe contentarse por ahora con el favor del Emperador
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minIV. Son vanos los intentos de Anatolio de subvertir las decisiones de Nicea
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 7 minII. La victoria de Cristo ha ganado a muchos para la fe
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 3 minV. La ortodoxia de Teodoreto ha sido feliz y plenamente vindicada
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 7 minCarta 123
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minIII. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minVI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 6 minVIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minII. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minII. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 4 minVI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minCarta 159
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 7 minVIII. Sobre el bautismo administrado por herejes
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Debe obligarse a los herejes a renunciar a sus usurpaciones y dejarse al juicio de Dios
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 7 minIV. Si ha de ejercerse la misericordia divina, los herejes deben abandonar por completo el error de sus caminos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minII. El bautismo administrado por herejes no debe invalidarse con un segundo bautismo
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 2
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCuestión 13
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 5 minIII. No debe accederse a la petición de indulgencia de Timoteo en razón de su ortodoxia

    Carta 123

    Carta 123, encabezado

    A Eudocia Augusta, sobre los monjes de Palestina.

    I. Petición de que use su influencia ante los monjes de Palestina para reducirlos al orden

    Carta 123, § I

    León, el obispo, a Eudocia Augusta.
    No dudo que tu piedad es consciente de cuán grande es mi devoción a la fe católica, y con qué cuidado estoy obligado, con la ayuda de Dios, a guardar que el Evangelio de la verdad no sea resistido en tiempo alguno por hombres ignorantes o desleales. Y, por tanto, después de expresarte mis debidos saludos, que tu clemencia está siempre obligada a recibir de mis manos, suplico al Señor que me alegre con la noticia de tu bienestar, y que traiga, cada vez más, ayuda por tu medio al mantenimiento de aquel artículo de la fe sobre el cual las mentes de ciertos monjes dentro de la provincia de Palestina se han turbado mucho; de modo que, con todo el celo de tu piedad, toda confianza en tal perversidad herética sea destruida. Pues ¿qué sino pura destrucción era de temer por hombres a quienes no movían ni los principios de los misterios de Dios, ni la autoridad de las Escrituras, ni la evidencia de los mismos lugares sagrados? Ojalá aproveche, pues, a las Iglesias, como por el favor de Dios les aprovecha, y ojalá aproveche al género humano mismo, que el Verbo de Dios adoptó en la Encarnación, que hayas concebido el deseo de fijar tu morada en aquel país donde las pruebas de sus hechos maravillosos y las señales de sus sufrimientos te hablan de nuestro Señor Jesucristo no solo como verdadero Dios sino también como verdadero Hombre.

    II. Se les ha de decir que la fe católica rechaza tanto el extremo eutiquiano como el nestoriano. Desea ser informado de hasta dónde logra ella éxito

    Carta 123, § II

    Si, pues, los susodichos reverencian y aman el nombre de «católico» y desean ser contados entre los miembros del cuerpo del Señor, rechacen los torcidos errores que en su temeridad han cometido, y muestren penitencia por sus malvadas blasfemias y hechos de sangre. Por la salvación de sus almas, cedan ante los decretos sinodales que han sido confirmados en la ciudad de Calcedonia. Y porque nada sino la fe verdadera y la humildad quieta alcanza la comprensión del misterio de la salvación del hombre, crean lo que leen en el Evangelio, lo que confiesan en el Credo, y no se mezclen con doctrinas malsanas. Pues así como la fe católica condena a Nestorio, que se atrevió a sostener dos personas en nuestro único Señor Jesucristo, así también condena a Eutiques y a Dioscoro, que niegan que la verdadera carne humana fuera asumida en el seno de la Virgen Madre por el Verbo unigénito de Dios.
    Si tus exhortaciones tienen algún éxito en convencer a estas personas, lo cual te ganará gloria eterna, suplico a tu clemencia que me lo informe por carta; para que yo tenga el gozo de saber que has recogido el fruto de tu buena obra, y que ellos, por la misericordia del Señor, no han perecido. Dado el 15 de junio, en el consulado del ilustre Opilión (453).

    Carta 124

    Carta 124, encabezado

    A los monjes de Palestina.

    I. Posiblemente han sido engañados por una traducción errónea de su carta sobre la Encarnación a Flaviano

    Carta 124, § I

    León, el obispo, a todo el cuerpo de monjes establecidos en toda Palestina.
    El ansioso cuidado que debo a toda la Iglesia y a todos sus hijos ha averiguado por muchas fuentes que se ha causado alguna ofensa a vuestras mentes, amados, a través de mis intérpretes, quienes, siendo o ignorantes, según parece, o maliciosos, os han hecho tomar algunas de mis declaraciones en un sentido distinto al que yo quise decir, no siendo capaces de traducir el latín al griego con la debida exactitud, aunque en la explicación de asuntos sutiles y difíciles, quien emprende discutirlos apenas puede satisfacerse a sí mismo incluso en su propia lengua. Y sin embargo, esto hasta ahora ha sido ventajoso para mí, porque al desaprobar vosotros lo que la fe católica rechaza, sabemos que sois más amigos de lo verdadero que de lo falso; y que muy propiamente rehusáis creer lo que yo mismo también aborrezco, de acuerdo con la doctrina antigua. Pues aunque mi carta dirigida al obispo Flaviano, de santa memoria, es de por sí suficientemente explícita, y no necesita ni corrección ni explicación, sin embargo otros de mis escritos armonizan con esa carta, y en ellos mi posición se hallará expuesta de modo semejante. Pues me fue impuesta la necesidad de argumentar contra los herejes que han arrojado a muchos de los pueblos de Cristo a la confusión, tanto ante nuestros clementísimos príncipes como ante el santo Concilio sinodal y la iglesia de Constantinopla, y así he establecido lo que debemos pensar y sentir sobre la Encarnación del Verbo según la enseñanza del Evangelio y de los Apóstoles, y en nada me he apartado del credo de los santos Padres: porque la fe es una, verdadera, única, católica, y a ella nada puede añadirse, nada quitarse; aunque Nestorio primero, y ahora Eutiques, han procurado asaltarla desde un punto de vista opuesto, pero con similar deslealtad, y han intentado imponer a la Iglesia de Dios dos herejías contradictorias, lo que ha llevado a que ambos sean merecidamente condenados por los discípulos de la Verdad; porque la falsa opinión que ambos sostenían de maneras diferentes era sumamente loca y sacrílega.

