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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF31 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 11 · Capítulo 16Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

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    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 16, sumario
    Los arrianos son condenados por el Espíritu Santo por boca de David: pues se atreven a limitar el conocimiento de Cristo. El pasaje citado por ellos como prueba de esto no está en modo alguno libre de sospecha de haber sido corrompido. Pero para corregirlo, debemos fijarnos en la palabra «Hijo.» Porque el conocimiento no puede faltar a Cristo como Hijo de Dios, puesto que Él es la Sabiduría; ni el conocimiento de parte alguna, pues Él creó todas las cosas. No es posible que Aquel que hizo los siglos ignore el futuro, y mucho menos el día del juicio. Tal conocimiento, ya concierna a algo grande o pequeño, no puede negarse al Hijo, ni tampoco al Espíritu Santo. Por último, se dan diversas pruebas de las que podemos deducir que este conocimiento existe en Cristo.

    V, 16, 188

    188. Por lo cual debemos saber que quienes hacen tales afirmaciones son malditos y condenados por el Espíritu Santo. Pues, ¿a quiénes sino principalmente a los arrianos condena el profeta, viendo que dicen que el Hijo de Dios no conoce ni los tiempos ni los años? Porque nada hay que Dios ignore; y Cristo, sí, el altísimo Cristo, es Dios, pues Él es «Dios sobre todas las cosas.» []

    V, 16, 189

    189. Ved cuán horrorizado está el santo David ante tales hombres, que limitan el conocimiento del Hijo de Dios. Pues así está escrito: «No están en los trabajos de los demás hombres, ni serán azotados con los hombres; por eso su soberbia se ha apoderado de ellos; están cubiertos de su maldad y de su blasfemia; su iniquidad se ha manifestado como con grosura; han pasado a los pensamientos de su corazón.» Verdaderamente condena a los que piensan que las cosas divinas han de considerarse a la luz de los pensamientos del corazón. Porque Dios no está sujeto a disposición u orden; dado que no percibimos que aun aquellas mismas cosas, que son comunes entre los hombres y a menudo ocurren en la historia del género humano, resulten siempre según la disposición de una regla fija, sino que a menudo acontecen de repente de modo oculto y misterioso.

    V, 16, 190

    190. «Han pensado,» dice, «y han hablado maldad. Han hablado maldad contra el Altísimo. Han puesto su boca contra el cielo.» Vemos, pues, que condena, como reos de blasfemia malvada, a quienes se arrogan el derecho de disponer los secretos celestiales según la semejanza de nuestra naturaleza humana.

    V, 16, 191

    191. Y han dicho: «¿Cómo ha conocido Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?» ¿No repiten esto diariamente los arrianos, diciendo que todo conocimiento no puede existir en Cristo? Pues Él, dicen, afirmó que no sabía ni el día ni la hora. ¿No dicen, cómo ha conocido, mientras sostienen que no pudo conocer nada sino lo que oyó y vio, y aplican con interpretación blasfema lo que concierne a la unidad de la naturaleza divina para debilitar su poder?

    V, 16, 192

    192. Está escrito, dicen: «Mas de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre.» [] Ante todo, los antiguos códices griegos no contienen las palabras, «ni el Hijo.» Pero no hay que extrañarse de que quienes han corrompido las sagradas Escrituras hayan falsificado también este pasaje. La razón por la que parece haberse insertado es del todo clara, en tanto se aplique a desplegar tal blasfemia.

    V, 16, 193

    193. Supongamos, no obstante, que el Evangelista escribió así. El nombre de «Hijo» abarca ambas naturalezas. Pues también es llamado Hijo del Hombre, de modo que en la ignorancia propia de la asunción de nuestra naturaleza, parece no haber conocido el día del juicio venidero. Porque, ¿cómo podía el Hijo de Dios ignorar el día, viendo que los tesoros de la sabiduría y del conocimiento de Dios están escondidos en Él? []

    V, 16, 194

    194. Pregunto, pues, si tenía este conocimiento por razón de su Ser, o por casualidad. Porque todo conocimiento nos llega o por naturaleza, o por aprendizaje. La naturaleza lo suministra, como, por ejemplo, al caballo para correr, o al pez para nadar. Pues hacen esto sin aprendizaje. En cambio, por aprendizaje el hombre llega a saber nadar. Pues no podría hacerlo si no lo hubiera aprendido. Siendo, pues, que la naturaleza capacita a los animales mudos para hacer y saber lo que no han aprendido, ¿por qué habéis de opinar acerca del Hijo de Dios, y decir si tiene conocimiento por instrucción o por naturaleza? Si por instrucción, entonces no fue engendrado como Sabiduría, y gradualmente comenzó a ser perfecto, pero no fue siempre así. Mas si tiene conocimiento por naturaleza, entonces fue perfecto en el principio, salió perfecto del Padre; y así no necesitó presciencia del futuro.

