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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Jackson (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 10 · Libro IVPublicado el Actualizado el Ref. ESC-TEO-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
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    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
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    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    Libro IV

    Capítulo 1. Del reinado y la piedad de Joviano

    IV, 1

    Después de que Juliano fue muerto, los generales y prefectos se reunieron en consejo y deliberaron quién debía suceder en el poder imperial y lograr tanto la salvación del ejército en la campaña como la recuperación de la fortuna de Roma, ahora puesta, para usar la expresión común, al filo de la navaja del peligro por la temeridad del emperador fallecido. Pero mientras los jefes deliberaban, las tropas se reunieron y pidieron a Joviano por emperador, aunque no era ni general ni del rango inmediatamente superior; era, sin embargo, un hombre sumamente distinguido y, por muchas razones, bien conocido. Su estatura era grande; su alma elevada. En la guerra y en las graves luchas solía ser el primero. Contra la impiedad se pronunciaba valerosamente, sin temor al poder del tirano, pero con un celo que lo colocaba entre los mártires de Cristo. Así, los generales aceptaron el voto unánime de los soldados como una elección divina. El valiente fue conducido al frente y colocado sobre una plataforma elevada construida apresuradamente. El ejército lo saludó con los títulos imperiales, llamándolo Augusto y César. Con su habitual franqueza, y sin temor tanto ante los oficiales al mando como ante la reciente apostasía de las tropas, Joviano dijo admirablemente: «Soy cristiano. No puedo gobernar a hombres como estos. No puedo mandar al ejército de Juliano, entrenado como está en una disciplina viciosa. Hombres como estos, despojados de la cubierta de la providencia de Dios, caerán fácil y ridícula presa del enemigo.» Al oír esto las tropas gritaron a una sola voz: «No vaciles, oh emperador; no pienses que es cosa vil mandarnos. Reinarás sobre cristianos criados en la formación de la verdad; nuestros veteranos fueron instruidos en la escuela del propio Constantino; los más jóvenes de entre nosotros fueron instruidos por Constancio. El imperio de este hombre muerto duró solo unos pocos años, demasiado pocos para estampar su marca incluso en aquellos a quienes engañó.»

    Capítulo 2. Del regreso de Atanasio

    IV, 2

    [Deleitado] con estas palabras, el emperador se propuso de allí en adelante proveer a la seguridad del estado y traer de regreso al ejército sin pérdida de la campaña. No necesitó mucha deliberación, sino que al punto cosechó el fruto nacido de las semillas de la verdadera religión, pues el Dios de todas las cosas dio prueba de su propia providencia e hizo desaparecer toda dificultad. No bien el soberano persa fue informado del ascenso de Joviano, envió embajadores para tratar de la paz; más aún, despachó provisiones para las tropas y dio instrucciones para el establecimiento de un mercado para ellas en el desierto. Se concluyó una tregua de treinta años, y el ejército fue traído de vuelta sano y salvo de la guerra. El primer edicto del emperador al poner pie en su propio territorio fue uno que llamaba a los obispos de su destierro y anunciaba la restitución de las iglesias a las congregaciones que habían mantenido inviolada la confesión de Nicea. Envió además un despacho a Atanasio, el famoso campeón de estas doctrinas, suplicándole que se le escribiera una carta que contuviera enseñanza exacta en materias de religión. Atanasio convocó a los obispos más instruidos a reunirse con él, y escribió en respuesta exhortando al emperador a mantener firme la fe entregada en Nicea, por estar en armonía con la doctrina apostólica. Deseoso de beneficiar a todos los que puedan hallarla, añado aquí la carta.

