IV, 27
Por ahora es suficiente mostrar cuán grande eficacia tiene el poder de esta señal. Cuán grande terror es esta señal para los demonios lo sabrá quien vea cómo, conjurados por Cristo, huyen de los cuerpos que han asediado. Pues, así como Él mismo, cuando vivía entre los hombres, puso en fuga a todos los demonios con su palabra y devolvió a sus sentidos anteriores las mentes de los hombres que habían sido excitadas y enloquecidas por sus terribles ataques, así ahora sus seguidores, en el nombre de su Maestro y por la señal de su pasión, expulsan de los hombres a los mismos espíritus impuros. Y no es difícil probar esto. Pues cuando sacrifican a sus dioses, si alguien que lleva la frente marcada está presente, los sacrificios no son en modo alguno favorables.
Ni puede el adivino, consultado, dar respuestas.
Y esto ha sido a menudo causa de castigo para reyes malvados. Pues cuando algunos de sus servidores, que eran de nuestra religión, estaban junto a sus señores mientras sacrificaban, teniendo la señal puesta en sus frentes, hacían huir a los dioses de sus señores, de modo que no pudieran observar los acontecimientos futuros en las entrañas de las víctimas. Y cuando los adivinos comprendieron esto, por instigación de los mismos demonios a quienes habían sacrificado, quejándose de que hombres profanos estaban presentes en los sacrificios, empujaron a sus príncipes a la locura, de modo que atacaron el templo del dios y se contaminaron con un verdadero sacrilegio, el cual fue expiado con los más severos castigos por parte de sus perseguidores. Sin embargo, ni siquiera a partir de esto pueden los ciegos entender que esta es la religión verdadera, que contiene tan gran poder para vencer, o que aquella es falsa, que no es capaz de mantenerse firme ni de trabar combate.
Pero dicen que los dioses hacen esto, no por miedo, sino por odio; como si fuera posible que alguien odiara a otro, a no ser a aquel que daña o tiene poder de dañar. Sí, ciertamente, sería propio de su majestad castigar con un castigo inmediato a aquellos a quienes odiaron, antes que huir de ellos. Pero, puesto que no pueden ni acercarse a aquellos en quienes ven la marca celestial, ni dañar a quienes la señal inmortal protege como un muro inexpugnable, los hostigan por medio de hombres y los persiguen por manos de otros; y si reconocen la existencia de estos demonios, hemos vencido; pues esta necesariamente ha de ser la religión verdadera, la cual comprende la naturaleza de los demonios, comprende su sutileza y los obliga, vencidos y sojuzgados, a rendirse ante ella. Si lo niegan, serán refutados por los testimonios de poetas y filósofos. Pero, si no niegan la existencia y malignidad de los demonios, ¿qué queda sino que afirmen que hay diferencia entre dioses y demonios? Explíquennos, por tanto, la diferencia entre los dos géneros, para que sepamos qué ha de ser adorado y qué ha de tenerse en execración; si tienen algún acuerdo mutuo o si realmente se oponen entre sí. Si están unidos por alguna necesidad, ¿cómo los distinguiremos? ¿O cómo uniremos el honor y el culto de cada género? Si, por el contrario, son enemigos, ¿cómo es que los demonios no temen a los dioses, o que los dioses no pueden poner en fuga a los demonios? He aquí, alguien excitado por el impulso del demonio está fuera de sí, delira, enloquece: llevémoslo al templo del excelente y poderoso Júpiter; o, ya que Júpiter no sabe curar a los hombres, al santuario de Esculapio o de Apolo. Que el sacerdote de uno u otro, en el nombre de su dios, mande al espíritu maligno salir del hombre: eso de ningún modo puede suceder. ¿Cuál es, entonces, el poder de los dioses, si los demonios no están sujetos a su dominio? Pero, en verdad, los mismos demonios, cuando son conjurados por el nombre del Dios verdadero, huyen inmediatamente. ¿Qué razón hay para que teman a Cristo y no teman a Júpiter, sino que aquellos a quienes la multitud tiene por dioses son también demonios? En fin, si se pusiera en medio a uno que evidentemente padece el ataque de un demonio, y al sacerdote del Apolo délfico, de la misma manera temerán el nombre de Dios; y Apolo se apartará tan deprisa de su sacerdote como el espíritu del demonio del hombre; y, conjurado su dios y puesto en fuga, el sacerdote quedará mudo para siempre. Por tanto, los demonios, a quienes reconocen como objetos de execración, son los mismos que los dioses a quienes dirigen súplicas.
Si imaginan que no somos dignos de crédito, crean a Homero, que asoció al supremo Júpiter con los demonios; y también a otros poetas y filósofos, que hablan de los mismos seres unas veces como demonios y otras veces como dioses; de estos nombres, uno es verdadero y el otro falso. Pues aquellos espíritus malvadísimos, cuando son conjurados, confiesan entonces que son demonios; cuando son adorados, entonces dicen falsamente que son dioses, para llevar a los hombres a errores y apartarlos del conocimiento del Dios verdadero, por el cual únicamente se puede escapar de la muerte eterna. Son los mismos que, para arruinar al hombre, han fundado para sí diversos sistemas de culto por diferentes regiones, aunque bajo nombres falsos y supuestos, para engañar. Pues, como no podían aspirar por sí mismos a la divinidad, tomaron para sí los nombres de reyes poderosos, bajo cuyos títulos pudieran reclamar para sí honores divinos; error que puede ser disipado y traído a la luz de la verdad. Pues si alguien desea indagar más a fondo el asunto, que reúna a los que son diestros en evocar espíritus de entre los muertos. Que evoquen a Júpiter, Neptuno, Vulcano, Mercurio, Apolo y a Saturno, padre de todos. Todos responderán desde las regiones inferiores; y, interrogados, hablarán y confesarán acerca de sí mismos y de Dios. Después de esto, que llamen a Cristo; no estará presente, no aparecerá, pues no estuvo más de dos días en las regiones inferiores. ¿Qué prueba más cierta que esta puede aducirse? No dudo que Trismegisto llegó a la verdad por alguna prueba de este género, él, que dijo muchas cosas acerca de Dios Hijo que están contenidas en los secretos divinos.
