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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
  82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
  100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
  106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
  107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
  108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
  111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
  112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
  113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
  114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
  117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
  118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
  119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
  120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
  122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
  123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
  124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
  125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
  126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
  127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
  128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
  129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
  130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
  131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
  132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
  133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
  134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
  135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
  136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
  137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
  138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
  139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
  140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
  141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
  142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
  143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
  144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
  145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
  146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
  147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
  148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
  149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

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    TEXTOS — LACTANCIO

    Índice de la obra

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    Lactancio

    Instituciones divinas

    Texto base: William Fletcher (trad.), «The Divine Institutes» y «The Epitome of the Divine Institutes», en Ante-Nicene Fathers, vol. 7 (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1886; eds. A. Roberts, J. Donaldson y A. C. Coxe) · siete libros y el Epítome dedicado a Pentadio

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Fletcher; no del latín y sin traductor humano (el capítulo VI, 23, que el inglés deja en latín, se tradujo de ese latín)

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    Lectura por partes · ≈ 42 min · Comentarios editoriales opcionales

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
    42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
    48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
    53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
    82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
    90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
    91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
    100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
    106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
    107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
    108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
    111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
    112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
    113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
    114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
    117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
    118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
    119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
    120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
    122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
    123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
    124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
    125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
    126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
    127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
    128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
    129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
    130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
    131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
    132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
    133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
    134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
    135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
    136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
    137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
    138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
    139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
    140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
    141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
    142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
    143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
    144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
    145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
    146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
    147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
    148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
    149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Lactancio escribe sus Instituciones divinas cuando la persecución de Diocleciano acaba de empezar y las termina, según Wikipedia, hacia 311: un retórico africano, antes profesor oficial en Nicomedia, que abandona la cátedra al hacerse cristiano y se propone responder a los paganos cultos con sus propias armas —el latín de Cicerón y, para empezar, los poetas, los filósofos y las Sibilas más que la Escritura—. Sus siete libros tienen una arquitectura clara: los tres primeros demuelen (el culto de los dioses, el origen del error, la falsa sabiduría de los filósofos); el IV levanta (la verdadera sabiduría y religión, el Hijo de Dios, la cruz); el V trata de la justicia y de la crueldad con que se trata a los cristianos; el VI, del culto verdadero y de las obras de misericordia; el VII, de la vida feliz, el fin del mundo y el reinado de mil años. Un Epítome, dedicado a Pentadio, lo resume.

    Ficha de la obra

    AutorLactancio, Lucio Celio (o Cecilio) Firmiano Lactancio; c. 250–c. 325 según Wikipedia en inglés (c. 245–c. 325 en la española). Discípulo de Arnobio; el ANF advierte que el nombre y el lugar de nacimiento son inciertos
    TítuloInstituciones divinas; en latín Divinae institutiones o Institutiones divinae. El ANF las rotula The Divine Institutes; en la introducción de Fletcher, The Christian Institutions
    FechaEntre 303 y 311 (Wikipedia). El ANF recoge la conjetura de Gibbon: dos ediciones, una bajo Diocleciano y otra con dedicatoria a Constantino entre 306 y 311 (véase la nota de I, 1)
    DestinatariosLos paganos instruidos; el libro I se dirige a Constantino (I, 1)
    GéneroApología sistemática en siete libros y un Epítome; primer ensayo de exposición sistemática de la teología cristiana en latín (Wikipedia)
    ExtensiónUnas 209 000 palabras: I, 27 200; II, 23 800; III, 27 900; IV, 26 300; V, 22 800; VI, 27 800; VII, 25 500; Epítome, 27 300
    TraducciónCastellana, automática (Libyx), directa del inglés de la serie ANF; no hay traductor humano
    FuenteWilliam Fletcher, The Divine Institutes, en Ante-Nicene Fathers, vol. 7 (1886); New Advent y CCEL
    El ANF reúne en el mismo volumen otras obras de Lactancio —La ira de Dios, La obra de Dios, Sobre la muerte de los perseguidores—; aquí solo están las Instituciones y el Epítome. Para el mundo del que Lactancio habla, véanse los apologistas del siglo II, el Apologético de Tertuliano y el Octavio de Minucio Félix, que él mismo cita (V, 1), y la historia del siglo III, la persecución y el martirio y la Vida de Constantino para la época que él ve cambiar.
    Arriba, una barra dividida en los siete libros y el Epítome, proporcional a su extensión en esta edición: los libros I a III, en azul, refutan el culto pagano, el origen del error y la filosofía; los libros IV a VII, en dorado, exponen la verdadera sabiduría, la justicia, el culto y la vida feliz; el Epítome, en gris. Debajo, una línea del tiempo con siete fechas: hacia 299 los adivinos de Diocleciano fallan en Antioquía; el 24 de febrero de 303 se publica el primer edicto contra los cristianos; entre 303 y 311 se escriben las Instituciones; en 309–310 Constantino nombra a Lactancio tutor de Crispo; el 30 de abril de 311 termina la persecución en Oriente; hacia 325 muere Lactancio; en 1886 aparece la versión inglesa de Fletcher
    Los siete libros y el Epítome por su extensión, y las fechas que rodean la obra · Elaboración propia para Eusebeia · palabras por libro de esta edición; fechas: Wikipedia (Lactantius, Diocletianic Persecution, Divine Institutes) y ANF, vol. 7

