Capítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
VI, 7
Pues todos aquellos que, por la reconocida locura de otros, son tenidos por sabios, revestidos de apariencia de virtud, se aferran a sombras y contornos, pero a nada verdadero. Lo cual sucede por esta razón, porque aquel camino engañoso que se inclina al occidente tiene muchas sendas, a causa de la variedad de ocupaciones y sistemas desemejantes y varios en la vida de los hombres. Pues así como aquel camino de la sabiduría contiene algo semejante a la locura, como mostramos en el libro precedente, así este camino, que pertenece del todo a la locura, contiene algo semejante a la sabiduría, y se aferran a ello quienes perciben la locura de los hombres en general; y como tiene manifiestos sus vicios, así tiene algo que parece semejante a la virtud; como tiene patente su maldad, así tiene semejanza y apariencia de justicia. Pues ¿cómo podría el precursor de aquel camino, cuya fuerza y poder están por completo en el engaño, conducir a los hombres del todo al fraude, si no les mostrase algunas cosas semejantes a la verdad? Pues, para que su secreto inmortal estuviera oculto, Dios puso en su camino cosas que los hombres pudieran despreciar como malas y vergonzosas, para que, apartándose de la sabiduría y de la verdad que buscaban sin guía alguna, cayeran precisamente en aquello que deseaban evitar y de lo que huían. Por tanto, señala aquel camino de destrucción y muerte que tiene muchas revueltas, ya porque hay muchos géneros de vida, ya porque son muchos los dioses a quienes se da culto.
El guía engañoso y traicionero de este camino, para que parezca haber alguna distinción entre verdad y falsedad, bien y mal, lleva a los entregados al lujo por una parte, y a los llamados templados por otra; a los ignorantes por una parte, a los doctos por otra; a los perezosos por una parte, a los activos por otra; a los necios por una parte, a los filósofos por otra, y aun a estos no por una sola senda. Pues a quienes no rehúyen los placeres ni las riquezas, los aparta un poco de este camino público y frecuentado; pero a quienes o bien desean seguir la virtud, o bien profesan desprecio por las cosas, los arrastra por ciertos precipicios escabrosos. Mas, con todo, todas aquellas sendas que muestran una apariencia de honores no son caminos distintos, sino desvíos y senderos apartados, que parecen ciertamente separarse de aquel camino común y ramificarse hacia la derecha, pero que, sin embargo, vuelven a él, y todas conducen al final a un mismo desenlace. Pues aquel guía los reúne a todos allí donde era necesario que los buenos fuesen separados de los malos, los fuertes de los inactivos, los sabios de los necios; a saber, en el culto de los dioses, en el cual los degüella a todos con una sola espada, porque todos eran necios sin distinción alguna, y los hunde en la muerte. Pero este camino —que es el de la verdad, y de la sabiduría, y de la virtud, y de la justicia, de todas las cuales no hay sino una sola fuente, un solo manantial de fortaleza, una sola morada— es a la vez sencillo, porque con ánimos semejantes y con el mayor acuerdo seguimos y adoramos a un solo Dios; y es estrecho, porque la virtud se concede al menor número; y escarpado, porque la bondad, que es muy alta y sublime, no puede alcanzarse sin la mayor dificultad y trabajo.
VI, 8
Este es el camino que los filósofos buscan, pero no encuentran, por esta razón: porque prefieren buscarlo en la tierra, donde no puede aparecer. Por eso vagan, como si dijéramos, en el gran mar, y no entienden adónde son llevados, porque ni disciernen el camino ni siguen guía alguno. Pues este camino de vida debe buscarse del mismo modo en que las naves buscan su derrota sobre el piélago: pues, si no observan alguna luz del cielo, vagan con rumbos inciertos. Mas quien se esfuerza por mantener el recto curso de la vida no debe mirar a la tierra, sino al cielo; y, para hablar más claramente, no debe seguir al hombre, sino a Dios; no servir a estas imágenes terrenales, sino al Dios celestial; no medir todas las cosas por su relación con el cuerpo, sino por su relación con el alma; no atender a esta vida, sino a la vida eterna. Por tanto, si diriges siempre tus ojos hacia el cielo, y observas el sol, por dónde sale, y lo tomas como guía de tu vida, como en una travesía, tus pies se encaminarán espontáneamente al camino; y aquella luz celestial, que es un sol mucho más brillante para las mentes sanas que este que contemplamos en carne mortal, te regirá y gobernará de tal modo que te conduzca sin error alguno al puerto más excelente de la sabiduría y de la virtud.
Por tanto, debe emprenderse la ley de Dios, que nos dirija a este camino; aquella ley sagrada, aquella ley celestial, que Marco Tulio, en su libro tercero Acerca de la República, ha descrito casi con voz divina; cuyas palabras he añadido a continuación, para no hablar con mayor extensión: «Hay ciertamente una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza, difundida entre todos, inmutable, eterna, que llama al deber mandando y aparta del mal prohibiendo; la cual, sin embargo, ni manda ni prohíbe en vano al bueno, ni conmueve al malvado mandando o prohibiendo. No es lícito alterar las disposiciones de esta ley, ni nos es permitido modificarla, ni puede ser derogada por completo. Ni, en verdad, podemos ser eximidos de esta ley, ni por el senado ni por el pueblo; ni ha de buscarse a otra persona que la explique o la interprete. Ni habrá una ley en Roma y otra en Atenas; una ley en el tiempo presente y otra en el futuro: sino que la misma ley, eterna e inmutable, obligará a todas las naciones en todos los tiempos; y habrá un solo Maestro y Gobernante común de todos, Dios mismo, autor, árbitro y proponente de esta ley; y quien no la obedeciere huirá de sí mismo, y, despreciando la naturaleza del hombre, sufrirá los mayores castigos por esto mismo, aunque haya escapado a los otros castigos que se supone existen.» ¿Quién que conozca el misterio de Dios podría expresar de modo tan significativo la ley de Dios, tal como un hombre muy alejado del conocimiento de la verdad ha expuesto aquella ley? Pero considero que quienes dicen cosas verdaderas sin saberlo han de ser tenidos como si profetizaran bajo el influjo de algún espíritu. Mas si hubiera conocido o explicado también esto, en qué preceptos consistía la ley misma, puesto que vio claramente la fuerza y el propósito de la ley divina, no habría desempeñado el oficio de filósofo, sino de profeta. Y porque no pudo hacerlo, debe hacerse por nosotros, a quienes la ley misma ha sido entregada por el único gran Maestro y Gobernante de todo, Dios.
