VII, 21
Ante todo, pues, decimos que el poder de Dios es tan grande, que percibe aun las cosas incorpóreas, y las gobierna como quiere. Pues aun los ángeles temen a Dios, porque pueden ser castigados por Él de un modo inefable; y los demonios le temen, porque son atormentados y castigados por Él. ¿Qué maravilla es, pues, que las almas, aunque sean inmortales, sean sin embargo capaces de sufrir en manos de Dios? Porque, no teniendo nada sólido y tangible en sí mismas, no pueden sufrir violencia de los seres sólidos y corpóreos; mas, porque viven solo en sus espíritus, son capaces de ser tratadas únicamente por Dios, cuya energía y sustancia es espiritual. Pero, sin embargo, las escrituras sagradas nos informan de qué manera los impíos han de sufrir castigo. Porque, como han cometido pecados en sus cuerpos, serán revestidos de nuevo de carne, para que expíen en sus cuerpos; y, no obstante, no será aquella carne con que Dios vistió al hombre, semejante a este nuestro cuerpo terreno, sino indestructible y permanente para siempre, para que pueda resistir los tormentos y el fuego eterno, cuya naturaleza es diferente de este fuego nuestro, que usamos para los fines necesarios de la vida, y que se extingue si no lo sustenta la materia de algún combustible. Pero aquel fuego divino vive siempre por sí mismo, y florece sin alimento alguno; ni tiene humo mezclado consigo, sino que es puro y líquido, y fluido, a la manera del agua. Pues no es empujado hacia arriba por fuerza alguna, como nuestro fuego, al que la impureza del cuerpo terreno, por la cual está retenido, y el humo entremezclado, obligan a saltar fuera y a volar hacia la naturaleza del cielo, con movimiento trémulo.
El mismo fuego divino, pues, con una y la misma fuerza y poder, quemará a los impíos y los formará de nuevo, y repondrá cuanto consuma de sus cuerpos, y se proveerá a sí mismo de eterno alimento: lo cual los poetas transfirieron al buitre de Ticio. Así, sin consumción alguna de los cuerpos, que recobran su sustancia, tan solo los quemará y los afectará con sensación de dolor. Mas cuando haya juzgado a los justos, también los probará con fuego. Entonces aquellos cuyos pecados excedan en peso o en número serán abrasados por el fuego y quemados; pero aquellos a quienes la plena justicia y la madurez de la virtud haya imbuido no percibirán ese fuego; pues tienen algo de Dios en sí mismos que repele y rechaza la violencia de la llama. Tan grande es la fuerza de la inocencia, que la llama se aparta de ella sin hacerle daño; la cual ha recibido de Dios este poder: que quema a los impíos y está bajo el mando de los justos. Ni, sin embargo, imagine nadie que las almas son juzgadas inmediatamente después de la muerte. Pues todas son detenidas en un único y común lugar de reclusión, hasta la llegada del tiempo en que el gran Juez haga investigación de sus merecimientos. Entonces aquellos cuya piedad haya sido aprobada recibirán el premio de la inmortalidad; pero aquellos cuyos pecados y crímenes hayan sido sacados a la luz no resucitarán, sino que quedarán ocultos en las mismas tinieblas con los impíos, destinados a castigo cierto.
VII, 22
Algunos imaginan que estas cosas son invenciones de los poetas, sin saber de dónde las recibieron los poetas, y dicen que estas cosas son imposibles; y no es de extrañar que así les parezca. Pues el asunto es relatado por los poetas de un modo diferente de la verdad; porque, aunque son mucho más antiguos que los historiadores y oradores, y que otros géneros de escritores, no obstante, como ignoraban el secreto del divino misterio, y la mención de una futura resurrección les había llegado por un rumor oscuro, la transmitieron, oída con descuido y ligereza, a la manera de un relato fingido. Y sin embargo también testificaron que no seguían una autoridad segura, sino la mera opinión, como Marón, que dice:
Lo que el oído ha oído, que la lengua lo dé a conocer.
Aunque, pues, han corrompido en parte los secretos de la verdad, con todo el asunto mismo se halla que es más verdadero, porque en parte concuerda con los profetas: lo cual es suficiente para nosotros como prueba del asunto. Aun así, hay cierta razón contenida en su error. Porque cuando los profetas proclamaban con continuos anuncios que el Hijo de Dios había de juzgar a los muertos, y este anuncio no escapó a su conocimiento; por cuanto suponían que no había otro gobernante del cielo sino Júpiter, refirieron que el hijo de Júpiter era rey en las regiones inferiores, pero no Apolo, ni Líber, ni Mercurio, que se suponen dioses del cielo, sino uno que era a la vez mortal y justo, ya Minos, ya Éaco, ya Radamanto. Por tanto, con licencia poética corrompieron aquello que habían recibido; o, esparcida la opinión por distintas bocas y variados discursos, cambiaron la verdad. Porque, por cuanto predijeron que, pasados mil años en las regiones inferiores, serían de nuevo restituidos a la vida, como dijo Marón: —
Todos estos, cuando los siglos diez veces contados
La rueda del destino hayan rodado,
La voz divina de lejos y de cerca
Los llama a la ribera del Leteo,
Para que hacia la tierra pasen una vez más,
Sin recordar las cosas de antes,
Y con ciega propensión anhelen
A cuerpos carnales retornar:
este asunto escapó a su conocimiento: que los muertos resucitarán, no después de mil años de su muerte, sino que, restituidos de nuevo a la vida, reinarán con Dios mil años. Porque Dios vendrá, para que, habiendo limpiado el mundo de toda impureza, restituya las almas de los justos a sus cuerpos renovados, y los eleve a la bienaventuranza eterna. Por tanto, las demás cosas son verdaderas, excepto el agua del olvido, que fingieron por esta razón: para que nadie pudiera hacer esta objeción: ¿por qué, pues, no recordaban que en otro tiempo estuvieron vivos, o quiénes eran, o qué cosas llevaron a cabo? Mas, sin embargo, no se piensa que sea probable, y todo el asunto es rechazado, como si hubiera sido inventado con licencia y fabulosamente. Pero cuando afirmamos la doctrina de la resurrección, y enseñamos que las almas volverán a otra vida, no olvidadas de sí mismas, sino poseedoras de la misma percepción y figura, se nos sale al encuentro con esta objeción: Tantos siglos han pasado ya; ¿qué individuo resucitó jamás de entre los muertos, para que por su ejemplo creamos que es posible? Mas la resurrección no puede tener lugar mientras la injusticia prevalezca todavía. Pues en este mundo los hombres son muertos por la violencia, por la espada, por la emboscada, por los venenos, y son visitados con injurias, con necesidad, con prisión, con tormentos y con proscripciones. Añade a esto que la rectitud es odiada, que todos los que quieren seguir a Dios no solo son tenidos en odio, sino que son hostigados con todo género de oprobios, y son atormentados con múltiples clases de castigos, y son empujados al impío culto de dioses hechos con manos, no por la razón o la verdad, sino por la terrible laceración de sus cuerpos.
