Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 67 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la fe cristiana
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 15
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 17
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 18
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 19
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 1
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 3
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 8
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 8
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 15
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 4
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 7
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 9
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 11
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 13
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 15
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 17
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 2
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 3
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 6
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 9
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 10
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 12
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minLibro V
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 1
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 2
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 6
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 7
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 8
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 9
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 14
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 15
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 16
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 17
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 18
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 2 minEl tratado y sus límites

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

    Índice de la obra

    Estás en la parte 8. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF42 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 11 · Capítulo 10Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

    Leer por sesiones · 67 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la fe cristiana
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 9
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 15
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 17
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 18
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 19
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 1
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 3
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 8
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 8
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 10
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 15
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro III
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 4
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 7
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 9
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 11
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 12
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 13
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 15
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 17
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 2
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 3
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 4
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 5
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 6
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 8
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 9
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 10
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 12
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minLibro V
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 1
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 2
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 6
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 7
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 8
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 9
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 11
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 14
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 15
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 16
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 17
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 18
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 2 minEl tratado y sus límites

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 10, sumario
    La objeción de que Cristo, según San Juan, vive por causa del Padre y, por tanto, no ha de ser considerado igual al Padre, se responde diciendo que para la Vida del Hijo, en cuanto a su Divinidad, nunca hubo tiempo en que comenzase; y que no depende de nadie, mientras que el pasaje en cuestión debe entenderse como referido a su vida humana, como se muestra por el hecho de que allí habla de su cuerpo y de su sangre. Se dan dos exposiciones del pasaje: la primera se muestra referida a la Humanidad de Cristo, mientras que la segunda enseña su igualdad con el Padre, así como su semejanza con los hombres. Se reprende a los arrianos por el insulto que pretenden infligir al Hijo, y se explica el sentido en que el Hijo puede decirse que vive «por causa de» el Padre, así como la unión de la vida con la Vida divina. Se refuta brevemente una objeción ulterior, basada en la oración del Hijo de ser glorificado por el Padre.

    IV, 10, 118

    118. No son pocos los que plantean esta otra objeción, que está escrito: «Como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre; así el que me come, vivirá también por mí.» [] «Cómo,» preguntan, «¿es el Hijo igual al Padre, cuando ha dicho que vive por el Padre?»

    IV, 10, 119

    119. Que quienes se nos oponen por este motivo nos digan primero qué es la Vida del Hijo. ¿Es una vida otorgada por el Padre a uno carente de vida? Pero ¿cómo podría el Hijo dejar de poseer vida, siendo Él mismo la Vida, como dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.» [] En verdad, su vida es eterna, así como su poder es eterno. ¿Hubo, pues, un tiempo en que (por así decirlo) la Vida no se poseía a sí misma?

    IV, 10, 120

    120. Considerad lo que se lee hoy acerca del Señor Jesús: «Murió por nosotros, para que, ya velemos, ya durmamos, vivamos con Él.» [] Aquel cuya Muerte es Vida, ¿no es Vida su Divinidad, puesto que la Divinidad es Vida eterna?

    IV, 10, 121

    121. Pero, ¿está verdaderamente su Vida en poder del Padre? Pues bien, mostró que incluso su vida corporal no estaba en poder de otro, como está escrito: «Pongo mi vida para poder volver a tomarla. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y de nuevo tengo poder para tomarla. Este mandamiento he recibido de mi Padre.»

    IV, 10, 122

    122. ¿Se ha de considerar, pues, que su Vida divina depende del poder de otro, cuando su vida corporal no estaba sujeta a otro poder sino al suyo propio? Porque habría sido el poder de otro, de no ser por la Unidad del poder. Pero así como nos da a entender que el entregar su vida lo hizo por su propio poder y por su libre Voluntad, así también, al entregarla en obediencia al mandato de su Padre, nos enseña la unidad de su voluntad con la Voluntad del Padre.

    IV, 10, 123

    123. Si, pues, no ha habido tiempo en que la Vida del Hijo tuviera un comienzo, ni poder alguno al que haya estado sujeta, consideremos qué quiso decir cuando dijo: «Así como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre»? Expongamos su sentido lo mejor que podamos; más aún, dejemos que Él mismo lo exponga.

    IV, 10, 124

    124. Fijaos, pues, en lo que dijo en una parte anterior de su discurso. «De cierto, de cierto os digo.» Primero os enseña cómo debéis escuchar. «De cierto, de cierto os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.» [] Primero estableció que hablaba como Hijo del Hombre; ¿pensáis, entonces, que lo que ha dicho, como Hijo del Hombre, acerca de su Carne y de su Sangre, ha de aplicarse a su Divinidad?

    IV, 10, 125

    125. Luego añadió: «Porque mi Carne es verdadera comida, y mi Sangre es bebida [en verdad].» [] Oís que habla de su Carne y de su Sangre, percibís las sagradas prendas [que nos comunican los méritos y el poder] de la muerte del Señor, [] y deshonráis su Divinidad. Escuchad sus propias palabras: «Un espíritu no tiene carne ni huesos.» [] Ahora bien, nosotros, cuantas veces recibimos los Elementos sacramentales, que por la misteriosa eficacia de la santa oración se transforman en la Carne y la Sangre, «anunciamos la muerte del Señor.»

    IV, 10, 126

    126. Luego, después de exhortarnos a notar que habla como Hijo del Hombre, y tras la mención frecuente y repetida de su Carne y de su Sangre, añade: «Así como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así el que me come, él también vivirá por mí.» ¿Cómo suponen, pues, que hemos de entender estas palabras?, porque la comparación puede mostrarse como doble. La primera comparación es del modo siguiente: «Así como el Padre viviente me ha enviado, yo vivo por el Padre;» la segunda: «Así como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él también vivirá por mí.»

