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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF44 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 11 · Capítulo 12Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

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    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 12, sumario
    El reino del Padre y del Hijo es uno e indiviso, así como lo es la Deidad de cada uno.

    III, 12, 92

    92. Quisiera preguntar ahora cómo suponen que el reino del Padre y del Hijo esté dividido, cuando el Señor ha dicho, como mostramos arriba: «Todo reino dividido contra sí mismo será presto destruido.» []

    III, 12, 93

    93. En verdad, fue para excluir la doctrina impía de la enemistad arriana que san Pedro mismo afirmó que el dominio del Padre y del Hijo es uno, diciendo: «Por lo cual, hermanos míos, procurad hacer firme vuestra vocación y elección, porque haciéndolo así no erraréis, pues de este modo vuestra entrada en el reino eterno de Dios y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se os concederá con mayor abundancia de gracia.» []

    III, 12, 94

    94. Ahora bien, si se piensa que se habla sólo del dominio de Cristo, y el pasaje se entiende por tanto en el sentido de que el Padre y el Hijo son considerados divididos en autoridad — sin embargo todavía se reconocerá que es el dominio del Hijo, y que es eterno, y así no sólo se introducirán dos reinos, separados, y por tanto expuestos a caer, sino que, además, en cuanto ningún reino puede compararse con el reino de Dios, el cual no pueden, por mucho que lo deseen, negar que sea el reino del Hijo, deben o volver atrás de su opinión y reconocer que el reino del Padre y del Hijo es uno y el mismo; o deben atribuir al Padre el gobierno de un reino menor — lo cual es blasfemia; o deben reconocer que Aquel a quien perversamente declaran inferior en lo que respecta a la Deidad, posee un reino igual, lo cual es incoherente.

    III, 12, 95

    95. Pero esto [su enseñanza] no concuerda, no se aviene, no se sostiene [con sus premisas]. Confiesen, pues, que el reino es uno, como confesamos y probamos, no ciertamente por evidencia nuestra, sino por testimonio concedido desde el cielo.

    III, 12, 96

    96. Para empezar, aprende, de otros testimonios [de la Escritura], cómo el reino de los cielos es también reino del Hijo: «En verdad, en verdad os digo, que hay algunos entre los que están aquí con nosotros, que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su reino.» [] No hay, por tanto, lugar a duda de que el reino pertenece al Hijo de Dios.

    III, 12, 97

    97. Ahora aprende que el reino del Hijo es el mismo que el reino del Padre: «En verdad os digo que hay algunos de los que están en derredor de nosotros, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios venir con poder.» [] Hasta tal punto, en verdad, es un solo reino, que la recompensa es una, el heredero es uno y el mismo, y así también el mérito, y Aquel que promete [la recompensa].

    III, 12, 98

    98. ¿Cómo no ha de ser un solo reino, sobre todo cuando el Hijo mismo ha dicho de sí: «Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de Mi Padre»? [] Pues lo que es del Padre, por su grandeza majestuosa, es también del Hijo, por unidad en la misma gloria. [] La Escritura, por tanto, ha declarado que el reino es reino tanto del Padre como del Hijo.

    III, 12, 99

    99. Ahora aprende que donde se nombra el reino de Dios, no hay exclusión de la autoridad ni del Padre ni del Hijo, porque tanto el reino del Padre como el reino del Hijo están comprendidos bajo el único nombre de Dios, al decir: «Cuando veáis a Abraham, a Isaac y a Jacob, y a todos los profetas, en el reino de Dios.» [] ¿Acaso negamos que los profetas estén en el reino del Hijo, cuando incluso a un ladrón moribundo que dijo, «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino,» el Señor respondió: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.» [] ¿Qué entendemos, en verdad, por estar en el reino de Dios, sino el haber escapado a la muerte eterna? Mas los que han escapado a la muerte eterna ven al Hijo del Hombre venir en su reino.

    III, 12, 100

    100. ¿Cómo, pues, no ha de tener Él en su poder aquello que da, cuando dice: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos»? [] Ved el abismo que hay entre [el uno y el otro]. El siervo abre, el Señor otorga; el Uno por sí mismo, el otro por Cristo; el ministro recibe las llaves, el Señor establece potestades: lo uno es derecho de quien da, lo otro deber de un administrador.

    III, 12, 101

    101. He aquí ahora otra prueba de que el reino, el gobierno del Padre y del Hijo, es uno. Está escrito en la Epístola a Timoteo: «Pablo, apóstol de Jesucristo, conforme al gobierno de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús, nuestra Esperanza.» [] Por tanto, se declara claramente que uno es el reino del Padre y del Hijo, como también lo afirmó el apóstol Pablo, diciendo: «Porque sabed esto: que ningún desvergonzado, ninguno impuro o avaro (lo cual es idolatría), tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.» [] Por tanto, uno es el reino, una la Deidad.

    III, 12, 102

    102. La Ley ha probado la unidad de la Deidad, pues habla de un solo Dios, [] como también el Apóstol, al decir de Cristo: «En quien habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente.» Pues si, como dice el Apóstol, toda la plenitud de la Deidad habita corporalmente en Cristo, entonces se ha de confesar que el Padre y el Hijo son de una misma Deidad; o si se quiere separar la Deidad del Hijo de la Deidad del Padre, mientras el Hijo posee toda la plenitud de la Deidad corporalmente, ¿qué se supone que queda reservado, visto que nada resta por encima de la plenitud de la perfección? Por tanto, una es la Deidad.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 13, sumario
    La majestad del Hijo es propia suya, e igual a la del Padre, y los ángeles no son partícipes, sino contempladores de ella.

    III, 13, 103

    103. Habiendo ya nosotros establecido que el Padre y el Hijo son de una misma imagen y semejanza, réstanos mostrar que también son de una misma majestad. Y no necesitamos ir lejos en busca de prueba, puesto que el Hijo mismo ha dicho de sí: «Cuando el Hijo del Hombre venga en su majestad, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará sobre el trono de su majestad.» [] He aquí, pues, declarada la majestad del Hijo. ¿Qué le falta aún a Aquel cuya majestad increada no puede negarse? La majestad, pues, pertenece al Hijo.

