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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre la fe cristiana (De fide)

    Milán · 378–380 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF45 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 11 · Capítulo 3Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-FID

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    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 3, sumario
    Que el Padre y el Hijo no han de ser divididos se prueba por las palabras del Apóstol, puesto que conviene al Hijo ser bendito, único Soberano e inmortal, por naturaleza, es decir, y no por gracia, así como los propios ángeles son inmortales, y que habite en la luz inaccesible. De qué modo se dice que el Padre y el Hijo son del mismo modo e igualmente «solo».

    III, 3, 15

    15. Por tanto, cuando leáis el Nombre «Dios», no separéis ni al Padre ni al Hijo, pues la Divinidad del Padre y del Hijo es una y la misma, y por eso no los separéis cuando leáis las palabras «bendito y único Soberano» [], pues las palabras se dicen de Dios, como podéis leer: «Te encargo delante de Dios, que da vida a todas las cosas.» [] También Cristo ciertamente da vida, y por tanto el Nombre de Dios se da justamente tanto al Padre como al Hijo, por cuanto el efecto de su actividad está en concordancia. Pasemos a las palabras que siguen: «Te encargo», dice, «delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo.»

    III, 3, 16

    16. El Verbo está en Dios, como está escrito: «En Dios alabaré su Palabra.» En Dios está su eterno Poder, es decir, Jesús; por tanto, al hablar de Dios, el Apóstol ha dado testimonio de la unidad de la Divinidad, mientras que con el Nombre de Cristo ha dado testimonio del sacramento de la Encarnación.

    III, 3, 17

    17. Además, para mostrar que ha hablado de la Encarnación de Cristo, añadió: «Quien dio testimonio bajo Poncio Pilato con la buena confesión», [te encargo] «que guardes sin mancha el mandamiento, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, la cual manifestará a su debido tiempo el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, Quien solo tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible, a Quien ningún hombre ha visto ni puede ver.» [] Aquellas palabras, pues, están escritas con respecto a Dios, cuyo Nombre en dignidad y verdad es común [tanto al Padre como] al Hijo.

    III, 3, 18

    18. ¿Por qué, pues, no habría mención del Hijo en este lugar, viendo que todas estas cosas convienen también al Hijo? Si no es así, negad entonces su Divinidad, y podéis negar lo que propiamente se dice de Dios. No puede negarse su Bienaventuranza, Él que otorga bendiciones, porque «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas.» No puede sino llamarse «Bendito» Quien nos ha dado sana doctrina, como está escrito: «Que es conforme al Evangelio de la hermosura del Dios Bendito.» [] No puede negarse su Poder, de Quien el Padre dice: «He puesto auxilio sobre un Poderoso.» Y ¿quién osará negar que Él es inmortal, cuando Él mismo ha hecho también inmortales a otros, como está escrito de la Sabiduría de Dios: «Por ella poseeré la inmortalidad.» []

    III, 3, 19

    19. Mas una cosa es la inmortalidad de su Naturaleza, otra la nuestra. Las cosas perecederas no han de compararse a las divinas. La Divinidad es la única Sustancia a la que la muerte no puede tocar, y por eso el Apóstol, aunque sabía que tanto el alma [humana] como los ángeles son inmortales, declaró que solo Dios tenía inmortalidad. En verdad, aun el alma puede morir: «El alma que peca, esa morirá» [], y un ángel no es absolutamente inmortal, pues su inmortalidad depende de la voluntad del Creador.

    III, 3, 20

    20. No rechacéis esto de inmediato, porque Gabriel no muere, ni Rafael, ni Uriel. Aun en su naturaleza hay capacidad de pecado, aunque no de mejora por la disciplina, pues toda criatura racional está expuesta a influencias externas a sí misma y sujeta a juicio. De las influencias que obran sobre nosotros dependen la sentencia del juicio y la corrupción o el avance hacia la perfección, y por eso dice el Eclesiastés: «Porque Dios traerá a juicio toda su obra.» Toda criatura, pues, tiene en sí la posibilidad de corrupción y de muerte, aun cuando [por el momento] no muera ni peque; ni, si en algo no se entrega al pecado, tiene ese don de su naturaleza inmortal, sino de la disciplina o de la gracia. Una cosa es, pues, la inmortalidad que es don: otra, la inmortalidad sin posibilidad de cambio.

    III, 3, 21

    21. ¿Negamos la inmortalidad de la Divinidad de Cristo, porque gustó la muerte por todos en la carne? Entonces es Gabriel mejor que Cristo, pues Gabriel nunca murió, pero Cristo entregó el espíritu. Mas el siervo no es mayor que su señor [], y hemos de discernir la debilidad de la carne de la eternidad de la Divinidad. La muerte de Cristo tuvo su origen en la carne; la inmortalidad es de la naturaleza de la soberanía de Cristo. Mas si la Divinidad hizo que la carne no viese corrupción, siendo la carne ciertamente por naturaleza corruptible, ¿cómo habría podido morir la Divinidad misma?

    III, 3, 22

    22. ¿Y cómo es que el Hijo no habita en luz inaccesible, si está en el seno del Padre, si el Padre es Luz, y también el Hijo es Luz, porque Dios es Luz? [] O, si suponemos que hay alguna otra luz, además de la Luz de la Divinidad, que sea la Luz inaccesible, ¿es acaso esta Luz mejor que el Padre, de modo que Él no está en esa Luz, Quien, como está escrito, está a la vez con el Padre y en el Padre? No excluyan, pues, los hombres el pensamiento del Hijo, cuando leen solo «Dios»; y no excluyan el del Padre, cuando leen solo de «el Hijo». []

    III, 3, 23

    23. En la tierra, el Hijo no está sin [l.c. Juan 10:30] el Padre, ¿y pensáis que el Padre está sin el Hijo en el cielo? El Hijo está en la carne— (cuando digo «Él está en la carne» o «Él está en la tierra», hablo como si viviéramos en los días cuya historia está en el Evangelio, pues ahora ya no conocemos a Cristo «según la carne» [])— está en la carne, y no está solo, como está escrito: «Y no estoy solo, porque el Padre está conmigo» [], ¿y pensáis que el Padre habita solo en la Luz?

    III, 3, 24

    24. Para que no consideréis este argumento mera especulación, tomad esta sentencia de autoridad. «Nadie», dice la Escritura, [] «ha visto a Dios jamás, sino el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre; Él lo ha revelado.» ¿Cómo puede estar el Padre en soledad, si el Hijo está en el seno del Padre? ¿Cómo revela el Hijo a Aquel a Quien no ve? Luego el Padre no existe solo.

