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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

    Índice de la obra

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    Teodoreto de Ciro

    Historia eclesiástica

    Texto base: versión inglesa de Blomfield Jackson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3 (1892), «The Ecclesiastical History» · cinco libros

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Jackson; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura por partes · ≈ 44 min · Comentarios editoriales opcionales

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
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    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
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    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
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    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Cuando los artistas pintan en tablas y en muros los acontecimientos de la historia antigua, deleitan la vista y mantienen viva por muchos años la memoria del pasado», empieza Teodoreto, obispo de Ciro, y añade que los historiadores hacen lo mismo con libros en lugar de tablas (prólogo). Lo que sigue, en cinco libros, es la continuación de Eusebio: la historia de la Iglesia desde que Constantino derrotó a Licinio (323) hasta la muerte de Teodoro de Mopsuestia y de Teodoto de Antioquía, «un período de ciento cinco años» que el propio autor cuenta desde «la locura arriana» (V, 39). Es, sobre todo, la historia de cómo se vivió y se resistió el arrianismo: Nicea, los destierros de Atanasio, Juliano, Basilio, Ambrosio y Crisóstomo, con las cartas y los edictos copiados a la letra.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Blomfield Jackson, impresa en 1892 en el volumen 3 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), junto con otros escritos de Teodoreto, de Jerónimo, Genadio y Rufino. Jackson tradujo del texto griego de la Patrologia de Migne, y dice que la traducción es nueva y que abandonó el plan inicial de revisar una versión existente. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no se atribuye a ningún traductor humano.

    Ficha de la obra

    AutorTeodoreto de Ciro (Wikipedia: c. 393 – c. 458; Jackson, con Tillemont: nacido en 393 y muerto en 453, y con Garnerius, en 458), obispo de Ciro desde 423
    TítuloHistoria eclesiástica (en inglés, The Ecclesiastical History)
    FechaWikipedia la da por terminada en 449–450. Jackson nota que el último hecho que Teodoreto cuenta parece ser de 440 (acceso de Isdigerdes II)
    GéneroHistoria de la Iglesia por reinados, con muchos documentos copiados íntegros; Teodoreto declara que sigue a Eusebio y empieza donde este acaba
    EstructuraCinco libros y 154 capítulos, más un prólogo y, al final, listas de los obispos de Roma, Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla
    PeríodoDe 323 a 428 (105 años, según el propio Teodoreto en V, 39)
    ExtensiónUnas 85 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Jackson; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3 (Christian Literature Co., Nueva York, 1892), tal como lo recoge CCEL con las notas y los prolegómenos de Jackson

    La fuente y su traducción

    Este texto sigue la versión inglesa de Blomfield Jackson, clérigo de la iglesia londinense de San Bartolomé (St. Bartholomew's, Moor Lane) y miembro del King's College de Londres, publicada en el volumen 3 de la segunda serie de los NPNF: Theodoret, Jerome, Gennadius, & Rufinus: Historical Writings, bajo la supervisión editorial de Philip Schaff y Henry Wace (CCEL da Nueva York, Christian Literature Co., 1892; la portada de la reimpresión nombra a T&T Clark, Edimburgo, y a Eerdmans, Grand Rapids). Schaff fechó el prefacio del volumen el 12 de julio de 1892. Jackson dice en su prefacio (Londres, julio de 1892) que tradujo a partir de la edición de la Patrologia de Migne y que, tras un breve intento de revisar una traducción anterior, la hizo toda de nuevo. Las cartas de Teodoreto, añade, no se habían publicado antes en inglés.
    Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir del texto inglés del NPNF; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en cinco libros y en capítulos, y los títulos de capítulo, son los de la edición inglesa. La edición no numera las secciones dentro de cada capítulo, así que los localizadores de esta edición llegan al capítulo («III, 15»); el prólogo se localiza «I, prólogo». El epub no trae las notas de Jackson, ni sus prolegómenos ni sus tablas cronológicas: lo que las notas de esta edición dicen de ellos procede de la edición de CCEL, y se avisa cuando es así. Los corchetes con una palabra o un nombre («[Constantino César]») parecen aclaraciones del traductor inglés y se conservan; lo mismo los años entre corchetes de las listas de obispos al final de V, 39. Una palabra griega partida, «[ὁ] [μοούσιον]», es como la trae el epub. Los defectos de la traducción castellana que hemos visto están avisados al comienzo del libro I.

    Libro I

    Prólogo.— Propósito de la Historia

    I, prólogo

    Cuando los artistas pintan en tablas y en muros los acontecimientos de la historia antigua, deleitan la vista y mantienen viva por muchos años la memoria del pasado. Los historiadores sustituyen los libros por las tablas, la viva descripción por los pigmentos, y así hacen el recuerdo de los acontecimientos pasados más fuerte y más duradero, pues el arte del pintor es arruinado por el tiempo. Por esta razón yo también intentaré consignar por escrito acontecimientos de la historia eclesiástica hasta ahora omitidos, considerando, en verdad, que no es justo mirar sin esfuerzo mientras el olvido priva a las nobles hazañas y a las historias útiles de la fama que les corresponde. Por esta causa también he sido instado con frecuencia por amigos a emprender esta obra. Pero cuando comparo mis propias fuerzas con la magnitud de la empresa, retrocedo ante el intento. Confiando, sin embargo, en la generosidad del Dador de todo bien, emprendo una tarea superior a mis propias fuerzas.
    Eusebio de Palestina ha escrito una historia de la Iglesia desde el tiempo de los santos Apóstoles hasta el reinado de Constantino, el príncipe amado de Dios. Comenzaré mi historia desde el punto en que termina la suya.
    Comentario editorial · Teodoreto y su continuación de Eusebio
    Teodoreto nació en Antioquía, en 393 según Tillemont, la fecha que sigue Jackson (la menos probable es 386; Möller da 390), y fue obispo de Ciro desde 423. Jackson señala que su historia empieza, como la de Eusebio acaba, con la derrota de Licinio en 323, y que el último hecho que cuenta parece ser el acceso de Isdigerdes II en 440. Wikipedia, en cambio, dice que la obra se completó en 449–450 y que termina con la muerte de Teodoro de Mopsuestia, a quien el propio Teodoreto sitúa al final de los 105 años (V, 39). Sobre las fuentes que usó, las opiniones difieren: Valesio pensaba en Sócrates y Sozomeno; Güldenpenning ponía a Rufino en primer lugar (Wikipedia).

