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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 1. Origen de la herejía arriana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 4. Carta de Arrio a Eusebio, obispo de Nicomedia
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 6. Concilio General de Nicea
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 2. Apostasía del emperador Constancio de la verdadera fe
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 3. Segundo destierro de san Atanasio.— Ordenación y muerte de Gregorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 14. Del destierro y el regreso del santo Liberio
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 16. Del sínodo reunido en Nicea de Tracia y de la confesión de fe allí redactada
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18. Carta de Atanasio, obispo de Alejandría, sobre el mismo Concilio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo 20. Sobre las innovaciones de Eudoxio, de Germanicía, y el celo de Basilio de Ancira y de Eustaquio de Sebaste contra él
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta sinodal escrita contra Aecio
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 26. Del asedio de la ciudad de Nísibe y de la conversación apostólica del obispo Jacobo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minSobre Eusebio, obispo de Samosata
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 20. De la muerte del emperador Juliano en Persia
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro IV
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8. Carta sinódica del sínodo de Iliria sobre la fe
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera Valente cayó en la herejía
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del santo Barses y del destierro del obispo de Edesa y de sus compañeros
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16. De san Basilio, obispo de Cesarea, y de las medidas tomadas contra él por Valente y el prefecto Modesto
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 18. Sobre el derrocamiento de Pedro y la introducción de Lucio el arriano
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 20. De Mavia, reina de los sarracenos, y de la ordenación de Moisés el monje
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24. Del santo monje Juliano
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 3 minCapítulo 29. De la piedad del conde Terencio
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la expedición de Valente contra los godos y cómo pagó la pena de su impiedad
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 4. De Eusebio, obispo de Samosata
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 7. De los famosos jefes de la facción arriana
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 10.— Carta sinódica de Dámaso, obispo de Roma, contra Apolinario y Timoteo
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la muerte de Graciano y de la soberanía de Máximo
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

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    TEXTOS — TEODORETO DE CIRO

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Jackson (Nicene and Post-Nicene Fathers)51 minPosición: 0% de esta parteParte 10 de 10 · Capítulo 18. De la emperatriz PlacilaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-TEO-01

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    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 minCapítulo 3. Carta de Alejandro, obispo de Alejandría, a Alejandro, obispo de Constantinopla
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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Hechos relativos a Melecio el egipcio, de quien se originó el cisma meleciano, que permanece hasta hoy.— Carta sinodal acerca de él
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. La epístola del emperador Constantino, sobre los asuntos tratados en el Concilio, dirigida a los obispos que no estuvieron presentes
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 10. Las necesidades cotidianas de la Iglesia suplidas por el Emperador, y relato de sus otras virtudes
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12. Refutación de las blasfemias de los arrianos de nuestro tiempo, a partir de los escritos de Eusebio, obispo de Cesarea
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 14. Carta escrita por el emperador Constantino sobre la edificación de las iglesias
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 16. Carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, sobre la construcción de la santa Iglesia
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 18. La traslación ilícita de Eusebio, obispo de Nicomedia
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 21. Obispos de opiniones heréticas ordenados en Antioquía después del destierro de san Eustacio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 24. Carta escrita por el emperador Constantino a Sapor, rey de Persia, acerca de los cristianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 26. Otra conjura contra Atanasio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Consagración de la Iglesia de Jerusalén.— Destierro de san Atanasio
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    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 6. Concilio celebrado en Sardica
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. Relato de los obispos Eufratas y Vicente, y de la trama urdida en Antioquía contra ellos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 8. Esteban es depuesto
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 12. Concilio de Milán
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    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 2. Del regreso de los obispos y de la consagración de Paulino
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4. De las leyes promulgadas por Juliano contra los cristianos
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De la confiscación de los tesoros sagrados y de la supresión de las asignaciones
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 11. De los santos mártires Juventino y Maximino
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Artemio, el dux. De Publia, la diaconisa, y su divina osadía
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la expedición contra los persas
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    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 4. De la restitución de las asignaciones a las iglesias; y de la muerte del Emperador
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    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo 19. Relato de los sucesos de Alejandría en tiempos de Lucio el arriano, tomado de una carta de Pedro, obispo de Alejandría
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    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 17. De la matanza de Tesalónica; la audacia del obispo Ambrosio y la piedad del Emperador
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 18. De la emperatriz Placila
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    Capítulo 18. De la emperatriz Placila

    V, 18

    Sin embargo, el emperador tenía a su alcance otras ocasiones de mejoramiento, pues su esposa solía recordarle constantemente las leyes divinas en las que primero ella misma se había instruido con esmero. De ninguna manera enaltecida por su rango imperial, antes bien este la encendía con mayor anhelo de las cosas divinas. La grandeza del buen don que le había sido dado acrecentaba su amor hacia Aquel que lo dio, de modo que prodigaba toda clase de atención a los lisiados y mutilados, rehusando toda ayuda de su servidumbre y de sus guardias, visitando ella misma las casas donde se alojaban los que sufrían y proveyendo a cada uno de lo que necesitaba. Recorría también las cámaras de huéspedes de las iglesias y atendía a las necesidades de los enfermos, manejando ella misma ollas y cacerolas, probando el caldo, ora trayendo un plato y partiendo pan y ofreciendo bocados, ora lavando una copa y cumpliendo todos los demás deberes que se suponen propios de siervos y criadas. A quienes se esforzaban por impedirle hacer estas cosas con sus propias manos les decía: «A un soberano le corresponde distribuir oro; yo, por el poder soberano que me ha sido dado, doy mi propio servicio al Dador.» También a su esposo solía decirle siempre: «Esposo, debes recordar siempre lo que fuiste una vez y lo que has llegado a ser ahora; manteniendo esto constantemente en la mente, jamás serás ingrato con tu bienhechor, sino que guiarás conforme a la ley el imperio que te ha sido otorgado, y así adorarás a Aquel que lo dio.» Usando siempre un lenguaje de este tipo, con hermoso y saludable cuidado, por así decirlo, regaba las semillas de virtud plantadas en el corazón de su esposo.
    Murió antes que su esposo, y no mucho después de su muerte ocurrieron hechos que mostraron cuánto la amaba su esposo.

    Capítulo 19. De la sedición de Antioquía

    V, 19

    A causa de sus continuas guerras, el emperador se vio obligado a imponer pesados tributos a las ciudades del imperio.
    La ciudad de Antioquía se negó a soportar el nuevo tributo, y cuando el pueblo vio a las víctimas de su exacción sometidas a tortura e indignidad, entonces, además de los actos acostumbrados que una multitud suele cometer cuando aprovecha una ocasión de desorden, derribaron la estatua de bronce de la ilustre Placila, pues así se llamaba la emperatriz, y la arrastraron por gran parte de la ciudad. Al ser informado de estos hechos, el emperador, como era de esperar, se indignó. Privó entonces a la ciudad de sus privilegios y dio su dignidad a su vecina, con la idea de infligirle así la mayor indignidad, pues Antioquía desde los primeros tiempos había tenido una rival en Laodicea. Amenazó además con quemar y destruir la ciudad y reducirla a la condición de aldea. Los magistrados, sin embargo, habían arrestado a algunos hombres en el acto mismo y los habían ejecutado antes de que la tragedia llegara a oídos del emperador. Todas estas órdenes habían sido dadas por el emperador, pero no se habían llevado a cabo debido a la restricción impuesta por el edicto promulgado por consejo del gran Ambrosio. A la llegada de los comisionados que traían las amenazas del emperador, Elebico, entonces comandante militar, y Cesario, prefecto del palacio, llamado por los romanos magister officiorum, toda la población se estremeció de consternación. Pero los atletas de la virtud, que moraban al pie del monte, de los cuales había entonces muchos de los mejores, hicieron numerosas súplicas y ruegos a los oficiales imperiales. El santísimo Macedonio, completamente inexperto en las cosas de esta vida y del todo ignorante de los sagrados oráculos, que vivía en las cumbres de los montes y ofrecía noche y día puras oraciones al Salvador de todos, no se amilanó en lo más mínimo ante la violencia imperial ni se sintió afectado por el poder de los comisionados. Cuando entraron cabalgando en medio de la ciudad, él agarró a uno de ellos por la capa y les ordenó a ambos desmontar. Al ver a un anciano pequeño, vestido con harapos comunes, al principio se indignaron, pero algunos de los que los conducían les informaron del alto carácter de Macedonio, y entonces saltaron de sus caballos, le tomaron las rodillas y le pidieron perdón. El anciano, movido por la sabiduría divina, les habló en los siguientes términos: «Decid, queridos señores, al emperador: no solo sois emperador, sois también hombre. Considerad, por tanto, no solo vuestra soberanía, sino también vuestra naturaleza. Sois hombre y reináis sobre vuestros semejantes. Ahora bien, la naturaleza del hombre ha sido formada según la imagen y semejanza de Dios. No ordenéis, pues, con tanta saña y crueldad la matanza de la imagen de Dios, porque castigando su imagen enojaréis al Hacedor. Pensad que actuáis así en vuestra ira por causa de una imagen de bronce. Todos los dotados de razón saben cuán inferior es una imagen sin vida a una viva y dotada de alma y sensibilidad. Tened en cuenta, además, que por una imagen de bronce fácilmente podemos hacer muchas más. Vos mismo no podéis hacer un solo cabello de los asesinados.»
    Después de que los buenos hombres oyeron estas palabras, las refirieron al emperador y apagaron la llama de su ira. En lugar de sus amenazas, escribió una defensa y explicó la causa de su enojo. «No era justo» dijo, «que, por haber yo estado en error, se infligiera indignidad después de su muerte a una mujer tan digna de la mayor alabanza. Los agraviados deberían haber armado su ira contra mí.» El emperador añadió además que se había apenado y afligido al saber que algunos habían sido ejecutados por los magistrados. Al relatar estos hechos he tenido un doble objeto: no me pareció justo dejar en el olvido la audacia del ilustre monje, y quise señalar la ventaja del edicto promulgado por consejo del gran Ambrosio.