IV, 28
Y puesto que estas cosas son así, como hemos mostrado, es claro que no se propone al hombre otra esperanza de vida, sino que, dejando a un lado las vanidades y el miserable error, conozca a Dios y sirva a Dios; a no ser que renuncie a esta vida temporal y se ejercite en los principios de la rectitud para el cultivo de la religión verdadera. Porque fuimos creados con esta condición: que paguemos justa y debida obediencia a Dios, que nos creó, que le conozcamos y sigamos solo a Él. Estamos [atados] y [ligados] a Dios por esta [cadena de piedad]; de donde la religión misma recibió su nombre, no, como lo explicó Cicerón, de recoger con cuidado, pues en su libro segundo acerca de la naturaleza de los dioses habla así: «Pues no solo los filósofos, sino también nuestros antepasados, separaron la superstición de la religión. Porque quienes pasaban días enteros en oraciones y sacrificios para que sus hijos les sobrevivieran, eran llamados supersticiosos. Pero quienes volvían a tratar y, por así decirlo, recogían con cuidado todas las cosas que se referían al culto de los dioses, fueron llamados religiosos de recoger con cuidado, como algunos fueron llamados elegantes de elegir, y diligentes de seleccionar con cuidado e inteligentes de entender. Pues en todas estas palabras hay el mismo sentido de recoger que hay en la palabra religioso: así ha sucedido que, en los nombres supersticioso y religioso, el uno se refiere a una falta, el otro pertenece a la alabanza.» Cuán insensata es esta interpretación, podemos saberlo por el asunto mismo. Pues si tanto la religión como la superstición se ocupan del culto de los mismos dioses, hay poca o más bien ninguna diferencia entre ellas. Pues ¿qué causa alegará él para pensar que orar una vez por la salud de los hijos es propio de un hombre religioso, pero hacer lo mismo diez veces es propio de un hombre supersticioso? Pues si es excelente orar una vez, ¡cuánto más lo es hacerlo más frecuentemente! Si está bien hacerlo a la primera hora, entonces está bien hacerlo durante todo el día. Si una víctima hace propicia a la divinidad, es claro que muchas víctimas deben hacerla más propicia, porque los servicios multiplicados obligan más bien que ofenden. Pues no nos parecen odiosos, sino más amados, aquellos siervos que son asiduos y constantes en su asistencia. ¿Por qué, por tanto, ha de estar en falta y recibir un nombre que implica censura quien ama más a sus hijos o honra suficientemente a los dioses; y, por el contrario, ha de ser alabado quien los ama menos? Y este argumento tiene peso también por el contrario. Pues si es malo orar y sacrificar durante días enteros, por tanto es malo hacerlo una vez. Si es reprobable desear frecuentemente la conservación de nuestros hijos, entonces también es supersticioso quien concibe ese deseo incluso rara vez. ¿O por qué el nombre de una falta ha de derivarse de aquello, que nada puede desearse más honorable, nada más justo? Pues en cuanto a lo que dice, que quienes toman en mano diligentemente de nuevo las cosas relativas al culto de los dioses son llamados religiosos por su recoger con cuidado; ¿cómo es, entonces, que quienes hacen esto a menudo en un día pierden el nombre de hombres religiosos, cuando es claro por su misma asiduidad que más diligentemente recogen aquellas cosas con que los dioses son adorados?
¿Qué es, pues? Verdaderamente, la religión es el cultivo de la verdad, y la superstición el de lo falso. Y hace toda la diferencia lo que adoras, no cómo adoras, ni qué oración ofreces. Pero porque los adoradores de los dioses se imaginan ser religiosos, aunque son supersticiosos, no son capaces de distinguir la religión de la superstición, ni de expresar el significado de los nombres. Hemos dicho que el nombre de religión se deriva del [vínculo] de la piedad, porque Dios [ha ligado] al hombre a Sí mismo, y lo [ha atado] por la piedad; pues debemos servirle como a un señor, y obedecerle como a un padre. Y por eso Lucrecio explicó mejor este nombre, quien dice que Él desata los nudos de las supersticiones. Pero son llamados supersticiosos, no quienes desean que sus hijos les sobrevivan, pues todos deseamos esto; sino o bien quienes reverencian la memoria que sobrevive de los muertos, o quienes, sobreviviendo a sus padres, reverenciaban sus imágenes en sus casas como dioses domésticos. Pues quienes se atribuyeron nuevos ritos para honrar como dioses a los muertos, a quienes suponían arrebatados de entre los hombres y recibidos en el cielo, los llamaron supersticiosos. Pero a quienes adoraban a los dioses públicos y antiguos los llamaron religiosos. De donde dice Virgilio:—
Superstición vana, e ignorante de los dioses antiguos.
Pero puesto que hallamos que también los dioses antiguos fueron consagrados del mismo modo después de su muerte, son supersticiosos quienes adoran a dioses muchos y falsos. Nosotros, por el contrario, somos religiosos, que dirigimos nuestras súplicas al Dios verdadero y único.
