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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF43 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 11 · Capítulo 9Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

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    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 9, sumario
    La objeción de que el Hijo, al ser enviado por el Padre, es, al menos en ese aspecto, inferior, se responde con la respuesta de que también fue enviado por el Espíritu, a quien, sin embargo, no se considera mayor que el Hijo. Además, el Espíritu, a su vez, es enviado por el Padre al Hijo, para que se manifieste su unidad en la acción. Es deber nuestro, por tanto, distinguir cuidadosamente qué dichos han de atribuirse convenientemente a Cristo como Dios, y cuáles han de atribuírsele como hombre.

    II, 9, 74

    74. No tengo temor alguno en lo tocante a esa objeción comúnmente aducida, de que Cristo es inferior porque fue enviado. Pues aunque fuera inferior, ello no queda así probado; por otra parte, su igual título al honor queda en verdad probado. Puesto que todos honran al Hijo como honran al Padre, [] es cierto que el Hijo no es, en cuanto enviado, inferior.

    II, 9, 75

    75. No miréis, por tanto, los estrechos límites del lenguaje humano, sino el sentido llano de las palabras, y creed los hechos cumplidos. Considerad que nuestro Señor Jesucristo dijo en Isaías que había sido enviado por el Espíritu. ¿Es, pues, el Hijo menor que el Espíritu porque fue enviado por el Espíritu? Así tenéis el relato, que el Hijo declara de sí mismo que fue enviado por el Padre y su Espíritu. «Yo soy el principio,» dice, [] «y vivo para siempre, y mi mano ha puesto los fundamentos de la tierra, mi diestra ha hecho que el cielo se mantenga firme;» y más adelante: «He hablado, y he llamado; lo he traído, y he prosperado su camino. Acercaos a mí, y oíd estas cosas: no en secreto he hablado desde el principio. Cuando fueron hechas, yo estaba allí: y ahora el Señor y su Espíritu me han enviado.» [] Aquí, en efecto, Aquel que hizo el cielo y la tierra dice de sí mismo que es enviado por el Señor y su Espíritu. Ved, pues, que la pobreza del lenguaje no quita el honor de su misión. Él, entonces, es enviado por el Padre; también por el Espíritu es enviado.

    II, 9, 76

    76. Y para que comprendáis que no hay diferencia de majestad que separe, el Hijo a su vez envía al Espíritu, como Él mismo ha dicho: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre —el Espíritu de verdad, que procede de mi Padre—.» [] Que este mismo Consolador ha de ser enviado también por el Padre ya lo ha enseñado, diciendo: «Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre.» [] He aquí su unidad, por cuanto a quien Dios Padre envía, también el Hijo lo envía, y a quien el Padre envía, también el Espíritu lo envía. De lo contrario, si los arrianos no quieren admitir que el Hijo fue enviado, porque leemos que el Hijo es la diestra del Padre, entonces ellos mismos confesarán respecto del Padre lo que niegan respecto del Hijo, a menos que acaso descubran para sí o bien otro Padre u otro Hijo.

    II, 9, 77

    77. Tregua, pues, a las vanas disputas de palabras, porque el reino de Dios, como está escrito, no consiste en palabras persuasivas, sino en poder manifestado abiertamente. Atendamos a la distinción entre la Deidad y la carne. En cada una habla uno y el mismo Hijo de Dios, porque cada naturaleza está presente en Él; sin embargo, aunque es la misma Persona quien habla, no habla siempre de la misma manera. Ved en Él, ora la gloria de Dios, ora los afectos del hombre. Como Dios dice las cosas de Dios, porque es el Verbo; como hombre dice las cosas del hombre, porque habla en mi naturaleza.

    II, 9, 78

    78. «Este es el pan vivo, que descendió del cielo.» [] Este pan es su carne, como Él mismo dijo: «Este pan que yo daré es mi carne.» [] Este es Aquel que descendió del cielo, este es Aquel a quien el Padre ha santificado y enviado a este mundo. Incluso la letra misma nos enseña que no la Deidad, sino la carne, necesitaba santificación, porque el Señor mismo dijo: «Y yo me santifico a mí mismo por ellos,» [] para que reconozcáis que Él es a la vez santificado en la carne por nosotros, y santifica en virtud de su Divinidad.

    II, 9, 79

    79. Este es el mismo a quien el Padre envió, pero «nacido de mujer, nacido bajo la ley,» [] como ha dicho el Apóstol. Este es el que dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido, me ha enviado a dar buenas nuevas a los pobres:» Este es el que dice: «Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió. Si alguno quiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina, si es de Dios, o si yo hablo de mí mismo.» [] La doctrina que es de Dios, pues, es una cosa; la doctrina que es de hombre, otra; y así, cuando los judíos, considerándolo como hombre, ponían en duda su enseñanza, y decían: «¿Cómo sabe este letras, no habiendo aprendido?» Jesús respondió y dijo: «Mi doctrina no es mía,» pues, al enseñar sin elegancia de letras, parece enseñar no como hombre, sino más bien como Dios, no habiendo aprendido, sino ideado su doctrina.

    II, 9, 80

    80. Porque Él ha hallado e ideado todo el camino de la disciplina, como leemos arriba, por cuanto del Hijo de Dios se ha dicho: «Este es nuestro Dios, y ningún otro será tenido en cuenta en comparación con Él, quien ha hallado todo el camino de la disciplina. Después de estas cosas fue visto en la tierra, y conversó con los hombres.» ¿Cómo, pues, podía Él, como divino, no tener su propia doctrina —Él, que ha hallado todo el camino de la disciplina antes de ser visto en la tierra? ¿O cómo es inferior, Aquel de quien se dice: «Ninguno será tenido en cuenta en comparación con Él»? Ciertamente es llamado incomparable, Aquel en comparación con quien ningún otro puede ser tenido en cuenta —aunque no pueda ser tenido en cuenta antes que el Padre. Ahora bien, si los hombres suponen que se habla del Padre, no escaparán a incurrir en la blasfemia de Sabelio, de atribuir la asunción de la naturaleza humana al Padre.

    II, 9, 81

    Prosigamos con lo que sigue. «El que habla de sí mismo, busca su propia gloria.» [] Ved la unidad en la que se revelan claramente el Padre y el Hijo. El que habla no puede sino ser; sin embargo, aquello que habla no puede proceder únicamente de Él, porque en Él todo lo que es se deriva naturalmente del Padre.

