Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 67 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la fe cristiana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 15
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 17
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 18
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 19
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 1
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 3
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 8
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 8
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 15
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 4
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 7
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 9
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 11
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 13
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 15
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 17
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 2
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 3
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 6
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 9
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 10
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 12
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minLibro V
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 1
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 2
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 6
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 7
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 8
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 9
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 14
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 15
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 16
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 17
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 18
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 2 minEl tratado y sus límites

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

    Índice de la obra

    Estás en la parte 9. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF49 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 11 · Capítulo 2Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

    Leer por sesiones · 67 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la fe cristiana
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 9
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 15
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 17
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 18
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 19
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 1
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 3
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 8
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 8
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 15
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 4
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 7
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 9
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 11
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 13
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 15
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 17
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 2
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 3
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 6
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 9
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 10
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 12
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minLibro V
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 1
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 2
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 6
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 7
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 8
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 9
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 14
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 15
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 16
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 17
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 18
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 2 minEl tratado y sus límites

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 2, sumario
    Puesto que se ha demostrado que el Hijo es verdadero Dios, y en eso no es inferior al Padre, se muestra que con la palabra solus (solo), cuando se usa del Padre en las Escrituras, no se excluye al Hijo; antes bien, esta expresión le conviene a Él sobre todos, y a Él solo. La Trinidad es sola, no entre todos, sino sobre todos. El Hijo solo hace lo que el Padre hace, y solo tiene inmortalidad. Pero no por eso hemos de separarlo del Padre en nuestras controversias. Podemos, sin embargo, entender aquel pasaje de la Encarnación. Por último, el Padre queda excluido de participar en la redención de los hombres por quienes querrían que el Hijo fuese separado de Él.

    V, 2, 27

    Hemos demostrado plenamente con pasajes de la Escritura, en los libros anteriores, que Cristo es verdadero, sí, Dios muy verdadero. Por tanto, si Cristo, como se ha enseñado, es verdadero Dios, preguntémonos por qué desean separar al Hijo del Padre, cuando leen que el Padre es el único Dios verdadero.

    V, 2, 28

    Si dicen que solo el Padre es verdadero Dios, no pueden negar que Dios el Hijo solo es la Verdad; porque Cristo es la Verdad. ¿Es, pues, la Verdad algo inferior a Aquel que es verdadero, visto que según el uso de los términos un hombre es llamado verdadero a partir de la palabra «verdad», como también sabio a partir de sabiduría, justo a partir de justicia? No lo juzgamos así entre el Padre y el Hijo. Porque nada falta al Padre, pues el Padre está lleno de verdad; y el Hijo, porque Él es la Verdad, es igual a Aquel que es verdadero.

    V, 2, 29

    Mas para que sepan, cuando ven la palabra «solo», que de ningún modo ha de separarse al Hijo del Padre, recuerden que Dios dijo en los Profetas: «Yo solo extendí los cielos.» [] Ciertamente el Padre no los extendió sin el Hijo. Pues el mismo Hijo, que es la Sabiduría de Dios, dice: «Cuando preparaba los cielos, yo estaba con Él.» [] Y Pablo declara que fue dicho del Hijo: «Tú, Señor, en el principio pusiste los cimientos de la tierra, y los cielos son obra de tus manos.» Por tanto, ya sea que el Hijo hizo los cielos, como también querría el Apóstol que se entendiera, mientras Él ciertamente no extendió solo los cielos sin el Padre; o, como está en el Libro de los Proverbios: «El Señor con sabiduría fundó la tierra, con inteligencia preparó los cielos;» [] queda probado que ni el Padre hizo solo los cielos sin el Hijo, ni tampoco el Hijo sin el Padre. Y, sin embargo, Aquel que extendió los cielos es llamado solo.

    V, 2, 30

    Para mostrar, en efecto, cuán claramente debemos entender la expresión «solo» del Hijo (aunque jamás podamos creer que Él hizo algo sin el conocimiento del Padre), tenemos aquí también otro pasaje, donde está escrito: «Él solo extiende los cielos, y camina como sobre un pavimento sobre el mar.» [] Porque el Evangelio del Señor nos ha enseñado que no fue el Padre sino el Hijo quien caminó sobre el mar, cuando Pedro le pidió, diciendo: «Señor, manda que yo vaya a Ti.» [] Pero incluso la profecía misma da prueba de esto. Porque el santo Job profetizó la venida del Señor; de Quien dijo en verdad que vencería al gran Leviatán, [] y así se hizo. Porque a aquel terrible Leviatán, esto es, al diablo, Él lo hirió, lo derribó y lo abatió en los últimos tiempos por la adorable Pasión de su propio Cuerpo. []

    V, 2, 31

    El Hijo, por tanto, es el único y verdadero Dios; porque también esto se asigna al Hijo como derecho exclusivo suyo. Pues de ninguna criatura puede decirse con exactitud que es sola. ¿Cómo puede aquel a quien pertenece la comunión en la creación ser separado de los demás, como si fuera solo? Así, el hombre es visto como un ser racional entre todas las criaturas terrenales; sin embargo, no es el único ser racional; porque sabemos que las obras celestiales de Dios también son racionales; confesamos que los ángeles y arcángeles son seres racionales. Si, pues, los ángeles son racionales, no puede decirse que el hombre sea el único ser racional.

    V, 2, 32

    Pero dicen que el sol puede decirse que es solo, porque no hay un segundo sol. Mas el sol mismo tiene muchas cosas en común con las estrellas, pues recorre los cielos, es de aquella sustancia etérea y celeste, es una criatura, y es contado entre todas las obras de Dios. Sirve a Dios en unión con todas, lo bendice con todas, lo alaba con todas. Por tanto, no puede decirse con exactitud que es solo, pues no está apartado de las demás.

    V, 2, 33

    Por lo cual, puesto que ninguna criatura puede compararse con la Deidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la cual es sola, no entre todos, sino sobre todos (reservando entretanto nuestro pronunciamiento acerca del Espíritu); así como se dice que el Padre es el único Dios verdadero, porque no tiene nada en común con otros; así también el Hijo solo es la Imagen del Dios verdadero, Él solo es la Mano del Padre, Él solo es la Virtud y la Sabiduría de Dios.