    V, 16, 195

    195. No ignoraba, pues, los días; porque no corresponde a la Sabiduría de Dios conocer en parte y en parte ignorar. Pues, ¿cómo puede Aquel que hizo todas las cosas ignorar una parte, siendo cosa menor conocer que hacer? Porque nosotros conocemos muchas cosas que no podemos hacer, y no todos conocemos las cosas del mismo modo, sino que las conocemos en parte. Pues un campesino conoce de una manera la fuerza del viento y el curso de las estrellas; el habitante de una ciudad las conoce de otra, y un piloto de una tercera. Pero aunque no todos conozcan todas las cosas, se dice que las conocen; mas solo Aquel que hizo todas las cosas las conoce plenamente. El piloto sabe cuántas vigilias dura Arturo, qué salida de Orión descubrirá, pero nada sabe de la conexión de las Vergilias y de las demás estrellas, ni de su número o de sus nombres, como lo sabe Aquel «Que cuenta la multitud de las estrellas y las llama a todas por sus nombres;» a quien ciertamente no puede escapar el poder de su obra.

    V, 16, 196

    196. ¿Cómo, pues, queréis que el Hijo de Dios haya hecho estas cosas? ¿Como un anillo de sellar que no siente la impresión que hace? Pero el Padre hizo todas las cosas en sabiduría, es decir, hizo todas las cosas por el Hijo, que es Poder y Sabiduría de Dios. [] Mas a tal Sabiduría corresponde conocer tanto las fuerzas como las causas de sus propias obras. Así, el Creador de todas las cosas no podía ignorar lo que hizo, ni carecer del conocimiento de lo que Él mismo había dado. Por tanto, conocía el día que hizo.

    V, 16, 197

    197. Mas vosotros decís que conoce lo presente y no conoce lo futuro. Aunque esto es una sugerencia necia, sin embargo, para satisfaceros con fundamentos escriturísticos, aprended que Él hizo no solo lo pasado, sino también lo futuro, como está escrito: «Que hizo las cosas venideras.» [] En otra parte dice también la Escritura: «Por quien asimismo hizo los siglos, el cual es el resplandor de su gloria y la expresa Imagen de su Persona.» [] Ahora bien, los siglos son pasados, presentes y futuros. ¿Cómo, pues, fueron hechos los que son futuros, sino porque su poder activo y su conocimiento contiene en sí mismo el número de todos los siglos? Porque así como llama las cosas que no son como si fueran, [] así ha hecho las cosas futuras como si fueran. No puede suceder que no sean. Las cosas que Él ha ordenado que sean, necesariamente serán. Por tanto, Aquel que ha hecho las cosas que han de ser, las conoce del modo en que serán.

    V, 16, 198

    198. Si hemos de creer esto acerca de los siglos, mucho más debemos creerlo acerca del día del juicio, en razón de que el Hijo de Dios tiene conocimiento de él, por haber sido ya hecho por Él. Pues está escrito: «Según tu ordenanza el día continuará.» No dijo simplemente «el día continúa,» sino también «continuará,» para que las cosas venideras sean gobernadas por su ordenanza. ¿No conoce Él lo que ordenó? «El que plantó la oreja, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?»

    V, 16, 199

    199. Veamos, sin embargo, si acaso puede haber algo grande, que exceda el conocimiento de su Creador; o al menos elijan si prefieren pensar en algo grande y superior a las demás cosas, o en algo muy pequeño y vil. Si es muy pequeño y vil, no es pérdida, hablando a nuestro modo, no conocer nada de las cosas sin valor y mezquinas. Pues, así como es señal de poder conocer las cosas más grandes, parece más bien señal de obra inferior mirar lo que vale menos. Así Él queda libre de melindres, y no por ello privado de su poder.

    V, 16, 200

    200. Mas si piensan que es cosa grande e importante conocer el día del juicio: digan qué hay más grande o mejor que Dios Padre. Él conoce a Dios Padre, como Él mismo dice: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.» [] Digo, ¿conoce al Padre y no conoce el día? ¿Así, pues, creéis que revela al Padre, y no puede revelar el día?

