Qué se va a leer
Lucas 13 dijo quién ató a la mujer y dejó sin contestar si Dios lo permitió. Segunda de Corintios 12 responde con una frase que tiene dos agentes: al apóstol «le fue dado» un aguijón, y ese aguijón es «un mensajero de Satanás». Pablo pidió tres veces al Señor que se apartara, y la respuesta fue otra cosa. Es el pasaje que Buckley y Warfield opusieron a la sanidad por la fe, y Simpson lo trató en 1890 como una de las objeciones que se le hacían. Este artículo lee el griego de los versículos 7 a 10, sigue lo que fue el aguijón para Ireneo, Tertuliano, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Lapide, Lutero, Calvino, Lightfoot y Harris, y pone a Gordon, Simpson, Buckley y Warfield como voces del siglo XIX ante un pasaje en el que la petición no se concede.
Pablo habla de su aguijón en un discurso que él mismo llama necedad. Está en el tramo final de la carta (los capítulos 10 a 13), donde defiende su apostolado ante quienes presumen de visiones y de títulos, y dentro de lo que Harris llama el «discurso del necio» ( a ). Antes de nuestro pasaje, la lista de lo que ha sufrido termina con el cesto por el que bajó de la muralla de Damasco () y con la declaración de que, si hay que gloriarse, lo hará de su debilidad (). Después viene el hombre «en Cristo» arrebatado al tercer cielo «hace catorce años» () y el propósito de no gloriarse «sino en las debilidades» ().
Harris ve en el aguijón el segundo ejemplo de debilidad, después de la huida de Damasco, y marca la diferencia: la huida fue un episodio, grabado en la memoria por lo humillante, y el aguijón es una prueba recurrente que podía incapacitarlo y humillarlo en cualquier momento. Unos versículos más abajo Pablo reconoce que fue un necio por gloriarse y que los corintios lo forzaron, y afirma que las «señales del apóstol» (señales, prodigios y hechos poderosos) se obraron entre ellos «con toda paciencia» (). Para esta línea el contraste es directo: el hombre que ha hecho señales y prodigios en Corinto es el mismo que acaba de contar que pidió tres veces algo para sí y no lo obtuvo.
Es el décimo pasaje de la línea y cambia la dirección de la pregunta. En Juan 9 y Lucas 13 Jesús actúa sobre la enfermedad de otro, y los comentaristas discuten su causa. Aquí es un apóstol el que ruega, por una aflicción propia, y es Cristo quien contesta. La respuesta no es la que cabría esperar de quien lee Mateo 8:16 o Santiago 5:15, y por eso, desde que existe un movimiento de sanidad por la fe, se ha opuesto este texto a quienes la enseñan.
Las palabras que pesan, con el análisis del módulo NA27, el diccionario Strong ampliado, y los comentarios de Plummer, Robertson y Harris:
| Griego | Forma | Sentido en el pasaje |
|---|---|---|
| καὶ τῇ ὑπερβολῇ τῶν ἀποκαλύψεων | dativo (12:7) | «Y por lo extraordinario de las revelaciones»: Harris y Thrall lo unen a lo que sigue y lo toman como causa del aguijón; BTX4 lo pone al final del v. 6 («aun con la grandeza de las revelaciones»). El plural recoge las «palabras» oídas en el paraíso (12:4). |
| διό | conjunción (12:7) | «Por lo cual»: lo omiten P46, D y el latín de Ireneo; NA27 y Harris lo conservan. |
| ἵνα μὴ ὑπεραίρωμαι | subjuntivo presente (12:7) | «Para que no me enaltezca»: ὑπεραίρομαι solo aparece tres veces en el Nuevo Testamento (dos aquí y 2 Ts 2:4). El presente dice el peligro constante. |
| ἐδόθη μοι σκόλοψ τῇ σαρκί | aoristo pasivo (12:7) | «Me fue dado un aguijón en la carne»: σκόλοψ es único en el Nuevo Testamento. El dativo es local («en») o de provecho («para la carne»). |
| ἄγγελος Σατανᾶ ἵνα με κολαφίζῃ | aposición; subjuntivo presente (12:7) | «Mensajero de Satanás que me abofetee»: κολαφίζω, «dar puñetazos» (Mc 14:65; 1 Co 4:11). Un aguijón no puede dar puñetazos, observa Plummer; un mensajero sí. |
| ἵνα μὴ ὑπεραίρωμαι | repetición (12:7) | La segunda vez falta en testigos occidentales (ℵ* A D F G, latín, Ireneo en latín). Harris la conserva por su atestación y por el sentido. |
| ὑπὲρ τούτου τρὶς τὸν κύριον παρεκάλεσα | aoristo (12:8) | «Acerca de esto, tres veces rogué al Señor»: τρίς, no πολλάκις («muchas veces»). El Señor es Cristo. |
| ἵνα ἀποστῇ ἀπ᾽ ἐμοῦ | subjuntivo aoristo (12:8) | «Que se alejara de mí»: ἀφίστημι suele llevar un sujeto personal en el Nuevo Testamento, como nota Plummer. |
| καὶ εἴρηκέν μοι | perfecto (12:9) | «Y me ha dicho»: la súplica fue un aoristo, ya pasado; la respuesta es un perfecto, que sigue valiendo. |
| ἀρκεῖ σοι ἡ χάρις μου | presente (12:9) | «Te basta mi gracia»: lo que se concede en lugar de lo que se pidió. |
| ἡ γὰρ δύναμις ἐν ἀσθενείᾳ τελεῖται | presente pasivo (12:9) | «Porque el poder se perfecciona en la debilidad». El Textus Receptus añade «mi» (RV60: «mi poder»); NA27 y BTX4 no. |
| ἐπισκηνώσῃ ἐπ᾽ ἐμέ | subjuntivo aoristo (12:9) | «Para que repose sobre mí», literalmente «ponga su tienda sobre mí»: única vez en la Biblia griega. |
| εὐδοκῶ ἐν ἀσθενείαις, ἐν ὕβρεσιν, ἐν ἀνάγκαις, ἐν διωγμοῖς καὶ στενοχωρίαις | presente (12:10) | «Me complazco en debilidades, afrentas, necesidades, persecuciones y angustias»: cinco plurales; la persecución está en la lista de debilidades, no fuera de ella. |
| ὅταν γὰρ ἀσθενῶ, τότε δυνατός εἰμι | subjuntivo presente (12:10) | «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte»: ὅταν admite «cuando» y «cada vez que». |

«Me fue dado». El verbo es δίδωμι y el sujeto es el aguijón. Plummer hace notar que, si Pablo hubiera querido decir que lo dio Satanás, habría usado un verbo menos benigno, como ἐπιτίθημι («imponer», Lc 10:30; Hch 16:23), βάλλω (Ap 2:24) o ἐπιβάλλω (1 Co 7:35). δίδωμι se dice en Pablo de los dones de Dios. Meyer, a quien Plummer discute, creía que el aguijón lo dio Satanás. Harris lo tiene por «pasivo teológico»: el agente que no se nombra es Dios, como en los dos pasivos de 12:2 y 12:4 (ἁρπαγέντα, ἡρπάγη), y Thrall lo lee igual. Pero Harris no se queda ahí, porque la aposición dice que el aguijón es «un mensajero de Satanás», y escribe: «Un mismo aguijón fue a la vez dado por Dios y usado por Satanás». No se trata, dice, de Dios obrando por medio de Satanás, ni de una doble agencia, sino de que Satanás actúa a la vez que Dios y con su permiso. Frenar el orgullo es obra propia de Dios (Pr 16:5; Mt 23:12) y causar sufrimiento lo es de Satanás (Job 1–2; Lc 13:16; 1 Co 5:5): el aguijón hace las dos.
