V, 5
Ahora debe darse la disputación prometida sobre la justicia; la cual es o por sí misma la mayor de las virtudes, o por sí misma la fuente de las virtudes; la buscaron no solo los filósofos, sino también los poetas, que fueron mucho más antiguos y fueron tenidos por sabios antes del origen del nombre de filosofía. Estos entendieron claramente que esta justicia estaba ausente de los asuntos humanos; y fingieron que, ofendida por los vicios de los hombres, se apartó de la tierra y se retiró al cielo; y para enseñar qué es vivir justamente (pues suelen dar preceptos por medio de rodeos), repiten ejemplos de justicia de los tiempos de Saturno, que llaman los tiempos dorados, y cuentan en qué condición estaba la vida humana mientras ella se demoraba en la tierra. Y esto no debe tenerse por ficción poética, sino por verdad. Pues, reinando Saturno, no habiéndose instituido aún el culto religioso de los dioses, ni habiéndose apartado aún raza alguna en la creencia de su divinidad, se adoraba manifiestamente a Dios. Y por lo tanto no había ni disensiones, ni enemistades, ni guerras.
Aún no había desenvainado el furor las espadas enloquecidas,
como dice Germánico César en su poema traducido de Arato,
Ni se conocía la discordia entre parientes.
No, ni siquiera entre extraños; pero no había espadas en absoluto que desenvainar. Pues ¿quién, estando presente la justicia y en vigor, pensaría en su propia protección, ya que nadie conspiraba contra él; o en la destrucción de otro, ya que nadie deseaba nada?
Prefirieron vivir contentos con un modo de vida sencillo,
como relata Cicerón en su poema; y esto es peculiar de nuestra religión. «Ni siquiera estaba permitido señalar o dividir la llanura con un límite: los hombres buscaban todo en común;» ya que Dios había dado la tierra en común a todos, para que pasaran la vida en común, no para que la loca y furiosa avaricia reclamara todo para sí, y para que lo que se producía para todos no faltara a ninguno. Y este dicho del poeta debe entenderse así, no como sugiriendo la idea de que los individuos en aquel tiempo no tuvieran propiedad privada, sino que debe considerarse como una figura poética; para que entendamos que los hombres eran tan liberales, que no encerraban los frutos de la tierra producidos para ellos, ni rumiaban en soledad las cosas almacenadas, sino que admitían a los pobres a compartir los frutos de su trabajo:—
Ya corrían arroyos de leche, ya de néctar.
Y no es de admirar, puesto que los almacenes de los buenos estaban abiertos liberalmente a todos. Ni la avaricia interceptaba la munificencia divina, y así causaba hambre y sed en común; sino que todos por igual tenían abundancia, ya que los que tenían posesiones daban liberal y generosamente a los que no tenían. Pero después de que Saturno fue desterrado del cielo y llegó al Lacio,—
Desterrado de su trono
Por Jove, su heredero más poderoso, —
puesto que el pueblo, ya por miedo al nuevo rey, ya por su propia voluntad, se había corrompido y había dejado de adorar a Dios, y había comenzado a estimar al rey en lugar de Dios, ya que él mismo, casi un parricida, era ejemplo para otros en perjuicio de la piedad—
La Virgen justísima abandonó de prisa las tierras;
pero no como dice Cicerón,
Y se estableció, en el reino de Júpiter, y en una parte del cielo.
Pues ¿cómo podría establecerse o demorarse en el reino de aquel que expulsó a su padre de su reino, lo acosó con la guerra y lo llevó desterrado por todo el mundo?
Dio a las negras serpientes su veneno nocivo,
Y ordenó a los lobos andar al acecho;
es decir, introdujo entre los hombres el odio, la envidia y el engaño; de modo que fueron venenosos como serpientes y rapaces como lobos. Y en verdad hacen esto los que persiguen a los justos y fieles para con Dios, y dan a los jueces el poder de usar violencia contra los inocentes. Quizá Júpiter hizo algo de este tipo para el derrocamiento y la eliminación de la rectitud; y por esto se cuenta que hizo feroces a las serpientes y que aguzó el espíritu de los lobos.
Entonces la indomable furia de la guerra,
Y la codiciosa pasión de ganancia;
y no sin razón. Pues quitado el culto de Dios, los hombres perdieron el conocimiento del bien y del mal. Así pereció el trato común de la vida entre ellos, y se destruyó el vínculo de la sociedad humana. Entonces comenzaron a contender unos con otros, a tramar y a adquirir para sí gloria con el derramamiento de sangre humana.
Capítulo 6. Tras el destierro de la Justicia, reinaron la lujuria, las leyes injustas, el atrevimiento, la avaricia, la ambición, la soberbia, la impiedad y otros vicios
V, 6
Y la fuente de todos estos males fue la lujuria; la cual, en efecto, brotó del desprecio de la verdadera majestad. Pues no solo los que tenían superfluidad dejaban de dar parte a otros, sino que incluso se apoderaban de los bienes ajenos, arrastrando todo a su ganancia privada; y las cosas que antes los individuos se esforzaban por obtener para el uso común de los hombres, eran ahora llevadas a las casas de unos pocos. Pues, para someter a otros por la esclavitud, comenzaron especialmente a retirar y reunir los medios necesarios para la vida, y a guardarlos firmemente encerrados, para hacer suyas las bondades del cielo; no por causa de la bondad, sentimiento que no existía en ellos, sino para barrer juntos todos los instrumentos de la lujuria y de la avaricia. También, bajo el nombre de justicia, aprobaron leyes sumamente desiguales e injustas, con las cuales defendieran sus rapiñas y su avaricia contra la fuerza de la multitud. Prevalecieron, por tanto, tanto por la autoridad como por la fuerza, o por los recursos, o por la malicia. Y puesto que en ellos no había rastro de justicia, cuyos oficios son la humanidad, la equidad, la piedad, comenzaron ya a regocijarse en una orgullosa y henchida desigualdad, y se hicieron superiores a los demás hombres por medio de un séquito de servidores, de la espada y del brillo de sus vestiduras. Por esta razón inventaron para sí honores, togas de púrpura y fasces, para que, apoyados en el terror producido por las hachas y las espadas, pudieran, como por derecho de amos, gobernar a aquellos heridos por el miedo y alarmados. Tal fue la condición en que la vida del hombre fue puesta por aquel rey que, habiendo vencido y puesto en fuga a un padre, no se apoderó de su reino, sino que estableció una tiranía impía por medio de la violencia y de hombres armados, y quitó aquella edad de oro de la justicia, y obligó a los hombres a hacerse malvados e impíos, incluso por esta misma circunstancia, que los apartó de Dios al culto de sí mismo; y el terror de su excesivo poder había arrancado esto.
