La objeción de que Cristo, según San Juan, vive por causa del Padre y, por tanto, no ha de ser considerado igual al Padre, se responde diciendo que para la Vida del Hijo, en cuanto a su Divinidad, nunca hubo tiempo en que comenzase; y que no depende de nadie, mientras que el pasaje en cuestión debe entenderse como referido a su vida humana, como se muestra por el hecho de que allí habla de su cuerpo y de su sangre. Se dan dos exposiciones del pasaje: la primera se muestra referida a la Humanidad de Cristo, mientras que la segunda enseña su igualdad con el Padre, así como su semejanza con los hombres. Se reprende a los arrianos por el insulto que pretenden infligir al Hijo, y se explica el sentido en que el Hijo puede decirse que vive «por causa de» el Padre, así como la unión de la vida con la Vida divina. Se refuta brevemente una objeción ulterior, basada en la oración del Hijo de ser glorificado por el Padre.
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La distinción particular que los arrianos se esforzaban por probar a partir de la enseñanza del Apóstol de que todas las cosas son «de» el Padre y «por» el Hijo, queda refutada, mostrándose que en el pasaje citado se atribuye la misma Omnipotencia tanto al Padre como al Hijo, como se prueba por diversos textos, especialmente por las palabras mismas de san Pablo, en las que los herejes neciamente encuentran una referencia sólo al Padre, aunque en verdad no se prueba disminución ni inferioridad alguna de la soberanía del Hijo, ni siquiera con tal referencia. Finalmente, las tres frases, «de Quien,» «por Quien,» «en Quien,» se muestra que no suponen ni implican diferencia alguna (de poder), y que cada una y todas son verdaderas de las Tres Personas.
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La comparación, que se encuentra en el Evangelio de san Juan, del Hijo con una Vid y del Padre con un labrador, debe entenderse con referencia a la Encarnación. Entenderla con referencia a la Generación divina es doblemente insultar al Hijo, haciéndolo inferior a san Pablo, y rebajándolo al nivel del resto de la humanidad, como asimismo de igual manera al Padre, haciéndolo no meramente estar en un mismo plano con el mismo Apóstol, sino incluso sin valor alguno. El Hijo, en verdad, en cuanto que es Dios, es también el labrador, y, en cuanto a su Humanidad, un racimo. Verdadera declaración de la preeminencia del Padre.
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¿Quién es un siervo fiel y sabio? Su recompensa se señala en el caso de Pedro, como también en el de Pablo. Ambrosio, deseoso de seguir la guía de Pablo, quiso que este libro se añadiera a los otros, porque no podía incluirse en el precedente. Se expone entonces el tema de discusión, y se da la razón de tal discusión. Es menester que se le perdone, pues ha de exigirse usura de todo siervo por el dinero que se le ha confiado. Su fidelidad es la usura deseada en su propio caso. Será feliz si puede esperar una recompensa; pero no busca tanto la retribución de los santos como la exención del castigo. Insta a todos a buscar merecer esto.
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Cuán impíos son los arrianos al atacar aquello de lo que depende la felicidad humana. Juan une siempre al Hijo con el Padre, especialmente donde dice: «Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, etc.» En ese lugar, pues, debemos entender las palabras «Dios verdadero» también del Hijo; porque no se puede negar que Él es Dios, y no se puede decir que sea un dios falso, y mucho menos que sea Dios solo de nombre. Probado este último punto por las palabras del Apóstol, confesamos con razón que Cristo es verdadero Dios.
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