    III, 13, 104

    104. Tengan ahora nuestros adversarios por probado fuera de toda duda que la majestad del Padre y del Hijo es una, puesto que el Señor mismo ha dicho: «Porque el que se avergonzare de Mí y de Mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre, cuando venga en su majestad y en la de su Padre, y con la majestad de los santos ángeles.» [] ¿Qué fuerza tienen las palabras «y la majestad de los santos ángeles,» sino que los siervos reciben honra del culto de su Señor?

    III, 13, 105

    105. El Hijo, por tanto, atribuyó su majestad a su Padre no menos que a sí mismo; no, ciertamente, de modo que los ángeles hayan de participar de aquella majestad en igualdad de condiciones con el Padre y el Hijo, sino para que contemplen la gloria sobreabundante de Dios; pues en verdad ni aun los ángeles poseen majestad propia, al modo como la Escritura habla del Hijo: «Cuando se sentará sobre el trono de su majestad,» sino que están en su presencia, para ver la gloria del Padre y del Hijo, en el grado de visión del que son dignos o que pueden soportar.

    III, 13, 106

    106. Además, las palabras dadas por Dios declaran por sí mismas su propio sentido, para que entendáis que aquella gloria del Padre y del Hijo no ha de tenerse en común con ellos por los ángeles, pues así dicen: «Mas cuando el Hijo del Hombre venga en su majestad, y todos los ángeles con Él.» Y de nuevo, para mostrar que la majestad y la gloria de su Padre y su propia majestad y gloria son una y la misma, el Señor mismo dice en otro libro: «Y el Hijo del Hombre se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre, con los santos ángeles.» [] Los ángeles vienen en obediencia, Él viene en gloria: ellos son su séquito, Él se sienta en su trono: ellos están en pie, Él está sentado— por tomar términos de las relaciones ordinarias de la vida humana, Él es el Juez: ellos son los oficiales del tribunal. Nótese que no puso primero la divina majestad de su Padre y, en segundo lugar, la suya propia y la de los ángeles, no fuera que pareciera haber establecido una suerte de orden descendente, de lo más alto a naturalezas inferiores. Puso primero su propia majestad, y luego habló de la de su Padre y de la majestad de los ángeles (porque el Padre no podía parecer inferior a ellos), a fin de que, al poner mención de sí mismo entre la de su Padre y la de los ángeles, no pareciera haber trazado alguna escala ascendente, que llevase de los ángeles al Padre mediante aumento de su propia dignidad; ni tampoco, por el contrario, se creyera que había mostrado un descenso del Padre a los ángeles, que entrañase disminución de aquella dignidad. Ahora bien, nosotros, que confesamos una sola Deidad del Padre y del Hijo, no suponemos tal orden de distinción como el que suponen los arrianos.

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 14, sumario
    El Hijo es de una misma sustancia con el Padre.

    III, 14, 108

    108. Y ahora, vuestra Majestad, en cuanto a la cuestión de la sustancia, ¿qué necesidad tengo de deciros que el Hijo es de una misma sustancia con el Padre, cuando hemos leído que el Hijo es imagen de la sustancia del Padre, para que entendáis que no hay nada en lo que, por lo que respecta a la Deidad, el Hijo difiera del Padre?

    III, 14, 109

    109. En virtud de esta semejanza, Cristo dijo: «Todo lo que el Padre tiene es mío.» [] No podemos, pues, negar a Dios la sustancia; porque en verdad no carece de sustancia Aquel que ha dado a otros el fundamento de su ser, aunque esto sea en Dios distinto de lo que es en la criatura. El Hijo de Dios, por cuya mediación todas las cosas subsisten, no podía carecer de sustancia.

    III, 14, 110

    110. Y por eso dice el Salmista: «No están ocultos mis huesos, que hiciste en secreto, ni mi sustancia en lo profundo de la tierra.» Porque a su poder y Deidad no podían ocultarse las cosas que fueron hechas antes de la fundación del mundo, aunque su magnificencia fuese todavía invisible. He aquí, pues, que hallamos mención de «sustancia.»

    III, 14, 111

    111. Pero puede objetarse que la mención de su sustancia es consecuencia de su Encarnación. Ya he mostrado que la palabra «sustancia» se emplea más de una vez, y no en el sentido de posesiones heredadas, como vos quisierais interpretarla. Ahora, si os place, concedamos que, conforme a la profecía mística, la sustancia de Cristo estuvo presente en los infiernos— pues en verdad ejerció su poder en el mundo inferior para liberar, en el alma que animaba su propio cuerpo, las almas de los muertos, para soltar las ataduras de la muerte, para perdonar los pecados. []

    III, 14, 112

    112. Y, en verdad, ¿qué os impide entender por aquella sustancia su sustancia divina, visto que Dios está en todas partes, de modo que se le ha dicho: «Si subo a los cielos, allí estás Tú; si desciendo a los infiernos, estás presente?»

    III, 14, 113

    113. Además, el Salmista ha dejado claro en las palabras que siguen que hemos de entender que se menciona la sustancia divina cuando dice: «Tus ojos vieron mi ser, no como efecto de obra;» por cuanto el Hijo no es hecho, ni una de las obras de Dios, sino el Verbo engendrado del poder eterno. Le llamó «[ἀχατέργαστον],» dando a entender que el Verbo, que ni fue hecho ni creado, es engendrado del Padre sin que ningún ser creado esté presente como testigo. Con todo, abundante es nuestro testimonio además de éste. Concedamos que la sustancia de que aquí se habla es la sustancia corporal, con tal que vos mismo no digáis que el Hijo de Dios es algo efectuado por obra, sino que confeséis su Deidad increada.

    III, 14, 114

    114. Ya sé que algunos afirman que la mística forma encarnada fue increada, por cuanto nada se hizo en ella por unión con varón, porque nuestro Señor fue descendencia de una virgen. Si, pues, muchos, apoyándose en este pasaje, han afirmado que ni aun lo que nació de María fue producido por operación creadora, ¿os atrevéis vos, discípulo de Arrio, a pensar que la Palabra de Dios es algo producido así?

    III, 14, 115

    115. Pero ¿es éste el único lugar donde leemos «sustancia»? ¿No se ha dicho también en otro pasaje: «Las puertas de las ciudades están derribadas, los montes han caído y su sustancia ha sido revelada»? ¿Acaso la palabra significa también aquí algo creado? Algunos, lo sé, suelen decir que la sustancia es caudal en dinero. Entonces, si dais ese sentido a la palabra, los montes cayeron para que pudieran verse las posesiones de dinero de alguien.