    IV, 10, 127

    127. Si nuestros adversarios escogen lo primero, el sentido es este: «así como soy enviado por el Padre y he descendido del Padre, así (de acuerdo con ello) vivo por el Padre.» Pero, ¿en qué condición fue enviado y descendió, sino como Hijo del Hombre, tal como Él mismo dijo antes: «Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que ha descendido del cielo como Hijo del Hombre.» [] Entonces, así como fue enviado y descendió como Hijo del Hombre, así como Hijo del Hombre vive por el Padre. Además, el que lo come, como comiendo al Hijo del Hombre, vive a su vez por el Hijo del Hombre. Así, ha comparado el efecto de su Encarnación con su venida.

    IV, 10, 128

    128. Pero si escogen el segundo método, ¿no inferimos juntamente la igualdad del Hijo con el Padre y su semejanza con los hombres, aunque en clara distinción mutua? Porque, ¿qué significan las palabras: «Así como Él mismo vive por el Padre, así también nosotros vivimos por Él,» sino que el Hijo vivifica al hombre así como el Padre ha vivificado en el Hijo la naturaleza humana? «Porque como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo vivifica a los que quiere,» [] como el Señor mismo ya ha dicho.

    IV, 10, 129

    129. Así, la igualdad del Hijo con el Padre se establece simplemente sobre la unidad en la acción de vivificar, puesto que el Hijo vivifica del mismo modo que el Padre. Reconoced, pues, la eternidad de su Vida y de su Soberanía. Además, se descubre nuestra semejanza con el Hijo, y cierta unidad con Él en la carne, porque, así como el Hijo de Dios fue vivificado en la carne por el Padre, así también el hombre es vivificado; pues así está escrito: que como Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos, así también nosotros, como hombres, somos vivificados por el Hijo de Dios. []

    IV, 10, 130

    130. Según esta interpretación, pues, la inmortalidad no solo se aplica a nuestra condición por gracia de bondad, sino que también se proclama como propiedad de la Divinidad; esta última, porque es la Divinidad la que vivifica; la primera, porque la humanidad es vivificada en Cristo.

    IV, 10, 131

    131. Pero si alguno quisiera aplicar la fuerza de cualquiera de las dos comparaciones a la Divinidad de Cristo, entonces el Hijo de Dios es puesto en el mismo nivel que los hombres, de modo que el Hijo de Dios vive por el Padre así como nosotros vivimos por el Hijo de Dios. Pero el Hijo de Dios otorga vida eterna por don gratuito; nosotros no podemos hacerlo. Si, pues, se le coloca a nuestro nivel, Él tampoco otorga este don. Reciban, entonces, los discípulos de Arrio la debida recompensa de su fe, la cual es no obtener la vida eterna del Hijo.

    IV, 10, 132

    132. Quisiera ahora ir más lejos. Si nuestros adversarios se complacen en aplicar la enseñanza de este pasaje al principio de la eternidad de la Sustancia divina, que oigan una tercera exposición: ¿No parece decir claramente nuestro Señor que, así como el Padre es Padre viviente, así también vive el Hijo? Y ¿quién puede no observar que aquí hemos de entender una referencia a la unidad de Vida, puesto que la misma Vida es la Vida del Padre y la Vida del Hijo? «Porque como el Padre tiene Vida en Sí mismo, así también ha dado al Hijo tener Vida en Sí mismo.» [] Ha dado, por razón de unidad con Él. Ha dado, no para quitar, sino para que Él sea glorificado en el Hijo. Ha dado, no para que Él, el Padre, lo guardase bajo custodia, sino para que el Hijo lo tuviera en posesión.

    IV, 10, 133

    133. Pero los arrianos piensan que deben oponer a esto el hecho de que Él había dicho: «Yo vivo por el Padre.» De cierto (supóngase que conciben estas palabras como referidas a su Divinidad), el Hijo vive por el Padre, porque es el Hijo engendrado del Padre; por el Padre, porque es de una misma Sustancia con el Padre; por el Padre, porque es el Verbo salido del corazón del Padre, porque procedió del Padre, porque es engendrado de las «entrañas del Padre,» porque el Padre es la Fuente y la Raíz del ser del Hijo.

    IV, 10, 134

    134. Pero quizás insistan: «Si sostenéis que el Hijo, al decir: "Y yo vivo por el Padre", habló de la unidad de vida que subsiste entre el Padre y el Hijo, ¿no se sigue que descubrió la unidad de vida entre el Hijo y la humanidad al decir que "el que me come, ese vive por mí"?»

    IV, 10, 135

    135. Así es. Del mismo modo que confieso la unidad de la Vida celestial que subsiste en el Padre y en el Hijo por razón de la unidad de la sustancia de la Divinidad, así también, salvo en lo que atañe a las prerrogativas de la Naturaleza divina o a las que son efecto de la Encarnación de nuestro Señor, afirmo del Hijo una participación de vida espiritual con nosotros en virtud de la unidad de su Humanidad con la nuestra, pues «como es el celestial, así son también los celestiales.» Además, así como en Él nos sentamos a la diestra del Padre, no en el sentido de que compartamos su trono, sino de que descansamos en el Cuerpo de Cristo —así como, digo, participamos de la sesión de Cristo por razón de la unidad corporal, así también vivimos en Cristo por razón de la unidad de nuestros cuerpos con su Cuerpo.

    IV, 10, 136

    136. No sólo, pues, no temo el texto, «Yo vivo por el Padre,» sino que no lo temería aunque Cristo hubiera dicho: «Yo vivo con la ayuda del Padre.»

    IV, 10, 137

    137. Otra objeción que suelen oponer parte del texto: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para la gloria de Dios, para que su Hijo sea glorificado por Él.» [] Pero no sólo es el Hijo glorificado por el Padre y mediante el Padre, como está escrito: «Glorifícame, Padre;» [] y de nuevo: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en Él, y Dios lo glorifica,» [] sino que también el Padre es glorificado mediante el Hijo y por el Hijo, pues la Verdad ha dicho: «Yo te he glorificado sobre la tierra.» []

    IV, 10, 138

    138. Así como el Hijo, pues, es glorificado mediante el Padre, así también vive por el Padre. Algunos, considerando estas palabras, han supuesto que [la palabra griega] «[δόξα]» significa «opinión, creencia,» más bien que «gloria,» y por tanto han interpretado así: «Te he dado una [δόξα] sobre la tierra, he terminado la obra que me diste a hacer, y ahora, oh Padre, dame una [δόξα];» esto es: «He enseñado a los hombres a creer así acerca de Ti, para que sepan que Tú eres el verdadero Dios; establece Tú también en ellos, acerca de Mí, la creencia de que Yo soy tu Hijo, y verdadero Dios.»

