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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Jackson (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 10 · Capítulo 14. Del destierro y el regreso del santo LiberioPublicado el Actualizado el Ref. ESC-TEO-01

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    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
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    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
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    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
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    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
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    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
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    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    Capítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio

    II, 14

    Este victorioso campeón de la verdad fue enviado a Tracia, según la orden imperial. Dos años después de este suceso, Constancio fue a Roma. Las damas de alcurnia instaron a sus maridos a pedir al emperador la restauración del pastor para su rebaño; añadieron que, si no se les concedía, los abandonarían y ellas mismas irían tras su gran pastor. Sus maridos respondieron que temían incurrir en el resentimiento del emperador. «Si se lo pidiéramos nosotros,» continuaron, «siendo hombres, lo consideraría una ofensa imperdonable; pero si vosotras mismas presentarais la petición, al menos os perdonaría, y o bien accedería a vuestra petición, o bien os despediría sin causaros daño.» Estas nobles damas adoptaron la sugerencia y se presentaron ante el emperador con todo su esplendor acostumbrado, para que el soberano, juzgando su rango por su atuendo, las considerara dignas de ser tratadas con cortesía y bondad. Entrando así en su presencia, le suplicaron que se apiadara de la condición de una ciudad tan grande, privada de su pastor y convertida en presa fácil de los ataques de los lobos. El emperador respondió que el rebaño poseía un pastor capaz de cuidarlo y que no se necesitaba otro en la ciudad. Pues tras el destierro del gran Liberio, uno de sus diáconos, de nombre Félix, había sido nombrado obispo. Él preservó invioladas las doctrinas expuestas en la confesión de fe nicena, pero mantenía comunión con quienes habían corrompido esa fe. Por esta razón ninguno de los ciudadanos de Roma entraba en la casa de oración mientras él estuviera en ella. Las damas mencionaron estos hechos al emperador. Sus persuasiones tuvieron éxito, y él ordenó que el gran Liberio fuera llamado del exilio y que los dos obispos gobernaran conjuntamente la Iglesia. El edicto del emperador fue leído en el circo, y la multitud gritó que la ordenanza imperial era justa; que los espectadores estaban divididos en dos facciones, cada una derivando su nombre de sus propios colores, y que cada facción tendría ahora su propio obispo. Después de haberse burlado así del edicto del emperador, todos exclamaron a una voz: «Un solo Dios, un solo Cristo, un solo obispo.» He juzgado oportuno consignar sus palabras exactas. Algún tiempo después de que este pueblo cristiano hubiera proferido estas piadosas y justas aclamaciones, el santo Liberio regresó, y Félix se retiró a otra ciudad.
    He añadido esta narración, por preservar el orden, a lo relativo a las actuaciones de los obispos en Milán. Ahora volveré a la relación de los acontecimientos en su debido curso.

    Capítulo 15. Concilio de Arímino

    II, 15

    Cuando todos los que defendían la fe fueron apartados, los que moldeaban la mente del emperador según su propia voluntad, enorgulleciéndose de que la fe a la que se oponían pudiera ser fácilmente subvertida y el arrianismo establecido en su lugar, persuadieron a Constancio para que convocara a los obispos de Oriente y de Occidente en Arímino, a fin de eliminar del Credo los términos que los Padres habían ideado para contrarrestar la corrupta astucia de Arrio: «sustancia» y «de una misma sustancia». Pues sostenían que estos términos habían causado disensión entre iglesia e iglesia. Al reunirse en sínodo, los partidarios de la facción arriana se esforzaron por engañar a la mayoría de los obispos, en especial a los de las ciudades del Imperio de Occidente, que eran hombres de costumbres simples y sencillas. El cuerpo de la Iglesia, argüían una y otra vez, no debe ser desgarrado por dos términos que no se encuentran en la Biblia; y, aunque confesaban la propiedad de describir al Hijo como en todo «semejante» al Padre, presionaban por la omisión de la palabra «sustancia» por no ser bíblica. Los motivos, sin embargo, de los proponentes de estas opiniones fueron percibidos por el Concilio, y en consecuencia fueron rechazados. Los obispos ortodoxos declararon su parecer al emperador en una carta; pues, dijeron, somos hijos y herederos de los Padres del Concilio de Nicea, y si tuviéramos la osadía de quitar algo de lo que ellos suscribieron, o añadir algo a lo que tan excelentemente establecieron, nos declararíamos no hijos verdaderos, sino acusadores de quienes nos engendraron. Pero los términos exactos de su confesión de fe se darán con más precisión en las palabras de su carta a Constancio.