    V, 2, 34

    Así, el Hijo solo hace lo que el Padre hace; porque está escrito: «Todo lo que Yo hago, Él lo hace.» [] Y puesto que la obra del Padre y del Hijo es una, con razón se dice del Padre y del Hijo que Dios obró solo; por lo cual también, cuando hablamos del Creador, reconocemos tanto al Padre como al Hijo. Pues ciertamente, cuando Pablo dijo: «Quien sirvió a la criatura más que al Creador,» [], ni negó que el Padre fuera el Creador, de Quien proceden todas estas cosas, ni tampoco al Hijo, por Quien son todas las cosas. []

    V, 2, 35

    Y no parece estar en desacuerdo con esto lo que está escrito: «El único que tiene inmortalidad.» [] Pues ¿cómo no habría de tener inmortalidad Aquel que tiene vida en Sí mismo? La tiene en su naturaleza; la tiene en su Ser esencial; y no la tiene como una gracia temporal, sino en virtud de su eterna Deidad. No la tiene a modo de don, como un siervo, sino por derecho peculiar de su Generación, como Hijo coeterno. La tiene, además, como la tiene el Padre. «Porque como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en Sí mismo.» [] Como Él la tiene, dice, así la ha dado. Ya habéis aprendido cómo la dio, para que no penséis que es un don gratuito de la gracia, cuando es un secreto de su generación. Puesto que, entonces, no hay divergencia de vida entre el Padre y el Hijo, ¿cómo puede suponerse que solo el Padre tiene inmortalidad, mientras que el Hijo no la tiene?

    V, 2, 36

    Por lo cual, entiendan que en este pasaje el Hijo no ha de ser separado del Padre, Quien es el único Dios verdadero. Pues no pueden probar que el Hijo no es el único y verdadero Dios, especialmente porque también aquí puede colegirse, como he dicho, que Cristo también es verdadero y único Dios; o el pasaje puede al menos entenderse en parte con referencia a la Deidad del Padre y del Hijo, y en parte a la Encarnación de Cristo: porque el conocimiento no es perfecto a menos que confiese que Jesucristo desde la eternidad es Dios unigénito, verdadero Hijo de Dios, y, según la carne, engendrado de una Virgen. Lo cual también este mismo Evangelista nos ha enseñado en otro lugar, diciendo: «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios.» []

    V, 2, 37

    Por último, todo nuestro pasaje nos enseña que no es impropio entender en este versículo una referencia al sacramento de la Encarnación. Pues así está escrito: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo.» [] Cuando, por tanto, Él afirma que ha llegado la hora y ruega ser glorificado, ¿cómo se puede suponer que habló sino únicamente conforme a la asunción de nuestra carne? Porque la Deidad no tiene momentos fijos de tiempo, ni la luz eterna necesita glorificación. Por tanto, en el único Dios verdadero, que es el Padre, entendemos también que el único y verdadero Hijo de Dios lo es conforme a la unidad de la Deidad. Y en el nombre de Jesucristo, que recibió al nacer de la Virgen, reconocemos el sacramento de la Encarnación.

    V, 2, 38

    Mas si quieren separar al Hijo, cuando leen que el Padre es el único Dios verdadero, supongo que cuando leen acerca de la Encarnación del Hijo: «Esta es la piedra que fue desechada por vosotros los constructores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo;» y además: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el cual debamos ser salvos;» [], entonces imaginan que el Padre ha de ser excluido del beneficio de impartirnos la salvación. Pero no hay salvación sin el Padre, ni vida eterna sin el Hijo.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 3, sumario
    A la objeción de los arrianos, de que por la unidad de sustancia se introducen dos dioses, se responde que es más probable inferir una pluralidad de dioses a partir de la diversidad de sustancia. Además, su acusación recae sobre ellos mismos. La diversidad múltiple es la razón por la que dos hombres no pueden decirse un solo hombre, aunque todos los hombres son llamados individualmente hombre, cuando se alude a una unidad de naturaleza. Hay en ellos una sola naturaleza, pero en las Personas Divinas hay enteramente una unidad. Por tanto, el Hijo no ha de ser separado del Padre, especialmente porque no se atreven a negar que se le debe adoración.

    V, 3, 39

    Pero los arrianos sostienen lo siguiente: Si dices que, así como el Padre es el único Dios verdadero, así también lo es el Hijo, y confiesas que el Padre y el Hijo son ambos de una misma sustancia, introduces no un solo Dios, sino dos. Pues quienes son de una misma sustancia no parecen ser un solo Dios, sino dos dioses. Así como se habla de dos hombres o dos ovejas o más, pero de un hombre y una oveja no se habla como de dos hombres o dos ovejas, sino como de un hombre y una oveja.

    V, 3, 40

    Esto es lo que dicen los arrianos; y con este argumento astuto intentan atrapar a los más simples. Sin embargo, si leemos las divinas Escrituras, hallaremos que la pluralidad se da más bien entre aquellas cosas que son de sustancia diversa y diferente, esto es, [ἑτερούσια]. Tenemos esto expuesto en los libros de Salomón, en aquel pasaje en que dijo: «Hay tres cosas imposibles de entender, sí, una cuarta que no conozco: el rastro del águila en el aire, el camino de la serpiente sobre la roca, la senda de la nave en el mar, y el camino del hombre en su juventud.» [] Un águila, una nave y una serpiente no son de una misma familia y naturaleza, sino de una sustancia distinguible y diferente, y sin embargo son tres. Por el testimonio de la Escritura, por tanto, aprenden que sus argumentos van contra ellos mismos.

    V, 3, 41

    Por tanto, al decir que la sustancia del Padre y del Hijo es diversa y su Deidad distinguible, ellos mismos afirman que hay dos dioses. Pero nosotros, cuando confesamos al Padre y al Hijo, al declarar que son todavía de una misma Deidad, decimos que no hay dos dioses, sino un solo Dios. Y esto lo establecemos por la palabra del Señor. Pues donde hay varios, hay una diferencia o de naturaleza o de voluntad y obra. Por último, para que sean refutados por su propio testimonio, se mencionan dos hombres: mas aunque son de una misma naturaleza por derecho de nacimiento, sin embargo en el tiempo, el pensamiento, la obra y el lugar están apartados; y así un solo hombre no puede hablarse bajo el significado y el número de dos; porque no hay unidad donde hay diversidad. Pero se dice que Dios es uno, y así se expresa la gloria y la plenitud del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    V, 3, 42

    Tal es, en efecto, la verdad de la unidad que, cuando se indica solo la naturaleza del nacimiento humano o de la carne humana, un solo hombre es el término usado para los muchos, como está escrito: «El Señor es mi auxilio, no temeré lo que el hombre pueda hacerme;» es decir, no la persona de un solo hombre, sino la única carne, la única fragilidad del nacimiento humano. Añadió también: «Mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre.» También aquí no denotó a un hombre particular, sino una condición universal. Luego, inmediatamente después añadió, hablando de muchos: «Mejor es poner la confianza en el Señor que poner la confianza en los príncipes.» Donde se habla de hombre, como ya hemos dicho, allí se indica la común unidad de la naturaleza que existe entre todos; pero donde se menciona a los príncipes, hay una cierta distinción entre sus diferentes poderes.