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 11, sumario
    La distinción particular que los arrianos se esforzaban por probar a partir de la enseñanza del Apóstol de que todas las cosas son «de» el Padre y «por» el Hijo, queda refutada, mostrándose que en el pasaje citado se atribuye la misma Omnipotencia tanto al Padre como al Hijo, como se prueba por diversos textos, especialmente por las palabras mismas de san Pablo, en las que los herejes neciamente encuentran una referencia sólo al Padre, aunque en verdad no se prueba disminución ni inferioridad alguna de la soberanía del Hijo, ni siquiera con tal referencia. Finalmente, las tres frases, «de Quien,» «por Quien,» «en Quien,» se muestra que no suponen ni implican diferencia alguna (de poder), y que cada una y todas son verdaderas de las Tres Personas.

    IV, 11, 139

    139. Llegamos ahora a aquel método risible, intentado por algunos, de mostrar que subsiste una diferencia de Poder entre el Padre y el Hijo, a partir del testimonio apostólico, pues está escrito: «Mas para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de Quien son todas las cosas, y nosotros en Él, y un solo Señor, Jesucristo, por Quien son todas las cosas, y nosotros por Él.» [] Se alega que se significa una diferencia no pequeña en el grado de la Majestad divina al afirmar que todas las cosas son «de» el Padre, y «por» el Hijo. Siendo que nada es más claro que aquí se da una razón manifiesta de la Omnipotencia del Hijo, puesto que si bien todas las cosas son «de» el Padre, no por ello dejan de ser todas «por» el Hijo.

    IV, 11, 140

    140. El Padre no está «entre» todas las cosas, pues a Él se le confiesa que «todas las cosas te sirven.» Ni el Hijo es contado «entre» todas las cosas, pues «todas las cosas fueron hechas por Él,» [] y «todas las cosas subsisten juntas en Él, y Él está sobre todos los cielos.» [] El Hijo, pues, no existe «entre» sino sobre todas las cosas, siendo, en verdad, según la carne, del pueblo, de los judíos, pero a la vez Dios sobre todas las cosas, bendito por siempre, que tiene un Nombre que está sobre todo nombre, [] pues de Él se dice: «Todo lo has puesto en sujeción bajo sus pies.» Mas al hacer que todas las cosas le estén sujetas a Él, nada dejó que no le esté sujeto, como ha dicho el Apóstol. [] Pero, suponiendo que las palabras del Apóstol se refirieran al Señor Encarnado, ¿cómo podemos entonces dudar de la majestad incomparable de su Generación divina?

    IV, 11, 141

    141. Es cierto, pues, que entre el Padre y el Hijo no puede haber diferencia de Poder. Más aún, lejos de estar presente tal diferencia, el mismo Apóstol ha dicho que todas las cosas son «de» Aquel por Quien son todas las cosas, como sigue: «Porque de Él y por Él y en Él son todas las cosas.» []

    IV, 11, 142

    142. Ahora bien, si, como suponen, es sólo del Padre de quien se habla, no puede ser que Él sea a la vez Omnipotente porque todas las cosas son de Él, y no Omnipotente porque todas las cosas son por Él. Según su propio argumento, pues, declararán al Padre falto de Poder, y no Omnipotente, o al menos confesarán con su propia boca, muy a su pesar, la Omnipotencia del Hijo tanto como la del Padre.

    IV, 11, 143

    143. Con todo, que decidan si quieren entender esta afirmación como hecha acerca del Padre. Si así lo deciden, entonces todas las cosas son «por» Él también. Si deciden que es del Hijo de quien se habla, entonces todas las cosas son «de» Él tanto como «de» el Padre. Pero si todas las cosas son «por» el Padre también, entonces ciertamente no hay argumento para disminuir el honor debido al Hijo; y si todas las cosas son «de» el Hijo, el Hijo debe ser honrado de la misma manera que el Padre.

    IV, 11, 144

    144. En caso de que nuestros adversarios sospechen que nos aprovechamos de la intrusión de un solo versículo espurio en el texto, revisemos el pasaje completo. «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!» exclama el Apóstol, «¡cuán inescrutables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le sea recompensado? Porque de Él y por Él y en Él son todas las cosas. ¡A Él sea la gloria por siempre!»

    IV, 11, 145

    145. ¿De quién, pues, piensan ellos, se habla aquí: del Padre o del Hijo? Si del Padre, entonces respondemos que el Padre no es la Sabiduría de Dios, pues el Hijo lo es. ¿Y qué hay que sea imposible para la Sabiduría, de la Cual está escrito: «Siendo ella todopoderosa y permanente, renueva todas las cosas en sí misma»? [] Leemos, pues, de la Sabiduría no como acercándose, sino como permaneciendo. Así tenéis la autoridad de Salomón para enseñaros la Omnipotencia y la Eternidad de la Sabiduría, y su Bondad también, pues está escrito: «Mas la malicia no vence a la Sabiduría.» []

    IV, 11, 146

    146. Pero vayamos al propósito. «¡Cuán inescrutables,» dice el Apóstol, «son sus juicios!» Ahora bien, si «el Padre ha dado todo el juicio al Hijo,» [] parece que el Padre señala al Hijo como Juez.

