Capítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
VI, 14
Si, por tanto, la misericordia es un don distinguido y excelente en el hombre, y es juzgada como muy bueno por consentimiento tanto de los buenos como de los malos, resulta que los filósofos estuvieron muy lejos del bien del hombre, pues ni prescribieron ni practicaron nada de este género, sino que siempre consideraron como vicio aquella virtud que casi ocupa el primer lugar en el hombre. Me place traer aquí un asunto de la filosofía, para refutar más plenamente los errores de quienes llaman enfermedades del alma a la misericordia, al deseo y al temor. Ellos, en efecto, intentan distinguir las virtudes de los vicios, lo cual es en verdad asunto muy fácil. Pues ¿quién no puede distinguir a un hombre liberal de uno pródigo (como hacen ellos), o a un frugal de uno mezquino, o a un tranquilo de uno perezoso, o a un cauto de uno tímido? Porque estas cosas que son buenas tienen sus límites, y si exceden esos límites, caen en vicios; de modo que la constancia, a menos que se empeñe por la verdad, se convierte en desvergüenza. De igual manera, la valentía, si afronta cierto peligro sin la compulsión de necesidad alguna o no por causa honrosa, se transforma en temeridad. La libertad de palabra, si ataca a otros en lugar de oponerse a quienes la atacan, es obstinación. La severidad, si no se limita a los castigos convenientes de los culpables, se vuelve crueldad salvaje.
Por tanto, dicen que quienes parecen malos no pecan por su propia voluntad, ni eligen los males por preferencia, sino que, errando por la apariencia del bien, caen en los males mientras ignoran la distinción entre las cosas buenas y las malas. Estas cosas no son en verdad falsas, pero todas se refieren al cuerpo. Pues ser frugal, constante, cauto, tranquilo, grave o severo son virtudes ciertamente, pero virtudes que se relacionan con esta vida breve. Pero nosotros, que despreciamos esta vida, tenemos ante nosotros otras virtudes, acerca de las cuales los filósofos no pudieron siquiera conjeturar de ninguna manera. Por tanto, consideraron ciertas virtudes como vicios y ciertos vicios como virtudes. Pues los estoicos quitan al hombre todas las afecciones por cuyo impulso se mueve el alma: el deseo, el gozo, el temor, la tristeza; las dos primeras de las cuales surgen de cosas buenas, ya futuras ya presentes; las últimas de cosas malas. De la misma manera, llaman a estas cuatro (como dije) enfermedades, no tanto insertadas en nosotros por la naturaleza como asumidas por una opinión pervertida; y por tanto piensan que pueden ser erradicadas si se suprime la falsa noción de las cosas buenas y malas. Pues si el sabio no juzga nada bueno ni malo, no se inflamará con el deseo, ni se dejará llevar por el gozo, ni se alarmará con el temor, ni permitirá que su ánimo decaiga por la tristeza. Veremos enseguida si logran lo que desean o qué es lo que en realidad logran: entretanto, su propósito es arrogante y casi demente, pues piensan aplicar un remedio y ser capaces de luchar contra la fuerza y el sistema de la naturaleza.
VI, 15
Pues que estas cosas son naturales y no voluntarias, lo muestra la naturaleza de todos los seres vivientes, movida por todas estas afecciones. Por tanto, obran mejor los peripatéticos, que dicen que todas ellas no pueden sernos arrebatadas, porque nacieron con nosotros; y se esfuerzan en mostrar cuán providente y necesariamente Dios, o la naturaleza (pues así la llaman), nos armó con estas afecciones; las cuales, sin embargo, porque generalmente se vuelven viciosas si están en exceso, pueden ser reguladas ventajosamente por el hombre, aplicándoseles un límite, de modo que le quede al hombre cuanto es suficiente para la naturaleza. No es una discusión imprudente, si, como dije, no todas las cosas se refirieran a esta vida. Los estoicos, por tanto, están locos, pues no las regulan sino que las extirpan, y desean por un medio u otro privar al hombre de potencias implantadas en él por la naturaleza. Y esto equivale a desear quitar la timidez a los ciervos, el veneno a las serpientes, la furia a las fieras o la mansedumbre al ganado. Pues aquellas cualidades que han sido dadas por separado a los animales mudos, todas juntas han sido dadas al hombre al mismo tiempo. Pero si, como afirman los médicos, la afección del gozo tiene su asiento en el bazo, la de la ira en la bilis, la del deseo en el hígado, la del temor en el corazón, es más fácil matar al animal mismo que arrancarle algo del cuerpo; pues esto es querer cambiar la naturaleza del ser viviente. Pero los hombres hábiles no entienden que cuando quitan los vicios al hombre, también le quitan la virtud, para la cual únicamente están haciendo lugar. Pues si es virtud, en medio de la impetuosidad de la ira, contenerse y refrenarse, cosa que no pueden negar, entonces el que está sin ira también está sin virtud. Si es virtud controlar la concupiscencia del cuerpo, debe estar libre de virtud quien no tiene concupiscencia que regular. Si es virtud refrenar el deseo de codiciar lo ajeno, ciertamente no puede tener virtud quien carece de aquello cuyo refrenamiento constituye el ejercicio de la virtud. Donde, por tanto, no hay vicios, no hay lugar siquiera para la virtud, como no hay lugar para la victoria donde no hay adversario. Y así sucede que no puede haber bien en esta vida sin mal. Una afección, por tanto, es una especie de fecundidad natural de las potencias del alma. Pues así como un campo naturalmente fértil produce una cosecha abundante de abrojos, así el alma inculta se llena de vicios que florecen por sí mismos, como de espinas. Pero cuando se ha aplicado el verdadero cultivador, inmediatamente los vicios ceden y brotan los frutos de las virtudes.
