I, 63
63. ¿Cuáles son estos misterios ocultos e invisibles, diréis, que ni los hombres pueden conocer, ni siquiera aquellos que son llamados dioses del mundo pueden alcanzar de ningún modo con la fantasía o la conjetura; que nadie puede descubrir, salvo aquellos a quienes el propio Cristo ha tenido a bien conceder la bendición de un conocimiento tan grande y conducir a los recovecos secretos del tesoro interior de sabiduría? ¿Veis, pues, que si Él hubiera determinado que nadie le hiciera violencia, habría debido esforzarse al máximo por apartar de sí a sus enemigos, incluso dirigiendo su poder contra ellos? ¿No podía Él, entonces, que había devuelto la vista a los ciegos, dejar ciegos a sus enemigos si era necesario? ¿Era difícil o trabajoso para Él debilitar a los que había dado fortaleza a los débiles? ¿Quien mandó andar a los cojos no sabía quitarles todo poder de mover sus miembros, entumeciéndoles los tendones? ¿Habría sido difícil para quien sacaba a los muertos de sus tumbas infligir la muerte a quien quisiera? Pero porque la razón exigía que lo que se había resuelto se hiciera aquí también en el mundo mismo, y de ninguna otra manera que como se hizo, Él, con una mansedumbre que excede entendimiento y creencia, considerando como niñerías pueriles las injurias que los hombres le hacían, se sometió a la violencia de ladrones salvajes y endurecidos; ni estimó que valiera la pena tomar en cuenta lo que la audacia de ellos se había propuesto, con tal de mostrar a sus discípulos lo que estaban en el deber de esperar de Él. Pues cuando se trataban muchas cosas acerca de los peligros de las almas, muchos males acerca de su... por otra parte, el Introductor, el Maestro y Doctor dirigió sus leyes y ordenanzas para que hallaran su fin en deberes adecuados; ¿no destruyó la arrogancia de los soberbios? ¿No apagó los fuegos de la lujuria? ¿No reprimió el ansia de la avaricia? ¿No arrancó las armas de sus manos y les quitó todas las fuentes de toda forma de corrupción? En fin, ¿no fue Él mismo manso, pacífico, de fácil acceso, amistoso cuando se le hablaba? ¿No, afligiéndose por las miserias de los hombres, compadeciéndose con su inigualada benevolencia de todos los afligidos de algún modo por tribulaciones y males corporales, los trajo de nuevo y los restituyó a la salud?
I, 64
64. ¿Qué, pues, os constriñe, qué os excita a ultrajar, a injuriar, a odiar implacablemente a Aquel a quien ningún hombre puede acusar de crimen alguno? A los tiranos y a vuestros reyes, que, desechando todo temor de los dioses, saquean y expolian los tesoros de los templos; que con proscripciones, destierros y matanzas despojan al Estado de sus nobles; que con violencia licenciosa minan y arrebatan la castidad de matronas y doncellas, a éstos los llamáis indigites y divi; y los adoráis con lechos, altares, templos y otros servicios, y celebrando sus juegos y sus cumpleaños, a aquellos a quienes era justo que atacarais con el odio más encarnizado. Y también a todos aquellos que, escribiendo libros, acometen de muchas formas con acre censura las costumbres públicas; que censuran, estigmatizan y desgarran vuestros hábitos y vidas lujosos; que transmiten a la posteridad malos informes de sus propios tiempos en sus escritos perdurables; que buscan persuadir a los hombres de que los derechos del matrimonio deben tenerse en común; que se acuestan con muchachos hermosos, lujuriosos, desnudos; que declaran que sois bestias, fugitivos, desterrados y esclavos locos y frenéticos del carácter más vil, a todos éstos con admiración y aplauso los exaltáis hasta las estrellas del cielo, los colocáis en los santuarios de vuestras bibliotecas, los obsequiáis con carros y estatuas y, en cuanto está en vosotros, los dotáis con una especie de inmortalidad, por así decirlo, mediante el testimonio que les prestan títulos inmortales. Sólo a Cristo desgarraríais, lo haríais pedazos, si pudierais hacerlo con un dios; más aún, sólo a Él, si os estuviera permitido, lo roeríais con bocas ensangrentadas, y le partiríais los huesos, y lo devoraríais como bestias del campo. Pues ¿qué ha hecho Él, decidme, os lo ruego, por qué crimen? ¿Qué ha hecho para apartar el curso de la justicia y despertar en vosotros un odio enfurecido por tormentos enloquecedores? ¿Acaso es porque declaró que había sido enviado por el único verdadero Rey para ser guardián de vuestra alma y para traeros la inmortalidad que creéis que ya poseéis, confiando en las afirmaciones de unos pocos hombres? Pero aun si estuvierais seguros de que Él habló falsamente, de que incluso ofreció esperanzas sin el más mínimo fundamento, ni siquiera en este caso veo ninguna razón para que lo odiéis y lo condenéis con amargos reproches. Más aún, si fuerais benignos y mansos de espíritu, deberíais estimarlo siquiera por esto solo: porque os prometió cosas que bien podíais desear y esperar; porque fue portador de buenas noticias; porque su mensaje era tal que no turbaba la mente de nadie, más bien llenaba a todos de una expectación menos ansiosa.