Pues ¿quién no temería a aquel que estaba ceñido de armas, a quien rodeaba el insólito resplandor del acero y de las espadas? ¿O a qué extraño perdonaría el que ni siquiera había perdonado a su propio padre? ¿A quién, en verdad, temería el que había vencido en la guerra y había destruido con una matanza la raza de los Titanes, que era fuerte y sobresaliente en poder? ¿Qué hay de extraño en que toda la multitud, oprimida por un miedo desacostumbrado, se hubiera entregado a la adulación de un solo hombre? A este lo veneraban, a este le tributaban el mayor honor. Y puesto que se juzga una especie de obsequiosidad imitar las costumbres y los vicios de un rey, todos los hombres dejaron a un lado la piedad, no fuera que, si vivieran piadosamente, parecieran reprochar la maldad del rey. Así, corrompidos por la imitación continua, abandonaron el derecho divino, y la práctica de vivir malvadamente se convirtió gradualmente en un hábito. Y ya nada quedaba de la condición piadosa y excelente de la edad precedente; sino que, desterrada la justicia y arrastrando consigo la verdad, dejó a los hombres el error, la ignorancia y la ceguera. Por lo tanto, se engañaban los poetas, que cantaron que ella huyó al cielo, al reino de Júpiter. Pues si la justicia estuvo en la tierra en la edad que llaman «dorada», es claro que fue expulsada por Júpiter, que cambió la edad de oro. Pero el cambio de la edad y la expulsión de la justicia debe considerarse nada más, como he dicho, que el abandono de la religión divina, la cual sola logra que el hombre estime querido al hombre, y que sepa que está unido a él por el vínculo de la fraternidad, ya que Dios es igualmente Padre de todos, para compartir las bondades del Dios y Padre común con quienes no las poseen; no dañar a nadie, no oprimir a nadie, no cerrar su puerta al extraño, ni su oído al suplicante, sino ser generoso, benéfico y liberal, lo cual Tulio pensó que eran alabanzas propias de un rey. Esta es verdaderamente la justicia, y esta es la edad de oro, que primero se corrompió cuando reinó Júpiter, y poco después, cuando él mismo y toda su descendencia fueron consagrados como dioses, y emprendido el culto de muchas deidades, fue del todo quitada.
V, 7
Pero Dios, como padre indulgentísimo, cuando se acercaba el último tiempo, envió un mensajero para traer de vuelta aquella edad antigua y la justicia que había sido puesta en fuga, para que la raza humana no fuera agitada por errores gravísimos y perpetuos. Por lo tanto, volvió la apariencia de aquel tiempo dorado, y la justicia fue restaurada a la tierra, pero asignada a unos pocos; y esta justicia no es otra cosa que el piadoso y religioso culto del único Dios. Pero quizá algunos se inclinen a preguntar por qué, si esto es justicia, no se da a todo el género humano, y toda la multitud no está de acuerdo con ella. Este es un asunto de gran discusión, por qué Dios retuvo una diferencia cuando dio la justicia a la tierra; y esto lo he mostrado en otro lugar, y cuando se presente una ocasión favorable se explicará. Ahora basta indicarlo muy brevemente: que la virtud no puede discernirse, a menos que tenga vicios opuestos a ella; ni ser perfecta, a menos que se ejercite mediante la adversidad. Pues Dios dispuso que hubiera esta distinción entre las cosas buenas y las malas, para que conozcamos por lo malo la calidad de lo bueno, y también la calidad de lo malo por lo bueno; ni puede entenderse la naturaleza de lo uno si se quita lo otro. Por lo tanto, Dios no excluyó el mal, para que la naturaleza de la virtud fuera evidente. Pues ¿cómo podría la paciencia conservar su significado y su nombre si no hubiera nada que nos viéramos obligados a soportar? ¿Cómo podría la fe consagrada a su Dios merecer alabanza, a menos que hubiera alguien que quisiera apartarnos de Dios? Por esta razón permitió que los injustos fueran más poderosos, para que pudieran obligar al mal; y por esta razón que fueran más numerosos, para que la virtud fuera preciosa, porque es rara. Y este mismo punto es admirable y brevemente mostrado por Quintiliano en «la cabeza cubierta.» «Pues ¿qué virtud,» dice, «habría en la inocencia, si su rareza no le hubiera proporcionado alabanzas? Pero porque la naturaleza ha provisto que el odio, el deseo y la ira arrastren ciegamente a los hombres hacia aquel objeto al que se han aplicado, parecer estar libre de culpa está más allá del poder del hombre. De otro modo, si la naturaleza hubiera dado a todos los hombres afectos iguales, la piedad no sería nada.»
Cuán verdadero es esto, lo enseña la necesidad del caso mismo. Pues si es virtud resistir con fortaleza los males y los vicios, es evidente que, sin el mal y el vicio, no hay virtud [perfeccionada]; y para que Dios pudiera hacerla completa y perfecta, retuvo lo que le era contrario, con lo cual pudiera contender. Pues, agitada por los males que la acosan, gana estabilidad; y en proporción a la frecuencia con que es impulsada hacia adelante, es la firmeza con que se fortalece. Esta es evidentemente la causa que hace que, aunque la justicia sea enviada a los hombres, no pueda decirse que exista una edad de oro; porque Dios no ha quitado el mal, para retener aquella diversidad que sola preserva el misterio de una religión divina.