    Capítulo 1. Origen de la herejía arriana

    I, 1

    Después del derrocamiento de los malvados e impíos tiranos, Majencio, Maximino y Licinio, el oleaje que aquellos destructores, como huracanes, habían levantado se adormeció; los torbellinos fueron contenidos, y desde entonces la Iglesia comenzó a gozar de una calma estable. Esto le fue asegurado por Constantino, príncipe digno de toda alabanza, cuyo llamamiento, como el del divino Apóstol, no procedía de los hombres ni por hombre, sino del cielo. Promulgó leyes que prohibían los sacrificios a los ídolos y ordenaban que se erigieran iglesias. Nombró a cristianos gobernadores de las provincias, ordenando que se mostrara honor a los sacerdotes y amenazando con la muerte a quienes se atrevieran a insultarlos. Unos reedificaron las iglesias que habían sido destruidas; otros erigieron otras nuevas aún más espaciosas y magníficas. De ahí que para nosotros todo fuera gozo y alegría, mientras nuestros enemigos estaban abrumados de tristeza y desesperación. Los templos de los ídolos fueron cerrados; pero se celebraban asambleas frecuentes y fiestas en las iglesias. Pero el diablo, lleno de toda envidia y maldad, destructor del género humano, no pudiendo soportar la vista de la Iglesia navegando con vientos favorables, suscitó planes de mal consejo, ansioso de hundir la nave gobernada por el Creador y Señor del Universo. Cuando empezó a advertir que el error de los griegos había quedado al descubierto, que los diversos engaños de los demonios habían sido detectados y que la mayor parte de los hombres adoraba al Creador, en lugar de adorar, como antes, a la criatura, no se atrevió a declarar guerra abierta a nuestro Dios y Salvador; sino que, habiendo hallado a algunos que, aunque honrados con el nombre de cristianos, eran sin embargo esclavos de la ambición y de la vanagloria, los convirtió en instrumentos aptos para la ejecución de sus designios y, por medio de ellos, arrastró a otros de nuevo a su antiguo error, no ciertamente por el antiguo método de establecer el culto de la criatura, sino consiguiendo que el Creador y Hacedor de todo fuese reducido al nivel de la criatura. Procederé ahora a relatar dónde y por qué medios sembró esta cizaña.
    Alejandría es una ciudad inmensa y populosa, encargada de la primacía no solo de Egipto, sino también de las regiones vecinas, la Tebaida y Libia. Después de que Pedro, el victorioso campeón de la fe, obtuviera, bajo el dominio de los impíos tiranos antes mencionados, la corona del martirio, la Iglesia de Alejandría fue gobernada por breve tiempo por Áquilas. Le sucedió Alejandro, que se mostró noble defensor de las doctrinas del evangelio. Por aquel tiempo, Arrio, que había sido inscrito en la lista del presbiterio y a quien se había confiado la exposición de las Sagradas Escrituras, cayó presa de los asaltos de la envidia al ver que el timón del sumo sacerdocio era encomendado a Alejandro. Aguijoneado por esta pasión, buscaba ocasiones de disputa y contienda; y aunque comprendía que la conducta irreprochable de Alejandro le impedía presentar acusación alguna contra él, la envidia no le dejaba descansar. En él halló el enemigo de la verdad un instrumento para agitar y remover las aguas encolerizadas de la Iglesia, y le persuadió a oponerse a la doctrina de Alejandro. Mientras el Patriarca, en obediencia a las Sagradas Escrituras, enseñaba que el Hijo es de igual dignidad que el Padre y de la misma sustancia que el Dios que lo engendró, Arrio, en abierta oposición a la verdad, afirmaba que el Hijo de Dios es meramente una criatura o un ser creado, añadiendo la famosa sentencia, «Hubo un tiempo en que no era;» junto con otras opiniones que pueden conocerse por sus propios escritos. Enseñaba estas falsas doctrinas perseverantemente, no solo en la iglesia, sino también en reuniones y asambleas generales; e incluso iba de casa en casa, esforzándose por hacer a los hombres esclavos de su error. Alejandro, firmemente apegado a las doctrinas de los Apóstoles, intentó primero convencerlo de su error con exhortaciones y consejos; pero cuando lo vio haciendo el loco y declarando públicamente su impiedad, lo depuso del orden del presbiterio, pues oía a la ley de Dios declarar en alta voz, «Si tu ojo derecho te escandaliza, sácalo y échalo de ti.»

    Capítulo 2. Lista de los principales obispos

    I, 2

    De la iglesia de Roma en este período tenía las riendas Silvestre. Su predecesor en la sede fue Melquíades, sucesor de aquel Marcelino que tan noblemente se había distinguido durante la persecución.
    En Antioquía, después de la muerte de Tirano, cuando comenzó a restablecerse la paz en las iglesias, Vital recibió la autoridad principal y restauró la iglesia de la «Palæa» que había sido destruida por los tiranos. Le sucedió Filogonio, quien completó todo lo que faltaba en la obra de restauración: durante el tiempo de Licinio se había distinguido por su celo por la religión.
    Después del gobierno de Hermón, la administración de la iglesia de Jerusalén fue confiada a Macario, varón cuyo carácter era igual a su nombre y cuya inteligencia estaba adornada de toda clase de virtudes.
    En este mismo período gobernaba también la iglesia de Constantinopla Alejandro, ilustre por sus dones.
    Fue en este tiempo cuando Alejandro, obispo de Alejandría, advirtiendo que Arrio, esclavizado por la ambición de poder, reunía a los que habían sido cautivados por sus doctrinas blasfemas y celebraba reuniones privadas, comunicó por carta a los responsables de las principales iglesias un relato de su herejía. Para que no se sospeche de la autenticidad de mi historia, insertaré ahora en mi narración la carta que escribió a su homónimo, que contiene una exposición clara de todos los hechos que he mencionado. Añadiré también la carta de Arrio, junto con las demás cartas necesarias para la integridad de este relato, para que a la vez den testimonio de la verdad de mi obra y hagan más claro el curso de los acontecimientos.
    La siguiente carta fue escrita por Alejandro de Alejandría al obispo del mismo nombre que él.

    Capítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla

    I, 3

    A su hermano muy reverenciado y de los mismos sentimientos, Alejandro, Alejandro saluda en el Señor.
    Impulsadas por la avaricia y la ambición, personas de mala intención han conspirado siempre contra el bienestar de las diócesis más importantes. Bajo diversos pretextos atacan la religión de la Iglesia; y, enloquecidas por el diablo que actúa en ellas, se apartan de toda piedad según su propio gusto y pisotean el temor del juicio de Dios. Como yo mismo sufro a causa de ellas, considero necesario informar a vuestra piedad para que estéis en guardia contra ellas, no sea que ellas o alguno de su partido se atreva a entrar en vuestra diócesis (pues estos impostores son hábiles en el engaño) o hagan circular cartas falsas y especiosas, calculadas para engañar a quien se ha consagrado a la fe sencilla e inmaculada.
    Arrio y Áquilas han formado últimamente una conspiración y, emulando la ambición de Coluto, han ido mucho más lejos que él. Él, en verdad, buscaba un pretexto para su propia y perniciosa línea de conducta en las acusaciones que presentaba contra ellos. Pero ellos, viendo que aquel hacía comercio de Cristo por lucro, se negaron a permanecer por más tiempo sujetos a la Iglesia; antes bien se construyeron cuevas, como ladrones, y ahora se reúnen constantemente en ellas, y día y noche lanzan calumnias contra Cristo y contra nosotros. Denigran toda doctrina piadosa y, a la manera judía, han organizado una banda para luchar contra Cristo, negando su divinidad y declarándolo al nivel de los demás hombres. Escogen todo pasaje que se refiere a la dispensación de la salvación y a su humillación por causa nuestra; de ellos se esfuerzan por extraer su propia impía afirmación, mientras evaden todos aquellos que declaran su eterna divinidad y la gloria incesante que posee con el Padre. Sostienen la doctrina impía que los griegos y los judíos tenían acerca de Jesucristo; y así, por todos los medios a su alcance, buscan su aplauso. Practican oficiosamente todo aquello de lo que los de fuera se burlan en nosotros. Diariamente suscitan persecuciones y sediciones contra nosotros. Por una parte presentan acusaciones contra nosotros ante los tribunales, sobornando como testigos a ciertas mujeres sin principios a las que han seducido para el error. Por otra deshonran el cristianismo permitiendo que sus jóvenes vaguen por las calles. Más aún, han tenido el descaro de rasgar la túnica sin costura de Cristo, que los soldados no se atrevieron a dividir.
    Cuando estas acciones, coherentes con su modo de vida, y la impía empresa que durante mucho tiempo habían ocultado, llegaron tardíamente a nuestro conocimiento, los expulsamos unánimemente de la Iglesia que adora la divinidad de Cristo. Entonces corrieron de aquí para allá formando cábalas contra nosotros, dirigiéndose incluso a nuestros co-ministros que compartían una misma mente con nosotros, con el pretexto de buscar la paz y la unidad con ellos, pero en realidad esforzándose, por medio de palabras halagüeñas, por arrastrar a algunos de ellos a su propia enfermedad. Les piden que escriban una carta prolija, y luego leen su contenido a aquellos a quienes han engañado, para que no se retracten, sino que se confirmen en su impiedad al hallar que obispos están de acuerdo y apoyan sus opiniones. No reconocen las doctrinas y prácticas malvadas por las que han sido expulsados por nosotros, sino que o las comunican sin comentario, o continúan el engaño con falacias y falsificaciones. Así, ocultando su doctrina destructiva con lenguaje persuasivo y servilmente rastrero, atrapan a los incautos y no pierden ocasión de calumniar nuestra religión. De aquí resulta que varios han sido llevados a firmar su carta y a recibirlos en la comunión, procedimiento por parte de nuestros co-ministros que considero altamente reprensible; pues así no solo desobedecen la regla, sino que incluso ayudan a inflamar su acción diabólica contra Cristo. Por esta razón, amados hermanos, sin demora me he movido a informaros de la incredulidad de ciertas personas que dicen que «hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no era;» y que «el que antes no existía llegó después a existir; y cuando en algún momento llegó a existir, se hizo tal como es cualquier otro hombre.» Dios, dicen, creó todas las cosas de lo no existente, e incluyen en el número de las criaturas, tanto racionales como irracionales, incluso al Hijo de Dios. Consecuentemente con esta doctrina, afirman como consecuencia necesaria que Él es por naturaleza susceptible de cambio y capaz tanto de virtud como de vicio, y así, con su hipótesis de que fue creado de lo no existente, derriban el testimonio de las Sagradas Escrituras, que declaran la inmutabilidad del Verbo y la Divinidad de la Sabiduría del Verbo, el cual Verbo y Sabiduría es Cristo. "También nosotros podemos", dicen estos malditos, "llegar a ser semejantes a Él, hijos de Dios; pues está escrito: Crié y engrandecí hijos." Cuando se les presenta la continuación de este texto, que es "y ellos se rebelaron contra Mí", y se les objeta que estas palabras son incompatibles con la naturaleza inmutable del Salvador, arrojan toda reverencia y afirman que Dios conoció y previó de antemano que su Hijo no se rebelaría contra Él, y que por eso lo eligió con preferencia a todos los demás. Asimismo afirman que no fue elegido porque tuviera por naturaleza algo superior a los otros hijos de Dios; pues ningún hombre, dicen, es hijo de Dios por naturaleza, ni tiene relación peculiar alguna con Él. Fue elegido, alegan, porque, aunque mudable por naturaleza, su carácter esforzado no sufrió deterioro. Como si, en verdad, aun si un Pablo y un Pedro hicieran esfuerzos semejantes, su filiación no se diferenciara en nada de la suya.
    Para establecer esta doctrina insensata insultan las Escrituras y aducen lo que se dice en los Salmos de Cristo: "Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros." Ahora bien, que el Hijo de Dios no fue creado de lo no existente y que nunca hubo un tiempo en que no existiera, lo enseña expresamente Juan el Evangelista, que habla de Él como "el Hijo unigénito que está en el seno del Padre". Este divino maestro deseaba mostrar que el Padre y el Hijo son inseparables; y por eso dijo: "que el Hijo está en el seno del Padre". Además, el mismo Juan afirma que el Verbo de Dios no está clasificado entre las cosas creadas de lo no existente, pues dice que "todas las cosas fueron hechas por Él", y también declara su personalidad individual en las siguientes palabras: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho". Si, pues, todas las cosas fueron hechas por Él, ¿cómo es que Aquel que así otorgó la existencia a todo pudo no haber tenido existencia en algún momento? El Verbo, el poder creador, no puede de ningún modo ser definido como de la misma naturaleza que las cosas creadas, si en verdad Él estaba en el principio, y todas las cosas fueron hechas por Él, y por Él fueron