    IV, 11, 147

    147. Mas ahora, para mostrarnos que habla del Hijo, no del Padre, san Pablo prosigue: «¿Quién fue primero en darle a Él?» Pues «el Padre ha dado al Hijo,» pero fue reconociendo los derechos de Aquel a Quien ha engendrado, no a modo de dádiva. Por tanto, siendo innegable que el Hijo ha recibido de manos del Padre, como está escrito, «Todas las cosas me han sido dadas por mi Padre,» [] sin embargo, al decir: «¿Quién fue primero en darle a Él?» el Apóstol no ha negado que el Hijo ha recibido dones del Padre en virtud de su Naturaleza, sino que ha mostrado, en verdad, que ni del Padre ni del Hijo puede decirse que uno sea antes que el Otro, puesto que, aunque el Padre ha dado dones al Hijo, no se los ha otorgado como a uno que comenzó a ser después de Él; porque la increada e incomprensible Trinidad, Que es de una sola Eternidad y Gloria, no admite ni diferencia de tiempo ni grado de precedencia.

    IV, 11, 148

    148. Si, empero, nos consideramos más obligados a observar aquellos manuscritos griegos que muestran «[τίς προσέδωχεν αὐτῳ];» es claro que Aquel a Quien nada puede añadirse no es desigual a Aquel Que es perfecto y completo. Por tanto, si este pasaje del Apóstol, en su totalidad, se entiende mejor con referencia al Hijo, vemos que también debemos creer acerca del Hijo que todas las cosas son de Él, como está escrito: «Porque de Él y por Él y en Él son todas las cosas.»

    IV, 11, 149

    149. Sea como fuere, supongamos que piensan que el pasaje se refiere al Padre; entonces recordemos que, así como leemos de todas las cosas que son de Él, así también leemos de todas las cosas que son por Él, es decir, que la autoridad del Padre y del Hijo se extiende sobre todo el universo creado. Y, aunque ya hemos probado la Omnipotencia del Hijo por la Omnipotencia del Padre, aun así —puesto que ellos están siempre dispuestos al menosprecio— consideren que menosprecian al Padre tanto como al Hijo. Pues si el Hijo es limitado en poder, porque todas las cosas son por Él, ¿diremos además que el Padre igualmente es limitado, porque todas las cosas son por Él también?

    IV, 11, 150

    150. Mas para hacerles comprender que estas frases no implican diferencia, mostraré una vez más que es la misma persona «de» quien algo es, y «por» quien algo es, y que leemos que las cosas se relacionan de ambas maneras con el Padre. Pues encontramos: «Fiel es Dios, por Quien fuisteis llamados a la comunión de su Hijo.» Que nuestros adversarios ponderen el significado de las palabras del Apóstol. Somos llamados «por» el Padre —no levantan controversia: somos creados «por» el Hijo— y esto lo han fijado como una marca de inferioridad. El Padre nos ha llamado a la comunión con su Hijo, y esta verdad la recibimos, como es nuestro deber, devotamente. El Hijo ha creado todas las cosas, ¡y los seguidores de Arrio imaginan que aquí no tienen el decreto de una Voluntad libre, sino un servicio forzado, realizado servilmente!

    IV, 11, 151

    151. De nuevo, para obtener una comprensión más plena de que, puesto que somos llamados por el Padre a la comunión con su Hijo, no hay diferencia de Poder en el Padre y en el Hijo, [notad que] la comunión misma tiene su principio del Hijo, como está escrito: «Porque de su plenitud hemos recibido todos,» aunque, si seguimos el texto griego del Evangelio, debemos traducir «de su plenitud.» []

    IV, 11, 152

    152. Ved, pues, cómo hay comunión tanto por el Padre como de el Hijo, y sin embargo no una comunión distinta, sino una y la misma. «Y que nuestra comunión sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo.» []

    IV, 11, 153

    153. Observad, además, que la Escritura habla de que tenemos una sola comunión no sólo «de» el Padre y del Hijo, sino también «de» el Espíritu Santo. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo,» dice el Apóstol, «y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.»

    IV, 11, 154

    154. Ahora pregunto: ¿en qué parece menor Aquel por Quien son todas las cosas que Aquel de Quien son todas las cosas? ¿Acaso porque se declara que es el Obrero? Pero el Padre también obra, pues verdadero es Quien dijo: «Mi Padre obra hasta ahora, y yo obro.» [] Por tanto, así como el Padre obra, así obra también el Hijo; y así Aquel Que obra no es limitado en poder ni abyecto, pues el Padre también obra; siendo esto así, aquello que es común al Hijo con el Padre, o incluso lo que el Hijo tiene por el Padre, no debe ser menos estimado, no sea que los herejes deshonren aún más al Padre en la Persona del Hijo.

    IV, 11, 155

    155. No deben pasarse por alto, para silenciar las disputas de la falsa creencia arriana, aquellas palabras del mismo san Juan, que consignó en otra Escritura: «Si sabéis que Él es justo, sabed que todo aquel que obra justicia ha nacido de Él.» [] Mas, ¿quién es justo, sino el Señor, que ama la justicia? ¿O quién —como nos advierten los textos anteriores— tenemos para asegurarnos la vida eterna, si no tenemos al Hijo? Si, por tanto, el Hijo de Dios nos ha prometido la vida eterna, y Él es justo, ciertamente nacemos «de» Él. De lo contrario, si nuestros adversarios niegan que nacemos del Hijo por gracia, niegan igualmente su justicia.

    IV, 11, 156

    156. Debéis, pues, creer que todas las cosas son del Hijo de Dios [como de Dios Padre, pues así como Dios es el Padre de todos, así también el Hijo es el Autor y Creador de todos. Vemos, pues, la vanidad de esta su cuestión, puesto que vale para el Hijo [como para el Padre] que «de Él y por Él y en Él son todas las cosas.»

