Que el Padre y el Hijo no han de ser divididos se prueba por las palabras del Apóstol, puesto que conviene al Hijo ser bendito, único Soberano e inmortal, por naturaleza, es decir, y no por gracia, así como los propios ángeles son inmortales, y que habite en la luz inaccesible. De qué modo se dice que el Padre y el Hijo son del mismo modo e igualmente «solo».
III, 3, 15
III, 3, 16
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Se nos dice que Cristo fue solamente «hecho» en cuanto a la carne. Para la redención de la humanidad no necesitó medio alguno de auxilio, así como tampoco lo necesitó para su Resurrección; mientras que otros, para resucitar a los muertos, necesitaron recurrir a la oración. Aun cuando Cristo oró, la oración fue ofrecida por Él en su condición humana; mientras que debe ser tenido por divino por el hecho de quemandó*(que se hicieran tales y tales cosas). Sobre este punto el testimonio del diablo es más verdadero que los argumentos de los arrianos. La discusión concluye con una explicación de la razón por la cual se da el título de «poderoso» al Hijo del Hombre.*
III, 4, 26
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Se aducen pasajes de la Escritura para mostrar que «hecho» no siempre significa lo mismo que «creado»; de donde se concluye que la letra de la Sagrada Escritura no debe servir de fundamento para argumentos capciosos, a la manera de los judíos, quienes, sin embargo, se muestra que no son tan malos como los herejes; y así se confirma de nuevo el principio ya establecido.
III, 5, 35
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Para resolver una objeción basada en un texto de San Juan, San Ambrosio muestra primero que la interpretación arriana presta apoyo a los maniqueos; luego, después de exponer las diferentes maneras de dividir las palabras en este mismo pasaje, muestra claramente que no puede, sin deshonra para el Padre, entenderse con la referencia a la Deidad que le dan los arrianos, y expone sobre ello el verdadero significado.
III, 6, 41
III, 6, 42
III, 6, 43
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Las palabras de Salomón: «El Señor me creó», etc., significan que la Encarnación de Cristo se realizó para la redención de la creación del Padre, como lo muestran las propias palabras del Hijo. Que Él es el «principio» puede entenderse por las pruebas visibles de su virtud, y se muestra cómo el Señor abrió los caminos de todas las virtudes y fue su verdadero principio.
III, 7, 46
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Se despliega la profecía de la Divinidad y Humanidad de Cristo, contenida en el versículo de Isaías recién citado, y se demuestra su fuerza para refutar diversas herejías.
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La cita precedente de los Proverbios de Salomón recibe ulterior explicación.
III, 9, 59
III, 9, 60
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Observaciones sobre las palabras de Juan el Bautista (Juan 1:30), que pueden referirse al divino preordenamiento, pero en todo caso, según se explica por las consideraciones precedentes, deben entenderse de la Encarnación. Se expone místicamente la precedencia de Cristo, con referencia a la historia de Rut.
III, 10, 63
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San Ambrosio vuelve a la cuestión principal y muestra que siempre que se dice que Cristo ha «sido hecho» (o «se ha hecho»), debe entenderse con referencia a su Encarnación, o a ciertas limitaciones. En este sentido se exponen varios pasajes de la Escritura — especialmente de san Pablo. El sacerdocio eterno de Cristo, prefigurado en Melquisedec. Cristo posee no sólo semejanza, sino unidad con el Padre.
III, 11, 76
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