    Carta escrita al emperador Constancio por el sínodo reunido en Arímino

    Convocados, según creemos, por mandato de Dios y en obediencia a vuestra piedad, nosotros, obispos de la Iglesia occidental, reunidos en sínodo en Arímino para que la fe de la Iglesia católica sea expuesta y sus adversarios desenmascarados. Tras larga consideración, hemos hallado que lo claramente mejor para nosotros es mantener firmes y guardar, y guardando conservar segura hasta el fin, la fe establecida desde el principio, predicada por los Profetas, los Evangelistas y los Apóstoles, por nuestro Señor Jesucristo, custodio de vuestro imperio y defensor de vuestra salvación. Pues es claramente absurdo e ilícito hacer cambio alguno en las doctrinas recta y justamente definidas, y en las cuestiones examinadas en Nicea con el conocimiento del gloriosísimo Constantino, vuestro Padre y Emperador, cuya enseñanza y espíritu fueron publicados y predicados para que los hombres oyeran y entendieran. Esta fe estaba destinada a ser la única rival y destructora de la herejía arriana, y por ella no solo la arriana misma, sino asimismo todas las demás herejías fueron deshechas. A esta fe añadir algo es verdaderamente peligroso; de ella sustraer algo es correr gran riesgo. Si tuviera adición o pérdida, nuestros enemigos se sentirían libres para actuar como les plazca. En consecuencia, Ursacio y Valente, declarados adherentes y amigos del dogma arriano, fueron declarados separados de nuestra comunión. Para conservar su lugar en ella, pidieron que se les concediera un locus penitentiæ y el perdón por todos los puntos en los que se habían reconocido en el error; como atestiguan los documentos escritos por ellos mismos, por medio de los cuales obtuvieron favor y perdón. Estos acontecimientos ocurrían en el mismo momento en que el sínodo se reunía en Milán, estando también presentes los presbíteros de la Iglesia de Roma. Se sabía que Constantino, que, aunque muerto, es digno de recuerdo, había, con toda exactitud y cuidado, expuesto el Credo formulado; y ahora que, tras recibir el Bautismo, había muerto y pasado a la paz que merecía, juzgamos absurdo que nosotros, después de él, nos entregáramos a innovación alguna y arrojáramos un baldón sobre todos los santos confesores y mártires que habían ideado y formulado esta doctrina, por cuanto sus mentes han permanecido siempre atadas por el antiguo vínculo de la Iglesia. Su fe, Dios la ha transmitido incluso hasta los tiempos de vuestro propio reinado, por nuestro Señor Jesucristo, por cuya gracia poseéis tal imperio que gobernáis sobre todo el mundo. Y sin embargo, de nuevo, aquellos hombres lamentables y miserables, con osadía ilícita, se han proclamado predicadores de su impía opinión y están emprendiendo la destrucción de toda la fuerza de la verdad. Pues cuando por vuestra orden se reunió el sínodo, entonces dejaron al descubierto sus propios deseos falaces. Pues se dispusieron a intentar, mediante villanía y confusión, hacer innovación. Se apoderaron de algunos de su propio séquito — uno Germanio, y Auxencio, y Cayo, promotores de herejía y discordia, cuya doctrina, aunque una sola, sobrepasa a una verdadera multitud de blasfemias. Cuando, sin embargo, se dieron cuenta de que no éramos de su manera de pensar, ni estábamos en simpatía con sus viciosos proyectos, se abrieron paso en nuestra reunión como si fueran a hacer alguna otra propuesta, pero un tiempo muy breve fue suficiente para convictarlos de sus intenciones reales. Por lo tanto, para salvar la administración de la Iglesia de caer de tiempo en tiempo en las mismas dificultades, y para evitar que se vea confundida en remolinos de disturbio y desorden, ha parecido el curso seguro mantener lo que se ha definido anteriormente fijo e inmutable, y separar a los arriba nombrados de nuestra comunión. Por lo cual hemos enviado enviados a vuestra clemencia para significar y explicar el parecer del sínodo tal como se expresa en esta carta. A estos enviados, antes que nada, les hemos encargado guardar la verdad de acuerdo con las antiguas y rectas definiciones. Han de informar a vuestra santidad, no como hicieron Ursacio y Valente, de que habrá paz si la verdad se derriba; pues ¿cómo pueden ser agentes de paz los destructores de la paz? Sino más bien de que estos cambios traerán contienda y disturbio, tanto sobre las demás ciudades como sobre la Iglesia romana. Por lo cual suplicamos a vuestra clemencia que reciba a nuestros enviados con oídos benévolos y semblante apacible, y no sufra que cosa nueva alguna se burle de los muertos. Permitidnos permanecer en la definición y el asentamiento de nuestros Padres, de quienes declararíamos sin vacilar que hicieron todo lo que hicieron con inteligencia y sabiduría, y con el Espíritu Santo. La innovación que ahora se busca introducir está llenando a los fieles de incredulidad, y a los incrédulos de credulidad.
    Os rogamos que ordenéis que a los obispos de las regiones distantes, afligidos a la vez por la avanzada edad y la pobreza, se les faciliten medios para viajar a casa, para que las iglesias no queden privadas por mucho tiempo de sus obispos.
    Y, sin embargo, una vez más esto suplicamos: que nada se quite ni se añada a las doctrinas establecidas, sino que todo permanezca intacto, como ha sido preservado por la piedad de vuestro padre y hasta el día de hoy. No trabajemos más ni estemos apartados de nuestras propias diócesis, sino que los obispos con su propio pueblo pasen sus días en paz, en oración y en adoración, ofreciendo súplicas por vuestro imperio, y salud, y paz, que Dios os concederá por los siglos de los siglos. Nuestros enviados, que instruirán también a vuestra santidad a partir de las sagradas Escrituras, llevan las firmas y saludos de los obispos.
    La carta fue escrita y los enviados despachados, pero los altos oficiales de la corte imperial, aunque tomaron el despacho y lo entregaron a su señor, se negaron a presentar a los enviados, con el pretexto de que el soberano estaba ocupado con asuntos de estado. Tomaron este camino con la esperanza de que los obispos, molestos por la demora y deseosos de regresar a las ciudades confiadas a su cuidado, se verían al fin obligados a romper y dispersar ellos mismos el baluarte erigido contra la herejía. Pero su ingenio fue frustrado, pues los nobles campeones de la fe enviaron una segunda carta al emperador, exhortándolo a admitir a los enviados a audiencia y a disolver el sínodo. Esta carta la añado a continuación.
    La segunda carta del sínodo a Constancio.
    A Constancio el Victorioso, el piadoso emperador, los obispos reunidos en Arímino envían saludo.
    Ilustrísimo señor y autócrata, hemos recibido la carta de vuestra clemencia, informándonos de que, a consecuencia de las ocupaciones de estado, hasta ahora no habéis podido ver a nuestros enviados. Nos ordenáis aguardar su regreso, para que vuestra piedad pueda tomar una decisión sobre el objetivo que perseguimos y sobre los decretos de nuestros predecesores. Pero nos aventuramos en esta carta a repetir a vuestra clemencia el punto que ya antes urgimos, pues en modo alguno nos hemos apartado de nuestra posición. Os rogamos que recibáis con semblante benigno la carta de nuestra humildad, en la que ahora respondemos a vuestra piedad, y los puntos que hemos ordenado que se sometan a vuestra benignidad por medio de nuestros enviados. Vuestra clemencia no es menos consciente que nosotros de cuán grave e inconveniente es el estado de cosas en el que, en el tiempo de vuestro felicísimo reinado, tantas iglesias parezcan estar sin obispos. Por lo cual, una vez más, gloriosísimo autócrata, os suplicamos que, si place a vuestra humanidad, nos ordenéis regresar a nuestras iglesias antes del rigor del invierno, para que podamos, con nuestro pueblo, como hemos hecho y hacemos siempre, ofrecer fervientísimas oraciones por la salud y la prosperidad de vuestro imperio a Dios Todopoderoso y a Cristo su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

    Capítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada

    II, 16

    Después de esta carta irritaron al emperador y llevaron a la mayoría de los obispos, contra su voluntad, a una cierta ciudad de Tracia, de nombre Nicea. A algunos hombres simples los engañaron, y a otros los aterrorizaron, para que llevaran a cabo su viejo artificio de injuriar la verdadera religión, borrando las palabras «Sustancia» y «de una misma Sustancia» del Credo, e insertando en su lugar la palabra «semejante». Inserto su fórmula en esta historia, no por estar redactada en términos propios, sino porque condena a la facción de Arrio, pues ni siquiera es aceptada por los desafectos del tiempo presente. Ahora, en lugar de «lo semejante» predican «lo desemejante».
    Credo malsano promulgado en Nicea de Tracia.
    Creemos en un solo y único Dios verdadero, Padre Todopoderoso, de quien son todas las cosas. Y en el unigénito Hijo de Dios, que antes de todos los siglos y antes de todo principio fue engendrado de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, las visibles y las invisibles: solo engendrado, unigénito del Padre solo, Dios de Dios: semejante al Padre que lo engendró, según las Escrituras, cuya generación nadie conoce sino solo el Padre que lo engendró. Este Hijo unigénito de Dios, enviado por su Padre, sabemos que descendió del cielo, como está escrito, para la destrucción del pecado y de la muerte; engendrado del Espíritu Santo y de la Virgen María, como está escrito, según la carne. Quien convivió con sus discípulos, y cuando la dispensación se cumplió, según la voluntad del Padre, fue crucificado, muerto y sepultado, y descendió al mundo inferior, ante quien el infierno mismo tembló. Al tercer día resucitó de entre los muertos y convivió con sus discípulos cuarenta días. Fue elevado a los cielos, y está sentado a la diestra de su Padre, y ha de venir en el último día de la Resurrección, en la gloria de su Padre, a dar a cada uno según sus obras. Y creemos en el Espíritu Santo, que el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo, Dios y Señor, prometió enviar al hombre, el Consolador, como está escrito, el Espíritu de Verdad. Este Espíritu lo envió Él mismo después de haber ascendido al cielo y de haberse sentado a la diestra del Padre, desde donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Pero la palabra "la Sustancia", que fue insertada con demasiada simplicidad por los Padres y, no siendo entendida por el pueblo, fue causa de escándalo por no hallarse en las Escrituras, nos ha parecido bien eliminarla, y que en el futuro no se permita mención alguna de "Sustancia", en razón de que las sagradas Escrituras en ninguna parte hacen mención de la "Sustancia" del Padre y del Hijo. Ni debe nombrarse una "esencia" en relación con la persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y llamamos al Hijo semejante al Padre, como lo llaman y enseñan las santas Escrituras; y todas las herejías, tanto las ya condenadas como cualquier otra, si la hubiere, que se hayan alzado contra el documento así promulgado, sean Anatema.
    Este Credo fue suscrito por los obispos, algunos atemorizados y otros engatusados, pero los que se negaron a dar su adhesión fueron desterrados a las regiones más remotas del mundo.

    Capítulo 17. Acta sinodal de Dámaso, obispo de Roma, y de los obispos occidentales, acerca del Concilio de Arímino

    II, 17

    La condena de esta fórmula por todos los campeones de la verdad, y especialmente por los de Occidente, se muestra en la carta que escribieron a los ilirios. El primero de los firmantes fue Dámaso, que obtuvo la presidencia de la iglesia de Roma después de Liberio, y estaba adornado de muchas virtudes. Con él firmaron noventa obispos de Italia y de Galacia, ahora llamada Galia, que se reunieron en Roma. Habría insertado sus nombres, pero lo consideré superfluo.
    -------------------------
    Los obispos reunidos en Roma en santo sínodo, Dámaso y Valeriano y los demás, a sus amados hermanos los obispos de Iliria, envían saludo en Dios.
    Creemos que nosotros, sacerdotes de Dios, por quienes es justo que los demás sean instruidos, mantenemos y enseñamos a nuestro pueblo el Santo Credo que fue fundado sobre la enseñanza de los Apóstoles, y que de ningún modo se aparta de las definiciones de los Padres. Pero por un informe de los hermanos de Galia y Venecia hemos sabido que ciertos hombres han caído en herejía.
    Es deber de los obispos no solo tomar precauciones contra este mal, sino también oponerse a cualquier enseñanza divergente que haya surgido, ya sea por instrucción incompleta o por la simplicidad de lectores de comentaristas poco sólidos. Deben tener cuidado de no deslizarse por caminos resbaladizos, sino más bien, cuando consejos divergentes lleguen a sus oídos, mantener firme la doctrina de nuestros padres. Por tanto, se ha decidido que Auxencio de Milán queda especialmente condenado en este asunto. Así pues, es justo que todos los maestros de la ley en el Imperio Romano estén bien instruidos en la ley, y no manchen la fe con doctrinas divergentes.
    Cuando al principio comenzó a florecer la maldad de los herejes, y cuando, como ahora, la blasfemia de los arrianos se arrastraba hacia el frente, nuestros padres, trescientos dieciocho obispos, los prelados más santos del Imperio Romano, deliberaron en Nicea. El muro que levantaron contra las armas del diablo, y el antídoto con que repelieron sus venenos mortales, fue su confesión de que el Padre y el Hijo son de una misma sustancia, una divinidad, una virtud, un poder, una semejanza, y que el Espíritu Santo es de la misma esencia y sustancia. Quien no pensara así era juzgado separado de nuestra comunión. Su deliberación fue digna de todo respeto, y su definición sana. Pero ciertos hombres han intentado, mediante otras discusiones posteriores, corromperla y mancharla. Sin embargo, desde el comienzo mismo, el error fue corregido por los obispos sobre quienes se intentó en Arímino obligarlos a manipular o innovar en la fe, hasta el punto de que confesaron haberse dejado seducir por argumentos contrarios, o reconocieron que no habían percibido contradicción alguna con la opinión de los Padres entregada en Nicea. Ningún perjuicio podía surgir del número de obispos reunidos en Arímino, pues es bien sabido que ni el obispo de los romanos, cuya opinión debía haberse esperado antes que todas las demás, ni Vicente, cuyo inmaculado episcopado había durado tantos años, ni los demás, dieron su adhesión a tales doctrinas. Y esto es tanto más significativo cuanto que, como ya se ha dicho, los mismos hombres que parecían haber sido engañados para rendirse, ellos mismos, en sus momentos más sabios, testimoniaron su desaprobación.
    Vuestra sinceridad percibe, pues, que esta única fe, fundada en Nicea sobre la autoridad de los Apóstoles, debe mantenerse segura para siempre. Percibís que con nosotros, los obispos de Oriente que se confiesan católicos, y los obispos occidentales, juntos nos gloriamos en ella. Creemos que dentro de poco aquellos que piensan de otro modo deben ser, sin demora, expulsados de nuestra comunión y privados del nombre de obispo, para que sus rebaños sean liberados del error y respiren libremente. Pues no se puede esperar que corrijan los errores de su pueblo cuando ellos mismos son víctimas del error. Que la opinión de vuestra reverencia esté en armonía con la de todos los sacerdotes de Dios. Creemos que estáis fijos y firmes en ella, y así debemos creer justamente con vosotros. Que vuestra caridad nos alegre con vuestra respuesta.
    Amados hermanos, adiós.

    Capítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio

    II, 18

    El gran Atanasio también, en su carta a los africanos, escribe así acerca del concilio de Arímino. En estas circunstancias, ¿quién tolerará mención alguna del concilio de Arímino o de cualquier otro aparte del niceno? ¿Quién no expresaría detestación por el abandono de las palabras de los Padres y la preferencia por las introducidas en Arímino por la violencia y la lucha de partidos? ¿Quién desearía asociarse con estos hombres — compañeros que, en verdad, no aceptan sus propias palabras? En sus propias diez o doce sínodos han establecido, como ya se ha narrado, ora una cosa ora otra; y en el tiempo presente estos sínodos, uno tras otro, son abiertamente denunciados por ellos mismos. Están sufriendo ahora la suerte que en tiempos antiguos sufrieron los traidores de los judíos. Pues como está escrito en el Libro del Profeta Jeremías «me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y se han cavado cisternas, cisternas rotas que no retienen agua,» así estos hombres, en su oposición al sínodo ecuménico, se han cavado para sí muchos sínodos que todos han resultado vanos y como «brotes que no dan harina,» no admitamos, por tanto, a quienes citan el concilio de Arímino o cualquier otro que no sea el de Nicea, pues en verdad los mismos que citan Arímino no parecen saber lo que allí se hizo; si lo supieran, habrían callado. Pues vosotros, amados, habéis aprendido de vuestros propios representantes en aquel Concilio, y por consiguiente sabéis muy bien que a Ursacio, Valente, Eudoxio y Auxencio, y con ellos a Demófilo, se les pidió anatematizar la herejía arriana, y se excusaron, eligiendo más bien ser sus campeones, y así todos fueron depuestos por hacer proposiciones contrarias a los decretos nicenos. Los obispos, por el contrario, que eran verdaderos servidores del Señor y de la recta fe — unos doscientos en número — declararon su adhesión únicamente al Concilio de Nicea, y su negativa a albergar el pensamiento de quitar o añadir algo a sus decretos. Esta conclusión la comunicaron a Constancio, por cuya orden se había reunido el concilio.
    Por otra parte, los obispos que fueron depuestos en Arímino han sido recibidos por Constancio, y han conseguido que los doscientos que los sentenciaron sean gravemente insultados y amenazados con no permitírseles regresar a sus diócesis, y con tener que soportar un trato riguroso en Tracia, y precisamente en invierno, para obligarlos a aceptar las medidas de los innovadores.
    Si, pues, oímos a alguien apelar a Arímino, mostradnos, repliquemos nosotros, primero la sentencia de deposición, y luego el documento redactado por los obispos, en el cual declaran que no pretenden ir más allá de los términos redactados por los Padres de Nicea, ni apelar a ningún otro concilio que el de Nicea. En realidad, estos son precisamente los hechos que ocultan, mientras ponen por delante la confesión forzada de Tracia. No hacen sino mostrarse amigos de la herejía arriana y extraños a la fe sana. Basta con que alguien esté dispuesto a poner lado a lado aquel gran sínodo y esos otros a los que apelan estos hombres, y percibirá, por un lado, la verdadera religión; por otro, la locura y el desorden. Los padres de Nicea se reunieron no después de ser depuestos, sino después de confesar que el Hijo era de la Sustancia del Padre. Estos hombres fueron depuestos una vez, una segunda vez, y de nuevo una tercera vez en Arímino, y luego se atrevieron a establecer que es incorrecto atribuir Sustancia o Esencia a Dios. Tan extrañas y tan numerosas fueron las artimañas y maquinaciones tramadas por la pandilla enloquecida de Arrio en Occidente contra los dogmas de la Verdad.

    Capítulo 19. Sobre la astucia de Leoncio, obispo de Antioquía, y la audacia de Flaviano y Diodoro