    V, 3, 43

    Entre los hombres, o en los hombres, existe unidad en alguna cosa, ya sea en el amor, o en el deseo, o en la carne, o en la devoción, o en la fe. Pero una unidad universal, que abarca dentro de sí todas las cosas conforme a la gloria divina, es propiedad únicamente del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    V, 3, 44

    Por lo cual también el Señor, al señalar la diversidad que existe entre los hombres, que no tienen nada en común que pueda tender hacia la unidad de una sustancia indivisible, dice: «En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero.» [] Pero aunque había dicho: «El testimonio de dos hombres es verdadero,» cuando llegó al testimonio de Sí mismo y de su Padre, no dijo: «Nuestro testimonio es verdadero, porque es el testimonio de dos dioses;» sino: «Yo soy Uno que doy testimonio de Mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de Mí.» [] Antes dice también: «Si Yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no estoy solo, sino Yo y el Padre que me envió.» [] Así, tanto en un lugar como en el otro, indicó tanto al Padre como al Hijo, pero ni implicó la pluralidad, ni rompió la unidad de su divina Sustancia.

    V, 3, 45

    Es claro, pues, que todo lo que es de una misma sustancia no puede ser separado, aunque no sea simple, sino uno. Por singularidad entiendo lo que los griegos llaman [μονοτής]. La singularidad tiene que ver con una persona; la unidad con una naturaleza. Que aquellas cosas que son de una sustancia diferente suelen ser llamadas, no una sola, sino muchas, aunque ya probado por el testimonio del profeta, el propio Apóstol lo ha declarado con estas palabras, diciendo: «Pues aunque haya los que son llamados dioses, ya en el cielo, ya en la tierra.» [] ¿Veis, pues, que aquellos que son de sustancias diferentes, y no de la verdad de una misma naturaleza, son llamados «dioses»? Pero el Padre y el Hijo, siendo de una misma sustancia, no son dos dioses, sino «un solo Dios, el Padre, de Quien son todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo, por Quien son todas las cosas.» [] «Un solo Dios,» dice, «y un solo Señor Jesús;» y más arriba: «Un solo Dios, no dos dioses;» y luego: «Un solo Señor, no dos señores.» []

    V, 3, 46

    La pluralidad, por tanto, queda excluida, pero la unidad no se destruye. Mas así como, por una parte, cuando leemos acerca del Señor Jesús, no disociamos al Padre, como ya he dicho, de la prerrogativa de gobernar, porque la tiene en común con el Hijo; así, por otra parte, cuando leemos acerca del único Dios verdadero, el Padre, no podemos separar al Hijo de la prerrogativa del único Dios verdadero, pues la tiene en común con el Padre.

    V, 3, 47

    47. Digan lo que sienten o lo que piensan cuando leemos: «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.» [] ¿Piensan que Cristo no debe ser adorado y que no debe ser servido? Pues si aquella mujer de Canaán que lo adoró [] mereció alcanzar lo que pedía, y el apóstol Pablo, que se confesó siervo de Cristo desde el comienzo mismo de sus cartas, mereció ser Apóstol «no de los hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo;» [] digan lo que piensan que debe seguirse. ¿Preferirían unirse con Arrio en un pacto de traición, y así mostrar, al negar que Cristo sea el único Dios verdadero, que consideran que no debe ser ni adorado ni servido? ¿O irían más bien en compañía de Pablo, quien, sirviendo y adorando a Cristo, no renegó de palabra ni de corazón del único Dios verdadero, a quien reconoció con servicio obediente?

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 4, sumario
    Se objeta por parte de los herejes que Cristo ofreció adoración a su Padre. Pero en cambio se muestra que esto debe referirse a su Humanidad, como se desprende del examen del pasaje. Sin embargo, también ofrece un testimonio nuevo de su Divinidad, como vemos que sucede a menudo en otras acciones que realizó Cristo.

    V, 4, 48

    48. Pero si alguien dijera que el Hijo adora a Dios Padre, porque está escrito: «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos,» [] considere cuándo se dijo, a quién y en respuesta a qué deseos.

    V, 4, 49

    49. En los versículos anteriores de este capítulo se dice, no sin razón, que Jesús, fatigado del camino, estaba sentado y pidió de beber a una mujer de Samaría; [] porque hablaba como hombre; pues, como Dios, no podía estar fatigado ni tener sed.

    V, 4, 50

    50. Así, cuando esta mujer se dirigió a Él como a un judío y lo tuvo por profeta, Él le responde, como judío que enseñaba espiritualmente los misterios de la Ley: «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos.» «Nosotros,» dice; porque se unió a los hombres. Pero ¿cómo se une a los hombres sino según la carne? Y para mostrar que respondía como encarnado, añadió: «porque la salvación viene de los judíos.» []

    V, 4, 51

    51. Pero inmediatamente después apartó sus sentimientos humanos, diciendo: «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre.» [] No dijo: «Adoraremos.» Esto ciertamente lo habría dicho si participara de nuestra obediencia.

    V, 4, 52

    52. Y cuando leemos que María lo adoró [], debemos aprender que no es posible que Él, bajo la misma naturaleza, adore como siervo y sea adorado como Señor; sino más bien que, como hombre, se dice que adora entre los hombres, y que, como Señor, es adorado por sus siervos.

    V, 4, 53

    53. Muchas cosas, por tanto, leemos y creemos a la luz del sacramento de la Encarnación. Pero incluso en los sentimientos mismos de nuestra naturaleza humana podemos contemplar la Majestad divina. Jesús se fatiga en el camino para reanimar a los fatigados; desea beber cuando está a punto de dar bebida espiritual a los sedientos; tuvo hambre cuando iba a dar el alimento de la salvación a los hambrientos; muere para volver a vivir; es sepultado para resucitar; pende del madero terrible para fortalecer a los que están aterrados; cubre el cielo de densas tinieblas para dar luz; hace temblar la tierra para afirmarla; agita el mar para calmarlo; abre los sepulcros de los muertos para mostrar que son moradas de los vivos; nace de una Virgen para que los hombres crean que ha nacido de Dios; finge no saber para hacer saber a los ignorantes; como judío se dice que adora, para que el Hijo sea adorado como verdadero Dios.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 5, sumario
    Ambrosio responde a quienes insisten en las palabras del Señor a la madre de los hijos de Zebedeo, diciendo que fueron pronunciadas por bondad, porque Cristo no quiso causarle aflicción. Se aduce razón abundante para tal ternura. El Señor prefirió dejar la concesión de aquella petición al Padre antes que declararla imposible. Esta respuesta de Cristo, sin embargo, no va en detrimento suyo, como se muestra tanto por sus propias palabras como comparándolas con otros pasajes.

    V, 5, 54

    54. «¿Cómo,» dicen, «puede el Hijo de Dios ser el único Dios verdadero, semejante al Padre, cuando Él mismo dijo a los hijos de Zebedeo: "Beberéis ciertamente de mi copa; pero sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre"?» [] Esta es, pues, como deseáis, vuestra prueba de la desigualdad divina; aunque en ella deberíais más bien reverenciar la bondad del Señor y adorar su gracia; si es que pudierais percibir los profundos secretos de la virtud y de la sabiduría de Dios.