Por tanto, Dios, cuando creó por primera vez al hombre, con admirable previsión implantó primero en él estas emociones del alma, para que fuera capaz de recibir la virtud, como la tierra lo es de cultivo; y puso la materia de los vicios en las afecciones, y la de la virtud en los vicios. Pues ciertamente la virtud no tendrá existencia, o no estará en ejercicio, si faltan aquellas cosas por las cuales su poder se muestra o existe. Veamos ahora qué han logrado aquellos que eliminan por completo los vicios. Con respecto a aquellas cuatro afecciones que imaginan que surgen de la opinión sobre las cosas buenas y malas, por cuya erradicación piensan que ha de sanarse el alma del sabio, puesto que entienden que están implantadas por la naturaleza y que sin ellas nada puede ponerse en movimiento ni hacerse, ponen en su lugar y sitio otras cosas: por el deseo sustituyen la inclinación, como si no fuera mucho mejor desear un bien que sentir inclinación hacia él; de manera semejante sustituyen el gozo por la alegría, y el temor por la cautela. Pero en el caso de la cuarta no hallan método para cambiar el nombre. Por tanto, han suprimido por completo la tristeza, es decir, la melancolía y el dolor del alma, lo cual no puede hacerse de ninguna manera. Pues ¿quién puede no entristecerse si una peste ha asolado su patria, o un enemigo la ha derribado, o un tirano ha aplastado su libertad? ¿Puede alguien no entristecerse si ha contemplado la ruina de la libertad y el destierro o la crueldad extrema de la matanza de vecinos, amigos u hombres buenos?— a menos que la mente de alguien quede tan golpeada por el asombro que se le arrebate toda sensibilidad. Por lo cual, o bien debieron eliminar el conjunto, o bien completar esta discusión defectuosa y débil; es decir, algo debió sustituirse en lugar de la tristeza, ya que, habiendo dispuesto así las anteriores, ésta seguía naturalmente.
Pues así como nos gozamos en las cosas buenas presentes, así nos afligimos y entristecemos con las malas. Si, por tanto, dieron otro nombre al gozo porque lo consideraban vicioso, igualmente convenía dar otro nombre a la tristeza porque también la consideraban viciosa. De lo cual se desprende que no les faltaba el objeto mismo, sino una palabra, por cuya falta quisieron, contra lo que la naturaleza permite, eliminar aquella afección que es la mayor. Pues habría podido refutar con más amplitud esos cambios de nombres y demostrar que muchos nombres se aplican a los mismos objetos, en aras de embellecer el estilo y aumentar su riqueza, o al menos que no difieren mucho entre sí. Pues el deseo tiene su comienzo en la inclinación, la cautela surge del temor, y el gozo no es otra cosa que la expresión de la alegría. Pero supongamos que son diferentes, como ellos mismos quieren. En consecuencia dirán que el deseo es una inclinación continua y perpetua, que el gozo es una alegría que se porta inmoderadamente, y que el temor es una cautela en exceso que traspasa los límites de la moderación. Así sucede que no eliminan aquellas cosas que piensan que deben eliminarse, sino que las regulan, puesto que sólo cambian los nombres; las cosas mismas permanecen. Por tanto, vuelven sin darse cuenta al punto al que llegan los peripatéticos por razonamiento: que los vicios, puesto que no pueden eliminarse, deben regularse con moderación. Por tanto yerran, porque no logran realizar aquello a lo que aspiran, y por una ruta tortuosa, larga y áspera, regresan al mismo camino.
Capítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
VI, 16
Pero yo pienso que los peripatéticos ni siquiera se acercaron a la verdad, pues admiten que son vicios, pero los regulan con moderación. Pues debemos estar libres incluso de los vicios moderados; es más, debería haberse logrado desde el principio que no hubiera vicios. Pues nada puede nacer vicioso; pero si hacemos mal uso de las afecciones, se convierten en vicios; si las usamos bien, en virtudes. Entonces debe demostrarse que son las causas de las afecciones, y no las afecciones mismas, lo que debe moderarse. No debemos, dicen, alegrarnos con gozo excesivo, sino moderada y templadamente. Esto es como si dijeran que no debemos correr con rapidez, sino caminar despacio. Pero es posible que quien camina se equivoque, y que quien corre mantenga el camino recto. ¿Qué si demuestro que hay un caso en el que es vicioso no sólo alegrarse moderadamente, sino incluso en el grado más pequeño; y que hay otro caso, por el contrario, en el que incluso exultar con transportes de gozo no es en absoluto censurable? ¿De qué, entonces, pregunto, nos aprovechará esta medianía? Pregunto si piensan que un sabio debe alegrarse si ve que a su enemigo le sucede algún mal; o si debe refrenar su gozo, si por la derrota de los enemigos o el derrocamiento de un tirano, sus conciudadanos han obtenido la libertad y la seguridad.
Nadie duda de que en el primer caso alegrarse poco, y en el segundo alegrarse demasiado poco, es un crimen muy grande. Podemos decir lo mismo respecto de las otras afecciones. Pero, como he dicho, el objeto de la sabiduría no consiste en la regulación de éstas, sino de sus causas, puesto que son movidas desde fuera; ni convenía que ellas mismas fueran refrenadas, ya que pueden existir en pequeño grado con la mayor criminalidad, y en grado máximo sin criminalidad alguna. Sino que deberían haberse asignado a tiempos, circunstancias y lugares determinados, para que no sean vicios cuando se nos permite hacer un uso recto de ellas. Pues así como caminar por el rumbo correcto es bueno, pero desviarse de él es malo, así ser movidos por las afecciones hacia lo recto es bueno, pero hacia lo corrupto es malo. Pues el deseo sensual, si no se desvía de su objeto lícito, aunque sea ardiente, no tiene culpa. Pero si desea un objeto ilícito, aunque sea moderado, es un gran vicio. Por tanto, no es enfermedad airarse, ni desear, ni ser excitado por la concupiscencia; sino ser iracundo, codicioso o licencioso es enfermedad. Pues el iracundo se aíra incluso con quien no debería airarse o en momentos en que no debería. El codicioso desea incluso lo innecesario. El licencioso persigue incluso lo que las leyes prohíben. Toda la cuestión debería haber girado en torno a esto: que, puesto que la impetuosidad de estas cosas no puede ser refrenada, ni es justo que lo sea, porque está necesariamente implantada para el mantenimiento de los deberes de la vida, más bien debería ser dirigida hacia el camino recto, donde sea posible incluso correr sin tropiezo y sin peligro.
