Capítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
III, 18
Otros, por su parte, discuten cosas contrarias a estas, a saber, que el alma sobrevive después de la muerte; y estos son principalmente los pitagóricos y los estoicos. Y aunque deban ser tratados con indulgencia porque perciben la verdad, no puedo sino censurarlos, porque dieron con la verdad no por opinión propia, sino por accidente. Y así erraron en cierta medida incluso en aquello mismo que justamente percibieron. Pues, como temían el argumento por el cual se infiere que el alma necesariamente debe morir con el cuerpo, porque nace con el cuerpo, afirmaron que el alma no nace con el cuerpo, sino que es introducida en él, y que migra de un cuerpo a otro. No consideraron que era posible que el alma sobreviviera al cuerpo, a menos que se demostrara que había existido antes del cuerpo. Hay, por tanto, un error igual y casi semejante en ambos lados. Pero unos se engañan respecto del pasado, otros respecto del futuro. Pues nadie vio aquello que es lo más verdadero: que el alma es creada y no muere, porque ignoraban por qué sucedía aquello, o cuál era la naturaleza del hombre. Muchos de ellos, por tanto, porque sospechaban que el alma es inmortal, pusieron manos violentas sobre sí mismos, como si estuvieran a punto de partir al cielo. Así sucedió con Cleantes y Crisipo, con Zenón y Empédocles, que en lo profundo de la noche se arrojó a una cavidad del ardiente Etna, para que, habiendo desaparecido de repente, se creyera que había partido hacia los dioses; y así también murió el romano Catón, que durante toda su vida fue imitador de la ostentación socrática. Pues Demócrito era de otra persuasión. Pero, sin embargo,
Por su propio acto espontáneo ofreció su cabeza a la muerte;
y nada puede ser más perverso que esto. Pues si un homicida es culpable porque es destructor de un hombre, el que se da muerte a sí mismo incurre en la misma culpa, porque da muerte a un hombre. Aun más, ese crimen puede considerarse mayor, cuyo castigo pertenece solo a Dios. Pues así como no vinimos a esta vida por nuestra propia voluntad, del mismo modo, por otra parte, solo podemos retirarnos de esta morada del cuerpo que se nos ha asignado para guardar, por mandato de Aquel que nos puso en este cuerpo para que lo habitemos, hasta que Él nos ordene partir de él; y si se nos ofrece alguna violencia, debemos soportarla con ecuanimidad, ya que la muerte de una persona inocente no puede quedar sin venganza, y ya que tenemos un gran Juez que solo y siempre tiene en sus manos el poder de tomar venganza.
Todos estos filósofos, por tanto, fueron homicidas; y el propio Catón, el principal de la sabiduría romana, quien, antes de darse muerte, se dice que leyó de principio a fin el tratado que Platón escribió sobre la inmortalidad del alma, y fue llevado por la autoridad del filósofo a la comisión de este gran crimen; sin embargo, él parece haber tenido alguna causa para morir en su odio a la esclavitud. ¿Por qué habría de hablar del ambraciota, quien, habiendo leído el mismo tratado, se arrojó al mar, por ninguna otra causa que por haber creído a Platón?—doctrina en todo detestable y que debe evitarse, si aparta a los hombres de la vida. Pero si Platón hubiera sabido y enseñado por quién, y cómo, y a quiénes, y por causa de qué acciones, y en qué tiempo, se da la inmortalidad, ni habría empujado a Cleómbroto ni a Catón a una muerte voluntaria, sino que los habría educado para vivir con justicia. Pues me parece que Catón buscó una causa para morir, no tanto para escapar de César, cuanto para obedecer los decretos de los estoicos, a quienes seguía, y para hacer su nombre distinguido por alguna gran acción; y no veo qué mal podría haberle sucedido si hubiera vivido. Pues Cayo César, tal era su clemencia, no tuvo otro objeto, aun en el mismo ardor de la guerra civil, que parecer merecer bien de la república, conservando a dos excelentes ciudadanos, Cicerón y Catón. Pero volvamos a quienes alaban la muerte como un beneficio. Te quejas de la vida como si hubieras vivido, o como si alguna vez hubieras resuelto contigo mismo por qué naciste. ¿No podría, por tanto, el verdadero y común Padre de todos censurar con justicia aquel dicho de Terencio: —
Primero, aprende en qué consiste la vida; luego, si estás descontento con la vida, recurre a la muerte.
Te indignas de estar expuesto a males; como si merecieras algo bueno tú, que ignoras a tu Padre, Señor y Rey; tú que, aunque contemplas con tus ojos la luz brillante, eres sin embargo ciego en la mente y yaces en las profundidades de las tinieblas de la ignorancia. Y esta ignorancia ha causado que algunos no se hayan avergonzado de decir que nacemos para esta causa: para sufrir el castigo de nuestros crímenes; pero no veo qué puede ser más insensato que esto. Pues ¿dónde o qué crímenes pudimos haber cometido cuando ni siquiera existíamos? A menos que casualmente creamos a aquel necio anciano, quien falsamente dijo que había vivido antes, y que en su vida anterior había sido Euforbo. Él, creo, porque nació de una raza innoble, se eligió una familia de los poemas de Homero. ¡Oh maravillosa y admirable memoria de Pitágoras! ¡Oh miserable olvido por parte de todos nosotros, ya que no sabemos quiénes fuimos en nuestra vida anterior! Pero tal vez fue causado por algún error, o favor, el que él solo no tocara el abismo del Lete ni probara el agua del olvido; sin duda el frívolo anciano (como suele ocurrir con las ancianas desocupadas) inventaba fábulas como para niños crédulos. Pero si hubiera pensado bien de aquellos a quienes decía estas cosas; si los hubiera considerado hombres, jamás habría reclamado para sí la libertad de proferir tan perversas falsedades. Pero la necedad de este hombre tan frívolo merece ridículo. ¿Qué haremos en el caso de Cicerón, quien, habiendo dicho al comienzo de su Consolación que los hombres nacían para expiar sus crímenes, repitió después la afirmación, como si reprendiera a quien no imagina que la vida es un castigo? Tuvo razón, por tanto, al decir de antemano que estaba poseído por el error y la miserable ignorancia de la verdad.
Capítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
III, 19
Pero quienes afirman la ventaja de la muerte, porque no conocen nada de la verdad, razonan así: Si no hay nada después de la muerte, la muerte no es un mal; pues quita la percepción del mal. Pero si el alma sobrevive, la muerte es incluso una ventaja, porque le sigue la inmortalidad. Y este sentimiento lo expone Cicerón así en las Leyes: «Podemos felicitarnos, puesto que la muerte está a punto de traer o un estado mejor que el que existe en la vida, o en todo caso no uno peor. Pues si el alma está en un estado de vigor sin el cuerpo, es una vida divina; y si está sin percepción, ciertamente no hay mal.» Argumento ingenioso, como le pareció a él mismo, como si no pudiera haber otro estado. Pero ambas conclusiones son falsas. Pues las escrituras sagradas enseñan que el alma no es aniquilada; sino que o bien es recompensada según su rectitud, o eternamente castigada según sus crímenes. Pues ni es justo que quien ha vivido una vida de maldad en la prosperidad escape al castigo que merece, ni que quien ha sido desdichado a causa de su rectitud sea privado de su recompensa. Y esto es tan cierto que también Tulio, en su Consolación, declaró que los justos y los impíos no habitan las mismas moradas. Pues esos mismos sabios, dice, no juzgaron que el mismo camino estuviera abierto para todos hacia el cielo; porque enseñaron que quienes estaban contaminados por vicios y crímenes eran arrojados a las tinieblas y yacían en el fango; pero que, por el contrario, las almas castas, puras, rectas e incontaminadas, refinadas también por el estudio y la práctica de la virtud, emprenden con un curso ligero y fácil su vuelo hacia los dioses, es decir, hacia una naturaleza semejante a la suya. Pero este sentimiento se opone al argumento anterior. Pues aquel se basa en la suposición de que todo hombre al nacer recibe la inmortalidad. ¿Qué distinción habrá, por tanto, entre la virtud y la culpa, si no importa si un hombre es Arístides o Fálaris, si es Catón o Catilina? Pero el hombre no percibe esta oposición entre sentimientos y acciones, a menos que posea la verdad. Si alguien, por tanto, me preguntara si la muerte es un bien o un mal, responderé que su carácter depende del curso de la vida. Pues así como la vida misma es un bien si se pasa virtuosamente, pero un mal si se gasta viciosamente, así también la muerte debe pesarse según las acciones pasadas de la vida. Y así sucede que, si la vida se ha pasado al servicio de Dios, la muerte no es un mal, pues es un traslado a la inmortalidad. Pero si no es así, la muerte necesariamente debe ser un mal, ya que transfiere a los hombres, como he dicho, al castigo eterno.
¿Qué, pues, diremos, sino que están en error quienes desean la muerte como un bien o huyen de la vida como de un mal? A menos que sean sumamente injustos, quienes no pesan los males menores contra el mayor número de bienes. Pues cuando pasan toda su vida en una variedad de las más exquisitas gratificaciones, si alguna amargura ha sucedido por casualidad a aquellas, desean morir; y lo consideran de tal modo como para parecer que nunca les ha ido bien, si en algún momento les sucede ir mal. Por tanto, condenan toda la vida, y la consideran como nada más que llena de males. De aquí surgió aquel sentimiento necio, de que este estado que imaginamos ser vida es muerte, y que aquello que tememos como muerte es vida; y así que el primer bien es no haber nacido, y el segundo, una muerte temprana. Y para que este sentimiento tenga más peso, se atribuye a Sileno. Cicerón en su Consolación dice: «No nacer es con mucho lo mejor, y no caer en estas rocas de la vida. Pero lo siguiente es, si has nacido, morir lo antes posible, y huir de la violencia de la Fortuna como de un incendio.» Que él creía esta expresión tan necia se ve en que añadió algo de su propia cosecha para embellecerla. Pregunto, por tanto, para quién piensa que es mejor no haber nacido, cuando no hay absolutamente nadie que tenga percepción; pues es la percepción la que hace que algo sea bueno o malo. En segundo lugar, ¿por qué consideró toda la vida como nada más que rocas y un incendio; como si estuviera en nuestro poder no haber nacido, o la vida nos fuera dada por la fortuna y no por Dios, o como si el curso de la vida pareciera tener semejanza alguna con un incendio?
El dicho de Platón no es desemejante: que daba gracias a la naturaleza, primero por haber nacido ser humano antes que animal mudo; en segundo lugar, por ser hombre antes que mujer; por ser griego antes que bárbaro; por último, por ser ateniense y haber nacido en tiempo de Sócrates. Es imposible decir qué gran ceguera y errores produce la ignorancia de la verdad; contendería en absoluto que nada en los asuntos de los hombres se ha dicho jamás más neciamente. Como si, de haber nacido bárbaro, o mujer, o, en fin, asno, hubiera sido el mismo Platón, y no aquel mismo ser que había sido producido. Pero evidentemente creía a Pitágoras, quien, para impedir que los hombres se alimentaran de animales, dijo que las almas pasaban de los cuerpos de los hombres a los cuerpos de otros animales; lo cual es a la vez necio e imposible. Es necio, porque era innecesario introducir almas que han existido largo tiempo en cuerpos nuevos, cuando el mismo Artífice que en un tiempo había hecho las primeras siempre pudo hacer otras nuevas; es imposible, porque el alma dotada de recta razón no puede cambiar la naturaleza de su condición, como tampoco el fuego puede precipitarse hacia abajo, ni, como un río, derramar su llama oblicuamente. El sabio, por tanto, imaginó que podría suceder que el alma que estaba entonces en Platón pudiera quedar encerrada en algún otro animal, y pudiera ser dotada de la sensibilidad de un hombre, de modo que entendiera y se doliera de estar cargada con un cuerpo incongruente. ¡Cuánto más racionalmente habría obrado si hubiera dicho que daba gracias por haber nacido con buena capacidad y capaz de recibir instrucción, y por poseer aquellos recursos que le permitieran recibir una educación liberal! Pues ¿qué beneficio fue haber nacido en Atenas? ¿No han vivido en otras ciudades muchos hombres de talento y erudición distinguidos, que individualmente eran mejores que todos los atenienses? ¿Cuántos miles debemos creer que hubo que, aunque nacidos en Atenas y en tiempos de Sócrates, fueron sin embargo incultos y necios? Pues no son los muros ni el lugar donde uno nace los que pueden investir a un hombre de sabiduría. ¿De qué sirvió felicitarse de haber nacido en tiempos de Sócrates? ¿Podía Sócrates suministrar talento a los discípulos? No se le ocurrió a Platón que también Alcibíades y Critias fueron oyentes asiduos del mismo Sócrates, de los cuales el uno fue el más activo enemigo de su patria, y el otro el más cruel de todos los tiranos.
Capítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
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Veamos ahora qué había de tan grande en el propio Sócrates, para que un sabio diera gracias merecidamente por haber nacido en sus tiempos. No niego que fuera un poco más sagaz que los otros que pensaban que la naturaleza de las cosas podía ser comprendida por la mente. Y en esto juzgo que no solo fueron insensatos, sino también impíos, porque quisieron enviar sus inquisitivos ojos a los secretos de aquella providencia celestial. Sabemos que hay en Roma, y en muchas ciudades, ciertas cosas sagradas que se considera impío que los hombres miren. Por tanto, quienes no tienen permitido profanar esos objetos se abstienen de mirarlos; y si por error o por algún accidente un hombre ha llegado a verlos, su culpa se expía primero con su castigo, y después con la repetición de un sacrificio. ¿Qué puedes hacer en el caso de quienes desean escudriñar cosas no permitidas? Verdaderamente son mucho más perversos quienes buscan profanar los secretos del mundo y de este templo celestial con disputas impías, que quienes entraron en el templo de Vesta, o de la Buena Diosa, o de Ceres. Y estos santuarios, aunque no es lícito que los hombres se acerquen a ellos, fueron sin embargo construidos por hombres. Pero estos hombres no solo escapan a la acusación de impiedad, sino que, lo que es mucho más indigno, ganan fama de elocuencia y gloria de talento. ¿Y si pudieran investigar algo? Pues son tan necios al afirmar como perversos al indagar; ya que no pueden descubrir nada, ni, aunque hubieran descubierto algo, defenderlo. Pues si aun por casualidad han visto la verdad— cosa que a menudo sucede— obran de tal modo que otros la refutan como falsa. Pues nadie desciende del cielo para dictar sentencia sobre las opiniones de los individuos; por lo cual nadie puede dudar de que quienes buscan estas cosas son necios, insensatos y locos.
Sócrates, por tanto, tuvo algo de sabiduría humana, quien, cuando comprendió que estas cosas no podían de ningún modo ser averiguadas, se apartó de cuestiones de esta clase; pero temo que obró así solo en esto. Pues muchas de sus acciones no solo son indignas de alabanza, sino también sumamente dignas de censura, en las cuales se asemejó muchísimo a los de su propia clase. De entre estas seleccionaré una que pueda ser juzgada por todos. Sócrates usaba este proverbio bien conocido: «Lo que está por encima de nosotros nada nos importa.» Dejémonos caer, pues, sobre la tierra, y usemos como pies aquellas manos que nos han sido dadas para la producción de obras excelentes. El cielo nada es para nosotros, a cuya contemplación hemos sido elevados; en fin, la luz misma no puede tener referencia a nosotros; sin duda la causa de nuestro sustento proviene del cielo. Pero si percibió esto, que no debemos discutir la naturaleza de las cosas celestiales, fue incapaz incluso de comprender la naturaleza de aquellas cosas que tenía bajo sus pies. ¿Qué, entonces? ¿Se equivocó en sus palabras? No es probable; pero sin duda quiso decir lo que dijo, que no debemos consagrarnos a la religión; pero si lo dijera abiertamente, nadie lo toleraría.
Pues ¿quién no puede percibir que este mundo, acabado con tan maravilloso método, está gobernado por alguna providencia, ya que no hay nada que pueda existir sin alguien que lo dirija? Así, una casa abandonada por su morador viene a arruinarse; un barco sin piloto se va al fondo; y un cuerpo abandonado por el alma se consume. Mucho menos podemos suponer que tan gran fábrica pudo haber sido construida sin un Artífice, o haber existido tanto tiempo sin un Gobernante. Pero si él deseaba derribar aquellas supersticiones públicas, no lo desapruebo; antes bien, lo alabaré, si hubiera encontrado algo mejor que poner en su lugar. Pero el mismo hombre juraba por un perro y una oca. ¡Oh bufón (como dice Zenón el epicúreo), hombre insensato, abandonado y desesperado, si quiso burlarse de la religión; loco, si lo hizo en serio, hasta el punto de estimar como Dios a un animal tan vil! Pues ¿quién puede atreverse a criticar las supersticiones de los egipcios, cuando Sócrates las confirmaba en Atenas con su autoridad? ¿Y no fue una muestra de consumada vanidad que antes de su muerte pidiera a sus amigos que sacrificaran por él un gallo que había prometido en voto a Esculapio? Evidentemente temía que Esculapio lo llevara a juicio ante Radamanto, el juez, por causa del voto. Yo lo consideraría sumamente loco si hubiera muerto bajo la influencia de una enfermedad. Pero puesto que hizo esto en su sano juicio, quien piensa que él fue sabio está él mismo falto de juicio. ¡He aquí a uno en cuyos tiempos el sabio se felicita de haber nacido!
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Veamos, sin embargo, qué fue lo que aprendió de Sócrates, quien, habiendo rechazado por completo la filosofía natural, se entregó a las indagaciones acerca de la virtud y del deber. Y así no dudo que instruyó a sus oyentes en los preceptos de la justicia. Por tanto, bajo la enseñanza de Sócrates, no escapó a la atención de Platón que la fuerza de la justicia consiste en la igualdad, puesto que todos nacen en una condición igual. Por tanto (dice), no deben tener nada privado ni propio; sino que, para que sean iguales, como exige el método de la justicia, deben poseer todas las cosas en común. Esto puede tolerarse mientras parezca hablarse de dinero. Pero cuán imposible y cuán injusto sea esto, podría mostrarlo con muchas cosas. Admitamos, no obstante, su posibilidad. Pues concedamos que todos son sabios y desprecian el dinero. ¿A qué, entonces, lo condujo aquella comunidad? También los matrimonios, dice, deben ser comunes; de modo que muchos hombres se agolpen como perros sobre la misma mujer, y el que fuere superior en fuerza logre obtenerla; o, si son pacientes como filósofos, aguarden su turno, como en un prostíbulo. ¡Oh maravillosa igualdad la de Platón! ¿Dónde está, pues, la virtud de la castidad? ¿Dónde la fidelidad conyugal? Y si quitas estas, toda justicia queda suprimida. Pero dice asimismo que los Estados serían prósperos si los filósofos fueran sus reyes, o los reyes filósofos. Mas si dieras la soberanía a este hombre de tanta justicia y equidad, que ha privado a unos de sus propios bienes y dado a otros los bienes ajenos, prostituiría el pudor de las mujeres; cosa que jamás fue hecha, no digo por un rey, pero ni siquiera por un tirano.