llamadas de lo no existente al ser. "Lo que es'" debe ser de naturaleza opuesta y esencialmente distinta de las cosas creadas de lo no existente. Esto muestra asimismo que no hay separación entre el Padre y el Hijo, y que la idea de separación ni siquiera puede ser concebida por la mente; mientras que el hecho de que el mundo fuera creado de lo no existente implica una génesis posterior y nueva de su naturaleza esencial, habiendo sido todas las cosas dotadas de tal origen de existencia por el Padre a través del Hijo. Juan, el piadosísimo apóstol, al percibir que la palabra "era" aplicada al Verbo de Dios estaba muy por encima de la inteligencia de los seres creados, no se atrevió a hablar de su generación ni de su creación, ni se atrevió tampoco a nombrar al Hacedor y a la criatura con sílabas equivalentes. No es que el Hijo de Dios sea innascible, pues solo el Padre es innascible; sino que la inefable personalidad del Dios unigénito está más allá de la concepción más aguda de los evangelistas y quizá incluso de los ángeles. Por lo tanto, no creo que deban ser considerados piadosos los hombres que se atreven a investigar este asunto, desobedeciendo el mandato: "No busques lo que es demasiado difícil para ti, ni indagues lo que es demasiado alto para ti". Pues si el conocimiento de muchas otras cosas incomparablemente inferiores excede la capacidad de la mente humana y, por tanto, no puede alcanzarse, como ha dicho Pablo: "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman", y como Dios dijo también a Abraham que las estrellas no podían ser contadas por él; y asimismo se dice: "¿Quién contará los granos de arena de la orilla del mar o las gotas de lluvia?", ¿cómo, pues, podrá alguien que no sea un insensato atreverse a indagar la naturaleza del Verbo de Dios? Dice el Espíritu de profecía: "¿Quién declarará su generación?". Por eso nuestro Salvador, en su bondad para con aquellos hombres que eran columnas de todo el mundo, deseando aliviarlos de la carga de esforzarse por alcanzar este conocimiento, les dijo que estaba más allá de su comprensión natural y que solo el Padre podía discernir este misterio divinísimo: "Nadie", dijo Él, "conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo". Creo que fue acerca de este mismo asunto que el Padre dijo: "Mi secreto es para Mí y para los Míos".
    Pero la insensata locura de imaginar que el Hijo de Dios llegó a existir de aquello que no tenía ser, y que su envío se produjo en el tiempo, es evidente por las palabras "que no tenía ser", aunque los necios son incapaces de percibir la necedad de sus propias expresiones. Pues la frase "Él no era" debe referirse o al tiempo o a algún intervalo en los siglos. Si, pues, es verdad que todas las cosas fueron hechas por Él, es evidente que toda edad, todo tiempo, todos los intervalos de tiempo y ese "cuándo" en el que tiene lugar el "no era" fueron hechos por Él. ¿Y no es absurdo decir que hubo un tiempo en que Aquel que creó todo tiempo, y las edades, y las estaciones, con las que se confunde el "no era", no existía? Pues sería el colmo de la ignorancia, y contrario en verdad a toda razón, afirmar que la causa de una cosa creada puede ser posterior a lo causado por ella. El intervalo durante el cual dicen que el Hijo era todavía no engendrado del Padre fue, según su opinión, anterior a la sabiduría de Dios, por quien todas las cosas fueron creadas. Así contradicen la Escritura que lo declara "el primogénito de toda criatura". En consonancia con esta doctrina, Pablo con su habitual voz poderosa clama acerca de Él: "a quien ha constituido heredero de todo, y por quien hizo también los mundos" "Porque por Él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, dominios, principados o potestades: todo fue creado por Él y para Él, y Él es antes de todas las cosas". Puesto que la hipótesis implicada en la frase "de lo no existente" es manifiestamente impía, se sigue que el Padre es siempre Padre. Y es Padre por la presencia continua del Hijo, por causa de quien es llamado Padre. Y estando el Hijo siempre presente con Él, el Padre es siempre perfecto, sin carecer de bien alguno, pues no engendró a su Hijo unigénito en el tiempo, ni en intervalo alguno de tiempo, ni de aquello que no tenía existencia previa.
    ¿No es, pues, impío decir que hubo un tiempo en que la sabiduría de Dios no existía? Dice: "Yo estaba junto a Él como uno criado con Él: yo era cada día su delicia". ¿O que en algún momento el poder de Dios no existió, o su Verbo, o cualquier otra cosa por la que se conoce al Hijo o se designa al Padre, fue defectuosa? Afirmar que el resplandor de la gloria del Padre "una vez no existió" destruye también la luz original de la cual es resplandor; y si alguna vez hubo un tiempo en que la imagen de Dios no existió, es evidente que Aquel de quien es imagen no existe siempre: más aún, por la no existencia de la imagen expresa de la Persona de Dios, también es quitado Aquel de quien esta es siempre la imagen expresa. De aquí puede verse que la filiación de nuestro Salvador no tiene nada en común con la filiación de los hombres. Pues así como se ha mostrado que la naturaleza de su existencia no puede expresarse con palabras, y supera infinitamente en excelencia a todas las cosas a las que ha dado el ser, así su filiación, que participa naturalmente de su divinidad paternal, es indeciblemente diferente de la filiación de aquellos que, por disposición suya, han sido adoptados como hijos. Él es por naturaleza inmutable, perfecto y del todo suficiente, mientras que los hombres están sujetos a cambio y necesitan su ayuda. ¿Qué progreso adicional puede hacer la sabiduría de Dios? ¿Qué puede añadir a sí misma la Verdad misma, o Dios el Verbo? ¿Cómo pueden la Vida o la Luz verdadera ser mejoradas de algún modo? ¿Y no es aún más contrario a la naturaleza suponer que la sabiduría puede ser susceptible de necedad? ¿Que el poder de Dios pueda unirse a la debilidad? ¿Que la razón misma pueda ser oscurecida por la irracionalidad, o que las tinieblas puedan mezclarse con la luz verdadera? ¿No dice el Apóstol: "¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia tiene Cristo con Belial?", y Salomón, que "el camino de la serpiente sobre la peña" era "demasiado maravilloso" para que la mente humana lo comprendiera, cuya "peña", según San Pablo, es Cristo. Los hombres y los ángeles, sin embargo, que son criaturas suyas, han recibido su bendición que los capacita para ejercitarse en la virtud y en la obediencia a sus mandamientos, para que así eviten el pecado. Y por esta causa nuestro Señor, siendo por naturaleza Hijo del Padre, es adorado por todos; y quienes se han despojado del espíritu de servidumbre y, mediante valientes obras y progreso en la virtud, han recibido el espíritu de adopción por la bondad de Aquel que es Hijo de Dios por naturaleza, por adopción se convierten también en hijos.