    V, 16, 201

    201. Ahora bien, porque establecéis ciertos grados, de modo que ponéis al Padre antes que al Hijo, y al Hijo antes que al Espíritu Santo, decidme si el Espíritu Santo conocía el día del juicio. Pues nada está escrito de Él en este lugar. Lo negáis del todo. Pero, ¿y si os muestro que Él lo conocía? Porque está escrito: «Pero Dios nos las ha revelado por su Espíritu, porque el Espíritu escudriña todas las cosas, aun las profundidades de Dios.» [] Por lo cual, porque Él escudriña las profundidades de Dios, ya que Dios conoce el día del juicio, también el Espíritu lo conoce. Pues conoce todo lo que Dios conoce, como también afirma el Apóstol, diciendo: «Porque ¿quién de los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios.» [] Mirad, pues, no sea que, o negando que el Espíritu Santo conoce, neguéis que el Padre conoce; (porque las cosas de Dios, también el Espíritu de Dios las conoce; mas las cosas que el Espíritu de Dios no conoce, no son las cosas de Dios). O, confesando que el Espíritu de Dios conoce lo que negáis que el Hijo de Dios conoce, pongáis al Espíritu antes que al Hijo contra vuestra propia declaración. Pero vacilar en este punto no solo es blasfemo, sino también necio.

    V, 16, 202

    202. Considerad ahora cómo se adquiere el conocimiento, y mostremos que el Hijo mismo probó que conocía el día. Pues lo que conocemos lo manifestamos o por mención del tiempo, o del lugar, o de las señales, o de las personas, o dando el orden de las mismas. ¿Cómo, pues, no conocía el día del juicio Aquel que describió a la vez la hora y el lugar del juicio, y las señales y los casos?

    V, 16, 203

    203. Y así lo tenéis: «En aquella hora, el que esté en la azotea no baje a tomar los bienes de su casa, y el que esté en el campo, tampoco vuelva atrás.» [] Hasta tal punto conoció de antemano el desenlace de los peligros, que incluso mostró los medios de salvación a quienes estaban en peligro.

    V, 16, 204

    204. ¿Podía ignorar un día el Señor, que dijo de sí mismo que el Hijo del Hombre es Señor del sábado? []

    V, 16, 205

    205. En otra parte ha señalado también un lugar, cuando dijo a sus discípulos, que le mostraban el edificio del templo, «¿Veis todas estas cosas? En verdad os digo que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada.» []

    V, 16, 206

    206. Preguntado también por sus discípulos acerca de una señal, respondió: «Mirad que no seáis engañados. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo;» [] y más adelante dice: «y habrá grandes terremotos en diversos lugares, y hambres, y pestilencias, y terrores del cielo, y habrá grandes señales.» [] Así ha descrito a la vez las personas y las señales.

    V, 16, 207

    207. De qué manera dice que los ejércitos rodearán a Jerusalén, o que los tiempos de los gentiles han de cumplirse, y en qué orden, todo esto se nos manifiesta por el testimonio de las palabras del Evangelio. Por tanto, Él conocía todas las cosas.

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 17, sumario
    Cristo obró en provecho nuestro al no querer revelar el día del juicio. Esto se hace patente por otras palabras de nuestro Señor y por un pasaje no desemejante de los escritos de Pablo. Se aducen otros pasajes en los que la misma ignorancia parece atribuirse al Padre, para salir al paso de quienes se afanan por saber por qué Cristo respondió a sus discípulos como si no lo supiera. De ellos argumenta Ambrosio contra estos que si admiten ignorancia e impotencia en el Padre, han de admitir que en el Hijo existe la misma Sustancia que en el Padre; a no ser que prefieran acusar de falsedad al Hijo; puesto que ni a Él ni al Padre corresponde engañar, sino que en el pasaje citado se señala la unidad de ambos.

    V, 17, 208

    208. Pero preguntamos por qué razón no quiso señalar el tiempo. Si lo preguntamos, no hallaremos que se deba a ignorancia, sino a sabiduría. Porque no nos convenía saberlo; a fin de que, ignorando los momentos precisos del juicio venidero, estuviésemos siempre como en guardia, puestos en la atalaya de la virtud, y evitásemos así las costumbres del pecado; no sea que el día del Señor venga sobre nosotros en medio de nuestra maldad. Porque no nos conviene saber, sino más bien temer lo futuro; pues está escrito: «No seas altanero, sino teme.» []

    V, 17, 209

    209. Porque si hubiera señalado con precisión el día, habría parecido imponer una norma de vida solo para aquella generación más cercana al juicio, y el justo de los tiempos anteriores sería más negligente, y el pecador más despreocupado. Porque el adúltero no puede apartarse del deseo de cometer adulterio si no teme el castigo día tras día, ni el ladrón puede abandonar los escondrijos de los bosques donde habita, si no sabe que el castigo pende sobre él día tras día. Porque la impureza generalmente los espolea, pero el temor les resulta insoportable hasta el fin.