«Aguijón». σκόλοψ es un término puntiagudo: una estaca de empalizada o de empalar, una jabalina, el garfio de un anzuelo, una astilla, una espina. Plummer ve que la discusión se reduce a «estaca» y «espina», es decir, a una causa de dolor corporal muy grande o comparativamente pequeña. Tertuliano lo tradujo con stipes y Lutero con Pfahl; Lightfoot lo entiende como «una estaca atravesada en la carne», y Stanley y Ramsay se deciden también por «estaca», como cuenta Plummer. Alford, Field, Findlay, Meyer y otros prefieren «espina». Harris argumenta con la Septuaginta, donde no significa «estaca» en ninguno de sus cuatro usos: los pueblos que Israel no expulse serán «aguijones en vuestros ojos» (), los vecinos hostiles son un espino que atormenta (), Dios cerrará con espinos el camino de la esposa infiel () y los carámbanos del invierno son «aguijones» (Sirácida 43:19). Plummer saca de Números 33:55 un argumento propio: si Pablo lo tenía en mente, habría conservado «en los ojos» y no habría escrito «en la carne», lo que va contra la oftalmia.
«En la carne». El dativo τῇ σαρκί puede ser «para la carne» (Plummer, las versiones inglesas más antiguas, Erasmus) o «en la carne» (Harris, Thrall, Calvino y casi todas las versiones). Y σάρξ puede ser el cuerpo o la naturaleza no regenerada. Calvino decide por la segunda: «carne», aquí, «no denota el cuerpo, sino aquella parte del alma que aún no ha sido regenerada». Harris y Thrall, por el cuerpo.
«Mensajero de Satanás… que me abofetee». Plummer explica la aposición: el aguijón está personificado, y la personificación se sostiene porque un aguijón no da puñetazos y un mensajero sí. Que Satanás tenga ángeles era creencia judía común (; Mt 25:41; Epístola de Bernabé 18:1). Harris concluye que no es solo un adversario humano inspirado por Satanás, sino un aguijón usado por uno de los agentes demoníacos de Satanás. El presente de κολαφίζῃ dice golpes que se repiten, y Crisóstomo lo subraya: Pablo no escribió «para que me abofeteara», sino «para que me abofetee», y de ahí que el peligro de enaltecerse y el freno fueran continuos.
Dos variantes. La primera es la de v. 9: «mi poder» frente a «el poder». Algunos testigos (ℵ², D¹, Ψ y la mayoría) y el Textus Receptus añaden μου después de δύναμις; los testigos superiores no lo traen (P46, ℵ*, A*, B, D*, las versiones latinas), y Harris juzga que se añadió para que la frase no pareciera un aforismo suelto. La nota de la Biblia Textual lo recoge («TR: mi poder»), y RV60 sigue el texto largo. La segunda es la de v. 7: la repetición de «para que no me enaltezca» falta en ℵ*, A, D, F, G, en el latín y en el latín de Ireneo; Harris la conserva por el apoyo de P46, ℵ², B y Cipriano, y UBS4 le da la calificación B. En las obras del sitio, Ireneo y Cipriano citan el versículo con una sola cláusula de fin.
«Tres veces». Harris sostiene que τρίς significa tres veces distintas, paralelo exacto de τρὶς ἐραβδίσθην («tres veces fui azotado con varas», ): tres ocasiones en que un ataque especialmente grave provocó un ruego especialmente fervoso. Plummer lo toma en su sentido numérico y añade que, si Pablo hubiera querido decir «muchas veces», habría escrito πολλάκις, como en 8:22 y 11:23. Calvino, Crisóstomo y Henry la toman por «a menudo». Bengel y Plummer la comparan con las tres oraciones de Getsemaní, y Harris lo ve poco probable. Thrall, con Heckel, entiende una súplica repetida en una sola ocasión: el número tres da una acción por completa. La diferencia pesa menos que el destinatario: «el Señor» es Cristo, como prueba el «poder de Cristo» del versículo siguiente, y παρακαλέω es el verbo que usan los evangelios de quienes piden ayuda a Jesús (Mc 1:40; 5:18, 23; 6:56; 7:32; 8:22), la mayoría de ellos para una curación.
«Me ha dicho» y «te basta». Harris nota el contraste entre el aoristo de la súplica, que queda atrás, y el perfecto de la respuesta: Pablo oró tres veces y dejó de orar, pero la palabra del Señor sigue vigente, y los dos presentes que la siguen, ἀρκεῖ y τελεῖται, lo confirman. Describe además un quiasmo (ἀρκεῖ, σοι, ἡ χάρις μου; ἡ δύναμις, ἐν ἀσθενείᾳ, τελεῖται), que le sirve para negar que la segunda mitad sea un aforismo para cualquiera. El «poder» es el de Cristo y la «debilidad» es, ante todo, la que Pablo sentía tras los ataques. Plummer la entiende más general: «donde hay debilidad, la fuerza llega a su plenitud».
«Poner la tienda». ἐπισκηνόω no aparece en ningún otro lugar de la Biblia griega. Plummer lo cree una metáfora audaz que puede sugerir la Shekiná y remite a ; Harris añade que el poder de Cristo planta su tienda sobre Pablo como protección, y que esa protección compensaba los golpes intermitentes del mensajero.