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana, hecha por un programa (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro, el 17 de octubre de 2026) a partir del inglés de William Fletcher, tal como lo imprime el vol. 7 de la serie Ante-Nicene Fathers (ANF). No parte del latín ni lleva el nombre de ningún traductor humano.
    El inglés de partida. El vol. 7 se titula Fathers of the Third and Fourth Centuries: Lactantius, Venantius, Asterius, Victorinus, Dionysius, Apostolic Teaching and Constitutions, Homily, and Liturgies; lo editaron Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe (Buffalo, Nueva York: Christian Literature Publishing Co., 1886, según New Advent). En su aviso, Fletcher se presenta como William Fletcher, D. D., director de la Queen Elizabeth's School de Wimborne (Dorset), y dice que tradujo sobre la edición de Migne, de donde proceden la mayoría de sus notas; los versos de Virgilio van en la traducción de Conington y los de Lucrecio, en la de Munro. El ANF antepone a Lactancio un aviso introductorio de los editores y añade notas, algunas entre corchetes; el epub traducido no las trae.
    Lo que dice la edición de sí misma y lo que no recoge el epub. El epub contiene los siete libros y el Epítome, con los títulos de los libros y los sumarios de cada capítulo, pero no las notas ni los avisos del ANF. Dos hechos de esas notas importan para la lectura y se dan donde afectan: que la edición inglesa imprime en latín el capítulo VI, 23 «por haberse juzgado conveniente» (nota del ANF; véase la nota de ese capítulo), y que en el Epítome faltan los capítulos 15–19 porque, según el ANF, «los manuscritos son defectuosos desde este punto hasta el cap. XX».
    Lo que viene de la edición. La división en libros, la numeración de los capítulos y los sumarios («Capítulo N. …») son de la edición. Los encabezados de libro del epub («Instituciones Divinas, Libro I (Del falso culto de los dioses)») pasan aquí a «Libro I. Del falso culto de los dioses» para la navegación. Los corchetes del texto —«[ciento cuarenta]» en IV, 8, o la nota sobre la alocución a Constantino en VII, 26— vienen de la edición inglesa. Los versos citados (Virgilio, Lucrecio, Ennio, Horacio, Sibilas) van en cita de bloque. El Epítome empieza con una línea de dedicatoria («Dirigido a su hermano Pentadio») que el epub trae como texto aparte y que aquí tiene su propio pasaje, «Epítome, dedicatoria».
    Defectos de la traducción que se conservan. No se tocó la traducción. Al cotejarla con el inglés de partida —misma estructura, 257 encabezados y 1 011 párrafos en ambos, largo del castellano un 98,5 % del inglés— aparecen pocos fallos: palabras griegas fundidas con el nombre contiguo («χθσνοCecrops», I, 17, que se avisa en ese capítulo), una errata («brevíísimo», VI, 11) y una errata en un nombre griego. No hay párrafos sin traducir. El poema y las citas en verso salen más largos o más cortos que el inglés porque el castellano reparte los renglones de otro modo.

    Libro I. Del falso culto de los dioses

    Prefacio.— De cuán grande valor es y ha sido siempre el conocimiento de la verdad

    I, prefacio

    Los varones de grande y señalado talento, habiéndose consagrado por entero al estudio y despreciando toda ocupación, tanto privada como pública, aplicaron al afán de investigar la verdad cuanto trabajo podía prodigársele; juzgando mucho más excelente indagar y conocer el método de las cosas humanas y divinas que ocuparse del todo en amontonar riquezas y acumular honores. Pues nadie puede hacerse mejor ni más justo por estas cosas, ya que son frágiles y terrestres, y atañen únicamente al ornato del cuerpo. Aquellos varones fueron, ciertamente, muy dignos del conocimiento de la verdad, que tan ardientemente deseaban conocer, pues lo prefirieron incluso a todas las cosas. Porque es manifiesto que algunos renunciaron a sus bienes y abandonaron del todo la búsqueda de los placeres, para que, libres y sin impedimento, pudieran seguir la simple verdad, y a ella sola. Y tanto prevaleció en ellos el nombre y la autoridad de la verdad, que proclamaron que en ella se contenía la recompensa del mayor bien. Pero no alcanzaron el objeto de su deseo, y al mismo tiempo perdieron su trabajo y su industria; porque la verdad, es decir, el secreto del Dios Altísimo, que creó todas las cosas, no puede ser alcanzada por nuestra propia capacidad y percepciones. De otro modo, no habría diferencia entre Dios y el hombre, si el pensamiento humano pudiera llegar a los consejos y disposiciones de aquella majestad eterna. Y porque era imposible que el método divino de proceder llegara a ser conocido por el hombre con sus solas fuerzas, Dios no permitió que el hombre errara más tiempo en busca de la luz de la sabiduría y vagara por tinieblas inextricables sin resultado alguno de su trabajo, sino que al fin le abrió los ojos e hizo de la investigación de la verdad su propio don, para mostrar la nada de la sabiduría humana y señalar al hombre que andaba errante el camino de alcanzar la inmortalidad.
    Pero como son pocos los que se aprovechan de este beneficio y don celestial, porque la verdad yace oculta y velada en la oscuridad; y o bien es objeto de desprecio para los doctos porque carece de defensores idóneos, o bien es odiada por los indoctos a causa de su natural severidad, que la naturaleza de los hombres inclinados a los vicios no puede soportar: pues porque hay una amargura mezclada con las virtudes, mientras los vicios están sazonados con el placer, ofendidos por aquéllas y halagados por éstos, se precipitan de cabeza y, engañados por la apariencia de los bienes, abrazan males por bienes— he creído que estos errores debían ser combatidos, para que los doctos puedan ser dirigidos a la verdadera sabiduría, y los indoctos a la verdadera religión. Y esta profesión ha de ser tenida por mucho mejor, más útil y más gloriosa que la de la oratoria, en la cual, ocupados largo tiempo, adiestrábamos a los jóvenes no para la virtud, sino del todo para la astuta maldad. Ciertamente, ahora discutiremos con mucha mayor rectitud acerca de los preceptos celestiales, con los cuales podamos instruir las mentes de los hombres para el culto de la verdadera majestad. Ni merece tan bien respecto de los asuntos humanos quien imparte el conocimiento de hablar bien, como quien enseña a los hombres a vivir en piedad e inocencia; por cuya razón los filósofos gozaron entre los griegos de mayor gloria que los oradores. Pues ellos [los filósofos] eran tenidos por maestros del recto vivir, lo cual es mucho más excelente, ya que hablar bien pertenece sólo a unos pocos, pero vivir bien pertenece a todos. Sin embargo, aquel ejercicio en causas fingidas nos ha sido de gran provecho, de modo que ahora podemos defender la causa de la verdad con mayor copiosidad y facilidad de palabra; pues aunque la verdad pueda ser defendida sin elocuencia, como muchas veces ha sido defendida por muchos, necesita, empero, ser explicada y, en cierta medida, discutida con claridad y elegancia de lenguaje, para que fluya con mayor fuerza en las mentes de los hombres, provista a la vez de su propia fuerza y adornada con el brillo de la palabra.