    V, 17, 210

    210. Por tanto he dicho que no nos convenía saber; es más, nos conviene ignorar, para que por la ignorancia temamos y por la vigilancia seamos corregidos, como Él mismo dijo: «Estad preparados, porque no sabéis a qué hora ha de venir el Hijo del Hombre.» [] Porque el soldado no sabe vigilar en el campamento si no sabe que la guerra está cerca.

    V, 17, 211

    211. Por lo cual, en otra ocasión también el Señor mismo, preguntado por sus Apóstoles (sí, porque ellos no lo entendían como Arrio, sino que creían que el Hijo de Dios conocía lo futuro; pues si no hubieran creído esto, jamás habrían hecho la pregunta)— el Señor, digo, preguntado cuándo había de restaurar el reino a Israel, no dijo que no lo sabía, sino que dice: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre ha puesto en su propio poder.» [] Fijaos en lo que dijo: ¡No os toca a vosotros saber! Leed de nuevo: «No os toca a vosotros.» «Para vosotros,» dijo, no «para Mí,» porque entonces no hablaba según su propia perfección, sino según convenía al cuerpo humano y a nuestra alma. «Para vosotros» dijo, por tanto, no «para Mí.»

    V, 17, 212

    212. Ejemplo que también siguió el Apóstol: «Pero acerca de los tiempos y de las sazones, hermanos,» dice, «no tenéis necesidad de que os escriba.» [] Así, ni siquiera el Apóstol mismo, siervo de Cristo, dijo que no conocía las sazones, sino que no había necesidad de que el pueblo fuese instruido; porque deben estar siempre armados con armadura espiritual, para que la virtud de Cristo resplandezca en cada uno. Pero cuando el Señor dice: «De los tiempos que el Padre ha puesto en su propio poder,» [] ciertamente no puede estar privado de participar en el conocimiento de su Padre, en cuyo poder de ningún modo deja de participar. Porque el poder nace de la sabiduría y de la virtud; y Cristo es ambas cosas.

    V, 17, 213

    213. Pero preguntas por qué no respondió a sus discípulos como quien sabía, pero no quería decirlo; y por qué dijo más bien que ni los ángeles ni el Hijo lo sabían. [] Yo también te preguntaré por qué dice Dios en el Génesis: «Descenderé ahora, y veré si han obrado en todo conforme al clamor que ha llegado hasta Mí; y si no, para saberlo.» [] ¿Por qué dice también la Escritura de Dios: «Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres»? [] ¿Por qué dice también el profeta en el libro de los Salmos: «El Señor miró desde lo alto sobre los hijos de los hombres, para ver si había alguno que entendiera y que buscara a Dios»? Como si en un lugar, si Dios no hubiera descendido, y en el otro, si no hubiera mirado, habría ignorado o las obras de los hombres o sus méritos.

    V, 17, 214

    214. Pero en el Evangelio de Lucas tienes también lo mismo, pues el Padre dice: «¿Qué haré? Enviaré a Mi Hijo amado; tal vez lo reverenciarán.» [] En Mateo y en Marcos tienes: «Pero envió a su Hijo único, diciendo: a Mi Hijo lo reverenciarán;» [] En un libro dice: «Tal vez reverenciarán a Mi Hijo;» [] y se muestra en duda como si no lo supiera; porque este es el lenguaje de quien duda. Pero en los otros dos libros dice: «Reverenciarán a Mi Hijo;» es decir, declara que se le mostrará reverencia.

    V, 17, 215

    215. Pero Dios ni puede dudar, ni puede ser engañado. Porque solo duda el que ignora lo futuro; y es engañado el que ha predicho una cosa, mientras que ha sucedido otra. Sin embargo, ¿qué hay más claro que el hecho de que la Escritura afirma que el Padre dijo una cosa del Hijo, y esa misma Escritura demuestra que sucedió otra? El Hijo fue azotado, fue escarnecido, fue crucificado y murió. Padeció en la carne cosas mucho peores que aquellos siervos que habían sido enviados antes. ¿Fue engañado el Padre, o lo ignoraba, o no podía socorrerlo? Pero Aquel que es veraz no puede equivocarse; pues está escrito: «Dios es fiel y no miente.» [] ¿Cómo podía ignorar Aquel que sabe todas las cosas? ¿Qué no podía hacer Aquel que todo lo puede?

