I, 14
Ahora bien, puesto que la historia sagrada difiere en cierto grado de las cosas que hemos relatado, abramos aquellas que están contenidas en los escritos verdaderos, para que no parezca, al acusar las supersticiones, que seguimos y aprobamos las locuras de los poetas. Estas son las palabras de Ennio: «Después Saturno se casó con Ops. Titán, que era mayor [que Saturno], reclama el reino para sí. Ante esto, su madre Vesta y sus hermanas Ceres y Ops aconsejan a Saturno que no entregue el reino a su hermano. Entonces Titán, que era inferior en persona a Saturno, por esta razón, y porque veía que su madre y sus hermanas se esforzaban en que Saturno reinara, le cedió el reino. Hizo, por tanto, un acuerdo con Saturno: que si le nacían algunos hijos varones, no los criaría. Lo hizo con este propósito, para que el reino volviera a sus propios hijos. Luego, cuando a Saturno le nació primero un hijo, lo mataron. Después nacieron gemelos, Júpiter y Juno. Ante esto, presentan a Juno a la vista de Saturno y ocultan secretamente a Júpiter, y lo entregan a Vesta para que sea criado, escondiéndolo de Saturno. Ops también da a luz a Neptuno sin conocimiento de Saturno y lo oculta secretamente. Del mismo modo, Ops da a luz gemelos en un tercer parto, Plutón y Glauca. Plutón en latín es Dispáter; otros lo llaman Orco. Ante esto, muestran a Saturno la hija Glauca, y ocultan y esconden al hijo Plutón. Luego Glauca muere siendo aún joven.» Este es el linaje de Júpiter y de sus hermanos, [según estas cosas están escritas], y el parentesco se nos transmite de esta manera desde la narración sagrada. También poco después introduce estas cosas: «Entonces Titán, cuando supo que a Saturno le habían nacido hijos y que eran criados secretamente, toma secretamente consigo a sus hijos, que son llamados Titanes, y apresa a su hermano Saturno y a Ops, y los encierra dentro de un muro, y pone sobre ellos una guardia.»
La verdad de esta historia es enseñada por la Sibila eritrea, que dice casi las mismas cosas, con pocas discrepancias que no afectan al asunto mismo. Por tanto, Júpiter queda libre de la acusación de la mayor impiedad, según la cual se cuenta que ató a su padre con cadenas; pues este fue el hecho de su tío Titán, porque él, contrariamente a su promesa y juramento, había criado hijos varones. El resto de la historia se compone así. [Se dice] que Júpiter, al crecer, habiendo oído que su padre y su madre habían sido rodeados con una guardia y encarcelados, vino con una gran multitud de cretenses, y venció a Titán y a sus hijos en un combate, y rescató a sus padres de la prisión, restituyó el reino a su padre, y así regresó a Creta. Luego, después de estas cosas, [dicen] que se dio un oráculo a Saturno, ordenándole que tuviera cuidado de que su hijo no lo expulsara del reino; que él, para debilitar el oráculo y evitar el peligro, tendió una emboscada a Júpiter para matarlo; que Júpiter, habiendo conocido la trama, reclamó de nuevo el reino para sí y desterró a Saturno; y que este, habiendo sido sacudido por todas las tierras, seguido por hombres armados que Júpiter había enviado para apresarlo o matarlo, apenas encontró un lugar de ocultamiento en Italia.
Comentario editorial · Evémero y Ennio: los dioses como hombres
Evémero de Mesene, cuya obra combinaba, según Wikipedia, ficción y utopía política, sostenía que los dioses antiguos habían sido hombres. Su libro se perdió, y también la traducción latina de Ennio; pero Lactancio conserva en el libro I largos fragmentos de esa versión, entre ellos la inscripción del sepulcro de Júpiter en Gnosos, en Creta (I, 11). Wikipedia señala que los autores cristianos primitivos, Lactancio entre ellos, aprovecharon la tesis para probar la inferioridad de los dioses frente al Dios cristiano. Lactancio la presenta como historia, no como filosofía: «los relatos de los poetas son verdaderos», dice, «pero velados con una cubierta» (I, 11).
Para ampliar: Euhemerus (Wikipedia (en)) · Libro I, cap. 14 (CCEL, ANF 7).
I, 15
Ahora bien, puesto que de estas cosas es evidente que fueron hombres, no es difícil ver de qué manera comenzaron a ser llamados dioses. Pues si no hubo reyes antes de Saturno o de Urano, debido al pequeño número de hombres que vivían una vida rústica sin gobernante alguno, no hay duda de que en aquellos tiempos los hombres comenzaron a exaltar al rey mismo y a toda su familia con las más altas alabanzas y con nuevos honores, hasta el punto de llamarlos incluso dioses; ya sea a causa de su excelencia admirable, opinión que realmente tuvieron los hombres aún rudos y simples, o, como suele suceder, por adulación del poder presente, o a causa de los beneficios con que fueron puestos en orden y reducidos a un estado civilizado. Después, los propios reyes, puesto que eran amados por aquellos cuya vida habían civilizado, después de su muerte dejaron pesar de sí mismos. Por tanto, los hombres formaron imágenes de ellos, para obtener algún consuelo de la contemplación de sus semejanzas; y avanzando más por amor a su mérito, comenzaron a reverenciar la memoria de los difuntos, para parecer agradecidos por sus servicios y para atraer a sus sucesores al deseo de gobernar bien. Y esto lo enseña Cicerón en su tratado sobre la Naturaleza de los Dioses, diciendo «Pero la vida de los hombres y el trato común llevaron a exaltar al cielo por la fama y la buena voluntad a hombres distinguidos por sus beneficios. Por esta razón Hércules, por esta Cástor y Pólux, Esculapio y Liber» fueron contados entre los dioses. Y en otro pasaje: «Y en la mayoría de los estados puede entenderse que, para excitar el valor, o para que los hombres más distinguidos por su bravura afrontaran más prontamente el peligro por causa del estado, su memoria fue consagrada con el honor tributado a los dioses inmortales.» Fue sin duda por esta razón que los romanos consagraron a sus Césares y los moros a sus reyes. Así, por grados, comenzaron a tributárseles honores religiosos; mientras que aquellos que los habían conocido instruyeron primero a sus propios hijos y nietos, y después a toda su posteridad, en la práctica de este rito. Y sin embargo, estos grandes reyes, a causa de la celebridad de su nombre, fueron honrados en todas las provincias.
Pero pueblos separados honraron privadamente con la más alta veneración a los fundadores de su nación o ciudad, ya fueran hombres distinguidos por su valentía, o mujeres admirables por su castidad; como los egipcios honraron a Isis, los moros a Juba, los macedonios a Cabiro, los cartagineses a Urano, los latinos a Fauno, los sabinos a Sanco, los romanos a Quirino. De la misma manera, verdaderamente Atenas adoró a Minerva, Samos a Juno, Pafos a Venus, Lemnos a Vulcano, Naxos a Liber y Delos a Apolo. Y así se han emprendido diversos ritos sagrados entre diferentes pueblos y países, por cuanto los hombres desean mostrar gratitud a sus príncipes y no pueden encontrar otros honores que conferir a los muertos. Además, la piedad de sus sucesores contribuyó en gran medida al error; pues, para parecer nacidos de un origen divino, tributaron honores divinos a sus padres y ordenaron que otros los tributaran. ¿Puede alguien dudar de qué manera se instituyeron los honores tributados a los dioses, cuando lee en Virgilio las palabras de Eneas dando órdenes a sus amigos: —
Ahora con copas llenas derramad libación
Al poderoso Júpiter, a quien todos adoran,
Invocad el alma bendita de Anquises.