¿Deben, pues, los hombres resucitar a estas mismas cosas, o volver a una vida en la que es imposible que estén seguros? Puesto que los justos, entonces, son tan poco estimados, y tan fácilmente arrebatados, ¿qué podemos suponer que habría sucedido si alguien que volviera de entre los muertos hubiera recobrado la vida por una restauración de su condición anterior? Ciertamente sería apartado de los ojos de los hombres, no sea que, si fuese visto u oído, todos los hombres de común acuerdo dejaran los dioses y se entregaran al culto y religión del Dios único. Por tanto, es necesario que la resurrección tenga lugar una sola vez, cuando el mal haya sido quitado, puesto que conviene que los que hayan resucitado ni mueran ya más, ni sean dañados de modo alguno, para que puedan pasar una vida feliz aquellos cuya muerte ha sido anulada. Mas los poetas, sabiendo que esta vida abunda en todos los males, introdujeron el río del olvido, para que las almas, recordando sus trabajos y males, no rehusaran volver a las regiones superiores; por lo cual dice Virgilio: —
¡Oh Padre! ¿Y puede el pensamiento concebir
Que almas felices dejaran este reino,
Y buscaran el cielo superior,
Para reunirse con el barro perezoso?
Este terrible anhelo de la luz,
¿De dónde viene, di, y por qué?
Porque no sabían cómo ni cuándo debía tener lugar; y por eso supusieron que las almas nacían de nuevo, y que volvían de nuevo al seno materno, y retornaban a la infancia. Por lo cual también Platón, al discurrir sobre la naturaleza del alma, dice que de esto puede conocerse que las almas son inmortales y divinas, porque en los niños las mentes son flexibles y de fácil percepción, y porque comprenden tan rápidamente las materias que aprenden, que no parecen entonces estar aprendiendo por primera vez, sino recordándolas y trayéndolas a la memoria: en cuyo asunto el sabio creyó neciamente a los poetas.
VII, 23
Por tanto, no nacerán de nuevo, lo cual es imposible, sino que resucitarán, y serán revestidos por Dios de cuerpos, y recordarán su vida anterior, y todas sus acciones; y siendo colocados en posesión de los bienes celestiales, y gozando del placer de innumerables recursos, darán gracias a Dios en su presencia inmediata, porque Él ha destruido todo mal, y porque los ha elevado a su reino y a la vida perpetua. Acerca de cuya resurrección también los filósofos intentaron hablar tan corruptamente como los poetas. Pues Pitágoras afirmó que las almas pasaban a cuerpos nuevos; pero neciamente, que pasaban de hombres a bestias, y de bestias a hombres; y que él mismo había sido restituido de Euforbo. Crisipo habla mejor, de quien Cicerón habla como sostenedor del pórtico de los estoicos, quien, en los libros que escribió acerca de la providencia, al hablar de la renovación del mundo, introdujo estas palabras: «Mas siendo esto así, es evidente que nada es imposible, y que nosotros, después de nuestra muerte, cuando ciertos períodos de tiempo hayan dado la vuelta de nuevo, somos restituidos a este estado en que ahora nos hallamos.» Pero volvamos de las cosas humanas a las divinas. La Sibila habla así:—
Pues toda la raza de los mortales es difícil de ser creída; pero cuando venga ya el juicio del mundo y de los mortales, que Dios mismo instituirá, juzgando a los impíos y a los santos a un mismo tiempo, entonces por fin enviará a los impíos a las tinieblas en el fuego. Mas cuantos sean santos vivirán de nuevo sobre la tierra, dándoles Dios a un mismo tiempo espíritu, y honor, y vida.
Mas si no solo los profetas, sino aun los bardos, y los poetas, y los filósofos, convienen en que habrá una resurrección de los muertos, nadie nos pregunte cómo es esto posible: pues ninguna razón puede asignarse a las obras divinas; pero si desde el principio Dios formó al hombre de un modo inefable, podemos creer que el hombre viejo puede ser restaurado por Aquel que hizo al hombre nuevo.
VII, 24
Ahora añadiré el resto. Por tanto, el Hijo del Dios altísimo y poderoso vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, como la Sibila testifica y dice:—
Pues entonces habrá confusión de mortales por toda la tierra, cuando el Todopoderoso mismo venga en su trono de juicio a juzgar las almas de los vivos y de los muertos, y a todo el mundo.