    III, 3, 25

    25. Observad ahora cuál es la «soledad» del Padre y del Hijo. El Padre está solo, porque no hay otro Padre; el Hijo está solo, porque no hay otro Hijo; Dios está solo, porque la Deidad de la Trinidad es Una.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 4, sumario
    Se nos dice que Cristo fue solamente «hecho» en cuanto a la carne. Para la redención de la humanidad no necesitó medio alguno de auxilio, así como tampoco lo necesitó para su Resurrección; mientras que otros, para resucitar a los muertos, necesitaron recurrir a la oración. Aun cuando Cristo oró, la oración fue ofrecida por Él en su condición humana; mientras que debe ser tenido por divino por el hecho de quemandó*(que se hicieran tales y tales cosas). Sobre este punto el testimonio del diablo es más verdadero que los argumentos de los arrianos. La discusión concluye con una explicación de la razón por la cual se da el título de «poderoso» al Hijo del Hombre.*

    III, 4, 26

    26. Queda ahora suficientemente claro que el Padre no es Dios en soledad, sin el Hijo, y que el Hijo no puede ser pensado como Dios solo, sin el Padre, pues es en lo que respecta a su carne que leemos que el Hijo de Dios fue «hecho», no en lo que respecta a su generación de Dios Padre.

    III, 4, 27

    27. En efecto, en qué sentido fue «hecho» lo ha declarado por boca del santo patriarca, diciendo: «Porque mi alma está colmada de dolores hasta rebosar, y mi vida se ha acercado al infierno. He sido contado entre los que descienden al abismo; he sido hecho como hombre libre, sin ayuda, entre los muertos.» Aquí, pues, leemos: «He sido hecho como hombre», no «He sido hecho como Dios»; y de nuevo: «Mi alma rebosa de dolores.» «Mi alma», notad bien, no «mi Deidad». Fue «hecho» en cuanto a aquello por lo cual era deudor al infierno, en lo cual fue contado con los demás, pues la Deidad no admite semejanza alguna que sirva de fundamento para clasificarla con otros. Pero notad cómo la majestad de la Deidad se muestra en Cristo, aun en aquella carne destinada a la muerte. Aunque fue «hecho» como hombre y «hecho» como carne, fue hecho libre entre los muertos, «libre, sin ayuda».

    III, 4, 28

    28. Pero, ¿cómo puede el Hijo decir aquí que estaba sin ayuda, cuando ya se ha dicho: «He puesto ayuda sobre un Poderoso»? Distinguid también aquí las dos naturalezas presentes. La carne tiene necesidad de ayuda; la Deidad no tiene necesidad alguna. Él es libre, pues, porque las cadenas de la muerte no tenían poder sobre Él. No fue hecho prisionero por las potestades de las tinieblas; es Él quien ejerció poder entre ellas. Está «sin ayuda», porque Él mismo, el Señor, sin ministerio alguno de mensajero o embajador, sino por su propio poder, ha salvado a su pueblo. ¿Cómo podría Aquel que resucitó a otros a la vida necesitar ayuda alguna para resucitar su propio cuerpo?

    III, 4, 29

    29. Y aunque también los hombres han resucitado a los muertos, no lo hicieron por su propio poder, sino en el Nombre de Cristo. Pedir es una cosa; mandar es otra; obtener es distinto de otorgar.

    III, 4, 30

    30. Elías, pues, resucitó a los muertos, pero oró; no mandó. Eliseo devolvió la vida a uno después de tenderse sobre el cadáver, de acuerdo con su postura []; y, además, el mismo contacto del cuerpo de Eliseo dio vida al muerto, para que el profeta prefigurara la venida de Aquel que, enviado en semejanza de carne de pecado, había de resucitar a los muertos a la vida aun después de su sepultura.

    III, 4, 31

    31. Pedro, además, cuando sanó a Eneas, dijo: «En el Nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda». No en su propio nombre, sino en el Nombre de Cristo. Pero «levántate» es un mandato; por otra parte, es un ejemplo de confianza en el propio derecho [Véase Marcos 16:17-18], no una pretensión arrogante de poder, y la autoridad del mandato residía en la influencia eficaz del Nombre, no en su propio poder. ¿Qué responden, pues, los arrianos? Pedro manda en el Nombre de Cristo —esto, por un lado; por otro, ellos pretenden que el Hijo de Dios no mandó, sino que pidió.

    III, 4, 32

    32. Leemos, objetan, que pronunció una oración []. Pero notad la diferencia. Ora como Hijo del Hombre; manda como Hijo de Dios. ¿No atribuiréis al Hijo de Dios lo que hasta el diablo le ha atribuido? ¿Os acusaréis de mayor maldad que la de Satanás? El diablo dice: «Si eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan» []. Satanás dice «manda»; vosotros decís «ruega». El diablo cree que, a la palabra del Hijo de Dios, la naturaleza de una sustancia elemental puede trocarse por la de una compuesta; vosotros pensáis que, a menos que el Hijo de Dios prefiera una petición, ni siquiera su Voluntad puede cumplirse. Además, el diablo piensa que el Hijo de Dios ha de ser estimado por su poder []; vosotros, que ha de ser estimado por su debilidad. Las tentaciones del diablo son más tolerables que las disputas de los arrianos.

    III, 4, 33

    33. No nos turbemos, pues, si encontramos al Hijo del Hombre llamado «poderoso» en un lugar, y sin embargo en otro, que el Señor de gloria fue crucificado []. ¿Qué poder es mayor que la soberanía sobre las potestades celestiales? Pero esto estaba en manos de Aquel que gobernaba sobre tronos, principados y ángeles; pues, aunque estaba entre las fieras, como está escrito, los ángeles le servían, para que percibáis la diferencia entre lo propio de la Encarnación y lo propio de la Soberanía. En cuanto a su carne, pues, soporta el asalto de las fieras; en cuanto a su Deidad, es adorado por los ángeles.

    III, 4, 34

    34. Hemos aprendido, pues, que fue hecho hombre, y que su ser hecho debe referirse a su humanidad. Además, en otro pasaje de la Escritura podéis leer: «que fue hecho para Él de la descendencia de David» []; es decir, en cuanto a la carne fue «hecho» de la descendencia de David, pero era Dios, engendrado de Dios antes de los siglos.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 5, sumario
    Se aducen pasajes de la Escritura para mostrar que «hecho» no siempre significa lo mismo que «creado»; de donde se concluye que la letra de la Sagrada Escritura no debe servir de fundamento para argumentos capciosos, a la manera de los judíos, quienes, sin embargo, se muestra que no son tan malos como los herejes; y así se confirma de nuevo el principio ya establecido.

