V, 15
Pero la razón por la cual imaginan que los sabios son necios tiene fuertes fundamentos (pues no se engañan sin causa). Y esto debe ser explicado diligentemente por nosotros, para que al fin (si es posible) reconozcan sus errores. La justicia tiene por su propia naturaleza cierta apariencia de locura, y puedo confirmarlo con testimonios tanto divinos como humanos. Pero quizá no tendríamos éxito con ellos, a menos que les enseñemos con sus propias autoridades que nadie puede ser justo—cosa que va unida a la verdadera sabiduría—sin que también parezca necio. Carnéades fue filósofo de la secta Académica; y quien no sepa qué poder tuvo en la discusión, qué elocuencia, qué sagacidad, comprenderá, sin embargo, el carácter del hombre mismo por las alabanzas de Cicerón o de Lucilio, en cuyos escritos Neptuno, disertando sobre un asunto de la mayor dificultad, muestra que no puede explicarse, aun si Orco devolviera a la vida al propio Carnéades. Este Carnéades, enviado por los atenienses como embajador a Roma, disputó copiosamente sobre la justicia, en presencia de Galba y de Catón, que había sido censor, los cuales eran en aquel tiempo los más grandes oradores. Pero al día siguiente el mismo hombre derribó su propio argumento con una disputa de efecto contrario, y quitó la justicia que había alabado el día anterior, no ciertamente con la gravedad de un filósofo, cuya prudencia debe ser firme y su opinión asentada, sino como por una especie de ejercicio oratorio de disputar sobre ambas partes. Y solía hacer esto para poder refutar a otros que afirmaran algo. L. Furio, en Cicerón, hace mención de aquella discusión en que se derriba la justicia. Creo que, puesto que trataba del Estado, lo hizo para introducir la defensa y alabanza de aquello sin lo cual pensaba que un Estado no podía gobernarse. Pero Carnéades, para refutar a Aristóteles y a Platón, defensores de la justicia, en aquella primera disputa reunió todos los argumentos que se alegaban en favor de la justicia, para poder derribarlos, como lo hizo. Pues era muy fácil sacudir una justicia sin raíces, puesto que entonces no había ninguna sobre la tierra cuya naturaleza o cualidades pudieran ser percibidas por los filósofos. ¡Y ojalá que hombres, tan numerosos y de tal carácter, hubieran poseído también conocimiento, en proporción a su elocuencia e ingenio, para completar la defensa de esta virtud suprema, que tiene su origen en la religión y su principio en la equidad! Pero quienes ignoraban aquella primera parte no podían poseer la segunda. Mas quiero primero mostrar, sumaria y concisamente, qué es, para que se entienda que los filósofos ignoraban la justicia y no podían defender aquello con lo que no estaban familiarizados. Aunque la justicia abraza todas las virtudes juntas, hay, sin embargo, dos, las principales de todas, que no pueden ser separadas ni apartadas de ella: la piedad y la equidad. Pues la fidelidad, la templanza, la rectitud, la inocencia, la integridad y las demás cosas de este género pueden existir, ya por naturaleza, ya por la educación de los padres, en aquellos hombres que ignoran la justicia, como siempre han existido; pues los antiguos romanos, acostumbrados a gloriarse en la justicia, solían evidentemente gloriarse en aquellas virtudes que (como he dicho) pueden proceder de la justicia y estar separadas de la fuente misma. Pero la piedad y la equidad son, por así decirlo, sus venas: pues en estas dos fuentes se contiene toda la justicia; su manantial y origen está en la primera, toda su fuerza y método en la segunda. La piedad no es otra cosa sino el conocimiento de Dios, como lo definió con toda verdad Trismegisto, según hemos dicho en otro lugar. Si, por tanto, la piedad es conocer a Dios, y la suma de este conocimiento es adorarlo, es claro que ignora la justicia quien no posee el conocimiento de Dios. Pues ¿cómo puede conocer la justicia misma quien ignora la fuente de donde surge? Platón, en verdad, dijo muchas cosas acerca del Dios único, por quien, según dijo, fue hecho el mundo; pero nada dijo acerca de la religión: pues había soñado con Dios, pero no lo había conocido. Mas si él mismo o cualquier otro hubiera querido completar la defensa de la justicia, habría debido ante todo derribar las religiones de los dioses, porque se oponen a la piedad. Y como Sócrates, en efecto, intentó hacer esto, fue arrojado a la cárcel; para que aun entonces se viera lo que estaba por suceder a aquellos hombres que habían comenzado a defender la verdadera justicia y a servir al único Dios.
La otra parte de la justicia, por tanto, es la equidad; y está claro que no hablo de la equidad de juzgar bien, aunque también esta es laudable en el hombre justo, sino de hacerse igual a los demás, lo que Cicerón llama igualdad. Pues Dios, que produce y da aliento a los hombres, quiso que todos fueran iguales, es decir, de igual condición. Ha impuesto a todos la misma condición de vida; a todos los ha criado para la sabiduría; a todos ha prometido la inmortalidad; nadie queda excluido de sus celestiales beneficios. Pues así como distribuye a todos por igual su única luz, envía sus fuentes a todos, suministra el alimento y da el gratísimo descanso del sueño, así concede a todos la equidad y la virtud. A sus ojos nadie es esclavo, nadie es señor; pues si todos tienen el mismo Padre, por igual derecho todos somos hijos. Nadie es pobre a los ojos de Dios, sino el que carece de justicia; nadie es rico, sino el que está lleno de virtudes; nadie, en fin, es excelente, sino el que ha sido bueno e inocente; nadie es celebérrimo, sino el que ha realizado con abundancia obras de misericordia; nadie es perfectísimo, sino el que ha llenado todos los peldaños de la virtud. Por tanto, ni los romanos ni los griegos pudieron poseer la justicia, porque tenían hombres que diferían entre sí por muchos grados, de los pobres a los ricos, de los humildes a los poderosos; en suma, de los particulares a las supremas potestades de los reyes. Pues donde todos no son de igual condición, no hay equidad; y la desigualdad por sí misma excluye la justicia, cuya fuerza entera consiste en esto: en hacer iguales a quienes por igual suerte han llegado a la condición de esta vida.
