2. Examinemos, pues, con cuidado el verdadero significado de esa opinión y cuál es la naturaleza de la acusación; y, dejando de lado todo afán de disputa, por el cual suele empañarse e incluso interceptarse la visión serena de los asuntos, comprobemos, sopesando con equidad las consideraciones de una y otra parte, si es verdadero lo que se alega. Pues ciertamente se probará con una serie de argumentos convincentes, no que nosotros resultemos más impíos, sino que ellos mismos quedan convictos de ese cargo, quienes profesan ser adoradores de las deidades y devotos de una superstición anticuada. Y, en primer lugar, les preguntamos esto con lenguaje amistoso y sereno: Desde que el nombre de la religión cristiana comenzó a usarse en la tierra, ¿qué fenómeno, nunca antes visto, nunca antes oído, qué acontecimiento contrario a las leyes establecidas desde el principio, ha sentido o sufrido la llamada «Naturaleza de las cosas»? ¿Acaso estos primeros elementos, de los que se admite que fueron compuestas todas las cosas, se han alterado convirtiéndose en elementos de carácter opuesto? ¿Acaso la fábrica de esta máquina y masa del universo, con la que todos estamos cubiertos y en la que estamos encerrados, se ha relajado en alguna parte o se ha quebrantado? ¿Acaso la revolución del globo, a la que estamos acostumbrados, apartándose del ritmo de su movimiento primigenio, ha comenzado a moverse demasiado lentamente o a ser arrastrada en una rotación vertiginosa? ¿Acaso las estrellas han comenzado a salir por occidente, y el ocaso de las constelaciones a producirse por oriente? ¿Acaso el propio sol, príncipe de los cuerpos celestes, con cuya luz todas las cosas se visten y con cuyo calor todas son vivificadas, ha ardido con vehemencia acrecentada? ¿Acaso se ha vuelto menos cálido, y ha trocado para peor en condiciones contrarias aquella temperatura bien regulada con que suele obrar sobre la tierra? ¿Acaso la luna ha dejado de renovarse y de cambiar a sus fases anteriores mediante el constante retorno de otras nuevas? ¿Acaso el frío del invierno, el calor del verano, el templado calor de la primavera y del otoño, se han modificado por la mezcla de estaciones mal avenidas? ¿Acaso el invierno ha comenzado a tener días largos? ¿Acaso la noche ha comenzado a recordar los crepúsculos tardísimos del verano? ¿Acaso los vientos han agotado del todo su violencia? ¿No se recoge el cielo en nubes por haber perdido fuerza los soplos, y no prosperan los campos humedecidos por las lluvias? ¿Se niega la tierra a recibir la semilla que se le confía, o no visten los árboles su follaje? ¿Ha cambiado el sabor de los frutos excelentes, o ha mudado la vid su jugo? ¿Se exprime sangre impura de las bayas de olivo, y ya no se suministra aceite a la lámpara, ahora extinguida? ¿Acaso los animales de la tierra y del mar carecen de deseos sexuales, y no conciben crías? ¿No guardan, según sus propias costumbres y su propio instinto, la prole engendrada en sus vientres? En fin, ¿no contraen matrimonio con los ritos debidos los propios hombres, a quienes una energía activa con sus primeros impulsos ha esparcido por las tierras habitables? ¿No engendran hijos queridos? ¿No atienden a los asuntos públicos, privados y familiares? ¿No aplican sus talentos, como a cada uno place, a ocupaciones variadas, a distintos géneros de saber? ¿Y no recogen el fruto de su aplicación diligente? ¿No ejercen quienes así lo han recibido el poder real o el mando militar? ¿No son promovidos cada día los hombres a puestos de honor, a cargos de poder? ¿No presiden las discusiones de los tribunales? ¿No interpretan el código legal? ¿No exponen los principios de la equidad? Todas las demás cosas que rodean la vida del hombre, en las que ella consiste, ¿no las practican todos los hombres en sus propias tribus, según el orden establecido por las costumbres de su país?