«Debilidad». El sustantivo ἀσθένεια es el de (τὰς ἀσθενείας ἡμῶν ἔλαβεν), el de («espíritu de enfermedad», «desatada de tu enfermedad») y el de («compadecerse de nuestras debilidades»). Baker, Martin y Toney lo recuerdan como palabra de enfermedad física (Lc 5:15; Jn 11:4; Hch 28:9; 1 Ti 5:23), también para Pablo (Gál 4:13). La respuesta de Cristo en 12:9 usa así la palabra con que Mateo dice lo que Cristo tomó de nosotros. Harris, sin embargo, advierte que ἀσθένεια no es siempre «enfermedad», y en 12:10 la lista de cinco plurales incluye afrentas, necesidades, persecuciones y angustias.
El discurso del necio. Harris separa los versículos 1-10 en tres tramos: el v. 1, la introducción; los vv. 2-6, la ascensión; los vv. 7-10, el aguijón. Dentro de la carta, el pasaje es la culminación de la polémica con los «superapóstoles» de Corinto, que se apoyaban en visiones y prodigios, y Glessner lo describe como el remate de un acto de habla diseñado para reafirmar las credenciales de Pablo como apóstol de los corintios. Pablo cuenta la revelación en tercera persona, la fecha («hace catorce años»; Harris lo lee como el momento en que recibió el aguijón, poco después de la ascensión) y la pone enseguida junto a una debilidad que no puede ocultar.
El trasfondo judío. El libro de Job ya mostraba que lo que Dios quiere para bien puede hacerlo Satanás para mal: «Salió, pues, Satanás de la presencia de Adonai, e hirió a Job con una úlcera maligna de pies a cabeza» (), y, según Plummer, la misma idea aparece al comparar con . En el Nuevo Testamento hay un paralelo próximo en («entregado a Satanás para ruina de la carne»), otro en y otro en . Lo que no hay en el pasaje es una palabra sobre pecado de Pablo: el aguijón se da para impedir que se enaltezca, no para castigar una falta.
¿Pablo enfermo? Glessner relaciona el aguijón con («por una debilidad de la carne os anuncié el evangelio»), con los enfermos de Corinto (), con los dones de sanidades () y con los casos de Epafrodito () y de Timoteo (, el vino para el estómago y las frecuentes enfermedades), y se pregunta por qué esos dones no se usaron con ellos. A esos casos se suma el de Trofimo, dejado enfermo en Mileto (), que citan Gordon y Warfield; Warfield cita también el vino de Timoteo. Cuando se pregunta si el aguijón es lo mismo que la «debilidad de la carne» de Gálatas, Plummer admite que suele darse por supuesto y que la identificación tiene mucho a su favor, pero que no hay prueba; Mullins, en 1957, va más lejos: lo único que ambas frases tienen en común es la palabra «carne», que Pablo usa decenas de veces, y por tanto lo que se diga de Gálatas 4:13 no debe decidir qué es 2 Corintios 12:7.
Un paralelo griego. Plummer cita la estela de Epidauro en que Julio Apelas cuenta cómo el dios lo sanó varias veces y dice de una de sus dolencias «y acerca de esto rogué al dios». Deissmann veía en ello un molde, y Pablo lo habría «vestido» con el estilo de los textos antiguos de curación. Plummer lo juzga una inferencia grande: no se sabe si hubo un estilo fijo, ni si Pablo lo conocía, ni si lo influyó; la influencia de los relatos evangélicos le parece más probable. Thrall añade, con Betz, que comunicar el contenido de la súplica en estilo indirecto es propio de las historias de curación no cristianas.
Lo que el texto no dice. No dice «enfermedad», ni «dolor», ni nombra ningún órgano. Harris deduce de los versículos 7-10 siete rasgos del aguijón: se dio como consecuencia de las revelaciones; causaba un dolor agudo, físico o psicológico; Pablo lo veía a la vez como don de Dios e instrumento de Satanás; era permanente, aunque sus agravamientos fueran intermitentes (τρίς); humillaba, para frenar el orgullo; humillaba también como una bofetada; y le hacía sentirse débil, una debilidad de la que se gloriaba. Y dice que las identificaciones propuestas son «legión» y que los datos escasos y la ambigüedad del lenguaje de Pablo impedirán siempre llegar a una conclusión definitiva. De que Pablo no lo identificara, Harris saca una consecuencia: si lo hubiera dicho, los cristianos de generaciones posteriores sin esa aflicción habrían tenido su experiencia por irrelevante, y, como no lo dijo, «multitudes de creyentes, con una variedad de espinas, han sido desafiados y consolados al hacer suya la experiencia de Pablo».
De los Padres, la biblioteca tiene comentario seguido a este capítulo en Crisóstomo (volumen 12 de NPNF) y en Ambrosiaster, en latín. Los demás citan el pasaje en controversias y en la predicación, y con fines distintos: Ireneo y Tertuliano contra los gnósticos y Marción, Cipriano para sostener a los creyentes en la peste, Agustín para enseñar a orar. Qué era el aguijón lo discuten Tertuliano, Jerónimo y Crisóstomo, y esa discusión llega también por Lightfoot y Plummer, que la reconstruyen. Las obras del sitio se copian literales y se enlazan; lo que no está se traduce de la edición de dominio público y se dice de cuál.
Ireneo cita el pasaje hacia el año 180 en el libro V, dentro de una defensa de la carne frente a quienes la creen incapaz de recibir la vida. No dice qué era el aguijón. Dice qué enseña:
El apóstol Pablo, además, ha señalado del modo más lúcido que el hombre ha sido entregado a su propia debilidad, no sea que, ensoberbecido, se aparte de la verdad. Así dice en la segunda [Epístola] a los Corintios: "Y para que no me enaltezca por la sublimidad de las revelaciones, me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee. Y por esto rogué tres veces al Señor que lo apartara de mí. Pero Él me dijo: Bástate mi gracia; porque la fuerza se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en las debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo." ¿Qué, pues? (como algunos exclamarán:) ¿deseaba el Señor, en ese caso, que sus apóstoles sufrieran así maltrato, y que él soportara tal debilidad? Así fue; la palabra lo dice. Porque la fuerza se perfecciona en la debilidad, haciendo mejor hombre a aquel que por medio de su debilidad llega a conocer el poder de Dios. Pues ¿cómo podría un hombre haber aprendido que él mismo es un ser débil y mortal por naturaleza, y que Dios es inmortal y poderoso, si no lo hubiera aprendido por experiencia de lo que hay en ambos? Porque no hay nada malo en aprender las propias debilidades mediante la paciencia; antes bien, tiene incluso el efecto beneficioso de impedirle formarse una opinión indebida de su propia naturaleza (non aberrare in natura sua). Mas el enaltecerse contra Dios y apropiarse de su gloria, volviendo ingrato al hombre, le ha acarreado mucho mal.