VI, 17
Pero me he dejado llevar demasiado lejos por mi deseo de refutarlos, siendo mi propósito mostrar que aquellas cosas que los filósofos tuvieron por vicios están tan lejos de serlo, que son incluso grandes virtudes. De las demás tomaré, a modo de enseñanza, las que juzgo más estrechamente ligadas al asunto. Tienen el pavor o el temor por vicio gravísimo, y lo creen una gran debilidad del alma; su contrario es la fortaleza; y si ésta existe en un hombre, dicen que no hay lugar para el temor. ¿Acaso alguien cree que pueda suceder que este mismo temor sea la suprema fortaleza? De ningún modo. Pues la naturaleza no parece admitir que algo recaiga en su contrario. Pero yo, no mediante hábil conclusión alguna, como hace Sócrates en los escritos de Platón, que fuerza a aquellos contra quienes disputa a admitir lo que habían negado, sino de manera sencilla, mostraré que el temor más grande es la virtud más grande. Nadie duda de que es propio de un ánimo tímido y débil temer el dolor, la necesidad, el destierro, la prisión o la muerte; y si alguien no teme todas estas cosas, es juzgado varón de la mayor fortaleza. Pero quien teme a Dios está libre del temor de todas ellas. Para probarlo no hay necesidad de argumentos: pues los castigos infligidos a los adoradores de Dios han sido presenciados en todos los tiempos, y aún se presencian por todo el mundo; y para atormentarlos se han inventado torturas nuevas e insólitas. Pues el ánimo se estremece ante el recuerdo de las diversas clases de muerte, cuando la carnicería de monstruos salvajes se ha ensañado incluso más allá de la muerte misma. Pero una paciencia dichosa e invicta soportó sin un gemido aquellas execrables laceraciones de sus cuerpos. Esta virtud causó el mayor asombro a todos los pueblos y provincias, y a los propios verdugos, cuando la crueldad fue vencida por la paciencia. Y esta virtud no fue causada por otra cosa que por el temor de Dios. Por tanto, como dije, el temor no ha de ser arrancado de raíz, como sostienen los estoicos, ni refrenado, como quieren los peripatéticos, sino dirigido al camino recto; y los aprensiones han de quitarse, pero de modo que ésta sola quede; pues siendo la única legítima y verdadera, sólo ella consigue que todas las demás cosas no sean temidas. También el deseo se cuenta entre los vicios; pero si desea las cosas de la tierra, es vicio; en cambio, si desea las cosas celestiales, es virtud. Pues quien desea alcanzar la justicia, a Dios, la vida perpetua, la luz eterna y todas aquellas cosas que Dios promete al hombre, despreciará estas riquezas, honores, mandos y los reinos mismos.
Quizá diga el estoico que para alcanzar estas cosas es necesaria la inclinación, no el deseo; pero, en verdad, la inclinación no basta. Pues muchos tienen la inclinación; mas cuando el dolor ha llegado a las entrañas, la inclinación cede, pero el deseo persevera; y si logra que todo lo que otros buscan sea para él objeto de desprecio, es la virtud más grande, puesto que es madre del dominio de sí. Y por tanto, más bien hemos de procurar esto: dirigir rectamente las afecciones, cuyo uso corrupto es vicio. Pues estas excitaciones del ánimo semejan un carro uncido de caballos, en cuyo recto gobierno el deber principal del auriga es conocer el camino; y si a éste se atiene, por grande que sea la velocidad con que vaya, no chocará contra obstáculo alguno. Pero si se desvía del rumbo, aunque vaya con calma y suavemente, o será sacudido en lugares ásperos, o se deslizará por precipicios, o en todo caso será llevado a donde no necesita ir. Así aquel carro de la vida que es guiado por las afecciones como por veloces caballos, si guarda el camino recto, cumplirá su deber. El temor, pues, y el deseo, si son arrojados por tierra, se volverán vicios; pero serán virtudes si se refieren a las cosas divinas. Por otra parte, estiman la parsimonia como virtud; la cual, si es afán de poseer, no puede ser virtud, porque se emplea toda ella en el aumento o conservación de los bienes terrenos. Pero nosotros no referimos el bien supremo al cuerpo, sino que medimos todo deber por la sola conservación del alma. Y si, como antes he enseñado, de ningún modo debemos escatimar nuestra hacienda para conservar la bondad y la justicia, no es virtud ser frugal; nombre que engaña y seduce bajo apariencia de virtud. Pues la frugalidad es, ciertamente, la abstención de los placeres; pero en esto es vicio, porque nace del amor de poseer, cuando nosotros debemos abstenernos de los placeres y de ningún modo retener el dinero. Pues usar el dinero con parsimonia, esto es, con moderación, es una especie de debilidad del ánimo, ya sea del que teme verse en necesidad, ya del que desespera de poder recuperarlo, ya del que es incapaz del desprecio de las cosas terrenas. Mas, por el contrario, llaman pródigo al que no escatima su hacienda. Pues así distinguen al hombre liberal del pródigo: que liberal es el que da a objetos dignos, en ocasiones oportunas y en cantidades suficientes; pero pródigo el que derrocha en objetos indignos, cuando no hay necesidad y sin consideración alguna de su hacienda.