    IV, 11, 157

    157. Hemos mostrado cómo todas las cosas son «de» Él, y asimismo cómo todas las cosas son también «por» Él. ¿Quién duda, pues, que todas las cosas son «en» Él, cuando otra Escritura dice: «Porque en Él fueron fundadas todas las cosas que están en los cielos, y en Él fueron creadas, y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en Él»? []. De Él, pues, tenéis la gracia; a Él mismo tenéis por vuestro Creador; en Él encontráis el fundamento de todas las cosas.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 12, sumario
    La comparación, que se encuentra en el Evangelio de san Juan, del Hijo con una Vid y del Padre con un labrador, debe entenderse con referencia a la Encarnación. Entenderla con referencia a la Generación divina es doblemente insultar al Hijo, haciéndolo inferior a san Pablo, y rebajándolo al nivel del resto de la humanidad, como asimismo de igual manera al Padre, haciéndolo no meramente estar en un mismo plano con el mismo Apóstol, sino incluso sin valor alguno. El Hijo, en verdad, en cuanto que es Dios, es también el labrador, y, en cuanto a su Humanidad, un racimo. Verdadera declaración de la preeminencia del Padre.

    IV, 12, 158

    158. Hay todavía otra Escritura que nuestros adversarios comúnmente nos objetan, para probar su división de la Divinidad del Padre respecto de la Divinidad del Hijo, a saber, las palabras de nuestro Señor en el Evangelio: «Yo soy la Vid verdadera y mi Padre es el Labrador.» La vid y el labrador, dicen, son de naturalezas distintas, y la vid está en poder del labrador.

    IV, 12, 159

    159. Así, pues, querríais que creyésemos que el Hijo, en cuanto a su Divinidad, es semejante a una vid, de modo que sin un viñador Él no es nada, y puede ser descuidado o incluso arrancado de raíz. Así tejéis una mentira a partir de la letra de la Escritura que dice que nuestro Señor se llamó a Sí mismo la Vid, queriendo significar con ello el misterio de su Encarnación. Con todo, si os empeñáis en que disputemos sobre la letra, yo también confieso, sí, proclamo, que el Hijo se llamó a Sí mismo la Vid. ¡Pues ay de mí, si niego la prenda de la salvación de su pueblo!

    IV, 12, 160

    160. ¿Cómo, pues, pretendéis entender la verdad de que el Hijo de Dios se llamó a Sí mismo la Vid? Si interpretáis la expresión con respecto a la Sustancia de su Divinidad, y si suponéis tal diversidad de Divinidad entre el Padre y el Hijo como la que hay de naturaleza entre un labrador y una vid, hacéis doble insulto tanto al Padre como al Hijo: al Hijo, porque si, como afirmáis, Él es, en cuanto a su Divinidad, inferior a un labrador, entonces debe, por la misma razón, ser estimado menor que el Apóstol Pablo, puesto que Pablo en verdad se llamó a sí mismo labrador, como encontramos escrito: «Yo planté, Apolos regó: pero Dios dio el crecimiento.» [] ¿Querréis, pues, que Pablo sea mejor que el Hijo de Dios?

    IV, 12, 161

    161. Hasta aquí el un insulto. En cuanto al otro, reside en esto: que si el Hijo es la Vid respecto de su Persona eternamente engendrada, entonces, habiendo dicho Él: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos,» [] aquel divinamente engendrado parece ser de una misma sustancia con nosotros. Pero «¿Quién como tú, Señor, entre los dioses?» [] como está escrito; y de nuevo, en los Salmos: «Porque ¿quién en los cielos se comparará a Jehová? ¿Quién será semejante a Jehová entre los hijos de los potentados?»

    IV, 12, 162

    162. Además, menospreciáis no solo al Hijo, sino también al Padre. Porque si el término «labrador» ha de comprender en su designación toda la prerrogativa de la Soberanía del Padre, entonces, dado que Pablo también es labrador, ponéis al Apóstol, a quien negáis que el Hijo sea igual, en un mismo nivel con el Padre.

    IV, 12, 163

    163. De nuevo, estando escrito, «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento,» hacéis descansar la plenitud de la Majestad del Padre en un nombre que, como veis, denota debilidad. Porque si el que planta nada es, y el que riega nada es, sino que es Dios quien da el crecimiento [quien es todo], observad lo que pretende vuestra blasfemia: exponer al Padre al desprecio bajo el título de labrador, y exigir otro Dios que provea el incremento del trabajo del Padre. Malvadamente, por tanto, piensan ensalzar la Dignidad de Dios Padre mediante este uso del término «labrador,» en el cual Dios Padre queda rebajado al nivel del hombre, al ser designado con un título común.

    IV, 12, 164

    164. Pero ¿qué maravilla si, como vosotros, herejes, pretendéis, el Padre ha de ser exaltado sobre un Hijo cuya Divinidad no difiere en nada de la condición común de la humanidad? Si suponéis que el Hijo ha sido llamado Vid con respecto a su Divinidad, entonces lo consideráis no solo sujeto a corrupción y a los cambios del viento y del tiempo, sino incluso partícipe solo de la humanidad, puesto que la Vid y sus sarmientos son de una misma naturaleza, de modo que el Hijo de Dios aparece, no habiendo tomado nuestra carne mediante el misterio de la Encarnación, sino habiendo brotado enteramente del ser de la carne.

    IV, 12, 165

    165. Pero yo ciertamente confesaré abiertamente que su carne, aunque nacida con un nacimiento nuevo y misterioso, era sin embargo de la misma naturaleza que la nuestra, y que esto es la prenda de nuestra salvación, no la fuente de la Generación divina. Él es en verdad la Vid, porque lleva mis sufrimientos, siempre que la humanidad, hasta entonces frágil, se apoya en Él y así madura con fruto abundante de devoción renovada.