    II. Eutiques, que confunde las personas, debe ser rechazado tanto como Nestorio, que las separa

    Carta 124, § II

    Nestorio, por tanto, debe ser anatematizado por creer que la Bienaventurada Virgen María es madre de su humanidad solamente, con lo cual hizo de la persona de su carne una cosa, y de la de su Divinidad otra, y no reconoció al único Cristo en el Verbo de Dios y en la carne, sino que habló del Hijo de Dios como separado y distinto del hijo del hombre: aunque, sin perder aquella esencia inmutable que le pertenece junto con el Padre y el Espíritu Santo desde toda la eternidad y sin respecto al tiempo, el «Verbo se hizo carne» dentro del seno de la Virgen de tal manera que por aquella única concepción y único parto ella fue al mismo tiempo, en virtud de la unión de las dos sustancias, a la vez sierva y madre del Señor. Esto también lo sabía Isabel, como declara el evangelista Lucas, cuando dijo: «¿De dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a mí []?» Pero también Eutiques debe ser herido con el mismo anatema, quien, enredándose en los engañosos errores de los antiguos herejes, ha elegido el tercer dogma de Apolinario: de modo que niega la realidad de su carne humana y de su alma, y sostiene que todo nuestro Señor Jesucristo es de una sola naturaleza, como si la Divinidad del Verbo se hubiera transformado en carne y alma: y como si ser concebido y nacer, ser amamantado y crecer, ser crucificado y morir, ser sepultado y resucitar, y ascender al cielo y sentarse a la diestra del Padre, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos — como si todas esas cosas pertenecieran solo a aquella esencia que no admite ninguna de ellas sin la realidad de la carne: viendo que la naturaleza del Unigénito es la naturaleza del Padre, la naturaleza del Espíritu Santo, y que la indivisa unidad e igualdad consustancial de la Trinidad eterna es a la vez impasible e inmutable. Pero si este hereje se aparta de las perversas opiniones de Apolinario, no sea que se le pruebe que sostiene que la Divinidad es pasible y mortal, y sin embargo se atreve a pronunciar que la naturaleza del Verbo encarnado, es decir, del Verbo hecho carne, es una, indudablemente se pasa a la loca opinión de Maniqueo y Marción, y cree que el hombre Jesucristo, el mediador entre Dios y los hombres, hizo todas las cosas de modo irreal, y no tuvo cuerpo humano, sino que una aparición fantasmagórica se presentó a los ojos de los espectadores.

    III. El reconocimiento de nuestra naturaleza en Cristo es necesario para la ortodoxia

    Carta 124, § III

    Como estas iniquas mentiras fueron en otro tiempo rechazadas por la Fe católica, y las blasfemias de tales hombres condenadas por los votos unánimes de los bienaventurados Padres en todo el mundo, quienesquiera que sean estos tan cegados y extraños a la luz de la verdad como para negar la presencia de la naturaleza humana, es decir, la nuestra, en el Verbo de Dios desde el tiempo de la Encarnación, deben mostrar con qué fundamento reclaman el nombre de cristianos, y de qué manera armonizan con el verdadero Evangelio, si el parto de la bienaventurada Virgen produjo o la carne sin la Divinidad o la Divinidad sin la carne. Pues así como no puede negarse que «el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros [],» así tampoco puede negarse que «Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo [].» Pero ¿qué reconciliación puede haber, por la cual Dios sea propiciado a favor del género humano, a menos que el mediador entre Dios y los hombres se hiciera cargo de la causa de todos? ¿Y de qué manera podría cumplir debidamente su mediación, a menos que Aquel que en la forma de Dios era igual al Padre, fuera también partícipe de nuestra naturaleza en la forma de siervo, de modo que el único Hombre nuevo realizara la renovación del viejo, y el vínculo de la muerte que nos ató por la prevaricación de un solo hombre fuera desatado por la muerte del único Hombre que era el único que nada debía a la muerte? Pues el derramamiento de la sangre del justo en favor de los injustos fue tan poderoso en su eficacia, tan rico rescate que, si todo el cuerpo de nosotros los cautivos creyese tan solo en su Redentor, ninguno quedaría retenido en las cadenas del tirano; pues, como dice el Apóstol, «donde abundó el pecado, sobreabundó mucho más la gracia [].» Y ya que nosotros, que nacimos bajo la imputación del pecado, hemos recibido el poder de un nuevo nacimiento para la justicia, el don de la libertad se ha hecho más fuerte que la deuda de la esclavitud.

    IV. Solo se benefician de la sangre de Cristo quienes participan verdaderamente en su muerte y resurrección

    Carta 124, § IV

    ¿Qué esperanza, pues, dejan para sí en la eficacia de este misterio los que niegan la realidad de la persona humana en el cuerpo de nuestro Salvador? Digan por qué sacrificio han sido reconciliados, por qué derramamiento de sangre han sido reintegrados. ¿Quién es Aquel «que se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y víctima a Dios en olor de suavidad []:» o qué sacrificio fue jamás más santo que aquel que el verdadero Sumo Sacerdote puso sobre el altar de la cruz mediante la inmolación de su propia carne? Pues aunque a los ojos del Señor la muerte de muchos de sus santos ha sido preciosa, sin embargo, la muerte de ningún inocente fue la propiciación del mundo. Los justos han recibido, no otorgado, coronas; y de la resistencia de los fieles han surgido ejemplos de paciencia, no el don de la justificación. Pues sus muertes les afectaron solo a ellos mismos, y nadie ha pagado con su propia muerte la deuda de otro: uno solo entre los hijos de los hombres, nuestro Señor Jesucristo, sobresale como Aquel en quien todos son crucificados, todos mueren, todos son sepultados, todos resucitan. Acerca de ellos dijo Él mismo: «cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» También la fe verdadera, que justifica a los transgresores y los hace justos, es atraída hacia Aquel que compartió su naturaleza humana, y obtiene la salvación en Él, en quien únicamente el hombre se halla libre de culpa; y así es libre de gloriarse en el poder de Aquel que en la humillación de nuestra carne entró en combate con el enemigo soberbio y compartió su victoria con aquellos en cuyo cuerpo había triunfado.