    III, 5, 35

    35. A la vez, el devenir no implica siempre creación; pues leemos: «Señor, tú te has hecho nuestro refugio», y «te has hecho mi salvación». Evidentemente, aquí no se declara el hecho ni el propósito de una creación, sino que se dice que Dios se ha hecho mi «refugio» y se ha vuelto mi «salvación», como ha dicho el Apóstol: «que se hizo para nosotros [] Sabiduría de Dios, y Justicia, y Santificación, y Redención»; es decir, que Cristo fue «hecho» para nosotros por el Padre, no creado. Además, el escritor ha explicado a continuación en qué sentido dice que Cristo fue hecho Sabiduría para nosotros: «Pero predicamos la Sabiduría de Dios en doctrina de misterio, Sabiduría que está oculta, predestinada por Dios antes de la existencia del mundo para nuestra gloria, y que ninguno de los príncipes de este mundo conoció, porque si la hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de gloria.» Cuando se expone el misterio de la Pasión, ciertamente no se habla de un proceso eterno de generación.

    III, 5, 36

    36. La Cruz del Señor, pues, es mi sabiduría; la Muerte del Señor, mi redención; porque somos redimidos con su preciosa sangre, como ha dicho el apóstol Pedro []. Con su sangre, pues, como hombre, nos redimió el Señor, quien también, como Dios, ha perdonado los pecados [].

    III, 5, 37

    37. No tendamos, pues, lazos, por así decirlo, en las palabras, ni busquemos con ansia enredos en ellas; no, porque los incrédulos hagan ver que la palabra escrita significa lo que no significa, expongamos sólo lo que la letra muestra en su superficie, en lugar del sentido subyacente. Por este camino fueron los judíos a la destrucción, despreciando el significado profundamente oculto y siguiendo sólo la forma desnuda de la palabra, pues «la letra mata, pero el Espíritu vivifica» [].

    III, 5, 38

    38. Y sin embargo, de estas dos graves impiedades, atribuir a la Deidad lo que sólo es verdad de la humanidad es quizá más detestable que atribuir al espíritu lo que sólo pertenece a la letra. Los judíos temieron creer en la humanidad asumida por Dios, y por eso han perdido la gracia de la redención, porque rechazan aquello de lo que depende la salvación; los arrianos degradan la majestad de la Deidad a la debilidad de la humanidad. Tan detestables como son los judíos, que crucificaron la carne del Señor, más detestables aún tengo a aquellos que han creído que la Deidad de Cristo fue clavada en la Cruz. Por eso, uno que a menudo trataba con judíos dijo: «Evita al hereje, después de haberle amonestado una vez» [].

    III, 5, 39

    39. Ni tampoco se cuidan estos de evitar deshonrar al Padre, en su impía aplicación del hecho de que Cristo fue «hecho» Sabiduría para nosotros, a su incomprensible generación, que trasciende todos los límites y divisiones del tiempo; pues, dejando de lado que la deshonra hecha al Hijo es un insulto al Padre, incluso llevan su blasfemia al asalto contra el Padre, de quien está escrito: «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» []. Si en verdad piensan que se habla del Hijo, no excluyen su generación, mas al apoyarse en la autoridad de este texto confiesan aquello que rechazan, a saber, que Cristo es Dios, y verdadero Dios.

    III, 5, 40

    40. Sería asunto largo si pasara revista a cada uno de los lugares donde leemos que fue «hecho», no ciertamente por naturaleza, sino por graciosa dispensación. Moisés, por ejemplo, dice: «Tú te has hecho mi Auxilio y Protector, para salvarme» []; y David: «Sé para mí un Dios de salvación y una casa de refugio, para que me salves»; e Isaías: «Se ha hecho Auxilio para toda ciudad humilde» []. Ciertamente los santos varones no dicen a Dios: «Tú has sido creado», sino «Por tu gracia te haces Protector y Auxilio para nosotros».

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 6, sumario
    Para resolver una objeción basada en un texto de San Juan, San Ambrosio muestra primero que la interpretación arriana presta apoyo a los maniqueos; luego, después de exponer las diferentes maneras de dividir las palabras en este mismo pasaje, muestra claramente que no puede, sin deshonra para el Padre, entenderse con la referencia a la Deidad que le dan los arrianos, y expone sobre ello el verdadero significado.

    III, 6, 41

    41. No tenemos razón, pues, para temer el argumento que los arrianos, en su manera temeraria de exponer, se sirven para construir, mostrando que el Verbo de Dios fue «hecho», pues, dicen, está escrito: «Lo que ha sido hecho en Él es vida».

    III, 6, 42

    42. Ante todo, entiendan que si refieren las palabras «lo que ha sido hecho» a la Deidad, se enredan en las dificultades suscitadas por los maniqueos, pues éstos argumentan: «Si lo que ha sido hecho en Él es vida, entonces hay algo que no ha sido hecho en Él, y es muerte», para así introducir impíamente dos principios. Pero esta doctrina la condena la Iglesia.

    III, 6, 43

    43. Además, ¿cómo pueden probar los arrianos que el Evangelista dijo realmente esto? La mayoría de los que son doctos en la Fe leen el pasaje así: «Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no fue hecho nada de lo que ha sido hecho». Otros leen así: «Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho». Luego prosiguen: «Lo que ha sido hecho», y a esto unen las palabras «en Él»; es decir, «Mas todo lo que es ha sido hecho en Él». Pero, ¿qué significan las palabras «en Él»? El Apóstol nos lo dice cuando dice: «En Él tenemos el ser, y vivimos, y nos movemos» [].

    III, 6, 44

    44. Con todo, lean el pasaje como quieran, no pueden disminuir la majestad de Dios el Verbo, refiriendo a su Persona, como sujeto, las palabras «lo que fue hecho», sin deshonrar también a Dios Padre, de quien está escrito: «Mas el que obra la verdad viene a la luz, para que sus obras se manifiesten, pues están hechas en Dios» []. Ved, pues: aquí leemos que las obras del hombre están hechas en Dios, y sin embargo no podemos entender la Deidad como sujeto de ellas. Debemos o reconocer las obras como hechas por Él, como muestra la afirmación del Apóstol de que «todas las cosas son por Él, y fueron creadas en Él, y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas existen juntas en Él», o, como nos enseña el testimonio del texto aquí citado, debemos considerar las virtudes con que se alcanza el fruto de la vida eterna como obradas en Dios: castidad, piedad, devoción, fe y otras semejantes, por las cuales se expresa la voluntad de Dios.