I, 65
65. ¡Oh edad ingrata e impía, preparada para su propia destrucción por su extraordinaria obstinación! Si hubiera venido a vosotros un médico de tierras lejanas y antes desconocidas para vosotros, ofreciendo alguna medicina que apartara de vosotros por completo toda clase de enfermedades y dolencias, ¿no correríais todos con ansia a él? ¿No lo recibiríais en vuestras casas con toda clase de lisonjas y honores, y lo trataríais con bondad? ¿No desearíais que aquella clase de medicina fuera completamente segura, y genuina, que prometía que incluso hasta los límites extremos de la vida estaríais libres de tan innumerables angustias corporales? Y aunque fuera cosa dudosa, os confiaríais a él; y no vacilaríais en beber la pócima desconocida, movidos por la esperanza de la salud puesta ante vosotros y por el amor a la seguridad. Cristo resplandeció y apareció para anunciarnos noticias de la mayor importancia, trayendo un augurio de prosperidad y un mensaje de salvación para los que creen. ¿Qué significa, os pregunto, esta crueldad, qué semejante barbarie; más aún, para hablar con más verdad, este orgullo desdeñoso, no sólo de acosar al mensajero y portador de tan gran don con palabras de burla, sino incluso de atacarlo con fiera hostilidad y con todas las armas que pueden arrojarse sobre Él, y con todos los modos de destrucción? ¿Sus palabras os desagradan, y os ofendéis cuando las oís? Tenedlas por sólo cuentos vacíos de un adivino. ¿Habla muy neciamente y promete dones insensatos? Reíd con escarnio como sabios, y dejad a Él en su necedad, zarandeado entre sus errores. ¿Qué significa esta ferocidad, por repetir lo dicho más de una vez; qué pasión tan asesina? Declarar hostilidad implacable hacia uno que nada ha hecho para merecerla de vuestras manos; desear, si os fuera permitido, despedazarlo miembro a miembro, a quien no sólo no hizo daño a nadie, sino que con bondad constante dijo a sus enemigos qué salvación les era traída de Dios Supremo, qué debía hacerse para que escaparan a la destrucción y obtuvieran una inmortalidad que no conocían? Y cuando las cosas extrañas e inauditas que se les ofrecían hicieron vacilar las mentes de quienes lo oían y les hicieron dudar de creer, aunque dueño de todo poder y destructor de la muerte misma, sufrió que su forma humana fuera muerta, para que por el resultado conocieran que eran seguras las esperanzas que largo tiempo habían abrigado acerca de la salvación del alma, y que de ningún otro modo podían evitar el peligro de la muerte.
II, 1
Aquí, si pudiera hallarse algún medio, quisiera conversar así con todos los que odian el nombre de Cristo, apartándome un poco de la defensa primeramente emprendida:— Si no tenéis por deshonra responder cuando se os pregunta, explicadnos y decid cuál es la causa, cuál la razón, de que persigáis a Cristo con tan amarga hostilidad. ¿O qué ofensas recordáis que Él haya cometido, para que al mencionarse su nombre os encendáis en arrebatos de furia loca y salvaje? ¿Acaso Él, reclamando para sí poder de rey, llenó el mundo entero de bandas de los más feroces soldados; y de naciones en paz desde el principio, destruyó y aniquiló a unas, y obligó a otras a someterse a su yugo y servirle? ¿Acaso Él, excitado por una avaricia rapaz, reclamó como suyo por derecho toda aquella riqueza por cuya abundancia los hombres se afanan con ansia? ¿Acaso Él, arrebatado por pasiones lujuriosas, derribó por la fuerza las barreras de la pureza, o acechó a escondidas a las esposas de otros hombres? ¿Acaso Él, henchido de altanera arrogancia, infligió al azar injurias e insultos, sin distinción alguna de personas? (B) Y no era digno de que lo escucharais y creyeseis a Él, pero no debió ser despreciado por vosotros ni siquiera por esto: porque os mostró las cosas que atañen a vuestra salvación, porque os preparó un camino al cielo y la inmortalidad que anheláis; aunque ni extendió la luz de la vida a todos, ni libró a todos del peligro que los amenaza por su ignorancia.
II, 2
2. Pero, dirá alguien, mereció nuestro odio porque ha expulsado la religión del mundo, porque ha apartado a los hombres de procurar honrar a los dioses. ¿Acaso es denunciado como destructor de la religión y promotor de la impiedad quien trajo la verdadera religión al mundo, quien abrió las puertas de la piedad a hombres ciegos y que en verdad vivían en la impiedad, y les mostró ante quién debían postrarse? ¿O hay alguna religión más verdadera —una más útil, poderosa y recta— que haber aprendido a conocer al Dios supremo, a saber cómo orar al Dios Supremo, que es el único origen y fuente de todo bien, creador, fundador y artífice de todo lo que perdura, por quien todas las cosas de la tierra y todas las del cielo son vivificadas y llenas del movimiento de la vida, y sin el cual ciertamente no habría nada que llevara nombre alguno, ni tuviera sustancia? Pero quizá dudáis de si existe ese gobernante del que hablamos, y más bien os inclináis a creer en la existencia de Apolo, Diana, Mercurio, Marte; juzgad con rectitud; y, mirando en torno todas estas cosas que vemos, cualquiera dudará más bien de si existen todos los demás dioses, que vacilar respecto al Dios a quien todos conocemos por naturaleza, ya sea cuando clamamos: Oh Dios, ya cuando ponemos a Dios por testigo de las acciones malvadas, y alzamos el rostro al cielo como si Él nos viera.
II, 3
3. Pero Él no permitió que los hombres suplicaran a los dioses menores. ¿Sabéis, pues, quiénes son o dónde están los dioses menores? ¿Os ha tocado alguna vez la desconfianza hacia ellos, o el modo en que se los menciona, de suerte que con razón os indignáis de que su culto haya sido abolido y privado de todo honor? Pero si la altivez de ánimo y la arrogancia, como la llaman los griegos, no se interpusieran en vuestro camino y os lo impidieran, hace tiempo habríais podido comprender qué fue lo que Él prohibió hacer, o por qué; dentro de qué límites querría que se mantuviera la verdadera religión; qué peligro se os seguía de aquello que considerabais obediencia; o de qué males escaparíais si os apartarais de vuestro peligroso engaño.
II, 4
4. Pero todas estas cosas se notarán con más claridad y distinción cuando hayamos avanzado más. Pues mostraremos que Cristo no enseñó a las naciones la impiedad, sino que libró a ignorantes y desdichados de quienes con la mayor maldad los agraviaban. "No creemos —decís— que sea verdad lo que Él dice." ¿Y qué? ¿No tenéis duda alguna en cuanto a las cosas que decís que no son verdaderas, mientras que, como están solo próximas y aún no reveladas, de ningún modo pueden ser refutadas? Pero Él tampoco prueba lo que promete. Así es; pues, como he dicho, no puede haber prueba de las cosas aún futuras. Puesto que, entonces, la naturaleza del futuro es tal que no puede ser captada ni comprendida por anticipación alguna, ¿no es más racional, entre dos cosas inciertas y pendientes en duda suspensa, creer más bien aquella que lleva consigo algunas esperanzas, que aquella que no trae ninguna? Pues en un caso no hay peligro, si aquello que se dice estar próximo resultara vano e infundado; en el otro hay la mayor pérdida, aun la pérdida de la salvación, si, llegado el tiempo, se mostrara que no había nada falso en lo que se anunció.