    Capítulo 20. De la destrucción de los templos en todo el Imperio

    V, 20

    Ahora el emperador muy fiel dirigió sus energías a resistir el paganismo, y publicó edictos en los que ordenaba destruir los santuarios de los ídolos. Constantino el Grande, digno de toda alabanza, fue ciertamente el primero en honrar a su imperio con la verdadera religión; y cuando vio que el mundo aún estaba entregado a la necedad, promulgó una prohibición general contra la ofrenda de sacrificios a los ídolos. Sin embargo, no destruyó los templos, aunque ordenó que se mantuvieran cerrados. Sus hijos siguieron las huellas de su padre. Juliano restauró la falsa fe y reavivó la llama del antiguo engaño. Al subir al trono Joviano, puso de nuevo un interdicto al culto de los ídolos, y Valentiniano el Grande gobernó Europa con leyes semejantes. Valente, sin embargo, permitió a todos los demás adorar como quisieran y honrar sus diversos objetos de adoración. Solo contra los defensores de los decretos apostólicos persistió en hacer la guerra. Por consiguiente, durante todo el período de su reinado se encendió el fuego del altar, se ofrecieron libaciones y sacrificios a los ídolos, se celebraron fiestas públicas en el foro, y los devotos iniciados en las orgías de Dioniso corrían con pieles de cabra, despedazando perros en frenesí báquico, y en general comportándose de tal manera que mostraban la iniquidad de su amo. Cuando el muy fiel Teodosio se encontró con todos estos males, los arrancó de raíz y los consignó al olvido.

    Capítulo 21. De Marcelo, obispo de Apamea, y de los templos de los ídolos destruidos por él

    V, 21

    El primero de los obispos en poner en vigor el edicto y destruir los santuarios en la ciudad confiada a su cuidado fue Marcelo, confiando más bien en Dios que en las manos de una multitud. El suceso es notable, y procederé a narrarlo. A la muerte de Juan, obispo de Apamea, a quien ya he mencionado, el divino Marcelo, ferviente en espíritu, según la ley apostólica, fue nombrado en su lugar.
    Ahora había llegado a Apamea el prefecto de Oriente con dos tribunos y sus tropas. El temor a las tropas mantuvo al pueblo tranquilo. Se intentó destruir el vasto y magnífico santuario de Júpiter, pero el edificio era tan firme y sólido que romper sus piedras estrechamente compactadas parecía superior al poder del hombre; pues eran enormes y estaban bien y verdaderamente colocadas, y además estaban sujetas con hierro y plomo.
    Cuando el divino Marcelo vio que el prefecto temía comenzar el ataque, lo envió al resto de las ciudades; mientras él mismo oraba a Dios para que lo ayudara en la obra de destrucción. A la mañana siguiente, llegó sin ser llamado al obispo un hombre que no era constructor, ni albañil, ni artífice de ningún tipo, sino solo un peón que llevaba piedras y madera a la espalda. «Dadme», dijo, «la paga de dos obreros; y os prometo que destruiré fácilmente el templo.» El santo obispo hizo como se le pedía, y el siguiente fue el artificio del tal. Alrededor de los cuatro lados del templo corría un pórtico unido a él, y sobre el cual descansaba su piso superior. Las columnas eran de gran volumen, proporcionado al templo, cada una de dieciséis codos de circunferencia. La calidad de la piedra era excepcionalmente dura, y ofrecía gran resistencia a las herramientas de los albañiles. En cada una de ellas el hombre hizo una abertura todo alrededor, apuntalando la superestructura con madera de olivo antes de pasar a otra. Después de haber ahuecado tres de las columnas, prendió fuego a las maderas. Pero apareció un demonio negro, que no permitía que la madera se consumiera como naturalmente lo haría por el fuego, y detenía la fuerza de la llama. Después de que el intento se repitió varias veces, y el plan resultó ineficaz, la noticia del fracaso fue llevada al obispo, que estaba tomando su siesta de mediodía. Marcelo se apresuró inmediatamente a la iglesia, ordenó que se echara agua en un cubo, y colocó el agua sobre el altar divino. Luego, inclinando la cabeza hasta el suelo, suplicó al Señor amoroso que de ninguna manera cediera ante el poder usurpado del demonio, sino que pusiera al descubierto su debilidad y mostrara su propia fuerza, para que los incrédulos no encontraran en adelante excusa para un mal mayor. Con estas y otras palabras semejantes hizo la señal de la cruz sobre el agua, y ordenó a Equicio, uno de sus diáconos, que estaba armado de fe y entusiasmo, que tomara el agua y la rociara con fe, y luego aplicara la llama. Se obedecieron sus órdenes, y el demonio, incapaz de soportar la proximidad del agua, huyó. Entonces el fuego, afectado por su enemiga el agua como si hubiera sido aceite, prendió la madera y la consumió en un instante. Cuando su soporte desapareció, las columnas mismas cayeron y arrastraron consigo otras doce. El lado del templo que estaba unido a las columnas fue derribado por la violencia de su caída, y arrastrado con ellas. El estruendo, que fue tremendo, se oyó en toda la ciudad, y todos corrieron a ver el espectáculo. Apenas la multitud supo de la huida del demonio hostil, prorrumpió en un himno de alabanza a Dios.
    Otros santuarios fueron destruidos de manera semejante por este santo obispo. Aunque tengo muchas otras hazañas admirabilísimas de este santo varón que relatar, pues escribió cartas a los mártires victoriosos y recibió respuestas de ellos, y él mismo ganó la corona del martirio, por el momento dudo en narrarlas, no sea que por excesiva prolijidad fatigue la paciencia de aquellos en cuyas manos caiga mi historia.
    Pasaré, por tanto, ahora a otro asunto.