    III, 14, 116

    116. Pero recordemos qué montes cayeron: aquellos, a saber, de los cuales se ha dicho: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: ¡Quítate y échate al mar!» [] Por montes, pues, se entienden las cosas altivas que se ensalzan a sí mismas. []

    III, 14, 117

    117. Además, en el griego, la versión es ésta: «Han caído los palacios.» ¿Qué palacios, sino el palacio de Satanás, del cual dijo el Señor: «¿Cómo podrá permanecer en pie su reino?» Leemos, por tanto, que las cosas que son palacios del diablo son como altísimos montes, y por eso, al caer aquellos palacios de los corazones de los fieles, la verdad queda manifestada: que Cristo, el Hijo de Dios, es de la sustancia eterna del Padre. ¿Qué son, además, aquellos montes de bronce, de en medio de los cuales salen cuatro carros? []

    III, 14, 118

    118. Vemos aquella altura que se levanta contra el conocimiento de Dios, derribada por la palabra del Señor, cuando el Hijo de Dios dijo: «Calla y sal, espíritu inmundo.» [] Acerca del cual dice también el profeta: «He aquí he venido a ti, monte de corrupción.»

    III, 14, 119

    119. Aquellos montes, pues, han caído, y queda revelado que en Cristo estaba la sustancia de Dios, en las palabras de quienes le habían visto: «Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios,» [] pues fue en virtud del poder divino, no humano, como Él mandaba a los demonios. También dice Jeremías: «Haced duelo sobre los montes, y golpead vuestros pechos por las sendas del desierto, porque han desfallecido; por cuanto no hay hombres, no han oído la palabra de sustancia: desde el ave que vuela hasta la bestia de carga, temblaron, han desfallecido.»

    III, 14, 120

    120. Ni se nos ha escapado que en otro lugar también, al exponer las flaquezas de la condición humana, para mostrar que Él había tomado sobre sí la enfermedad de la carne y los afectos de nuestra alma, dijo el Señor por boca de su profeta: «Acuérdate, oh Señor, de cuál es mi sustancia,» porque era el Hijo de Dios quien hablaba en la naturaleza de la flaqueza humana.

    III, 14, 121

    121. De Él dice la Escritura, en el pasaje citado, para descubrir los misterios de la Encarnación: «Pero Tú has desechado, oh Señor, y has tenido por nada— has arrojado a tu Cristo. Has anulado el pacto hecho con tu Siervo, y has pisoteado su santidad en la tierra.» ¿Qué era aquello, respecto de lo cual la Escritura le llamó «Siervo,» sino su carne?— puesto que «no tuvo por usurpación el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y hallado en condición de hombre.» [] Así, pues, en cuanto tomó sobre sí mi naturaleza, fue siervo, pero por virtud de su propio poder es el Señor.

    III, 14, 122

    122. Además, ¿qué significa lo que leéis: «¿Quién ha estado en la verdad (substantia) del Señor?» y de nuevo: «Ahora bien, si ellos hubieran estado en Mi verdad, y hubieran prestado oído a Mis palabras, y hubieran enseñado a Mi pueblo, yo los habría apartado de sus locuras y transgresiones.»?

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 15, sumario
    Los arrianos, en cuanto afirman que el Hijo es «de otra sustancia», reconocen claramente la sustancia en Dios. La única razón por la que evitan el uso de este término es que no quieren, como lo ha puesto de manifiesto Eusebio de Nicomedia, confesar a Cristo como el verdadero Hijo de Dios.

    III, 15, 123

    123. ¿Cómo pueden negar los arrianos la sustancia de Dios? ¿Cómo pueden suponer que la palabra «sustancia», que se halla en muchos lugares de la Escritura, deba ser excluida del uso, cuando ellos mismos, al decir que el Hijo es «[ἑτεροούσιος],» es decir, de otra sustancia, admiten la sustancia en Dios?

    III, 15, 124

    124. No es, pues, el término mismo, sino su fuerza y consecuencias, lo que rehúyen, porque no quieren confesar que el Hijo de Dios es verdadero [Dios]. Pues aunque el proceso de la generación divina no puede ser comprendido por el lenguaje humano, los Padres juzgaron que su fe podía distinguirse convenientemente mediante el uso de tal término, en oposición al de «[ἑτεροούσιος],» siguiendo la autoridad del profeta, que dice: «¿Quién ha estado en la verdad (substantia) del Señor, y ha visto su Palabra?» [] Por tanto, los arrianos admiten el término «sustancia» cuando se usa de modo que convenga a su blasfemia; al contrario, cuando se adopta conforme a la piedad devota de los fieles, lo rechazan y disputan contra él.

    III, 15, 125

    125. ¿Qué otra razón puede haber para que no quieran que se hable del Hijo como «[ὁ] [μοούσιος],» de la misma sustancia con el Padre, sino que no quieren confesarle como el verdadero Hijo de Dios? Esto se delata en la carta de Eusebio de Nicomedia. «Si,» escribe, «decimos que el Hijo es verdadero Dios e increado, entonces estamos en camino de confesarle como de una misma sustancia ([ὁμοούσιος]) con el Padre.» Cuando esta carta fue leída ante el Concilio reunido en Nicea, los Padres pusieron esta palabra en su exposición de la Fe, porque vieron que amedrentaba a sus adversarios; a fin de tomar la espada, que sus oponentes habían desenvainado, para cortar la cabeza de la propia blasfema herejía de aquellos oponentes. []

    III, 15, 126

    126. Vano, sin embargo, es su alegato, que evitan el uso del término a causa de los sabelianos; con lo cual delatan su propia ignorancia, pues un ser es de la misma sustancia ([ὁ] [μοούσιον]) con otro, no consigo mismo. Rectamente, pues, llamamos al Hijo «[ὁ] [μοούσιος]» (de la misma sustancia) con el Padre, por cuanto ese término expresa tanto la distinción de las Personas como la unidad de la naturaleza.