Mas Él, cuando haya destruido la injusticia, y ejecutado su gran juicio, y haya llamado de nuevo a la vida a los justos, que han vivido desde el principio, estará entre los hombres mil años, y los regirá con justísimo mando. Lo cual la Sibila proclama en otro lugar, al proferir sus inspiradas predicciones:—
Oídme, mortales; un Rey eterno reina.
Entonces los que estén vivos en sus cuerpos no morirán, sino que durante aquellos mil años producirán una multitud infinita, y su descendencia será santa, y amada por Dios; mas los que sean resucitados de entre los muertos presidirán a los vivos como jueces. Pero las naciones no serán enteramente extinguidas, sino que algunas serán dejadas como victoria para Dios, para que sean ocasión de triunfo para los justos, y sean sometidas a perpetua esclavitud. Por el mismo tiempo también el príncipe de los demonios, que es el maquinador de todos los males, será atado con cadenas, y será encarcelado durante los mil años del reino celestial en que la rectitud reinará en el mundo, para que no maquine mal alguno contra el pueblo de Dios. Después de su venida los justos serán congregados de toda la tierra, y, completado el juicio, la ciudad sagrada será plantada en medio de la tierra, en la cual Dios mismo, el constructor, habite juntamente con los justos, ejerciendo en ella el gobierno. Y la Sibila señala esta ciudad cuando dice:—
Y la ciudad que Dios hizo, esta la hizo más brillante que las estrellas, y el sol, y la luna.
Entonces aquella oscuridad será quitada del mundo con la cual el cielo estará cubierto y oscurecido, y la luna recibirá el resplandor del sol, ni será disminuida más: mas el sol se volverá siete veces más brillante de lo que ahora es; y la tierra abrirá su fecundidad, y producirá abundantísimos frutos por sí misma; los montes rocosos destilarán miel; arroyos de vino correrán, y ríos fluirán con leche: en una palabra, el mundo mismo se regocijará, y toda la naturaleza exultará, rescatada y libertada del dominio del mal y de la impiedad, y de la culpa y del error. Durante este tiempo las bestias no se alimentarán de sangre, ni las aves de presa; sino que todas las cosas serán pacíficas y tranquilas. Leones y becerros estarán juntos en el pesebre, el lobo no arrebatará la oveja, el perro no cazará presa; halcones y águilas no dañarán; el niño jugará con las serpientes. En una palabra, entonces sucederán aquellas cosas que los poetas dijeron que se hacían en el reinado de Saturno. Cuyo error surgió de esta fuente—que los profetas presentan y hablan de muchos acontecimientos futuros como ya consumados. Pues las visiones eran traídas ante sus ojos por el Espíritu divino, y veían estas cosas, por así decirlo, hechas y consumadas a su propia vista. Y cuando la fama había esparcido gradualmente sus predicciones, como los que no estaban instruidos en los misterios de la religión no sabían por qué se decían, pensaron que todas aquellas cosas se habían cumplido ya en las edades antiguas, las cuales evidentemente no podían ser realizadas y cumplidas bajo el reinado de un hombre. Mas cuando, después de la destrucción de las religiones impías y de la supresión de la culpa, la tierra esté sujeta a Dios—
El marinero mismo también renunciará al mar, ni el pino naval
Cambiará mercancías; todas las tierras producirán todas las cosas.
El suelo no soportará el rastrillo, ni la viña la podadera;
El robusto labrador también soltará los bueyes del yugo.
La llanura poco a poco se tornará dorada con suaves espigas de grano,
La uva ruborosa colgará de las zarzas incultas,
Y las duras encinas destilarán la miel rociada.
Ni la lana aprenderá a contrahacer colores variados;
Sino que el carnero mismo en los prados cambiará su vellón,
Ya para una dulcemente ruborosa púrpura, ya para el tinte del azafrán;
La escarlata por sí misma cubrirá a los corderos mientras pacen.
Las cabras por sí mismas traerán a casa sus ubres distendidas de leche;
Ni los rebaños temerán a los enormes leones.
Cuyas cosas el poeta predijo según los versos de la Sibila de Cumas. Mas la Eritrea habla así:—
Mas los lobos no contenderán con los corderos en los montes, y los linces comerán hierba con los cabritos; los jabalíes pacerán con los becerros, y con todos los rebaños; y el león carnívoro comerá paja en el pesebre, y las serpientes dormirán con los infantes privados de sus madres.
Y en otro lugar, hablando de la fecundidad de todas las cosas:—
Y entonces dará Dios gran gozo a los hombres; pues la tierra, y los árboles, y los innumerables rebaños de la tierra darán a los hombres el verdadero fruto de la vid, y dulce miel, y blanca leche, y grano, que es la mejor de todas las cosas para los mortales.
Y otra del mismo modo:—
La tierra sagrada de los piadosos solamente producirá todas estas cosas, el arroyo de miel de la roca y de la fuente, y la leche de ambrosía fluirá para todos los justos.
Por tanto, los hombres vivirán una vida tranquilísima, abundando en recursos, y reinarán juntamente con Dios; y los reyes de las naciones vendrán de los confines de la tierra con dones y ofrendas, a adorar y honrar al gran Rey, cuyo nombre será renombrado y venerado por todas las naciones que estén bajo el cielo, y por los reyes que reinen sobre la tierra.