Comentario editorial · Una apuesta antes de Pascal
A quien no cree las promesas de Cristo porque no están probadas, Arnobio responde en II, 4 que del futuro no hay prueba posible y que, de dos cosas inciertas, es más razonable creer la que trae alguna esperanza: si lo prometido resulta vano, no se pierde nada; si era verdad y no se creyó, se pierde la salvación. El ANF glosa el pasaje así: si crees las promesas de Cristo y son infundadas, no pierdes nada; si no las crees y se cumplen, lo pierdes todo. Wikipedia (en) lo presenta como la primera versión conocida del argumento que luego se llamó la apuesta de Pascal.
Para ampliar: Arnobius, «Adversus nationes» (Wikipedia (en)).
II, 5
5. ¿Qué decís, oh ignorantes, por quienes bien podríamos llorar y entristecernos? ¿Estáis tan desprovistos de temor que estas cosas, despreciadas por vosotros y convertidas en burla, puedan ser verdaderas? ¿Y no consideráis siquiera con vosotros mismos, en vuestros pensamientos secretos, no sea que aquello que hoy con obstinación perversa rehusáis creer, el tiempo lo muestre demasiado tarde como verdadero, y un remordimiento incesante os castigue? ¿Ni siquiera estas pruebas os dan al menos fe para creer, a saber, que ya, en tan corto y breve tiempo, los juramentos de este vasto ejército se han extendido por toda la tierra? ¿Que ya no hay nación tan ruda y feroz que, cambiada por su amor, no haya dominado su fiereza y, con una tranquilidad hasta ahora desconocida, se haya vuelto apacible en su carácter? ¿Que hombres dotados de tan grandes talentos, oradores, críticos, rétores, abogados y médicos, y también aquellos que escudriñan los misterios de la filosofía, buscan aprender estas cosas, despreciando aquellas en las que hace poco confiaban? ¿Que los esclavos eligen ser torturados por sus amos como a estos les plazca, las esposas ser repudiadas, los hijos ser desheredados por sus padres, antes que ser infieles a Cristo y desechar los juramentos de la milicia de la salvación? ¿Que, aunque castigos tan terribles han sido denunciados por vosotros contra quienes siguen los preceptos de esta religión, esta incluso aumenta más, y una gran multitud se esfuerza con más denuedo contra todas las amenazas y los terrores que pretenden contenerla, y se enciende en fe celosa por el intento mismo de impedirla? ¿Creéis, en verdad, que estas cosas suceden ociosa y fortuitamente? ¿Que esos sentimientos se adoptan al encontrarse por azar? ¿No es esto, entonces, sagrado y divino? ¿O creéis que, sin la gracia de Dios, sus mentes son tan cambiadas que, aunque garfios asesinos y otras torturas sin número amenazan, como dijimos, a quienes crean, reciben los fundamentos de la fe que han conocido, como arrebatados (A) por algún encanto, y por un anhelo ardiente de todas las virtudes, y prefieren la amistad de Cristo a todo lo que hay en el mundo?
II, 6
6. ¿Pero acaso os parecen débiles de mente y necios quienes aun ahora se unen en todo el mundo y se juntan para asentir con esa prontitud de fe de la que os burláis? ¿Y qué? ¿Acaso vosotros solos, imbuidos del verdadero poder de la sabiduría y el entendimiento, veis algo del todo diferente y profundo? ¿Percibís vosotros solos que todas estas cosas son bagatelas? ¿Vosotros solos, que son meras palabras y absurdos infantiles esas cosas que declaramos están por venir a nosotros del supremo Soberano? ¿De dónde, por favor, se os ha dado tanta sabiduría? ¿De dónde tanta sutileza e ingenio? ¿O de qué formación científica habéis podido obtener tanta sabiduría, sacar tanta previsión? Porque sois diestros en declinar verbos y sustantivos por casos y tiempos, y en evitar palabras y expresiones bárbaras; porque habéis aprendido ya sea a expresaros con un lenguaje armonioso, ordenado y bien dispuesto, ya a saber cuándo es rudo e inacabado; porque habéis estampado en vuestra memoria el Fornix de Lucilio y el Marsias de Pomponio; porque sabéis cuáles son las cuestiones que han de proponerse en los pleitos, cuántas clases de casos hay, cuántas maneras de alegar, qué es el género, qué la especie, por qué métodos se distingue lo opuesto de lo contrario: ¿pensáis, por tanto, que sabéis qué es falso, qué verdadero, qué puede o no hacerse, cuál es la naturaleza de lo más bajo y lo más alto? ¿Nunca han resonado en vuestros oídos las conocidas palabras de que la sabiduría del hombre es necedad para con Dios?