    V, 17, 216

    216. Sin embargo, si o bien Él ignoraba, o bien no tenía poder (pues antes aceptarías decir que el Padre no sabía, que reconocer que el Hijo sabe), ves por este mismo hecho que el Hijo es de una misma Sustancia con el Padre; puesto que el Hijo, como el Padre (para hablar según vuestras necias ideas), no sabe todas las cosas, ni puede todas las cosas. Pues no soy tan ansioso ni temerario en alabar al Hijo como para atreverme a decir que el Hijo puede más que el Padre; porque no hago distinción de poder entre el Padre y el Hijo.

    V, 17, 217

    217. Pero tal vez digas que el Padre no dijo eso, sino que el Hijo se equivocó acerca del Padre. Ahora, pues, acusas al Hijo no solo de debilidad, sino también de blasfemia y de mentira. Mas si no crees al Hijo en lo que respecta al Padre, tampoco puedes creerle en lo que respecta a aquello. Porque si quiso engañarnos diciendo que el Padre dudaba, como si no supiera lo que habría de suceder, quiso también engañarnos acerca de Sí mismo diciendo que no conocía lo futuro. Sería mucho más soportable que extendiera el velo de la ignorancia delante de aquello que hace por su propia voluntad, que no que pareciera engañado por un resultado contrario a lo que había predicho en las cosas que había declarado de su Padre.

    V, 17, 218

    218. Pero ni el Padre es engañado, ni el Hijo engaña. Es costumbre de las santas Escrituras hablar así, como atestiguan los ejemplos que ya he aducido y otros muchos, de modo que Dios finge no saber lo que sabe. En esto, pues, se demuestra que existe una unidad de deidad y una unidad de carácter en el Padre y en el Hijo; ya que, como Dios Padre oculta lo que conoce, así también el Hijo, que es la imagen de Dios a este respecto, oculta lo que conoce.

    Capítulo 18

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 18, sumario
    Deseando dar razón de la respuesta del Señor a los apóstoles, atribuye la que recibieron a la ternura de Cristo. Luego, cuando otros aducen otra razón, confiesa que es verdadera; porque el Señor la dijo a causa de sus sentimientos humanos. De aquí infiere que el conocimiento del Padre y del Hijo es igual, y que el Hijo no es inferior al Padre. Después de poner junto al texto en el que se dice que es inferior, otro en el que se declara que es igual, censura la temeridad de los arrianos al juzgar acerca del Hijo, y muestra que, mientras ellos malvadamente lo hacen inferior, Él es llamado con razón Piedra por Sí mismo.

    V, 18, 219

    219. Se nos ha enseñado, por tanto, que el Hijo de Dios no ignora lo futuro. Si ellos confiesan esto, yo también —para responder ahora por qué declaró que ni los ángeles, ni el Hijo, sino solo el Padre lo saben— traigo a la memoria su acostumbrado amor por sus discípulos también en este pasaje, y su gracia, que por su misma frecuencia debería haber sido conocida por todos. Porque el Señor, lleno de profundo amor por sus discípulos, cuando le preguntaban aquello que creía inútil para ellos saber, prefiere parecer ignorante de lo que sabe, antes que negar una respuesta. Ama más proporcionar lo que nos es útil que mostrar su propio poder.

    V, 18, 220

    220. Hay, sin embargo, algunos no tan pusilánimes como yo. Porque yo preferiría temer las cosas profundas de Dios antes que ser sabio. Hay, sin embargo, algunos que, apoyándose en las palabras: «Y Jesús crecía en edad y en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres,» [] dicen con audacia que, según su Divinidad, ciertamente no podía ignorar lo futuro, pero que en su asunción de nuestra condición humana dijo que, como Hijo del Hombre, estaba en ignorancia antes de su crucifixión. Porque cuando habla del Hijo, no habla como de otro; pues Él mismo es nuestro Señor, el Hijo de Dios y el Hijo de una Virgen. Pero con una palabra que abraza ambas cosas, guía nuestra mente, para que Él, como Hijo del Hombre, según su adopción de nuestra ignorancia y del crecimiento del conocimiento, pudiera creerse que aún no conocía todas las cosas plenamente. Porque no nos toca a nosotros conocer lo futuro. Así parece ignorar en aquel estado en el que progresa. Pues ¿cómo progresa según su Divinidad Aquel en quien habita la plenitud de la Divinidad? [] ¿O qué hay que no sepa el Hijo de Dios, que dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» [] ¿Cómo no sabe Aquel de quien dice la Escritura: «Mas Jesús conocía sus pensamientos»? []