V, 16
Por tanto, como aquellas dos fuentes de la justicia están mudadas, toda virtud y toda verdad son arrebatadas, y la justicia misma vuelve al cielo. Y por esta razón el bien verdadero no fue descubierto por los filósofos, porque ignoraban tanto su origen como sus efectos; el cual no ha sido revelado a otros sino a los nuestros. Alguien dirá: ¿No hay entre vosotros unos pobres y otros ricos, unos siervos y otros señores? ¿No hay alguna diferencia entre las personas? No la hay; ni existe otra causa por la cual mutuamente nos damos el nombre de hermanos, sino porque creemos que somos iguales. Pues como medimos todas las cosas humanas no por el cuerpo, sino por el espíritu, aunque la condición de los cuerpos es diferente, sin embargo no tenemos siervos, sino que los consideramos y hablamos de ellos como hermanos en espíritu, y en religión como consiervos. Las riquezas tampoco hacen ilustres a los hombres, sino en cuanto pueden hacerlos más conspicuos mediante las buenas obras. Pues los hombres no son ricos porque poseen riquezas, sino porque las emplean en obras de justicia; y los que parecen pobres, por esto mismo son ricos, porque no tienen necesidad y nada desean.
Aunque, por tanto, en la humildad de espíritu somos iguales, los libres con los esclavos y los ricos con los pobres, sin embargo a los ojos de Dios somos distinguidos por la virtud. Y cada uno es tanto más elevado cuanto mayor es su justicia. Pues si es justicia que un hombre se ponga al nivel aun de los de condición inferior, aunque sobresale en esto mismo, en haberse hecho igual a sus inferiores; sin embargo, si se ha portado no solo como igual, sino aun como inferior, obtendrá claramente un rango de dignidad mucho más alto en el juicio de Dios. Pues ciertamente, como todas las cosas en esta vida temporal son frágiles y sujetas a corrupción, los hombres se prefieren a sí mismos a los demás y contienden por la dignidad; nada hay más torpe que esto, nada más arrogante, nada más alejado de la conducta del sabio: pues estas cosas terrenas se oponen del todo a las celestiales. Pues así como la sabiduría de los hombres es la mayor locura ante Dios, y la locura es (como he mostrado) la mayor sabiduría, así es bajo y abyecto a los ojos de Dios el que haya sido conspicuo y elevado en la tierra. Pues, por no mencionar que estos bienes terrenos presentes, a los cuales se tributa gran honor, son contrarios a la virtud y enervan el vigor del ánimo, ¿qué nobleza, pregunto, puede ser tan firme, qué recursos, qué poder, puesto que Dios puede hacer a los mismos reyes aun más bajos que los más bajos? Y por tanto Dios ha mirado por nuestro interés al poner esto en particular entre los preceptos divinos: «El que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.» Y la salud de este precepto enseña que aquel que [simplemente] se ponga a nivel con [los otros] hombres, y se conduzca con humildad, es tenido por excelente e ilustre a los ojos de Dios. Pues no es falso el pensamiento que se aduce en Eurípides con este efecto:—
Las cosas que aquí se consideran males son tenidas por bienes en el cielo.
V, 17
He explicado la razón por la cual los filósofos no pudieron hallar ni defender la justicia. Ahora vuelvo a aquello que me había propuesto. Carnéades, pues, como los argumentos de los filósofos eran débiles, emprendió la audaz tarea de refutarlos, porque comprendía que eran capaces de refutación. La sustancia de su disputa era esta: «Que los hombres establecieron leyes para sí mismos, con miras a su propia ventaja, diferentes ciertamente según sus caracteres, y, en el caso de las mismas personas, a menudo cambiadas según los tiempos; pero que no existía ley natural; que todos, tanto los hombres como los demás animales, eran llevados por la guía de la naturaleza hacia su propia ventaja; por tanto, que no había justicia, o, si alguna existía, era la mayor locura, porque se dañaba a sí misma al promover los intereses de otros.» Y presentó estos argumentos: «Que todas las naciones que florecieron con dominio, aun los propios romanos, que eran dueños de todo el mundo, si quieren ser justos, es decir, restituir las posesiones ajenas, deben volver a las cabañas y yacer en la necesidad y las miserias.» Luego, dejando los asuntos generales, pasó a los particulares. «Si un hombre bueno,» dice, «tiene un esclavo fugitivo, o una casa insalubre y apestada, y él solo conoce estos defectos, y por ello la pone en venta, ¿manifestará que el esclavo es fugitivo y que la casa que ofrece en venta está apestada, o lo ocultará al comprador? Si lo manifiesta, es bueno ciertamente, porque no engañará; pero aun así será juzgado necio, porque venderá a bajo precio o no venderá en absoluto. Si lo oculta, será sabio ciertamente, porque consultará su propio interés; pero será también malvado, porque engañará. Además, si encuentra a alguien que cree que está vendiendo mineral de cobre cuando es oro, o plomo cuando es plata, ¿callará para comprarlo a bajo precio, o lo informará para comprarlo a gran precio? Evidentemente parece necio preferir comprarlo a gran precio.» De lo cual quería que se entendiese, tanto que el que es justo y bueno es necio, como que el que es sabio es malvado; y sin embargo que posiblemente pueda suceder sin ruina que los hombres se contenten con la pobreza. Por lo cual pasó a cosas mayores, en las cuales nadie podía ser justo sin peligro de su vida. Pues dijo: «Ciertamente es justicia no quitar la vida a un hombre, no tomar la propiedad de otro. ¿Qué hará, pues, el hombre justo si acaece que ha sufrido un naufragio, y alguien más débil que él se ha apoderado de una tabla? ¿No lo empujará de la tabla, para subir él mismo y, sostenido por ella, escapar, especialmente porque no hay testigo en medio del mar? Si es sabio, así lo hará; pues él mismo ha de perecer a menos que obre así. Pero si prefiere morir antes que infligir violencia a otro, en este caso es justo, pero necio, al no perdonar su propia vida mientras perdona la vida de otro. Así también, si el ejército de su propio pueblo ha sido derrotado, y los enemigos han comenzado a presionarlos, y ese hombre justo se encuentra con un herido a caballo, ¿lo perdonará para ser muerto él mismo, o lo arrojará del caballo para escapar él de los enemigos? Si hace esto, será sabio, pero también malvado; si no lo hace, será justo, pero también necesariamente necio.» Cuando, por tanto, hubo dividido así la justicia en dos partes, diciendo que una era civil y la otra natural, subvirtió ambas: porque la parte civil es sabiduría, pero no justicia; pero la parte natural es justicia, pero no sabiduría. Estos argumentos son del todo sutiles y agudos, y de tal índole que Marco Tulio no pudo refutarlos. Pues cuando representa a Lelio respondiendo a Furio, y hablando en defensa de la justicia, los pasó por alto como una trampa sin refutarlos; de modo que el mismo Lelio no parece haber defendido la justicia natural, que había caído bajo la acusación de locura, sino aquella justicia civil que Furio había admitido ser sabiduría, pero injusta.