VI, 9
El primer principio de esta ley es conocer al mismo Dios, obedecerle a Él solo, adorarle a Él solo. Pues no puede conservar el carácter de hombre quien ignora a Dios, padre de su alma: lo cual es la mayor impiedad. Porque esta ignorancia le hace servir a otros dioses, y no puede cometerse crimen mayor que este. De aquí que haya ahora un paso tan fácil a la maldad por la ignorancia de la verdad y del bien sumo; puesto que Dios, de cuyo conocimiento se aparta, es Él mismo la fuente de la bondad. O si quisiere seguir la justicia de Dios, sin embargo, ignorando la ley divina, abraza las leyes de su propia patria como verdadera justicia, aunque claramente no fueron ideadas por la justicia, sino por la utilidad. Pues ¿por qué hay leyes diferentes y varias entre todos los pueblos, sino porque cada nación se ha dado a sí misma lo que juzgó útil para sus propios asuntos? Mas cuánto difiere la utilidad de la justicia lo enseñan los mismos romanos, quienes, declarando la guerra por medio de los feciales, e infligiendo injurias según fórmulas legales, deseando siempre y arrebatando los bienes ajenos, se han granjeado la posesión de todo el mundo. Pero estos se consideran justos si no hacen nada contra sus propias leyes; lo cual puede incluso atribuirse al temor, si se abstienen de los crímenes por miedo al castigo presente. Mas concedamos que hacen naturalmente, o, como dice el filósofo, por su propia voluntad, aquello que las leyes les obligan a hacer. ¿Serán por ello justos, porque obedecen las instituciones de hombres, que pueden ellos mismos haber errado o haber sido injustos?— como ocurrió con los autores de las doce tablas, quienes ciertamente promovieron la ventaja pública según la condición de los tiempos. Una cosa es la ley civil, que varía en todas partes según las costumbres; pero otra cosa es la justicia, que Dios ha propuesto a todos como uniforme y sencilla: y quien ignora a Dios debe ignorar también la justicia.
Mas supongamos posible que alguien, por bondad natural e innata, alcance verdaderas virtudes, tal hombre como hemos oído que fue Cimón en Atenas, que daba limosna a los necesitados, hospedaba a los pobres y vestía a los desnudos; sin embargo, cuando falta aquella única cosa que es de la mayor importancia —el reconocimiento de Dios—, entonces todas aquellas cosas buenas son superfluas y vacías, de modo que, al perseguirlas, ha trabajado en vano. Pues toda su justicia se asemejará a un cuerpo humano que no tiene cabeza, en el cual, aunque todos los miembros están en su posición, figura y proporción debidas, sin embargo, faltando aquello que es lo principal de todo, está privado de la vida y de toda sensación. Por tanto, aquellos miembros solo tienen la forma de miembros, pero no admiten uso alguno, tanto como una cabeza sin cuerpo; y a esto se asemeja quien no carece del conocimiento de Dios, pero vive injustamente. Pues tiene aquello solo que es de la mayor importancia; pero lo tiene sin provecho, puesto que está privado de las virtudes, como si dijéramos, de los miembros.
Por tanto, para que el cuerpo esté vivo y sea capaz de sensación, es necesario tanto el conocimiento de Dios, como si dijéramos la cabeza, como todas las virtudes, como si dijéramos el cuerpo. Así existirá un hombre perfecto y vivo; pero, con todo, la sustancia entera está en la cabeza; y aunque esta no puede existir faltando todas, puede existir faltando algunas. Y será un animal imperfecto y defectuoso, pero, sin embargo, estará vivo, como quien conoce a Dios y aun peca en algo. Pues Dios perdona los pecados. Y así es posible vivir sin algunos de los miembros, pero de ningún modo es posible vivir sin cabeza. Esta es la razón por la cual los filósofos, aunque sean naturalmente buenos, no tienen, sin embargo, conocimiento ni inteligencia. Toda su erudición y virtud está sin cabeza, porque ignoran a Dios, que es la Cabeza de la virtud y del conocimiento; y quien le ignora, aunque vea, es ciego; aunque oiga, es sordo; aunque hable, es mudo. Mas cuando conozca al Creador y Padre de todas las cosas, entonces verá, oirá y hablará. Pues comienza a tener cabeza, en la cual están colocados todos los sentidos, es decir, los ojos, los oídos y la lengua. Pues ciertamente ve quien ha contemplado con los ojos de su mente la verdad en la cual está Dios, o a Dios en quien está la verdad; oye quien imprime en su corazón las palabras divinas y los preceptos vivificantes; habla quien, tratando de las cosas celestiales, refiere la virtud y majestad del Dios excelso. Por tanto, es indudablemente impío quien no reconoce a Dios; y todas sus virtudes, que piensa tener o poseer, se hallan en aquel camino mortífero que pertenece por completo a las tinieblas. Por lo cual no hay razón para que nadie se congratule si ha alcanzado estas virtudes vacías, porque no solo es desdichado quien carece de los bienes presentes, sino que también debe ser necio, puesto que emprende los mayores trabajos de su vida sin propósito alguno. Pues si se quita la esperanza de la inmortalidad, que Dios promete a quienes perseveran en su religión, por cuya consecución ha de buscarse la virtud y han de soportarse cuantos males sucedan, será ciertamente la mayor locura querer someterse a unas virtudes que en vano acarrean calamidades y trabajos al hombre. Pues si es virtud soportar y sufrir con fortaleza la necesidad, el destierro, el dolor y la muerte, que los demás temen, ¿qué bondad, pregunto, tiene en sí misma, para que los filósofos digan que ha de buscarse por sí misma? Verdaderamente se complacen en castigos superfluos e inútiles, cuando les está permitido vivir en tranquilidad.