    V, 18, 221

    221. Esto es lo que dicen otros, pero yo —volviendo a mi punto anterior, donde afirmé que estaba escrito del Padre: «Tal vez reverenciarán a Mi Hijo,» — pienso ciertamente que esto fue escrito para que el Padre, como hablaba de los hombres, pareciera también haber hablado con sentimientos humanos. Pero aún más me inclino a pensar que el Hijo, que andaba entre los hombres, vivía vida de hombre y tomó sobre Sí nuestra carne, asumió también nuestros sentimientos; de modo que, según nuestra ignorancia, pudiera decir que no sabía, aunque no había nada que no supiera. Pues aunque parecía hombre en la realidad de su cuerpo, era Vida, y Luz, y de Él salía virtud, [] para sanar las heridas de los heridos por el poder de su Majestad.

    V, 18, 222

    222. Ves, pues, que esta cuestión ha quedado resuelta para ti, ya que el dicho del Hijo se refiere a la asunción de nuestra condición en su plenitud, y así fue escrito acerca del Padre, para que dejes de objetar contra el Hijo.

    V, 18, 223

    223. Nada había, pues, que el Hijo de Dios ignorara, porque nada había que el Padre ignorara. Pero si el Hijo no ignoraba nada, como ahora concluimos, digan ellos en qué aspecto quieren que parezca inferior. Si Dios ha engendrado un Hijo inferior a Sí mismo, le ha concedido menos. Si le ha concedido menos, o quiso darle menos, o solo pudo darle menos. Pero el Padre ni es débil ni envidioso, ya que ni la voluntad ni el poder existían antes del Hijo. Pues ¿en qué es inferior Aquel que tiene todas las cosas, tal como el Padre las tiene? Ha recibido todas las cosas del Padre por derecho de su Generación, [] y ha mostrado enteramente al Padre por la gloria de su Majestad.

    V, 18, 224

    224. Está escrito, dicen: «Porque el Padre es mayor que yo.» [] También está escrito: «No estimó como rapiña el ser igual a Dios.» [] Está escrito además que los judíos querían matarlo, porque decía que era el Hijo de Dios, haciéndose igual a Dios. [] Está escrito: «Yo y el Padre somos uno.» [] Leen «uno,» no leen «muchos.» ¿Puede, pues, ser a la vez inferior e igual en la misma Naturaleza? No: lo uno se refiere a su Divinidad, lo otro a su carne.

    V, 18, 225

    225. Dicen que es inferior: pregunto quién lo ha medido, quién tiene corazón tan altanero como para poner al Padre y al Hijo ante su tribunal para decidir cuál es mayor. «No es altivo mi corazón, ni se alzan mis ojos tras la vanidad,» dice David. El rey David temió alzar su corazón con soberbia en asuntos humanos, pero nosotros alzamos el nuestro incluso contra los divinos secretos. ¿Quién decidirá acerca del Hijo de Dios? ¿Tronos, dominaciones, ángeles, potestades? Pero los arcángeles lo asisten y le sirven; los querubines y serafines le ministran y le alaban. ¿Quién, pues, decide acerca del Hijo de Dios, al leer que el Padre mismo conoce al Hijo, pero no lo juzgará? «Porque nadie conoce al Hijo, sino el Padre.» [] «Conoce,» dice, no «juzga.» Una cosa es conocer, otra juzgar. El Padre tiene conocimiento en Sí mismo. El Hijo no tiene poder superior a Sí mismo. Y de nuevo: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo;» y Él mismo conoce al Padre, como el Padre lo conoce a Él.

    V, 18, 226

    226. Pero dices que Él dijo que era inferior; también dijo que era una Piedra. Tú dices más, y sin embargo lo atacas impíamente. Yo digo menos, y con reverencia añado a su honor. Tú dices que es inferior, y confiesas que está por encima de los ángeles. Yo digo que fue hecho menor que los ángeles, mas no le quito su honor; porque no refuto su Divinidad, sino que proclamo su piedad.