Y le atribuye no solo inmortalidad, sino también poder sobre los vientos: —
Invocad a los vientos para que apresuren nuestra huida,
Y rogad que aquel a quien tanto amamos
Reciba nuestras ofrendas año tras año,
Tan pronto como levantemos la ciudad prometida,
En templos sagrados a su alabanza.
En verdad, Liber y Pan, y Mercurio y Apolo, obraron de la misma manera respecto de Júpiter, y después sus sucesores hicieron lo mismo respecto de ellos. Los poetas añadieron también su influencia, y mediante poemas compuestos para dar placer, los elevaron al cielo; como sucede con aquellos que adulan a los reyes, aun a los malvados, con falsos panegíricos. Y este mal tuvo origen en los griegos, cuya ligereza, provista de habilidad y abundancia de discurso, excitó en grado increíble nieblas de falsedades. Y así, por admiración hacia ellos, emprendieron primero sus ritos sagrados y los transmitieron a todas las naciones. A causa de esta vanidad, la Sibila los reprende así:—
¿Por qué confías, oh Grecia, en hombres principescos?
¿Por qué ofreces dones vacíos a los muertos?
Ofreces a los ídolos; ¿quién sugirió este error,
Que dejaras la presencia del Dios poderoso,
Y hicieras estas ofrendas?
Marco Tulio, que no solo fue un orador consumado, sino también filósofo, pues fue el único imitador de Platón, en aquel tratado en que se consoló a sí mismo por la muerte de su hija, no dudó en decir que aquellos dioses que eran públicamente adorados fueron hombres. Y este testimonio suyo debe ser estimado tanto más grave cuanto que fue sacerdote de los augures y testifica que adora y venera a los mismos dioses. Y así, en el espacio de pocas líneas, nos ha presentado dos hechos. Pues mientras declaraba su intención de consagrar la imagen de su hija de la misma manera en que eran consagradas por los antiguos, enseñó a la vez que estaban muertos y mostró el origen de una vana superstición. dice, «Puesto que, en verdad,» dice, «vemos a muchos hombres y mujeres en el número de los dioses, y veneramos sus santuarios, tenidos en el mayor honor en las ciudades y en el campo, asintamos a la sabiduría de aquellos a cuyos talentos e invenciones debemos que la vida esté del todo adornada con leyes e instituciones y establecida sobre base firme. Y si algún ser viviente fue digno de ser consagrado, ciertamente lo fue este. Si la descendencia de Cadmo, o de Anfitrión, o de Tíndaro, fue digna de ser ensalzada por la fama hasta el cielo, el mismo honor debe sin duda apropiarse a ella. Y esto ciertamente lo haré; y con la aprobación de los dioses, te colocaré a ti, la mejor y más docta de todas las mujeres, en su asamblea, y te consagraré a la estima de todos los hombres.» Alguno quizá diga que Cicerón deliraba por excesivo dolor. Pero, en verdad, todo aquel discurso, que fue perfecto tanto en erudición como en sus ejemplos y en el propio estilo de la expresión, no dio indicios de una mente perturbada, sino de constancia y juicio; y esta misma frase no muestra señal alguna de dolor. Pues no creo que hubiera podido escribir con tal variedad, abundancia y ornato, si su dolor no hubiera sido mitigado por la razón misma, por el consuelo de sus amigos y por el tiempo transcurrido. ¿Por qué he de mencionar lo que dice en sus libros sobre la República y también sobre la gloria? Pues en su tratado sobre las Leyes, obra en la cual, siguiendo el ejemplo de Platón, quiso exponer aquellas leyes que pensaba que un Estado justo y sabio emplearía, decretó así acerca de la religión: «Veneren a los dioses, tanto a aquellos que siempre han sido considerados dioses del cielo, como a aquellos cuyos servicios [a los hombres] los han colocado en el cielo: Hércules, Liber, Esculapio, Cástor, Pólux y Quirino.» También en sus Disputaciones Tusculanas, cuando dijo que el cielo estaba casi enteramente lleno del género humano, dijo: «Si, en efecto, intentara investigar los relatos antiguos y extraer de ellos las cosas que los escritores de Grecia han transmitido, incluso aquellos que son tenidos en el más alto rango como dioses se hallará que han ido de nosotros al cielo. Pregunta de quiénes se señalan los sepulcros en Grecia: recuerda, puesto que estás iniciado, qué cosas se transmiten en los misterios; y entonces, por fin, comprenderás cuán extendida está esta [persuasión].» Apeló, como es claro, a la conciencia de Ático, para que se entendiera por los propios misterios que todos los que son adorados fueron hombres; y cuando reconoció esto sin vacilación en el caso de Hércules, Liber, Esculapio, Cástor y Pólux, temió hacer abiertamente la misma confesión respecto de Apolo y Júpiter, sus padres, e igualmente respecto de Neptuno, Vulcano, Marte y Mercurio, a quienes llamó los dioses mayores; y por eso dice que esta opinión está ampliamente extendida, para que entendamos lo mismo acerca de Júpiter y de los otros dioses más antiguos: pues si los antiguos consagraron su memoria de la misma manera en que él dice que consagrará la imagen y el nombre de su hija, aquellos que se lamentan pueden ser perdonados, pero quienes lo creen no pueden ser perdonados. Pues ¿quién está tan infatuado como para creer que el cielo se abre a los muertos por el consentimiento y el placer de una multitud insensata? ¿O que alguien puede dar a otro lo que él mismo no posee? Entre los romanos, Julio fue hecho dios porque le plugo a un hombre culpable, Antonio; Quirino fue hecho dios porque les pareció bien a los pastores, aunque uno de ellos fue el asesino de su hermano gemelo y el otro el destructor de su patria. Pero si Antonio no hubiera sido cónsul, en recompensa por sus servicios al Estado, Cayo César habría estado sin el honor ni siquiera de un hombre muerto, y eso, además, por consejo de su suegro Pisón y de su pariente Lucio César, que se opusieron a la celebración del funeral, y por consejo del cónsul Dolabela, que derribó la columna en el foro, es decir, sus monumentos, y purificó el foro. Pues Ennio declara que Rómulo fue lamentado por su pueblo, ya que representa al pueblo hablando así, por el dolor de haber perdido a su rey: «Oh Rómulo, Rómulo, di qué guardián de tu patria te produjeron los dioses. Tú nos sacaste a las regiones de la luz. Oh padre, oh progenitor, oh raza, descendida de los dioses.» A causa de este pesar, creyeron más fácilmente a Julio Próculo, que profería falsedades, el cual fue sobornado por los padres para anunciar al pueblo que había visto al rey en una forma más majestuosa que la de un hombre; y que había dado orden al pueblo de que se construyera un templo en su honor, que era un dios y era llamado con el nombre de Quirino. Con cuyo hecho persuadió al pueblo a la vez de que Rómulo había ido a los dioses y liberó al senado de la sospecha de haber matado al rey.
Capítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
I, 16
Podría contentarme con las cosas que he referido, pero aún quedan muchas cosas que son necesarias para la obra que he emprendido. Pues aunque, al destruir la parte principal de las supersticiones, he eliminado el todo, sin embargo me place proseguir con las partes restantes y refutar más plenamente una persuasión tan inveterada, para que los hombres al fin se avergüencen y se arrepientan de sus errores. Esta es una gran empresa, y digna de un hombre. «Me dispongo a liberar las mentes de los hombres de los lazos de las supersticiones,» como dice Lucrecio; y él, en verdad, no pudo lograrlo, porque no adujo nada verdadero. Este es nuestro deber, nosotros que afirmamos la existencia del verdadero Dios y refutamos las falsas deidades. Así pues, aquellos que sostienen la opinión de que los poetas han inventado fábulas acerca de los dioses, y sin embargo creen en la existencia de deidades femeninas y las adoran, son inconscientemente llevados de vuelta a aquello que habían negado: que tienen relaciones sexuales y dan a luz. Pues es imposible que los dos sexos hayan sido instituidos sino con miras a la generación. Pero, admitida una diferencia de sexo, no perciben que la concepción se sigue como consecuencia. Y esto no puede darse en un Dios. Pero sea el asunto como ellos imaginan; pues dicen que hay hijos de Júpiter y de los otros dioses. Por tanto, nuevos dioses nacen, y ciertamente a diario, pues los dioses no son superados en fecundidad por los hombres. Se sigue que todas las cosas están llenas de dioses sin número, puesto que en verdad ninguno de ellos muere. Pues dado que la multitud de los hombres es increíble y su número no puede estimarse—aunque, al nacer, necesariamente deben morir—¿qué debemos suponer que ocurre con los dioses que han nacido a lo largo de tantas edades y han permanecido inmortales? ¿Cómo es, entonces, que tan pocos son adorados? A menos que pensemos de algún modo que hay dos sexos de los dioses, no por causa de la generación, sino para mera gratificación, y que los dioses practican aquellas cosas que los hombres se avergüenzan de hacer y de sufrir. Pero cuando se dice que algunos nacen de otros, se sigue que continúan naciendo siempre, si nacieron alguna vez; o si cesaron en algún momento de nacer, conviene que sepamos por qué o en qué momento cesaron. Séneca, en sus libros de filosofía moral, no sin cierta gracia, pregunta, «¿Cuál es la razón por la que Júpiter, a quien los poetas representan como el más dado a la lujuria, dejó de engendrar hijos? ¿Fue acaso porque se había vuelto sexagenario y estaba restringido por la ley Papia? ¿O acaso obtuvo los privilegios conferidos por tener tres hijos? ¿O acaso se le ocurrió por fin el pensamiento: 'Lo que has hecho a otro, puedes esperarlo de otro'; y teme que alguien actúe hacia él como él mismo actuó con Saturno?» Pero vean aquellos que sostienen que son dioses de qué manera pueden responder a este argumento que yo voy a presentar. Si hay dos sexos de los dioses, se sigue el comercio conyugal; y si esto ocurre, deben tener casas, pues no están desprovistos de virtud y de sentido del pudor, como para hacerlo abiertamente y promiscuamente, como vemos que lo hacen los animales brutos. Si tienen casas, se sigue que también tienen ciudades; y para esto tenemos la autoridad de Ovidio, quien dice, «La multitud de los dioses ocupa lugares separados; en este frente los poderosos e ilustres habitantes del cielo han colocado sus moradas.» Si tienen ciudades, también tendrán campos. Ahora, ¿quién no ve la consecuencia—a saber, que aran y cultivan sus tierras? Y esto se hace por causa del alimento. Por tanto, son mortales. Y este argumento tiene el mismo peso cuando se invierte. Pues si no tienen tierras, no tienen ciudades; y si no tienen ciudades, están también sin casas. Y si no tienen casas, no tienen comercio conyugal; y si carecen de esto, no tienen sexo femenino. Pero vemos que también hay hembras entre los dioses. Por tanto, no hay dioses. Si alguien es capaz, que elimine este argumento. Pues una cosa se sigue de la otra, de tal modo que es imposible no admitir estas últimas cosas. Pero nadie refutará siquiera el argumento anterior. De los dos sexos, el uno es más fuerte, el otro más débil. Pues los machos son más robustos, las hembras más débiles. Pero un dios no está sujeto a debilidad; por tanto, no hay sexo femenino. A esto se añade aquella conclusión final del argumento anterior: que no hay dioses, puesto que también hay hembras entre los dioses.
Capítulo 17. Acerca de la misma opinión de los estoicos, y acerca de las penalidades y la conducta vergonzosa de los dioses
I, 17
Por estas razones los estoicos forman una concepción diferente de los dioses; y como no perciben cuál es la verdad, intentan unirlos con el sistema de las cosas naturales. Y Cicerón, siguiéndolos, presentó esta opinión acerca de los dioses y sus religiones. ¿Ves entonces, dice, cómo se ha sacado un argumento de temas físicos bien y útilmente descubiertos, para la existencia de dioses falsos y ficticios? Y esta circunstancia dio origen a opiniones falsas y a errores turbulentos, y a supersticiones casi de viejecitas. Pues conocemos las formas de los dioses, y sus edades, y sus vestiduras y ornamentos; y además sus linajes, y matrimonios, y todas sus relaciones, y todas las cosas reducidas a la semejanza de la debilidad humana. ¿Qué se puede decir más claro, más verdadero? El jefe de la filosofía romana, investido con el sacerdocio más honorable, refuta los dioses falsos y ficticios, y testifica que su culto consiste en supersticiones casi de viejecitas: se queja de que los hombres están enredados en opiniones falsas y errores turbulentos. Pues todo su tercer libro acerca de la naturaleza de los dioses derriba y destruye por completo toda religión. ¿Qué más, por tanto, se espera de nosotros? ¿Podemos superar a Cicerón en elocuencia? De ningún modo; pero a él le faltó confianza, ignorando la verdad, como él mismo reconoce simplemente en la misma obra. Pues dice que puede decir más fácilmente lo que no es, que lo que es; es decir, que es consciente de que [el sistema recibido] es falso, pero ignora la verdad. Es evidente, por tanto, que aquellos que se supone que son dioses no eran más que hombres, y que su memoria fue consagrada después de su muerte. Y por esta razón también se asignan a cada uno edades diferentes y representaciones establecidas de forma, porque sus imágenes fueron modeladas con aquel vestido y [de aquella] edad en que la muerte sorprendió a cada uno.
Consideremos, si os place, las penalidades de los dioses desdichados. Isis perdió a su hijo; Ceres a su hija; Latona, expulsada y arrastrada por la tierra, a duras penas encontró una pequeña isla donde pudiera dar a luz. La madre de los dioses amó a un hermoso joven, y también lo mutiló al encontrarlo en compañía de una ramera; y por esta razón sus ritos sagrados son ahora celebrados por los Galos como sacerdotes. Juno persiguió violentamente a las rameras, porque no pudo concebir de su hermano. Varrón escribe que la isla de Samos se llamó antes Partenia, porque allí creció Juno, y allí también se casó con Júpiter. En consecuencia, hay un templo suyo muy noble y antiguo en Samos, y una imagen modelada con el atavío de una novia; y sus ritos sagrados anuales se celebran a la manera de un matrimonio. Si, por tanto, ella creció, si fue al principio virgen y después mujer, quien no comprenda que fue un ser humano se confiesa un bruto. ¿Por qué hablar de la lascivia de Venus, que sirvió a las pasiones de todos, no solo de los dioses, sino también de los hombres? Pues de su infame libertinaje con Marte dio a luz a Harmonía; de Mercurio dio a luz a Hermafrodito, que nació de ambos sexos; de Júpiter a Cupido; de Anquises a Eneas; de Butes a Érix; de Adonis no pudo dar a luz descendencia alguna, porque fue herido por un jabalí y muerto, siendo aún un muchacho. Y ella fue la primera en instituir el arte del meretricio, como se contiene en la historia sagrada; y enseñó a las mujeres de Chipre a buscar ganancia mediante la prostitución, lo cual ordenó con este propósito, para que ella sola no pareciera impúdica y cortejadora de hombres por encima de las demás hembras. ¿Tiene ella también algún derecho al culto religioso, de cuya parte se registran más adulterios que nacimientos? Pero ni siquiera aquellas vírgenes que son celebradas pudieron conservar su castidad inviolada. Pues ¿de qué fuente podemos suponer que nació Erictonio? ¿Fue de la tierra, como los poetas querrían hacer parecer? Pero la circunstancia misma grita. Pues cuando Vulcano había hecho armas para los dioses, y Júpiter le había dado la opción de pedir cualquier recompensa que deseara, y había jurado, según su costumbre, por el lago infernal, que no le negaría nada de lo que pidiera, entonces el cojo artífice pidió a Minerva en matrimonio. Ante esto el excelente y poderoso Júpiter, obligado por tan gran juramento, no pudo negarse; sin embargo, aconsejó a Minerva que se opusiera y defendiera su castidad. Entonces en aquella lucha dicen que Vulcano derramó su semilla sobre la tierra, de la cual fuente nació Erictonio: y que este nombre le fue dado de [ἔριδος] y χθσνοCecrops? Un caso evidente de incesto, como creo, que de ningún modo puede disimularse. Otra, cuando casi había perdido a su amante, que fue despedazado por sus caballos enloquecidos, llamó al más excelente médico Esculapio para el tratamiento del joven; y cuando fue sanado,
La amable Trivia esconde a su favorito,
Y lo confía al cuidado de Egeria,
Para vivir en bosques oscuros y solitarios,
Y perder en el nombre de Virbio el suyo propio.
