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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Jackson (Nicene and Post-Nicene Fathers)43 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 10 · Capítulo 6. Concilio General de NiceaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-TEO-01

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    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
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    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
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    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
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    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
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    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
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    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
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    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    Capítulo 6. Concilio General de Nicea

    I, 6

    El emperador, que poseía la más profunda sabiduría, habiendo oído estas cosas, se esforzó, como primer paso, por cegar su fuente. Por tanto, envió a Alejandría a un mensajero renombrado por su agudeza con cartas, en el empeño de extinguir la disputa y con la esperanza de reconciliar a los contendientes. Pero frustradas sus esperanzas, procedió a convocar el célebre Concilio de Nicea; y empeñó su palabra de que a los obispos y a sus oficiales se les proveería de asnos, mulas y caballos para el viaje a expensas públicas. Cuando todos los que eran capaces de soportar la fatiga del camino hubieron llegado a Nicea, fue él mismo allí, con el deseo de ver a la multitud de obispos y con el anhelo ardiente de mantener la unanimidad entre ellos. Dispuso de inmediato que todas sus necesidades fueran liberalmente provistas. Se reunieron trescientos dieciocho obispos. El obispo de Roma, a causa de su edad muy avanzada, estuvo ausente, pero envió al concilio a dos presbíteros con autoridad para asentir a lo que se hiciera.
    En este tiempo muchos individuos estaban ricamente adornados con dones; y muchos, como el santo apóstol, llevaban en sus cuerpos las marcas del Señor Jesucristo. Jacobo, obispo de Antioquía, ciudad de Migdonia, llamada Nísibis por los sirios y asirios, resucitó a los muertos y los devolvió a la vida, y obró muchas otras maravillas que sería superfluo mencionar de nuevo en detalle en esta historia, pues ya he dado cuenta de ellas en mi obra titulada «Filoteo». Pablo, obispo de Neocesarea, fortaleza situada a orillas del Éufrates, había sufrido la furia frenética de Licinio. Había sido privado del uso de ambas manos por la aplicación de un hierro candente, por la cual los nervios que dan movimiento a los músculos se habían contraído y quedado muertos. A unos les habían arrancado el ojo derecho; a otros, les habían cortado el brazo derecho. Entre estos estaba Pafnucio de Egipto. En suma, el Concilio parecía un ejército reunido de mártires. Sin embargo, esta santa y célebre asamblea no estuvo del todo libre del elemento de oposición; pues había algunos, aunque tan pocos que fácilmente podían contarse, de superficie hermosa, como peligrosos bajíos, que en realidad, aunque no abiertamente, apoyaban la blasfemia de Arrio.
    Cuando todos estuvieron reunidos, el emperador mandó preparar una gran sala para su alojamiento en el palacio, en la que se colocó un número suficiente de bancos y asientos; y habiendo dispuesto así que fueran tratados con la dignidad debida, pidió a los obispos que entraran y discutieran los asuntos propuestos. El emperador, con unos pocos acompañantes, fue el último en entrar en la sala; notable por su elevada estatura y digno de admiración por su belleza personal y por la modestia aún más maravillosa que habitaba en su semblante. Se le colocó un escabel bajo en medio de la asamblea, sobre el cual, sin embargo, no se sentó hasta haber pedido permiso a los obispos. Entonces toda la sagrada asamblea se sentó en torno a él. Luego se levantó inmediatamente, el primero, el gran Eustacio, obispo de Antioquía, quien, a la traslación de Filogonio, ya referida, a una vida mejor, había sido obligado de mala gana a ser su sucesor por los sufragios unánimes de los obispos, de los sacerdotes y del laicado amante de Cristo. Coronó la cabeza del emperador con las flores del panegírico y elogió la diligente atención que había manifestado en la regulación de los asuntos eclesiásticos.
    El excelente emperador exhortó luego a los obispos a la unanimidad y a la concordia; les recordó la crueldad de los tiranos pasados y les trajo a la memoria la honorable paz que Dios, en su reinado y por su medio, les había concedido. Señaló cuán terrible era, sí, muy terrible, que en el mismo momento en que sus enemigos estaban destruidos y nadie se atrevía a oponérseles, ellos se lanzaran unos contra otros e hicieran reír a sus divertidos adversarios, especialmente cuando debatían sobre cosas santas, acerca de las cuales tenían la enseñanza escrita del Espíritu Santo. «Porque los evangelios» (continuó él), «los escritos y los oráculos de los antiguos profetas nos enseñan claramente lo que debemos creer acerca de la naturaleza divina. Desechad, pues, toda disputa contenciosa; y busquemos en la palabra divinamente inspirada la solución de las cuestiones en litigio.» Estas y semejantes exhortaciones dirigió, como hijo afectuoso, a los obispos como a padres, esforzándose por lograr su unanimidad en las doctrinas. La mayoría de los miembros del sínodo, ganados por sus argumentos, establecieron la concordia entre sí y abrazaron la sana doctrina. Hubo, sin embargo, unos pocos, de quienes ya se ha hecho mención, que se opusieron a estas doctrinas y se pusieron del lado de Arrio; entre ellos estaban Menofanto, obispo de Éfeso; Patrófilo, obispo de Escitópolis; Teognis, obispo de Nicea, y Narciso, obispo de Neronias, ciudad de la Cilicia segunda, llamada ahora Irenópolis; también Teonas, obispo de Marmárica, y Segundo, obispo de Ptolemaida en Egipto. Redactaron una fórmula de su fe y la presentaron al concilio. Apenas leída, fue hecha pedazos y declarada espuria y falsa. Tan grande fue el alboroto levantado contra ellos y tantos los reproches que se les hicieron por haber traicionado la religión, que todos, a excepción de Segundo y Teonas, se pusieron en pie y tomaron la delantera en renunciar públicamente a Arrio. Expulsado así de la Iglesia este hombre impío, se redactó por consentimiento unánime una confesión de fe que se recibe hasta el día de hoy; y, apenas firmada, se disolvió el concilio.