    III, 15, 127

    127. ¿Pueden negar que el término «[οὐσία]» se encuentra en la Escritura, cuando el Señor ha hablado del pan, esto es, «[ἐ] [πιούσιος],» y Moisés ha escrito «[ὑμεῖς ἔσεσθέ μοι λαὸς περιούσιος]»? [] ¿Qué significa «[οὐσία]», de dónde viene el nombre, sino de «[οὖσα ἀεί],» lo que permanece para siempre? Pues Aquel que es, y es para siempre, es Dios; y por eso la Sustancia Divina, que permanece eternamente, se llama [οὐσία]. El pan es [ἐπιούσιος], porque, tomando la sustancia del poder permanente de la sustancia del Verbo, la suministra al corazón y al alma, pues está escrito: «Y el pan fortalece el corazón del hombre.»

    III, 15, 128

    128. Guardemos, pues, los preceptos de nuestros mayores, y no profanemos con osadía ruda y temeraria los símbolos que nos han sido legados. Aquel libro sellado de la profecía, del cual hemos oído, ni ancianos, ni potestades, ni ángeles, ni arcángeles se atrevieron a abrir; porque sólo a Cristo está reservado el derecho propio de abrirlo. [] ¿Quién de nosotros se atreve a desellar el libro del sacerdocio, sellado por los confesores y santificado largo tiempo por el testimonio de muchos? Los que se vieron obligados a desellarlo, con todo, después, respecto del engaño que se les hizo, lo sellaron de nuevo; los que no osaron poner sobre él manos sacrílegas, se destacaron como mártires y confesores. ¿Cómo podemos negar la Fe sostenida por aquellos cuya victoria proclamamos?

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 16, sumario
    A fin de prevenir a los ortodoxos contra las estratagemas de los arrianos, San Ambrosio descubre algunas de las confesiones engañosas usadas por estos, y demuestra con varios argumentos que, aunque a veces llaman al Hijo «Dios», no basta, a menos que también admitan Su igualdad con el Padre.

    III, 16, 129

    129. Nadie tema, nadie tiemble; quien amenaza da ventaja a los fieles. Los bálsamos tranquilizadores de los hombres engañosos están envenenados; entonces debemos estar en guardia contra ellos, cuando fingen predicar lo que niegan. Así fueron engañados en otro tiempo los que confiaron ligeramente en ellos, de modo que cayeron en las redes de la traición, cuando pensaban que todo era buena fe.

    III, 16, 130

    130. «Sea anatema», dicen, «quien dice que Cristo es una criatura, a la manera de las demás criaturas.» La gente sencilla ha oído esto, y lo ha creído, pues, como está escrito, «el hombre simple cree toda palabra.» [] Así han oído y creído, dejándose llevar por su primer sonido, y, como aves, ansiosas del cebo de la fe, no han advertido la red que les tendían, y así, persiguiendo la fe, han tragado el anzuelo del engaño impío. Por lo cual «sed prudentes como serpientes», dice el Señor, «y sencillos como palomas.» [] La sabiduría es puesta primero, para que la sencillez no sea dañada.

    III, 16, 131

    131. Porque serpientes son aquellos a quienes se refiere el Evangelio, que se despojan de las costumbres viejas para revestirse de maneras nuevas: «Despojándoos del hombre viejo con sus hechos, y revistiéndoos del hombre nuevo, creado a imagen de Aquel que lo creó.» [] Aprendamos, pues, los caminos de aquellos a quienes el Evangelio llama serpientes, despojándonos de la piel del hombre viejo, para que así, como serpientes, sepamos conservar nuestra vida y guardarnos del fraude.

    III, 16, 132

    132. Habría bastado con decir: «Anatema sea quien dice que Cristo es un ser creado.» ¿Por qué, pues, arriano, mezclas veneno con el bien que encierra tu confesión, y corrompes así todo el cuerpo de ella? Pues con añadir «a la manera de las demás criaturas», no niegas que Cristo sea un ser creado, sino que sea un ser creado como [todas] las otras— pues lo declaras ser creado, aunque le asignas una dignidad que sobrepasa al resto de la creación. Es más, Arrio, el primer maestro de esta doctrina impía, dijo que el Hijo de Dios era un ser creado perfecto, y no como las demás criaturas. Mira, pues, cómo has adoptado el lenguaje que te legó tu padre. Negar que Cristo es un ser creado es suficiente: ¿por qué añadir «pero no como los demás seres creados»? Corta la parte gangrenada, no sea que se propague el contagio: es ponzoña, es muerte.

    III, 16, 133

    133. Además, dices a veces que Cristo es Dios. No, sino llámalo Dios verdadero, queriendo decir que reconoces que Él posee la plenitud de la Divinidad del Padre— pues hay dioses, así llamados, ya en el cielo, ya en la tierra. El nombre de «Dios», entonces, no ha de usarse como mera manera de tratamiento y mención, sino con el entendimiento de que afirmas, del Hijo, esa misma Divinidad que tiene el Padre, como está escrito: «Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;» [] es decir, se la ha dado como a Hijo suyo, engendrándolo— no por gracia, como a un indigente.

    III, 16, 134

    134. «Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del Hombre.» [] Nota bien esta adición, para que no tomes ocasión, a causa de una palabra, de predicar la falsedad. Lees que es el Hijo del Hombre; ¿niegas por tanto que acepte [el poder dado]? Niega, pues, que sea Dios, si no se dan al Hijo todas las cosas propias de Dios, porque Él ha dicho: «Todo lo que el Padre tiene es mío» [], ¿por qué no reconocer que todas las propiedades y atributos de la Divinidad están en el Hijo [como están en el Padre]? Pues quien dice: «Todo lo que el Padre tiene es mío», ¿qué exceptúa como no teniendo?

    III, 16, 135

    135. ¿Por qué relatas «con insistencia» y con lenguaje tan sincero la resurrección de los muertos por Cristo, su andar sobre las aguas, la curación de las enfermedades de los hombres? Estos poderes, en verdad, los ha dado a sus siervos para manifestarlos tanto como Él mismo. Ellos tanto más despiertan mi admiración cuando se ven presentes en los hombres, por cuanto Dios les ha dado un poder tan grande. Quisiera oír algo acerca de Cristo que sea propia y peculiarmente suyo, y que no pueda ser tenido en común con Él por seres creados, ahora que es engendrado, el único Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, sentado a la diestra del Padre.