¿Qué significa este cuidado tan diligente y ansioso? ¿Por qué esta morada secreta? ¿Por qué este destierro, ya sea a tan gran distancia, o a una mujer, o a la soledad? ¿Por qué, en segundo lugar, el cambio de nombre? Por último, ¿por qué un odio tan decidido a los caballos? ¿Qué implican todas estas cosas, sino la conciencia de la deshonra, y un amor de ningún modo compatible con una virgen? Evidentemente había una razón por la que ella emprendió tan gran trabajo por un joven tan fiel, que se había negado a condescender con el amor de su madrastra.
Capítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
I, 18
También en este lugar hay que refutar a aquellos que no solo admiten que los dioses han sido hechos de hombres, sino que incluso se jactan de ello como motivo de alabanza, ya sea por su valor, como Hércules, o por sus dones, como Ceres y Líber, o por las artes que descubrieron, como Esculapio o Minerva. Pero cuán necias son estas cosas, y cuán indignas de ser las causas por las que los hombres se contaminen con culpa inexpiable y se hagan enemigos de Dios, en desprecio del cual emprenden ofrendas a los muertos, lo mostraré con ejemplos particulares. Dicen que es la virtud la que exalta al hombre al cielo—no, sin embargo, aquella sobre la cual discuten los filósofos, que consiste en bienes del alma, sino esta conectada con el cuerpo, que se llama fortaleza; y puesto que esta fue preeminente en Hércules, se cree que mereció la inmortalidad. ¿Quién es tan estúpidamente insensato como para juzgar la fuerza del cuerpo un bien divino o incluso humano, cuando ha sido asignada en mayor medida al ganado, y a menudo es deteriorada por una enfermedad, o es disminuida por la vejez misma, y falla por completo? Y así Hércules, cuando percibió que sus músculos estaban desfigurados por úlceras, no quiso ser curado ni envejecer, para no parecer en algún momento tener menos fuerza o hermosura de la que una vez tuvo. Supusieron que ascendió al cielo desde la pira funeraria en la que se había quemado vivo; y aquellas mismas cualidades que tan neciamente admiraban, las expresaron mediante estatuas e imágenes, y las consagraron, para que permanecieran para siempre como memoriales de la necedad de aquellos que habían creído que los dioses debían su origen a la matanza de bestias. Pero esto, acaso, puede ser culpa de los griegos, que siempre estimaron las cosas más triviales como de la mayor consecuencia. ¿Cuál es el caso de nuestros propios compatriotas? ¿Son más sabios? Pues desprecian el valor en un atleta, porque no produce daño; pero en el caso de un rey, porque ocasiona desastres ampliamente difundidos, lo admiran tanto que imaginan que los generales valientes y guerreros son admitidos en la asamblea de los dioses, y que no hay otro camino a la inmortalidad que conducir ejércitos, devastar el territorio de otros, destruir ciudades, derrocar pueblos, matar o esclavizar a pueblos libres. Verdaderamente, cuantos más hombres hayan derribado, saqueado y matado, tanto más nobles y distinguidos se consideran a sí mismos; y atrapados por el espectáculo de la gloria vacía, dan a sus crímenes el nombre de virtud. Preferiría que se hicieran dioses de la matanza de bestias salvajes, antes que aprobar una inmortalidad tan manchada de sangre. Si alguien ha matado a un solo hombre, se le considera contaminado y malvado, y no creen lícito que sea admitido en esta morada terrenal de los dioses. Pero aquel que ha masacrado a incontables miles de hombres, ha inundado llanuras con sangre e infectado ríos, no solo es admitido en el templo, sino incluso en el cielo. En Ennio Africano habla así: «Si a alguien le es permitido ascender a las regiones de los dioses de arriba, la mayor puerta del cielo está abierta para mí solo.» Porque, en verdad, extinguió y destruyó una gran parte del género humano. ¡Oh cuán grande la oscuridad en la que estabas envuelto, oh Africano, o más bien oh poeta, en cuanto imaginaste que el ascenso al cielo estaba abierto a los hombres mediante matanzas y derramamiento de sangre! Y también Cicerón asintió a este engaño. Así es en verdad, dijo, oh Africano, pues la misma puerta estaba abierta para Hércules; como si él mismo hubiera sido portero en el cielo en el momento en que esto ocurrió. Yo, en verdad, no puedo determinar si debo considerarlo motivo de tristeza o de risa, cuando veo a hombres graves y eruditos, y, como se parecen a sí mismos, sabios, envueltos en tan miserables oleadas de errores. Si esta es la virtud que nos hace inmortales, yo por mi parte preferiría morir, antes que ser la causa de destrucción para tantos como sea posible. Si la inmortalidad no puede obtenerse de otro modo que mediante derramamiento de sangre, ¿cuál será el resultado si todos acuerdan vivir en armonía? Y esto sin duda puede realizarse, si los hombres dejaran de lado su perniciosa e impía locura y vivieran en inocencia y justicia. ¿Nadie, entonces, será digno del cielo? ¿Perecerá la virtud, porque no se permitirá a los hombres enfurecerse contra sus semejantes? Pero aquellos que cuentan el derrocamiento de ciudades y pueblos como la mayor gloria no soportarán la tranquilidad pública: saquearán y se enfurecerán; y mediante la imposición de injurias atroces perturbarán el pacto de la sociedad humana, para tener un enemigo al que puedan destruir con mayor maldad que aquella con la que atacaron.