    V, 5, 55

    55. Pensad, pues, en aquella que, con sus hijos y por sus hijos, hace esta petición. Es una madre que, en su afán por el honor de sus hijos, aunque un tanto desmedida en la medida de sus deseos, puede con todo hallar perdón. Es una madre de edad avanzada, devota en su celo, privada de consuelo; que en aquel tiempo, cuando podía ser ayudada y sostenida por el auxilio de su robusta descendencia, consintió que sus hijos la dejaran y prefirió la recompensa que sus hijos habrían de recibir siguiendo a Cristo a su propio placer. Pues ellos, al ser llamados por el Señor, a la primera palabra, como leemos, dejaron las redes y a su padre y lo siguieron. []

    V, 5, 56

    56. Entonces ella, cediendo un tanto a la devoción del celo materno, suplicó al Salvador, diciendo: «Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu reino.» [] Aunque era un error, era un error del afecto de madre; porque el corazón de una madre no conoce paciencia. Aunque anhelaba el objeto de sus deseos, su anhelo era perdonable, pues no codiciaba dinero, sino gracia. No era desvergonzada su petición, porque no pensaba en sí misma, sino en sus hijos. Contemplad a la madre, reflexionad sobre ella.

    V, 5, 57

    57. Pero nada tiene de extraño que los sentimientos de los padres hacia sus hijos os parezcan cosa de nada a vosotros, que tenéis por asunto de poca monta el amor del Padre todopoderoso a su Hijo unigénito. El Señor del cielo y de la tierra se avergonzó (hablando conforme a la asunción de nuestra carne y a las virtudes del alma) —se avergonzó, digo, y, por usar su propia palabra, se turbó— de negar una parte incluso en su propio asiento a una madre que suplicaba por sus hijos. Vosotros sostenéis a veces que el Hijo propio del Dios eterno está de pie para servir; otras veces querríais que su coasiento fuera como el de un asistente, es decir, no porque haya unidad de majestad, sino porque es el orden del Padre; y negáis al Hijo de Dios, que es verdadero Dios, aquello que Él claramente no quería negar a los hombres.

    V, 5, 58

    58. Porque Él pensó en el amor de aquella madre, que consolaba su ancianidad con el pensamiento de la recompensa de sus hijos, y que, aunque atormentada por los anhelos maternales, soportaba la ausencia de aquellas prendas queridísimas de su amor.

    V, 5, 59

    59. Pensad también en la mujer, es decir, en el sexo más débil, a quien el Señor aún no había fortalecido con su propia Pasión. Pensad, digo, en una descendiente de Eva, la primera mujer, que sucumbía bajo la herencia de una pasión desenfrenada transmitida a todos; en una a quien, además, el Señor aún no había redimido con su propia Sangre, y de quien aún no había lavado con su Sangre el deseo implantado en los corazones de todos de un honor sin límites incluso más allá de lo justo. Así, la mujer pecó a causa de una inclinación heredada al mal.

    V, 5, 60

    60. ¿Y qué hay de extraño en que una madre se esfuerce por ganar preferencia para sus hijos (lo cual es mucho mejor que si lo hubiera hecho para sí misma), cuando incluso los propios Apóstoles, como leemos, disputaban entre sí sobre quién habría de tener la preferencia? []

    V, 5, 61

    61. El médico, por tanto, no debe herir con reproches vergonzosos a una madre que ha sido privada de todo, ni a un ánimo que sufre, no sea que, hecha la petición y denegada con orgullo, ella se aflija por la condena de su súplica como irrazonable.

    V, 5, 62

    62. Por último, el Señor, que sabía que el afecto de una madre debe ser honrado, no respondió a la mujer, sino a sus hijos, diciendo: «¿Podéis beber la copa que yo he de beber?» Cuando dicen: «Podemos,» Jesús les dice: «A la verdad, beberéis de mi copa; pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.» []

    V, 5, 63

    63. ¡Cuán paciente y bondadoso es el Señor; cuán profunda es su sabiduría y cuán bueno su amor! Pues queriendo mostrar que los discípulos no pedían cosa de poca monta, sino algo que no podían obtener, reservó sus propios derechos particulares para el honor de su Padre, sin temor de restar nada a sus propios derechos: «Quien no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse;» [] y amando también a sus discípulos (porque «los amó,» como está escrito, «hasta el fin» ), [] no quiso parecer que negaba a quienes amaba lo que deseaban; Él, digo, el Señor bueno y santo, que preferiría mantener oculto algo de su propia prerrogativa antes que dejar a un lado algo de su amor. «Porque la caridad es paciente y bondadosa; la caridad no tiene envidia, no busca lo suyo.» []

    V, 5, 64

    64. Finalmente, para que aprendáis que no fue señal de debilidad, sino más bien de ternura, el que dijera: «No me corresponde a mí concederlo;» notad que cuando los hijos de Zebedeo hacen la petición sin su madre, Él no dijo nada acerca del Padre; pues así está escrito: «No me corresponde a mí concederlo, sino a aquellos para quienes está preparado.» [] Así lo refiere el evangelista Marcos. Pero cuando la madre hace esta petición en favor de sus hijos, como lo hallamos en Mateo, Él dice: «No me corresponde a mí concederlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.» [] Aquí añadió: «por mi Padre,» porque los sentimientos de una madre exigían mayor ternura.

    V, 5, 65

    65. Pero si piensan que al decir: «para quienes está preparado por mi Padre,» asignó mayor poder a su Padre o restó algo del suyo propio, digan si piensan que hay alguna restricción del poder del Padre, porque el Hijo dice en el Evangelio acerca del Padre: «El Padre no juzga a nadie.» []

    V, 5, 66

    66. Pero si pensamos que es impío creer que el Padre ha entregado todo juicio al Hijo de tal manera que Él ya no lo tiene —porque lo tiene, y no puede perder lo que la Majestad divina posee por su misma naturaleza—, debemos considerar igualmente impío suponer que el Hijo no puede dar lo que los hombres pueden merecer o cualquier criatura puede recibir; especialmente cuando Él mismo ha dicho: «Yo voy a mi Padre, y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, eso haré.» [] Porque si el Hijo no puede dar lo que el Padre puede dar, la Verdad ha mentido y no puede hacer lo que se ha pedido al Padre en su nombre. Por tanto, no dijo: «para quienes está preparado por mi Padre,» con el fin de que las peticiones se hicieran solo al Padre. Pues todo lo que se pide al Padre, Él ha declarado que lo dará. Finalmente, no dijo: «Todo lo que me pidáis a mí, eso haré;» sino: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, eso haré.»

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 6, sumario
    Deseando responder un poco más por extenso a la objeción antes expuesta, sostiene que esta petición, de no haber sido imposible en sí misma, habría sido posible de conceder por Cristo; especialmente porque el Padre le ha dado todo juicio; don que debemos entender dado sin rasgo alguno de imperfección. Sin embargo, prueba que la petición debe contarse entre las cosas imposibles. Para hacerla realmente posible, enseña que la respuesta de Cristo debe tomarse conforme a su naturaleza humana, y lo muestra a continuación mediante una exposición del pasaje. Finalmente, confirma una vez más la respuesta que ha dado sobre la imposibilidad de la sesión de Cristo.