    II, 19

    En Antioquía, Plácido fue sucedido por Esteban, que fue expulsado de la Iglesia. Leoncio aceptó entonces la primacía, pero en violación de los decretos del Concilio de Nicea, pues se había mutilado a sí mismo y era eunuco. La causa de su temerario acto la narra así el bienaventurado Atanasio. Leoncio, al parecer, fue víctima de afirmaciones calumniosas a causa de una joven llamada Eustolia. Viéndose impedido de habitar con ella, se mutiló por causa de ella, para sentirse libre de vivir con ella. Pero no se libró de la sospecha, y tanto más por esta razón fue depuesto del presbiterado. Hasta aquí Atanasio ha escrito sobre el resto de su vida anterior. Ahora daré una exposición sumaria de su mala conducta. Pues aunque compartía el error arriano, siempre se esforzaba por ocultar su insania. Observó que el clero y el resto del pueblo estaban divididos en dos partes: unos, al dar gloria al Hijo, usaban la conjunción «y,» otros usaban la preposición «por» del Hijo, y aplicaban «en» al Espíritu Santo. Él mismo ofrecía toda la doxología en silencio, y todo lo que los que estaban cerca de él podían oír era el «Por los siglos de los siglos.» Y si la extremada maldad de su alma no hubiera sido traicionada por otros medios, podría haberse dicho que adoptó este artificio por deseo de promover la concordia entre el pueblo. Pero cuando hubo causado mucho daño a los campeones de la verdad y continuó dando todo su apoyo a los promotores de la impiedad, fue convicto de ocultar su propia insania. Le influían tanto su temor al pueblo como las graves amenazas que Constancio había proferido contra quienes se hubieran atrevido a decir que el Hijo era desemejante al Padre. Sus verdaderos sentimientos, sin embargo, quedaron probados por su conducta. Los seguidores de las doctrinas apostólicas nunca recibieron de él ni la ordenación ni, en verdad, el menor estímulo. Los hombres, por el contrario, que se alineaban con la superstición arriana, gozaban de perfecta libertad para expresar sus opiniones y eran admitidos de vez en cuando al oficio sacerdotal. En esta coyuntura, Aecio, el maestro de Eunomio, que promovía el error arriano con sus especulaciones, fue admitido al diaconado. Flaviano y Diodoro, sin embargo, que habían abrazado una carrera ascética y eran abiertos campeones de los decretos apostólicos, protestaron públicamente contra los ataques de Leoncio contra la verdadera religión. Que un hombre criado en la iniquidad y que maquinaba ganar notoriedad mediante la impiedad fuera considerado digno del diaconado era, urgían ellos, una desgracia para la Iglesia. Amenazaron además con retirarse de su comunión, viajar al imperio occidental y publicar sus intrigas al mundo. Leoncio se alarmó entonces y suspendió a Aecio de su oficio sagrado, pero continuó mostrándole un favor marcado.
    Aquella excelente pareja, Flaviano y Diodoro, aunque todavía no admitidos al sacerdocio y contados aún entre los laicos, trabajaban noche y día para estimular el celo de los hombres por la verdad. Fueron los primeros en dividir los coros en dos partes y en enseñarles a cantar los salmos de David de forma antifonal. Introducida primero en Antioquía, la práctica se extendió en todas direcciones y penetró hasta los confines de la tierra. Sus iniciadores reunieron entonces a los amantes de la palabra y la obra divinas en las iglesias de los mártires, y con ellos pasaban la noche cantando salmos a Dios.
    Cuando Leoncio percibió esto, no consideró seguro intentar impedírselo, pues veía que el pueblo estaba muy bien dispuesto hacia estos excelentes hombres. Sin embargo, poniendo un tono de cortesía en su discurso, pidió que realizaran este acto de culto en las iglesias. Eran perfectamente conscientes de su mala intención. No obstante, se dispusieron a obedecer su mandato y de buen grado convocaron a su coro a la Iglesia, exhortándolos a cantar alabanzas al buen Señor. Nada, sin embargo, pudo inducir a Leoncio a corregir su maldad, sino que se puso la máscara de la equidad y ocultó la iniquidad de Esteban y Plácido. A hombres que habían aceptado la corrupción de la fe de sacerdotes y diáconos, aunque habían abrazado una vida de vil irregularidad, los añadió a la lista; mientras que a otros adornados con toda clase de virtud y firmes adherentes a las doctrinas apostólicas, los dejó sin reconocimiento. Así sucedió que entre el clero se contaba una mayoría de hombres manchados de herejía, mientras que la masa de los laicos eran campeones de la Fe, e incluso los maestros profesionales carecían de valor para poner al descubierto su blasfemia. En verdad, los actos de impiedad e iniquidad cometidos por Plácido, Esteban y Leoncio en Antioquía son tantos que requerirían una historia especial propia, y tan terribles que serían dignos del lamento de David; pues de ellos también debe decirse «Porque he aquí que tus enemigos hacen murmullo, y los que te odian alzan la cabeza. Han imaginado astutamente contra el pueblo y han tomado consejo contra tus escondidos. Han dicho: Venid y arranquémoslos, para que no sean más un pueblo, y para que el nombre de Israel no sea más recordado.»
    Continuemos ahora el curso de nuestra narración.

    Capítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él

    II, 20

    Germanicía es una ciudad en las costas de Cilicia, Siria y Capadocia, y pertenece a la provincia llamada Eufratisia. Eudoxio, cabeza de su iglesia, en cuanto oyó hablar de la muerte de Leoncio, se dirigió a Antioquía y se apoderó de la sede, donde devastó la viña del Señor como un jabalí. Ni siquiera intentó ocultar sus malos caminos, como Leoncio, sino que se enfureció en ataque directo contra los decretos apostólicos, e implicó en varias dificultades a todos los que tenían la osadía de contradecirle. Ahora, en este tiempo, Basilio había sucedido a Marcelo y sostenía el timón de la iglesia de Ancira, capital de Galacia, y Sebaste, ciudad principal de Armenia, estaba bajo la guía de Eustaquio. Apenas estos obispos oyeron hablar de la iniquidad y locura de Eudoxio, escribieron para informar al Emperador Constancio de su audacia. Constancio todavía se demoraba en occidente y, tras la muerte de los tiranos, se esforzaba por sanar el daño que habían causado. Ambos obispos eran bien conocidos del Emperador y tenían gran influencia sobre él a causa del elevado carácter que poseían.

    Capítulo 21. Del Segundo Concilio de Nicea

    II, 21

    Al recibir estos despachos, Constancio escribió a los antioquenos negando haber confiado la sede de Antioquía a Eudoxio, como Eudoxio había anunciado públicamente. Ordenó que Eudoxio fuera desterrado y castigado por el curso que había tomado en la Nicea bitinia, donde había ordenado que se reuniera el sínodo. El propio Eudoxio había persuadido a los oficiales encargados de la autoridad en la casa imperial para fijar Nicea como sede del Concilio. Pero el Supremo Gobernante y Regidor, que conoce el futuro como el pasado, detuvo la asamblea mediante un poderoso terremoto, por el cual la mayor parte de la ciudad fue derribada y la mayoría de sus habitantes destruidos. Al saber esto, los obispos reunidos se llenaron de pánico y regresaron a sus propias iglesias. Pero yo considero esto como un artificio de la sabiduría divina, pues en aquella ciudad la doctrina de la fe de los apóstoles había sido definida por los santos Padres. En esa misma ciudad, los obispos que se reunían en esta ocasión posterior tenían la intención de establecer lo contrario. La identidad del nombre habría proporcionado con seguridad un medio de engaño a la cuadrilla arriana, y habría engañado a almas poco sofisticadas. Pretendían llamar al concilio «el niceno,» e identificarlo con el famoso concilio de antaño. Pero Aquel que cuida de las iglesias disolvió el sínodo.