VII, 25
Estas son las cosas que los profetas dicen que han de suceder en lo futuro; pero no he considerado necesario aducir sus testimonios y palabras, pues sería tarea interminable; ni los límites de mi libro recibirían tan gran multitud de asuntos, ya que tantos, con un solo aliento, dicen cosas semejantes; y al mismo tiempo, para que no se cause tedio a los lectores si amontonara cosas recogidas y trasladadas de todos; además, para confirmar aquellas mismas cosas que dije, no por mis propios escritos, sino de manera especial por los escritos de otros, y mostrar que no solo entre nosotros, sino incluso entre aquellos mismos que nos vituperan, se conserva la verdad que ellos rehúsan reconocer. Mas quien desee conocer estas cosas con más exactitud podrá beber de la fuente misma, y conocerá más cosas dignas de admiración que las que hemos comprendido en estos libros. Acaso alguien pregunte ahora cuándo han de suceder estas cosas de que hemos hablado. Ya he mostrado antes que, cuando se hayan cumplido seis mil años, debe tener lugar este cambio, y que el último día de la conclusión extrema se acerca ya. Nos es permitido conocer acerca de las señales de que hablan los profetas, pues ellos predijeron señales por las cuales la consumación de los tiempos ha de ser esperada por nosotros de día en día, y temida. Mas cuándo se cumplirá esta cantidad, lo enseñan quienes han escrito acerca de los tiempos, recogiéndola de las escrituras sagradas y de varias historias, cuán grande es el número de años desde el principio del mundo. Y aunque varían, y la cantidad del número según ellos lo calculan difiere considerablemente, sin embargo toda expectación no excede el límite de doscientos años. El asunto mismo declara que la caída y ruina del mundo tendrá lugar en breve; salvo que mientras la ciudad de Roma permanece, parece que nada de este género ha de temerse. Mas cuando aquella capital del mundo haya caído, y haya comenzado a ser una calle, lo cual las Sibilas dicen que sucederá, ¿quién puede dudar de que el fin ha llegado ya a los asuntos de los hombres y del mundo entero? Es aquella ciudad, aquella sola, la que aún sostiene todas las cosas; y el Dios del cielo ha de ser rogado e implorado por nosotros —si, en verdad, sus disposiciones y decretos pueden ser retardados—, no sea que, antes de lo que pensamos, venga aquel tirano detestable que emprenderá tan gran obra, y arranque aquel ojo, con cuya destrucción el mundo mismo está a punto de caer. Ahora volvamos, para exponer las demás cosas que han de seguir entonces.
VII, 26
Hemos dicho, poco antes, que sucederá al comienzo del sagrado reinado que el príncipe de los demonios será atado por Dios. Pero él también, cuando los mil años del reino, es decir, los siete mil [del mundo], comiencen a terminarse, será soltado de nuevo, y saliendo de la prisión, irá y reunirá a todas las naciones que entonces estarán bajo el dominio de los justos, para que hagan guerra contra la ciudad santa; y se reunirá de todo el mundo una innumerable compañía de naciones, y sitiarán y rodearán la ciudad. Entonces vendrá sobre las naciones la última ira de Dios, y las destruirá por completo; y primero sacudirá la tierra con grandísima violencia, y con su movimiento se rasgarán los montes de Siria, y las colinas se hundirán precipitadamente, y caerán los muros de todas las ciudades, y Dios hará que el sol se detenga, de modo que no se ponga durante tres días, y le prenderá fuego; y un calor excesivo y una gran quemazón descenderán sobre el pueblo hostil e impío, y lluvias de azufre, y piedras de granizo, y gotas de fuego; y sus espíritus se derretirán por el calor, y sus cuerpos serán magullados por el granizo, y se herirán unos a otros con la espada. Los montes se llenarán de cadáveres, y las llanuras se cubrirán de huesos; pero el pueblo de Dios, durante aquellos tres días, estará oculto bajo cuevas de la tierra, hasta que la ira de Dios contra las naciones y el juicio último se hayan acabado.
Entonces los justos saldrán de sus escondites, y hallarán todas las cosas cubiertas de cadáveres y huesos. Mas toda la raza de los malvados perecerá por completo; y no habrá ya en este mundo nación alguna, sino solo la nación de Dios. Entonces, durante siete años continuos, los bosques quedarán intactos, ni se cortará madera de los montes, sino que se quemarán las armas de las naciones; y ya no habrá guerra, sino paz y descanso eterno. Mas cuando se hayan cumplido los mil años, el mundo será renovado por Dios, y los cielos serán plegados juntos, y la tierra será cambiada, y Dios transformará a los hombres en semejanza de ángeles, y serán blancos como la nieve; y estarán siempre ocupados a la vista del Todopoderoso, y ofrecerán ofrendas a su Señor, y le servirán para siempre. Al mismo tiempo tendrá lugar aquella segunda y pública resurrección de todos, en la cual los injustos serán levantados para los castigos eternos. Estos son los que adoraron las obras de sus propias manos, que o bien ignoraron o negaron al Señor y Padre del mundo. Mas su señor con sus siervos será apresado y condenado al castigo, juntamente con el cual toda la banda de los malvados, según sus obras, será quemada para siempre con fuego perpetuo a la vista de los ángeles y de los justos.
Esta es la doctrina de los santos profetas que nosotros los cristianos seguimos; esta es nuestra sabiduría, la cual quienes adoran objetos frágiles, o mantienen una filosofía vacía, se burlan como locura y vanidad, porque no acostumbramos a defenderla y afirmarla en público, puesto que Dios nos ordena ocultar su secreto en quietud y silencio, y guardarlo dentro de nuestra propia conciencia; y no luchar con obstinada contienda contra aquellos que ignoran la verdad, y que atacan con rigor a Dios y a su religión no por aprender, sino por censurar y burlarse. Pues un misterio debe ser ocultado y cubierto con la mayor fidelidad, especialmente por nosotros, que llevamos el nombre de la fe. Mas ellos acusan este silencio nuestro, como si fuera resultado de una mala conciencia; de donde también inventan algunas cosas detestables acerca de aquellos que son santos e irreprensibles, y de buen grado creen sus propias invenciones.
[La alocución a Constantino falta en algunos manuscritos y ediciones, pero es insertada en el texto por Migne, por hallarse en algunos manuscritos importantes, y por estar de acuerdo con el estilo y espíritu de Lactancio.]