Pero ¿qué motivo adujo para este consejo tan degradante? El Estado estará en armonía y unido con los vínculos de un amor mutuo, si todos son esposos, padres, esposas e hijos de todos. ¡Qué confusión de la raza humana es esta! ¿Cómo es posible que se conserve el afecto donde no hay nada cierto que amar? ¿Qué hombre amará a una mujer, o qué mujer a un hombre, a no ser que hayan vivido siempre juntos, a no ser que la devoción de la mente y la fe mutuamente guardada hayan hecho indivisible su amor? Pero esta virtud no tiene lugar en aquel placer promiscuo. Además, si todos son hijos de todos, ¿quién podrá amar a los hijos como propios, cuando ignora o duda si son suyos? ¿Quién honrará a alguien como a un padre, cuando no sabe de quién nació? De lo cual se sigue que no solo estima a un extraño como padre, sino también a un padre como extraño. ¿Por qué habría de decir que es posible que una esposa sea común, pero imposible un hijo, que no puede ser concebido sino de uno? La comunidad, por tanto, se pierde para él solo, clamando contra ello la naturaleza misma. Queda que solo por causa de la concordia querría una comunidad de esposas. Pero no hay causa más vehemente de discordias que el deseo de una misma mujer por muchos hombres. Y en esto habría podido ser advertido Platón, si no por la razón, ciertamente por el ejemplo, tanto de los animales mudos, que por este motivo luchan con la mayor vehemencia, como de los hombres, que siempre han sostenido entre sí las guerras más encarnizadas por esta causa.
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Queda que la comunidad de que hemos hablado no admite otra cosa que adulterios y concupiscencias, para cuya total extinción es especialmente necesaria la virtud. Por tanto, no halló la concordia que buscaba, porque no vio de dónde nace. Pues la justicia no tiene peso en las circunstancias externas, ni siquiera en el cuerpo, sino que se ocupa por entero de la mente del hombre. Quien, por tanto, desea poner a los hombres en igualdad, no debe quitar el matrimonio y las riquezas, sino la arrogancia, el orgullo y la altivez, para que los poderosos y elevados sepan que están al mismo nivel que los más necesitados. Pues quitadas a los ricos la insolencia y la injusticia, no habrá diferencia entre que unos sean ricos y otros pobres, puesto que serán iguales en espíritu; y nada sino la reverencia hacia Dios puede producir este resultado. Pensó, por tanto, que había hallado la justicia, cuando en realidad la había removido por completo, porque no debe ser una comunidad de cosas perecederas, sino de mentes. Pues si la justicia es la madre de todas las virtudes, cuando estas son quitadas una a una, también ella misma queda derribada. Pero Platón quitó sobre todo la frugalidad, que no existe cuando no hay bienes propios que puedan poseerse; quitó la abstinencia, pues no habrá nada ajeno de lo cual abstenerse; quitó la templanza y la castidad, que son las mayores virtudes en cada sexo; quitó el respeto de sí, el pudor y la modestia, si aquellas cosas que suelen juzgarse torpes y deshonrosas comienzan a tenerse por honorables y lícitas. Así, mientras quiere conferir la virtud a todos, la quita a todos. Pues la propiedad de los bienes contiene la materia tanto de los vicios como de las virtudes, pero la comunidad de bienes no contiene otra cosa que el desenfreno de los vicios. Pues los hombres que tienen muchas amantes no pueden llamarse de otro modo que lujuriosos y pródigos. E igualmente las mujeres que están en posesión de muchos hombres, necesariamente no son adúlteras, porque no tienen matrimonio fijo, sino prostitutas y rameras. Por tanto, redujo la vida humana, no digo a semejanza de los animales mudos, sino de los rebaños y de las bestias. Pues casi todas las aves contraen matrimonio, se unen por parejas, defienden sus nidos como si fuesen sus lechos nupciales, con mente armoniosa, y crían a sus propias crías, porque les son bien conocidas; y si pones otras en su camino, las rechazan. Pero este sabio, contra la costumbre de los hombres y contra la naturaleza, eligió objetos de imitación más necios; y, como vio que las tareas de machos y hembras no estaban separadas en los demás animales, pensó que también las mujeres debían tomar parte en la guerra, participar en los consejos públicos, desempeñar magistraturas y asumir mandos. Y por eso les asignó caballos y armas: de ahí se sigue que habría debido asignar a los hombres la lana y el telar, y el transporte de los niños. Tampoco vio la imposibilidad de lo que decía, por el hecho de que ninguna nación ha existido en el mundo tan necia o tan vana como para vivir de este modo.
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Puesto que, por tanto, los principales de entre los filósofos se descubren ellos mismos de tal vacuidad, ¿qué pensaremos de aquellos menores, que suelen no parecerse nunca a sí mismos tan sabios como cuando se jactan de su desprecio del dinero? ¡Valiente espíritu! Pero espero ver su conducta, y cuáles son los resultados de ese desprecio. Evitan como un mal y abandonan los bienes que les fueron transmitidos por sus padres. Y para no sufrir naufragio en la tempestad, se arrojan de cabeza por su propia voluntad en la calma, resueltos no por virtud, sino por un miedo perverso; como aquellos que, por miedo a ser muertos por el enemigo, se matan a sí mismos, para que con la muerte eviten la muerte. Así estos hombres, sin honor y sin influencia, arrojan los medios con que habrían podido adquirir la gloria de la liberalidad. Demócrito es alabado porque abandonó sus campos y permitió que se convirtieran en pastos públicos. Yo lo aprobaría si los hubiera dado. Pero nada que sea inútil y malo se hace con sabiduría si lo hacen todos. Mas esta negligencia es tolerable. ¿Qué diré de aquel que convirtió sus posesiones en dinero, que arrojó al mar? Dudo si estaba en sus cabales o trastornado. Lejos, dice, malos deseos, a lo profundo. Os arrojaré, no sea que yo mismo sea arrojado por vosotros. Si tan grande es tu desprecio por el dinero, empléalo en actos de bondad y humanidad, dalo a los pobres; eso que estás a punto de arrojar puede ser socorro para muchos, para que no mueran de hambre, o de sed, o de desnudez. Imita al menos la locura y el furor de Tuditano; esparce tus bienes para que el pueblo los arrebate. Está en tu poder tanto escapar de la posesión del dinero, como, sin embargo, emplearlo provechosamente; pues todo lo que ha sido provechoso para muchos está colocado con seguridad.