    III, 6, 45

    45. Así como las obras, pues, son expresión de la voluntad y el poder de Dios Padre, así lo son de Cristo, como leemos: «creados en Cristo para buenas obras» []; y en el salmo: «Hágase la paz en tu poder»; y de nuevo: «Con sabiduría los hiciste todos». «Con sabiduría los hiciste», notad bien: no «has hecho la sabiduría»; pues, ya que todas las cosas han sido hechas con sabiduría, y Cristo es la Sabiduría de Dios, esta Sabiduría no es manifiestamente un accidente, sino una sustancia, y eterna; pero si la Sabiduría ha sido hecha, entonces ha sido hecha en peor condición que todas las cosas, por cuanto no pudo, por sí misma, hacerse Sabiduría. Si, pues, ser hecho se refiere a menudo a algo accidental, no a la esencia de una cosa, también la creación puede referirse a algún fin propuesto.

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 7, sumario
    Las palabras de Salomón: «El Señor me creó», etc., significan que la Encarnación de Cristo se realizó para la redención de la creación del Padre, como lo muestran las propias palabras del Hijo. Que Él es el «principio» puede entenderse por las pruebas visibles de su virtud, y se muestra cómo el Señor abrió los caminos de todas las virtudes y fue su verdadero principio.

    III, 7, 46

    46. Por esto somos llevados a entender que la profecía de la Encarnación, «El Señor me creó como principio de sus caminos para sus obras» [], significa que el Señor Jesús fue creado de la Virgen para la redención de las obras del Padre. Verdaderamente no podemos dudar de que esto se dice del misterio de la Encarnación, por cuanto el Señor tomó sobre sí nuestra carne, para salvar las obras de sus manos de la esclavitud de la corrupción, a fin de derribar, con los padecimientos de su propio cuerpo, al que tenía el poder de la muerte. Pues la carne de Cristo es por causa de las cosas creadas, pero su Deidad existía antes de ellas, ya que Él es antes de todas las cosas, mientras todas las cosas existen juntas en Él [].

    III, 7, 47

    47. Su Deidad, pues, no es por razón de la creación, sino que la creación existe a causa de la Deidad; como mostró el Apóstol al decir que todas las cosas existen a causa del Hijo de Dios, pues leemos lo siguiente: «Mas convenía que Aquel por quien y a causa de quien son todas las cosas, habiendo llevado a muchos hijos a la gloria, fuese perfeccionado por el sufrimiento, como Capitán de su salvación» []. ¿No ha declarado claramente que el Hijo de Dios, que por razón de su Deidad era el Creador de todas las cosas, en el tiempo posterior, para la salvación de su pueblo, se sometió a tomar la carne y a sufrir la muerte?

    III, 7, 48

    48. Ahora bien, por causa de qué obras el Señor fue «creado» de una virgen, Él mismo, al curar al ciego, lo ha mostrado diciendo: «Es necesario que yo haga las obras del que me envió». Además, dijo en la misma Escritura, para que creyéramos que hablaba de la Encarnación: «Mientras estoy en este mundo, soy la Luz de este mundo» []; pues, en cuanto es hombre, está en este mundo por un tiempo, pero como Dios existe en todo tiempo. En otro lugar, también dice: «He aquí, yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» [].

    III, 7, 49

    49. Ni hay lugar alguno para cuestionar respecto del «principio», puesto que cuando, durante su vida terrena, se le preguntó: «¿Quién eres Tú?», respondió: «El principio, como os lo digo.» Esto se refiere no sólo a la naturaleza esencial de la Divinidad eterna, sino también a las pruebas visibles de sus virtudes, pues con ello ha probado que Él es el Dios eterno, en cuanto que es el principio de todas las cosas, y el Autor de cada virtud, en cuanto que es la Cabeza de la Iglesia, como está escrito: «Porque Él es la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia; [] Quien es el principio, primogénito de entre los muertos.» []

    III, 7, 50

    50. Es claro, pues, que las palabras «principio de sus caminos», que, según parece, hemos de referir al misterio de la asunción de su cuerpo, son una profecía de la Encarnación. Pues el propósito de Cristo en la Encarnación era allanarnos el camino al cielo. Observad cómo dice: «Subo a Mi Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios.» [] Luego, para daros a conocer que el Padre Todopoderoso señaló sus caminos al Hijo después de la Encarnación, tenéis en Zacarías las palabras del ángel que hablaba a Josué, vestido con ropas viles: «Así dice el Señor Todopoderoso: Si anduvieres en Mis caminos y guardares Mis preceptos.» [] ¿Qué significa aquella vestidura vil sino la asunción de la carne?

    III, 7, 51

    51. Ahora bien, los caminos del Señor son, podemos decir, ciertos cursos que se siguen en una vida buena, guiados por Cristo, Quien dice: «Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida.» [] El camino, pues, es el poder sobreeminente de Dios, porque Cristo es nuestro camino, y un buen camino es Él, un camino que ha abierto el reino de los cielos a los creyentes. Además, los caminos del Señor son rectos, como está escrito: «Hazme conocer Tus caminos, oh Señor.» La castidad es un camino, la fe es un camino, la abstinencia es un camino. Hay, ciertamente, un camino de virtud, y hay un camino de maldad; pues está escrito: «Y ve si hay en mí camino de perversidad.»

    III, 7, 52

    52. Cristo, pues, es el principio de nuestra virtud. Él es el principio de la pureza, Quien enseñó a las doncellas a no buscar los abrazos de los hombres, sino a entregar la pureza de sus cuerpos y de sus mentes al servicio del Espíritu Santo antes que a un esposo. Cristo es el principio de la frugalidad, pues se hizo pobre, siendo rico. [] Cristo es el principio de la paciencia, pues cuando fue injuriado, no injuriaba a cambio; cuando fue golpeado, no devolvía el golpe. Cristo es el principio de la humildad, pues tomó la forma de siervo, aunque en la majestad de su poder era igual a Dios Padre. De Él ha tomado su origen cada virtud.