    II, 9, 82

    ¿Qué significa, pues, lo de «busca su propia gloria»? Esto es, no una gloria en la que el Padre no tenga parte —porque, en verdad, el Verbo de Dios es su gloria. Dice también nuestro Señor: «para que vean mi gloria». [] Mas esa gloria del Verbo es también la gloria del Padre, según está escrito: «El Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre». En cuanto, pues, a su Divinidad, el Hijo de Dios tiene de tal modo su propia gloria, que la gloria del Padre y del Hijo es una sola: no es, por tanto, inferior en esplendor, porque la gloria es una, ni menor en la Divinidad, porque la plenitud de la Divinidad está en Cristo.

    II, 9, 83

    ¿Cómo, pues, preguntáis, está escrito: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo»? [] Quien dice estas palabras necesita ser glorificado, decís. Hasta aquí tenéis ojos para ver; el resto de la Escritura no lo habéis leído, pues prosigue: «para que tu Hijo te glorifique a ti». ¿Acaso tuvo alguna vez el Padre necesidad de alguien, por el hecho de que haya de ser glorificado por el Hijo?

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 10, sumario
    Se refuta la objeción fundada en la obediencia del Hijo, y se expone la unidad de poder, Divinidad y operación en la Trinidad; se advierte la obediencia de Cristo a su madre, a la cual ciertamente no puede llamarse inferior.

    II, 10, 84

    Del mismo modo, nuestros adversarios suelen poner dificultad en la obediencia del Hijo, por cuanto está escrito: «Y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte». [] El escritor no sólo nos ha dicho que el Hijo fue obediente hasta la muerte, sino que primero ha mostrado que era hombre, para que entendamos que la obediencia hasta la muerte no era propia de su Divinidad, sino de su Encarnación, por la cual tomó sobre sí las funciones y los nombres propios de nuestra naturaleza.

    II, 10, 85

    Hemos aprendido, pues, que el poder de la Trinidad es uno, según se nos enseña tanto en la Pasión misma como después de ella: el Hijo padece por medio de su cuerpo, que es la prenda de ello; el Espíritu Santo es derramado sobre los apóstoles; en las manos del Padre es encomendado el espíritu; además, Dios es proclamado Padre con voz poderosa. Hemos aprendido que hay una sola forma, una sola semejanza, una sola santificación del Padre y del Hijo, una sola operación, una sola gloria, en fin, una sola Divinidad.

    II, 10, 86

    No hay, por tanto, sino un solo Dios, pues está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás». [] Un solo Dios, no en el sentido de que el Padre y el Hijo sean la misma Persona, como afirma el impío Sabelio, sino porque hay una sola Divinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Mas donde hay una sola Divinidad, hay una sola voluntad, un solo designio.

    II, 10, 87

    Para que sepáis, además, que el Padre es y el Hijo es, y que la obra del Padre y del Hijo es una, seguid la palabra del Apóstol: «Que el mismo Dios, y nuestro Padre, y nuestro Señor Jesucristo dirijan nuestro camino hacia vosotros». [] Se nombra al Padre y al Hijo, pero hay unidad de dirección, porque hay unidad de poder. Leemos asimismo en otro lugar: «Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado consuelo eterno y buena esperanza en la gracia, consuele y fortalezca vuestros corazones». [] ¡Cuán perfecta unidad nos presenta el Apóstol, hasta el punto de que la fuente del consuelo no es muchas, sino una sola! Calle, pues, la duda; o, si no se deja vencer por la razón, dóblela el pensamiento de la graciosa bondad de nuestro Señor.

    II, 10, 88

    Recordemos cuán bondadosamente nos ha tratado nuestro Señor, pues no sólo nos enseñó la fe, sino también las costumbres. Porque, habiendo tomado la forma de hombre, estaba sujeto a José y a María. [] ¿Era, pues, menos que todo el género humano por estar sujeto? Una cosa es la obediencia, otra la soberanía, pero la obediencia no excluye la soberanía. ¿En qué, pues, estaba sujeto a la ley del Padre? Ciertamente en su cuerpo, en el cual estaba sujeto a su madre.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 11, sumario
    El designio y los efectos sanadores de la Encarnación. La utilidad de la fe, por la cual sabemos que Cristo llevó todas las flaquezas por nosotros —Cristo, cuya Divinidad se reveló en su Pasión; de donde entendemos que la misión del Hijo de Dios no entrañó subordinación, creencia que no debemos temer que desagrade al Padre, que declara complacerse en su Hijo.

    II, 11, 89

    Tratemos también nosotros con bondad; persuadamos a nuestros adversarios de lo que les es provechoso: «adoremos y lloremos ante el Señor, nuestro Hacedor». Pues no queremos derribar, sino curar; no les tendemos emboscada, sino que les amonestamos como es nuestro deber. La bondad doblega a menudo a quienes ni la fuerza ni el argumento pueden vencer. Asimismo, nuestro Señor curó con aceite y vino al hombre que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó entre ladrones; se abstuvo de tratarlo con los remedios severos de la Ley o con la dureza de la Profecía.

    II, 11, 90

    A Él, pues, vengan todos los que quieran ser sanados. Reciban la medicina que Él ha traído de su Padre y ha preparado en el cielo, confeccionándola con los jugos de aquellos frutos celestiales que no se marchitan. No es de crecimiento terreno, pues en ninguna parte posee la naturaleza este compuesto. Con designio admirable tomó nuestra carne, a fin de mostrar que la ley de la carne había sido sometida a la ley del espíritu. Se encarnó para que Él, Maestro de los hombres, venciera como hombre.

    II, 11, 91

    ¿De qué provecho me habría sido que Él, como Dios, hubiera desnudado el brazo de su poder y solamente hubiera mostrado su Divinidad inviolada? ¿Por qué había de tomar la naturaleza humana, sino para dejarse tentar bajo las condiciones de mi naturaleza y de mi flaqueza? Convenía que fuera tentado, que padeciera conmigo, a fin de que yo supiera cómo vencer cuando fuese tentado, cómo escapar cuando fuese apremiado. Venció por la fuerza de la continencia, del desprecio de las riquezas, de la fe; pisoteó la ambición, huyó de la intemperancia, mandó que la lascivia estuviera lejos de Él.