    Capítulo 22. De Teófilo, obispo de Alejandría, y de lo sucedido en la demolición de los ídolos en aquella ciudad

    V, 22

    El ilustre Atanasio fue sucedido por el admirable Pedro, Pedro por Timoteo, y Timoteo por Teófilo, varón de sana sabiduría y de gran valor. Por él fue liberada Alejandría del error de la idolatría; pues, no contento con arrasar hasta el suelo los templos de los ídolos, expuso los engaños de los sacerdotes a las víctimas de sus artimañas. Pues habían construido estatuas de bronce y madera huecas por dentro, y fijado sus espaldas a las paredes del templo, dejando en esas paredes ciertas aberturas invisibles. Luego, subiendo desde sus cámaras secretas, se metían dentro de las estatuas, y por medio de ellas daban las órdenes que querían, y los oyentes, engañados y burlados, obedecían. Estos engaños los expuso el sabio Teófilo al pueblo.
    Además subió al templo de Serapis, que algunos han descrito como superior en tamaño y belleza a todos los templos del mundo. Allí vio una imagen inmensa cuyo volumen infundía terror a los espectadores, aumentado por un falso rumor que se había difundido de que si alguien se acercaba a ella habría un gran terremoto y todo el pueblo sería destruido. El obispo consideró todos estos cuentos como meras sandeces de viejas borrachas, y en total burla del enorme tamaño del monstruo sin vida, dijo a un hombre que tenía un hacha que le diera un buen golpe a Serapis. Apenas golpeó el hombre, todos gritaron, porque temían la catástrofe anunciada. Serapis, sin embargo, que había recibido el golpe, no sintió dolor alguno, por cuanto era de madera, y no pronunció palabra, pues era un madero sin vida. Le cortaron la cabeza, e inmediatamente salieron multitud de ratones, pues el dios egipcio era morada de ratones. Serapis fue roto en pedazos pequeños, de los cuales algunos fueron arrojados a las llamas, pero su cabeza fue paseada por toda la ciudad a la vista de sus adoradores, que se burlaban de la debilidad de aquel ante quien habían doblado la rodilla.
    Así fueron destruidos en todo el mundo los santuarios de los ídolos.

    Capítulo 23. De Flaviano, obispo de Antioquía, y de la sedición que surgió en la Iglesia occidental a causa de Paulino

    V, 23

    En Antioquía el gran Melecio había sido sucedido por Flaviano, quien, junto con Diodoro, había pasado por grandes luchas por la salvación de las ovejas. Paulino había deseado ciertamente recibir el obispado, pero se le opuso el clero con el argumento de que no era justo que a Melecio, al morir, lo sucediera alguien que no compartía sus opiniones, y que al cuidado del rebaño debía ser promovido aquel que era conspicuo por muchos trabajos y había corrido el riesgo de muchos peligros por causa de las ovejas. Así surgió una hostilidad duradera de los romanos y los egipcios contra Oriente, y el mal sentimiento ni siquiera se destruyó a la muerte de Paulino. Después de él, cuando Evagrio ocupó su sede, todavía se mostró hostilidad hacia el gran Flaviano, a pesar de que la promoción de Evagrio fue una violación de la ley de la Iglesia, pues había sido promovido solo por Paulino en desprecio de muchos cánones. Porque a un obispo moribundo no le está permitido ordenar a otro para ocupar su lugar, y se ordena que todos los obispos de una provincia sean convocados; además, no se permite ninguna ordenación de un obispo sin tres obispos. Sin embargo, se negaron a tomar conocimiento de ninguna de estas leyes, abrazaron la comunión de Evagrio, y llenaron los oídos del emperador con quejas contra Flaviano, de modo que, siendo importunado con frecuencia, lo convocó a Constantinopla y le ordenó ir a Roma.
    Flaviano, sin embargo, respondió que era invierno, y prometió obedecer la orden en primavera. Luego regresó a casa. Pero cuando los obispos de Roma, no solo el admirable Dámaso, sino también Siricio su sucesor y Anastasio el sucesor de Siricio, importunaron más vehementemente al emperador y le representaron que, mientras él derribaba a los rivales contra su propia autoridad, sufría que audaces rebeldes contra las leyes de Cristo mantuvieran su autoridad usurpada, entonces lo envió a llamar de nuevo y trató de obligarlo a emprender el viaje a Roma. Ante esto, Flaviano, con su gran sabiduría, habló muy audazmente y dijo: «Si, señor, hay algunos que me acusan de no ser sano en la fe, o de una vida y conducta indignas del sacerdocio, aceptaré a mis propios acusadores como jueces, y me someteré a cualquier sentencia que den. Pero si contienden sobre la sede y la primacía, no discutiré el punto; no me opondré a quienes quieran tomarlas; cederé y renunciaré a mi obispado. Así que, señor, dad el trono episcopal de Antioquía a quien queráis.»
    El emperador admiró su virilidad y sabiduría, y le ordenó volver a casa y cuidar de la iglesia confiada a su cuidado.
    Después de que transcurrió un tiempo considerable, el emperador llegó a Roma, y una vez más se encontró con las acusaciones presentadas por los obispos sobre la base de que no hacía ningún intento por derribar la tiranía de Flaviano. El emperador les ordenó que expusieran la naturaleza de la tiranía, diciendo que él mismo era Flaviano y se había convertido en su protector. Los obispos replicaron que les era imposible disputar con el emperador. Entonces les exhortó a unirse en el futuro a las iglesias en concordia, poner fin a la disputa y apagar los fuegos de una controversia inútil. Señaló que Paulino había partido de esta vida hacía mucho tiempo; que Evagrio había sido promovido irregularmente; que las iglesias orientales aceptaban a Flaviano como su obispo. No solo Oriente, sino toda Asia, el Ponto y Tracia estaban unidos en comunión con él, y todo el Ilírico reconocía su autoridad sobre los obispos orientales. Sometiéndose a estos consejos, los obispos occidentales prometieron poner fin a su hostilidad y recibir a los enviados que se les enviaran.
    Cuando Flaviano fue informado de esta decisión, envió a Roma a ciertos obispos dignos con presbíteros y diáconos de Antioquía, dando la autoridad principal entre ellos a Acacio, obispo de Berea, que era famoso en todo el mundo. A la llegada de Acacio y su grupo a Roma, pusieron fin a la prolongada disputa, y después de una guerra de diecisiete años dieron paz a las iglesias. Cuando los egipcios fueron informados de la reconciliación, también ellos renunciaron a su oposición y aceptaron gustosamente el acuerdo que se hizo.
    En ese tiempo Anastasio había sido sucedido en la primacía de la Iglesia Romana por Inocencio, varón de prudencia y de ingenio pronto. Teófilo, a quien he mencionado anteriormente, ocupaba la sede de Alejandría.

    Capítulo 24. De la tiranía de Eugenio y de la victoria alcanzada por la fe por el emperador Teodosio