    III, 7, 53

    53. Por esta causa, pues, para que aprendiéramos estas diversas virtudes, «un Hijo nos fue dado, cuyo principado fue puesto sobre su hombro.» Aquel «principado» es la Cruz del Señor — el principio de la fuerte valentía, con la cual se ha abierto un camino para que los santos mártires entren en los sufrimientos de la Guerra Santa.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 8, sumario
    Se despliega la profecía de la Divinidad y Humanidad de Cristo, contenida en el versículo de Isaías recién citado, y se demuestra su fuerza para refutar diversas herejías.

    III, 8, 54

    54. Este principio lo vio Isaías, y por eso dice: «Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado,» como también lo vieron los Magos, y por eso adoraron cuando vieron al Pequeño en el establo, y dijeron: «Un Niño ha nacido,» y, cuando vieron la estrella, declararon: «Un Hijo nos ha sido dado.» Por una parte, un don de la tierra; por otra, un don del cielo; y ambos son Una Persona, perfecta en cada uno de ambos respectos, sin mutabilidad alguna en la Divinidad, como sin menoscabo alguno de la plenitud de la Humanidad. A una Persona adoraron los Magos, a una y la misma ofrecieron sus dones, para mostrar que Aquel que era visto en el establo era el mismo Señor del cielo.

    III, 8, 55

    55. Observad cómo difieren los dos verbos en su significado: «Un Niño ha nacido, un Hijo ha sido dado.» Aunque nacido del Padre, no nace, sino que nos es dado, por cuanto el Hijo no existe por nosotros, sino nosotros por el Hijo. Pues en verdad no nació para nosotros, habiendo nacido antes que nosotros, y siendo el hacedor de todas las cosas creadas: ni ahora es traído a la vida por primera vez, Quien siempre era, y era en el principio; [] por otra parte, aquello que antes no era nos nace a nosotros. De nuevo lo hallamos así registrado: cómo el ángel, cuando habló a los pastores, dijo que Él había nacido: «Quien hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor, en la ciudad de David.» [] Para nosotros, pues, nació lo que antes no era — esto es, un niño de la Virgen, un cuerpo de María— porque esto fue hecho después que el hombre hubo sido creado, mientras que [la Divinidad] era antes que nosotros.

    III, 8, 56

    56. Algunos manuscritos leen así: «Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado;» es decir, Él, Quien es Hijo de Dios, nace como hijo de María para nosotros, y nos es dado. En cuanto al hecho de que Él es «dado», escuchad las palabras del profeta: «Y concédenos Tu salvación.» Pero lo que está sobre nosotros es dado: lo que es del cielo es dado: como ciertamente leemos acerca del Espíritu, que «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, Quien nos ha sido dado.» []

    III, 8, 57

    57. Pero notad cómo este pasaje es como agua sobre el fuego para una multitud de herejías. «Un Niño ha nacido para nosotros,» no para los judíos; «para nosotros,» no para los maniqueos; «para nosotros,» no para los marcionitas. El profeta dice «para nosotros,» es decir, para los que creen, no para los incrédulos. Y Él ciertamente, en su misericordia, nació para todos, pero la deslealtad de los herejes ha hecho que el nacimiento de Aquel que nació para todos no aproveche a todos. Pues el sol recibe orden de salir sobre buenos y malos, pero para los que no ven no hay aparición del amanecer.

    III, 8, 58

    58. Así como el Niño, pues, no nace para todos, sino para los fieles: así el Hijo es dado a los fieles y no a los incrédulos. Nos es dado a nosotros, no a los fotinianos; pues afirman que el Hijo de Dios no nos fue dado, sino que nació y comenzó a existir primero entre nosotros. A nosotros es dado, no a los sabelianos, que no quieren oír que un Hijo haya sido dado, sosteniendo que Padre e Hijo son uno y el mismo. A nosotros es dado, no a los arrianos, en cuyo juicio el Hijo no fue dado para salvación, sino enviado como súbdito e inferior, a Quien, además, no es «Consejero», por cuanto sostienen que nada sabe del futuro; no Hijo, puesto que no creen en su eternidad, aunque de la Palabra de Dios está escrito: «Lo que era en el principio;» y también: «En el principio era el Verbo.» [] Para volver al pasaje que nos propusimos discutir. «En el principio,» dice la Escritura, «antes que hiciera la tierra, antes que hiciera los abismos, antes que brotaran las fuentes de las aguas, antes que todos los collados me engendró.»

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 9, sumario
    La cita precedente de los Proverbios de Salomón recibe ulterior explicación.

    III, 9, 59

    59. [Acaso] preguntaréis cómo llegué a citar, como referido a la Encarnación de Cristo, el lugar «El Señor me creó», viendo que la creación del universo tuvo lugar antes de la Encarnación de Cristo. Pero considerad que es uso de la santa Escritura hablar de las cosas venideras como si ya estuvieran pasadas, y hacer indicación de la unión de dos naturalezas, Divinidad y Humanidad, en Cristo, no sea que alguno niegue o su Divinidad o su Humanidad.

    III, 9, 60

    60. En Isaías, por ejemplo, podéis leer: «Un Niño nos ha nacido, y un Hijo nos ha sido dado;» así también aquí [en los Proverbios] el profeta expone primero la creación de la carne, y junta a ello la declaración de la Divinidad, para que sepáis que Cristo no es dos, sino Uno, siendo a la vez engendrado del Padre antes de los siglos, y en los últimos tiempos creado de la Virgen. Y así el significado es: Yo, Quien soy engendrado antes de los siglos, soy Aquel que fue creado de mujer mortal, creado para un propósito determinado.

    III, 9, 61

    61. Además, inmediatamente antes de la declaración, «El Señor me creó», dice: «Anunciaré las cosas que son desde la eternidad», y antes de decir «Él engendró», antepuso: «En el principio, antes que hiciera la tierra, antes que todos los collados.» En su extensión, la preposición «antes» alcanza hacia el pasado sin fin ni límite, y así «Antes que Abraham fuese, Yo soy» [] claramente no necesita significar «después de Adán», del mismo modo que «antes del lucero matutino» no necesita significar «después de los ángeles.» Pero cuando dijo «antes», quiso decir, no que Él estuviera incluido en la existencia de nadie, sino que todas las cosas están incluidas en la suya, porque así es costumbre de la Sagrada Escritura mostrar la eternidad de Dios. Finalmente, en otro pasaje podéis leer: «Antes que los montes fueran engendrados, o que la tierra y el mundo fueran hechos, Tú eres desde la eternidad hasta la eternidad.»