¿Qué, pues? ¿Llamaremos pródigo al que por piedad da alimento al necesitado? Pero gran diferencia hay entre que por lujuria entregues tu dinero a rameras, o por benevolencia a los desdichados; entre que disolutos, tahúres y alcahuetes malgasten tu dinero, o que tú lo consagres a la piedad y a Dios; entre que lo gastes en tu propio apetito, o lo deposites en el tesoro de la justicia. Así como es vicio gastarlo mal, así es virtud gastarlo bien. Si es virtud no escatimar las riquezas, que pueden reponerse, para sustentar la vida del hombre, que no puede reponerse, entonces la parsimonia es vicio. Por tanto, no puedo llamarlos con otro nombre que locos, a los que privan al hombre, animal manso y sociable, de su nombre; los cuales, habiendo arrancado de raíz las afecciones, en las que toda la humanidad consiste, quieren reducirlo a una inmóvil insensibilidad del ánimo, mientras desean librar al alma de perturbaciones y, como ellos mismos dicen, tornarla calma y tranquila; lo cual no sólo es imposible, porque su fuerza y naturaleza consisten en el movimiento, sino que ni siquiera debería ser así. Pues como el agua siempre quieta e inmóvil es insalubre y más turbia, así el alma inmóvil y torpe es inútil incluso para sí misma; ni podrá mantener la vida misma, pues ni hará ni pensará nada, ya que el pensamiento mismo no es sino agitación de la mente. En fin, los que afirman esta inmovilidad del alma quieren privar de vida al alma; pues la vida está llena de actividad, pero la muerte es quietud. También estiman con razón algunas cosas como virtudes, pero no guardan la debida proporción.
La constancia es virtud; no para que resistamos a quienes nos injurian, pues a éstos debemos ceder; y por qué debe hacerse así lo mostraré en breve; sino para que, cuando los hombres nos manden obrar contra la ley de Dios y contra la justicia, ninguna amenaza ni castigo nos aparte de preferir el mandato de Dios al mandato del hombre. Asimismo es virtud despreciar la muerte; no para que la busquemos y nos la inflijamos por propia voluntad, como a menudo han hecho muchos y distinguidos filósofos, lo cual es cosa impía y criminal; sino para que, cuando se nos obligue a abandonar a Dios y a traicionar nuestra fe, prefiramos sufrir la muerte y defendamos nuestra libertad contra la violencia necia e insensata de quienes no pueden gobernarse a sí mismos, y con fortaleza de espíritu desafiemos todas las amenazas y terrores del mundo. Así, con ánimo excelso e invencible, pisoteamos aquellas cosas que otros temen: el dolor y la muerte. Ésta es la virtud; ésta la verdadera constancia: mantenerse y preservarse en esta sola cosa, que ningún terror y ninguna violencia puedan apartarnos de Dios. Por tanto, es verdadero aquel dicho de Cicerón: «Nadie», dice, «puede ser justo si teme la muerte, o el dolor, o el destierro, o la necesidad.» También de Séneca, que dice en sus libros de filosofía moral: «Éste es aquel varón virtuoso, no distinguido por una diadema o la púrpura, ni por el séquito de lictores, mas en nada inferior, que, cuando ve la muerte cercana, no se turba como si viera un objeto nuevo; que, ya haya de sufrir tormentos en todo su cuerpo, ya haya de asir una llama con su boca, ya hayan de extenderse sus manos en la cruz, no pregunta qué sufre, sino con cuánta entereza.» Pero quien adora a Dios sufre estas cosas sin temor. Por tanto, es justo. Por estas cosas se logra que no pueda en absoluto conocer ni mantener ni las virtudes ni los límites exactos de las virtudes, todo aquel que está apartado de la religión del Dios único.
VI, 18
Pero dejemos a los filósofos, que o no saben nada en absoluto, y presentan esta misma ignorancia como el mayor conocimiento; o que, en cuanto piensan que saben aquello que ignoran, son absurda y arrogantemente necios. Nosotros, pues (para volver a nuestro propósito), a quienes solos la verdad ha sido revelada por Dios y la sabiduría enviada desde el cielo, practiquemos aquellas cosas que Dios, que nos ilumina, manda; sostengamos y soportemos los trabajos de la vida, con ayuda mutua unos hacia otros; y, sin embargo, si hubiéremos hecho alguna buena obra, no busquemos gloria por ella. Pues Dios nos amonesta que el hacedor de justicia no debe ser jactancioso, no sea que parezca haber cumplido los deberes de la benevolencia no tanto por deseo de obedecer los mandatos divinos como por agradar a los hombres, y ya tenga la recompensa de la gloria que buscó, y no reciba la retribución de aquel premio celestial y divino. Las demás cosas que el adorador de Dios debe observar son fáciles, una vez comprendidas estas virtudes: que nadie hable jamás con falsedad para engañar o dañar. Pues es ilícito para quien cultiva la verdad ser engañoso en cosa alguna, y apartarse de la verdad misma que sigue. En este camino de la justicia y de todas las virtudes no hay lugar para la falsedad. Por tanto, el verdadero y justo caminante no usará aquel dicho de Lucilio: —
No es propio de mí hablar con falsedad a un hombre que es amigo y conocido;
sino que pensará que no es parte suya hablar con falsedad ni siquiera a un enemigo y a un extraño; ni obrará en momento alguno de modo que su lengua, que es intérprete de su mente, esté en desacuerdo con su sentimiento y su pensamiento. Si hubiere prestado dinero, no recibirá interés, para que permanezca íntegro el beneficio que socorre la necesidad, y para abstenerse por entero de la hacienda ajena. Pues en este género de deber debe contentarse con lo que es suyo; ya que en otros respectos es su deber no escatimar su hacienda, para hacer el bien; pero recibir más de lo que ha dado es injusto. Y quien hace esto de alguna manera acecha, para sacar botín de la necesidad de otro.
