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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

    Índice de la obra

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Jackson (Nicene and Post-Nicene Fathers)52 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 10 · Capítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo JacoboPublicado el Actualizado el Ref. ESC-TEO-01

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    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
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    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
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    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
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    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
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    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
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    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    Capítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo

    II, 26

    Al declarar Sapor, rey de Persia, la guerra a los romanos, Constancio reunió sus fuerzas y marchó a Antioquía. Pero el enemigo fue expulsado, no por el ejército romano, sino por Aquel a quien los piadosos del ejército romano adoraban como su Dios. Cómo se obtuvo la victoria es lo que ahora voy a relatar.
    Nísibe, a veces llamada Antioquía Migdonia, se halla en los confines de los reinos de Persia y de Roma. En Nísibe, Jacobo, a quien acabo de nombrar, era a la vez obispo, guardián y comandante en jefe. Era un hombre que resplandecía con la gracia de un carácter verdaderamente apostólico. Sus extraordinarios y memorables milagros, que ya he referido por completo en mi historia religiosa, creo superfluo e impertinente enumerarlos de nuevo.
    Uno, sin embargo, lo referiré por razón del asunto que nos ocupa. La ciudad que gobernaba Jacobo se hallaba ahora en poder de los romanos y estaba sitiada por el ejército persa. El bloqueo se prolongó durante setenta días. «Helépoles» y muchas otras máquinas fueron acercadas a las murallas. La ciudad estaba ceñida por una empalizada y trincheras, pero aún resistía. El río Migdonio, que fluía por el centro de la ciudad, fue finalmente represado por los persas a considerable distancia río arriba, y elevaron la altura de sus orillas a ambos lados para retener las aguas. Cuando vieron que se había acumulado una gran masa de agua y que ya comenzaba a desbordar el dique, la lanzaron de repente como una máquina contra la muralla. El impacto fue tremendo; los baluartes no pudieron resistirlo, sino que cedieron y se derrumbaron. La misma suerte corrió el otro lado del recinto, por donde el Migdonio tenía su salida; no pudo resistir el choque y fue arrastrado. Apenas vio esto Sapor, esperó capturar el resto de la ciudad, y durante todo aquel día descansó para que el barro se secara y el río se hiciera vadeable. Al día siguiente atacó con todas sus fuerzas y esperaba entrar en la ciudad por las brechas que se habían abierto. Pero halló la muralla reedificada a ambos lados y todo su trabajo inútil. Pues aquel santo varón, mediante la oración, llenó de valor tanto a las tropas como al resto de los ciudadanos, y a la vez levantaron las murallas, resistieron las máquinas y rechazaron al enemigo que avanzaba. Y todo esto lo hizo sin acercarse a las murallas, sino suplicando al Señor de todas las cosas dentro de la iglesia. Sapor, además, no solo quedó asombrado por la rapidez con que se levantaron las murallas, sino atemorizado por otro espectáculo. Pues vio de pie sobre las almenas a uno de aspecto regio, todo resplandeciente con manto de púrpura y corona. Supuso que era el emperador romano y amenazó de muerte a sus servidores por no haber anunciado la presencia imperial; pero como ellos sostuvieron firmemente que su informe había sido veraz y que Constancio se hallaba en Antioquía, comprendió el sentido de la visión y exclamó: «Su Dios lucha por los romanos.» Entonces el miserable, enfurecido, arrojó una jabalina al aire, aunque sabía que no podía alcanzar a un ser incorpóreo, pero no podía refrenar su pasión. Por ello, el excelente Efrén (que es el mejor escritor entre los sirios) suplicó al divino Jacobo que subiera a la muralla para ver a los bárbaros y lanzar contra ellos los dardos de su maldición. Consintió, pues, el divino varón y subió a una torre; pero cuando vio la innumerable hueste, no lanzó otra maldición que la de que se enviaran contra ellos mosquitos y jejenes, para que por medio de estos pequeños animales aprendieran el poder del Protector de los romanos. A su oración siguieron nubes de mosquitos y jejenes; llenaron las trompas huecas de los elefantes, y las orejas y fosas nasales de caballos y otros animales. Hallando insoportable el ataque de estas pequeñas criaturas, rompieron las bridas, derribaron a sus jinetes y desordenaron las filas. Los persas abandonaron su campamento y huyeron precipitadamente. Así aprendió el desdichado príncipe, mediante un leve y benigno castigo, el poder del Dios que protege a los piadosos, y marchó de vuelta a casa con su ejército, cosechando de todo el asedio no triunfo, sino deshonra.

    Capítulo 27. Del Concilio de Antioquía y de lo que allí se hizo contra el santo Melecio

    II, 27

    En este tiempo, Constancio residía en Antioquía. La guerra pérsica había terminado; había un tiempo de paz, y reunió de nuevo a los obispos con el objeto de hacer que todos negaran tanto la fórmula «de una misma sustancia» como también la fórmula «de sustancia distinta». A la muerte de Leoncio, Eudoxio se había apoderado de la sede de Antioquía, pero tras su expulsión y su instalación ilegal, después de muchos sínodos, en Constantinopla, la iglesia de Antioquía se había quedado sin pastor. En consecuencia, los obispos reunidos en número considerable de todas partes afirmaron que su obligación primordial era proveer un pastor para el rebaño y que luego, con él, deliberarían sobre cuestiones de fe. Ocurrió oportunamente que el divino Melecio, que gobernaba cierta ciudad de Armenia, se había afligido por la insubordinación del pueblo bajo su autoridad y vivía entonces sin ocupación en otro lugar. La facción arriana imaginó que Melecio era del mismo modo de pensar que ellos y un defensor de sus doctrinas. Por ello suplicaron a Constancio que confiara a sus manos las riendas de la iglesia antioquena. En efecto, con la esperanza de establecer su impiedad, no había ley que no transgredieran sin temor; la ilegalidad se iba convirtiendo en el fundamento mismo de su blasfemia; y este no era un caso aislado de sus irregulares procedimientos. Por otro lado, los mantenedores de la doctrina apostólica, que conocían perfectamente la solidez del gran Melecio y tenían un conocimiento claro de su carácter inmaculado y de su riqueza de virtud, llegaron a un voto común y tomaron medidas para que su resolución se escribiera y fuera suscrita por todos sin demora. Este documento, como vínculo de compromiso, lo confiaron ambas partes a la custodia segura de un obispo que era noble campeón de la verdad, Eusebio de Samosata. Y cuando el gran Melecio recibió la convocatoria imperial y llegó, salieron a su encuentro todos los grados superiores del sacerdocio, salieron todos los demás órdenes de la iglesia y toda la población de la ciudad. Allí había también judíos y gentiles, todos deseosos de ver al gran Melecio. Ahora bien, el emperador había encargado tanto a Melecio como a los demás que podían hablar que expusieran a la multitud el texto «El Señor me formó en el principio de su camino, antes de sus obras antiguas» [, Septuaginta], y ordenó a escritores expertos que tomaran nota en el acto de lo que cada uno decía, con la idea de que así su instrucción fuera más exacta. En primer lugar, Jorge de Laodicea dio rienda suelta a su inmunda herejía. Después de él, Acacio de Cesarea propuso una doctrina de compromiso, muy alejada ciertamente de la blasfemia del enemigo, pero que no conservaba pura e inmaculada la doctrina apostólica. Entonces se levantó el gran Melecio y mostró la línea inflexible del canon de la fe, pues usando la verdad como el carpintero usa su regla, evitó el exceso y el defecto. Entonces la multitud prorrumpió en fuertes aplausos y le suplicó que les diera un breve resumen de su enseñanza. En consecuencia, después de mostrar tres dedos, retiró dos, dejó uno y pronunció la memorable sentencia: «En el pensamiento son tres, pero hablamos como de uno.»
    Contra esta enseñanza, los hombres que tenían la plaga de Arrio en sus corazones afilaron sus lenguas y urdieron una calumnia ingeniosa, declarando que el divino Melecio era sabeliano. Así persuadieron al voluble soberano que, como el conocido Euripo, mudaba fácilmente su corriente ora hacia un lado, ora hacia otro, y lo indujeron a relegar a Melecio a su propia casa.
    Euzoio, abierto defensor de las doctrinas arrianas, fue promovido rápidamente a su lugar; el mismo hombre a quien, siendo entonces diácono, el gran Alejandro había degradado al mismo tiempo que a Arrio. Entonces la parte del pueblo que permaneció sana se separó de la enferma y se congregó en la iglesia apostólica situada en la parte de la ciudad llamada la Palæa.
    Durante treinta años, en efecto, después del ataque contra el ilustre Eustacio, habían seguido soportando la abominación del arrianismo, a la espera de un cambio favorable. Pero cuando vieron crecer la impiedad, y a los hombres fieles a las doctrinas apostólicas atacados abiertamente y amenazados por conspiraciones secretas, al divino Melecio en el destierro y a Euzoio, campeón de la herejía, establecido como obispo en su lugar, recordaron las palabras dichas a Lot: «Escapa por tu vida»; y también la ley del Evangelio que ordena claramente: «Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácatelo y arrójalo de ti.» El Señor estableció la misma ley acerca de la mano y del pie, y añadió: «Más te conviene que uno de tus miembros perezca, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.»
    Así se produjo la división de la Iglesia.