Capítulo 8. De la justicia conocida por todos, pero no abrazada; del verdadero templo de Dios y de su culto, para que todos los vicios sean sometidos
V, 8
Por lo tanto, los que piensan que nadie es justo tienen la justicia ante sus ojos, pero no quieren discernirla. Pues ¿qué razón hay para que la describan ya en poemas, ya en todo su discurso, quejándose de su ausencia, cuando les es muy fácil ser buenos si quieren? ¿Por qué os representáis la justicia como algo sin valor, y deseáis que caiga del cielo, como si estuviera representada en alguna imagen? Vedla, está a vuestra vista; recibidla, si podéis, y colocadla en la morada de vuestro pecho; y no imaginéis que esto es difícil, o inadecuado para los tiempos. Sed justos y buenos, y la justicia que buscáis os seguirá por su propia voluntad. Dejad a un lado todo pensamiento malvado de vuestros corazones, y aquella edad de oro volverá a vosotros al instante, a la cual no podéis llegar por ningún otro medio sino comenzando a adorar al Dios verdadero. Pero anheláis la justicia en la tierra, mientras continúa el culto de los dioses falsos, lo cual no puede suceder de ninguna manera. Pero no fue posible ni siquiera en aquel tiempo que imagináis, porque aquellas deidades a las que adoráis impíamente aún no habían sido producidas, y el culto del único Dios debió haber prevalecido en toda la tierra; de aquel Dios, digo, que odia la maldad y exige la bondad; cuyo templo no es de piedras ni de barro, sino el hombre mismo, que lleva la imagen de Dios. Y este templo no se adorna con ofrendas corruptibles de oro y joyas, sino con los oficios duraderos de las virtudes. Aprended, por lo tanto, si os queda alguna inteligencia, que los hombres son malvados e injustos porque se adora a los dioses; y que todos los males aumentan diariamente para los asuntos de los hombres por esta razón, porque Dios, Hacedor y Gobernador de este mundo, ha sido descuidado; porque, contra lo que es recto, se han adoptado supersticiones impías; y, por último, porque no permitís que Dios sea adorado ni siquiera por unos pocos.
Pero si solo se adorara a Dios, no habría disensiones ni guerras, ya que los hombres sabrían que son hijos de un solo Dios; y, por lo tanto, entre aquellos que estuvieran unidos por el vínculo sagrado e inviolable del parentesco divino, no habría maquinaciones, en tanto que sabrían qué clase de castigos prepara Dios para los destructores de almas, que ve a través de los crímenes secretos, e incluso de los pensamientos mismos. No habría fraudes ni rapiñas si hubieran aprendido, por la instrucción de Dios, a contentarse con lo suyo, aunque poco, de modo que prefirieran las cosas sólidas y eternas a las frágiles y perecederas. No habría adulterios, ni desenfrenos, ni prostitución de mujeres, si todos supieran que todo lo que se busca más allá del deseo de procreación es condenado por Dios. Ni la necesidad obligaría a una mujer a deshonrar su pudor, a buscar para sí un modo de sustento vergonzosísimo; ya que también los varones refrenarían su lujuria, y las contribuciones piadosas y religiosas de los ricos socorrerían a los necesitados. No habría, por lo tanto, como he dicho, estos males en la tierra, si hubiera por común consentimiento una observancia general de la ley de Dios, si todos hicieran aquellas cosas que solo nuestro pueblo realiza. ¡Cuán feliz y cuán dorada sería la condición de los asuntos humanos, si en todo el mundo la mansedumbre, la piedad, la paz, la inocencia, la equidad, la templanza y la fe fijaran su morada! En fin, no habría necesidad de tantas y tan variadas leyes para gobernar a los hombres, ya que la ley de Dios sola bastaría para una inocencia perfecta; ni habría necesidad de cárceles, ni de las espadas de los gobernantes, ni del terror de los castigos, ya que la salubridad de los preceptos divinos infundida en los pechos de los hombres instruiría por sí misma a las obras de justicia. Pero ahora los hombres son malvados por ignorancia de lo que es recto y bueno. Y esto, en verdad, lo vio Cicerón; pues, disertando sobre el tema de las leyes, dice: «Así como el mundo, con todas sus partes concordes entre sí, se mantiene unido y depende de una misma naturaleza, así todos los hombres, estando naturalmente confundidos entre sí, discrepan por depravación; ni entienden que están emparentados por la sangre, y que todos están sujetos a una misma tutela: pues si esto se tuviera presente, ciertamente los hombres vivirían la vida de los dioses.» Por lo tanto, el culto injusto e impío de los dioses ha introducido todos los males con los que la humanidad se destruye a su vez unos a otros. Pues no pudieron conservar su piedad quienes, como hijos pródigos y rebeldes, habían renunciado a la autoridad de Dios, padre común de todos.