    Capítulo 22. Del Concilio celebrado en Seleucia de Isauria

    II, 22

    Después de un tiempo, a sugerencia de los acusadores de Eudoxio, Constancio ordenó que el sínodo se celebrara en Seleucia. Esta ciudad de Isauria se encuentra a la orilla del mar y es la principal de la región. Allí se ordenó que se reunieran los obispos de Oriente, y con ellos los del Ponto en Asia.
    La sede de Cesarea, capital de Palestina, la ocupaba entonces Acacio, que había sucedido a Eusebio. Había sido condenado por el concilio de Sardica, pero había mostrado desprecio por una asamblea tan numerosa de obispos y se había negado a aceptar su decisión adversa. En Jerusalén, a Macario, a quien he mencionado a menudo, lo sucedió Máximo, hombre destacado en sus luchas por la religión, pues había perdido el ojo derecho y tenía mutilado el brazo derecho.
    Al ser trasladado a la vida que no conoce vejez, Cirilo, ardiente defensor de los decretos apostólicos, fue dignificado con el cargo episcopal. Estos hombres, en sus contiendas entre sí por el primer puesto, trajeron grandes calamidades al estado. Acacio, aprovechando una pequeña ocasión, depuso a Cirilo y lo expulsó de Jerusalén. Pero Cirilo pasó por Antioquía, que había encontrado sin pastor, y llegó a Tarso, donde habitó con el excelente Silvano, entonces obispo de aquella sede. Apenas Acacio se enteró de esto, escribió a Silvano y le informó de la deposición de Cirilo. Silvano, sin embargo, tanto por consideración a Cirilo como no sin sospecha de su pueblo, que disfrutaba mucho de la enseñanza del forastero, se negó a prohibirle tomar parte en los ministerios de la iglesia. Sin embargo, cuando llegaron a Seleucia, Cirilo se unió al partido de Basilio, Eustacio, Silvano y los demás en el concilio. Pero cuando Acacio se unió a los obispos reunidos, que sumaban ciento cincuenta, se negó a asociarse a sus deliberaciones antes de que Cirilo, como uno despojado de su obispado, fuera expulsado de entre ellos. Hubo algunos que, deseosos de paz, rogaron a Cirilo que se retirara, con la promesa de que, después de la decisión de los decretos, indagarían en su caso. Él no cedió, y Acacio los dejó y salió. Luego, encontrándose con Eudoxio, le quitó el temor y lo animó con la promesa de que sería su amigo y defensor. Así le impidió participar en el concilio, y partió con él hacia Constantinopla.