II, 7
7. En primer lugar, vosotros mismos veis claramente que, si alguna vez discutís temas oscuros y buscáis poner al desnudo los misterios de la naturaleza, por una parte no conocéis las mismas cosas de que habláis, que afirmáis, que sostenéis muy a menudo con especial celo, y que cada uno defiende con obstinada resistencia sus propias suposiciones como si fueran verdades probadas y comprobadas. Pues ¿cómo podemos saber por nosotros mismos si percibimos la verdad, aun si se emplearan todas las edades en buscar el conocimiento —nosotros a quienes algún poder envidioso trajo a la luz y formó tan ignorantes y soberbios, que, aunque no sabemos nada en absoluto, nos engañamos a nosotros mismos y nos alzamos con orgullo y arrogancia hasta suponernos poseedores de conocimiento? Pues, para pasar por alto las cosas divinas y las sumidas en oscuridad natural, ¿puede algún hombre explicar aquello que en el Fedro el conocido Sócrates no puede comprender: qué es el hombre, o de dónde es, incierto, mudable, falaz, múltiple, de muchas clases? ¿Para qué fines fue producido? ¿Por ingenio de quién fue ideado? ¿Qué hace en el mundo? (C) ¿por qué sufre males tan incontables? Si la tierra le dio vida como a gusanos y ratones, siendo afectada por la corrupción mediante la acción de alguna humedad; o si recibió estos contornos de cuerpo, y este molde de rostro, de la mano de algún hacedor y artífice. ¿Puede, digo yo, conocer estas cosas que están abiertas a todos y son reconocibles por los sentidos comunes a todos: por qué causas nos hundimos en el sueño, por cuáles despertamos? ¿De qué maneras se producen los sueños, en qué se ven? Y más bien —sobre lo cual Platón en el Teeteto está en duda— si estamos alguna vez despiertos, o si ese mismo estado que se llama vigilia es parte de un sueño ininterrumpido. Y ¿qué parecemos hacer cuando decimos que vemos un sueño? Si vemos por medio de rayos de luz que van hacia el objeto, o si las imágenes de los objetos vuelan hasta posarse en las niñas de nuestros ojos. Si el sabor está en las cosas gustadas, o surge de su contacto con el paladar. Por qué causas los cabellos dejan su oscuridad natural, y no se vuelven canosos de una vez, sino añadiendo poco a poco. Por qué todos los líquidos, al mezclarse, forman un solo todo; y el aceite, por el contrario, no sufre que los otros se derramen en él, sino que se recoge siempre con claridad en su propia sustancia impenetrable. Finalmente, por qué el alma también, que decís ser inmortal y divina, está enferma en los hombres enfermos, sin sentido en los niños, agotada en la vejez que chochea, necia y delirante. Ahora bien, la debilidad y la mísera ignorancia de estas teorías es mayor por esto: que aunque puede suceder que a veces digamos algo verdadero, no podemos estar seguros ni siquiera de esto mismo, de si hemos dicho en absoluto la verdad.
II, 8
8. Y ya que soléis reíros de nuestra fe y desmenuzar con burlas graciosas también nuestra prontitud en creer, decid, oh ingenios, empapados y llenos del puro manantial de la sabiduría, ¿hay en la vida algún género de asunto que exija diligencia y actividad, que los que lo hacen emprendan, aborden y ensayen sin creer que puede hacerse? ¿Viajáis, navegáis por el mar sin creer que volveréis a casa cuando vuestro asunto esté terminado? ¿Rompéis la tierra con el arado y la llenáis de diferentes clases de semillas sin creer que recogeréis el fruto con los cambios de las estaciones? ¿Os unís a vuestras consortes en matrimonio sin creer que será puro y una unión provechosa para el esposo? ¿Engendráis hijos sin creer que pasarán a salvo por las diferentes etapas de la vida hasta la meta de la edad? ¿Entregáis vuestros cuerpos enfermos a las manos de los médicos sin creer que las enfermedades pueden aliviarse al mitigarse su gravedad? ¿Hacéis guerras con vuestros enemigos sin creer que obtendréis la victoria por el éxito en las batallas? ¿Adoráis y servís a los dioses sin creer que existen, y que escuchan con gracia vuestras oraciones?
II, 9
9. ¿Qué? ¿Habéis visto con vuestros ojos y palpado con vuestras manos esas cosas que vosotros mismos escribís, que leéis de vez en cuando sobre temas puestos más allá del conocimiento humano? ¿No confía cada uno en este autor o en aquel? Aquello de lo que uno se ha persuadido que es dicho con verdad por otro, ¿no lo defiende con una suerte de asentimiento, por así decir, semejante al de la fe? ¿El que dice que el fuego o el agua es el origen de todas las cosas, no cifra su fe en Tales o Heráclito? El que pone la causa de todo en los números, ¿no la cifra en Pitágoras de Samos, y en Arquitas? El que divide el alma y establece formas incorpóreas, ¿no la cifra en Platón, el discípulo de Sócrates? El que añade un quinto elemento a las causas primeras, ¿no la cifra en Aristóteles, el padre de los peripatéticos? El que amenaza al mundo con la destrucción por el fuego, y dice que cuando llegue el tiempo será incendiado, ¿no la cifra en Panecio, Crisipo, Zenón? El que siempre está fabricando mundos a partir de los átomos, y destruyéndolos, ¿no la cifra en Epicuro, Demócrito, Metrodoro? El que dice que nada es comprendido por el hombre, y que todas las cosas están envueltas en oscura tiniebla, ¿no la cifra en Arcesilao, en Carnéades? —¿en algún maestro, en fin, de la Antigua y de la Nueva Academia?
II, 10
10. Finalmente, ¿acaso no dicen incluso los jefes y fundadores de las escuelas ya mencionadas esas mismas cosas que dicen por creencia en sus propias ideas? Pues, ¿vio Heráclito las cosas producidas por los cambios de los fuegos? ¿Tales, por la condensación del agua? ¿Vio Pitágoras que brotaban del número? ¿Vio Platón las formas incorpóreas? ¿Demócrito, la reunión de los átomos? ¿O acaso los que afirman que nada en absoluto puede ser comprendido por el hombre saben si es verdad lo que dicen, de manera que entienden que la misma proposición que establecen es una declaración de verdad? Puesto que, entonces, no habéis descubierto ni aprendido nada, y sois llevados por la credulidad a afirmar todas esas cosas que escribís y que recogéis en miles de libros, ¿qué clase de juicio, por favor, es este, tan injusto, que os burláis de la fe en nosotros, mientras veis que la tenéis en común con nuestra prontitud en creer? Pero decís que creéis a los sabios, ¡bien versados en toda clase de erudición!— a esos, en verdad, que nada saben y en nada de lo que dicen están de acuerdo; que traban batalla con sus adversarios en defensa de sus propias opiniones, y siempre contienden con fiereza y hostilidad obstinada; que, derribando, refutando y aniquilando los unos las doctrinas de los otros, han hecho todas las cosas dudosas, y han demostrado con su mismo desacuerdo que nada puede saberse.