    II, 11, 92

    Pedro vio esta medicina y dejó sus redes, es decir, los instrumentos y la seguridad de la ganancia, renunciando a la concupiscencia de la carne como a una nave agrietada que recibe, por así decirlo, el agua de sentina de innumerables pasiones. Verdaderamente un remedio poderoso, que no sólo quitó la cicatriz de una antigua herida, sino que cortó incluso la raíz y la fuente de la pasión. ¡Oh fe, más rica que todos los tesoros! ¡Oh remedio excelente, que curas nuestras heridas y pecados!

    II, 11, 93

    Pensemos en la utilidad de una fe recta. Me es provechoso saber que por mí Cristo llevó mis flaquezas, se sometió a las afecciones de mi cuerpo; que por mí, es decir, por todo hombre, fue hecho pecado y maldición; que por mí y en mí fue humillado y hecho súbdito; que por mí es el Cordero, la Vid, la Roca, el Siervo, el Hijo de una sierva, que no conoce el día del juicio, ignorante por mi causa del día y de la hora.

    II, 11, 94

    Pues, ¿cómo podía ignorar el día Aquel que ha hecho los días y los tiempos? ¿Cómo podía no conocer el día Aquel que ha declarado tanto el tiempo del Juicio venidero como su causa? Fue hecho, pues, maldición no en cuanto a su Divinidad, sino en cuanto a su carne; porque está escrito: «Maldito todo el que cuelga de un madero». Colgó, por tanto, según la carne, y por eso Aquel que llevó nuestras maldiciones se hizo maldición. Lloró para que tú, hombre, no lloraras largo tiempo. Soportó la afrenta para que tú no te entristecieras por la injuria que se te haga.

    II, 11, 95

    ¡Remedio glorioso: tener el consuelo de Cristo! Porque Él soportó estas cosas con paciencia sobreabundante por nosotros; ¡y nosotros, en verdad, no podemos soportarlas con paciencia común por la gloria de su Nombre! ¿Quién no aprenderá a perdonar cuando es atacado, viendo que Cristo, aun en la Cruz, oró —sí— por los que le perseguían? ¿No veis que esas flaquezas, como os place llamarlas, de Cristo son vuestra fortaleza? ¿Por qué le interrogáis en lo tocante a los remedios para nosotros? Sus lágrimas nos lavan, su llanto nos limpia; y hay fuerza en esta duda, al menos: si comenzáis a dudar, desesperaréis. Cuanto mayor es la afrenta, mayor es la gratitud debida.

    II, 11, 96

    Aun en la hora misma de la burla y de la afrenta, reconoce su Divinidad. Colgó de la Cruz, y todos los elementos le rindieron homenaje. [] El sol retiró sus rayos, la luz del día desapareció, las tinieblas descendieron y cubrieron la tierra, la tierra tembló; y, sin embargo, Aquel que allí colgaba no tembló. ¿Qué significaban estos signos sino reverencia hacia el Creador? Que Él cuelga de la Cruz —esto, tú, arriano, lo consideras; que Él da el reino de Dios —esto no lo consideras. Que gustó la muerte, lo lees; pero que también invitó al ladrón al paraíso, [] a esto no prestas atención. Miras a las mujeres que lloran junto al sepulcro, pero no a los ángeles que lo custodian. [] Lo que Él dijo, lo lees; lo que hizo, no lo lees. Dices que el Señor dijo a la mujer cananea: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel», [] pero no dices que hizo lo que ella le suplicó.

    II, 11, 97

    Debes entender por esto que el haber sido «enviado» no significa que fuera compelido por mandato de otro, sino que obró por libre voluntad, según su propio juicio; de lo contrario, acusas a Él de despreciar a su Padre. Porque si, según tu interpretación, Cristo hubiera venido a Judea, como quien ejecuta los mandatos del Padre, para socorrer a los habitantes de Judea, y no a otros, y sin embargo, antes de que eso se cumpliera, libró a la hija de la mujer cananea de su dolencia, ciertamente no fue sólo ejecutor de instrucción ajena, sino que fue libre para ejercer su propio juicio. Mas donde hay libertad para obrar según la propia voluntad, no puede haber transgresión de los términos de la propia misión.

    II, 11, 98

    No temáis que la acción del Hijo desagradara al Padre, puesto que el Hijo mismo dice: «Todo aquello que es de su agrado, lo hago siempre», y «Las obras que yo hago, Él mismo las hace». ¿Cómo, pues, podría el Padre desagradarse de aquello que Él mismo hacía por medio del Hijo? Porque es un solo Dios, que, como está escrito, «ha justificado la circuncisión en virtud de la fe, y la incircuncisión por medio de la fe». []

    II, 11, 99

    Leed todas las Escrituras, examinad todo diligentemente; entonces hallaréis que Cristo se manifestó de tal modo que Dios pudiera ser discernido en el hombre. No interpretéis maliciosamente la exultación del Hijo en el Padre, cuando oís al Padre declarar su complacencia en el Hijo.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 12, sumario
    ¿Toman los católicos o los arrianos el mejor camino para asegurarse el favor de Cristo como Juez? Una objeción fundada en Salmo 110:1 se resuelve, mostrando que cuando el Hijo es invitado por el Padre a sentarse a su diestra, no se pretende significar sujeción alguna —ni tampoco preferencia, en cuanto que el Hijo se sienta a la diestra del Padre. Se muestra que la verdad de la Trinidad de Personas en Dios, y de la Unidad de su Naturaleza, queda probada por el Trisagio angélico.

    II, 12, 100

    Con todo, si nuestros adversarios no pueden ser movidos por la bondad, citémoslos ante el Juez. ¿A qué Juez, pues, iremos? Ciertamente a Aquel que tiene el Juicio. ¿Al Padre, entonces? No; sino que «el Padre no juzga a nadie, pues ha dado todo el juicio al Hijo». [] Lo ha dado, es decir, no como una dádiva, sino en el acto de la generación. Ved, pues, cuán poco quería Él que deshonraseis a su Hijo —hasta el punto de que lo entregó para que fuera vuestro Juez.