    Su verdadera, propia, natural y especial filiación fue declarada por Pablo, quien, hablando de Dios, dice que "no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros", que no somos sus hijos por naturaleza. Fue para distinguirlo de aquellos que no son "suyos" por lo que lo llamó "su propio Hijo". Está también escrito en el Evangelio: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco"; y en los Salmos dice el Salvador: "El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo". Al proclamar la filiación natural muestra que no hay otros hijos naturales además de Él mismo.
    ¿Y no muestran estas palabras, "yo te engendré desde el seno antes de la aurora", con claridad la filiación natural del nacimiento paternal de Aquel cuya suerte no proviene de la diligencia de conducta ni del ejercicio en el progreso moral, sino de la individualidad de la naturaleza? De aquí se sigue que la filiación del Hijo unigénito del Padre es incapaz de caer; mientras que la adopción de los seres racionales que no son sus hijos por naturaleza, sino solo por la idoneidad del carácter y por la generosidad de Dios, puede decaer, como está escrito en la palabra: "Vieron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y las tomaron por mujeres", y así sucesivamente. Y Dios, hablando por Isaías, dijo: "Crié y engrandecí hijos, y ellos se rebelaron contra Mí".
    Tengo muchas cosas que deciros, amados; pero como temo causar fatiga amonestando más a maestros que comparten mi propio sentir, las paso por alto. Vosotros, instruidos por Dios, no ignoráis que la enseñanza contraria a la religión de la Iglesia que acaba de surgir es la misma que propagaron Ebión y Artemas, y rivaliza con la de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, excomulgado por un concilio de todos los obispos. Luciano, su sucesor, se apartó de la comunión con estos obispos durante un período de muchos años.
    Y ahora entre nosotros han surgido hombres 'de lo no existente' que han sorbido con avidez las heces de esta impiedad, retoños del mismo tronco: me refiero a Arrio y Aquilas, y a toda su banda de bribones. Tres obispos de Siria, nombrados nadie sabe cómo, al consentir con ellos, los encienden a un calor más fatal. Remito su sentencia a vuestra decisión. Reteniendo en su memoria todo lo que pueden recoger acerca del sufrimiento, la humillación, el vaciamiento de sí mismo y la llamada pobreza, y todo aquello de lo que el Salvador por nuestra causa aceptó el nombre adquirido, aducen esos pasajes para refutar su existencia eterna y su divinidad, mientras olvidan todos los que declaran su gloria, su nobleza y su permanencia con el Padre; como por ejemplo, ' Yo y mi Padre somos uno. ' En estas palabras el Señor no se proclama a sí mismo como el Padre, ni representa dos naturalezas como una sola; sino que la esencia del Hijo del Padre conserva con exactitud la semejanza del Padre, tomando su naturaleza la impronta de la semejanza con Él en todas las cosas, siendo la imagen exacta del Padre y la marca expresa del prototipo. Por tanto, cuando Felipe, deseoso de ver al Padre, le dijo: ' Señor, muéstranos al Padre,' el Señor con abundante claridad le respondió: ' El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,' como si el Padre fuese contemplado en el espejo inmaculado y viviente de su imagen. La misma idea se expresa en los Salmos, donde los santos dicen: ' En tu luz veremos la luz. ' Es por esto que ' el que honra al Hijo, honra al Padre. ' Y con razón, pues toda palabra impía que los hombres se atreven a proferir contra el Hijo se dice también contra el Padre.
    Después de esto, nadie puede asombrarse de las falsas calumnias que voy a detallar, amados hermanos míos, propagadas por ellos contra mí y contra nuestro pueblo tan religioso. No solo disponen su batalla contra la divinidad de Cristo, sino que nos insultan ingratamente. Consideran indigno ser comparados con cualquiera de los antiguos, ni toleran ser puestos al nivel de los maestros que conocemos desde la infancia. No admiten que ninguno de nuestros co-ministros posea en parte alguna ni siquiera una inteligencia mediocre. Dicen que ellos solos son los sabios y los pobres, y los descubridores de doctrinas, y que solo a ellos les han sido reveladas aquellas verdades que, según dicen, jamás han entrado en la mente de ningún otro individuo bajo el sol. ¡Oh qué arrogante maldad! ¡Oh qué excesiva necedad! ¡Qué falsa jactancia, unida a la locura y al orgullo satánico, ha endurecido sus impíos corazones! No se avergüenzan de oponerse a la piadosa claridad de las antiguas Escrituras, ni la piedad unánime de todos nuestros co-ministros acerca de Cristo embota su audacia. Ni siquiera los demonios soportarán una impiedad como esta; pues hasta ellos se abstienen de proferir blasfemia contra el Hijo de Dios.
    Estas son, pues, las cuestiones que he de plantear, según la capacidad que poseo, contra aquellos que desde sus toscos recursos arrojan polvo sobre el Cristo e intentan calumniar nuestra reverencia hacia Él. Estos inventores de fábulas necias afirman que nosotros, que rechazamos su impía y no escriturística blasfemia acerca de la creación de Cristo de lo no existente, enseñamos que hay dos Seres innascibles. Porque estos hombres mal instruidos sostienen que ha de darse una de estas dos alternativas: o bien se ha de creer que Él provino de lo no existente, o bien hay dos Seres innascibles. En su ignorancia y falta de práctica en teología no comprenden cuán vasta ha de ser la distancia entre el Padre, que es increado, y las criaturas, ya sean racionales o irracionales, que Él creó de lo no existente; y que la naturaleza unigénita de Aquel que es el Verbo de Dios, por quien el Padre creó el universo de lo no existente, estando, por así decirlo, en medio entre los dos, fue engendrada del Padre autoexistente, como el Señor mismo testificó cuando dijo: ' Todo el que ama al Padre, ama también al Hijo que es engendrado de Él. '
    Creemos, como enseña la Iglesia, en un solo Padre innascible, que de su ser no tiene causa, inmutable e invariable, y que subsiste siempre en un solo estado de ser, sin admitir progreso ni disminución; que dio la ley, los profetas y el evangelio; Señor de los patriarcas, de los apóstoles y de todos los santos: y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, engendrado no de lo que no es, sino del Padre, que es; pero no a la manera de los cuerpos materiales, por separación o emanación, como enseñaron Sabelio y Valentín; sino de manera inexpresable e inexplicable, según la palabra que citamos arriba: ' ¿Quién contará su generación??' puesto que ninguna inteligencia mortal puede comprender la naturaleza de su Persona, como tampoco el Padre mismo puede ser comprendido, porque la naturaleza de los seres razonables es incapaz de captar la manera en que fue engendrado del Padre.