    V, 6, 67

    67. Pregunto ahora si piensan que la petición hecha por la mujer y los hijos de Zebedeo era posible o imposible para las circunstancias humanas o para cualquier ser creado. Si era posible, ¿cómo es que Aquel que hizo todas las cosas que no existían no tenía poder para conceder un asiento a sus apóstoles a su derecha y a su izquierda? ¿O cómo es que Aquel a quien el Padre dio todo juicio no podía juzgar los méritos de los hombres?

    V, 6, 68

    68. Sabemos bien de qué modo lo dio; pues ¿cómo el Hijo, que creó todas las cosas de la nada, lo recibió como si estuviera necesitado? ¿No tenía acaso el juicio de aquellos cuya naturaleza había hecho? El Padre dio todo juicio al Hijo, «para que todos honren al Hijo, así como honran al Padre.» [] No es, por tanto, el poder del Hijo, sino nuestro conocimiento de él, lo que aumenta; ni lo que aprendemos añade algo a su ser, sino solo a nuestro provecho; de modo que, conociendo al Hijo de Dios, tengamos vida eterna.

    V, 6, 69

    69. Así, pues, si en nuestro conocimiento del Hijo de Dios está en juego su honor, pero nuestro provecho, no el suyo; si alguno piensa que el poder de Dios se acrecienta con ese honor, debe creer también que Dios Padre puede recibir acrecentamiento; pues Él es glorificado por nuestro conocimiento de Él, como lo es el Hijo: como está escrito en la palabra del Hijo: «Yo te he glorificado en la tierra.» [] Por tanto, si aquello que se pedía era en absoluto posible, ciertamente estaba en poder del Hijo concederlo.

    V, 6, 70

    70. Que muestren, si lo consideran posible, quién de entre los hombres o de entre los demás seres creados se sienta a la derecha o a la izquierda de Dios. Pues el Padre dice al Hijo: «Siéntate a mi derecha.» Por tanto, si alguien se sienta a la derecha del Hijo, el Hijo se halla sentado (hablando humanamente) entre Él mismo y el Padre.

    V, 6, 71

    71. Se le pidió, pues, algo imposible para el hombre. Pero Él no quiso decir que los hombres no podían sentarse con Él; dado que deseaba que su gloria divina permaneciera velada y no fuera revelada antes de resucitar. [] Pues antes de esto, cuando había aparecido en gloria entre sus acompañantes Moisés y Elías, había advertido a sus discípulos que no dijeran a nadie lo que habían visto.

    V, 6, 72

    72. Por tanto, si no era posible que los hombres u otros seres creados merecieran esto, el Hijo no debe parecer tener menos poder porque no dio a sus apóstoles lo que el Padre no ha dado a los hombres ni a los demás seres creados. O, si no, que digan a cuál de ellos se lo ha dado. Ciertamente no a los ángeles; de quienes dice la Escritura que todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono. [] Así dijo Gabriel que él está de pie, como se dice: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios.» []

    V, 6, 73

    73. No se lo ha dado, pues, a los ángeles, ni a los ancianos que adoran al que está sentado; porque no se sientan sobre el asiento de la majestad, sino, como ha dicho la Escritura, alrededor del trono; pues hay otros veinticuatro asientos, como lo tenemos en el Apocalipsis de Juan: «Y sobre los asientos veinticuatro ancianos sentados.» [] En el Evangelio dice también el Señor mismo: «Cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.» [] No dijo que pudiera darse a los apóstoles una parte en su propio trono, sino que había aquellos otros doce tronos; los cuales, sin embargo, no debemos pensar que se refieran a un sentarse real, sino que muestran el feliz resultado de la gracia espiritual.

    V, 6, 74

    74. Por último, en el Libro de los Reyes, el profeta Miqueas dijo: «Vi al Señor Dios de Israel sentado en su trono, y todo el ejército del cielo estaba en pie alrededor de Él, a su derecha y a su izquierda.» [] ¿Cómo, pues, si los ángeles están en pie a la derecha y a la izquierda del Señor Dios, si todo el ejército del cielo está en pie, se sentarán los hombres a la derecha de Dios o a su izquierda, a quienes se promete como recompensa de la virtud la semejanza con los ángeles, como dice el Señor: «Seréis como los ángeles en el cielo?» [] «Como los ángeles,» dice, no «más que los ángeles.»

    V, 6, 75

    75. Si, pues, el Padre no ha dado nada más que el Hijo, ciertamente el Hijo no ha dado nada menos que el Padre. Por tanto, el Hijo de ningún modo puede ser menor que el Padre.

    V, 6, 76

    76. Suponed, sin embargo, que hubiera sido posible a los hombres obtener lo que deseaban; ¿qué significa cuando dice: «Pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es mío dárselo a vosotros»? [] ¿Qué es «mío»? Antes había dicho: «Beberéis ciertamente de mi copa;» y de nuevo añadió: «No es mío dárselo a vosotros.» Antes dijo «mío,» y de nuevo más abajo dijo «mío.» No hizo cambio alguno. Y así los pasajes anteriores nos dicen por qué dijo «mío.»

    V, 6, 77

    77. Pues, como una mujer le pedía, en cuanto hombre, que permitiera a sus hijos sentarse a su derecha y a su izquierda, porque le pedía como hombre, el Señor, también como si fuera sólo hombre, respondió acerca de su Pasión: «¿Podéis beber de la copa que yo he de beber?» []

    V, 6, 78

    78. Por tanto, puesto que hablaba según la carne de la Pasión de su Cuerpo, quiso mostrar que según la carne nos dejaba un ejemplo y modelo de paciencia en el sufrimiento; pero que, según su condición de hombre, no podía concederles la comunión en el trono de arriba. Por eso dijo: «No es mío;» como también en otro lugar dice: «Mi doctrina no es mía.» [] No es, dice, hablado según mi carne; pues las palabras divinas no pertenecen a la carne.

    V, 6, 79

    79. Pero cuán claramente mostró su ternura por sus discípulos, a quienes amaba, diciendo primero: «¿Beberéis de mi copa?» Pues, como no podía conceder lo que pedían, les ofreció otra cosa, para mencionar lo que les asignaría antes de negarles nada; a fin de que comprendieran que el fracaso estaba más en la equidad de su petición que en el deseo de su Señor de mostrar bondad.

    V, 6, 80

    80. «Beberéis ciertamente de mi copa,» dice; es decir, «No os negaré el sufrimiento que mi carne ha de padecer. Pues todo lo que he asumido como hombre, podéis imitarlo. Os he concedido la victoria del sufrimiento, la herencia de la cruz. 'Pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es mío dárselo a vosotros'.» No dijo: «No es mío darlo,» sino: «No es mío dárselo a vosotros;» queriendo decir con esto, no que le faltara poder, sino que a sus criaturas les faltaba mérito.