    V, 24

    De esta manera la paz de las iglesias fue asegurada por el muy religioso emperador. Antes del establecimiento de la paz, había oído de la muerte de Valentiniano y de la usurpación de Eugenio, y había marchado hacia Europa.
    En ese tiempo vivía en Egipto un hombre de nombre Juan, que había abrazado la vida ascética. Lleno de gracia espiritual, predijo muchos acontecimientos futuros a personas que de vez en cuando venían a consultarlo. A él envió el emperador amante de Cristo, en su ansiedad por saber si debía hacer la guerra contra los tiranos. En el caso de la guerra anterior predijo una victoria incruenta. En el de la segunda, predijo que el emperador solo vencería después de una gran matanza. Con esta expectativa el emperador partió, y, mientras formaba sus fuerzas, abatió a muchos de sus oponentes, pero perdió a muchos de sus aliados bárbaros.
    Cuando sus generales le representaron que las fuerzas de su lado eran pocas y le recomendaron que permitiera una pausa en la campaña, para reunir un ejército al comienzo de la primavera y superar en número al enemigo, Teodosio se negó a escuchar su consejo. «Pues es un error», dijo, «acusar a la Cruz de Salvación de tal debilidad, pues es la cruz la que guía a nuestras tropas, y atribuir tal poder a la imagen de Hércules que está a la cabeza de las fuerzas de nuestro enemigo.» Así habló en recta fe, aunque los hombres que le quedaban eran pocos en número y muy desanimados. Luego, cuando encontró un pequeño oratorio en la cima de la colina donde estaba acampado, pasó toda la noche en oración al Dios de todas las cosas.
    Hacia el canto del gallo le venció el sueño, y mientras yacía en el suelo le pareció ver a dos hombres con vestiduras blancas cabalgando sobre caballos blancos, que le decían que tuviera buen ánimo, alejara su temor, y al amanecer armara y formara a sus hombres para la batalla. «Pues», dijeron, «hemos sido enviados para luchar por ti,» y uno dijo, «Yo soy Juan el evangelista,» y el otro, «Yo soy Felipe el apóstol.»
    Después de haber visto esta visión, el emperador no cesó en su súplica, sino que la continuó con aún mayor fervor. La visión fue vista también por un soldado de las filas, que la relató a su centurión. El centurión lo llevó al tribuno, y el tribuno al general. El general supuso que relataba algo nuevo, y refirió la historia al emperador. Entonces dijo Teodosio: «No por mi causa ha sido vista esta visión por este hombre, porque yo he confiado en los que me prometieron la victoria. Pero para que nadie suponga que he inventado esta visión a causa de mi ansia por la batalla, el protector de mi imperio ha dado la información también a este hombre, para que dé testimonio de la verdad de lo que digo cuando os diga que primero a mí me concedió nuestro Señor esta visión. Desechemos, pues, nuestro temor. Sigamos a nuestra vanguardia y a nuestros generales. Que nadie pese la posibilidad de victoria por el número de los hombres comprometidos, sino que cada uno piense en el poder de los caudillos.»
    Habló en términos semejantes a sus hombres, y después de haber inspirado así a todo su ejército una gran esperanza, los condujo desde la cima de la colina. El tirano vio al ejército venir a atacarlo desde lejos, y entonces armó a sus fuerzas y las formó para la batalla. Él mismo permaneció en un terreno elevado, y dijo que el emperador deseaba la muerte y venía a la batalla porque quería ser liberado de esta vida presente; así que ordenó a sus generales que se lo trajeran vivo y encadenado. Cuando las fuerzas estuvieron formadas en orden de batalla, las del enemigo parecían con mucho las más numerosas, y el número de las tropas del emperador podía contarse fácilmente. Pero cuando ambos bandos comenzaron a disparar sus armas, la primera línea demostró que sus promesas eran verdaderas. Un viento violento sopló justo en los rostros del enemigo, y desvió sus flechas y jabalinas y lanzas, de modo que ningún proyectil les fue de utilidad, y ni jinete ni arquero ni lancero pudo causar daño alguno al ejército del emperador. También se levantaron vastas nubes de polvo contra sus rostros, obligándolos a cerrar los ojos y protegerse del ataque. Las fuerzas imperiales, por el contrario, no recibieron el menor daño de la tormenta, y atacaron vigorosamente y mataron al enemigo. Los vencidos reconocieron entonces la ayuda divina dada a sus conquistadores, arrojaron sus armas y pidieron cuartel al emperador. Teodosio entonces cedió a su súplica y tuvo compasión de ellos, y ordenó que le trajeran inmediatamente al tirano. Eugenio ignoraba cómo había transcurrido la jornada, y cuando vio a sus hombres subir corriendo la colina donde estaba sentado, todos sin aliento, y mostrando su ansiedad por su jadeo, los tomó por mensajeros de victoria y preguntó si habían traído a Teodosio encadenado, como había ordenado. «No», dijeron, «no te lo traemos a ti, sino que hemos venido a llevarte a ti a él, porque así lo ha ordenado el gran Soberano.» Aun mientras hablaban, lo levantaron de su carro, le pusieron cadenas, y se lo llevaron así atado, y condujeron al vano jactancioso de hacía un momento, ahora prisionero de guerra.
    El emperador le recordó los agravios que había hecho a Valentiniano, su autoridad usurpada, y las guerras que había librado contra el emperador legítimo. Se burló también de la figura de Hércules y de la necia confianza que había inspirado, y al final pronunció la sentencia de castigo justo y legal.
    Así fue Teodosio en la paz y en la guerra, pidiendo siempre y nunca rechazado el auxilio de Dios.

    Capítulo 25. De la muerte del emperador Teodosio

    V, 25

    Después de esta victoria, Teodosio enfermó y repartió su imperio entre sus hijos, asignando al mayor la soberanía que él mismo había ejercido y al menor el trono de Europa.
    Encargó a ambos que se mantuvieran firmes en la verdadera religión, «pues por medio de ella,» dijo, «se conserva la paz, se detiene la guerra, se derrota a los enemigos, se erigen trofeos y se proclama la victoria.» Tras dar este encargo a sus hijos, murió, dejando tras de sí fama imperecedera.
    Sus sucesores en el imperio fueron también herederos de su piedad.

    Capítulo 26. Del emperador Honorio y del monje Telémaco

    V, 26

    Honorio, que heredó el imperio de Europa, puso fin a los combates de gladiadores que durante mucho tiempo se habían celebrado en Roma. La ocasión de hacerlo surgió de la siguiente circunstancia. Cierto hombre llamado Telémaco había abrazado la vida ascética. Había partido de Oriente y por este motivo se había dirigido a Roma. Allí, cuando se exhibía el abominable espectáculo, entró él mismo en el estadio y, bajando a la arena, intentó detener a los hombres que blandían sus armas unos contra otros. Los espectadores de la matanza se indignaron e, inspirados por la loca furia del demonio que se deleita en aquellos hechos sangrientos, apedrearon al pacificador hasta la muerte.
    Cuando el admirable emperador fue informado de esto, contó a Telémaco en el número de los mártires victoriosos y puso fin a aquel impío espectáculo.

    Capítulo 27. De la piedad del emperador Arcadio y de la ordenación de Juan Crisóstomo

    V, 27

    A la muerte en Constantinopla de Nectario, obispo de aquella sede, Arcadio, que había sucedido en el imperio de Oriente, mandó llamar a Juan, la gran lumbrera del mundo. Había oído que se contaba en las filas del presbiterado, y entonces dio órdenes a los obispos reunidos de conferirle la gracia divina y de nombrarlo pastor de aquella poderosa ciudad.
    Este solo hecho basta para mostrar el cuidado del emperador por las cosas divinas. Al mismo tiempo la sede de Antioquía estaba ocupada por Flaviano, y la de Laodicea por Elpidio, quien había sido antes compañero del gran Melecio y había recibido la impronta de su vida y conversación con más nitidez que la cera recibe la impresión de un anillo de sello.
    Sucedió al gran Pelagio; y al divino Marcelo le siguió el ilustre Agapeto, a quien ya he descrito como conspicuo por su alta virtud ascética. En el tiempo de la tempestad de la herejía, de Seleucia ad Taurum era obispo Máximo, compañero del gran Juan, y de Mopsuestia Teodoro, ambos ilustres maestros. Conspicuo también en sabiduría y carácter era el santo Acacio, obispo de Berea.
    Leoncio, brillante ejemplo de muchas virtudes, apacentaba el rebaño de los gálatas.

    Capítulo 28. De la audacia de Juan por Dios

    V, 28

    Cuando el gran Juan hubo recibido el timón de la Iglesia, reprendió con valentía a ciertos malhechores, hizo exhortaciones oportunas al emperador y a la emperatriz, y amonestó al clero a vivir según las leyes establecidas. A los transgresores de estas leyes les prohibió acercarse a las iglesias, insistiendo en que quienes no mostraban deseo de vivir la vida de verdaderos sacerdotes no debían gozar del honor sacerdotal. Actuó con este cuidado por la iglesia no solo en Constantinopla, sino en toda Tracia, que está dividida en seis provincias, y asimismo en Asia, gobernada por once gobernadores. También el Ponto, que tiene un número igual de gobernantes que Asia, fue felizmente sometido por él a la misma disciplina.

    Capítulo 29. De los templos de los ídolos que fueron destruidos por Juan en Fenicia

    V, 29

    Al recibir información de que Fenicia aún sufría la locura de los ritos de los demonios, Juan reunió a ciertos monjes encendidos de celo divino, los armó con edictos imperiales y los envió contra los santuarios de los ídolos. El dinero necesario para pagar a los artesanos y a sus ayudantes que trabajaban en la obra de destrucción no lo tomó Juan de los recursos imperiales, sino que persuadió a ciertas mujeres ricas y fieles a hacer contribuciones liberales, señalándoles cuán grande sería la bendición que su generosidad ganaría.
    Así fueron totalmente destruidos los restantes santuarios de los demonios.

    Capítulo 30. De la iglesia de los godos

    V, 30

    Juan percibió que los escitas estaban envueltos en la red arriana; ideó, pues, contramedidas y halló un medio de ganárselos. Nombrando presbíteros, diáconos y lectores de los divinos oráculos que hablaban la lengua escita, les asignó una iglesia, y por medio de ellos ganó a muchos de su error. Solía visitarla con frecuencia y predicar allí, sirviéndose de un intérprete versado en ambos idiomas, e hizo que otros buenos oradores hicieran lo mismo. Esta fue su práctica constante en la ciudad, y a muchos de los que habían sido engañados los rescató mostrándoles la verdad de la predicación apostólica.