    Capítulo 3. Carta sinódica al emperador Joviano acerca de la fe

    IV, 3

    A Joviano Augusto, devotísimo, humanísimo, vencedor, Atanasio y los demás obispos reunidos, en nombre de todos los obispos de Egipto a Tebaida y Libia. La inteligente preferencia y búsqueda de las cosas santas es propia de un príncipe amado de Dios. Así puedas conservar tu corazón en verdad en la mano de Dios y reinar muchos años en paz. Puesto que tu piedad ha expresado recientemente el deseo de aprender de nosotros la fe de la Iglesia Católica, hemos dado gracias al Señor y hemos decidido ante todo recordar a tu reverencia la fe confesada por los padres en Nicea. Esta fe algunos han despreciado y han urdido muchos y variados ataques contra nosotros, por nuestra negativa a someternos a la herejía arriana. Se han convertido en fundadores de herejía y cisma en la Iglesia Católica. La verdadera y piadosa fe en nuestro Señor Jesucristo se ha hecho patente a todos tal como se conoce y lee en las Sagradas Escrituras. En esta fe los santos mártires fueron perfeccionados, y ahora que han partido están con el Señor. Esta fe estaba destinada a permanecer incólume en todas partes, si no hubiera sido porque la maldad de ciertos herejes se atrevió a intentar su falsificación; pues Arrio y su partido se esforzaron por corromperla e introducir la impiedad para su destrucción, alegando que el Hijo de Dios es de lo no existente, una criatura, un ser hecho y susceptible de cambio. Con estos medios engañaron a muchos, de modo que incluso hombres que parecían ser algo se dejaron arrastrar por ellos. Entonces nuestros santos Padres tomaron la iniciativa, se reunieron, como dijimos, en Nicea, anatematizaron la herejía arriana y suscribieron la fe de la Iglesia Católica, de modo que se extinguieran las llamas de la herejía mediante la proclamación de la verdad por todo el mundo. Así esta fe fue conocida y predicada en toda la iglesia. Pero como algunos hombres que quisieron iniciar de nuevo la herejía arriana han tenido la osadía de despreciar la fe confesada por los Padres en Nicea, y otros fingen aceptarla mientras en realidad la niegan, tergiversando el significado del [ὁ] [μοούσιον] y blasfemando así contra el Espíritu Santo, al alegar que es una criatura y un ser hecho por medio del Hijo, nosotros, viendo forzosamente el daño que de blasfemias de este tipo sobreviene al pueblo, nos hemos apresurado a ofrecer a tu piedad la fe confesada en Nicea, para que tu reverencia conozca con qué exactitud está redactada y cuán grande es el error de aquellos cuya enseñanza la contradice. Sabe, oh santísimo Augusto, que esta fe es la fe predicada desde la eternidad; esta es la fe que confesaron los Padres reunidos en Nicea. Con esta fe están de acuerdo todas las iglesias del mundo, en España, en Britania, en Galia, en toda Italia y Campania, en Dalmacia y Misia, en Macedonia, en toda la Hélade, en todas las iglesias de África, Cerdeña, Chipre, Creta, Panfilia e Isauria, y Licia, las de todo Egipto y Libia, las del Ponto, Capadocia y las regiones vecinas, y todas las iglesias del Oriente excepto unas pocas que han abrazado el arrianismo. De todos los arriba mencionados conocemos sus sentimientos tras haberlos examinado. Tenemos cartas y sabemos, piadosísimo Augusto, que aunque unos pocos se opongan a esta fe, no pueden perjudicar la decisión de todo el mundo habitado.
    Después de haber estado largo tiempo bajo la perniciosa influencia de la herejía arriana, se oponen más contenciosamente a la verdadera religión. Para información de tu piedad, aunque ciertamente ya estás enterado, nos hemos tomado el trabajo de añadir la fe confesada en Nicea por estos trescientos dieciocho obispos. Es como sigue.
    Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero: engendrado, no hecho, de una misma sustancia con el Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, tanto en el cielo como en la tierra. Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre. Padeció y resucitó al tercer día. Subió al cielo y ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Y creemos en el Espíritu Santo; la santa Iglesia Católica y Apostólica anatematiza a quienes dicen que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no era; que antes de ser engendrado no era; que fue hecho de lo no existente, o que es de una esencia diferente o de una sustancia diferente, o una criatura o sujeto a variación o cambio. En esta fe, religiosísimo Augusto, todos deben necesariamente permanecer por ser divina y apostólica, y nadie debe esforzarse en cambiarla mediante razonamientos persuasivos y batallas de palabras, como desde el principio hicieron los ariomaníacos en su porfía de que el Hijo de Dios es de lo no existente, y que hubo un tiempo en que no era, que es creado y hecho y sujeto a variación. Por lo cual, como dijimos, el Concilio de Nicea anatematizó esta herejía y confesó la fe de la verdad. Pues no dijeron simplemente que el Hijo es semejante al Padre, para que se crea que no es simplemente semejante a Dios, sino Dios verdadero de Dios verdadero. Y promulgaron el término «[Homoüsion]» porque es propio de un hijo real y verdadero de un padre verdadero y natural. Sin embargo, no separaron al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sino que más bien lo glorificaron junto con el Padre y el Hijo en la única fe de la Santísima Trinidad, porque la Divinidad de la Santísima Trinidad es una.

    Capítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador

    IV, 4

    Cuando el emperador hubo recibido esta carta, se confirmó su conocimiento anterior y su disposición hacia las cosas divinas, y promulgó un segundo edicto en el que ordenaba que se restituyera la cantidad de trigo que el gran Constantino había destinado a las iglesias. Pues Juliano, como era de esperar de quien había ido a la guerra contra nuestro Señor y Salvador, había suprimido incluso este sustento, y dado que el hambre que visitó el imperio a consecuencia de la iniquidad de Juliano impedía la recaudación de la contribución establecida por Constantino, Joviano ordenó que se suministrara por el momento una tercera parte y prometió que, al cesar el hambre, daría el total.
    Tras distinguir el comienzo de su reinado con edictos de esta índole, Joviano partió de Antioquía hacia el Bósforo; pero en Dadastana, una aldea situada en los confines de Bitinia y Galacia, murió. Emprendió el viaje desde este mundo con el más grandioso y hermoso apoyo y sostén, pero todos los que habían experimentado la clemencia de su gobierno quedaron atrás en dolor. Así, me parece, el Supremo Gobernante, para convencernos de nuestra iniquidad, nos muestra las cosas buenas y de nuevo nos las arrebata; así, por los primeros medios nos enseña con cuánta facilidad puede darnos lo que quiere; por los segundos nos convence de que no somos dignos de ello y nos señala la vida mejor.

    Capítulo 5. Del reinado de Valentiniano, y de cómo asoció consigo a su hermano Valente

    IV, 5

    Cuando las tropas se hubieron enterado de la muerte repentina del emperador, lloraron al príncipe fallecido como a un padre, e hicieron emperador en su lugar a Valentiniano. Fue él quien golpeó al oficial del templo y fue enviado a la fortaleza. Se distinguió no solo por su valor, sino también por su prudencia, templanza, justicia y gran estatura. Era de carácter tan regio y magnánimo que, al intentar el ejército nombrar a un colega para compartir su trono, pronunció las conocidas palabras que se repiten universalmente: «Antes de ser emperador, soldados, era vuestro entregarme las riendas del imperio: ahora que las he tomado, es mío, no vuestro, tomar consejo para el estado.» Las tropas quedaron admiradas por lo que dijo y siguieron con contento la guía de su autoridad. Valentiniano, sin embargo, mandó llamar a su hermano desde Panonia y compartió el imperio con él. ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! A Valente, que aún no había aceptado doctrinas insanas, se le confió el gobierno de Asia y de Egipto, mientras Valentiniano se asignó Europa para sí. Viajó a las provincias occidentales y, comenzando con una proclamación de la verdadera religión, los instruyó en toda justicia. Cuando el arriano Auxencio, obispo de Milán, condenado en varios concilios, partió de esta vida, el emperador convocó a los obispos y les dirigió estas palabras: «Criados como habéis sido en la Sagrada Escritura, sabéis bien cuál debe ser el carácter de quien está dignificado por el episcopado, y cómo debe regir rectamente a sus súbditos, no solo con los labios, sino con la vida; mostrarse como ejemplo de toda clase de virtud y hacer de su conversación testimonio de su enseñanza. Sentad ahora en vuestro trono arzobispal a un hombre de tal carácter que nosotros, que gobernamos el reino, podamos inclinar honradamente la cabeza ante él y recibir sus reproches —pues, siendo hombres, es necesario que a veces tropecemos— como el tratamiento curativo de un médico.»