    V, 6, 81

    81. O tomad de otra manera las palabras: «No es mío dárselo a vosotros,» es decir, «No es mío, porque he venido a enseñar la humildad; no es mío, porque he venido, no a ser servido, sino a servir; no es mío, porque muestro justicia, no favor.»

    V, 6, 82

    82. Luego, hablando del Padre, añadió: «Para quienes está preparado,» para mostrar que el Padre tampoco suele atender meramente a las peticiones, sino a los méritos; porque Dios no hace acepción de personas. [] Por lo cual también dice el Apóstol: «A los que conoció de antemano, también los predestinó.» [] No los predestinó antes de conocerlos, sino que predestinó la recompensa de aquellos cuyos méritos conoció de antemano.

    V, 6, 83

    83. Con razón, pues, es reprendida la mujer, que pidió lo imposible como un privilegio especial de Aquél que, por su libre don, concedió no sólo a dos apóstoles, sino a todos los discípulos, las cosas que había juzgado que debían darse a los santos; y eso sin oración de nadie, como está escrito: «Os sentaréis sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.» []

    V, 6, 84

    84. Por tanto, aunque pudiéramos pensar que la petición era posible, no hay lugar para falsas acusaciones. Sin embargo, cuando leo que los serafines están en pie, [] ¿cómo puedo suponer que los hombres se sienten a la derecha o a la izquierda del Hijo de Dios? El Señor se sienta sobre los querubines, como dice: «Tú que te sientas sobre los querubines, muéstrate.» ¿Y cómo se sentarán los apóstoles sobre los querubines?

    V, 6, 85

    85. Y no llego a esta conclusión por mi propia mente, sino por las palabras de la boca de nuestro Señor. Pues el Señor mismo, más adelante, al encomendar los apóstoles al Padre, dice: «Padre, quiero que también aquéllos que me has dado estén conmigo donde yo estoy.» [] Pero si hubiera pensado que el Padre daría el trono divino a los hombres, habría dicho: «Quiero que donde yo me siento, se sienten también ellos conmigo.» Pero dice: «Quiero que estén conmigo,» no «que se sienten conmigo;» y «donde yo estoy,» no «como yo estoy.»

    V, 6, 86

    86. Siguen luego las palabras: «Para que vean mi gloria.» Aquí tampoco dijo: «para que tengan mi gloria,» sino «para que la vean.» Pues el siervo ve, el Señor posee; como también David nos ha enseñado, diciendo: «Para que yo vea las delicias del Señor.» Y el mismo Señor en el Evangelio lo ha revelado, declarando: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» [] «Verán,» dice; no «Se sentarán con Dios sobre los querubines.»

    V, 6, 87

    87. Dejen, pues, de tener en poco al Hijo de Dios según su Divinidad, no sea que tengan en poco también al Padre. Porque quien cree mal del Hijo no puede pensar rectamente del Padre; quien piensa mal del Espíritu no puede pensar rectamente del Hijo. Porque donde hay una sola dignidad, una sola gloria, un solo amor, una sola majestad, todo lo que penséis que ha de quitarse a una de las Tres Personas, se quita a todas por igual. Pues nunca puede tener plenitud aquello que podéis separar y dividir en varias partes.

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 7, sumario
    Se objeta el siguiente pasaje: «Los has amado, como me has amado a mí.» Para resolverlo, muestra primero la impiedad de la explicación arriana; luego compara estas palabras con otras; y, por último, toma en consideración todo el pasaje. De ahí deduce que la misión de Cristo, aunque ha de entenderse según la carne, no es en detrimento suyo. Una vez probado esto, muestra cómo tiene lugar la misión divina.

    V, 7, 88

    88. Hay algunos, oh Emperador Augusto, que en su deseo de negar la unidad de la Sustancia divina se esfuerzan por tener en poco el amor del Padre y del Hijo, porque está escrito: «Los has amado, como me has amado a mí.» [] Pero cuando dicen esto, ¿qué otra cosa hacen sino adoptar una semejanza de comparación entre el Hijo de Dios y los hombres?

    V, 7, 89

    89. ¿Pueden, en verdad, ser amados los hombres por Dios como es amado el Hijo, en quien el Padre se complace? [] Él es agradable en sí mismo; nosotros por medio de Él. Pues a aquéllos en quienes Dios ve a su propio Hijo según su semejanza, los admite por medio de su Hijo en el favor de hijos. De modo que, así como pasamos de semejanza en semejanza, así por la Generación del Hijo somos llamados a la adopción. Una cosa es el amor eterno de la Naturaleza de Dios, y otra el de la gracia.

    V, 7, 90

    90. Y si comienzan a discutir sobre las palabras que están escritas: «Y los has amado, como me has amado a mí,» y piensan que se trata de una comparación, deben pensar que también se dijo por vía de comparación lo siguiente: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre que está en el cielo es misericordioso;» [] y en otro lugar: «Sed perfectos, como mi Padre que está en el cielo es perfecto.» [] Pero si Él es perfecto en la plenitud de su gloria, nosotros sólo somos perfectos según el crecimiento de la virtud en nosotros. El Hijo también es amado por el Padre según la plenitud de un amor que permanece siempre, pero en nosotros el crecimiento en la gracia merece el amor de Dios.

    V, 7, 91

    91. Veis, pues, cómo Dios ha dado gracia a los hombres, ¿y queréis separar el amor natural e indivisible del Padre y del Hijo? ¿Y todavía os esforzáis por tener en nada las palabras, en las que notáis la mención de una unidad de majestad?

    V, 7, 92

    92. Considerad todo este pasaje y ved desde qué punto de vista habla; pues le oís decir: «Padre, glorifícame con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera.» [] Ved cómo habla desde el punto de vista del primer hombre. Pues en aquella petición ruega por nosotros las cosas que, como Hombre, recordaba que fueron concedidas en el paraíso antes de la Caída, como también habló de ello al ladrón en su Pasión: «En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.» [] Ésta es la gloria antes de que el mundo existiera. Pero empleó la palabra «mundo» en lugar de «hombres,» como también lo tenéis: «He aquí que todo el mundo se va tras Él;» [] y de nuevo «Para que el mundo conozca que tú me has enviado.» []

    V, 7, 93

    93. Pero para que conozcáis al gran Dios, al Hijo de Dios vivificante y Todopoderoso, ha añadido una prueba de su majestad diciendo: «Y todas mis cosas son tuyas, y las tuyas mías.» [] Él tiene todas las cosas, ¿y desviáis el hecho de que fue enviado para agraviarle?