Mas el hombre justo no dejará pasar ocasión alguna de hacer algo con misericordia; ni se manchará con ganancia de esta clase; sino que obrará de modo que, sin pérdida alguna para sí, lo que prestó pueda contarse entre sus buenas obras. No debe recibir ofrenda de un hombre pobre; de suerte que, si él mismo ha dado algo, sea bueno, en cuanto es gratuito. Si alguno le injuria, debe responderle con una bendición; él mismo jamás debe injuriar, para que ninguna mala palabra salga de la boca de un hombre que reverencia el Verbo bueno. Además, debe cuidar diligentemente de no hacerse jamás, por culpa suya, un enemigo; y si alguno fuera tan desvergonzado que infligiera injuria a un hombre bueno y justo, debe soportarla con calma y moderación, y no tomar venganza por sí mismo, sino reservarla para el juicio de Dios. [] Debe en todo tiempo y en todo lugar guardar inocencia. Y este precepto no se limita a esto: que él no inflija injuria, sino que no la vengue cuando a él se le inflige. Pues se sienta en el tribunal un Juez muy grande e imparcial, observador y testigo de todo. Prefiera Él al hombre; más bien escoja que Él pronuncie sentencia sobre su causa, cuya sentencia nadie puede eludir, ni por la defensa de alguno ni por favor. Así sucede que el hombre justo es objeto de desprecio para todos; y porque se pensará que es incapaz de defenderse, será tenido por perezoso e inactivo; pero si alguno se hubiere vengado de su enemigo, es juzgado hombre de espíritu y actividad —todos lo honran y reverencian. Y aunque el hombre bueno tiene en su poder aprovechar a muchos, miran, sin embargo, al que es capaz de dañar, más que al que es capaz de aprovechar. Mas la depravación de los hombres no podrá corromper al justo, de suerte que no se esfuerce por obedecer a Dios; y preferiría ser despreciado, con tal de cumplir siempre el deber de hombre bueno, y nunca el de malo. Dice Cicerón en aquellos mismos libros sobre los Deberes: «Pero si alguno quisiera desentrañar esta confusa noción de su alma, enséñese al punto a sí mismo que es hombre bueno el que aprovecha a quienes puede, y no daña a nadie si no es provocado por una injuria.»
¡Oh, cómo estropeó un sentimiento sencillo y verdadero con la adición de dos palabras! Pues ¿qué necesidad había de añadir estas palabras, «si no es provocado por una injuria?» para colgar al hombre bueno, como cola deshonrosísima, el vicio, y representarlo sin paciencia, que es la mayor de todas las virtudes. Dijo que un hombre bueno infligiría injurias si fuera provocado: mas necesariamente debe perder el nombre de bueno por este mismo hecho, si inflige injuria. Pues no es menos propio del malo devolver una injuria que infligirla. ¿De qué fuente nacen las contiendas, de qué fuente las riñas y los altercados entre los hombres, sino porque la impaciencia opuesta a la injusticia excita a menudo grandes tempestades? Pero si enfrentas la injusticia con paciencia, virtud más verdadera que la cual nada puede hallarse, nada más digno del hombre, se extinguirá al punto, como si derramaras agua sobre el fuego. Mas si aquella injusticia que provoca la oposición se ha encontrado con una impaciencia igual a sí misma, como untada con aceite, excitará tan grande conflagración, que ningún torrente podrá extinguirla, sino sólo el derramamiento de sangre. Grande es, por tanto, la ventaja de la paciencia, de la cual el sabio ha privado al hombre bueno. Pues ella sola hace que no suceda mal alguno; y si se diera a todos, no habría maldad ni fraude en los asuntos de los hombres. ¿Qué, pues, puede haber tan calamitoso para un hombre bueno, tan contrario a su carácter, como soltar las riendas a la ira, que lo priva no sólo del título de hombre bueno, sino incluso del de hombre; puesto que dañar a otro, como él mismo con toda verdad dice, no está conforme con la naturaleza del hombre? Pues si provocas a los bueyes o a los caballos, se vuelven contra ti con su pezuña o su cuerno; y las serpientes y las fieras, a menos que las persigas para matarlas, no causan molestia. Y volviendo a ejemplos de hombres, aun los inexpertos y los necios, si en algún momento reciben una injuria, son llevados por una furia ciega e irracional, y se esfuerzan por devolverla a quienes los injurian. ¿En qué se diferencia, pues, el hombre sabio y bueno del malo y necio, sino en que tiene paciencia invencible, de la cual los necios carecen; sino en que sabe gobernarse a sí mismo y mitigar su ira, que aquellos, por carecer de virtud, no pueden refrenar? Pero esta circunstancia lo engañó manifiestamente, porque, cuando se investiga acerca de la virtud, pensó que es propio de la virtud vencer en todo género de contienda. Y de ningún modo pudo ver que un hombre que cede al dolor y a la ira, y que se entrega a estas afecciones, contra las cuales más bien debería luchar, y que se precipita a donde la injusticia lo hubiere llamado, no cumple el deber de la virtud. Pues quien se esfuerza por devolver una injuria, desea imitar a aquel mismo por quien ha sido injuriado. Así, quien imita a un hombre malo de ningún modo puede ser bueno.
Por tanto, con dos palabras ha quitado al hombre bueno y sabio dos de las mayores virtudes: la inocencia y la paciencia. Mas, como Salustio refiere que dijo Apio, porque él mismo practicaba aquella elocuencia canina, quiso que el hombre también viviera a la manera del perro, de suerte que, al ser atacado, mordiera a su vez. Y para mostrar cuán perniciosa es esta devolución de la injuria, y qué carnicería suele producir, ¿de dónde puede buscarse ejemplo más adecuado que del más melancólico desastre del propio maestro, que, mientras quiso obedecer estos preceptos de los filósofos, se destruyó a sí mismo? Pues si, al ser atacado con injuria, hubiera conservado la paciencia—si hubiera aprendido que es propio del hombre bueno disimular y soportar la afrenta, y su impaciencia, vanidad y locura no hubieran derramado aquellas nobles oraciones, inscritas con un nombre tomado de otra fuente, jamás, con su cabeza clavada en ellas, habría manchado los [rostros] en los que antes se había distinguido, ni aquella proscripción habría destruido por completo a la república. Por tanto, no es propio del hombre sabio y bueno querer contender y entregarse al peligro, puesto que vencer no está en nuestro poder, y toda contienda es dudosa; sino que es propio del hombre sabio y excelente no querer eliminar a su adversario, lo cual no puede hacerse sin culpa y peligro, sino poner fin a la contienda misma, lo cual puede hacerse con ventaja y con justicia. Por tanto, la paciencia ha de ser tenida por virtud muy grande; y para que el justo la obtuviera, quiso Dios, como antes se ha dicho, que fuera despreciado como perezoso. Pues a menos que haya sido insultado, no se sabrá qué fortaleza tiene en refrenarse. Ahora bien, si, provocado por una injuria, ha comenzado a perseguir con violencia a su agresor, es vencido. Pero si hubiere reprimido aquella emoción con el razonamiento, tiene entero dominio sobre sí mismo: es capaz de regirse. Y este refrenarse a sí mismo se llama con razón paciencia, virtud única que se opone a todos los vicios y afecciones. Ésta devuelve a su tranquilidad al ánimo turbado y vacilante; ésta lo mitiga, ésta restituye al hombre a sí mismo. Por tanto, puesto que es imposible e inútil resistir a la naturaleza, de modo que no nos excitemos en absoluto; antes, empero, de que la emoción estalle en la infligir de una injuria, en cuanto es posible sea calmada a tiempo. Dios nos ha mandado que no se ponga el sol sobre nuestra ira, [] no sea que se retire como testigo de nuestra locura. Finalmente, Marco Tulio, en oposición a su propio precepto, del que he hablado hace poco, dio las mayores alabanzas al olvido de las injurias. «Tengo esperanzas», dice, «¡oh César!, que sueles no olvidar nada sino las injurias.» Pero si así obró él —hombre apartadísimo no sólo de la justicia celestial, sino también de la pública y civil—, ¿cuánto más debemos obrar así nosotros, que somos, por así decirlo, candidatos a la inmortalidad?