    Capítulo 6. De la elección de Ambrosio, obispo de Milán

    IV, 6

    Así habló el emperador, y entonces el concilio le rogó, siendo un príncipe sabio y devoto, que hiciera la elección. Él respondió: «La responsabilidad es demasiado grande para nosotros. Vosotros, que habéis sido dignificados con la gracia divina y habéis recibido iluminación de lo alto, haréis una mejor elección.» Así que dejaron la presencia imperial y comenzaron a deliberar aparte. Mientras tanto, el pueblo de Milán estaba desgarrado por facciones, unos ansiosos de que se promoviera a uno, otros a otro. Los que habían sido infectados por la insania de Auxencio elegían hombres de opiniones semejantes, mientras que los del partido ortodoxo, a su vez, ansiaban tener un obispo de sentimientos acordes con los suyos. Cuando Ambrosio, que ocupaba la principal magistratura civil del distrito, fue informado de la contienda, temiendo que se intentara alguna violencia sediciosa, se apresuró a ir a la iglesia; al instante se calmó la disputa. El pueblo gritó a una voz: «Haced a Ambrosio nuestro pastor,» —aunque hasta ese momento todavía no estaba bautizado. Se llevó la noticia de lo que se hacía al emperador, y este ordenó al instante que el admirable hombre fuera bautizado y ordenado, pues sabía que su juicio era recto y verdadero como la regla del carpintero y su sentencia más exacta que el fiel de la balanza. Además, concluyó por el acuerdo al que llegaron hombres de sentimientos opuestos que la selección era divina. Ambrosio recibió entonces el don divino del santo bautismo y la gracia del oficio arzobispal. El excelentísimo emperador estuvo presente en la ocasión y se dice que ofreció el siguiente himno de alabanza a su Señor y Salvador. «Te damos gracias, Señor y Salvador Omnipotente; he encomendado a este hombre los cuerpos de los hombres; Tú le has confiado sus almas, y has mostrado que mi elección es justa.»
    No muchos días después, el divino Ambrosio se dirigió al emperador con la mayor libertad y censuró ciertos procederes de los magistrados por impropios. Valentiniano observó que esta libertad no era una novedad para él, y que, conociéndola bien, no solo no se había opuesto, sino que había concurrido gustoso al nombramiento para el obispado. «Continúa,» prosiguió el emperador, «como te manda la ley de Dios, curando los errores de nuestras almas.»
    Tales fueron los hechos y las palabras de Valentiniano en Milán.

    Capítulo 7. Cartas de los emperadores Valentiniano y Valente, escritas a la diócesis de Asia sobre el Homoüsion, al oír que algunos hombres en Asia y en Frigia estaban en disputa sobre el decreto divino

    IV, 7

    [Valentiniano] ordenó que se celebrara un concilio en Iliria y envió a los contendientes los decretos ratificados por los obispos allí reunidos. Habían decidido mantenerse firmes en el Credo promulgado en Nicea, y el propio emperador les escribió, asociando a su hermano en el despacho, instando a que se guardaran los decretos.
    El edicto proclama claramente la piedad del emperador y muestra de manera semejante la solidez de Valente en las doctrinas divinas en aquel tiempo. Por lo tanto, lo daré íntegro. Los poderosos emperadores, siempre augustos, augustamente victoriosos, Valentiniano, Valente y Graciano, a los obispos de Asia, Frigia, Carofrigia Pacatiana, salud en el Señor.
    Habiéndose reunido un gran concilio en Iliria, tras mucha discusión acerca de la palabra de salvación, los tres veces benditos obispos han declarado que la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es de una misma sustancia. A esta Trinidad adoran, sin remitir en modo alguno el servicio que les ha correspondido debidamente, la adoración del gran Rey. Es nuestra voluntad imperial que esta Trinidad sea predicada, para que nadie diga: «Aceptamos la religión del soberano que gobierna este mundo sin consideración hacia Aquel que nos ha dado el mensaje de salvación,» pues, como dice el evangelio de nuestro Dios que contiene este juicio, «debemos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»
    ¿Qué decís vosotros, obispos, campeones de la Palabra de salvación? Si estas son vuestras profesiones, continuad entonces amándoos unos a otros y dejad de abusar de la dignidad imperial. No persigáis más a los que sirven diligentemente a Dios, por cuyas oraciones cesan las guerras sobre la tierra y son repelidos los asaltos de los ángeles apóstatas. Estos, esforzándose con súplicas por repeler a todos los demonios dañinos, saben pagar tributo como manda la ley y no contradicen el poder de su soberano, sino que con mentes puras guardan el mandamiento del Rey celestial y están sujetos a nuestras leyes. Pero vosotros habéis mostrado ser desobedientes. Hemos probado todo expediente, pero os habéis entregado. Nosotros, sin embargo, deseamos ser puros de vosotros, como Pilato en el juicio de Cristo, cuando vivía entre nosotros, no quiso matarlo, y cuando ellos pidieron su muerte, se volvió hacia el Oriente, pidió agua para sus manos y se lavó las manos, diciendo: Soy inocente de la sangre de este hombre justo.
    Así, nuestra majestad ha ordenado invariablemente que los que trabajan en el campo de Cristo no sean perseguidos, oprimidos ni maltratados; ni los mayordomos del gran Rey sean arrastrados al destierro; no sea que hoy bajo nuestro Soberano parezcáis florecer y abundar, y luego, junto con vuestro mal consejero, pisoteéis su alianza, como en el caso de la sangre de Zacarías, sino que él y los suyos fueron destruidos por nuestro Rey celestial Jesucristo después de su venida, entregados al juicio de la muerte, ellos y el demonio mortal que los instigaba. Hemos dado estas órdenes a Amegetio, a Ceronio, a Dámaso, a Lampón y a Brentisio de palabra, y os hemos enviado también los decretos mismos para que sepáis lo que se decretó en el honorable sínodo.
    A esta carta añadimos los decretos del sínodo, que son brevemente como sigue.
    De acuerdo con el grande y ortodoxo sínodo, confesamos que el Hijo es de una misma sustancia con el Padre. Y no entendemos el término 'de una misma sustancia' como lo interpretaron antiguamente algunos que firmaron sus nombres con adhesión fingida; ni como algunos que hoy en día llaman Padres a los redactores del antiguo Credo, pero anulan el significado de la palabra, siguiendo a los autores de la afirmación de que «de una misma sustancia» significa «semejante,» con el entendimiento de que, puesto que el Hijo no es comparable a ninguna de las criaturas hechas por Él, es semejante solo al Padre. Pues los que así piensan irreverentemente definen al Hijo «como una creación especial del Padre,» pero nosotros, con los sínodos presentes, tanto en Roma como en la Galia, sostenemos que hay una y la misma sustancia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en tres personas, es decir, en tres esencias perfectas. Y confesamos, según la exposición de Nicea, que el Hijo de Dios, siendo de una misma sustancia, se hizo carne de la Santa Virgen María, y ha habitado entre los hombres, y cumplió toda la economía por nosotros en nacimiento, en pasión, en resurrección y en ascensión al cielo; y que vendrá de nuevo para darnos a cada uno conforme a la manera de vida de cada hombre, en el día del juicio, siendo visto en la carne y mostrando su poder divino, siendo Dios portador de carne, y no hombre portador de Divinidad.
    A los que piensan de otro modo los condenamos, como también a los que no condenan honestamente a aquel que dijo que antes de que el Hijo fuera engendrado Él no era, sino que escribió que incluso antes de ser realmente engendrado Él estaba potencialmente en el Padre. Pues esto es verdad en el caso de todas las criaturas, que no están para siempre con Dios en el sentido en que el Hijo está siempre con el Padre, siendo engendrado por generación eterna.
    Tal fue el breve resumen del emperador. Ahora añadiré el despacho mismo del sínodo.

    Capítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe

    IV, 8

    Los obispos de Iliria a las iglesias de Dios, y a los obispos de las diócesis de Asia, de Frigia y Carofrigia Pacatiana, salud en el Señor.
    Después de reunirnos y de hacer una larga investigación acerca de la Palabra de salvación, hemos expuesto que la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es de una misma sustancia. Y nos ha parecido conveniente escribiros una carta, no para que escribamos lo que concierne a la adoración de la Trinidad en vana disputa, sino con humildad considerada digna del deber.
    Esta carta os la hemos enviado por medio de nuestro amado hermano y colaborador Elpidio, el presbítero. Porque no en las cartas de nuestras manos, sino en los libros de nuestro Salvador Jesucristo, está escrito: 'Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?'
    En verdad, a nuestra humildad le pareció conveniente no escribiros carta alguna, a causa del gran terror que vuestra predicación causa a toda la región bajo vuestra jurisdicción, separando como hacéis al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Por eso nos vimos obligados a enviaros a nuestro señor y colaborador Elpidio para averiguar si vuestra predicación es realmente de este carácter y para llevar este despacho del gobierno imperial de Roma.
    Sean anatema los que no consideran a la Trinidad como una misma sustancia, y si se descubre a alguien en comunión con ellos, sea anatema.
    Pero para los que predican que la Trinidad es de una misma sustancia está preparado el Reino de los Cielos.
    Os exhortamos, pues, hermanos, a no enseñar otra doctrina, ni siquiera a sostener otra creencia vana, sino que, predicando siempre y en todas partes que la Trinidad es de una misma sustancia, podáis heredar el Reino de los Cielos.
    Al escribir sobre este punto, también se nos ha recordado escribiros esta carta acerca del nombramiento presente o futuro de nuestros coministros como obispos, si hay entre los obispos hombres sanos que ya hayan desempeñado un cargo público; y, si no, del orden de los presbíteros: de la misma manera en el nombramiento de presbíteros y diáconos del propio orden sacerdotal para que sean en todo irreprensibles, y no de las filas del senado y del ejército.
    No hemos querido escribiros una carta larga, debido a la misión de un solo representante de todos, nuestro señor y colaborador Elpidio, para indagar diligentemente sobre vuestra predicación, si realmente es tal como hemos oído de nuestro señor y colaborador Eustacio.
    En conclusión, si en algún momento habéis estado en error, despojaos del hombre viejo y revestíos del nuevo. El mismo hermano y colaborador Elpidio os instruirá cómo predicar la verdadera fe de que la Santísima Trinidad, de una misma sustancia con Dios el Padre, junto con el Hijo y el Espíritu Santo, es santificada, glorificada y manifestada, el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Pues una vez que esto se ha manifestado, podremos confesar manifiestamente que la Santísima Trinidad es de una misma sustancia según la fe expuesta anteriormente en Nicea que los Padres confirmaron. Mientras se predique esta fe, podremos evitar las trampas del diablo mortífero. Cuando él sea destruido, podremos honrarnos unos a otros en cartas de paz mientras vivimos en paz.
    Os hemos escrito, por tanto, para que conozcáis la deposición de los ariomaníacos, que no confiesan que el Hijo es de la sustancia del Padre ni el Espíritu Santo. Añadimos sus nombres: Policronio, Telémaco, Fausto, Asclepíades, Amancio, Cleópater.
    Esto escribimos así para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo por los siglos de los siglos, amén. Rogamos al Padre y al Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, con el Espíritu Santo, que os vaya bien por muchos años.