    V, 7, 94

    94. Pero si no aceptáis la verdad de su misión según la carne, tal como el Apóstol habló de ella, [] y de una mera palabra sacáis una decisión contra ella, para poder decir que los inferiores suelen ser enviados por los superiores; ¿qué respuesta daréis al hecho de que el Hijo fue enviado a los hombres? Porque si pensáis que el que es enviado es inferior a aquel por quien es enviado, debéis aprender también que un inferior ha enviado a un superior, y que los superiores han sido enviados a los inferiores. Pues Tobías envió a Rafael el arcángel, [Tobías 9:3] y un ángel fue enviado a Balaam, [] y el Hijo de Dios a los judíos.

    V, 7, 95

    95. ¿O era el Hijo de Dios inferior a los judíos a quienes fue enviado? Pues de Él está escrito: «Finalmente les envió a su Hijo único, diciendo: Respetarán a mi Hijo.» [] Y notad que mencionó primero a los siervos y luego al Hijo, para que sepáis que Dios, el Hijo unigénito según el poder de su Divinidad, no tiene ni nombre ni suerte en común con los siervos. Es enviado para ser reverenciado, no para ser comparado con los de la casa.

    V, 7, 96

    96. Y con razón añadió la palabra «mi,» para que creamos que vino, no como uno de tantos, ni como uno de naturaleza inferior o de algún poder más bajo, sino como verdadero de Aquel que es verdadero, como Imagen de la sustancia del Padre.

    V, 7, 97

    97. Suponed, sin embargo, que el que es enviado es inferior a aquel por quien es enviado. Entonces Cristo fue inferior a Pilato; pues Pilato le envió a Herodes. Pero una palabra no perjudica su poder. La Escritura, que dice que fue enviado del Padre, dice que fue enviado de un gobernante.

    V, 7, 98

    98. Por lo cual, si mantenemos con sensatez las cosas dignas del Hijo de Dios, debemos entender que fue enviado de tal modo que el Verbo de Dios, desde el misterio incomprensible e inefable de las profundidades de su majestad, se dio a la comprensión de nuestras mentes, en cuanto podíamos aprehenderle, no sólo cuando «se despojó» de sí mismo, sino también cuando habitó en nosotros, como está escrito: «Habitaré en ellos.» [] En otro lugar también consta que Dios dijo: «Vamos, descendamos y confundamos su lenguaje.» [] Dios, en verdad, nunca desciende de lugar alguno; pues dice: «Lleno el cielo y la tierra.» [] Pero parece descender cuando el Verbo de Dios entra en nuestros corazones, como ha dicho el profeta: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.» [] Hemos de hacer esto, para que, como Él mismo prometió, venga junto con el Padre y haga morada en nosotros. [] Queda claro, pues, cómo viene.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 8, sumario
    Cristo, en cuanto es verdadero Hijo de Dios, no tiene Señor, sino sólo en cuanto es Hombre; como se muestra por sus palabras, en las que a veces se dirigía al Padre y a veces al Señor. ¡Cuántas herejías quedan silenciadas por un solo versículo de la Escritura! Hemos de distinguir entre lo que pertenece a Cristo como Hijo de Dios o como Hijo de David. Pues sólo bajo este último título hemos de atribuirle que fue siervo. Por último, señala que muchos pasajes no pueden tomarse sino como referidos a la Encarnación.

    V, 8, 99

    99. [Por tanto] es también claro cómo llama Señor a Aquel a quien conocía como Padre. Pues dice: «Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra.» [] Primero la Sabiduría habló de su propio Padre, y luego le proclamó Señor de la creación. Por eso el Señor muestra en su Evangelio que no se ejerce señorío alguno donde hay un verdadero hijo, diciendo: «¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dicen: De David. Jesús les dice: ¿Cómo, pues, David en espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra»? Luego añadió: «Si David en espíritu, pues, le llama Señor, ¿cómo es hijo suyo? Y nadie pudo responderle una palabra.» []

    V, 8, 100

    100. ¡Con cuánto cuidado proveyó el Señor a la fe en este testimonio a causa de los arrianos! Pues no dijo: «El espíritu le llama Señor,» sino que «David habló en espíritu;» para que los hombres crean que, así como es hijo suyo, es decir, hijo de David según la carne, así también es su Señor y Dios según su Divinidad. Veis, pues, que hay una distinción entre los títulos que se usan para el parentesco y los que se usan para el señorío.

    V, 8, 101

    101. Y con razón el Señor habló de su propio Padre, pero del Señor del cielo y de la tierra; para que vosotros, cuando leáis del Padre y del Señor, entendáis que es el Padre del Hijo y el Señor de la Creación. En el primer título descansa el derecho de la naturaleza; en el segundo, la autoridad para gobernar. Pues tomando sobre sí la forma de siervo, le llama Señor, porque se ha sometido al servicio; siendo igual a Él en la forma de Dios, pero siendo siervo en la forma de su cuerpo: porque el servicio es propio de la carne, pero el señorío es propio de la Divinidad. Por lo cual también dice el Apóstol: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria,» [] es decir, llamándole Dios de la adopción de la humanidad, pero Padre de la gloria. ¿Tenía Dios dos Hijos, Cristo y Gloria? Ciertamente no. Por tanto, si hay un solo Hijo de Dios, a saber, Cristo, Cristo es Gloria. ¿Por qué os esforzáis en empequeñecer a Aquel que es la gloria del Padre?

    V, 8, 102

    102. Si, pues, el Hijo es gloria, y el Padre es gloria (porque el Padre de la gloria no puede ser otra cosa que gloria), no hay separación de glorias, sino que la gloria es una. Así, la gloria se refiere a su propia naturaleza, pero el señorío al servicio del cuerpo que fue asumido. Pues si la carne está sujeta al alma de un hombre justo, como está escrito: «Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre;» [] ¿cuánto más está sujeta a la Divinidad, de la cual se dice: «Todas las cosas te sirven»?

    V, 8, 103

    103. Con una sola pregunta el Señor ha excluido a los sabelianos, a los fotinianos y a los arrianos. Pues cuando dijo que el Señor habló al Señor, queda refutado Sabelio, que sostiene que la misma Persona es a la vez Padre e Hijo. Queda refutado Fotino, que piensa en Él meramente como hombre; porque nadie podría ser Señor de David el rey, sino Aquel que es Dios, pues está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás.» [] ¿Iría el profeta que gobernaba bajo la Ley contra la Ley? Queda refutado Arrio, que oye que el Hijo se sienta a la diestra del Padre; de modo que, si argumenta según costumbres humanas, se refuta a sí mismo y hace que el veneno de sus argumentos blasfemos refluya sobre él. Pues al interpretar la desigualdad del Padre y del Hijo por analogía de los hábitos humanos (apartándose en ambos casos de la verdad), pone en primer lugar a Aquel a quien tiene en poco, confesando que es el Primero Aquel a quien oye que está a la diestra. También queda refutado el maniqueo, pues no niega que es Hijo de David según la carne Aquel que, al clamor de los ciegos, «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de nosotros,» [] se complació en su fe, se detuvo y los sanó. Pero niega que esto se refiera a su eternidad, si es llamado sólo Hijo de David por los falsos.

