San Ambrosio interroga a los herejes y presenta su respuesta, que es que el Hijo existió, en verdad, antes de todo tiempo, pero no fue coeterno con el Padre, ante lo cual el Santo muestra que representan a la Deidad como mutable, y además, que cada Persona debe ser creída eterna.
I, 9, 58
I, 9, 59
I, 9, 60
I, 9, 61
Probada la eternidad de Cristo por la enseñanza del Apóstol, San Ambrosio nos amonesta que la Generación divina no ha de pensarse a la manera de la procreación humana, ni ha de ser escudriñada con demasiada curiosidad. Con las dificultades que de ahí surgen se niega a tratar, diciendo que cualesquiera términos, tomados de nuestro conocimiento del cuerpo, que se usen al hablar de esta Generación divina, deben entenderse con un significado espiritual.
I, 10, 62
I, 10, 63
I, 10, 64
I, 10, 65
I, 10, 66
I, 10, 67
No puede probarse por la Escritura que el Padre existiera antes que el Hijo, ni tampoco pueden servir para este fin argumentos tomados de la reproducción humana, ya que introducen absurdos sin fin. Atreverse a afirmar que Cristo comenzó a existir en el curso del tiempo es el colmo de la blasfemia.
I, 11, 68
I, 11, 69
I, 11, 70
I, 11, 71
I, 11, 72
I, 11, 73
Nuevas objeciones contra la Divinidad del Hijo reciben la misma respuesta, a saber, que igualmente podrían proponerse también contra el Padre. Así, pues, como el Padre de ningún modo está limitado por el tiempo, el lugar ni ninguna otra cosa creada, tampoco ha de imponerse al Hijo semejante limitación, cuya maravillosa generación no es sólo del Padre, sino también de la Virgen; y, por tanto, puesto que en su generación del Padre no intervino distinción de sexo ni cosa semejante, tampoco la hubo en su generación de la Virgen.
I, 12, 74
I, 12, 75
I, 12, 76
I, 12, 77
I, 12, 78
Se continúa la discusión sobre la Generación divina. San Ambrosio ilustra su modo mediante el mismo ejemplo empleado por el autor de la Epístola a los Hebreos. El deber de creer lo revelado se muestra con el ejemplo de Nabucodonosor y de San Pedro. Por la visión concedida a San Pedro se mostró la Eternidad y la Divinidad del Hijo; por tanto, ha de creerse al Apóstol antes que a los maestros de la filosofía, cuya autoridad caía por todas partes en descrédito. Los arrianos, por otra parte, se muestran semejantes a los paganos.
I, 13, 79
I, 13, 80
I, 13, 81
I, 13, 82
I, 13, 83
I, 13, 84
I, 13, 85
Que el Hijo de Dios no es un ser creado se prueba con los siguientes argumentos: (1) que no mandó que se le predicara a Él mismo el Evangelio; (2) que un ser creado es entregado a la vanidad; (3) que el Hijo ha creado todas las cosas; (4) que leemos que es engendrado; y (5) que la diferencia entre generación y adopción se ha entendido siempre en aquellos lugares donde se declara que en Él coexisten ambas naturalezas, la divina y la humana. Todo este testimonio es confirmado por la interpretación del Apóstol.
I, 14, 86
I, 14, 87
I, 14, 88
I, 14, 89
I, 14, 90
I, 14, 91
I, 14, 92
I, 14, 93
I, 14, 94
Explicación de Hechos 2:36 y Proverbios 8:22 , que se muestra que se refieren propiamente sólo a la humanidad de Cristo.
I, 15, 95
I, 15, 96
Comentario editorial · «El Señor me creó»: dos lecturas griegas
I, 15, 97
I, 15, 98
I, 15, 99
Los arrianos blasfeman a Cristo si por las palabras «creado» y «engendrado» entienden una y la misma cosa. Si, por el contrario, consideran las palabras como de significado distinto, no deben hablar de Aquel de quien han leído que fue engendrado como si fuera un ser creado. Esta regla es sostenida por el testimonio de San Pablo, quien, confesándose siervo de Cristo, prohibió el culto de un ser creado. Siendo Dios una sustancia pura y no compuesta, no hay en Él naturaleza creada; además, el Hijo no ha de ser degradado al nivel de las cosas creadas, ya que en Él el Padre se complace.
I, 16, 100
I, 16, 101
I, 16, 102
I, 16, 103
I, 16, 104
I, 16, 105
I, 16, 106
I, 16, 107
Que Cristo es verdadero Dios se prueba por el hecho de que es Hijo propio de Dios, también por haber sido engendrado y haber salido de Dios, y además por la unidad de voluntad y de operación que subsiste en el Padre y el Hijo. Se aduce el testimonio de los apóstoles y del centurión —que San Ambrosio opone a la enseñanza arriana—, junto con el de Isaías y San Juan.
I, 17, 108
I, 17, 109
I, 17, 110
I, 17, 111
I, 17, 112
I, 17, 113
I, 17, 114
I, 17, 115
I, 17, 116
I, 17, 117
Los errores de los arrianos se mencionan en la Definición Nicena de la Fe, para impedir que engañen a alguien. Estos errores se recitan, junto con el anatema pronunciado contra ellos, el cual se dice que fue pronunciado no sólo en Nicea, sino también renovado dos veces en Arímino.
I, 18, 118
I, 18, 119
I, 18, 120
I, 18, 121
I, 18, 122