Pero todas las ficciones han sido acalladas ya, santísimo emperador, desde el tiempo en que el gran Dios te levantó para la restauración de la casa de la justicia y para la protección del género humano; pues mientras tú riges el estado romano, nosotros los adoradores de Dios ya no somos tenidos por malditos e impíos. Puesto que la verdad sale ya de la oscuridad y es traída a la luz, no se nos censura como injustos a los que nos esforzamos por realizar las obras de rectitud. Ya nadie nos reprocha el nombre de Dios. Ninguno de nosotros, que solo entre todos los hombres somos religiosos, es llamado ya irreligioso; puesto que, despreciando las imágenes de los muertos, adoramos al Dios vivo y verdadero. La providencia de la Deidad suprema te ha elevado a la dignidad imperial, para que pudieras con verdadera piedad anular los decretos injuriosos de otros, corregir las faltas, proveer con clemencia de padre a la seguridad de los hombres —en una palabra, apartar del estado a los malvados, los cuales, derribados por tu preeminente piedad, Dios ha entregado en tus manos, para que sea evidente a todos en qué consiste la verdadera majestad.
Pues los que quisieron quitar el culto del Dios celestial e incomparable, para defender las supersticiones impías, yacen en ruina. Pero tú, que defiendes y amas su nombre, sobresaliendo en virtud y prosperidad, gozas de tus glorias inmortales con la mayor felicidad. Ellos sufren y han sufrido el castigo de su culpa. La poderosa diestra de Dios te protege de todos los peligros; Él te concede un reinado quieto y tranquilo, con las más altas felicitaciones de todos los hombres. Y no sin merecimiento te ha elegido el Señor y Gobernador del mundo con preferencia a todos los demás, para renovar por ti su santa religión, puesto que solo tú existías entre todos, que pudieras ofrecer un ejemplo sobrepujante de virtud y santidad: en lo cual no solo podrías igualar, sino también, lo que es asunto muy grande, sobrepujar la gloria de los antiguos príncipes, a quienes sin embargo la fama cuenta entre los buenos. Ellos, en verdad, acaso solo se asemejaron por naturaleza a los justos. Pues quien ignora a Dios, Gobernador del universo, puede alcanzar una semejanza de rectitud, mas no puede alcanzar la rectitud misma. Pero tú, tanto por la santidad innata de tu carácter como por tu reconocimiento de la verdad y de Dios en toda acción, cumples plenamente las obras de rectitud. Fue, por tanto, conveniente que, al ordenar la condición del género humano, la Deidad se valiera de tu autoridad y servicio. A quien suplicamos con oraciones diarias, para que guarde especialmente a ti, a quien Él ha querido que seas el guardián del mundo; y luego para que te inspire una disposición por la cual siempre continúes en el amor del nombre divino. Pues esto es útil para todos, tanto para ti para la felicidad, como para los demás para el reposo.
VII, 27
Puesto que hemos completado las siete carreras de la obra que emprendimos, y hemos llegado a la meta, resta que exhortemos a todos a emprender la sabiduría juntamente con la religión verdadera, cuya fuerza y oficio dependen de esto: que, despreciando las cosas terrenas y dejando a un lado los errores por los cuales estábamos antes retenidos mientras servíamos a cosas frágiles y deseábamos cosas frágiles, seamos dirigidos a los premios eternos del tesoro celestial. Y para que obtengamos estos, es preciso dejar cuanto antes los placeres seductores de la vida presente, que acarician las almas de los hombres con perniciosa dulzura. ¡Cuán gran felicidad debe pensarse que es ser apartados de estas manchas de la tierra e ir a aquel Juez justísimo y Padre indulgente, que en lugar de trabajos da descanso, en lugar de muerte vida, en lugar de oscuridad claridad, y en lugar de bienes breves y terrenos, da los que son eternos y celestiales! Con cuya recompensa las penalidades y miserias que soportamos en este mundo, al realizar las obras de rectitud, de ninguna manera pueden ser comparadas ni igualadas. Por tanto, si deseamos ser sabios y felices, no solo deben meditarse y proponerse a nosotros aquellas palabras de Terencio,
Que siempre hemos de moler en el molino, hemos de ser golpeados y puestos en grillos;
sino que han de soportarse cosas mucho más terribles que estas, a saber, la prisión, las cadenas y las torturas: han de sufrirse dolores, en una palabra, la muerte misma ha de ser emprendida y soportada, cuando está claro para nuestra conciencia que aquel placer frágil no estará sin castigo, ni la virtud sin recompensa divina. Todos, por tanto, deben esforzarse, o bien por dirigirse al camino recto cuanto antes, o bien, habiendo emprendido y ejercitado las virtudes, y habiendo soportado con paciencia los trabajos de esta vida, merecer tener a Dios por consolador. Pues nuestro Padre y Señor, que edificó y fortaleció el cielo, que puso en él el sol, con los demás cuerpos celestes, que por su poder pesó la tierra y la cercó con montes, la rodeó con el mar y la dividió con ríos, y que hizo y completó de la nada cuanto hay en esta obra del mundo; habiendo observado los errores de los hombres, envió un Guía que nos abriera el camino de la rectitud: sigámosle todos, oigámosle, obedezcámosle con la mayor devoción, puesto que Él solo, como dice Lucrecio,
Limpió los pechos de los hombres con preceptos que dicen la verdad, y fijó un límite a la lujuria y al temor, y explicó cuál era el bien sumo que todos nos esforzamos por alcanzar, y señaló el camino por el cual, por una senda estrecha, podríamos llegar a él en curso recto.
Y no solo lo señaló, sino que también fue delante de nosotros en él, para que nadie temiera el camino de la virtud por su dificultad. Desiértense, si es posible, el camino de la destrucción y del engaño, en el cual está oculta la muerte, cubierta por los atractivos del placer.