La pregunta de Ireneo es la del lector que se escandaliza: ¿quiso el Señor que sus apóstoles fueran maltratados? Contesta que sí, y da una razón antropológica. El hombre necesita aprender por experiencia las dos cosas, que él es débil y que Dios es poderoso, para no atribuirse lo que no es suyo. La debilidad sirve al conocimiento de Dios y del hombre, y el aguijón es una forma de ella. Un par de párrafos después, Ireneo da un paso que explica por qué está aquí: si el poder del dador de la vida se perfecciona en la debilidad, «es decir, en la carne», los que dicen que la carne no puede recibir la vida desprecian el poder de Dios (V, 3, 3). Es la regla de fe, un solo Dios que crea la carne y la resucita, aplicada a este versículo.
Tertuliano usa el aguijón en tres obras. En Contra Marción V, 12, hacia 207-208, lo lee dentro de la defensa de que el Dios de Cristo y el Creador son el mismo: va siguiendo el apostolicón de Marción y llega a este texto con una ironía:
Pero lo que excitará aún más mi sorpresa es el caso (supuesto después por Marción), de que un Dios tan bueno y misericordioso, y tan contrario a golpes y crueldad, haya sobornado al ángel Satanás — tampoco suyo, sino del Creador — «para abofetear» al apóstol, [] ¡y luego haya rechazado su petición, cuando tres veces le rogó que lo librara! Parecería, por tanto, que el dios de Marción imita la conducta del Creador, que es enemigo de los soberbios, aun «derribando a los poderosos de sus tronos.» ¿Es entonces el mismo Dios que dio a Satanás poder sobre la persona de Job para que su «fortaleza se perfeccionara en la debilidad?»
A Tertuliano le interesa quién envía el aguijón, no qué era. Si el Dios de Marción es solo bueno, no puede haber entregado a un apóstol a un ángel de Satanás ni negarle lo que pedía; si lo hizo, es el Dios de Job, el que da poder a Satanás sobre un justo para que su fortaleza se perfeccione. Tertuliano junta a Pablo y a Job: ambos reciben un golpe con permiso de Dios y por un fin que Dios declara. Es la regla de fe de Ireneo aplicada a otro adversario.
Los otros dos usos están en obras que la biblioteca tiene en la colección ANF (vol. 4, trad. S. Thelwall) y no en el sitio. En De la pudicicia 13 Tertuliano rebate a quienes sacan de que Pablo entregara a Satanás al incestuoso que esa entrega era para enmendar. Replica que el aguijón de Pablo no es lo mismo:
«Pero él mismo dice también que se le dio una estaca, un ángel de Satanás, con el que había de ser abofeteado, no fuera que se ensoberbeciese.» Si tocan también este caso, para hacernos entender que los «entregados a Satanás» por él lo fueron con vistas a la enmienda y no a la perdición, ¿qué semejanza hay entre la blasfemia y el incesto y un alma enteramente libre de ellos, más aún, enaltecida por ninguna otra fuente que la santidad más alta y toda inocencia, enaltecimiento que se refrenaba en el apóstol con «bofetadas», si se quiere, mediante (como dicen) un dolor de oído o de cabeza? […] Por último, cuando Pablo ruega al Señor que se lo quite, ¿qué oye? «Ten por suficiente mi gracia; porque la virtud se perfecciona en la debilidad.» Esto no pueden oírlo los que están entregados a Satanás.
La frase del dolor de oído o de cabeza lleva un «como dicen»: Tertuliano habla de lo que otros cuentan y no afirma que él lo crea. Mullins hace esta observación y añade otra: lo que Tertuliano atribuye a esa tradición son las bofetadas del ángel, y no el aguijón. Lightfoot, que cita el latín, lo toma en cambio como la primera tradición que definió la dolencia: «per dolorem, ut aiunt, auriculae vel capitis». En De la huida en la persecución 2 el diablo recibe poder incluso sobre los siervos de Dios, a veces para probar, como con Job, o «para humillar, como nos dice el apóstol, que se le dio una estaca, el mensajero de Satanás, para abofetearlo»; y aun eso, dice Tertuliano, no se permite en los santos a menos que a la vez «la fuerza de resistencia se perfeccione en la debilidad».
Cipriano lo cita hacia 251-252, durante una peste que recorría el Imperio, en Sobre la mortalidad. Antes del pasaje enumera lo que el creyente debe poder soportar: la pérdida de la hacienda, «la constante y cruel vejación de tus miembros por trastornos que atormentan», la muerte de la esposa y de los hijos (§ 12). Y sigue:
Así, además, el apóstol Pablo, después de naufragios, después de azotes, después de muchos y graves tormentos de la carne y del cuerpo, dice que no se entristece, sino que resulta beneficiado por su adversidad, para que, mientras es duramente afligido, pueda ser probado más verdaderamente. «Me fue dado,» dice, «un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás, para que me abofetee, a fin de que no me engría; por lo cual rogué tres veces al Señor que se apartase de mí; y Él me dijo: Mi gracia te basta, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» Cuando, pues, la debilidad y la incapacidad y cualquier ruina se apoderan de nosotros, entonces se perfecciona nuestra fuerza; entonces nuestra fe, si al ser probada permanece firme, es coronada; […] Esto, en fin, es la diferencia entre nosotros y los otros que no conocen a Dios: que en la desgracia ellos se quejan y murmuran, mientras que la adversidad no nos aparta de la verdad de la virtud y de la fe, sino que nos fortalece con su sufrimiento.
Cipriano aplica el pasaje a la enfermedad y a la ruina de cualquier creyente, y no solo a Pablo. No se pregunta si Dios podría quitar el sufrimiento. Dice qué hace con él quien cree. Plummer apunta que la Vulgata tomó de Cipriano, y del traductor latino de Ireneo, el stimulus carnis que después dio pie a la lectura de la tentación carnal.