II, 11
11. Pero, suponiendo que estas cosas no os impidan ni os estorben en absoluto estar obligados a creerlas y escucharlas en gran medida; ¿y qué razón hay para que vosotros tengáis más libertad en este respecto, o para que nosotros tengamos menos? Vosotros creéis a Platón, a Cronio, a Numenio, o a quien os plazca; nosotros creemos y confiamos en Cristo. ¡Cuán irrazonable es que, cuando ambos permanecemos con maestros y tenemos en común una y la misma cosa, la creencia, queráis que se os conceda recibir lo que así es dicho por ellos, pero os neguéis a oír y ver lo que Cristo ha presentado! Y sin embargo, si eligiéramos comparar causa con causa, somos más capaces de señalar lo que hemos seguido en Cristo, que vosotros de señalar lo que habéis seguido en los filósofos. Y nosotros, en efecto, hemos seguido en él estas cosas: aquellas obras gloriosas y virtudes potentísimas que manifestó y desplegó en diversos milagros, por las cuales cualquiera podría ser llevado a sentir la necesidad de creer, y podría decidir con confianza que no eran tales que pudieran considerarse como de hombre, sino tales que mostraban un poder divino y desconocido. ¿Qué virtudes seguisteis en los filósofos, para que fuera más razonable para vosotros creerles a ellos que para nosotros creer a Cristo? ¿Acaso pudo alguno de ellos jamás con una palabra, o con una sola orden, no diré contener, frenar la locura del mar o la furia de la tormenta; devolver la vista a los ciegos, o darla a hombres ciegos de nacimiento; llamar a los muertos de vuelta a la vida; poner fin a sufrimientos de años; sino —y esto es mucho más fácil— curar con una reprensión un divieso, una costra o una espina clavada en la piel? No es que neguemos que ellos sean dignos de alabanza por la solidez de sus costumbres, o que sean diestros en toda clase de estudios y erudición; pues sabemos que hablan con el más elegante lenguaje, y que sus palabras fluyen en periodos pulidos; que razonan en silogismos con la mayor agudeza; que ordenan sus inferencias con el debido orden; que expresan, dividen, distinguen los principios mediante definiciones; que dicen muchas cosas sobre las diferentes clases de números, muchas sobre la música; que con sus máximas y preceptos resuelven también los problemas de la geometría. Pero ¿qué tiene que ver con el caso? ¿Acaso los entimemas, silogismos y otras cosas semejantes nos aseguran que estos hombres saben lo que es verdad? ¿O son, por tanto, tales que necesariamente se les deba dar crédito en cuanto a temas muy oscuros? La comparación de personas debe decidirse, no por el vigor de la elocuencia, sino por la excelencia de las obras que han hecho. No debe llamarse buen maestro quien se ha expresado con claridad, sino quien acompaña sus promesas con la garantía de obras divinas.
II, 12
Traéis argumentos contra nosotros, y sutilezas especulativas que —¿puedo decirlo sin disgustarle a Él?— si Cristo mismo las empleara en las asambleas de las naciones, ¿quién asentiría? ¿Quién escucharía? ¿Quién diría que decidió algo con claridad? ¿O quién, aunque fuera temerario y del todo crédulo, le seguiría cuando derramara afirmaciones vanas e infundadas? Sus virtudes se os han manifestado, y aquel poder inaudito sobre las cosas, ya el que Él ejerció abiertamente o el que usaron sobre todo el mundo quienes lo proclamaron: ha subyugado los fuegos de la pasión, y ha hecho que razas, pueblos y naciones de carácter muy diverso se apresuraran de común acuerdo a aceptar la misma fe. Pues se pueden contar y enumerar los hechos que se han realizado en la India, entre los Seres, los Persas y los Medos; en Arabia, Egipto, en Asia, Siria; entre los Gálatas, los Partos, los Frigios; en Acaya, Macedonia, Epiro; en todas las islas y provincias sobre las que brilla el sol naciente y poniente; en la propia Roma, finalmente, la señora del mundo, en la que, aunque los hombres están ocupados con las prácticas introducidas por el rey Numa y las observancias supersticiosas de la antigüedad, se han apresurado, no obstante, a abandonar el modo de vida de sus padres y adherirse a la verdad cristiana. Pues habían visto el carro de Simón el Mago, y su carro de fuego, despedazado por la boca de Pedro, y desvanecerse al ser nombrado Cristo. Habían visto a aquel, digo, que confiaba en dioses falsos, y abandonado por ellos en su terror, caer de cabeza por su propio peso, quedar postrado con las piernas rotas; y luego, cuando fue llevado a Bríndisi, consumido por la angustia y la vergüenza, arrojarse de nuevo desde el techo de una casa muy elevada. Pero todos estos hechos ni los conocéis ni habéis querido conocerlos, ni jamás considerasteis que fueran de la mayor importancia para vosotros; y mientras confiáis en vuestros propios juicios, y llamáis a aquella sabiduría que es presunción desmesurada, habéis dado a los engañadores—a esos culpables, digo, cuyo interés es que el nombre cristiano sea degradado—la oportunidad de levantar nubes de oscuridad y ocultar verdades de tanta importancia; de robaros la fe y poner el escarnio en su lugar, a fin de que, como ya sienten que les amenaza un fin como merecen, exciten también en vosotros un sentimiento por el cual corráis peligro y seáis privados de la misericordia divina.
II, 13
Entretanto, sin embargo, oh vosotros que os maravilláis y asombráis de las doctrinas de los eruditos y de la filosofía, ¿no pensáis entonces que es de lo más injusto burlaros, mofaros de nosotros como si dijéramos cosas necias y sin sentido, cuando también vosotros decís estas o cosas muy semejantes que os reís cuando las decimos y pronunciamos nosotros? Y no me dirijo a aquellos que, dispersos por diversos senderos de las escuelas, han formado este y aquel partido insignificante por diversidad de opinión. A vosotros, a vosotros me dirijo, que seguís con celo a Mercurio, Platón y Pitágoras, y a los demás de vosotros que sois de una misma mente y camináis en unidad por los mismos senderos de doctrina. ¿Os atrevéis a reíros de nosotros porque reverenciamos y adoramos al Creador y Señor del universo, y porque le confiamos y encomendamos nuestras esperanzas? ¿Qué dice vuestro Platón en el Teeteto, por mencionarlo a él especialmente? ¿No exhorta al alma a huir de la tierra y, en cuanto está en ella, a ocuparse continuamente en el pensamiento y la meditación sobre Él? ¿Os atrevéis a reíros de nosotros porque decimos que habrá una resurrección de los muertos? Y esto, en verdad, confesamos que lo decimos, pero sostenemos que vosotros lo entendéis de otro modo que como nosotros lo sostenemos. ¿Qué dice el mismo Platón en el Político? ¿No dice que, cuando el mundo haya comenzado a elevarse desde el occidente y tender hacia el oriente, los hombres brotarán de nuevo del seno de la tierra, ancianos, canosos, encorvados por los años; y que, cuando los años más remotos comiencen a acercarse, se hundirán gradualmente hasta las cunas de su infancia, por los mismos pasos con que ahora crecen hasta la edad adulta? ¿Os atrevéis a reíros de nosotros porque velamos por la salvación de nuestras almas?—es decir, nos cuidamos de nosotros mismos: pues ¿qué somos los hombres, sino almas encerradas en cuerpos?—Vosotros, en efecto, no ponéis todo empeño por su seguridad, en tanto que no os abstenéis de todo vicio y pasión; por esto estáis ansiosos, por adheriros a vuestros cuerpos como si estuvierais inseparablemente atados a ellos.—¿Qué significan esos ritos místicos, en los que suplicáis a ciertos poderes desconocidos que os sean favorables y no pongan obstáculo alguno en vuestro camino para impediros volver a vuestras sedes natales?
