Pasemos ahora a los testimonios divinos; pero antes aduciré uno que se asemeja a un testimonio divino, tanto por su grandísima antigüedad, como porque aquel a quien nombraré fue tomado de entre los hombres y colocado entre los dioses. Según Cicerón, Cayo Cotta el pontífice, disputando contra los estoicos acerca de las supersticiones y de la variedad de opiniones que prevalecen respecto de los dioses, para poder, según la costumbre de los Académicos, hacerlo todo incierto, dice que hubo cinco Mercurios; y habiendo enumerado cuatro en orden, dice que el quinto fue aquel por quien fue muerto Argos, y que por esta causa huyó a Egipto, y dio leyes y letras a los egipcios. Los egipcios lo llaman Thoth; y de él el primer mes de su año, es decir, septiembre, recibió su nombre entre ellos. También edificó una ciudad, que aún ahora se llama en griego Hermópolis (la ciudad de Mercurio), y los habitantes de Feneo lo honran con culto religioso. Y aunque fue hombre, sin embargo fue de gran antigüedad, y muy completamente imbuido de toda clase de erudición, de modo que el conocimiento de muchas materias y artes le adquirió el nombre de Trismegisto. Escribió libros, y éstos en gran número, relativos al conocimiento de las cosas divinas, en los cuales afirma la majestad del supremo y único Dios, y hace mención de Él con los mismos nombres que nosotros usamos—Dios y Padre. Y para que nadie pudiera preguntar su nombre, dijo que Él era sin nombre, y que por causa de su misma unidad no requiere la peculiaridad de un nombre. Estas son sus propias palabras: «Dios es uno, pero Él, que es uno solo, no necesita nombre; pues el que existe por sí mismo está sin nombre.» Dios, por tanto, no tiene nombre, porque está solo; ni hay necesidad de un nombre propio, salvo en los casos en que una multitud de personas requiere una marca distintiva, para que puedas designar a cada persona por su propia marca y apelativo. Pero Dios, porque es siempre uno, no tiene nombre peculiar.
Me resta aducir testimonios acerca de las respuestas y predicciones sagradas, que son mucho más dignas de confianza. Pues quizá aquellos contra quienes argumentamos piensen que no ha de darse crédito a los poetas, como si inventaran ficciones, ni a los filósofos, en cuanto que estaban sujetos a error, siendo ellos mismos hombres. Marco Varrón, que ningún hombre de mayor erudición vivió jamás, incluso entre los griegos, mucho menos entre los latinos, en aquellos libros acerca de asuntos divinos que dirigió a Cayo César, el pontífice máximo, cuando hablaba de los quincemviros, dice que los libros sibilinos no fueron producción de una sola Sibila, sino que fueron llamados con un solo nombre, sibilinos, porque todas las profetisas eran llamadas por los antiguos Sibilas, ya fuera por el nombre de una, la sacerdotisa délfica, o porque proclamaban los consejos de los dioses. Pues en el dialecto eólico solían llamar a los dioses con la palabra Sioi, no Theoi; y para consejo usaban la palabra bule, no boule; y así la Sibila recibió su nombre como si dijéramos Siobule. Pero dice que las Sibilas fueron diez en número, y las enumeró todas bajo los escritores que escribieron un relato de cada una: que la [primera] era de los persas, y de ella hizo mención Nicánor, que escribió las hazañas de Alejandro de Macedonia; — la [segunda] de Libia, y de ella hace mención Eurípides en el prólogo de la Lamia; — la [tercera] de Delfos, de la cual habla Crisipo en aquel libro que compuso acerca de la adivinación— la [cuarta] una cimeria en Italia, a quien Nevio menciona en sus libros de la guerra púnica, y Pisón en sus anales— la [quinta] de Eritrea, a quien Apolodoro de Eritrea afirma que fue su propia conciudadana, y que predijo a los griegos, cuando partían para Ilión, que Troya estaba destinada a la destrucción, y que Homero escribiría falsedades;— la [sexta] de Samos, respecto de la cual escribe Eratóstenes que había hallado una noticia escrita en los antiguos anales de los samios. La [séptima] era de Cumas, de nombre Amaltea, a quien algunos llaman Herófila, o Demófila, y [dicen] que llevó nueve libros al rey Tarquinio Prisco, y pidió por ellos trescientos filipos, y que el rey rehusó tan gran precio, y se burló de la locura de la mujer; que ella, a la vista del rey, quemó tres de los libros, y exigió el mismo precio por los que quedaban; que Tarquinio consideró mucho más que la mujer estaba loca; y que cuando de nuevo, habiendo quemado otros tres libros, persistió en pedir el mismo precio, el rey se conmovió, y compró los libros restantes por las trescientas piezas de oro: y el número de estos libros fue aumentado después, tras la reconstrucción del Capitolio; porque fueron recogidos de todas las ciudades de Italia y Grecia, y especialmente de las de Eritrea, y fueron llevados a Roma, bajo el nombre de cualquiera Sibila que fuera. [Además], que la [octava] era del Helesponto, nacida en el territorio troyano, en la aldea de Marpeso, cerca de la ciudad de Gergito; y Heraclides del Ponto escribe que vivió en los tiempos de Solón y Ciro— la [novena] de Frigia, que dio oráculos en Ancira;— la [décima] de Tíbur, de nombre Albunea, a quien se adora en Tíbur como diosa, cerca de las orillas del río Anio, en cuyas profundidades se dice que fue hallada su estatua, teniendo en la mano un libro. El senado trasladó sus oráculos al Capitolio.
Las predicciones de todas estas Sibilas son aducidas y estimadas como tales, excepto las de la Sibila de Cumas, cuyos libros están ocultos por los romanos; y no consideran lícito que sean inspeccionados por nadie sino por los quincemviros. Y hay libros separados, producción de cada una, pero como están inscritos con el nombre de la Sibila, se cree que son obra de una sola; y están confundidos, y no se pueden distinguir las producciones de cada una ni asignarlas a sus propios autores, salvo en el caso de la Sibila eritrea, pues ella insertó su propio nombre verdadero en su verso, y predijo que sería llamada eritrea, aunque nació en Babilonia. Pero nosotros también hablaremos de la Sibila sin distinción, dondequiera que tengamos ocasión de usar sus testimonios. Todas estas Sibilas, pues, proclaman a un solo Dios, y especialmente la eritrea, que es considerada entre las demás como más célebre y noble; puesto que Fenestela, escritor diligentísimo, hablando de los quincemviros, dice que, después de la reconstrucción del Capitolio, Cayo Curión el cónsul propuso al senado que se enviaran embajadores a Eritrea para buscar y traer a Roma los escritos de la Sibila; y que, en consecuencia, fueron enviados Publio Gabinio, Marco Otacilio y Lucio Valerio, quienes llevaron a Roma alrededor de mil versos escritos por personas privadas. Antes hemos mostrado que Varrón hizo la misma afirmación. Ahora, en estos versos que los embajadores trajeron a Roma, están estos testimonios acerca del Dios único:—
1. Un solo Dios, que está solo, poderosísimo, increado.