Pero ¿quién aprueba la igualdad de las faltas tal como la estableció Zenón? Dejemos, no obstante, aquello que siempre es recibido con burla por todos. Esto basta para probar el error de este loco: que coloca la compasión entre los vicios y las enfermedades. Nos priva de un afecto que abarca casi todo el curso de la vida humana. Pues, como la naturaleza del hombre es más débil que la de los demás animales, a los que la providencia divina ha armado con medios naturales de defensa, ya para soportar la inclemencia de las estaciones, ya para rechazar los ataques contra sus cuerpos, como ninguna de estas cosas ha sido dada al hombre, este ha recibido, en lugar de todas ellas, el afecto de la compasión, que se llama con verdad humanidad, con el cual podríamos protegernos mutuamente. Porque si un hombre se volviera salvaje a la vista de otro hombre, cosa que vemos suceder en aquellos animales de naturaleza solitaria, no habría sociedad entre los hombres, ni cuidado ni sistema en la edificación de las ciudades; y así la vida ni siquiera sería segura, pues la debilidad de los hombres quedaría expuesta a los ataques de los demás animales, y ellos se enfurecerían entre sí a la manera de las fieras. Y no es menor su locura en otras cosas.
Pues, ¿qué puede decirse de aquel que afirmó que la nieve era negra? ¡Con cuánta naturalidad se siguió que afirmara también que la pez era blanca! Este es el que dijo que había nacido para esto, para contemplar el cielo y el sol, quien nada veía en la tierra cuando brillaba el sol. Jenófanes creyó neciamente a los matemáticos que decían que el orbe de la luna era dieciocho veces mayor que la tierra; y, como era consecuente con esta necedad, dijo que dentro de la superficie cóncava de la luna había otra tierra, y que allí vivía otra raza de hombres de manera semejante a como nosotros vivimos en esta tierra. Por tanto, estos lunáticos tienen otra luna que les brinde luz por la noche, como esta nos la brinda a nosotros. Y quizá este globo nuestro sea una luna para otra tierra situada debajo de esta. Séneca dice que hubo uno entre los estoicos que solía deliberar si debía asignar también al sol sus propios habitantes; obró neciamente al dudar. Pues, ¿qué daño habría causado si se los hubiera asignado? Pero creo que lo disuadió el calor, para no poner en peligro a tan gran multitud; no fuera que, si perecían por el calor excesivo, se dijera que tan gran calamidad había sucedido por culpa suya.
III, 24
¿Qué sucede con aquellos que imaginan que hay antípodas opuestos a nuestros pasos? ¿Dicen algo pertinente? ¿O hay alguien tan insensato como para creer que hay hombres cuyos pasos están más altos que sus cabezas? ¿O que las cosas que entre nosotros están en posición yacente, entre ellos cuelgan en dirección invertida? ¿Que las mieses y los árboles crecen hacia abajo? ¿Que las lluvias, la nieve y el granizo caen hacia arriba, a la tierra? ¿Y se asombra alguien de que se mencionen jardines colgantes entre las siete maravillas del mundo, cuando los filósofos hacen campos, mares, ciudades y montañas colgantes? El origen de este error debe ser también expuesto por nosotros. Porque siempre se engañan de la misma manera. Pues cuando han supuesto algo falso en el comienzo de sus investigaciones, llevados por la semejanza con la verdad, caen necesariamente en las cosas que son sus consecuencias. Así caen en muchas cosas ridículas; porque las cosas que concuerdan con cosas falsas deben ser ellas mismas falsas. Pero como confiaron en las primeras, no consideran el carácter de las que se siguen, sino que las defienden de todos modos; cuando deberían juzgar por las que se siguen si las primeras son verdaderas o falsas.
¿Qué razonamiento, por tanto, los condujo a la idea de los antípodas? Veían los cursos de los astros que se desplazaban hacia el oeste; veían que el sol y la luna siempre se ponían hacia el mismo punto cardinal y salían del mismo. Pero como no percibían qué artificio regulaba sus cursos, ni cómo volvían del oeste al este, sino que suponían que el propio cielo se inclinaba hacia abajo en toda dirección, apariencia que debe presentar a causa de su inmensa anchura, pensaron que el mundo es redondo como una bola, y se figuraron que el cielo gira de acuerdo con el movimiento de los cuerpos celestes; y así, que los astros y el sol, cuando se han puesto, son llevados de nuevo al este por la propia rapidez del movimiento del mundo. Por tanto, construyeron orbes de bronce, como según la figura del mundo, y grabaron en ellos ciertas imágenes monstruosas, que dijeron que eran constelaciones. Se seguía, por tanto, de esta redondez del cielo, que la tierra estaba encerrada en medio de su superficie curva. Pero si esto era así, también la tierra misma debía ser como un globo; pues no podía ser otra cosa que redonda aquello que estaba contenido por aquello que era redondo. Pero si también la tierra era redonda, necesariamente debía suceder que presentara la misma apariencia a todas las partes del cielo; es decir, que levantara montañas en lo alto, extendiera llanuras y tuviera mares al nivel. Y si esto era así, se seguía también aquella última consecuencia: que no habría parte alguna de la tierra deshabitada por los hombres y los demás animales. Así, la redondez de la tierra conduce, además, a la invención de esos antípodas suspendidos.
Pero si preguntas a quienes defienden estas maravillosas ficciones por qué no caen todas las cosas hacia aquella parte inferior del cielo, responden que tal es la naturaleza de las cosas: que los cuerpos pesados son llevados hacia el centro, y que todos se unen hacia el centro, como vemos los radios en una rueda; pero que los cuerpos ligeros, como la niebla, el humo y el fuego, son llevados lejos del centro, de modo que buscan el cielo. No sé qué decir respecto de quienes, una vez que han errado, perseveran consecuentemente en su necedad, y defienden una cosa vana con otra; salvo que a veces imagino que, o bien discuten de filosofía por juego, o a propósito y a sabiendas emprenden la defensa de falsedades, como para ejercitar o mostrar sus talentos en asuntos falsos. Pero podría probar con muchos argumentos que es imposible que el cielo esté más abajo que la tierra, si no fuera porque este libro debe ya concluirse, y porque aún quedan algunas cosas que son más necesarias para la presente obra. Y puesto que no es trabajo de un solo libro recorrer los errores de cada uno individualmente, baste haber enumerado unos pocos, de los cuales pueda entenderse la naturaleza de los demás.