    II, 12, 101

    Veamos, pues, antes del juicio, quién tiene la mejor causa, tú o yo. Ciertamente, es propio de una parte prudente en un pleito ganarse primero el favor del juez. Honras al hombre, ¿y no honras a Dios? ¿Cuál de los dos, pregunto, gana el favor del magistrado: el respeto o el desprecio? Supongamos que yo esté en el error —como ciertamente no lo estoy—: ¿se desagrada Cristo del honor que se le tributa? Todos somos pecadores; ¿quién, entonces, merecerá el perdón: el que rinde adoración o el que muestra insolencia?

    II, 12, 102

    Si el razonamiento no os mueve, que os mueva al menos el aspecto manifiesto del juicio. Alzad los ojos al Juez: ved quién es el que está sentado, con quién está sentado y dónde. Cristo está sentado a la diestra del Padre. Si con vuestros ojos no podéis percibir esto, oíd las palabras del profeta: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra». El Hijo, por tanto, está sentado a la diestra del Padre. Dime ahora, tú, que sostienes que las cosas de Dios han de juzgarse a partir de las cosas de este mundo: di si piensas que Aquel que está sentado a la diestra es inferior. ¿Es acaso una deshonra para el Padre que Él esté sentado a la izquierda del Hijo? El Padre honra al Hijo, ¡y tú lo conviertes en afrenta! El Padre quiere que esta invitación sea una señal de amor y de estima, ¡y tú la conviertes en mandato de un soberano! Cristo ha resucitado de entre los muertos y está sentado a la diestra de Dios.

    II, 12, 103

    «Pero», objetáis, «el Padre dijo.» Bien; oíd ahora un pasaje en el que el Padre no habla, y el Hijo profetiza: «Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder». [] Esto dijo con respecto a recobrar su cuerpo —a Él dijo el Padre: «Siéntate a mi diestra». Y si preguntáis por la morada eterna de la Divinidad, Él dijo —cuando Pilato le preguntó si era el Rey de los judíos—: «Para esto he nacido». Así, pues, muestra el Apóstol que nos es bueno creer que Cristo está sentado a la diestra de Dios, no por mandato, ni por dádiva alguna, sino como Hijo amadísimo de Dios. Porque está escrito para vosotros: «Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios; gustad las cosas de arriba». [] Esto es gustar las cosas de arriba: creer que Cristo, en su estar sentado, no obedece como quien recibe un mandato, sino que es honrado como el Hijo amado. Se refiere, pues, al Cuerpo de Cristo lo que el Padre dice: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies».

    II, 12, 104

    Si, además, pretendéis pervertir el sentido de estas palabras: «Pondré a tus enemigos por estrado de tus pies», respondo que el Padre también trae al Hijo a aquellos a quienes el Hijo resucita y vivifica. Porque «Nadie», dice Cristo, «puede venir a mí, si el Padre, que me ha enviado, no lo trae; y yo lo resucitaré en el último día». [] Y decís que el Hijo de Dios está sujeto por razón de debilidad —el Hijo, a quien el Padre trae a los hombres para que los resucite en el último día. ¿Os parece esto sujeción, os lo ruego, cuando el reino está preparado para el Padre, y el Padre trae al Hijo, y no hay lugar para la perversión de las palabras, puesto que el Hijo da el reino al Padre, y nadie es preferido antes que Él? Porque en cuanto que el Padre da al Hijo, y el Hijo, a su vez, al Padre, hay aquí pruebas manifiestas de amor y de estima: pues se dan el Uno al Otro de tal modo que ni Aquel que recibe obtiene como si fuera cosa ajena, ni Aquel que da pierde.

    II, 12, 105

    105. Además, el estar sentado a la diestra no es preferencia, ni el estar a la siniestra denota deshonra, pues no hay grados en la Deidad, la Cual no está sujeta a límites de espacio ni de tiempo, que son las pesas y medidas de nuestras pobres mentes humanas. No hay diferencia de amor, nada que divida la Unidad.

    II, 12, 106

    106. Mas ¿por qué vagar tan lejos? Has mirado cuanto te rodea, has visto al Juez, has advertido a los ángeles que lo proclaman. Ellos lo alaban, y tú lo vituperas. Las dominaciones y potestades se postran ante Él — tú hablas mal de su Nombre. Todos sus Santos lo adoran, pero el Hijo de Dios no adora, ni el Espíritu Santo. Los serafines dicen: «¡Santo, Santo, Santo!» []

    II, 12, 107

    107. ¿Qué significa esta triple expresión del mismo nombre «Santo»? Si se repite tres veces, ¿por qué es un solo acto de alabanza? Si es un solo acto de alabanza, ¿por qué la triple repetición? ¿Por qué la triple repetición, sino porque el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son uno en santidad? El serafín pronunció el nombre, no una vez, para no excluir al Hijo; no dos, para no pasar por alto al Espíritu Santo; no cuatro, para no asociar a los seres creados [en la alabanza del Creador]. Además, para mostrar que la Deidad de la Trinidad es Una, después del triple «Santo», añadió en número singular «el Señor Dios de Sabaoth». Santo, pues, es el Padre; santo, el Hijo; santo, igualmente, el Espíritu de Dios, y por eso la Trinidad es adorada, pero no adora; es alabada, pero no alaba. Por mi parte, prefiero creer como los serafines, y adorar a la manera de todos los principados y potestades del cielo.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 13, sumario
    Las opiniones malvadas y deshonrosas que sostienen los arrianos, los sabelianos y los maniqueos acerca de su Juez son brevemente refutadas. Expuestas las reconvenciones de Cristo respecto de los demás adversarios, san Ambrosio expresa una esperanza de juicio más benigno para sí mismo.

    II, 13, 108

    108. Prosigamos, pues, con tus acusaciones, y veamos cómo te ganas el favor de tu Juez. Habla, sí, habla, te digo, y dile: «Te considero, oh Cristo, desemejante de tu Padre;» y Él responderá: «Atiende, si puedes, atiende, te digo, y dime en qué me tienes por diferente.»

    II, 13, 109

    109. Di también: «Te juzgo un ser creado;» y Cristo responderá: «Si el testimonio de dos hombres es verdadero, ¿no deberías haber creído tanto en Mí como en mi Padre, que me ha llamado su Hijo?»

    II, 13, 110

    110. Entonces dirás: «Niego tu [perfecta] bondad;» y Él responderá: «Hágase contigo conforme a tu fe; así no seré bueno contigo.»