    Sobre Eusebio, obispo de Samosata

    II, 28

    El admirable Eusebio, arriba mencionado, a quien se había confiado la resolución común, al ver la violación del pacto, regresó a su propia sede. Entonces algunos hombres, inquietos por el documento escrito, persuadieron a Constancio para que enviara un mensajero a recuperarlo. En consecuencia, el emperador envió a uno de los oficiales que cabalgan en posta con relevos de caballos y llevan comunicaciones con gran rapidez. A su llegada, transmitió el mensaje imperial, pero, «No puedo», dijo el admirable Eusebio, «entregar el documento que se me ha confiado hasta que toda la asamblea que me lo dio me ordene hacerlo.» Esta respuesta fue comunicada al emperador. Hirviendo de ira, envió de nuevo a Eusebio y le ordenó que lo entregara, con el mensaje adicional de que había ordenado cortarle la mano derecha si se negaba. Pero solo escribió esto para atemorizar al obispo, pues el correo que llevaba el despacho tenía órdenes de no ejecutar la amenaza. Pero cuando el divino Eusebio abrió la carta y vio el castigo con que el emperador lo amenazaba, extendió la mano derecha y la izquierda, pidiendo al hombre que le cortara ambas. «El decreto», dijo, «que es una clara prueba de la maldad arriana, no lo entregaré.»
    Cuando se informó a Constancio de esta valerosa resolución, quedó asombrado y no dejó de admirarla; pues incluso los enemigos se ven obligados, por la grandeza de las acciones audaces, a admirar el éxito de sus adversarios.
    Por este tiempo, Constancio supo que Juliano, a quien había declarado César de Europa, aspiraba al poder supremo y reunía un ejército contra su señor. Por ello partió de Siria y murió en Cilicia. Tampoco tuvo el auxilio que su padre le había dejado; pues no había conservado intacta la herencia de la piedad de su padre, y por eso lloró amargamente su cambio de fe.

    Libro III

    Capítulo 1. Del reinado de Juliano; cómo desde niño fue educado en la piedad y cayó en la impiedad; y de qué manera, aunque al principio mantuvo oculta su impiedad, después la dejó al descubierto

    III, 1

    [Constancio], como ya se ha narrado, dejó esta vida gimiendo y afligiéndose por haber sido apartado de la fe de su padre. Juliano oyó la noticia de su fin mientras cruzaba de Europa a Asia y asumió el poder soberano con deleite, al no tener ya rival.
    En sus primeros años, cuando aún era un muchacho, Juliano, al igual que su hermano Galo, había absorbido una enseñanza pura y piadosa.
    En su juventud y en los primeros años de su edad viril continuó recibiendo la misma doctrina. Constancio, temiendo que sus parientes aspiraran al poder imperial, los mató; y Juliano, por miedo a su primo, fue inscrito en el orden de los Lectores, y solía leer en voz alta los libros sagrados al pueblo en las asambleas de la iglesia.
    También edificó un santuario de mártires; pero los mártires, al ver su apostasía, se negaron a aceptar la ofrenda; pues como los cimientos eran, al igual que la mente de su fundador, inestables, el edificio se derrumbó antes de ser consagrado. Tales fueron la niñez y la juventud de Juliano. Sin embargo, en el tiempo en que Constancio partía hacia Occidente, atraído allí por la guerra contra Magnencio, hizo a Galo, que estaba dotado de una piedad que conservó hasta el fin, César de Oriente. Entonces Juliano arrojó por tierra los temores que anteriormente le habían sido provechosos, y, movido por una confianza injusta, puso su corazón en apoderarse del cetro del imperio. En consecuencia, de camino por Grecia, buscó a videntes y adivinos, con el deseo de saber si obtendría lo que su alma anhelaba. Encontró a un hombre que prometía predecir tales cosas, lo condujo a uno de los templos de los ídolos, lo introdujo dentro del santuario e invocó a los demonios del engaño. Al aparecer estos en su aspecto acostumbrado, el terror obligó a Juliano a hacer la señal de la cruz sobre su frente. Apenas vieron la señal de la victoria del Señor, se acordaron de su propia derrota y huyeron al instante. Cuando el mago conoció la causa de su huida, lo culpó; pero Juliano confesó su terror y dijo que se maravillaba del poder de la cruz, porque los demonios no podían soportar ver su señal y habían huido. «No pienses nada de eso, buen señor;» dijo el mago, «no tuvieron miedo como tú supones, sino que se fueron porque abominaron de lo que hiciste.» Así engañó al desdichado, lo inició en los misterios y lo llenó de sus abominaciones.
    Así, la ambición del imperio despojó al desdichado de toda la verdadera religión. No obstante, tras alcanzar el poder supremo, ocultó su impiedad por un tiempo considerable; pues temía especialmente a las tropas que habían sido instruidas en los principios de la verdadera religión, primero por el ilustre Constantino, que los libró de su anterior error y los adiestró en los caminos de la verdad, y después por sus hijos, que confirmaron la instrucción dada por su padre. Pues aunque Constancio, extraviado por aquellos bajo cuya influencia vivía, no admitía el término [ὁ] [μοούσιον], al menos aceptaba sinceramente el sentido que subyace en él, pues a Dios el Verbo lo llamaba Hijo verdadero, engendrado de su Padre antes de los siglos, y a quienes se atrevían a llamarlo criatura los rechazaba abiertamente, prohibiendo absolutamente el culto a los ídolos.
    Referiré también otra de sus nobles acciones, como prueba satisfactoria de su celo por las cosas divinas. En su campaña contra Magnencio, una vez reunió a todo su ejército y les aconsejó que participaran todos juntos en los divinos misterios, «pues», dijo, «el fin de la vida es siempre incierto, y no menos en la guerra, cuando innumerables proyectiles se lanzan de uno y otro lado, y espadas, hachas de combate y otras armas acometen a los hombres, con lo cual se produce una muerte violenta. Por eso conviene que cada uno lleve aquella preciosa vestidura que más necesitamos en la vida venidera: si hay aquí alguno que no quiera ponerse ahora este vestido, que se vaya de aquí y regrese a casa. No toleraré luchar con hombres de mi ejército que no tengan parte ni suerte en nuestros santos ritos.»

    Capítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino

    III, 2

    Juliano tenía información clara sobre estos puntos, y no dio a conocer la impiedad de su alma. Con el objeto de atraer a todos los obispos a la aquiescencia en su gobierno, ordenó que incluso los que habían sido expulsados de sus iglesias por Constancio, y que moraban en los confines más lejanos del imperio, regresaran a sus propias iglesias. Por consiguiente, al promulgarse este edicto, a Antioquía regresó el divino Melecio, y a Alejandría el celebérrimo Atanasio.
    Pero Eusebio, e Hilario de Italia y Lucifer, que presidía el rebaño en la isla de Cerdeña, vivían en la Tebaida, en la frontera de Egipto, adonde habían sido relegados por Constancio. Se reunieron entonces con los demás cuyas opiniones eran las mismas y afirmaron que las iglesias debían ser puestas en armonía. Pues no solo sufrían los asaltos de sus adversarios, sino que estaban en desacuerdo entre sí. En Antioquía el cuerpo sano de la Iglesia se había dividido en dos; al mismo tiempo, los que desde el principio, por causa del muy digno Eustaquio, se habían separado del resto, se reunían aparte; y los que con el admirable Melecio se habían mantenido alejados de la facción arriana celebraban el servicio divino en la llamada Palæa. Ambos partidos usaban una misma confesión de fe, pues ambos partidos eran campeones de la doctrina establecida en Nicea. Todo lo que los separaba era su mutua disputa y su consideración por sus respectivos líderes; y ni siquiera la muerte de uno de ellos puso fin a la contienda. Eustaquio murió antes de la elección de Melecio, y el partido ortodoxo, después del destierro de Melecio y de la elección de Euzoio, se separó de la comunión de los impíos y se reunió aparte; con estos, el partido llamado de los eustaquianos no pudo ser inducido a unirse. Para lograr una unión entre ellos, los eusebianos y los luciferianos procuraron descubrir un medio. Por consiguiente, Eusebio rogó a Lucifer que fuera a Alejandría y consultara el asunto con el gran Atanasio, proponiéndose él mismo emprender la labor de conseguir una reconciliación.
    Lucifer, sin embargo, no fue a Alejandría, sino que se dirigió a Antioquía. Allí instó con muchos argumentos en favor de la concordia a ambos partidos. Los eustaquianos, encabezados por Paulino, presbítero, persistieron en la oposición. Al ver esto, Lucifer tomó el camino impropio de consagrar a Paulino como su obispo.
    Esta acción por parte de Lucifer prolongó la contienda, que duró ochenta y cinco años, hasta el episcopado del muy digno Alejandro.
    No bien se puso en sus manos el timón de la iglesia de Antioquía, probó todos los recursos y desplegó gran celo y energía para promover la concordia, uniendo así el miembro separado al resto del cuerpo de la Iglesia. Sin embargo, en el tiempo en cuestión, Lucifer agravó la disputa y pasó un tiempo considerable en Antioquía; y Eusebio, cuando llegó al lugar y supo que una mala medicina había hecho muy difícil de curar la enfermedad, se embarcó hacia Occidente.
    Cuando Lucifer regresó a Cerdeña, hizo ciertas adiciones a los dogmas de la Iglesia, y quienes las aceptaron fueron llamados con su nombre y, por un tiempo considerable, recibieron el nombre de luciferianos. Pero con el tiempo también se extinguió la llama de este dogma y quedó consignado al olvido. Tales fueron los sucesos que siguieron al regreso de los obispos.

    Capítulo 3. Del número y la índole de las acciones cometidas por los paganos contra los cristianos cuando recibieron el poder de Juliano

    III, 3

    Cuando Juliano dio a conocer abiertamente su impiedad, las ciudades se llenaron de disensiones. Los hombres esclavizados por los engaños de la idolatría cobraron ánimo, abrieron los santuarios de los ídolos y comenzaron a celebrar aquellos ritos impuros que deberían haber desaparecido de la memoria de los hombres. Encendieron de nuevo el fuego sobre los altares, ensuciaron el suelo con la sangre de las víctimas y contaminaron el aire con el humo de sus sacrificios quemados. Enloquecidos por los demonios a quienes servían, corrían con frenesí coribántico por las calles, atacaban a los santos con burlas groseras de teatro y con todo el ultraje y la grosería de sus procesiones impuras.
    Por otra parte, los partidarios de la piedad no podían soportar sus blasfemias; devolvieron insulto por insulto y trataron de refutar el error que sus adversarios honraban. A su vez, los obradores de iniquidad lo tomaron a mal; la libertad que les concedía el soberano era un estímulo para la audacia, y asestaron golpes mortales entre los cristianos.
    En verdad, era deber del emperador velar por la paz de sus súbditos, pero él, en la profundidad de su iniquidad, enloquecía a sus pueblos con ira mutua. Pasaba por alto las acciones que los brutales osaban cometer contra los pacíficos, y confiaba cargos civiles y militares importantes a hombres salvajes e impíos, quienes, aunque dudaban en obligar públicamente a los amantes de la verdadera piedad a ofrecer sacrificios, los trataban sin embargo con toda clase de indignidades. Además, Juliano arrebató todos los honores que el gran Constantino había concedido al sagrado ministerio.
    Referir todas las acciones que osaron cometer entonces los esclavos del engaño idólatra exigiría una historia dedicada exclusivamente a estos crímenes; pero de su inmenso número seleccionaré unos pocos ejemplos. En Ascalón y en Gaza, ciudades de Palestina, hombres de rango sacerdotal y mujeres que habían vivido toda su vida en virginidad fueron desentrañados, rellenados de cebada y dados como comida a los cerdos. En Sebaste, que pertenece al mismo pueblo, se abrió el féretro de Juan el Bautista, se quemaron sus huesos y las cenizas fueron esparcidas por todas partes.
    ¿Quién podría contar sin lágrimas la vil acción cometida en Fenicia? En Heliópolis, junto al Líbano, vivía un cierto diácono llamado Cirilo. En el reinado de Constantino, inflamado de celo divino, había hecho pedazos muchos de los ídolos allí venerados. Ahora, hombres de nombre infame, teniendo presente esta acción, no solo lo mataron, sino que le abrieron el vientre y devoraron su hígado. Su crimen, sin embargo, no quedó oculto al ojo que todo lo ve, y sufrieron el justo pago de sus obras; pues todos cuantos habían participado en esta abominable maldad perdieron los dientes, que se les cayeron todos a la vez, y perdieron también la lengua, que se les pudrió y cayó; fueron además privados de la vista, y con sus sufrimientos proclamaron el poder de la santidad.
    En la vecina ciudad de Emesa dedicaron a Dioniso, el de forma femenina, la iglesia recién erigida, y en ella colocaron su ridícula imagen andrógina. En Doróstoro, famosa ciudad de Tracia, el victorioso atleta Emiliano fue arrojado a una pira ardiente por Capitolino, gobernador de toda Tracia. Relatar el trágico destino de Marcos, obispo de Aretusa, con verdadera dignidad dramática, exigiría la elocuencia de un Esquilo o un Sófocles. En los días de Constancio había destruido cierto santuario de ídolos y edificado una iglesia en su lugar; y no bien los aretusios conocieron la intención de Juliano, hicieron abierta ostentación de su hostilidad. Al principio, conforme al precepto del Evangelio, Marcos intentó escapar; pero al saber que algunos de los suyos eran apresados en su lugar, regresó y se entregó a los hombres sanguinarios. Después de apoderarse de él, no se compadecieron de su vejez ni reverenciaron su profundo amor a la virtud; sino que, aun siendo notable por la hermosura tanto de su doctrina como de su vida, primero lo desnudaron y golpearon, descargando azotes sobre cada miembro, luego lo arrojaron a inmundas cloacas y, cuando lo sacaron de nuevo, lo entregaron a una multitud de muchachos a quienes ordenaron pincharlo sin piedad con sus punzones. Después lo metieron en una cesta, lo untaron con salmuera y miel, y lo colgaron al aire libre en pleno verano, invitando a avispas y abejas a un festín. Su objeto al hacer esto era obligarlo o bien a restaurar el santuario que había destruido, o bien a sufragar el gasto de su erección. Marcos, sin embargo, soportó todos estos graves sufrimientos y afirmó que no consentiría en ninguna de sus exigencias. Sus enemigos, creyendo que por pobreza no podía pagar el dinero, le perdonaron la mitad de lo exigido y le mandaron pagar el resto; pero Marcos, colgado en lo alto, pinchado con punzones y devorado por avispas y abejas, no solo no daba señales de dolor, sino que se burlaba de sus impíos verdugos repitiendo la burla: «Sois rastreros y de la tierra; yo, sublime y exaltado.» Por fin pidieron solo una pequeña parte del dinero; pero dijo: «Tan impío es dar un óbolo como darlo todo.» Así, desconcertados, lo dejaron ir, y no pudieron dejar de admirar su constancia, pues sus palabras les habían enseñado una nueva lección de santidad.

    Capítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos

    III, 4

    [Incontables] otras acciones osaron cometer entonces por tierra y por mar, en todo el mundo, los malvados contra los justos, pues ya sin disimulo el enemigo de Dios comenzaba a dictar leyes contra la verdadera religión. En primer lugar prohibió a los hijos de los galileos —pues así intentaba llamar a los adoradores del Salvador— tomar parte en el estudio de la poesía, la retórica y la filosofía, porque, dijo, según el proverbio: «somos heridos con saetas emplumadas con nuestra propia ala,» pues de nuestros propios libros toman armas y hacen guerra contra nosotros.
    Después de esto promulgó otro edicto ordenando que los galileos fueran expulsados del ejército.

    Capítulo 5. Del cuarto destierro y de la huida del santo Atanasio

    III, 5

    En este tiempo Atanasio, aquel victorioso atleta de la verdad, sufrió otro peligro, pues los demonios no podían soportar el poder de su lengua y de sus oraciones, y armaron a sus ministros para injuriarlo. Muchas voces profirieron rogando al campeón de la maldad que desterrase a Atanasio, añadiendo además que, si Atanasio permanecía, no quedaría ni un pagano, porque los atraería a todos a su partido. Movido por estas súplicas, Juliano condenó a Atanasio no solo al destierro, sino a muerte. Los suyos temblaron, pero se cuenta que él predijo la rápida dispersión de la tormenta, pues dijo: «Es una nube que pronto se desvanece.» Sin embargo, se retiró tan pronto como supo de la llegada de los portadores del mensaje imperial, y, hallando una barca a la orilla del río, partió hacia la Tebaida. El oficial que había sido designado para su ejecución conoció su huida y se esforzó por perseguirlo con gran prisa; pero uno de sus amigos se adelantó y le dijo que el oficial venía acercándose de prisa. Entonces algunos de sus compañeros le rogaron que se refugiase en el desierto, pero él ordenó al timonel volver la proa de la barca hacia Alejandría. Así remaron al encuentro del perseguidor, y llegó el portador de la sentencia de muerte, y dijo: «¿A qué distancia está Atanasio?» «No lejos,» dijo Atanasio, y así se libró de su enemigo, mientras él mismo regresó a Alejandría y permaneció oculto durante el resto del reinado de Juliano.

    Capítulo 6. De Apolo y Dafne, y del santo Babilas

    III, 6

    Juliano, deseando hacer una campaña contra los persas, despachó a los más fieles de sus oficiales a todos los oráculos del Imperio romano, mientras él mismo fue como suplicante a implorar al oráculo pítico de Dafne que le manifestara el futuro. El oráculo respondió que los cadáveres que yacían cerca se estaban convirtiendo en obstáculo para la adivinación; que primero debían ser trasladados a otro lugar; y que entonces él pronunciaría su profecía, pues, dijo: «No podría decir nada si el bosque sagrado no es purificado.» Ahora bien, en aquel tiempo yacían allí las reliquias del victorioso mártir Babilas y de los jóvenes que habían sufrido gloriosamente con él, y el profeta mentiroso era claramente impedido de proferir sus acostumbradas mentiras por la santa influencia de Babilas. Juliano lo sabía, pues su antigua piedad le había enseñado el poder de los victoriosos mártires, y por eso no removió ningún otro cuerpo del lugar, sino que solo ordenó a los adoradores de Cristo trasladar las reliquias de los victoriosos mártires. Marcharon con gozo al bosque, pusieron el féretro sobre un carro y lo precedieron guiando a una vasta multitud de gente, cantando los salmos de David, mientras en cada pausa gritaban: «Vergüenza para todos los que adoran imágenes fundidas.» Pues entendían que el traslado del mártir significaba la derrota del demonio.

    Capítulo 7. De Teodoro el Confesor

    III, 7

    Juliano no pudo soportar la vergüenza que le causaron estos hechos, y al día siguiente ordenó arrestar a los dirigentes de la procesión coral. Salustio era entonces prefecto y servidor de la iniquidad, pero, no obstante, deseaba persuadir al soberano de que no permitiera a los cristianos, ávidos de gloria, alcanzar el objeto de sus deseos. Sin embargo, cuando vio que el emperador era incapaz de dominar su ira, arrestó a un joven adornado con las gracias de un santo entusiasmo mientras caminaba por el Foro, lo colgó ante el mundo en el cepo, le laceró la espalda con azotes y le desgarró los costados con instrumentos de tortura en forma de garras. Y esto lo hizo todo el día, desde el alba hasta que acabó el día; luego le puso cadenas de hierro y ordenó que lo mantuvieran bajo custodia. A la mañana siguiente informó a Juliano de lo sucedido, refirió la constancia del joven y añadió que el suceso era para ellos una derrota y para los cristianos un triunfo. Persuadido de la verdad de esto, el enemigo de Dios no permitió que se le tratara más así y ordenó que Teodoro fuera sacado de la cárcel, pues así se llamaba este joven y glorioso combatiente en la batalla de la verdad. Al preguntársele si había sentido algún dolor al sufrir aquellas amarguísimas y salvajísimas torturas, respondió que al principio, en efecto, había sentido un poco de dolor, pero que luego se le había aparecido uno que continuamente le enjugaba el sudor del rostro con un pañuelo fresco y suave y le mandaba tener buen ánimo. «Por lo cual,» dijo, «cuando los verdugos cesaron no me alegré, sino que me afligí, porque entonces se fue con ellos quien me traía refrigerio del alma.» Pero el demonio de la adivinación mentirosa al punto aumentó la gloria del mártir y puso al descubierto su propia falsedad; pues un rayo enviado desde el cielo quemó todo el santuario y redujo a polvo fino la misma estatua del pítico, porque era de madera y estaba dorada en la superficie. Juliano, tío de Juliano, prefecto de Oriente, lo supo de noche, y cabalgando a toda velocidad llegó a Dafne, deseoso de socorrer a la deidad que adoraba; pero cuando vio al llamado dios convertido en polvo, azotó a los oficiales encargados del templo, porque conjeturó que el incendio se debía a algún cristiano. Pero ellos, por maltratados que estuvieran, no pudieron soportar proferir una mentira, y persistieron en decir que el fuego no había comenzado desde abajo, sino desde arriba. Además, algunos de los campesinos vecinos se adelantaron y afirmaron que habían visto el rayo precipitarse desde el cielo.

    Capítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones

    III, 8

    Aun cuando los malvados llegaron a conocer estos sucesos, se pusieron en orden de batalla contra el Dios de todos; y el príncipe ordenó que los vasos sagrados fueran entregados al tesoro imperial. De la gran iglesia que Constantino había edificado clavó las puertas y la declaró cerrada a los fieles que solían reunirse allí. En ese tiempo estaba en posesión de los arrianos. En compañía de Juliano, prefecto de Oriente, Félix, tesorero imperial, y Elpidio, que tenía a su cargo la bolsa privada y los bienes del emperador, oficial al que la costumbre romana llama «Comes privatarum,» entraron en el sagrado edificio. Tanto Félix como Elpidio, se dice, eran cristianos, pero para agradar al impío emperador apostataron de la verdadera religión. Juliano cometió un acto de grosera indecencia en la Santa Mesa y, cuando Euzoio intentó impedírselo, le dio un golpe en el rostro y le dijo, según se cuenta, que es destino de las fortunas de los cristianos no tener protección de los dioses. Pero Félix, mientras contemplaba la magnificencia de los vasos sagrados, provistos de esplendor por la munificencia de Constantino y de Constancio, «He aquí,» dijo, «con qué vasos se sirve al hijo de María.» Pero no pasó mucho tiempo antes de que pagaran la pena de estos actos de loca e impía osadía.

    Capítulo 9. De lo que aconteció a Juliano, tío del emperador, y a Félix

    III, 9

    Juliano cayó enfermo al punto de una dolorosa enfermedad; sus entrañas se pudrieron, y ya no pudo expulsar sus excrementos por los órganos normales de excreción, sino que su boca contaminada, en el instante mismo de su blasfemia, se convirtió en el órgano de su emisión.
    Su esposa, se dice, era una mujer de fe notable, y así se dirigió a su esposo: «Esposo, debes bendecir a nuestro Salvador Cristo por mostrarte mediante tu castigo su poder peculiar. Pues nunca habrías sabido quién es el que es atacado por ti si, con su acostumbrada longanimidad, se hubiera abstenido de visitarte con estas plagas enviadas del cielo.» Entonces, por estas palabras y por el pesado peso de sus males, el desdichado percibió la causa de su enfermedad, y suplicó al emperador que devolviera la iglesia a quienes habían sido privados de ella. Sin embargo, no pudo obtener su petición, y así terminó sus días.
    También Félix fue derribado de repente por un azote enviado del cielo, y no cesaba de vomitar sangre por la boca, todo el día y toda la noche, pues todos los vasos de su cuerpo vertían sus corrientes convergentes hacia este único órgano; así, cuando toda su sangre se derramó, murió y fue entregado a la muerte eterna.
    Tales fueron las penas infligidas a estos hombres por su maldad.

    Capítulo 10. Del hijo del sacerdote

    III, 10

    Un joven que era hijo de un sacerdote, y criado en la impiedad, por aquel tiempo se pasó a la verdadera religión. Pues una dama notable por su devoción y admitida en la orden de las diaconisas era amiga íntima de su madre. Cuando él iba a visitarla con su madre, siendo aún un niño pequeño, ella solía acogerlo con afecto y exhortarlo a la verdadera religión. A la muerte de su madre, el joven solía visitarla y disfrutaba de la ventaja de su acostumbrada enseñanza. Profundamente impresionado por sus consejos, preguntó a su maestra de qué modo podría escapar a la superstición de su padre y tener parte y suerte en la verdad que ella predicaba. Ella respondió que debía huir de su padre, y honrar más bien al Creador tanto de su padre como de sí mismo; que debía buscar alguna otra ciudad donde pudiera estar oculto y escapar a la violencia del impío emperador; y prometió arreglarlo para él. Entonces, dijo el joven, «de aquí en adelante vendré y encomendaré mi alma a ti.» No muchos días después, Juliano llegó a Dafne para celebrar una fiesta pública. Con él vino el padre del joven, tanto como sacerdote como acostumbrado a asistir al emperador; y con su padre vinieron el joven y su hermano, designados al servicio del templo y encargados del deber de rociar ceremonialmente las viandas imperiales. Es costumbre que la fiesta de Dafne dure siete días. El primer día, el joven estuvo de pie junto al lecho del emperador, y según el uso prescrito roció las carnes y las contaminó por completo. Luego, a toda velocidad, corrió a Antioquía, y dirigiéndose a aquella admirable dama, «He venido», dijo, «a ti; y he cumplido mi promesa. Ocúpate tú de la salvación de cada uno y cumple tu palabra.» Al instante ella se levantó y condujo al joven a Melecio, el hombre de Dios, quien le ordenó permanecer por un tiempo arriba en la posada. Su padre, después de vagar por toda Dafne en busca del muchacho, regresó luego a la ciudad y exploró las calles y callejones, volviendo los ojos en todas direcciones y anhelando dar con su hijo. Al fin llegó al lugar donde el divino Melecio tenía su hospedería; y alzando la vista vio a su hijo asomándose por la celosía. Subió corriendo, lo sacó, lo bajó y se lo llevó a casa. Luego primero le infligió muchos azotes, después le aplicó pinchos calientes en los pies, las manos y la espalda, luego lo encerró en su dormitorio, echó el cerrojo por fuera y regresó a Dafne. Así lo he oído yo mismo narrar a aquel hombre en su vejez, y añadió además que fue inspirado y lleno de la gracia divina, y rompió en pedazos todos los ídolos de su padre, y se burló de su impotencia. Después, cuando reflexionó sobre lo que había hecho, temió el regreso de su padre y suplicó a su Maestro Cristo que aprobara con un gesto sus obras, rompiera los cerrojos y abriera las puertas. «Pues es por ti», dijo, «que así he sufrido y así he obrado.» «Aun mientras así hablaba», me contó, «cayeron los cerrojos y se abrieron de par en par las puertas, y volví corriendo a mi instructora. Ella me vistió con ropas de mujer y me llevó consigo en su carruaje cubierto de vuelta al divino Melecio. Él me entregó al obispo de Jerusalén, en aquel tiempo Cirilo, y partimos de noche hacia Palestina.» Después de la muerte de Juliano, este joven condujo también a su padre al camino de la verdad. Este hecho me lo contó junto con los demás. Así, de esta manera, estos hombres fueron guiados al conocimiento de Dios y se hicieron partícipes de la salvación.

    Capítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino

    III, 11

    Ahora Juliano, con menos contención, o diré más bien, con menos vergüenza, comenzó a armarse contra la verdadera religión, llevando en verdad una máscara de moderación, pero mientras tanto preparaba lazos y trampas que atrapaban a todos los engañados por ellas en la destrucción de la iniquidad. Comenzó contaminando con sacrificios impuros los pozos de la ciudad y de Dafne, para que todo hombre que usara la fuente fuera partícipe de la abominación. Luego contaminó por completo las cosas expuestas en el foro, pues el pan, la carne, la fruta, las verduras y toda clase de alimentos fueron rociados. Cuando los que eran llamados con el nombre del Salvador vieron lo que se hacía, gimieron, se lamentaron y expresaron su abominación; sin embargo, participaron, pues recordaban la ley apostólica, «Todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por causa de la conciencia.» Dos oficiales del ejército, que eran escuderos en el séquito imperial, en cierto banquete lamentaron con palabras bastante cálidas la abominación de lo que se hacía, y emplearon el admirable lenguaje de los gloriosos jóvenes de Babilonia, «Nos has entregado a un príncipe impío, a un apóstata más allá de todas las naciones de la tierra.» Uno de los comensales informó de esto, y el emperador arrestó a estos varones dignísimos y se esforzó por averiguar interrogándolos cuál era el lenguaje que habían usado. Ellos aceptaron la indagación imperial como oportunidad para hablar abiertamente, y con noble entusiasmo respondieron «Señor, fuimos criados en la verdadera religión; fuimos obedientes a leyes excelentísimas, las leyes de Constantino y de sus hijos; ahora vemos el mundo lleno de contaminación, carnes y bebidas igualmente manchadas con sacrificios abominables, y nos lamentamos. Lloramos estas cosas en casa, y ahora ante tu rostro expresamos nuestro dolor, pues esto es lo único en tu reinado que nos desagrada.» No bien oyó estas palabras aquel a quien los cortesanos simpatizantes llamaban el más manso y el más filósofo, cuando se quitó la máscara de moderación y dejó al descubierto el rostro de la impiedad. Ordenó que se les infligieran crueles y dolorosos azotes y los privó de la vida; ¿o no diremos más bien que los liberó de aquel tiempo doloroso y les dio coronas de victoria? Pretendió, en verdad, que el castigo no se les infligía por la verdadera religión, por cuya causa realmente los mataban, sino por su insolencia, pues hizo correr la voz de que los había castigado por insultar al emperador, y ordenó que se divulgara este informe, negando así a estos campeones de la verdad el nombre y el honor de mártires. El nombre de uno era Juventino; el del otro Maximino. La ciudad de Antioquía los honró como defensores de la verdadera religión, los depositó en un magnífico sepulcro, y hasta el día de hoy son honrados con una fiesta anual.
    Otros hombres en cargos públicos y de distinción usaron semejante osadía de palabra, y ganaron semejantes coronas del martirio.

    Capítulo 12. Del gran emperador Valentiniano

    III, 12

    [Valentiniano,] que poco después llegó a ser emperador, era en aquel tiempo tribuno y mandaba a los hastati acuartelados en palacio. No ocultaba su celo por la verdadera religión. En una ocasión, cuando el infatuado emperador iba en solemne procesión al recinto sagrado del Templo de la Fortuna, a ambos lados de las puertas estaban los servidores del templo purificando, según suponían, a todos los que entraban, con sus hisopos de aspersión. Mientras Valentiniano caminaba delante del emperador, notó que una gota había caído sobre su propio manto y dio un golpe con el puño al sirviente, «pues», dijo, «no quedo purificado, sino manchado.» Por esta acción ganó dos imperios. Al ver lo sucedido, Juliano el maldito lo envió a una fortaleza en el desierto, y ordenó que permaneciera allí; pero después de un año y unos meses recibió el imperio como recompensa de su confesión de la fe, pues no sólo en la vida venidera honra el justo Juez a los que cuidan de las cosas santas, sino que a veces también aquí abajo otorga recompensa por las buenas obras, confirmando la esperanza de los galardones aún por recibir mediante lo que da en abundancia ahora.
    Pero el tirano ideó otra estratagema contra la verdad, pues cuando, según antigua costumbre, se había sentado en el trono imperial para repartir oro entre las filas de sus soldados, contra la costumbre hizo introducir un altar lleno de brasas encendidas, y poner incienso sobre una mesa, y ordenó que cada hombre que había de recibir el oro primero arrojara incienso sobre el altar, y luego tomara el oro de su propia mano derecha. La mayoría ignoraba por completo la trampa así tendida; pero los que habían sido advertidos fingieron enfermedad y así escaparon de este cruel lazo. Otros, en su afán por el dinero, hicieron poco caso de su salvación, mientras que otro grupo abandonó su fe por cobardía.

    Capítulo 13. De otros confesores

    III, 13

    Después de esta fatal distribución de dinero, algunos de los beneficiarios estaban festejando juntos en un banquete. Uno de ellos, que había tomado la copa en la mano, no bebió antes de hacer sobre ella la señal de la salvación.
    Uno de los comensales le reprochó esto, y dijo que era del todo incompatible con lo que acababa de suceder. «¿Qué», dijo, «he hecho yo que sea incompatible?» Entonces se le recordó el altar y el incienso, y su negación de la fe; pues todas estas cosas son contrarias a la profesión cristiana. Al oír esto, la mayor parte de los comensales gimieron y se lamentaron, y se arrancaron puñados de cabellos de la cabeza. Se levantaron del banquete y corrieron por el foro exclamando que eran cristianos, que habían sido engañados por las estratagemas del emperador, que retractaban su apostasía y estaban dispuestos a intentar deshacer la derrota que les había sobrevenido sin querer. Con estas exclamaciones corrieron al palacio, increpando en voz alta las astucias del tirano, e implorando que se los entregara a las llamas para que, así como habían sido manchados por el fuego, por el fuego pudieran quedar limpios. Todas estas palabras sacaron de sus casillas al miserable, y en el impulso del momento ordenó decapitarlos; pero cuando eran conducidos fuera de la ciudad, la multitud del pueblo comenzó a seguirlos, admirada de su fortaleza y gloriándose de su osadía por la verdad. Cuando llegaron al lugar donde era costumbre ejecutar a los criminales, el mayor de ellos suplicó al verdugo que primero cortara la cabeza del más joven, para que éste no se acobardara al contemplar la matanza de los demás. No bien se hubo arrodillado en tierra y el verdugo desenvainó la espada, cuando llegó corriendo un hombre anunciando un indulto, y desde lejos gritaba que se detuviera la ejecución. Entonces el soldado más joven se afligió por su liberación de la muerte. «¡Ah!», dijo, «Romano» (se llamaba Romano) «no fue digno de ser llamado mártir de Cristo.» Lo que influyó al vil embaucador para detener la ejecución fue su envidia: envidiaba a los campeones de la fe su gloria. Su sentencia fue conmutada por la relegación fuera de las murallas de la ciudad y a las regiones más remotas del imperio.

    Capítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía

    III, 14

    [Artemio] mandaba las tropas en Egipto. Había obtenido este mando en tiempos de Constantino, y había destruido la mayor parte de los ídolos. Por esta razón Juliano no sólo confiscó sus bienes, sino que ordenó su decapitación.
    Estas y otras semejantes fueron las obras del hombre a quien los impíos describen como el más manso y el menos apasionado de los hombres.
    Incluiré ahora en mi historia la noble historia de una mujer excelentísima, pues incluso las mujeres, armadas de celo divino, despreciaron la loca furia de Juliano.
    En aquellos días había una mujer llamada Publia, de gran reputación e ilustre por sus obras de virtud. Por poco tiempo llevó el yugo del matrimonio, y había ofrecido a Dios su fruto más hermoso, pues de esta hermosa tierra brotó Juan, quien durante mucho tiempo fue presbítero principal en Antioquía, y a menudo fue elegido para la sede apostólica, pero una y otra vez declinó la dignidad. Mantenía una compañía de vírgenes consagradas a la virginidad de por vida, y pasaba el tiempo alabando a Dios que la había creado y salvado. Un día pasaba el emperador, y como ellas consideraban al Destructor objeto de desprecio y burla, entonaron la música aún más fuerte, cantando principalmente aquellos salmos que se burlan de la impotencia de los ídolos, y diciendo con palabras de David «Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres,» y después de describir su insensibilidad, añadieron «semejantes a ellos sean los que los hacen y todos los que en ellos confían.» Juliano las oyó, y se enojó mucho, y les dijo que guardaran silencio mientras él pasaba. Ella, sin embargo, no prestó la menor atención a sus órdenes, sino que puso aún mayor energía en su canto, y cuando el emperador pasó de nuevo les dijo que entonaran «Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos.» Ante esto, Juliano, airado, ordenó que trajeran ante él a la directora del coro; y, aunque vio que se debía respeto a su vejez, ni se compadeció de sus canas, ni respetó su elevado carácter, sino que dijo a algunos de su escolta que la abofetearan en ambas mejillas, y con su violencia le enrojecieran las mejillas. Ella, sin embargo, tomó el ultraje por honor, y regresó a casa, donde, como era su costumbre, mantuvo su ataque contra él con sus cánticos espirituales, tal como el compositor y maestro de la canción aquietó al espíritu malo que atormentaba a Saúl.