    III, 9, 62

    62. Antes de todas las cosas creadas, pues, el Hijo es engendrado; dentro de todas y para el bien de todas es hecho; engendrado del Padre, sobre la Ley [], nacido de María, bajo la Ley. []

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 10, sumario
    Observaciones sobre las palabras de Juan el Bautista (Juan 1:30), que pueden referirse al divino preordenamiento, pero en todo caso, según se explica por las consideraciones precedentes, deben entenderse de la Encarnación. Se expone místicamente la precedencia de Cristo, con referencia a la historia de Rut.

    III, 10, 63

    63. Pero [dicen ellos] está escrito: «Después de mí viene un Hombre, Quien es hecho antes que yo, porque era antes que yo;» [] y así argumentan: «Ved, Aquel que era antes es 'hecho'.» Tomemos las palabras por sí mismas. «Después de mí viene un Hombre.» Él, pues, Quien vino es un Hombre, y este es el Hombre que «fue hecho». Pero la palabra «hombre» connota sexo, y el sexo se atribuye a la naturaleza humana, pero nunca a la Divinidad.

    III, 10, 64

    64. Podría argumentar: el Hombre [Cristo Jesús] existía en preexistencia en cuanto su cuerpo era preconocido, aunque su poder es desde la eternidad — pues tanto la Iglesia como los Santos fueron preordenados antes que los siglos comenzaran. Pero aquí dejo de lado este argumento, e insto en que el ser hecho no concierne a la Divinidad, sino a la naturaleza de la Encarnación, como el mismo Juan dijo: «Este es Aquel de Quien dije: Después de mí viene un Hombre, Quien fue hecho antes que yo.»

    III, 10, 65

    65. La Escritura, pues, habiendo, como mostré arriba, descubierto la doble naturaleza en Cristo, para que entendierais la presencia tanto de la Divinidad como de la Humanidad, comienza aquí con la carne; pues es costumbre de la Sagrada Escritura comenzar sin regla fija a veces con la Divinidad de Cristo, y descender a las señales visibles de la Encarnación; a veces, por otra parte, partir de su humildad, y elevarse a la gloria de la Divinidad, como a menudo en los Profetas y Evangelistas, y en san Pablo. Aquí, pues, según este uso, el escritor comienza con la Encarnación de nuestro Señor, y luego proclama su Divinidad, no para confundir, sino para distinguir, lo humano y lo divino. Pero los arrianos, como vinateros judíos, mezclan el agua con el vino, confundiendo la generación divina con la humana, y atribuyendo a la majestad de Dios lo que propiamente se dice sólo de la humildad de la carne.

    III, 10, 66

    66. No temo cierta objeción que probablemente presentarán, a saber, que en las palabras citadas tenemos «un hombre» — pues algunos tienen: «Quien viene después de mí.» Pero aquí también, que observen lo que precede. «El Verbo», se dice, «fue hecho carne.» [] Habiendo dicho que el Verbo fue hecho carne, el Evangelista no añadió mención de hombre. Entendemos «hombre» allí en la mención de «carne», y «carne» por la mención de «hombre.» Después de la declaración hecha, pues, de que «el Verbo fue hecho carne», no hubo necesidad aquí de mencionar particularmente «hombre», a quien ya pretendía usando el nombre «carne.»

    III, 10, 67

    67. Más adelante, san Juan usa el cordero, que «quita los pecados del mundo», como ejemplo; y para enseñaros claramente la Encarnación de Aquel de Quien había hablado antes, dice: «Este es Aquel de Quien dije antes: Después de mí viene un Hombre, Quien es hecho antes que yo», a saber, de Quien dije que era «hecho» en cuanto hombre, no en cuanto Dios. Sin embargo, para mostrar que era Él Quien era antes de los siglos, y ningún otro, el que se hizo carne, no sea que supongamos dos Hijos de Dios, añade: «porque era antes que yo.» Si las palabras «fue hecho» se hubieran referido a la generación divina, ¿qué necesidad había de que el escritor añadiera esto, y se repitiera? Pero, habiendo dicho primero, con respecto sólo a la Encarnación, «Después de mí viene un Hombre, Quien es hecho antes que yo», añadió: «porque era antes que yo», porque era necesario enseñar la eternidad de la Divinidad [de Cristo]; y esta es la razón por la que san Juan reconoció la prioridad de Cristo, para que Aquel, Quien es el Poder eterno de su propio Padre, pueda ser presentado como debidamente preferido por esa razón.

    III, 10, 68

    68. Pero la abundante actividad del entendimiento espiritual hace que sea un ejercicio placentero salir al paso y acorralar a los arrianos, que entenderán el término «hecho» en este pasaje, no de la humanidad, sino de la Divinidad [de Cristo]. ¿Qué terreno, en verdad, les queda para sostenerse, cuando el Bautista ha declarado que «después de mí viene Uno Quien es hecho antes que yo», es decir, Quien, aunque en el curso de la vida terrena viene después de mí, sin embargo está colocado por encima del grado de mi dignidad y gracia, y Quien tiene título para ser adorado como Dios? Pues las palabras «viene después de mí» pertenecen a un acontecimiento en el tiempo, pero «era antes que yo» significa la eternidad de Cristo; y «es hecho antes que yo» se refiere a su preeminencia, por cuanto, ciertamente, el misterio de la Encarnación está por encima del mérito humano.

    III, 10, 69

    69. Además, san Juan Bautista también enseñó en lenguaje menos denso qué ideas eran las que había combinado, diciendo: «Después de mí viene un Hombre, Cuyo calzado no soy digno de llevar», exponiendo al menos la dignidad más excelente [de Cristo], aunque no la eternidad de su Divina Generación. Ahora bien, estas palabras están tan plenamente referidas a la Encarnación, que la Escritura nos ha dado, en un libro anterior, una contrapartida humana de la mística sandalia. Pues, por la Ley, cuando un hombre moría, el vínculo matrimonial con su esposa pasaba a su hermano, u otro varón pariente más cercano, para que la semilla del hermano o del pariente cercano renovara la vida de la casa, y así fue que Rut, aunque era de nacimiento extranjero, pero había poseído un esposo del pueblo judío, que había dejado un pariente de cercana relación, siendo vista y amada por Booz mientras espigaba y se mantenía a sí misma y a su suegra con lo que espigaba, no fue, sin embargo, tomada por esposa por Booz hasta que primero hubo desatado el zapato [del pie de] aquel cuya esposa debía, por la Ley, haber llegado a ser.