    II, 13, 111

    111. «Que eres Todopoderoso, no lo creo;» y Él responderá a su vez: «Entonces no puedo perdonarte tus pecados.»

    II, 13, 112

    112. «Eres un ser subordinado.» A lo cual Él responderá: «¿Por qué, entonces, buscas libertad y perdón de Aquel a quien tienes por subordinado como a un esclavo?»

    II, 13, 113

    113. Veo que tu acusación se detiene aquí. No te apremio, por cuanto yo mismo conozco mis propios pecados. No te envidio el perdón, porque yo mismo quisiera obtener indulgencia, pero quisiera saber el objeto de tus plegarias. Mira, pues, mientras recito ante el Juez tus deseos. No revelo tus pecados, sino que procuro contemplar tus oraciones y anhelos expuestos en su orden.

    II, 13, 114

    114. Expresa, pues, esos deseos que todos por igual quisieran ver concedidos. «Señor, hazme a imagen de Dios.» A lo cual Él responderá: «¿En qué imagen? ¿En la imagen que has negado?»

    II, 13, 115

    115. «Hazme incorruptible.» Ciertamente su respuesta será: «¿Cómo puedo hacerte incorruptible yo, a quien llamas ser creado y, por tanto, pretendes hacer corruptible? Los muertos resucitarán purificados de la corrupción: ¿llamas corruptible a Aquel a quien ves que es Dios?»

    II, 13, 116

    116. «Sé bueno conmigo.» «¿Por qué pides lo que has negado [de Mí]? Yo habría querido que tú fueras bueno, y dije: 'Sed santos, porque Yo mismo soy santo', [] y ¿te has empeñado en negar que Yo soy bueno? ¿Buscas, tú, entonces, el perdón de los pecados? No, nadie puede perdonar pecados, sino sólo Dios. [] Viendo, pues, que para ti no soy el Dios verdadero y único, de ningún modo puedo perdonarte tus pecados.»

    II, 13, 117

    117. Que hablen, pues, los secuaces de Arrio y de Fotino. «Niego tu Deidad.» A lo cual el Señor responderá: «'Dijo el necio en su corazón: No hay Dios'. ¿De quién, piensas, se ha dicho esto? ¿Del judío o del gentil, o del diablo? Sea cual fuere aquel de quien se dice, oh discípulo de Fotino, más soportable es el que calló; tú, sin embargo, te has atrevido a levantar la voz para proferirlo, de modo que has venido a ser más necio que el necio. Niegas mi Deidad, cuando Yo dije: 'Dioses sois, y todos vosotros sois hijos del Altísimo'. ¡Y niegas que sea Dios Aquel cuyas obras divinas ves en torno a ti!»

    II, 13, 118

    118. Que hable a su vez el sabeliano. «Te considero, por Ti mismo, a la vez Padre e Hijo y Espíritu Santo.» A lo cual el Señor: «No oyes ni al Padre ni al Hijo. ¿Hay alguna duda en esta materia? La Escritura misma te enseña que es el Padre quien entrega el juicio, y el Hijo quien juzga. [] No has dado oído a mis palabras: 'No estoy solo, sino Yo y el Padre que me envió'.»

    II, 13, 119

    119. Que hable ahora el maniqueo. «Sostengo que el diablo es el creador de nuestra carne.» El Señor le responderá: «¿Qué haces, entonces, en los lugares celestiales? Vete, anda a tu creador. 'Mi voluntad es que estén conmigo los que el Padre me ha dado'. [] Tú, maniqueo, te tienes por criatura del diablo; apresúrate, pues, hacia su morada, el lugar del fuego y azufre, donde su fuego no se apaga, para que jamás tenga fin el castigo.»

    II, 13, 120

    120. Dejo de lado a otros herejes —no personas, sino portentos—. ¿Qué clase de juicio les aguarda, cuál será la forma de su sentencia? A todos ellos, en verdad, responderá más con dolor que con ira: «Oh, pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he afligido? ¿No te saqué de Egipto y te conduje de la casa de la servidumbre a la libertad?»

    II, 13, 121

    121. Pero no basta habernos sacado de Egipto a la libertad y habernos salvado de la casa de servidumbre: un don mayor que este, Tú te has entregado por nosotros. Dirás, pues: «¿No he llevado yo todos tus sufrimientos? [] ¿No he dado mi Cuerpo por ti? ¿No he buscado yo la muerte, que no tenía parte en mi Deidad, pero que era necesaria para tu redención? ¿Son estas las gracias que he de recibir? ¿Es esto lo que mi Sangre ha conseguido, como hablé en otro tiempo por boca del profeta: '¿Qué provecho hay en mi Sangre, para que yo haya descendido a la corrupción?'? ¿Es este el provecho: que me niegues malvadamente tú, por quien yo padecí tales cosas?»

    II, 13, 122

    122. En cuanto a mí, Señor Jesús, aunque soy consciente dentro de mí de gran pecado, diré con todo: «No te he negado; puedes perdonar la flaqueza de mi carne. Confieso mi transgresión; no niego mi pecado. Si quieres, puedes limpiarme. [] Por esta palabra, el leproso obtuvo su petición. No entres, te lo ruego, en juicio con tu siervo. No pido que juzgues, sino que perdones.»

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 14, sumario
    Se expone la sentencia del Juez, se consideran las objeciones de los que se oponen, y se prueba el carácter definitivo de la sentencia, contra la cual no cabe apelación.

    II, 14, 123

    123. ¿Qué veredicto esperamos de Cristo? Eso lo sé. ¿Acaso digo qué veredicto dará? No, ya ha pronunciado sentencia. La tenemos en nuestras manos. «Que todos,» dice Él, «honren al Hijo, así como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.» []

    II, 14, 124

    124. Si la sentencia no te agrada, apela al Padre, anula el juicio que el Padre ha dado. Di que tiene un Hijo desemejante a Él. Él responderá: «Entonces he mentido yo, que dije al Hijo: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza'.» []

    II, 14, 125

    125. Di al Padre que ha creado al Hijo, y Él responderá: «¿Por qué, entonces, has adorado a Uno a quien tenías por ser creado?»