El comentario seguido más detallado de los Padres es el de Crisóstomo, en las Homilías sobre 2 Corintios (NPNF1 vol. 12, trad. T. W. Chambers). Crisóstomo parte de una dificultad que le parece real: un hombre que no daba valor ni al reino ni al infierno frente a su anhelo de Cristo, ¿necesitaba un freno continuo contra la honra de la gente? Y lo contesta diciendo qué era el aguijón:
Hay quienes han dicho que habla de una especie de dolor de cabeza infligido por el diablo; ¡Dios no lo quiera! Porque el cuerpo de Pablo no pudo ser jamás entregado a las manos del diablo, viendo que el mismo diablo se sometía al mismo Pablo a su sola orden; y le fijó leyes y límites cuando entregó al fornicario para la destrucción de la carne, y no se atrevió a transgredirlos. ¿Qué significa, pues, lo que se dice? Adversario se llama en hebreo Satán; y en el tercer libro de los Reyes la Escritura llama así a los que eran adversarios; y hablando de Salomón dice: «En sus días no hubo Satán», es decir, ningún adversario, enemigo ni opositor. Lo que dice, pues, es esto: Dios no quiso que la predicación avanzara, para frenar nuestros pensamientos altivos, sino que permitió que los adversarios se lanzaran sobre nosotros. […] Y así, por el «mensajero de Satanás» entiende a Alejandro el calderero, al partido de Himeneo y Fileto, a todos los adversarios de la palabra, los que contendían y peleaban contra él, los que lo echaron en prisión, los que lo golpearon, los que lo llevaron a la muerte; porque hacían el negocio de Satanás. […] Dice, pues: «Me fue dado un aguijón para abofetearme»; no como si Dios pusiera armas en manos de tales hombres, ¡Dios no lo quiera!, ni como si castigara o corrigiera, sino que por un tiempo los deja y los permite.
Crisóstomo razona con una regla que es propia de Antioquía, la del sentido que dan la lengua y la historia: «Satán» significa «adversario», el Antiguo Testamento lo usa así, y por tanto «mensajero de Satanás» son los hombres que hacen la obra del adversario. Descarta el dolor de cabeza con dos argumentos, uno teológico (si el diablo obedecía a Pablo, no pudo tener su cuerpo en las manos) y otro práctico. Del versículo 9 dice:
Esto es: «Te basta que levantes muertos, que cures ciegos, que limpies leprosos, que hagas esos otros milagros; no busques además verte libre de peligros y de miedo, ni predicar sin molestias. […] Mi poder se perfecciona en la debilidad» cuando, perseguidos, vencéis a vuestros perseguidores; cuando, hostigados, os imponéis a los que os hostigan; cuando, puestos en cadenas, convertís a los que os encadenan. […] De esto es claro también que no se refiere a dolores de cabeza; pues, en verdad, no predicaban cuando estaban enfermos, porque enfermos no podían predicar; sino que, hostigados y perseguidos, vencían en todo.
Para esta línea cuenta la primera frase. Crisóstomo hace decir a Cristo que a Pablo le basta con curar a otros (levantar muertos, curar ciegos) y que no pida además quedar a salvo de los peligros. Plummer recoge esta lectura, según la cual Pablo no fue sanado él mismo pero se le dejó el poder de sanar a otros, y la rechaza: la «gracia» de 12:9 no es el carisma de sanidades. Thrall dice que esa interpretación de Crisóstomo no ha sido aceptada. En la Homilía 1 a las Estatuas (387), que el sitio publica, Crisóstomo da la misma lectura de los adversarios:
Por mensajeros de Satanás, en efecto, no quiere decir demonios particulares, sino hombres que sirven al diablo, los incrédulos, los tiranos, los paganos, que perseverantemente lo molestaban e incesantemente lo hostigaban.
Plummer rechaza la lectura de la persecución por dos razones: otros muchos sufrieron persecución, y el aguijón fue algo «especialmente concedido» a Pablo para su provecho personal; y Pablo no habría pedido que lo libraran de persecuciones. Añade que fue quedando arrinconada por otra «igualmente errónea», la de la carne. Plummer apunta también que Crisóstomo toma τρίς por «a menudo», y que en esto lo sigue Calvino. El propio Crisóstomo lo repite en las Homilías sobre Hebreos 33 (; texto en el sitio): el «tres veces» es «muchas veces», por «debilidad» entiende «aflicciones», y Pablo, al oír la respuesta, «lo recibió con gratitud».
Ambrosiaster, en el comentario a 2 Corintios que se conserva en latín (PL 17, col. 330-331, texto del Corpus Corporum), lee el aguijón como un remedio:
Este remedio fue dado, pues, al Apóstol, para que, oprimido por las injurias, no pudiera su ánimo enaltecerse por la magnitud de las revelaciones; porque un pecho ocioso necesariamente se habría engreído con lo que había visto. […] Que rogó tres veces al Señor para que cesaran los estímulos del diablo (que este, pérfido, infunde en las mentes para incitar a dañar a los siervos de Dios), y que no lo obtuvo, lo atestigua; no porque se diga despreciado, sino porque, sin saberlo, pedía contra sí que cesaran las tentaciones por las que se hacía más perfecto. […] Dice, pues, que gustoso es golpeado, con tal de que lo cure Cristo, sabiendo que la medicina de Cristo añade más a la salud que lo que la debilidad resta a la sanidad.
Ambrosiaster no dice qué era. Habla de «injurias» y de «tentaciones», y su remedio es contra la soberbia, no contra un mal físico; Lightfoot lo cuenta, como «Hilario ambrosiano», con Eusebio de Emesa, Agustín, Teodoro, Teodoreto, Focio y Teofilacto, entre quienes entendieron persecución. El vocabulario de la última frase es médico, pero la frase no dice que Pablo estuviera enfermo: dice que la medicina de Cristo añade más a la salud de lo que la debilidad le quita.
Jerónimo conserva la tradición que Ambrosiaster no menciona. En su comentario a Gálatas, al llegar a 4:13-14, enumera cuatro posibilidades, según la traducción inglesa de Cain (Fathers of the Church 121): que Pablo predicara a los gálatas como a niños, por la debilidad de su carne y no de la suya; que su aspecto fuera pobre y despreciable; que estuviera enfermo; o que lo golpearan y persiguieran. Al hablar de la enfermedad dice «tradunt eum gravissimum capitis dolorem saepe perpessum» («cuentan que sufrió con frecuencia un gravísimo dolor de cabeza»), como cita Lightfoot, y vincula ese dolor con el mensajero de Satanás. Cain advierte que Jerónimo recoge una tradición oral que ya conoce Tertuliano y que probablemente le llega por él. En la carta 22, § 31, el sitio muestra a Jerónimo aplicando el texto a quien sufre:
Si te afligiera el dolor, lee: «Por tanto, me complazco en las enfermedades», y «Me fue dado un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.»