Pues si nuestras almas son mortales, si la virtud no ha de tener existencia alguna después de la disolución del cuerpo, ¿por qué evitamos los bienes que se nos han asignado, como si fuéramos ingratos o indignos de disfrutar de los dones divinos? Pues, para disfrutar de estos bienes, debemos vivir en la maldad y en la impiedad, porque a la virtud, es decir, a la justicia, la sigue la pobreza. Por tanto, no está en su sano juicio quien, sin tener ante sí esperanza alguna mayor, prefiere los trabajos, los tormentos y las miserias a aquellos bienes que otros disfrutan en la vida. Mas si ha de abrazarse la virtud, como con mucha razón dicen estos, porque es evidente que el hombre ha nacido para ella, debe contener alguna esperanza mayor, que aplique un grande e ilustre consuelo a los males y trabajos que es propio de la virtud soportar. Ni la virtud, puesto que es difícil en sí misma, puede estimarse como un bien de otro modo que teniendo su dificultad compensada por el mayor bien. De ningún otro modo podemos abstenernos igualmente de estos bienes presentes, sino si hay otros bienes mayores por cuya causa valga la pena abandonar la búsqueda de los placeres y soportar todos los males. Mas estos no son otros, como he mostrado en el libro tercero, que los bienes de la vida eterna. Ahora bien, ¿quién puede otorgar estos sino Dios, que nos ha propuesto la virtud misma? Por tanto, la suma y sustancia de todo está contenida en el reconocimiento y culto de Dios; toda la esperanza y salvación del hombre se centra en esto; este es el primer paso de la sabiduría: conocer quién es nuestro verdadero Padre y adorarle a Él solo con la piedad que le es debida, obedecerle, entregarnos a su servicio con la mayor devoción: conságrese toda nuestra actividad, cuidado y atención a ganar su favor.
Capítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
VI, 10
He dicho lo que se debe a Dios; diré ahora lo que ha de darse al hombre; aunque esto mismo que dieres al hombre se da a Dios, pues el hombre es imagen de Dios. Mas, con todo, el primer oficio de la justicia es unirse con Dios; el segundo, con el hombre. Aquel se llama religión; el segundo se llama misericordia o bondad; cuya virtud es propia de los justos y de los adoradores de Dios, porque solo ella comprende el principio de la vida común. Pues Dios, que no ha dado sabiduría a los demás animales, los ha hecho más seguros contra el ataque en el peligro mediante defensas naturales. Mas porque hizo al hombre desnudo e indefenso, para dotarlo más bien de sabiduría, le dio, además de otras cosas, este sentimiento de bondad; de modo que el hombre proteja, ame y cuide al hombre, y tanto reciba como preste auxilio contra todos los peligros. Por tanto, la bondad es el mayor vínculo de la sociedad humana; y quien lo ha roto ha de ser tenido por impío y parricida. Pues si todos derivamos nuestro origen de un solo hombre, a quien Dios creó, somos claramente de una misma sangre; y por ello debe considerarse la mayor maldad odiar a un hombre, aunque sea culpable. Por esta razón, Dios ha ordenado que jamás contraigamos enemistades, sino que siempre las apartemos, de modo que calmemos a quienes son nuestros enemigos recordándoles su parentesco. Asimismo, si todos somos inspirados y animados por un solo Dios, ¿qué otra cosa somos sino hermanos? Y, en verdad, tanto más estrechamente unidos cuanto que estamos unidos en el alma más que en el cuerpo. En consecuencia, no se equivoca Lucrecio cuando dice: «En fin, todos hemos brotado de semilla celestial; todos tienen aquel mismo padre.» Por tanto, han de ser tenidos por bestias salvajes quienes dañan al hombre; quienes, contra toda ley y derecho de la naturaleza humana, roban, torturan, matan y destierran.
A causa de este parentesco de hermandad, Dios nos enseña a no hacer nunca el mal, sino siempre el bien. Y prescribe también en qué consiste este hacer el bien: en prestar auxilio a los oprimidos y en dificultad, y en dar alimento a los necesitados. Pues Dios, puesto que es bondadoso, quiso que fuéramos un animal social. Por tanto, en el caso de los demás hombres, debemos pensar en nosotros mismos. No merecemos ser librados en nuestros propios peligros si no socorremos a los demás; no merecemos auxilio si nos negamos a prestarlo. No hay preceptos de los filósofos con este propósito, por cuanto ellos, cautivados por la apariencia de una falsa virtud, han quitado al hombre la misericordia y, mientras quieren curar, han corrompido. Y aunque generalmente admiten que debe conservarse la mutua participación de la sociedad humana, se apartan por completo de ella por la dureza de su virtud inhumana. Por tanto, este error de quienes piensan que nada ha de darse a nadie ha de ser también refutado. Han introducido no un solo origen y causa de la fundación de una ciudad; sino que algunos cuentan que aquellos hombres que nacieron primero de la tierra, cuando llevaban una vida errante por los bosques y las llanuras, y no estaban unidos por vínculo alguno de habla o de justicia, sino que tenían hojas y hierba por lecho, y cuevas y grutas por morada, eran presa de las bestias y de los animales más fuertes. Luego, que quienes habían escapado, habiendo sido desgarrados, o habían visto desgarrados a sus vecinos, advertidos de su propio peligro, recurrieron a otros hombres, imploraron protección, y al principio dieron a conocer sus deseos por señas; después que ensayaron los comienzos de la conversación y, poniendo nombres a cada objeto, completaron gradualmente el sistema del habla. Pero cuando vieron que ni los grupos numerosos estaban seguros contra las bestias, comenzaron también a construir ciudades, ya para hacer seguro su reposo nocturno, ya para rechazar las incursiones y ataques de las bestias, no luchando, sino interponiendo barreras.
