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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF41 minPosición: 0% de esta parteParte 10 de 11 · Capítulo 9Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

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    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 9, sumario
    El santo replica a quienes, a la manera judía, objetan contra el orden de las palabras: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,» con la respuesta de que también el Hijo es puesto muchas veces antes que el Padre; aunque primero señala que ya ha dado respuesta a esta objeción.

    V, 9, 115

    115. ¿Por qué los arrianos, a la manera judía, son intérpretes tan falsos y desvergonzados de las palabras divinas, llegando incluso a decir que uno es el poder del Padre, otro el del Hijo y otro el del Espíritu Santo, cuando está escrito: «Id, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»? ¿Y por qué hacen distinción del poder divino a causa del mero orden de las palabras?

    V, 9, 116

    116. Aunque ya he dado este mismo testimonio en favor de la unidad de majestad y de nombre en mis libros anteriores, si, con todo, lo convierten en materia de debate, puedo sostener, apoyado en el testimonio de las Escrituras, que en muchos lugares se nombra primero al Hijo, y que del Padre se habla después de Él. ¿Es, pues, un hecho que, porque el nombre del Hijo se pone primero —por el mero accidente de una palabra, como pretenden los arrianos—, el Padre queda segundo respecto del Hijo? ¡Dios me libre!, digo; ¡Dios me libre! La fe nada sabe de un orden semejante; nada sabe de un honor dividido entre el Padre y el Hijo. No he leído, ni oído, ni hallado grado alguno de diferencia en Dios. Jamás he leído de un segundo, jamás de un tercer Dios. He leído de un primer Dios, [] he oído de un Dios primero y único.

    V, 9, 117

    117. Si guardamos tan excesiva consideración al orden, entonces el Hijo no debería sentarse a la diestra del Padre, ni debería llamarse a Sí mismo el Primero y el Principio. El Evangelista se habría equivocado al empezar por el Verbo y no por Dios, cuando dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios.» [] Pues, según el orden de la costumbre humana, debería nombrar primero al Padre. También el Apóstol ignoraba ese orden, quien dice: «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser Apóstol, apartado para el Evangelio de Dios;» [] y en otro lugar: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo.» [] Si seguimos el orden de las palabras, ha puesto al Hijo primero y al Padre segundo. Pero el orden de las palabras se cambia a menudo; y por eso no debéis preguntar acerca del orden o del grado en el caso de Dios Padre y de su Hijo, porque no hay separación de la Unidad en la Divinidad.

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 10, sumario
    Los arrianos se ponen abiertamente del lado de los paganos al atacar las palabras: «El que cree en mí, no cree en mí,» etc. Se despliega el verdadero sentido del pasaje; y para impedir que creamos que el Señor nos prohibía tener fe en Él, se muestra cómo hablaba unas veces como Dios y otras como Hombre. Después de presentar ejemplos de los diversos efectos de esa fe, muestra que otros pasajes determinados también han de tomarse del mismo modo.

    V, 10, 118

    118. Por último, para demostrar que no son cristianos, niegan que debamos creer en Cristo, diciendo que está escrito: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me envió.» [] Estaba esperando esta confesión; ¿por qué me habéis engañado con vuestros sofismas? Sabía que tenía que contender con paganos. Más aún, ellos ciertamente se convierten, pero vosotros no. Si ellos creen, el sacramento [del Bautismo] está a salvo; vosotros lo habéis recibido y lo habéis destruido, o acaso nunca fue recibido, sino que fue irreal desde el principio.

    V, 10, 119

    119. Está escrito, dicen: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me envió.» Pero mirad lo que sigue, y ved cómo desea el Hijo de Dios ser visto; pues continúa: «Y el que me ve a mí, ve a Aquel que me envió,» [] porque el Padre es visto en el Hijo. Así, Él ha explicado lo que antes había dicho: que quien confiesa al Padre cree en el Hijo. Porque el que no conoce al Hijo, tampoco conoce al Padre. Pues todo aquel que niega al Hijo no tiene al Padre; pero el que confiesa al Hijo tiene tanto al Padre como al Hijo. []

    V, 10, 120

    120. ¿Qué significa, entonces, «No cree en mí»? Es decir, no en aquello que podéis percibir en forma corporal, ni meramente en el hombre a quien veis. Pues Él ha declarado que no hemos de creer meramente en un hombre, sino que creáis que Jesucristo mismo es Dios y Hombre a la vez. Por lo cual, por ambas razones dice: «No he venido de mí mismo;» [] y de nuevo: «Yo soy el principio, de lo cual también os hablo.» [] Como Hombre, no vino de sí mismo; como Hijo de Dios, no toma su principio de los hombres; sino que «Yo soy,» dice, «Yo mismo 'el principio del cual también os hablo'. Ni las palabras que hablo son humanas, sino divinas.»

    V, 10, 121

    121. Y no es lícito creer que Él negase que debiéramos creer en Él, puesto que Él mismo dijo: «Para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas;» [] y en otro lugar, de nuevo: «Pues esta es la voluntad de mi Padre que me envió: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna;» [] y de nuevo: «Creéis en Dios, creed también en mí.» []

    V, 10, 122

    122. Nadie, pues, reciba al Hijo sin el Padre, porque leemos del Hijo. El Hijo tiene al Padre, pero no en sentido temporal, ni por razón de su Pasión, ni a causa de su Concepción, ni por gracia. He leído acerca de su Generación; no he leído acerca de su Concepción. Y el Padre dice: «Yo te he engendrado;» no dice: «Yo te he creado.» Y el Hijo no llama Dios su Creador en la eternidad de su Generación divina, sino Padre.