    Capítulo 7. Refutación del arrianismo deducida de los escritos de Eustacio y Atanasio

    I, 7

    Los obispos arriba nombrados, sin embargo, no consintieron en ello con sinceridad, sino solo en apariencia. Esto se demostró después por sus maquinaciones contra aquellos que se distinguían por su celo por la religión, así como por lo que estos últimos han escrito acerca de ellos. Por ejemplo, Eustacio, el célebre obispo de Antioquía, ya mencionado, al explicar el texto de los Proverbios, ' El Señor me creó en el principio de su camino, antes de sus obras de antiguo,' escribió contra ellos y refutó su blasfemia.
    Ahora procederé a relatar cómo ocurrieron estos diversos acontecimientos. Se convocó un concilio general en Nicea, y se reunieron unos doscientos setenta obispos. Sin embargo, fueron tantos los reunidos que no puedo precisar su número exacto; y, en verdad, tampoco me he tomado gran trabajo para averiguarlo. Cuando comenzaron a examinar la naturaleza de la fe, se presentó la fórmula de Eusebio, que contenía evidencia indisimulada de su blasfemia. Su lectura ante todos causó gran dolor a los oyentes por su apartamiento de la fe, e infligió al autor una vergüenza irremediable. Después de que la facción eusebiana quedó claramente convicta y el impío escrito fue desgarrado a la vista de todos, algunos de ellos, de común acuerdo y con el pretexto de preservar la paz, impusieron silencio a todos los oradores más capaces. Los ariomaníacos, temiendo ser expulsados de la Iglesia por un concilio tan numeroso de obispos, se apresuraron a anatematizar y condenar las doctrinas condenadas, y firmaron unánimemente la confesión de fe. Habiendo conservado así sus sedes episcopales mediante el más vergonzoso engaño, aunque más bien deberían haber sido degradados, continúan, a veces en secreto y a veces abiertamente, favoreciendo las doctrinas condenadas, maquinando contra la verdad con variados argumentos. Empeñados por completo en establecer estos plantíos de cizaña, rehúyen el escrutinio de los inteligentes, evitan a los observadores y atacan a los predicadores de la piedad. Pero no creemos que estos ateos puedan jamás vencer así a la Divinidad. Pues aunque ellos se 'ciñen' serán 'despedazados,' según la solemne profecía de Isaías.
    Estas son las palabras del gran Eustacio. Atanasio, su compañero de combate, el campeón de la verdad, que sucedió al célebre Alejandro en el episcopado, añadió lo siguiente en una carta dirigida a los africanos.
    Los obispos reunidos en concilio, deseando refutar las impías afirmaciones inventadas por los arrianos —que el Hijo fue creado de lo no existente, que es una criatura y un ser creado, que hubo un tiempo en que no era y que es mudable por naturaleza—, y estando todos de acuerdo en proponer las siguientes declaraciones, conformes a las santas Escrituras, a saber: que el Hijo es por naturaleza unigénito de Dios, Verbo, Poder y única Sabiduría del Padre; que es, como dijo Juan, 'el Dios verdadero', y, como Pablo ha escrito, 'el resplandor de la gloria y la imagen expresa de la persona del Padre', los seguidores de Eusebio, desviados por su propia doctrina vil, comenzaron entonces a decirse unos a otros: Pongámonos de acuerdo, pues también nosotros somos de Dios; 'No hay sino un solo Dios, por quien son todas las cosas;' 'Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas las cosas se han hecho nuevas, y todas las cosas son de Dios.' Se detuvieron particularmente en lo que se contiene en 'El Pastor': 'Cree, sobre todo, que hay un solo Dios, que creó y formó todas las cosas y las hizo salir de lo que no es.'
    Pero los obispos vieron a través de su malvado designio e impío artificio, y dieron una elucidación más clara de las palabras 'de Dios', y escribieron que el Hijo es de la sustancia de Dios; a fin de que, mientras las criaturas, que de ningún modo derivan su existencia de sí mismas o por sí mismas, se dice que son de Dios, solo del Hijo se diga que es de la sustancia del Padre; siendo esto peculiar del Hijo unigénito, el verdadero Verbo del Padre. Esta es la razón por la que los obispos escribieron que Él es de la sustancia del Padre.
    Pero cuando los arrianos, que parecían pocos en número, fueron interrogados de nuevo por los obispos sobre si admitían 'que el Hijo no es una criatura, sino Poder, y única Sabiduría, e Imagen eterna e inmutable del Padre; y que es Dios verdadero', se observó que los eusebianos se hacían señas unos a otros para mostrar que estas declaraciones eran igualmente aplicables a nosotros. Pues se dice que nosotros somos 'la imagen y gloria de Dios;' y 'porque siempre los que vivimos:'; hay también, decían, muchos poderes; pues está escrito: 'Todo el poder de Dios salió de la tierra de Egipto.' Se dice que la oruga y la langosta son 'un gran poder.' Y en otro lugar está escrito: El Dios de los poderes está con nosotros, el Dios de Jacob es nuestro auxilio.' A lo cual puede añadirse que no somos de Dios simplemente, sino porque el Hijo nos llamó 'hermanos.' La declaración de que Cristo es '¿el Dios verdadero?' no nos aflige, pues, habiendo venido a la existencia, es verdadero.
    Tal era la depravada opinión de los arrianos; pero ante esto los obispos, habiendo detectado su falsedad en este asunto, recogieron de la Escritura aquellos pasajes que dicen de Cristo que es la gloria, la fuente, el torrente y la imagen expresa de la persona; y citaron las siguientes palabras: 'En tu luz veremos luz;' y asimismo, 'Yo y el Padre somos uno.' Luego, con mayor claridad aún, declararon brevemente que el Hijo es de una misma sustancia con el Padre; pues este es, en verdad, el significado de los pasajes citados. La queja de los arrianos de que estas palabras precisas no se hallan en la Escritura queda probada como infundada por su propia práctica, pues sus propias impías afirmaciones no están tomadas de la Escritura; porque no está escrito que el Hijo sea de lo no existente, ni que hubo un tiempo en que no era; y, sin embargo, se quejan de haber sido condenados por expresiones que, aunque no están literalmente en la Escritura, son conformes a la verdadera religión. Ellos, por el contrario, como si hubieran hallado sus palabras en un estercolero, profirieron cosas verdaderamente terrenales. Los obispos, en cambio, no hallaron por sí mismos sus expresiones, sino que recibieron su testimonio de los padres y escribieron conforme a él. En efecto, hubo obispos antiguos, hace casi ciento treinta años, tanto de la gran ciudad de Roma como de nuestra propia ciudad, que condenaron a los que afirmaban que el Hijo es una criatura y que no es de una misma sustancia con el Padre. Eusebio, obispo de Cesarea, estaba al corriente de estos hechos; en un tiempo favoreció la herejía arriana, pero después firmó la confesión de fe del Concilio de Nicea. Escribió a los fieles de su diócesis sosteniendo que la palabra 'consustancial' era 'usada por ilustres obispos y doctos escritores como término para expresar la divinidad del Padre y del Hijo'.
    Así pues, estos hombres ocultaron su error por miedo a la mayoría y dieron su asentimiento a las decisiones del concilio, atrayendo así sobre sí la condenación del profeta, pues el Dios de todos les clama: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.» Teonas y Segundo, sin embargo, no quisieron tomar este camino, y fueron excomulgados por consentimiento común como hombres que estimaban la blasfemia arriana por encima de la doctrina evangélica. Los obispos volvieron entonces al concilio y redactaron veinte leyes para regular la disciplina de la Iglesia.

    Capítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él

    I, 8

    Después de que Melecio fue ordenado obispo, lo cual aconteció no mucho antes de la controversia arriana, fue hallado culpable de ciertos crímenes por el santísimo Pedro, obispo de Alejandría, quien también recibió la corona del martirio. Tras ser depuesto por Pedro, no se resignó a su deposición, sino que llenó la Tebaida y la región adyacente de Egipto de tumulto y disturbio, y se rebeló contra la primacía de Alejandría. El concilio escribió una carta a la Iglesia de Alejandría, exponiendo lo que se había decretado contra sus prácticas sediciosas. Decía así:—
    Carta sinodal.
    A la Iglesia de Alejandría, que por la gracia de Dios es grande y santa, y a los amados hermanos de Egipto, Libia y Pentápolis, los obispos convocados al grande y santo concilio de Nicea, envian saludo en el Señor.
    Habiendo sido convocado el grande y santo concilio de Nicea por la gracia de Dios y por el religiosísimo emperador Constantino, que nos convocó de diversas provincias y ciudades, juzgamos necesario que se os envíe una carta de todo el Santo Sínodo para informaros también de las cuestiones que se han suscitado y debatido, y de lo que se ha decretado y establecido.
    En primer lugar, las impías doctrinas de Arrio fueron examinadas ante nuestro religiosísimo emperador Constantino; y su impiedad fue anatematizada unánimemente, así como las expresiones y opiniones blasfemas que había propuesto, alegando que el Hijo de Dios era de lo no existente, que antes de ser engendrado no era, que hubo un tiempo en que no era, y que, según su libre albedrío, puede ser capaz tanto de virtud como de vicio. El santo concilio anatematizó todas estas afirmaciones, e incluso rehusó escuchar tan impías y necias opiniones y tan blasfemas expresiones. La decisión final acerca de él ya la conocéis, o pronto la oiréis; pero no la mencionaremos ahora, para que no parezca que pisoteamos a un hombre que ya ha recibido la recompensa debida a sus pecados. Tal influencia ha alcanzado su impiedad que arrastró a Teonas, obispo de Marmárica, y a Segundo, obispo de Ptolemaida, a su ruina, y ellos han compartido su castigo.
    Pero después de que Egipto, por la gracia de Dios, hubo sido librado de estas opiniones falsas y blasfemas, y de las personas que se atrevieron a suscitar discordia y división entre un pueblo hasta entonces pacífico, quedaba aún la cuestión de la temeridad de Melecio y de los ordenados por él. Ahora os informamos, amados hermanos, de los decretos del concilio sobre este asunto. El santo concilio decidió que Melecio fuera tratado con clemencia, aunque, hablando con rigor, no era digno ni de la menor concesión. Se le permitió permanecer en su propia ciudad, pero fue privado de todo poder, tanto de nombramiento como de ordenación, y no debía mostrarse en provincia o ciudad alguna con estos fines: solo conservar el mero nombre de su oficio. Los que habían recibido la ordenación de sus manos debían someterse a una reordenación más religiosa; y debían ser admitidos a la comunión con la condición de conservar su ministerio, pero ocupando en cada diócesis e iglesia un rango inferior a los que habían sido ordenados antes que ellos por Alejandro, nuestro muy honrado co-ministro. Así no tendrían poder de elegir o nombrar a otros para el ministerio según su gusto, ni de hacer cosa alguna sin el consentimiento de los obispos de la Iglesia Católica y Apostólica, que están bajo Alejandro. Pero quienes, por la gracia de Dios y en respuesta a vuestras oraciones, no han sido hallados en cisma alguno y han permanecido sin mancha en la Iglesia Católica y Apostólica, tendrán poder de elegir y nombrar a hombres dignos del oficio clerical, y se les permite hacer todo lo que sea conforme a la ley y a la autoridad de la Iglesia. Si aconteciera que alguno de los que ahora ocupan un oficio en la Iglesia muriera, entonces estos recientemente admitidos sean promovidos a los honores del difunto, con tal de que parezcan dignos, que el pueblo los elija y que la elección sea confirmada y ratificada por el obispo católico de Alejandría. El mismo privilegio ha sido concedido a todos los demás. Respecto a Melecio, sin embargo, se ha hecho una excepción, tanto por su anterior insubordinación como por la temeridad e impetuosidad de su carácter; pues si se le concediera la menor autoridad, podría abusar de ella suscitando de nuevo confusión. Estos son los principales puntos que se refieren a Egipto y a la santa Iglesia de Alejandría. Cualesquiera otros cánones que se hayan hecho, o dogmas decretados, los oiréis de Alejandro, nuestro muy honrado co-ministro y hermano, quien os dará información aún más precisa, porque él mismo dirigió y participó en todo lo que tuvo lugar.
    También os damos la buena noticia de que, conforme a vuestras oraciones, la celebración de la santísima fiesta pascual fue corregida unánimemente, de modo que nuestros hermanos de Oriente, que antes no guardaban la fiesta al mismo tiempo que los de Roma y que vosotros, y que, en verdad, todos han hecho desde el principio, en adelante la celebrarán con vosotros. Alegraos, pues, por el éxito de nuestras empresas, por la paz y concordia generales y por la extirpación de toda herejía, y recibid con aún mayor honor y amor más ferviente a Alejandro, nuestro co-ministro y vuestro obispo, quien nos llenó de alegría con su presencia y quien, en edad muy avanzada, ha soportado tanta fatiga con el fin de restablecer la paz entre vosotros. Orad por todos nosotros, para que lo que ha sido rectamente decretado permanezca firme, por nuestro Señor Jesucristo, realizándose, según confiamos, conforme a la buena voluntad de Dios Padre en el Espíritu Santo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
    A pesar de los esfuerzos de aquella divina asamblea de obispos por aplicar esta medicina a la enfermedad meleciana, aún quedan hasta hoy vestigios de su infatuación; pues hay en algunos distritos cuerpos de monjes que se niegan a seguir la sana doctrina y observan ciertos vanos puntos de disciplina, coincidiendo con las infatuadas opiniones de los judíos y los samaritanos.

    Capítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes

    I, 9

    El gran emperador escribió también un relato de las actas del concilio a los obispos que no pudieron asistir. Y considero que vale la pena insertar esta epístola en mi obra, pues evidencia claramente la piedad del autor.
    [Constantino Augusto] a las Iglesias.
    Considerando la prosperidad pública común que se disfruta en este momento, como resultado del gran poder de la gracia divina, deseo sobre todas las cosas que los benditos miembros de la Iglesia Católica sean preservados en una sola fe, en amor sincero y en una sola forma de religión para con Dios Todopoderoso. Pero, puesto que no se podría adoptar medida más firme ni más eficaz para asegurar este fin que someter todo lo relativo a nuestra santísima religión al examen de todos, o de la mayoría de todos, los obispos, convoqué a cuantos me fue posible y tomé asiento entre ellos como uno de vosotros; pues no negaría aquella verdad que es la fuente de mi mayor gozo, a saber, que soy vuestro consiervo. Cada punto obtuvo la debida investigación, hasta que la doctrina agradable al Dios que todo lo ve y conducente a la unidad fue aclarada, de modo que no quedara lugar para división o controversia acerca de la fe.
    Al debatirse entonces la conmemoración de la sacratísima fiesta pascual, se decidió unánimemente que sería bueno que se celebrara en todas partes el mismo día. ¿Qué puede haber más justo o más decoroso que aquella fiesta por la cual hemos recibido la esperanza de la inmortalidad sea celebrada cuidadosamente por todos, con fundamentos claros, con el mismo orden y exactitud? En primer lugar, se declaró impropio seguir la costumbre de los judíos en la celebración de esta santa fiesta, porque, teniendo sus manos manchadas de crimen, las mentes de estos miserables están necesariamente cegadas. Al rechazar su costumbre, establecemos y transmitimos a las edades venideras una más razonable, que se ha observado desde el día de los sufrimientos de nuestro Señor. No tengamos, pues, nada en común con los judíos, que son nuestros adversarios. Porque hemos recibido de nuestro Salvador otro camino. Una conducta mejor y más legítima nos inculca nuestra santa religión. Caminemos unánimemente por ella, mis muy honrados hermanos, evitando con esmero todo contacto con aquel camino malvado. Ellos se jactan de que sin sus instrucciones no podríamos conmemorar debidamente la fiesta. Esto es el colmo del absurdo. Pues ¿cómo pueden tener opiniones rectas sobre algún punto quienes, después de haber tramado la muerte del Señor, estando fuera de sí, no son guiados por la sana razón, sino por una pasión desenfrenada, adondequiera que su innata locura los lleve? De aquí se sigue que han perdido de vista la verdad hasta tal punto, apartándose lo más posible de la correcta revisión, que celebran una segunda Pascua en el mismo año. ¿Qué motivo podemos tener para seguir a quienes se confiesan tan insanos y en grave error? Pues jamás podríamos tolerar celebrar la Pascua dos veces en un año. Pero aunque todos estos hechos no existieran, vuestra propia sagacidad os impulsaría a velar con diligencia y oración, para que vuestras mentes puras no parezcan compartir las costumbres de un pueblo tan depravado. Debe tenerse también presente que, en un punto tan importante como la celebración de una fiesta de tal santidad, la discordia es mala. Nuestro Salvador ha apartado un día para conmemorar nuestra liberación, a saber, su santísima Pasión. Una sola ha querido que sea su Iglesia Católica, cuyos miembros, aunque dispersos por las más diversas partes del mundo, son alimentados por un solo espíritu, es decir, por la voluntad divina. Reflexione vuestra piadosa sagacidad cuán malo e impropio es que los días que unos dedican al ayuno los pasen otros en banquetes festivos; y que después de la fiesta pascual, unos se regocijen en fiestas y recreos, mientras otros se entregan a los ayunos prescritos. Que esta impropiedad sea corregida, y que todas estas diversidades de conmemoración se resuelvan en una sola forma, es la voluntad de la divina Providencia, como estoy convencido de que todos percibiréis. Por tanto, esta irregularidad debe ser corregida, para que ya no tengamos nada en común con aquellos parricidas y asesinos de nuestro Señor. Una forma ordenada y excelente de conmemoración se observa en todas las iglesias de las partes occidental, meridional y septentrional del mundo, y en algunas de las orientales; siendo esta forma universalmente recomendada, yo me comprometí a que estaríais dispuestos a adoptarla igualmente, y aceptar así con gusto la regla adoptada unánimemente en la ciudad de Roma, en toda Italia, en toda África, en Egipto, las Españas, las Galias, las Britanias, Libia, Grecia, en las diócesis de Asia y del Ponto, y en Cilicia, considerando no solo que las iglesias de los lugares arriba mencionados son mayores en número, sino también que es muy piadoso que todos convengan unánimemente en aquel proceder que la razón exacta parece exigir, y que no tiene ni un solo punto en común con el perjurio de los judíos.
    Resumiendo brevemente todo lo anterior, el juicio de todos es que la santa fiesta pascual debe celebrarse en un solo y mismo día; pues en asunto tan santo no es conveniente que exista diferencia alguna de costumbre, y es mejor seguir la opinión que no tenga la menor asociación con el error y el pecado. Siendo esto así, recibid con alegría el don celestial y el mandato claramente divino; pues todo lo que se trata en los santos concilios de los obispos debe referirse a la voluntad divina. Por tanto, cuando hayáis dado a conocer a todos nuestros amados hermanos el contenido de esta epístola, consideraos obligados a aceptar lo que antecede y a disponer la observancia regular de este santo día, para que cuando, según mi deseo largamente acariciado, os vea cara a cara, pueda celebrar con vosotros esta santa fiesta en un solo y mismo día; y pueda regocijarme con todos vosotros al ver la crueldad del diablo destruida por nuestros esfuerzos, mediante la gracia divina, mientras nuestra fe, paz y concordia florecen en todo el mundo. Que Dios os guarde, amados hermanos.

    Capítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes

    I, 10

    Así escribió el emperador a los ausentes. A los que asistieron al concilio, en número de trescientos dieciocho, les manifestó gran bondad, dirigiéndose a ellos con mucha dulzura y ofreciéndoles regalos. Mandó preparar numerosos lechos para su alojamiento y los agasajó a todos en un solo banquete. A los más dignos los recibió en su propia mesa, distribuyendo a los demás en las otras. Observando que a algunos de ellos les habían arrancado el ojo derecho, y sabiendo que esta mutilación había sido sufrida por causa de la religión, puso sus labios sobre las heridas, creyendo que extraería una bendición del beso. Concluido el banquete, volvió a presentarles otros regalos. Luego escribió a los gobernadores de las provincias, ordenando que se diera en cada ciudad dinero para provisiones a las vírgenes y a las viudas, y a los consagrados al servicio divino; y midió la cantidad de su asignación anual más por el impulso de su propia generosidad que por su necesidad. La tercera parte de la suma se distribuye hasta hoy. Juliano impíamente retuvo el total. Su sucesor concedió la suma que ahora se reparte, pues el hambre que prevalecía entonces había disminuido los recursos del Estado. Si las pensiones eran antes el triple de lo que son en la actualidad, la generosidad del emperador puede verse fácilmente por este hecho.
    No considero justo pasar en silencio la siguiente circunstancia. Algunos individuos pendencieros escribieron acusaciones contra ciertos obispos y presentaron sus denuncias al emperador. Como esto ocurrió antes del establecimiento de la concordia, él recibió las listas, las formó en un paquete que selló con su anillo y ordenó que se guardaran con seguridad. Después de lograda la reconciliación, sacó estos escritos y los quemó en su presencia, declarando al mismo tiempo bajo juramento que no había leído ni una palabra de ellos. Dijo que los crímenes de los sacerdotes no debían darse a conocer a la multitud, para que no se convirtieran en ocasión de escándalo y los llevaran a pecar sin temor. Se refiere también que añadió que si sorprendiera a un obispo en el acto mismo de cometer adulterio, echaría su manto imperial sobre la acción ilícita, para que nadie presenciara la escena y resultara dañado. Así amonestó a todos los sacerdotes, además de conferirles honores, y luego los exhortó a volver cada uno a su propio rebaño.
    Comentario editorial · Los trescientos dieciocho de Nicea
    Teodoreto da trescientos dieciocho obispos en Nicea (I, 10), y la cifra reaparece en documentos que copia (II, 17; IV, 3). Es la cifra tradicional. Según Wikipedia, las noticias de la época dan entre 250 y 300 asistentes, el número 318 llegó a imponerse por Atanasio (Wikipedia dice «de Antioquía») y coincide con los miembros de la casa de Abraham en Génesis, y las listas de firmantes de las decisiones traen entre 200 y 220 nombres. El concilio se reunió de mayo a fines de julio de 325. La cifra de Teodoreto es, pues, la de la tradición, no un recuento.