¡Oh mentes indignas de hombres, que produjeron estas necias bagatelas! ¡Oh hombres desdichados y dignos de lástima, que confiaron a la escritura y entregaron a la memoria el relato de su propia locura; quienes, viendo que el plan de reunirse, o de la mutua conversación, o de evitar el peligro, o de guardarse del mal, o de prepararse lugares de reposo y guaridas, era natural aun para los animales mudos, pensaron, sin embargo, que los hombres no habrían podido ser advertidos y aprender, sino por ejemplos, qué debían temer, qué evitar y qué hacer, o que jamás se habrían reunido, ni habrían descubierto el método del habla, si las bestias no los hubieran devorado! Estas cosas parecieron a otros insensatas, como en realidad lo eran; y dijeron que la causa de su reunión no fue el desgarramiento de las fieras, sino más bien el sentimiento mismo de humanidad; y que por ello se congregaron, porque la naturaleza de los hombres rehuía la soledad y deseaba la comunión y la sociedad. La discrepancia entre ellos no es grande; puesto que las causas son diferentes, el hecho es el mismo. Cada una pudo haber sido verdadera, porque no hay oposición directa. Mas, con todo, ninguna de las dos es en modo alguno verdadera, porque los hombres no nacieron de la tierra por todo el mundo, como brotados de los dientes de algún dragón, según cuentan los poetas; sino que un solo hombre fue formado por Dios, y de aquel solo hombre se llenó toda la tierra con el género humano, del mismo modo que sucedió de nuevo después del diluvio, cosa que ciertamente no pueden negar. Por tanto, ninguna reunión de este género tuvo lugar al principio; y que nunca hubo hombres sobre la tierra que no pudieran hablar, salvo los niños de pecho, lo comprenderá todo el que tenga juicio. Supongamos, sin embargo, que son verdaderas estas cosas que ancianos ociosos y necios dicen en vano, para que los refutemos especialmente con sus propios sentimientos y argumentos.
Si los hombres se reunieron por esta razón, para proteger su debilidad con ayuda mutua, debemos, por tanto, socorrer al hombre que necesita ayuda. Pues, puesto que los hombres entraron y contrajeron alianza con los hombres por causa de protección, violar o no conservar aquel pacto que se concertó entre los hombres desde el comienzo de su origen ha de considerarse la mayor impiedad. Pues quien se aparta de prestar auxilio debe también por necesidad apartarse de recibirlo; porque quien niega su ayuda a otro piensa que no necesita la ayuda de nadie. Mas quien se aparta y se separa del cuerpo en general debe vivir no según la costumbre de los hombres, sino según la manera de las bestias salvajes. Y si esto no puede hacerse, el vínculo de la sociedad humana ha de conservarse por todos los medios, porque el hombre de ningún modo puede vivir sin el hombre. Mas la conservación de la sociedad es una mutua participación de oficios bondadosos; es decir, prestar ayuda, para que podamos recibirla. Pero si, como aquellos otros afirman, la reunión de los hombres ha sido causada por la humanidad misma, el hombre debe sin duda reconocer al hombre. Y si aquellos hombres ignorantes y aún no civilizados hicieron esto, y ello cuando aún no estaba establecida la práctica del habla, ¿qué debemos pensar que han de hacer hombres pulidos y unidos entre sí por el intercambio de la conversación y de todos los negocios, quienes, acostumbrados a la sociedad de los hombres, no pueden soportar la soledad?
VI, 11
Por tanto, la humanidad ha de ser conservada, si queremos ser llamados rectamente hombres. Pero ¿qué otra cosa es esta conservación de la humanidad sino el amar al hombre porque es hombre, y lo mismo que nosotros? Por tanto, la discordia y la disensión no están de acuerdo con la naturaleza del hombre; y es verdadera aquella expresión de Cicerón, que dice que el hombre, mientras obedece a la naturaleza, no puede dañar al hombre. Por tanto, si es contrario a la naturaleza dañar a un hombre, debe ser conforme a la naturaleza hacer bien a un hombre; y quien no hace esto se priva a sí mismo del título de hombre, porque es deber de la humanidad socorrer la necesidad y el peligro de un hombre. Pregunto, por tanto, a aquellos que no piensan que sea propio de un sabio dejarse persuadir y compadecerse: si un hombre fuese acometido por alguna fiera, e implorase la ayuda de un hombre armado, ¿piensan que debe ser socorrido o no? No son tan desvergonzados como para negar que debe hacerse aquello que la humanidad exige y requiere. También, si alguien estuviese rodeado de fuego, aplastado por el derrumbe de un edificio, sumergido en el mar o arrastrado por un río, ¿pensarían que es deber de un hombre no auxiliarle? Ellos mismos no son hombres si así piensan; pues nadie puede dejar de estar expuesto a peligros de este género. Sí, en verdad, dirán que es propio de un ser humano, y también de un hombre valiente, salvar a quien estaba a punto de perecer. Si, por tanto, en accidentes de esta naturaleza que ponen en peligro la vida del hombre, admiten que es propio de la humanidad prestar socorro, ¿qué razón hay para que piensen que ha de negarse el socorro si un hombre padeciere hambre, sed o frío? Pero aunque estas cosas están naturalmente en igualdad con aquellas circunstancias accidentales, y necesitan una misma humanidad, sin embargo hacen distinción entre ellas, porque miden todas las cosas no por la verdad misma, sino por la utilidad presente. Pues esperan que aquellos a quienes libran del peligro les devuelvan el favor. Pero como no esperan esto en el caso de los necesitados, piensan que cuanto otorgan a hombres de este género se pierde. De ahí que sea detestable aquella sentencia de Plauto: —
Merece mal quien da comida a un mendigo;
Pues lo que da se pierde, y
alarga la vida del otro para su miseria.