    V, 10, 123

    123. Él se representa, además, unas veces en condición de hombre, otras en la majestad de Dios; unas veces reclamando para sí la unidad de Divinidad con el Padre, otras asumiendo toda la fragilidad de la carne humana; unas veces diciendo que no tiene doctrina propia, y otras que no busca su propia voluntad; unas veces señalando que su testimonio no es verdadero, y otras que es verdadero. Porque Él mismo ha dicho: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.» [] Más tarde dice: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero.» []

    V, 10, 124

    124. ¿Y cómo es que no es verdadero vuestro testimonio, Señor Jesús? ¿Acaso aquel que creyó en él, aun estando colgado en la cruz y pagando la pena del delito que confesaba, no desechó lo que merecía el ladrón y alcanzó la recompensa del inocente? []

    V, 10, 125

    125. ¿Fue engañado Pablo, que recibió la vista porque creyó; [] la vista que había perdido antes de creer?

    V, 10, 126

    126. ¿Y erró Josué, hijo de Nun, al reconocer al jefe del ejército celestial? [] Pero, después de creer, venció inmediatamente, siendo hallado digno de triunfar en el combate de la fe. Además, no sacó sus huestes armadas a la lucha, ni derribó las murallas enemigas con arietes u otras máquinas de guerra, sino con el sonido de las siete trompetas de los sacerdotes. Así, el clamor de la trompeta y la insignia del sacerdote pusieron fin a una guerra cruel.

    V, 10, 127

    127. Una ramera vio esto; y ella, que en la destrucción de la ciudad había perdido toda esperanza de salvación, porque su fe la había hecho vencedora, ató un cordón escarlata en su ventana, y así levantó una señal de su fe y el estandarte de la Pasión del Señor; [] de modo que la imagen de la sangre mística, que había de redimir al mundo, quedara en memoria. Así, fuera, el nombre de Josué era señal de victoria para los que luchaban; dentro, la imagen de la Pasión del Señor era señal de salvación para los que estaban en peligro. Por lo cual, porque Rahab comprendió el misterio celestial, dice el Señor en el Salmo: «Me acordaré de Rahab y de Babilonia que me conocen.»

    V, 10, 128

    128. ¿Cómo, pues, no es verdadero vuestro testimonio, oh Señor, sino en cuanto se da conforme a la fragilidad del hombre? Porque «todo hombre es mentiroso.»

    V, 10, 129

    129. Finalmente, para probar que hablaba como hombre, dice: «El Padre que me envió, Él da testimonio de mí.» [] Pero su testimonio como Dios es verdadero, como Él mismo dice: «Mi testimonio es verdadero: porque sé de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne.» [] Juzgan, pues, no según la Divinidad, sino según la humanidad, quienes piensan que Cristo no tenía poder para dar testimonio.

    V, 10, 130

    130. Por tanto, cuando oís: «El que cree, no cree en mí;» o: «El Padre que me envió, Él me dio un mandamiento;» [] ya habéis aprendido adónde debéis referir esas palabras. Finalmente, Él muestra cuál es el mandamiento, diciendo: «Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo.» [] Veis, pues, lo que se dice para mostrar que Él tenía pleno poder de poner o de tomar de nuevo su vida; como también dijo: «Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento he recibido de mi Padre.» []

    V, 10, 131

    131. Así pues, ya se diera un mandato o, como tienen algunos manuscritos latinos, una orden, ciertamente no se le dio a Él en cuanto Dios, sino en cuanto hombre encarnado, en orden a la victoria que había de alcanzar al sufrir su Pasión.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 11, sumario
    Debemos referir el hecho de que se diga que Cristo no habla nada de Sí mismo a su naturaleza humana. Después de explicar cómo es recto decir que Él oye y ve al Padre como Dios, demuestra concluyentemente, con gran número de pruebas, que el Hijo de Dios no es una criatura.

    V, 11, 132

    132. ¿Hemos, en verdad, de rebajar al Hijo de Dios a tan baja condición que no sepa cómo obrar o hablar, sino conforme oye, y habremos de suponer que se le asigna una medida fija de acción o de palabra, porque está escrito: «No hablo por Mí mismo» y, más adelante: «Como el Padre me ha dicho, así hablo»? [] Pero aquellas palabras se refieren a la obediencia de la carne, o bien a la fe en la Unidad. Pues muchos varones doctos admiten que el Hijo oye, y que el Padre habla al Hijo por la unidad de su Naturaleza; porque aquello que el Hijo, por la unidad de su voluntad, sabe que el Padre quiere, parece haberlo oído.

    V, 11, 133

    133. Con lo cual no se significa un deber personal, sino una sentencia indivisible de cooperación. Pues esto no significa ninguna audición real de palabras, sino la unidad de voluntad y de poder que existe tanto en el Padre como en el Hijo. Ha declarado que esto existe también en el Espíritu Santo, en otro lugar, diciendo, «Porque no hablará de Sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere» [] para que aprendamos que todo lo que el Espíritu dice, lo dice también el Hijo; y todo lo que el Hijo dice, lo dice también el Padre; porque hay una sola mente y un solo modo de obrar en la Trinidad. Pues, así como el Padre es visto en el Hijo, no ciertamente en apariencia corporal, sino en la unidad de la Deidad, así también el Padre habla en el Hijo, no con voz terrena, no con sonido humano, sino en la unidad de su obra. Así, cuando hubo dicho: «El Padre que mora en Mí, Él habla; y las obras que Yo hago, Él las hace;» [] añadió: «Creedme que Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí; o si no, creedme por las mismas obras.» []