V, 9
Sin embargo, a veces perciben que son malvados, y alaban la condición de las edades antiguas, y conjeturan que la justicia está ausente por causa de sus caracteres y merecimientos; pues, aunque ella se presenta a sus ojos, no solo dejan de recibirla o reconocerla, sino que incluso la odian con violencia, la persiguen y se esfuerzan por desterrarla. Supongamos, entretanto, que aquella a quien seguimos no es la justicia: ¿cómo recibirán a aquella que imaginan ser la verdadera justicia, si ha de venir, cuando torturan y matan a aquellos que ellos mismos confiesan ser imitadores de los justos, porque realizan acciones buenas y justas; mientras que, si solo dieran muerte a los malvados, merecerían ser abandonados por la justicia, que no tuvo otra razón para dejar la tierra que el derramamiento de sangre humana? ¡Cuánto más, cuando matan a los justos y consideran a los mismos seguidores de la justicia como enemigos, aún más que enemigos; quienes, aunque buscan con avidez sus vidas, sus bienes y sus hijos por la espada y el fuego, son perdonados cuando son vencidos; y hay lugar para la clemencia incluso en medio de las armas; o si han decidido llevar su crueldad al extremo, no se hace más contra ellos, salvo que se les da muerte o se les conduce a la esclavitud! Pero es inenarrable lo que se hace contra aquellos que ignoran el crimen, y a nadie se considera más culpable que a aquellos que son los más inocentes de todos los hombres. Por tanto, los hombres más impíos se atreven a hacer mención de la justicia, hombres que superan a las fieras en ferocidad, que asolan el rebaño mansísimo de Dios—
Como lobos flacos que salen de su guarida,
a quienes el sordo rugido de un hambre sin ley
los empuja a rondar en la noche.
Pero a estos no los ha enloquecido el furor del hambre, sino del corazón; ni rondan en una negra niebla, sino mediante el saqueo abierto; ni la conciencia de sus crímenes los aparta jamás de profanar el sagrado y santo nombre de la justicia con aquella boca que, como las fauces de las bestias, está mojada con la sangre de los inocentes. ¿Qué diremos que es especialmente la causa de este odio excesivo y perseverante?
¿Produce odio la verdad,
como dice el poeta, como inspirado por el Espíritu Divino, ¿o se avergüenzan de ser malos en presencia de los justos y buenos? ¿O más bien es por ambas causas? Pues la verdad es siempre odiosa por esta razón: porque el que peca desea tener libre curso para pecar, y piensa que no puede de ningún otro modo disfrutar más seguramente del placer de sus malas obras, que si no hay nadie a quien sus faltas desagraden. Por tanto, se esfuerzan por exterminarlos y quitarlos del todo, como testigos de sus crímenes y maldades, y los consideran gravosos para sí mismos, como si su vida fuera reprendida. Pues ¿por qué ha de ser alguno bueno fuera de sazón, quien, estando corrompidas las costumbres públicas, debería censurarlas viviendo bien? ¿Por qué no ser todos igualmente malvados, rapaces, impúdicos, adúlteros, perjuros, avaros y fraudulentos? ¿Por qué no quitarlos más bien de en medio, en cuya presencia se avergüenzan de llevar una vida mala, y quienes, aunque no con palabras, pues callan, sino con su mismo modo de vida, tan distinto del suyo, asaltan y hieren la frente de los pecadores? Pues quienquiera que disiente de ellos parece reprenderlos.
Ni es de maravillarse grandemente si estas cosas se hacen contra los hombres, puesto que por la misma causa el pueblo que estaba puesto en esperanza, y no ignorante de Dios, se levantó contra el mismo Dios; y la misma necesidad que atacó al Autor mismo de la justicia sigue a los justos. Por tanto, los acosan y atormentan con estudiadas clases de castigos, y piensan que es poco matar a quienes odian, si la crueldad no se burla también de sus cuerpos. Pero si algunos, por temor al dolor o a la muerte, o por su propia perfidia, han desertado del juramento celestial, y han consentido en sacrificios mortíferos, a estos los alaban y los colman de honores, para que con su ejemplo atraigan a otros. Mas sobre aquellos que han estimado en mucho su fe, y no han negado que son adoradores de Dios, se arrojan con toda la fuerza de su carnicería, como si tuvieran sed de sangre; y los llaman desesperados, porque de ningún modo perdonan a su cuerpo; como si algo pudiera ser más desesperado que torturar y despedazar a aquel a quien sabes inocente. Así no queda sentido alguno de vergüenza entre aquellos de quienes todo sentimiento bondadoso está ausente, y devuelven a los justos los reproches que a ellos mismos convienen. Pues los llaman impíos, siendo ellos, en verdad, piadosos, y rehusando el derramamiento de sangre humana; cuando, si consideraran sus propios actos y los actos de aquellos a quienes condenan como impíos, comprenderían cuán falsos son, y más merecedores de todas las cosas que dicen o hacen contra los buenos. Pues no son de nuestro número, sino de aquellos que asedian los caminos en armas, ejercen la piratería por mar; o, si no han podido atacar abiertamente, mezclan venenos en secreto; que matan a sus esposas para obtener sus dotes, o a sus maridos para casarse con adúlteros; que o estrangulan a los hijos nacidos de ellos mismos, o, si son demasiado piadosos, los exponen; que no refrenan sus pasiones incestuosas ni ante una hija, ni una hermana, ni una madre, ni una sacerdotisa; que conspiran contra sus propios conciudadanos y su patria; que no temen el saqueo; que, en fin, cometen sacrilegio y despojan los templos de los dioses a quienes adoran; y, para hablar de cosas que son ligeras y de ordinario practicadas por ellos, que cazan herencias, falsifican testamentos, apartan o excluyen a los herederos justos; que prostituyen sus propias personas a la lujuria; que, en suma, olvidados de lo que nacieron, compiten con las mujeres en pasividad; que, violando todo decoro, contaminan y deshonran la parte más sagrada de su cuerpo; que se mutilan a sí mismos, y, lo que es más impío, para poder ser sacerdotes de la religión; que ni siquiera perdonan su propia vida, sino que venden sus vidas para ser arrebatadas en público; quienes, si se sientan como jueces, corrompidos por un soborno, o destruyen a los inocentes o ponen en libertad a los culpables sin castigo; que codician el cielo mismo mediante hechicerías, como si la tierra no contuviera su maldad. Estos crímenes, digo, y más que estos, son claramente cometidos por aquellos que son adoradores de los dioses.