    Capítulo 31. De su cuidado por los escitas y de su celo contra los marcionistas

    V, 31

    Al enterarse de que algunos de los nómadas acampados a lo largo del Danubio tenían sed de salvación, pero no tenían quien les llevara la corriente, Juan buscó hombres llenos de un amor al trabajo semejante al que había distinguido a los apóstoles, y les encomendó la obra. Yo mismo he visto una carta escrita por él a Leoncio, obispo de Ancira, en la que describía la conversión de los escitas y suplicaba que se enviaran hombres aptos para instruirlos.
    Al oír que en nuestro distrito algunos hombres estaban infectados con la plaga de Marción, escribió al obispo de entonces encargándole expulsar la plaga y ofreciéndole la ayuda de los edictos imperiales. He dicho bastante para mostrar cómo, para usar las palabras del divino apóstol, llevaba en su corazón «el cuidado de todas las iglesias.»
    Su audacia puede también conocerse por otras fuentes.

    Capítulo 32. De la demanda hecha por Gainas y de la respuesta de Juan Crisóstomo

    V, 32

    Cierto Gainas, escita, pero aún más bárbaro de carácter, y de disposición cruel y violenta, era en aquel tiempo comandante militar. Tenía bajo su mando a muchos de sus propios compatriotas, y con ellos mandaba la caballería y la infantería romanas. Era objeto de terror no solo para todos los demás, sino incluso para el propio emperador, que sospechaba que aspiraba a la usurpación.
    Participaba de la plaga arriana y pidió al emperador que le concediera el uso de una de las iglesias. Arcadio respondió que se ocuparía de que así se hiciera. Entonces mandó llamar al divino Juan, le contó la petición que se había hecho, le recordó el poder de Gainas, insinuó la usurpación a la que se aspiraba y le rogó que frenara la ira del bárbaro con esta concesión. «Pero,» dijo aquel noble varón, «no intentes, señor, tal promesa, ni ordenes que lo santo sea dado a los perros. Jamás toleraré que los adoradores y alabadores del Verbo Divino sean expulsados y que su iglesia sea entregada a quienes lo blasfeman. No temas, señor, a ese bárbaro; llámanos a ambos, a mí y a él, ante ti; escucha en silencio lo que se diga, y yo refrenaré su lengua y lo persuadiré de no pedir lo que no es lícito conceder.»
    El emperador se alegró de lo dicho por Crisóstomo y al día siguiente convocó ante sí al obispo y al general. Gainas comenzó a pedir el cumplimiento de la promesa, pero el gran Juan respondió que el emperador, que profesaba la verdadera religión, no tenía derecho a aventurarse a ningún acto contra ella. Gainas replicó que él también debía tener un lugar donde orar. «Por qué,» dijo el gran Juan, «toda iglesia está abierta para ti, y nadie te impide orar allí cuando lo desees.» «Pero yo,» dijo Gainas, «pertenezco a otra secta, y pido tener una iglesia con ellos, y ciertamente yo, que soporto tantas fatigas en la guerra por los romanos, bien puedo hacer con justicia tal petición.» «Pero,» dijo el obispo, «tienes mayores recompensas por tus trabajos: eres general; estás revestido de la túnica consular, y debes considerar lo que eras antes y lo que eres ahora: tu indigencia en el pasado y tu prosperidad presente; qué vestidura llevabas antes de cruzar el Ister y de qué estás revestido ahora. Considera, digo, la pequeñez de tus trabajos y la grandeza de tus recompensas, y no seas desagradecido con quienes te han honrado.» Con estas palabras el maestro del mundo silenció a Gainas y lo obligó a permanecer mudo. Con el tiempo, sin embargo, dio a conocer la rebelión que durante mucho tiempo había guardado en su corazón, reunió sus fuerzas en Tracia y salió devastando y saqueando en muchísimas direcciones. Ante la noticia surgió un pánico universal tanto entre los príncipes como entre los súbditos, y no se halló a nadie dispuesto a marchar contra él; nadie consideraba seguro acercársele con una embajada, pues todos sospechaban de su carácter bárbaro.

    Capítulo 33. De la embajada de Crisóstomo a Gainas

    V, 33

    Entonces, cuando todos los demás fueron dejados de lado a causa del pánico universal, se persuadió a este gran prelado para que emprendiera la embajada. No hizo caso de la disputa que se ha relatado, ni del mal sentimiento que había engendrado, y partió de buena gana hacia Tracia. Apenas oyó Gainas la llegada del enviado, se acordó de la audaz declaración que había hecho en favor de la verdadera religión. Vino con ansia desde gran distancia a su encuentro, puso su mano derecha sobre sus ojos y llevó a sus hijos a las santas rodillas de aquel. Así es la naturaleza de la bondad: hace sonrojarse incluso a quienes más se le oponen y los vence. Pero la envidia no pudo soportar los brillantes rayos de su filosofía. Puso en práctica sus acostumbradas astucias y privó de su elocuencia y de su sabiduría a la ciudad imperial, es más, a todo el mundo.

    Capítulo 34. De los sucesos que ocurrieron por causa de Crisóstomo

    V, 34

    En esta parte de mi historia no sé qué sentimientos abrigar; deseoso como estoy de relatar la injusticia infligida a Crisóstomo, considero, sin embargo, en otros respectos la elevada reputación de quienes le agraviaron. Por tanto, haré todo lo posible por ocultar incluso sus nombres. Estas personas tenían diferentes motivos para su hostilidad y no querían contemplar su brillante virtud. Encontraron a ciertos miserables que lo acusaron y, percibiendo la evidencia de la calumnia, celebraron una reunión lejos de la ciudad y pronunciaron su sentencia.
    El emperador, que confiaba en el clero, ordenó que fuera desterrado. Así, Crisóstomo, sin haber oído los cargos presentados contra él ni haber presentado su defensa, fue obligado, como si hubiera sido convicto por las acusaciones formuladas contra él, a abandonar Constantinopla, y partió hacia Hierón, en la desembocadura del Euxino, pues así se llama aquella estación naval.
    En la noche hubo un gran terremoto y la emperatriz quedó aterrorizada. En consecuencia, se enviaron mensajeros al amanecer al obispo desterrado, rogándole que volviera sin demora a Constantinopla y apartara el peligro de la ciudad. Después de estos se envió otro grupo, y aún otros tras ellos, y el Bósforo se llenó de correos. Cuando el pueblo fiel supo lo que ocurría, cubrió la desembocadura de la Propóntide con sus barcas, y toda la población encendió antorchas de cera y salió a su encuentro. Por el momento, en efecto, sus enemigos confederados se dispersaron.
    Pero tras el intervalo de unos pocos meses intentaron ejecutar el castigo, no por la acusación falsificada, sino por haber participado en el servicio divino después de su deposición. El obispo alegó que no había presentado alegato, que no había oído la acusación, que no había hecho defensa alguna, que había sido condenado en ausencia, que había sido desterrado por el emperador y de nuevo llamado por el emperador. Entonces se reunió otro sínodo, y sus adversarios no pidieron un juicio, sino que persuadieron al emperador de que la sentencia era legítima y justa. Crisóstomo fue entonces no solo desterrado, sino relegado a una ciudad pequeña y solitaria de Armenia llamada Cucusus. Aun de allí fue sacado y deportado a Pitio, lugar en el extremo del Euxino y en las fronteras del Imperio romano, en la vecindad cercana de los salvajes más feroces. Pero el Señor amoroso no permitió que el atleta victorioso fuera llevado a esta isla, pues cuando hubo llegado a Comana fue trasladado a la vida que no conoce ni vejez ni dolor.
    El cuerpo que tan valientemente había luchado fue sepultado junto al féretro del mártir Basilisco, pues así lo había ordenado el mártir en un sueño.
    Creo innecesario prolongar mi relato contando cuántos obispos fueron expulsados de la iglesia por causa de Crisóstomo y enviados a vivir a los confines de la tierra, ni cuántos filósofos ascetas se vieron envueltos en las mismas calamidades, tanto más cuanto que considero necesario abreviar estos detalles horribles y echar un velo sobre las malas acciones de hombres de la misma fe que la nuestra. Sin embargo, el castigo cayó sobre la mayoría de los culpables, y sus sufrimientos sirvieron de bien para los demás. Esta gran injusticia fue vista con especial detestación por los obispos de Europa, quienes se separaron de la comunión con los culpables. En esta acción se les unieron todos los obispos de Iliria. En Oriente, la mayoría de las ciudades rehuyeron participar en la injusticia, pero no hicieron un cisma en el cuerpo de la iglesia.
    A la muerte del gran maestro del mundo, los obispos de Occidente se negaron a aceptar la comunión de los obispos de Egipto, de Oriente, del Bósforo y de Tracia, hasta que el nombre de aquel santo varón fue insertado entre los de los obispos difuntos. A Arsacio, su inmediato sucesor, no quisieron reconocerlo, pero a Ático, sucesor de Arsacio, después de haber solicitado con frecuencia el don de la paz, lo recibieron al cabo de un tiempo, cuando hubo insertado el nombre en el catálogo.