Pero quizás el poeta habló por el actor.
¿Qué dice Marco Tulio en sus libros sobre los Deberes? ¿No aconseja también que la munificencia no debe emplearse en absoluto? Pues así habla: «La munificencia, que procede de nuestro patrimonio, agota la fuente misma de nuestra liberalidad; y así la liberalidad es destruida por la liberalidad: pues cuanto más numerosos son aquellos hacia quienes la practicas, menos podrás practicarla hacia muchos.» Y poco después dice también: «Pero ¿qué hay más necio que obrar de modo que no puedas continuar haciendo aquello que haces de buena gana?» Este maestro de la sabiduría aparta claramente a los hombres de los actos de bondad, y les aconseja guardar cuidadosamente su propiedad y conservar su cofre de dinero a salvo, antes que seguir la justicia. Y cuando advirtió que esto era inhumano e impío, poco después, en otro capítulo, como movido por el arrepentimiento, habló así: «Sin embargo, a veces hemos de ejercer la munificencia dando: ni ha de rechazarse del todo este género de liberalidad; y hemos de dar de nuestro patrimonio a personas idóneas cuando necesiten ayuda.» ¿Qué significa «idóneas?» Ciertamente, aquellos que pueden restituir y devolver el favor. Si Cicerón viviera ahora, yo ciertamente exclamaría: ¡Aquí, aquí, Marco Tulio, has errado respecto de la verdadera justicia; y la has quitado con una sola palabra, puesto que mediste los deberes de la piedad y de la humanidad por la utilidad. Pues no hemos de otorgar nuestra munificencia a objetos idóneos, sino, en cuanto sea posible, a objetos no idóneos. Pues se hará con justicia, piedad y humanidad aquello que hicieres sin esperanza de retorno alguno!
Esta es aquella justicia verdadera y genuina, de la cual dices que no tienes figura real y conforme a la vida. Tú mismo exclamas en muchos lugares que la virtud no es mercenaria; y confiesas en los libros de tus Leyes que la liberalidad es gratuita, en estas palabras: «Ni es dudoso que quien es llamado liberal y generoso es movido por un sentido del deber, y no por la ventaja.» ¿Por qué, entonces, otorgas tu munificencia a personas idóneas, sino para recibir después una recompensa? Contigo, por tanto, como autor y maestro de justicia, quienquiera que no sea persona idónea se consumirá de desnudez, sed y hambre; ni los hombres ricos y abundantemente provistos, hasta la lujuria, socorrerán su última extremidad. Si la virtud no exige recompensa; si, como dices, ha de buscarse por sí misma, entonces estima la justicia, que es madre y principal de las virtudes, en su propio precio, y no según tu ventaja: da especialmente a aquel de quien nada esperas en retorno. ¿Por qué seleccionas personas? ¿Por qué miras las formas corporales? Ha de ser estimado por ti como hombre, quienquiera que sea el que te implora, porque te considera un hombre. Desecha aquellos bosquejos y esbozos de justicia, y aférrate a la justicia misma, verdadera y formada según la vida. Sé munífico con los ciegos, los débiles, los cojos, los desamparados, que han de morir si no les otorgas tu munificencia. Son inútiles para los hombres, pero son útiles para Dios, que los retiene en la vida, que los dota de aliento, que les concede la luz. Sustenta, en cuanto de ti depende, y apoya con bondad, la vida de los hombres, para que no se extingan. Quien puede socorrer a uno que está a punto de perecer, si no lo hace, lo mata. Pero ellos, porque no retienen su naturaleza ni saben qué recompensa hay en esto, mientras temen perder, pierden, y caen en aquello que principalmente evitan; de modo que cuanto otorgan, o se pierde del todo, o aprovecha solo por brevíísimo tiempo. Pues quienes rehúsan un pequeño don a los desdichados, que quieren conservar la humanidad sin pérdida alguna para sí, despilfarran su propiedad, de modo que o adquieren para sí cosas frágiles y perecederas, o ciertamente nada ganan con su gran pérdida.