Ahora procedamos a los temas restantes. La concesión de beneficios dio el nombre de dioses a Ceres y Líber. Puedo probar por las escrituras sagradas que el vino y el grano fueron usados por los hombres antes de la descendencia de Celo y Saturno. Pero supongamos que fueron introducidos por estos. ¿Puede parecer algo mayor haber recogido grano, y habiéndolo triturado, haber enseñado a los hombres a hacer pan; o haber prensado uvas recogidas de la vid, y haber hecho vino, que haber producido y sacado de la tierra el grano mismo, o la vid? Dios, ciertamente, puede haber dejado estas cosas para ser extraídas por el ingenio del hombre; sin embargo, todas las cosas deben pertenecer a Aquel que dio al hombre tanto la sabiduría para descubrir como aquellas mismas cosas que podrían ser descubiertas. También se dice que las artes han ganado inmortalidad para sus inventores, como la medicina para Esculapio, el oficio de herrero para Vulcano. Por tanto, adoremos también a aquellos que enseñaron el arte del batanero y del zapatero. Pero ¿por qué no se rinde honor al descubridor del arte del alfarero? ¿Acaso es que esos ricos desprecian los vasos de Samos? Hay también otras artes, cuyos inventores aprovecharon grandemente la vida del hombre. ¿Por qué no se les han asignado templos también? Pero sin duda es Minerva quien descubrió todo, y por tanto los artesanos le ofrecen oraciones. Tal, entonces, fue la condición baja desde la cual Minerva ascendió al cielo. ¿Hay verdaderamente alguna razón para que alguien deje el culto de Aquel que creó la tierra con sus criaturas vivientes, y el cielo con sus estrellas, por la adoración de aquella que enseñó a los hombres a montar el telar? ¿Qué lugar ocupa aquel que enseñó la curación de las heridas en el cuerpo? ¿Puede ser más excelente que Aquel que formó el cuerpo mismo, y el poder de la sensibilidad y de la vida? Finalmente, ¿acaso ideó y sacó a la luz las hierbas mismas, y las otras cosas en las que consiste el arte de curar?
I, 19
Pero alguno dirá que este Ser supremo, que hizo todas las cosas, y también aquellos que confirieron a los hombres beneficios particulares, tienen derecho a su respectivo culto. Ante todo, jamás ha sucedido que el adorador de estos haya sido también adorador de Dios. Ni puede esto suceder. Porque si el honor que se le tributa a Él es compartido por otros, Él deja por completo de ser adorado, ya que su religión exige que creamos que Él es el Dios único y verdadero. El excelente poeta exclama que todos aquellos que refinaron la vida con la invención de las artes están en las regiones inferiores, y que incluso el descubridor mismo de tal medicina y arte fue arrojado por el rayo a las olas estigias, para que entendamos cuán grande es el poder del Padre omnipotente, que puede extinguir aun a los dioses con sus rayos. Pero los hombres ingeniosos acaso razonaron así consigo mismos: porque Dios no puede ser herido por el rayo, es manifiesto que el suceso nunca ocurrió; más bien, porque sí ocurrió, es manifiesto que la persona en cuestión era un hombre, y no un dios. Pues la falsedad de los poetas no consiste en el hecho, sino en el nombre. Porque temieron el mal si, contra la persuasión general, reconocían lo que era verdad. Pero si entre ellos se conviene en que los dioses fueron hechos de hombres, ¿por qué entonces no creen a los poetas, si alguna vez describen sus destierros y heridas, sus muertes, guerras y adulterios? De lo cual puede entenderse que no pudieron convertirse en dioses, puesto que ni siquiera fueron hombres buenos, y durante su vida realizaron aquellas acciones que producen la muerte eterna.
I, 20
Ahora llego a las supersticiones propias de los romanos, puesto que ya he hablado de las comunes. La loba, nodriza de Rómulo, fue investida con honores divinos. Y podría soportar esto, si hubiera sido el animal mismo cuya figura ella lleva. Livio refiere que había una imagen de Larentina, y ciertamente no de su cuerpo, sino de su mente y carácter. Pues ella era la esposa de Fáustulo, y a causa de su prostitución era llamada entre los pastores loba, es decir, ramera, de donde también el lupanar deriva su nombre. Los romanos sin duda siguieron el ejemplo de los atenienses al representar su figura. Pues cuando una ramera, de nombre Leæna, había dado muerte a un tirano entre ellos, porque era ilícito que la imagen de una ramera fuera colocada en el templo, erigieron la efigie del animal cuyo nombre ella llevaba. Por tanto, así como los atenienses erigieron un monumento a partir del nombre, así los romanos a partir de la profesión de la persona así honrada. También se dedicó un festival a su nombre, y se instituyeron las Larentinalias. Y no es ella la única ramera a quien los romanos adoran, sino también Faula, quien fue, como escribe Verrio, la concubina de Hércules. ¡Cuán grande debe pensarse que es esa inmortalidad que se alcanza aun por rameras! Flora, habiendo obtenido gran riqueza con esta práctica, hizo al pueblo su heredero, y dejó una suma fija de dinero, de cuyos réditos anuales pudiera celebrarse su cumpleaños con juegos públicos, a los que llamaron Floralia. Y porque esto parecía deshonroso al senado, a fin de que se diera una especie de dignidad a un asunto vergonzoso, resolvieron que se tomara un argumento del nombre mismo. Fingieron que ella era la diosa que preside sobre las flores, y que debía ser aplacada, para que las cosechas, junto con los árboles o vides, produjeran una floración buena y abundante. El poeta siguió esta idea en su Fasti, y relató que había una ninfa, de ningún modo oscura, que se llamaba Cloris, y que, al casarse con Céfiro, recibió de su esposo como regalo de bodas el dominio sobre todas las flores. Estas cosas se dicen con propiedad, pero creerlas es indecoroso y vergonzoso. Y cuando la verdad está en cuestión, ¿deben engañarnos disfraces de esta clase? Por tanto, aquellos juegos se celebran con toda lascivia, como conviene a la memoria de una ramera. Pues además de la licencia de palabras, en que se derrama toda desvergüenza, también se despoja a las mujeres de sus vestiduras a petición del pueblo, y luego desempeñan el oficio de mimos, y son retenidas a la vista del pueblo con gestos indecentes, hasta saciar los ojos impúdicos.
Tacio consagró una imagen de Cloacina, que había sido hallada en la gran cloaca; y porque no sabía de quién era la semejanza, le dio un nombre tomado del lugar. Tulo Hostilio fabricó y adoró al Miedo y a la Palidez. ¿Qué diré de él, sino que era digno de tener a sus dioses siempre a mano, como suelen desear los hombres? La conducta de Marco Marcelo en cuanto a la consagración del Honor y del Valor difiere de esta en la bondad de los nombres, pero coincide en la realidad. El senado obró con la misma vanidad al colocar a la Mente entre los dioses; pues si hubieran poseído alguna inteligencia, jamás habrían emprendido ritos sagrados de esta clase. Cicerón dice que Grecia emprendió un designio grande y audaz al consagrar las imágenes de los Cupidos y Amores en los gimnasios: es claro que halagó a Ático, y bromeó con su amigo. Pues aquello no debió llamarse un gran designio, ni designio alguno, sino la perversidad abandonada y deplorable de hombres impúdicos, que expusieron a sus hijos, a quienes era su deber educar para un curso honorable, a la lujuria de los jóvenes, y quisieron que adoraran a dioses de libertinaje, en aquellos lugares especialmente donde sus cuerpos desnudos quedaban expuestos a la mirada de sus corruptores, y a esa edad que, por su simplicidad e incautedad, puede ser seducida y atrapada antes de poder estar en guardia. ¿Qué maravilla si toda clase de libertinaje fluyó de esta nación, entre quienes los vicios mismos tienen la sanción de la religión, y están tan lejos de ser evitados, que incluso son adorados? Y por tanto, como si superara a los griegos en prudencia, añadió a esta sentencia lo siguiente: «No deben consagrarse los vicios, sino las virtudes.» Pero si admites esto, oh Marco Tulio, no ves que sucederá que los vicios irrumpirán junto con las virtudes, porque las cosas malas se adhieren a las buenas, y tienen mayor influencia en las mentes de los hombres; y si prohíbes consagrar estos, la misma Grecia te responderá que adora a algunos dioses para recibir beneficios, y a otros para evitar injurias.