V, 18
En relación con nuestra presente discusión, he mostrado cómo la justicia lleva la apariencia de locura, para que parezca que no se engañan sin razón quienes piensan que los hombres de nuestra religión son necios al parecer hacer tales cosas como él propuso. Ahora percibo que se requiere de mí una empresa mayor: mostrar por qué Dios quiso encerrar la justicia bajo la apariencia de locura y apartarla de los ojos de los hombres, cuando yo haya respondido primero a Furio, puesto que Lelio no le ha respondido suficientemente; el cual, aunque era un hombre sabio, como se le llamaba, no pudo sin embargo ser el abogado de la verdadera justicia, porque no poseía la fuente y el manantial de la justicia. Pero esta defensa es más fácil para nosotros, a quienes por la munificencia del Cielo esta justicia es familiar y bien conocida, y que la conocemos no de nombre, sino en realidad. Pues Platón y Aristóteles desearon con voluntad honesta defender la justicia, y habrían logrado algo si sus buenos esfuerzos, su elocuencia y el vigor de su entendimiento hubieran sido ayudados también por el conocimiento de las cosas divinas. Así su obra, siendo vana e inútil, fue desatendida; ni pudieron persuadir a hombre alguno a vivir según su precepto, porque aquel sistema no tenía fundamento alguno del cielo. Pero nuestra obra debe ser más cierta, puesto que somos enseñados por Dios. Pues ellos representaron la justicia con palabras, y la pintaron cuando no estaba a la vista; ni pudieron confirmar sus asertos con ejemplos presentes. Pues los oyentes habrían podido responder que era imposible vivir como ellos prescribían en su disputa; de modo que ninguno hasta ahora ha existido que siguiera aquel género de vida. Pero nosotros mostramos la verdad de nuestras afirmaciones no solo con palabras, sino también con ejemplos derivados de la verdad. Por tanto, Carnéades comprendió cuál es la naturaleza de la justicia, salvo que no percibió suficientemente que no era locura; aunque me parece a mí entender con qué intención hizo esto. Pues en realidad no pensaba que el que es justo sea necio; pero, sabiendo que no lo era, y no comprendiendo la causa por la cual lo parecía, quiso mostrar que la verdad estaba oculta, para mantener el dogma de su propia secta, cuya opinión principal es, «que nada puede ser plenamente comprendido.»
Veamos, pues, si la justicia tiene alguna conformidad con la locura. El hombre justo, dice, si no quita al herido su caballo, y al náufrago su tabla, para conservar su propia vida, es necio. En primer lugar, niego que pueda de algún modo suceder que un hombre verdaderamente justo se halle en circunstancias de esta clase; pues el justo no está en enemistad con ser humano alguno, ni desea en absoluto nada que sea propiedad de otro. Pues ¿por qué habría de emprender un viaje, o qué habría de buscar en otra tierra, cuando la suya le basta? ¿O por qué habría de hacer la guerra, y mezclarse con las pasiones de otros, cuando su ánimo está ocupado en perpetua paz con los hombres? ¡Sin duda se deleitará con mercancías extranjeras o con sangre humana quien no sabe buscar ganancia, quien está satisfecho con su modo de vivir y considera ilícito no solo cometer él mismo una matanza, sino hallarse presente entre quienes la cometen y contemplarla! Pero omito estas cosas, puesto que es posible que un hombre sea compelido aun contra su voluntad a padecerlas. ¿Piensas, entonces, oh Furio —o más bien oh Carnéades, pues todo este discurso es suyo—, que la justicia es tan inútil, tan superflua y tan despreciada por Dios, que no tiene poder ni influjo alguno en sí misma que pueda valer para su propia conservación? Pero es evidente que quienes ignoran el misterio del hombre, y que por ello lo refieren todo a esta vida presente, no pueden saber cuán grande es la fuerza de la justicia. Pues cuando discuten sobre la virtud, aunque comprenden que está muy llena de trabajos y miserias, dicen sin embargo que ha de buscarse por sí misma; pues de ningún modo ven sus premios, que son eternos e inmortales. Así, refiriéndolo todo a la vida presente, reducen del todo la virtud a locura, puesto que soporta tan grandes trabajos de esta vida en vano y sin propósito alguno. Pero más sobre este asunto en otra ocasión.
Entretanto hablemos de la justicia, como comenzamos, cuyo poder es tan grande que, cuando ha levantado los ojos al cielo, merece todas las cosas de Dios. Flaco, por tanto, dijo con razón que el poder de la inocencia es tan grande que, dondequiera que viaje, no necesita ni armas ni fuerza para su protección:—
El de vida sin mancha, puro de engaño, no ha menester
Ni el arco ni los dardos del moro, ¡oh Fuscus mío!
No fía su defensa de aljaba alguna llena de
saetas emponzoñadas.
Aunque su camino sea por las ardientes Sirtes africanas,
o por barrancos caucáseos, donde ningún huésped halla abrigo,
o las riberas que el Hidaspes, río extraño por la fábula,
lame con lánguido fluir.