Plummer, que lo cita como autoridad de la dolencia corporal, recuerda otra imagen de Jerónimo, la del esclavo que va detrás del general victorioso en su carro de triunfo y le susurra: «Recuerda que eres hombre». Plummer la remite a la carta 39, 2, y Lapide a la carta a Paula sobre la muerte de Blesila. Ese «monitor», dice Jerónimo, se dio a Pablo para reprimir el orgullo.
Es Agustín quien más vuelve sobre la petición que no se concede, y el sitio publica varios textos suyos. En la Homilía 6 sobre la Primera Epístola de Juan explica cómo se concilia que «cualquiera cosa que pidamos, la recibiremos de él» () con que Pablo pidiera y no recibiera:
He aquí que no fue oído en su oración para que el «ángel de Satanás» fuera quitado de él. Pero ¿por qué? Porque no era bueno para él. Fue oído, pues, para salvación, cuando no fue oído según su deseo. […] Has rogado, has clamado, has clamado tres veces: el clamor que levantaste de una vez para siempre lo oí, no aparté de ti mis oídos; yo sé lo que debo hacer: tú querrías que se quitara aquello saludable que te quema; yo conozco la debilidad que te agobia. […] El diablo pidió a un hombre santo, para tentarlo; y lo recibió: el apóstol pidió que le fuera quitado el aguijón en la carne, y no lo recibió. Pero el apóstol fue más oído que el diablo. Pues el apóstol fue oído para salvación, aunque no según su deseo: el diablo fue oído según su deseo, pero para condenación. […] Pues supón que lo que has pedido es para tu daño, y el Médico sabe que es para tu daño; ¿entonces qué? No ha de decirse que el médico no te escucha, cuando, acaso, pides agua fría, y si te conviene, te la da al momento, si no te conviene, no te la da.
Agustín distingue dos modos de ser oído, según el deseo o según la salvación, y los separa con dos ejemplos: Pablo no obtuvo lo que pedía y sí lo que le convenía, y el diablo obtuvo lo que pedía (tentar a Job) para su condenación. No da nombre al aguijón. Lo llama «el aguijón en la carne» y «el ángel de Satanás», con las palabras del texto.
En Naturaleza y gracia 31 (hacia 415), Agustín discute con Pelagio. El capítulo lleva por título «El orden y el proceso de la curación no los adopta nuestro Médico celestial del enfermo, sino que los saca de sí mismo», y en él aparece esta objeción:
«Pero Dios,» dicen, «puede sanar todas las cosas.» Por supuesto, su propósito al obrar es sanar todas las cosas; pero actúa según su propio juicio, y no toma su procedimiento de curación del enfermo. Pues sin duda fue su voluntad dotar a su apóstol de poder y fuerza muy grandes, y sin embargo le dijo: «Mi fuerza se perfecciona en la debilidad;» ni le quitó, aunque tantas veces le rogó que lo hiciera, aquella misteriosa «espina en la carne,» que le dijo le había sido dada «para que no se enalteciera desmedidamente por la abundancia de las revelaciones.»
Agustín habla aquí de la curación del alma, no del cuerpo. Lo que cuenta para esta línea es el orden de su respuesta: Dios quiere sanar todas las cosas, «actúa según su propio juicio» y no toma su procedimiento del enfermo, y como ejemplo pone la espina que no quitó a Pablo aunque este se lo pidió muchas veces. Añade que el único pecado del que hay que guardarse en lo que se hace bien es el orgullo. El sitio tiene otros dos pasajes donde Agustín repite que Pablo pidió y no fue oído (Del alma y su origen IV, 13, y El espíritu y la letra 66), y en Sobre la corrección y la gracia 40 dice que «aun un apóstol tan grande fue abofeteado por un mensajero de Satanás, para que no se ensoberbeciera».
Gregorio Nacianceno y Casiano completan lo que el sitio guarda. Gregorio, en el discurso a Basilio (Disc. 43, § 82), llama «espina en la carne, dada por Dios para nuestra disciplina» a los males que le causan la edad, la enfermedad y el pesar, y pide a Basilio que la detenga con sus súplicas «o que prevalezcas para que la soportemos con valentía». Casiano, en la Conferencia 9, 34, cuenta el caso de Pablo como un ejemplo de petición que se deniega «con suma providencia», pues el mensajero de Satanás, «para su bien, había sido permitido por la voluntad del Señor».
Los Padres coinciden en tres cosas. La primera, el fin: el aguijón se dio para que Pablo no se enaltezca (Ireneo, Tertuliano, Cipriano, Crisóstomo, Ambrosiaster, Agustín). La segunda, el agente: Satanás actúa con permiso de Dios, como con Job (Tertuliano, Crisóstomo, Casiano). La tercera, la respuesta: la negativa del Señor era un bien (Agustín), la fuerza se manifiesta en el que no la tiene (Ireneo, Cipriano) y la gracia que se da en vez de lo pedido basta (Ambrosiaster, Crisóstomo).
Divergen en qué fue. Tertuliano y Jerónimo registran un dolor de cabeza o de oído que otros cuentan. Crisóstomo, Ambrosiaster y la mayoría de los griegos entienden persecución y adversarios. La lectura de la tentación carnal es posterior: Plummer dice que ningún Padre griego la adopta y duda de que la adopte alguno de los latinos de los seis primeros siglos, y que lo que se ha dicho de Jerónimo, Agustín y Salviano es erróneo, pues «Jerónimo dice dolor corporal, Agustín persecución (en su comentario a Gálatas, según Lightfoot) y Salviano nada». Lightfoot nota que cada época vio en Pablo su propia prueba: la persecución cuando la de Diocleciano estaba fresca, la tentación cuando el monacato hacía temer la carne. Ninguno de los textos que reúne este artículo discute con quien pide la sanidad de un enfermo: lo usan contra los gnósticos y Marción, para consolar y para enseñar a orar. No hay en ellos una doctrina de la sanidad contra la que oponer el aguijón.
Los principios que ejercen son la regla de fe, que Ireneo y Tertuliano aplican para decir que el Dios que da la debilidad y el que da la gracia son uno; el sentido que dan la lengua y la historia, con el que Crisóstomo, desde Antioquía, descarta el dolor de cabeza por la propia palabra «Satán»; y la pedagogía de la oración de Agustín, que mide la respuesta por la salvación y no por el deseo.