En medio de crímenes de tal número y magnitud, ¿qué lugar queda para la justicia? Y he recogido solo unos pocos entre muchos, no con el propósito de censurar, sino para mostrar su naturaleza. Quienes deseen saberlo todo tomen en las manos los libros de Séneca, que fue a la vez el descriptor más veraz y el acusador más vehemente de las costumbres y vicios públicos. Pero también Lucilio describió breve y concisamente aquella vida tenebrosa en estos versos: «Pero ahora, desde la mañana hasta la noche, tanto en día festivo como en día ordinario, todo el pueblo y los padres, de común acuerdo, se exhiben en el foro, y jamás se apartan de él. Todos se han entregado a un mismo y único afán y arte: poder engañar con cautela, luchar con perfidia, contender en adulación, fingir cada uno que es hombre de bien, acechar, como si todos fueran enemigos de todos.» Pero ¿cuáles de estas cosas pueden imputarse a los nuestros, entre quienes toda la religión consiste en vivir sin culpa y sin mancha? Puesto que, por tanto, ven que tanto ellos como los suyos hacen las cosas que hemos dicho, mientras que los nuestros no practican otra cosa que lo justo y bueno, podrían, si tuvieran entendimiento, haber percibido de esto que quienes hacen el bien son piadosos, y que ellos mismos, que cometen acciones malvadas, son impíos. Pues es imposible que quienes no yerran en todas las acciones de su vida yerren en el punto principal, es decir, en la religión, que es la principal de todas las cosas. Porque la impiedad, si se apodera de lo más importante, se seguiría por todo lo demás. Y por tanto es imposible que quienes yerran en toda su vida no sean engañados también en la religión; puesto que la piedad, si guardara su regla en el punto principal, mantendría su curso en las demás cosas. Así sucede que, por una y otra parte, el carácter del asunto principal puede conocerse por el estado de las acciones que se llevan a cabo.
V, 10
Vale la pena investigar su piedad, para que por sus acciones misericordiosas y piadosas se entienda cuál es el carácter de las cosas que hacen contra las leyes de la piedad. Y para no parecer atacar a nadie con dureza, tomaré un personaje de los poetas, y uno que es el mayor ejemplo de piedad. En Marón, aquel rey
que a nadie
el hálito del ser jamás inspiró,
más valiente, más piadoso ni más veraz, —
¿qué pruebas de justicia nos adujo?
Allí caminan con las manos atadas a la espalda
las víctimas prisioneras, destinadas
al degüello sobre las llamas.
¿Qué puede haber más misericordioso que esta piedad? ¿Qué más misericordioso que inmolar víctimas humanas a los muertos, y alimentar el fuego con sangre de hombres como con aceite? Pero quizá esto no fue culpa del héroe mismo, sino del poeta, que contaminó con maldad señalada «a un hombre señalado por su piedad.» ¿Dónde está, pues, oh poeta, esa piedad que tan frecuentemente alabas? He aquí al piadoso Eneas:—
Cuatro desdichados jóvenes de la estirpe de Sulmón,
y cuatro que a Ufens llaman padre,
los toma vivos, condenados a sangrar
a la sombra de Palas en la pira de Palas.
¿Por qué, pues, en el mismo momento en que enviaba a los hombres encadenados al degüello, dijo:
De buena gana concedería la paz a los vivos,
¿cuando ordenaba que aquellos a quienes tenía vivos en su poder fueran degollados en lugar de ganado? Pero esto, como he dicho, no fue culpa suya —pues quizá no había recibido una educación liberal—, sino tuya; porque, aunque tú eras instruido, ignorabas la naturaleza de la piedad, y creías que aquella acción malvada y detestable suya era el ejercicio conveniente de la piedad. Se le llama piadoso claramente solo por esto: porque amaba a su padre. ¿Por qué he de decir que
El buen Eneas reconoció su súplica,
¿y sin embargo los degolló? Pues, aunque conjurado por el mismo padre, y
por el naciente día del joven Iulo,
no los perdonó,
una furia viva encendiendo cada vena
¡Qué! ¿Puede alguien imaginar que hubo virtud alguna en quien se encendió con locura como la paja, y, olvidado de la sombra de su padre, por quien era suplicado, fue incapaz de refrenar su ira? Por tanto, de ningún modo fue piadoso quien no solo degolló a los que no resistían, sino incluso a los suplicantes. Aquí alguien dirá: ¿Qué es, pues, o dónde, o de qué carácter es la piedad? Verdaderamente está entre quienes ignoran las guerras, mantienen concordia con todos, son amigos incluso de sus enemigos, aman a todos los hombres como a hermanos, saben refrenar su ira y calmar toda pasión del ánimo con gobierno sereno. ¡Cuán grande niebla, pues, cuán grande nube de tinieblas y errores, ha cubierto los pechos de los hombres que, cuando se creen especialmente piadosos, entonces se vuelven especialmente impíos! Pues cuanto más religiosamente honran esas imágenes terrestres, tanto más malvados son hacia el nombre de la verdadera divinidad. Y por tanto a menudo son acosados con mayores males como recompensa de su impiedad; y porque no conocen la causa de estos males, la culpa se atribuye del todo a la fortuna, y la filosofía de Epicuro encuentra lugar, quien piensa que nada alcanza a los dioses, y que ellos ni se ven influidos por el favor ni movidos por la ira, porque a menudo ven felices a sus despreciadores y en miseria a sus adoradores. Y esto sucede por esta razón: porque cuando parecen religiosos y naturalmente buenos, se cree que no merecen nada de aquello que a menudo sufren. Sin embargo, se consuelan acusando a la fortuna; y no perciben que, si ella tuviera existencia alguna, jamás perjudicaría a quienes la adoran. Por tanto, a esta clase de piedad sigue merecidamente el castigo; y la divinidad, ofendida por la maldad de los hombres depravados en su culto religioso, los castiga con grave infortunio; los cuales, aunque viven con santidad en la mayor fe e inocencia, sin embargo, porque adoran a dioses cuyos ritos impíos y profanos son abominación para el Dios verdadero, están apartados de la justicia y del nombre de la verdadera piedad. Ni es difícil mostrar por qué los adoradores de los dioses no pueden ser buenos y justos. Pues ¿cómo se abstendrán del derramamiento de sangre quienes adoran deidades sanguinarias, Marte y Belona? ¿O cómo perdonarán a sus padres quienes adoran a Júpiter, que expulsó a su padre? ¿O cómo perdonarán a sus propios hijos quienes adoran a Saturno? ¿Cómo defenderán la castidad quienes adoran a una diosa desnuda, y adúltera, y que se prostituye, por así decirlo, entre los dioses? ¿Cómo se apartarán del saqueo y los fraudes quienes conocen los hurtos de Mercurio, que enseña que engañar no es parte del fraude, sino de la destreza? ¿Cómo refrenarán sus lujurias quienes adoran a Júpiter, Hércules, Líber, Apolo y los demás, cuyos adulterios y liviandades con hombres y mujeres no solo son conocidos por los doctos, sino que incluso se representan en los teatros y se hacen tema de cantos, de modo que son notorios para todos? Entre estas cosas, ¿es posible que sean justos los hombres que, aunque fueran naturalmente buenos, serían adiestrados en la injusticia por los propios dioses? Porque, para propiciar al dios que adoras, hay necesidad de aquellas cosas con las que sabes que él se complace y deleita. Así sucede que el dios modela la vida de sus adoradores según el carácter de su propia voluntad, puesto que el culto más religioso es imitar.