    Capítulo 1.— De la religión y la sabiduría

    I, 1

    Emprendemos, por tanto, discutir acerca de la religión y de las cosas divinas. Pues si algunos de los más grandes oradores, veteranos, por así decirlo, de su profesión, habiendo terminado las obras de sus defensas, al fin se entregaron a la filosofía, considerándola como un descanso justísimo de sus trabajos; si atormentaron sus mentes en la investigación de aquellas cosas que no podían ser halladas, de modo que parecen haberse buscado no tanto ocio como ocupación, y ciertamente con mucho mayor trabajo que en su empeño anterior; ¡cuánto más justamente me acogeré yo, como a un puerto segurísimo, a aquella sabiduría piadosa, verdadera y divina, en la cual todas las cosas están prontas para ser dichas, agradables al oído, fáciles de comprender, honrosas de emprender! Y si algunos varones hábiles y jueces de la justicia compusieron y publicaron Instituciones del derecho civil, con las cuales pudieran aquietar las contiendas y disputas de ciudadanos discordantes, ¡cuánto mejor y más justamente proseguiremos nosotros escribiendo las Instituciones divinas, en las cuales no hablaremos de goteras, ni de desvíos de aguas, ni de reclamaciones de derechos, sino que hablaremos de esperanza, de vida, de salvación, de inmortalidad y de Dios, para poner fin a las supersticiones mortales y a los errores más vergonzosos!
    Y ahora emprendemos esta obra bajo los auspicios de tu nombre, ¡oh grande emperador Constantino!, que fuiste el primero de los príncipes romanos en repudiar los errores y en reconocer y honrar la majestad del Dios verdadero y único. Pues cuando aquel día felicísimo hubo brillado sobre el mundo, en el cual el Dios Altísimo te elevó a la próspera cumbre del poder, entraste en un dominio que era saludable y deseable para todos, con un comienzo excelente, cuando, restaurando la justicia que había sido derribada y arrebatada, expiaste el acto más vergonzoso de otros. En pago de esta acción, Dios te concederá felicidad, virtud y larga vida, para que aun siendo anciano gobiernes el Estado con la misma justicia con que comenzaste en tu juventud, y entregues a tus hijos la guarda del nombre romano, como tú mismo la recibiste de tu padre. Pues a los impíos, que todavía se enfurecen contra los justos en otras partes del mundo, el Omnipotente les pagará también el premio de su maldad con una severidad proporcionada a su tardanza; porque así como es un Padre indulgentísimo para con los piadosos, es un Juez rectísimo contra los impíos. Y en mi deseo de defender su religión y su culto divino, ¿a quién puedo apelar mejor, a quién puedo dirigirme, sino a aquel por quien la justicia y la sabiduría han sido restauradas a los asuntos humanos?
    Por tanto, dejando a los autores de esta filosofía terrena, que no alegan nada cierto, acerquémonos al camino recto; pues si yo considerara que éstos eran guías suficientemente idóneas para una buena vida, los seguiría yo mismo y exhortaría a otros a seguirlos. Pero como están en desacuerdo entre sí con gran contienda, y en su mayor parte disienten de sí mismos, es evidente que su camino no es en modo alguno recto; ya que cada uno, según su propio arbitrio, se ha marcado caminos distintos y ha dejado gran confusión a quienes buscan la verdad. Pero como la verdad nos ha sido revelada desde el cielo a nosotros, que hemos recibido el misterio de la religión verdadera, y como seguimos a Dios, maestro de la sabiduría y guía de la verdad, convocamos a todos, sin distinción alguna de sexo o de edad, al pasto celestial. Pues no hay alimento más agradable para el alma que el conocimiento de la verdad, para cuyo sostén y explicación hemos destinado siete libros, aunque el asunto es de un trabajo casi ilimitado e inconmensurable; de modo que, si alguno quisiera extenderse y proseguir estas cosas en toda su extensión, tendría una provisión tan exuberante de asuntos, que ni los libros hallarían límite alguno, ni el discurso fin alguno. Mas por esta razón lo reuniremos todo brevemente, porque aquellas cosas que estamos a punto de aducir son tan llanas y lúcidas, que parece más admirable que la verdad se muestre tan oscura a los hombres, y especialmente a los que comúnmente son tenidos por sabios, o porque los hombres sólo necesitarán ser adiestrados por nosotros —es decir, ser retirados del error en que están enredados a un mejor curso de vida.
    Y si, como espero, alcanzamos esto, los enviaremos a la fuente misma de la doctrina, que es riquísima y abundante, para que con copiosos sorbos de ella calmen la sed concebida en su interior y apaguen su ardor. Y todas las cosas les serán fáciles, prontas de cumplimiento y claras, con tal de que no les moleste aplicar paciencia en leer o escuchar para la percepción de la disciplina de la sabiduría. Pues muchos, adhiriéndose pertinazmente a vanas supersticiones, se endurecen contra la verdad manifiesta, no mereciendo tanto bien de sus religiones, que erróneamente mantienen, cuanto merecen mal de sí mismos; los cuales, teniendo un camino recto, buscan rodeos tortuosos; dejan el terreno llano para deslizarse por un precipicio; dejan la luz para que, ciegos y debilitados, yazgan en tinieblas. Hemos de proveer para éstos, a fin de que no luchen contra sí mismos y estén dispuestos al fin a ser librados de inveterados errores. Y esto lo harán ciertamente si alguna vez ven para qué nacieron; porque ésta es la causa de su perversidad, a saber, la ignorancia de sí mismos; y si alguno, habiendo alcanzado el conocimiento de la verdad, se ha sacudido esta ignorancia, sabrá a qué objeto ha de dirigirse su vida y cómo ha de gastarse. Y así defino brevemente la suma de este conocimiento: que ni ha de acometerse religión alguna sin sabiduría, ni ha de aprobarse sabiduría alguna sin religión.
    Comentario editorial · La dedicatoria a Constantino: ¿de qué edición?
    El libro I se abre con una dedicatoria a Constantino, a quien llama el primer príncipe romano que repudió los errores, y el VII cierra con otra alocución (VII, 26), que el propio texto inglés marca con una nota: falta en algunos manuscritos y ediciones, pero Migne la inserta por hallarse en códices importantes y por su estilo. El editor americano del ANF recoge a Gibbon: el pasaje de I, 1 falta en 28 manuscritos y está en 19, y lo omite el de Bolonia, que Montfaucon atribuye a los siglos VI–VII; Gibbon conjetura dos ediciones, una bajo Diocleciano y otra con dedicatoria al soberano de la Galia entre 306 y 311. El editor sugiere una tercera edición tras la conversión de Constantino, o interpolaciones del propio Lactancio. Wikipedia fecha la obra entre 303 y 311.

    Capítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres

    I, 2

    Habiendo, pues, emprendido el oficio de explicar la verdad, no creí tan necesario tomar mi comienzo de aquella investigación que naturalmente parece la primera: si hay una providencia que provea a todas las cosas, o si todas las cosas fueron hechas o son gobernadas por el azar; sentimiento que fue introducido por Demócrito y confirmado por Epicuro. Pero antes de ellos, ¿qué logró Protágoras, que suscitó dudas acerca de los dioses; o Diágoras después, que los excluyó; y algunos otros, que no sostuvieron la existencia de los dioses, sino que se supuso que no había providencia alguna? Éstos, sin embargo, fueron refutados con gran vigor por los demás filósofos, y especialmente por los estoicos, quienes enseñaron que el universo no pudo haber sido hecho sin inteligencia divina, ni continuar existiendo a menos que fuera gobernado por una inteligencia suprema. Pero aun Marco Tulio, aunque era defensor del sistema académico, disertó largamente y en muchas ocasiones acerca de la providencia que gobierna los asuntos, confirmando los argumentos de los estoicos y aduciendo él mismo muchos nuevos; y esto lo hace tanto en todos los libros de su propia filosofía como especialmente en los que tratan de la naturaleza de los dioses.
    Y no fue tarea difícil, en verdad, refutar las falsedades de unos pocos hombres que abrigaban sentimientos perversos mediante el testimonio de comunidades y pueblos, que en este solo punto no tenían desacuerdo. Pues no hay nadie tan incivilizado y de disposición tan ruda que, cuando levanta los ojos al cielo, aunque no sepa por la providencia de qué Dios se gobierna todo este universo visible, no entienda, por la misma magnitud de los objetos, por su movimiento, disposición, constancia, utilidad, belleza y temple, que hay alguna providencia, y que aquello que existe con método admirable ha de haber sido preparado por una inteligencia mayor. Y para nosotros, ciertamente, es muy fácil proseguir esta parte tan copiosamente como nos plazca. Pero como el asunto ha sido muy debatido entre los filósofos, y quienes quitan la providencia parecen haber sido suficientemente respondidos por varones de sagacidad y elocuencia, y como es necesario hablar, en distintos lugares a lo largo de esta obra que hemos emprendido, acerca del arte de la providencia divina, omitamos por ahora esta investigación, que está tan estrechamente ligada a las demás cuestiones, que parece imposible que discutamos asunto alguno sin discutir al mismo tiempo el asunto de la providencia.