    III, 10, 70

    70. La historia es sencilla, pero profundos son sus significados ocultos, pues lo que se hizo era la señal exterior de algo ulterior. Si en verdad forzáramos el sentido hasta ajustarlo exactamente a la letra, casi hallaríamos que las palabras son ocasión de cierta vergüenza y horror, que debiéramos considerarlas como intencionadas y transmisoras del pensamiento de un común comercio corporal; pero era la prefiguración de Uno Que había de surgir de Judea — de donde Cristo era, según la carne— Quien debía, con la semilla de la enseñanza celestial, revivir la semilla de su pariente muerto, es decir, el pueblo, y a Quien los preceptos de la Ley, en su significación espiritual, asignaron la sandalia nupcial, para los desposorios de la Iglesia.

    III, 10, 71

    71. No fue Moisés el Esposo, porque a él se le dirige la palabra, «Desata el calzado de tu pie,» [] para que cediera el lugar a su Señor. Tampoco fue Josué, hijo de Nun, el Esposo, porque a él también se le dijo, diciendo, «Desata el calzado de tu pie,» [] no sea que, por la semejanza de su nombre, se le tenga por esposo de la Iglesia. Ningún otro es el Esposo sino Cristo solo, de quien dijo san Juan: «El que tiene a la esposa es el Esposo.» [] Ellos, pues, se desatan el calzado, pero su calzado no puede ser desatado, como dijo san Juan: «No soy digno de desatar la correa de su calzado.» []

    III, 10, 72

    72. Cristo solo, pues, es el Esposo a quien la Iglesia, su esposa, viene de entre las naciones, y se entrega en matrimonio; antes pobre y hambrienta, mas ahora rica con la mies de Cristo; recogiendo en el seno escondido de su mente gavillas de la rica cosecha y espigas sueltas de la Palabra, para así alimentar con manjar fresco a aquella que está agotada, privada por la muerte de su hijo y hambrienta, es decir, a la madre del pueblo muerto —sin dejar viuda y desamparada a aquella, mientras busca nuevos hijos.

    III, 10, 73

    73. Cristo, pues, solo es el Esposo, que no niega ni a la sinagoga las gavillas de su mies. ¡Ojalá la sinagoga no se hubiera excluido por su propia voluntad! Tenía gavillas que ella misma podría haber recogido, mas, estando su pueblo muerto, ella, como quien queda privada por la muerte de su hijo, comenzó a recoger gavillas, con las que pudiera vivir, por mano de la Iglesia; gavillas que llevarán los que vienen con alegría, como está escrito: «Ciertamente vendrán con alegría, trayendo sus gavillas consigo.»

    III, 10, 74

    74. ¿Quién, en verdad, sino Cristo podría atreverse a reclamar a la Iglesia como esposa suya, a la que Él solo, y ningún otro, ha llamado desde el Líbano, diciendo: «Ven acá desde el Líbano, esposa mía; ven acá desde el Líbano»? [] ¿O de quién otro podría haber dicho la Iglesia: «Su garganta es dulzura, y Él es todo deseable»? [] Y puesto que entramos en esta discusión hablando de los zapatos de sus pies —¿a quién otro sino a la Palabra de Dios encarnada pueden aplicarse aquellas palabras? «Sus piernas son columnas de mármol, asentadas sobre basas de oro.» [] Porque Cristo solo anda en las almas y hace su senda en las mentes de sus santos, en las cuales, como sobre basas de oro y fundamentos de piedra preciosa, la Palabra celestial ha dejado impresas sus huellas de manera indeleble.

    III, 10, 75

    75. Claramente vemos, pues, que tanto el hombre como la figura apuntan al misterio de la Encarnación.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe cristiana · III, 11, sumario
    San Ambrosio vuelve a la cuestión principal y muestra que siempre que se dice que Cristo ha «sido hecho» (o «se ha hecho»), debe entenderse con referencia a su Encarnación, o a ciertas limitaciones. En este sentido se exponen varios pasajes de la Escritura — especialmente de san Pablo. El sacerdocio eterno de Cristo, prefigurado en Melquisedec. Cristo posee no sólo semejanza, sino unidad con el Padre.

    III, 11, 76

    76. Cuando, pues, se dice que Cristo ha sido «hecho», que se ha «vuelto», la frase se refiere, no a la sustancia de la Deidad, sino a menudo a la Encarnación — a veces, en verdad, a un oficio particular; porque si lo entiendes de su Divinidad, entonces Dios fue convertido en objeto de ultraje y escarnio, en cuanto está escrito: «Mas tú has rechazado a tu Cristo, y lo has reducido a la nada; lo has empujado a andar errante;» y de nuevo: «Y fue hecho el escarnio de sus vecinos.» De sus vecinos, fíjate — no de los de su casa, no de los que se adhieren a Él, porque «el que se une al Señor es un espíritu;» [] el que es vecino no se une a Él. De nuevo, «fue hecho escarnio,» porque la Cruz del Señor es para los judíos escándalo, y para los griegos necedad: [] pues para los sabios Él es, por esa misma Cruz, hecho más alto que los cielos, más alto que los ángeles, y es hecho Mediador de una alianza mejor, así como era Mediador de la anterior.

    III, 11, 77

    77. Fíjate cómo repito la frase; tan lejos estoy de querer evitarla. Sin embargo, advierte en qué sentido es Él «hecho.»

    III, 11, 78

    78. En primer lugar, «habiendo hecho la purificación, se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto mejor que los ángeles.» [] Ahora bien, donde hay purificación, hay una víctima; donde hay una víctima, hay también un cuerpo; donde hay un cuerpo, hay oblación; donde hay el oficio de la oblación, allí también se hace sacrificio con sufrimiento.

    III, 11, 79

    79. En segundo lugar, Él es el Mediador de una alianza mejor. Pero donde hay disposición testamentaria, la muerte del testador debe primero ocurrir, como está escrito un poco más adelante. Con todo, la muerte no es la muerte de su eterna Deidad, sino de su débil estructura humana.

    III, 11, 80

    80. Además, se nos enseña cómo es hecho «más alto que los cielos.» «Inmaculado,» dice la Escritura, [] «apartado de los pecadores, y hecho más alto que los cielos; no teniendo necesidad diaria, como la tienen los sacerdotes, de ofrecer una víctima primero por sus propios pecados, y luego por los del pueblo. Porque esto lo hizo sacrificándose a sí mismo una vez por todas.» Nadie es dicho ser hecho más alto, salvo aquel que en algún aspecto ha sido inferior; Cristo, pues, es, por su asiento a la diestra del Padre, hecho más alto en lo que respecta a aquello en lo que, siendo hecho menor que los ángeles, se ofreció a sí mismo a padecer.