II, 14
¿Os atrevéis a reíros de nosotros cuando hablamos del infierno y de fuegos que no pueden apagarse, en los que hemos aprendido que las almas son arrojadas por sus enemigos y adversarios? ¿Qué, acaso vuestro Platón también, en el libro que escribió sobre la inmortalidad del alma, no nombra los ríos Aqueronte, Estigia, Cocito y Piriflegetón, y afirma que en ellos las almas son arrastradas, engullidas y quemadas? Pero aunque es un hombre de no poca sabiduría, y de juicio y discernimiento precisos, ensaya un problema que no puede resolverse; de modo que, mientras dice que el alma es inmortal, eterna y sin sustancia corporal, dice sin embargo que son castigadas y las hace sufrir dolor. Pero ¿qué hombre no ve que lo que es inmortal, lo que es simple, no puede estar sujeto a ningún dolor; que, por el contrario, no puede ser inmortal lo que sí sufre dolor? Y sin embargo, su opinión no está muy lejos de la verdad. Pues aunque el hombre gentil y benévolo consideró crueldad inhumana condenar a las almas a muerte, no obstante no sin razón supuso que son arrojadas a ríos ardientes con masas de llamas y repugnantes por sus sucias simas. Pues son arrojadas y, al ser aniquiladas, pasan vanamente a la destrucción eterna. Pues el suyo es un estado intermedio, como se ha aprendido de la enseñanza de Cristo; y son tales que, por un lado, pueden perecer si no han conocido a Dios, y por otro, ser liberadas de la muerte si han prestado atención a sus amenazas y favores ofrecidos. Y para manifestar lo que es desconocido, esta es la verdadera muerte del hombre, esta que no deja nada detrás. Pues lo que es visto por los ojos es solo una separación del alma del cuerpo, no el fin último: la aniquilación; esta, digo, es la verdadera muerte del hombre, cuando las almas que no conocen a Dios serán consumidas en tormento prolongado con fuego abrasador, al que ciertos seres ferozmente crueles las arrojarán, que eran desconocidos antes de Cristo, y sacados a la luz solo por su sabiduría.
II, 15
Por tanto, no hay razón para que nos engañe, para que nos dé vanas esperanzas, lo que dicen algunos hombres hasta ahora no oídos y arrastrados por una opinión extravagante de sí mismos: que las almas son inmortales, siguientes en rango al Dios y gobernador del mundo, descendientes de aquel padre y progenitor, divinas, sabias, doctas e inaccesibles al contacto con el cuerpo. Ahora bien, como esto es verdadero y cierto, y como hemos sido producidos por Aquel que es perfecto sin defecto, vivimos de modo irreprochable, supongo, y por tanto sin culpa; somos buenos, justos y rectos, en nada depravados; ninguna pasión nos vence, ninguna lujuria nos degrada; mantenemos vigorosamente la práctica incesante de todas las virtudes. Y como todas nuestras almas tienen un mismo origen, pensamos exactamente lo mismo; no diferimos en costumbres, no diferimos en creencias; todos conocemos a Dios; y no hay tantas opiniones como hombres hay en el mundo, ni están divididas en variedad infinita.
II, 16
Pero, dicen, mientras nos movemos rápidamente hacia nuestros cuerpos mortales, causas nos persiguen desde los círculos del mundo, por cuya acción nos volvemos malos, ay, muy perversos; ardemos en lujuria e ira, pasamos la vida en actos vergonzosos, y nos entregamos a la concupiscencia de todo mediante la prostitución de nuestros cuerpos por precio. ¿Y cómo puede unirse lo material con lo inmaterial? ¿O cómo puede aquello que Dios ha hecho ser arrastrado por causas más débiles a degradarse mediante la práctica del vicio? ¿Dejaréis de lado vuestra arrogancia habitual, oh hombres, que reclamáis a Dios como vuestro Padre y sostenéis que sois inmortales, así como Él lo es? ¿Inquiriréis, examinaréis, buscaréis qué sois vosotros mismos, de quién sois, de qué parentesco se supone que sois, qué hacéis en el mundo, de qué manera nacéis, cómo saltáis a la vida? ¿Dejaréis de lado toda parcialidad y consideraréis en el silencio de vuestros pensamientos que somos criaturas o bien del todo semejantes a las demás, o bien separadas por no gran diferencia? Pues ¿qué hay que demuestre que no nos parecemos a ellas? ¿O qué excelencia hay en nosotros, tal que desdeñemos ser contados como criaturas? Sus cuerpos están construidos sobre huesos y estrechamente unidos por tendones; y nuestros cuerpos están de igual modo construidos sobre huesos y estrechamente unidos por tendones. Ellos inspiran aire por las narices, y al respirar lo expulsan de nuevo; y nosotros de igual modo aspiramos el aire y lo espiramos con respiraciones frecuentes. Ellos han sido dispuestos en clases, hembra y macho; nosotros también hemos sido modelados por nuestro Creador en los mismos sexos. Sus crías nacen del útero y son engendradas mediante la unión de los sexos; y nosotros nacemos de abrazos sexuales, y somos sacados y enviados a la vida desde los úteros de nuestras madres. Ellos se sustentan comiendo y bebiendo, y eliminan la suciedad que queda por las partes inferiores; y nosotros nos sustentamos comiendo y bebiendo, y lo que la naturaleza rechaza lo tratamos de la misma manera. Su cuidado es alejar el hambre que trae muerte, y estar necesariamente atentos a la comida. ¿Qué otro es nuestro objetivo en el negocio de la vida, que tanto nos apremia, sino buscar los medios por los cuales se evite el peligro de la inanición y se aleje la ansiedad carcomiente? Ellos están expuestos a la enfermedad y al hambre, y al final pierden su fuerza por causa de la edad. ¿Entonces qué? ¿Acaso no estamos nosotros expuestos a estos males, y no somos de igual modo debilitados por enfermedades nocivas y destruidos por la edad que consume? Pero si también lo que se dice en los misterios más ocultos es verdad, que las almas de los hombres malvados, al dejar sus cuerpos humanos, pasan a ganado y otras criaturas, se muestra aún más claramente que estamos emparentados con ellas, y no separados por gran intervalo, puesto que es por el mismo motivo por el que se dice que tanto nosotros como ellas somos seres vivos, y actuamos como tales.