    V. Las acciones de las dos naturalezas de Cristo deben mantenerse distintas

    Carta 124, § V

    Así pues, aunque en nuestro único Señor Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre, la persona del Verbo y de la carne es una sola, y ambos seres tienen sus acciones en común, sin embargo debemos comprender el carácter de los actos mismos y, por la contemplación de la fe sincera, distinguir aquellos a los que se inclina la humildad de su debilidad de aquellos a los que tiende su poder sublime: qué es lo que no hace la carne sin el Verbo ni el Verbo sin la carne. Por ejemplo, sin el poder del Verbo la Virgen no habría concebido ni dado a luz; y sin la realidad de la carne su infancia no habría yacido envuelta en pañales. Sin el poder del Verbo los Magos no habrían adorado al Niño que una nueva estrella les había señalado; y sin la realidad de la carne no se habría ordenado que aquel Niño fuera llevado a Egipto y sustraído a la persecución de Herodes. Sin el poder del Verbo la voz del Padre proferida desde el cielo no habría dicho: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco:» y sin la realidad de la carne Juan no habría podido señalarlo y decir: «He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo.» Sin el poder del Verbo no habría habido restitución de la salud a los enfermos ni resurrección de los muertos a la vida; y sin la realidad de la carne no habría tenido hambre ni necesidad de alimento, ni se habría fatigado ni necesitado descanso. Finalmente, sin el poder del Verbo, el Señor no habría proclamado que era igual al Padre, y sin la realidad de la carne no habría dicho también que el Padre era mayor que Él; porque la fe católica sostiene y defiende ambas posiciones, creyendo que el único Hijo de Dios es a la vez Hombre y Verbo según las propiedades distintivas de su sustancia divina y humana.

    VI. No hay confusión de las dos naturalezas en Cristo

    Carta 124, § VI

    Así pues, aunque desde aquel principio por el cual en el seno de la Virgen «el Verbo se hizo carne,» jamás surgió división alguna entre la sustancia divina y la humana, y a través de todo el crecimiento y los cambios de su cuerpo, las acciones fueron de una sola Persona durante todo el tiempo, sin embargo no confundimos, por mezcla alguna, los actos mismos que se realizaron inseparablemente; y por el carácter de los actos percibimos lo que pertenecía a cada una de las dos formas. Pues ni los actos divinos afectan a los humanos, ni los humanos a los divinos, ya que ambos concurren de tal modo y a tal fin que en su operación sus dos cualidades no sean absorbidas la una por la otra, ni su individualidad se duplique. Por tanto, dígannos esos forjadores cristianos de fantasmas qué naturaleza del Salvador fue la que estuvo clavada en el madero de la Cruz, la que yació en el sepulcro y la que al tercer día resucitó en la carne cuando la piedra fue removida del sepulcro; o qué clase de cuerpo presentó Jesús a los ojos de sus discípulos cuando entró estando cerradas las puertas; puesto que, para disipar la incredulidad de los espectadores, les exigió que inspeccionaran con sus ojos y palparan con sus manos las huellas aún abiertas de los clavos y la herida de su costado traspasado en la carne. Pero si, a pesar de ser la verdad tan clara, su persistencia en la herejía no abandona su posición en las tinieblas, muestren de dónde se prometen la esperanza de la vida eterna, que nadie puede alcanzar sino por el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo. Pues «no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos [].» Ni hay rescate alguno de los hombres del cautiverio, sino en su sangre, «de Aquel que se dio a sí mismo en rescate por todos []:» quien, como proclama el bienaventurado Apóstol, «siendo en la forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios; sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en su porte como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre [].»

    VII. Fue en cuanto estaba «en forma de siervo,» no como Hijo de Dios, que fue exaltado

    Carta 124, § VII

    Así pues, aunque el Señor Jesucristo es uno, y la verdadera Divinidad y la verdadera Humanidad en Él forman absolutamente una sola y misma persona, y la totalidad de esta unión no puede ser separada por división alguna, sin embargo, la exaltación con la que «Dios lo exaltó,» y «le dio un nombre que sobrepasa todo nombre,» entendemos que pertenece a aquella forma que necesitaba ser enriquecida con este aumento de gloria. Ciertamente, «en la forma de Dios» el Hijo era igual al Padre, y entre el Padre y el Unigénito no había distinción en cuanto a la esencia, ni diversidad en cuanto a la majestad; ni por el misterio de la Encarnación había sido privado el Verbo de cosa alguna que hubiera de serle restituida por el don del Padre. Pero «la forma de siervo,» por la cual la Divinidad impasible cumplió una prenda de inmensa bondad amorosa, es la debilidad humana que fue elevada a la gloria del poder divino, estando la Divinidad y la Humanidad tan completamente unidas desde la concepción de la Virgen que sin la Humanidad no se realizaban los actos divinos, y sin la Divinidad no se realizaban los actos humanos. Por lo cual, así como se dice que el Señor de la majestad fue crucificado, así se dice que Aquel que desde la eternidad es igual a Dios fue exaltado. Ni importa de qué sustancia se hable de Cristo, ya que, permaneciendo inseparable la unidad de su persona, Él es a la vez enteramente Hijo del hombre según la carne y enteramente Hijo de Dios según su Divinidad, la cual es una con el Padre. Por tanto, todo lo que Cristo recibió en el tiempo, lo recibió en virtud de su Humanidad, a la cual se le confiere todo aquello que no tenía. Pues según el poder del Verbo, «todo lo que el Padre tiene» lo tiene también el Hijo sin distinción, y lo que «en la forma de siervo» recibió del Padre, Él mismo lo dio también en la forma del Padre. Él es en sí mismo a la vez rico y pobre; rico, porque «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho:» y pobre, porque «el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros.» Pero ¿qué es aquel despojarse de sí mismo, o aquella pobreza, sino la recepción de la forma de siervo, por la cual la majestad del Verbo quedaba velada y se llevaba a cabo el designio de la redención del hombre? Pues así como las cadenas originales de nuestro cautiverio no podían ser desatadas, a menos que apareciera un hombre de nuestra raza y de nuestra naturaleza que no estuviera bajo el perjuicio de la antigua deuda, y que con su sangre sin mancha pudiera borrar el vínculo de la muerte, tal como había sido divinamente preordenado desde el principio, así ocurrió en la plenitud de los tiempos que la promesa que había sido proclamada de muchas maneras alcanzara su cumplimiento largamente esperado, y que así, lo que había sido anunciado con frecuencia por un testimonio tras otro, quedara libre de toda duda.