Es imposible, por tanto, que en medio de los peligros de las tempestades y de las guerras el hombre justo quede sin la protección de la tutela del Cielo; y que, aun si se hallara en el mar en compañía de parricidas y de culpables, no sean perdonados también los malvados, para que esta sola alma justa e inocente sea librada del peligro, o al menos sea conservada sola mientras los demás perecen. Pero concedamos que es posible el caso que el filósofo propone: ¿qué hará, pues, el hombre justo si se encuentra con un herido a caballo, o con un náufrago en una tabla? No me resisto a confesar que preferirá morir antes que dar muerte a otro. Ni la justicia, que es el bien sumo del hombre, recibirá por esto el nombre de locura. Pues ¿qué debe ser mejor y más caro al hombre que la inocencia? Y esta debe ser tanto más perfecta cuanto más la lleves al extremo, y elijas morir antes que menoscabar el carácter de la inocencia. Es locura, dice, perdonar la vida de otro en un caso que implica la destrucción de la propia vida. ¿Piensas, entonces, que es necio perecer aun por la amistad?
¿Por qué, pues, son alabados por vosotros aquellos amigos pitagóricos, de los cuales el uno se entregó al tirano como fiador de la vida del otro, y el otro, al tiempo señalado, cuando su fiador era ya llevado al suplicio, se presentó y lo rescató por su propia interposición? ¿La virtud de quiénes no sería tenida en tal gloria, cuando uno de ellos estaba dispuesto a morir por su amigo, y el otro aun por la palabra que había empeñado, si fueran considerados necios? En fin, por esta misma virtud el tirano los recompensó preservando a ambos, y así se mudó la condición de un hombre crudelísimo. Además, se dice incluso que les rogó que lo admitiesen como tercero en su amistad, de lo cual es claro que no los consideraba necios, sino varones buenos y sabios. Por tanto, no veo por qué, puesto que se reputa la máxima gloria morir por la amistad y por la palabra dada, no sea glorioso para un hombre morir aun por su inocencia. Son, por ende, sumamente necios los que nos imputan como crimen que estemos dispuestos a morir por Dios, cuando ellos mismos ensalzan hasta el cielo con las mayores alabanzas a quien estuvo dispuesto a morir por un hombre. En suma, para concluir esta disputa, la razón misma enseña que es imposible que un hombre sea a la vez justo y necio, sabio e injusto. Pues el que es necio desconoce lo que es justo y bueno, y por tanto siempre yerra. Pues está, por así decir, cautivo de sus vicios; y de ningún modo puede resistirlos, porque carece de la virtud que ignora. Pero el hombre justo se abstiene de toda falta, porque no puede obrar de otro modo, aunque tiene el conocimiento de lo que es recto y de lo que es malo.
Pero ¿quién es capaz de distinguir lo recto de lo malo sino el hombre sabio? Así sucede que jamás puede ser justo el que es necio, ni sabio el que es injusto. Y si esto es muy verdadero, es claro que el que no ha quitado una tabla a un náufrago, ni un caballo a un herido, no es necio; porque es pecado hacer estas cosas, y el sabio se abstiene del pecado. No obstante, yo mismo confieso que tiene esta apariencia, por el error de los hombres, que ignoran la índole peculiar de cada cosa. Y así toda esta indagación queda refutada no tanto por argumentos como por definición. Por tanto, la locura es el errar en obras y palabras, por ignorancia de lo que es recto y bueno. Por tanto, no es necio el que ni siquiera se perdona a sí mismo para impedir la injuria a otro, la cual es un mal. Y esto, ciertamente, lo dictan la razón y la verdad misma. Pues vemos que en todos los animales, porque están destituidos de sabiduría, la naturaleza es para sí misma proveedora de recursos. Por tanto, dañan a otros para aprovecharse ellos, porque no comprenden que cometer una injuria es un mal. Pero el hombre, que tiene el conocimiento del bien y del mal, se abstiene de cometer injuria aun con daño propio, lo que un animal sin razón no puede hacer; y por esto la inocencia es contada entre las principales virtudes del hombre. Ahora bien, por estas cosas se ve que es el más sabio el hombre que prefiere perecer antes que cometer una injuria, para conservar ese sentido del deber por el cual se distingue de la creación muda. Pues el que no advierte el error de quien ofrece el oro en venta, para comprarlo por una suma pequeña, o el que no declara que ofrece en venta un esclavo fugitivo o una casa apestada, mirando a su propia ganancia o ventaja, no es un hombre sabio, como Carnéades quería que pareciera, sino astuto y ladino. Ahora bien, la astucia y la maña existen también en los animales mudos: ya cuando acechan a otros y los capturan con engaño para devorarlos, ya cuando evitan de varios modos las trampas de otros. Pero la sabiduría corresponde al hombre solo. Pues la sabiduría es el entendimiento, ya sea con el propósito de hacer lo que es bueno y recto, ya sea para abstenerse de palabras y obras indebidas. Ahora bien, el sabio jamás se entrega a la búsqueda de ganancia, porque desprecia estas ventajas terrenas; ni permite que nadie sea engañado, porque es deber del varón bueno corregir los errores de los hombres y traerlos de vuelta al camino recto; puesto que la naturaleza del hombre es social y benéfica, y solo en esto guarda relación con Dios.
Capítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
V, 19
Pero indudablemente esta es la causa por la que parece necio quien prefiere estar en la miseria, o morir, antes que causar daño o quitar los bienes de otro —a saber, porque piensan que el hombre es destruido por la muerte. Y de esta persuasión proceden todos los errores, tanto del vulgo como también de los filósofos. Porque si nada existe después de la muerte, ciertamente es propio del hombre más necio no fomentar los intereses de la vida presente, para que sea larga y abunde en todas las ventajas. Pero quien así obrase necesariamente se apartaría de la regla de la justicia. Mas si al hombre le queda una vida más larga y mejor —y esto lo aprendemos tanto de los argumentos de los grandes filósofos, como de las respuestas de los adivinos y de las divinas palabras de los profetas—, es propio del sabio despreciar esta vida presente con sus ventajas, puesto que toda su pérdida queda compensada por la inmortalidad. El mismo defensor de la justicia, Lelio, dice en Cicerón: «La virtud desea sobre todo el honor; ni hay otra recompensa de la virtud.» En verdad hay otra, y la más digna de la virtud, la cual tú, ¡oh Lelio!, jamás pudiste suponer; porque no tenías conocimiento de las escrituras sagradas. Y esta recompensa la recibe fácilmente, y no la exige con dureza. Mucho te equivocas si piensas que el hombre puede pagar una recompensa a la virtud, pues tú mismo dijiste con suma verdad en otro lugar: «¿Qué riquezas ofrecerás a este hombre? ¿Qué mandos? ¿Qué reinos? Quien considera estas cosas como humanas, juzga que sus propios bienes son divinos.» ¿Quién, por tanto, puede considerarte sabio, ¡oh Lelio!, cuando te contradices y, tras breve intervalo, quitas a la virtud aquello que le habías dado? Pero es manifiesto que la ignorancia de la verdad hace tu opinión incierta y vacilante.