Pues ¿qué ha de decirse de aquellos que, inducidos por la vanidad del favor popular, gastan en la exhibición de espectáculos riquezas que bastarían incluso para grandes ciudades? ¿No hemos de decir que son insensatos y locos quienes otorgan al pueblo aquello que se pierde para ellos mismos, y que ninguno de aquellos a quienes se otorga recibe? Por tanto, como todo placer es breve y perecedero, y especialmente el de los ojos y los oídos, los hombres o bien olvidan y son ingratos por los gastos hechos por otro, o incluso se ofenden si no se satisface el capricho del pueblo: de modo que hombres necios han adquirido incluso mal por mal; o si así han logrado agradar, no ganan más que favor vacío y la habladuría de unos pocos días. Así, cada día se gastan los patrimonios de hombres insignificantes en cosas superfluas. ¿Acaso obran más sabiamente quienes exhiben a sus conciudadanos regalos más útiles y duraderos? ¿Aquellos, por ejemplo, que con la construcción de obras públicas buscan una memoria duradera para su nombre? Ni siquiera obran rectamente al enterrar su propiedad en la tierra; porque el recuerdo de ellos ni otorga nada a los muertos, ni sus obras son eternas, puesto que o bien son derribadas y destruidas por un solo terremoto, o consumidas por un fuego accidental, o asoladas por algún ataque del enemigo, o en todo caso decaen y se desmoronan por la mera extensión del tiempo. Pues no hay nada, como dice el orador, hecho por la mano del hombre que el paso del tiempo no debilite y destruya. Pero esta justicia de la que hablamos, y la misericordia, florecen más cada día. Obra, por tanto, mejor quienes otorgan su munificencia a sus conciudadanos y clientes, pues otorgan algo a los hombres y les aprovechan; pero esa no es munificencia verdadera y justa, pues no hay conferimiento de un beneficio donde no hay necesidad. Por tanto, cuanto se da a quienes no están necesitados, por causa de la popularidad, se pierde; o se paga con interés, y así no será conferimiento de un beneficio. Y aunque agrade a aquellos a quienes se da, sin embargo no es justo, porque si no se hace, no se sigue mal alguno. Por tanto, el único oficio seguro y verdadero de la liberalidad es sustentar a los necesitados e inútiles.
VI, 12
Esta es aquella justicia perfecta que protege la sociedad humana, de la cual hablan los filósofos. Esta es la principal y más verdadera ventaja de las riquezas; no usar la riqueza para el placer particular de un individuo, sino para el bienestar de muchos; no para el propio goce inmediato, sino para la justicia, que sola no perece. Hemos de tener presente, por todos los medios, que la esperanza de recibir en retorno debe estar del todo ausente del deber de mostrar misericordia: pues la recompensa de esta obra y deber ha de esperarse solo de Dios; porque si la esperaras del hombre, entonces eso no será bondad, sino el préstamo de un beneficio a interés; ni puede parecer que ha merecido bien quien otorga lo que hace, no a otro, sino a sí mismo. Y sin embargo, la cosa viene a esto: que cuanto un hombre ha otorgado a otro, sin esperar ventaja alguna de él, realmente lo otorga a sí mismo, pues recibirá recompensa de Dios. Dios ha ordenado también que, si en algún momento hacemos un banquete, invitemos al convite a aquellos que no pueden invitarnos en retorno, y así hacernos una recompensa, de modo que ninguna acción de nuestra vida esté sin el ejercicio de la misericordia. Sin embargo, nadie piense que se le prohíbe el trato con sus amigos o la bondad con sus vecinos. Pero Dios nos ha dado a conocer cuál es nuestra obra verdadera y justa: debemos vivir así con nuestros vecinos, con tal de que sepamos que la una manera de vivir se refiere al hombre, la otra a Dios.
Por tanto, la hospitalidad es una virtud principal, como dicen también los filósofos; pero ellos la desvían de la verdadera justicia y la aplican por fuerza a la ventaja. Dice Cicerón: «La hospitalidad fue justamente alabada por Teofrasto. Pues (según me parece) es muy conveniente que las casas de los hombres ilustres estén abiertas a huéspedes ilustres.» Ha cometido aquí el mismo error que cometió entonces, cuando dijo que hemos de otorgar nuestra munificencia a «personas idóneas». Pues la casa de un hombre justo y sabio no debe estar abierta a los ilustres, sino a los humildes y abyectos. Pues aquellos ilustres y poderosos no pueden carecer de nada, puesto que están suficientemente protegidos y honrados por su propia opulencia. Pero nada ha de hacer un justo sino lo que es un beneficio. Pero si el beneficio es devuelto, es destruido y llevado a su fin; pues no podemos poseer en su integridad aquello por lo que se nos ha pagado un precio. Por tanto, el principio de la justicia se emplea acerca de aquellos beneficios que han permanecido seguros e incorruptos; pero no pueden permanecer así por ningún otro medio sino si son otorgados a aquellos hombres que de ningún modo pueden aprovecharnos. Pero al recibir a hombres ilustres, no miró a otra cosa sino a la utilidad; ni el ingenioso hombre ocultó qué ventaja esperaba de ello. Pues dice que quien hace eso se hará poderoso entre los extranjeros por el favor de los hombres principales, a quienes habrá ligado a sí por el derecho de hospitalidad y amistad. ¡Oh, con cuántos argumentos podría probarse la inconsistencia de Cicerón, si este fuera mi objeto! Ni sería convicto tanto por mis palabras como por las suyas propias. Pues también dice que cuanto más refiere uno todas sus acciones a su propia ventaja, menos es un hombre bueno. Dice también que no es propio de un hombre sencillo y abierto granjearse el favor de otros, fingir y alegar cualquier cosa, parecer que hace una cosa cuando hace otra, fingir que otorga a otro lo que se otorga a sí mismo; sino que esto es más bien propio de uno intrigante y astuto, engañoso y traicionero. Pero ¿cómo podría sostener que aquella hospitalidad ambiciosa no era mala intención? «¿Corres tú por todas las puertas, para invitar a tu casa a los hombres principales de las naciones y ciudades a medida que llegan, para por su medio adquirir influencia entre sus ciudadanos; y deseas ser llamado justo, bondadoso y hospitalario, aunque estudias promover tu propia ventaja?» Pero ¿no dijo esto más bien incautamente? Pues ¿qué hay menos adecuado para Cicerón? Pero por su ignorancia de la verdadera justicia cayó a sabiendas y con previsión en este lazo. Y para que se le perdonase esto, testificó que no da preceptos con referencia a la verdadera justicia, que no posee, sino con referencia a un bosquejo y esbozo de justicia. Por tanto, hemos de perdonar a este maestro que usa bosquejos y esbozos, ni hemos de exigir la verdad de quien admite que la ignora.