IV, 29
Quizá alguien pregunte cómo, cuando decimos que adoramos a un solo Dios, afirmamos sin embargo que hay dos, Dios Padre y Dios Hijo: afirmación que ha arrastrado a muchos al mayor error. Pues cuando las cosas que decimos les parecen probables, consideran que fallamos solo en esto: que confesamos que hay otro Dios, y que Él es mortal. Ya hemos hablado de su mortalidad; ahora enseñemos acerca de su unidad. Cuando hablamos de Dios Padre y de Dios Hijo, no hablamos de ellos como diferentes, ni los separamos a cada uno: porque el Padre no puede existir sin el Hijo, ni el Hijo puede ser separado del Padre, pues el nombre de Padre no puede darse sin el Hijo, ni el Hijo puede ser engendrado sin el Padre. Puesto que, por tanto, el Padre hace al Hijo, y el Hijo al Padre, tienen ambos una sola mente, un solo espíritu, una sola sustancia; pero el primero es como una fuente que se desborda, el segundo como un arroyo que fluye de ella: el primero como el sol, el segundo como un rayo que se extiende del sol. Y puesto que Él es a la vez fiel al Padre Altísimo y amado por Él, no está separado de Él; así como el arroyo no está separado de la fuente, ni el rayo del sol: pues el agua de la fuente está en el arroyo, y la luz del sol está en el rayo: así como la voz no puede separarse de la boca, ni la fuerza o la mano del cuerpo. Cuando, por tanto, los profetas hablan de Él como la mano, la fuerza y el Verbo de Dios, no hay separación alguna; pues la lengua, que es la ministra del habla, y la mano, en la que reside la fuerza, son partes inseparables del cuerpo.
Podemos usar un ejemplo más estrechamente relacionado con nosotros. Cuando alguien tiene un hijo a quien ama especialmente, que está todavía en la casa y bajo la potestad de su padre, aunque le conceda el nombre y el poder de señor, sin embargo, por el derecho civil la casa es una, y una sola persona es llamada señor. Así, este mundo es la única casa de Dios; y el Hijo y el Padre, que unánimemente habitan el mundo, son un solo Dios, pues el uno es como dos, y los dos son como uno. Y no es admirable, puesto que el Hijo está en el Padre, porque el Padre ama al Hijo, y el Padre está en el Hijo; pues Él obedece fielmente la voluntad del Padre, y nunca hace ni ha hecho nada sino lo que el Padre quiso o mandó. Finalmente, que el Padre y el Hijo son un solo Dios, Isaías lo mostró en aquel pasaje que antes hemos citado, cuando dijo: [] «Caerán delante de Ti, y te dirigirán súplicas, porque Dios está en Ti, y no hay otro Dios fuera de Ti.» Y también habla con el mismo propósito en otro lugar: [] «Así dice Dios, Rey de Israel, y su Redentor, el Dios eterno: Yo soy el primero, y yo soy el último; y fuera de mí no hay Dios.» Cuando hubo presentado dos personas, una de Dios Rey, es decir, Cristo, y otra de Dios Padre, que después de su pasión lo resucitó de entre los muertos, como hemos dicho que mostró el profeta Oseas, [] quien dijo, «Yo lo redimiré del poder del sepulcro:» sin embargo, con referencia a cada persona, introdujo las palabras, «y fuera de mí no hay Dios,» cuando pudo haber dicho «fuera de nosotros;» pero no era justo que se hiciera una separación de tan estrecha relación mediante el uso del número plural. Porque hay un solo Dios, libre, altísimo, sin origen alguno; pues Él mismo es el origen de todas las cosas, y en Él a la vez están contenidos el Hijo y todas las cosas. Por lo cual, puesto que la mente y la voluntad del uno está en el otro, o más bien, puesto que hay uno en ambos, ambos son justamente llamados un solo Dios; pues todo lo que está en el Padre fluye al Hijo, y todo lo que está en el Hijo desciende del Padre. Por tanto, aquel Dios altísimo e incomparable no puede ser adorado sino por medio del Hijo. Quien piensa que adora al Padre solamente, así como no adora al Hijo, tampoco adora al Padre. Pero quien recibe al Hijo y lleva su nombre, verdaderamente, junto con el Hijo, adora también al Padre, puesto que el Hijo es el embajador, el mensajero y el sacerdote del Padre Altísimo. Él es la puerta del templo más grande, Él el camino de la luz, Él el guía para la salvación, Él la puerta de la vida.
Capítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
IV, 30
Pero como han existido muchas herejías, y el pueblo de Dios ha sido desgarrado en divisiones por instigación de los demonios, la verdad debe ser brevemente señalada por nosotros y colocada en su propia y peculiar morada, para que si alguien desea sacar el agua de la vida, no sea llevado a cisternas rotas que no retienen agua, sino que conozca la fuente abundante de Dios, regado por la cual pueda gozar de luz perpetua. Ante todas las cosas, conviene que sepamos que Él mismo y sus embajadores predijeron que habría numerosas sectas y herejías, que romperían la unidad del cuerpo sagrado; y que nos amonestaron a estar en guardia con la mayor prudencia, no sea que en algún tiempo caigamos en las trampas y engaños de aquel adversario nuestro, con quien Dios ha querido que contendamos. Luego, que Él nos dio mandatos seguros, que debemos atesorar siempre en nuestras mentes; pues muchos, olvidándolos y abandonando el camino celestial, se han hecho sendas desviadas en medio de rodeos y precipicios, por las cuales podrían llevar a la parte incauta y simple del pueblo a las tinieblas de la muerte: explicaré cómo sucedió esto. Hubo algunos de nuestra religión cuya fe era menos firme, o que eran menos instruidos o menos cautos, que rasgaron la unidad y dividieron a la Iglesia. Pero aquellos cuya fe era inestable, cuando fingían que conocían y adoraban a Dios, apuntando al aumento de su riqueza y honor, aspiraban al sumo poder sacerdotal; y cuando eran vencidos por otros más poderosos, preferían separarse con sus partidarios antes que soportar a los que estaban sobre ellos, sobre quienes ellos mismos antes deseaban estar.