    IV, 12, 166

    166. Sin embargo, si el poder del labrador os seduce, decidme, por favor, quién fue el que habló en el profeta, diciendo: «Oh Señor, házmelo saber, para que yo lo conozca; entonces vi sus pensamientos. Fui llevado como cordero manso al matadero y no lo sabía: tomaron consejo juntos contra mí, diciendo: Venid, echemos leña en su pan.» [] Porque si el Hijo habla aquí del misterio de su Encarnación venidera —pues sería blasfemia suponer que esas palabras se dicen del Padre—, entonces ciertamente es el Hijo quien habla en un pasaje anterior: «Te planté como vid fructífera —¿cómo te has vuelto amarga, y vid silvestre?» []

    IV, 12, 167

    167. Y así veis que el Hijo también es el labrador: el Hijo, de un mismo Nombre con el Padre, una misma obra, una misma dignidad y Sustancia. Si, pues, el Hijo es a la vez Vid y Labrador, claramente inferimos el significado de la Vid con respecto al misterio de la Encarnación.

    IV, 12, 168

    168. Pero no solo se ha llamado nuestro Señor a sí mismo Vid; también se ha dado a sí mismo, por la voz del profeta, el título de Racimo, cuando Moisés, por mandato del Señor, envió espías al Valle del Racimo. [] ¿Qué es ese valle sino la humildad de la Encarnación y la fecundidad de la Pasión? Yo ciertamente pienso que se le llama Racimo, porque de la Vid sacada de Egipto, es decir, del pueblo de los judíos, creció un fruto para el bien del mundo. Nadie, en verdad, puede entender el Racimo como señal de la Generación divina; o si hay alguno que así lo entienda, no deja otra conclusión posible sino que creamos que ese Racimo brotó de la Vid. Y así, en su necedad, atribuyen al Padre lo que se niegan a creer del Hijo.

    IV, 12, 169

    169. Pero si ya no queda lugar a duda de que el Hijo de Dios es llamado Vid con respecto e intención a su Encarnación, veis qué verdad oculta era aquella a la que miraba nuestro Señor al decir, «El Padre es mayor que yo.» [] Porque después de haber dicho esto, prosiguió inmediatamente: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador,» para que sepáis que el Padre es mayor en cuanto viste y cuida la carne de nuestro Señor, como el labrador viste y cuida sus vides. Además, la carne de nuestro Señor es aquella que podía crecer en estatura con la edad, y ser herida mediante el sufrimiento, a fin de que todo el género humano pudiera descansar guardado del calor pestilente de los placeres de este mundo, bajo la sombra de la Cruz, donde sus miembros están extendidos.

    Libro V

    Prólogo

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, prólogo, sumario
    ¿Quién es un siervo fiel y sabio? Su recompensa se señala en el caso de Pedro, como también en el de Pablo. Ambrosio, deseoso de seguir la guía de Pablo, quiso que este libro se añadiera a los otros, porque no podía incluirse en el precedente. Se expone entonces el tema de discusión, y se da la razón de tal discusión. Es menester que se le perdone, pues ha de exigirse usura de todo siervo por el dinero que se le ha confiado. Su fidelidad es la usura deseada en su propio caso. Será feliz si puede esperar una recompensa; pero no busca tanto la retribución de los santos como la exención del castigo. Insta a todos a buscar merecer esto.

    V, prólogo, 1

    1. «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual su señor puso sobre su casa, para que les dé el alimento a su tiempo? Bienaventurado aquel siervo, al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.» [] No es inútil este siervo: grande debe ser. Pensemos quién puede ser.

    V, prólogo, 2

    2. Es Pedro, elegido por el Señor mismo para apacentar su grey, quien merece oír tres veces las palabras: «Apacienta mis corderitos; apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas.» Y así, apacentando bien la grey de Cristo con el alimento de la fe, borró el pecado de su caída anterior. Por esta razón se le amonesta tres veces a apacentar la grey; tres veces se le pregunta si ama al Señor, a fin de que tres veces confiese a Aquel a quien tres veces había negado antes de su Crucifixión.

    V, prólogo, 3

    3. Bienaventurado también es aquel siervo que puede decir: «Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no podíais.» [] Porque sabía cómo alimentarlos. ¿Quién de nosotros puede hacer esto? ¿Quién de nosotros puede decir con verdad: «A los débiles me hice como débil, para ganar a los débiles»? []

    V, prólogo, 4

    4. Sin embargo, él, siendo tan grande hombre y elegido por Cristo para el cuidado de su grey, para fortalecer a los débiles y sanar a los enfermos —él, digo, rechaza inmediatamente después de una amonestación [] al hereje del redil que le ha sido confiado, por temor a que la mancha de una oveja descarriada infecte a toda la grey con una llaga que se extiende. Además ordena que se eviten las cuestiones necias y las contiendas. []

    V, prólogo, 5

    5. ¿Cómo, pues, actuaremos nosotros, que somos solo moradores ignorantes puestos entre estas cizañas frescas en el campo de la mies antigua? [] Si callamos, pareceremos ceder; y si contendemos contra ellos, existe el temor de que también nosotros seamos tenidos por carnales. Porque de asuntos de este tipo, que engendran contienda, está escrito: «El siervo del Señor no debe ser litigioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen.» [] Y en otro lugar: «Si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni la Iglesia de Dios.» [] Por esta razón fue nuestra intención escribir algo, a fin de que nuestros escritos, sin ningún alboroto, respondieran a la impiedad de los herejes en nuestro nombre.

    V, prólogo, 6

    6. Y así nos preparamos para comenzar este nuestro Libro Quinto, oh Emperador Augusto. Pues era justo que el Libro Cuarto terminara con nuestra discusión sobre la Vid, no sea que de otro modo pareciéramos haber sobrecargado aquel libro con una masa tumultuosa de temas, en lugar de haberlo llenado con el fruto de la viña espiritual. Por otra parte, no era conveniente que la recolección de la vendimia de la fe quedara sin terminar, habiendo aún toda abundancia de tan grandes asuntos para discusión.