Pues esta es siempre la excusa de quienes consideran a sus males como dioses, así como los romanos estiman a la Roya y a la Fiebre. Si, por tanto, no han de consagrarse los vicios, en lo cual convengo contigo, tampoco ciertamente las virtudes. Pues ellas no tienen inteligencia ni percepción de sí mismas; ni han de colocarse dentro de muros o santuarios hechos de barro, sino dentro del pecho; y han de encerrarse dentro, no sea que resulten falsas si se colocan fuera del hombre. Por tanto, me río de aquella ilustre ley tuya que expones en estas palabras: «Pero aquellas cosas por las cuales se concede al hombre ascender al cielo —hablo de la mente, la virtud, la piedad, la fe— haya templos para sus alabanzas.» Pero estas cosas no pueden separarse del hombre. Pues si han de ser honradas, necesariamente han de estar en el hombre mismo. Mas si están fuera del hombre, ¿qué necesidad hay de honrar aquellas cosas que no posees? Porque es la virtud la que ha de ser honrada, y no la imagen de la virtud; y ha de ser honrada no con sacrificio alguno, ni incienso, ni oración solemne, sino solo con la voluntad y el propósito. Pues ¿qué otra cosa es honrar la virtud, sino comprehenderla con la mente, y retenerla firmemente? Y tan pronto como alguien comienza a desear esto, lo alcanza. Este es el único honor de la virtud; pues no ha de tenerse otra religión y culto sino el del único Dios. ¿A qué propósito, entonces, oh hombre sapientísimo, ocupar con edificios superfluos lugares que podrían servir al uso de los hombres? ¿A qué propósito establecer sacerdotes para el culto de objetos vanos e insensatos? ¿A qué propósito inmolar víctimas? ¿A qué propósito destinar tan gran gasto a la formación o adoración de imágenes? El pecho humano es un templo más fuerte y más incorrupto: adórnese este más bien, llénese este con las verdaderas deidades. Pues quienes así adoran las virtudes —es decir, quienes persiguen las sombras e imágenes de las virtudes— no pueden retener las cosas mismas que son verdaderas. Por tanto, no hay virtud en nadie cuando los vicios gobiernan; no hay fe cuando cada cual se lleva todas las cosas para sí; no hay piedad cuando la avaricia no perdona ni a parientes ni a padres, y la pasión se precipita al veneno y a la espada: no hay paz, no hay concordia, cuando las guerras se desatan en público, y en privado prevalecen las enemistades hasta el derramamiento de sangre; no hay castidad cuando lujurias desenfrenadas contaminan a cada sexo, y a todo el cuerpo en cada parte. Sin embargo, no dejan de adorar aquellas cosas de las que huyen y que odian. Pues adoran con incienso y con las puntas de los dedos aquellas cosas de las que debieron apartarse con sus sentimientos más íntimos; y este error se deriva por completo de su ignorancia del bien principal y sumo.
Cuando su ciudad fue ocupada por los galos, y los romanos, que estaban sitiados en el Capitolio, habían fabricado máquinas de guerra con el cabello de las mujeres, dedicaron un templo a la Venus Calva. Por tanto, no entienden cuán vanas son sus religiones, incluso por este mismo hecho, de que se burlan de ellas con estas locuras. Tal vez habían aprendido de los lacedemonios a inventarse dioses a partir de los acontecimientos. Pues cuando asediaban a los mesenios, y estos (los mesenios) habían salido en secreto, escapando a la atención de los sitiadores, y se habían apresurado a saquear Lacedemonia, fueron derrotados y puestos en fuga por las mujeres espartanas. Pero los lacedemonios, habiendo conocido la estratagema del enemigo, los siguieron. Las mujeres en armas salieron a cierta distancia a su encuentro; y cuando vieron que sus maridos se preparaban para la batalla, suponiendo que eran mesenios, descubrieron sus cuerpos. Mas los hombres, reconociendo a sus esposas, y excitados a la pasión por la vista, se lanzaron a un coito promiscuo, pues no había tiempo para discernir. De igual modo, los jóvenes que en una ocasión anterior habían sido enviados por el mismo pueblo, habiendo tenido relaciones con las vírgenes, de quienes nacieron los Partenias, en memoria de este hecho erigieron un templo y una estatua a Venus armada. Y aunque esto tuvo origen en una causa vergonzosa, sin embargo parece mejor haber consagrado a Venus armada que calva. Al mismo tiempo se erigió también un altar a Júpiter Pistor (el panadero), porque les había advertido en sueños que hicieran pan con todo el grano que tenían, y lo arrojaran al campamento del enemigo; y cuando esto se hizo, el asedio terminó, puesto que los galos desesperaron de poder reducir a los romanos por el hambre.
¡Qué irrisión de los ritos religiosos es esta! Si yo fuera defensor de estos, ¿de qué podría quejarme tanto como de que el nombre de los dioses haya caído en tal desprecio que sea burlado con los nombres más deshonrosos? ¿Quién no se reiría de la diosa Fornax, o más bien de que hombres doctos se ocupen en celebrar las Fornacalias? ¿Quién puede contener la risa al oír hablar de la diosa Muta? Dicen que ella es la diosa de quien nacieron los Lares, y la llaman Lara, o Larunda. ¿Qué ventaja puede proporcionar a un adorador aquella que es incapaz de hablar? También se adora a Caca, que informó a Hércules del robo de sus bueyes, habiendo obtenido la inmortalidad mediante la traición a su hermano; y a Cunina, que protege a los infantes en la cuna, y aleja los maleficios; y a Estérculo, que introdujo por primera vez el método de abonar la tierra; y a Tutino, ante quien se sientan las novias, como introducción a los ritos matrimoniales; y otras mil ficciones, de modo que quienes consideraron a estos como objetos de culto pueden decirse más necios que los egipcios, que adoran ciertas imágenes monstruosas y ridículas. Estas, sin embargo, tienen algún delineamiento de forma. ¿Qué diré de quienes adoran una piedra tosca e informe bajo el nombre de Término? Este es aquel de quien se dice que Saturno devoró en lugar de Júpiter; y no se le tributa el honor inmerecidamente. Pues cuando Tarquinio quiso edificar el Capitolio, y había capillas de muchos dioses en aquel lugar, los consultó por augurio si cederían el paso a Júpiter; y cuando los demás cedieron, Término solo permaneció. Por cuya circunstancia el poeta habla de la piedra inmóvil del Capitolio. Ahora bien, por este mismo hecho, ¡cuán grande se descubre que es Júpiter, a quien una piedra no cedió, con esta confianza, quizá, porque lo había rescatado de las fauces de su padre! Por tanto, cuando se edificó el Capitolio, se dejó una abertura en el techo sobre el propio Término, para que, puesto que no había cedido, disfrutara del cielo libre; pero no disfrutaron ellos mismos de esto, quienes imaginaron que una piedra lo disfrutaba. Y por eso le dirigen súplicas públicas, como al dios que es guardián de los linderos; y no solo es una piedra, sino a veces también un tronco. ¿Qué diré de quienes adoran tales objetos, sino que ellos, por encima de todos, son piedras y troncos?
Capítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
I, 21
Hemos hablado de los dioses mismos que son adorados; ahora debemos decir unas pocas palabras respecto de sus sacrificios y misterios. Entre el pueblo de Chipre, Teucro sacrificó una víctima humana a Júpiter, y transmitió a la posteridad aquel sacrificio que fue abolido últimamente por Adriano cuando era emperador. Había una ley entre el pueblo de Táuride, nación feroz e inhumana, por la cual se ordenaba que los extranjeros fueran sacrificados a Diana; y este sacrificio se practicó durante muchas edades. Los galos solían aplacar a Heso y Teutates con sangre humana. Ni, en verdad, estaban los latinos libres de esta crueldad, puesto que Júpiter Lacial es adorado aun ahora con la ofrenda de sangre humana. ¿Qué beneficio imploran de los dioses quienes ofrecen tales sacrificios? ¿O qué son capaces de otorgar tales deidades a los hombres por cuyos castigos son propiciados? Pero esto no es tanto cosa de asombro respecto de los bárbaros, cuya religión concuerda con su carácter. ¿Acaso no se halla que nuestros compatriotas, que siempre han reclamado para sí la gloria de la mansedumbre y la civilización, son más inhumanos por estos ritos sacrílegos? Pues más bien deben estimarse impíos aquellos que, aunque están adornados con los estudios de una educación liberal, se apartan de tal refinamiento, que aquellos que, siendo ignorantes e inexpertos, se deslizan hacia prácticas malas por su ignorancia de las buenas. Y sin embargo, es claro que este rito de inmolar víctimas humanas es antiguo, puesto que Saturno era honrado en el Lacio con el mismo género de sacrificio; no ciertamente que un hombre fuera muerto en el altar, sino que era arrojado desde el puente Milvio al Tíber. Y Varrón refiere que esto se hacía de acuerdo con un oráculo; del cual oráculo el último verso es de este tenor: «Y ofreced cabezas a Ades, y al padre un hombre.» Y porque esto parece ambiguo, se acostumbra arrojarle tanto una antorcha como un hombre. Pero se dice que sacrificios de esta clase fueron puestos fin por Hércules cuando volvió de España; continuando la costumbre de que, en lugar de hombres reales, se arrojaran imágenes hechas de juncos, como nos informa Ovidio en sus Fasti: «Hasta que el Tirintio llegó a estas tierras, se ofrecían anualmente sacrificios sombríos al modo leucadio: él arrojó al agua romanos hechos de paja; vosotros, según el ejemplo de Hércules, arrojad las imágenes de cuerpos humanos.»
Las vírgenes vestales hacen estas ofrendas sagradas, como dice el mismo poeta: «Entonces también una virgen acostumbra arrojar desde el puente de madera las imágenes de antiguos hombres hechas de juncos.»
Pues no puedo hallar lenguaje para hablar de los infantes que eran inmolados al mismo Saturno, a causa de su odio a Júpiter. ¡Pensar que los hombres fueron tan bárbaros, tan salvajes, que dieron el nombre de sacrificio a la matanza de sus propios hijos, es decir, a una acción vil, y que ha de ser tenida en detestación por el género humano; puesto que, sin miramiento alguno al afecto paterno, destruyeron vidas tiernas e inocentes, a una edad que es especialmente grata a los padres, y superaron en brutalidad la fiereza de todas las bestias, las cuales —aun siendo salvajes— aman a sus crías! ¡Oh locura incurable! ¿Qué más podrían hacerles aquellos dioses, si estuvieran enojadísimos, que lo que ahora hacen cuando están propicios, cuando mancillan a sus adoradores con el parricidio, los visitan con el duelo, y los privan de los sentimientos de los hombres? ¿Qué puede ser sagrado para estos hombres? ¿O qué harán en lugares profanos, quienes cometen los mayores crímenes en medio de los altares de los dioses? Pescennio Festo relata en los libros de su Historia por una Sátira, que los cartagineses acostumbraban inmolar víctimas humanas a Saturno; y cuando fueron vencidos por Agatocles, rey de los sicilianos, imaginaron que el dios estaba enojado con ellos; y por tanto, para ofrecer una expiación más diligente, inmolaron a doscientos hijos de sus nobles: «Tan grandes los males a que pudo inducir la religión, que a menudo ha producido obras impías y malvadas.» ¿Qué ventaja, entonces, se propusieron los hombres con aquel sacrificio, cuando dieron muerte a tan gran parte del estado, como ni siquiera Agatocles había matado cuando venció?
De esta clase de sacrificios han de juzgarse signos de no menor locura aquellos ritos públicos; algunos de los cuales son en honor de la madre de los dioses, en los que los hombres se mutilan a sí mismos; otros son en honor de Virtus, a la que también llaman Belona, en los que los sacerdotes hacen ofrendas no con la sangre de otra víctima, sino con la propia. Pues, cortándose los hombros, y blandiendo espadas desenvainadas en cada mano, corren, están fuera de sí, están frenéticos. Por tanto, Quintiliano dice excelentemente en su Fanático: «Si un dios obliga a esto, lo hace con ira.» ¿Acaso son sagradas aun estas cosas? ¿No es mejor vivir como bestias, que adorar a deidades tan impías, profanas y sanguinarias? Pero discutiremos en el momento oportuno la fuente de la que se originaron estos errores y hechos de tan gran deshonra. Mientras tanto, miremos también otros asuntos que están sin culpa, para que no parezca que elegimos las partes peores por el deseo de hallar faltas. En Egipto hay ritos sagrados en honor de Isis, puesto que ella perdió o encontró a su pequeño hijo. Pues al principio sus sacerdotes, habiendo alisado sus cuerpos, se golpean el pecho, y se lamentan, como la diosa misma había hecho cuando su hijo se perdió. Después se presenta al niño, como si fuera hallado, y aquel duelo se cambia en gozo. Por tanto, Lucano dice: «Y Osiris nunca suficientemente buscado.» Pues siempre lo pierden, y siempre lo encuentran. Por tanto, en los ritos sagrados hay una representación de una circunstancia que realmente ocurrió; y que ciertamente declara, si tenemos alguna inteligencia, que ella fue una mujer mortal, y casi desolada, de no haber hallado a una persona. Y esto no escapó a la noticia del poeta mismo; pues representa a Pompeyo cuando joven hablando así, al oír la muerte de su padre: «Ahora sacaré del sepulcro a la deidad Isis, y la enviaré por las naciones; y esparciré entre el pueblo a Osiris cubierto de madera.» Este Osiris es el mismo a quien el pueblo llama Serapis. Pues es costumbre que se cambien los nombres de los muertos que son deificados, para que ninguno, según creo, pueda imaginarlos hombres. Pues Rómulo después de su muerte se convirtió en Quirino, y Leda en Némesis, y Circe en Marica; e Ino, cuando saltó al mar, fue llamada Leucótea; y la madre Matuta; y su hijo Melicertes fue llamado Palemón y Portumno. Y los ritos sagrados de la Ceres eleusinia no son desemejantes a estos. Pues como en aquellos que han sido mencionados se busca al niño Osiris con el lamento de su madre, así en estos Proserpina es arrebatada para contraer un matrimonio incestuoso con su tío; y porque se dice que Ceres la buscó en Sicilia con antorchas encendidas en la cima del Etna, por esta razón sus ritos sagrados se celebran con el arrojo de antorchas.