En segundo lugar, ¿qué añades? «Pero si todos los ingratos, o los muchos envidiosos, o los enemigos poderosos, privan a la virtud de sus recompensas.» ¡Oh cuán frágil, cuán despreciable has representado a la virtud, si puede ser privada de su recompensa! Pues si juzga que sus bienes son divinos, como dijiste, ¿cómo puede haber alguien tan ingrato, tan envidioso, tan poderoso, que sea capaz de privar a la virtud de aquellos bienes que los dioses le confirieron? «Ciertamente se deleita,» dice, «con muchos consuelos, y especialmente se sostiene por su propia hermosura.» ¿Con qué consuelos? ¿Con qué hermosura? Puesto que esa hermosura a menudo se le imputa como falta y se convierte en castigo. Pues ¿qué si, como dijo Furio, un hombre fuese arrastrado, vejado, desterrado, se hallase en la indigencia, fuese privado de sus manos, se le sacasen los ojos, fuese condenado, encadenado, quemado, y además miserablemente torturado? ¿Perderá la virtud su recompensa, o más bien perecerá ella misma? De ningún modo. Antes bien, recibirá su recompensa de Dios, el Juez, y vivirá y siempre florecerá. Y si quitas estas cosas, nada en la vida del hombre puede parecer tan inútil, tan necio, como la virtud, cuya bondad y honor naturales pueden enseñarnos que el alma no es mortal, y que Dios le ha señalado una recompensa divina. Mas por esto quiso Dios que la virtud misma estuviese oculta bajo la apariencia de locura, para que fuese secreto el misterio de la verdad y de su religión; para mostrar la vanidad y el error de esas supersticiones y de esa sabiduría terrena que se eleva con demasiada soberbia y muestra gran complacencia en sí misma, a fin de que, manifestada al fin su dificultad, aquel sendero estrechísimo conduzca a la excelsa recompensa de la inmortalidad.
Creo haber mostrado por qué los necios estiman necios a los nuestros. Pues escoger ser torturado y muerto, antes que tomar incienso con tres dedos y arrojarlo sobre el hogar, parece tan necio como, en un caso en que peligra la vida, cuidarse más de la vida ajena que de la propia. Porque no saben cuán grande acto de impiedad es adorar a otro objeto distinto de Dios, que hizo el cielo y la tierra, que formó al género humano, le infundió el aliento de vida y le dio la luz. Pero si se tiene por el esclavo más vil al que huye y abandona a su señor, y si se le juzga dignísimo de azotes, de cadenas, de cárcel, de cruz y de todo mal; y si, del mismo modo, se tiene por abandonado e impío al hijo que desampara a su padre para no prestarle obediencia, y por esto se le considera merecedor de ser desheredado y de que su nombre sea borrado para siempre de su familia, ¿cuánto más lo es quien abandona a Dios, en quien coinciden los dos nombres, de Señor y de Padre, dignos de igual reverencia? Pues ¿qué beneficio concede a su esclavo el que lo compra, aparte del alimento con que lo provee para su propia ventaja? Y el que engendra un hijo no tiene en su poder hacer que sea concebido, ni que nazca, ni que viva; de donde es evidente que no es padre, sino solo instrumento de la generación. ¿De qué castigos, pues, es merecedor aquel que abandona a Aquel que es a la vez verdadero Señor y Padre, sino de los que Dios mismo ha señalado? El cual ha preparado el fuego eterno para los espíritus malvados; y esto lo amenaza Él mismo por medio de sus profetas a los impíos y rebeldes.
Capítulo 20. De la vanidad y de los crímenes, de las supersticiones impías y de las torturas de los cristianos
V, 20
Por tanto, aprendan los que destruyen su propia alma y las almas de los demás cuán inexpiable crimen cometen; en primer lugar, porque causan su propia muerte sirviendo a demonios de la mayor vileza, a los que Dios ha condenado a castigos eternos; en segundo lugar, porque no permiten que otros adoren a Dios, sino que se esfuerzan por apartar a los hombres hacia ritos mortíferos, y con la mayor diligencia procuran que en la tierra ninguna vida que mira al cielo con su condición asegurada quede sin daño. ¿Qué otra cosa los llamaré sino miserables, que obedecen las instigaciones de sus propios saqueadores, a los que creen dioses? De los cuales no conocen ni la condición, ni el origen, ni los nombres, ni la naturaleza; sino que, aferrados a la persuasión del pueblo, yerran de buena gana y favorecen su propia locura. Y si les preguntaras los fundamentos de su persuasión, no pueden asignar ninguno, sino que recurren al juicio de sus antepasados, diciendo que fueron sabios, que los aprobaron, que sabían lo mejor; y así se privan de todo poder de percepción: despiden a la razón, mientras ponen su confianza en los errores de otros. Así, envueltos en la ignorancia de todas las cosas, no se conocen a sí mismos ni a sus dioses. ¡Y ojalá hubieran querido errar por sí solos y ser necios por sí solos! Pero arrastran también a otros para que sean compañeros de su mal, como si hubieran de sacar consuelo de la destrucción de muchos. Mas esta misma ignorancia los hace tan crueles al perseguir a los sabios; y fingen que promueven su bienestar, que quieren hacerlos volver a una buena mente.