Y cuanto más de cerca cada uno, a medida que sus años se inclinan a la vejez, ve la aproximación de aquel día en que ha de partir de esta vida, reflexione cómo puede dejarla en pureza, cómo puede llegar al Juez en inocencia; no como hacen aquellos, a cuyas mentes oscuras se les niega la luz, quienes, cuando las fuerzas de su cuerpo ya desfallecen, son amonestados en esto de la última necesidad apremiante, para que con mayor avidez y ardor se apliquen a satisfacer sus deseos. De este abismo líbrese cada uno mientras le es permitido, mientras la ocasión está presente, y vuélvase a Dios con toda su mente, para que sin ansiedad espere aquel día en que Dios, Gobernador y Señor del mundo, juzgará las obras y pensamientos de cada uno. Cualesquiera cosas que aquí se desean, no solo las descuide, sino también las evite, y juzgue que su alma es de mayor valor que aquellos bienes engañosos, cuya posesión es incierta y transitoria; pues se van cada día, y salen mucho más rápidamente de lo que habían entrado, y si nos es permitido gozarlos aun hasta el último, sin embargo, sin duda, han de dejarse a otros. Nada podemos llevarnos con nosotros, excepto una vida bien e inocentemente pasada. Aquel hombre aparecerá ante Dios con abundantes recursos, aquel hombre aparecerá en opulencia, a quien pertenezcan el dominio de sí, la misericordia, la paciencia, el amor y la fe. Esta es nuestra herencia, que ni puede ser arrebatada a nadie, ni transferida a otro. ¿Y quién hay que quiera procurarse y adquirir para sí estos bienes?
Vengan los que tienen hambre, para que, alimentados con alimento celestial, dejen a un lado su hambre duradera; vengan los que tienen sed, para que a boca llena saquen el agua de la salvación de una fuente que siempre mana. Por este divino alimento y bebida los ciegos verán, y los sordos oirán, y los mudos hablarán, y los cojos andarán, y los necios serán sabios, y los enfermos serán fuertes, y los muertos volverán a la vida. Pues a quien por su virtud ha pisoteado las corrupciones de la tierra, el árbitro supremo y veraz lo levantará a la vida y a la luz perpetua. Nadie confíe en las riquezas, nadie en las insignias de autoridad, nadie siquiera en el poder real: estas cosas no hacen inmortal al hombre. Pues quien deseche la conducta propia del hombre y, siguiendo las cosas presentes, se postre en tierra, será castigado como desertor de su Señor, de su jefe y de su Padre. Apliquémonos, por tanto, a la rectitud, la cual sola, como compañera inseparable, nos conducirá a Dios; y «mientras un espíritu rige estos miembros,» sirvamos a Dios con servicio incansable, guardemos nuestros puestos y vigilias, combatamos con denuedo contra el enemigo a quien conocemos, para que, victoriosos y triunfantes sobre nuestro vencido adversario, obtengamos del Señor aquel premio del valor que Él mismo ha prometido.
Epítome, dedicatoria
Dirigido a su hermano Pentadio
Epítome, prefacio
Aunque los libros de las Instituciones Divinas que escribimos hace ya mucho tiempo para esclarecer la verdad y la religión pueden preparar y moldear de tal modo las mentes de los lectores, que su extensión no produzca hastío, ni su abundancia resulte gravosa; sin embargo deseas, oh hermano Pentadio, que se haga para ti una epítome de ellos, supongo que por esta razón: para que yo te escriba algo, y para que tu nombre sea hecho famoso por mi obra, tal cual es. Accederé a tu deseo, aunque parece cosa difícil encerrar en el ámbito de un solo libro lo que ha sido tratado en siete grandes volúmenes. Pues toda la materia resulta menos plena cuando tan gran multitud de asuntos ha de comprimirse en un espacio estrecho; y se vuelve menos clara por su misma brevedad, sobre todo porque muchos argumentos y ejemplos, de los que depende la elucidación de las pruebas, deben omitirse por necesidad, ya que su copiosidad es tan grande que incluso por sí solos bastarían para componer un libro. Y cuando éstos se suprimen, ¿qué puede parecer útil, qué claro? Pero me esforzaré cuanto el asunto lo permita, tanto en contraer lo difuso como en abreviar lo largo; de tal manera, sin embargo, que en esta obra, en la que la verdad ha de sacarse a la luz, no parezca faltar materia para la abundancia, ni claridad para entenderla.
Epítome, 1
Primeramente, surge una cuestión: ¿Existe una providencia que haya hecho o gobierne el mundo? Que existe, nadie lo duda, puesto que de casi todos los filósofos, exceptuada la escuela de Epicuro, hay una sola voz y una sola opinión: que el mundo no pudo haber sido hecho sin un artífice, y que no puede existir sin un gobernante. Por tanto, Epicuro queda refutado no sólo por los varones más doctos, sino también por los testimonios y las percepciones de todos los mortales. Pues ¿quién puede dudar de la providencia, cuando ve que los cielos y la tierra han sido dispuestos de tal modo, y que todas las cosas han sido reguladas de tal manera, que estén adaptadas del modo más conveniente, no sólo a una maravillosa belleza y ornato, sino también al uso de los hombres y a la comodidad de los demás seres vivientes? Por tanto, lo que existe según un plan, no pudo tener su comienzo sin plan: así, es cierto que hay una providencia.