    V, 11, 134

    134. Esto es lo que entendemos según todo el curso de las santas Escrituras; mas los arrianos, que no quieren pensar de Dios lo que es recto, pueden ser reducidos al silencio con un ejemplo precisamente adecuado a sus merecimientos; para que no crean todo de modo carnal, ya que ellos mismos no ven con ojos corporales las obras de su padre el diablo. Así el Señor ha declarado de los judíos, compañeros suyos, diciendo: «Vosotros hacéis lo que habéis visto hacer a vuestro padre;» [] aunque son reprendidos no porque vieron la obra del diablo, sino porque hicieron su voluntad, pues el diablo, invisible, obra el pecado en ellos conforme a su propia maldad. Hemos escrito esto, como hizo el Apóstol, a causa de la necedad de estos traidores. []

    V, 11, 135

    135. Pero hemos probado suficientemente con ejemplos de la Escritura que es propiedad de la unidad de la divina majestad que el Padre permanezca en el Hijo, y que el Hijo parezca haber oído del Padre aquellas cosas que habla. ¿De qué otro modo podemos entender la unidad de majestad sino por el conocimiento de que se tributa la misma reverencia al Padre y al Hijo? Pues ¿qué puede decirse mejor que aquello del Apóstol: que el Señor de gloria fue crucificado? []

    V, 11, 136

    136. El Hijo, pues, es el Dios de gloria y el Señor de gloria; mas la gloria no está sujeta a las criaturas; por tanto, el Hijo no es una criatura.

    V, 11, 137

    137. El Hijo es la Imagen de la sustancia del Padre; [] pero toda criatura es desemejante de aquella divina Sustancia; mas el Hijo del Padre no es desemejante de Dios; por tanto, el Hijo no es una criatura.

    V, 11, 138

    138. El Hijo no tuvo por usurpación el ser igual a Dios; [] pero ninguna criatura es igual a Dios; mas el Hijo es igual; por tanto, el Hijo no es una criatura.

    V, 11, 139

    139. Toda criatura es mudable; mas el Hijo de Dios no es mudable; por tanto, el Hijo de Dios no es una criatura.

    V, 11, 140

    140. Toda criatura se encuentra con acontecimientos fortuitos de bien y de mal según las facultades de su naturaleza, y siente también su desaparición; pero nada puede quitar ni añadir al Hijo de Dios en su Deidad; por tanto, el Hijo de Dios no es una criatura.

    V, 11, 141

    141. Dios traerá toda obra a juicio; [] mas el Hijo de Dios no es traído a juicio; porque Él mismo juzga; por tanto, el Hijo de Dios no es una criatura.

    V, 11, 142

    142. Finalmente, para que comprendas la unidad, el Salvador, hablando de sus ovejas, dice: «Nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.» []

    V, 11, 143

    143. Así el Hijo da vida como la da el Padre. «Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.» [] Así el Hijo resucita como resucita el Padre; así también el Hijo conserva como conserva el Padre. Quien no es desigual en gracia, ¿cómo es desigual en poder? Así también el Hijo no destruye, como tampoco el Padre. Por tanto, para que nadie creyera que hay dos dioses, o imaginara diversidad de poder, dijo que Él era uno con su Padre. ¿Cómo puede decir eso una criatura? Por tanto, el Hijo de Dios no es una criatura.

    V, 11, 144

    144. No es lo mismo reinar que servir; pero Cristo es a la vez Rey e Hijo de Rey. Por tanto, el Hijo de Dios no es siervo. Sin embargo, toda criatura presta servicio. Mas el Hijo de Dios, que hace que los siervos lleguen a ser hijos de Dios, no presta servicio. Por tanto, el Hijo de Dios no es siervo.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 12, sumario
    Confirma lo ya dicho con la parábola del hombre rico que se fue a una tierra lejana para recibir para sí un reino; y muestra que, cuando el Hijo entregue el reino al Padre, no debemos considerar de modo despectivo el hecho de que se diga que el Padre pone todas las cosas en sujeción debajo de Él. Aquí nosotros somos el reino de Cristo, y estamos en el reino de Cristo. Después estaremos en el reino de Dios, donde la Trinidad reinará junta.

    V, 12, 145

    145. De manera divina ha presentado aquella parábola del hombre rico, que se fue a un país lejano para recibir un reino y volver, [] describiéndose así a Sí mismo en la sustancia de la Deidad, y en su Humanidad. Pues Él, siendo rico en la plenitud de su Divinidad, fue hecho pobre por nosotros, siendo rico y Rey eterno, e Hijo de Rey eterno; Él, digo, se fue a un país extranjero al asumir un cuerpo, pues entró en los caminos de los hombres como en un viaje extraño, y vino a este mundo para prepararse un reino de entre nosotros.

    V, 12, 146

    146. Jesús, pues, vino a esta tierra para recibir para sí un reino de nosotros, a quienes dice: «El reino de Dios está dentro de vosotros.» [] Este es el reino que Cristo ha recibido, este el reino que ha entregado al Padre. Pues ¿cómo recibió para sí un reino quien era Rey eterno? «El Hijo del Hombre vino, pues, a recibir un reino y a volver.» Los judíos no quisieron reconocerle, de los cuales dice: «A aquellos que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí.» []

    V, 12, 147

    147. Sigamos el curso de las Escrituras. Aquel que vino entregará el reino a Dios Padre; y cuando haya entregado el reino, entonces también Él se sujetará a Aquel que puso todas las cosas en sujeción debajo de Él, para que Dios sea todo en todos. [] Si el Hijo de Dios ha recibido el reino como Hijo del Hombre, ciertamente como Hijo del Hombre entregará también lo que ha recibido. Si lo entrega como Hijo del Hombre, como Hijo del Hombre confiesa su sujeción ciertamente bajo las condiciones de la carne, y no en la majestad de su Deidad.