Pero algunos, no suficientemente instruidos en la doctrina celestial, cuando no podían responder a los acusadores de la verdad, que objetaban que era o imposible o incongruente que Dios quedase encerrado en el vientre de una mujer, y que la Majestad del cielo no podía reducirse a tal debilidad que se convirtiera en objeto de desprecio y burla, de oprobio y escarnio para los hombres; finalmente, que incluso soportara torturas y fuese clavado en la cruz maldita; y cuando no podían defender ni refutar todas estas cosas ni con talento ni con instrucción, pues no percibían cabalmente su fuerza y sentido, se pervirtieron apartándose del camino recto y corrompieron las escrituras sagradas, de modo que se compusieron una doctrina nueva sin raíz ni estabilidad. Pero algunos, seducidos por la predicción de falsos profetas, acerca de los cuales habían profetizado tanto los profetas verdaderos como él mismo, se apartaron del conocimiento de Dios y abandonaron la verdadera tradición. Pero todos estos, atrapados por los engaños de los demonios, que debieron prever y evitar, perdieron por su negligencia el nombre y el culto de Dios. Pues cuando son llamados frigios, novacianos, valentinianos, marcionitas, antropianos, arrianos o con cualquier otro nombre, han dejado de ser cristianos, pues han perdido el nombre de Cristo y han asumido nombres humanos y externos. Por tanto, es la Iglesia Católica la única que conserva el culto verdadero.
Esta es la fuente de la verdad, esta es la morada de la fe, este es el templo de Dios; y si alguien no entrare en él, o si alguno saliere de él, está alejado de la esperanza de la vida y de la salvación eterna. Nadie debe halagarse con una obstinada porfía. Pues la contienda versa sobre la vida y la salvación, que, si no se mantiene a la vista con cuidado y diligencia, se perderá y extinguirá. Pero, sin embargo, como todas las asambleas separadas de herejes se llaman a sí mismas cristianas con preferencia a las demás, y piensan que la suya es la Iglesia Católica, ha de saberse que la verdadera Iglesia Católica es aquella en la que hay confesión y arrepentimiento, que trata de manera saludable los pecados y las heridas a que está sujeta la debilidad de la carne. He referido estas cosas por ahora con propósito de amonestación, para que nadie que desea evitar el error se enrede en uno mayor, mientras ignora el secreto de la verdad. Después, en una obra particular y separada, contendremos más plena y copiosamente contra todas las divisiones de las falsedades. Se sigue que, habiendo hablado suficientemente sobre la religión verdadera y la sabiduría, tratemos de la justicia en el libro siguiente.
Capítulo 1. De la no condena de los acusados sin audiencia de su causa; por qué causa despreciaron los filósofos las Escrituras sagradas; de los primeros abogados de la religión cristiana
V, 1
[No abrigo] duda alguna, ¡oh grande emperador Constantino!, —puesto que son impacientes por excesiva superstición— que si alguno de los que son neciamente religiosos tomara en sus manos esta obra nuestra, en la que se afirma a aquel incomparable Creador de todas las cosas y Gobernador de este mundo ilimitado, la atacaría incluso con lenguaje injurioso, y tal vez, apenas leído el comienzo, la arrojaría al suelo, la lanzaría lejos de sí, la maldeciría y se tendría por contaminado y ligado por una culpa inexpiable si leyera u oyera pacientemente estas cosas. Exigimos, sin embargo, de este hombre, si es posible, por el derecho de la naturaleza humana, que no condene antes de conocer todo el asunto. Pues si el derecho de defenderse se concede a los sacrílegos, a los traidores y a los hechiceros, y si no es lícito que nadie sea condenado de antemano, estando aún sin juzgar su causa, no parece que pidamos injustamente que, si alguien hubiera dado con este asunto, si lo lee, lo lea entero; si lo oye, que difiera la formación de una opinión hasta el fin. Pero conozco la obstinación de los hombres; jamás lograremos obtener esto. Pues temen ser vencidos por nosotros y verse obligados al fin a ceder, clamando la verdad misma. Por tanto, interrumpen y ponen impedimentos para no oír; y cierran los ojos para no ver la luz que les presentamos. Por lo cual ellos mismos muestran claramente su desconfianza en su propio sistema abandonado, puesto que ni se atreven a investigar ni a trabar combate con nosotros, porque saben que son fácilmente vencidos. Y, por tanto, quitada la discusión,
La sabiduría es expulsada de entre ellos, recurren a la violencia,
como dice Ennio; y porque se afanan en condenar como culpables a quienes saben claramente que son inocentes, no quieren ponerse de acuerdo acerca de la inocencia misma; como si, en verdad, fuera mayor injusticia condenar la inocencia, cuando ha sido probada como tal, que sin haberla oído. Pero, como dije, temen que, si oyeran, no pudieran condenar.
Y por eso torturan, matan y destierran a los adoradores del Dios Altísimo, es decir, a los justos; ni quienes con tanta vehemencia odian son capaces de asignar las causas de su odio. Porque ellos mismos están en el error, se irritan contra quienes siguen el camino de la verdad; y cuando pueden corregirse, aumentan grandemente sus errores con hechos crueles, se manchan con la sangre de los inocentes y arrancan con violencia las almas consagradas a Dios de los cuerpos lacerados. Tales son los hombres con quienes ahora nos esforzamos en entrar en combate y disputar: estos son los hombres a quienes querríamos apartar de una persuasión necia hacia la verdad, hombres que beberían sangre con más gusto que absorber las palabras de los justos. ¿Qué, pues? ¿Será vano nuestro trabajo? De ningún modo. Pues si no pudiéramos librar a estos de la muerte, hacia la cual se apresuran con la mayor rapidez; si no podemos apartarlos de aquel camino extraviado hacia la vida y la luz, puesto que ellos mismos se oponen a su propia salvación; fortaleceremos, no obstante, a los que son de los nuestros, cuya opinión no está asentada, ni fundada ni fijada con raíces sólidas. Pues muchos de ellos vacilan, y especialmente los que tienen algún trato con las letras. Pues en este respecto son perniciosos los filósofos, los oradores y los poetas, porque fácilmente pueden atrapar a las almas incautas con la dulzura de su discurso y de sus poemas que fluyen con deleitosa modulación. Estos son dulces que ocultan veneno. Y por esta razón quise unir la sabiduría con la religión, para que aquel sistema vano no perjudique en absoluto a los estudiosos; de modo que ahora el conocimiento de las letras no solo no dañe a la religión y a la rectitud, sino que incluso sea del mayor provecho, si el que lo ha aprendido es más instruido en las virtudes y más sabio en la verdad.