Comentario editorial · Los antípodas y la forma de la Tierra
Lactancio rechaza en III, 24 la idea de los antípodas y explica de dónde nace «el error»: los filósofos, al ver los astros ponerse siempre hacia el mismo lado, supusieron un cielo redondo, de ahí una tierra esférica y de ahí hombres «con los pasos más altos que las cabezas». Copérnico lo citó en 1543, en el prefacio a De revolutionibus, como ejemplo de quien habla «pueril» de la forma de la Tierra (Wikipedia). En el siglo XIX Letronne y Whewell lo presentaron como prueba de que los Padres creían en una Tierra plana; Wikipedia recoge la tesis de Stephen Jay Gould, para quien nunca hubo entre los eruditos una «edad oscura de la Tierra plana» y todos los grandes medievales aceptaron su redondez.
Para ampliar: Myth of the flat Earth (Wikipedia (en)) · Libro III, cap. 24 (CCEL, ANF 7).
Capítulo 25. Del aprendizaje de la filosofía, y de cuán grandes cualidades son necesarias para su estudio
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Debemos decir ahora algunas cosas acerca de la filosofía en general, para concluir una vez fortalecida nuestra causa. Aquel grandísimo imitador de Platón entre nuestros escritores pensó que la filosofía no era para la multitud, porque solo los doctos podían alcanzarla. «La filosofía,» dice Cicerón, «se contenta con pocos jueces, evitando de propósito y por su propia voluntad a la multitud.» No es, por tanto, sabiduría, si evita el concurso de los hombres; pues si la sabiduría se da al hombre, se da a todos sin distinción alguna, de modo que no hay nadie en absoluto que no pueda adquirirla. Pero ellos abrazan la virtud, que ha sido dada al género humano, de tal manera que solo ellos, entre todos, parecen querer gozar de lo que es un bien público; siendo tan envidiosos como si quisieran vendar o arrancar los ojos de los demás para que no vean el sol. Pues ¿qué otra cosa es negar la sabiduría a los hombres, sino quitar de sus mentes la luz verdadera y divina? Y si la naturaleza del hombre es capaz de sabiduría, convenía que tanto los artesanos como los campesinos, las mujeres y, en suma, todos los que tienen forma humana, fueran enseñados a ser sabios; y que el pueblo fuera congregado de toda lengua, condición, sexo y edad. Por tanto, es argumento muy fuerte de que la filosofía ni tiende a la sabiduría ni es de por sí sabiduría, el que su misterio solo se dé a conocer por la barba y el manto de los filósofos. Los estoicos, además, lo advirtieron, pues dijeron que la filosofía debía estudiarse tanto por los esclavos como por las mujeres; también Epicuro, que invita a la filosofía incluso a los del todo ignorantes de las letras; y también Platón, que quiso componer un estado de sabios.
Intentaron, en verdad, hacer aquello que la verdad exigía; pero no pudieron pasar de las palabras. En primer lugar, porque para aplicarse a la filosofía es necesaria la enseñanza de muchas artes. Hay que adquirir el saber común a causa del ejercicio de la lectura, porque en tan grande variedad de materias es imposible que todo se aprenda de oídas o se retenga en la memoria. Tampoco ha de darse poca atención a los gramáticos, para que sepas el recto método de hablar; esto ha de ocupar muchos años. Y no ha de ignorarse la retórica, para que puedas proferir y expresar lo que has aprendido. También la geometría, la música y la astronomía son necesarias, porque estas artes tienen alguna conexión con la filosofía; y el conjunto de estas materias no puede ser aprendido por las mujeres, que deben aprender durante los años de su madurez los deberes que en adelante han de servirles para los usos domésticos; ni por los siervos, que han de vivir en servidumbre precisamente durante aquellos años en que pueden aprender; ni por los pobres, los jornaleros o los campesinos, que han de ganarse el sustento diario con su trabajo. Y por esta causa dice Tulio que la filosofía es contraria a la multitud. Pero, sin embargo, Epicuro acogerá a los ignorantes. ¿Cómo, pues, entenderán estos las cosas que se dicen acerca de los primeros principios de las cosas, cuyas perplejidades y sutilezas apenas alcanzan los hombres de mentes cultivadas?
Por tanto, en materias envueltas en oscuridad, confundidas por variedad de entendimientos y adornadas con el lenguaje estudiado de hombres elocuentes, ¿qué lugar queda para los inexpertos e ignorantes? En fin, jamás enseñaron a mujer alguna a estudiar filosofía, excepto solo a Temiste, en toda la memoria de los hombres; ni a esclavo alguno, excepto solo a Fedón, de quien se dice que, viviendo en dura esclavitud, fue rescatado e instruido por Cebes. Cuentan también a Platón y a Diógenes; pero estos no eran esclavos, aunque habían caído en servidumbre, pues habían sido hechos cautivos. Se dice que un tal Aníceris rescató a Platón por ocho sestercios; y por esta causa Séneca reprendió severamente al propio rescatador, porque puso tan pequeño precio a Platón. Estaba loco, a lo que me parece, quien se enojaba con un hombre porque no derrochaba mucho dinero; sin duda debía haber pesado oro como para rescatar el cadáver de Héctor, o haber exigido más dinero del que el vendedor pedía. Además, no enseñaron a ninguno de los bárbaros, con la única excepción de Anacarsis el escita, quien jamás habría soñado con la filosofía si no hubiera aprendido antes la lengua y la literatura.
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Aquello, por tanto, que ellos percibieron que era justamente exigido por las demandas de la naturaleza, pero que ellos mismos no pudieron realizar, y vieron que los filósofos no podían efectuar, solo lo realiza la instrucción divina; porque solo ella es sabiduría. Sin duda, ellos podrían persuadir a alguien, cuando ni siquiera a sí mismos se persuaden de cosa alguna; o aplastarán los deseos, moderarán la ira y refrenarán las pasiones de alguien, cuando ellos mismos ceden a los vicios y reconocen que son vencidos por la naturaleza. Pero cuánta influencia ejercen en las almas de los hombres los preceptos de Dios, por su sencillez y su verdad, lo muestran las pruebas diarias. Dame un hombre apasionado, procaz y desenfrenado; con muy pocas palabras de Dios,
lo volveré manso como una oveja.