    V, prólogo, 7

    7. En el Libro Quinto, por tanto, hablamos de la Deidad indivisible del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (omitimos, sin embargo, una discusión completa sobre el Espíritu Santo), instados por la enseñanza del Evangelio a prestar a interés a las mentes humanas los cinco talentos de la fe confiados a estos cinco libros, que son como el capital; no sea que cuando el Señor venga y encuentre su dinero escondido en la tierra, me diga: «Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí; por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío,» [] o como se lee en otro libro: «Y yo,» dice, «al venir lo hubiera recibido con usura.» []

    V, prólogo, 8

    8. Ruego que me perdonen aquellos a quienes desagrada la osadía de un discurso tan largo. El pensamiento de mi oficio me obliga a confiar a otros lo que he recibido. «Somos dispensadores de los misterios celestiales.» [] Somos ministros, pero no todos iguales. «Pero,» dice, «conforme a lo que el Señor dio a cada uno, yo planté; Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento.» [] Esfuércese, pues, cada uno por poder recibir una recompensa según su trabajo. «Porque somos colaboradores con Dios,» como dijo el Apóstol; «vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.» [] Bienaventurado, por tanto, el que ve tal usura sobre su capital; bienaventurado también el que contempla el fruto de su trabajo; bienaventurado también el que «edifica sobre el fundamento de la fe, oro, plata, piedras preciosas.» []

    V, prólogo, 9

    9. Vosotros que oís o leéis estas palabras sois todas las cosas para nosotros. Vosotros sois la usura del prestamista: la usura del discurso, no del dinero; vosotros sois el retorno dado al labrador; vosotros sois el oro, la plata, las piedras preciosas del constructor. En vuestros méritos están los principales resultados de los trabajos del sacerdote; en vuestras almas resplandece el fruto del trabajo de un obispo; en vuestro progreso brilla el oro del Señor; la plata se acrecienta si retenéis firmemente las palabras divinas. «Las palabras del Señor son palabras puras, como plata refinada en el fuego; probada en la tierra, purificada siete veces.» Vosotros, por tanto, haréis rico al prestamista, al labrador abundar en frutos; demostraréis que el maestro constructor es hábil. No hablo jactanciosamente; porque no deseo tanto mi propio provecho como el vuestro.

    V, prólogo, 10

    10. ¡Oh, si yo pudiera decir con seguridad de vosotros en aquel tiempo: «Señor, me diste cinco talentos; he aquí he ganado otros cinco talentos;» [] y si pudiera mostrar los talentos preciosos de vuestras virtudes! «Porque tenemos este tesoro en vasos de barro.» [] Estos son los talentos con los que el Señor nos manda comerciar espiritualmente, o las dos monedas del Nuevo y del Antiguo Testamento, que aquel samaritano del Evangelio dejó para el hombre robado por los ladrones, con el propósito de que sus heridas fueran sanadas. []

    V, prólogo, 11

    11. Ni yo, hermanos míos, con deseos codiciosos, anhelo esto, para ser puesto sobre muchas cosas; la recompensa que obtengo del hecho de vuestro avance me es suficiente. ¡Oh, que no sea hallado indigno de aquello que he recibido! Que las cosas que son demasiado grandes para mí sean asignadas a hombres mejores. ¡No las exijo! Sin embargo, que Tú digas, oh Señor: «Daré a este postrero, así como a ti.» [] Que el hombre que lo merezca reciba autoridad sobre diez ciudades. []

    V, prólogo, 12

    12. Sea tal como fue Moisés, que escribió las Diez Palabras de la Ley. Sea como Josué, hijo de Nun, que sometió a cinco reyes y puso en sujeción a los gabaonitas, para ser figura de un Hombre de su propio nombre que había de venir, por cuyo poder toda concupiscencia carnal sería vencida y los gentiles se convertirían, para seguir la fe de Jesucristo en lugar de sus antiguas costumbres y deseos. Sea como David, a quien las doncellas salieron a recibir con cánticos, diciendo: «Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles.» []

    V, prólogo, 13

    13. Me es suficiente, si no soy arrojado a las tinieblas exteriores, como lo fue aquel que escondió el talento que le fue confiado en la tierra, por así decirlo, de su propia carne. Esto hizo el principal de la sinagoga y los otros jefes de los judíos; porque emplearon las palabras del Señor, que les habían sido confiadas, en el suelo, por así decirlo, de sus cuerpos; y, deleitándose en los placeres de la carne, hundieron el depósito celestial como en el pozo de un corazón arrogante.

    V, prólogo, 14

    14. No tengamos, pues, el dinero del Señor enterrado y escondido en la carne; ni escondamos nuestro solo talento en un pañuelo; [] sino que, como buenos cambistas, pesémoslo siempre con trabajo de mente y cuerpo, con voluntad pareja y pronta, para que la palabra esté cerca, en tu boca y en tu corazón. []

    V, prólogo, 15

    15. Esta es la palabra del Señor, este es el talento precioso, con el cual sois redimidos. Este dinero debe verse a menudo sobre las mesas de las almas, para que mediante el comercio constante el sonido de las buenas monedas pueda salir a todas las tierras, por medio del cual se compra la vida eterna. «Esta es la vida eterna,» que Tú, Padre Todopoderoso, das gratuitamente, para que conozcamos «a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» []

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · V, 1, sumario
    Cuán impíos son los arrianos al atacar aquello de lo que depende la felicidad humana. Juan une siempre al Hijo con el Padre, especialmente donde dice: «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, etc.» En ese lugar, pues, debemos entender las palabras «Dios verdadero» también del Hijo; porque no se puede negar que Él es Dios, y no se puede decir que sea un dios falso, y mucho menos que sea Dios solo de nombre. Probado este último punto por las palabras del Apóstol, confesamos con razón que Cristo es verdadero Dios.

    V, 1, 16

    16. [Por tanto] observen los arrianos cuán impíos son al poner en duda nuestra esperanza y el objeto de nuestros deseos. Y puesto que suelen clamar sobre este punto por encima de todos los demás, diciendo que Cristo es distinto del único y verdadero Dios, refutemos sus ideas impías en cuanto está en nuestro poder.

