Puesto que se ha demostrado que el Hijo es verdadero Dios, y en eso no es inferior al Padre, se muestra que con la palabra solus (solo), cuando se usa del Padre en las Escrituras, no se excluye al Hijo; antes bien, esta expresión le conviene a Él sobre todos, y a Él solo. La Trinidad es sola, no entre todos, sino sobre todos. El Hijo solo hace lo que el Padre hace, y solo tiene inmortalidad. Pero no por eso hemos de separarlo del Padre en nuestras controversias. Podemos, sin embargo, entender aquel pasaje de la Encarnación. Por último, el Padre queda excluido de participar en la redención de los hombres por quienes querrían que el Hijo fuese separado de Él.
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A la objeción de los arrianos, de que por la unidad de sustancia se introducen dos dioses, se responde que es más probable inferir una pluralidad de dioses a partir de la diversidad de sustancia. Además, su acusación recae sobre ellos mismos. La diversidad múltiple es la razón por la que dos hombres no pueden decirse un solo hombre, aunque todos los hombres son llamados individualmente hombre, cuando se alude a una unidad de naturaleza. Hay en ellos una sola naturaleza, pero en las Personas Divinas hay enteramente una unidad. Por tanto, el Hijo no ha de ser separado del Padre, especialmente porque no se atreven a negar que se le debe adoración.
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Se objeta por parte de los herejes que Cristo ofreció adoración a su Padre. Pero en cambio se muestra que esto debe referirse a su Humanidad, como se desprende del examen del pasaje. Sin embargo, también ofrece un testimonio nuevo de su Divinidad, como vemos que sucede a menudo en otras acciones que realizó Cristo.
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Ambrosio responde a quienes insisten en las palabras del Señor a la madre de los hijos de Zebedeo, diciendo que fueron pronunciadas por bondad, porque Cristo no quiso causarle aflicción. Se aduce razón abundante para tal ternura. El Señor prefirió dejar la concesión de aquella petición al Padre antes que declararla imposible. Esta respuesta de Cristo, sin embargo, no va en detrimento suyo, como se muestra tanto por sus propias palabras como comparándolas con otros pasajes.
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Deseando responder un poco más por extenso a la objeción antes expuesta, sostiene que esta petición, de no haber sido imposible en sí misma, habría sido posible de conceder por Cristo; especialmente porque el Padre le ha dado todo juicio; don que debemos entender dado sin rasgo alguno de imperfección. Sin embargo, prueba que la petición debe contarse entre las cosas imposibles. Para hacerla realmente posible, enseña que la respuesta de Cristo debe tomarse conforme a su naturaleza humana, y lo muestra a continuación mediante una exposición del pasaje. Finalmente, confirma una vez más la respuesta que ha dado sobre la imposibilidad de la sesión de Cristo.
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Se objeta el siguiente pasaje: «Los has amado, como me has amado a mí.» Para resolverlo, muestra primero la impiedad de la explicación arriana; luego compara estas palabras con otras; y, por último, toma en consideración todo el pasaje. De ahí deduce que la misión de Cristo, aunque ha de entenderse según la carne, no es en detrimento suyo. Una vez probado esto, muestra cómo tiene lugar la misión divina.
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Cristo, en cuanto es verdadero Hijo de Dios, no tiene Señor, sino sólo en cuanto es Hombre; como se muestra por sus palabras, en las que a veces se dirigía al Padre y a veces al Señor. ¡Cuántas herejías quedan silenciadas por un solo versículo de la Escritura! Hemos de distinguir entre lo que pertenece a Cristo como Hijo de Dios o como Hijo de David. Pues sólo bajo este último título hemos de atribuirle que fue siervo. Por último, señala que muchos pasajes no pueden tomarse sino como referidos a la Encarnación.
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