    II, 14, 126

    126. Dile que ha engendrado a un Hijo inferior a Él mismo, y Él responderá: «Compáranos, y veamos.»

    II, 14, 127

    127. Dile que no diste crédito al Hijo, y Él responderá: «¿No te dije: 'Este es mi Hijo amado, en quien me complazco: escuchadle'?» [] ¿Qué significan estas palabras «escuchadle,» sino «Escuchadle cuando dice: 'Todo lo que el Padre tiene es mío'»? Esto oyeron los apóstoles, como está escrito: «Y cayeron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.» [] Si los que lo confesaban cayeron a tierra, ¿qué harán los que lo han negado? Pero Jesús puso su mano sobre sus apóstoles y los levantó; a ti te dejará yacer postrado, para que no veas la gloria que has negado.

    II, 14, 128

    128. Miremos, pues, por ello, por cuanto a quien el Hijo condena, también el Padre lo condena; y, por tanto, honremos al Hijo, así como honramos al Padre, para que por el Hijo podamos llegar al Padre.

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 15, sumario
    San Ambrosio rechaza toda alabanza de sus propios méritos; en todo caso, la Fe está suficientemente defendida por el apoyo autorizado de la santa Escritura, a cuya voz los arrianos, obstinados como los judíos, están sordos. Ruega que sean movidos a amar la verdad; entretanto, han de ser evitados, como herejes y enemigos de Cristo.

    II, 15, 129

    129. Estos argumentos, vuestra Majestad, los he expuesto breve y sumariamente, en esbozo, más bien que en forma de plena explicación y orden exacto. Si en verdad los arrianos los juzgan imperfectos e inacabados, confieso que apenas están comenzados; si piensan que aún hay otros que aducir, concedo que faltan casi todos; pues mientras los incrédulos tienen suma necesidad de argumentos, a los fieles les sobran. En verdad, la sola confesión de Pedro fue abundante para fundar la fe en Cristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo;» pues basta conocer su Generación divina, sin división ni disminución, que no es derivación ni creación.

    II, 15, 130

    130. Esto, en verdad, está declarado en los libros de la Sagrada Escritura, en todos ellos, y sin embargo es aún puesto en duda por los incrédulos: «Porque,» como está escrito, «el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con sus oídos han oído pesadamente, y han cerrado sus ojos, no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón.» [] Pues, como los judíos, la costumbre de los arrianos es taparse los oídos o armar alboroto, siempre que se oye la Palabra de salvación.

    II, 15, 131

    131. ¿Y qué tiene de extraño que los incrédulos duden de la palabra del hombre, cuando se niegan a creer la Palabra de Dios? El Hijo de Dios, como lo hallarás escrito en el Evangelio, dijo: «Padre, glorifica tu Nombre,» y desde el cielo se oyó la voz del Padre, que decía: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo.» [] Estas palabras las oyeron los incrédulos, pero no creyeron. El Hijo habló, el Padre respondió, y los judíos dijeron: «Un trueno le ha respondido;» otros dijeron: «Un ángel le ha hablado.» []

    II, 15, 132

    132. Pablo, además, como está escrito en los Hechos de los Apóstoles, [] cuando por la Voz de Cristo recibió la llamada de la gracia, viajando con él al mismo tiempo varios compañeros, dijo él solo que había oído la Voz de Cristo. Así, vuestra sacra Majestad, el que cree, oye; y oye para creer, mientras que el que no cree, no oye; más aún, no quiere, no puede oír, ¡no sea que crea!

    II, 15, 133

    133. En cuanto a mí, ojalá tuvieran voluntad de oír, para que creyeran— de oír con verdadero amor y mansedumbre, como hombres que buscan lo verdadero y no atacan toda verdad. Pues está escrito que no prestemos atención a «fábulas interminables y genealogías, que antes suscitan disputas que promueven la edificación piadosa que es por la fe. Pero el fin del mandamiento es el amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera, de lo cual algunos se extraviaron y se dieron a vana palabrería, queriendo ser maestros de la ley, sin entender ni lo que dicen ni aquello de lo que hablan con seguridad.» En otro lugar dice el mismo Apóstol: «Evita las cuestiones necias e ignorantes.» []

    II, 15, 134

    134. A tales hombres, que siembran disputas —es decir, a los herejes—, el Apóstol nos manda dejarlos solos. De ellos dice en otro lugar que «algunos se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus engañosos y a doctrinas de demonios.» []

    II, 15, 135

    135. Juan, asimismo, dice que los herejes son anticristos, señalando claramente a los arrianos. Pues esta herejía [arriana] comenzó después de todas las demás herejías, y ha recogido los venenos de todas. Como está escrito del Anticristo, que «abrió su boca para blasfemar contra Dios, para blasfemar de su Nombre y para hacer la guerra contra sus santos,» [] así también ellos deshonran al Hijo de Dios, y no han perdonado a sus mártires. Es más, lo que tal vez el Anticristo no hará, ellos lo han hecho: han falsificado las santas Escrituras. Y así, el que dice que Jesús no es el Cristo, ese es Anticristo; el que niega al Salvador del mundo, niega a Jesús; el que niega al Hijo, niega también al Padre, pues está escrito: «Todo aquel que niega al Hijo, niega también al Padre.» []

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · II, 16, sumario
    San Ambrosio asegura a Graciano la victoria, declarando que ha sido predicha en las profecías de Ezequiel. Esta esperanza se apoya además en la piedad del emperador, siendo los desastres anteriores el castigo de la herejía de Oriente. El libro se cierra con una oración a Dios, pidiéndole que muestre ahora su misericordia y salve al ejército, a la tierra y al soberano de los fieles.

    II, 16, 136

    136. No debo detener por más tiempo a vuestra Majestad, en esta sazón de preparación para la guerra y de consecución de la victoria sobre los bárbaros. Partid, protegido ciertamente bajo el escudo de la fe y ceñido con la espada del Espíritu; partid hacia la victoria, prometida desde antiguo y predicha en oráculos dados por Dios.

    II, 16, 137

    137. Pues Ezequiel, en aquellos días lejanos, ya profetizó la disminución de nuestro pueblo y las guerras góticas, diciendo: «Profetiza, pues, Hijo del Hombre, y di: Oh Gog, así dice el Señor: ¿No sucederá que en aquel día, cuando mi pueblo Israel esté establecido para habitar en paz, te levantarás y saldrás de tu lugar, del lejano norte, y muchas naciones contigo, todas jinetes sobre caballos, una congregación grande y poderosa, y el valor de muchas huestes? Sí, subirás contra mi pueblo Israel, como nubes para cubrir la tierra, en los postreros días.»