    Capítulo 35. De Alejandro, obispo de Antioquía

    V, 35

    En este tiempo la sede de Alejandría estaba ocupada por Cirilo, sobrino de Teófilo, a quien sucedió; al mismo tiempo Jerusalén estaba ocupada por Juan, en sucesión de Cirilo, a quien hemos mencionado anteriormente. Los antioquenos estaban bajo el cuidado de Alejandro, cuya vida y conversación eran acordes con su episcopado. Antes de su consagración pasaba el tiempo en la disciplina ascética y en duros ejercicios corporales. Era conocido como un noble campeón, que enseñaba de palabra y confirmaba la palabra con las obras. Su predecesor fue Porfirio, quien guió aquella iglesia después de Flaviano y dejó tras de sí muchos recuerdos de su carácter amoroso. Se distinguió también por su vigor intelectual. El santo Alejandro era especialmente rico en autodisciplina y filosofía; su vida era de pobreza y abnegación; su elocuencia era abundante y sus demás dones innumerables; por su consejo y exhortación, el partido del gran Eustaquio, que Paulino y, después de él, Evagrio no habían permitido que se restaurara, se unió al resto del cuerpo, y se celebró una fiesta como jamás se había visto otra semejante. El obispo reunió a todos los fieles, clero y laicado, y marchó con ellos a la asamblea. La procesión iba acompañada de músicos; todos cantaban un mismo himno en armonía, y así él y su compañía fueron en procesión desde la poterna occidental hasta la gran iglesia, llenando todo el foro de gente, y constituyendo una corriente de seres vivos y pensantes semejante al Orontes en su curso.
    Cuando esto vieron los judíos, las víctimas de la plaga arriana y el insignificante resto de los paganos, prorrumpieron en gemidos y lamentos, y se afligieron al ver que los demás ríos descargaban sus aguas en la Iglesia. Por Alejandro fue inscrito por primera vez en los registros de la Iglesia el nombre del gran Juan.

    Capítulo 36. Del traslado de los restos de Juan y de la fe de Teodosio y de sus hermanas

    V, 36

    En un tiempo posterior, los restos mismos del gran doctor fueron trasladados a la ciudad imperial, y una vez más la multitud de los fieles, convirtiendo el mar, por así decirlo, en tierra con sus barcas apretadas, cubrió con sus antorchas la boca del Bósforo hacia la Propóntide. La preciosa posesión fue llevada a Constantinopla por el emperador actual, que recibió el nombre de su abuelo y conservó su piedad sin mancha. Después de contemplar primero el féretro, apoyó su cabeza contra él y oró por sus padres y por el perdón de quienes habían pecado por ignorancia, pues sus padres habían muerto hacía mucho tiempo, dejándolo huérfano en su extrema juventud, pero el Dios de sus padres y de sus antepasados no permitió que sufriera la prueba de la orfandad, sino que proveyó a su educación en la piedad, protegió su imperio de los asaltos de la sedición y refrenó los corazones rebeldes. Siempre atento a estas bendiciones, honra a su bienhechor con himnos de alabanza. Asociadas con él en este culto divino están sus hermanas, que han mantenido la virginidad durante toda su vida, considerando el estudio de los divinos oráculos el mayor deleite, y juzgando que las riquezas fuera del alcance de los ladrones se hallan en el servicio a los pobres. El emperador mismo estaba adornado de muchas gracias, y no en menor medida por su bondad y clemencia, una serena calma del alma y una fe tan sin mancha como notoria. De esto daré una prueba innegable.
    Un cierto asceta, algo áspero de carácter, acudió al emperador con una petición. Fue varias veces sin lograr su objetivo, y al fin excomulgó al emperador y lo dejó bajo su entredicho. El fiel emperador regresó a su palacio, y como era hora del banquete y sus invitados estaban reunidos, dijo que no podía participar del convite antes de que se levantara el entredicho. Por esto envió a los más íntimos de su séquito al obispo, rogándole que ordenara al que había impuesto el entredicho que lo retirara. El obispo respondió que un entredicho no debía aceptarse de cualquiera, y lo declaró no vinculante, pero el emperador rehusó aceptar esta remisión hasta que aquel que lo había impuesto, tras mucha dificultad, fue descubierto y restableció la comunión retirada. Tan obediente era a las leyes divinas.
    Conforme a los mismos principios, ordenó una destrucción completa de los restos de los santuarios idólatras, para que nuestra posteridad se salvara de ver siquiera una huella del antiguo error, siendo este el motivo que expresó en el edicto publicado al respecto. De esta buena semilla sembrada está cosechando siempre los frutos, pues tiene al Señor de todo de su parte. Así, cuando Roílas, príncipe de los nómadas escitas, cruzó el Danubio con una vasta hueste, devastaba y saqueaba Tracia, y amenazaba con sitiar la ciudad imperial, tomarla sumariamente y entregarla a la destrucción, Dios lo hirió desde lo alto con rayo y tormenta, quemando al invasor y destruyendo toda su hueste. Una providencia semejante se mostró también en la guerra persa. Los persas recibieron información de que los romanos estaban ocupados en otra parte, y así, violando el tratado de paz, marcharon contra sus vecinos, quienes no hallaron a nadie que los ayudara bajo el ataque, porque, confiando en la paz, el emperador había despachado a sus generales y sus hombres a otras guerras. Entonces la marcha ulterior de los persas fue detenida por una violentísima tormenta de lluvia y granizo; sus caballos se negaban a avanzar; en veinte días no habían logrado avanzar ni veinte estadios. Mientras tanto, los generales regresaron y reunieron sus tropas.
    También en la guerra anterior, estos mismos persas, al sitiar la ciudad epónima del emperador, fueron providencialmente ridiculizados. Pues después de que Vararanes hubo asediado la citada ciudad durante más de treinta días con todas sus fuerzas, había traído muchas helépolas, empleado innumerables máquinas y levantado altas torres fuera del muro, se ofreció resistencia, y el asalto de las máquinas atacantes fue rechazado solo por el obispo Eunomio. Los nuestros se habían negado a luchar contra el enemigo y se resistían a llevar auxilio a los sitiados, cuando el obispo, oponiéndose él mismo, preservó la ciudad de ser tomada. Cuando uno de los jefes bárbaros se atrevió a su acostumbrada blasfemia, y con palabras semejantes a las de Rabsaces y Senaquerib, amenazó en su locura con quemar el templo de Dios, el santo obispo no pudo soportar su furiosa ira, sino que él mismo mandó colocar sobre las almenas una balista que llevaba el nombre del apóstol Tomás, y ajustar a ella una piedra enorme. Entonces, en el nombre del Señor que había sido blasfemado, dio la orden de soltarla; la piedra cayó con estrépito sobre aquel jefe impío, le golpeó en su boca malvada, le aplastó el rostro, le rompió la cabeza en pedazos y esparció sus sesos por el suelo. Cuando el comandante del ejército, que había esperado tomar la ciudad, vio lo sucedido, se confesó vencido y se retiró, y en su alarma hizo la paz.
    Así protege el soberano universal al fiel emperador, pues reconoce claramente de quién es esclavo, y presta el servicio conveniente a su Señor.