En Lámpsaco, la víctima que ha de ofrecerse a Príapo es un asno, y la causa del sacrificio de este animal se expone así en los Fasti:— Cuando todas las deidades se habían reunido en el festival de la Gran Madre, y cuando, saciadas con el banquete, pasaban la noche en juegos, dicen que Vesta se había tendido en el suelo para descansar, y se había dormido, y que Príapo entonces formó un designio contra su honor mientras dormía; pero que ella fue despertada por el rebuzno inoportuno del asno en que solía cabalgar Sileno, y que el designio del insidioso conspirador se frustró. Por esta razón dicen que el pueblo de Lámpsaco acostumbraba sacrificar un asno a Príapo, como en venganza; pero entre los romanos el mismo animal era coronado en las Vestalias (festival de Vesta) con panes, en honor de la preservación de su castidad. ¿Qué hay más vil, más deshonroso, que el que Vesta esté en deuda con un asno por la preservación de su pureza? Pero el poeta inventó una fábula. ¿Acaso fue más verdadero lo que relatan quienes escribieron «Fenómenos», cuando hablan de las dos estrellas de Cáncer, que los griegos llaman asnos? Que eran asnos los que llevaron a través al padre Líber cuando no pudo cruzar un río, y que él recompensó a uno de ellos con el poder de hablar con voz humana; y que surgió una contienda entre él y Príapo; y Príapo, vencido en la contienda, se enfureció, y mató al vencedor. Esto verdaderamente es mucho más absurdo. Pero los poetas tienen licencia de decir lo que quieran. No me entrometo en un misterio tan odioso; ni despojo a Príapo de su disfraz, no sea que se saque a la luz algo digno de risa. Es verdad que los poetas inventaron estas ficciones, pero deben haber sido inventadas con el propósito de ocultar alguna depravación mayor. Investiguemos cuál es esta. Pero en realidad es evidente. Pues como se sacrifica el toro a Luna, porque él también tiene cuernos como ella; y como «Persia propicia con un caballo a Hiperión rodeado de rayos, para que no se ofrezca una víctima lenta al dios veloz;» así en este caso no pudo hallarse víctima más adecuada que aquella que se asemejaba a aquel a quien se ofrece.
En Lindos, que es una ciudad de Rodas, hay ritos sagrados en honor de Hércules, cuya observancia difiere ampliamente de todos los demás ritos; pues no se celebran con palabras de buen agüero (como las llaman los griegos), sino con insultos y maldiciones. Y consideran una violación de los ritos sagrados, si en algún momento durante la celebración de las solemnidades se le escapa a alguien una buena palabra, aun inadvertidamente. Y esta es la razón que se asigna para esta práctica, si es que puede haber alguna razón en cosas completamente insensatas. Cuando Hércules llegó al lugar, y sufría hambre, vio a un labrador trabajando, y comenzó a pedirle que le vendiera uno de sus bueyes. Pero el labrador respondió que eso era imposible, porque su esperanza de cultivar la tierra dependía por completo de aquellos dos toros. Hércules, con su acostumbrada violencia, porque no pudo recibir uno de ellos, mató a ambos. Mas el infeliz, cuando vio que sus bueyes estaban muertos, vengó la injuria con insultos—circunstancia que proporcionó placer al hombre de elegancia y refinamiento. Pues mientras prepara un festín para sus compañeros, y mientras devora los bueyes de otro hombre, recibe con ridículo y carcajadas los amargos reproches con que el otro lo asalta. Pero cuando se determinó que se tributasen honores divinos a Hércules en admiración de su excelencia, los ciudadanos erigieron un altar en su honor, al que él llamó, por la circunstancia, el yugo de los bueyes; y en este altar se sacrificaban dos bueyes uncidos, como aquellos que él había tomado del labrador. Y designó al mismo hombre para ser su sacerdote, y le ordenó que usara siempre los mismos insultos al ofrecer el sacrificio, porque dijo que jamás había comido con más placer. Ahora bien, estas cosas no son sagradas, sino sacrílegas, en las que se dice que se ordena aquello que, si se hace en otras cosas, se castiga con la mayor severidad. ¿Qué muestran, además, los ritos del propio Júpiter cretense, sino la manera en que fue apartado de su padre, o criado? Hay una cabra perteneciente a la ninfa Amaltea, que amamantó al infante; y de esta cabra habla así Germánico César, en su poema traducido de Arato:—
Se supone que es la nodriza de Júpiter; si en verdad el infante Júpiter presionó las fieles ubres de la cabra cretense, que atestigua la gratitud de su señor por una brillante constelación.
Museo refiere que Júpiter, cuando luchaba contra los Titanes, usó la piel de esta cabra como escudo, por cuya circunstancia es llamado por los poetas escudero. Así, todo lo que se hizo para ocultar al niño, eso también se hace por vía de representación en los ritos sagrados. Además, el misterio de su madre contiene también la misma historia que Ovidio expone en los Fasti:—
Ahora el elevado Ida resuena con tintineos, para que el niño pueda llorar seguro con boca infantil. Unos golpean sus escudos con estacas, otros baten sus yelmos vacíos. Este es el empleo de los Curetes, este el de los Coribantes. El asunto se ocultó, y quedan imitaciones del antiguo hecho; las diosas asistentes sacuden instrumentos de bronce, y pieles roncas. En lugar de yelmos golpean címbalos, y tambores en lugar de escudos; la flauta da sones frigios, como los daba antes.
Salustio rechazó esta opinión por completo, como si fuera inventada por los poetas, y quiso dar una explicación ingeniosa de las razones por las que se dice que los Curetes nutrieron a Júpiter; y habla con este propósito: Porque fueron los primeros en entender el culto de la deidad, que por tanto la antigüedad, que exagera todas las cosas, los dio a conocer como los nutricios de Júpiter. Cuánto se equivocó este hombre docto, lo declara al punto la materia misma. Pues si Júpiter ocupa el primer lugar, tanto entre los dioses como en los ritos religiosos, si ningunos dioses fueron adorados por el pueblo antes de él, porque aquellos que son adorados no habían nacido aún; parece que los Curetes, por el contrario, fueron los primeros que no entendieron el culto de la deidad, puesto que todo error fue introducido por ellos, y la memoria del Dios verdadero fue quitada. Deberían, por tanto, haber entendido por los misterios y ceremonias mismos, que ofrecían oraciones a hombres muertos. No exijo, entonces, que nadie crea las ficciones de los poetas. Si alguno imagina que estos hablan falsamente, considere los escritos de los pontífices mismos, y pese todo lo que hay de literatura perteneciente a los ritos sagrados: hallará quizá más cosas de las que nosotros aducimos, por las cuales podrá entender que todas las cosas que se estiman sagradas son vacías, vanas y ficticias. Pero si alguno, habiendo descubierto la sabiduría, dejara a un lado su error, ciertamente se reirá de las locuras de hombres que están casi sin entendimiento: me refiero a aquellos que o bien danzan con gestos indecorosos, o corren desnudos, ungidos y coronados con guirnaldas, ya sea con una máscara o embadurnados de barro. ¿Qué diré de los escudos ya podridos por la edad? Cuando los llevan, piensan que llevan a los dioses mismos sobre sus hombros. Pues Furio Bibáculo es tenido entre los principales ejemplos de piedad, quien, aunque era pretor, sin embargo llevó el escudo sagrado, precedido por los lictores, aunque su cargo de pretor le daba exención de este deber. Por tanto, no era Furio, sino completamente loco, quien pensó que honraba su pretura con este servicio. Merecidamente, entonces, puesto que estas cosas son hechas por hombres no inhábiles e ignorantes, exclama Lucrecio:—
¡Oh mentes necias de los hombres! ¡Oh pechos ciegos! ¡En qué tinieblas de la vida y en cuán grandes peligros se pasa este término de la vida, sea cual fuere su duración!
¿Quién que posea algún sentido no se reiría de estas burlas, cuando ve que hombres, como privados de inteligencia, hacen con seriedad aquellas cosas que, si alguien las hiciera en broma, parecería demasiado lleno de broma y de locura?