Epítome, 2
Otra cuestión sigue: ¿Hay un solo Dios o más? Y esto, en verdad, encierra mucha ambigüedad. Pues no sólo difieren entre sí los individuos, sino también los pueblos y las naciones. Pero quien siga la guía de la razón entenderá que no puede haber más que un solo Señor, ni más que un solo Padre. Pues si Dios, que hizo todas las cosas, es también Señor y Padre, es necesario que sea uno solo, de modo que el mismo sea la cabeza y la fuente de todas las cosas. Ni es posible que el mundo subsista, a no ser que todas las cosas se refieran a una sola persona, a no ser que uno solo sostenga el timón, a no ser que uno solo guíe las riendas y, por así decirlo, una sola mente dirija todos los miembros del cuerpo. Si hay muchos reyes en un enjambre de abejas, perecerán o se dispersarán, mientras
La Discordia ataca a los reyes con gran tumulto.
Si hay varios guías en un rebaño, contenderán hasta que uno obtenga la supremacía. Si hay muchos comandantes en un ejército, los soldados no pueden obedecer, puesto que se dan órdenes distintas; ni puede mantenerse la unidad por sí mismos, ya que cada uno consulta sus propios intereses según sus humores. Así, en esta república del mundo, si no hubiera un solo gobernante, que fuera también su fundador, o esta masa se disolvería, o no habría podido ser constituida en absoluto.
Además, toda la [autoridad] no podría existir en muchas [deidades], puesto que cada una mantiene por separado sus propios oficios y sus propias prerrogativas. Ninguno de ellos, por tanto, puede ser llamado omnipotente, que es el verdadero título de Dios, pues sólo podrá realizar aquello que depende de sí mismo, y no se atreverá a intentar lo que depende de otros. Vulcano no reclamará para sí el agua, ni Neptuno el fuego; ni Ceres pretenderá conocimiento de las artes, ni Minerva de los frutos; ni Mercurio reclamará las armas, ni Marte la lira; Júpiter no reclamará la medicina, ni Esculapio el rayo: más fácilmente lo soportará cuando otro lo arroje, que lo blandirá él mismo. Si, por tanto, cada uno no puede hacer todas las cosas, tienen menos fuerza y menos poder; pero ha de ser tenido por Dios aquel que puede realizar el todo, y no aquel que sólo puede realizar la parte más pequeña del todo.
Epítome, 3
Hay, pues, un solo Dios, perfecto, eterno, incorruptible, incapaz de padecer, no sujeto a circunstancia ni poder alguno, que Él mismo posee todas las cosas y todas las gobierna; a quien la mente humana no puede aquilatar con el pensamiento, ni lengua mortal describir con el habla. Pues es demasiado excelso y grande para ser concebido por el pensamiento o expresado por el lenguaje del hombre. En suma, por no hablar de los profetas, los predicadores del Dios único, también los poetas, los filósofos y las mujeres inspiradas dan testimonio de la unidad de Dios. Orfeo habla del Dios eminente que hizo el cielo y el sol, con los demás cuerpos celestes; que hizo la tierra y los mares. También nuestro propio Marón llama al Dios supremo unas veces espíritu, otras veces mente, y dice que, como infundido en los miembros, pone en movimiento el cuerpo del mundo entero; también, que Dios penetra las alturas del cielo, las extensiones del mar y de las tierras, y que todos los seres vivientes derivan de Él su vida. Incluso Ovidio no ignoraba que el mundo fue dispuesto por Dios, a quien unas veces llama artífice de todas las cosas, otras veces fabricador del mundo.
Epítome, 4
Pero vengamos a los filósofos, cuya autoridad se tiene por más cierta que la de los poetas. Platón afirma su monarquía, diciendo que no hay más que un solo Dios, por quien el mundo fue dispuesto y completado con orden admirable. Aristóteles, su discípulo, admite que hay una sola mente que preside el mundo. Antístenes dice que hay uno que es Dios por naturaleza, el gobernador de todo el sistema. Larga tarea sería contar las afirmaciones que se han hecho acerca del Dios supremo, ya por Tales, ya por Pitágoras y Anaxímenes antes de él, ya después por los estoicos Cleantes, Crisipo y Zenón, o de nuestros compatriotas, por Séneca, que sigue a los estoicos, y por el mismo Tulio, puesto que todos ellos intentaron definir el ser de Dios, y afirmaron que el mundo es gobernado por Él solo, y que Él no está sujeto a naturaleza alguna, ya que toda naturaleza deriva de Él su origen.
Hermes, que por su virtud y su conocimiento de muchas artes mereció el nombre de Trismegisto, que precedió a los filósofos en la antigüedad de su doctrina, y que es reverenciado por los egipcios como un dios, al afirmar la majestad del único Dios con infinitas alabanzas, lo llama Señor y Padre, y dice que no tiene nombre porque no necesita un nombre propio, en cuanto que es solo, y que no tiene padres, ya que existe de sí mismo y por sí mismo. Al escribir a su hijo comienza así: Entender a Dios es difícil, describirlo con palabras es imposible, incluso para aquel a quien es posible entenderlo; pues lo perfecto no puede ser comprendido por lo imperfecto, ni lo invisible por lo visible.
Capítulo 5.— Que las mujeres proféticas—esto es, las Sibilas—declaran que no hay más que un solo Dios
Epítome, 5
Resta hablar de las mujeres proféticas. Varrón refiere que hubo diez Sibilas: la primera, la de los persas; la segunda, la libia; la tercera, la délfica; la cuarta, la cimeriana; la quinta, la eritrea; la sexta, la samia; la séptima, la cumea; la octava, la helespontia; la novena, la frigia; la décima, la tiburtina, que tiene el nombre de Albunea. De todas ellas, dice que hay tres libros sólo de la cumea, los cuales contienen los destinos de los romanos, y se tienen por sagrados, pero que existen, y comúnmente se consideran como separados, libros de casi todas las demás, pero que se titulan, como con un solo nombre, libros sibilinos, salvo que la eritrea, de quien se dice que vivió en los tiempos de la guerra de Troya, puso su nombre en su libro: los escritos de las demás están mezclados entre sí.