II, 17
Pero tenemos razón, dirá alguno, y superamos a toda la raza de los animales mudos en entendimiento. Podría creer que esto es del todo cierto, si todos los hombres vivieran racional y sabiamente, nunca se desviaran de su deber, se abstuvieran de lo prohibido y se apartaran de la bajeza, y si nadie por necedad y ceguera de ignorancia pidiera lo que es perjudicial y peligroso para sí mismo. Desearía, sin embargo, saber qué es esta razón por la que somos más excelentes que todas las tribus de animales. ¿Es porque nos hemos hecho casas, con las que podemos evitar el frío del invierno y el calor del verano? ¡Qué! ¿No muestran los otros animales previsión a este respecto? ¿No vemos a algunos construir nidos como moradas para sí en los lugares más convenientes; a otros refugiarse y asegurarse a sí mismos en rocas y peñascos elevados; a otros excavar en el suelo y prepararse fortalezas y guaridas en los hoyos que han cavado? Pero si la naturaleza, que les dio la vida, hubiera elegido darles también manos para ayudarles, ellos también, sin duda, levantarían edificios elevados e inventarían nuevas obras de arte. Sin embargo, incluso en las cosas que hacen con picos y garras, vemos que hay muchas apariencias de razón y sabiduría que nosotros, los hombres, no podemos copiar, por mucho que las meditemos, aunque tengamos manos que nos sirvan diestramente en toda clase de trabajo.
II, 18
No han aprendido, se me dirá, a hacer vestidos, asientos, naves y arados, ni, en fin, los demás utensilios que la vida familiar requiere. Estos no son dones de la ciencia, sino sugestiones de la más apremiante necesidad; ni descendieron las artes con las almas de los hombres desde los cielos más íntimos, sino que aquí en la tierra han sido todas penosamente buscadas y sacadas a la luz, y gradualmente adquiridas en el transcurso del tiempo mediante el pensamiento cuidadoso. Pero si el alma tuviera en sí misma el conocimiento que conviene tener a una raza que es ciertamente divina e inmortal, todos los hombres sabrían todo desde el principio; ni habría edad alguna sin conocer arte alguno, ni desprovista de conocimiento práctico. Pero ahora, una vida de carencia y necesitada de muchas cosas, al notar que algunas cosas suceden accidentalmente para su ventaja, mientras imita, experimenta y ensaya, mientras fracasa, remodela, cambia, del fracaso continuo se ha procurado y elaborado un ligero conocimiento de las artes, y ha llevado a una sola cuestión los adelantos de muchas edades.
II, 19
Pero si los hombres se conocieran a fondo a sí mismos, o tuvieran el más mínimo conocimiento de Dios, nunca reclamarían como propia una naturaleza divina e inmortal; ni pensarían que son algo grande porque se han hecho parrillas, palanganas y cuencos, porque han hecho camisetas interiores, túnicas exteriores, capas, mantos, ropas de estado, cuchillos, corazas y espadas, azadones, hachas, arados. Nunca, digo, llevados por el orgullo y la arrogancia, creerían ser deidades de primer rango y compañeros del Altísimo en su exaltación, porque hubieran ideado las artes de la gramática, la música, la oratoria y la geometría. Pues no vemos qué hay de tan admirable en estas artes, que por su descubrimiento deba creerse que el alma está por encima del sol y de todas las estrellas, que supere en grandeza y esencia a todo el universo, del cual estas son partes. Pues ¿qué otra cosa dicen estos que pueden declarar o enseñar, sino que aprendamos a conocer las reglas y diferencias de los nombres, los intervalos en los sonidos de diversos tonos, que hablemos persuasivamente en pleitos, que midamos los confines de la tierra? Ahora bien, si el alma hubiera traído consigo estas artes de las regiones celestiales, y fuera imposible no conocerlas, todos los hombres estarían desde hace mucho ocupados con ellas por toda la tierra, ni se encontraría raza alguna de hombres que no estuviera igual y similarmente instruida en todas ellas. Pero ahora, ¡cuán pocos músicos, lógicos y geómetras hay en el mundo! ¡Cuán pocos oradores, poetas, críticos! De lo cual queda claro, como se ha dicho con bastante frecuencia, que estas cosas fueron descubiertas bajo la presión del tiempo y de las circunstancias, y que el alma no voló hasta aquí divinamente enseñada, porque ni todos son doctos, ni todos pueden aprender; y hay muchísimos entre ellos algo deficientes en agudeza y estúpidos, y se ven obligados a aplicarse al aprendizaje solo por miedo a los azotes. Pero si fuera un hecho que las cosas que aprendemos son solo reminiscencias —como se ha sostenido en los sistemas de los antiguos—, al partir de la misma verdad, todos habríamos aprendido igual y recordado igual—no tendríamos opiniones diversas, muy numerosas e inconsistentes. Ahora, sin embargo, viendo que cada uno afirmamos cosas diferentes, es claro y manifiesto que no hemos traído nada del cielo, sino que nos hemos familiarizado con lo que ha surgido aquí, y sostenemos lo que ha echado raíces firmes en nuestros pensamientos.