    Capítulo 23. De lo que les sobrevino a los obispos ortodoxos en Constantinopla

    II, 23

    [Constancio], a su regreso de Occidente, pasó algún tiempo en Constantinopla. Allí Acacio presentó muchas acusaciones contra los obispos reunidos en presencia del emperador, los llamó una caterva de personajes viles convocados para la ruina y destrucción de las iglesias, y así encendió la ira imperial. Y no poco se conmovió Constancio por lo que se alegaba contra Cirilo, «porque,» dijo Acacio, «la santa vestidura, que el ilustre emperador Constantino, en su deseo de honrar a la iglesia de Jerusalén, dio a Macario, obispo de aquella ciudad, para que la vistiera cuando realizara el rito del divino bautismo, toda confeccionada con hilos de oro como estaba, ha sido vendida por Cirilo. La ha comprado,» continuó, «cierto bailarín de escenario; mientras danzaba llevándola puesta, cayó y pereció. Con un hombre como este Cirilo,» prosiguió, «se erigen en jueces y deciden por el resto del mundo.» El partido influyente de la corte aprovechó esta ocasión para persuadir al emperador de no convocar a todo el sínodo, pues temían la concordia de la mayoría, sino solo a diez hombres principales. De estos fueron Eustacio de Armenia, Basilio de Galacia, Silvano de Tarso y Eleusio de Cízico.
    A su llegada instaron al emperador a que Eudoxio fuera condenado por blasfemia e ilegalidad. Constancio, sin embargo, aleccionado por el partido contrario, respondió que primero debía decidirse sobre las cuestiones relativas a la fe, y que después se indagaría el caso de Eudoxio. Basilio, confiando en su antigua intimidad, se atrevió con valentía a objetar al emperador que atacaba los decretos apostólicos; pero Constancio lo tomó a mal y dijo a Basilio que guardara silencio, «porque a ti,» dijo, «se debe el alboroto de las iglesias.» Cuando Basilio fue silenciado, Eustacio intervino y dijo: «puesto que, señor, deseas que se decida sobre lo que concierne a la fe, considera las blasfemias temerariamente proferidas contra el Unigénito por Eudoxio,» y al hablar presentó la exposición de fe en la que, además de muchas otras impiedades, se encontraban las siguientes expresiones: «Las cosas que se dicen en términos desemejantes son desemejantes en sustancia:» «Hay un solo Dios Padre, de quien son todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas.» Ahora bien, el término «de quien» es desemejante del término «por quien;» así que el Hijo es desemejante de Dios Padre. Constancio ordenó que se leyera esta exposición de fe, y se disgustó por la blasfemia que contenía. Preguntó, pues, a Eudoxio si él la había redactado. Eudoxio repudió al instante la autoría y dijo que la había escrito Aecio. Ahora bien, Aecio era aquel a quien Leoncio, por temor a las acusaciones de Flaviano y Diodoro, había degradado antes del diaconado. Había sido también partidario de Jorge, el pérfido enemigo de los alejandrinos, tanto en sus palabras impías como en sus hechos impíos. En el presente estaba asociado con Eunomio y Eudoxio; pues, a la muerte de Leoncio, cuando Eudoxio había puesto violentamente las manos sobre el trono episcopal de la iglesia de Antioquía, regresó de Egipto con Eunomio, y como encontró a Eudoxio del mismo modo de pensar que él, un sibarita en el lujo además de hereje en la fe, escogió Antioquía como el lugar de residencia más congenial, y tanto él como Eunomio eran huéspedes fijos en los lechos de Eudoxio. Su mayor ambición era ser un parásito exitoso, y pasaba todo su tiempo yendo a atiborrarse a la mesa de un hombre o de otro. Al emperador se le había contado todo esto, y ahora ordenó que Aecio fuera llevado ante él. A su aparición, Constancio le mostró el documento en cuestión y procedió a preguntarle si era el autor de su lenguaje. Aecio, totalmente ignorante de lo ocurrido y sin advertir el propósito de la indagación, esperaba ganar alabanza con la confesión, y reconoció que era el autor de las frases en cuestión. Entonces el emperador percibió la grandeza de su iniquidad, y de inmediato lo condenó al destierro y a ser deportado a un lugar de Frigia. Así Aecio cosechó deshonra como fruto de la blasfemia, y fue arrojado del palacio. Eustacio alegó entonces que también Eudoxio sostenía las mismas opiniones, pues Aecio había compartido su techo y su mesa, y había redactado esta fórmula blasfema en sumisión a su juicio. Como prueba de su afirmación de que Eudoxio había participado en la redacción del documento, alegó el hecho de que nadie lo había atribuido a Aecio excepto el propio Eudoxio. A esto el emperador ordenó que los jueces no debían decidir por conjeturas, sino que estaban obligados a hacer un examen exacto de los hechos. Eustacio asintió y urgió que Eudoxio diera prueba de su disenso respecto de los sentimientos que se le atribuían anatematizando la composición de Aecio. Esta sugerencia la aceptó el emperador con mucha presteza, y dio las órdenes correspondientes; pero Eudoxio se echó atrás y empleó muchos artificios para evadir el cumplimiento. Pero cuando el emperador se encolerizó y amenazó con enviarlo a compartir el destierro de Aecio, so pretexto de que era partícipe de la blasfemia así castigada, repudió su propia doctrina, aunque tanto entonces como después la mantuvo persistentemente. Sin embargo, él a su vez protestó contra los eustacianos que era su deber condenar la palabra «Homoüsion» por no ser escritural.
    Silvano, por el contrario, señaló que era su deber rechazar y expulsar de sus santas asambleas las frases «de lo no existente» y «criatura» y «de otra sustancia,» siendo también estos términos no escriturales y que no se encuentran en los escritos de profetas ni apóstoles. Constancio decidió que esto era correcto y ordenó a los arrianos pronunciar la condena. Al principio persistieron en negarse; pero al final, cuando vieron la ira del emperador, consintieron, aunque muy a regañadientes, en condenar los términos que Silvano les había presentado. Pero con tanto mayor empeño insistieron en su demanda de la condena del «Homoüsion.» Pero entonces, con lógica incontestable, Silvano puso ante los arrianos y ante el emperador la verdad de que si Dios el Verbo no es de lo no existente, no es una Criatura, y no es de otra Sustancia. Es, pues, de una misma sustancia con Dios que lo engendró, como Dios de Dios y Luz de Luz, y tiene la misma naturaleza que el Engendrador. Esta argumentación la urgió con poder y con verdad, pero ni uno solo de sus oyentes quedó convencido. El partido de Acacio y Eudoxio levantó un gran alboroto; el emperador se encolerizó y amenazó con expulsarlos de sus iglesias. Entonces Eleusio, Silvano y los demás dijeron que, si bien la autoridad para castigar correspondía al emperador, era de su incumbencia decidir sobre puntos de piedad o impiedad, y «no traicionaremos,» protestaron, «la doctrina de los Padres.»
    Constancio debería haber admirado tanto su sabiduría como su valor, y su audaz defensa de los decretos apostólicos, pero los desterró de sus iglesias y ordenó que se nombrara a otros en su lugar. Entonces Eudoxio puso violentamente las manos sobre la Iglesia de Constantinopla; y tras la expulsión de Eleusio de Cízico, Eunomio fue nombrado en su lugar.

    Capítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio

    II, 24

    Después de estas transacciones, el emperador ordenó que Aecio fuera condenado mediante una Carta formal, y, en obediencia al mandato, sus compañeros de iniquidad condenaron a su propio asociado. En consecuencia, escribieron a Jorge, obispo de Alejandría, la carta sobre él a la que daré un lugar en mi historia, a fin de exponer su maldad, pues trataban a sus amigos y a sus enemigos exactamente de la misma manera.
    Copia de la Carta escrita por todo el concilio a Jorge contra Aecio, su diácono, a causa de su inicua blasfemia.
    Al muy honorable Señor Jorge, Obispo de Alejandría, el santo Sínodo reunido en Constantinopla, Saludo.
    A consecuencia de la condena de Aecio por el Sínodo, a causa de sus escritos ilícitos y sumamente ofensivos, los obispos lo han tratado de acuerdo con los cánones de la iglesia. Ha sido degradado del diaconado y expulsado de la Iglesia, y han salido nuestras admoniciones de que nadie lea sus cartas ilícitas, sino que, por su carácter inútil y sin valor, sean desechadas. Hemos añadido además un anatema sobre él, si permanece en su opinión, y sobre sus partidarios.
    Habría sido natural que todos los obispos reunidos en el Sínodo hubieran sentido detestación y aprobado la sentencia dictada contra un hombre que es autor de ofensas, disturbios y cismas, de agitación por todo el mundo y de levantamiento de iglesia contra iglesia. Pero a pesar de nuestras oraciones y contra toda nuestra expectativa, Seras, Esteban, Heliodoro y Teófilo y su partido no han votado con nosotros, y ni siquiera han consentido en firmar la sentencia dictada contra él, aunque Seras acusó al antedicho Aecio de otra instancia de insana arrogancia, alegando que él, con aún más descarada impudencia, se había lanzado a declarar que lo que Dios había ocultado a los Apóstoles le había sido ahora revelado a él. Incluso después de estas palabras salvajes y jactanciosas, referidas por Seras acerca de Aecio, los antedichos obispos no se avergonzaron ni se les pudo inducir a votar con nosotros en su condena. Nosotros, sin embargo, con mucha longanimidad los soportamos durante gran tiempo, ora indignados, ora rogando, ora importunándolos para que se unieran a nosotros e hicieran unánime la decisión del Sínodo; y perseveramos mucho tiempo con la esperanza de que escucharan, estuvieran de acuerdo y cedieran. Pero cuando a pesar de toda esta paciencia no pudimos avergonzarlos para que aceptaran nuestras declaraciones contra el antedicho ofensor, tuvimos la regla de la iglesia por más preciosa que la amistad de los hombres, y pronunciamos contra ellos un decreto de excomunión, permitiéndoles un período de seis meses para la conversión, el arrepentimiento y la expresión de un deseo de unión y armonía con el sínodo. Si dentro del tiempo dado se volvieran y aceptaran el acuerdo con sus hermanos y asintieran a los decretos sobre Aecio, decidimos que fueran recibidos en la iglesia, para la recuperación de su propia autoridad en los sínodos, y de nuestro afecto. Si, sin embargo, persistieran obstinadamente y prefirieran la amistad humana a los cánones de la iglesia y a nuestro afecto, entonces los juzgamos depuestos del rango de obispos. Si sufren degradación, es necesario nombrar a otros obispos en su lugar, para que la iglesia legítima sea debidamente ordenada y esté en unidad consigo misma, mientras todos los obispos de cada nación, al proferir la misma doctrina con una sola mente y un solo consejo, preserven el vínculo del amor.
    Para informarte del decreto del Sínodo te hemos enviado estas presentes a tu reverencia, y rogamos que te atengas a ellas y, por la gracia de Cristo, gobiernes rectamente y en paz las iglesias bajo tu cargo.