V, 11
Por tanto, como la justicia es gravosa y desagradable para aquellos hombres que concuerdan con el carácter de sus dioses, ejercen con violencia contra los justos la misma impiedad que muestran en otras cosas. Y no sin razón son llamados bestias por los profetas. Por eso dijo excelentemente Marco Tulio: «Pues si no hay nadie que no prefiriera morir antes que ser transformado en figura de bestia, aunque haya de tener la mente de un hombre, ¡cuánto más miserable es tener una mente embrutecida en figura de hombre! A mí, en verdad, me parece tanto peor cuanto la mente es más excelente que el cuerpo.» Por tanto, desdeñan los cuerpos de las bestias, aunque ellos mismos son más crueles que estas; y se enorgullecen por esto, de haber nacido hombres, aunque no tienen nada perteneciente al hombre excepto los rasgos y la figura eminente. Pues ¿qué Cáucaso, qué India, qué Hircania nutrió jamás bestias tan salvajes y tan sanguinarias? Porque el furor de todas las fieras ruge hasta que su apetito queda satisfecho; y cuando su hambre se apacigua, al instante se calma. Aquella es verdaderamente una bestia por cuyo solo mandato
humea con arroyos de matanza
el campo severo en orden de batalla.
Agudas agonías, salvajes terrores pululan,
y la Muerte mira torva en muchas formas.
Nadie puede describir convenientemente la crueldad de esta bestia, que yace en un solo lugar y, sin embargo, ruge con dientes de hierro por todo el mundo, y no solo despedaza los miembros de los hombres, sino que también quiebra sus mismos huesos, y se ensaña sobre sus cenizas, para que no haya lugar para su sepultura, como si quienes confiesan a Dios pretendieran esto: que sus tumbas sean visitadas, y no más bien que ellos mismos alcancen la presencia de Dios.
¡Qué brutalidad, qué furor, qué locura es negar la luz a los vivos y la tierra a los muertos! Digo, pues, que nada hay más miserable que aquellos hombres a quienes la necesidad ha hallado o hecho ministros del furor ajeno, satélites de un mandato impío. Porque aquello no era honor ni exaltación de dignidad, sino condena de un hombre a la tortura, y también al castigo eterno de Dios. Pero es imposible referir lo que hicieron individualmente por todo el mundo. Pues ¿qué número de volúmenes contendrá tantas, tan infinitas y tan variadas especies de crueldad? Porque, habiendo obtenido poder, cada uno rugió según su propia disposición. Algunos, por excesiva timidez, fueron más lejos de lo que se les mandaba; otros obraron así por su odio particular contra los justos; algunos por una ferocidad natural de ánimo; algunos por deseo de agradar, y para que con este servicio prepararan el camino a cargos más altos; algunos fueron prontos a la matanza, como un individuo en Frigia, que quemó a toda una asamblea de gente junto con su lugar de reunión. Pero cuanto más cruel fue, tanto más misericordioso se lo encuentra. Mas aquel es el peor género [de perseguidores] a quien adula una falsa apariencia de clemencia; es el más severo, el más cruel verdugo, el que determina no matar a nadie. Por tanto, no puede decirse qué grandes y qué graves modos de torturas idearon jueces de esta clase para llegar a la consecución de su propósito. Pero hacen estas cosas no solo por esto: para poder jactarse de no haber matado a ninguno de los inocentes —pues yo mismo he oído a algunos jactarse de que su administración había sido en este respecto incruenta—, sino también por envidia, para que ni ellos mismos sean vencidos, ni los otros obtengan la gloria debida a su virtud. Y así, al idear modos de castigo, no piensan en otra cosa que en la victoria. Pues saben que esto es un certamen y una batalla. Vi en Bitinia al prefecto maravillosamente henchido de gozo, como si hubiera subyugado a alguna nación de bárbaros, porque uno que había resistido durante dos años con gran ánimo pareció al fin ceder. Contienden, por tanto, para vencer e infligir dolores exquisitos en sus cuerpos, y no evitan otra cosa sino que las víctimas no mueran bajo la tortura: como si, en verdad, la muerte sola pudiera hacerlos felices, y como si las torturas, en proporción a su severidad, no hubieran de producir mayor gloria de virtud. Pero ellos, con obstinada necedad, mandan que se preste diligente cuidado a los torturados, para que sus miembros se renueven para otras torturas, y se suministre sangre fresca para el castigo. ¿Qué puede haber tan piadoso, tan benéfico, tan humano? No habrían dispensado tan ansioso cuidado a ninguno de los que aman. Esta es la disciplina de los dioses: para estas obras adiestran a sus adoradores; estos son los ritos sagrados que exigen. Además, los asesinos más malvados han inventado leyes impías contra los piadosos. Pues se leen tanto ordenanzas sacrílegas como disputas injustas de los jurisconsultos. Domicio, en su libro séptimo, acerca del oficio del procónsul, ha recogido rescriptos malvados de los príncipes, para mostrar con qué castigos debían ser visitados los que confesaban ser adoradores de Dios.