    Capítulo 15. De los judíos; de su intento de edificar, y de las plagas enviadas del cielo que les sobrevinieron

    III, 15

    Juliano, que había hecho de su alma morada de demonios destructores, siguió su camino coribántico, enfureciéndose siempre contra la verdadera religión. En consecuencia, armó ahora también a los judíos contra los creyentes en Cristo. Comenzó preguntando a algunos que reunió por qué, aunque su ley les imponía el deber de los sacrificios, no ofrecían ninguno. Ante su respuesta de que su culto estaba limitado a un solo lugar determinado, este enemigo de Dios dio inmediatamente instrucciones para la reedificación del templo destruido, suponiendo en su vanidad que podía falsear la predicción del Señor, de la cual, en realidad, manifestaba la verdad. Los judíos oyeron sus palabras con deleite y dieron a conocer sus órdenes a sus compatriotas por todo el mundo. Vinieron apresuradamente de todas partes, contribuyendo por igual con dinero y entusiasmo a la obra; y el emperador hizo todas las provisiones que pudo, menos por orgullo de munificencia que por hostilidad a la verdad. Despachó también como gobernador a un hombre adecuado para ejecutar sus impías órdenes. Se dice que hicieron azadones, palas y cestas de plata. Cuando comenzaron a cavar y a sacar la tierra, una vasta multitud de ellos continuó la obra todo el día, pero por la noche la tierra que había sido sacada se deslizaba de vuelta desde el barranco por sí misma. Destruyeron además los restos de la antigua construcción, con la intención de edificarlo todo de nuevo; pero cuando habían reunido miles de fanegas de creta y cal, de repente sopló un vendaval violento, y tormentas, tempestades y torbellinos esparcieron todo a lo lejos y a lo ancho. Aún seguían en su locura, y no fueron traídos a la razón por la longanimidad divina. Entonces vino primero un gran terremoto, capaz de infundir terror en los corazones de hombres totalmente ignorantes de los designios de Dios; y, cuando aún no se atemorizaron, fuego que salía de los cimientos excavados quemó a la mayor parte de los cavadores, y puso en fuga al resto. Además, cuando un gran número de hombres dormía de noche en un edificio adyacente, éste se derrumbó de repente, techo y todo, y aplastó a todos ellos. En aquella noche y también en la noche siguiente, la señal de la cruz de la salvación se vio brillar intensamente en el cielo, y las propias vestiduras de los judíos se llenaron de cruces, no brillantes sino negras. Cuando los enemigos de Dios vieron estas cosas, aterrorizados por las plagas enviadas del cielo huyeron, y se dirigieron a casa, confesando la Divinidad de Aquel que había sido crucificado por sus padres. Juliano oyó de estos sucesos, pues todos los repetían. Pero, como Faraón, endureció su corazón.
    Comentario editorial · Juliano y el Templo de Jerusalén
    Teodoreto cuenta que Juliano mandó reconstruir el templo para desmentir la profecía del Señor, y que lo impidieron un terremoto, el fuego y señales en el cielo (III, 15). Jackson anota que ese es el motivo que da el historiador arriano Filostorgio, y recoge la carta de Juliano al «venerable patriarca Julo», donde dice querer reconstruir y habitar Jerusalén con los judíos tras la guerra de Persia; el obispo Wordsworth la defiende como auténtica. Wikipedia piensa que el plan buscaba más perjudicar al cristianismo que agradar a los judíos, atribuye el fracaso al terremoto de Galilea de 363 (Gregorio Nacianceno lo cuenta) y recuerda que Gibbon veía en el relato sabotaje o accidente.

    Capítulo 16. De la expedición contra los persas

    III, 16

    No bien hubieron oído los persas la muerte de Constancio, cuando cobraron ánimo, declararon la guerra y atravesaron la frontera del imperio romano. Juliano, por tanto, decidió reunir sus fuerzas, aunque eran un ejército sin un Dios que los guardara. Primero envió a Delfos, a Delos y a Dodona, y a los demás oráculos, y preguntó a los adivinos si debía marchar. Ellos le mandaron marchar y le prometieron la victoria. Uno de estos oráculos lo añado aquí como prueba de su falsedad. Decía así. «Ahora todos nosotros, los dioses, nos disponemos a obtener trofeos de victoria junto al río bestia, y de ellos yo, Ares, audaz suscitador del estruendo de la guerra, seré el caudillo.» Quienes llaman al Pitio dios sabio en el hablar y príncipe de las musas, ríanse de lo absurdo de tal pronunciamiento. Yo, que he descubierto su falsedad, más bien compadeceré al que fue engañado por él. El oráculo llamó al Tigris «bestia» porque el río y el animal llevan el mismo nombre. Naciendo en los montes de Armenia y fluyendo a través de Asiria, se vierte en el golfo pérsico. Seducido por estos oráculos, el desdichado se entregó a sueños de victoria, y después de luchar contra los persas tenía visiones de una campaña contra los galileos, pues así llamaba a los cristianos, pensando con ello desacreditarlos. Pero, hombre instruido como era, debería haber considerado que ningún daño se hace a la reputación con el cambio de nombre, pues aunque Sócrates hubiera sido llamado Critias y Pitágoras Fálaris, no habrían incurrido en deshonra alguna por el cambio de nombre; ni Nireo, si hubiera sido llamado Tersites, habría perdido la hermosura con que la naturaleza lo había dotado. Juliano había aprendido estas cosas, pero no las tomó a pecho, y suponía que podía agraviarnos usando un título inapropiado. Creyó las mentiras de los oráculos y amenazó con erigir en nuestras iglesias la estatua de la diosa de la lujuria.

    Capítulo 17. De la audacia de palabra del decurión de Berea

    III, 17

    Después de partir con estas amenazas fue confundido por un solo bereo. Aunque este hombre era ilustre por ocupar el primer puesto entre los magistrados, se hizo aún más ilustre por su celo. Al ver que su hijo caía en el paganismo reinante, lo expulsó de su casa y lo repudió públicamente. El joven se presentó ante el emperador en las cercanías de la ciudad y le informó tanto de sus propias opiniones como de la sentencia de su padre. El emperador le mandó que sosegara su ánimo y prometió reconciliar a su padre con él. Cuando llegó a Berea, invitó a un banquete a los hombres que desempeñaban cargos y a los de alto rango. Entre ellos estaba el padre del joven suplicante, y se ordenó a padre e hijo que ocuparan sus puestos en el lecho imperial. En medio del festín Juliano dijo al padre: «No me parece correcto forzar una mente inclinada de otro modo y que no desea cambiar su lealtad. Tu hijo no quiere seguir tus doctrinas. No lo fuerces. Ni siquiera yo, aunque con facilidad podría obligarte, intento forzarte a seguir las mías.» Entonces el padre, movido por su fe en la verdad divina a avivar el debate, exclamó: «Señor,» dijo, «¿estáis hablando de este desgraciado a quien Dios odia y que ha preferido la mentira a la verdad?»
    Una vez más Juliano se puso la máscara de mansedumbre y dijo: «Cesa, amigo, de injuriar,» y luego, volviendo su rostro hacia el joven, dijo: «Yo,» dijo, «cuidaré de ti, puesto que no he podido persuadir a tu padre para que lo haga.» Menciono esta circunstancia con el deseo expreso de señalar no solo la admirable audacia de este hombre digno, sino también que muchísimas personas despreciaron el poder de Juliano.