    Capítulo 25. De las causas que separaron a los eunomianos de los arrianos

    II, 25

    Eunomio en sus escritos alaba a Aecio, lo llama hombre de Dios y lo honra con muchos elogios. Sin embargo, en ese momento estaba estrechamente asociado con el partido por el cual Aecio había sido repudiado, y a ellos debía su elección para su obispado.
    Ahora bien, los seguidores de Eudoxio y Acacio, que habían asentido a los decretos promulgados en Nicea de Tracia, ya mencionados en esta historia, nombraron a otros obispos en las iglesias de los adherentes de Basilio y Eleusio en su lugar. Sobre otros puntos creo superfluo escribir en detalle. Me propongo relatar solo lo que concierne a Eunomio.
    Pues cuando Eunomio se apoderó de la sede de Cízico en vida de Eleusio, Eudoxio lo instó a ocultar sus opiniones y no darlas a conocer al partido que buscaba un pretexto para perseguirlo. Eudoxio se sintió movido a ofrecer este consejo tanto por su conocimiento de que la diócesis era sana en la fe como por su experiencia de la ira manifestada por Constancio contra el partido que afirmaba que el Hijo unigénito de Dios era un ser creado. «Esperemos» dijo a Eunomio «nuestro momento; cuando llegue, predicaremos lo que ahora mantenemos oculto; educa a los ignorantes; y gánate o compele o castiga a nuestros oponentes.» Eunomio, cediendo a estas sugerencias, propuso su doctrina impía bajo la sombra de la oscuridad. Aquellos de sus oyentes que habían sido nutridos en los oráculos divinos vieron claramente que sus expresiones ocultaban bajo su superficie una fea llaga de error.
    Pero por muy afligidos que estuvieran, consideraron menos propio de la prudencia que de la temeridad hacer una protesta abierta, de modo que asumieron una máscara de heterodoxia herética y visitaron al obispo en su residencia privada con el ruego encarecido de que tuviera en cuenta la angustia de hombres llevados aquí y allá por diferentes doctrinas, y expusiera claramente la verdad. Eunomio, así envalentonado, declaró los sentimientos que secretamente sostenía. La diputación pasó entonces a señalar que era injusto y en verdad bastante malo que a toda su diócesis se le impidiera tener su parte de la verdad. Con estos y otros argumentos semejantes fue inducido a descubrir su blasfemia en las asambleas públicas de la iglesia. Entonces sus oponentes se apresuraron con ardiente fervor a Constantinopla; primero lo denunciaron ante Eudoxio, y cuando Eudoxio se negó a verlos, buscaron audiencia con el emperador y se lamentaron por la ruina que su obispo estaba causando entre ellos. «Los sermones de Eunomio,» dijeron, «son más impíos que las blasfemias de Arrio.» La ira de Constancio se despertó, y ordenó a Eudoxio que mandara llamar a Eunomio y, tras su condena, lo despojara de su obispado. Eudoxio, por supuesto, aunque una y otra vez importunado por los acusadores, continuó retrasando la acción. Entonces, una vez más, se acercaron al emperador con clamorosas quejas de que Eudoxio no había obedecido las órdenes imperiales en ningún punto concreto, y era perfectamente indiferente a la entrega de una importante ciudad a las blasfemias de Eunomio. Entonces dijo Constancio a Eudoxio: si no haces venir a Eunomio y lo juzgas, y, tras la condena de los cargos presentados contra él, lo castigas, te desterraré. Esta amenaza asustó a Eudoxio, de modo que escribió a Eunomio para que escapara de Cízico, y le dijo que solo podía culparse a sí mismo por no haber seguido las insinuaciones que se le dieron. Eunomio, en consecuencia, se retiró alarmado, pero no pudo soportar la desgracia, y se esforzó por culpar de su traición a Eudoxio, sosteniendo que tanto él como Aecio habían sido tratados cruelmente. Y desde ese momento estableció una secta propia, pues todos los hombres que eran de su modo de pensar y condenaban su traición se separaron de Eudoxio y se unieron a Eunomio, cuyo nombre llevan hasta el día de hoy. Así Eunomio se convirtió en fundador de una herejía, y añadió a la blasfemia de Arrio su propia culpa peculiar. Estableció una secta propia porque era esclavo de su ambición, como los hechos demuestran claramente. Pues cuando Aecio fue condenado y desterrado, Eunomio se negó a acompañarlo, aunque lo llamaba su maestro y hombre de Dios, sino que permaneció estrechamente asociado con Eudoxio.
    Pero cuando le llegó su turno, pagó la pena de su iniquidad; no se sometió a la votación del sínodo, sino que comenzó a ordenar obispos y presbíteros, aunque él mismo estaba privado de su rango episcopal. Estas fueron, pues, las obras realizadas en Constantinopla.
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