    V, 1, 17

    17. Porque en este punto deberían más bien entender que este es el beneficio, esta la recompensa de la virtud perfecta, a saber, este don divino e incomparable, que conozcamos a Cristo juntamente con el Padre, y no separemos al Hijo del Padre; como tampoco las Escrituras los separan. Pues lo siguiente habla más bien a favor de la unidad que de la diversidad de la Divina Majestad, a saber, que el conocimiento del Padre y del Hijo nos da la misma recompensa, y un mismo y único honor; recompensa que ningún hombre tendrá sino el que haya conocido tanto al Padre como al Hijo. Porque así como el conocimiento del Padre procura la vida eterna, así también el conocimiento del Hijo.

    V, 1, 18

    18. Por tanto, como el Evangelista inmediatamente al comienzo unió el Verbo con Dios Padre en su devota confesión de fe, diciendo: «Y el Verbo estaba con Dios;» [] y aquí también, al escribir las palabras del Señor: «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado,» [] sin duda, al conectarlos así, ha unido al Padre y al Hijo, de modo que nadie pueda separar a Cristo como verdadero Dios de la majestad del Padre, porque la unión no divide.

    V, 1, 19

    19. Por tanto, al decir «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado,» puso fin a los sabelianos, y también dejó fuera de causa a los judíos —al menos a aquellos que le oyeron hablar; para que los primeros no supusieran que el mismo era el Padre que el Hijo, lo cual podrían haber hecho si no hubiera añadido también a Cristo, y para que los segundos no separaran al Hijo del Padre.

    V, 1, 20

    20. Pero, pregunto, ¿por qué no piensan que debemos deducir y entender esto de lo que ya se ha dicho; que así como ha declarado que el Padre es el único Dios verdadero, así podemos entender que Jesucristo también es el único Dios verdadero? Porque no podría expresarse de otra manera, por temor a que pareciera que hablaba de dos dioses. Porque tampoco nosotros hablamos de dos dioses; y sin embargo confesamos que el Hijo es de la misma Deidad que el Padre.

    V, 1, 21

    21. ¿Podemos preguntar, por tanto, sobre qué fundamentos piensan que se hace una distinción en la Deidad, y si niegan que Cristo sea Dios? Pero no pueden negarlo. ¿Niegan que sea Dios verdadero? Pero si niegan que sea Dios verdadero, que digan si lo declaran un dios falso, o Dios solo de nombre. Porque según las Escrituras la palabra «Dios» se usa o del Dios verdadero, o solo por nombre, o de un dios falso. Dios verdadero como el Padre; Dios por nombre como los santos; un dios falso como los demonios e ídolos. Que digan, pues, cómo reconocerán y describirán al Hijo de Dios. ¿Suponen que el nombre de Dios fue falsamente asumido; o hubo en verdad meramente una inhabitación de Dios en Él, como por nombre solamente?

    V, 1, 22

    22. No creo que puedan decir que el nombre fue falsamente asumido, y así envolverse en la abierta maldad de la blasfemia; no sea que se traicionen a sí mismos, por una parte, ante los demonios e ídolos, y por otra, ante Cristo, insinuando que el nombre de Dios le fue falsamente dado. Pero si piensan que se le llama Dios porque tenía una inhabitación de la Deidad dentro de Él —como muchos hombres santos la tuvieron (porque la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios), [] — no lo colocan antes que otros hombres, sino que piensan que ha de compararse con ellos; de modo que lo consideran igual a lo que Él ha concedido ser a otros hombres, así como dice a Moisés: «Te he puesto por dios para Faraón.» [] Por lo cual también se dice en los Salmos: «Yo dije: Vosotros sois dioses.»

    V, 1, 23

    23. Esta idea de estos blasfemos la descarta Pablo; porque dijo: «Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra.» [] No dijo: «Hay dioses,» sino «Hay algunos que se llaman dioses.» Pero «Cristo,» como está escrito, «es el mismo ayer y hoy.» [] «Él es,» dice; es decir, no solo de nombre sino también en verdad.

    V, 1, 24

    24. Y bien está escrito: «Él es el mismo ayer y hoy,» para que la impiedad de Arrio no encontrara lugar para acumular su profanidad. Porque él, al leer en el salmo segundo al Padre diciendo al Hijo, «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy,» notó la palabra «hoy,» no «ayer,» refiriendo lo que se decía de la asunción de nuestra carne a la eternidad de la generación divina; de lo cual también Pablo dice en los Hechos de los Apóstoles: «Y nosotros os anunciamos la promesa hecha a nuestros padres: porque Dios la ha cumplido a nuestros hijos, resucitando a Jesús, como también está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.» [] Así el Apóstol, lleno del Espíritu Santo, para destruir aquella locura feroz de él, dijo: «El mismo, ayer, hoy y por siempre.» «Ayer» a causa de su eternidad; «hoy» a causa de su toma de un cuerpo humano.

    V, 1, 25

    25. Cristo, por tanto, es, y siempre es; porque Aquel que es, siempre es. Y Cristo siempre es, de quien Moisés dice: «El que es me ha enviado.» [] Gabriel en verdad fue, Rafael fue, los ángeles fueron; pero aquellos que alguna vez no han sido, de ningún modo se dice con igual razón que siempre sean. Pero Cristo, como leemos, «no fue sí y no, sino que sí fue en Él.» [] Por lo cual es propiedad solo de Dios ser, Aquel que siempre es.

    V, 1, 26

    Por tanto, si no se atreven a decir que Él es Dios solo de nombre, y es señal de profunda impiedad decir que es un dios falso, queda que Él es verdadero Dios, no desemejante del verdadero Padre, sino igual a Él. Y así como santifica y justifica a quien quiere, [] no asumiendo ese poder desde fuera de Sí mismo, sino teniendo dentro de Sí el poder de santificar, ¿cómo no es Él verdadero Dios? Porque el Apóstol lo llamó ciertamente verdadero Dios, a Aquel que según su naturaleza era Dios, como está escrito: «Entonces, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que por naturaleza no eran dioses;» [] es decir, que no podían ser dioses verdaderos, pues este título de ningún modo les pertenecía por naturaleza.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 8 de 11