II, 20
20. Y para mostraros más clara y distintamente cuál es el valor del hombre, a quien vosotros creéis muy semejante al poder supremo, concebid esta idea; y puesto que puede hacerse si entramos en contacto directo con ella, concibámosla exactamente como si entráramos en contacto. Imaginemos, pues, un lugar excavado en la tierra, apto para morar en él, formado como una cámara, cerrado por techo y paredes, no frío en invierno, no demasiado cálido en verano, sino tan regulado e igual que no suframos ni el frío ni el violento calor del estío. A este lugar no llegue sonido alguno ni grito, ni de ave, ni de bestia, ni de tormenta, ni de hombre — en fin, ningún ruido, ni el terrible estruendo del trueno. Ideemos después un modo de iluminarlo, no por introducción de fuego ni por la vista del sol, sino que haya alguna falsificación que imite la luz solar, interponiéndose la oscuridad. No haya una sola puerta, ni una entrada directa, sino que se llegue a él por tortuosos rodeos, y no se abra jamás sino cuando sea absolutamente necesario.
II, 21
21. Ahora, como hemos preparado el lugar para nuestra idea, recibamos después a alguien nacido para habitar allí, donde no hay más que un vacío vacío — uno de la raza de Platón, es decir, o de Pitágoras, o alguno de los que son tenidos por de ingenio sobrehumano, o han sido declarados sapientísimos por los oráculos de los dioses. Y hecho esto, ha de ser alimentado y criado con comida adecuada. Procuremos, pues, también una nodriza, que venga a él siempre desnuda, siempre silenciosa, sin pronunciar palabra, y que no abra su boca ni sus labios para hablar en absoluto, sino que, después de amamantarlo y hacer lo demás necesario, lo deje profundamente dormido, y permanezca día y noche ante las puertas cerradas; porque suele ser necesario que el cuidado de la nodriza esté cerca, y que ella vigile sus movimientos cambiantes. Pero cuando el niño empiece a necesitar ser sostenido con alimento más sustancioso, que lo traiga la misma nodriza, aún sin vestir, y manteniendo el mismo silencio ininterrumpido. Que el alimento que se lleve adentro sea también siempre exactamente el mismo, sin diferencia en la materia, y sin ser recocinado con distintos sabores; sino que sea o potaje de mijo, o pan de espelta, o, imitando a los antiguos, castañas asadas en las cenizas calientes, o bayas arrancadas de árboles del bosque. Que además nunca aprenda a beber vino, y que nada más se use para apagar su sed que agua pura y fría de la fuente, y aquella, si es posible, llevada a sus labios en el hueco de sus manos. Pues el hábito, convirtiéndose en segunda naturaleza, se hará familiar por la costumbre; ni su deseo se extenderá más allá, no sabiendo que hay algo más que buscar.
II, 22
22. ¿A qué tienden, pues, preguntáis, estas cosas? Las hemos traído a colación para que — como se ha creído que las almas de los hombres son divinas y por tanto inmortales, y que vienen a sus cuerpos humanos con todo conocimiento — podamos probar a partir de este niño, a quien hemos supuesto criado de este modo, si esto es creíble, o ha sido creído temerariamente y dado por sentado, a consecuencia de una anticipación engañosa. Supongamos, pues, que crece, criado en un lugar apartado y solitario, pasando tantos años como queráis, veinte o treinta — más aún, que sea llevado a las asambleas de hombres cuando haya vivido cuarenta años; y si es verdad que es una parte de la esencia divina, y vive aquí salido de las fuentes de la vida, antes de que conozca nada o se familiarice con el habla humana, que sea interrogado y responda quién es, o de qué padre y en qué regiones nació, cómo o de qué manera fue criado; con qué trabajo u ocupación se ha dedicado durante la parte anterior de su vida. ¿No permanecerá entonces mudo, con menos ingenio y sentido que cualquier bestia, bloque o piedra? ¿No será, al ponerse en contacto con cosas extrañas y previamente desconocidas, sobre todo ignorante de sí mismo? Si le preguntáis, ¿podrá decir qué es el sol, la tierra, los mares, las estrellas, las nubes, la niebla, las lluvias, el trueno, la nieve, el granizo? ¿Podrá saber qué son los árboles, las hierbas o las gramas, un toro, un caballo o un carnero, un camello, un elefante o un milano?
II, 23
23. Si le dais una uva cuando tiene hambre, un pastel de mosto, una cebolla, un cardo, un pepino, un higo, ¿sabrá que su hambre puede ser saciada con todos ellos, o de qué clase debe ser cada uno para ser apto para comer? Si hicierais un fuego muy grande, o lo rodearais de criaturas venenosas, ¿no pasará por medio de las llamas, víboras, tarántulas, sin saber que son peligrosas, e ignorante incluso del miedo? Y además, si le presentarais vestidos y enseres, tanto para la vida ciudadana como para la campestre, ¿podrá realmente distinguir para qué sirve cada uno? ¿Para desempeñar qué servicio están adaptados? ¿Declarará para qué fines de vestimenta fue hecha la estrácula, la cofia, la zona, la venda, el cojín, el pañuelo, el manto, el velo, la servilleta, las pieles, el zapato, la sandalia, la bota? ¿Y si seguís preguntando qué es una rueda, o un trineo, un bieldo, un jarro, una tina, un molino de aceite, una reja de arado, o un tamiz, una muela, una esteva o una azada ligera; un asiento tallado, una aguja, un estrigilo, una palangana, un asiento abierto, un cucharón, una fuente, un candelabro, una copa, una escoba, una taza, una bolsa; una lira, una flauta, plata, bronce, oro, un libro, una vara, un rollo, y el resto del equipo con que la vida del hombre está rodeada y mantenida? ¿No será en tales circunstancias, como dijimos, como un buey o un asno, un cerdo, o cualquier bestia más insensata, que mira estos objetos, observando sus diversas formas, pero sin saber qué son todos, e ignorante del propósito para el que se guardan? Si de algún modo fuera obligado a emitir un sonido, ¿no gritaría con la boca abierta algo indistinto, como suelen hacer los mudos?