    V, 12, 148

    148. ¿Y pones objeciones y lo desprecias, porque Dios ha puesto todas las cosas en sujeción debajo de Él, cuando oyes que el Hijo del Hombre entrega el reino a Dios, y has leído, como dijimos en nuestros libros anteriores: «Nadie puede venir a Mí, si el Padre no le trae; y yo le resucitaré en el último día»? [] Si lo seguimos literalmente, mira y advierte más bien la unidad de honor que cada uno tributa al otro: El Padre ha puesto todas las cosas en sujeción debajo del Hijo, y el Hijo entrega el reino al Padre. Di ahora cuál es mayor: ¿entregar, o resucitar a la vida? ¿No hablamos, a la manera humana, del servicio de entregar, y del poder de resucitar a la vida? Pero tanto el Hijo entrega al Padre, como también el Padre al Hijo. El Hijo resucita a la vida, y el Padre también resucita a la vida. Inventen ellos la ficción de una división blasfema donde hay unidad de poder.

    V, 12, 149

    149. Entregue, pues, el Hijo su reino al Padre. El reino que entrega no lo pierde Cristo, sino que crece. Nosotros somos el reino, porque se nos dijo: «El reino de Dios está dentro de vosotros.» [] Y nosotros somos el reino, primero de Cristo, después del Padre; como está escrito: «Nadie viene al Padre sino por Mí.» [] Cuando estoy en el camino, soy de Cristo; cuando he pasado adelante, soy del Padre; pero en todas partes por Cristo, y en todas partes bajo Él.

    V, 12, 150

    150. Es bueno estar en el reino de Cristo, para que Cristo esté con nosotros; como Él mismo dice: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» [] Pero es mejor estar con Cristo: «Porque partir y estar con Cristo es muchísimo mejor.» [] Aunque estamos bajo pecado en este mundo, Cristo está con nosotros, para que «por la obediencia de uno solo muchos sean hechos justos.» [] Y si escapo del pecado de este mundo, comenzaré a estar con Cristo. Y así dice: «Vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo;» [] y más adelante: «Quiero que donde yo esté, estéis también vosotros conmigo.» []

    V, 12, 151

    151. Por tanto, ahora estamos bajo el dominio de Cristo, mientras estamos en el cuerpo, y aún no despojados de la forma de siervo, que Él se puso cuando «se anonadó a Sí mismo.» Mas cuando veamos su gloria, la que tenía antes que el mundo existiera, estaremos en el reino de Dios, en el cual están los patriarcas y profetas, de quienes está escrito: «Cuando veáis a Abraham, a Isaac y a Jacob, y a todos los profetas, en el reino de Dios;» [] y así adquiriremos un conocimiento más profundo de Dios.

    V, 12, 152

    152. Pero en el reino del Hijo reina también el Padre; y en el reino del Padre reina también el Hijo: porque el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre; y en quienquiera que habita el Hijo, en él habita también el Padre; y en quienquiera que habita el Padre, en él habita también el Hijo, como está escrito: «Yo y mi Padre vendremos a él, y haremos morada en él.» [] Así como hay una sola morada, así también hay un solo reino. Y en verdad, de tal modo es uno el reino del Padre y del Hijo, que el Padre recibe lo que el Hijo entrega, y el Hijo no pierde lo que el Padre recibe. Así, en el único reino hay unidad de poder. Nadie, por tanto, divida la Deidad entre el Padre y el Hijo.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 13, sumario
    Con el deseo de aprender qué significa la sujeción a Cristo, después de proponer y rechazar diversas ideas de sujeción, recorre las palabras del Apóstol; y así pone fin a las opiniones blasfemas de los herejes sobre esta materia. La sujeción, que se muestra futura, no puede referirse a la Deidad, pues siempre ha habido la mayor armonía de voluntades entre el Padre y el Hijo. También a ese mismo Hijo en su Deidad todas las cosas han sido ciertamente sujetadas; pero se dice que aún no le están sujetas en este sentido, porque no todos los hombres obedecen sus mandatos. Mas después que hayan sido sujetados, entonces también Cristo será sujetado en ellos, y la obra del Padre será perfeccionada.

    V, 13, 153

    153. Pero si el único nombre y derecho de Dios pertenecen tanto al Padre como al Hijo, puesto que el Hijo de Dios es también verdadero Dios y Rey eterno, el Hijo de Dios no es sujetado en su Deidad. Pensemos, pues, Emperador Augusto, cómo debemos considerar su sujeción.

    V, 13, 154

    154. ¿Cómo es sujetado el Hijo de Dios? ¿Como la criatura a la vanidad? Mas es blasfemo tener semejante idea de la Sustancia de la Deidad.

    V, 13, 155

    155. ¿O como toda criatura lo está al Hijo de Dios, pues rectamente está escrito: «Todas las cosas pusiste en sujeción debajo de sus pies»? Pero Cristo no es sujetado a Sí mismo.

    V, 13, 156

    156. ¿O como la mujer al varón, según leemos: «Las casadas estén sujetas a sus maridos;» [] y de nuevo: «La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción»? [] Pero es impío comparar a un varón con el Padre, o a una mujer con el Hijo de Dios.

    V, 13, 157

    157. ¿O como dijo Pedro: «Sujetaos a toda criatura humana»? [] Pero ciertamente Cristo no estuvo así sujeto.