    Capítulo 9. De la herejía de los audianos

    IV, 9

    El ilustre emperador atendió así a los decretos apostólicos, pero Audeo, un sirio tanto de raza como de lengua, apareció en aquel tiempo como inventor de nuevos decretos. Hacía mucho que había comenzado a incubar iniquidades y ahora apareció en su verdadero carácter. Al principio entendió en un sentido absurdo el pasaje «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.» Por falta de comprensión del significado de la divina Escritura, entendió que el Ser Divino tenía forma humana, y conjeturó que estaba envuelto en partes corporales; pues la Sagrada Escritura describe con frecuencia las operaciones divinas bajo los nombres de partes humanas, ya que por estos medios la providencia de Dios se hace más fácilmente inteligible a las mentes incapaces de percibir ideas inmateriales. A esta impiedad añadió Audeo otras semejantes. Por un proceso ecléctico adoptó algunas de las doctrinas de Manes y negó que el Dios del universo sea creador ni del fuego ni de las tinieblas. Pero estos y todos los errores semejantes son ocultados por los adherentes de su facción.
    Alegan que están separados de las asambleas de la Iglesia. Pero, dado que algunos de ellos exigen una usura maldita y algunos viven ilícitamente con mujeres sin vínculo de matrimonio, mientras que los que son inocentes de estas prácticas viven en libre compañerismo con los culpables, ocultan la blasfemia de sus doctrinas justificando su manera de vivir apartados. La excusa es, sin embargo, impudente, y el resultado natural de la enseñanza farisaica, pues los fariseos acusaron al Médico de las almas y de los cuerpos en su pregunta a los santos Apóstoles: «¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?» y, por medio del profeta, Dios dice de tales hombres: «Los que dicen: 'no te acerques a mí, porque soy puro', esto es humo de mi ira.» Pero este no es momento de refutar su error irrazonable. Por lo tanto, paso al resto de mi narración.

    Capítulo 10. De la herejía de los mesalianos

    IV, 10

    En este tiempo surgió también la herejía de los mesalianos. Los que traducen su nombre al griego los llaman euchitas.
    Tienen además otra designación que surgió naturalmente de su modo de actuar. Por ponerse bajo la influencia de cierto demonio, que suponían ser la venida del Espíritu Santo, se los llama entusiastas.
    Los hombres que han quedado infectados por esta plaga en toda su extensión rehúyen el trabajo manual como inicuo; y, entregándose a la pereza, llaman profecías a las imaginaciones de sus sueños. De esta herejía fueron jefes Dadoes, Sabas, Adelfio, Hermas y Simeones, y otros además, que no se apartaron de la comunión de la Iglesia, alegando que ni bien ni mal provenía del alimento divino del cual Cristo nuestro Maestro dijo «El que come mi carne y bebe mi sangre vivirá para siempre.»
    En su empeño por ocultar su insania, la niegan descaradamente incluso después de convictos, y abjuran de hombres cuyas opiniones están en armonía con sus propios sentimientos secretos.
    En estas circunstancias, Letoio, que estaba al frente de la iglesia de Melitene, varón lleno de celo divino, vio que muchos monasterios, o, mejor dicho, cuevas de bandidos, habían bebido profundamente de esta enfermedad. Por tanto, los incendió y expulsó a los lobos del rebaño.
    De igual manera, el ilustre Anfiloquio, a quien se había confiado el cuidado de la metrópoli de los licaonios y que gobernaba a todo el pueblo, tan pronto como supo que esta peste había invadido su diócesis, la hizo salir de sus fronteras y libró de su contagio a los rebaños que apacentaba.
    Flaviano, el famoso sumo sacerdote de los antioquenos, al enterarse de que estos hombres vivían en Edesa y atacaban con su peculiar veneno a todos con quienes entraban en contacto, envió una compañía de monjes, los trajo a Antioquía y de la siguiente manera los convenció en su negación de su herejía. Sus acusadores, dijo, los calumniaban, y los testigos daban falso testimonio; y a Adelfio, que era un hombre muy anciano, lo abordó con expresiones de bondad y le ordenó sentarse a su lado. Entonces dijo «Nosotros, oh venerable señor, que hemos vivido hasta una edad avanzada, tenemos un conocimiento más exacto de la naturaleza humana y de las artimañas de los demonios que nos combaten, y hemos aprendido por experiencia el carácter del don de la gracia. Pero estos hombres más jóvenes no tienen un conocimiento claro de estos asuntos, y no pueden soportar escuchar la enseñanza espiritual. Por tanto, dime en qué sentido dices que el espíritu adverso se retira y la gracia del Espíritu Santo sobreviene.» El anciano se dejó ganar por estas palabras y dio salida a todo su veneno secreto, pues dijo que ningún beneficio alcanza a los que reciben el santo bautismo, y que solo mediante la oración ferviente se expulsa al demonio que mora dentro; porque todo el que nace en el mundo deriva de su primer padre la esclavitud a los demonios, así como su naturaleza; pero que cuando estos son expulsados, entonces viene el Espíritu Santo dando señales sensibles y visibles de su presencia, liberando a la vez al cuerpo del impulso de las pasiones y librando enteramente al alma de su inclinación a lo peor; con el resultado de que ya no hay necesidad de ayuno que refrene el cuerpo, ni de enseñanza o entrenamiento que lo sujete y le instruya cómo caminar rectamente. Y no solo el receptor de este don queda liberado de los movimientos desordenados del cuerpo, sino que además prevé claramente las cosas futuras, y con los ojos contempla la Santísima Trinidad.
    De esta manera, el divino Flaviano cavó en la inmunda fuente y logró dejar al descubierto sus corrientes. Entonces se dirigió así al desdichado anciano. «Oh tú, que has envejecido en días malos, tu propia boca te condena, no yo, y tus propios labios testifican contra ti.» Después de que su insania hubo sido así expuesta, fueron expulsados de Siria y se retiraron a Panfilia, la cual llenaron con su doctrina pestilente.

    Capítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía

    IV, 11

    Ahora proseguiré el curso de mi narración y describiré el comienzo de la tempestad que levantó muchas y grandes olas para azotar a la Iglesia. Valente, cuando recibió por primera vez la dignidad imperial, se distinguió por su fidelidad a la doctrina apostólica. Pero cuando los godos hubieron cruzado el Danubio y asolaban Tracia, determinó reunir un ejército y marchar contra ellos; y, en consecuencia, resolvió no entrar en campaña sin el ropaje de la gracia divina, sino protegerse primero con la panoplia del santo bautismo. Al formar esta resolución obró a la vez bien y sabiamente, pero su conducta posterior revela una gran debilidad de carácter, que resultó en el abandono de la verdad. Su suerte fue la misma que la de nuestro primer padre, Adán; pues él también, ganado por los argumentos de su esposa, perdió su libre patrimonio y se convirtió no meramente en cautivo, sino en oyente obediente de las astutas palabras de una mujer. Su esposa ya había sido atrapada en la red arriana, y entonces atrapó a su marido y lo persuadió a caer con ella en el pozo de la blasfemia. Su jefe e iniciador fue Eudoxio, que aún sostenía el timón de Constantinopla, con el resultado de que la nave no fue gobernada hacia adelante, sino que se hundió hasta el fondo.

    Capítulo 12. De cómo Valente desterró a los virtuosos obispos

    IV, 12

    En el mismo momento del bautismo de Valente, Eudoxio obligó al desdichado con un juramento a permanecer en la impiedad de su doctrina y a expulsar de toda sede a los que sostenían opiniones contrarias. Así Valente abandonó la enseñanza apostólica y se pasó a la facción contraria; y no pasó mucho tiempo antes de que cumpliera el resto de su juramento; pues de Antioquía expulsó al gran Melecio, de Samosata al divino Eusebio, y privó a Laodicea de su admirable pastor Pelagio. Pelagio había tomado sobre sí el yugo del matrimonio cuando era muy joven, y en la misma cámara nupcial, el primer día de sus bodas, persuadió a su esposa a preferir la castidad al trato conyugal, y le enseñó a aceptar el afecto fraterno en lugar de la unión matrimonial. Así dio todo honor a la templanza, y poseyó también dentro de sí las virtudes hermanas que se movían en armonía con ella, y por estas razones fue elegido unánimemente para el episcopado. Sin embargo, ni siquiera los brillantes rayos de su vida y de su conversación amedrentaron al enemigo de la verdad. A él también Valente lo relegó a Arabia, al divino Melecio a Armenia, y a Eusebio, aquel infatigable obrero en la labor apostólica, a Tracia. Infatigable era en verdad, pues cuando se le informó de que muchas iglesias estaban privadas de sus pastores, viajó por Siria, Fenicia y Palestina, vistiendo el atuendo de guerra y cubriéndose la cabeza con una tiara, ordenando presbíteros y diáconos y completando los demás rangos de la Iglesia; y si acaso encontraba obispos de sentimientos semejantes a los suyos, los nombraba para las iglesias vacantes.

