Los arrianos son condenados por el Espíritu Santo por boca de David: pues se atreven a limitar el conocimiento de Cristo. El pasaje citado por ellos como prueba de esto no está en modo alguno libre de sospecha de haber sido corrompido. Pero para corregirlo, debemos fijarnos en la palabra «Hijo.» Porque el conocimiento no puede faltar a Cristo como Hijo de Dios, puesto que Él es la Sabiduría; ni el conocimiento de parte alguna, pues Él creó todas las cosas. No es posible que Aquel que hizo los siglos ignore el futuro, y mucho menos el día del juicio. Tal conocimiento, ya concierna a algo grande o pequeño, no puede negarse al Hijo, ni tampoco al Espíritu Santo. Por último, se dan diversas pruebas de las que podemos deducir que este conocimiento existe en Cristo.
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Cristo obró en provecho nuestro al no querer revelar el día del juicio. Esto se hace patente por otras palabras de nuestro Señor y por un pasaje no desemejante de los escritos de Pablo. Se aducen otros pasajes en los que la misma ignorancia parece atribuirse al Padre, para salir al paso de quienes se afanan por saber por qué Cristo respondió a sus discípulos como si no lo supiera. De ellos argumenta Ambrosio contra estos que si admiten ignorancia e impotencia en el Padre, han de admitir que en el Hijo existe la misma Sustancia que en el Padre; a no ser que prefieran acusar de falsedad al Hijo; puesto que ni a Él ni al Padre corresponde engañar, sino que en el pasaje citado se señala la unidad de ambos.
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Deseando dar razón de la respuesta del Señor a los apóstoles, atribuye la que recibieron a la ternura de Cristo. Luego, cuando otros aducen otra razón, confiesa que es verdadera; porque el Señor la dijo a causa de sus sentimientos humanos. De aquí infiere que el conocimiento del Padre y del Hijo es igual, y que el Hijo no es inferior al Padre. Después de poner junto al texto en el que se dice que es inferior, otro en el que se declara que es igual, censura la temeridad de los arrianos al juzgar acerca del Hijo, y muestra que, mientras ellos malvadamente lo hacen inferior, Él es llamado con razón Piedra por Sí mismo.
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Habiéndose vuelto el Santo a Dios Padre, explica por qué no se burla de que el Hijo sea inferior al Padre; luego declara que no le toca a él medir al Hijo de Dios, puesto que a un ángel —más aún, tal vez incluso a Cristo como hombre— le fue dado medir solamente a Jerusalén. Arrio, dice, se ha mostrado imitador de Satanás. Es temerario discutir acerca de la divina Generación. Puesto que Isaías ha dado una señal tan grande de la generación humana, no debemos hacer comparaciones en las cosas divinas. Finalmente muestra con cuánto cuidado debemos evitar la soberbia de Arrio, poniendo ante nosotros diversos ejemplos de las Escrituras.
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Notas, recepción y bibliografía
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