    III, 16, 136

    136. Dondequiera que leo del Padre y del Hijo sentados juntos, encuentro siempre al Hijo a la diestra. ¿Es acaso porque el Hijo está por encima del Padre? No, no decimos tal; sino que Aquel a quien el amor de Dios honra es deshonrado por la impiedad de los hombres. El Padre sabía que necesariamente habrían de sembrarse dudas acerca del Hijo, y nos ha dado un ejemplo de reverencia para que lo imitemos, no sea que deshonremos al Hijo.

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 17, sumario
    Una objeción basada en la visión de San Esteban del Señor de pie, se resuelve, y de las oraciones del mismo santo, dirigidas al Hijo de Dios, se muestra la igualdad del Hijo con el Padre.

    III, 17, 137

    137. Hay un solo pasaje en el que Esteban ha dicho que vio al Señor Jesús de pie a la diestra de Dios. [] Aprende ahora el sentido de estas palabras, para que no las uses para suscitar una cuestión. ¿Por qué (preguntarás) leemos en todas partes que el Hijo está sentado a la diestra de Dios, pero en un solo lugar que está de pie? Está sentado como Juez de vivos y de muertos; está de pie como Abogado de su pueblo. Estaba, pues, de pie, como Sacerdote, mientras ofrecía a su Padre el sacrificio de un buen mártir; estaba de pie, como Árbitro, para otorgar, por así decirlo, a un buen luchador el premio de tan gran combate.

    III, 17, 138

    138. Recibe también el Espíritu de Dios, para que puedas discernir estas cosas, así como Esteban recibió el Espíritu; y podrás decir, como dijo el mártir: «He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios.» [] Aquel a quien se le abren los cielos, ve a Jesús a la diestra de Dios; aquel cuyo ojo del alma está cerrado, no ve a Jesús a la diestra de Dios. Confesemos, pues, a Jesús a la diestra de Dios, para que también a nosotros se nos abran los cielos. Los que confiesan otra cosa cierran contra sí las puertas del cielo.

    III, 17, 139

    139. Pero si alguno objetara que el Hijo estaba de pie, que muestren en este pasaje que el Padre estaba sentado; pues aunque Esteban dijo que el Hijo del Hombre estaba de pie, no dijo además aquí que el Padre estuviera sentado.

    III, 17, 140

    140. Con todo, para que quede más abundantemente claro y sabido que el estar de pie no implicaba deshonra, sino más bien soberanía, Esteban oró al Hijo, deseando encomendarse más aún al Padre, diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» [] De nuevo, para mostrar que la soberanía del Padre y del Hijo es una y la misma, oró de nuevo, diciendo: «Señor, no les imputes este pecado.» [] Estas son las palabras que el Señor, en su propia Pasión, dirige al Padre como Hijo del Hombre—estas son las palabras de la oración de Esteban, en su propio martirio, al Hijo de Dios. Cuando se pide la misma gracia al Padre y al Hijo, se afirma de cada uno el mismo poder.

    III, 17, 141

    141. De lo contrario, si nuestros adversarios quieren que Esteban se dirigiera al Padre, consideren lo que, según su propia interpretación, afirman. Nosotros ciertamente no nos dejamos mover por sus argumentos; con todo, que aquellos para quienes la letra y la secuencia son de suma importancia adviertan que la primera petición se dirige al Hijo. Pues nosotros, incluso según su interpretación del pasaje, probamos con ella la unidad de la majestad del Padre y del Hijo; porque cuando el Hijo es invocado en la oración lo mismo que el Padre, la igualdad que la oración asigna apunta a la unidad en la acción. Pero si no quieren admitir que el Hijo fue invocado con el título de «Señor», vemos que realmente procuran negar que Él sea Señor.

    III, 17, 142

    142. Pero puesto que se ha presentado la corona de tan gran mártir, moderemos la vehemencia de la disputa y pongamos fin al discurso de hoy. Cantemos las alabanzas del santo mártir, como conviene siempre después de un gran combate—el mártir sangrando ciertamente por los golpes del enemigo, pero recompensado con la corona concedida por Cristo.

    Libro IV

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 1, sumario
    Lo maravilloso no es que los hombres hayan dejado de conocer a Cristo, sino que no hayan escuchado las palabras de las Escrituras. Cristo, en verdad, no fue conocido, ni siquiera por los ángeles, si no es por revelación, ni tampoco por su Precursor. Sigue una descripción de la ascensión triunfal de Cristo al cielo y la excelencia de su gloria sobre la asunción de algunos profetas. Por último, de la exposición del diálogo con los ángeles en esta ocasión, se prueba la omnipotencia del Hijo, contra los arrianos.

    IV, 1, 1

    1. Al considerar, vuestra Majestad, la razón por la cual los hombres se han extraviado tanto, o por la que muchos— ¡ay!— siguen diversos caminos de creencia acerca del Hijo de Dios, lo que maravilla no es en absoluto que el conocimiento humano haya fracasado al tratar de cosas sobrehumanas, sino que no se haya sometido a la autoridad de las Escrituras.

    IV, 1, 2

    2. ¿Qué razón hay, en verdad, para maravillarse de que con su sabiduría mundana los hombres no comprendieran el misterio de Dios Padre y del Señor Jesucristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, [] ese misterio del que ni siquiera los ángeles han podido tener conocimiento, sino por revelación?

    IV, 1, 3

    3. ¿Quién podría, por la fuerza de la imaginación y no por la fe, seguir al Señor Jesús, ya descendiendo desde el cielo altísimo a los infiernos, ya subiendo de nuevo desde los infiernos a los lugares celestiales; en un instante anonadado, para habitar entre nosotros, y sin embargo nunca hecho menor de lo que era, estando el Hijo siempre en el Padre y el Padre en el Hijo?

    IV, 1, 4

    4. Incluso el Precursor de Cristo, aunque solo en cuanto representaba a la sinagoga, dudó de Él; incluso aquel que fue designado para ir delante del rostro del Señor, enviando mensajeros al final, preguntó: «¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?» []

    IV, 1, 5

    5. También los ángeles quedaron asombrados ante el misterio celestial. Y así, cuando el Señor resucitó, y las alturas del cielo no podían soportar la gloria de su resurrección de entre los muertos, Aquel que poco antes, en cuanto a su carne, había estado encerrado en los estrechos límites de un sepulcro, hasta las huestes celestiales dudaron y se maravillaron.