    VIII. Protesta contra su infidelidad e inconsecuencia en esta materia

    Carta 124, § VIII

    Y así, habiendo sido destruidas todas estas herejías, que por la santa devoción de los Padres que presidían han sido cortadas del cuerpo de la unidad católica, y que merecieron ser alejadas de Cristo, porque han hecho de la Encarnación del Verbo, que es la única salvación de los que creen rectamente, una piedra de tropiezo y un escándalo para sí mismas, me sorprende que vosotros, amados, tengáis dificultad alguna para discernir la luz de la Verdad. Y puesto que ha quedado claro por numerosas explicaciones que la Fe cristiana obró rectamente al condenar tanto a Nestorio como a Eutiques con Dióscoro, y que no puede llamarse cristiano quien presta su asentimiento a la opinión blasfema del uno o del otro, me duele que vosotros, según oigo, estéis haciendo ultraje a la enseñanza del Evangelio y de los Apóstoles, provocando sediciones entre las diversas corporaciones de ciudadanos, perturbando las iglesias e infligiendo no solo injurias, sino incluso la muerte, a presbíteros y obispos, de modo que perdéis de vista vuestros propósitos y vuestra profesión a causa de vuestro furor y crueldad. ¿Dónde está vuestra norma de mansedumbre y quietud? ¿Dónde la longanimidad de la paciencia? ¿Dónde la tranquilidad de la paz? ¿Dónde el fundamento firme del amor y el valor de la perseverancia? ¿Qué mala persuasión os ha arrastrado, qué persecución os ha separado del evangelio de Cristo? ¿O qué extraña astucia del Engañador se ha manifestado, para que, olvidando a los profetas y a los apóstoles, olvidando el credo saludable y la confesión que pronunciasteis ante muchos testigos cuando recibisteis el sacramento del bautismo, os entreguéis a los engaños del Diablo? ¿Qué efecto habrían tenido en vosotros «las Garras» y otras torturas crueles, si los vanos comentarios de los herejes han tenido tanto peso para asaltar la pureza de vuestra fe? Pensáis que actuáis en favor de la Fe y, sin embargo, vais contra la Fe. Os armáis en nombre de la Iglesia y, sin embargo, lucháis contra la Iglesia. ¿Es esto lo que habéis aprendido de los profetas, evangelistas y apóstoles? ¿Negar la verdadera carne de Cristo, someter la esencia misma del Verbo al sufrimiento y a la muerte, hacer nuestra naturaleza distinta de la de Aquel que la reparó, y considerar todo lo que la cruz levantó, lo que la lanza atravesó, lo que la piedra del sepulcro recibió y devolvió, como obra únicamente del poder divino, y no también de la humildad humana? En referencia a esta humildad dice el Apóstol: «Porque no me avergüenzo del Evangelio [],» puesto que sabía qué oprobio arrojaban sobre los cristianos sus enemigos. Y, por tanto, también el Señor proclamó, diciendo: «Al que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre [].» Pues no serán dignos del reconocimiento del Hijo y del Padre aquellos en quienes la carne de Cristo no despierta respeto; y demostrarán no haber obtenido virtud alguna del signo de la cruz quienes se avergüenzan de confesar con sus labios lo que han consentido llevar sobre sus frentes.

    IX. Exhortación a aceptar la concepción católica de la Encarnación

    Carta 124, § IX

    Abandonad, hijos míos, abandonad estas sugestiones del diablo. Nada puede menoscabar la Verdad de Dios, pero la Verdad no nos salva sino en nuestra carne. Pues, como dice el profeta, «la verdad brota de la tierra,» y la Virgen María concibió al Verbo de tal manera que suministró carne de su propia sustancia para unirse a Él sin la adición de una segunda persona y sin la desaparición de su naturaleza; puesto que Aquel que estaba en la forma de Dios tomó la forma de siervo de tal manera que Cristo es uno y el mismo en ambas formas: Dios inclinándose a las cosas débiles del hombre, y el hombre elevándose a las cosas altas de la Divinidad, como dice el Apóstol: «de quienes son los padres, y de los cuales, según la carne, es Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén [].»

    Carta 129

    Carta 129, encabezado

    A Proterio, obispo de Alejandría.

    I. Elogia su constante lealtad a la Fe

    Carta 129, § I

    León a Proterio, obispo de Alejandría.
    Tu carta, amado, que nuestro hermano y coobispo Nestorio nos entregó debidamente, me ha causado gran alegría. Pues era conveniente que tal epístola fuera enviada por la cabeza de la iglesia de Alejandría a la Sede Apostólica, mostrando que los egipcios habían aprendido desde el principio de la enseñanza del bienaventuradísimo apóstol Pedro, a través de su bendito discípulo Marcos, aquello que se reconoce que los romanos han creído: que junto al Señor Jesucristo «no hay otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual deban ser salvos [].» Pero porque «no todos tienen fe []» y el astuto Tentador nunca se deleita tanto en herir los corazones de los hombres como cuando puede envenenar sus mentes incautas con errores opuestos a la Verdad del Evangelio, debemos esforzarnos, con la poderosa enseñanza del Espíritu Santo, por impedir que el conocimiento cristiano sea pervertido por las falsedades del diablo. Y contra este peligro conviene que los gobernantes de las iglesias especialmente vigilen y aparten de las mentes de la gente sencilla las mentiras que se colorean con cierta apariencia de verdad. «Porque estrecha y angosta es la senda que lleva a la vida [].» Y buscan atrapar a los hombres no tanto vigilando sus acciones como mediante sutiles distinciones de sentido, corrompiendo la fuerza de las sentencias con alguna pequeñísima adición o alteración, por lo cual a veces una afirmación que conducía a la salvación, por un cambio sutil, se convierte en perdición. Pero puesto que dice el Apóstol: «es preciso que haya herejías, para que los que son aprobados se hagan manifiestos entre vosotros [],» conduce al progreso de toda la Iglesia que, siempre que la maldad se revela al exponer opiniones erróneas, no se oculten las cosas dañinas, y que lo que inevitablemente acabará en ruina no dañe la inocencia de otros. Por lo cual deben atribuirse a sí mismos sus ciegos extravíos y caídas aquellos que con obstinación temeraria prefieren gloriarse en su vergüenza antes que aceptar el remedio que se les ofrece. Haces bien, hermano, en desagradarte de su contumacia, y te alabamos por mantener firmemente aquella enseñanza que ha llegado hasta nosotros de los bienaventurados Apóstoles y de los santos Padres.