    Capítulo 11

    I, 11

    Insertaré aquí la carta sobre la fe, escrita por Eusebio, obispo de Cesarea, pues describe el descaro de los arrianos, que no solo desprecian a nuestros padres, sino que rechazan a los suyos propios: contiene una prueba convincente de su locura. Ciertamente honran a Eusebio, porque adoptó sus sentimientos, pero contradicen abiertamente sus escritos. Escribió esta epístola a algunos de los arrianos que, al parecer, lo acusaban de traición. La carta misma explica el propósito del autor.
    Carta de Eusebio, obispo de Cesarea, que escribió desde Nicea cuando el gran Concilio estaba reunido.
    Probablemente habréis sabido por otras fuentes lo que se decidió respecto a la fe de la Iglesia en el concilio general de Nicea, pues la fama de los grandes acontecimientos suele adelantarse al relato exacto de los mismos; pero, para que no os lleguen rumores que no se ajusten estrictamente a la verdad, creo necesario enviaros, primero, la fórmula de fe propuesta originalmente por nosotros y, a continuación, la segunda, publicada con adiciones hechas a nuestros términos. La siguiente es nuestra fórmula, que fue leída en presencia de nuestro piadosísimo emperador y declarada redactada en lenguaje recto y apropiado.
    La fe expuesta por nosotros.
    'Como en nuestra primera instrucción catequética y en el momento de nuestro bautismo, recibimos de los obispos que nos precedieron y como hemos aprendido de las Sagradas Escrituras, y, tanto como presbíteros como obispos, solíamos creer y enseñar; así ahora creemos y de este modo declaramos nuestra fe. Es como sigue:—
    'Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Hacedor de todas las cosas, visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Vida de Vida, Hijo unigénito, Primogénito de toda criatura, engendrado del Padre antes de todos los siglos; por Quien todas las cosas fueron hechas; Quien para nuestra salvación se encarnó y vivió entre los hombres. Padeció y resucitó al tercer día, y ascendió al Padre; y vendrá otra vez en gloria para juzgar a vivos y muertos. Creemos también en un solo Espíritu Santo.
    'Creemos en el ser y la existencia continua de cada uno de estos; que el Padre es en verdad el Padre; el Hijo en verdad el Hijo; el Espíritu Santo en verdad el Espíritu Santo; como nuestro Señor, al enviar a sus discípulos a predicar el Evangelio, dijo, ' Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ' Afirmamos positivamente que sostenemos esta fe, que siempre la hemos sostenido y que nos adherimos a ella incluso hasta la muerte, condenando toda herejía impía. Testificamos, como ante Dios Todopoderoso y nuestro Señor Jesucristo, que hemos pensado así desde el corazón y desde el alma, desde que nos conocemos; y tenemos los medios de mostrar, y ciertamente de convenceros, de que siempre, en el pasado, hemos creído y predicado así.'
    Cuando esta fórmula fue expuesta por nosotros, no hubo lugar a contradecirla; pero nuestro amado emperador mismo fue el primero en testificar que era sumamente ortodoxa y que coincidía en opinión con ella; y exhortó a los demás a firmarla y a recibir toda la doctrina que contenía, con la sola adición de una palabra: 'consustancial'. Explicó que este término no implicaba ninguna condición ni cambio corporal, porque el Hijo no derivaba su existencia del Padre ni por división ni por ablación, ya que una naturaleza inmaterial, intelectual e incorpórea no podía estar sujeta a ninguna condición ni cambio corporal. Estas cosas deben entenderse como portadoras de una significación divina y misteriosa. Así razonó nuestro sapientísimo y religiosísimo emperador. La adición de la palabra consustancial dio ocasión a la composición de la siguiente fórmula:—
    El Credo publicado por el Concilio.
    'Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado del Padre; unigénito, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, siendo de una misma sustancia con el Padre: por Quien todas las cosas fueron hechas, tanto en el cielo como en la tierra: Quien por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, descendió del cielo, y se encarnó, y se hizo hombre; padeció, y resucitó al tercer día; ascendió al cielo, y ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Y creemos en el Espíritu Santo. La santa Iglesia Católica y Apostólica anatematiza a todos los que dicen que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no existía; que antes de ser engendrado no existía; que fue hecho de lo no existente; o que es de una esencia diferente y de una sustancia diferente del Padre; y que es susceptible de variación o cambio.'
    Cuando ellos hubieron expuesto esta fórmula, no dejamos sin examen aquel pasaje en el que se dice que el Hijo es de la sustancia del Padre y consustancial con el Padre. De allí surgieron cuestiones y argumentos, y el significado de los términos fue exactamente probado. En consecuencia, fueron llevados a confesar que la palabra consustancial significa que el Hijo es del Padre, pero no como siendo una parte del Padre. Consideramos correcto recibir esta opinión; pues es doctrina sana la que enseña que el Hijo es del Padre, pero no parte de su sustancia. Por amor a la paz, y para no caer de la verdadera creencia, también aceptamos este punto de vista, y no rechazamos el término 'consustancial'. Por la misma razón admitimos la expresión 'engendrado, no hecho', pues alegaban que la palabra 'hecho' se aplica en general a todas las cosas que fueron creadas por el Hijo, a las cuales el Hijo no se asemeja en ningún aspecto; y que, por consiguiente, Él no es una cosa creada, como las cosas hechas por Él, sino que es de una sustancia superior a todos los objetos creados. Las Sagradas Escrituras enseñan que Él es engendrado del Padre, por un modo de generación que es incomprensible e inexplicable para todos los seres creados. Así también el término 'de una misma sustancia con el Padre', al ser investigado, fue aceptado no de acuerdo con relaciones corporales ni con semejanza a seres mortales. Pues también se mostró que no implica ni división de sustancia, ni ablación, ni modificación, cambio o disminución alguna en el poder del Padre, todo lo cual es ajeno a la naturaleza del Padre innascible. Se concluyó que la expresión ' siendo de una misma sustancia con el Padre,' implica que el Hijo de Dios no se asemeja, en ningún aspecto, a las criaturas que Él ha hecho; sino que al Padre solo, que lo engendró, es en todos los puntos perfectamente semejante: porque Él es de la esencia y de la sustancia de nadie sino del Padre. Habiéndose dado esta interpretación de la doctrina, nos pareció correcto asentir a ella, especialmente porque sabíamos que entre los antiguos algunos obispos y escritores eruditos y célebres han usado el término 'consustancial' respecto a la divinidad del Padre y del Hijo.
    Estas son las circunstancias que debía comunicar respecto a la fórmula de fe publicada. A ella todos asentimos, no sin investigación, sino después de haber sometido los puntos de vista que se nos presentaron a un examen minucioso en presencia de nuestro amadísimo emperador; por las razones anteriores todos la aceptamos. También permitimos que se aceptara el anatema que ellos añadieron a su fórmula de fe, porque prohíbe el uso de palabras que no son escriturísticas; por las cuales han surgido casi todo el desorden y las tribulaciones de la Iglesia. Y puesto que ningún pasaje de la Escritura inspirada usa los términos 'de lo no existente', o 'hubo un tiempo en que no era', ni ninguna de las otras frases de la misma clase, no pareció razonable afirmar o enseñar tales cosas. En esta opinión, por tanto, juzgamos correcto estar de acuerdo; pues, ciertamente, nunca, en ningún período anterior, habíamos estado acostumbrados a usar tales términos. Además, la condenación de la afirmación de que antes de ser engendrado no existía, no pareció implicar ninguna incongruencia, porque todos asienten al hecho de que Él era el Hijo de Dios antes de ser engendrado según la carne. Y aquí nuestro emperador, amadísimo de Dios, comenzó a razonar sobre su origen divino y su existencia antes de todos los siglos. Él estaba virtualmente en el Padre sin generación, incluso antes de ser realmente engendrado, siendo el Padre siempre el Padre, así como siempre ha sido Rey y Salvador, y, virtualmente, todas las cosas, y nunca ha conocido cambio alguno de ser o de acción.
    Hemos considerado necesario, amados hermanos, transmitiros un relato de estas circunstancias, para mostraros qué examen e investigación dedicamos a todas las cuestiones que debíamos decidir; y también para probar cómo en un momento resistimos firmemente, incluso hasta la última hora, cuando doctrinas expresadas de modo impropio nos ofendían, y, en otro momento, sin contención, aceptamos los artículos que no contenían nada objetable, cuando, tras una investigación minuciosa y sincera de su significación, parecían perfectamente conformes con lo que habíamos confesado en la fórmula de fe que habíamos publicado.

    Capítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea

    I, 12

    Eusebio testifica claramente que el término antedicho «consustancial» no es nuevo, ni invención de los padres reunidos en el concilio; sino que, desde el principio mismo, ha sido transmitido de padres a hijos. Afirma que todos los allí reunidos recibieron unánimemente el credo entonces publicado; y nuevamente da testimonio del mismo hecho en otra obra, en la que ensalza altamente la conducta del gran Constantino. Escribe lo siguiente:—
    Habiendo el emperador pronunciado este discurso en latín, fue traducido al griego por un intérprete, y luego dio libertad de palabra a los dirigentes del concilio. Algunos comenzaron de inmediato a presentar quejas contra sus vecinos, mientras otros recurrieron a recriminaciones y reproches. Cada partido tenía mucho que alegar, y al principio el debate se tornó muy violento. El emperador escuchó paciente y atentamente todo lo que se exponía, y prestó plena atención a lo que cada partido alegaba por turno. Se esforzó serenamente por reconciliar a las partes en conflicto; dirigiéndose a ellos con suavidad en griego, lengua que no le era desconocida, de manera dulce y amable. A algunos convenció con argumentos, a otros hizo sonrojarse; elogió a los que habían hablado bien y movió a todos a la unanimidad; hasta que, por fin, los redujo a todos a una sola mente y opinión sobre todos los puntos disputados, de modo que todos acordaron mantener la misma fe y celebrar la fiesta de la Salvación el mismo día. Lo que se había decidido fue puesto por escrito y firmado por todos los obispos.
    Poco después el autor continúa así la narración:—
    Cuando los asuntos quedaron así dispuestos, el emperador les dio permiso para regresar a sus propias diócesis. Regresaron con gran alegría, y desde entonces han continuado siendo de una sola opinión, acordada en presencia del emperador, y, aunque antes estaban muy separados, ahora unidos, por así decirlo, en un solo cuerpo. Constantino, regocijándose por el éxito de sus esfuerzos, dio a conocer estos felices resultados por carta a los que estaban lejos. Ordenó que se distribuyeran liberalmente grandes sumas de dinero tanto entre los habitantes del campo como de las ciudades, para que el vigésimo aniversario de su reinado se celebrara con festividades públicas.
    Aunque los arrianos contradicen impíamente las declaraciones de los demás padres, deberían creer lo que ha escrito este padre, a quien han estado acostumbrados a admirar. Deberían, por tanto, recibir su testimonio sobre la unanimidad con la que la confesión de fe fue firmada por todos. Pero, puesto que impugnan las opiniones de sus propios dirigentes, deberían familiarizarse con la manera más horrible y terrible de la muerte de Arrio y, con todas sus fuerzas, huir de la doctrina impía de la que él fue progenitor. Como es probable que el modo de su muerte no sea conocido por todos, lo relataré aquí.

    Capítulo 13. Extracto de la carta de Atanasio sobre la muerte de Arrio

    I, 13

    Después de que Arrio hubo permanecido mucho tiempo en Alejandría, intentó tumultuosamente introducirse de nuevo en las asambleas de la Iglesia, profesando renunciar a su impiedad y prometiendo recibir la confesión de fe redactada por los padres. Pero, no logrando obtener la confianza del divino Alejandro, ni de Atanasio, que sucedió a Alejandro tanto en el patriarcado como en la piedad, ayudado y alentado por Eusebio, obispo de Nicomedia, se dirigió a Constantinopla. Las intrigas en las que entonces entró, y su castigo por el Juez justo, son narradas de la mejor manera por el excelente Atanasio en su carta a Apión. Por tanto, insertaré ahora este pasaje en mi obra. Escribe:—
    Yo no estaba en Constantinopla cuando murió; pero Macario, el presbítero, estaba allí, y de él aprendí todas las circunstancias. El emperador Constantino fue inducido por Eusebio y su partido a enviar a buscar a Arrio. A su llegada, el emperador le preguntó si mantenía la fe de la Iglesia Católica. Arrio juró entonces que su fe era ortodoxa y presentó un resumen escrito de su creencia; ocultando, sin embargo, las razones de su expulsión de la Iglesia por el obispo Alejandro, y haciendo un uso deshonesto del lenguaje de la Sagrada Escritura. Cuando, por tanto, hubo declarado bajo juramento que no sostenía los errores por los que había sido expulsado de la Iglesia por Alejandro, Constantino lo despidió, diciendo: 'Si tu fe es ortodoxa, has jurado bien; pero si tu fe es impía y, no obstante, has jurado, que Dios desde el cielo te juzgue.' Cuando dejó al emperador, los partidarios de Eusebio, con su violencia habitual, quisieron conducirlo a la iglesia; pero Alejandro, de bendita memoria, obispo de Constantinopla, negó su permiso, alegando que el inventor de la herejía no debía ser admitido a la comunión. Entonces, por fin, los partidarios de Eusebio pronunciaron la amenaza: 'Así como, contra tu voluntad, logramos prevalecer sobre el emperador para que enviara a buscar a Arrio, así ahora, aunque tú lo prohíbas, Arrio se unirá en comunión con nosotros en esta iglesia mañana.' Era sábado cuando dijeron esto. El obispo Alejandro, profundamente afligido por lo que había oído, entró en la iglesia y derramó sus lamentos, levantando sus manos en súplica a Dios, y arrojándose de bruces sobre el pavimento en el santuario, oró. Macario entró con él, oró con él y escuchó sus oraciones. Pidió una de dos cosas. 'Si Arrio', dijo, 'ha de unirse a la Iglesia mañana, deja que yo, tu siervo, parta, y no destruyas a los piadosos con los impíos. Si has de perdonar a tu Iglesia, y sé que la perdonas, mira las palabras de los seguidores de Eusebio, y no entregues tu heredad a la destrucción y a la vergüenza. Aparta a Arrio, no sea que, si entra en la Iglesia, la herejía parezca entrar con él, y la impiedad sea tenida en adelante por piedad.' Habiendo orado así, el obispo salió de la iglesia profundamente angustiado, y entonces sobrevino una catástrofe horrible y extraordinaria. Los seguidores de Eusebio se habían lanzado a las amenazas, mientras el obispo recurría a la oración. Arrio, envalentonado por la protección de su partido, pronunció muchos discursos triviales y necios, cuando de repente fue obligado por una necesidad de la naturaleza a retirarse, e inmediatamente, como está escrito, ' cayendo de cabeza, reventó por en medio,' y entregó el espíritu, privado a la vez de la comunión y de la vida. Este fue, pues, el fin de Arrio. Los seguidores de Eusebio quedaron cubiertos de vergüenza y enterraron a aquel cuya creencia compartían. El bienaventurado Alejandro completó la celebración, regocijándose con la Iglesia en la piedad y la ortodoxia, orando con todos los hermanos y glorificando grandemente a Dios. Esto no fue porque se regocijara por la muerte de Arrio—Dios no lo permita; porque ' está establecido que los hombres mueran una sola vez;' sino porque el acontecimiento trascendía claramente toda condena humana. Pues el Señor mismo, juzgando las amenazas de los seguidores de Eusebio y la oración de Alejandro, condenó la herejía arriana y mostró que era indigna de ser recibida en la comunión de la Iglesia; manifestando así a todos que, aunque recibiera el favor y el apoyo del emperador y de todos los hombres, sin embargo, por la verdad misma quedaba condenada.
    Estos fueron los primeros frutos, cosechados por Arrio, de aquellas semillas perniciosas que él mismo había sembrado, y formaron el preludio de los castigos que le aguardaban en adelante. Su impiedad fue condenada por su castigo.
    Ahora dirigiré mi narración hacia la piedad del emperador. Dirigió una carta a todos los súbditos del imperio romano, exhortándolos a renunciar a sus antiguos errores y a abrazar las doctrinas de nuestro Salvador, e intentando guiarlos a esta verdad. Instó a los obispos de todas las ciudades a edificar iglesias, y los alentó no solo con su carta, sino también presentándoles grandes sumas de dinero y sufragando todos los gastos de la construcción. Así lo expone su propia carta, que era de esta manera:—

    Capítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias

    I, 14

    [Constantino Augusto], el grande y victorioso, a Eusebio.
    Soy bien consciente, y estoy plenamente convencido, amado hermano mío, de que, como los siervos de nuestro Salvador Cristo han estado sufriendo hasta el presente por maquinaciones nefastas y persecuciones tiránicas, los edificios de todas las iglesias han debido de caer en ruina total por el abandono o, por temor a la iniquidad inminente, han quedado reducidos por debajo de su debida dignidad. Pero ahora que la libertad ha sido restaurada y aquel dragón, por la providencia de Dios y por nuestro medio, ha sido expulsado del gobierno del Imperio, pienso que el poder divino se ha dado a conocer a todos, y que aquellos que hasta ahora, por temor, por incredulidad o por depravación, han vivido en el error, al llegar a conocer al que verdaderamente es, serán conducidos al modo de vida verdadero y recto. Esfuérzate, pues, diligentemente en la reparación de las iglesias bajo tu propia jurisdicción, y exhorta a los principales obispos, presbíteros y diáconos de otros lugares a emprender con celo la misma obra; para que todas las iglesias que aún existen sean reparadas o ampliadas, y se edifiquen otras nuevas dondequiera que sean necesarias. Tú, y otros por tu mediación, podéis recurrir a los magistrados y a los gobiernos provinciales para todo cuanto sea necesario a este fin; pues han recibido órdenes escritas de prestar obediencia celosa a cuanto ordene tu santidad. Que Dios te guarde, amado hermano.
    Así escribió el emperador a los obispos de cada provincia respecto a la construcción de iglesias. De su carta a Eusebio de Palestina se desprende fácilmente qué medidas adoptó para obtener copias de la Sagrada Biblia.

    Capítulo 15. La epístola de Constantino acerca de la preparación de copias de las Santas Escrituras

    I, 15

    [Constantino Augusto], el grande y victorioso, a Eusebio.
    En la ciudad que lleva nuestro nombre, un gran número de personas se han unido a la santa Iglesia por el cuidado providencial de Dios Salvador. Como todas las cosas allí se hallan en estado de rápida mejora, juzgamos de suma importancia que se edifique un número adicional de iglesias. Acepta con alegría el modo de proceder que hemos determinado, y que hemos considerado conveniente dar a conocer a tu prudencia, a saber: que hagas escribir, en pergamino fino, cincuenta volúmenes, fácilmente legibles y manejables para el uso; estos deberás hacerlos transcribir por calígrafos hábiles, exactamente conocedores de su arte. Me refiero, por supuesto, a copias de las Santas Escrituras, las cuales, como sabes, es sumamente necesario que la congregación de la Iglesia tenga y use. Se ha enviado una carta de nuestra clemencia al católico de la diócesis, a fin de que cuide de que se suministre todo lo necesario para la empresa. El deber que te incumbe es tomar medidas para asegurar la terminación de estos manuscritos en un breve espacio de tiempo. Cuando estén terminados, quedas autorizado por esta carta a ordenar dos carruajes públicos con el fin de transmitírnoslos; y así los bellos manuscritos serán fácilmente sometidos a nuestra inspección. Designa a uno de los diáconos de tu iglesia para que se encargue de esta parte del asunto; cuando venga a nosotros, recibirá pruebas de nuestra benevolencia. Que Dios te guarde, amado hermano.
    Lo dicho basta para mostrar, más aún, para probar claramente, cuán grande celo manifestó el emperador en las cuestiones de religión. Añadiré, sin embargo, sus nobles actos con respecto al Sepulcro de nuestro Salvador. Pues habiendo sabido que los idólatras, en su furor frenético, habían amontonado tierra sobre la tumba del Señor, ansiosos por destruir así todo recuerdo de su salvación, y habían edificado sobre ella un templo a la diosa de la lujuria desenfrenada, en mofa del nacimiento de la Virgen, el emperador ordenó demoler el inmundo santuario, llevar lejos de la ciudad la tierra contaminada con sacrificios abominables y arrojarla fuera, y erigir en el lugar un nuevo templo de gran tamaño y belleza. Todo esto se expone claramente en la carta que escribió al presidente de la iglesia de Jerusalén, Macario, a quien ya hemos mencionado como miembro del gran Concilio de Nicea y unido a sus hermanos para oponerse a las blasfemias de Arrio. La siguiente es la carta.
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