Todas estas Sibilas de quienes he hablado, excepto la cumea, a quien sólo los quindecenviros tienen permitido leer, dan testimonio de que no hay más que un solo Dios, el gobernante, el hacedor, el padre, no engendrado por nadie, sino nacido de sí mismo, que fue desde todos los siglos y será por todos los siglos; y por tanto, sólo Él es digno de ser adorado, sólo de ser temido, sólo de ser reverenciado por todos los seres vivientes—cuyos testimonios he omitido porque no pude abreviarlos; pero si deseas verlos, debes recurrir a los libros mismos. Ahora sigamos con los asuntos restantes.
Epítome, 6
Estos testimonios, por tanto, tan numerosos y tan grandes, enseñan claramente que no hay más que un solo gobierno en el mundo y una sola potestad, cuyo origen no puede imaginarse, ni describirse su fuerza. Son necios, por tanto, quienes imaginan que los dioses nacieron de matrimonio, puesto que los sexos mismos, y el trato entre ellos, fueron dados a los mortales por Dios con esta finalidad: que toda raza se conservara mediante una sucesión de descendencia. Pero ¿qué necesidad tienen los inmortales de sexo o de sucesión, cuando ni el placer ni la muerte los afectan? Aquellos, por tanto, que son tenidos por dioses, ya que es evidente que nacieron como hombres y que engendraron a otros, fueron claramente mortales; pero se creyó que eran dioses porque, cuando fueron reyes grandes y poderosos, por causa de los beneficios que habían conferido a los hombres, merecieron obtener honores divinos después de la muerte; y erigiéndoseles templos y estatuas, su memoria fue conservada y celebrada como la de los inmortales.
Epítome, 7
Pero aunque casi todas las naciones están persuadidas de que son dioses, sus acciones, según las refieren tanto los poetas como los historiadores, declaran que fueron hombres. ¿Quién ignora los tiempos en que vivió Hércules, puesto que navegó con los argonautas en su expedición y, habiendo asaltado Troya, mató a Laomedonte, padre de Príamo, por causa de su perjurio? Desde aquel tiempo se cuentan poco más de mil quinientos años. Se dice que ni siquiera nació honorablemente, sino que fue engendrado de Alcmena por adulterio, y que él mismo estuvo entregado a los vicios de su padre. Nunca se abstuvo de mujeres ni de varones, y recorrió todo el mundo no tanto por causa de la gloria como de la lujuria, ni tanto por la matanza de fieras como por el engendrar hijos. Y aunque fue invicto, fue vencido por Ónfale sola, a quien entregó su clava y la piel de león; y vestido con ropas de mujer, y postrado a los pies de una mujer, recibió la tarea que había de ejecutar. Después, en un arrebato de frenesí, mató a sus hijos pequeños y a su esposa Mégara. Finalmente, habiéndose puesto una vestidura enviada por su esposa Deyanira, cuando perecía por úlceras, no pudiendo soportar el dolor, se construyó para sí una pira funeraria en el monte Eta y se quemó vivo. Así se consigue que, aunque por sus excelencias pudo haberse creído que era un dios, sin embargo, por estas cosas se crea que fue un hombre.
Epítome, 8
Tarquicio refiere que Esculapio nació de padres inciertos, y que por esto fue expuesto; y que, recogido por cazadores y alimentado con las ubres de una perra, fue entregado a Quirón para su instrucción. Vivió en Epidauro, y fue sepultado en Cinosura, como dice Cicerón, cuando había muerto por un rayo. Pero Apolo, su padre, no se desdeñó de hacerse cargo del rebaño de otro para recibir esposa; y cuando, sin intención, mató a un muchacho a quien amaba, inscribió sus propios lamentos en una flor. Marte, varón de la mayor valentía, no estuvo libre del cargo de adulterio, puesto que fue hecho espectáculo, atado con una cadena juntamente con la adúltera.
Cástor y Pólux arrebataron las esposas de otros, pero no con impunidad; de su muerte y sepultura da testimonio Homero, no con fe poética, sino simple. Mercurio, que fue padre de Andrógino por su intriga con Venus, mereció ser dios porque inventó la lira y la palestra. El padre Baco, después de sojuzgar la India como conquistador, habiendo llegado por casualidad a Creta, vio en la orilla a Ariadna, a quien Teseo había forzado y abandonado. Entonces, inflamado de amor, la unió en matrimonio consigo, y colocó su corona, como dicen los poetas, de modo conspicuo entre las estrellas. La madre de los dioses misma, mientras vivía en Frigia después del destierro y muerte de su marido, aunque viuda y anciana, se enamoró de un hermoso joven; y porque él no le fue fiel, lo mutiló y lo hizo afeminado: por lo cual aún ahora se deleita en los galos como sacerdotes suyos.
Epítome, 9
¿De dónde dio a luz Ceres a Proserpina, sino de la lujuria? ¿De dónde dio a luz Latona a sus gemelos, sino del crimen? Venus, habiendo estado sujeta a las concupiscencias de dioses y hombres, cuando reinaba en Chipre, inventó la práctica de la prostitución, y mandó a las mujeres que hicieran comercio de sí mismas, para no ser ella sola infame. ¿Fueron castas las propias vírgenes, Minerva y Diana? ¿De dónde, entonces, surgió Erictonio? ¿Derramó Vulcano su semilla en la tierra, y nació de ella un hombre como un hongo? ¿O por qué desterró Diana a Hipólito a un lugar apartado, o lo entregó a una mujer, para que pasara su vida en soledad entre bosques desconocidos, y, cambiado ya su nombre, fuera llamado Virbio? ¿Qué significan estas cosas sino impureza, que los poetas no se atreven a confesar?