    IV, 1, 6

    6. Porque vino un Vencedor, engalanado de despojos maravillosos; el Señor estaba en su santo Templo; ante Él iban ángeles y arcángeles, maravillados de la presa arrebatada a la muerte, y aunque sabían que nada puede añadirse a Dios a partir de la carne, porque todas las cosas son inferiores a Dios, contemplando, no obstante, el trofeo de la Cruz, sobre el cual «el principado estaba sobre su hombro», y los despojos que llevaba el Vencedor eterno, ellos, como si las puertas no pudieran ofrecer paso a Aquel que había salido de ellas, aunque ciertamente ellas nunca pueden abarcar su grandeza— buscaron para Él un paso más ancho y más elevado a su regreso— tan completamente había permanecido sin disminución por su anonadamiento.

    IV, 1, 7

    7. Con todo, era conveniente que se preparara un camino nuevo delante del rostro del nuevo Vencedor— porque un Vencedor es siempre, por así decirlo, más alto y mayor que las otras personas; mas, por cuanto las puertas de la justicia, que son las puertas del Antiguo y del Nuevo Testamento, por las cuales se abre el cielo, son eternas, no han sido ciertamente cambiadas, sino alzadas, porque no fue un solo hombre, sino el mundo entero el que entró, en la persona del Redentor de todos.

    IV, 1, 8

    8. Enoc había sido trasladado, Elías arrebatado, pero el siervo no está por encima de su Maestro. Porque «Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que descendió del cielo» []; y aun de Moisés, aunque su cadáver nunca fue visto en la tierra, no leemos en parte alguna que permaneciera en la gloria celestial, a no ser después de que el Señor, por las arras de su propia Resurrección, rompiera las ataduras del infierno y exaltara las almas de los piadosos. Enoc, pues, fue trasladado, y Elías arrebatado: ambos como siervos, ambos en el cuerpo, pero no después de la resurrección de entre los muertos, ni con los despojos de la muerte y el cortejo triunfal de la Cruz, no habían sido vistos por los ángeles.

    IV, 1, 9

    9. Y por tanto [los ángeles], divisando la llegada del Señor de todos, primero y único Vencedor de la Muerte, mandaron a sus príncipes que se alzaran las puertas, diciendo en adoración: «Alzad las puertas, oh príncipes, y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria.»

    IV, 1, 10

    10. Sin embargo, había todavía, incluso entre las huestes del cielo, algunos que estaban asombrados, sobrecogidos de estupor ante tanta pompa y gloria como nunca habían contemplado, y por eso preguntaron: «¿Quién es el Rey de la gloria?» Con todo, puesto que los ángeles (lo mismo que nosotros) adquieren su conocimiento paso a paso y son capaces de progreso, ciertamente deben mostrar diferencias de poder y entendimiento, pues solo Dios está por encima y más allá de los límites impuestos por el progreso gradual, poseyendo, como posee, toda perfección desde la eternidad.

    IV, 1, 11

    11. Otros, en cambio—aquellos, a saber, que habían estado presentes en su resurrección, aquellos que lo habían visto o que ya lo reconocían—respondieron: «Es el Señor, fuerte y poderoso, el Señor poderoso en la batalla.»

    IV, 1, 12

    12. Entonces, de nuevo, cantó la multitud de los ángeles, en coro triunfal: «Alzad las puertas, oh príncipes, y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria.»

    IV, 1, 13

    13. Y de nuevo volvió el desafío de los que estaban asombrados: «¿Quién es ese Rey de la gloria? Porque lo vimos sin forma ni hermosura; [] si no es Él, entonces ¿quién es ese Rey de la gloria?»

    IV, 1, 14

    14. A lo cual responden los que saben: «El Señor de los Ejércitos, Él es el Rey de la gloria.» Por tanto, el Señor de los Ejércitos es el Hijo. ¿Cómo, pues, llaman los arrianos falible a Aquel que creemos que es Señor de los Ejércitos, tal como creemos del Padre? ¿Cómo pueden establecer distinciones entre los poderes soberanos de Cada Uno, cuando hemos encontrado que el Hijo, así como también el Padre, es titulado «Señor de Sabaoth»? Pues, en este mismo pasaje, la lectura en muchos códices es: «El Señor de Sabaoth, Él es el Rey de la gloria.» Ahora bien, los traductores han vertido «el Señor de Sabaoth» en algunos lugares por «el Señor de los Ejércitos», en otros por «el Señor Rey», y en otros por «el Señor Omnipotente». Por tanto, puesto que el que asciende es el Hijo, y, de nuevo, el que asciende es el Señor de Sabaoth, ¡se sigue ciertamente que el Hijo de Dios es omnipotente!

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 2, sumario
    Nadie puede subir al cielo sin fe; en todo caso, el que haya subido allí será arrojado fuera; por lo cual la fe debe ser celosamente preservada. Cada uno de nosotros tiene un cielo interior, cuyas puertas deben abrirse y ser alzadas por la confesión de la Divinidad de Cristo, puertas que no son alzadas por los arrianos, ni por aquellos que buscan al Hijo entre las cosas terrenales, y que por tanto deben, como la Magdalena, ser enviados de vuelta a los apóstoles, contra los cuales no prevalecerán las puertas del infierno. Se citan Escrituras para mostrar que el siervo del Señor no debe disminuir ningún honor de su Maestro.

    IV, 2, 15

    15. ¿Qué haremos, pues? ¿Cómo subiremos al cielo? Allí hay potestades apostadas, principados dispuestos en orden, que guardan las puertas del cielo y desafían al que sube. ¿Quién me dará paso, a menos que proclame que Cristo es Todopoderoso? Las puertas están cerradas—no se abren a cualquiera; no todo el que quiera entrará, a menos que también crea según la verdadera Fe. La corte del Soberano está bajo guardia.

    IV, 2, 16

    16. Supongamos, sin embargo, que alguien indigno se ha deslizado, ha pasado a escondidas ante los principados que guardan las puertas del cielo, se ha sentado a la cena del Señor; cuando el Señor del banquete entre y vea a uno no vestido con el vestido nupcial de la Fe, lo echará a las tinieblas exteriores, donde hay llanto y crujir de dientes, [] si no guarda la Fe y la paz.