    V, 13, 158

    158. ¿O como escribió Pablo: «Sujetaos mutuamente a Dios y al Padre en el temor de Cristo»? [] Pero Cristo no estaba sujeto ni en su propio temor, ni en el temor de otro Cristo. Porque Cristo es uno solo. Mas advierte la fuerza de estas palabras: que nosotros estamos sujetos al Padre, mientras también tememos a Cristo.

    V, 13, 159

    159. ¿Cómo, pues, entendemos su sujeción? ¿Repasaremos todo el capítulo que escribió el Apóstol, para no dar apariencia de haber ocultado falsamente algo, o de haber debilitado su fuerza con intención de engañar? «Si solamente en esta vida,» dice, «tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres. Mas si Cristo resucitó de entre los muertos, Él es las primicias de los que duermen.» [] Ya ves cómo trata la cuestión de la Resurrección de Cristo.

    V, 13, 160

    160. «Porque por cuanto la muerte vino por un hombre,» dice, «también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después los que son de Cristo, los que creyeron en su venida. Luego viene el fin, cuando entregue el reino a Dios Padre, cuando haya destruido todo principado y toda autoridad y poder. Porque es necesario que Él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte; porque Él ha puesto todas las cosas debajo de sus pies. Pero cuando dice: todas las cosas están sujetas a Él, es manifiesto que se exceptúa Aquel que puso todas las cosas debajo de Él. Mas cuando todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará a Aquel que puso todas las cosas debajo de Él, para que Dios sea todo en todos.» [] Así también el mismo Apóstol dijo a los Hebreos: «Pero ahora no vemos todavía todas las cosas sujetas a Él.» [] Hemos oído todo el discurso del Apóstol.

    V, 13, 161

    161. ¿Cómo, pues, hablamos de su sujeción? Los sabelianos y marcionitas dicen que esta sujeción de Cristo a Dios Padre será de tal modo que el Hijo será reabsorbido en el Padre. Si, pues, la sujeción del Verbo significa que Dios el Verbo ha de ser absorbido en el Padre, entonces todo lo que es sujetado al Padre y al Hijo será absorbido en el Padre y en el Hijo, para que Dios sea todo en todas sus criaturas. Pero es necio decirlo. No hay, por tanto, sujeción por reabsorción. Porque hay otras cosas que son sujetadas, es decir, las que son creadas, y hay Otro, a Quien se hace esa sujeción. Callen los expositores de una cruel reabsorción.

    V, 13, 162

    Ojalá también ellos guardaran silencio, los que, como no pueden probar que la Palabra de Dios y la Sabiduría de Dios pueden ser reabsorbidas, atribuyen la debilidad de la sujeción a su Deidad, diciendo que está escrito: «Pero cuando todas las cosas le estén sometidas, entonces también el Hijo mismo se someterá a Él.» []

    V, 13, 163

    Vemos, pues, que la Escritura afirma que todavía no ha sido sometido, sino que esto ha de venir; por tanto, ahora el Hijo no está sometido a Dios Padre. ¿En qué, entonces, decís que el Hijo será sometido? Si en su Deidad, Él no es desobediente, pues no está en desacuerdo con el Padre; ni es sometido, porque no es un siervo, sino el único Hijo de su propio Padre. Finalmente, cuando creó el cielo y formó la tierra, ejerció a la vez poder y amor. No hay, pues, sujeción como la de un siervo en la Deidad de Cristo. Pero si no hay sujeción, entonces la voluntad es libre.

    V, 13, 164

    Pero si piensan que esto es la sujeción del Hijo, a saber, que el Padre hace todas las cosas en unión con su voluntad, aprendan que esto es realmente una prueba de poder inseparable. Porque la unidad de su voluntad es una que no comenzó en el tiempo, sino que existió siempre. Pero donde hay una unidad constante de voluntad, no puede haber debilidad de sujeción temporal. Porque si fuera sometido por su naturaleza, permanecería siempre en sujeción; pero puesto que se dice que es sometido en el tiempo, esa sujeción debe ser parte de un oficio asumido y no de una debilidad eterna: especialmente porque el Poder eterno de Dios no puede cambiar su estado por un tiempo, ni el derecho de regir puede corresponder al Padre en el tiempo. Porque si el Hijo alguna vez ha de ser cambiado de tal manera que sea sometido en su Deidad, entonces también Dios Padre, si alguna vez ha de ganar más poder, y tener al Hijo en sujeción a Sí mismo en su Deidad, debe ser considerado ahora, entretanto, inferior según vuestra explicación.

    V, 13, 165

    ¿Pero qué culpa ha cometido el Hijo, para que creamos que en el futuro podría ser sometido en su Deidad? ¿Acaso, como hombre, se ha arrebatado para Sí el derecho de sentarse a la diestra de su Padre, o ha reclamado para Sí la prerrogativa del trono de su Padre, contra la voluntad de su Padre? Pero Él mismo dice: «Porque yo hago siempre lo que le agrada.» [] Por tanto, si el Hijo agrada al Padre en todas las cosas, ¿por qué habría de ser sometido Aquel que antes no fue sometido?

    V, 13, 166

    Veamos, pues, que no haya una sujeción de la Deidad, sino más bien de nosotros en el temor de Cristo; una verdad tan llena de gracia y tan llena de misterio. Por lo cual, de nuevo, sopesemos las palabras del Apóstol: «Pero cuando todas las cosas le hayan sido sometidas, entonces también el Hijo mismo se someterá a Aquel que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.» ¿Qué decís, pues? ¿No están ahora todas las cosas sometidas a Él? ¿No están sometidos los coros de los santos? ¿No lo están los ángeles, que le servían cuando estaba en la tierra? [] ¿No lo están los arcángeles que fueron enviados a María para anunciar la venida del Señor? ¿No lo están todos los ejércitos celestiales? ¿No lo están los querubines y serafines, los tronos y dominaciones y potestades que le adoran y alaban?