    II, 16, 138

    138. Ese Gog es el godo, cuya venida ya hemos visto, y sobre el cual se promete la victoria en los días venideros, según la palabra del Señor: «Y despojarán a los que los habían despojado, y saquearán a los que se habían llevado sus bienes como presa, dice el Señor. Y sucederá en aquel día que yo daré a Gog» —es decir, a los godos— «un lugar famoso, para Israel un túmulo elevado de muchos hombres, de hombres que se abrieron camino hasta el mar; y se extenderá alrededor y cerrará la boca del valle, y allí [la casa de Israel] derribará a Gog y a toda su multitud, y será llamado el valle de la multitud de Gog; y la casa de Israel los abrumará, para que la tierra quede limpia.»

    II, 16, 139

    139. Ni tampoco, vuestra sacra Majestad, podemos dudar de que nosotros, que hemos emprendido el combate contra la incredulidad extranjera, gozaremos del auxilio de la Fe católica, que es fuerte en vos. Pues claramente se ha manifestado ya la causa de la ira de Dios: la fe en el Imperio romano fue derribada allí donde primero cedió la fe en Dios.

    II, 16, 140

    140. No tengo deseo de relatar las muertes, los tormentos y los destierros de los confesores, los cargos de los fieles convertidos en regalos para traidores. ¿No hemos oído, a lo largo de toda la frontera —desde Tracia, y a través de Dacia junto al río, Mesia y toda Valeria de los panonios—, un confuso tumulto de blasfemos predicando y de bárbaros invadiendo? ¿Qué provecho podrían traernos vecinos tan sanguinarios, o cómo podría estar seguro el Estado romano con tales defensores?

    II, 16, 141

    141. Basta, sí, más que basta, Dios Todopoderoso, hemos expiado ya con nuestra propia sangre y nuestro propio destierro las muertes de los confesores, el destierro de los sacerdotes y la culpa de una maldad tan desmedida — harto claro es que quienes han quebrantado la fe no pueden estar seguros. Vuélvete, oh Señor, y levanta los estandartes de tu fe.

    II, 16, 142

    142. No son águilas militares, ni el vuelo de las aves, los que aquí guían la vanguardia de nuestro ejército, sino tu Nombre, Señor Jesús, y tu culto. Esta no es tierra de incrédulos, sino la tierra cuya costumbre es enviar confesores: Italia; Italia, a menudo tentada, pero jamás arrastrada; Italia, que vuestra Majestad ha defendido largo tiempo y ahora ha rescatado de nuevo del bárbaro. No hay ánimo vacilante en nuestro emperador, sino fe firmemente fijada.

    II, 16, 143

    143. Manifestad ahora una señal clara de vuestra Majestad, para que quien cree que Vos sois el verdadero Señor de los Ejércitos y Capitán de las huestes celestiales; quien cree que sois el verdadero Poder y la Sabiduría de Dios, no un ser del tiempo ni de la creación, sino, como está escrito, el eterno Poder y la Divinidad de Dios, [] pueda, sostenido por el auxilio de vuestro supremo Poder, alcanzar el premio de la victoria para su Fe.

    Libro III

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 1, sumario
    Exposición de las razones por las cuales los asuntos, tratados brevemente en los dos libros anteriores, se abordan con mayor extensión en los tres posteriores. Defensa del empleo de fábulas, apoyada en el ejemplo de la Sagrada Escritura, donde se hallan diversas figuras de fábula poética, en particular las sirenas, que son figuras de los placeres sensuales y que los cristianos deben aprender a evitar por las palabras de Pablo y las obras de Cristo.

    III, 1, 1

    1. [Por cuanto] vuestra graciosísima Majestad me había ordenado escribir para vuestra instrucción algún tratado acerca de la Fe, y vos mismo me habíais llamado a vuestra presencia y alentado mi timidez, yo, como quien está en vísperas de combate, compuse tan solo dos libros, para señalar ciertos caminos y sendas por los que avanza nuestra fe.

    III, 1, 2

    2. Mas viendo que ciertos ánimos maliciosos, empeñados en sembrar disputas, no han agotado todavía la fuerza de sus asaltos, mientras que la piadosa solicitud de vuestra graciosa Majestad me llama a nuevos trabajos, por cuanto deseáis probar en más cosas a quien habéis probado en pocas, he resuelto tratar algo más por menudo los asuntos de que ya he hablado en pocas palabras, no sea que se piense, no que he propuesto aquellas afirmaciones con serenidad y confianza, sino que, habiéndolas aseverado, dudé y por eso abandoné su defensa.

    III, 1, 3

    3. Asimismo, puesto que hablamos de la Hidra y de Escila (I. vi. 46), y las trajimos a modo de comparación, para mostrar cómo hemos de precavernos, ya de los rebrotes siempre renovados de la infidelidad, ya de los naufragios de mal agüero que se hacen en sus bajíos, si alguno juzga que tales ornatos de un argumento, tomados de las ficciones de los poetas, son ilícitos y, por falta de ocasión para hablar mal de mi fe, ataca algo en mi lenguaje, sepa que no solo frases, sino versos enteros de poesía han sido entretejidos en el texto de la Sagrada Escritura.

    III, 1, 4

    4. ¿De dónde, por ejemplo, vino aquel verso, «Linaje suyo somos, en verdad» [], del que se sirve Pablo, enseñado por experiencia profética? El curso del habla profética no evita ni a los Gigantes ni al Valle de los Titanes, e Isaías habló de sirenas y de hijas de avestruces. Jeremías profetizó también acerca de Babilonia, que las hijas de las sirenas habitarán en ella, para mostrar que las redes de Babilonia, es decir, del tumulto de este mundo, han de compararse a las historias de antigua concupiscencia, que parecían cantar en las rocosas orillas de esta vida alguna canción melodiosa, pero mortífera a la vez, para prender las almas de los jóvenes — cosa de la que el propio poeta griego nos dice que el sabio escapó estando atado, por así decir, con las cadenas de su propia prudencia. Tan difícil cosa, antes de la venida de Cristo, se consideraba, incluso para los más fuertes, salvarse de los engañosos espectáculos y halagos del placer.