    Pero los que son guiados por el Espíritu de verdad no tienen necesidad de aprender estas cosas de mí, porque las palabras pronunciadas hace tiempo por el Salvador aún resuenan en nuestros oídos: ' Nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre. ' Hemos aprendido que el Hijo es inmutable e invariable, suficiente y perfecto, semejante al Padre, careciendo solo de su «innascible.» Él es la imagen exacta y precisamente semejante de su Padre. Pues es claro que la imagen contiene plenamente todo aquello por lo que existe la mayor semejanza, como el Señor nos enseñó cuando dijo: ' Mi Padre es mayor que yo. ' Y de acuerdo con esto creemos que el Hijo existió siempre del Padre; porque Él es el resplandor de su gloria, y la expresa imagen de la Persona de su Padre. Pero que nadie sea llevado por la palabra ' siempre ' a imaginar que el Hijo es innascible, como piensan algunos que tienen sus intelectos cegados: porque decir que Él era, que ha sido siempre y que antes de todos los siglos, no es decir que sea innascible.
    La mente del hombre no podría inventar un término que exprese lo que significa ser innascible. Creo que vosotros sois de esta opinión; y, en verdad, me siento confiado en vuestra visión ortodoxa de que ninguno de estos términos significa de ningún modo lo innascible. Pues todos los términos parecen significar meramente la extensión del tiempo, y no son adecuados para expresar la divinidad y, por así decirlo, el ser primordial del Hijo unigénito. Fueron usados por los santos varones que se esforzaron con empeño por aclarar el misterio, y que pidieron perdón a quienes los oían, con una excusa razonable por su insuficiencia, diciendo 'hasta donde ha alcanzado nuestra comprensión.' Pero si quienes alegan que lo que era ' conocido en parte ' ha sido ' abolido ' para ellos, esperan de labios humanos algo más allá de los poderes humanos, es claro que los términos 'era', y 'siempre', y 'antes de todos los siglos', quedan muy por debajo de esta expectativa. Pero sea lo que sea que signifiquen, no es lo mismo que 'lo innascible.' Por tanto, su propia dignidad individual debe reservarse al Padre como el Innascible, sin que nadie sea llamado causa de su existencia: al Hijo igualmente ha de dársele la honra que le corresponde, habiendo para Él una generación del Padre que no tiene principio; debemos rendirle adoración, como ya hemos dicho, solo piadosa y religiosamente atribuyéndole el 'era' y el 'siempre', y el 'antes de todos los siglos;' no rechazando, sin embargo, su divinidad, sino atribuyéndole una perfecta semejanza en todas las cosas con su Padre, al mismo tiempo que atribuimos solo al Padre su propia y peculiar gloria de 'lo innascible', como el Salvador mismo dice: ' Mi Padre es mayor que yo. '
    Y además de esta piadosa creencia respecto al Padre y al Hijo, confesamos, como nos enseñan las Sagradas Escrituras, un solo Espíritu Santo, que movió a los santos del Antiguo Testamento y a los divinos maestros de lo que se llama el Nuevo. Creemos en una sola Iglesia Católica, la, que no puede ser destruida aunque todo el mundo tomara consejo para luchar contra ella, y que obtiene la victoria sobre todos los impíos ataques de los heterodoxos; pues somos alentados por las palabras de su Maestro: ' Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo. ' Después de esto, recibimos la doctrina de la resurrección de los muertos, de la cual Jesucristo nuestro Señor llegó a ser las primicias; Quien llevó un Cuerpo, en verdad, no en apariencia, derivado de María la madre de Dios; en la plenitud de los tiempos morando entre el linaje humano, para la remisión de los pecados: quien fue crucificado y murió, y con todo esto no sufrió disminución alguna de su Divinidad. Resucitó de los muertos, fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.
    En esta epístola solo he mencionado estas cosas en parte, juzgando, como he dicho, fatigoso detenerme minuciosamente en cada artículo, puesto que son bien conocidas por vuestra piadosa diligencia. Estas cosas enseñamos, estas cosas predicamos; estos son los dogmas de la Iglesia apostólica, por los cuales estamos dispuestos a morir, cuidándonos poco de quienes nos obligarían a abjurar de ellos; porque jamás renunciaremos a nuestra esperanza en ellos, aunque intentaran obligarnos con torturas.
    Arrio y Aquilas, junto con sus compañeros enemigos, han sido expulsados de la Iglesia, porque se han vuelto ajenos a nuestra piadosa doctrina: según el bienaventurado Pablo, que dijo: 'Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema, aunque pretenda ser un ángel del cielo, y ' Pero si alguno enseña otra cosa, y no consiente a las palabras sanas, es decir, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es según la piedad, es soberbio, nada sabe,' y así sucesivamente. Puesto que, pues, han sido condenados por la hermandad, que ninguno de vosotros los reciba, ni atienda a lo que dicen o escriben. Son engañadores, y propagan mentiras, y jamás se adhieren a la verdad. Andan por diferentes ciudades sin otro propósito que entregar cartas bajo pretexto de amistad y en nombre de la paz, y mediante hipocresía y adulación obtener otras cartas a cambio, para engañar a unas pocas ' mujercillas cargadas de pecados. ' Os ruego, amados hermanos, que evitéis a quienes así se han atrevido a obrar contra Cristo, que han expuesto públicamente la religión cristiana a la burla, y han procurado con avidez hacer ostentación ante tribunales de justicia, que han intentado excitar una persecución contra nosotros en un período de la más completa paz, y que han debilitado el inefable misterio de la generación de Cristo. Uníos unánimemente en oposición a ellos, como ya han hecho algunos de nuestros co-ministros, quienes, llenos de indignación, me escribieron contra ellos y firmaron nuestra fórmula de fe.
    Os he enviado estas cartas por mi hijo Apión, el diácono; siendo las de (los ministros de) todo Egipto y la Tebaida, también las de Libia y la Pentápolis, de Siria, Licia, Panfilia, Asia, Capadocia y de los demás países vecinos. Cuyo ejemplo, confío, seguiréis vosotros también. He hecho muchos intentos bondadosos para recuperar a los que han sido extraviados, pero ningún remedio ha resultado más eficaz para restaurar al laicado que ha sido engañado por ellos y conducirlo al arrepentimiento, que la manifestación de la unión de nuestros co-ministros. Saludaos unos a otros, con la hermandad que está con vosotros. Ruego que seáis fuertes en el Señor, amados míos, y que yo reciba el fruto de vuestro amor a Cristo.
    Lo siguiente son los nombres de los que han sido anatematizados como herejes: entre los presbíteros, Arrio; entre los diáconos, Aquilas, Euzoio, Aítales, Lucio, Sarmates, Julio, Menas, otro Arrio y Heladio.
    Alejandro escribió en el mismo tenor a Filogonio, obispo de Antioquía, a Eustacio, que entonces gobernaba la iglesia de los Bereos, y a todos los que defendían las doctrinas de los Apóstoles. Pero Arrio no pudo soportar permanecer callado, sino que escribió a todos los que creía que concordaban con él en opinión. Su carta a Eusebio, obispo de Nicomedia, es una prueba clara de que el divino Alejandro no escribió nada falso acerca de él. Insertaré aquí su carta, a fin de que los nombres de los implicados en su impiedad lleguen a ser generalmente conocidos.

    Capítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia

    I, 4

    A su muy querido señor, el hombre de Dios, el fiel y ortodoxo Eusebio, Arrio, injustamente perseguido por Alejandro el Papa, a causa de aquella verdad que todo lo vence de la cual vos también sois campeón, envía saludo en el Señor.
    Amonio, mi padre, estando a punto de partir para Nicomedia, me consideré obligado a saludarte por medio de él, y a la vez a informar a aquel afecto natural que tú tienes hacia los hermanos por causa de Dios y de su Cristo, que el obispo nos desgasta y persigue en gran manera, y no deja piedra sin remover contra nosotros. Nos ha expulsado de la ciudad como ateos, porque no concordamos con lo que él predica públicamente, a saber: Dios siempre, el Hijo siempre; como el Padre, así el Hijo; el Hijo coexiste innascible con Dios; Él es eterno; ni por pensamiento ni por intervalo alguno precede Dios al Hijo; siempre Dios, siempre Hijo; Él es engendrado del innascible; el Hijo es de Dios mismo. Eusebio, tu hermano obispo de Cesarea, Teodoto, Paulino, Atanasio, Gregorio, Aecio y todos los obispos de Oriente, han sido condenados porque dicen que Dios tenía una existencia anterior a la de su Hijo; excepto Filogonio, Helánico y Macario, que son hombres indoctos y han abrazado opiniones heréticas. Algunos de ellos dicen que el Hijo es una eructación, otros que es una producción, otros que es también innascible. Estas son impiedades que no podemos escuchar, aunque los herejes nos amenacen con mil muertes. Pero decimos y creemos, y hemos enseñado, y enseñamos, que el Hijo no es innascible, ni en modo alguno parte del innascible; y que no deriva su subsistencia de ninguna materia; sino que por su propia voluntad y consejo ha subsistido antes del tiempo y antes de los siglos, como Dios perfecto, unigénito e inmutable, y que antes de ser engendrado, o creado, o propuesto, o establecido, no era. Porque no era innascible. Somos perseguidos porque decimos que el Hijo tiene principio, pero que Dios es sin principio. Esta es la causa de nuestra persecución, e igualmente, porque decimos que Él es de lo no existente. Y esto decimos, porque es parte ni de Dios ni de ser esencial alguno. Por esto somos perseguidos; el resto lo sabes. Te digo adiós en el Señor, recordando nuestras aflicciones, mi compañero lucianista, y verdadero Eusebio.
    De aquellos cuyos nombres se mencionan en esta carta, Eusebio era obispo de Cesarea, Teodoto de Laodicea, Paulino de Tiro, Atanasio de Anazarbus, Gregorio de Berito y Aecio de Lida. Lida se llama ahora Dióspolis. Arrio se enorgullecía de tener a estos hombres de una misma mente consigo. Nombra como sus adversarios a Filogonio, obispo de Antioquía, Helánico de Trípolis y Macario de Jerusalén. Difundió calumnias contra ellos porque decían que el Hijo es eterno, existiendo antes de todos los siglos, de igual honor y de la misma sustancia con el Padre.
    Cuando Eusebio recibió la epístola, también él vomitó su propia impiedad, y escribió a Paulino, jefe de los tirios, en los siguientes términos.