    Capítulo 13. De Eusebio, obispo de Samosata, y de otros

    IV, 13

    Del valor y la prudencia mostrados por Eusebio después de recibir el edicto imperial que le ordenaba partir hacia Tracia, creo que deben oír todos los que hasta ahora los han ignorado.
    El portador de este edicto llegó a su destino al anochecer, y Eusebio le exhortó a guardar silencio y ocultar la causa de su venida. «Porque,» dijo el obispo, «la multitud ha sido criada en celo divino, y si llegaran a saber por qué has venido, te ahogarán, y yo sería tenido por responsable de tu muerte.» Después de hablar así y de celebrar el oficio de la tarde, como solía, el anciano partió solo a pie al caer la noche. Confió sus intenciones a uno de sus servidores domésticos, que lo seguía sin llevar nada más que un cojín y un libro. Cuando hubo llegado a la orilla del río (pues el Éufrates corre junto a las mismas murallas de la ciudad), se embarcó en una barca y dijo a los remeros que bogaran hacia Zeugma. Cuando se hizo de día, el obispo había llegado a Zeugma, y Samosata estaba llena de llantos y lamentos, porque el mencionado doméstico comunicó las órdenes que se le habían dado a los amigos de Eusebio y les dijo con quiénes deseaba viajar y qué libros debían llevar. Entonces toda la congregación lloró la partida de su pastor, y la corriente del río estaba llena de viajeros.
    Cuando llegaron donde él estaba y vieron a su amado pastor, con lamentaciones y gemidos derramaron torrentes de lágrimas y trataron de persuadirlo a quedarse y no abandonar las ovejas a los lobos. Pero todo fue en vano, y él les leyó la ley apostólica que claramente nos manda estar sujetos a los magistrados y a las autoridades. Cuando lo hubieron oído, unos le trajeron oro, otros plata, otros vestidos y otros siervos, como si partiera hacia una tierra extraña y lejana. El obispo se negó a tomar nada salvo algunos pequeños obsequios de sus amigos más íntimos, y luego dio a toda la compañía su instrucción y sus oraciones, y los exhortó a mantenerse firmes por los decretos apostólicos.
    Luego partió hacia el Danubio, mientras sus amigos regresaron a su propia ciudad y se animaban unos a otros mientras esperaban los asaltos de los lobos.
    En la creencia de que les haría agravio si el calor y la sinceridad de su fe dejaran de ser conmemorados en mi historia, procederé ahora a describirla.
    La facción arriana, después de privar al rebaño de su excelentísimo pastor, estableció a otro obispo en su lugar; pero ningún habitante de la ciudad, ya apacentara en la indigencia o resplandeciera en riqueza, ni siervo, ni artesano, ni labriego, ni jardinero, ni hombre ni mujer, joven o viejo, acudió, como había sido su costumbre, a las reuniones en la iglesia. El nuevo obispo vivió completamente solo; ni un alma lo miraba ni cruzaba una palabra con él. Sin embargo, se cuenta que se comportó con cortés moderación, de lo cual la siguiente anécdota es prueba. En una ocasión había expresado el deseo de bañarse, así que sus siervos cerraron las puertas del baño e impidieron la entrada a todos los que querían entrar. Cuando vio a la multitud ante las puertas, ordenó que se abrieran de par en par y dispuso que todos usaran libremente el baño. Mostró la misma conducta en las salas interiores; pues al observar a ciertos hombres de pie junto a él mientras se bañaba, les rogó que compartieran el agua caliente con él. Ellos permanecieron en silencio. Creyendo que su vacilación se debía al respeto hacia él, se levantó rápidamente y salió, pero estas personas habían pensado en realidad que incluso el agua estaba contaminada por la impureza de su herejía, y así la echaron toda por los desagües, mientras ordenaban que se les proveyera agua fresca. Al ser informado de esto, el intruso partió de la ciudad, pues juzgó que era insensato y absurdo por su parte seguir residiendo en una ciudad que lo detestaba y lo trataba como a un enemigo común. A la partida de Eunomio de Samosata (pues este era su nombre), Lucio, lobo inconfundible y enemigo de las ovejas, fue nombrado en su lugar. Pero las ovejas, aunque privadas de pastor, se apacentaban a sí mismas y conservaron con firmeza la doctrina apostólica en toda su pureza. Cuán detestado era el nuevo intruso lo mostrará la siguiente relación.
    Unos muchachos jugaban a la pelota en la plaza del mercado y disfrutaban del juego, cuando Lucio pasaba por allí. Dio la casualidad de que la pelota cayó y pasó entre las patas del asno. Los muchachos lanzaron un grito porque pensaron que su pelota estaba contaminada. Al advertir esto, Lucio dijo a uno de su séquito que se detuviera y averiguara qué ocurría. Los muchachos encendieron un fuego y lanzaron la pelota a través de las llamas con la idea de que así la purificaban. Sé, en verdad, que esto fue solo un acto de muchachos y una supervivencia de las costumbres antiguas; pero no es menos suficiente para probar con cuánto odio tenía la ciudad a la facción arriana.
    Lucio, sin embargo, no fue seguidor de la mansedumbre de Eunomio, sino que persuadió a las autoridades a desterrar a muchos otros del clero, y envió a los más distinguidos campeones de los dogmas divinos a los confines más remotos del Imperio romano; a Evolcio, diácono, a Oasis, a una aldea abandonada; a Antíoco, que tenía el honor de estar emparentado con el gran Eusebio, pues era hijo de su hermano, y además se distinguía por su propio carácter honorable, y de rango sacerdotal, a una parte lejana de Armenia. Con cuánta audacia contendió este Antíoco por los decretos divinos se verá por los siguientes hechos. Cuando el divino Eusebio, después de sus muchos combates, cada uno de los cuales fue una victoria, murió con muerte de mártir, se celebró el acostumbrado sínodo del pueblo, y entre otros vino Jovino, entonces obispo de Perra, que por algún tiempo había mantenido comunión con los arrianos. Antíoco fue elegido unánimemente como sucesor de su tío. Cuando fue llevado ante la santa mesa y se le ordenó allí doblar la rodilla, se volvió y vio que Jovino había puesto su mano derecha sobre su cabeza. Apartando la mano, le ordenó que se alejara de entre los consagrantes, diciendo que no podía soportar una mano derecha que había recibido misterios celebrados blasfemamente.
    Estos sucesos ocurrieron algo después. En el momento del que estoy hablando, él fue trasladado al interior de Armenia.
    El divino Eusebio vivía junto al Danubio, donde los godos asolaban Tracia y sitiaban ciudades, como se describe en sus propias obras.

    Capítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros

    IV, 14

    Barses, cuya fama es ahora grande no solo en su propia ciudad de Edesa y en las ciudades vecinas, sino en Fenicia, en Egipto y en la Tebaida, por todas cuyas regiones había viajado con alta reputación ganada por su gran virtud, había sido relegado por Valente a la isla de Arados; pero cuando el emperador supo que innumerables multitudes acudían allí, porque Barses estaba lleno de gracia apostólica y expulsaba las enfermedades con una palabra, lo envió a Oxirrinco, en Egipto; pero allí también su fama atraía a todos los hombres hacia él, y el anciano, digno del cielo, fue llevado a un castillo remoto cerca del país de los bárbaros de aquella región, llamado Feno. Se dice que en Arados su lecho se ha conservado hasta el día de hoy, donde se le tiene en grandísima honra, pues muchos enfermos se acuestan sobre él y por medio de su fe se recuperan.

    Capítulo 15. De la persecución que tuvo lugar en Edesa, y de Eulogio y Protógenes, presbíteros de Edesa

