La objeción de que el Hijo, al ser enviado por el Padre, es, al menos en ese aspecto, inferior, se responde con la respuesta de que también fue enviado por el Espíritu, a quien, sin embargo, no se considera mayor que el Hijo. Además, el Espíritu, a su vez, es enviado por el Padre al Hijo, para que se manifieste su unidad en la acción. Es deber nuestro, por tanto, distinguir cuidadosamente qué dichos han de atribuirse convenientemente a Cristo como Dios, y cuáles han de atribuírsele como hombre.
II, 9, 74
II, 9, 75
II, 9, 76
II, 9, 77
II, 9, 78
II, 9, 79
II, 9, 80
II, 9, 81
II, 9, 82
II, 9, 83
Se refuta la objeción fundada en la obediencia del Hijo, y se expone la unidad de poder, Divinidad y operación en la Trinidad; se advierte la obediencia de Cristo a su madre, a la cual ciertamente no puede llamarse inferior.
II, 10, 84
II, 10, 85
II, 10, 86
II, 10, 87
II, 10, 88
El designio y los efectos sanadores de la Encarnación. La utilidad de la fe, por la cual sabemos que Cristo llevó todas las flaquezas por nosotros —Cristo, cuya Divinidad se reveló en su Pasión; de donde entendemos que la misión del Hijo de Dios no entrañó subordinación, creencia que no debemos temer que desagrade al Padre, que declara complacerse en su Hijo.
II, 11, 89
II, 11, 90
II, 11, 91
II, 11, 92
II, 11, 93
II, 11, 94
II, 11, 95
II, 11, 96
II, 11, 97
II, 11, 98
II, 11, 99
¿Toman los católicos o los arrianos el mejor camino para asegurarse el favor de Cristo como Juez? Una objeción fundada en Salmo 110:1 se resuelve, mostrando que cuando el Hijo es invitado por el Padre a sentarse a su diestra, no se pretende significar sujeción alguna —ni tampoco preferencia, en cuanto que el Hijo se sienta a la diestra del Padre. Se muestra que la verdad de la Trinidad de Personas en Dios, y de la Unidad de su Naturaleza, queda probada por el Trisagio angélico.
II, 12, 100
II, 12, 101
II, 12, 102
II, 12, 103
II, 12, 104
II, 12, 105
II, 12, 106
II, 12, 107
Las opiniones malvadas y deshonrosas que sostienen los arrianos, los sabelianos y los maniqueos acerca de su Juez son brevemente refutadas. Expuestas las reconvenciones de Cristo respecto de los demás adversarios, san Ambrosio expresa una esperanza de juicio más benigno para sí mismo.
II, 13, 108
II, 13, 109
II, 13, 110
II, 13, 111
II, 13, 112
II, 13, 113
II, 13, 114
II, 13, 115
II, 13, 116
II, 13, 117
II, 13, 118
II, 13, 119
II, 13, 120
II, 13, 121
II, 13, 122
Se expone la sentencia del Juez, se consideran las objeciones de los que se oponen, y se prueba el carácter definitivo de la sentencia, contra la cual no cabe apelación.
II, 14, 123
II, 14, 124
II, 14, 125
II, 14, 126
II, 14, 127
II, 14, 128
San Ambrosio rechaza toda alabanza de sus propios méritos; en todo caso, la Fe está suficientemente defendida por el apoyo autorizado de la santa Escritura, a cuya voz los arrianos, obstinados como los judíos, están sordos. Ruega que sean movidos a amar la verdad; entretanto, han de ser evitados, como herejes y enemigos de Cristo.
II, 15, 129
II, 15, 130
II, 15, 131
II, 15, 132
II, 15, 133
II, 15, 134
II, 15, 135
San Ambrosio asegura a Graciano la victoria, declarando que ha sido predicha en las profecías de Ezequiel. Esta esperanza se apoya además en la piedad del emperador, siendo los desastres anteriores el castigo de la herejía de Oriente. El libro se cierra con una oración a Dios, pidiéndole que muestre ahora su misericordia y salve al ejército, a la tierra y al soberano de los fieles.
II, 16, 136
II, 16, 137
II, 16, 138
II, 16, 139
II, 16, 140
II, 16, 141
II, 16, 142
II, 16, 143
Exposición de las razones por las cuales los asuntos, tratados brevemente en los dos libros anteriores, se abordan con mayor extensión en los tres posteriores. Defensa del empleo de fábulas, apoyada en el ejemplo de la Sagrada Escritura, donde se hallan diversas figuras de fábula poética, en particular las sirenas, que son figuras de los placeres sensuales y que los cristianos deben aprender a evitar por las palabras de Pablo y las obras de Cristo.
III, 1, 1
III, 1, 2
III, 1, 3
III, 1, 4
III, 1, 5
III, 1, 6
Los incidentes que propiamente afectan al cuerpo que Cristo tomó por nosotros no han de atribuirse a su Divinidad, en virtud de la cual Él es el Altísimo. Negarlo equivale a decir que el Padre se encarnó. Cuando leemos que Dios es uno y que no hay otro fuera de Él, o que solo Él tiene inmortalidad, esto ha de entenderse también de Cristo, no solo para evitar la perversa herejía arriba mencionada (patripasianismo), sino porque la actividad del Padre y del Hijo se declara una y la misma.
III, 2, 7
III, 2, 8
III, 2, 9
III, 2, 10
III, 2, 11
III, 2, 12
III, 2, 13
III, 2, 14