¿Es que se esfuerzan por lograr esto con palabras, o aduciendo alguna razón? De ningún modo; sino que intentan lograrlo por la fuerza y con torturas. ¡Oh maravilloso y ciego desatino! Se piensa que hay una mente mala en quienes se esfuerzan por conservar su fe, pero una mente buena en los verdugos. ¿Acaso hay mente mala en quienes, contra toda ley de humanidad, contra todo principio de justicia, son torturados, o más bien en quienes infligen sobre los cuerpos de los inocentes cosas tales como ni los más crueles salteadores, ni los más enfurecidos enemigos, ni los más salvajes bárbaros han practicado jamás? ¿Se engañan hasta tal punto, que mutuamente trasladan y cambian los nombres del bien y del mal? ¿Por qué, entonces, no llaman noche al día, tinieblas al sol? Además, es la misma desvergüenza dar al bueno el nombre de malvado, al sabio el nombre de necio, al justo el nombre de impío. Además de esto, si tienen alguna confianza en la filosofía o en la elocuencia, ármense y refuten estos argumentos nuestros si pueden; vengan a nosotros cuerpo a cuerpo y examinen cada punto. Conviene que emprendan la defensa de sus dioses, no sea que, si nuestros asuntos crecen (como crecen cada día), los suyos sean abandonados, junto con sus santuarios y sus vanas burlas; y puesto que nada pueden lograr con la violencia (porque la religión de Dios crece tanto más cuanto más es oprimida), obren más bien mediante el uso de la razón y de las exhortaciones.
Salgan al medio sus sacerdotes, ya los de menor rango, ya los más grandes; sus flamines, augures, y también los reyes de sacrificio, y los sacerdotes y ministros de sus supersticiones. Convoquénnos a una asamblea; exhórtennos a emprender el culto de sus dioses; persuádannos de que hay muchos seres por cuya divinidad y providencia se gobiernan todas las cosas; muestren cómo los orígenes y comienzos de sus ritos sagrados y de sus dioses fueron transmitidos a los mortales; expliquen cuál es su fuente y principio; expongan qué recompensa hay en su culto y qué castigo aguarda a su abandono; por qué quieren ser adorados por los hombres; qué les aporta la piedad de los hombres, si son bienaventurados: y confirmen todo esto no con su propia afirmación (porque la autoridad de un hombre mortal no tiene peso alguno), sino con algunos testimonios divinos, como hacemos nosotros. No hay lugar para la violencia ni para la injuria, pues la religión no puede imponerse por la fuerza; el asunto debe llevarse con palabras más que con golpes, para que la voluntad sea movida. Desenvainen el arma de su inteligencia; si su sistema es verdadero, que sea afirmado. Estamos dispuestos a escuchar, si enseñan; mientras callan, ciertamente no les damos crédito, del mismo modo que no cedemos a ellos ni siquiera en su furor. Imítennos al exponer el sistema de todo el asunto: pues no seducimos, como ellos dicen; sino que enseñamos, probamos, mostramos. Y así nadie es retenido por nosotros contra su voluntad, pues es inútil para Dios quien carece de fe y de entrega; y sin embargo nadie se aparta de nosotros, puesto que la verdad misma lo retiene. Enseñen de este modo, si tienen alguna confianza en la verdad; hablen, den expresión; atrévanse, digo, a discutir con nosotros algo de esta naturaleza; y entonces ciertamente su error y su locura serán ridiculizados por las viejas, a quienes desprecian, y por nuestros muchachos. Pues, puesto que son especialmente doctos, conocen por los libros la estirpe de los dioses, y sus hazañas, mandatos, muertes y sepulcros; también pueden saber que los ritos mismos, en los que han sido iniciados, tuvieron su origen o en acciones humanas, o en casualidades, o en muertes. Es propio de una increíble locura imaginar que son dioses aquellos de quienes no pueden negar que fueron mortales; o si fuesen tan desvergonzados como para negarlo, sus propios escritos, y los de su propio pueblo, los refutarán; en suma, los comienzos mismos de los ritos sagrados los convencerán. Pueden saber, por tanto, incluso por esto mismo, cuán grande es la diferencia entre la verdad y la falsedad; pues ellos mismos, con toda su elocuencia, no son capaces de persuadir, mientras que los inhábiles y los no instruidos son capaces, porque hablan la cosa misma y la verdad.
¿Por qué, entonces, se enfurecen, de modo que mientras quieren disminuir su locura, la aumentan? La tortura y la piedad son cosas muy distintas; ni es posible que la verdad se una a la violencia, ni la justicia a la crueldad. Pero con razón no se atreven a enseñar nada acerca de las cosas divinas, no sea que a la vez sean escarnecidos por los nuestros y abandonados por los suyos. Pues el pueblo común, en su mayor parte, si averigua que estos misterios fueron instituidos en memoria de los muertos, los condenará y buscará algún objeto de culto más verdadero.