    Capítulo 37. De Teodoto, obispo de Antioquía

    V, 37

    Teodosio restituyó las reliquias de la gran lumbrera del mundo a la ciudad que profundamente lamentaba su pérdida. Estos sucesos, sin embargo, ocurrieron más tarde.
    Al excelente Inocencio, obispo de Roma, le sucedió Bonifacio; a Bonifacio, Zósimo, y a Zósimo, Celestino.
    En Jerusalén, después del admirable Juan, el cargo de la iglesia fue confiado a Praylio, varón digno de su nombre.
    En Antioquía, después del divino Alejandro, Teodoto, la perla de la pureza, sucedió en la supremacía de la iglesia, varón de mansedumbre conspicua y de exacta regularidad de vida. Por él fue admitida la secta de Apolinario a la comunión con el resto de las ovejas, a petición encarecida de sus miembros de unirse al rebaño. Muchos de ellos, sin embargo, continuaron marcados por su antigua insania.

    Capítulo 38. De las persecuciones en Persia y de los que allí fueron martirizados

    V, 38

    En este tiempo, Isdigirdes, rey de los persas, comenzó a hacer la guerra contra las iglesias, y las circunstancias que lo llevaron a ello fueron las siguientes. Un cierto obispo, de nombre Abdas, adornado de muchas virtudes, fue movido por un celo indebido y destruyó un templo del fuego persa, siendo este el nombre que los persas dan a los templos del fuego que consideraban su dios.
    Informado de esto por los magos, Isdigirdes mandó llamar a Abdas y primero, con lenguaje moderado, se quejó de lo sucedido y le ordenó reconstruir el templo del fuego persa.
    El obispo, en su respuesta, rehusó terminantemente hacerlo, y entonces el rey amenazó con destruir todas las iglesias, y al final cumplió todas sus amenazas, pues primero ordenó la ejecución de aquel santo varón y luego mandó la destrucción de las iglesias. Ahora bien, opino que destruir el templo del fuego persa fue un error y algo inconveniente, pues ni siquiera el divino Apóstol, cuando llegó a Atenas y vio la ciudad totalmente entregada a la idolatría, destruyó ninguno de los altares que los atenienses honraban, sino que los convenció de su ignorancia con sus argumentos y manifestó la verdad. Pero la negativa a reconstruir el templo caído, y la determinación de elegir la muerte antes que hacerlo, las alabo y honro grandemente, y las considero una acción digna de la corona del martirio; pues edificar un santuario en honor del fuego me parece equivalente a adorarlo.
    De este comienzo se levantó una tempestad que agitó olas feroces y crueles contra los hijos de la verdadera fe, y cuando habían pasado treinta años la agitación aún permanecía, mantenida por los magos, como el mar se mantiene en conmoción por las ráfagas de vientos furiosos. Magos es el nombre que los persas dan a los adoradores del sol y de la luna, pero yo he expuesto su fabuloso sistema en otro tratado y he aducido soluciones a sus dificultades.
    A la muerte de Isdigirdes, Vararanes, su hijo, heredó a la vez el reino y la guerra contra la fe, y al morir a su vez los dejó ambos juntos a su hijo. Relatar las diversas clases de tormentos y crueldades infligidos a los santos no es tarea fácil. En unos casos se despellejaban las manos, en otros la espalda; a otros se les arrancaba la piel de la cabeza desde la frente hasta la barba; a otros se los envolvía en cañas partidas, con la parte cortada vuelta hacia adentro, y se los rodeaba con vendas apretadas de la cabeza a los pies; luego cada una de las cañas era arrancada con fuerza y, al desgarrar las porciones adyacentes de la piel, causaba una agonía severa; se excavaban pozos y se untaban cuidadosamente con grasa, en los cuales se ponían cantidades de ratones; luego bajaban a los mártires, atados de pies y manos, para que no pudieran protegerse de los animales, como alimento de los ratones, y los ratones, bajo el apremio del hambre, poco a poco devoraban la carne de las víctimas, causándoles largo y terrible sufrimiento. Otros soportaron sufrimientos aún más terribles que estos, inventados por el enemigo de la humanidad y adversario de la verdad, pero el coraje de los mártires no se quebrantó, y se apresuraron sin ser llamados en su afán por ganar aquella muerte que introduce a los hombres en la vida indestructible.
    De entre ellos citaré a uno o dos para que sirvan de ejemplo del coraje de los demás. Entre los más nobles de los persas había uno llamado Hormisdas, de raza aqueménida e hijo de un prefecto. Al recibir información de que era cristiano, el rey lo mandó llamar y le ordenó abjurar de Dios su Salvador. Él respondió que las órdenes reales no eran ni justas ni razonables, «pues aquel», continuó, «a quien se enseña a no hallar dificultad en despreciar y negar al Dios de todo, más fácilmente despreciará acaso a un rey que es hombre de naturaleza mortal; y si, señor, quien niega vuestra soberanía merece el más severo castigo, ¿cuánto más terrible castigo no se debe a quien niega al Creador del mundo?» El rey debería haber admirado la sabiduría de lo dicho, pero, en lugar de ello, despojó al noble atleta de su riqueza y su rango, y le ordenó ir vestido con nada más que un paño de lomo y arrear los camellos del ejército. Después de pasar algunos días, al mirar desde su cámara, vio al excelente varón abrasado por los rayos del sol y cubierto de polvo, y se acordó del ilustre rango de su padre, lo mandó llamar y le dijo que se pusiera una túnica de lino. Luego, pensando que el trabajo sufrido y la bondad mostrada habían ablandado su corazón, «Ahora al menos», dijo, «cesa en tu oposición y niega al hijo del carpintero.» Lleno de santo celo, Hormisdas rasgó la túnica y la arrojó lejos diciendo: «Si piensas que esto hará que uno abandone la verdadera fe, quédate con tu regalo y con tu falsa creencia.» Cuando el rey vio cuán audaz era, lo expulsó desnudo del palacio.
    Un tal Suenes, que poseía mil esclavos, resistió al rey y se negó a negar a su Señor. El rey, por tanto, le preguntó cuál de sus esclavos era el más vil, y a este esclavo le entregó la propiedad de todos los demás y le dio a Suenes para que fuera su esclavo. También le dio en matrimonio a la esposa de Suenes, suponiendo que así podría doblegar la voluntad del campeón de la verdad. Pero se decepcionó, pues había edificado su casa sobre la roca.
    El rey también apresó y encarceló a un diácono de nombre Benjamín. Después de dos años llegó un enviado de Roma para tratar otros asuntos, quien, al ser informado de este encarcelamiento, pidió al rey que liberara al diácono. El rey ordenó a Benjamín que prometiera que no intentaría enseñar la religión cristiana a ninguno de los magos, y el enviado exhortó a Benjamín a obedecer, pero Benjamín, después de oír lo que el enviado tenía que decir, respondió: «Me es imposible no impartir la luz que he recibido; pues cuán grande castigo se debe por ocultar nuestro talento lo enseña la historia de los santos evangelios.» Hasta ese momento el rey no había sido informado de esta negativa y ordenó ponerlo en libertad. Benjamín continuó como solía, procurando captar a quienes estaban retenidos por la oscuridad de la ignorancia y llevarlos a la luz del conocimiento. Después de un año se informó al rey de su conducta, y fue llamado y se le ordenó negar a Aquel a quien adoraba. Él entonces preguntó al rey: «¿Qué castigo debería asignarse a quien abandonara su lealtad y prefiriera a otro?» «Muerte y tormento», dijo el rey. «¿Cómo entonces» continuó el sabio diácono «debe ser tratado quien abandona a su Hacedor y Creador, hace un dios de uno de sus consiervos y le ofrece el honor debido a su Señor?» Entonces el rey se movió a ira, e hizo afilar veinte cañas y clavarlas en las uñas de sus manos y de sus pies. Cuando vio que Benjamín tomaba este tormento por juego de niños, afiló otra caña y la clavó en su parte vergonzosa, y moviéndola arriba y abajo causó una agonía indecible. Después de este tormento, el impío y salvaje tirano ordenó empalarlo en un grueso bastón nudoso, y así el noble sufriente entregó el espíritu.
    Innumerables otros hechos semejantes de violencia fueron cometidos por estos hombres impíos, pero no debemos asombrarnos de que el Señor de todo soporte su salvajismo e impiedad, pues en verdad antes del reinado de Constantino el Grande todos los emperadores romanos descargaron su ira sobre los amigos de la verdad, y Diocleciano, en el día de la pasión del Salvador, destruyó las iglesias en todo el Imperio romano, pero después de transcurridos nueve años resurgieron en flor y hermosura muchas veces más grandes y más espléndidas que antes, y él y su iniquidad perecieron.
    Estas guerras y la victoria de la iglesia habían sido predichas por el Señor, y el suceso nos enseña que la guerra nos trae más bendición que la paz. La paz nos hace delicados, cómodos y cobardes. La guerra aguza nuestro coraje y nos hace despreciar este mundo presente como pasajero. Pero estas son observaciones que hemos hecho a menudo en otros escritos.