    Capítulo 19

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 19, sumario
    Habiéndose vuelto el Santo a Dios Padre, explica por qué no se burla de que el Hijo sea inferior al Padre; luego declara que no le toca a él medir al Hijo de Dios, puesto que a un ángel —más aún, tal vez incluso a Cristo como hombre— le fue dado medir solamente a Jerusalén. Arrio, dice, se ha mostrado imitador de Satanás. Es temerario discutir acerca de la divina Generación. Puesto que Isaías ha dado una señal tan grande de la generación humana, no debemos hacer comparaciones en las cosas divinas. Finalmente muestra con cuánto cuidado debemos evitar la soberbia de Arrio, poniendo ante nosotros diversos ejemplos de las Escrituras.

    V, 19, 227

    227. A Ti ahora, Padre todopoderoso, dirijo mis palabras con lágrimas. Yo, ciertamente, te he llamado con prontitud inaccesible, incomprensible, inestimable; pero no me he atrevido a decir que tu Hijo fuera inferior a Ti. Porque cuando leo que Él es el Resplandor de tu gloria y la Imagen de tu Persona, [] temo que, al decir que la Imagen de tu Persona es inferior, parezca decir que tu Persona es inferior, de la cual el Hijo es la Imagen; porque la plenitud de tu Divinidad está enteramente en el Hijo. He leído a menudo, y libremente creo, que Tú y tu Hijo y el Espíritu Santo sois ilimitados, inconmensurables, inestimables, inefables. Y por tanto no puedo apreciarte de modo que te pese.

    V, 19, 228

    228. Pero, aun concediendo que yo con espíritu audaz y temerario hubiera deseado mediros, ¿desde dónde, pregunto, os mediré? El profeta vio un hilo de lino con el cual el ángel medía a Jerusalén. El ángel medía, no Arrio. Y medía a Jerusalén, no a Dios. Y acaso ni siquiera un ángel podía medir a Jerusalén, pues era un hombre. Así está escrito: «Alcé mis ojos y vi y contemplé a un hombre, y en su mano había un hilo de lino.» [] Era un hombre, porque así se mostraba un tipo del cuerpo que había de ser asumido. Era un hombre, de quien se dijo: «Viene tras de mí un hombre, cuya correa de la sandalia no soy digno de desatar.» [] Por tanto, Cristo, en figura, mide a Jerusalén. Arrio mide a Dios.

    V, 19, 229

    229. Aun Satanás se disfraza de ángel de luz; [] ¿qué hay, pues, de extraño en que Arrio imite a su Autor tomando para sí lo que está prohibido? Aunque su padre el diablo no lo hizo en su propio caso, aquel hombre, con intolerable blasfemia, se arroga el conocimiento de los secretos divinos y de los misterios de la Generación celestial. Porque el diablo confesó al verdadero Hijo de Dios; Arrio lo niega.

    V, 19, 230

    230. Si, pues, no puedo mediros, Padre todopoderoso, ¿puedo sin blasfemia discutir los secretos de vuestra Generación? ¿Puedo decir que hay algo más o menos entre Vos y vuestro Hijo, cuando Él mismo, que fue engendrado de Vos, dice: «Todo lo que el Padre tiene es mío»? [] «¿Quién me ha puesto por juez y repartidor» de los asuntos humanos? Esto dice el Hijo, [] ¿y pretendemos nosotros hacer división y dar juicio entre el Padre y el Hijo? Un recto sentido del deber evita a los árbitros aun en la división de una herencia. ¿Y nos convertiremos nosotros en árbitros, para dividir entre Vos y vuestro Hijo la gloria de la Sustancia increada?

    V, 19, 231

    231. «Esta generación», dice, «es una generación mala. Pide una señal, y no se le dará otra señal sino la señal del profeta Jonás.» [] No se da, pues, una señal de la Divinidad, sino solo de la Encarnación. Así, cuando va a hablar de la Encarnación, el profeta dice: «Pide una señal.» Y cuando el rey había dicho: «No pediré, ni tentaré al Señor,» la respuesta fue: «He aquí que una Virgen concebirá.» Por tanto, no podemos ver una señal de la Divinidad, ¿y buscamos una medida de ella? ¡Ay! ¡Ay de mí! ¡Impíamente nos atrevemos a discutir de Aquel a quien no podemos orar dignamente!

    V, 19, 232

    232. Vean los arrianos lo que hacen. Yo os he comparado ilícitamente, oh Padre, con vuestras obras al decir que sois mayor que todas. Si sois mayor que vuestro Hijo, como sostiene Arrio, he juzgado inicuamente. Sobre Vos recaerá primero ese juicio. Porque no puede hacerse elección alguna sino por comparación, ni puede anteponerse a nadie sin que primero se dé decisión sobre Él mismo.