Además, aunque no fuera provechoso para ningún otro, ciertamente lo será para nosotros: la conciencia se deleitará, y la mente se regocijará de estar ocupada en la luz de la verdad, que es el alimento del alma, cubierta de una increíble especie de deleite. Pero no debemos desesperar. Acaso
No cantamos para sordos
Pues ni los asuntos están en tan mala condición que no haya mentes sanas a las que la verdad pueda agradar, y que puedan ver y seguir el curso recto cuando se les señala. Solo únjase la copa con la miel celestial de la sabiduría, para que los remedios amargos sean bebidos por ellos sin advertirlo, sin molestia alguna, mientras la primera dulzura del sabor, con su halago, oculta, bajo la capa de la suavidad, la amargura del áspero sabor. Pues esta es especialmente la causa de que, entre los sabios y los doctos y los príncipes de este mundo, las sagradas Escrituras carezcan de crédito: porque los profetas hablaron en lenguaje común y sencillo, como si hablaran al pueblo. Y por eso son despreciadas por quienes no están dispuestos a oír ni leer nada sino lo pulido y elocuente; ni hay cosa que pueda permanecer fija en sus mentes, sino aquello que halaga sus oídos con un sonido más suave. Pero las cosas que parecen humildes son tenidas por propias de viejas, necias y vulgares. Tan del todo nada tienen por verdadero sino lo que es agradable al oído; nada por creíble sino lo que puede excitar el placer: nadie estima un asunto por su verdad, sino por su ornato. Por tanto, no creen las sagradas Escrituras, porque carecen de todo artificio; pero tampoco creen a quienes las explican, porque estos son también, o del todo ignorantes, o en todo caso de poca instrucción. Pues muy rara vez sucede que sean del todo elocuentes; y la causa de esto es evidente. Pues la elocuencia está sometida al mundo, desea mostrarse al pueblo y agradar en las cosas malas; ya que a menudo se esfuerza por dominar la verdad, para mostrar su poder; busca riquezas, desea honores; en suma, exige el grado más alto de dignidad. Por tanto, desprecia estos asuntos como bajos; evita las cosas secretas como contrarias a sí misma, en cuanto que se regocija en la publicidad y anhela la multitud y la celebridad. De aquí proviene que la sabiduría y la verdad necesiten heraldos adecuados. Y si por casualidad algunos de los doctos se han entregado a ella, no han sido suficientes para su defensa.
De los que conozco, Minucio Félix no era de rango innoble entre los abogados. Su libro, que lleva el título de Octavio, declara cuán adecuado defensor de la verdad pudo haber sido, si se hubiera entregado por completo a ese empeño. Septimio Tertuliano era también versado en toda clase de letras; pero en elocuencia tenía poca facilidad, y no era bastante pulido, y muy oscuro. Ni siquiera por ello alcanzó renombre suficiente. Cipriano, por tanto, fue distinguido y renombrado por encima de todos los demás, puesto que había buscado gran gloria para sí en la profesión del arte oratorio, y escribió muchísimas cosas dignas de admiración en su clase particular. Pues era de un talante pronto, copioso, agradable y (lo que es la mayor excelencia del estilo) llano y claro; de modo que no se puede determinar si era más adornado en el decir, más pronto en la explicación o más poderoso en la persuasión. Y, sin embargo, no puede agradar a quienes ignoran el misterio sino por sus palabras; en cuanto que las cosas que dijo son místicas y preparadas con este objeto: que sean oídas solo por los fieles: en suma, suele ser objeto de burla por parte de los doctos de esta edad, a quienes sus escritos han llegado a ser conocidos. He oído de cierto hombre, ingenioso por cierto, que con el cambio de una sola letra lo llamó Copriano, como si fuera alguien que hubiera aplicado a las fábulas de viejas una mente elegante y apta para cosas mejores. Pero si esto sucedió a aquel cuya elocuencia no es desagradable, ¿qué hemos de suponer, entonces, que sucede a aquellos cuyo discurso es pobre y desagradable, que no pudieron tener ni poder de persuasión, ni sutileza para argumentar, ni severidad alguna para refutar?
Comentario editorial · Minucio Félix, Tertuliano y Cipriano, según Lactancio
Lactancio traza en V, 1 el estado de la apología latina antes de él. Minucio Félix, en el Octavio, habría sido un buen defensor de la verdad si se hubiera dedicado a ello por entero. De Tertuliano dice que tenía erudición de todo género, pero poca soltura en la elocuencia, un estilo poco pulido y muy oscuro. Y a Cipriano lo tiene por el más ilustre de todos, claro y abundante; pero añade que los cultos lo ridiculizaban, y cuenta cómo alguien, cambiando una letra, lo llamó «Coprianus». El ANF anota que κοπρίας se aplicaba a bufones y charlatanes. Sobre los tres, véanse Tertuliano, Minucio Félix y los tratados de Cipriano.
Para ampliar: Libro V, cap. 1, con las notas (CCEL, ANF 7).