De ahí los ritos de místico temor
fueron instituidos por hombres astutos, para que el pueblo no sepa qué adora. Pero, puesto que nosotros conocemos sus sistemas, ¿por qué ellos o no nos creen a nosotros, que conocemos ambos, o nos envidian porque hemos preferido la verdad a la falsedad? Pero, dicen, los ritos públicos de la religión deben ser defendidos. ¡Oh con cuán honorable inclinación se extravían los desdichados! Pues saben que nada hay entre los hombres más excelente que la religión, y que esta debe defenderse con todo nuestro poder; pero así como se engañan en lo referente a la religión misma, así también se engañan en el modo de defenderla. Porque la religión ha de defenderse, no dando muerte, sino muriendo; no con crueldad, sino con paciente sufrimiento; no con culpa, sino con buena fe: pues lo primero pertenece a los males, y lo segundo a los bienes; y es necesario que lo bueno tenga lugar en la religión, y no lo malo. Porque si quieres defender la religión con sangre, con torturas y con culpa, ya no será defendida, sino contaminada y profanada. Pues nada depende tanto de la libre voluntad como la religión; en la cual, si el ánimo del que adora le es adverso, la religión queda al punto suprimida y deja de existir. El método recto, por tanto, es que defiendas la religión con paciente sufrimiento o con muerte; en lo cual la conservación de la fe es a la vez grata a Dios mismo y añade autoridad a la religión. Porque si aquel que en esta guerra terrena guarda la fe a su rey en alguna acción ilustre, si sigue viviendo, es más amado y acepto, y si cae, alcanza la gloria más alta, porque ha sufrido la muerte por su jefe, ¿cuánto más ha de guardarse la fe para con Dios, Gobernador de todas las cosas, que puede pagar la recompensa de la virtud, no solo a los vivos, sino también a los muertos! Por tanto, el culto de Dios, puesto que pertenece a la guerra celestial, exige la máxima entrega y fidelidad. Pues ¿cómo amará Dios al que le adora, si Él no es amado por este, o concederá al que pide todo lo que pida, cuando se acerca a ofrecer su oración sin sinceridad ni reverencia? Pero estos hombres, cuando vienen a ofrecer sacrificio, no presentan a sus dioses nada de dentro, nada propio: ni rectitud de ánimo, ni reverencia ni temor. Por eso, cuando se terminan los sacrificios sin valor, dejan su religión enteramente en el templo, y con el templo, tal como la hallaron; y ni traen consigo nada de ella, ni se llevan nada de vuelta. De ahí que tales observancias religiosas no puedan ni hacer buenos a los hombres, ni ser firmes e inmutables. Y así los hombres se apartan fácilmente de ellas, porque en ellas nada se aprende relativo a la vida, nada relativo a la sabiduría, nada relativo a la fe. Pues ¿cuál es la religión de esos dioses? ¿Cuál es su poder? ¿Cuál su disciplina? ¿Cuál su origen? ¿Cuál su principio? ¿Cuál su fundamento? ¿Cuál su sustancia? ¿Cuál es su tendencia? ¿O qué promete, para que el hombre la conserve fielmente y la defienda con valentía? No veo en ella otra cosa sino un rito que atañe solamente a los dedos. Mas nuestra religión es por esto firme, sólida e inmutable: porque enseña justicia, porque está siempre con nosotros, porque tiene su existencia enteramente en el alma del que la adora, porque tiene el ánimo mismo por sacrificio. En aquella religión no se exige otra cosa sino la sangre de los animales, el humo del incienso y el derramamiento insensato de libaciones; pero en esta nuestra, un buen ánimo, un pecho puro, una vida inocente. Aquellos ritos son frecuentados sin distinción por adúlteras impúdicas, por alcahuetas desvergonzadas, por rameras inmundas; los frecuentan gladiadores, salteadores, ladrones y hechiceros, que no piden otra cosa sino poder cometer crímenes impunemente. Pues ¿qué puede pedir el salteador cuando sacrifica, o el gladiador, sino matar? ¿Qué el envenenador, sino pasar inadvertido? ¿Qué la ramera, sino pecar hasta lo sumo? ¿Qué la adúltera, sino la muerte de su marido, o que se oculte su impudicia? ¿Qué la alcahueta, sino despojar a muchos de sus bienes? ¿Qué el ladrón, sino cometer más hurtos? Pero en nuestra religión no hay lugar ni siquiera para una ofensa leve y ordinaria; y si alguno se acerca al sacrificio sin una conciencia sana, oye las amenazas que Dios denuncia contra él: contra aquel Dios, digo, que ve los lugares secretos del corazón, que siempre es hostil a los pecados, que exige justicia, que demanda fidelidad. ¿Qué lugar hay aquí para un ánimo malo o para una oración mala? Pero aquellos infelices ni siquiera entienden, por sus propios crímenes, cuán malo es adorar, puesto que, manchados con todos los delitos, vienen a ofrecer oración; e imaginan que ofrecen un piadoso sacrificio si se lavan la piel; como si algún río pudiera lavar, o algún mar purificar, las concupiscencias que están encerradas en su pecho. ¡Cuánto mejor es más bien limpiar el ánimo, que está manchado por malos deseos, y expulsar todos los vicios con el único lavacro de la virtud y de la fe! Pues quien haga esto, aunque lleve un cuerpo manchado y sórdido, es bastante puro.
Capítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
V, 21
Pero ellos, porque no conocen el objeto ni el modo del culto, caen a ciegas e inconscientemente en la práctica contraria. Así adoran a sus enemigos, aplacan con víctimas a sus ladrones y asesinos, y ponen sus propias almas a arder con el mismo incienso sobre altares detestables. Los desdichados se enojan además, con increíble ceguera de sus mentes, porque otros no perecen de igual manera. Pues ¿qué pueden ver quienes no ven el sol? Como si, si fueran dioses, necesitaran la ayuda de los hombres contra quienes los desprecian. ¿Por qué, pues, se enojan con nosotros, si ningún poder tienen de efectuar cosa alguna? A no ser que destruyan a sus dioses, en cuyo poder desconfían, son más irreligiosos que quienes no los adoran en absoluto. Cicerón, en sus Leyes, prescribiendo a los hombres acercarse con santidad a los sacrificios, dice: "Vístanse de piedad, dejen a un lado las riquezas; si alguno obrara de otro modo, Dios mismo será el vengador".» Bien dicho está; pues no es justo desesperar de Dios, a quien adoras por esto mismo, porque lo juzgas poderoso. Pues ¿cómo podrá vengar las injurias de sus adoradores, si no puede vengar las suyas propias? Quiero, pues, preguntarles a quiénes especialmente piensan que hacen un servicio al obligarlos a sacrificar contra su voluntad: ¿es a aquellos a quienes obligan? Pero no es bondad la que se hace a quien la rehúsa. Mas debemos consultar su interés, aun contra su voluntad, puesto que no saben qué es bueno. ¿Por qué, entonces, los hostigan, torturan y debilitan tan cruelmente, si desean su salvación? ¿O de dónde procede piedad tan impía, que o destruyen de esta manera miserable, o inutilizan, a aquellos cuyo bienestar desean promover? ¿O hacen servicio a los dioses? Pero no es sacrificio el que se arranca a una persona contra su voluntad. Pues si no se ofrece espontáneamente y desde el alma, es maldición; cuando los hombres sacrifican, compelidos por la proscripción, por las injurias, por la prisión, por las torturas. Si son dioses los que son adorados de esta manera, aunque solo sea por esta razón, no deberían ser adorados, porque desean ser adorados de esta manera: sin duda son dignos de la detestación de los hombres, puesto que se les hacen libaciones con lágrimas, con gemidos y con sangre que fluye de todos los miembros.