La Edad Media recibe el pasaje por la Vulgata, que traduce σκόλοψ τῇ σαρκί por stimulus carnis, «el estímulo de la carne». Plummer cuenta que la expresión viene de Cipriano (Testimonios III, 6 y Sobre la mortalidad 13) y del traductor latino de Ireneo, y que Jerónimo la dejó sin corregir. Cuando el griego se hizo raro en Occidente y el Nuevo Testamento se estudió en la Vulgata, «estímulo de la carne» sugirió a otros la tentación de la impureza. Lightfoot, que cita a Lutero, atribuye a esa traducción buena parte de la fuerza de la lectura, y dice que no aparece en forma tangible antes del siglo VI, aunque Jerónimo y Gregorio Magno habían usado un lenguaje que la preparaba. Lapide, ya en el siglo XVII, recoge toda la tradición latina:
Anselmo, Beda, Sedulio y Jerónimo (sobre Gál 4:13) piensan que fue una enfermedad corporal: como un dolor de cabeza constante (Jerónimo), o un cólico (santo Tomás), o la gota (Nicetas, comentando el Disc. 30 de Gregorio Nacianceno), o algún trastorno interno. San Basilio y san Agustín (sobre el Sal 131) piensan que este aguijón fue una enfermedad enviada a Pablo, como a Job, por el diablo. Pero el Apóstol no se queja en ningún otro lugar de enfermedades; además, habrían sido un gran estorbo para la predicación del evangelio. En segundo lugar, Crisóstomo, Teofilacto, Teodoreto, Ecumenio, Ambrosio y Erasmo piensan que se refiere a las persecuciones que Pablo soportó de sus adversarios. […] En cuarto lugar, otros piensan que este aguijón en la carne eran los movimientos de la concupiscencia y las tentaciones de la lujuria. […] Esta es la opinión de san Agustín (Enarr. 2 en Sal 59), san Jerónimo (a Eustoquia, De la custodia de la virginidad), Salviano, Haimón, Teofilacto, Anselmo, Beda, santo Tomás, Lira y otros. Parece, además, el sentir común de los fieles, que a partir de este pasaje llaman a la tentación de la lujuria un aguijón en la carne. La voz del pueblo es la voz de Dios.
Lapide ordena cuatro lecturas (la enfermedad, la persecución, los golpes de Satanás y la concupiscencia) y se queda con la última. Sus razones son que la concupiscencia estaba en Pablo según , que de ser otra cosa el Apóstol lo habría dicho con claridad, y que nada humilla tanto a los castos como esa tentación. A quien objeta que Pablo no podía gloriarse de ella responde que «gloriarse en las debilidades» abarca todos sus sufrimientos. Explica además por qué Pablo pidió que se quitara y no fuerza para soportarlo: la concupiscencia, dice, se vence antes por la huida que por la resistencia. Plummer discute los nombres con que Lapide la respalda (Agustín, Jerónimo, Salviano) y no los encuentra en los seis primeros siglos.
Lapide trae además material que toca más de cerca a esta línea que su propia elección. Cita a Agustín (Enarr. sobre el Sal 131) con la imagen del médico que consuela al enfermo a quien presenta una medicina amarga y no se la retira, y recoge de las Vidas de los Padres, de Doroteo, de Clímaco y de Paladio ejemplos de monjes a los que se ofrece rezar para que se les quite una tentación y que piden en cambio fuerza para soportarla. «Pide a Dios que te devuelva tus tentaciones, no sea que te vuelvas perezoso y descuidado», dice el abad Pastor a quien le cuenta que Dios lo ha librado de ellas. Y de este versículo saca una lección para los enfermos:
Que los enfermos se consuelen en sus enfermedades pensando que el poder de Cristo habita en ellos como en su casa. El poder de Dios se muestra sobre todo donde hay más necesidad de él, y da la mayor ayuda cuando la necesidad es mayor. […] Aunque naturalmente «la debilidad corporal trae consigo también la mental», como dice san Jerónimo, sobrenaturalmente es de otro modo; porque el alma fortalecida con la gracia fortalece también al cuerpo. San Francisco, por ejemplo, crecía en vigor mental a medida que su cuerpo se debilitaba.
Lapide anota que «debilidad» es en este versículo un término genérico que abarca enfermedades, trabajos, tentaciones, ayunos, ultrajes y persecuciones, y cita a san Basilio como quien entendía que las enfermedades formaron el aguijón. No promete curación. Describe una fuerza que el enfermo recibe en su enfermedad, y que según él llega también al cuerpo.
Los cuatro sentidos ocupan poco lugar en este pasaje: en lo moral, Lapide hace del aguijón una espuela que lanza a los caballos de buen temple. Lo que decide aquí es la palabra de la Vulgata, stimulus carnis, leída por la tradición del monacato.
Lutero vuelve al pasaje varias veces y no lo entiende siempre igual. Según Lightfoot, en el comentario breve a Gálatas de 1519 lo explica por la persecución; en el largo, de 1535, une las tentaciones espirituales y la persecución; y en las conversaciones de sobremesa solo habla de pruebas espirituales: «eran altas tentaciones espirituales, que ningún papista ha entendido». Lightfoot recoge además que Lutero achacaba el éxito de la lectura carnal a la versión latina, stimulus carnis, y que le contestaba: «Ah, no, estaba demasiado acosado por el diablo para pensar en esas cosas». En las Charlas de sobremesa (trad. W. Hazlitt, cap. «Of Allegories») el rechazo es más ácido: «¡Ah, querido Pablo, tenías otra clase de espina en tu carne que la carnal! Los frailes, que viven a sus anchas y entre jolgorios, sueñan, según sus licenciosos pensamientos, que san Pablo fue atormentado con las mismas tribulaciones que ellos». Lutero ilustra así lo que Lightfoot dice de la historia de la exégesis, que cada época vio en Pablo su propia prueba. Y no es del todo coherente: en otra charla (cap. «Of Preachers and Preaching») escribe que Pablo «fue obligado a llevar sobre su cuerpo el aguijón o espina de la carne, para impedir que se engriera», y que a Melanchthon, si no lo atormentaran de cuando en cuando, «le vendrían extrañas fantasías».
En el comentario a Gálatas (1535) el aguijón aparece al hablar de la vanagloria:
No es de extrañar que Dios, en su gracia especial, someta a los ministros del evangelio a toda clase de aflicciones; de otro modo no podrían con esta fea bestia llamada vanagloria. Si ninguna persecución, ninguna cruz ni deshonra acompañara a la doctrina del evangelio, sino solo alabanza y reputación, los ministros del evangelio se ahogarían de orgullo. Pablo tenía el Espíritu de Cristo. Sin embargo, se le dio el mensajero de Satanás para abofetearlo, a fin de que no llegara a engrandecerse a causa de la grandeza de sus revelaciones.