V, 2
Por tanto, puesto que entre nosotros han faltado maestros idóneos y hábiles que pudieran refutar con vigor y agudeza los errores públicos y defender toda la causa de la verdad con elegancia y abundancia, esta misma carencia movió a algunos a atreverse a escribir contra la verdad, que les era desconocida. Paso por alto a quienes en tiempos pasados la atacaron en vano. Cuando yo enseñaba la ciencia retórica en Bitinia, habiendo sido llamado allí, y aconteció que al mismo tiempo fue derribado el templo de Dios, vivían en aquel mismo lugar dos hombres que insultaban a la verdad postrada y derribada, no sé si con mayor soberbia o aspereza: uno de los cuales se profesaba sumo sacerdote de la filosofía; pero estaba tan entregado al vicio que, aun siendo maestro de abstinencia, no estaba menos inflamado de avaricia que de concupiscencias; tan extravagante en su modo de vivir, que aunque en su escuela era defensor de la virtud y alabador de la parsimonia y de la pobreza, cenaba con menos suntuosidad en un palacio que en su propia casa. No obstante, ocultaba sus vicios con su cabellera y su manto, y (lo que es el mayor escudo) con sus riquezas; y para acrecentar estas, solía penetrar con admirable empeño en las amistades de los jueces; y de repente los atraía a sí por la autoridad de un nombre fingido, no solo para traficar con sus decisiones, sino también para impedir por esta influencia que sus vecinos, a quienes expulsaba de sus casas y tierras, recobraran sus bienes. Este hombre, en verdad, que derribaba sus propios argumentos con su conducta, o censuraba su propia conducta con sus argumentos, censor severo y acusador acérrimo contra sí mismo, en el mismo tiempo en que un pueblo justo era impíamente atacado, vomitó tres libros contra la religión y el nombre cristianos; profesando, por encima de todo, que era propio del oficio de un filósofo remediar los errores de los hombres y llamarlos de nuevo al verdadero camino, es decir, al culto de los dioses, por cuyo poder y majestad, según decía, se gobierna el mundo; y no permitir que hombres inexpertos sean seducidos por los engaños de nadie, para que su sencillez no sea presa y alimento de hombres astutos.
Por tanto, decía que había emprendido este oficio, digno de la filosofía, para tender a aquellos que no ven la luz de la sabiduría no solo el que puedan volver a un estado sano de la mente, habiendo emprendido el culto de los dioses, sino también el que, dejada a un lado su obstinación pertinaz, eviten los tormentos del cuerpo y no deseen en vano soportar crueles desgarramientos de sus miembros. Mas para que fuese evidente por qué motivo se había afanado laboriosamente en aquella tarea, prorrumpió con profusión en alabanzas de los príncipes, cuya piedad y previsión, según él mismo decía en verdad, se habían distinguido tanto en otras cosas como, sobre todo, en defender los ritos religiosos de los dioses; que, en fin, había mirado por los intereses de los hombres, para que, reprimida la impía y necia superstición, todos los hombres tuvieran tiempo para los ritos sagrados lícitos y experimentaran a los dioses propicios para ellos. Pero cuando quiso debilitar los fundamentos de aquella religión contra la cual pleiteaba, pareció insensato, vano y ridículo; porque aquel grave consejero del provecho ajeno ignoraba no solo qué oponer, sino incluso qué decir. Pues si algunos de nuestra religión estaban presentes, aunque callaban por razón del tiempo, sin embargo en su mente se burlaban de él; puesto que veían a un hombre que profesaba que iluminaría a otros, cuando él mismo era ciego; que llamaría a otros del error, cuando él mismo ignoraba dónde asentar los pies; que instruiría a otros en la verdad, de la cual él mismo no había visto jamás ni siquiera una chispa en ningún tiempo; en tanto que aquel que era profesor de sabiduría se esforzaba por derribar la sabiduría. Todos, empero, censuraban esto: que hubiera emprendido esta obra precisamente en aquel tiempo en que rugía una crueldad odiosa. ¡Oh filósofo adulador y acomodaticio! Pero este hombre fue despreciado, como su vanidad merecía; pues no ganó el aplauso que esperaba, y la gloria que buscaba con avidez se trocó en censura y vituperio.
Otro escribió sobre el mismo asunto con mayor amargura, que era entonces del número de los jueces y que fue especialmente el consejero de decretar la persecución; y no contento con este crimen, persiguió también con escritos a aquellos a quienes había perseguido. Pues compuso dos libros, no [contra] los cristianos, para que no pareciera atacarlos de manera hostil, sino [a] los cristianos, para que se pensara que miraba por ellos con humanidad y bondad. Y en estos escritos se esforzó de tal modo por probar la falsedad de la sagrada Escritura, como si fuera del todo contradictoria consigo misma; pues expuso algunos capítulos que parecían estar en desacuerdo consigo mismos, enumerando tantas y tan ocultas cosas, que a veces parece haber sido uno de la misma secta. Pero si esto fue así, ¿qué Demóstenes podrá defender de la acusación de impiedad al que se hizo traidor de la religión a la que había dado su asentimiento, y de la fe cuyo nombre había asumido, y del misterio que había recibido, a no ser que por casualidad las escrituras sagradas hubieran caído en sus manos? ¿Qué temeridad fue, pues, atreverse a destruir aquello que nadie le explicó? Bien fue que o no aprendió nada o no entendió nada. Pues la contradicción está tan lejos de las escrituras sagradas como él lo estuvo de la fe y de la verdad. Atacó, sin embargo, principalmente a Pablo y a Pedro, y a los demás discípulos, como sembradores de engaño, a los que al mismo tiempo declaró haber sido inexpertos e indoctos. Pues dice que algunos de ellos sacaban ganancia con el oficio de pescadores, como si le pesara que algún Aristófanes o Aristarco no hubiera ideado aquel asunto.