    Capítulo 39. De Teodoro, obispo de Mopsuestia

    V, 39

    Cuando el divino Teodoro regía la iglesia de Antioquía, Teodoro, obispo de Mopsuestia, doctor de toda la iglesia y combatiente victorioso contra toda falange herética, terminó esta vida. Había disfrutado de la enseñanza del gran Diodoro, y era amigo y colaborador del santo Juan, pues ambos juntos se beneficiaron de los sorbos espirituales dados por Diodoro. Treinta y seis años había pasado en su obispado, luchando contra las fuerzas de Arrio y Eunomio, combatiendo contra la banda pirática de Apolinario y hallando el mejor pasto para las ovejas de Dios. Su hermano Policronio fue el excelente obispo de Apamea, varón dotado de gran elocuencia y de carácter ilustre.
    Pondré ahora fin a mi historia, y rogaré a quienes se encuentren con ella que recompensen mi trabajo con sus oraciones. La narración abarca ahora un período de ciento cinco años, comenzando desde la locura arriana y terminando con la muerte de los admirables Teodoro y Teodoto. Daré una lista de los obispos de las grandes ciudades después de la persecución.
    Lista de los obispos de las grandes ciudades.
    De Roma:—
    • Miltíades [Melquíades. 311-314]
    • Silvestre [314-335]
    • Julio [337-352. Marcos, de enero a octubre, 336]
    • Liberio [352-366]
    • Dámaso [366-384]
    • Siricio [384-398]
    • Anastasio [398-401]
    • Inocencio [402-417]
    • Bonifacio [418-422]
    • Zósimo [417-418]
    • Celestino [422-432]
    De Antioquía:—
    • Vitalio (Ortodoxo) [312-318]
    • Filogonio (Ortodoxo) [318-323]
    • Eustacio (Ortodoxo) [325-328]
    • Eulalio (Arrianos) [328-330]
    • Eufronio (Arrianos) [330-332]
    • Plácido (Arrianos) [332-342]
    • Esteban (Arrianos) [342-348]
    • Leoncio (Arrianos) [348-357]
    • Eudoxio (Arrianos) [357-359]
    • Melecio (Ortodoxo) [360 (murió) 381]
    • Flaviano (Ortodoxo) [381-404]
    • Porfirio (Ortodoxo) [404-413]
    • Alejandro (Ortodoxo) [413-419]
    • Teodoto (Ortodoxo) [419-429]
    • Paulino III (Eustatianos) [362-388]
    • Evagrio (Eustatianos) [388-]
    De Alejandría:—
    • Pedro [301-312]
    • Aquilas [312-313]
    • Alejandro [313-326]
    • Atanasio [326-341]
    • Gregorio (Arriano) [341-347]
    • Atanasio [347-356]
    • Jorge (hereje) [356-362]
    • Atanasio [363-373]
    • Pedro (discípulo de Atanasio) [373-373]
    • Lucio (arriano) [373-377]
    • Pedro [377-378]
    • Timoteo [378-385]
    • Teófilo [385-412]
    • Cirilo [412-444]
    De Jerusalén:—
    • Macario [324-336]
    • Máximo [336-350]
    • Cirilo [350-388]
    • Juan [388-416]
    • Praylio [416-425]
    • Juvenal [425-458]
    De Constantinopla:
    • Alejandro [326-340]
    • Eusebio de Nicomedia (arriano) [340-342]
    • Pablo el Confesor [342-342]
    • Macedonio el enemigo del Espíritu Santo [342-360]
    • El impío Eudoxio [360-370]
    • Demófilo de Berea de Tracia (hereje) [370-]
    • Gregorio de Nacianzo [380-381]
    • Nectario [381-398]
    • Juan Crisóstomo [398-404]
    • Arsacio [404-406]
    • Ático [406-426]
    • Sisinio [426-428]
    Comentario editorial · Teodoro de Mopsuestia, elogiado y condenado
    Teodoreto cierra su historia con el elogio de Teodoro de Mopsuestia, «doctor de toda la iglesia», que murió siendo obispo (V, 39). Wikipedia fecha su episcopado en 392–428 y recuerda que el quinto concilio general (553), bajo Justiniano, lo condenó con sus defensores, lo que originó la controversia de los Tres Capítulos. Jackson relata que Gregorio Magno escribió que la sede apostólica rechazaba una historia que elogiaba a Teodoro, y la atribuye a un descuido por «Teodoreto». Lectura del editor: el elogio pone a la vista la distancia entre la época de Teodoreto y la de sus lectores posteriores.
    Comentario editorial · Las listas de obispos del final
    Teodoreto termina con «una lista de los obispos de las grandes ciudades después de la persecución»: Roma, Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla. Los años entre corchetes son de la edición inglesa. En la lista de Roma, Bonifacio aparece antes que Zósimo; Jackson anota que el orden aceptado es Inocencio I (402–417), Zósimo (417–418), Bonifacio I (418–422) y Celestino (422–432). La lista de Antioquía distingue las sucesiones de ortodoxos, arrianos y eustatianos, y la de Constantinopla llama a Eudoxio «el impío».
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que queda de Teodoreto

    Teodoreto no fue el único que continuó a Eusebio. Según Jackson, Valesio opinaba que las «cosas omitidas» de las que habla en el prólogo aludían a Sócrates y a Sozomeno; pero Teodoreto no nombra a ningún antecesor salvo Eusebio, y su mayor valor está en lo que su conocimiento local le permite contar con detalle, como todo lo relativo a Antioquía y a sus obispos. Jackson cita a Gibbon, que lo llama «el docto Teodoreto» frente a Sócrates y al «más curioso» Sozomeno, y reconoce su principal defecto: la cronología. Ceillier le imputa cinco errores, y Jackson discute cada uno: la muerte de Arrio, el destierro de Atanasio, la elección de Ambrosio, el orden de los disturbios de Antioquía y Tesalónica, y el asedio de Nísibe. Wikipedia añade que la obra es partidista: los bandos teológicos contrarios aparecen siempre en negativo, afectados por la «plaga arriana».
    La obra conserva, en cambio, documentos que de otro modo no tendríamos: sobre todo cartas de la controversia arriana (Wikipedia). Y su autor tuvo después una suerte peor que su libro: condenado sin ser oído en Éfeso (449), declarado ortodoxo en Calcedonia (451) y, más de un siglo después, alcanzado por la condena de sus escritos contra Cirilo en el segundo concilio de Constantinopla (553). Jackson cuenta que, según una carta de Gregorio Magno, la sede apostólica rechazaba una historia de «Sozomeno» por alabar a Teodoro de Mopsuestia, y que probablemente es un descuido por «Teodoreto».
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la Historia eclesiástica de Eusebio, que esta continúa; el panorama de el arrianismo y el Credo niceno-constantinopolitano; los textos de Atanasio que Teodoreto cita o resume, Sobre los concilios de Rímini y Seleucia y los escritos históricos, y el Sobre los concilios de Hilario; Juan Crisóstomo, a quien Teodoreto dedica los capítulos finales del libro V; y la penitencia de Teodosio ante Ambrosio.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos señalados están en el aviso del comienzo del libro I. El epub no trae las notas de Jackson: lo que aquí se dice de ellas procede de la edición de CCEL, y son juicios de 1892. Cuando las fuentes difieren, las notas dicen cuál afirma qué; esta edición no fija las fechas de los hechos que cuenta.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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