    V, 13, 167

    ¿Cómo, pues, serán sometidos? De la manera que el Señor mismo ha dicho: «Llevad mi yugo sobre vosotros.» [] No son los feroces los que llevan el yugo, sino los humildes y mansos. Claramente ésta no es una sujeción vil para los hombres, sino una gloriosa: «para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en el cielo y de los que están debajo; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.» [] Pero por esta razón no todas las cosas fueron hechas sujetas antes, porque todavía no habían recibido la sabiduría de Dios, ni aún llevaban el yugo suave del Verbo sobre el cuello, por así decirlo, de su mente. «Pero a todos los que le recibieron,» como está escrito, «les dio poder de llegar a ser hijos de Dios.» []

    V, 13, 168

    ¿Dirá alguien que Cristo ha sido ahora sometido, porque muchos han creído? Ciertamente no. Porque la sujeción de Cristo no está en unos pocos, sino en todos. Pues así como no parezco ser sometido, si la carne en mí todavía codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, [] aunque en parte estoy dominado; así, porque toda la Iglesia es el único cuerpo de Cristo, dividimos a Cristo mientras la raza humana esté en desacuerdo. Por tanto, Cristo aún no ha sido sometido, porque sus miembros todavía no han sido sometidos. Pero cuando hayamos llegado a ser, no muchos miembros, sino un solo espíritu, entonces también Él llegará a ser sometido, para que mediante su sujeción «Dios sea todo y en todos.»

    V, 13, 169

    Pero así como Cristo aún no ha sido sometido, así tampoco la obra de Dios está aún perfeccionada; porque el Hijo de Dios dijo: «Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre que me envió, y acabar su obra.» [] ¿Qué clase de duda hay de que la sujeción del Hijo en mí está todavía en el futuro, en quien la obra del Padre está incompleta, porque yo mismo aún no soy perfecto? Yo, que hago que la obra de Dios esté incompleta, ¿hago que el Hijo de Dios esté en sujeción? Pero eso no es cuestión de injusticia, sino cuestión de gracia. Porque en la medida en que somos sometidos, es para nuestro provecho, no para el de la Deidad, que somos sometidos a la ley, que somos sometidos a la gracia. Porque antes, como el Apóstol mismo ha dicho, la sabiduría de la carne estaba enemistada con Dios, pues «no estaba sometida a la ley,» [] pero ahora está sometida mediante la Pasión de Cristo.

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 14, sumario
    Continúa la discusión de la dificultad en la que ha entrado, y enseña que Cristo no está sujeto sino sólo según la carne. Cristo, sin embargo, mientras está en sujeción en la Carne, dio aún pruebas de su Deidad. Combate la idea de que Cristo sea hecho sujeto en Esto. La humanidad, en efecto, que Él adoptó, ha sido hasta ahora sometida en nosotros, así como la nuestra ha sido elevada en esa misma humanidad suya. Por último, se nos enseña cuándo tendrá lugar esa misma sujeción de Cristo.

    V, 14, 170

    Sin embargo, para que nadie pueda objetar, ved qué cuidado pone la Escritura bajo inspiración divina. Pues nos muestra en qué Cristo es sometido a Dios, mientras también nos enseña en qué hizo Él que el universo se sometiera a Sí mismo. Y así dice: «Ahora aún no vemos todas las cosas puestas bajo Él.» [] Porque vemos a Jesús hecho un poco menor que los ángeles a causa del padecimiento de la muerte. [] Muestra, por tanto, que fue hecho menor al tomar sobre Sí nuestra carne. ¿Qué impide, pues, que muestre abiertamente su sujeción al tomar sobre Sí nuestra carne, mediante la cual somete todas las cosas a Sí mismo, mientras Él mismo es sometido en ella a Dios Padre?

    V, 14, 171

    Pensemos, pues, en su sujeción. «Padre,» dice, «si quieres, aparta de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» [] Por tanto, esa sujeción será según la asunción de la naturaleza humana; como leemos: «Hallado en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte.» [] La sujeción, por tanto, es la de la obediencia; la obediencia es la de la muerte; la muerte es la de la humanidad asumida; esa sujeción, por tanto, será la sujeción de la humanidad asumida. Así, de ninguna manera hay debilidad en la Deidad, sino que hay tal cumplimiento de deber piadoso como éste.

    V, 14, 172

    Ved cómo no temo sus intenciones. Alegan que Él debe estar sujeto a Dios Padre; yo digo que estuvo sujeto a María, su Madre. Porque está escrito de José y María: «Estaba sujeto a ellos.» [] Pero si así piensan, que digan cómo la Deidad fue sometida a los hombres.

    V, 14, 173

    Que el hecho de que se diga que ha sido sometido no obre contra Él, Quien no recibe perjuicio del hecho de que sea llamado siervo, o de que se diga que fue crucificado, o de que se hable de Él como muerto. Porque cuando murió, vivía; cuando fue sometido, reinaba; cuando fue sepultado, revivió. Se ofreció en sujeción al poder humano, y sin embargo en otro tiempo declaró que era el Señor de la gloria eterna. Estuvo ante el juez, y sin embargo reclamó para Sí un trono a la diestra de Dios, como Juez para siempre. Porque así está escrito: «De aquí en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.» [] Fue azotado por los judíos, y mandó a los ángeles; nació de María bajo la ley; [] fue antes de Abraham, por encima de la ley. En la cruz fue reverenciado por la naturaleza; el sol huyó; la tierra tembló; los ángeles callaron. ¿Podrían los elementos ver la Generación de Aquel cuya Pasión temían ver? ¿Y sostendrán la sujeción de una Naturaleza adorable en Aquel, en Quien no pudieron soportar la sujeción del cuerpo?