    Capítulo 5. Carta de Eusebio, obispo de Nicomedia, a Paulino, obispo de Tiro

    I, 5

    A mi señor Paulino, Eusebio envía saludos en el Señor.
    El celo de mi señor Eusebio en la causa de la verdad, y asimismo vuestro silencio acerca de ella, no han dejado de llegar a nuestros oídos. Por tanto, si, por una parte, nos alegramos por el celo de mi señor Eusebio; por otra, nos afligimos por vos, porque incluso el silencio de un hombre semejante parece una derrota de nuestra causa. Por tanto, como no conviene a un hombre sabio ser de opinión distinta de los demás y callar la verdad, os exhorto: despertad en vos mismo el espíritu de sabiduría para escribir, y comenzad de una vez lo que pueda ser provechoso para vos y para los demás, especialmente si consentís en escribir conforme a la Escritura y en seguir las huellas de sus palabras y de su voluntad.
    Nunca hemos oído que haya dos seres innascibles, ni que uno haya sido dividido en dos; ni hemos aprendido ni creído que haya sufrido jamás cambio alguno de naturaleza corpórea. Afirmamos, por el contrario, que lo innascible es uno, y que uno es también aquello que existe en verdad por Él, aunque no fue hecho de su sustancia, y no participa en absoluto de la naturaleza ni de la sustancia de lo innascible, enteramente distinto en naturaleza y en poder, y hecho según perfecta semejanza, tanto de carácter como de poder, con su Hacedor. Creemos que el modo de su origen no solo no puede expresarse con palabras, sino ni siquiera con el pensamiento, y que es incomprensible no solo para el hombre, sino también para todos los seres superiores al hombre. No exponemos estas opiniones como si las hubiéramos sacado de nuestra propia imaginación, sino como deducidas de la Escritura, de donde aprendemos que el Hijo fue creado, establecido y engendrado en la misma sustancia y en la misma naturaleza inmutable e inexpresable que el Hacedor; y así dice el Señor: Dios me creó en el principio de su camino; fui establecido desde la eternidad; antes de los collados fui engendrado.
    Si Él hubiera sido de Él o procedente de Él, como una porción de Él, o por una emanación de su sustancia, no podría decirse que fue creado o establecido; y de esto vos, mi señor, ciertamente no sois ignorante. Pues aquello que es de lo innascible no podría decirse que haya sido creado o fundado, ni por Él ni por otro, ya que es innascible desde el principio. Pero si el hecho de que se le llame el engendrado da algún fundamento para creer que, habiendo venido a la existencia de la sustancia del Padre, tiene también del Padre semejanza de naturaleza, respondemos que no es solo de Él de quien las Escrituras han hablado como engendrado, sino que también hablan así de aquellos que son enteramente desemejantes a Él por naturaleza. Pues de los hombres se dice, ' He engendrado y criado hijos, y ellos se han rebelado contra mí;' y en otro lugar, ' Has abandonado a Dios que te engendró;' y de nuevo se dice, ' ¿Quién engendró las gotas del rocío?' Esta expresión no implica que el rocío participe de la naturaleza de Dios, sino simplemente que todas las cosas fueron formadas según su voluntad. No hay, en verdad, nada que sea de su sustancia; y sin embargo, todo lo que existe ha sido llamado a la existencia por su voluntad. Él es Dios; y todas las cosas fueron hechas a su semejanza, y en la futura semejanza de su Verbo, siendo creadas por su libre voluntad. Todas las cosas fueron hechas por Dios por medio de Él. Todas las cosas son de Dios.
    Cuando hayáis recibido mi carta y la hayáis revisado conforme al conocimiento y a la gracia que Dios os ha dado, os ruego que escribáis cuanto antes a mi señor Alejandro. Confío en que, si le escribierais, lograríais atraerlo a vuestra opinión. Saludad a todos los hermanos en el Señor. Que vos, mi señor, seáis guardado por la gracia de Dios y seáis movido a orar por nosotros.
    Así se escribían unos a otros, para proveerse mutuamente de armas contra la verdad. Y así, cuando la doctrina blasfema se hubo difundido por las iglesias de Egipto y de Oriente, surgieron disputas y contiendas en cada ciudad y en cada aldea sobre los dogmas teológicos. El pueblo común miraba y se convertía en juez de lo que se decía por una y otra parte; unos aplaudían a un partido y otros al otro. Eran, en verdad, escenas propias de la escena trágica, sobre las cuales podrían haberse derramado lágrimas. Pues no era, como en días pasados, cuando la Iglesia era atacada por extraños y enemigos, sino que ahora naturales del mismo país, que habitaban bajo un mismo techo y se sentaban a una misma mesa, luchaban unos contra otros no con lanzas, sino con la lengua. Y lo que era aún más triste, quienes así tomaban las armas unos contra otros eran miembros unos de otros y pertenecían a un mismo cuerpo.
    Comentario editorial · Tres cartas al comienzo: Alejandro, Arrio y Eusebio de Nicomedia
    Teodoreto abre el libro con tres cartas de los dos bandos (I, 3–5) «para que a la vez den testimonio de la verdad de mi obra» (I, 2). La controversia es anterior: Wikipedia dice que los estudiosos fechan su comienzo entre 318 y 322, que sus actores principales fueron el obispo Alejandro de Alejandría y el presbítero Arrio, y que Eusebio de Nicomedia estuvo entre los defensores de Arrio. Las posiciones de Arrio se conocen en parte por unos pocos escritos suyos, pero sobre todo por sus adversarios, Alejandro y Atanasio: por eso una carta del propio Arrio, como la de I, 4, vale más que cualquier resumen.
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