VI, 19
Cuando los estoicos intentan arrancar del hombre las afecciones como enfermedades, se les oponen los peripatéticos, que no sólo las retienen, sino que también las defienden, y dicen que no hay nada en el hombre que no haya sido producido en él con gran razón y previsión. Dicen esto ciertamente con razón, si conocen los verdaderos límites de cada asunto. En consecuencia, dicen que esta misma afección de la ira es la piedra de afilar de la virtud, como si nadie pudiera luchar valientemente contra los enemigos si no estuviera excitado por la ira; con lo cual muestran claramente que ni saben qué es la virtud ni por qué Dios dio la ira al hombre. Y si ésta nos fue dada con este propósito, para que la empleemos en matar hombres, ¿qué ha de pensarse más salvaje que el hombre, qué más semejante a las fieras, que aquel animal que Dios formó para la comunión y la inocencia? Hay, pues, tres afecciones que arrastran a los hombres de cabeza a todos los crímenes: (1) la ira, (2) el deseo y (3) la lujuria. Por esta razón los poetas han dicho que hay tres Furias que acosan la mente de los hombres: la ira ansía venganza, el deseo riquezas, la lujuria placeres. Pero Dios ha fijado límites precisos a todas ellas; y si traspasan esos límites y comienzan a ser demasiado grandes, necesariamente han de pervertir su naturaleza y convertirse en enfermedades y vicios. Y no es tarea de mucho esfuerzo mostrar cuáles son estos límites. El deseo se nos ha dado para proveer aquellas cosas que son necesarias para la vida; la concupiscencia, para la procreación de la descendencia; la afección de la indignación, para reprimir las faltas de quienes están bajo nuestro poder, es decir, para que la tierna edad sea formada por una disciplina más severa en la integridad y la justicia: pues si esta [edad] no es refrenada por el temor, la licencia producirá audacia, y ésta estallará en toda acción vergonzosa y osada. Por tanto, así como es justo y necesario emplear la ira con los jóvenes, así es pernicioso e impío usarla con los de nuestra propia edad. Es impío, porque se daña la humanidad; pernicioso, porque si se oponen, es necesario o destruirlos o perecer. Pero que aquello de lo que he hablado es la razón por la cual la afección de la ira ha sido dada al hombre, puede entenderse por los preceptos del mismo Dios, que manda que no nos airemos con quienes nos ultrajan e injurian, sino que tengamos siempre nuestras manos sobre los jóvenes; es decir, que cuando yerren, los corrijamos con azotes continuos, no sea que por un amor inútil y una indulgencia excesiva sean adiestrados para el mal y alimentados para los vicios. Pero quienes son inexpertos en los negocios e ignorantes de la razón, han expulsado aquellas afecciones que han sido dadas al hombre para buenos usos, y vagan más ampliamente de lo que la razón exige. Por esta causa viven injusta e impíamente. Emplean la ira contra sus iguales en edad: de ahí han surgido las discordias, de ahí los destierros, de ahí las guerras contrarias a la justicia. Usan el deseo para amontonar riquezas: de ahí han tenido origen los fraudes, de ahí los robos, de ahí toda clase de crímenes. Usan la lujuria sólo para disfrutar de los placeres: de ahí han procedido los desenfrenos, de ahí los adulterios, de ahí todas las corrupciones. Por tanto, quien haya reducido aquellas afecciones a sus límites propios, lo cual no pueden hacer quienes ignoran a Dios, ése es paciente, ése es valiente, ése es justo.
Capítulo 20. De los sentidos y de sus placeres en las bestias y en el hombre; y de los placeres de los ojos y de los espectáculos
VI, 20
Resta que hable contra los placeres de los cinco sentidos, y esto brevemente, pues la medida misma del libro exige ya moderación; todos los cuales, como son viciosos y mortíferos, deben ser vencidos y sometidos por la virtud o, como dije poco antes respecto de las afecciones, ser llamados de nuevo a su oficio propio. Los demás animales no tienen placer alguno, sino tan solo aquel que se refiere a la generación. Por eso usan sus sentidos para la necesidad de su naturaleza: ven, para poder buscar las cosas necesarias para la conservación de la vida; se oyen unos a otros y se distinguen entre sí, para poder congregarse; por el olfato descubren, o por el gusto perciben, las cosas útiles para el alimento; rechazan y desechan las inútiles; y miden la tarea de comer y beber por la plenitud de su estómago. Pero la previsión del sapientísimo Creador dio al hombre un placer sin límite y expuesto a caer en el vicio, porque puso ante él la virtud, que siempre podría estar en pugna con el placer como con un enemigo doméstico. Dice Cicerón en el Catón el Mayor: «En verdad, las liviandades, los adulterios y las acciones deshonrosas no son excitados por otros halagos que los del placer. Y puesto que la naturaleza o algún dios no ha dado al hombre nada más excelente que la mente, nada es tan hostil a este divino beneficio y don como el placer. Pues cuando la lujuria ejerce su señorío no hay lugar para la templanza, ni puede la virtud tener existencia alguna cuando el placer reina sin freno.» Mas, por otra parte, Dios dio la virtud para que sometiera y venciera al placer, y para que, cuando este traspasara los límites que le fueron asignados, lo refrenara dentro de las lindes prescritas, no sea que adormezca y cautive al hombre con los deleites, lo someta a su dominio y lo castigue con la muerte eterna.