    IV, 2, 17

    17. Guardemos, pues, el vestido nupcial que hemos recibido, y no neguemos a Cristo lo que es suyo, Aquel cuya omnipotencia anuncian los ángeles, predicen los profetas, atestiguan los apóstoles, como ya hemos mostrado más arriba.

    IV, 2, 18

    18. Acaso, en verdad, el profeta ha hablado de su entrada no solo con respecto a las puertas del cielo universal; porque hay otros cielos también por los cuales pasa la Palabra de Dios, de los cuales se dice: «Tenemos un gran Sacerdote, un Sumo Sacerdote, que ha traspasado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios.» [] ¿Qué son esos cielos, sino los cielos de los cuales dice el profeta que «los cielos declaran la gloria de Dios»?

    IV, 2, 19

    19. Porque Cristo está a la puerta de tu alma. Óyelo hablar: «He aquí, estoy a la puerta y llamo: si alguno me abre, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.» [] Y la Iglesia dice, hablando de Él: «La voz de mi hermano suena a la puerta.» []

    IV, 2, 20

    20. Está, pues, de pie—pero no solo, porque delante de Él van ángeles, diciendo: «Alzad las puertas, oh príncipes.» ¿Qué puertas? Incluso aquellas de las que canta el salmista también en otro lugar: «Ábreme las puertas de la justicia.» Abre, pues, tus puertas a Cristo, para que entre en ti; abre las puertas de la justicia, las puertas de la castidad, las puertas del valor y de la sabiduría.

    IV, 2, 21

    21. Cree el mensaje de los ángeles: «Alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria, el Señor de Sabaoth.» Tu puerta es la confesión resonante hecha con voz fiel; es la puerta del Señor, que el Apóstol desea que se le abra, como dice: «Que se me abra una puerta de la palabra, para proclamar el misterio de Cristo.» []

    IV, 2, 22

    22. Que tu puerta, pues, se abra a Cristo, y no solo se abra, sino que se alce, si en verdad es eterna y no está condenada a la ruina; porque está escrito: «Y alzaos, puertas eternas.» El dintel se alzó para Isaías, cuando el serafín tocó sus labios y él vio al Señor de Sabaoth.

    IV, 2, 23

    23. Tus puertas se alzarán, pues, si crees que el Hijo de Dios es eterno, omnipotente, por encima y más allá de toda alabanza y entendimiento, conociendo todas las cosas, tanto las pasadas como las venideras; mientras que si lo juzgas de poder y conocimiento limitados, y subordinado, no alzas las puertas eternas.

    IV, 2, 24

    24. Que se alcen, pues, tus puertas, para que Cristo entre en ti, no un Cristo como lo consideran los arrianos—pequeño, débil y servil—sino Cristo en forma de Dios, Cristo con el Padre; para que entre tal como es, exaltado por encima del cielo y de todas las cosas; y para que envíe sobre ti su Espíritu Santo. Te conviene creer que ha ascendido y está sentado a la diestra del Padre, porque si con pensamiento impío lo retienes entre las cosas creadas y terrenales, si no se va por ti, si no asciende por ti, entonces a ti no vendrá el Consolador, como Cristo mismo nos ha dicho: «Porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré.» []

    IV, 2, 25

    25. Pero si lo buscas entre los seres terrenales, como María de Magdala lo buscaba, ten cuidado de que no te diga, como a ella: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre.» [] Porque tus puertas son estrechas—no me dan paso—no pueden alzarse, y por tanto no puedo entrar.

    IV, 2, 26

    26. Ve, pues, a mis hermanos—es decir, a esas puertas eternas que, tan pronto como ven a Jesús, se alzan. Pedro es una «puerta eterna», contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno. [] Juan y Santiago, los hijos del trueno, a saber, [] son «puertas eternas». Eternas son las puertas de la Iglesia, donde el profeta, deseoso de proclamar las alabanzas de Cristo, dice: «Para que yo anuncie todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sión.»

    IV, 2, 27

    27. Grande, por tanto, es el misterio de Cristo, ante el cual incluso los ángeles quedaron asombrados y desconcertados. Por esta causa, pues, es tu deber adorarlo, y, siendo siervo, no debes quitar nada a tu Señor. No puedes alegar ignorancia, porque para esto descendió, para que creas; si no crees, no ha descendido por ti, no ha padecido por ti. «Si no hubiera venido», dice la Escritura, «y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece, aborrece también a mi Padre.» [] ¿Quién, pues, aborrece a Cristo, sino el que habla para su deshonra?—pues así como es propio del amor rendir honor, es propio del odio quitarlo. El que aborrece, pone en duda; el que ama, reverencia.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · IV, 3, sumario
    Las palabras: «La cabeza de todo hombre es Cristo...y la cabeza de Cristo es Dios», mal usadas por los arrianos, se vuelven ahora contra ellos para su refutación. Después, otro pasaje de la Escritura, comúnmente tomado por los mismos herejes como motivo de objeción, es aducido para mostrar que Dios es Cabeza de Cristo, en cuanto Cristo es hombre, respecto de su Humanidad, y se pone de manifiesto la insensatez de su oposición sobre el texto: «El que planta y el que riega son uno». Tras estas explicaciones, se expone el significado de la doctrina de que el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, y que los fieles están en Ambos.

    IV, 3, 28

    28. Examinemos ahora algunas otras objeciones planteadas por los arrianos. Está escrito, dicen, que «la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios.» [] Que me digan, si les place, qué quieren decir con esta objeción—si unir, o disociar, estos cuatro términos. Supongamos que quieren unirlos, y dicen que Dios es Cabeza de Cristo en el mismo sentido y manera en que el hombre es cabeza de la mujer. Observen a qué conclusión llegan. Porque si esta comparación procede de la supuesta igualdad de sus términos, y estos cuatro—mujer, hombre, Cristo y Dios—se consideran juntos como en virtud de una semejanza resultante de ser de una misma naturaleza, entonces la mujer y Dios comenzarán a caer bajo una misma definición.