V, 12
¿Qué haríais con quienes dan el nombre de justicia a las torturas infligidas por los tiranos de antaño, que se ensañaron fieramente contra los inocentes; y que, aunque son maestros de injusticia y crueldad, desean parecer justos y prudentes, estando ciegos y torpes, e ignorantes de los asuntos y de la verdad? ¿Tan odiosa es la justicia para vosotros, ¡oh mentes abandonadas!, que la consideráis igual a los más grandes crímenes? ¿Tan del todo perdida está la inocencia a vuestros ojos, que no pensáis que sea digna solo de muerte, sino que se estima como algo más allá de todo crimen el no cometer crimen alguno, y tener un pecho puro de todo contagio de culpa? Y puesto que hablamos en general con quienes adoran a los dioses, tened a bien permitirnos hacer el bien con vosotros; pues esta es nuestra ley, esta nuestra ocupación, esta nuestra religión. Si os parecemos sabios, imitadnos; si necios, despreciadnos, o incluso reíros de nosotros, si os place; pues nuestra locura nos es provechosa. ¿Por qué nos desgarráis, por qué nos afligís? No envidiamos vuestra sabiduría. Preferimos esta locura nuestra—la abrazamos. Creemos que esto nos es ventajoso—amaros y conferiros todas las cosas a vosotros, que nos odiáis.
Hay en los escritos de Cicerón un pasaje no ajeno a la verdad, en aquella disputa que Furio sostiene contra la justicia: «Pregunto,» dice, «si hubiera dos hombres, y uno de ellos fuera excelente, de la más alta integridad, de la mayor justicia y de fe notable, y el otro distinguido por el crimen y la audacia; y si el Estado estuviera en tal error que considerara a aquel hombre bueno como malvado, vicioso y execrable, pero pensara que el más malvado es de la más alta integridad y fe; y si, conforme a esta opinión de todos los ciudadanos, aquel hombre bueno fuera hostigado, arrastrado, privado de sus manos, se le arrancaran los ojos, fuera condenado, atado, marcado, desterrado, estuviera en la indigencia y, por último, con toda justicia pareciera a todos el más miserable; pero, por otra parte, si aquel hombre malvado fuera alabado, honrado y amado por todos—si todos los honores, todos los mandos, toda la riqueza y toda la abundancia le fueran conferidos—en fin, si fuera juzgado en la estimación de todos como hombre excelente y dignísimo de toda fortuna, ¿quién, pregunto, habrá tan loco que dude cuál de los dos preferiría ser?» Sin duda propuso este ejemplo como si adivinara qué males estaban por sucedernos y de qué manera, a causa de la justicia; pues nuestro pueblo sufre todas estas cosas por la perversidad de los que yerran. He aquí que el Estado, o más bien el mundo entero, está en tal error, que persigue, tortura, condena y da muerte a los hombres buenos y justos, como si fueran malvados e impíos. Pues en cuanto a lo que dice, que nadie está tan infatuado como para dudar cuál de los dos preferiría ser, él, en efecto, como quien contendía contra la justicia, pensaba que el sabio preferiría ser malo con buena reputación, antes que bueno con mala reputación.
Pero lejos de nosotros esta insensatez de que prefiramos lo falso a lo verdadero. ¿O acaso el carácter de nuestro hombre bueno depende de los errores del pueblo más que de nuestra propia conciencia y del juicio de Dios? ¿O habrá prosperidad alguna que nos seduzca, para que no prefiramos más bien la bondad verdadera, aunque acompañada de todo mal, que la bondad falsa junto con toda prosperidad? Retengan los reyes sus reinos, los ricos sus riquezas, como dice Plauto, los sabios su sabiduría; déjennos a nosotros nuestra locura, la cual se demuestra evidentemente que es sabiduría, por el hecho mismo de que nos envidian su posesión: pues ¿quién envidiaría a un necio, sino el que es él mismo el más necio? Pero ellos no son tan necios como para envidiar a los necios; mas del hecho de que nos persiguen con tanto cuidado y ansiedad, conceden que no somos necios. Pues ¿por qué se enfurecen con tanta crueldad, sino porque temen que, al fortalecerse la justicia de día en día, sean abandonados junto con sus dioses que se derrumban? Si, por tanto, los adoradores de los dioses son sabios y nosotros somos necios, ¿por qué temen que los sabios sean seducidos por los necios?