    V, 14, 174

    Pero puesto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una sola Naturaleza, ciertamente el Padre no estará en sujeción a Sí mismo. Y por tanto, el Hijo no estará en sujeción en aquello en lo que es uno con el Padre; no sea que parezca que, mediante la unidad de la Deidad, el Padre también está en sujeción al Hijo. Por tanto, así como sobre aquella cruz no fue la plenitud de la Divinidad, sino nuestra debilidad, lo que fue sometido, así también el Hijo en el futuro llegará a estar sujeto al Padre en la participación de nuestra naturaleza, a fin de que, cuando las concupiscencias de la carne sean sometidas, el corazón no tenga cuidado por las riquezas, ni por la ambición, ni por los placeres; sino que Dios sea todo para nosotros, si vivimos según su imagen y semejanza, en la medida en que podamos alcanzarlo, a través de todo.

    V, 14, 175

    El beneficio ha pasado, pues, del individuo a la comunidad; porque en su carne ha domado la naturaleza de toda carne humana. Así, según el Apóstol: «Así como hemos llevado la imagen del terrestre, así también llevaremos la imagen del celestial.» [] Esto ciertamente no puede suceder sino en el hombre interior. Por tanto, «dejando a un lado todas estas cosas,» esto es, las que leemos: «ira, malicia, blasfemia, palabras deshonestas;» [] como también dice más abajo: «Despojémonos del hombre viejo con sus obras, y vistámonos del nuevo, el cual se renueva en conocimiento según la imagen de Aquel que lo creó.» []

    V, 14, 176

    Y para que sepáis que cuando dice: «Para que Dios sea todo en todos,» no separa a Cristo de Dios Padre, dice también a los Colosenses: «Donde no hay hombre ni mujer, judío ni griego, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es todo y en todos.» [] Así también, al decir a los Corintios: «Para que Dios sea todo y en todos,» comprendió en ello la unidad e igualdad de Cristo con Dios Padre, porque el Hijo no está separado del Padre. Y de la misma manera que el Padre obra todo y en todos, así también Cristo obra todo en todos. Si, pues, Cristo también obra todo en todos, no es sometido en la gloria de la Deidad, sino en nosotros. Pero ¿cómo es sometido en nosotros, sino de la manera en que fue hecho menor que los ángeles, quiero decir en el sacramento de su cuerpo? Porque todas las cosas que servían a su Creador desde su primer comienzo parecían todavía no haber sido sometidas a Él en ello.

    V, 14, 177

    Pero si preguntáis cómo fue sometido en nosotros, Él mismo nos lo muestra, diciendo: «Estuve en la cárcel, y vinisteis a Mí; estuve enfermo, y me visitasteis: En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis.» [] Lo oís descrito como enfermo y débil, y no os conmovéis. Lo oís en sujeción, y os conmovéis, aunque Él está enfermo y débil en aquel en quien está en sujeción, en quien fue hecho pecado y maldición por nosotros.

    V, 14, 178

    Así, pues, como Él fue hecho pecado y maldición no por su propia cuenta, sino por la nuestra, así llegó a ser sujeto en nosotros no por su propio bien, sino por el nuestro, no estando en sujeción en su Naturaleza eterna, ni maldecido en su Naturaleza eterna. «Porque maldito es todo aquel que cuelga de un madero.» [] Maldito fue, porque llevó nuestras maldiciones; en sujeción, también, porque tomó sobre Sí nuestra sujeción, pero en la asunción de la forma de siervo, no en la gloria de Dios; de modo que, mientras Él se hace partícipe de nuestra debilidad en la carne, nos hace partícipes de la Naturaleza divina en su poder. Pero ni en una ni en otra tenemos comunión natural alguna con la Generación celestial de Cristo, ni hay sujeción alguna de la Deidad en Cristo. Pero como el Apóstol ha dicho que en Él, mediante aquella carne que es la prenda de nuestra salvación, nos sentamos en los lugares celestiales, [] aunque ciertamente no nos sentamos nosotros mismos, así también se dice que Él está sujeto en nosotros mediante la asunción de nuestra naturaleza.

    V, 14, 179

    Pues ¿quién está tan loco como para pensar, como ya hemos dicho, que se le debe un asiento de honor a la diestra de Dios Padre, cuando eso es concedido a Cristo según la carne por el Padre de su Generación, incluso un asiento de un poder celestial e igual? Los ángeles adoran, ¿y tú intentas derribar el trono de Dios con presunción impía?

    V, 14, 180

    Está escrito, decís, que «cuando estábamos muertos en pecados, Él nos dio vida en Cristo, por cuya gracia sois salvos, y nos resucitó juntamente, y nos hizo sentar juntamente en los lugares celestiales en Cristo Jesús.» [] Reconozco que así está escrito; pero no está escrito que Dios permita a los hombres sentarse a su diestra, sino sólo sentarse allí en la Persona de Cristo. Porque Él es el fundamento de todo, y es la cabeza de la Iglesia, [] en Quien nuestra común naturaleza según la carne ha merecido el derecho al trono celestial. Porque la carne es honrada por tener parte en Cristo, Quien es Dios, y la naturaleza de todo el género humano es honrada por tener parte en la carne.