    V, 19, 233

    233. No nos es lícito jurar por el cielo, pero es lícito juzgar acerca de Dios. Sin embargo, Vos solo a vuestro Hijo habéis dado el juicio sobre todas las cosas.

    V, 19, 234

    234. Juan temió bautizar la carne del Señor; Juan se lo impedía, diciendo: «Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?» [] ¿Y yo pondré a Cristo bajo mi juicio?

    V, 19, 235

    235. Moisés se excusa del Sacerdocio, Pedro trata de evitar la obediencia exigida en el Ministerio; ¿y Arrio escudriña aun las profundidades de Dios? Pero Arrio no es el Espíritu Santo. Más aún, se dijo aun a Arrio y a todos los hombres: «No busques lo que es demasiado profundo para ti.» []

    V, 19, 236

    236. A Moisés se le impide ver el rostro de Dios; [] Arrio mereció verlo en secreto. Moisés y Aarón entre sus Sacerdotes. Moisés, que apareció con el Señor en gloria, aquel Moisés vio entonces solo las espaldas de Dios en apariencia; ¡Arrio contempla a Dios enteramente cara a cara! Pero «nadie», dice, «puede ver mi rostro y vivir.»

    V, 19, 237

    237. También Pablo habla de los seres inferiores: «Conocemos en parte y profetizamos en parte.» [] Arrio dice: «Yo conozco a Dios enteramente y no en parte.» Así, Pablo es inferior a Arrio, y el vaso de elección conoce en parte, pero el vaso de perdición conoce enteramente. «Conozco», dice, «a un hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puedo decirlo, Dios lo sabe, cómo fue arrebatado al Paraíso y oyó palabras inefables.» [] Pablo, llevado hasta el tercer cielo, no se conocía a sí mismo; Arrio, revolcándose en la inmundicia, conoce a Dios. Pablo dice de sí mismo: «Dios lo sabe;» Arrio dice de Dios: «Yo lo sé.»

    V, 19, 238

    238. Pero Arrio no fue arrebatado al cielo, aunque siguió a aquel que con maldita jactancia presumió de lo divino, diciendo: «Pondré mi trono sobre las nubes; seré semejante al Altísimo.» [] Porque como dijo: «Seré semejante al Altísimo,» así también Arrio desea que el Altísimo Hijo de Dios parezca semejante a sí mismo, a quien no adora en la gloria eterna de su Divinidad, sino que mide por la debilidad de la carne.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    El tratado y sus límites

    Ambrosio no escribe una exposición ordenada de la Trinidad: encadena respuestas a pasajes. Los dos primeros libros, según los resúmenes de la edición, prueban que el Hijo no es criatura y es semejante y eterno con el Padre, y explican lo que la Escritura dice de su bondad, su poder, su envío y su obediencia; los tres últimos, escritos después, vuelven a los textos que los arrianos usan (Proverbios 8:22, «el Padre es mayor», «el Hijo no puede hacer nada por sí mismo», «el solo Dios», «sujeto», el día que el Hijo no conocería) y los responden con la misma regla: lo que rebaja al Hijo lo dice de su humanidad, no de su Divinidad. Esa regla aparece ya en I, 15, 96 y en el resumen de II, 8; que la llamemos «de la humanidad» es una lectura de esta edición.
    Los concilios a los que el tratado remite expresamente son dos: Nicea, de cuyos trescientos dieciocho padres y cuyo anatema habla (I, prólogo, 5; I, 18) y Rímini, de cuya «primera confesión» y «segunda corrección» dice algo en I, 18, 122. Quién dijo exactamente qué en esas asambleas lo cuentan otras fuentes; Ambrosio las cita para su argumento.
    Límites. Esta edición no examina el latín ni la autoría: toma ambas cosas de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Entre las formas raras o calcos que se conservan están «coasiento» (V, 5, 57), «abóguelo» (I, 10, 67) y «desellarlo» (III, 15, 128; el inglés dice unseal). Los términos griegos van entre corchetes tal como los trae el inglés, a veces partidos («[ὁ] [μοούσιος]»). Los resúmenes de capítulo, el prefacio y la nota preliminar son de la edición inglesa. La numeración salta donde el inglés salta, y la traducción pierde muchos números iniciales; todo ello está declarado arriba.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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