El rescate de los cautivos es un ejercicio grande y noble de la justicia, que aprobó también el mismo Tulio. «Y esta liberalidad», dice, «es útil incluso para el estado, que los cautivos sean rescatados de la esclavitud, y que se provea a los de escasos recursos. Y prefiero grandemente esta práctica de liberalidad al gasto pródigo en espectáculos. Esto es propio de hombres grandes y eminentes.» Por tanto, es obra apropiada del justo sustentar a los pobres y rescatar cautivos, puesto que entre los injustos, si algunos hacen estas cosas, son llamados grandes y eminentes. Pues es digno de la mayor alabanza que confieran beneficio aquellos de quienes nadie esperaba tal conducta. Porque quien hace bien a un pariente, vecino o amigo, o no merece alabanza, o ciertamente no grande alabanza, porque está obligado a hacerlo, y sería impío y detestable si no hiciera aquello que la naturaleza misma y el parentesco requieren; y si lo hace, no lo hace tanto por obtener gloria como por evitar censura. Pero quien lo hace a un extraño y desconocido, verdaderamente es digno de alabanza, porque fue inducido a hacerlo solo por bondad. La justicia, por tanto, existe allí donde no hay obligación de necesidad para conferir un beneficio. No debió, por tanto, preferir este deber de generosidad al gasto en espectáculos; pues esto es propio de quien hace una comparación, y de dos bienes elige el que es mejor. Pues aquella profusión de hombres que arrojan su propiedad al mar es vana e insignificante, y muy lejos de toda justicia. Por tanto, ni siquiera han de llamarse dones, en los cuales nadie recibe sino quien no merece recibir.
Ni es menos grande obra de justicia proteger y defender a los huérfanos y a las viudas que están desamparados y necesitan asistencia; y por tanto aquella ley divina prescribe esto a todos, puesto que todos los buenos jueces juzgan que pertenece a su oficio favorecerlos con bondad natural, y esforzarse por beneficiarlos. Pero estas obras son especialmente nuestras, puesto que hemos recibido la ley y las palabras de Dios mismo dándonos instrucciones. Pues perciben que es naturalmente justo proteger a quienes necesitan protección, pero no perciben por qué es así. Pues Dios, a quien pertenece la misericordia eterna, por esta causa ordena que las viudas y los huérfanos sean defendidos y amparados, para que nadie, por consideración y piedad hacia sus prendas, sea impedido de sufrir la muerte en defensa de la justicia y de la fe, sino que la enfrente con prontitud y audacia, sabiendo que deja a sus amados al cuidado de Dios, y que nunca les faltará protección. También el emprender el cuidado y sustento de los enfermos, que necesitan a alguien que les asista, es propio de la mayor bondad y de gran beneficencia; y quien haga esto ganará a la vez un sacrificio vivo para Dios, y aquello que ha dado a otro por un tiempo lo recibirá él mismo de Dios por la eternidad. El último y mayor oficio de la piedad es el entierro de los extranjeros y de los pobres; asunto que aquellos maestros de virtud y justicia no han tocado en absoluto. Pues no pudieron ver esto, quienes midieron todos sus deberes por la utilidad. Pues en las otras cosas mencionadas arriba, aunque no guardaron el camino verdadero, sin embargo, como descubrieron alguna ventaja en ellas, retenidos como por una especie de barrunto de la verdad, se desviaron a menor distancia; pero abandonaron esto porque no pudieron ver ventaja alguna en ello.
Además, no han faltado quienes estimaron la sepultura como superflua, y dijeron que no era mal alguno yacer insepulto y abandonado; pero su impía sabiduría es rechazada igualmente por todo el género humano y por las expresiones divinas que ordenan la realización del rito. Pero no se atreven a decir que no debe hacerse, sino que, si sucede que se omite, no resulta inconveniente alguno. Por tanto, en ese asunto desempeñan el oficio, no tanto de quienes dan preceptos, como de quienes sugieren consuelo, para que si esto por acaso hubiere ocurrido a un sabio, no se considere desdichado por ello. Pero no hablamos de aquello que debe ser soportado por un sabio, sino de aquello que él mismo debe hacer. Por tanto, no investigamos ahora si todo el sistema de la sepultura es o no útil; sino que esto, aunque sea inútil, como ellos imaginan, debe no obstante practicarse, aunque solo sea por esta razón, que aparece entre los hombres que se hace recta y bondadosamente. Pues es el sentimiento lo que se indaga, y es el propósito lo que se pesa. Por tanto, no permitiremos que la imagen y hechura de Dios yazga expuesta como presa a fieras y aves, sino que la devolveremos a la tierra, de la cual tuvo su origen; y aunque se trate de un hombre desconocido, cumpliremos el oficio de los parientes, en cuyo lugar, puesto que faltan, suceda la bondad; y dondequiera que haya necesidad de hombre, allí pensaremos que se requiere nuestro deber. Pero ¿en qué consiste más la naturaleza de la justicia sino en que ofrezcamos a los extraños por bondad aquello que rendimos a nuestros propios parientes por afecto? Y esta bondad es mucho más segura y justa cuando ahora se ofrece, no al hombre insensible, sino a Dios solo, a quien una obra justa es sacrificio aceptabilísimo. Alguien dirá quizá: Si hago todas estas cosas, no tendré posesiones. Pues ¿qué si un gran número de hombres estuviere en necesidad, sufriere frío, fuere hecho cautivo, muriere, puesto que quien así obra debe privarse de su propiedad incluso en un solo día, arrojaré yo el patrimonio adquirido por mi propio trabajo o por el de mis antepasados, de modo que después de esto yo mismo deba vivir de la piedad de otros?