Comentario editorial · Dos adversarios que Lactancio conoció en Bitinia
Lactancio cuenta (V, 2) que enseñaba retórica en Bitinia cuando fue derribado el templo de Dios y que allí vivían dos hombres que insultaban «a la verdad postrada». Uno, un filósofo de vida contraria a sus enseñanzas, escribió tres libros contra los cristianos; el texto no lo nombra. El otro, un juez y consejero de la persecución, compuso dos libros dirigidos «a los cristianos» (no «contra» ellos) para parecer benévolo. Una nota del ANF lo identifica con Hierocles. Wikipedia (Sossianus Hierocles) lo ve como gobernador de Bitinia en 303 y autor de Amante de la verdad (Philalethes), conocido sobre todo por Lactancio y Eusebio; añade que Lactancio también podría aludir a él al hablar de quien acusa a Cristo de capitanear bandoleros.
Para ampliar: Sossianus Hierocles (Wikipedia (en)) · Libro V, cap. 2 (CCEL, ANF 7).
Capítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
V, 3
El deseo de inventar, pues, y la astucia estuvieron ausentes de estos hombres, ya que eran inexpertos. ¿O qué hombre indocto podría inventar cosas mutuamente adaptadas y coherentes, cuando los más doctos de los filósofos, Platón y Aristóteles, y Epicuro y Zenón, dijeron ellos mismos cosas en desacuerdo unas con otras y contrarias? Pues esta es la naturaleza de las falsedades: que no pueden ser coherentes. Pero su enseñanza, porque es verdadera, concuerda en todas partes y es del todo consistente consigo misma; y por esto produce persuasión, porque se apoya en un plan consistente. No idearon, por tanto, aquella religión por causa del lucro y del provecho, ya que tanto por sus preceptos como en la realidad siguieron aquel modo de vida que carece de placeres, y despreciaron todas las cosas que se cuentan entre los bienes, y puesto que no solo soportaron la muerte por su fe, sino que también supieron y predijeron que estaban a punto de morir, y después que todos los que siguieran su sistema sufrirían cosas crueles e impías. Pero aquel afirmó que Cristo mismo fue puesto en fuga por los judíos y que, habiendo reunido una banda de novecientos hombres, cometió latrocinios. ¿Quién osaría oponerse a tan gran autoridad? Ciertamente debemos creerlo, pues acaso algún Apolo se lo anunció en sueños. Tantos ladrones han perecido en todos los tiempos, y perecen a diario, y tú mismo ciertamente has condenado a muchos: ¿cuál de ellos después de su crucifixión fue llamado, no diré Dios, sino hombre? Pero tú acaso lo creíste por la circunstancia de haber consagrado como dios al homicida Marte, aunque no habrías hecho esto si los areopagitas lo hubieran crucificado.
El mismo hombre, cuando se esforzaba por derribar los hechos maravillosos de aquel, y sin embargo no los negaba, quiso mostrar que Apolonio realizó hechos iguales o aun mayores. Es extraño que omitiera mencionar a Apuleyo, del que se suelen referir muchas y maravillosas cosas. ¿Por qué, pues, oh insensato, nadie adora a Apolonio en lugar de Dios? A no ser que acaso tú solo lo hagas, que eres digno, por cierto, de aquel dios, con el cual el Dios verdadero te castigará eternamente. Si Cristo es un mago porque realizó hechos maravillosos, es claro que Apolonio, quien, según tu descripción, cuando Domiciano quiso castigarlo desapareció de repente en su juicio, fue más hábil que Aquel que fue arrestado y crucificado. Pero quizá quiso precisamente con esto probar la arrogancia de Cristo, en cuanto que se hizo Dios a sí mismo, para que el otro parezca haber sido más modesto, el cual, aunque realizó mayores acciones, como este piensa, no reclamó, empero, aquello para sí. Omito por ahora comparar las obras mismas, porque en el libro segundo y precedente he hablado acerca del fraude y de los artificios del arte mágico. Digo que no hay nadie que no desee que le acontezca especialmente después de la muerte aquello que aun los más grandes reyes desean. Pues ¿por qué los hombres se preparan magníficos sepulcros? ¿por qué estatuas e imágenes? ¿Por qué con algunas hazañas ilustres, o aun con la muerte soportada en favor de sus conciudadanos, se esfuerzan por merecer la buena opinión de los hombres? ¿Por qué, en fin, has querido tú mismo levantar un monumento de tu talento, edificado con esta detestable locura, como con lodo, sino porque esperas la inmortalidad del recuerdo de tu nombre? Es necio, por tanto, imaginar que Apolonio no deseaba aquello que claramente querría si pudiese alcanzarlo; porque no hay nadie que rehúse la inmortalidad, y especialmente cuando dices que él fue adorado por algunos como dios, y que su imagen fue erigida bajo el nombre de Hércules, el que aparta el mal, y que es honrada aun ahora por los efesios.