    II. Que fortalezca a los fieles con la lectura pública de citas de los Padres sobre la cuestión y del Tomo

    Carta 129, § II

    Pues no hay predicación nueva en la carta que escribí en respuesta a Flaviano, de santa memoria, cuando me consultó acerca de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo; porque en nada me aparté de aquella regla de fe que vuestros antepasados y los nuestros mantuvieron abiertamente. Y si Dioscoro hubiese querido seguirlos e imitarlos, habría permanecido en el Cuerpo de Cristo, teniendo en las obras de Atanasio, de bendita memoria, materia de instrucción, y en los discursos de Teófilo y Cirilo, de santa memoria, medios más bien para oponerse laudablemente al dogma ya condenado que para elegir asociarse con Eutiques en su blasfemia. Por esto, amadísimo hermano, aconsejo en mi solicitud por la fe común que, pues los enemigos de la cruz de Cristo acechan todas nuestras palabras y sílabas, no les demos la menor ocasión de afirmar falsamente que concordamos con la doctrina nestoriana. Y debes exhortar con tanta diligencia a los laicos, a los clérigos y a toda la fraternidad a avanzar en la fe, que muestres que no enseñas nada nuevo, sino que infundes en los pechos de todos aquellas cosas que los Padres de venerada memoria enseñaron con armonía de declaración, y con las cuales en todo concuerda nuestra epístola. Y esto ha de mostrarse no solo con tus palabras, sino también con la lectura efectiva de declaraciones anteriores, para que el pueblo de Dios conozca que lo que los Padres recibieron de sus predecesores y transmitieron a sus descendientes, se les infunde todavía en el día presente. Y a este fin, leídas primero las declaraciones de los antedichos sacerdotes, recítense por último también mis escritos, para que los oídos de los fieles atestigüen que no predicamos otra cosa sino lo que recibimos de nuestros antepasados. Y porque sus entendimientos están poco ejercitados en discernir estas cosas, aprendan al menos por las cartas de los Padres cuán antiguo es este mal, que ahora condenamos tanto en Nestorio como en Eutiques, quienes ambos se han avergonzado de predicar el evangelio de Cristo según la enseñanza del Señor mismo.

    III. Han de mantenerse en todo los precedentes antiguos

    Carta 129, § III

    Por consiguiente, tanto en la regla de fe como en la observancia de la disciplina, manténgase en todo la norma de la antigüedad, y muestra, amado, la firmeza de un gobernante prudente, para que la iglesia de Alejandría obtenga el fruto de mi decidida resistencia a la desmedida ambición de algunos al mantener sus antiguos privilegios, y de mi determinación de que todos los metropolitanos conserven íntegra su dignidad, como comprobarás por el tenor de mis cartas, que he dirigido ya al santo Sínodo, ya al cristianísimo Emperador, ya al obispo de Constantinopla; pues advertirás que he puesto especial cuidado en no permitir desviación alguna de la regla de fe en las iglesias del Señor, ni disminución alguna de sus privilegios por la falta de escrúpulos de ningún individuo. Y siendo así, mantente firme, hermano, en la costumbre de tus predecesores, y conserva la debida autoridad sobre tus obispos comprovinciales, que por antigua constitución están sujetos a la Sede de Alejandría; de modo que no resistan al uso eclesiástico, ni rehúsen reunirse bajo tu presidencia, sea en los tiempos fijados, sea cuando lo demande una causa razonable; y que si ha de tratarse algo en una asamblea general que sea en beneficio de la Iglesia, reunidos así los hermanos, puedan llegar unánimemente a alguna resolución al respecto. Porque nada hay que deba apartarlos de esta obediencia, visto que tanto en la fe como en la conducta tenemos tan buen conocimiento de ti, hermano, que no permitiremos que pierdas autoridad alguna de tu predecesor, ni que seas menospreciado impunemente. Dado el 10 de marzo, en el consulado de los ilustres Aecio y Estudio (454).

    Carta 139

    Carta 139, encabezado

    A Juvenal, obispo de Jerusalén.