    IV, 3, 29

    29. Pero si esta conclusión no es satisfactoria, a causa de su impiedad, que dividan según el principio que quieran. Así, si quieren que Cristo esté respecto de Dios Padre en la misma relación que la mujer respecto del hombre, entonces ciertamente declaran que Cristo y Dios son de una misma sustancia, por cuanto la mujer y el hombre son de una misma naturaleza en lo que respecta a la carne, pues su diferencia es en cuanto al sexo. Mas, viendo que no hay diferencia de sexo entre Cristo y su Padre, reconocerán entonces aquello que es uno y común al Hijo y al Padre, en cuanto a la naturaleza, mientras que negarán la diferencia que reside en el sexo.

    IV, 3, 30

    30. ¿Les contenta esta conclusión? ¿O acaso quieren que la mujer, el hombre y Cristo sean de una misma sustancia, y distinguir de ellos al Padre? ¿Les servirá esto entonces? Supongamos que sí; entonces observen a qué se ven arrastrados. Deben confesarse no meramente arrianos, sino muy fotinianos, porque reconocen solo la Humanidad de Cristo, a quien juzgan apto solo para ser colocado en la misma escala que los seres humanos. O bien deben, aunque contra sus inclinaciones, adherirse a nuestra creencia, por la cual nosotros, de manera piadosa y conforme a Dios, sostenemos aquello a lo que ellos han llegado por un impío curso de pensamiento: que Cristo es ciertamente, después de su generación divina, el poder de Dios, mientras que, después de su asunción de la carne, es de una misma sustancia con todos los hombres en lo que respecta a su carne, excepto, ciertamente, la gloria propia de su Encarnación, porque Él tomó sobre sí la realidad, no una apariencia fantasmagórica, de carne.

    IV, 3, 31

    31. Sea, pues, Dios la Cabeza de Cristo, en lo que atañe a las condiciones de la Humanidad. Observa que la Escritura no dice que el Padre sea la Cabeza de Cristo, sino que Dios es la Cabeza de Cristo, porque la Divinidad, como poder creador, es la Cabeza del ser creado. Y bien dijo [el Apóstol] «la Cabeza de Cristo es Dios», para traer ante nuestros pensamientos tanto la Divinidad de Cristo como su carne, implicando, es decir, la Encarnación en la mención del nombre de Cristo, y, en el del nombre de Dios, la unidad de la Divinidad y la grandeza de la soberanía.

    IV, 3, 32

    32. Pero el dicho de que, en lo que respecta a la Encarnación, Dios es la Cabeza de Cristo, conduce al principio de que Cristo, como Encarnado, es la Cabeza del hombre, como el Apóstol ha expresado claramente en otro pasaje, donde dice: «Puesto que el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es la Cabeza de la Iglesia» []; mientras que en las palabras siguientes ha añadido: «Quien se entregó a sí mismo por ella» []. Después de su Encarnación, pues, Cristo es la cabeza del hombre, porque su entrega de sí mismo procedió de su Encarnación.

    IV, 3, 33

    33. La Cabeza de Cristo, entonces, es Dios, en la medida en que se considera su forma de siervo, es decir, de hombre, no de Dios. Pero nada hay contra el Hijo de Dios si, conforme a la realidad de su carne, es semejante a los hombres, mientras que en cuanto a su Divinidad es uno con el Padre, pues con esta explicación de Él no le quitamos nada de su soberanía, sino que le atribuimos compasión.

    IV, 3, 34

    34. Pero ¿quién puede con buena conciencia negar la única Divinidad del Padre y del Hijo, cuando nuestro Señor, para completar su enseñanza para sus discípulos, dijo: «Que sean uno, así como nosotros somos uno» []? El registro es testigo de la Fe, aunque los arrianos lo desvían para adaptarlo a su herejía; pues, en la medida en que no pueden negar la Unidad tan a menudo mencionada, procuran disminuirla, para que la Unidad de la Divinidad que subsiste entre el Padre y el Hijo parezca ser tal como es la unidad de devoción y fe entre los hombres, aunque incluso entre los hombres mismos la comunidad de naturaleza produce unidad.

    IV, 3, 35

    35. Así, con abundante claridad, refutamos la objeción comúnmente planteada por los arrianos, con el fin de disolver la Unidad divina, sobre la base de que está escrito: «Pero el que planta y el que riega son uno». Este pasaje, los arrianos, si fueran sabios, no lo citarían contra nosotros; porque ¿cómo pueden negar que el Padre y el Hijo son Uno, si Pablo y Apolos son uno, tanto en naturaleza como en fe? Al mismo tiempo, concedemos que éstos no pueden ser uno en todo, en todas las relaciones, porque las cosas humanas no pueden compararse con las divinas.

    IV, 3, 36

    36. Ninguna separación, pues, ha de hacerse del Verbo respecto de Dios Padre, ninguna separación en el poder, ninguna separación en la sabiduría, a causa de la Unidad de la Sustancia divina. Además, Dios Padre está en el Hijo, como a menudo lo encontramos escrito, pero [mora en el Hijo] no como quien santifica a uno que carece de santificación, ni como quien llena un vacío, porque el poder de Dios no conoce vacío. Ni tampoco el poder del uno es aumentado por el poder del otro, porque no hay dos poderes, sino un solo Poder; ni la Divinidad alberga a la Divinidad, porque no hay dos divinidades, sino una sola Divinidad. Nosotros, por el contrario, seremos Uno en Cristo mediante el Poder recibido [de otro] y que mora en nosotros.

    IV, 3, 37

    37. La letra [de la unidad] es común, pero la Sustancia de Dios y la sustancia del hombre son diferentes. Nosotros seremos, el Padre y el Hijo [ya] son, uno; nosotros seremos uno por gracia, el Hijo lo es por sustancia. Además, una cosa es la unidad por conjunción, otra la unidad por naturaleza. Por último, observa lo que la Escritura ya ha registrado: «Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti» [].

    IV, 3, 38

    38. Observa ahora que Él no dijo «Tú en nosotros, y nosotros en Ti», sino «Tú en Mí, y Yo en Ti», para ponerse a Sí mismo aparte de sus criaturas. Además añadió: «que también ellos estén en Nosotros», para separar aquí su dignidad y la de su Padre de la nuestra, para que nuestra unión en el Padre y el Hijo aparezca como fruto, no de la naturaleza, sino de la gracia, mientras que, respecto de la unidad del Padre y del Hijo, se crea que el Hijo no la ha recibido por gracia, sino que la posee por derecho natural de su filiación.
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