V, 13
Pero, puesto que nuestro número crece continuamente con los adoradores de los dioses, y nunca disminuye, ni siquiera en la persecución misma—pues los hombres pueden pecar y mancharse con el sacrificio, pero no pueden ser apartados de Dios, porque la verdad prevalece por su propia fuerza—, ¿quién, pregunto, hay tan necio y tan ciego que no vea de qué lado está la sabiduría? Mas ellos están cegados por la malicia y el furor, de modo que no pueden ver; y piensan que son necios aquellos que, teniendo en su poder evitar los castigos, prefieren, sin embargo, ser torturados y muertos; cuando por esta misma circunstancia podrían ver que no es locura aquello en lo que tantos miles en todo el mundo convienen con una sola y misma mente. Pues si las mujeres caen en error por la debilidad de su sexo (pues estas personas a veces lo llaman superstición mujeril y de viejas), los hombres sin duda son sabios. Si los niños, si los jóvenes son imprudentes por su edad, los maduros y ancianos sin duda tienen un juicio firme. Si una ciudad es insensata, es evidente que las otras innumerables ciudades no pueden ser necias. Si una provincia o una nación carece de prudencia, las restantes deben tener entendimiento de lo que es recto. Pero puesto que la ley divina ha sido recibida desde el nacimiento hasta el ocaso del sol, y cada sexo, toda edad, nación y país obedece a Dios con una sola y misma mente; puesto que en todas partes hay la misma paciente resistencia, el mismo desprecio de la muerte; debieron haber comprendido que hay alguna razón en ese asunto, que no sin causa se lo defiende hasta la muerte, que hay algún fundamento y solidez que no solo libra a esa religión de injurias y molestias, sino que siempre la aumenta y la hace más fuerte. Pues también en esto se pone de manifiesto la malicia de quienes piensan que han derribado del todo la religión de Dios si han corrompido a los hombres, cuando les es permitido también dar satisfacción a Dios; y no hay adorador de Dios tan malvado que, cuando se le da la oportunidad, no vuelva a aplacar a Dios, y esto con mayor devoción. Porque la conciencia del pecado y el temor del castigo hacen al hombre más religioso, y la fe que se restablece mediante el arrepentimiento es siempre mucho más fuerte. Si, por tanto, ellos mismos, cuando piensan que los dioses están airados contra ellos, creen sin embargo que son aplacados con ofrendas, sacrificios e incienso, ¿qué razón hay para que imaginen que nuestro Dios es tan poco misericordioso e implacable, que parezca imposible que sea cristiano aquel que por fuerza y contra su voluntad ha derramado una libación a sus dioses? A no ser que acaso piensen que aquellos que una vez fueron contaminados van a cambiar de parecer, de modo que empiecen ahora por su propia voluntad a hacer aquello que han hecho bajo la influencia de la tortura. ¿Quién emprendería de buena gana ese deber que comenzó con injuria? ¿Quién, al ver las cicatrices en sus propios costados, no odiaría más a los dioses, por causa de los cuales lleva las huellas de un castigo duradero y las marcas impresas en su carne? Así sucede que, cuando se da la paz desde el cielo, aquellos que se habían apartado de nosotros vuelven, y se agrega una nueva multitud de otros a causa de la admirable naturaleza de la virtud desplegada. Pues cuando el pueblo ve que los hombres son desgarrados por varias clases de torturas, y que conservan su paciencia no doblegada mientras los verdugos se fatigan, piensan, como en realidad es, que ni el acuerdo de tantos ni la constancia de los que mueren carecen de significado, y que la paciencia misma no podría superar torturas tan grandes sin el auxilio de Dios. Los ladrones y los hombres de complexión robusta no pueden soportar laceraciones de este tipo: profieren exclamaciones y lanzan gemidos; pues son vencidos por el dolor, porque carecen de la paciencia que se les infunde. Pero en nuestro caso (por no hablar de los hombres), niños y mujeres delicadas en silencio vencen a sus torturadores, y ni siquiera el fuego puede arrancarles un gemido. Vayan los romanos y gloríense de su Mucio o Régulo: el primero se entregó a los enemigos para ser muerto, porque se avergonzaba de vivir como cautivo; el otro, apresado por el enemigo, cuando vio que no podía escapar a la muerte, puso su mano sobre el hogar encendido, para expiar ante el enemigo, a quien quería matar, su crimen, y con ese castigo recibió el perdón que no había merecido. He aquí que el sexo débil y la edad frágil soportan ser desgarrados en todo el cuerpo y ser quemados: no por necesidad, pues les está permitido escapar si quisieran hacerlo; sino por su propia voluntad, porque ponen su confianza en Dios.
V, 14
Pero esta es la verdadera virtud, de la que también se glorían los jactanciosos filósofos, no con obras, sino con vanas palabras, diciendo que nada es tan propio de la gravedad y constancia del sabio como no poder ser apartado de su sentir y propósito por torturador alguno, y que vale la pena sufrir tortura y muerte antes que traicionar una confianza o apartarse de su deber, o, vencido por el temor de la muerte o por la severidad del dolor, cometer injusticia alguna. A no ser que acaso Flaco les parezca delirar en sus odas, cuando dice:
No la furia de la muchedumbre que manda cosas malvadas;
No el destino amenazante que se cierne en el ceño del tirano,
Conmueve al hombre recto y resuelto
En su sólida entereza de alma.
Y nada puede ser más verdadero que esto, si se refiere a quienes no rehúsan tortura alguna, ningún género de muerte, para no apartarse de la fe y de la justicia; quienes no tiemblan ante los mandatos de los tiranos ni ante las espadas de los gobernantes, para no mantener con constancia de ánimo la libertad verdadera y sólida, la cual consiste en que la sabiduría se observe solo en esto. Pues ¿quién es tan arrogante, quién tan ensoberbecido, como para prohibirme levantar los ojos al cielo? ¿Quién puede imponerme la necesidad de adorar lo que no quiero adorar, o de abstenerme del culto de lo que quiero adorar? ¿Qué más nos quedará ya, si incluso esto, que ha de hacerse por propia voluntad, ha de sernos arrebatado por el capricho de otro? Nadie lo conseguirá, si tenemos valor para despreciar la muerte y el dolor. Pero si poseemos esta constancia, ¿por qué se nos juzga necios cuando hacemos aquello que los filósofos alaban? Séneca, al acusar a los hombres de inconstancia, dice con razón que la más alta virtud les parece consistir en la grandeza de espíritu; y, sin embargo, los mismos consideran loco a quien desprecia la muerte, lo cual es claramente señal de la mayor perversidad. Pero esos seguidores de religiones vanas alegan esto con la misma locura con que no alcanzan a entender al Dios verdadero; y a estos la Sibila Eritrea llama «sordos e insensatos,» puesto que ni oyen ni perciben las cosas divinas, sino que temen y adoran una imagen de barro modelada por sus propios dedos.