    Capítulo 3. Si el universo es gobernado por el poder de un solo Dios o de muchos

    I, 3

    Sea, pues, el comienzo de nuestra obra aquella investigación que sigue de cerca y está ligada con la primera: si el universo es gobernado por el poder de un solo Dios o de muchos. No hay nadie que posea inteligencia y use la reflexión que no entienda que es un solo Ser quien creó todas las cosas y las gobierna con la misma energía con que las creó. Pues ¿qué necesidad hay de muchos para sostener el gobierno del universo? A no ser que pensemos que, si hubiera más de uno, cada uno poseería menos fuerza y poder. Y quienes sostienen que hay muchos dioses, en efecto hacen esto; pues aquellos dioses deben ser necesariamente débiles, ya que individualmente, sin el auxilio de los otros, no podrían sostener el gobierno de tan vasta mole. Pero Dios, que es la Mente eterna, es indudablemente de una excelencia completa y perfecta en toda su parte. Y si esto es verdad, Él debe ser necesariamente uno. Pues el poder o la excelencia, que es completa, conserva su propia estabilidad peculiar. Pero ha de tenerse por sólido aquello de lo cual nada puede quitarse, y por perfecto aquello a lo cual nada puede añadirse.
    ¿Quién puede dudar de que sería rey poderosísimo quien tuviera el gobierno de todo el mundo? Y no sin razón, puesto que todas las cosas que en todas partes existen le pertenecerían, y todos los recursos de todas las regiones se concentrarían sólo en él. Pero si más de uno dividen el gobierno del mundo, sin duda cada uno tendrá menos poder y fuerza, ya que cada cual debe ceñirse a su porción prescrita. De la misma manera, si hay más de un dios, serán de menor peso, teniendo otros en sí el mismo poder. Pero la naturaleza de la excelencia admite mayor perfección en aquel en quien está el todo, que en aquel en quien sólo hay una pequeña parte del todo. Mas Dios, si es perfecto, como debe ser, no puede sino ser uno, porque es perfecto, de modo que todas las cosas estén en Él. Por tanto, las excelencias y poderes de los dioses deben ser necesariamente más débiles, porque a cada uno le faltará tanto cuanto esté en los otros; y así, cuanto más sean, tanto menos poderosos serán. ¿Por qué he de mencionar que este poder supremo y esta energía divina son del todo incapaces de división? Pues todo lo que es capaz de división debe ser necesariamente susceptible también de destrucción. Pero si la destrucción está lejos de Dios, porque Él es incorruptible y eterno, se sigue que el poder divino es incapaz de división. Por lo tanto, Dios es uno, si aquello que admite tan gran poder no puede ser otra cosa; y sin embargo, quienes juzgan que hay muchos dioses dicen que han repartido entre sí sus funciones; pero discutiremos todos estos asuntos en sus lugares propios. Entretanto, afirmo esto, que pertenece al asunto presente. Si se han repartido entre sí sus funciones, el asunto vuelve al mismo punto: que cualquiera de ellos es incapaz de suplir el lugar de todos. No puede, pues, ser perfecto quien es incapaz de gobernar todas las cosas mientras los otros están ociosos. Y así sucede que, para el gobierno del universo, hay más necesidad de la excelencia perfecta de uno que de los poderes imperfectos de muchos. Pero quien imagina que tan grande magnitud como ésta no puede ser gobernada por un solo Ser, se engaña. Pues no comprende cuán grande es el poder y la fuerza de la majestad divina, si piensa que el Dios único, que tuvo poder para crear el universo, es también incapaz de gobernar aquello que ha creado. Mas si concibe en su mente cuán grande es la inmensidad de aquella obra divina, cuando antes era nada, y que por el poder y la sabiduría de Dios fue hecha de la nada —obra que sólo pudo ser comenzada y consumada por uno—, comprenderá ahora que aquello que fue establecido por uno es gobernado mucho más fácilmente por uno.
    Quizá alguien diga que una obra tan inmensa como la del universo no pudo siquiera ser fabricada sino por muchos. Pero por muchos que sean y por grandes que él los considere —cualquiera que sea la magnitud, el poder, la excelencia y la majestad que atribuya a los muchos—, el todo de eso lo asigno a uno, y digo que existe en uno: de modo que hay en Él una cantidad tal de estas propiedades que no puede ser concebida ni expresada. Y puesto que fallamos en este asunto, tanto en la percepción como en las palabras —porque ni el pecho humano admite la luz de tan grande entendimiento, ni la lengua mortal es capaz de explicar asuntos tan grandes—, es justo que entendamos y digamos esto mismo. Veo, además, lo que puede alegarse por la otra parte: que esos muchos dioses son tales como nosotros sostenemos que es el Dios único. Pero esto no puede ser así en modo alguno, porque el poder de cada uno de estos dioses no podrá pasar más adelante, ya que el poder de los otros le sale al encuentro y lo estorba. Pues o bien cada cual debe ser incapaz de traspasar sus propios límites, o, si los traspasa, debe expulsar a otro de sus fronteras. Quienes creen que hay muchos dioses no ven que puede suceder que unos se opongan a