    V, 14, 181

    Así como, pues, nos sentamos en Él por comunión en nuestra naturaleza carnal, así también Él, Quien mediante la asunción de nuestra carne fue hecho maldición por nosotros (puesto que una maldición no podía caer sobre el bendito Hijo de Dios), así, digo, Él mediante la obediencia de todos llegará a ser sujeto en nosotros; cuando el gentil haya creído, y el judío haya reconocido a Aquel a quien crucificó; cuando el maniqueo haya adorado a Aquel a Quien no ha creído que haya venido en carne; cuando el arriano haya confesado que es Todopoderoso Aquel a Quien ha negado; cuando, por último, la sabiduría de Dios, su justicia, paz, amor, resurrección, esté en todos. Mediante sus propias obras y mediante las múltiples formas de virtudes, Cristo estará en nosotros en sujeción al Padre. Y cuando, renunciado el vicio y acabado el crimen, un solo espíritu en el corazón de todos los pueblos haya comenzado a adherirse a Dios en todas las cosas, entonces será Dios todo y en todos. []

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 15, sumario
    Retoma brevemente de nuevo los mismos puntos de disputa, y concluye sagazmente, a partir de la unidad del poder divino en el Padre y el Hijo, que todo lo que se dice de la sujeción del Hijo ha de referirse únicamente a su humanidad. Confirma además esto con la prueba del amor, que existe igualmente en uno y otro.

    V, 15, 182

    182. Resumamos, pues, brevemente nuestra conclusión sobre toda la cuestión. La unidad de poder descarta toda idea de una sujeción degradante. Su entrega del poder y su victoria como vencedor sobre la muerte no han disminuido su poder. La obediencia produce sujeción. Cristo tomó sobre sí la obediencia, obediencia hasta tomar nuestra carne, la cruz hasta alcanzar nuestra salvación. Así, donde está la obra, allí está también el Autor de la obra. Por tanto, cuando todas las cosas hayan sido sujetadas a Cristo, por la obediencia de Cristo, de modo que todos doblen la rodilla en su nombre, entonces Él mismo será todo en todos. Porque ahora, como no todos creen, no todos parecen estar en sujeción. Mas cuando todos hayan creído y cumplido la voluntad de Dios, entonces Cristo será todo y en todos. Y cuando Cristo sea todo en todos, entonces Dios será todo en todos; porque el Padre permanece siempre en el Hijo. ¿Cómo, pues, se muestra débil Aquel que redimió a los débiles?

    V, 15, 183

    183. Y para que no atribuyáis acaso a la debilidad del Hijo el que esté escrito que Dios ha puesto todas las cosas bajo su sujeción, aprended que Él mismo ha sometido todas las cosas a sí mismo, pues está escrito: «Nuestra conversación está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesús, el cual transformará nuestro cuerpo vil para que sea semejante a su cuerpo glorioso, según la operación con la cual puede sujetar a sí mismo todas las cosas.» [] Habéis aprendido, por tanto, que Él puede sujetar a sí mismo todas las cosas según la operación de su Divinidad.

    V, 15, 184

    184. Aprended ahora cómo recibe todas las cosas en sujeción según la carne, como está escrito: «La cual obró en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado, potencia, poder y dominio, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y puso todas las cosas bajo sus pies.» [] Según la carne, pues, todas las cosas le son dadas en sujeción; según la cual también resucitó de entre los muertos, tanto en su alma humana como en su sujeción racional.

    V, 15, 185

    185. Muchos interpretan noblemente aquello que está escrito: «Verdaderamente mi alma estará en sujeción a Dios;» Dijo alma, no deidad; alma, no gloria. Y para que sepamos que el Señor ha hablado por el profeta de la adopción de nuestra naturaleza humana, añadió: «¿Hasta cuándo os arrojaréis sobre un hombre?» Como también dice en el Evangelio: «¿Por qué intentáis matarme a mí, un hombre?» [] Y añadió de nuevo: «Sin embargo, quisieron rechazar mi precio; corrieron sedientos; bendijeron con su boca y maldijeron con su corazón.» Porque los judíos, cuando Judas devolvió el precio, [] no quisieron recibirlo, corriendo en la sed de la locura, pues rechazaron la gracia de una bebida espiritual.

    V, 15, 186

    186. Esta es la interpretación reverente de la sujeción, pues, por ser éste el oficio de la Pasión del Señor, Él estará sujeto en nosotros en aquello en lo que padeció. ¿Preguntamos por qué? Para que «ni los ángeles, ni las potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni lo presente, ni lo por venir, ni otra criatura alguna pueda separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.» [] Vemos, pues, por lo que se ha dicho, que ninguna criatura queda exceptuada; sino que toda, de cualquier clase que sea, está enumerada entre las que mencionó arriba.

    V, 15, 187

    187. Al mismo tiempo, debemos pensar también en las palabras que, tras decir primero «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» [] escribió luego: «Ni la muerte, ni la vida, ni otra criatura alguna puede separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.» Vemos, pues, que el amor de Dios es el mismo que el amor de Cristo. Así, no sin razón escribió acerca del amor de Dios, «que es en Cristo Jesús,» no sea que, de otro modo, imaginéis que el amor de Dios y el de Cristo estaban divididos. Pero nada hay que el amor divida, nada que la deidad eterna no pueda hacer, nada que sea desconocido para la Verdad, o que engañe a la Justicia, o que escape a la Sabiduría.
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