¿Por qué temes tan pusilánimemente la pobreza, que incluso tus filósofos alaban, y dan testimonio de que nada hay más seguro y nada más tranquilo que esta? Aquello que temes es un puerto contra las ansiedades. ¿No sabes a cuántos peligros, a cuántos accidentes, estás expuesto con estos malos recursos? Estos te tratarán bien si pasan sin derramamiento de tu sangre. Pero andas cargado de botín, y llevas despojos que pueden excitar las mentes incluso de tus propios parientes. ¿Por qué, entonces, dudas en emplear bien aquello que quizá te arrebatará un solo robo, o una proscripción que surja repentinamente, o el saqueo de un enemigo? ¿Por qué temes hacer eterno un bien frágil y perecedero, o confiar tus tesoros a Dios como su preservador, en cuyo caso no necesitas temer ladrón ni salteador, ni orín, ni tirano? Quien es rico para con Dios nunca puede ser pobre. Si estimas tanto la justicia, depón las cargas que te oprimen, y síguela; libérate de grillos y cadenas, para que corras a Dios sin impedimento alguno. Es propio de un ánimo grande y elevado despreciar y pisotear los asuntos mortales. Pero si no comprendes esta virtud, de modo que puedas otorgar tus riquezas sobre el altar de Dios, para proveerte de posesiones más firmes que estas frágiles, te libraré del temor. Todos estos preceptos no se te dan solo a ti, sino a todo el pueblo unido en mente, que se mantiene junto como un solo hombre. Si no eres adecuado para la realización de grandes obras por ti solo, cultiva la justicia con todo tu poder, de tal manera, sin embargo, que superes a otros en obra tanto como los superas en riquezas. Y no pienses que se te aconseja disminuir o agotar tu propiedad; sino que aquello que habrías gastado en superfluidades, conviértelo a mejores usos. Dedica al rescate de cautivos aquello con lo que compras fieras; sustenta a los pobres con aquello con lo que alimentas a fieras salvajes; entierra a los muertos inocentes con aquello con lo que provees hombres para la espada. ¿Qué aprovecha enriquecer a hombres de maldad abandonada, que luchan con fieras, y equiparlos para crímenes? Transfiere las cosas que van a ser miserablemente arrojadas al gran sacrificio, para que en retorno por estos verdaderos dones tengas de Dios un don eterno. La misericordia tiene gran recompensa; pues Dios la promete, que remitirá todos los pecados. Si oyeres, dice, las oraciones de tu suplicante, yo también oiré las tuyas; si te compadecieres de los afligidos, yo también me compadeceré de ti en tu aflicción. Pero si no los atendieres ni los socorrieres, yo también llevaré contra ti un ánimo semejante al tuyo, y te juzgaré por tus propias leyes.
VI, 13
Cuantas veces, por tanto, se te pida auxilio, cree que eres probado por Dios, para que se vea si eres digno de ser escuchado. Examina tu propia conciencia y, en cuanto puedas, sana tus heridas. No pienses, sin embargo, que porque los delitos se borran con la munificencia, se te da licencia para pecar. Pues aquéllos se anulan si eres munificente con Dios porque has pecado; porque si pecas confiando en tu munificencia, no se anulan. Pues Dios desea sobre todo que los hombres sean limpiados de sus pecados, y por eso les manda arrepentirse. Pero arrepentirse no es otra cosa que profesar y afirmar que no se pecará más. Por tanto, son perdonados los que sin advertirlo y sin cautela caen en el pecado; el que peca voluntariamente no tiene perdón. Pero si alguien hubiera sido purificado de toda mancha de pecado, no piense que puede abstenerse de la obra de la munificencia porque no tiene faltas que borrar. Antes bien, en verdad, está entonces más obligado a practicar la justicia, cuando se ha hecho justo, de modo que lo que antes hacía para curar sus heridas, después lo haga para alabanza y gloria de la virtud. A esto se añade que nadie puede estar sin falta mientras esté cargado con la envoltura de la carne, cuya debilidad está sujeta al dominio del pecado de tres maneras: en las obras, en las palabras y en los pensamientos.
Por estas gradas avanza la justicia hacia la mayor altura. El primer peldaño de la virtud es abstenerse de las malas obras; el segundo, abstenerse también de las malas palabras; el tercero, abstenerse incluso de los pensamientos de cosas malas. Quien sube el primer peldaño es suficientemente justo; quien sube el segundo es ya de virtud perfecta, pues no ofende ni en las obras ni en la conversación; quien sube el tercero parece verdaderamente haber alcanzado la semejanza de Dios. Pues casi supera la medida del hombre no admitir siquiera en el pensamiento aquello que es malo en la acción o indecoroso en el habla. Por tanto, aun los justos, que pueden abstenerse de toda obra injusta, a veces son vencidos por la propia fragilidad, de modo que o bien hablan mal en su ira o, a la vista de cosas deleitables, las desean con pensamiento silencioso. Pero si la condición de la mortalidad no permite que el hombre esté puro de toda mancha, las faltas de la carne deben, por tanto, ser borradas con munificencia continua. Pues es la única obra de un hombre sabio, justo y digno de la vida, invertir sus riquezas únicamente en la justicia; porque ciertamente quien carece de esto, aunque supere a Creso o a Craso en riquezas, debe ser tenido por pobre, desnudo y mendigo. Por tanto, debemos esforzarnos para ser vestidos con el manto de la justicia y de la piedad, del cual nadie puede privarnos, y que nos provea de un ornamento eterno. Pues si los adoradores de dioses veneran imágenes insensibles y les otorgan cuanto tienen de precioso, aunque ellas no pueden ni usarlo ni dar gracias por haberlo recibido, ¡cuánto más justo y verdadero es reverenciar las imágenes vivas de Dios, para que alcances el favor del Dios vivo! Pues así como éstas hacen uso de lo que reciben y dan gracias, así Dios, ante cuya vista hayas hecho lo bueno, lo aprobará y premiará tu piedad.