    I. Se alegra del regreso de Juvenal a la ortodoxia, aunque le reprende por haberse extraviado

    Carta 139, § I

    León, obispo de la ciudad de Roma, a Juvenal, obispo de Jerusalén.
    Cuando recibí tu carta, amado, que nos trajeron nuestros hijos Andrés el presbítero y Pedro el diácono, me alegré ciertamente de que se te hubiera permitido volver a la sede de tu obispado; pero al venir a mi memoria todas las razones que te acarrearon tan excesivas tribulaciones, me dolió pensar que tú mismo habías sido la fuente de tus adversidades por no persistir en la oposición a los herejes: pues no pueden los hombres sino pensar que no fuiste bastante valiente para refutar a aquellos con quienes, cuando estabas en el error, te declaraste satisfecho. Pues la condenación de Flaviano, de bendita memoria, y la aceptación del impíísimo Eutiques, ¿qué fue sino la negación de nuestro Señor Jesucristo según la carne? La cual Él mismo, por su gran misericordia, hizo que fuera derribada, cuando por la autoridad del santo Concilio de Calcedonia redujo a la nada aquel maldito juicio del Sínodo de Éfeso, sin impedir que ninguno de los contaminados fuera sanado por la corrección. Y por tanto, porque en el tiempo de la longanimidad has elegido volver a la sabiduría antes que persistir en la necedad, me alegro de que hayas buscado de tal modo los remedios celestiales que al fin te hayas convertido en defensor de la fe atacada por los herejes. Pues, aunque ningún sacerdote debe ignorar aquello que predica, todo cristiano que vive en Jerusalén es más inexcusable que todos los ignorantes, ya que se le enseña a comprender el poder del Evangelio no solo por la palabra escrita, sino por el testimonio de los lugares mismos, y lo que en otra parte no puede dejar de creerse, allí no puede permanecer oculto. ¿Por qué está en dificultad el entendimiento donde los ojos son sus maestros? ¿Y por qué son dudosas las cosas leídas u oídas, donde todos los misterios de la salvación del hombre se imponen a la vista y al tacto? Como si a cada uno de los que dudan el Señor usara todavía su voz humana y dijera: ¿por qué «estáis turbados, y por qué suben pensamientos a vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo [].»

    II. Que se fortalezca en su fe por las santas asociaciones del lugar donde vive

    Carta 139, § II

    Sírvete, pues, amadísimo hermano, de estas pruebas irrefutables de la fe católica y apoya la predicación de los Evangelistas con el testimonio de los santos lugares en que vives. En tu tierra está Belén, donde la Luz de la Salvación brotó del seno de la Virgen de la casa de David, a quien, envuelto en pañales, recibió el pesebre del atestado mesón. En tu tierra fue anunciada por ángeles la infancia del Salvador, adorado por los magos, buscado por Herodes con la muerte de muchos niños. En tu tierra fue donde creció su niñez, maduró su juventud y su verdadera naturaleza de hombre llegó a la perfecta condición humana por el crecimiento del cuerpo, no sin alimento para el hambre, no sin sueño para el descanso, no sin lágrimas de piedad, no sin temor y espanto: pues es una y la misma Persona quien en la forma de Dios obró grandes milagros de poder, y en la forma de siervo sufrió la crueldad de la pasión. Esto te dice sin cesar la misma cruz; esto clama la piedra del sepulcro, bajo la cual yació el Señor en condición humana, y de la cual resucitó por el poder divino. Y cuando te acercas al monte de los Olivos para venerar el lugar de la Ascensión, ¿no resuena en tus oídos la voz del ángel, que dice a los que estaban atónitos ante la elevación del Señor: «varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús, que fue tomado de vosotros al cielo, vendrá así tal como le habéis visto ir al cielo [].»

    III. Los hechos del Evangelio atestiguan la Encarnación

    Carta 139, § III

    El verdadero nacimiento de Cristo, pues, queda confirmado por la verdadera cruz; ya que Él mismo nace en nuestra carne, el cual es crucificado en nuestra carne, la cual, como en ella no entró pecado alguno, no habría podido ser mortal si no hubiera sido la de nuestra raza. Mas para devolver la vida a todos, tomó sobre sí la causa de todos y anuló la fuerza del antiguo vínculo pagándolo por todos, porque Él solo de todos nosotros no lo debía; para que, así como por la culpa de un solo hombre todos habían venido a ser pecadores, así por la inocencia de un solo hombre todos vinieran a ser inocentes, otorgándose la justicia a los hombres por Aquel que había asumido la naturaleza del hombre. Pues de ningún modo está fuera de nuestra verdadera naturaleza corporal Aquel de quien el Evangelista, al comenzar su relato, dice: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham [],» con lo cual concuerda la doctrina del bienaventurado apóstol Pablo, cuando dice: «cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas bendito por los siglos [],» y así a Timoteo: «Acuérdate,» dice, «que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de los muertos [].»

    IV. Los que todavía están en el error han de ser instruidos a fondo en la fe histórica

    Carta 139, § IV

    Mas cuántas son las autoridades, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, por las que se declara esta verdad, como corresponde a la antigüedad de tu Sede, claramente lo entiendes, pues la creencia de los Padres y mi carta escrita a Flaviano, de santa memoria, de la que tú mismo hiciste mención, confirmadas, como lo han sido, por el sínodo universal, te son suficientes. Y por tanto te corresponde, amado, cuidar de que nadie levante murmuración contra el inefable misterio de nuestra Redención y Esperanza. Mas si hay algunos que están todavía en las tinieblas de la ignorancia o en la discordia de la perversidad, sean instruidos por la autoridad de aquellos cuya doctrina en la Iglesia de Dios fue luminosa y clara, para que reconozcan que sobre la Encarnación del Verbo de Dios creemos lo que ellos creyeron, y no se coloquen por su obstinación fuera del Cuerpo de Cristo, en el cual morimos y resucitamos con Él; porque ni la lealtad a la fe ni el designio del misterio admite que la Divinidad sea pasible en su propia esencia, ni que la realidad sea falseada en su asunción de nuestra carne. Dado el 4 de septiembre, en el consulado de los ilustres Aecio y Estudio (454).

    Carta 156

    Carta 156, encabezado

    León, obispo, a León Augusto.