    IV, 15

    Ahora, por segunda vez, Valente, después de privar al rebaño de su pastor, había puesto sobre él en su lugar a un lobo. Toda la población había abandonado la ciudad y estaba reunida delante de la ciudad cuando él llegó a Edesa. Había dado órdenes al prefecto, de nombre Modesto, de reunir a las tropas bajo su mando que acostumbraban a exigir el tributo, de tomar a todos los presentes de la fuerza armada y, infligiendo golpes con bastones y garrotes, y usando si era necesario sus otras armas de guerra, dispersar a la multitud reunida. Temprano por la mañana, mientras el prefecto ejecutaba esta orden, al pasar por el Foro vio a una mujer que sostenía a un niño en brazos y se apresuraba a gran velocidad. Había hecho poco caso de las tropas y se había abierto paso entre sus filas; pues un alma encendida de celo divino no conoce temor del hombre y mira terrores de esta clase como deporte ridículo. Cuando el prefecto la vio y comprendió lo que había sucedido, ordenó que la trajeran ante él y le preguntó adónde iba. «He oído,» dijo ella, «que se planean asaltos contra los siervos del Señor; quiero unirme a mis amigos en la fe para compartir con ellos la matanza infligida por vosotros.» «Pero el niño,» dijo el prefecto, «¿para qué diablos lo llevas?» «Para que comparta conmigo,» dijo ella, «la muerte que anhelo.»
    Cuando el prefecto hubo oído esto de la mujer y por su medio descubrió el celo que animaba a todo el pueblo, lo hizo saber al emperador y señaló la inutilidad de la matanza planeada. «Solo cosecharemos,» dijo, «una cosecha de descrédito con el hecho, y no lograremos apagar el espíritu de esta gente.» Entonces no permitió que la multitud sufriera los tormentos que esperaba, y mandó que le trajeran a sus jefes, es decir, a los sacerdotes y a los diáconos, y les ofreció elegir entre dos alternativas: inducir al rebaño a comunicarse con el lobo, o ser desterrados de la ciudad a una región remota. Luego convocó ante él a la masa del pueblo y, con palabras suaves, intentó persuadirlos a someterse a los decretos imperiales, insistiendo en que era pura locura que un puñado de hombres que pronto podrían contarse resistieran al soberano de un imperio tan vasto. La multitud permaneció sin habla. Entonces el prefecto se volvió hacia su jefe Eulogio, varón excelente, y dijo: «¿Por qué no respondes a lo que me has oído decir?» «No pensé,» dijo Eulogio, «que debía responder, cuando no se me ha hecho ninguna pregunta.» «Pero,» dijo el prefecto, «he empleado muchos argumentos para instaros a un camino ventajoso para vosotros mismos.» Eulogio replicó que esas razones se habían expuesto ante toda la multitud y que le parecía absurdo adelantarse y responder él; «pero,» continuó, «si me preguntáis mi opinión individual, os la daré.» «Bien,» dijo el prefecto, «entra en comunión con el emperador.» Con agradable ironía continuó Eulogio: «¿Acaso ha recibido el sacerdocio además del imperio?» El prefecto, advirtiendo entonces que no hablaba en serio, lo tomó a mal y, después de colmar de reproches al anciano, añadió: «No dije eso, necio; te exhorté a entrar en comunión con aquellos con quienes el Emperador entra en comunión.» A esto respondió el anciano que ellos tenían un pastor y obedecían sus directrices, y así ochenta de ellos fueron arrestados y desterrados a Tracia. En el camino de ida fueron recibidos en todas partes con la mayor distinción posible: ciudades y aldeas salían a su encuentro y los honraban como atletas victoriosos. Pero la envidia armó a sus antagonistas para informar al emperador de que lo que se había considerado deshonra en realidad había traído gran honor a estos hombres; por lo cual Valente ordenó que fueran separados en parejas y enviados en diferentes direcciones, unos a Tracia, otros a las regiones más lejanas de Arabia, y otros a las ciudades de la Tebaida; y se decía que a aquellos a quienes la naturaleza había unido, hombres salvajes los habían separado, y dividido hermano de hermano. Eulogio, su jefe, junto con Protógenes, el siguiente en rango, fueron relegados a Antínoe.
    Ni siquiera de estos hombres permitiré que la virtud caiga en el olvido. Encontraron que el obispo de la ciudad era de la misma manera de pensar que ellos, y así participaron en las reuniones de la Iglesia; pero cuando vieron congregaciones muy pequeñas y, al informarse, supieron que los habitantes de la ciudad eran paganos, se afligieron, como era natural, y deploraron su incredulidad. Pero no consideraron suficiente afligirse, sino que en la medida de sus fuerzas se dedicaron a sanar a estos hombres. El divino Eulogio, encerrado en una pequeña cámara, pasaba el día y la noche elevando peticiones al Dios del universo; y el admirable Protógenes, que había recibido una buena educación y era diestro en la escritura rápida, escogió un lugar adecuado, lo convirtió en escuela de niños y, erigiéndose en maestro, instruyó a sus alumnos no solo en el arte de la escritura veloz, sino también en los divinos oráculos. Les enseñó los salmos de David y les dio a aprender los artículos más importantes de la doctrina apostólica. Uno de los muchachos cayó enfermo, y Protógenes fue a su casa, tomó de la mano al doliente y expulsó la enfermedad mediante la oración. Cuando los padres de los otros muchachos oyeron esto, lo llevaron a sus casas y le suplicaron que socorriera a los enfermos; pero él se negó a pedir a Dios la expulsión de la enfermedad antes de que los enfermos hubieran recibido el don del bautismo; instados por su anhelo de la salud de los hijos, los padres accedieron prontamente y ganaron al fin la salvación tanto para el cuerpo como para el alma. En toda ocasión en que persuadía a alguien sano a recibir la gracia divina, lo llevaba a Eulogio y, llamando a la puerta, le rogaba que abriera y pusiera el sello del Señor sobre la presa. Cuando Eulogio se molestaba por la interrupción de su oración, Protógenes solía decir que era mucho más esencial rescatar a los extraviados. En esto era objeto de admiración para todos cuantos contemplaban sus obras, haciendo tan prodigiosas acciones, impartiendo a tantos la luz del conocimiento divino y, al mismo tiempo, cediendo el primer lugar a otro y llevando sus trofeos a Eulogio. Con razón conjeturaban que la virtud de Eulogio era con mucho la mayor y más alta.
    Al calmarse la tempestad y restablecerse la calma completa, se les ordenó regresar a casa, y fueron escoltados por todo el pueblo, que gemía y lloraba, y especialmente por el obispo de la iglesia, que ahora quedaba privado de su labranza. Cuando llegaron a casa, el gran Barses había sido trasladado a la vida que no conoce dolor, y al divino Eulogio se le confió el timón de la iglesia que había pilotado; y al excelente Protógenes se le asignó la labranza de Carras, lugar estéril lleno de espinas de paganismo y que necesitaba abundante trabajo. Pero estos sucesos ocurrieron después de que se restableciera la paz en las iglesias.
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