El placer que nace de los ojos es vario y múltiple, y se deriva de la vista de objetos agradables en el trato con los hombres, o en la naturaleza o en el artificio. Los filósofos con razón lo quitaron. Pues dicen que es mucho más excelente y digno del hombre mirar al cielo antes que a las obras esculpidas, y admirar esta hermosísima obra adornada con las luces de las estrellas que brillan a través, como con flores, que admirar cosas pintadas y modeladas y variadas con joyas. Pero cuando nos han exhortado elocuentemente a despreciar las cosas terrenas y nos han instado a mirar hacia lo alto del cielo, no por ello desprecian estos espectáculos públicos. Por tanto, se deleitan con ellos y asisten gustosos; aunque, siendo ellos el mayor incentivo para los vicios y teniendo una tendencia poderosísima a corromper nuestras mentes, deberían sernos quitados; pues no sólo no contribuyen en nada a una vida feliz, sino que incluso causan el mayor daño. Pues quien considera un placer que un hombre, aunque justamente condenado, sea muerto ante sus ojos, contamina su conciencia tanto como si se hiciera espectador y partícipe de un homicidio cometido en secreto. Y sin embargo llaman juegos a estos en los que se derrama sangre humana. Tan lejos ha ido el sentimiento de humanidad de los hombres, que cuando destruyen vidas humanas, creen que se divierten con el juego, siendo más culpables que todos aquellos cuyo derramamiento de sangre consideran un placer. Pregunto ahora si pueden ser hombres justos y piadosos quienes, cuando ven a hombres puestos bajo el golpe de la muerte e implorando misericordia, no sólo permiten que se les dé muerte, sino que además la exigen, y dan votos crueles e inhumanos para su muerte, no saciándose con las heridas ni contentándose con el derramamiento de sangre. Además, ordenan que incluso los heridos y postrados sean atacados de nuevo, y que sus cadáveres sean despedazados a golpes, para que nadie los engañe con una muerte simulada. Incluso se enojan con los combatientes si uno de los dos no es muerto rápidamente; y como si tuvieran sed de sangre humana, odian las demoras. Exigen que se les den otros combatientes nuevos, para satisfacer sus ojos lo antes posible. Imbuidos de esta costumbre, han perdido su humanidad. Por tanto, no perdonan ni siquiera a los inocentes, sino que ejecutan en todos lo que han aprendido en la matanza de los malvados. No conviene, por tanto, que quienes se esfuerzan por mantenerse en el camino de la justicia sean compañeros y partícipes de este homicidio público. Pues cuando Dios nos prohíbe matar, no sólo nos prohíbe la violencia abierta, que ni siquiera es permitida por las leyes públicas, sino que nos advierte contra la comisión de aquellas cosas que son consideradas lícitas entre los hombres. Así, no será lícito para un hombre justo emprender la guerra, puesto que su guerra es la justicia misma, ni acusar a alguien de un cargo capital, porque no hay diferencia entre dar muerte a un hombre con la palabra o con la espada, pues lo prohibido es el acto mismo de matar. Por tanto, respecto a este precepto de Dios, no debe haber excepción alguna; antes bien, siempre es ilícito dar muerte a un hombre, a quien Dios quiso que fuera un animal sagrado.
Por tanto, nadie imagine que incluso esto está permitido: estrangular a los niños recién nacidos, lo cual es la mayor impiedad; pues Dios insufla el alma en ellos para la vida, y no para la muerte. Pero los hombres, para que no haya crimen con el que no manchen sus manos, privan de la luz, que ellos mismos no han dado, a almas aún inocentes y simples. ¿Puede alguien, en verdad, esperar que se abstengan de la sangre ajena quienes ni siquiera se abstienen de la suya propia? Pero éstos son sin controversia alguna malvados e injustos. ¿Qué son aquellos a quienes una falsa piedad obliga a exponer a sus hijos? ¿Pueden considerarse inocentes quienes exponen a su propia descendencia como presa de los perros y, en cuanto de ellos depende, los matan de manera más cruel que si los hubieran estrangulado? ¿Quién puede dudar de que es impío quien da ocasión a la piedad de otros? Pues, aunque lo que ha deseado que suceda al niño— a saber, que sea criado—, ciertamente ha entregado a su propia descendencia ya a la servidumbre, ya al prostíbulo. ¿Pero quién no entiende, quién ignora qué cosas pueden suceder, o suelen suceder, en el caso de uno y otro sexo, aun por error? Pues esto lo muestra el solo ejemplo de Edipo, envuelto en doble culpa. Es, por tanto, tan malvado exponer como matar. Pero ciertamente los parricidas se quejan de la escasez de sus recursos, y alegan que no tienen lo bastante para criar más hijos; como si, en verdad, sus recursos estuvieran en poder de quienes los poseen, o Dios no hiciera cada día pobres a los ricos y ricos a los pobres. Por lo cual, si alguien a causa de la pobreza no puede criar hijos, es mejor abstenerse del matrimonio que con manos malvadas echar a perder la obra de Dios.