No pudo, por tanto, después de la muerte ser creído dios, porque era evidente que era a la vez hombre y mago; y por esta razón afectó la divinidad bajo el título de un nombre ajeno, pues con su propio nombre no pudo alcanzarla, ni se atrevió a intentarlo. Pero aquel de quien hablamos pudo ser creído dios, porque no era mago, y fue creído tal porque lo era en verdad. No digo esto, dice, porque Apolonio no fuera tenido por dios, ya que no lo quiso, sino para que sea evidente que nosotros, que no unimos de inmediato la creencia en su divinidad con hechos maravillosos, somos más sabios que vosotros, que por ligeros prodigios creísteis que era un dios. No es de admirar que vosotros, que estáis muy lejos de la sabiduría de Dios, no entendáis nada en absoluto de aquellas cosas que habéis leído, puesto que los judíos, que desde el principio habían leído con frecuencia a los profetas, y a quienes había sido asignado el misterio de Dios, ignoraban, sin embargo, lo que leían. Aprended, pues, si tenéis algún sentido, que Cristo no fue creído Dios por nosotros por esta razón, porque hizo cosas maravillosas, sino porque vimos que se cumplían en su caso todas las cosas que nos fueron anunciadas por la predicción de los profetas. Realizó hechos maravillosos: podríamos haberlo supuesto mago, como vosotros ahora lo suponéis, y como entonces lo supusieron los judíos, si todos los profetas no proclamaran de común acuerdo que Cristo haría aquellas mismas cosas. Por tanto, lo creemos Dios, no tanto por sus hechos maravillosos y obras, cuanto por aquella misma cruz que vosotros, como perros, laméis, puesto que también aquella fue predicha al mismo tiempo. No fue, por tanto, por su propio testimonio (pues ¿quién puede ser creído cuando habla de sí mismo?), sino por el testimonio de los profetas que mucho antes predijeron todas las cosas que Él hizo y padeció, como obtuvo la creencia en su divinidad, lo cual no pudo acontecer ni a Apolonio, ni a Apuleyo, ni a ninguno de los magos; ni puede acontecer en ningún tiempo. Cuando, pues, había derramado tales absurdos delirios de su ignorancia, cuando se había esforzado con avidez por destruir del todo la verdad, se atrevió a dar a sus libros, impíos y enemigos de Dios, el título de «amante de la verdad.» ¡Oh pecho ciego! ¡Oh mente más negra que las tinieblas cimerias, como dicen! Acaso él haya sido discípulo de Anaxágoras, para quien las nieves eran tan negras como la tinta. Pero es la misma ceguera dar el nombre de falsedad a la verdad, y de verdad a la falsedad. Sin duda el hombre astuto quiso ocultar al lobo bajo la piel de una oveja, para atrapar al lector con un título engañoso. Sea verdad; concede que hiciste esto por ignorancia, no por malicia: ¿qué verdad, sin embargo, nos has traído, sino que, siendo defensor de los dioses, al fin habías traicionado a esos mismos dioses? Pues, habiendo expuesto las alabanzas del Dios Supremo, a quien confesaste rey, poderosísimo, hacedor de todas las cosas, fuente de honores, padre de todo, creador y conservador de todos los seres vivientes, quitaste el reino a tu propio Júpiter; y cuando lo hubiste arrojado del poder supremo, lo redujiste al rango de los siervos. Así tu propia conclusión te acusa de locura, vanidad y error. Pues afirmas que los dioses existen, y sin embargo los sujetas y esclavizas a aquel Dios cuya religión intentas derribar.
V, 4
Puesto que, por tanto, aquellos de quienes he hablado habían publicado sus escritos sacrílegos en mi presencia y con dolor mío, incitado tanto por la impiedad arrogante de estos como por la conciencia de la verdad misma y (según pienso) por Dios, he emprendido este oficio, a fin de refutar con todas las fuerzas de mi mente a los acusadores de la justicia; no para escribir contra estos, que podrían ser aplastados con pocas palabras, sino para derribar de una vez por todas con un solo ataque a todos los que en todas partes efectúan, o han efectuado, la misma obra. Pues no dudo que muchísimos otros, y en muchos lugares, y no solo en escritos griegos, sino también en latinos, han levantado un monumento de su propia injusticia. Y puesto que no podía responder a estos por separado, pensé que esta causa debía ser pleiteada por mí de tal modo que derribara a los escritores anteriores, juntamente con todos sus escritos, y cortara de los escritores futuros todo poder de escribir y de responder. Solo atiendan, y ciertamente lograré que quienquiera que conozca estas cosas deba o abrazar aquello que antes condenó, o, lo que es lo más próximo, cesar al fin de burlarse de ello. Aunque Tertuliano pleiteó plenamente la misma causa en aquel tratado que se titula la Apología, sin embargo, puesto que una cosa es responder a los acusadores, lo que consiste solo en la defensa o la negación, y otra cosa instruir, lo que hacemos nosotros, en lo que debe estar contenida la sustancia de todo el sistema, no he rehuido este trabajo, para completar el asunto que Cipriano no llevó plenamente a cabo en aquel discurso en el que se esfuerza por refutar a Demetriano (como él mismo dice) que injuria y clama contra la verdad. Asunto que no trató como debió haberlo hecho; pues debió ser refutado no por los testimonios de la Escritura, que él claramente consideraba vanos, ficticios y falsos, sino por argumentos y razón. Pues, puesto que contendía contra un hombre ignorante de la verdad, debió por un tiempo haber dejado a un lado las lecturas divinas, y haber formado desde el principio a este hombre como a uno del todo ignorante, y haberle mostrado gradualmente los comienzos de la luz, para que no se deslumbrara, presentándole todo su resplandor.
Pues así como un niño es incapaz, por la delicadeza de su estómago, de recibir el alimento de comida sólida y fuerte, sino que se sustenta con leche líquida y suave, hasta que, robustecida su fuerza, puede alimentarse con alimento más fuerte; así también convenía que a este hombre, porque aún no era capaz de recibir las cosas divinas, se le presentaran testimonios humanos —es decir, de filósofos e historiadores—, para que fuera refutado especialmente por sus propias autoridades. Y puesto que aquel no hizo esto, dejándose llevar por su distinguido conocimiento de las escrituras sagradas, de modo que se contentó con aquellas cosas solas en que consiste la fe, yo he emprendido, con el favor de Dios, hacer esto, y al mismo tiempo preparar el camino para la imitación de otros. Y si, mediante mi exhortación, hombres doctos y elocuentes comenzaren a entregarse a este asunto, y eligieren mostrar sus talentos y su poder de hablar en este campo de la verdad, nadie puede dudar de que las religiones falsas desaparecerán rápidamente, y la filosofía caerá del todo, si todos fueren persuadidos de que esta sola es la religión y la única sabiduría verdadera. Pero me he apartado del asunto más de lo que quería.