    I. No hay necesidad de abrir de nuevo ahora la cuestión de la doctrina

    Carta 156, § I

    La carta de vuestra clemencia, llena de fe vigorosa y de la luz de la verdad, la he recibido con el debido respeto; carta que desearía poder obedecer incluso en lo tocante a mi asistencia personal, que Vuestra Majestad juzga necesaria; pues entonces sacaría mayor provecho de la vista de vuestro esplendor. Pero creo que aprobaréis mi parecer cuando la razón lo muestre preferible. Pues ya que con santo y espiritual celo mantenéis de continuo la paz de la Iglesia, y nada conduce más a la defensa de la fe que adherirse a lo que ha sido definido de manera incontrovertible bajo la incesante guía del Espíritu Santo, parecerá que ponemos todo empeño en trastornar los decretos y, a instancias de la petición de un hereje, en derribar las autoridades que la Iglesia universal ha adoptado, y así en quitar todo límite a los conflictos de las Iglesias y, dando rienda suelta a la rebelión, en extender más bien que apaciguar las contiendas. Y por esto, porque después de las escenas vergonzosas del sínodo de Éfeso, donde por la maldad de Dioscoro fue rechazada la fe católica y aceptada la herejía de Eutiques, nada más útil pudo idearse para la preservación de la fe cristiana que el que el santo Sínodo de Calcedonia rescindiera sus malvados actos, y que allí se pusiera tal cuidado en la doctrina celestial, que nada permaneciera en la mente de nadie en desacuerdo con las palabras de los Profetas o de los Apóstoles, observándose, por supuesto, tal moderación que solo los rebeldes pertinaces fueran arrojados de la unidad de la Iglesia, y a nadie que estuviera arrepentido se le negara el perdón, ¿qué podrá decretar Vuestra Majestad más conforme con las expectativas de los hombres o con la religión, sino que a nadie en adelante se le permita atacar lo que ha sido determinado por decretos que son divinos más bien que humanos, no sea que sean verdaderamente dignos de perder el don de Dios quienes se han atrevido a dudar de su Verdad?

    II. La propuesta de reconsiderar la cuestión procede del Anticristo o del diablo mismo

    Carta 156, § II

    Pues, ya que la Iglesia universal ha venido a ser una roca (petra) por la edificación de aquella Roca original, y el primero de los Apóstoles, el santísimo Pedro, oyó la voz del Señor que decía: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra (petra) edificaré mi Iglesia [],» ¿quién hay que se atreva a asaltar tan inexpugnable fortaleza, a no ser que sea el Anticristo o el diablo, quien, permaneciendo inconverso en su maldad, se afana por sembrar mentiras mediante los vasos de ira apropiados a su perfidia, mientras bajo el falso nombre de diligencia finge buscar la Verdad? Y su desenfrenada locura y su ciega maldad han traído merecidamente sobre él desprecio y descrédito, de modo que, mientras se enfurece contra la santa iglesia de Alejandría con propósito diabólico, los hombres aprendan el carácter de quienes desean reconsiderar el Sínodo de Calcedonia. Pues de ningún modo pudo ser que allí se expresara una opinión contraria al santo Sínodo de Nicea, como falsamente sostienen los herejes, que fingen mantener la fe del Concilio Niceno, en el cual nuestros santos y venerables padres, reunidos contra Arrio, afirmaron no que la Carne del Señor, sino que la Divinidad del Hijo era homoousion con el Padre, mientras que en el Concilio de Calcedonia contra la blasfemia de Eutiques se definió que el Señor Jesucristo tomó la realidad de nuestro cuerpo de la sustancia de la Virgen madre.

    III. Todos los obispos de la cristiandad concuerdan con él en esto

    Carta 156, § III

    Por tanto, al dirigirme a nuestro cristianísimo Emperador, digno de ser contado entre los campeones de Cristo, uso la libertad de la fe católica y os exhorto sin temor a unir vuestra suerte a la de los Apóstoles y Profetas; a despreciar y rechazar con firmeza a quienes se han privado a sí mismos del nombre cristiano, y a no permitir que blasfemos parricidas, que, según se reconoce, desean anular la fe, discutan esa fe bajo pretextos traicioneros. Pues ya que el Señor ha enriquecido a vuestra clemencia con tal comprensión de su misterio, debéis considerar sin vacilación que el poder real os ha sido conferido no solo para el gobierno del mundo, sino más especialmente para la custodia de la Iglesia; de modo que, reprimiendo los intentos perversos, defendáis lo que ha sido rectamente decretado y restablezcáis la verdadera paz donde ha habido disturbio, es decir, deponiendo a los usurpadores de los derechos ajenos y reinstaurando la antigua fe en la Sede de Alejandría, para que con vuestras reformas se aplaque la ira de Dios, y así no tome venganza por sus hechos sobre un pueblo hasta ahora religioso, sino que los perdone. Poned ante los ojos de vuestro corazón, venerable Emperador, el hecho de que todos los sacerdotes del Señor que hay en todo el mundo os suplican en favor de aquella fe en la cual está la Redención de todo el mundo. En la cual os apelan más particularmente aquellos mantenedores de la fe apostólica que han presidido la Iglesia de Alejandría, rogando a Vuestra Majestad que no permita que herejes que han sido justamente condenados por su perversidad continúen en su usurpación; pues, sea que miréis la maldad de su error, sea que consideréis el hecho que su locura ha perpetrado, no solo no pueden ser admitidos a la dignidad del sacerdocio, sino que incluso merecen ser separados del nombre de cristiano. Porque— y ruego a Vuestra Majestad me perdone por decirlo— en cierta medida empañan vuestro propio esplendor, gloriosísimo Emperador, cuando tan traicioneros parricidas se atreven a pedir aquello que ni siquiera los inocentes podrían obtener lícitamente.

    IV. La diferencia entre las dos peticiones que han sido presentadas al Emperador

    Carta 156, § IV

    Se han presentado peticiones a Vuestra Majestad, cuyas copias adjuntasteis a vuestra carta. Pero en aquella que proviene, como súplica, de los católicos, se contiene una lista de firmas; y, como su causa tenía buena razón, se da a conocer con confianza el nombre de cada persona e incluso la dignidad de su rango. Pero en aquella que la intrusión herética no ha temido ofrecer a nuestro ortodoxo Emperador bajo la vaga sanción de un cuerpo abigarrado, se ocultan todos los nombres particulares por esta razón: para que no se descubra no solo la escasez de miembros, sino también su calidad. Pues piensan que conviene ocultar su número, aunque su condición queda indicada, y no sin razón temen proclamar su posición, viendo que merecen ser condenados. En el primer documento, por tanto, se contiene la petición de los católicos; en el otro se exponen las ficciones de los herejes. Aquí se lamenta la ruina de los sacerdotes del Señor, de todo el pueblo cristiano y de los monasterios; allí se muestra la continuación de enormes injusticias, de modo que lo que nunca debió haberse oído se permite que se extienda ampliamente.