    III, 11, 81

    81. Finalmente, el Apóstol mismo dice a los Filipenses, que «hecho en semejanza de hombre, y hallado en su apariencia exterior como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte.» [] Observa que, en aquello respecto de lo cual es «hecho,» es hecho, dice el Apóstol, en semejanza de hombre, no en lo que respecta a la Soberanía Divina, y fue hecho obediente hasta la muerte, de modo que mostró la obediencia propia del hombre, y obtuvo el reino que por derecho corresponde a la Deidad.

    III, 11, 82

    82. ¿Cuántos pasajes más necesitamos citar como prueba de que su «ser hecho» debe entenderse con referencia a su Encarnación, o a alguna dispensación particular? Ahora bien, todo lo que es hecho, eso mismo es también creado, porque «Él habló y fueron hechos; Él dio también la palabra, y fueron creados.» «El Señor me creó.» Estas palabras se dicen con respecto a su Humanidad; y también hemos mostrado, en nuestro Libro Primero, que la palabra «creado» parece tener referencia a la Encarnación.

    III, 11, 83

    83. De nuevo, el Apóstol mismo, al declarar que no debe rendirse culto a existencia creada alguna, ha mostrado que el Hijo no ha sido creado, sino engendrado, de Dios. [] Al mismo tiempo, muestra en otros lugares qué había en Cristo que fue creado, a fin de aclarar en qué sentido ha leído en el libro de Salomón: «El Señor me creó.»

    III, 11, 84

    84. Veamos ahora todo un pasaje en orden. «Viendo, pues, que los hijos participan de carne y sangre, Él también de manera semejante fue hecho partícipe de lo mismo, a fin de que por la muerte destruyera al que tenía el imperio de la muerte.» [] ¿Quién, pues, es Aquel que querría hacernos partícipes de su propia carne y sangre? Ciertamente el Hijo de Dios. ¿Cómo, sino por medio de la carne, fue hecho partícipe con nosotros, o por qué, sino por la muerte corporal, rompió las cadenas de la muerte? Porque la paciencia de Cristo ante la muerte fue hecha la muerte de la Muerte. [] Este texto, pues, habla de la Encarnación.

    III, 11, 85

    85. Veamos lo que sigue: «Porque ciertamente no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles, sino la de la descendencia de Abraham. Y así pudo hacerse semejante a sus hermanos en todo, para venir a ser un Príncipe compasivo y fiel, un Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo; pues en cuanto Él mismo padeció, es poderoso también para socorrer a los que son tentados. Por lo cual, hermanos santísimos, vosotros que tenéis cada uno su parte en un llamamiento celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra confesión, Jesús, mirad su fidelidad para con su Creador, así como Moisés fue fiel en su casa.» Estas, pues, son las palabras del Apóstol.

    III, 11, 86

    86. Veis qué es aquello respecto de lo cual el escritor le llama creado: «En cuanto tomó sobre sí la descendencia de Abraham;» afirmando claramente la generación de un cuerpo. ¿Cómo, en efecto, sino en su cuerpo expió los pecados del pueblo? ¿En qué padeció, sino en su cuerpo — como dijimos arriba: «Cristo habiendo padecido en la carne»? ¿En qué es sacerdote, sino en aquello que tomó para sí de la nación sacerdotal?

    III, 11, 87

    87. Es deber del sacerdote ofrecer algo, y, según la Ley, entrar en los lugares santos por medio de sangre; viendo, pues, que Dios había rechazado la sangre de toros y machos cabríos, este Sumo Sacerdote estaba ciertamente obligado a abrirse paso y entrar en el lugar santísimo en el cielo mediante su propia sangre, a fin de ser la propiciación eterna por nuestros pecados. Sacerdote y víctima, pues, son uno; el sacerdocio y el sacrificio se ejercen, sin embargo, bajo las condiciones de la humanidad, porque fue llevado como cordero al matadero, y es sacerdote según el orden de Melquisedec.

    III, 11, 88

    88. Nadie, por tanto, cuando contempla un orden de establecimiento humano, pretenda que en él reside la pretensión de Divinidad; porque aun aquel Melquisedec, por cuyo oficio Abraham ofreció sacrificio, la Iglesia ciertamente no lo tiene por ángel (como hacen algunos judíos frívolos), sino por varón santo y sacerdote de Dios, el cual, prefigurando a nuestro Señor, es descrito como «sin padre ni madre, sin historia de su linaje, sin principio y sin fin,» a fin de mostrar de antemano la venida a este mundo del eterno Hijo de Dios, quien igualmente se encarnó y luego fue dado a luz sin padre alguno, engendrado como Dios sin madre, y sin historia de su linaje, porque está escrito: «Su generación, ¿quién la declarará?» []

    III, 11, 89

    89. A este Melquisedec, pues, lo hemos recibido como sacerdote de Dios hecho según el modelo de Cristo, pero al uno lo consideramos como tipo, al otro como original. Ahora bien, un tipo es una sombra de la verdad, y hemos aceptado la realeza del uno en el nombre de una sola ciudad, mas la del otro como mostrada en la reconciliación del mundo entero; porque está escrito: «Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo consigo;» [] es decir, [en Cristo estaba] la eterna Deidad: o, si el Padre está en el Hijo, así como el Hijo está en el Padre, entonces no se niega ciertamente su unidad tanto en naturaleza como en operación.

    III, 11, 90

    90. Pero, ¿cómo, en verdad, podrían nuestros adversarios negar justamente esto, aun si quisieran, cuando la Escritura dice: «Mas el Padre, que mora en Mí, Él mismo hace las obras;» y «Las obras que Yo hago, Él mismo las hace»? [] No «Él también hace las obras,» sino que debe considerarse más bien como semejanza que como unidad de obra; al decir, «Las cosas que Yo hago, Él mismo las hace,» el Apóstol ha dejado claro que debemos creer que la obra del Padre y la obra del Hijo es una.

    III, 11, 91

    91. Por otra parte, cuando quiere que se entienda semejanza, no unidad, de obras, dijo: «El que cree en Mí, las obras que Yo hago, también las hará él.» [] Insertando aquí hábilmente la palabra «también,» nos ha permitido la semejanza, y sin embargo no ha atribuido unidad natural. Una, por tanto, es la obra del Padre y la obra del Hijo, quiéranlo o no los arrianos.
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