El reino del Padre y del Hijo es uno e indiviso, así como lo es la Deidad de cada uno.
III, 12, 92
III, 12, 93
III, 12, 94
III, 12, 95
III, 12, 96
III, 12, 97
III, 12, 98
III, 12, 99
III, 12, 100
III, 12, 101
III, 12, 102
La majestad del Hijo es propia suya, e igual a la del Padre, y los ángeles no son partícipes, sino contempladores de ella.
III, 13, 103
III, 13, 104
III, 13, 105
III, 13, 106
El Hijo es de una misma sustancia con el Padre.
III, 14, 108
III, 14, 109
III, 14, 110
III, 14, 111
III, 14, 112
III, 14, 113
III, 14, 114
III, 14, 115
III, 14, 116
III, 14, 117
III, 14, 118
III, 14, 119
III, 14, 120
III, 14, 121
III, 14, 122
Los arrianos, en cuanto afirman que el Hijo es «de otra sustancia», reconocen claramente la sustancia en Dios. La única razón por la que evitan el uso de este término es que no quieren, como lo ha puesto de manifiesto Eusebio de Nicomedia, confesar a Cristo como el verdadero Hijo de Dios.
III, 15, 123
III, 15, 124
III, 15, 125
III, 15, 126
III, 15, 127
III, 15, 128
A fin de prevenir a los ortodoxos contra las estratagemas de los arrianos, San Ambrosio descubre algunas de las confesiones engañosas usadas por estos, y demuestra con varios argumentos que, aunque a veces llaman al Hijo «Dios», no basta, a menos que también admitan Su igualdad con el Padre.
III, 16, 129
III, 16, 130
III, 16, 131
III, 16, 132
III, 16, 133
III, 16, 134
III, 16, 135
III, 16, 136
Una objeción basada en la visión de San Esteban del Señor de pie, se resuelve, y de las oraciones del mismo santo, dirigidas al Hijo de Dios, se muestra la igualdad del Hijo con el Padre.
III, 17, 137
III, 17, 138
III, 17, 139
III, 17, 140
III, 17, 141
III, 17, 142
Lo maravilloso no es que los hombres hayan dejado de conocer a Cristo, sino que no hayan escuchado las palabras de las Escrituras. Cristo, en verdad, no fue conocido, ni siquiera por los ángeles, si no es por revelación, ni tampoco por su Precursor. Sigue una descripción de la ascensión triunfal de Cristo al cielo y la excelencia de su gloria sobre la asunción de algunos profetas. Por último, de la exposición del diálogo con los ángeles en esta ocasión, se prueba la omnipotencia del Hijo, contra los arrianos.
IV, 1, 1
IV, 1, 2
IV, 1, 3
IV, 1, 4
IV, 1, 5
IV, 1, 6
IV, 1, 7
IV, 1, 8
IV, 1, 9
IV, 1, 10
IV, 1, 11
IV, 1, 12
IV, 1, 13
IV, 1, 14
Nadie puede subir al cielo sin fe; en todo caso, el que haya subido allí será arrojado fuera; por lo cual la fe debe ser celosamente preservada. Cada uno de nosotros tiene un cielo interior, cuyas puertas deben abrirse y ser alzadas por la confesión de la Divinidad de Cristo, puertas que no son alzadas por los arrianos, ni por aquellos que buscan al Hijo entre las cosas terrenales, y que por tanto deben, como la Magdalena, ser enviados de vuelta a los apóstoles, contra los cuales no prevalecerán las puertas del infierno. Se citan Escrituras para mostrar que el siervo del Señor no debe disminuir ningún honor de su Maestro.
IV, 2, 15
IV, 2, 16
IV, 2, 17
IV, 2, 18
IV, 2, 19
IV, 2, 20
IV, 2, 21
IV, 2, 22
IV, 2, 23
IV, 2, 24
IV, 2, 25
IV, 2, 26
IV, 2, 27
Las palabras: «La cabeza de todo hombre es Cristo...y la cabeza de Cristo es Dios», mal usadas por los arrianos, se vuelven ahora contra ellos para su refutación. Después, otro pasaje de la Escritura, comúnmente tomado por los mismos herejes como motivo de objeción, es aducido para mostrar que Dios es Cabeza de Cristo, en cuanto Cristo es hombre, respecto de su Humanidad, y se pone de manifiesto la insensatez de su oposición sobre el texto: «El que planta y el que riega son uno». Tras estas explicaciones, se expone el significado de la doctrina de que el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, y que los fieles están en Ambos.
IV, 3, 28
IV, 3, 29
IV, 3, 30
IV, 3, 31
IV, 3, 32
IV, 3, 33
IV, 3, 34
IV, 3, 35
IV, 3, 36
IV, 3, 37
IV, 3, 38