Dame uno avaro, codicioso y tenaz; enseguida te lo devolveré liberal, y repartiendo su dinero a manos llenas. Dame un hombre que teme el dolor y la muerte; enseguida despreciará las cruces, los fuegos y el toro de Falaris. Dame uno lujurioso, adúltero, glotón; enseguida lo verás sobrio, casto y templado. Dame uno cruel y sanguinario: aquel furor se convertirá enseguida en verdadera clemencia. Dame un hombre injusto, necio, malhechor; al instante será justo, sabio e inocente: pues por un solo lavacro se le quitará toda su maldad. Tan grande es el poder de la sabiduría divina que, infundida en el pecho del hombre, con un solo impulso expulsa de una vez por todas la necedad, que es la madre de las faltas; para lograrlo no hay necesidad de pagos, ni de libros, ni de estudios nocturnos. Estos resultados se realizan gratuita, fácil y rápidamente, con tal de que los oídos estén abiertos y el pecho tenga sed de sabiduría. Nadie tema: no vendemos el agua, ni ofrecemos el sol por una recompensa. La fuente de Dios, abundantísima y llena en extremo, está abierta para todos; y esta luz celestial sale para todos, para cuantos tienen ojos. ¿Logró algo de esto alguno de los filósofos, o puede lograrlo si quiere? Pues aunque pasan la vida en el estudio de la filosofía, no pueden mejorar ni a otra persona ni a sí mismos (si la naturaleza les presenta algún obstáculo). Por tanto, su sabiduría, aun haciendo todo lo posible, no arranca los vicios, sino que los oculta. Pero unos pocos preceptos de Dios cambian tan enteramente al hombre entero y, despojado del hombre viejo, lo hacen nuevo, que no lo reconocerías como el mismo.
Capítulo 27. Cuán poco contribuyen los preceptos de los filósofos a la verdadera sabiduría, que solo hallarás en la religión
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¿Qué, pues? ¿Nada semejante prescriben? Sí, ciertamente, muchas cosas; y con frecuencia se acercan a la verdad. Pero aquellos preceptos no tienen peso, porque son humanos y carecen de una autoridad mayor, es decir, de la autoridad divina. Nadie, por tanto, los cree, porque el que los oye se imagina que quien los prescribe es un hombre, tal como él lo es. Además, entre ellos no hay certeza alguna, nada que proceda del conocimiento. Y como todo se hace por conjetura, y se aducen muchas cosas diferentes y varias, es propio de un hombre necio querer obedecer sus preceptos, puesto que se duda si son verdaderos o falsos; y por eso nadie los obedece, porque nadie quiere fatigarse por una incertidumbre. Dicen los estoicos que solo la virtud puede producir una vida feliz. Nada puede decirse con mayor verdad. Pero ¿y si alguien es atormentado o afligido por el dolor? ¿Será posible que alguien sea feliz en manos de los verdugos? Aunque, en verdad, el dolor infligido al cuerpo es la materia de la virtud; por tanto, no es desdichado ni siquiera en los tormentos. Epicuro habla con mucha más fuerza: el sabio, dice, es siempre feliz; e incluso encerrado en el toro de Falaris pronunciará estas palabras: «Es agradable, y no me importa.» ¿Quién no se reiría de él? Sobre todo, porque un hombre entregado al placer asumió el carácter de hombre fuerte, y esto en grado inmoderado; pues es imposible que alguien estime los tormentos del cuerpo como placeres, ya que para cumplir el oficio de la virtud basta con que uno los soporte y los aguante. ¿Qué decís vosotros, estoicos? ¿Qué dices tú, Epicuro? El sabio es feliz aun cuando es atormentado. Si lo es por causa de la gloria de su paciencia, no la gozará, pues acaso morirá bajo los tormentos. Si lo es por el recuerdo de la acción, o no la percibirá si las almas perecen, o, si la percibe, nada ganará con ello.
¿Qué otra ventaja hay, pues, en la virtud? ¿Qué felicidad de vida? ¿Acaso la de que el hombre muera con ecuanimidad? Me presentas la ventaja de una sola hora, o quizá de un momento, por la cual no merece la pena consumirse en miserias y trabajos durante toda la vida. Pero ¿cuánto tiempo ocupa la muerte? Con su llegada ya no importa si la habrás sobrellevado con ecuanimidad o no. Así sucede que nada se busca de la virtud sino la gloria. Pero esta es o superflua y efímera, o no se seguirá de los depravados juicios de los hombres. Por tanto, no hay fruto de la virtud donde la virtud está sujeta a la muerte y a la corrupción. Por eso quienes dijeron estas cosas vieron una cierta sombra de la virtud; no vieron la virtud misma. Pues tenían los ojos fijos en la tierra, y no alzaron sus rostros a lo alto para contemplarla
que se mostraba desde las regiones del cielo.
Esta es la razón por la que nadie obedece sus preceptos; pues o adiestran a los hombres en los vicios, si defienden el placer, o, si sostienen la virtud, no amenazan al pecado con castigo alguno, salvo solo con la deshonra, ni prometen a la virtud recompensa alguna, salvo solo la de la honra y la alabanza, ya que dicen que la virtud ha de buscarse por sí misma y no por causa de otro objeto. El sabio, por tanto, es feliz bajo los tormentos; pero cuando sufre el tormento por causa de su fe, por causa de la justicia o por causa de Dios, aquella paciencia en el dolor lo hará felicísimo. Porque solo Dios puede honrar la virtud, cuya recompensa es únicamente la inmortalidad. Y quienes no buscan esto ni poseen la religión, con la cual está unida la vida eterna, ciertamente no conocen el poder de la virtud, de cuya recompensa están ignorantes; ni miran hacia el cielo como ellos mismos se imaginan que hacen, al indagar materias que no admiten investigación, pues no hay otra causa para mirar hacia el cielo, a no ser o emprender la religión, o creer que el alma es inmortal. Porque si alguien entiende que Dios ha de ser adorado, o tiene ante sí la esperanza de la inmortalidad, su mente está en el cielo; y aunque no lo contemple con los ojos, lo contempla con el ojo del alma. Pero quienes no abrazan la religión son de la tierra, porque la religión es del cielo; y quienes piensan que el alma perece junto con el cuerpo miran igualmente hacia la tierra; pues más allá del cuerpo, que es tierra, no ven nada que sea inmortal. De nada aprovecha, por tanto, que el hombre esté hecho de tal modo que con el cuerpo erguido mire hacia el cielo, a menos que con la mente elevada discierna a Dios, y sus pensamientos estén del todo ocupados en la esperanza de la vida eterna.
Capítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
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Por lo cual, no hay en la vida otra cosa de la que puedan depender nuestro plan y condición sino el conocimiento de Dios, que nos creó, y el culto religioso y piadoso que le tributamos; y puesto que los filósofos se apartaron de esto, es claro que no fueron sabios. Buscaron, en verdad, la sabiduría; pero como no la buscaron de recta manera, se hundieron a mayor distancia y cayeron en errores tan grandes que ni siquiera poseyeron la sabiduría común. Pues no solo no quisieron mantener la religión, sino que incluso la quitaron; mientras, arrastrados por la apariencia de una falsa virtud, se esfuerzan por liberar el ánimo de todo temor. Y este trastorno de la religión recibe el nombre de naturaleza. Pues ellos, ya por ignorar por quién fue hecho el mundo, ya por querer persuadir a los hombres de que nada fue acabado por una inteligencia divina, dijeron que la naturaleza era la madre de todas las cosas, como si dijeran que todas fueron producidas por su propio impulso. Con esta palabra confiesan del todo su propia ignorancia, porque la naturaleza, aparte de la providencia y el poder divinos, no es absolutamente nada. Y si llaman Dios a la naturaleza, ¡qué perversidad es usar el nombre de naturaleza antes que el de Dios! Pero si la naturaleza es el plan, la necesidad o la condición del nacimiento, no es por sí misma capaz de sensación; antes es necesario que exista una mente divina, que con su previsión suministra a todas las cosas el principio de su existencia. O si la naturaleza es el cielo y la tierra y todo lo que ha sido creado, la naturaleza no es Dios, sino la obra de Dios.
Por un error semejante creen en la existencia de la fortuna, como diosa que se burla de los asuntos de los hombres con varios azares, porque no saben de qué fuente les sobrevienen los bienes y los males. Piensan que son puestos frente a ella para combatirla; y no asignan razón alguna de por quién y por qué motivo se les empareja así, sino que solo se jactan de estar a cada momento trabando con la fortuna una contienda de vida o muerte. Y ciertamente, cuantos han consolado a alguien por la muerte o la pérdida de amigos han censurado el nombre de la fortuna con las más severas acusaciones; y no hay disputa alguna suya sobre la virtud en la que la fortuna no sea maltratada. Marco Tulio, en su Consolación, dice que ha luchado siempre contra la fortuna, y que siempre fue vencida por él cuando había rechazado valientemente los ataques de sus enemigos; que ni aun entonces fue sometido por ella, cuando fue expulsado de su casa y privado de su patria; pero que al perder a su hija queridísima confiesa vergonzosamente que es vencido por la fortuna: Cedo, dice, y levanto la mano. ¿Qué hay más miserable que este hombre, que así yace postrado? Obra neciamente, dice; pero es alguien que profesa ser sabio. ¿Qué implica, pues, la asunción de ese nombre? ¿Qué ese desprecio de las cosas que se reclama con palabras magníficas? ¿Qué ese vestido tan distinto de los demás? ¿O por qué das preceptos de sabiduría, si aún no se ha hallado a nadie que sea sabio? ¿Y alguien nos guarda rencor porque negamos que los filósofos sean sabios, cuando ellos mismos confiesan que no tienen ni conocimiento ni sabiduría? Pues si alguna vez han fracasado de tal modo que ni siquiera pueden fingir algo, como es su costumbre en otros casos, entonces en verdad se les recuerda su ignorancia; y, como enloquecidos, se levantan de un salto y exclaman que están ciegos y necios. Anaxágoras afirma que todas las cosas están cubiertas de tinieblas. Empédocles se queja de que los caminos de los sentidos son estrechos, como si para sus reflexiones necesitara de un carro y cuatro caballos. Demócrito dice que la verdad yace hundida en un pozo tan profundo que no tiene fondo; neciamente, por cierto, como dice otras cosas. Pues la verdad no está, por así decirlo, hundida en un pozo al que le fuera permitido descender, o incluso caer, sino, por así decirlo, puesta en la cima más alta de un monte elevado, o en el cielo, lo cual es lo más verdadero. ¿Qué razón hay, en efecto, para decir que está hundida abajo antes que elevada en lo alto? A no ser que por acaso prefiriera colocar la mente también en los pies, o en la planta de los talones, más bien que en el pecho o en la cabeza.
Tan lejos estaban ellos de la verdad misma, que ni siquiera la postura de su propio cuerpo les advertía que la verdad debía ser buscada por ellos en el lugar más alto. De esta desesperación nació aquella confesión de Sócrates, en la que dijo que no sabía nada sino una sola cosa: que nada sabía. De esta fluyó el sistema de la Academia, si es que ha de llamarse sistema aquello en lo cual se aprende y se enseña la ignorancia. Pero ni siquiera los que reclamaban para sí el conocimiento pudieron defender consecuentemente aquello mismo que creían saber. Pues como no estaban de acuerdo unos con otros, por su ignorancia de las cosas divinas eran tan inconsecuentes e inciertos, y a menudo afirmaban cosas contrarias entre sí, que no puedes determinar ni decidir cuál era su pensamiento. ¿Por qué, pues, combatirías contra hombres que perecen por su propia espada? ¿Por qué te fatigarías en refutar a aquellos a quienes su propio discurso refuta y acosa? Aristóteles, dice Cicerón, acusando a los filósofos antiguos, declara que o son necios en extremo o vanagloriosos en extremo, pues pensaron que la filosofía fue perfeccionada por sus talentos; pero que él veía, porque en pocos años se había hecho un gran avance, que la filosofía quedaría completa en breve tiempo. ¿Cuál era, pues, ese tiempo? ¿De qué modo, cuándo y por quién fue completada la filosofía? Porque aquello que dijo, que fueron necios en extremo al suponer que la filosofía fue perfeccionada por sus talentos, es verdad; pero ni siquiera él habló con bastante discreción, al pensar que había sido comenzada por los antiguos, o aumentada por los más recientes, o que en breve sería llevada a la perfección por los de tiempos posteriores. Pues jamás puede investigarse aquello que no se busca por su propio camino.