Si, pues, de ningún modo está permitido cometer homicidio, no se nos permite en absoluto estar presentes, no sea que alguna efusión de sangre cubra la conciencia, puesto que esa sangre se ofrece para el placer del pueblo. Y me inclino a pensar que la influencia corruptora de la escena es aún más contaminante. Pues el asunto de las comedias es la deshonra de las vírgenes o los amores de las rameras; y cuanto más elocuentes son quienes han compuesto los relatos de estas acciones vergonzosas, tanto más persuaden por la elegancia de sus sentimientos; y los versos armoniosos y pulidos permanecen más fácilmente fijos en la memoria de los oyentes. De manera semejante, los relatos de los trágicos ponen ante los ojos los parricidios e incestos de reyes malvados, y representan crímenes trágicos. ¿Y qué otro efecto producen los gestos impúdicos de los actores, sino enseñar y excitar las lujurias? Cuyos cuerpos enervados, afeminados según el andar y el vestido de las mujeres, imitan a mujeres impúdicas con sus gestos vergonzosos. ¿A qué hablar de los actores de [mimos], que ofrecen instrucción en influencias corruptoras, que enseñan adulterios mientras los fingen, y con acciones fingidas adiestran para los verdaderos? ¿Qué pueden hacer los jóvenes o las vírgenes cuando ven que estas cosas se practican sin vergüenza y son contempladas gustosamente por todos? Quedan claramente advertidos de lo que pueden hacer, y se inflaman con la lujuria, que se excita especialmente con la vista; y cada uno, según su sexo, se forma a sí mismo en estas representaciones. Y aprueban estas cosas mientras se ríen de ellas, y con los vicios pegados a ellos, vuelven más corrompidos a sus aposentos; y no sólo los muchachos, que no deberían acostumbrarse prematuramente a los vicios, sino también los ancianos, a quienes no conviene pecar a su edad.
¿Qué otra cosa contiene la práctica de los juegos circenses sino ligereza, vanidad y locura? Pues sus almas son arrastradas a una excitación enloquecida con tanta impetuosidad como aquella con que allí se llevan a cabo las carreras de carros; de modo que quienes vienen para contemplar el espectáculo ahora exhiben ellos mismos más espectáculo, cuando comienzan a proferir exclamaciones, a ser transportados y a saltar de sus asientos. Por tanto, todos los espectáculos deben evitarse, no sólo para que ningún vicio se asiente en nuestros pechos, que deben estar tranquilos y pacíficos, sino para que la indulgencia habitual de cualquier placer no nos adormezca y cautive, y nos aparte de Dios y de las buenas obras. Pues las celebraciones de los juegos son fiestas en honor de los dioses, en cuanto fueron instituidas con ocasión de sus nacimientos o de la dedicación de nuevos templos. Y al principio las cacerías, que se llaman espectáculos, eran en honor de Saturno, y los juegos escénicos en honor de Líber, pero los circenses en honor de Neptuno. Con el tiempo, sin embargo, el mismo honor comenzó a tributarse también a los demás dioses, y se dedicaron juegos separados a sus nombres, como enseña Sisinnio Capitón en su libro sobre los juegos. Por tanto, si alguien asiste a los espectáculos a los que los hombres se reúnen por causa de la religión, se ha apartado del culto de Dios y se ha entregado a aquellas deidades cuyos nacimientos y fiestas ha celebrado.
VI, 21
El placer de los oídos se recibe de la dulzura de las voces y de los cantos, el cual es en verdad tan productor de vicio como aquel deleite de los ojos del que hemos hablado. Pues ¿quién no consideraría lujoso y despreciable a quien tuviera en su casa artes escénicas? Pero no hay diferencia entre practicar el lujo solo en casa o con el pueblo en el teatro. Pero ya hemos hablado de los espectáculos; queda una cosa que debemos vencer: que no seamos cautivados por aquellas cosas que penetran hasta la percepción más íntima. Pues todas aquellas cosas que no están unidas a palabras, es decir, los sonidos agradables del aire y de las cuerdas, pueden ser fácilmente desatendidas, porque no se adhieren a nosotros y no pueden escribirse. Pero un poema bien compuesto, y un discurso que engaña con su dulzura, cautivan la mente de los hombres y los impulsan en la dirección que les place. De ahí que, cuando los hombres instruidos se han aplicado a la religión de Dios, si no han sido instruidos por algún maestro hábil, no creen. Pues, acostumbrados a discursos y poemas dulces y pulidos, desprecian el lenguaje simple y común de las escrituras sagradas por considerarlo vil. Pues buscan aquello que pueda acariciar los sentidos. Pero todo lo que es agradable al oído produce persuasión, y mientras deleita se fija profundamente en el pecho. ¿Acaso Dios, que es el artífice de la mente, de la voz y de la lengua, no puede hablar con elocuencia? Sí, más bien, con la mayor previsión, quiso que las cosas divinas carecieran de adornos, para que todos pudieran entender las cosas que Él mismo habló a todos.
Por tanto, quien está ansioso por la verdad, quien no quiere engañarse a sí mismo, debe abandonar los placeres dañinos y perjudiciales que atarían la mente a sí mismos, como la comida agradable ata al cuerpo: las cosas verdaderas deben preferirse a las falsas, las eternas a las de corta duración, las útiles a las agradables. No te agrade a la vista nada sino aquello que veas que se hace con piedad y justicia; no te sea agradable al oído nada sino aquello que alimenta el alma y te hace mejor hombre. Y especialmente este sentido no debe ser torcido hacia el vicio, pues nos ha sido dado con este fin: que adquiramos el conocimiento de Dios. Por tanto, si es un placer oír melodías y cantos, que sea placentero cantar y oír las alabanzas de Dios. Este es el verdadero placer, que es servidor y compañero de la virtud. No es frágil ni breve, como los que desean quienes, como bestias, son esclavos del cuerpo; sino duradero, y procura deleite sin interrupción alguna. Y si alguien traspasa sus límites, y no busca del placer otra cosa que el placer mismo, se procura [a sí mismo] la muerte; pues así como en la virtud hay vida perpetua, en el placer hay muerte. Pues quien elija las cosas temporales carecerá de las eternas; quien prefiera las terrenales no tendrá las celestiales.