Pero nosotros, por el contrario, no exigimos que nadie sea obligado, quiéralo o no, a adorar a nuestro Dios, que es el Dios de todos los hombres; ni nos enojamos si alguno no lo adora. Pues confiamos en la majestad de Aquel que tiene poder para vengar el desprecio mostrado contra sí mismo, como también tiene poder para vengar las calamidades y las injurias infligidas a sus siervos. Y por eso, cuando sufrimos cosas tan impías, no resistimos ni siquiera con la palabra; sino que remitimos la venganza a Dios, no como obran aquellos que querrían que pareciera que son defensores de sus dioses, y se enfurecen sin freno contra quienes no los adoran. De lo cual puede entenderse cuán poco bueno es adorar a sus dioses, puesto que los hombres deberían haber sido conducidos a lo que es bueno por el bien, y no por el mal; pero porque esto es malo, aun su oficio está desprovisto de bien. Pero quienes destruyen los sistemas religiosos deben ser castigados. ¿Los hemos destruido nosotros de peor manera que la nación de los egipcios, que adoran las figuras más vergonzosas de bestias y ganado, y adoran como dioses algunas cosas que incluso es vergonzoso nombrar? ¿Hemos obrado peor que aquellos mismos que, cuando dicen que adoran a los dioses, sin embargo públicamente y con vergüenza se burlan de ellos?— pues incluso permiten que se representen farsas mímicas de ellos con risa y placer. ¿Qué clase de religión es esta, o cuán grande debe considerarse aquella majestad, que es adorada en los templos y escarnecida en los teatros? Y quienes han hecho estas cosas no sufren la venganza de la deidad injuriada, sino que incluso se van honrados y alabados. ¿Los destruimos nosotros de peor manera que ciertos filósofos, que dicen que no hay dioses en absoluto, sino que todas las cosas se producen espontáneamente, y que todas las cosas que se hacen suceden por azar? ¿Los destruimos de peor manera que los epicúreos, que admiten la existencia de los dioses, pero niegan que atiendan a cosa alguna, y dicen que ni se enojan ni se dejan mover por el favor? Con cuyas palabras claramente persuaden a los hombres de que no han de ser adorados en absoluto, por cuanto ni atienden a sus adoradores, ni se enojan con quienes no los adoran. Más aún, cuando argumentan contra los temores, no se esfuerzan en lograr otra cosa sino que nadie tema a los dioses. Y sin embargo estas cosas son oídas de buen grado por los hombres, y discutidas con impunidad.
V, 22
No se enfurecen, pues, contra nosotros por esto, porque sus dioses no sean adorados por nosotros, sino porque la verdad está de nuestro lado, la cual (como se ha dicho con gran verdad) produce odio. ¿Qué, pues, pensaremos, sino que ignoran lo que sufren? Pues obran con un furor ciego e irracional, que nosotros vemos, pero que ellos ignoran. Pues no son los hombres mismos quienes persiguen, porque no tienen causa de enojo contra los inocentes; sino que aquellos espíritus contaminados y abandonados por quienes la verdad es a la vez conocida y odiada se insinúan en sus mentes, y los aguijonean en su ignorancia hasta el furor. Pues estos, mientras hay paz entre el pueblo de Dios, huyen de los justos y los temen; y cuando se apoderan de los cuerpos de los hombres y hostigan sus almas, son conjurados por ellos, y ante el nombre del Dios verdadero son puestos en fuga. Pues cuando oyen este nombre tiemblan, gritan y afirman que son marcados y azotados; y preguntados quiénes son, de dónde han venido y cómo se han insinuado en un hombre, lo confiesan. Así, torturados y atormentados por el poder del nombre divino, salen del hombre. A causa de estos golpes y amenazas, odian siempre a los hombres santos y justos; y porque no pueden por sí mismos injuriarlos, persiguen con odio público a quienes perciben que les son gravosos, y ejercen crueldad, con toda la violencia que pueden emplear, para o debilitar su fe por el dolor, o, si no pueden efectuar aquello, quitarlos del todo de la tierra, para que no haya nadie que refrene su maldad. No escapa a mi atención qué respuesta puede hacerse desde el otro lado. ¿Por qué, entonces, aquel Dios de poder sobreeminente, aquel Poderoso, a quien confesáis presidir todas las cosas y ser Señor de todo, permite que estas cosas se hagan, y ni venga ni defienda a sus adoradores? ¿Por qué, en suma, quienes no lo adoran son ricos, y poderosos, y felices? ¿Y por qué gozan de honores y de estado regio, y tienen a estas mismas personas sujetas a su poder y dominio?
Debemos dar también razón de esto, para que no quede error alguno. Pues esta es especialmente la causa por la que se piensa que la religión no tiene el poder de Dios: porque los hombres se dejan influir por la apariencia de los bienes terrestres y presentes, que de ningún modo se refieren al cuidado de la mente; y porque ven que los justos están sin estos bienes, y que los injustos abundan en ellos, juzgan a la vez que el culto de Dios es inútil, en el cual no ven contenidas estas cosas, e imaginan que los ritos de otros dioses son verdaderos, puesto que sus adoradores disfrutan de riquezas y honores y reinos. Pero quienes son de esta opinión no consideran atentamente el poder y el método del hombre, que consiste enteramente en la mente, y no en el cuerpo. Pues no ven nada más de lo que se ve, a saber, el cuerpo; y porque este ha de verse y tocarse, es débil, frágil y mortal; y a este pertenecen todos aquellos bienes que son su deseo y admiración, riquezas, honores y gobiernos, puesto que traen placeres al cuerpo, y por tanto son tan susceptibles de decadencia como el cuerpo mismo. Pero el alma, en la cual solo consiste el hombre, puesto que no está expuesta a la vista de los ojos, y sus bienes no pueden verse, pues están puestos en la virtud solamente, debe por tanto ser tan firme, y constante, y duradera como la virtud misma, en la cual consiste el bien del alma.