    V. Es una gran oportunidad para que el Emperador demuestre su fe

    Carta 156, § V

    ¿No está claro a qué bando debéis apoyar y a cuál oponeros, si la iglesia de Alejandría, que siempre ha sido «casa de oración,» no ha de convertirse ahora en «cueva de ladrones []?» Pues ciertamente es manifiesto que por la crueldad y la rabia más locas se extingue toda la luz de los misterios celestiales. La ofrenda del sacrificio ha sido interrumpida, la consagración del crisma ha cesado, y de las manos asesinas de los impíos se han retirado todos los misterios. Ni puede haber duda alguna sobre qué decreto debe dictarse contra estos que, después de inefables actos de sacrilegio, después de derramar la sangre de un sacerdote de altísima reputación y de esparcir las cenizas de su cuerpo quemado para que fueran juguete de los vientos del cielo, se atreven a reclamar para sí los derechos de una dignidad usurpada y a denunciar ante los concilios la fe inviolable de la enseñanza apostólica. Grande es, por tanto, la oportunidad para vos de añadir a vuestra diadema, de la mano del Señor, también la corona de la fe, y de triunfar sobre los enemigos de la Iglesia: pues si es para vos motivo de alabanza vencer los ejércitos de las naciones adversarias, ¿cuán grande será la gloria de liberar de su tirano enloquecido a la iglesia de Alejandría, cuya aflicción es una injuria para todos los cristianos?

    VI. Promete enviar posteriormente declaraciones más detalladas sobre la fe, y le ruega que corrija ciertas cosas en las que Anatolio es negligente

    Carta 156, § VI

    Mas para que mi correspondencia tenga para Vuestra Majestad el efecto de un coloquio cara a cara, he considerado que cuantas sugerencias quisiera hacer sobre nuestra fe común deben transmitirse en comunicaciones posteriores. Y para que las páginas de esta epístola no alcancen demasiada extensión, he resumido en otra carta lo que conviene a la defensa de la fe católica, a fin de que, aunque las declaraciones publicadas de la Sede Apostólica fueran suficientes, estas declaraciones adicionales sirvan también para romper las asechanzas de los herejes. Porque la mente sacerdotal y apostólica de Vuestra Majestad debe inflamarse aún más para la justa venganza contra este mal pestilencial, que mancha la pureza de la iglesia de Constantinopla, en la cual se hallan ciertos clérigos que concuerdan con las interpretaciones de los herejes y que, en el corazón mismo de la Iglesia, los ayudan con su apoyo. Si al expulsarlos mi hermano Anatolio se mostrara negligente por una indulgencia demasiado bondadosa, dignaos mostrar vuestra fe aplicando también este remedio a la Iglesia, de modo que tales hombres sean expulsados no solo de las filas del clero, sino también de residir en la ciudad. Os encomiendo a los leales súbditos de Vuestra Majestad, el obispo Juliano y el presbítero Ezecio, pidiéndoos que os dignéis escuchar con calma sus sugerencias en defensa de la fe católica, porque son en verdad hombres que pueden resultar útiles a vuestra fe en todas las cosas. Dado el 1 de diciembre, en el consulado de los ilustres Constantino y Rufo (457).

    Carta 158

    Carta 158, encabezado

    León a los obispos católicos egipcios que se encuentran en Constantinopla.

    Los anima en sus sufrimientos por la fe, y en sus súplicas de reparación al Emperador

    Carta 158

    Ya antes he quedado tan entristecido por las noticias de los crímenes cometidos en Alejandría, y mi espíritu tan herido por la atrocidad del hecho mismo, que no sé qué lágrimas mostrar ni qué lamentación proferir por ello, y desearía usar las palabras del profeta, «¿Quién dará agua a mi cabeza y a mis ojos una fuente de lágrimas?» Sin embargo, anticipándome a vuestra queja, amados, he suplicado a nuestro clementísimo y cristianísimo Emperador un remedio para estos grandes males, y por medio de nuestros hijos y ayudantes Geroncio y Olimpio he pedido en otra ocasión que se apresure a purgar de una herejía ya condenada a la iglesia de aquella ciudad, en la que han florecido tantos maestros católicos, y no permita que espíritus asesinos, a quienes ningún respeto por el lugar ni por el tiempo pudo apartar de derramar la sangre de su obispo, obtengan algo de su clemencia, tanto más cuanto que desean reabrir el concilio de Calcedonia para ruina de la fe. Por consiguiente, la misma razón, amados, que os arrojó de vuestras propias Sedes debe consolaros en vuestros sufrimientos; pues es cierto que las almas afligidas que padecen adversidad por su Nombre no se ven en modo alguno privadas de la protección del Señor. Sufridlo, pues, con valentía y, acordándoos de aquella patria que es vuestra, alegraos de vuestra estancia presente en tierra extraña. Absteneos de llorar por vuestro destierro y no os entreguéis a la tristeza por vuestro cansancio presente, vosotros que sabéis que el Apóstol se gloría incluso en sus muchos peligros por la fe del Señor. Tenéis a Uno que conoce vuestros combates y ha preparado las recompensas de la retribución. Que nadie rehúya este trabajo, cuya recompensa es reinar y vivir para siempre. Que los pies de todos los que combaten estén firmes en los atrios de Jerusalén; pues con la esperanza de aquella retribución no tendrán motivo para temer el campamento ni los ataques del enemigo. Nunca es difícil la victoria ni penoso el triunfo sobre los restos de un enemigo abatido que ha sido derrotado por todo el mundo a la vez, especialmente sobre aquellos cuyos cabecillas veis ya postrados. Con oraciones incesantes, por tanto (como también yo no he dejado de hacer), suplicad el favor del cristianísimo Emperador, que por la misericordia de Dios está dispuesto a escuchar: para que, conforme a la carta que he enviado, fortalezca la causa de la fe común con aquella devoción de ánimo que bien sabemos posee, y en su piedad aparte todos los cargos perjudiciales que ha inventado la locura de los herejes, y disponga vuestro regreso, amados, y así haga que cada provincia y todas las iglesias con sus sacerdotes se gocen en la paz inquebrantable de Cristo. Dado el 1 de diciembre, en el consulado de Constantino y Rufo (457).
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