    III, 1, 5

    5. Mas si el poeta juzgó que el atractivo del placer y de la licencia mundanos es destructor de los ánimos de los hombres y causa segura de naufragio, ¿qué debemos pensar nosotros, para quienes está escrito: «No adiestréis el cuerpo en la concupiscencia»? Y también: «Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, predicando a otros, yo mismo venga a ser desechado» [].

    III, 1, 6

    6. En verdad, Cristo nos ganó la salvación no con lujo, sino con ayuno. Y no ayunó para obtener favor para Sí mismo, sino para instruirnos. Ni tampoco tuvo hambre porque estuviera vencido por la debilidad del cuerpo, sino que con su hambre probó que había tomado verdaderamente sobre Sí un cuerpo; para enseñarnos así que no solo había tomado nuestro cuerpo, sino también las flaquezas de ese cuerpo, como está escrito: «Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores».

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 2, sumario
    Los incidentes que propiamente afectan al cuerpo que Cristo tomó por nosotros no han de atribuirse a su Divinidad, en virtud de la cual Él es el Altísimo. Negarlo equivale a decir que el Padre se encarnó. Cuando leemos que Dios es uno y que no hay otro fuera de Él, o que solo Él tiene inmortalidad, esto ha de entenderse también de Cristo, no solo para evitar la perversa herejía arriba mencionada (patripasianismo), sino porque la actividad del Padre y del Hijo se declara una y la misma.

    III, 2, 7

    7. Era, pues, una debilidad corporal, es decir, una debilidad nuestra, el tener hambre; cuando lloraba y se entristecía hasta la muerte, era de nuestra naturaleza. ¿Por qué atribuir las propiedades y los accidentes de nuestra naturaleza a la Divinidad? Que Él fuese, como se nos dice, «hecho», es propiedad de un cuerpo. Así, en efecto, leemos: «Sion, nuestra madre, dirá: 'Es un hombre', y en ella fue hecho hombre, y el Altísimo mismo puso sus cimientos.» «Fue hecho hombre», fijaos bien, no «fue hecho Dios.»

    III, 2, 8

    8. Mas ¿quién es Aquel que es a la vez Altísimo y hombre, sino «el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo en rescate por nosotros»? [] Este pasaje, en efecto, se refiere propiamente a su Encarnación, pues nuestra redención se realizó por su Sangre, nuestro perdón viene por su Poder, nuestra vida queda asegurada por su Gracia. Da como Altísimo, ora como hombre. Lo uno es oficio del Creador, lo otro del Redentor. Por distintos que sean los dones, uno es el Dador, pues convenía que nuestro Hacedor fuese nuestro Redentor.

    III, 2, 9

    9. ¿Quién, en verdad, puede negar que tenemos evidencia manifiesta de que Cristo es el Altísimo? Quien piensa de otro modo hace del misterio de la Encarnación obra de Dios Padre. Mas que Cristo es el Altísimo queda fuera de toda duda por lo que ha dicho la Escritura en otro lugar, acerca del misterio de la Pasión: «El Altísimo alzó su Voz, y la tierra se estremeció.» Y en el Evangelio podéis leer: «Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo; porque irás delante del rostro del Señor, a preparar sus caminos.» [] ¿Quién es «el Altísimo»? El Hijo de Dios. Luego Aquel que es el Dios Altísimo es Cristo.

    III, 2, 10

    10. Además, aunque en todas partes se dice que Dios es un solo Dios, el Hijo de Dios no está separado de esta Unidad. Pues Aquel que es el Altísimo es solo, como está escrito: «Y sepan que tu Nombre es el Señor: Tú solo eres Altísimo sobre toda la tierra.»

    III, 2, 11

    11. Y así se rechaza con desprecio y desdoro la injuriosa conclusión de los adversarios, que extraían de la Escritura que habla de Dios: «Quien solo tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible» []; porque estas palabras están escritas de Dios, cuyo Nombre pertenece por igual al Padre y al Hijo.

    III, 2, 12

    12. Si, en efecto, dondequiera que leen el Nombre de Dios, niegan que haya mención alguna del Hijo [así como del Padre], blasfeman, por cuanto niegan la soberanía divina del Hijo, y aparecerán como si compartieran el perverso error de los sabelianos al enseñar la encarnación del Padre. Expliquen, pues, cómo pueden dejar de interpretar en sentido blasfemo contra el Padre las palabras del Apóstol: «En Quien también resucitasteis, por la fe en la obra de Dios, que lo resucitó de entre los muertos.» [] Tomen también aviso de lo que sigue acerca de a qué se precipitan— pues esto es lo que viene después: «Y aunque estabais muertos en vuestros pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, nos dio vida juntamente con Él, perdonándonos todos los delitos, borrando el escrito de la Ordenanza que nos era contraria, y lo quitó de en medio, clavándolo en su Cruz, despojándose de la carne.» []

    III, 2, 13

    13. No hemos, pues, de suponer que el Padre que resucitó la carne sea solo [Dios]; ni tampoco hemos de suponer lo mismo del Hijo, cuyo Cuerpo fue resucitado. El que resucitó, ciertamente vivificó también; y el que vivificó, también perdonó pecados; el que perdonó pecados, también borró el escrito; el que borró el escrito, también lo clavó en la Cruz; el que lo clavó en la Cruz, se despojó de la carne. Mas no fue el Padre quien se despojó de la carne; porque no el Padre, sino, como leemos, el Verbo se hizo carne. [] Veis, pues, que los arrianos, al separar al Padre del Hijo, incurren en el peligro de decir que el Padre padeció la Pasión.

    III, 2, 14

    14. Nosotros, sin embargo, podemos mostrar fácilmente que las palabras tratan de la acción del Hijo, pues el Hijo mismo resucitó su propio Cuerpo, como Él mismo dijo: «Destruid este Templo, y en tres días lo levantaré de nuevo.» [] Y Él mismo nos vivifica juntamente con su Cuerpo: «Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.» [] Y Él mismo ha otorgado el perdón de los pecados, diciendo: «Tus pecados te son perdonados.» [] Él también ha clavado el escrito del acta en su Cruz, en cuanto fue crucificado y padeció en el cuerpo. Y nadie se despojó de la carne, sino el Hijo de Dios, que se revistió de ella. Aquel, pues, que ha realizado la obra de nuestra resurrección es señalado claramente como verdadero Dios.
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