    Capítulo 18. De la predicción del pedagogo

    III, 18

    Otro ejemplo es el de un excelente hombre de Antioquía, encargado del cuidado de muchachos jóvenes, que era más instruido de lo que suele ser el caso entre los pedagogos y era amigo íntimo del principal maestro de aquel tiempo, Libanio, el afamado sofista.
    Ahora bien, Libanio era pagano y esperaba la victoria, teniendo presentes las amenazas de Juliano; así que un día, para ridiculizar nuestra creencia, dijo al pedagogo: «¿En qué anda ahora el hijo del carpintero?» Lleno de gracia divina, predijo lo que pronto había de suceder. «Sofista,» dijo, «el Creador de todas las cosas, a quien tú llamas por burla hijo del carpintero, está haciendo un ataúd.»
    A los pocos días se anunció la muerte del malvado. Lo sacaron tendido en su ataúd. La jactancia de sus amenazas resultó vana, y Dios fue glorificado.

    Capítulo 19. De la profecía de san Juliano el monje

    III, 19

    Un hombre que en el cuerpo imitaba la vida de los incorpóreos, a saber, Juliano, apellidado en sirio Sabbas, cuya vida he escrito en mi «Historia religiosa,» continuó con tanto más celo ofreciendo sus oraciones al Dios de todas las cosas, cuando oyó las amenazas del impío tirano. El mismo día en que Juliano fue muerto, oyó hablar del suceso mientras estaba en oración, aunque el monasterio distaba del ejército más de veinte etapas. Se cuenta que, mientras invocaba al Señor con grandes clamores y suplicaba a su misericordioso Maestro, de pronto contuvo sus lágrimas, prorrumpió en un arrebato de gozo, mientras su rostro se iluminaba y así manifestaba la alegría que poseía su alma. Cuando sus amigos contemplaron este cambio, le rogaron que les dijera la razón de su alegría. «El jabalí salvaje,» dijo, «el enemigo de la viña del Señor, ha pagado la pena de los agravios que le ha hecho; yace muerto. Su maldad ha terminado.» No bien oyó toda la compañía estas palabras, saltaron de alegría y entonaron el cántico de acción de gracias a Dios, y por los que trajeron la noticia de la muerte del emperador supieron que era el mismo día y la misma hora en que el maldito fue muerto cuando el anciano santo lo supo y lo anunció.

    Capítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia

    III, 20

    La insensatez de Juliano se manifestó aún más claramente con su muerte. Cruzó el río que separa el imperio romano del persa, hizo pasar a su ejército y luego inmediatamente quemó sus barcas, obligando así a sus hombres a luchar no por obediencia voluntaria, sino forzada. Los mejores generales suelen llenar de entusiasmo a sus tropas y, si las ven desanimarse, las animan y levantan sus esperanzas; pero Juliano, al quemar el puente de la retirada, cortó toda buena esperanza. Otra prueba de su incompetencia fue no cumplir el deber de forrajear en todas direcciones y proveer de suministros a sus tropas. Juliano ni había ordenado que se trajeran provisiones de Roma, ni hizo provisión abundante alguna devastando el país enemigo. Dejó atrás el mundo habitado y persistió en marchar a través del desierto. Sus soldados no tenían suficiente para comer y beber; estaban sin guías; marchaban extraviados por una tierra desierta. Así vieron la insensatez de su sapientísimo emperador. En medio de sus murmuraciones y quejas, de pronto lo hallaron a él, que había luchado con loca rabia contra su Hacedor, herido de muerte. Ares, que suscita el estruendo de la guerra, no había venido a ayudarle como le había prometido; Loxias había dado una adivinación mentirosa; el que se regocija en los rayos no había lanzado ningún rayo sobre el hombre que asestó el golpe fatal; la jactancia de sus amenazas fue derribada por tierra. El nombre del hombre que asestó aquel golpe justo nadie lo sabe hasta hoy. Algunos dicen que fue herido por un ser invisible, otros por uno de los nómadas llamados ismaelitas; otros por un soldado de caballería que no pudo soportar los dolores del hambre en el desierto. Pero ya fuera hombre o ángel quien empuñó el acero, sin duda el autor del hecho fue ministro de la voluntad de Dios. Se cuenta que cuando Juliano recibió la herida, llenó su mano de sangre, la arrojó al aire y gritó: «Has vencido, Galileo.» Así dio expresión a la vez a una confesión de la victoria y a una blasfemia. Tan infatuado estaba.

    Capítulo 21. De la hechicería de Carras que fue descubierta después de su muerte. Después de que fue muerto, se descubrió la tramoya de su hechicería. Pues Carras es una ciudad que aún conserva los restos de su falsa religión

    III, 21

    Juliano había dejado Edesa a su izquierda porque estaba adornada con la gracia de la verdadera religión, y mientras en su vana insensatez viajaba a través de Carras, llegó al templo honrado por los impíos y, después de realizar ciertos ritos con sus compañeros de impureza, cerró y selló las puertas, y apostó centinelas con órdenes de que nadie entrara hasta su regreso. Cuando llegó la noticia de su muerte, y al reinado de iniquidad sucedió uno de piedad, se abrió el santuario, y dentro se halló una prueba de la virilidad, sabiduría y piedad del difunto emperador. Pues allí se vio a una mujer colgada en alto por los cabellos de su cabeza, y con las manos extendidas. El malvado le había abierto el vientre, y así supongo que supo por su hígado su victoria sobre los persas.
    Esta fue la abominación descubierta en Carras.

    Capítulo 22. De las cabezas descubiertas en el palacio de Antioquía y de los regocijos públicos allí

    III, 22

    Se dice que en Antioquía se descubrieron en el palacio varios cofres llenos de cabezas humanas, y también muchos pozos llenos de cadáveres. Tal es la enseñanza de las deidades malignas.
    Cuando Antioquía oyó de la muerte de Juliano, se entregó al regocijo y a la fiesta; y no solo se mostró alegría exultante en las iglesias y en los santuarios de los mártires, sino que hasta en los teatros se proclamó la victoria de la cruz y se puso en ridículo la vaticinación de Juliano. Y aquí registraré la admirable expresión de los hombres de Antioquía, para que se conserve en la memoria de las generaciones venideras, pues a una sola voz se levantó el grito: «Máximo, necio, ¿dónde están tus oráculos? Porque Dios ha vencido, y su Cristo.» Esto se dijo porque vivía en aquel tiempo un hombre de nombre Máximo, que pretendía ser filósofo, pero en realidad era un hacedor de magia, y se jactaba de poder predecir el futuro. Pero los antioquenos, que habían recibido su divina enseñanza de los gloriosos compañeros de yugo Pedro y Pablo, y estaban llenos de ardiente afecto por el Maestro y Salvador de todos, persistieron en execrar a Juliano hasta el fin. Sus sentimientos eran perfectamente conocidos por el objeto de ellos, y así escribió un libro contra ellos y lo llamó «Misopogon.»
    Este regocijo por la muerte del tirano concluirá este libro de mi historia, pues a mi parecer sería indecente conectar con un reinado justo la impía soberanía de Juliano.
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