otros en sus deseos, de lo cual surgirían disputas y contiendas entre ellos; como Homero representó a los dioses en guerra entre sí, porque unos deseaban que Troya fuera tomada y otros se oponían. El universo, por tanto, debe ser regido por la voluntad de uno. Pues a menos que el poder sobre las partes separadas se refiera a una y la misma providencia, el todo mismo no podrá existir; ya que cada cual no cuida de nada más que de aquello que le pertenece peculiarmente, así como la guerra no podría llevarse a cabo sin un general y comandante. Pero si hubiera en un ejército tantos generales como legiones, cohortes, divisiones y escuadrones, en primer lugar no sería posible que el ejército se desplegara en orden de batalla, pues cada cual rehusaría el peligro; ni podría ser fácilmente gobernado o controlado, porque todos usarían sus propios consejos, con cuya diversidad causarían más daño que provecho. Así, en este gobierno de los asuntos de la naturaleza, a menos que haya uno a quien se refiera el cuidado del todo, todas las cosas se disolverán y caerán en ruina.
    Pero decir que el universo es gobernado por la voluntad de muchos equivale a declarar que hay muchas mentes en un solo cuerpo, ya que hay muchos y varios oficios de los miembros, de modo que se suponga que mentes separadas gobiernan sentidos separados; y también los muchos afectos, por los cuales solemos ser movidos ya a la ira, ya al deseo, ya al gozo, ya al temor, ya a la compasión, de suerte que en todos estos afectos se suponga que operan otras tantas mentes; y si alguno dijera esto, parecería estar desprovisto incluso de aquella mente, que es una. Pero si en un solo cuerpo una sola mente posee el gobierno de tantas cosas, y al mismo tiempo está ocupada con el todo, ¿por qué supondría alguno que el universo no puede ser gobernado por uno, sino que puede ser gobernado por más de uno? Y porque los que sostienen la existencia de muchos dioses son conscientes de esto, dicen que ellos presiden de tal modo sobre oficios y partes separados, que hay todavía un solo jefe supremo. Los otros, por tanto, según este principio, no serán dioses, sino servidores y ministros, a quienes aquel uno poderosísimo y omnipotente destinó a estos oficios, y ellos mismos estarán sometidos a su autoridad y mandato. Si, por tanto, no todos son iguales entre sí, no todos son dioses; pues aquello que sirve y aquello que manda no puede ser lo mismo. Porque si Dios es un título del poder supremo, Él debe ser incorruptible, perfecto, incapaz de sufrir, y no sujeto a ningún otro ser; por tanto, no son dioses aquellos a quienes la necesidad obliga a obedecer al único y máximo Dios. Mas porque quienes sostienen esta opinión no se engañan sin causa, en seguida pondremos al descubierto la causa de este error. Ahora, probemos con testimonios la unidad del poder divino.

    Capítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas

    I, 4

    Los profetas, que fueron muy numerosos, proclaman y declaran al Dios único; pues, llenos de la inspiración del único Dios, predijeron las cosas venideras con voz concorde y armoniosa. Pero los que ignoran la verdad no piensan que haya que creer a estos profetas; pues dicen que aquellas voces no son divinas, sino humanas. En verdad, porque proclaman a un solo Dios, fueron o locos o embusteros. Pero ciertamente vemos que sus predicciones se han cumplido, y se están cumpliendo cada día; y su previsión, concordando como lo hace con una sola opinión, enseña que no estaban impulsados por la locura. Porque ¿quién, poseído de una mente frenética, podría, no digo predecir el futuro, sino siquiera hablar coherentemente? ¿Eran, pues, engañosos los que tales cosas hablaban? ¿Qué era tan ajeno a su naturaleza como un sistema de engaño, cuando ellos mismos refrenaban a los demás de todo fraude? Pues para este fin fueron enviados por Dios: para que fueran a la vez heraldos de su majestad y correctores de la maldad del hombre.
    Además, la inclinación a fingir y a hablar falsamente pertenece a los que codician riquezas y desean ardientemente ganancias—disposición que estaba muy lejos de aquellos santos varones. Pues de tal manera desempeñaron el oficio que se les había confiado que, despreciando todas las cosas necesarias para el sustento de la vida, estaban tan lejos de atesorar para el futuro, que ni siquiera trabajaban para el día, contentos con el alimento no almacenado que Dios les había suministrado; y éstos no sólo no tuvieron ganancias, sino que incluso sufrieron tormentos y muerte. Porque los preceptos de la justicia son desagradables a los malvados y a los que llevan una vida impía. Por lo cual aquellos cuyos pecados fueron sacados a la luz y prohibidos, los torturaron y mataron con la mayor crueldad. Por tanto, los que no tenían deseo de ganancia, no tenían ni la inclinación ni el motivo para el engaño. ¿Por qué diré que algunos de ellos eran príncipes, o incluso reyes, sobre los cuales no podía caer en modo alguno la sospecha de codicia y fraude, y sin embargo proclamaron al Dios único con la misma previsión profética que los demás?