Aquí Lutero no dice qué era el aguijón; dice para qué sirve: los ministros del evangelio deben llevar alguno, porque sin él los ahoga el orgullo. La Reforma recibe de los Padres el fin y la permisión, y de la lectura latina quita la concupiscencia.
Calvino comenta 2 Corintios 12 en el comentario que dedicó a Melchor Wolmar en 1546. Parte de que la «carne» no es el cuerpo, y esa decisión determina todo lo que sigue (traducción inglesa de J. Pringle):
Se pregunta ahora qué era este aguijón. Hacen un papel ridículo los que piensan que Pablo fue tentado a la lujuria. Hay que rechazar esa fantasía. Algunos han supuesto que lo acosaban frecuentes dolores de cabeza. Crisóstomo se inclina más bien a pensar que se refiere a Himeneo, a Alejandro y a los de su clase, porque, instigados por el diablo, le causaban mucha molestia. Mi opinión es que bajo este término se comprende toda clase de tentación con que Pablo fue ejercitado. Porque «carne», aquí, en mi opinión, no denota el cuerpo, sino aquella parte del alma que aún no ha sido regenerada. […] Pero ¿qué significa esto: que Satanás, que era homicida desde el principio, fuera médico de Pablo, y no solo en la cura del cuerpo, sino, lo que es de más importancia, en la cura del alma? Respondo que Satanás, según su disposición y costumbre, no tenía otra cosa a la vista que matar y destruir, y que el aguijón de que Pablo hace mención estaba empapado en veneno mortal; pero que fue una bondad especial del Señor hacer medicinal lo que por su naturaleza era mortal.
La regla es la analogía de la Escritura, con una idea de la providencia de Dios que le es propia: lo que Satanás prepara para matar lo vuelve Dios remedio. Calvino rechaza la lujuria, recoge sin aprobarlos el dolor de cabeza y la lectura de Crisóstomo, y generaliza: cualquiera que sea la debilidad que nos aflija, el Señor nos ha abofeteado para que aprendamos humildad. En el versículo 8 se ocupa de una objeción que el siglo XIX volverá contra la sanidad:
Podría parecer que de aquí se sigue que Pablo no oró en absoluto con fe, a menos que se quieran anular todas las promesas de Dios. «Leemos por todas partes en la Escritura que obtendremos cuanto pidamos con fe: Pablo ora y no obtiene.» Respondo que así como hay diversas maneras de pedir, hay diversas maneras de obtener. Pedimos sin condiciones aquello de lo cual tenemos promesa expresa (por ejemplo, la perfección del reino de Dios, la santificación de su nombre, la remisión de nuestros pecados y todo lo que nos conviene); pero cuando pensamos que el reino de Dios puede, más aún, debe avanzar de este modo particular o de aquel, y que esto o aquello es necesario para la santificación de su nombre, a menudo nos equivocamos en nuestra opinión. […] Si, sin embargo, especificamos los medios, siempre hay una condición implícita, aunque no expresada. Ahora bien, Pablo no era tan ignorante como para no saberlo. Por tanto, en cuanto al objeto de su oración, no cabe duda de que fue oído, aunque tuvo una negativa en cuanto a la forma expresa. […] La razón por la que a veces rehúsa con misericordia a los suyos lo que en su ira concede a los malos es esta: que él prevé mejor que nuestro entendimiento lo que nos conviene.
La respuesta de Calvino distingue lo que Dios promete expresamente (el reino, el perdón, lo que conviene) de los medios que uno señala, y dice que en lo segundo hay siempre una condición sobreentendida. El fin de la oración de Pablo fue oído, y el medio, negado. Agustín decía casi lo mismo con el médico y el agua fría. Sobre el versículo 9 añade que Dios nos responde cuando nos fortalece por dentro con su Espíritu y nos sostiene con su consuelo, y que «gracia» es aquí «el auxilio del Espíritu Santo». Sobre el versículo 10 distingue dos sentidos de «debilidad»: las punzadas que Pablo sentía en la carne y, después, todo lo que lo hacía despreciable a los ojos del mundo.
El comentario a 2 Corintios que lleva el nombre de Matthew Henry lo completó Daniel Mayo, porque Henry no llegó a escribirlo. Dice que están «muy a oscuras» sobre lo que fue el aguijón, y enumera un dolor agudo o una enfermedad, las afrentas de los falsos apóstoles y la tentación, sin decidir. Lo que le importa es qué hace uno con él:
La oración es un bálsamo para toda llaga, un remedio para todo mal; y cuando estamos afligidos con espinas en la carne debemos entregarnos a la oración. […] Aunque las aflicciones se envían para nuestro provecho espiritual, podemos orar a Dios para que las quite; más aún, debemos desear que alcancen el fin para el que fueron dispuestas. […] Aunque Dios acepta la oración de la fe, no siempre la responde en la letra; así como a veces concede en su ira, a veces niega en su amor.
Wesley (1755) da una observación que va contra la lectura de la persecución: al apóstol le sobrevinieron «toda clase de aflicciones» y no rogó contra ninguna de ellas. «Pero aquí habla de una, por encima de todas las demás, que lo debilitaba». El dolor y la ignominia de esa aflicción lo mantenían humilde «no menos de lo que lo habría hecho el más violento dolor de cabeza, que muchos antiguos dicen que padecía». Del versículo 9 escribe: «¡Qué rechazo tan tierno! Vemos que puede haber gracia donde hay el más vivo sentimiento de dolor». Jamieson, Fausset y Brown (1871) citan a Alford, que lo cree la misma dolencia corporal de Gálatas 4:13-14, y dicen que fue algo «personal, que le afectaba individualmente y no como apóstol», con dolor agudo («aguijón») y vergüenza («abofetear»). Al versículo 9 le dan un tono de predicador: «El Señor tiene más necesidad de nuestra debilidad que de nuestra fuerza: nuestra fuerza es a menudo su rival; nuestra debilidad, su sierva». Y añaden: «El camino de Dios no es sacar a sus hijos de la prueba, sino darles fuerza para sobrellevarla».
La Reforma recibe de los Padres el fin del aguijón y la permisión, y de Calvino el principio de que el fin de la oración se cumple cuando se niega el medio. Lutero y Calvino quitan la concupiscencia. Wesley guarda la lectura corporal que va de Tertuliano a Jerónimo y la apoya en una observación que Plummer repetirá: Pablo no rogó contra ninguna otra prueba.