    V, 8, 104

    104. Pues «Hijo de Dios» se opone a Ebión, «Hijo de David,» se opone a los maniqueos; «Hijo de Dios» se opone a Fotino, «Hijo de David» se opone a Marción; «Hijo de Dios» se opone a Pablo de Samosata, «Hijo de David» se opone a Valentín; «Hijo de Dios» se opone a Arrio y a Sabelio, herederos de errores paganos. «Señor de David» se opone a los judíos, quienes, viendo al Hijo de Dios en la carne, en impía locura creyeron que era solamente hombre.

    V, 8, 105

    105. Pero en la fe de la Iglesia uno y el mismo es a la vez Hijo de Dios Padre e Hijo de David. Pues el misterio de la Encarnación de Dios es la salvación de toda la creación, según aquello que está escrito: «Que sin Dios gustase la muerte por todos;» [] es decir, que toda criatura fuese redimida sin padecer, al precio de la sangre de la Divinidad del Señor, como se dice en otro lugar: «Toda criatura será libertada de la servidumbre de la corrupción.» []

    V, 8, 106

    106. Una cosa es ser llamado Hijo según la Sustancia divina, y otra cosa es ser llamado así según la adopción de la carne humana. Pues, según la Generación divina, el Hijo es igual a Dios Padre; y, según la adopción de un cuerpo, es siervo de Dios Padre. «Porque,» dice, «tomó la forma de siervo.» [] El Hijo es, sin embargo, uno y el mismo. Por otra parte, según su gloria, es Señor respecto del santo patriarca David, pero hijo suyo en la línea de la descendencia carnal, no abandonando nada de lo suyo, sino adquiriendo para sí los derechos propios de la adopción en nuestra raza.

    V, 8, 107

    107. No sólo se somete al servicio en condición de hombre por razón de su descendencia de David, sino también por razón de su nombre, como está escrito: «He hallado a David mi siervo;» y en otro lugar: «He aquí que yo os enviaré a mi Siervo, el Oriente es su nombre.» [] Y el Hijo mismo dice: «Así dice el Señor, que me formó desde el vientre para ser su siervo, y me dijo: Gran cosa es para Ti ser llamado mi Siervo. He aquí que te he puesto por testigo para mi pueblo, y por luz de las gentes, para que seas salvación hasta los confines de la tierra.» [] ¿A quién se dice esto, sino a Cristo? Quien, siendo en forma de Dios, se anonadó a sí mismo y tomó forma de siervo. [] Pero ¿qué puede haber en la forma de Dios, sino lo que existe en la plenitud de la Divinidad?

    V, 8, 108

    108. Aprended, pues, qué significa esto: «tomó la forma de siervo.» Significa que asumió todas las perfecciones de la humanidad en su plenitud, y la obediencia en su plenitud. Y así se dice en el salmo trigésimo: «Has puesto mis pies en lugar espacioso. Soy hecho oprobio de todos mis enemigos. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo.» «Siervo» significa el Hombre en quien fue santificado; significa el Hombre en quien fue ungido; significa el Hombre en quien fue hecho bajo la ley, hecho de la Virgen; y, para decirlo brevemente, significa el Hombre en cuya persona tiene madre, como está escrito: «Oh Señor, yo soy tu Siervo, yo soy tu Siervo, e hijo de tu sierva;» y de nuevo: «Estoy abatido y muy humillado.»

    V, 8, 109

    109. ¿Quién está muy humillado, sino Cristo, que vino a librar a todos por su obediencia? «Porque así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos.» [] ¿Quién recibió la copa de la salvación? ¿Cristo, el Sumo Sacerdote, o David, que nunca ejerció el sacerdocio ni padeció sufrimiento? ¿Quién ofreció el sacrificio de acción de gracias?

    V, 8, 110

    110. Pero eso no basta; tomad de nuevo: «Guarda mi alma, porque soy santo.» ¿Dijo esto David de sí mismo? No; lo dice Aquel que también dice: «No dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» El Mismo dice, pues, ambas cosas.

    V, 8, 111

    111. Ha añadido además: «Salva a tu Siervo;» y más adelante: «Da tu fuerza a tu siervo, y al hijo de tu sierva;» y en otro lugar, es decir, en Ezequiel: «Y suscitaré sobre ellos a un solo Pastor, y Él los regirá, a mi Siervo David. Él los apacentará, y será su Pastor. Y yo, el Señor, seré su Dios, y mi Siervo David príncipe en medio de ellos.» [] Ahora bien, David, el hijo de Jesé, ya había muerto. Por tanto, habla de Cristo, quien por nosotros fue hecho Hijo de una sierva en forma de hombre; porque, según su Generación divina, no tiene Madre, sino sólo Padre: ni es fruto del deseo terreno, sino el Poder eterno de Dios.

    V, 8, 112

    112. Y así también, cuando leemos que el Señor dijo: «Mi tiempo aún no se ha cumplido;» [] y: «Un poco de tiempo estaré todavía con vosotros;» y: «Voy al que me envió;» [] y: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre;» [] debemos referir todo esto al sacramento de la Encarnación. Pero cuando leemos: «Y Dios es glorificado en Él, y Dios le ha glorificado;» [] ¿qué duda cabe aquí, donde el Hijo es glorificado por el Padre, y el Padre es glorificado por el Hijo?

    V, 8, 113

    113. Luego, para manifestar la fe de la Unidad y la Unión de la Trinidad, dijo también que sería glorificado por el Espíritu, como está escrito: «Él recibirá de lo mío y me glorificará.» [] Por tanto, el Espíritu Santo también glorifica al Hijo de Dios. ¿Cómo, pues, dijo: «Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada.» [] ¿Es, entonces, nada la gloria del Hijo? Es blasfemia decirlo, a no ser que apliquemos estas palabras a su carne; porque el Hijo hablaba en condición de hombre, pues, en comparación con la Divinidad, no hay gloria de la carne.

    V, 8, 114

    114. Cesen de sus malvadas objeciones, que no hacen sino volverse contra su propia falsedad. Pues dicen que está escrito: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre.» No niego que esté escrito: «El Hijo del Hombre es glorificado.» Pero vean lo que sigue: «Y Dios es glorificado en Él.» Puedo alegar alguna excusa respecto del Hijo del Hombre, pero Él no la tiene respecto de su Padre; porque el Padre no tomó carne sobre sí. Puedo alegar una excusa, pero no la uso. Él no la tiene, y es falsamente atacado. Puedo entenderlo en su sentido llano, o puedo aplicar a la carne lo que concierne a la carne. Una mente piadosa distingue entre lo que se dice según la carne o según la Divinidad. Una mente impía convierte en deshonra de la Divinidad todo lo que se dice acerca de la pequeñez de la carne.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 9 de 11