    Capítulo 5. De los testimonios de los poetas y de los filósofos

    I, 5

    Pero dejemos el testimonio de los profetas, no sea que parezca insuficiente una prueba derivada de aquellos a quienes universalmente se niega crédito. Vengamos a los autores, y para la demostración de la verdad citemos como testigos a las mismas personas que suelen emplear contra nosotros—me refiero a los poetas y a los filósofos. De éstos no podemos dejar de probar la unidad de Dios; no porque ellos hubieran averiguado la verdad, sino porque la fuerza de la verdad misma es tan grande, que nadie puede ser tan ciego como para no ver el resplandor divino que se presenta a sus ojos. Los poetas, pues, por mucho que adornaran a los dioses en sus poemas, y amplificaran sus hazañas con las mayores alabanzas, sin embargo confiesan muy frecuentemente que todas las cosas son mantenidas y gobernadas por un solo espíritu o mente. Orfeo, que es el más antiguo de los poetas, y coetáneo con los dioses mismos—pues se dice que navegó entre los Argonautas juntamente con los hijos de Tindaro y de Hércules—, habla del Dios verdadero y grande como del primogénito, porque nada fue producido antes que Él, sino que todas las cosas brotaron de Él. Le llama también Fanes porque, cuando aún nada había, Él apareció primero y salió de lo infinito. Y como no podía concebir en su mente el origen y la naturaleza de este Ser, dijo que había nacido del aire sin límites: «El primogénito, Faetón, hijo del aire extendido;» pues no tenía más que decir. Afirma que este Ser es el Padre de todos los dioses, por causa del cual formó el cielo, y proveyó a sus hijos de habitación y lugar de morada en común: «Construyó para los inmortales una morada imperecedera.» Así, bajo la guía de la naturaleza y de la razón, comprendió que había un poder de grandeza sobreeminente que formó el cielo y la tierra. Porque no podía decir que Júpiter fuera el autor de todas las cosas, ya que nació de Saturno; ni podía decir que el mismo Saturno fuera su autor, ya que se decía que había sido producido por el cielo; pero no se atrevió a establecer el cielo como dios primigenio, porque veía que era un elemento del universo, y que debía él mismo haber tenido un autor. Esta consideración le llevó a aquel dios primogénito, al cual asigna y da el primer lugar.
    Homero no pudo darnos ninguna información relativa a la verdad, pues escribió de cosas humanas más bien que divinas. Hesíodo pudo, pues comprendió en la obra de un solo libro la generación de los dioses; pero, sin embargo, no nos dio ninguna información, pues tomó su comienzo no de Dios Creador, sino del caos, que es una masa confusa de materia informe y desordenada; mientras que debería haber explicado primero de qué fuente, en qué tiempo y de qué manera el caos mismo había comenzado a existir o a tener consistencia. Sin duda, así como todas las cosas fueron puestas en orden, dispuestas y hechas por algún artífice, así también la materia misma debe por necesidad haber sido formada por algún ser. ¿Quién, pues, la hizo sino Dios, a cuyo poder están sujetas todas las cosas? Pero él se retrae de admitir esto, mientras teme la verdad desconocida. Pues, como él quiso que pareciera, fue por inspiración de las Musas que derramó aquel canto en el Helicón; pero había venido después de previa meditación y preparación.
    Marón fue el primero de nuestros poetas en acercarse a la verdad, quien así habla respecto del Dios altísimo, al cual llama Mente y Espíritu: —
    Conoce primero, el cielo, la tierra, el mar,
    El pálido orbe de la luna, el cortejo estrellado,
    Son alimentadas por un Alma,
    Un Espíritu, cuya llama celestial
    Arde en cada miembro del cuerpo,
    Y mueve el poderoso todo.
    Y para que nadie pudiera ignorar qué era aquel Espíritu que tanto poder tenía, lo ha declarado en otro lugar, diciendo: «Pues la Deidad penetra todas las tierras, los espacios del mar y la profundidad del cielo; los rebaños, los ganados y los hombres, y toda la raza de las bestias, cada uno en su nacimiento, derivan de Él sus tenues vidas.»
    También Ovidio, al comienzo de su notable obra, sin ningún disimulo del nombre, admite que el universo fue dispuesto por Dios, a quien llama el Hacedor del mundo, el Artífice de todas las cosas. Pero si o bien Orfeo o estos poetas de nuestro país hubieran mantenido siempre lo que percibían bajo la guía de la naturaleza, habrían comprendido la verdad, y alcanzado la misma doctrina que nosotros seguimos.
    Pero baste esto de los poetas. Vengamos a los filósofos, cuya autoridad es de mayor peso, y su juicio más digno de confianza, porque se cree que prestaron atención, no a materias de ficción, sino a la investigación de la verdad. Tales de Mileto, que fue uno del número de los siete sabios, y de quien se dice que fue el primero de todos en indagar las causas naturales, dijo que el agua era el elemento del cual se producían todas las cosas, y que Dios era la mente que formó todas las cosas del agua. Así puso la materia de todas las cosas en la humedad; fijó el comienzo y la causa de su producción en Dios. Pitágoras definió así el ser de Dios, «como un alma que pasa de un lado a otro, y difundida por todas las partes del universo, y por toda la naturaleza, de la cual derivan su vida todos los seres vivientes que son producidos.» Anaxágoras dijo que Dios era una mente infinita, que se mueve por su propio poder. Antístenes sostuvo que los dioses del pueblo eran muchos, pero que el Dios de la naturaleza era uno solo; es decir, el Fabricador de todo el universo. Cleantes y Anaxímenes afirman que el aire es la deidad principal; y a esta opinión asintió nuestro poeta: «Entonces el padre todopoderoso Éter desciende en lluvias fecundas al seno de su gozosa esposa; y grande él mismo, mezclándose con su gran cuerpo, nutre a toda su descendencia.» Crisipo habla de Dios como de una potencia natural dotada de razón divina, y a veces como de una necesidad divina. Zenón también habla de Él como de una ley divina y natural. La opinión de todos éstos, por incierta que sea, se refiere a un solo punto—a su acuerdo en la existencia de una sola providencia. Pues ya sea naturaleza, o éter, o razón, o mente, o una necesidad fatal, o una ley divina, o si lo llamas de cualquier otra manera, es lo mismo que nosotros llamamos Dios. Ni la diversidad de títulos constituye un obstáculo, puesto que por su misma significación todos se refieren a un solo objeto. Aristóteles, aunque está en desacuerdo consigo mismo, y profiere y sostiene sentimientos opuestos entre sí, sin embargo, en conjunto, da testimonio de que una sola Mente preside el universo. Platón, que es juzgado el más sabio de todos, sostiene clara y abiertamente el gobierno de un solo Dios; y no lo llama Éter, o Razón, o Naturaleza, sino, como Él verdaderamente es, Dios, y que este universo, tan perfecto y maravilloso, fue fabricado por Él. Y Cicerón, siguiéndole e imitándole en muchos casos, reconoce frecuentemente a Dios, y lo llama supremo, en aquellos libros que escribió sobre el tema de las leyes; y aduce prueba de que el universo es gobernado por Él, cuando argumenta respecto de la naturaleza de los dioses de esta manera: «Nada es superior a Dios: el mundo, por tanto, debe ser gobernado por Él. Luego Dios no es obediente ni está sujeto a ninguna naturaleza; en consecuencia, Él mismo gobierna toda la naturaleza.» Pero qué es Dios mismo lo define en su Consolación: «Ni puede Dios mismo, tal como es comprendido por nosotros, ser comprendido de otra manera que como una mente libre y sin trabas, muy alejada de toda materialidad mortal, que percibe y mueve todas las cosas.»
    ¡Cuán a menudo también Anneo Séneca, que fue el más agudo estoico de los romanos, sigue con merecida alabanza a la Deidad suprema! Pues cuando discutía el tema de la muerte prematura, dijo «No comprendes la autoridad y majestad de tu Juez, el Gobernador del mundo, y el Dios del cielo y de todos los dioses, de quien dependen aquellas deidades a las que por separado adoramos y honramos.» También en sus Exhortaciones: «Este Ser, cuando ponía los primeros cimientos de la más hermosa fábrica, y comenzaba esta obra, que la naturaleza no ha conocido nada mayor ni mejor, para que todas las cosas sirvieran a sus propios gobernantes, aunque se había extendido por todo el cuerpo, sin embargo produjo dioses como ministros de su reino.» ¡Y cuántas otras cosas semejantes a las de nuestros escritores dijo sobre el tema de Dios! Pero estas cosas las difiero por ahora, porque son más adecuadas a otras partes del asunto. Por ahora basta demostrar que hombres del más alto genio tocaron la verdad, y casi la asieron, si no los hubiera hecho retroceder la costumbre, infatuada por falsas opiniones; por la cual costumbre consideraron que había otros dioses, y creyeron que aquellas cosas que Dios hizo para uso del hombre, como si estuvieran dotadas de percepción, debían ser tenidas y adoradas como dioses.

    Capítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones

    I, 6

    Pasemos ahora a los testimonios divinos; pero antes aduciré uno que se asemeja a un testimonio divino, tanto por su grandísima antigüedad, como porque aquel a quien nombraré fue tomado de entre los hombres y colocado entre los dioses. Según Cicerón, Cayo Cotta el pontífice, disputando contra los estoicos acerca de las supersticiones y de la variedad de opiniones que prevalecen respecto de los dioses, para poder, según la costumbre de los Académicos, hacerlo todo incierto, dice que hubo cinco Mercurios; y habiendo enumerado cuatro en orden, dice que el quinto fue aquel por quien fue muerto Argos, y que por esta causa huyó a Egipto, y dio leyes y letras a los egipcios. Los egipcios lo llaman Thoth; y de él el primer mes de su año, es decir, septiembre, recibió su nombre entre ellos. También edificó una ciudad, que aún ahora se llama en griego Hermópolis (la ciudad de Mercurio), y los habitantes de Feneo lo honran con culto religioso. Y aunque fue hombre, sin embargo fue de gran antigüedad, y muy completamente imbuido de toda clase de erudición, de modo que el conocimiento de muchas materias y artes le adquirió el nombre de Trismegisto. Escribió libros, y éstos en gran número, relativos al conocimiento de las cosas divinas, en los cuales afirma la majestad del supremo y único Dios, y hace mención de Él con los mismos nombres que nosotros usamos—Dios y Padre. Y para que nadie pudiera preguntar su nombre, dijo que Él era sin nombre, y que por causa de su misma unidad no requiere la peculiaridad de un nombre. Estas son sus propias palabras: «Dios es uno, pero Él, que es uno solo, no necesita nombre; pues el que existe por sí mismo está sin nombre.» Dios, por tanto, no tiene nombre, porque está solo; ni hay necesidad de un nombre propio, salvo en los casos en que una multitud de personas requiere una marca distintiva, para que puedas designar a cada persona por su propia marca y apelativo. Pero Dios, porque es siempre uno, no tiene nombre peculiar.
    Me resta aducir testimonios acerca de las respuestas y predicciones sagradas, que son mucho más dignas de confianza. Pues quizá aquellos contra quienes argumentamos piensen que no ha de darse crédito a los poetas, como si inventaran ficciones, ni a los filósofos, en cuanto que estaban sujetos a error, siendo ellos mismos hombres. Marco Varrón, que ningún hombre de mayor erudición vivió jamás, incluso entre los griegos, mucho menos entre los latinos, en aquellos libros acerca de asuntos divinos que dirigió a Cayo César, el pontífice máximo, cuando hablaba de los quincemviros, dice que los libros sibilinos no fueron producción de una sola Sibila, sino que fueron llamados con un solo nombre, sibilinos, porque todas las profetisas eran llamadas por los antiguos Sibilas, ya fuera por el nombre de una, la sacerdotisa délfica, o porque proclamaban los consejos de los dioses. Pues en el dialecto eólico solían llamar a los dioses con la palabra Sioi, no Theoi; y para consejo usaban la palabra bule, no boule; y así la Sibila recibió su nombre como si dijéramos Siobule. Pero dice que las Sibilas fueron diez en número, y las enumeró todas bajo los escritores que escribieron un relato de cada una: que la [primera] era de los persas, y de ella hizo mención Nicánor, que escribió las hazañas de Alejandro de Macedonia; — la [segunda] de Libia, y de ella hace mención Eurípides en el prólogo de la Lamia; — la [tercera] de Delfos, de la cual habla Crisipo en aquel libro que compuso acerca de la adivinación— la [cuarta] una cimeria en Italia, a quien Nevio menciona en sus libros de la guerra púnica, y Pisón en sus anales— la [quinta] de Eritrea, a quien Apolodoro de Eritrea afirma que fue su propia conciudadana, y que predijo a los griegos, cuando partían para Ilión, que Troya estaba destinada a la destrucción, y que Homero escribiría falsedades;— la [sexta] de Samos, respecto de la cual escribe Eratóstenes que había hallado una noticia escrita en los antiguos anales de los samios. La [séptima] era de Cumas, de nombre Amaltea, a quien algunos llaman Herófila, o Demófila, y [dicen] que llevó nueve libros al rey Tarquinio Prisco, y pidió por ellos trescientos filipos, y que el rey rehusó tan gran precio, y se burló de la locura de la mujer; que ella, a la vista del rey, quemó tres de los libros, y exigió el mismo precio por los que quedaban; que Tarquinio consideró mucho más que la mujer estaba loca; y que cuando de nuevo, habiendo quemado otros tres libros, persistió en pedir el mismo precio, el rey se conmovió, y compró los libros restantes por las trescientas piezas de oro: y el número de estos libros fue aumentado después, tras la reconstrucción del Capitolio; porque fueron recogidos de todas las ciudades de Italia y Grecia, y especialmente de las de Eritrea, y fueron llevados a Roma, bajo el nombre de cualquiera Sibila que fuera. [Además], que la [octava] era del Helesponto, nacida en el territorio troyano, en la aldea de Marpeso, cerca de la ciudad de Gergito; y Heraclides del Ponto escribe que vivió en los tiempos de Solón y Ciro— la [novena] de Frigia, que dio oráculos en Ancira;— la [décima] de Tíbur, de nombre Albunea, a quien se adora en Tíbur como diosa, cerca de las orillas del río Anio, en cuyas profundidades se dice que fue hallada su estatua, teniendo en la mano un libro. El senado trasladó sus oráculos al Capitolio.
    Las predicciones de todas estas Sibilas son aducidas y estimadas como tales, excepto las de la Sibila de Cumas, cuyos libros están ocultos por los romanos; y no consideran lícito que sean inspeccionados por nadie sino por los quincemviros. Y hay libros separados, producción de cada una, pero como están inscritos con el nombre de la Sibila, se cree que son obra de una sola; y están confundidos, y no se pueden distinguir las producciones de cada una ni asignarlas a sus propios autores, salvo en el caso de la Sibila eritrea, pues ella insertó su propio nombre verdadero en su verso, y predijo que sería llamada eritrea, aunque nació en Babilonia. Pero nosotros también hablaremos de la Sibila sin distinción, dondequiera que tengamos ocasión de usar sus testimonios. Todas estas Sibilas, pues, proclaman a un solo Dios, y especialmente la eritrea, que es considerada entre las demás como más célebre y noble; puesto que Fenestela, escritor diligentísimo, hablando de los quincemviros, dice que, después de la reconstrucción del Capitolio, Cayo Curión el cónsul propuso al senado que se enviaran embajadores a Eritrea para buscar y traer a Roma los escritos de la Sibila; y que, en consecuencia, fueron enviados Publio Gabinio, Marco Otacilio y Lucio Valerio, quienes llevaron a Roma alrededor de mil versos escritos por personas privadas. Antes hemos mostrado que Varrón hizo la misma afirmación. Ahora, en estos versos que los embajadores trajeron a Roma, están estos testimonios acerca del Dios único:—
    1. Un solo Dios, que está solo, poderosísimo, increado.
    Éste es el único Dios supremo, que hizo el cielo, y lo adornó con luces.
    2. Pero hay un solo Dios de poder preeminente, que hizo el cielo, y el sol, y las estrellas, y la luna, y la tierra fecunda, y las olas del agua del mar.
    Y puesto que Él solo es el hacedor del universo, y el artífice de todas las cosas de que consta o que están contenidas en él, testifica que Él solo debe ser adorado:—
    3. Adorad a Aquel que es el único gobernante del mundo, que solo era y es de siglo en siglo.
    También otra Sibila, quienquiera que sea, cuando dijo que transmitía la voz de Dios a los hombres, habló así:—
    4. Yo soy el único Dios, y no hay otro Dios.
    Ahora seguiría con los testimonios de las demás, si no fuera porque éstos son suficientes, y porque reservo otros para ocasiones más oportunas. Pero puesto que defendemos la causa de la verdad ante aquellos que yerran de la verdad y sirven a falsas religiones, ¿qué clase de prueba deberíamos aducir contra ellos, más bien que refutarlos con los testimonios de sus propios dioses?
    Comentario editorial · Las diez Sibilas de Varrón
    Lactancio apoya el monoteísmo en las Sibilas, profetisas paganas. Según Varrón, que dedicó a César unos libros sobre las cosas divinas, los libros sibilinos no son de una sola Sibila; Lactancio enumera diez y a quién cita cada una: la persa, la libia, la délfica, la cimeria, la eritrea, la samia, la cumana, la helespóntica, la frigia y la tiburtina, de nombre Albunea (I, 6). Wikipedia explica que los griegos hablaban de una, luego de nueve, y que los romanos añadieron la de Tibur. Las colecciones de «oráculos sibilinos» que citan Lactancio y otros Padres se consideran hoy pseudoepigráficas (Wikipedia, «Lactantius»).
    Comentario editorial · Hermes Trismegisto, testigo pagano
    Lactancio presenta a Hermes Trismegisto como un hombre antiquísimo y erudito, «tres veces grande» por su saber, autor de muchos libros donde afirma la majestad del Dios único y lo llama «Dios y Padre» (I, 6); lo vuelve a citar en casi todos los libros y en el Epítome. Wikipedia lo describe como una figura legendaria del período helenístico, síntesis del dios griego Hermes y del egipcio Thot, y recoge que varios autores cristianos, entre ellos Lactancio, Agustín y los humanistas Ficino y Pico, lo tuvieron por un sabio pagano que anticipó el cristianismo, dentro de la idea de una prisca theologia, una teología verdadera transmitida desde la Antigüedad.
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